lunes, 18 de diciembre de 2006

Esos cinco minutitos…

Ayer, de nuevo, esos cinco minutitos finales de angustia en el Calderón… Si Aguirre es, como se dice, un técnico miedoso, entonces ¿por qué no intenta evitar esa angustia final? ¿No sería más sencillo intentar meter más goles antes de llegar al final del partido?


El Atleti jugó contra un equipo malete, metió un gol y se echó a dormir. Alguien debería explicarle a estos chicos que en este deporte no gana el primero que marca, sino quien mete más goles al final del tiempo reglamentario.

Famoso es ese último cuarto de hora del Calderón en el que la grada pasa fatigas viendo como el rival puede empatar el partido después de que el equipo local haya fallado varias oportunidades claras. Esto es así desde hace mucho tiempo, y los que hemos pasado muchas horas en ese estadio que pagaron los socios veteranos (y es que no salió del asfalto tras un chaparrón cual Amanita Atleticae) lo sabemos. A veces no puede evitarse, otras sí. Y ayer, creo yo, fue uno de esos días. Si el Atleti fuera ambicioso, si no fuera miedica e inseguro, ayer hubiéramos llegado al final del partido con holgura, pensando en el Barça y en cómo, si Torres está como ayer, se puede poner tibio de jugar al fútbol en ese campo tan grande y ancho que tienen en el Nou Camp. Pero no, pasamos un mal rato.

Pero ganamos, y eso, en los tiempos que corren, parece que es lo único que importa. Ganamos, sí, que no es poco. Y vamos cuartos, una meta menor para el historial del equipo que sin embargo parece el Nirvana para la era post-Calderón. Poco importa si el aficionado queda con la mosca tras la oreja por la endeblez del equipo, por la falta de ambición y por el automático paso atrás que se da cuando se marca un mísero golito (ese mismo paso atrás que se le afeaba a Ivic en otros tiempos). Poco importa alegrarle la tarde al aficionado que, sentado sobre un mugriento asiento y tiritando del frío, ha llegado al estadio salvando innumerables atascos y cortes sorpresa de las vías de acceso. Qué más da si hay un equipo abierto, flojete y vestido de verde manzana que puede permitir dos, tres goles más que le hagan pensar al espectador que pasa las noches en la grada (no recuerdo ya un partido en el Calderón que no fuera en horario nocturno) que al final mereció la pena el volver a casa con la punta de la nariz helada. Ganamos, que no es poco, y estamos en Champions por ahora. Y eso, qué quieren que les diga, compensa en parte las penurias, pero es arriesgado. Porque el día que no ganemos y juguemos así de mal, la nariz se nos enfriará el doble, hasta el punto de hincharse.

Jugó el Atleti y lo hizo regular nada más. Mal y acobardado el segundo tiempo, un rato bueno en el primero, algún detallito. Galletti que trota con casta y algo hace siempre; Maniche que se enseña y se enseña y ayuda a los demás; Juradito que deja algún detallín aquí y allá pero que aún no, no; Agüero que parece que entra más en el equipo, aunque se le ve algo desfondado. Pero todo eso coexiste con una cierta tembladera en la defensa, poco punch y un Luccin empeñado en guardar la bola girando sobre su eje cual derviche rojiblanco. Gira y gira Luccin como el demonio de Tasmania y no sabemos si lo hace buscando respuestas a las grandes preguntas de la humanidad o porque tiene un contrato publicitario que le obliga a enseñar los logotipos a todo el estadio a la vez. Gira y gira, y si un día sale con los tacos afilados lo encuentran saliendo por un agujero en Australia.

Y dice el lector… ¿y Torres qué?. Y lo dice con razón. Por que Torres merece párrafo aparte, que hablar de Torres y Luccin en el mismo párrafo está feo, oiga.

Con Torres se ha metido todo el mundo. Todo el mundo no, algunos siempre le defendemos con aquello de que no puede hacer absolutamente todo como el mejor (aunque esté cerca de los mejores en muchos aspectos del juego), que sólo tiene veintidós años, que es mucha presión para un chaval desde hace demasiado tiempo, que tiene malos compañeros de viaje, que está más solo que la una. Y luego va Torres el solito y se empeña en decirnos que no nos preocupemos, que no perdamos el tiempo, que de defenderse se ocupa él, que para eso es un señor maduro. Ayer, como siempre, salió con los galones que nadie quiere en el equipo y se ocupó de que los demás entiendan que las cosas deben volver a su sitio, que el Atleti debe empezar empiece a acostumbrarse a estar en los puestos que nunca debió dejar. Recuperan el balón los del Atleti y buscan a Torres, como buscan los niños en el recreo colegio a ese repetidor que, más grande, más fuerte, con más personalidad y más calidad, suele resolver las situaciones complicadas como quien come pipas.

