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martes, 18 de enero de 2011

Alegre crónica del Atleti - Mallorca

Se acabó el cenizo, la tristeza y los gruñidos. Se acabaron los malos tiempos, hala, hasta luego, se acabó.


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Nuestro héroe, a quien llamaremos X, llevaba tiempo pensándolo y por fin vio la ocasión de ponerlo en práctica. X volvía de vacaciones y no tenía prisa en volver a casa porque tampoco tenía trabajo, así que no era mal momento para hacer lo que tenía en mente, que era principalmente lo que le diera la gana. Así que se decidió a llevar a cabo su proyecto vital precisamente en ese momento. Recogió su equipaje de la cinta y salió a la zona del aeropuerto donde la gente aguarda a los que llegan. Se fijó en la zona derecha, donde solían ponerse los enviados por las empresas a recoger a los viajeros, miró los nombres de los carteles y vio cuatro que le gustaban: Gasca, Serna, Estévez, Fanjul. Se decidió por Fanjul, que le resultaba más sonoro y contundente, nombre de central veterano del Sporting de Gijón, nombre de experto mecánico, nombre de tipo de fiar. Se acercó al hombre que sujetaba el cartel, un tipo grandote con camisa de manga corta azul clarita y corbata oscura, el uniforme del gremio de transporte.

- Hola
- Hola, ¿El Sr Fanjul?
- Yo mismo
- Bienvenido. Acompáñeme.

Siguió al hombre de la camisa azul clarita hasta un coche grande y negro, último modelo, un coche caro. Dejó su equipaje y montó atrás y dejó que le llevaran allá donde el destino decidiera. El chófer recorrió medio Madrid y le llevó hasta un complejo de edificios de oficinas, parque tecnológico lo llaman ahora. Condujo hasta la entrada de un edificio alto y brillante, paró el coche, salió y abrió su puerta. Sacó el equipaje y llamó por el móvil. "Ya estamos", dijo.

- Espere aquí, Sr Fanjul. Ahora mismo bajan a recibirle.

Esperó un minuto y bajó un grupo de personas trajeadas, con evidente sofoco y ansia por causar buena impresión. Se acercaron al nuevo Fanjul y, disimulando una expresión de sorpresa, le estrecharon la mano.

- Bienvenido, Sr Fanjul, gracias por haber venido. No le imaginábamos tan joven ... ¡y sin traje! Venga, venga, acompáñenos, no se preocupe por su maleta, estará Vd cansado.

X siguió a los hombres del séquito de recepción hasta una lujosa sala de reuniones, con una gran mesa de madera y sillas de cuero.

- Siéntese, siéntese ... ¿quiere algo? ¿café? ¿agua?

Pidió un café con leche largo de café y se sentó donde le dijeron. Los hombres agradecieron de nuevo a X haber venido a ayudarles y le dijeron que irían al grano. Encendieron un proyector, desplegaron una pantalla y hicieron lo que en estos días se llama una presentación. Mostraron números, gráficos, barras, cuadros, comparativas. Explicaron en detalle problemas financieros, situaciones desesperadas, estrategias de la competencia, proyectos fallidos. Durante más de media hora bombardearon a X con gran cantidad de datos, fórmulas, propuestas y dilemas.

Se hizo el silencio y X se llevó un dedo a los labios. Pensó durante un minuto y entonces se puso en pie. Habló el nuevo Fanjul sobre la situación económica de la empresa, sobre los errores cometidos y las posibles soluciones, sobre su experiencia dilatada en un sector cuya existencia acababa de conocer. Pidió papel, pidió rotuladores, pidió más café y agua con gas. Se levantó el Fanjul postizo y levantó un dedo. Habló con voz firme e hizo sesudas reflexiones, hizo propuestas innovadoras y arriesgados planes de negocio. Fanjul hablaba como un visionario, como un líder, despejaba dudas sobre un problema sobre el que no tenía ni la más remota idea. Los hombres de la sala de reuniones le miraron, se miraron entre ellos, asintieron tras cada propuesta y ponían cada vez más cara de entusiasmo. Acabó la reunión y todos los presentes estrecharon la mano de X, le dieron palmadas en la espalda, hicieron corrillos admirando la clarividencia e inteligencia del Fanjul reciente. Acompañaron a X a la puerta, le llevaron hasta el coche, le regalaron una corbata con el logotipo de la empresa y le despidieron todos mientras se alejaba en el coche, agitando la mano con cara de tonto.

