¿A qué fue ayer la gente al Calderón? ¿Qué espera la afición del los partidos en casa? ¿Para qué seguimos yendo al campo si sabemos que lo más probable es que salgamos enfadados con el mundo? ¿Se acabará perdiendo la interrogación inicial en el lenguaje escrito por culpa de los e-mails, los sms y los anglosajones?
El día en el que el Atleti volvía a casa tras los petardos de Pamplona y Londres, el Calderón estaba casi lleno. Quizás fuera cosa del horario. Las seis es una buena hora para ver el fútbol. Da tiempo a comer, da tiempo a tomar café, da tiempo a ir a tomarse una caña después del partido, da tiempo a casi todo lo que daba tiempo hacer antes, cuando el fútbol era a las cinco. Quizás fuera el tiempo. Ayer hacía bueno, hacía solecito el día antes del cambio de horario, ese día que da tanta rabia porque aunque se duerma una hora más se pierde una hora de luz y por tanto casi de vida. Quizás fuera alguna otra causa la que llevó al aficionado colchonero a acudir al estadio al que antes acudían a millares los que gustaban del fútbol de emoción y ahora acuden en el mismo número multitud de zombies buscando una respuesta a sus preguntas más profundas.
¿Acudió quizás el aficionado atlético a ver si era verdad que su equipo se había convertido de una vez por todas en el equipo chico que se vio el miércoles contra el Chelsea? Puede ser. Mire, yo es que el miércoles ví un equipo que no era el mío pero que vestía como el mío, y venía aquí a ver si es que se habían equivocado en la televisión -ah, pues sí, es aquí, pase, pase, oiga. El miércoles vimos un atleti pequeñito y con minúscula, quizás el más pequeño que uno recuerde. Un atleti sin A grande con los ojos como platos al salir al campo y ver un rival del que sólo había oído hablar por la tele, un equipo con estrellas y entrenador y todo. El Atleti, o más bien sus jugadores, salieron en Stamford Bridge a que no les pegaran una paliza, a ver de cerca a sus ídolos, a aguantar lo más posible el cero a cero y evitar la goleada. A pedir la camiseta a ese tan alto que sale en los anuncios, a ver si alguno me ve y se fija en mi y me ficha, eso sí que estaría bien pero no sé yo si sería posible, con esta panda alrededor no hay quien haga un buen partido. El miércoles salió el Atleti en Londres con la actitud con la que la mayoría de rivales salían antes en el Calderón y, naturalmente, le fue como a la mayoría de rivales les iba antes en el Calderón.
El aficionado que fue a constatar lo intuido en Londres y también en Pamplona no salió ayer defraudado. El Atleti, en efecto, empieza a comportarse también como un equipo chico en casa. Tiene miedo a ganar cuando va por delante en el marcador, tiene pánico a arriesgar y a llevar la iniciativa, está incómodo en las situaciones más cómodas. Y no es el único signo. Poco a poco, desde el año pasado, la línea de cal se va alejando de la grada a medida que los responsables deciden estrechar el campo para evitar que los extremos rivales desborden a nuestros laterales. Quizás sea una maniobra de la directiva para que el colchonero miope se vaya acostumbrando a lo que va a vivir cuando el equipo se mude definitivamente a la Peineta y no vea ni el número en la espalda de los suyos. Quizás sea un intento de evitar que desde la grada lluevan los tomates a los jugadores, o al menos que sólo impacten los lanzados por los aficionados con mejor brazo. El Calderón, que ya va perdiendo muchas de las cosas que le caracterizaban (salvo la mugre en la grada y el insultante estado de los baños) pierde ahora también sus dimensiones y se transforma en un campo estrechito y cómodo para defender con poca cosa, incómodo para el que busca los espacios, un campo pensado para equipos chicos con poco fútbol que pelean por no ser arrasados por los equipos que juegan por las bandas, con rapidez o, ¡oh, ironía!, al contraataque.
