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domingo, 23 de agosto de 2015

Crónica epistemológica del debut liguero



Debutaba el Atleti en casa y la gente acudió en tropel al campo, para sorpresa de casi todos, poco acostumbrados a los llenos agosteros del estadio. ¿Será cosa de la crisis, que la gente no sale de vacaciones? ¿Será cosa del prestigio del Atleti, que atrae a los visitantes? ¿Será el atractivo del equipo, de sus estrellas, de su juego ofensivo, de sus nuevos fichajes, de la esperada reforma del estadio? Uno no tiene ni idea, pero el caso es que a 22 de agosto el campo estaba de bote en bote y la afición tuvo que soportar para entrar más colas que en una semifinal de Champions. Uno no se explica bien por qué se tarda tantísimo en entrar al campo, pero sospecha que es cosa de los lectores del código de barras, diseñados por un humorista que gusta de ver cómo la gente intenta dar con la inclinación adecuada de la entrada o el abono sin éxito, hasta que un operario cuya única misión es precisamente poner entradas en ángulos apropiados ayuda al espectador para desesperación del resto de la cola.

Sea como fuere, la afición entró al campo y se puso en su sitio  e hizo las reflexiones clásicas de cada principio de temporada. Anda, no está ese señor tan antipático que se mete siempre con Raúl García, a ver si hay suerte y no ha renovado el abono; uy, ese tipo con aspecto de funcionario de correos tan gris este verano ha sufrido una metamorfosis, ahora lleva pantaloncito pesquero y pulseritas de colores, como Aznar; caramba, la niña de la fila catorce se fue infante y ha vuelto hecha una mujer fatal; ay mi madre qué gordo se puso Torralba, debe haber estado tumbado todo agosto.

Lo segundo que hizo la afición agostada fue reparar en la cacareada reforma de las tribunas, anunciada a bombo y platillo por los medios de comunicación: sepan Vds, aficionados, que a partir de ahora se sentarán en asientos limpios y nuevos, como las personas decentes. La reforma fue, eso sí, un chasco. Nada de asientos nuevos, sino los de siempre pero pintados a pistola y con un numerico. La reforma ha consistido por tanto en pintar los asientos, algo que está muy bien, pero sin desmontarlos ni abonar, airear, desbrozar o pegar un repasito a la manta vegetal que desde hace años se desarrolla feliz bajo las nalgas de la afición colchonera. Como resultado, los operarios han procedido a pintar directamente la capa orgánica que produce cada primavera el milagro de la germinación espontánea de plantas terenbitáceas, en su mayoría de la especie Cotinus Coggygria o “Árbol de las Pelucas”, especie que únicamente se desarrolla en la zona china del Himalaya y en las tribunas del Calderón, ese prodigio botánico que debería ser considerado Reserva de la Biosfera, como tantas veces hemos denunciado. En el huequecito que hace las veces de sumidero del asiento se almacenan ahora cáscaras de pipas, hojas marchitas y otros restos vegetales pintados convenientemente de azul o blanco, según el caso. Esperamos para la próxima primavera, por tanto, una excelente cosecha de hortensias.
Los asientos azules de grada de lateral están ahora mechados de asientos blancos que forman las palabras “Atlético de Madrid” y los aficionados de pedigree rezaban porque no les hubiera tocado uno. Al que suscribe, como no, le han puesto un asiento blanco, hay que joderse. Probablemente sea encima la tilde, uno tiene un destino ligado a la ortografía que se manifiesta constantemente de manera irritante.

Sentados en sus asientos repintados, la afición se dispuso a ver el partido y reparó, ya puestos, en que la línea de fuera de banda está este año – al menos aparentemente – más lejos aún de los asientos. Desde la llegada del conocido entrenador griposo Quique Sánchez Flores, en grada de lateral la afición tiene la sensación de que el campo se va estrechando, alejándose hacia la tribuna y dejando un espacio cada vez mayor entre la valla que separa al público y los jugadores. Será quizás un efecto óptico, quizás cosas de la edad o el desarrollo imparable de la miopía pero el caso es que entre que hay jugadores nuevos y desconocidos y la línea se ve cada vez más lejos, la afición entornaba los ojillos para, camuflados entre los numerosos asiáticos visitantes de la grada, saber si ese del pelo cortado con media americana era Saúl o era Carrasco, si ese era  Vietto o Lucas Hernández o era al revés, si el del traje era el Mono Burgos o un espejismo.

