Por D. Ismael I de Onteniente
Se celebran en la Comunidad Valencia infinidad de Fiestas que tienen que ver, están basadas, o en las que el claro epicentro es la costumbre de correr toros en la calle.
Las modalidades son, no diría que infinitas pero si ciertamente abundantes, y ello hace que la imaginación para hacerle al pobre animal mil perrerías, ataviarle extrañamente, y darle un tute despiadado, sean muchas y algunas veces (demasiadas) desafortunadas.
Lugares donde se suelta al pobre bicho en recintos cerrados para solaz de los mozos y excitación de sus primas. Otros donde se le corre por las calles del pueblo (esta modalidad más tradicional, sí), se le acompaña a que salte al mar, se le reviste de antorchas y se le corretea en la noche templada de la primavera mediterránea.
No se asusten, que no voy a glosar aquí todas las imaginativas tradiciones taurinas que se le ocurren a las gentes levantiscas que adornan estas tierras, no vayamos a acabar escribiendo un catálogo de la Santa Inquisición.
Tampoco pretendo aquí entrar en la cuestión de si está bien o mal, de “cuán bien o mal está”, ni de que si en su pueblo de usted tiran a una cabra desde un puente de Calatrava, y en cambio en el mío solo se descuartiza un cerdo con cuchillos de Albacete, a ser posible marca Arco, como manda la tradición, y se le rocía con napalm. Si iniciamos este campeonato acabaremos sintiendo vergüenza propia, en vez de orgullo de pertenecer a estas tierras tan…levantiscas.
Lo cierto es que todo esto forma parte de nuestras costumbres más ancestrales, y que esa costumbre, esa tradición, o cultura está firmemente arraigada, y ahí sigue tras muchas generaciones…
El subidón de adrenalina (ahora se dice así, oigan), la emoción que se siente en la carrera, el riesgo, la excitación que provoca estar cerca de ese animal mítico y divino, el sabor de estar vivo que provoca esa pasión, el que no lo ha vivido, no me va a comprender, ya no digo compartir mi opinión, y yo no acierto a saber explicarlo mejor.
Ahora vienen nuestros amados dirigentes, en tropel, a regularlo todo, con ese afán de no estarse quietecitos, esa fiereza legisladora, esa pasión por buscar dónde regular, regular y regular, que les ha entrado desde un tiempo a esta parte. Pero hay que entenderles, pobrecillos, son tantos y están tan desocupados, que algo deben hacer. Administraciones que nos regulan tenemos, amigo Sancho. Pero esa es otra cuestión, en la que no me voy a meter, pues me llevaría a un debate que no es propio de este blog.
En el caso que me afecta, y durante las fiestas patronales, la modalidad es “Toro con cuerda Embolao”. Dicho así, no sabría contestar si es modalidad reconocida por el Comité Olímpico, igual da:
“En una ceremonia multitudinaria, se le cubre el astado del animal con una bolas protectoras, y se corre la fiera en el barrio viejo, por calles abarrotadas, tres toros cada día, que van atados, yo diría gobernados por una enorme cuerda, que evita los malos pasos y atenúa la gravedad de las cogidas”.
Y, fíjense, que digo multitudes, porque eso es lo más curioso: cuando yo era joven éramos 4 gatos los que corríamos el toro, mientras que ahora (y año tras año es mayor), el número de corredores es casi increíble, apenas puedes ver al toro.
Desde luego se ha convertido en la fiesta más popular, en la más arraigada. La gente come (imperativamente) cazuela de arroz al horno (algún día les daré la receta, que por cierto D. Carlos ha degustado varias veces), y no encuentras un bar libre ni harto de vino (lo que suele ser el estado normal).
Todos los viejos animamos a los corredores jóvenes, y de padres a hijos nos vamos pasando, en extraña genética, los consejos que atesoramos de generaciones:
“Donde y como correr, a qué prestar atención, en qué esquina te puede enganchar la cuerda, qué hacer en cada caso de comportamiento caprichoso del animal…”
Yo ya le pasé el testigo y los consejos a mi hijo, quien ya está en primera fila. Otra cosa en lo que opina mi mujer…
Pues ya ven, todo este rollete, aunque no lo crean tiene que ver con futbol y con el Atleti.
Y es que no puedo evitar, desde hace unos días, dejar de pensar en Quiqui Sánchez Flu y el Toro Embolao.
Me digo, “este equipo no lo coge cualquiera y lo intenta sacar adelante”, “este equipo no lo entiende ni la madre que lo parió”.
