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domingo, 29 de noviembre de 2015

Reflexiones rápidas ante un problema de los gordos

Sería raro hablar del partido de ayer sin empezar hablando de Tiago, lesionado de gravedad en una jugada tonta, injustamente tonta para el desaguisado que produce. Tiago se rompió la tibia ni más ni menos en una entrada aparentemente normal para intentar recuperar un balón sin peligro alguno. Tiago, el jugador con más cabeza del equipo, el maestro de los espacios y de los tiempos del centro del campo atlético, el que hace que el equipo juegue con sensatez o casi ni juegue, el único que no tiene sustituto de más o menos garantías del equipo, se rompió la tibia y el estadio se quedó helado.

Si algo temía el aficionado atlético este año, con esta plantilla, es que se lesionara Tiago. Sin recambios para hacer su labor (lo que tampoco es extraño, siendo Tiago un jugador extraordinario), el aficionado colchonero lleva desde verano esperando que a Tiago no le pase nada, confiando en su inteligencia para dosificar su físico, incómodo a veces con el entrenador por hacerle jugar el 100% de los minutos a sabiendas que Tiago, que tiene 34 años, no tiene un físico privilegiado ni la resistencia inquebrantable de un fondista. Si Gabi puede tener sustituto contando con un Saúl entonado y, por lo que cuentan, Kranevitter es de corte más defensivo y trabajador que Tiago; además, llega de una liga más lenta como la argentina, necesitará adaptarse y no tendrá tiempo ni de descansar ni de ponerse al día. Thomas, que tan buena temporada hiciera el año pasado y tan buena pinta dejó en Cádiz, juega también en principio en el puesto de Tiago pero sólo un optimista pre-inconsciente esperaría (y exigiría) del chaval el saber y la jerarquía del portugués.

Veremos qué inventa Simeone para hacer jugar al equipo sin su jugador de referencia en el medio campo, además en quizás su mejor año. Echaremos muchísimo de menos a Tiago y esperaremos que, a pesar de la gravedad de la lesión y de sus años, esté de vuelta pronto vestido de rojo y blanco. Parece difícil, pero más difícil parecía hace un año que Tiago fuera aún mejor y miren Vds lo que pasó luego.

Ánimo Tiago, vuelve pronto que aquí estamos.
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Contra el Espanyol salió el Atleti con una alineación algo rara. Salió Saúl por Gabi, que estaba sancionado y eso nos parece normal, pero también salió Óliver Torres en lugar de Carrasco, que parecía haberse hecho con la titularidad indiscutible ante un entrenador que gusta poco de cambiar equipos. Por último, en vez de Torres salió Vietto, lo que supuso otra sorpresa: Torres venía de hacerlo bien en los dos últimos partidos, Vietto no había demostrado estar al ritmo de los demás en ningún momento, Simeone no había jugado aún con dos delanteros bajitos y, en caso de hacerlo, la afición habría apostado por Correa antes que por Luciano.

Con todas estas novedades y un gol tempranero de Griezmann de esos tan suyos (balón bueno de Óliver pero no definitivo, Griezmann que adelanta un poquito la punta del pie y toca el balón lo justo para que éste entre y también lo justo para no tener que volver a tocar el balón en 25 minutos más) se pudo ver con relativa comodidad el impacto de todos estos jugadores en el equipo, con resultados dispares.

El primero de ellos es Vietto, titular junto con Griezmann en el ataque con la misión de aprovechar la oportunidad de oro que le brindaba el Cholo. Vietto, ojito derecho de Simeone, había demostrado hasta la fecha más bien poco, mostrándose nervioso, atenazado, bajo de ritmo y de precisión y muy lejos del jugador del Villarreal que pusiera al Atleti y a algún otro en un apuro más de una vez. En sus partidos en el Atleti tiene como punto álgido el gol metido al otro equipo grande de la capital, que casi pifia por cierto; por lo demás, más bien poco. Y ese más bien poco fue lo que Vietto mostró en el partido de ayer: de nuevo inseguro, ansioso, sin ideas ni mordiente, Vietto parece estar en una de esas fases en que los jugadores sólo hacen bien las cosas cuando no tienen tiempo de pensar; cuando sí disponen de él se le ve con demasiadas ganas de agradar, confuso, egoísta en mal momento, blandito en cualquier caso. Con su partido de ayer Vietto dejó claro que hoy por hoy no está para jugar en el Atleti y mucho menos para ser titular, que los minutos de que dispone no sirven para más que para quitarle minutos a otros que harían más y que su presencia no justifica la ausencia de Torres o de Correa. O mucho cambian las cosas o nos tememos que los partidos que le quedan por delante a Vietto serán pocos y bajo presión: veremos si tiene la cabeza lo suficientemente bien atornillada al cuerpo para aguantarlo o si, por el contrario, sería más aconsejable buscarle una salida temporal.