Uno cree advertir en Torres un cierto cambio en el juego. Antes se empeñaba en hacer absolutamente todo solo. Y lo entiendo hasta cierto punto. Robaba un balón en medio campo, se iba de dos o tres rivales y miraba para atrás, a ver quién le acompañaba. Se giraba Torres esperando ver los estandartes de los lanceros de Rohan que acudían en tropel y como un solo hombre en su ayuda pero sólo veía a la mula Francis; así que decidía tirar para adelante sólo, intentar sacar algo positivo entre una maraña de rivales. Y muchas veces lo conseguía, el jodío. Otras veces se liaba, se la quitaban, se le iba un control y entonces rugían los detractores con voz de orco, contentos por ver cómo fracasaba el paladín de ese equipo que tanto molesta a la prensa.

Ahora no. Torres mira atrás y no es que aparezca la tabla redonda en pleno, pero aparece Agüero, aparece Maniche (ese que siempre se enseña), aparece Galletti y a veces también Luccin, girando como el disco de Newton. Así que Torres ahora pasa más el balón, la da rápido, la pide en el hueco, por la sencilla razón de que a veces hay alguien con criterio que ha tenido la sencillísima idea de salir corriendo detrás de él. En el Bernabéu dio tres pases de gol claros pero la gente consideró que lo hizo mal, que meter menos de tres goles es inaceptable para ese jugador rubito que ha sacado los colores a la mayoría de defensas de la liga. Igual le da a él. Torres, erre que erre como su apellido, se dedica a dar pases al personal. A veces no, a veces mira para abajo y se obceca un poco con pasar entre tres o cuatro. Lo malo para los orcos es que, con más frecuencia de lo que a ellos les gustaría, también le sale, al jodío...


lunes, 11 de diciembre de 2006

Géminis, adolescente

Nuevas y arriesgadas aventuras en el Vicente Calderón. El Atleti, como no, tiembla cuando no tiene que temblar y abandona el interino puesto de Champions que ocupaba estos días, puede que injustamente. ¿Volveremos a ver un equipo como el del día del Villarreal, al menos?


¿Pensaban que iba a empezar la crónica semanal diciendo que el Atleti volvió a arruinar un puente estupendo? ¡Bingo!

Vuelve uno a toda prisa por la carretera (a ver, sin correr con el coche pero malcomiendo y buscando atajos, se entiende) para ver el partido en el que el Atleti debería confirmar que, aunque no juega como debe, al menos tiene el oficio que se le presupone a un equipo que representa ciento y pico años de historia ejemplar. En su lugar se encuentra la enésima caricatura de partido de fútbol en el que, a pesar de haber ocasiones y algunas fases entretenidas, termina con la inevitable sensación de que para eso el que firma se hubiera quedado por León, contando parkas y chapas de los Small Faces.

Al Atleti, por nacimiento, le correspondería ser Tauro, signo a quien algunos horóscopos le atribuyen algunas características que le vendrían al pelo al equipo actual: “prudentes, prácticos, algo melancólicos y perseverantes”. El Atleti de hoy de prudente tiene algo, pero confunde prudencia con miedo cuando sale al césped del Calderón temblando cual niño de San Ildefonso al ver la bola del gordo en su mano; de práctico tiene más bien poco, y si lo tiene es siempre fuera de casa, que en el Manzanares últimamente empieza cediendo un gol al visitante; melancólica es más bien la afición, que sueña con volver a los tiempos antiguos en los que al equipo, bien dirigido por Atléticos de pro, no le tosía nadie; y perseverante puede que lo sea en el desatino futbolístico, en provocar la desesperación de la grada, pero no siempre en buscar lo que debe, esto es, el buen juego, el gol, la victoria.