“Esta plantilla es totalmente mansa”, “estos jugadores van arrastrado una gruesa maroma mientras un montón de chupópteros tira de ellos, ni que decir que en dirección contraria”. Y les frena las aspiraciones ante la decepción de la afición, que gustaría de correr jubilosa con ellos, ante emociones y éxitos…
Un Toro Embolao le han dada a Quiqui, a ver cómo consigue que no le lleve por delante y le dé un viaje de mil pares de narices, el hombre.
Lo primero, que juzga el desconcierto que debe tener el míster, es que todos esperamos que armara el equipo, que consiguiera dar con una defensa de garantías, y dos medios centros para dejarse de bromas. Recuperación, esfuerzo, pelotazo arriba, y a tomar viento. Es lo que se esperaba, y a fe mía que parece haberlo intentado.
Pero no, esa no es la receta, la receta era dejar que las mismas e inexplicables por imprevisibles, características de este equipo, que tantas veces se han glosado aquí, dieran por sí mismas con la solución.
Porque, ya me dirán a mí, si parecía lógico dejar solo a Assun, y ponerle por delante a tres flojos, que alimenten de balones a los dos monstruos de arriba. Y digo tres flojos, en el buen sentido, no se me mal interprete: llamar flojos a Juradito, Reyes y Simao, es quedarme corto, muy corto.
Pero hete ahí que, mientras uno se friega los ojos para ver si son visiones, te encuentras a JoseAn recuperando balones y haciendo ayudas defensivas en la banda derecha. Simao ya lo hacía, lo sé, y Juradito lo intenta el pobre ( igual acaba el chico ganando cuerpo y vale para algo, en un par de ligas, no desesperen sus defensores, anden).
Así salió el equipo ante el Español, y ante el Jerez. Y claro, puede que ustedes digan que la solución estaba ahí, precisamente, en jugar contra el Español y el Jerez. Y llevan razón, pero hemos marcado seis golitos, y no nos han hecho casi ni una ocasión de gol, eso también es de razón.
Nuestro Toro Embolao, todavía nos dará revolcones y se llevará por delante a Quiqui, , no lo duden, pero, venga, algo es algo, caramba, falta que hacía, buff, ya era hora, caray (por poner comas, oigan).
El partido no lo vi. Bueno si que lo mire, pero verlo… Ya me entienden. Y creo que ya saben lo que pasa en las fiestas de estas tierras levantiscas… con decirles que estuve un rato convencido de que jugaba Caminero…
Aún así, me pareció ver al portero del Valladolid (no al que hemos fichado este año, al del año pasado), a Juanito jugando en dos demarcaciones a la vez, expulsado y seguir jugando, que lío.
Imaginen lo mal que iba, que llegue a ver a Valera trotando por la banda, otra alucinación sin duda.
A mi derecha decía un tipo “nosequé” de Perea, que digo yo que no jugó, pues hubiese hecho algún empastre y lo veríamos en los resúmenes…
El equipo rompiendo la defensa adelantada del rival (¿lo entrenará Abel, al Jerez?), que raro todo, …era mi padre ¿su padre se llamaba que raro? Que Raro Benson Señora…
Digan lo que digan, el Atleti ha sumado 6 puntitos que son casi tantos como en el resto de la liga, y ha dado alguna buena sensación, incluso yo diría más, alguna muy buena…
Qué fácil es escribir una crónica cuando el equipo gana. Ni siquiera hace falta hacer visto el partido, nos basta con disfrutar de la sensación de correr junto al toro, hacia adelante, con emoción.
No dudo que el toro, se frenará de repente, cuando menos convenga, se dará la vuelta y nos ganaremos un buen revolcón. Cuando ocurra exclamaremos aquello de: pero ¿qué esperaban?
En mi confusión final, percibí un detalle feo de Quiqui S. Flu, que no quisiera omitir:
Durante la expulsión de uno de los dos Juanitos, muchos concebimos la esperanza alborozada de que ello nos permitiría disfrutar del momento soñado de la noche , la reaparición del Gran Mariano, paladín de nuestro anhelo. Pero no, Quiqui nos demostró que de acuerdo que es un Toro Embolao lo que le ha tocado lidiar, pero alegrías las justas.
Mientras, en la noche de Gandía, un avieso pesimista se retorcía inquieto. No crean, era de emoción.
