martes, 4 de diciembre de 2007

Otro Betis, otro fútbol (debería ser posible)

Se preguntarán Vds qué hace un atlético reconocido como el que suscribe hablando del Betis. Pues bien, lo hace por dos motivos: primero porque el Atleti jugó el domingo contra el Betis, equipo por el que siempre ha tenido simpatía (últimamente menos, como todos); segundo, porque la afición del Betis se encuentra inmersa en una batalla similar a la que se ha venido librando estos últimos años en otros equipos, entre otros el mío. Vamos, que esto es un artículo sobre fútbol de hoy en general, no sólo sobre un equipo.

El Betis va mal desde hace años, y desde hace años es propiedad de un señor curioso, Don Manuel Lopera. Lopera llegó al Betis con aire de mesías; y esto, fíjense Vds, nos suena a los del Atleti. Al principio nos parecía un tipo curioso, especial, distinto, gracioso. Decía cosas que uno no sabía si achacar a un genio fuera de lo común, a una excentricidad excesiva o a un desarreglo psicológico. Lopera era un tipo extraño con voz aflautada y verbo chocante que rezaba en la basílica de la plaza de San Lorenzo antes de hacer un fichaje, que parecía disponer de una fortuna ilimitada con la que sacar del pozo al club de sus amores y que disponía de un talento infrecuente y asombroso: peinarse con tupé a pesar de tener sólo tres pelos.

A Lopera todos, también los béticos, le reímos las gracias en su debut. Al principio comentábamos con asombro esa historia suya de un aficionado bético que iba al fútbol con las cenizas de su difunto padre metidas en un bote de melocotón en durse. Encontrábamos un filón en ese despacho con azulejos que parece una heladería. Nos mandábamos por mail el link a la página de Youtube en la que aparecía el vídeo ese del teatrillo en el que se representaba la salvación del Betis gracias a Lopera: la directiva bética removía Roma con Santiago para conseguir dinero sin éxito, hasta que llegaba Don Manué y ordenaba hacer una transferencia por un dineral y, para ello, mandaba al personal de la sucursal bancaria que se quedaran hasta que hiciera falta. En ese vídeo asombroso el director de la sucursal, al que Lopera hablaba con tono de general en jefe, se llamaba Gutiérrez. Gutiérrez, pensaría Lopera, es nombre de fiel empleado peinado con raya e incapaz de sumarse a una rebelión, nombre de señor algo gris con la foto de su mujer en la mesa del despacho y rebeca de lana con tres botones. Lopera ordenaba a Gutiérrez no moverse de la silla y gracias a Lopera y a la parálisis temporal de Gutiérrez, el Betis se salvaba.

Lopera se mostró ante los suyos como un salvador, hablaba de amor por el club y de esfuerzo sobrehumano para hacer felices a sus compañeros de grada; pero algunos no se fiaban y vieron cosas raras y pusieron en cuarentena todos esos discursos triunfalistas y casi religiosos. Y eso a pesar de que el Betis obtuvo algunos de los mejores resultados de su historia, ganó una Copa del Rey y se metió en Champions. Estos éxitos sirvieron para que Lopera beatificara su propia forma de llevar el club, para que se creciera y despreciara toda voz discordante. Y todo esto, fíjense qué cosas, también nos suena a los del Atleti que vivimos el Doblete, éxito y problema en uno, qué cosas.

Pero Lopera, tras un inicio simpático y hasta algo exitoso, perdió la chispa. Eso, o que la gente le empezó a calar, empezó a verse el plumero de un propietario de club que hacía y deshacía con el patrimonio de muchos como si fuera el cortijo propio. A ver, Vd, listo, que esto lo he pagado yo, esto es mío. Mío, así lo dice el registro, Gutiérrez, venga Vd con el libro del registro, mire, listo, aquí lo pone, deje el libro ahí, Gutiérrez, y quítele el polvo y péinese, Gutiérrez, hombre. Lopera anunció cosas de difícil cumplimiento. Lopera le puso su nombre al campo y prometió un estadio monumental que aún no se ha hecho. Lopera tuvo problemas con la justicia y con la oposición del club, con el otro club de su ciudad y con casi todo el que pasaba por su lado. Todo esto, oiga, nos sigue sonando.

Lopera empezó a hacerse antipático y cansino y pesao y todo ello empezó a coincidir con el mal momento del equipo y, casi peor, con una era triunfal ni más ni menos que para los rivales, para los enemigos, para el Sevilla. Lopera perdió glamour, se quedó muy delgado y se le puso cara de cuadro de Valdés Leal. Su nombre ya no nos recordaba más al de una plaza de París (apóstrofe mediante), sino al de un pueblo de Jaén cercano a Porcuna; la proximidad de estos dos sitios con estos nombres ha dado pie a muchos chascarrillos que no reproducimos por pudor. Pero el caso es que Lopera perdió el carisma a pesar de hacerse bustos para el palco del estadio y ya no le aguantaba ni Gutiérrez. Lopera, poco a poco, dejó a la vista su verdadera personalidad y los aficionados empezaron a temerse que quizás sería demasiado tarde para dar marcha atrás y evitar el barranco hacia el que Lopera llevaba al club. Y esto, oiga, también nos suena a los del Atleti.