El Atleti de hoy parece más bien Géminis, signo dual al que este mismo horóscopo le atribuye otras características bien distintas: “nada estable ni atado a ningún lugar, según sople el aire esa dirección cogen”. Puede que eso sí sea: carece de un estilo propio, no se fía de sí mismo más que a ratos, repite una y otra vez los errores y rara vez porfía en los aciertos, alterna ratos de apatía con otros de entusiasmo juvenil. Pero más que eso es un equipo bifronte, capaz de ganar fuera y echar todo a perder en casa. De los tres partidos que ha ganado en el Calderón, sólo en uno lo ha hecho convenciendo. Del resto ha perdido tres y ha empatado uno, con el penúltimo. Pobre resultado para un equipo que aspira a lo más alto… y aún así no está lejos de una Champions que sería un caldito reparador para una afición griposa.

Ayer tuvo un rato inspirado, tenaz y hasta seguro de sí mismo, lo que le llevó a marcarle un gol al Espanyol. Pero fue empatar Luis García (quien por cierto celebró el gol como si le hubiéramos hecho algo feísimo… los jugadores deberían reprimir esos instintos cuando marcan en campo contrario) y el Atleti se quedó triste, despistado, olvidando su condición de perseverante Tauro. Hasta entonces había jugado a remolque de un gol tempranero, dormitando hasta el descanso, pero con fe renovada tras el mismo. A pesar de los pesares, de las cantadas de Perea (jugador al que, por cierto, se le encomienda muchas veces la tarea de sacar el balón desde atrás cuando es claro y meridiano para cualquier aficionado al fútbol que su juego se basa en su espectacular despliegue físico y no en el dominio del balón… ¿por qué?), del descontrol futbolístico de Pernía y del irritante trote de Luccin (o “trote luccinero”), a pesar de otros desatinos varios y jugadores algo desesperantes, el Atleti tocó a “carguen” y se fueron a empatar. Y lo consiguieron: es lo que tiene tener a Torres en tu equipo, que al final hay uno que hace lo que hay que hacer (por cierto, de Torres hablaremos otro día pero por ahora quédense con una bravuconada del que suscribe: si el Torres de los últimos tiempos es el peor Torres que podemos ver, no lo duden, estamos ante uno de los grandes). Pero Torres sólo no basta, y cuando el otro equipo tiene unos cuantos tipos listos y con calidad (Luis García, Tamudo y sobre todo De La Peña, que encima ayer disfrutó de todo el sitio del mundo cuando recibía el balón, eso sí, observado de lejos por Luccin) y unos cuántos tipos aguerridos y en forma, el miedoso Atleti del Calderón tiene poco que hacer.

Que el Atleti es un equipo en formación es algo que nos gustaría pensar a muchos. Si la directiva permitiese que el bloque se consolidara y creciera, si confeccionara plantillas según los patrones que marca la lógica deportiva y no el afán comisionista, si las prioridades de los dirigentes fueran, como es natural, el gestionar bien un equipo de fútbol y no pegar pelotazos inmobiliarios, entonces puede que el equipo, a día de hoy, fuera mayor de edad. Pero no, ya lo saben ustedes. El Atleti ha ido cambiando de entrenador de poco en poco, con la misma frecuencia con la que se cambiaba media plantilla. Este año, empero, parecía que el bloque tenía más garantías… y el equipo apunta más pero aún no está hecho, ni mucho menos maduro.

Es el Atleti un equipo, como mucho, adolescente. No conoce bien sus fuerzas, y lo mismo se queda en medroso y tiritón y no remata en el Bernabéu que sale ante la Real Sociedad con los cuellos de la camisa por fuera de la chaqueta perdonando la vida a las espectadoras. Combina ratos de discurso racional y sólido con voz de presentador de telediario con gallos agudos propios de los protagonistas de Verano Azul. A veces, como ayer, sale pensando en las musarañas y le meten un gol al ratito. Alterna luego un despiste impropio de un tipo que sabe lo que hace con un repentino ataque de furia y auto-confianza. Lo malo es que esta se acaba en cuanto recibe una colleja de manos del listo de la clase de al lado, y se le queda cara de buscar a su madre para que le diga qué hacer. No tiene la madurez ni la auto-confianza de seguir haciendo lo mismo, no se cree su propia valía, ni si quiera sabe si la tiene por más que a ratos lo intuya. Peor aún, desconoce el peso de la camiseta, el impulso que da una grada agradecida que responde al esfuerzo y el compromiso con un aliento sin pausa.