¿Acudió quizás el aficionado medio a ver a Santi Denia en su nuevo papel de entrenador? Es posible. Santi Denia, aquel jugador que destrozó los postulados del darwinismo deportivo al demostrar que, en contra de de lo que la lógica y la experiencia indica, no todo central mejora con los años en posicionamiento y entendimiento del juego, se sentaba en el banquillo del Atleti. Si a aquellos que sufrimos sus últimas temporadas como jugador en el Atleti nos dicen en su momento que Santi Denia iba a ser entrenador del primer equipo al menos por unas horas nos habría dado una risita nerviosa y no habríamos sabido si tomarlo a chufla o tomar tila. Santi Denia, quien dijo unos minutos después de que cesaran a Abel, con quien en teoría había formado equipo, que ser entrenador -parche por unas horas era un sueño hecho realidad en un asombroso ejercicio de equilibrio entre la traición y la idiocia, se sentó en el banquillo vestido de traje y sacó un equipo titular aceptable. Santi Denia sacó también a De Gea para así lubricar su puesta de largo ante la afición, yendo de la mano de un chavalito de la casa para que la gente pusiera la cara esa que se pone al ver que llega una sobrina disfrazadita de ratón justo antes de decir oooohhyquémoOOoonaa. Con esa intuitiva y tribunera decisión Santi Denia contribuyó a erosionar la figura de Asenjo, quien apareció ante la afición como el culpable de lo ocurrido en Londres aunque no fuera el único. También contribuyó a erosionar la figura de De Gea, quien completó una actuación bastante mala y así, de paso, contribuyó a cargarse a los tres porteros del equipo, los tres veinteañeros o casi veinteañeros a los que la astuta dirección deportiva del equipo, personalizada en el mustélido Pitarch, ha encomendado la misión de jugar liga y champions este año. No sería la única decisión brillante de Santi Denia quien, como entrenador, parece que será fiel a su característica principal como jugador: nunca una sola pifia por partido, nunca una pifia monumental puede considerarse la peor pifia de la que es capaz Santi Denia.
¿Acudió quizás la afición a ver a los canteranos? Es posible. Quizás fuera a ver a Domínguez. Domínguez ha jugado pocos partidos con el Atleti, pero siempre bien. Y siempre partidos complicados. Liverpool en casa, Villarreal fuera, Valencia en casa, Chelsea en Londres. A Domínguez se le pide siempre bailar con la más fea y no sólo acepta, sino que se defiende en todos los ritmos. Quizás no sea Fred Astaire, pero nadie se lo pide. No se encuentra extraño en el medio de la pista, asume con naturalidad los cambios de compás, no rehuye la pareja que le toque en suerte por más que sea grandota,calce un cuarenta y siete y tenga cintura de obispo. El premio hasta ahora han sido ausencias largas, fichajes de jugadores en su misma posición y la exigencia de que tenga toda la paciencia del mundo. Quizás ahora cambie el cuento.
Es posible también que la afición acudiera a ver a De Gea, pero esto es poco probable. Su titularidad fue una sorpresa para todos. De Gea fue ovacionado nada más aparecer y, todo hay que decirlo, lo hizo bastante mal. Hizo una salida alocada en el primer tiempo, una aún peor en el segundo que pudo acabar en gol y pudo hacer más en el gol del empate. No sabemos en qué situación están ahora mismo Asenjo y De Gea, pero se ha gestionado mal su coexistencia. Asenjo, señalado por el banquillo tras lo de Londres, parece pagar los platos tras una discusión con Abel, que ya no está. Raro. De Gea, tras dos primeros partidos prometedores dio ayer sensación de andar muy verde. Roberto, lesionado al poco de aparecer y goleado nada más debutar, quizás tampoco sea una alternativa a día de hoy. Al nuevo entrenador le ha hecho la vida aún más difícil Santi Denia con su brillante decisión de ayer.
¿Acudió la afición a ver al resto del equipo? Es posible. Quizás quería ver si Forlán ha salido de esa mala racha de los últimos partidos y saliera convencida de que no: Forlán falló un penalti que todos intuimos que iba a fallar y marcó luego otro sobreponiéndose a la situación en un gesto que le honra. Aún así, no dio casi ninguna a derechas. Quizás la hinchada quería ver si Kun sigue tan peleón y tan desafortunado como últimamente y salió convencida de ello. Quizás quiso ver si Simão va para arriba y lo confirmó. Es posible. Es posible también que quisiera ver al Maxi de las grandes ocasiones, que apareció un rato al principio del partido, o al Maxi desaparecido de ya demasiados partidos, que estuvo más rato aún en el campo. O bien querían ver a Antonio López, de nuevo flojo y desmotivado, o a Ujfalusi, mal en todo el partido aunque con el atenuante de que al menos lo intenta, se muestra al compañero, no se esconde.
Quizás acudiera la afición a ver la vuelta de Raúl García, puede, puede. Mientras Raúl García y Assunção estuvieron en el campo, el equipo dio sensación de controlar el partido y de mantener lejos al rival. Pero, ay, tras el descanso Santi Denia sacó a Assunção y entró en el campo el artista antes conocido como Jurado. Contra un rival con diez, no parecía una mala decisión. Pero a Raúl García, comoes lógico, le falta fondo y no puede hacerse con el centro del campo él sólo, más si enfrente juega un perro viejo como Martí. En su ayuda no acudió Jurado, protagonista ayer de uno de los episodios de escapismo más asombrosos de los presenciados en el Calderón. Su empeño en situarse siempre a tres metros de allí donde la responsabilidad indica que debe ponerse hizo que parte de la grada se plantease si Jurado es fruto de un romance de verano entre la hija del Gran Houdini y Maniche. Al parecer no es así, pero podría.