Una vez acostumbrada a la nueva distancia, la afición colchonera se dispuso a ver el partido y presentar sus respetos a los aficionados rivales, que acudieron en buen número al estadio, algo que nos alegra una barbaridad. Tras los partidos de pretemporada y los análisis sesudos de periodistas y blogueros, la afición esperaba un equipo armado que jugueteara plácidamente con un recién ascendido, una orquesta perfectamente encajada que ejecutara con brillantez una de las complejas sinfonías de Johan Sebastian Mastropiero. Sin embargo, el Atleti pareció más un equipo aún en pretemporada, incapaz de alardes sinfónicos, humilde combo de cumbia epistemológica como mucho, más cerca del tarareo conceptual del mismo autor y de su “Aria Agraria”, culmen artístico de este valiente estilo musical.

La afición esperaba ver alguna de las variantes tácticas que la nueva plantilla permite, pero Simeone sacó el equipo que todo el mundo hubiera esperado hace dos años, cambiando a Óliver Torres por otro jugador que en la época jugaba en el Atleti y ahora está de vacaciones hasta enero riéndose por lo bajini de sus hagiógrafos y fans, y a Jackson Martínez por otro jugador también emigrado, esta vez a Londres, donde recientemente se ha peleado con un entrenador pesadísimo que parece no desaparecer nunca de nuestras vidas. Ni Koke al centro (como tanto se ha hablado, eso sí, en teoría durante la pretemporada), ni 4-2-3-1, ni 4-1-4-1 ni nada que no hayamos visto. El Atleti salió con un 4-4-2 la mar de clásico, con Gabi y Tiago en el doble pivote, con Koke echado a un lado corriendo más de lo que debería y Olivier Torres a otro aunque cambiando posiciones con Koke a ratos, con Jackson de 9 y Griezmann de segundo delantero. Lo de siempre, oiga, tampoco  nos vamos a extender mucho más.

Entre los nuevos, a Filipe Luis Filipe le consideraremos veterano y así se desenvolvió, sin que diera en ningún momento la sensación de no haber estado aquí siempre y no haberse ido un año con ese entrenador tan pesado que se llevó al jugador, aparentemente, para que no lo tuviera el Atleti, como esos niños ricos que prefieren romperle el juguete al vecino y joder a la pandilla entera con tal de que el protagonista no sea otro. Por tanto, empezaremos por el más nuevo de todos: Jackson Martínez.

Jackson Martínez, 35 millones del ala, no parece que pueda ser otra cosa que titular y nos parece bien. De físico impresionante y mentón de la dinastía de los Austrias, Jackson parece aún despistado y alejado del ritmo frenético que el equipo debería alcanzar en breve, esperemos que a tiempo para el durísimo principio de liga que el bombo nos ha regalado. Algo torpón y poco participativo, Jackson hizo más bien poco pero también es normal. Ni el poco tiempo pasado en el equipo, ni el césped catastrófico, ni la carga de trabajo físico que posiblemente haya programado el cuerpo técnico ni la forma en que se plantó en el Calderón Las Palmas, con tres centrales y dos laterales, más tres medios más defensivos por delante, ayudaron al debutante; tampoco ayudó por cierto a Torres, torpón en un par de acciones a pesar de mostrarse más agresivo y confiado que el despistado colombiano en los minutos que estuvo en el campo. Esperaremos un poco más de tiempo para hacernos una opinión sobre Jackson El Del Potente Mentón, el Habsburgo Negro, el 9 titular del Atleti según vamos viendo.