El problema es que el adolescente colchonero carece de un padre recto, honesto y sobrio que, desde el palco, le ayude a enmendar sus errores. Éste, por el contrario, parece que está en el bar con los amigotes decidiendo qué van a comprarse con las ganancias de las recalificaciones. Y peor aún, tiene una madraza de infinita bondad y comprensión formada por cincuenta mil socios resignados que aguantan carros y carretas sin dar una reprimenda, sin silbar, sin afear tanto disgusto, sin dejar al niño sin cenar. Y, lo que es peor, sin pedirle al padre que aparezca por casa al menos a poner orden, o a exigirle al púber que se parezca a ese hermano mayor que jugaba en ese mismo campo hace unos años, que no daba disgustos sino alegrías y del que no había que abochornarse los días de fiesta. Por el bien del equipo y sobre todo de la afición, esperemos que este quinceañero géminis se convierta pronto en un tauro hecho y derecho. De lo contrario, pasaremos otro año como los últimos, esto es, de los que hacen gritar a una parte cada vez mayor de la grada eso de “otro año, otro timo”.

martes, 5 de diciembre de 2006

Aún queda mucho, mucho

El Atleti se coló el sábado entre los cuatro primeros por la puerta chica, porque el quinto tenía un partido menos. A día de hoy sigue cuarto y los atléticos de nuevo cuño dan volteretas laterales. Qué triste es que esto sea noticia... pero en fin, es lo que hay. El Atleti no juega bien más que a ratos y demuestra muchas carencias, pero en esta liga tan flojita parece que esto no se penaliza como antes. Recemos.


Un equipo en crisis que inicia los festejos del Centenario con muchas dudas, mala suerte, un entrenador discutido y una grada dividida. El Club entero paga los excesos de su máximo accionista, más ocupado en sus propios intereses que en los de la masa social. Aunque les suene familiar, no es del Atleti de quien hablo esta vez, sino del Betis. Para desgracia de muchos, este mal es cada vez más frecuente en el fútbol patrio, y no sólo cerca del Manzanares sino en Sevilla, Vitoria y algún otro sitio empiezan a conocer las verdaderas consecuencias de la entrada de algunos personajes en las Sociedades Anónimas Deportivas.

En fin, a lo nuestro. Y es que, una vez más, el Atleti sacó esas dos caras de las que alardea este año. El primer tiempo, y más en concreto los primeros veinticinco minutos, el Atleti fué el equipo aseado pero concentrado que echamos de menos. Salió con fuerza y uno empezaba a frotarse los ojos al ver entradas por las bandas con verticalidad y peligro, apoyos lógicos y juego de equipo. Uno, que no cree en los milagros, sabía que más adelante el esfuerzo de los primeros minutos pasaría factura y no tardaría el equipo en echarse atrás, pero mientras el despliegue físico duró intentaba disfrutar de ello, como cuando uno se come un helado al sol. El Atleti parecía un buen equipo y dominaba con autoridad a un Betis desfigurado, posiblemente aturdido por la cancioncita de su Centenario y ese señor de verde que la cantó a voz en grito rodeado de muchos niños. Sin saber aún si iban a jugar al fútbol o a recrear la versión sureña de Sonrisas y Lágrimas, los jugadores del Betis facilitaron desde el principio el juego de los rojiblancos. Rojiblancos al 50%, que el equipo volvió a salir con esa camiseta que parece de escudero medieval, de arlequín circense o de boya marina, todos ellos conceptos muy respetables pero de poco calado en la historia del Atleti.

Marcó Galletti, que es un jugador del que no sabemos bien qué pensar. Está claro que no es un fenómeno, pero a veces hace cosas buenas. Está claro que no es un desastre, pero a veces lo parece. Lo peor es que alterna unas y otras en el mismo partido, en el mismo cuarto de hora e incluso en el mismo contraataque. Coge el balón Galletti y uno no sabe que esperar. Sabe qué no esperar, pero con eso no basta. El sábado no lo hizo mal, pero si no marca el gol me pregunto si las críticas hubieran sido las mismas. Para su alegría y la nuestra, marcó. Pero sobre todo, para su alegría y la nuestra, jugó en el mismo equipo que Leo Franco.