El segundo de los “examinados” era Saúl, que jugó al lado de Tiago hasta su lesión, haciendo las veces de Gabi. Saúl empezó nervioso, perdiendo algunos balones fáciles en malos momentos y escuchando algún rugido de la grada; sin embargo, fue cuando se marchó Tiago y las cosas se pudieron poner feas cuando Saúl emitió buenas señales. Con menos presencia en el centro del campo, a pesar del apoyo de Koke al salir Carrasco, la figura de Saúl fue creciendo y acabó el partido con mucha más presencia, con galones al cortar los modestos contraataques rivales y calidad para sacarla jugada hacia Koke o Carrasco en algún caso. Saúl, que había hasta ahora alternado buenos partidos con ratos catastróficos, tiene una buenísima oportunidad para hacerse con minutos y quién sabe si el puesto titular durante los próximos meses. El mediocentro es el puesto que le gusta, aunque puede jugar más atrás y más adelante, y resta por saber si tendrá la calidad y cuajo necesarios para suplir la baja de Tiago y la personalidad de recuperarse cuando cometa fallos, sobre todo en casa. Esperemos que sí.

Y, por último, Óliver Torres, ojito derecho de algún lector aficionado a los cactus. Óliver salió de inicio y, como es habitual en él, lo hizo con muchas ganas, velocidad en las combinaciones y presencia constante. Es habitual que Óliver cumpla con los diez o quince primeros minutos de sus partidos de forma algo acelerada, se diría que con metabolismo de hámster, tirando pasecitos, volviéndose a mostrar, girando sobre su eje y saliendo con la cabeza arriba. Óliver gusta de jugar rápido y de ser el que más rápido juega, pero esa vivacidad-casi-euforia se le suele ir apagando según pasan los minutos, en especial si comete algún fallo. Se diría que Óliver sale con la memoria a cero en cada partido, recordando sólo cómo jugar para pasárselo bien y buscar la portería rival en cuanto hay ocasión; pero si falla un pase fácil, o pierde un balón en mal sitio, o hace un pase a ninguna parte por querer rizar el rizo y se lleva una voz de Simeone o Godín, a Óliver le llegan a la cabeza de golpe todos los recuerdos más negativos. “El otro día fallé un balón igual y me cayó una bronca, hace tres semanas hice un mal pase, no lo vuelvo a hacer”, se diría que piensa Óliver y, a partir de ahí, se va apagando. Quizás a Óliver, que tiene una calidad extraordinaria, le queden tres o cuatro años para aprender a gestionar los fallos, a no venirse abajo ante el primer contratiempo, a asumir que en su posición y con su juego es normal perder balones y precisamente por ello no puede uno sumergirse en la melancolía cuando todo no sale perfecto, porque sencillamente no hay tiempo. Se diría que Simeone es especialmente quisquilloso en este punto y con Óliver en particular, probablemente porque, como otros, también ve en él cosas de jugador grande que se pueden echar a perder por tener mentalidad de chavalín jugando en el patio. Si Óliver tuviera una personalidad más formada y diera la garantía de no perder balones cuando no se pueden perder, creemos que sería más fijo en las alineaciones del Cholo, sobre todo ahora que Tiago está fuera de combate. Probablemente Simeone no le pase una y no admita las pérdidas de balón en las que incurre, probablemente Óliver vaya poco a poco gestionando mejor su propia euforia y su propia melancolía. Ayer hizo un buen partido en el que pasó su fase inicial de euforia y también una fase de bajón, de la que se rehízo y terminó más en alto que a mitad del encuentro. Necesitaremos a Óliver a partir de ahora, confiemos en que acepte el desafío.

El partido tuvo poco más que comentar: quizás que Godín pudo marcar de nuevo, y de nuevo de cabeza; es impresionante cómo el uruguayo remata casi el 90% de los balones que el Atleti pone en el área rival en faltas y córners. Fue llamativo también el partido de Oblak: si en vez de Oblak en el campo hay un Guardia de Gales inmóvil en su garita, el resultado habría sido el mismo. Buen partido, de nuevo, de Filipe Luis, que mostró estar sobrado de físico, condiciones y confianza, y buen partido de Thomas, a quien Simeone colocó por delante de los medios, en una posición más adelantada a la que suele ocupar, con la que consiguió taponar con éxito las tímidas salidas del Espanyol. Thomas confirmó que tiene físico y confianza para jugar más y, al igual que Saúl, tiene ante sí una oportunidad de oro para echar abajo la puerta del equipo titular del Cholo.

