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jueves, 4 de diciembre de 2008

Santos Mirasierra o el ¿difícil? punto medio

Leemos y leemos estos días sobre Santos Mirasierra, el hincha del Olympique de Marsella detenido y encarcelado en Madrid por los sucesos que terminaron con el cierre del Calderón poco después de que el Atleti volviera a jugar Liga de Campeones.

Uno, que es del Atleti y trabaja en una empresa francesa, lee la prensa patria y ve cómo se habla de los hechos con una autoridad aplastante, cómo se insinúa una mano negra de la UEFA con Platini al frente y se culpa al acusado y sus compañeros de viaje de vandalismo y falta de respeto. Y uno, que no presenció los hechos de cerca y en primera persona, ha recabado información procedente de muchos presentes que habla de mal comportamiento de los hinchas del OM, de escupitajos y gestos poco amables hacia la parroquia local y de lanzamiento de objetos a los vecinos de localidad, y uno no puede estar más en contra de estas cosas. Estas mismas fuentes, que no son expertas en seguridad ni en sociología pero han pasado mucho tiempo en los estadios, también hablan, y con sorpresa, de la actuación policial. Es común la impresión de que fue más contundente de lo que uno pudiera esperar visto lo visto en el campo, algo por desgracia no desconocido en el Calderón tras los últimos partidos europeos. Si fue proporcionado o no es algo que no se entra a valorar en este artículo, que de eso sólo saben los responsables de seguridad.

Cuando uno, que como casi todos no conoce los detalles de lo que ocurrió, ve lo que el fiscal pide para el acusado se sorprende: ocho años (por más que sea lo que se pida, no la condena final) parece mucho a tenor de lo que parece que pasó, que no es más que lo que lamentablemente pasa con frecuencia en nuestros estadios sin que tenga consecuencias graves, aunque esto no sea coartada para no actuar. Uno, cuando lee lo que la prensa patria dice en vísperas del partido de vuelta y del juicio, no sabe si asustarse o enfadarse; puede que hayan llegado serias amenazas de muerte a los hinchas visitantes que acudan al Vélodrome, o puede que unos cuantos exaltados de los que habitan el ciberespacio hayan tenido a bien desahogarse mandando mensajes a los que hay que dar la importancia que tienen y no más si es que no se quiere producir un pánico injustificado. Y ante todo esto uno no puede dejar de sentir un cierto rubor y una cierta rabia por ver cómo se echa gasolina a la hoguera.

Uno, que trabaja en una empresa francesa y es del Atleti, lee la prensa del otro lado de los pirineos y ve cómo en ella se habla de injusticias históricas, de afrentas nacionales y casi de cuestiones de Estado. Se habla de la policía española como un cuerpo casi cruel que actúa de forma arbitraria y provocadora, y llama la atención que se le llame "Guardia Civil" quizás con intención de despertar ecos de un pasado sobre el que en Francia tienen una opinión ya formada. Se habla de la justicia española como poco fiable, caprichosa y casi medieval en su ejercicio, y todo ello resulta casi ofensivo. Se habla de un público que resulta ser el del estadio al que uno acude cada domingo y que más o menos conoce tras veintipico años de abonado, y se le pinta como violento y racista y zafio y provocador y uno, al verse poco reconocido, no sabe bien si habla de su estadio o de otro. Se habla de maltrato a los disminuidos físicos, de insultos a los de otras razas, de acusaciones muy graves hacia aquellos que van al campo domingo tras domingo, aquellos que saben bien que, como en todos los campos y todos los campings y todos los atascos y todos los hospitales, al Calderón acude gente encantadora y tipos indeseables, familias respetables y candidatos al destierro, buenas personas y también alguna mala. Y, aquí si lo tiene uno más claro, como en casi todas partes los malos son muchos menos que los buenos, pero hacen más ruido y molestan más y llaman más la atención y consiguen, con poco esfuerzo, eso de que paguen justos por pecadores. Algo viejo como el mundo, que parecemos nuevos.

Uno, que lleva yendo al fútbol desde que le salió el primer diente y a pesar de ello o precisamente por ello no entiende nada del fenómeno ultra, ve cómo grupos de seguidores de Sevilla, Madrid o La Coruña hacen frente común con este tipo de Marsella y se sorprende por los motivos, igual que se asombra de las recientes rivalidades entre equipos que tradicionalmente se han limitado a jugar sus partiditos sin ir más allá. Cuando uno ve los cruces de acusaciones y comentarios de aficionados de unos y otros equipos vertidos en páginas de Internet al abrigo del anonimato y la distancia se abochorna y hasta se plantea si todo esto tiene sentido. A uno le parece bien que cada cual defienda a los suyos, pero cuando ve que la única manera de hacerlo es el insulto y la ofensa generalizada, ya no le parece tan bien.

Uno, que va al fútbol y no se mete con nadie, ve con la distancia del apuntador del escenario cómo el caso de Santos Mirasierra se eleva a la categoría de ejemplo perfecto tanto para los que reclaman mano dura contra cualquier comportamiento poco correcto como para los que denuncian el excesivo celo policial. Unos quieren que se pudra en la cárcel sin saber si quiera si hay pruebas o no de lo que se le acusa, otros quieren que salga inmediatamente y sea elevado a los altares como mártir de la lucha contra el poder sin saber tampoco si hay motivo o no para condenarle; es igual, la decisión está tomada de antemano por unos y por otros, poco importa lo que sea razonable, lo importante es confirmar las propias convicciones caiga quien caiga, la justicia es secundaria aunque estemos en el siglo XXI y en el occidente cultural y en un Estado de Derecho.

Y si uno, como el que suscribe, piensa que puede que Santos Mirasierra no sea un angelito pero habrá que probarlo y que la forma de probarlo es ante un tribunal fiable, como son los españoles, pero que la petición del fiscal parece exagerada, entonces es un tibio que no se posiciona, un comodón sin opinión a pesar de haberse intentado informar sobre el tema en cuestión desde ambos puntos de vista, en el convencimiento de que en algún punto medio estará la verdad.

Y uno, que es del Atleti y trabaja en una empresa francesa y va al fútbol de toda la vida y no se mete con nadie, no entiende nada de lo que pasa. No entiende la facilidad con la que unos y otros vierten acusaciones tan serias ni cómo lanzan de esa forma tan inconsciente a los menos reflexivos a la guerra cuerpo a cuerpo. No entiende por qué con tanta frecuencia los viajes a ver a tu equipo, que deberían ser días bonitos en los que conocer otras ciudades y otras gentes y otras formas de ver el fútbol acaban convirtiéndose en pesadillas para unos y otros. Y no entiende que las cosas tengan que verse siempre o negras o blancas, o de un extremo o de otro, y por qué hay tanto irresponsable que, desde las portadas de los periódicos de más tirada, siembran cizaña y pánico y odio entre gente ya de por sí dispuesta a atender poco a razones cuando se trata de insultar al adversario. Mal ejemplo, mala opción si de lo que se trata es de vender más periódicos. Mala cosa. Mal camino.

URL del artículo http://es.eurosport.yahoo.com/04122008/47/santos-mirasierra-dificil-punto-medio.html