Óliver Torres, la gran esperanza de todos nosotros, era el gran centro de atención. Todos esperamos mucho porque todos hemos visto grandes detalles y todos esperamos también que corrija esa querencia  a perder balones en mal momento por exceso de complicación que tanto irritan a Simeone. Dos de esos balones perdió en los primeros diez minutos, para desesperación de los que creemos en él. Más adelante, es cierto, dejó pinceladas de jugador diferente, de tener capacidad de cambiar las cosas, de ser ese jugador que hará falta para acelerar o dormir el partido cuando las cosas se pongan feas, para oxigenar zonas en las que el rival presione, para guardar el balón cuando haya que controlar el tiempo. Aún queda mucho por ver y Óliver debe demostrar que acepta el guante que le arrojó Simeone; el partido de ayer no sirve para sacar conclusiones, pero vistas las pérdidas de balón no extrañaría que aún no salga de titular cuando los partidos sean más duros.

El Atleti jugó un partido soso ante un buen rival con poca pinta de recién ascendido, con gusto por el toque y que  no pegó ni un pelotazo ni una patada. No mostró la fluidez que le hará falta contra equipos más fuertes ni la pegada que la inversión en atacantes sugiere, ni tampoco esa solidez defensiva absoluta que empieza en los medio centros gracias a la presión de los de delante. De hecho, si Oblak no hace un paradón estaríamos hablando de patinazo de los gordos. Y todo ello a pesar de una aparente mejoría de Gabi, de la magnífica colocación acostumbrada de Tiago, de las buenas sensaciones que dio Correa, de los solventes y acertados minutos de Raúl García y de la inspiración de Griezmann, fiel a su gol: a Griezmann parece que no le hace falta ni estar en contacto con el balón ni excesivamente involucrado en el juego para marcar goles clave, en el caso de ayer de falta con rebote. Griezmann, jugador con aire de bailarín, parece definitivamente tocado por la varita de Ester Píscore.

El Atleti dejó por tanto una sensación algo decepcionante, como si el equipo estuviera aún en pretemporada o esta no hubiera sido todo lo intensa que debería. Pero estas cosas tienen remedio y se solucionan planificando y trabajando, eso que hacen tan bien Simeone y el Profe Ortega, con lo que sería injusto e ilógico no mantener la fe en lo que vendrá y creer que cualquier mala imagen tiene remedio.

Lo que no tiene remedio es lo de Rabinovich, oiga. Nos llevamos un disgusto con lo de Saza pero en cierto modo era esperable; lo que ha sido un sofocón es lo de Rabinovich. Que Ester Píscore le guíe en su nuevo espectáculo. Mientras tanto, confiemos en que el Atleti empiece a carburar y encare la próxima cuesta arriba del calendario con ganas de epistemologar rivales.




lunes, 8 de noviembre de 2010

De derbys funcionariales y aficionados hartos

El Atleti perdió un partido en el que pareció ocuparse más de maquillarse las carencias que de buscar la victoria, y no parece que le importe mucho a nadie.

NOTA: en esta crónica se escribe DERBY y DERBYS, con Y (griega) en protesta por la imposición de la yé.