Por lo demás, disgusto y problema aparte, el Atleti volvió a ganar por uno cero un partido cómodo en el que no sufrió prácticamente nada. Sufrió quizás para entender el extraño arbitraje de Vicandi Garrido, árbitro con nombre de árbitro que se dedicó a reinterpretar la ley de la ventaja, acuñar nuevos usos de la tarjeta amarilla y flexibilizar el concepto de falta. Sufrió un poco Oblak, aburridísimo y con frío, al no haber traído una novela o unos sudokus. Sufrió quizás la afición rival, por cierto educadísima durante el minuto de silencio por Miguel San Román, lo que es de agradecer viendo los precedentes. Sufrieron los equipos rivales en la clasificación viendo cómo el Atleti sigue como un martillo pilón, subiendo la cuesta pasito a pasito sin fatiga ni vértigo. Pero, sobre todo sufrimos nosotros, que somos de Tiago, pensando en el vacío que nos deja por delante el portugués esta temporada, en la mala suerte de cortar una temporada excelsa en una jugada tonta en la que resulta inexplicable una fractura de tibia, en la profunda injusticia que supondría para Tiago ver su carrera casi terminada por una lesión así. Confiemos, esperemos y, mientras tanto, mandemos ánimos a Tiago I, el Grande. 

domingo, 15 de marzo de 2015

Reflexiones sobre la rachita (de marras)

Llegó Irlanda a Cardiff y jugó, de largo, su peor partido del 6 Naciones, dejando a los aficionados vestidos de verde con cara de bobo y sin más remedio que pedir otra pinta de Guinness, qué se le va a hacer, oiga.

Llegaba a Irlanda a Cardiff imbatida y tras mostrar el juego más sólido de todos los aspirantes: agresiva en delantera, con Sexton de almirante, con dos centros fantásticos y al menos un ala de nivel, Bowe. Irlanda partía como favorita, y eso que contra Francia los galeses habían dado muestras, una vez más, de que lo suyo es ir subiendo de nivel según avanza el torneo y que el partido de Cardiff podría parecerse más a la primera mitad contra Inglaterra del partido inaugural que a la segunda parte de ese mismo partido, donde los galeses se cayeron con todo el equipo.

Pero Irlanda, que soñaba con ganar y tener opciones de firmar el tercer Grand Slam de su centenaria historia, ahí es nada, salió como salió el Atleti en Valencia en aquel partido anómalo en el que encajó 3 goles en diez minutos. Doce cero perdía Irlanda a los 14 minutos, doce cero ni más ni menos, tras conceder golpes y golpes en campo propio, mala cosa cuando el que patea es Halfpenny. Al despiste inicial, del que el equipo se fue recuperando poco a poco como el Atleti en Valencia, se juntó el extraño y pobre partido de Sexton, poseído por el espíritu de Siqueira. Sexton, guía del equipo en Dublín contra Inglaterra y Francia, falló patadas fáciles y erró tiros a palos, placó bien pero forzado por no estar necesariamente en su sitio y llegó a desconectarse totalmente del partido en un momento en el que ni llegó a ver el balón que le pasaba un compañero, pendiente como estaba de preguntar la receta de Irish Stew a su primer centro. Más de uno por Limerick lamentó la extraña lesión de Ansaldi en ese momento.

Aunque Irlanda se fue 6 abajo en el descanso, una diferencia más que asequible, los irlandeses no parecían ver claras las cosas que tan claras se ven desde los pubs tras tres o cuatro pintas. Mucho más cómodos jugando por dentro que por fuera, no siempre eligieron la vía más lógica para hacer daño a los galeses ni Murray imprimió el ritmo de delantera que el partido parecía necesitar. Perdieron touches, cometieron errores en pases y melés y aún así protagonizaron, junto a la increíble defensa galesa, 5 minutos de rugby inolvidable con 32 fases en 22 galés en las que ni unos ni otros cometían errores, seguidos de otras 10 o 12 fases de continuidad asombrosa que terminaron, oh cruel destino, en golpe de castigo, sólido contraataque galés, nuevas fases en 22 esta vez verde y un ensayo de Scott Williams que no transformó Halfpenny. Preciosos momentos de rugby llenos de emoción, casta y ganas por parte de 30 titanes de rojo y verde, magnífico momento del 6 Naciones 2015.
                                                
La furiosa reacción irlandesa, mal terminada con un avant normalmente fiable Cian Healy, dio lugar a un posterior ensayo de castigo cuando el maul verde parecía entrar con facilidad en zona de ensayo. Con cuatro puntos de ventaja Halfpenny volvió a transformar y dejar en 7 la diferencia, dando paso a 5 últimos minutos de torbellino desesperado irlandés en busca de un empate salvador, un sin bin de Jonathan Davies y el final de un partido que Irlanda pudo ganar pero perdió por sus propios errores y por el buen juego de los galeses, listos al aprovechar la empanada inicial irlandesa, a remolque pero solventes a la hora de despejar la  marea verde. Como resultado, Irlanda se fue con la sensación de haber perdido un partido ganable y el amargo sabor del Grand Slam ya imposible. Gales se fue eufórico por estar con tres victorias y una posible cuarta cuando la cosa pintaba fea tras la derrota contra Inglaterra,  y aunque queda lejos de poder ganar el torneo por diferencia de puntos, su último partido se presume un paseo ante los italianos.