El chófer llevó a Fanjul a su hotel, le abrió la puerta y sacó su maleta. X se despidió amablemente y se dirigió a la recepción del hotel, un mostrador de madera antigua propio de un hotel de lujo y solera.

- Hola, buenos días, ¿tiene reserva? ¿su nombre?
- Soy Fanjul
- Ah, si, señor Fanjul, le estábamos esperando. Necesito un documento de identidad para hacer la reserva, ¿me lo puede dar un momento?
- No

X cogió su maleta, salió del hotel, cogió el metro y se fue a su casa. Meses después seguía en el paro, desayunaba café con leche y magdalenas y miraba la televisión con hastío. Mientras, la empresa aconsejada por él aquel día memorable batía records de ventas, eliminaba su deuda, subía en bolsa un 30% y pagaba la factura enviada por el Sr Fanjul con alegría. El presidente de la compañía, que ese año recibió un bonus millonario a petición del consejo de administración, declaró al firmar el cheque: "es una fortuna, pero la fortuna mejor invertida de nuestra historia". Lo mismo pensó Fanjul, el de verdad.
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Nota del autor: harto como está uno de estar desesperado por culpa del Atleti, ha decidido hacer una crónica alegre y positiva que ayude a eliminar tensión de su hígado.
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Jugaba el Atleti en lunes por la noche, que es un día excelente para ir al fútbol como todo el mundo sabe. Terminado el tedioso fin de semana, odioso período en el que el aficionado medio no sabe bien qué hacer con tanto tiempo libre, el fútbol en lunes permite disfrutar de todas las ventajas de la ciudad entre semana y contribuye a mejorar el humor del ya de por sí entusiasta aficionado atlético. El fin de semana, como todo el mundo sabe, sólo vale para pasar la aspiradora, comprobar los cargos de la visa punteando en los extractos bancarios, comer paella en casa de los suegros y lavar el coche echando moneditas en el túnel de lavado, con lo que la vida entre semana ofrece muchos más alicientes. El lunes, pues, es un día ideal para ir al fútbol, para atravesar Madrid en medio del amable atasco, para refrescarse la dermis y tonificar la epidermis pasando dos horas al relente del río en día de niebla, para llegar a casa a una hora prudencial, las 12.00, y así dormir a pierna suelta hasta el día siguiente en el que el despertador sonará a la interesante hora de las siete y media, anunciando otro bonito día de sello y sacapuntas en la oficina. El fútbol en lunes es alegre y conveniente, mejora la vida familiar, aporta energía y vigoriza el tráfico rodado, no me digan Vds que no.

Llegó la afición al campo en tropel y se sentó en las gradas, relimpias como nunca, cantando esta alegre tonada que conmemora la vuelta del equipo a casa tras un partido fuera. Algunos hinchas llevaban termos de caldo y, vista la limpieza de los asientos, prefirieron verter el contenido sobre los mismos y comer directamente con cuchara; otros muchos no llevaban comida de casa, dispuestos a poder degustar las finas especialidades locales que sirven en las distinguidas y poco concurridas barras del estadio. La gastronomía (envasada en higiénico plástico) es uno de los atractivos del estadio cinco estrellas del Club Atlético de Madrid, si bien promete serlo más una vez se traslade el equipo al nuevo coliseo que los gestores planean con incansable y altruista trabajo y nulo interés crematístico, en el que habrá calefacción, restaurantes étnicos, servicio de catering personalizado y, sobre todo, helipuerto, espacio de imperiosa necesidad para la afición colchonera que ya no sabe dónde aparcar los numerosos helicópteros con los que suele acercarse al obsoleto barrio de Pirámides, de difícil acceso aéreo.