Mostrando entradas con la etiqueta Ismael. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ismael. Mostrar todas las entradas
domingo, 6 de diciembre de 2009
domingo, 4 de enero de 2009
EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA
Verán, seguro que a algunos de ustedes les ha caído el marrón, de tenerse que quedar en la oficina, cuando todos los compañeros han sabido aprovechar con tremenda habilidad y tino, sus días de vacaciones, para que con un montaje digno de un retablo de Barceló, componer unos enlaces maravillosos que les permiten dejar de trabajar durante todas estas fechas.
Yo no soy capaz de hacerlo, no tengo esa cualidad (es una cualidad, no lo duden) de componer las ecuaciones necesarias para tomarme tantos días, sin que parezca un aprovechado y un holgazán sin vergüenza, ante el jefe de personal.
Hay gente así, que lo logran, y se van. En cambio el que se queda, la ha pringado.
“Ya que se tiene que quedar, el pobre, qué más le dará”, se preguntan los espabilados, “hacernos unos pocos favores, tampoco es para tanto”
Leerse informes, regar las plantas, recogida de revistas, recepción de paquetes, de todo, y eso que no menciono cantidad de encargos mucho más lesivos e indignantes, eso sería meterse con la familia, y en estas fechas, ya saben, mejor no meneallo. A pringar pues.
Bueno, con esta introducción, ya han adivinado que se encuentran ante un pringado.: Soy el que se quedó, para ver si hace falta algo en la oficina, si llama el “señor cliente” con un antojo, o la ha liado algún proveedor.
Como no tenía bastante con mis amados, avispados, y vacacionales compañeros, el Coronel tuvo la ocurrencia de pedirme que hiciese el favor de hacer la crónica “tú, que te quedas, ¿qué te cuesta, hombre?”. Mientras él, ¿a qué decirlo? Disfruta que te disfruta, por eso mundos de Dios.
Y eso, don de la oportunidad, en el partido que más me preocupa cada año, donde se enfrentan el equipo que más amo, y el que más detesto de futbol nacional. Para rematar, vaya.
Y es que yo, debería haberlo explicado, a don Carlos le llamo Coronel. Será por el aire marcial que se gasta el señor. Esas maneras rígidas, ese caminar enhiesto, como de desfile, ese vozarrón imperativo. Por no mencionar su perilla de Húsar y su rigurosidad Prusiana. Pero, bueno, esa es otra cuestión, que aquí lo que toca es hablar de futbol.
“Mala Barraca”, decimos por aquí, porque a mí me gusta mucho más leer que escribir, y de futbol se poco, muy poco:
“En medio de todo, me dijo que, incluso en su abrumador sentimentalismo, recordaba algo, ritmo fugaz, fragmento de perdidas palabras que hace mucho tiempo oyera en algún sitio…”
A mí me hubiese gustado escribir cosas así, pero no soy capaz, no valgo, ¿qué le voy a hacer?. Así que rellenaré unas líneas, para cumplir el encargo, que es lo que se supone que está obligado a hacer un pringado, como yo.
Ya he anunciado, un poco antes, que de futbol sé poco. Mejor no meterme. Les hablaré, entonces, de otra cosa, de otro verbo: de competir.
Les hablaré de algo que es mucho más esencial e importante en el futbol de hoy, (y de siempre) de lo que nos gusta admitir: Se trata de la voluntad colectiva, colegiada, de vencer en un desafío, en un compromiso, frente a unos iguales, y ante unas reglas.
Ganar, luchar, pelear, como un solo Ente, no individualmente. Eso en futbol lo llamamos de mucho modos, pero es difícil de hallar, y menos con cierta continuidad.
Vemos muchos equipos con grandes estrellas, que brillan individualmente, y que no son capaces de insuflar ese estado de ánimo a sus compañeros de desafío, al conjunto.
Me dirán que la vida está llena de situaciones que nos servirían de ejemplo para hablar de unidad, compromiso y ganas de competir, de luchar, pero hablamos de futbol y del Atleti. Y este Atleti no sabe competir.
Dispone de fajadores, de talentosos, de verdaderos comprometidos, pero como conjunto, como equipo, no consigue disponer del sentido de la competitividad que se necesita para empujar, luchar, pelear, correr, chocar, sufrir, y ganar.
Salió el Atleti en Mestalla (diría el Coronel) a… a verlas venir, sin ánimo, sin fe, sin rabia, sin mala sangre. Y enfrente se encontró un equipo sabedor de sus limitaciones, de sus posibilidades, de la senda que debía seguir, aunque áspera, para lograr el éxito. Y la usó, usó sus armas sin dudarlo: bronca, ímpetu, agresividad, pongan ustedes lo que prefieran, competir se llama eso.