Con Inglaterra ganando la Calcutta Cup a una Escocia estupenda en el primer tiempo y forzada a entregar las llaves del castillo en el segundo - ante la facilidad con la que los ingleses, sobre todo ese ramillete de excelentes jugadores con tono de piel algo más oscuro de lo que es norma en Exeter que tanto vigor y brillo están dando al equipo, terminaron por llevarse por delante a la defensa escocesa – el torneo queda abierto, pero quizás no tanto. Irlanda debe ganar en Edimburgo por 4 puntos más de la diferencia por la que Inglaterra gane a Francia. Sobre el papel, Irlanda es clara favorita ante Escocia, que intentará evitar la cuchara de madera con todas sus fuerzas en casa, algo no necesariamente fácil. Inglaterra recibe a los franceses en un partido que desafía a la lógica, en la que los franceses no deberían claudicar pronto tras el horroroso torneo realizado. Una paliza de Irlanda en Edimburgo, algo pensable, pondría una presión inmensa sobre los ingleses, primeros de la clasificación ahora para rabia del resto de equipos, obligados entonces a ganar también de paliza a un equipo, el francés, de los que pican desde el suelo cuando parecen batidos.

Dos candidatos, dos partidazos el sábado que viene, mucho que jugarse en el torneo más bonito del mundo. Disfrutemos. 
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El Atleti empató en Barcelona en un estadio que ahora se llama El Estadio Pogüeréit y cerró con ese empate una racha la mar de mala, la peor que recordamos desde el Advenimiento del Cholo: tres empates en liga, una derrota en Champions.

La racha, ya conocida como “la rachita”, se puede ver, como casi todo, desde dos puntos de vista. Para el que suscribe, el Atleti perdió merecidamente en Alemania, en un partido en el que el rival fue físicamente más fuerte y tuvo más ambición que los nuestros, algo desarbolados por el vendaval. Aún así, el Atleti trajo un resultado malo pero no tan malo, remontable sin duda, incómodo por supuesto, decepcionante si uno mira el resultado de las últimas visitas europeas del Atleti salvo al Pireo, molesto como esos seguidores de Twitter que le dicen a uno lo que debe hacer sin haberse siquiera presentado y, además, con faltas de ortografía.

Días después el Atleti empató en Sevilla un partido jugado de forma reservona pero inteligente: salir a tumba abierta ante el Sevilla en su casa, estadio en el que no pierde desde hace meses, podría haber sido garantía de derrota y de haber elevado varios grados la inclinación de la cuesta arriba que tenía por delante el equipo. El Atleti jugó de manera feota pero sensata y si Griezmann está un poco más atento, habría podido hasta llevarse un partido que Torres abrió a base de carreras desde su supuesto declive físico. Un empate ante el Sevilla, protagonista además de una muy buena temporada, no debería ser un problema mayúsculo ni motivo para saltar por el ciber-viaducto, deporte favorito de muchos puristas y visionarios con querencia a respetar a los rivales menos de lo que la lógica y la cortesía recomiendan.

La semana de después, ante el Valencia en casa, el Atleti jugó un muy buen primer tiempo y un discreto segundo tiempo en el que el desgaste físico terminó por hacerse más que evidente. Ahí parece que el Atleti anda más limitado que el año pasado, en el que el valle de la preparación no fue ni tan prolongado ni tan hondo como en éste. Con un buen Valencia cerrado atrás durante buena parte del partido, el Atleti consiguió dominar el juego y controlar el riesgo, ponerse por delante en el marcador y transmitir la sensación de que el equipo se llevaría un partido táctico y áspero de los que no gustan a los comentaristas de televisión pero que algunos, como el que suscribe, apreciamos mucho. Los cambios de Koke, quizás por precaución y/o agotamiento y de Torres, el responsable de que el Valencia estuviera 10 metros más atrás de donde podía hacer daño, descosieron el equipo y la presencia de Mario, blandito, y Mandukic, dimitido y enfadado con el mundo, dieron alas (cortas) al Valencia, que se echó un paso hacia delante en el tramo final del partido. Aún así, si Tiago mete un balón que terminó sorprendentemente en el larguero, ya no habría hecho falta invocar al espíritu de Courtois en ese balón que Moyá, que hace méritos para que la afición le coja manía en muchas de las escasas intervenciones a las que los rivales le obligan, dejó botar en el larguero y terminar en la cabeza de un rival, que ya es mala puntería, oiga.