Otra vez, que ya van dos, Leo Franco paró dos penaltis. Ya lo hizo contra el Sevilla y perdimos en casa, y esto es algo muy nuestro. Eso de hacer un partidazo y perder ocurre a veces a jugadores del Atleti, o si no que se lo pregunten a Vieri o Pantic. Pero el sábado hubo suerte porque Leo, ese tipo discreto y cabal que se ha hecho un hueco en el corazón de la grada por eso precisamente, no sólo paró dos penaltis sino que paró también un rechace a bocajarro. Ahí colaboraron los jugadores del Betis, a los que se les intuye el nerviosismo propio de los equipos en mala racha, haciendo remates blanditos y miedosos. El Betis pudo hacer más pero cuando las cosas se tuercen se tuercen del todo, y no fue porque el Atleti hiciera méritos para ganar el partido.

El Atleti mostró su segunda cara de nuevo en el segundo tiempo, echándose atrás de forma algo artera y también algo mezquina, demostrando sentido práctico pero también poca ambición, poca gallardía y poca fe en sí mismo. Para un equipo como el Atleti, tan justito y tan al filo de la navaja, tres puntos valen una barbaridad y la sola idea de poder perderlos se convierte en una pesadilla para el entrenador y los jugadores. Así, cuando el equipo ve que hay una posibilidad remota de perder el botín, lo esconde en un calcetín que a su vez mete en una caja que introduce en el agujero bajo la tabla suelta del parqué. No piensa el Atleti en invertir, en crear riqueza, en hacer más goles, en evitarle a sus aficionados veinte minutos de angustia al final de cada partido. Se echó el Atleti atrás, se fueron Agüero y Torres, salió el trivote y la hinchada colchonera notó en ese momento que ya no le bajaba la cerveza más allá de las amígdalas.

Este es el Atleti de hoy, un equipo algo miedica que se echa atrás y renuncia a noquear al rival groggy para conformarse con ganar a los puntos, aunque la agonía se prolongue y acabe con los dos ojos morados. Lo hizo en el Bernabéu y lo hizo también ayer. No lo hizo bien en Coruña o en casa contra el Zaragoza, y pasó lo que pasó. Visto lo visto, es decir, que el equipo no juega para tirar cohetes pero aún así estamos en la pomada, puede que el entrenador tenga razón. Lo que hace falta es que el equipo progrese, evolucione, que no se quede en esta postura rácana. Esperemos que así sea, pero aún queda mucho, mucho, para que ver partidos del Atleti sea un tranquilo placer dominical.

Un par de apuntes finales. El primero, sobre la sensación agridulce de ganar un partido (con méritos más bien escasos para ello) y con ello poner a Irureta a los pies de los caballos. Irureta es un tipo que me cae simpático por ser como es, por hablar como habla, por haber sido del Atleti y por hablar siempre del Atleti con el cariño del que habla un aficionado de verdad. El segundo apunte es más bien una pregunta. ¿También les pasó ayer a alguno de ustedes que, tras ver el partidazo de Leo Franco y ver el resumen del Levante - Barça, le dió por pensar lo buen tipo que es Molina? Molina, para un servidor uno de los mejores porteros que ha dado este país, es alguien que siempre me ha caido especialmente bien. Nos hizo ser muy felices muchas veces en el Calderón. Mantuvo su característica personalidad siempre, incluso tras ese partido contra Noruega en la Eurocopa, incluso cuando le ficharon a Toni para molestar, incluso cuando le diagnosticaron un cancer que dejó atrás con torería y sin alardes. Un gran tipo Molina, lástima no haberle mantenido en el club unos cuantos años más...

martes, 28 de noviembre de 2006

El sopor vuelve a un estadio sucio

Tras las buenas vibraciones percibidas durante el partido contra el Villarreal y parcialmente contra el Levante, el aficionado colchonero volvió a bostezar y desesperarse en un partido que, a priori, el Atleti debería haber ganado con facilidad. “Las cosas del Atleti”, nos dicen por la calle. “Las cosas de ESTE Atleti”, pensamos algunos.



Salió el Atleti por la escalera del vestuario y los jugadores pensaron que ya habían ganado. Salieron pensando dónde iban a cenar luego, o que el lunes tenían que llevar el coche al taller, o si le habían devuelto las herramientas a su cuñado. Se olvidaron de que enfrente había un equipo en horas bajas pero con ganas de salir del hoyo. Se olvidaron de que en la grada había un montón de gente dispuesta a pasar frío para verles jugar (incluso a sabiendas de que el equipo no es lo que ellos se merecen), dispuesta a animarles (aunque tampoco se lo merezcan muchas veces) y deseando acostarse pensando que el Atleti era cuarto (una meta menor para el Atleti de otros tiempos, para nuestro Atleti). Se olvidaron, y esto es lo más grave, de que aún no han conseguido nada, que no son un equipo consolidado, que no dan el miedo que otros años daban once tipos vestidos con la camiseta rojiblanca que últimamente la empresa que viste al club se entretiene en desfigurar.