Salió el Atleti al campo siguiendo con alegría el paso su simpática mascota marsupial y lo hizo con un innovador dibujo, fruto de la Factoría Flores, el exitoso laboratorio en el que el entrenador del equipo diseña audaces tácticas futbolísticas con un único objetivo: provocar sensaciones. Sensaciones positivas, claro. Es bien sabido que el entrenador del Atleti es un tipo sesudo y planificador al máximo que no da puntada sin hilo, que trabaja hasta altas horas de la madrugada, que analiza hasta el más pequeño detalle del rival con el fin de ganar los títulos que el club gana cada cuarenta años y agradar así a jugadores y parroquia; de ahí las múltiples variantes tácticas que muestra el equipo, las innumerables combinaciones de jugadores, las profundas ojeras del protagonista y el altísimo nivel de seguridad, conocimiento y confianza que transmite a la plantilla, fiel seguidora de sus métodos.

Esta vez, el elegante técnico, que una vez más lucía un distinguido terno en el banquillo, dispuso una alineación formada por el imbatible De Gea, el potente Valera (que marcó de excelente cabezazo), el altísimo God-in We Trust, el bravo Ujfalusi y el experimentado y comprometido Antonio López en el lateral izquierdo. La defensa no estaba esta vez compuesta por varios de los jugadores que normalmente la forman, posiblemente por querer el entrenador dar descanso a parte del equipo ante el sencillo trámite del jueves próximo. La defensa, en especial los centrales, hicieron un partido notable así como el portero De Gea, de vuelta a su mejor forma y dejando atrás algunas dudas planteadas por actuaciones recientes. De Gea sacó balones arriba y abajo, paró un penalti y desesperó a los rivales con su facilidad para atajar balones complicados; si dudó en alguna salida, si se quedó a medio camino entre la línea de gol y un central, fue por darle emoción a la cosa, por elevar la tensión de la grada, por agradar, en definitiva, al público asistente.

En la media salieron tres valladares, tres titanes: Assunçao el incansable, Tiago el omnipresente y Elías el profeta. Elías debutaba en el Calderón y, en honor a la efeméride, fue recibido con grandes ovaciones, vuelo de paracaidistas y un cortejo de majorettes con sombrerito vaquero y botas rojiblancas que lucían más bonitas que un San Luis cuando se las llevó la fuerza pública acusadas lanzar bastones al aire dando vueltas, actividad peligrosa para los numerosos pájaros tropicales que habitan el parque que flanquea el río por obra y gracia de nuestro honrado alcalde. Elías jugó un tiempo al lado de Assunçao y únicamente era posible distinguirles por el color de las botas, frutas-del-bosque en uno de ellos y lima-limón en el otro; eso sí, no me pregunten cuál era cual. Elías hizo lo que pudo, tiró a puerta con potencia y dio algún pase de mérito al rival, quien, agradecido, lanzó algún contraataque dedicado al recién llegado. El que suscribe advirtió que la grada recibió a Elías con esa mezcla de expectación y chufla con la que la grada suele recibir, con cariño, a los nuevos sin pedigrí, con ese humor tan fino destilado por ejemplo en el caso de Richard Núñez, portento uruguayo que al parecer guarda un recuerdo imborrable de su paso por el Atleti precisamente por esa cariñosa complicidad con la que la grada le recibía y que, sorprendentemente, tan poca gracia hacía a su padre. Elías, sin hacer nada ni demasiado bueno ni demasiado malo, ya acumuló ayer algunos méritos para recibir en breve ovaciones socarronas y adoraciones burlonas, los regalos que la grada del Calderón gusta de entregar a los débiles mientras los responsables de sus llegadas a precios hinchados suelen irse de rositas. Elías tiene además un nombre goloso para la legión de ponedores de motes que pueblan las desinfectadas gradas del estadio, y en breve nos tememos que alguno le ponga de mote Las-Lías, El-Líos, Elías-Pardas o cualquier otro simpático sobrenombre de esos que con ingenio bautiza la humorista afición a los jugadores humildes.