Contra el Espanyol (partido visto por el que suscribe a trozos y en diferido, todo hay que decirlo), el Atleti jugó bien y lo hizo, además, con 10 jugadores por culpa de la imperdonable expulsión de Miranda, absurdo en su feísima entrada en medio campo, justamente expulsado en mal momento en una acción que implica echar muchas papeletas para que le toque ser suplente de Giménez de ahora en adelante. A pesar de ser menos, a pesar de tener un solo punta, el Atleti llevó la iniciativa, marcó un gol que parecía legal pero terminó anulado y pudo marcar alguno más si no es por el buen partido del portero rival, a quien el que suscribe desea igual acierto en el resto de partidos contra rivales directos, a ver si hay suerte, majo.

El resumen de la rachita de marras, por tanto, sería lo que los científicos y metafísicos llaman “negativo pero no tanto”, “malo pero poco” o incluso “pues mal, sí, oiga, pero tampoco se tiren Vds al río”: 3 puntos de 9 en liga, en efecto, pero con resultados explicables, sin debacles ni motivos para tirar la toalla, y una derrota por la mínima en Alemania, sí, ante un buen equipo al que sólo cupo felicitar y dar la mano, citándole para la vuelta.

¿Es esta la opinión dominante? Pues ni idea, oiga. Uno, a estas alturas, ya no sabe lo que la gente opina. Quizás nunca lo supo, también es verdad, pero en estos tiempos es todo cada vez más confuso. Si uno hojea los medios, por ejemplo, se da cuenta de que por arte de birlibirloque al Atleti vuelven a llamarle “el Campeón”, el sobrenombre que no leíamos desde Mayo del año pasado. Eso sí, la denominación lleva trampa: “el Campeón no pasa del empate”, “el Campeón pincha en nosedónde”, “el Campéon pierde las llaves del trastero y se queda sin estufa catalítica”. La prensa, que es simpatiquísima, recuerda ahora quién es el campeón;  qué cosas tiene la prensa, oiga.

Peor se pone la cosa si uno mira a las redes sociales, ágora moderna en la que expertos en todo tipo de materias discuten con vehemencia y faltas sintácticas sobre las grandes preguntas de la Humanidad. En lo que se refiere al Atleti, elemento favorito en muchas conversaciones de enjundia, convergen en discusiones profundísimas de las de a-140-caracteres-el-argumento varias familias de expertos. Por un lado, opinan los Atléticos Catastrofistas de los Últimos Días, secta que anuncia, basándose en señales bíblicas y lectura de órganos de animales sacrificados, el final del Cholismo y la vuelta a los oscuros tiempos de Novo y Musampa, deidades del Averno que acechan en los umbrales para arrastrar al Atleti a la sima de lo huesos. Cercanos pero no mezclados están los Profetas Rojiblancos del Final de la Alegría, vulgarmente conocidos como Oráculos de los Cojones, que comienzan sus frases con la expresión “esto ya lo venía diciendo yo”, cómodo recurso indemostrable del que prefiere que su opinión prevalezca a ser feliz, jodiendo de paso el domingo a quien tenga la mala suerte de leerles. Alineados con estos últimos, y coincidentes en el solemne recordatorio al pueblo de que esto ya lo venían ellos diciendo desde hace tiempo, participan con vehemencia los miembros de la Liga Juvenil Anticholista, jóvenes duchos en hablar de tiempos que no vivieron con un realismo que insinúa bien el consumo de sustancias adormideras, bien la idiocia más profunda.

Entre la maraña de mensajes que envían estas sociedades secretas se cuelan, además, miembros de aficiones rivales que creen chinchar con sus mensajitos a la paciente parroquia rojiblanca, inocente en ocasiones hasta el extremo de ponerse a debatir con la patulea sobre cosas que no les atañen. Entre estos irritantes visitantes no faltan miembros de la Cofradía del Minuto 93, pesadísimos extremistas que encuentran la solución a todos sus males en un guarismo que suma 12. Tampoco faltan socios numerarios de la Plataforma para la Denuncia del Equipo Violento y el Gol a Balón Parado, jóvenes asociales y con déficit de atención que encuentran en Pedrerol al Mesías que les saca de sus momentos de duda solitaria. También se agregan los Defensores del Xogo Bonito, azote de entrenadores tácticos y plantillas limitadas, que abandonan momentáneamente sus ritos de adoración a la bota de fútbol de color chillón y las cejas depiladas para criticar con fiereza la alineación de cuatro centrocampistas. Por último, las fuerzas referidas cuentan con el valiosísimo apoyo del más numeroso de los colectivos rivales, el azote de la clase media, el brazo armado de la élite deportiva, la fuerza de choque de la más alta casta de aficionados: la Asociación de Aficionados Jajajá, Entente Cordiale que agrupa a príncipes del conocimiento y preclaros analistas de la realidad que comparten la costumbre de apostillar sus opiniones infantiles con la partícula “jajaja” al final de las frases para acentuar su desprecio a las capas más bajas de los opinantes, frases por cierto normalmente construidas de forma torpe e irritante y cuajadas de puntos suspensivos y emoticonos, ese invento diabólico que tanto gusta utilizar a los que imparten doctrina por las redes trazando con autoridad la línea entre lo bueno y lo malo por medio de dibujitos de gitanas y caras sonrientes.
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Entre tal despliegue de sapiencia y futurología, el Atleti juega el martes el partido de vuelta de Champions, un partido que se antoja clave para el futuro inmediato y a medio plazo del equipo. El que suscribe tiene la duda de si el estadio será la legendaria caldera ruidosa que intimida a los visitantes o el frío y desconocido Calderón del día del Valencia, en el que se diría que la mayor parte de la afición contaba con la victoria por decreto, sin pensar que su aliento iba a ser necesario para conseguirla ante un rival bien potente. En el caso de que el estadio sea un clamor, no tenemos duda de que el equipo se verá fortalecido; si la grada sigue fría, arrogante y pusilánime, los primeros perjudicados seremos nosotros.