El Atleti, ya lo comentamos el día del Villarreal, es un equipo que puede ser medianamente competente en el caso de que todos y cada uno de sus jugadores salgan concentrados, con ganas de ganar y la actitud aguerrida y comprometida que el peso de las rayas impone. Ahora bien, cuando el equipo sale con actitud de play-boy sobrado que entra por la esquina del baile del pueblo con cara de que en un rato tendrá que apartar a las mozas locales a manotazos, le suele pasar lo que a éste: que acaba en el pilón, o en el río, o manteado, o untado de brea y plumas en medio de un campo en barbecho. Así salió el Atleti y los otros mozos del baile, de azul y blanco, menos bronceados que él, en peor situación anímica y con menos fe en sí mismos, hicieron lo que debían hacer. Quedarse atrás, limitarse a bailar los ritmos más fáciles con pocos alardes, y aprovechar la mínima ocasión para acercarse a la morena. La morena, en este caso la defensa del Atleti, se despistó una vez más, el discreto galán se aprovechó y al play-boy rojiblanco se le quedó cara de Manolo Gómez Bur viendo que el guión no se desarrollaba como él había previsto.

El Atleti actual sufre si juega contra un equipo cerrado. Sufre también si sus jugadores no están especialmente inspirados. Sufre en casa, donde siempre encaja el primer gol. Sufre si tiene que construir, y sufre también si tiene que destruir y está pensando en las herramientas del cuñado. Todas estas cosas, cree uno, las deberían saber los jugadores y el entrenador. También deberían saber hacer controles en carrera, pasar con solvencia desde la banda y tirar a puerta con precisión, pero esto resulta más complicado en estos tiempos que corren. Si supieran lo primero, al menos, sabrían también que hay una forma de solucionarlo: correr, apretar los dientes, esforzarse, enseñarse al compañero, mantenerse concentrados, no subestimar al contrario. Pero no. Ni si quiera el haber encontrado el camino hace un par de semanas hace ver la luz a este colectivo gris que cada dos semanas visita ese precioso estadio que quieren convertir en pisos con dos y tres dormitorios, plaza de garaje y trastero. El equipo vive así en el filo de la navaja, y ora se cree grande y empata con el último, ora se da cuenta de lo que hay y gana con autoridad al Villarreal. El sábado jugó en modo play-boy de piscina y si no es por un golpe de suerte injusto para un portero que hizo dos paradones a tiros de Pernía y Antonio López (bastante desdibujados ambos, por cierto), hubiera acabado embreado, emplumado y dentro del pilón, todo junto. Esperemos que aprendan de sus errores y no acabemos la temporada bailando con el cura.

Y, para más INRI, a todo esto asiste el aficionado colchonero sentado sobre un asiento sucio, lleno de agua, cáscaras de pipas, papeles de caramelos y montones de revistas con sonrojantes titulares de portada que ensalzan la gestión de la directiva sin ofrecer ni un solo argumento creíble. La mugre de la grada es tal que a nadie extrañaría que cualquier día los asientos cobrasen vida y participasen en ese debate sobre si Torres vale o no que recorre la grada como un tsunami. Para muestra un botón: la acción conjunta de la rica base orgánica acumulada bajo mi asiento desde los tiempos de Dirceu y de la lluvia de los últimos días ha obrado un milagro. Por el atascado hueco del sumidero del asiento se abren paso el tallo y hojas de una plantita, ejemplo (imagino que no único) de que el sentimiento atlético del que alardea el club ha llegado al reino vegetal. Mi asiento, señores, ha germinado y todos los socios del sector nos hemos comprometido, con un tácito pacto ambiental, a cuidar del nuevo retoño rojiblanco. No sabemos si será un rosal, un girasol, una higuera o un nogal (dado que por más que lo hemos intentado no conseguimos fijar con precisión la dieta llevada por los de nuestro sector en los últimos años) pero tenemos todos claro que dará flores rojiblancas y frutos esféricos.