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Este año el aficionado atlético esperaba con poco interés el día del derby, ese partido que se jugaba antes y ya, desde hace un tiempo, no. Desde hace años el derby no es un derby sino que es un partido más, un partido soso con poco que recordar, un partido como tantos otros, un mero partidete. Antes los derbys se vivían con pasión durante la semana previa y con entusiasmo o depresión la semana después, valían para deteriorar amistades históricas y para acumular agravios, para retirar la palabra a los cuñados y para hacer rabiar a los vecinos de plaza de garaje. El derby era uno de los días más odiados y esperados del año y producía esa sensación que sólo producen los derbys, esas ganas de que llegue el día mezcladas con el terror a que llegue ese mismo día, ese miedo antes y durante el partido y esa rabia o ese orgullo de después, esa intensidad que ponía la memoria a absorber absolutamente todo lo que pasaba y a tratar cada injusticia arbitral como un motivo suficiente para romperse la camisa, anudarse un pañuelo a la cabeza y echarse a la calle a quemar un convento. Pero esos días han pasado y ahora el aficionado colchonero espera el día del derby como quien espera el día de los análisis médicos de la empresa: sabe que el día va a llegar, tiene ya fecha, sabe que será poco agradable pero que pasará pronto, ya casi sin dolor; sabe que, al contrario que antes, nadie se reirá de él si le ponen gafas porque ya a casi todo el mundo le da igual la pinta que tiene, total él ya no es tan importante como antes.
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Este año, no vamos a ocultarlo, el aficionado intuía que el derby pintaba mal. El Atleti, tras arrancar bien la liga, llegaba tras unos cuantos partidos regulares y dos bastante malos. En casa contra el Almería y en Noruega el equipo dio muestras de debilidad, de espesura, de falta de personalidad y hasta de hastío, de pereza, de hartura por tener que salir a jugar sin muchas ganas con un esquema de juego poco claro a pesar de haber sido repetido hasta la saciedad. El rival, por el contrario, llegaba líder y goleador, exhibiendo más agresividad que otros años, más goles que otros años y el mismo exagerado apoyo mediático que siempre. Quizás esto hizo a muchos aficionados esperar una paliza, una humillación, un correctivo en toda la regla y por eso optaron por ir al cine, arreglar los armarios, pintar las sillas de la terraza o visitar a los suegros, cualquier cosa antes que ver en directo la masacre. No serían los primeros aficionados de la historia que renuncian a ver el derby, no, pero sí los primeros que alegaban esas causas; antes, cuando algún atlético prefería no ver el partido solía ser por no tirar a un invitado por el balcón o por prescripción facultativa.

Los atléticos que no vieron el partido, sin embargo, no fueron mayoría: por más que la lógica indicase que lo mejor era no volver a llevarse un chasco, le es difícil al aficionado atlético no ver a lo suyos aunque sea jugando en un almacén de objetos robados y, menos aún, no ver ese hilito de luz en medio de la oscuridad, no imaginar ese titular del día siguiente, no visualizar esa entrada sonriente a la oficina y ese brillo de orgullo en los ojos que tantas veces ha experimentado. Es complicado no ser testigo, no intentar ayudar aunque sea mirando, renunciar a ver, valorar y sacar conclusiones por uno mismo para no quedar a merced de la impresentable prensa, parcial y triunfalista, no querer ver de primera mano qué le cuentan luego a uno para no pasar por el filtro de lo que interesa a los vendedores de periódicos.

Así, finalmente más aficionados de los que ellos mismos habrían pensado vieron el partido entero y llegaron a la conclusión de que quizás habría sido mejor ir al cine, arreglar los armarios, pintar las sillas de la terraza o visitar a los suegros, cualquier cosa antes que ver en directo el tostón, el partido insulso, el partido mil veces visto entre el Atleti y un equipo de la mitad baja de la tabla a quien se gana sin mucho esfuerzo, pero al contrario. Porque el Atleti perdió pronto un partido por su propia inoperancia y un despiste monumental y se dedicó luego a maquillar su propia dignidad, a barnizar la sensación de impotencia con un dominio poco efectivo y poco profundo que permitiera a jugadores y entrenador decir que el equipo había sido un digno rival, como si se enfrentaran las legiones de Roma contra los alevines de Numancia y se buscase un titular menor, un "como estaba previsto, nos ganaron, pero en vez de en diez minutos tuvieron que emplear treinta". Las cosas pudieron cambiar si el árbitro está más acertado y todo pudo ser distinto si entra el gol de Forlán, o el árbitro pita falta a Reyes en el primer gol o De Gea está más vivo en la falta del segundo. Pero, dicho esto y subrayado el borrón arbitral, el que suscribe vio un equipo que marcó dos goles pronto a otro equipo que siempre encaja goles pronto a pesar de que sabe el precio que pagará luego, y luego a ese equipo goleador tranquilo, dejando la iniciativa al visitante a sabiendas de que el riesgo era limitado.
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El Atleti llegó al estadio del otro equipo grande de la capital con aire de ujier, a recoger el papel que certificaba la derrota sin demasiados alardes. Hola, sí, buenos días, mire venía a cubrir el expediente, a pasar un rato aquí y que se lleven Vds los tres puntos. Ah, si, mire, le estábamos esperando, firme aquí y aquí y aquí, ¿ha traído los papeles? ¿el libro de familia? Ah, sí, muy bien, espere, le pongo los sellos, póm, póm, póm, ya está, hala, gracias, sí, tenga Vd un buen día ¿siguiente?