Así que a los 5 minutos, ya le habían anulado 2 goles, desbordaba sin cesar, apretaba la marca, ganaba. Mientras, el Atleti, confiado a sus reconocidas virtudes, esperaba tiempos mejores, sin ofrecer la intensidad necesaria.
De nada sirve decir que Assunsao cayó demasiado atrás, que Luís García ha dejado de jugar al futbol (y ¿qué culpa tenemos nosotros?, digo yo), que Raúl iba buscando su sitio, que la defensa, con ese flojo Heitinga, dejaba la sensación de que iba a liarla (como así fue).
El Valencia nos ganó por ganas y competitividad, y a nadie (reconozcámoslo) le extrañó ver el 2-0 en el marcador, mediada la primera parte.
¿Cómo se entrena eso? Lo ignoro ¿Cómo puede un entrenador meter eso en el pellejo de jóvenes millonarios, tan solo interesados en éxitos individuales, mediáticos, sin ilusión en lo colectivo? No lo sé.
Fíjense que no hablo de colores, ni de sentir el escudo, no. Hablo de querer ganar, de partirse la cara, de buscar éxitos en una carrera deportiva, con egoísmo, con ambición, con mala leche.
Por ello, y no por el mandato que me dejó D. Jesús (Dios lo tenga en la gloria de unas vacaciones paradisíacas, y nos lo devuelva pronto, a ser posible con mejor carácter), me abstengo de poner a parir al Vasco Aguirre, en este aspecto. Ya lo harán ustedes, no me cabe duda.
Oigo en la Sexta, antes de las lamentables comentarios que suelen acompañar sus retrasmisiones (al menos las del Atleti), que Guardiola les pone un disco (Vive la Vida) a sus jugadores, momentos antes del partido, para enchufarles, para infundirles alegría, y ganas de jugar, divertirse y ganar.
Pues vale. Lo que no me cabe duda es que el Atleti no sale a disfrutar. Eso se masca, en la angustia, en la tensión que nos acompaña cada encuentro. No sé qué música les vendría bien a estos muchachos, pero desde luego podríamos buscar si en la nómina del Club hay algún disc-jockey y plantear un debate.
La segunda parte arranca, y nos muestra un equipo que intenta remontar, ante un Valencia que ya ha hecho lo que se le pide, y que se cierra a esperar y a desesperar. Nuestro amado equipo aprieta y encierra al contrario, parece que puede remontar, pero se le ve sufriendo, sin gozo, como teniendo que resolver con prisas, lo que antes no supo. Así, sin esa alegría, sin ese espíritu de disfrutar jugando, se fallan los remates, se yerran los goles.
Al poco, el Valencia cierra el partido (dos pases imposibles de Ujfalusi, quien iba a decirlo, nos condenan), y se dedica a chocar, a discutir. El pescado está vendido.
Ahora podemos ponernos a analizar la ausencia de Maniche y de Maxi, la aportación de Raúl Garcia (¿en la primera o en la segunda parte?), si Luís Garcia debe seguir perjudicándonos (¿será una promesa de alguien, que juegue este chico?), si se debería haber sacado antes a Pongolle o a De las Cuevas.
El partido lo perdió un equipo que no sabe (no quiere) competir, que no ha ganado a ninguno de sus rivales directos, y que solo se ve superior ante los equipos en teoría débiles.
¿Por qué? Yo no lo sé, que lo diga el Coronel, que yo solo soy un pringao, y me supera la pregunta.
Etiquetas:
Atleti,
Atlético Madrid,
Ismael,
Liga,
Valencia
lunes, 26 de mayo de 2008
DE MUCHA CATEGORIOTA, por Ismael
Verán, tengo un amigo, de por aquí de mi tierra, quien cuando quiere dar énfasis abundante a su valoración, de cualquier cosa que se le antoja, exclama con profunda voz:
“Eso es de mucha categoriota”.
A ustedes les puede parecer banal, pero a mí me da mucha risa, con su expresión de asombro cuando la lanza. Que me parto, vaya.
Y ustedes dirán, ¿de qué nos está hablando, aquí el valenciano este?, pues de eso quiero hablarles, de algo de mucha categoriota. De un Palacio, de la Meca de la mayor categoriota que puedan concebir:
El restaurante (léase Restó, se lo ruego, que queda más fino) del Bernabeu. Puerta 57.