Según las cuentas del club, presentadas hace poco, el Atleti da beneficios. También figura en las cuentas que se destina una elevada cantidad de dinero a la limpieza del estadio (un millonazo de euros, ni más ni menos), y de esto han hablado los directivos en la prensa. De hecho, la limpieza es uno de los argumentos de peso que la directiva ha empleado para justificar la necesidad del cambio de sede (para que vean ustedes el nivelón de los argumentos). Una pregunta me hago yo… en el Calderón se juegan al año, más o menos, unos 25 partidos, y entre cada uno, por regla general, hay 15 días… Vamos que no son muchos partidos y hay tiempo entre uno y otro… A ver, ¿entre cuántos de mis amigos podríamos limpiar la grada? Yo creo que entre tres o cuatro, vestidos de fregona, dejamos la grada como los chorros del oro. Y por menos de un millón de euros al año, hasta por la mitad… En fin, les dejo, tengo una oferta que presentar en las oficinas del estadio. Es posible que me forre en poco tiempo.

lunes, 6 de noviembre de 2006

Cine rojiblanco de arte y ensayo

Partido Mallorca – Atlético de Madrid el sábado en Son Moix. Tarde lluviosa y gris. Partido comprado en pay per view, varios amigos en torno a un televisión. A los diez minutos, animada conversación sobre el futuro del tripartito catalán. A cinco minutos del final, la pregunta: “¿cómo van?”.



Compra un amigo el partido del Atleti y convoca en su salón a los que solemos ir juntos al campo. La puesta en escena es de lo más atractiva, con sus cervecitas, sus aceitunas y un sofá con aspecto prometedor. Lo malo es el resto. Para empezar, ese equipo vestido de mamarracho que sale por el vestuario con una coloración inverosímil que le hace imposible de reconocer como representante de una institución centenariamente rojiblanca. Sale el Atlético de Madrid, fundado en 1903, y parece un equipo de liga municipal, con camiseta de un color y pantalón prestado por los del equipo vecino y toda la pinta de que el balón es del sobrino del portero. Si el partido del sábado lo vio el presidente de la empresa que viste al equipo ya no le quedarán dudas sobre ese rumor sobre el daltonismo del Director Creativo del Departamento de Diseño Camiseteril. Pero esto no es todo.

Y es que en los últimos tiempos asiste uno al comienzo de un partido del Atleti como el que se dispone a ver una película sueca de finales de los 70 de nombre, es un poner, “La nausea y la nada en Gronjöstrom”. Esto, ya de por sí asombroso, lo es más teniendo en cuenta que el presidente del Club estuvo en su tiempo especializado en comedias ibérico-casposas. Lo que uno espera ante el partido es ver pasar el tiempo sin que pase nada destacable, nada que le saque a uno de la realidad, nada que no le hunda a uno en el pozo del desánimo. El Atleti de hoy, como algunas películas europeas, es tan cotidiano y tan realista que a le impide a uno abstraerse de su propia vida y prestarle la atención que merece: en el fondo son un montón de tipos grises haciendo su trabajo con desgana. Ver el centro del campo rojiblanco manejar el balón recuerda a esos planos interminables y sin música de una olla al fuego echando borbotones, rebosando estofado de reno. La diferencia es que esas películas suelen contar algo aprovechable al final, y la áspera espera mirando ollas humeantes suelen tener una recompensa que no necesariamente tiene el ejercicio de mirar a Luccin correteando en círculo durante minutos y minutos. Eso y, claro está, que el esfuerzo que conlleva declararse aficionado al cine sueco viste mucho en fiestas y exposiciones, mientras que reconocer que uno se traga todos los partidos del Atleti, incluso por la tele, no provoca ningún tipo de admiración entre la intelectualidad, sino más bien un asombro que irrita mucho cuando se acompaña de la tradicional sorna que tan común se ha hecho desde que nos dirige quien nos dirige.