El que suscribe, naturalmente, confía y mucho en poder pasar el corte. De no ser así, además, está seguro de el equipo planteará batalla hasta el último momento, compitiendo como el Cholo ha enseñado desde su llegada. Si la afición está más pendiente de tener razón que de pasar la eliminatoria, no haremos un favor al equipo.

Digan lo que digan oráculos, críticos y amargos en general, el martes estaremos, como siempre, en la grada. Y acudiremos seguros de que, como siempre, el equipo, nuestro equipo, los muchachos que tan orgullosos nos hacen sentir, darán la cara.

No fallemos.

lunes, 23 de abril de 2012

Tres crónicas, tres, del Atleti - Espanyol

El 23 de diciembre de 2010, tras un Atleti - Espanyol en el que se despedía Simao, el que suscribe propuso al foro una encuesta sobre su posible apodo como cronista argentino. La falta de acuerdo del respetable causó en servidor de Vds un trastorno de personalidad múltiple muy incómodo a la hora de recordar dónde ha dejado las llaves. En días de expropiaciones y chistes fáciles sobre acentos, tango y dulce de leche, coincidiendo con otro Atleti - Espanyol, tres crónicas, tres de un cronista uno y trino con pretensiones de literato bonaerense y resultado de redactor de prospectos de antibióticos.


Hoy, disgusto, por el Cano Fuentes

El fútbol a las seis es una bendición, y más si hace sol y es día del niño. Ayer en el Calderón la grada entera de lateral se quemó la frente hasta que llegó una nube negra y misericordiosa y el estadio entero vio como los asientos y regazos de abonados normalmente vacíos estaban ocupados por un montón de niños rojiblancos. En el día en que medio Madrid recordaba al otro medio que habían ganado la liga tras una leve inversión de quinientos millones de nada, el Calderón se llenó de niños vestidos del Atleti con su nombre a la espalda, algunos con pantalón corto y medias reglamentarias, otros con camisetas grandísimas heredadas de los hermanos mayores, unos con camisetas oficiales con etiquetas luminosas y otras con burdas imitaciones que, a estos efectos, hacen la misma ilusión que las otras y además son como más cercanas, más amables, hasta más bonitas. El partido entero fue una maravilla gracias a la cantidad de niños del Atleti con la cara radiante - esa cara que con el tiempo en la grada se les irá tornando en escéptica - gracias a los gritos de ánimo con voz de pito y a las siestas espontáneas de algunos que, tras el petisuis reglamentario y por acción del solete primaveral, quedaron tostados sobre la mugre de los asientos soñando en levantar ellos mismos algún día un trofeo grande.

La marea de niños dejó un ambiente especial y alegre en la grada y produjo la salida en tromba de todos los familiares justo al final del partido, tirando de los niños agarrados de la mano con prisas y con un único fin común. ¿Iban los familiares a coger el metro para evitar agobios? No. ¿Iban con prisa para llegar a casa y ver la repetición mientras los niños cenaban y se iban a dormir pronto? Tampoco. Las familias en pleno salían en tropel con un único fin, una única misión en la vida: la venganza. Ríos y ríos de papás y mamás rojiblancas se echaron a las calles de Madrid en una noche de cuchillos largos buscando al inventor de la vuvuzela reducida esa que venden ahora, la de la membranita que amplifica el sonido y deja sordo a todo aquél que se encuentre en un radio de cinco metros, cincuenta o más si es dentro del estadio, en el túnel de salida. La salida por los pasillos del Calderón de ayer, con miles de abonaditos tocando al unísono la trompeta rompetímpanos con la que ayer se forraron los de los puestos, recordó a una estampida de búfalos cafres, a la huída del tsunami, a la entrada a la plaza de toros de Pamplona desde la calle Estafeta, con un rebaño de niños atronadores provocando montoneras en las puertas de salida. Nadie valora más que nosotros la heroicidad de las nuevas generaciones rojiblancas, solas ante el peligro de las botas de colores, los peinados con mechas jaspeadas y los seguidores del equipo del repeinado apuntamuslos que copa las portadas de todos los diarios; eso sí, Un Futuro Rojiblanco Con Tímpanos Es Posible.