Ya con nueve, el Mallorca tocaba y tocaba tranquilo en el centro del campo ante la atenta mirada de Jurado y la desesperante impotencia de Raúl García. Para ayudar, Santi Denia sacó a Cléber, el hombre del trote cansino, otro prodigio de ausencias. El Mallorca se enfrentaba a su centro del campo titular del año pasado pero con dos menos, y jugaba mejor que el Atleti. A la afición le asaltaba otra pregunta... ¿No sería que el Mallorca, con Jurado y Cléber de titulares el año pasado, está acostumbrado a jugar con nueve y por eso lo borda?. También salió Reyes entre ovaciones y tras escuchar Maxi algunos pitos: de la proporcionalidad entre unos y otros podría escribirse un tratado sociológico de mil páginas en letra muy chica o un exabrupto de tres o cuatro palabras. Ya puestos, la afición también se preguntó ¿de qué se ríe Reyes siempre? ¿Será de las cifras del paro? ¿Será de nosotros? ¿tendrá una limitación genética que le impida disimular la cara de que todo le trae al pairo?
A aquellos aficionados que se preguntaban si es posible ganar un partido por ganas, respondió el Mallorca. El Mallorca le echó casta y oficio, y entre Nunes atrás, Borja Valero y Martí en la media y Webó delante se llevó un punto a pesar de estar con nueve. Un punto merecido. Se llevó un punto en jugada a balón parado tras un despiste defensivo que toda la grada vio salvo la defensa del Atleti, que esto ya les sonará. Raúl García defendió a dos, el balón le cayó a uno de ellos y marcó entre las piernas de De Gea. Otro despiste, otro petardo, otros dos puntos que vuelan, otro motivo para convencernos de que este equipo huele muy muy mal.
¿Acudió la afición al campo a estar con ella misma, a ver su reacción? Es posible. Uno acude cada vez más al Calderón por aquello de no vivir solo un nuevo fiasco, por estar arropado por gente que lo pasa igual de mal y evitar la deprimente soledad del que escucha por la radio la ruina de su equipo. Algunos acudimos esperando una vez más una revuelta general, pero tampoco se produjo. Es cierto que el fondo sur no animó el primer tiempo y que casi no se notó, es cierto que hubo cánticos generalizados contra el palco al final y es cierto que se vieron pancartas contra la gestión que la seguridad del club, como siempre, intentó retirar (por cierto, también retiró una contra el racismo … ¿cómo es eso posible cuando lo que la UEFA prohíbe son las pancartas con mensaje opuesto?). También es cierto que hubo una protesta espontánea en la puerta 0 al final del partido, una protesta que parte de la prensa resalta hoy como una especie de asalto violento al palc; sus propias imágenes se encargan de desmontar la versión d la protesta radical, pero eso importa poco a cierta gente. Para el momento absurdo que vive el club el nivel de protesta es, una vez más, insuficiente. A uno le queda la sensación de si ayer no marca el Mallorca no hay protesta ni hay ná.
¿Para qué acudió entonces la afición al campo? ¿Hay alguna explicación válida? Sólo nos queda una. La afición, insegura y dubitativa, necesita referencias, ejemplos, faros, guías. En los tiempos que corren, una persona segura y con la autoestima intacta es el clavo al que el atormentado hincha colchonero quiere aferrarse. Sólo hay una persona así en la afición, sólo queda un bastión de la autoconfianza y el desafío a los elementos, sólo uno consigue ver su propia obra como si contemplara la de un genio. Nos referimos, claro está, al portadista del Forza Atleti. En tiempos de tormenta en los que los empleados del club dan vueltas por la M-30 bajo los efectos de los tranquilizantes o se aíslan en el búnker del palco, en el momento en el que los entrenadores venideros ponen cara de póker en el palco y hasta Gonzalo Miró limita el número de risitas por minuto, el portadista del Forza Atleti saca pecho y su revista edita un número especial con las 100 portadas con las que este hombre valiente, casi temerario, nos ha regalado la vista y el ingenio domingo tras domingo. Si el club tuviera vista suficiente harían de este fenómeno la solución a todos los males. Le nombrarían entrenador para que hiciera las alineaciones más proclives al juego de palabras, ficharía jugadores con rima fácil, pondría al estadio un nombre que le permitiera titular con su acostumbrado gracejo. Así, al menos, las cosas se harían con algo parecido a un criterio.