Como en esas películas, el tiempo pasa y pasa y el Atleti no hace nada que la memoria pueda retener, a no ser un fallo clamoroso, o un resbalón sonrojante, o un pelotazo indigno sin posibilidad de repetición o mejora (puro Dogma, oiga). Empujado por este panorama, el espectador pierde el interés y es incapaz de mantener la atención después de los primeros diez minutos de partido. Pasa igual, a otra escala, con las temporadas. El atlético sigue a su equipo los primeros partidos animado por la novedad de los fichajes, por la falsa esperanza del “este año sí”, por la burbuja mediática que eleva a los altares a jugadores de poca monta. Uno sigue con detalle las evoluciones del equipo, no por su juego primoroso o por su épica entrega, sino porque no conoce al rubio que juega por la derecha o porque no reconoce los andares del lateral izquierdo, ni a ninguno de los otros ocho fichajes que cada verano llegan al Calderón sin saber muy bien por qué. Yo creo que si el Atleti fichara jugadores difícilmente reconocibles (esto es, ni muy altos, ni muy calvos, ni muy rubios, ni muy oscuros) el público estaría más interesado durante más jornadas. Porque, una vez almacenada en la memoria la forma de correr de uno y otro, la sensación de película sueca vuelve de inmediato, más aún cuando ya vemos, resignados, al Atleti en la novena posición de la tabla.

Hay sin embargo algunos elementos positivos en este juego desolador. Aturdidos por el sedante estilo del otrora eléctrico y contragolpeador Atlético de Madrid, la afición reunida en torno a los monitores de televisión habla de otras cosas, de sus proyectos profesionales, de las bondades de la mecánica japonesa, de sus problemas de pareja. Es la afición rojiblanca, desde hace unos años, un ejemplo de psicoanálisis espontáneo y colectivo, formada por sujetos que se apoyan y aconsejan en los más profundos problemas cotidianos, desde la falta de comunicación con la parienta al fontanero de tarifa más competitiva.

Adicionalmente, huérfana como está la afición de referencias gloriosas para la memoria (de un regate, de un golazo, de una remontada épica) el espectador pasa su tiempo intentando colocar algunos hitos reconocibles entre la marea de partidos idénticamente soporíferos que venimos soportando desde hace años. Con el Atleti uno tiene la impresión de haber visto el mismo partido una y mil veces. No quedan referencias visuales ni históricas que permitan ubicar un lance, un regate, un tiro a puerta, y los datos se entremezclan en una especie de sopa plurianual en la que emergen de tanto en tanto, como fideos, un gol de Torres, una parada de Leo, una carrera de Perea o un arranque de Maxi. Y poco más. Así, el aficionado busca y rebusca en su memoria para tratar de aclarar cómo se quedó en casa contra el Racing hace tres años, o cuál era el centro del campo en aquel partido contra el Betis del invierno pasado. La tarea es ardua e ingrata, y demanda un esfuerzo mental que sirve divinamente de entrenamiento para las neuronas colchoneras. El resultado es que el desesperado aficionado rojiblanco termina por tener una agilidad mental que le hace resolver un Killer Sudoku como si fuera la adivinanza del “oro parece”.

En esto sale Agüero al campo y uno recobra levemente el interés, despertando del letargo y cortando súbitamente la animada conversación sobre el Plan Hidrológico que enfrenta a los amigos. La sensación es la misma que se tiene durante la película sueca cuando la joven y rubia protagonista, que tras hora y cuarto de film aún no ha pronunciado palabra alguna, parece que va al baño a tomar una ducha: “a ver si por lo menos vemos algo”. Pero sale Agüero y nadie le da el balón, nadie repara en él aunque lo intenta y lo intenta. La sueca se ducha, sí, pero tras una cortina opaca. El partido acaba y no hemos visto nada de nada. La película acaba y no sabe uno si el mensaje es que la vida en Suecia es aburrida o que las rubias son muy pudorosas a la hora de la ducha.

Son ya demasiados partidos iguales, demasiadas películas existencialistas. El Atleti no sabe a lo que juega desde hace demasiado tiempo. Como equipo está perdido. Como institución ha renunciado a sus valores en pos de la luz del pelotazo inmobiliario que se vislumbra al final del túnel. Como afición, está silenciosamente desesperada, sedada por el sambenito impuesto por el marketing del club, estigmatizada por el calificativo de la mejor afición del mundo. En el próximo partido en casa los jugadores saldrán al campo entre nubes de confeti y cánticos atronadores, lo que les permitirá confirmar a los jugadores y a los directivos que, como en las películas suecas de arte y ensayo, en el fondo nunca pasa nada. Que se puede perder en el Calderón, o fuera (esto es, en un estadio rival o en la Peineta), o jugar sin casta, o sin dignidad, o incluso sin rayas en la camiseta porque el público, como en los cines de arte y ensayo, no silbará si la película es un bodrio.