Como imagino que algunos de ustedes sabrán, me tocó asistir a un evento (palabra suave para definir una comida, con gente de trago largo, de mi pueblo), en ese lugar donde las estrellas gravitan sobre las más finolis y elegantes viandas. No me juzguen precipitadamente, puesto que circula la leyenda de que, el mismísimo maestro, el apoderado del blog, llegó a comer allí, en cierta ocasión. Sí señores, sí, el amo de la cosa en el Bernabeu. Vivir para ver.
En todo caso, coincidirán conmigo en que, solo habiendo estado en tan mítico lugar, se puede abarcar el tamaño de la cuestión. El tamaño galáctico, se entiende. Fue abrir yo la boca y comentar algo al respecto, y zas, cierta tirana que nos gobierna en este blog, me ordenó que escribiera sobre esa plaza. Y, ya saben, cualquiera desobedece a un Teniente.
Así que, aquí me tienen, versándoles sobre el Palacio de las Cosas de mucha categoriota. Desde luego que, un cierto rebote de acidez de estomago, me va a quedar ante el solo recuerdo, pero ¿qué se le va a hacer? El miedo y la obediencia es lo que tienen.
Imagino que, muchos de ustedes no visitarán esa mansión de lujo y glamour en toda su vida. No se ofendan, no es que yo les considere de ningún modo, amigos míos, ni que piense que algo les impida frecuentar esos Casinos de Opulencia, no se vayan a pensar, sino más bien todo lo contrario: Que no creo que así, a sangre fría, se metan ustedes en el corazón vikingo, a desperdiciar euros a troche y moche. Al menos sin provocación, vamos.
Así que les distraerá que les verse un poquito sobre lo que allí se cuece, y de paso les ayudo a pasar el rato. Venga.
Lo primero que se van a encontrar en la puerta famosa, es a un grupo de japoneses despistados, mirando para todos lados, como con cara de esperar que salga Mijatovic para hacerle una foto, en el hipotético caso de que sepan quién es Mijatovic, claro. Que no lo saben les dará idea, el que a mí, que iba de riguroso traje azul marino, me hicieron más de 10 fotos. Un buen preámbulo me pareció aquello, a qué negarlo.
Una vez dentro, se deslumbrará el visitante con la cantidad de gente trajeada que ocupa la plaza. Vamos, que te parece que te has colado en una boda, así como diciendo:
“Que soy amigo del novio, oigan”. Yo, a bote pronto, no me explico para que se pone la gente traje, para tomar cañas, pero bueno, ellos sabrán.
La barra es sensacional, llena de viandas marisqueras, de camarones ordenaditos como si fuesen el cuerpo de regulares de Melilla, o mejor aún una caja de bombones. Hasta da pena comérselos, de lo monos que están. El resto se lo imaginan: pantalla de plasma, mantelitos cada dos por tres, cubiertos a cada dos minutos, etcétera. Eso sí, al César lo que es del César, la cerveza la tiran de cine, las tapas son de bandera (de bandera vikinga, vaya) y el servicio es buenísimo.
Después de haberte sometido a una cuenta (¿qué se debe aquí, oiga?), que te deja caminando como Chiquito de la Calzada, te metes en el Restaurante, propiamente dicho. Zas, impacto al canto, vistas al campo con su colorcito azul en los asientos (por cierto, el mismo azul sí, el que degustamos en el blog, el mismo), con su letrero que pone Real M…, hay, hay, no me hagan escribirlo, oigan.
¡Qué bonito! ¡Qué aura de vikingolandia!, y todo lleno de lo que denominaríamos “caballeros solventes”, como con pinta de poder fichar cracks mediáticos en cada mesa. Tendrán que ampliar los vestuarios, con tanto as de relumbrón, digo yo.
Las instalaciones son comodísimas, eso hay que reconocerlo, como con mesas amplias, y tal. Aspecto este, por otro lado, absolutamente necesario, dado el tamaño de las panzas de los comensales que frecuentan este Palacete, dicho sea de paso.
Mucha joya en las mesas, digo, pero buen servicio, y una carta fetén, repletita de platos finolis tipo “chopitos caramelizados al aroma de vino fresco”, cuando, de repente leo asombrado:
Plato del día: Fabada Asturiana.
No pude reprimir el exclamar: Dios mío que ordinario, que se presente de inmediato El Bulli, a poner orden, oiga. Pero un compañero de mesa responde con agilidad:
“Que no te enteras, empanado, ¿qué no ves que ya dan por fichado a Villa? Se estarán aclimatando, hombre de Dios.