Por último, para asombro de propios y extraños, el Atleti formó con tres jugadores por delante de la media, variando el tradicional 4-4-2 que hizo bicampeón al equipo. Jugaron el talentoso Reyes, la nueva perla Mérida y el titán uruguayo Forlán, goleador rubio de fama mundial y novia imponente. Reyes desplegó su tradicional juego de conducción, complicación y caída, las tres "ces" que tan famoso le han hecho, y obsequió a los asistentes con varias de sus salidas circenses de gimnasta, con los brazos muy abiertos reclamando falta y apoyado con garbo sobre sus talentosas nalgas. Reyes marcó un gol justo al final del partido tras jugada iniciada por el corajudo Juanfran y el misterioso Diego Costa, el sublime jugador que ha elevado la desconcentración a la categoría de recurso futbolístico.

Marcó también Forlán a pase inteligente de Mérida, más entonado este último según avanza la temporada. Forlán marcó un gol de los suyos e hizo una primera parte muy suya, buscando el balón en campo propio, fallando algún control y dejando a las claras en varias ocasiones que si no le dan el pase al hueco, se enfada, se enfurruña, se para, se queda en fuera de juego y no respira durante un rato. Entendemos sin embargo al noble Forlán, porque estos cabreos, fruto de su inigualable deseo de ganar y espíritu competitivo, suele tenerlos con Reyes, jugador que se caracteriza por dar cuatro toques para hacer lo que requiere uno, ocho para lo que requiere dos y ciento cuarenta y cuatro para hacer lo que demanda tres. La grada, paternal y comprensiva con Forlán ante sus fallos, gusta de hacerle reproches familiares y medidos con el único objetivo de, reforzando su confianza, motivar al jugador, sacar de él lo mejor, convertirle en ese fenómenos que todos sabemos que puede llegar a ser si se empeña, de una vez, en no meter treinta y pico goles por temporada y dejar así en evidencia a sus compañeros.

El Atleti ganó finalmente tres a cero al equipo balear, avasallado por el buen hacer de los nuestros y el despliegue táctico del banquillo. Y fue así a pesar de que Antonio López, solidario con los visitantes, quiso igualar el choque forzando su expulsión, realizando un ortodoxo y meritorio mawasi-geri en carrera a un jugador rival aparentemente aficionado a servir de sparring en demostraciones de artes marciales. El Atleti termina así la primera vuelta en puestos europeos con 30 puntos, exactamente la cifra calculada por el entrenador con precisión suiza, nueva muestra de su talento para la adivinación, la matemática y el bingo. El Atleti, además, realizó un estiramiento colectivo ante el próximo encuentro, trámite que tendrá lugar el jueves ante un equipejo sin fuste alguno.

Alegre y confiada, la grada despidió al equipo con grandes muestras de entusiasmo y un recordatorio para el jueves: ya sabéis lo que queremos. Queremos que ganéis, sí, queremos que acabéis con la racha, sí, queremos pasar de ronda y optar a un título, nuestro lugar natural, sí, eso es lo que queremos. Pero sobre todo, y al menos, y como mínimo, queremos que le echéis lo que hay que echarle. Lo repitió la grada en un momento curiosamente privado entre jugadores y afición para haber sucedido en un estadio abierto, con televisión y treinta mil personas, pero fue privado, sorprendentemente privado, emocionantemente privado.

En definitiva, que el Atleti, qué les voy a decir yo, es lo más grande que ha parido madre y el jueves lo celebraremos como merece. A POR ELLOS.