La afición del equipo de Juanito Navarro se comportó con la misma desidia y falta de interés que el equipo visitante, sin un atisbo de miedo y casi sin emoción. Incluso el día después no son muchos los comentarios jocosos, por más que en toda oficina hay siempre un pobre idiota, un bufón de guardia con el don de hacer el imbécil hasta cuando el resto se comporta. El aficionado colchonero se había preparado, había previsto una masacre pensando que el malhumorado entrenador rival, ese tipo que sueña con que a su paso suene la misma música que cuando sale Darth Vader, pediría a sus jugadores un plus de agresividad, exigiría un resultado histórico si había ocasión, un siete cero que se recordase en bares y bingos dentro de años. Pero ni eso, oiga, ni eso; el entrenador rival pidió a los suyos reservarse, no desgastarse, recuperarse del partido del pasado miércoles, ir al tran tran en cuanto tuvieron dos goles de su lado. El partido del Atleti para recuperarse tras el del Milán, lo nunca visto, si anda Arteche por el campo arde Troya. No quiso hacer daño el entrenador del equipo de Ramoncín - y quizás tampoco pudo, aunque De Gea paró bastantes más que el portero rival - y eso sólo demuestra que ya no hay derby ni nada que se le parezca.

En el palco uno imagina que la historia sería similar. El presidente del Atleti, máximo responsable de la situación del club si es que este hombre puede ser responsable de algo, estaba tranquilo y risueño en el palco. Conociendo a este hombre y su afición a lucir símbolos del equipo de Ray Loriga, uno le imagina encantado en el palco, diciendo lo bonito que es todo, hablando maravillas de la calefacción y la mar de orgulloso al lado del presidente rival. Hombre Florentino, menudos asientos tenéis aquí ¿es escai? ¿es polipiel? Se ven bueno, buenos ... ¡y reclinables! y oye, que de la televisión lo que tú digas, que a mi me parece bien, me parece justo, lo del Del Nido es una locura, ya le conoces, con ese sombrero ... yo, lo que tú digas, claro que sí, faltaría más, y si hacemos carreras de caballos yo no tengo problema en correr en un pony, hombre, por mi no hay problema, para mi es un orgullo en cualquier caso. Y a ver si os venís a casa Pitina y tú a cenar, que mi mujer os pone unas cortezas y un champán del bueno, del belga. Tú puedes hacer esa imitación tan buena de Antonio Ozores, que eres igualito, y nos podéis contar esas historias tan graciosas de cuando el Atleti puntuaba aquí en vuestra casa y los derbys se jugaban a cara de perro, que nos dan mucha risa. Gracias sí, es buen plan, cualquier día vamos, gracias por el apoyo, amigo Cortezo. Cerezo, Florentino, es Cerezo, no Cortezo. Ah, sí, es verdad, perdona, ¿es Ernesto, no? Enrique, es Enrique. Ah, sí, Enrique, perdona, claro, claro, pues eso, nos vemos pronto, gracias, Carazo.
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Salió el Atleti con un portero muy abrigado y peinado con cresta en un partido que antes se jugaba con bigote o, como mucho, con cresta de mohicano de los que hay que arrancarles el corazón para asegurarse que no se van a revolver, y salió también con una defensa de esas que se llaman ahora de circunstancias. Salieron en el centro Ujfalusi, algo perdido como central tras muchos partidos como lateral, y Domínguez, emocionante en su entrevista de unas horas antes pero excesivamente despejón y poco jugador durante el partido. Salió por la izquierda Filipe Luis Filipe y por la derecha Valera, y de ambos hablaremos un poco más.