La afición del Betis, que durante varias temporadas se tomó a chufla a Lopera y le llamó Don Manué y hacía rimas y vídeos y tenía una fuente interminable de inspiración para chistes y canciones, se hartó. Empezó a protestar en el campo, empezó a dejar claro que estaban hartos de que las cosas no fueran como debieran, de que el Club fuera dirigido como si fuera un cortijo, de que se silenciara a los disidentes, de que sólo participaran en la gestión gutiérreces de turno que comulgaran con ruedas de molino. El público que acudía al estadio gritaba Lopera vete ya, otro Betis es posible, fuera del palco. Animaba al equipo pero gritaba contra el palco, a pesar de que por ello los Gutiérrez les acusaran de anti-béticos; sin embargo, precisamente por béticos gritaban contra el palco, precisamente por béticos animaban al equipo, qué cosas tiene Vd, Gutiérrez. Lopera, sensible a las críticas que se suceden en el estadio desde hace tiempo, ha dicho ahora que cuando el Betis esté salvado se irá. También nos suenan estas promesas, también, aunque no nos suenan tanto estas protestas masivas, que los Gutiérrez del Atleti se emplearon a fondo para que la grada diera por bueno ese mensaje de fatalismo atlético, de Pupas sin remedio, de la derrota y la medianía rebozada de épica, de pueblo elegido para ir de cabeza al abismo, los lemmings de la capital.

La prensa, al contrario que en otros casos, se ha hecho eco de las protestas y las propuestas y ha hecho apuestas apoyando en cierto modo a los opositores. Lo mismo ocurrió con Piterman y en algún otro caso (no así en el caso del Atleti, en el que la oposición no ha gozado de apoyo por parte de los medios). Este trato dispar llama la atención por tratarse de casos similares: inversores que se hacen con la mayoría de acciones de un club con el único objetivo de favorecer sus intereses, incluso pasando por encima del bien de los socios, de los aficionados, de los que hicieron del club lo que es. Sobre el tratamiento que los medios han dado a unos y otros habría mucho que hablar, pero eso en otro artículo, que este es sobre el Betis, oiga.

Que los aficionados estén descontentos con la gestión de una directiva no es algo nuevo, que pañoladas las ha habido desde los tiempos de maricastaña. Que al fútbol hayan llegado ciertos personajes a hacer dinero y contacto tampoco, no nos vamos a engañar. Pero los grados a los que está llegando la mercantilización del fútbol, que antepone los intereses comerciales de clubes (y sus propietarios, que ya no son clubes sino simples sociedades anónimas, como las empresas de cosméticos o las tabaqueras) a cualquier interés del socio, es un fenómeno más reciente. Los partidos se juegan a la hora que las televisiones dicen, sin importar si conviene o no a los espectadores (ante la escasez de partidos a las 17.00 cada vez es más raro ver niños en el Calderón). Los jugadores se compran y venden rápidamente, las cláusulas de rescisión indican claramente si hay o no intención de traspasar al jugador independientemente de que sea necesario para el proyecto deportivo, o un jugador contrastado, o el ídolo de la grada y estandarte de la afición. Cada vez es más complicado que jugadores emblemáticos permanezcan durante un buen número de años en los equipos que les vieron nacer o con los que se sienten identificados, cada vez es más común que los clubes tengan empleados dedicados a encontrar perlas en canteras ajenas para comprar y revender.

El fútbol y sus clubes resisten cada vez con más dificultad las comparaciones con deportes en los que aún queda el espíritu de los inicios, los valores que los impulsaron. Los clubes ya no son asociaciones de ciudadanos que ocupan sus ratos libres en medirse con otros en disputas amistosas, son enormes fábricas de contactos e intereses y cheques y milongas. A este paso algún día, como está pasando en el Betis y en el Atleti y hasta en el Manchester United los seguidores, los que inventaron la historia, los nietos de los que fundaron el club con una vocación totalmente distinta a sus misiones de hoy, se hartarán del todo. Y tomarán una decisión y fundarán otros clubes y saldrán del circo dando un portazo y a ver entonces qué hacen los Loperas, los Gutiérrez y los que sigan haciendo balances contables mientras se les escapan los clientes. Y estos últimos, por terminar tan sevillanos como empezamos el artículo, por tirar de Valdés Leal una vez más, se tendrán que aplicar el cuento de aquello de sic transit gloria mundi. Mientras tanto, el resto estaremos en un parque viendo jugar a nuestro club a la hora que mejor nos venga a todos.

2 comentarios:

FERNANDO SANCHEZ POSTIGO dijo...

Las Sociedades Anónimas Deportivas han sido un craso error. Han entrado en el mundo del fútbol, muchos personajes lamentables. El caso del Betis es un vivo ejemplo de ello.

un abrazo colchonero

Cristian González dijo...

Muy lindo tu Blog espero que me informes a diario… y espero que entres en mi Blog. Si te gusta puedes linkearme. Desde ya muchas gracias.
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Gracias.