Y tiene razón, soy tonto, y es que un paleto como yo, por mucho que se atavíe con un traje, sigue siendo un paleto, que le vamos a hacer.
Así que me callo, mientras abren una tras otra, botellas de vino, sin ni siquiera preguntar a los comensales. Será que aquí se lleva el derramar ríos de tinto, una mina oigan, como las Bodas de Camacho. O, miren que gracioso me siento hoy, como las Bodas de Canadá, que decía un conocido mío (por cierto, socio del Madrid).
Bien, veo que no les está sorprendiendo nada de lo que leen. Vale, eso es porque ustedes no han visitado los Aseos de semejante Taj Majal.
Tras atravesar una zona de densa niebla, donde se vislumbran unas mesas con más caballeros solventes, que me explican que es el comedor de fumadores. Yo no lo niego, pero tampoco lo juro, la verdad, que bien podría tratarse de una escena del Regreso de los Templarios, vamos.
Pero volvamos a los Servicios. ¡Que cracks estos tíos! y no me refiero a lo limpio y pulcro, a lo moderno y Art Deco del lugar, no, el shock te lo llevas cuando, tras lavarte las manos, te enfrentas a una Máquina con pinta aeroespacial, en la que al introducir las manos (cada una en su agujerito, no crean) se activa un huracán de aire caliente, que te deja seco como la mojama. Solo falta que emita una melodía, “control de tierra al Comandante Tom…”. Ah, y sin frotarse las manos ni ná, sin andar haciendo gestos raros debajo del tradicional secador, que solo actúa si te frotas como un avaro, y fuerte, oigan. Con una maquina así, ¿cómo no van a ganar títulos, los tíos?
Así que ya ven, anonadado ante tanta opulencia, iba yo por el recinto, como si fuese la Cenicienta en el baile del Príncipe, esperando encontrarme a La Posh en cualquier recodo. Mientras, un amigo mío, comensal también, que es del Madrid, no paraba de pavonearse de la ínsula de lujo en que estábamos instalados:
“A ver si montáis un Burguer King, en la Peineta, já, já, já, decía el jodido”. Muy gracioso el muchacho.
Lo cierto es que, debía reconocer que estábamos muy bien servidos, y la comida era excelente.
“Son gente muy atenta, aquí”, iba yo pensando, desde el fondo de mi pesar y desamparo, cuando sucedió un milagro.
Si, si, lo han oído bien, un milagro. Un verdadero milagro, que me sacó del pozo en el que estaba cayendo, y me transportó al éxtasis, y que eliminó de un plumazo el pánico que sentía ante la llegada del momento de enfrentarme a la cuenta. Nada, nada, que me vine arriba, y me pude pavonear como un Sultán ante tanto fasto principesco. Sucedió así:
Junto al comensal vikingo, del que ya les he hablado, se sentaba un amigote más, que es del Barça. Como podrán suponer, él también estaba sufriendo de lo lindo. Incluso intentaba replicar ante cada maravilla, diciendo aquello de:
“…pues en el palco VIP (léase viaipí) del Barça, también, también…”,
Cuando, no se le ocurrió otra cosa, que pedirle cierta bebida espirituosa al ángel que nos estaba atendiendo, con una frase del tipo:
“Señorita, haga usted el favor de servirme tal bebida, a ver si supero el malestar que me provoca el estar aquí, que yo soy del Barça”.
Con gracia sin par, firmeza, desparpajo y tono orgulloso, contesto la celestial camarera:
“Anda este, nos ha jo… el tío, mire usted, que yo soy del Atleti, oiga, y tengo que sufrir a estos vikingos a diario”.
No me levanté a besarla por decoro y educación que, ganas me entraron, me entraron. Pueden imaginar que fui feliz el resto de la tarde, con mi orgullo repuesto, y la autoestima por todo lo alto.
Creo que, incluso, cuando salí me llegué a dirigir a los Japos, que seguían revoloteando por la puerta a la búsqueda de algún Mijatovic:
“Váyanse, váyanse, que les han engañado. Que aquí no van a ver al Kun Agüero”.
Lo dicho, un lugar de mucha Categoriota.
“Eso es de mucha categoriota”.
A ustedes les puede parecer banal, pero a mí me da mucha risa, con su expresión de asombro cuando la lanza. Que me parto, vaya.