Filipe Luis Filipe, fichaje de relumbrón de esta temporada, es lo que se viene llamando un carrilero moderno. Fino de cabos, ligero, elegante con el balón, más ofensivo que defensivo, está llamado a darle la réplica a Ujfalusi y abrir el campo por las bandas. Pero Filipe Luis Filipe, quizás por su lesión pasada, quizás por no haber tenido tiempo aún de encontrar su sitio, no aporta en ataque todo lo que debería y su presencia en el juego es relativamente escasa. Se espera mucho de él y aún no lo da y empieza a llegar el momento de exigirle más. Valera, por su parte, salió de titular en el derby y hubo más de uno y más de dos que se encomendaron a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, pensando en el partido que podría hacer el bueno de Valera en la banda por la que estaba llamado a entrar el jugador con los peinados más cuidados del fútbol mundial, el estandarte del rival y proclamado jugador más glamouroso del mundo mundial y duque de las botas de motitas. Y hete aquí que Valera, sin demasiadas dificultades, cubrió su banda, llegó alguna vez a la línea de fondo rival, cumplió en los corners y multiplicó presencia para tapar el agujero que dejaba por delante de sí Reyes y algunas audaces colocaciones de Ujfalusi. No obstante, no tiene excesivo mérito el partido de Valera, que ayer tuvo la suerte de marcar a un jugador que únicamente se emplea y funciona contra rivales de enjundia limitada y que, en partidos más duros, se limita a buscar el primer plano y hacer ese regate inútil basado en los pasos de la jota manchega, tributo fiel, eso sí, a la provincia cuya matrícula luce en su acrónimo.

El ataque de entrenador de la noche apareció en el medio del campo. Quique Flores, fiel como siempre al dibujo de Aguirre, sacó a Mario Suárez junto a Tiago dejando fuera a Assunção (imaginamos que por algún problema físico, que si no nos lo explicamos) y a Raúl García, el damnificado crónico. Raúl García tiene que ganarse los galones todos los partidos, siempre empieza de cero y no tiene crédito, cosas que ocurren; cuando luego ve uno que es el único al que duele un pase ridículo de un rival portugués y le dice lo que le habría dicho cualquier aficionado, a uno le da rabia su situación. Tiago, sin embargo, es un buen jugador que no está en su mejor momento pero cuenta con buena prensa y la confianza del respetable. En Noruega jugó un partido nefasto pero marcó un gol antológico, y con ello parece haber llenado hasta los topes sus reservas de credibilidad. Ayer hizo un partido normalete, sin mucha exigencia, apoyado en un buen Mario Suárez y sin demasiada presión de los rivales, cómodos desde su segundo gol en el minuto 20. Eso sí, su salida coincidió con la pérdida definitiva del balón y la entrega de la cuchara y las llaves de la ciudad, la firma del armisticio y los ruegos y preguntas.

En las alas jugaron los de siempre. Simão anduvo peleón pero poco efectivo, sin demasiada sintonía con Filipe Luis Filipe, el llamado a entrar por el hueco que Simão abre al ir hacia dentro. En el otro lado, Reyes. Reyes hizo bien su juego característico, ese juego infantil consistente en regatear siempre y mucho. Reyes aportó cosas, no tuvo problemas para jugar a pesar de estar cubierto por el lateral izquierdo de moda y pudo marcar si no es por el portero rival. Pero en otras ocasiones Reyes, como es costumbre, regateó y regateó dejando a su paso uno, dos, tres rivales y uno, dos, tres compañeros en buena posición que quedaban sin saber bien qué decir al ver pasar a Reyes mirando al suelo como si hubiera perdido una lentilla. Reyes aporta al equipo por su facilidad en el regate y su imprevisibilidad, pero esas mismas condiciones hacen a veces que el resto de compañeros no sepan dónde va Reyes, dónde colocarse y qué esperar de él; cuando Reyes pierde el balón y se lanza en contraataque rival, eso sí, todo el mundo se acuerda de los antepasados de Reyes.