Tras el buen partido del jueves y la resaca amarga y dulce a la vez de ese partido que se debió ganar con más margen pero se acabó ganando de dos goles, que no es poco, alguno esperaba un tropezón del equipo en casa. Ese alguno era el que suscribe, cronista de pelo cano y fe quebradiza, escéptico aficionado al equipo que derrapa cuando menos falta hace. No fue así: el Atleti es impredecible hasta cuando un cree que va a hacer lo impredecible. El Atleti ganó un partido que empezó controlando y dejó escapar entre los dedos durante un buen rato, y terminó tranquilo gracias al empuje y clase de un turco de estampa imposible y ese fútbol tan suyo a medias entre lo indescriptible y lo indescifrable.

El protagonista del partido fue Arda Turán, eso está claro, pero varios jugadores destacaron. Algunos, además, fueron de los menos talentosos, de los menos regulares, de los más criticados desde estas páginas de pena, amargura y cilicio. Simeone salió con todo salvo con Adrián, lo que ya sorprendió a los que esperábamos ver a Koke, a Perea e incluso a Assunçao en la alineación titular. De entre los menos utilizados, sólo Salvio salió de inicio, qué cosas, oiga, que cosas. Y es que antes de hacernos eco del buen partido de algunos de los normalmente parias, urge una consideración general. Si bien hace tres o cuatro partidos el equipo parecía tristón, cansado y sin chispa, la imagen en los dos últimos partidos ha cambiado. Quizás sea la preparación física, pensada para pasar un valle justo antes del final de temporada, o quizás la influencia de la cabeza de los jugadores sobre sus piernas, sabedores de que haciendo las cosas bien ahora quizás se acabe haciendo una temporada aceptable tras dar tumbos durante todo el año. Los jugadores parecen volver a presionar arriba, vuelven a morder, a ir tres contra uno en cada banda, como sabiendo que esta bola es nuestra, de aquí no sales, majo. Presiona como un caballo desbocado Falcao, que hace dudar al que saca el balón; lo pasa a la banda, donde un interior y un medio centro o un lateral están encima, sin dejar tiempo para pensar al rival. De ahí las nuevas dudas del contrincante, el miedo, el patadón, el balón fuera o a los centrales, el balón recuperado. La presión de Simeone ha vuelto en los últimos partidos, el equipo vuelve a estar fresco y rabioso, algo ha pasado ahí dentro.

En el Atleti de ayer jugaron bien casi todos, si no todos. Jugó bien Froilán, cada vez más entonado y confiado, y jugó bien Juanfran, de nuevo un portento físico, de nuevo reclamando el balón, de nuevo recordando al resto que si él juega más, juegan mejor todos. Estuvo sobrio y correcto Domínguez y estuvo estupendo Godín, tras unos partidos buenos ya olvidados y unos últimos partidos con fallos garrafales. Tras los penaltis de Zaragoza y Calderón en el derbi, Godín volvió bajo la lupa y no dudó en ninguna, estuvo colocado, no rifó el balón, fue al corte contundente, metió y un gol y casi mete otro. Su seguridad por arriba quitó protagonismo a Courtois, de nuevo inseguro e incómodo, y de paso tranquilizó a toda la defensa.

Gabi estuvo impreciso y pegón y fue cambiado con buen criterio en el segundo tiempo. Tiago estuvo algo flojo, como sin gas, sin presión, sin electricidad, cansado como acostumbra. Salió Mario por Gabi en el segundo tiempo y, cuando el que suscribe, abonado al "hoy, disgusto" se esperaba un nuevo partido blandengue y un peligro constante para la retaguardia al volver a ver juntos a Mario y Tiago, Mario hizo un buen partido. Bien colocado, motivado, sacó el balón jugado y entró con ganas, metiendo el cuerpo. Mario no hizo el partido perfecto, pero sí hizo un partido mejor del que acostumbra, justo es decirlo.

También hizo un buen partido Diego, de nuevo pinturero y virtuoso pero con menos influencia en el juego de lo que los vídeos resumen sugieren a los que no ven todos los partidos completos. Diego es más barroco que útil, más adorno que motor, y aún así, Diego es un jugador hoy por hoy imprescindible para el equipo, sin ningún recambio que le pueda hacer sombra ante la cada vez más preocupante desconexión de Koke. Al Atleti le convendría que se quedara Diego el año que viene, pero su precio puede haber aumentado bastante vistos los últimos partidos. La baza del Atleti pasa por que Diego se sienta importante y querido en el Calderón y acceda incluso a bajarse el sueldo con tal de no volver a Alemania a comer ensaladas de patata y pretzels; a ello contribuye Simeone mucho más que cualquier otro, cambiando a Diego para que aplauda el estadio entero, para que se sienta ídolo y protagonista, para que entienda que éste es su lugar en el mundo y no la patria de las sandalias con calcetines.