Y ustedes dirán, ¿de qué nos está hablando, aquí el valenciano este?, pues de eso quiero hablarles, de algo de mucha categoriota. De un Palacio, de la Meca de la mayor categoriota que puedan concebir:
El restaurante (léase Restó, se lo ruego, que queda más fino) del Bernabeu. Puerta 57.
Como imagino que algunos de ustedes sabrán, me tocó asistir a un evento (palabra suave para definir una comida, con gente de trago largo, de mi pueblo), en ese lugar donde las estrellas gravitan sobre las más finolis y elegantes viandas. No me juzguen precipitadamente, puesto que circula la leyenda de que, el mismísimo maestro, el apoderado del blog, llegó a comer allí, en cierta ocasión. Sí señores, sí, el amo de la cosa en el Bernabeu. Vivir para ver.
En todo caso, coincidirán conmigo en que, solo habiendo estado en tan mítico lugar, se puede abarcar el tamaño de la cuestión. El tamaño galáctico, se entiende. Fue abrir yo la boca y comentar algo al respecto, y zas, cierta tirana que nos gobierna en este blog, me ordenó que escribiera sobre esa plaza. Y, ya saben, cualquiera desobedece a un Teniente.
Así que, aquí me tienen, versándoles sobre el Palacio de las Cosas de mucha categoriota. Desde luego que, un cierto rebote de acidez de estomago, me va a quedar ante el solo recuerdo, pero ¿qué se le va a hacer? El miedo y la obediencia es lo que tienen.
Imagino que, muchos de ustedes no visitarán esa mansión de lujo y glamour en toda su vida. No se ofendan, no es que yo les considere de ningún modo, amigos míos, ni que piense que algo les impida frecuentar esos Casinos de Opulencia, no se vayan a pensar, sino más bien todo lo contrario: Que no creo que así, a sangre fría, se metan ustedes en el corazón vikingo, a desperdiciar euros a troche y moche. Al menos sin provocación, vamos.
Así que les distraerá que les verse un poquito sobre lo que allí se cuece, y de paso les ayudo a pasar el rato. Venga.
Lo primero que se van a encontrar en la puerta famosa, es a un grupo de japoneses despistados, mirando para todos lados, como con cara de esperar que salga Mijatovic para hacerle una foto, en el hipotético caso de que sepan quién es Mijatovic, claro. Que no lo saben les dará idea, el que a mí, que iba de riguroso traje azul marino, me hicieron más de 10 fotos. Un buen preámbulo me pareció aquello, a qué negarlo.
Una vez dentro, se deslumbrará el visitante con la cantidad de gente trajeada que ocupa la plaza. Vamos, que te parece que te has colado en una boda, así como diciendo:
“Que soy amigo del novio, oigan”. Yo, a bote pronto, no me explico para que se pone la gente traje, para tomar cañas, pero bueno, ellos sabrán.
La barra es sensacional, llena de viandas marisqueras, de camarones ordenaditos como si fuesen el cuerpo de regulares de Melilla, o mejor aún una caja de bombones. Hasta da pena comérselos, de lo monos que están. El resto se lo imaginan: pantalla de plasma, mantelitos cada dos por tres, cubiertos a cada dos minutos, etcétera. Eso sí, al César lo que es del César, la cerveza la tiran de cine, las tapas son de bandera (de bandera vikinga, vaya) y el servicio es buenísimo.
Después de haberte sometido a una cuenta (¿qué se debe aquí, oiga?), que te deja caminando como Chiquito de la Calzada, te metes en el Restaurante, propiamente dicho. Zas, impacto al canto, vistas al campo con su colorcito azul en los asientos (por cierto, el mismo azul sí, el que degustamos en el blog, el mismo), con su letrero que pone Real M…, hay, hay, no me hagan escribirlo, oigan.
¡Qué bonito! ¡Qué aura de vikingolandia!, y todo lleno de lo que denominaríamos “caballeros solventes”, como con pinta de poder fichar cracks mediáticos en cada mesa. Tendrán que ampliar los vestuarios, con tanto as de relumbrón, digo yo.
Las instalaciones son comodísimas, eso hay que reconocerlo, como con mesas amplias, y tal. Aspecto este, por otro lado, absolutamente necesario, dado el tamaño de las panzas de los comensales que frecuentan este Palacete, dicho sea de paso.
Mucha joya en las mesas, digo, pero buen servicio, y una carta fetén, repletita de platos finolis tipo “chopitos caramelizados al aroma de vino fresco”, cuando, de repente leo asombrado:
Plato del día: Fabada Asturiana.