En la delantera, el aficionado soñaba con ver a un delantero rubio aunque cada vez más moreno marcando un gol desde la derecha y otro desde la izquierda, uno tras control y remate y el segundo tras control, remate y espectacular tiro con rosca, pero entonces cayó en que ese delantero, siendo de los suyos, le había metido esos dos goles al Chelsea un rato antes y tendría difícil llegar un par de horas después a jugar el derby. Cayó entonces en la cuenta de que los goles tendría que meterlos un tipo chiquitajo y moreno o bien un rubio aunque cada vez más moreno al que el club anda loco por vender y para el que va armando una coartada de deslealtades, frialdad y rarezas que luego viene muy bien para que la gente no proteste demasiado. El chiquitajo lo intentó sin éxito y el rubio cada vez más moreno no tuvo su día aunque lo intentó, y eso que pegó un tiro al palo que pudo haber cambiado el partido. Poco hizo la delantera del Atleti y no pudo hacer demasiado a pesar del dominio del equipo; porque el dominio fue horizontal y poco peligroso, hizo que el rival estuviera cómodo y en ningún momento hubo un fogonazo de ira de esos que empujan a los equipos a su área pequeña.

El Atleti pareció conformarse con un dos cero y una buena crítica a su juego. No intentó buscar la victoria y prefirió asegurarse el no pasar a la historia como la plantilla que recibió un saco de goles. La mochila de derbys perdidos ya no pesa a los jugadores como debiera; ya no es un deshonor volver a perder, es casi ya lo normal, no una tradición pero casi, no una necesidad pero casi, nada, en cualquier caso, que afear a los jugadores responsables de la enésima derrota. No hubo asedios a la portería ni salidas en tromba a pesar de que el rival no pareció gran cosa; hubo un armisticio sin firmar, un pacto de no agresión una vez pasado el vendaval inicial y los fallos de la defensa. Ni siquiera en las decisiones arbitrales contrarias se produjeron follones ni hubo protestas airadas, sólo Raúl García puso en su sitio a un rival. Los jugadores vivieron el derby como un trámite, como una misión imposible tras el segundo gol en la que lo importante era encalar la fachada y no limpiar la casa por dentro, se comportaron como profesionales conscientes de que nada cambiaría para ellos si se volvía a perder el partido que no hay que perder nunca.

Pero, ¿y la afición? Pues, más preocupante aún, a la afición parece pasarle lo mismo que al resto. Viendo unos jugadores a los que no afecta en absoluto la situación y una directiva domesticada, contenta con poder rechupetear las sobras de la chuletada, la afición parece haberse contagiado. Al aficionado le da cada vez más igual perder el derby, se piensa el verlo y asume con indiferencia la entrada a la oficina del lunes. Las derrotas ya no duelen, casi ni irritan, se procesan de antemano y cuando suceden ya se han digerido. Hasta el aficionado más convencido parece haber asumido que, en estas situaciones, el Atleti ya no es un rival que juegue de poder a poder, ni siquiera el equipo incómodo que se empeña en aguar la fiesta del equipo ricachón cortándole la salida del garaje con barricadas; casi hasta ve con naturalidad que la directiva asuma como positivo el statu quo y renuncie a pelear por acortar la diferencia en presupuesto con los de arriba. La hinchada se ve impotente para cambiar la situación y observa, ya sin fuerzas, como el Atleti pasa de ser el vecino con el que no se busca pelea a ser Flanders. La afición está harta de ser la única que sufre por estas cosas y parece empezar a dar signos de hastío. Y esto, señores, sí que es muy, pero que muy preocupante.