No pude reprimir el exclamar: Dios mío que ordinario, que se presente de inmediato El Bulli, a poner orden, oiga. Pero un compañero de mesa responde con agilidad:
“Que no te enteras, empanado, ¿qué no ves que ya dan por fichado a Villa? Se estarán aclimatando, hombre de Dios.
Y tiene razón, soy tonto, y es que un paleto como yo, por mucho que se atavíe con un traje, sigue siendo un paleto, que le vamos a hacer.
Así que me callo, mientras abren una tras otra, botellas de vino, sin ni siquiera preguntar a los comensales. Será que aquí se lleva el derramar ríos de tinto, una mina oigan, como las Bodas de Camacho. O, miren que gracioso me siento hoy, como las Bodas de Canadá, que decía un conocido mío (por cierto, socio del Madrid).
Bien, veo que no les está sorprendiendo nada de lo que leen. Vale, eso es porque ustedes no han visitado los Aseos de semejante Taj Majal.
Tras atravesar una zona de densa niebla, donde se vislumbran unas mesas con más caballeros solventes, que me explican que es el comedor de fumadores. Yo no lo niego, pero tampoco lo juro, la verdad, que bien podría tratarse de una escena del Regreso de los Templarios, vamos.
Pero volvamos a los Servicios. ¡Que cracks estos tíos! y no me refiero a lo limpio y pulcro, a lo moderno y Art Deco del lugar, no, el shock te lo llevas cuando, tras lavarte las manos, te enfrentas a una Máquina con pinta aeroespacial, en la que al introducir las manos (cada una en su agujerito, no crean) se activa un huracán de aire caliente, que te deja seco como la mojama. Solo falta que emita una melodía, “control de tierra al Comandante Tom…”. Ah, y sin frotarse las manos ni ná, sin andar haciendo gestos raros debajo del tradicional secador, que solo actúa si te frotas como un avaro, y fuerte, oigan. Con una maquina así, ¿cómo no van a ganar títulos, los tíos?
Así que ya ven, anonadado ante tanta opulencia, iba yo por el recinto, como si fuese la Cenicienta en el baile del Príncipe, esperando encontrarme a La Posh en cualquier recodo. Mientras, un amigo mío, comensal también, que es del Madrid, no paraba de pavonearse de la ínsula de lujo en que estábamos instalados:
“A ver si montáis un Burguer King, en la Peineta, já, já, já, decía el jodido”. Muy gracioso el muchacho.
Lo cierto es que, debía reconocer que estábamos muy bien servidos, y la comida era excelente.
“Son gente muy atenta, aquí”, iba yo pensando, desde el fondo de mi pesar y desamparo, cuando sucedió un milagro.
Si, si, lo han oído bien, un milagro. Un verdadero milagro, que me sacó del pozo en el que estaba cayendo, y me transportó al éxtasis, y que eliminó de un plumazo el pánico que sentía ante la llegada del momento de enfrentarme a la cuenta. Nada, nada, que me vine arriba, y me pude pavonear como un Sultán ante tanto fasto principesco. Sucedió así:
Junto al comensal vikingo, del que ya les he hablado, se sentaba un amigote más, que es del Barça. Como podrán suponer, él también estaba sufriendo de lo lindo. Incluso intentaba replicar ante cada maravilla, diciendo aquello de:
“…pues en el palco VIP (léase viaipí) del Barça, también, también…”,
Cuando, no se le ocurrió otra cosa, que pedirle cierta bebida espirituosa al ángel que nos estaba atendiendo, con una frase del tipo:
“Señorita, haga usted el favor de servirme tal bebida, a ver si supero el malestar que me provoca el estar aquí, que yo soy del Barça”.
Con gracia sin par, firmeza, desparpajo y tono orgulloso, contesto la celestial camarera:
“Anda este, nos ha jo… el tío, mire usted, que yo soy del Atleti, oiga, y tengo que sufrir a estos vikingos a diario”.
No me levanté a besarla por decoro y educación que, ganas me entraron, me entraron. Pueden imaginar que fui feliz el resto de la tarde, con mi orgullo repuesto, y la autoestima por todo lo alto.
Creo que, incluso, cuando salí me llegué a dirigir a los Japos, que seguían revoloteando por la puerta a la búsqueda de algún Mijatovic:
“Váyanse, váyanse, que les han engañado. Que aquí no van a ver al Kun Agüero”.
Lo dicho, un lugar de mucha Categoriota.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)