Jugó bien Adrián el rato que salió, como es norma, y jugó bien Falcao, siempre incansable, siempre enseñándose al rival, siempre compañero a pesar de jugar en posición de egoísta. Jugó bien (o algo parecido) el paranormal y psicofónico Salvio, capaz de hacer regates sensacionales a dos, tres rivales y darle al final del slalom un puntapié innoble al balón, reconociendo en ese lance que ni él mismo se explica lo que ha ocurrido antes. No obstante, ayer hizo lo que debía, ayudó y desbordó a ratos, hizo un caño extraordinario pisando el balón e hizo otro caño tan meritorio como absurdo, rompiendo una posibilidad de pared fácil por buscar el adorno innecesario. Misterio.

Cuando uno esperaba otro derrape y una semana llena de nubarrones, el Atleti hizo lo que debía y ganó con solvencia a un rival más flojo de lo esperado, en el que ni Coutinho ni Verdú mostraron toda la clase que uno esperaba. En liga el Atleti sigue en la pelea y sigue lamentando los errores anteriores, mirando de reojo al jueves, partido importantísimo que ya nos tiene nerviosos. La mejoría física del equipo invita a la confianza, y la ambición mostrada en los últimos partidos sugiere que, al menos, el Atleti que veremos en Valencia será ese equipo peleón y sin complejos con el que sí nos identificamos. Veremos, oiga, veremos.

 Turquía, Patria Querida, por el Turco Fuentes

Que de Oriente vienen las más delicadas cosas que Occidente ha conocido es algo fuera de toda duda. Oriental es la filigrana de oro, el arabesco decorativo, la cerámica vidriada y la receta del polvorón. Frente a la burda salchicha porcina y norteña, del Este y del Sur llegan platos con canela, hierbabuena, comino y ajonjolí. Lo que de Despeñaperros p'arriba viene siendo la repisa esa de la ventana, para nosotros es un alféizar; el alférez es menos que el teniente, pero suena mucho mejor y eso que ambas son palabras árabes y no turcas, pero para lo que nos ocupa nos puede valer. En castellano hay poca palabra turca, quizás solamente "yogur", y no saben Vds lo que se pierden.

Vds, que son europeos y por tanto bastante brutos, son pueriles en sus análisis y superficiales en sus conclusiones. Ven un señor por la calle y llegan rápido a una idea errónea pero a la vez clarísima en su corto intelecto occidental. Si ven a alguien mal vestido, de inmediato le toman por un zarrapastroso y le tildan de mendigo, sin caer en que puede que se encuentren frente a un filósofo de hondos pensamientos sin interés alguno por su aspecto exterior. Si ven un tipo con pelo corto pero engominado, patillita fina, gafa de pantalla y camiseta prieta marcando musculitos de gimnasio llegan a la conclusión de que se encuentran ante un imbécil integral y ahí sí que aciertan, oigan. Si ven un tipo con canas, gafas y con rebeca con coderas, rápidamente llegan a la conclusión de que es un importante líder de opinión con ideas claras y opiniones firmes, cuenta corriente saneada y éxito profesional. Si Vds supieran la verdad, pobres europeos, se replantearían muchas cosas y le darían al de la rebeca algo de suelto para un cortado, oigan.

Lo mismo pasa con el fútbol. Turquía les envió uno de sus hijos predilectos y Vds, que son más bien burros, se quedaron en su aspecto exterior y de ahí no pasaron. Hicieron chistes con sus piernas cortas, con sus andares cansinos, con sus pies metidos hacia dentro al caminar. Comentaron con ironía sobre su cabeza voluminosa, su pelo rizado y tendente al descontrol, su lámina alejada de los cánones griegos, esos isleños en faldita que, tras dar la tabarra varios siglos con filosofías indescriptibles y todofluyes y eurekaloencontrés, andan ahora en la bancarrota buscando entre los asientos de los campos de baloncesto los dracmas que antes tiraban a la cabeza al rival. Se mofaron del aire despistado de nuestro compatriota, de su sonrisa perenne denotando no enterarse de nada, del gorro que llevó en Roma con ese traje tan elegante con el que parecía el Pitufo Testigo de Boda. No fueron capaces de ver más allá y sólo ahora, ahora, tras muchos meses y muchos partidos, consiguen ver Vds lo que tan obvio era para nosotros allí en Estambul, patria querida.

Ahora toca el balón Arda y está el campo atento, pendiente, expectante. Esperaban un Reyes inconstante y despegado y han descubierto un artista de verdad. Ahora entienden que el talento no puede mostrarse continuamente porque entonces la rutina lo mata, que Turan juega por donde quiere y cuando quiere porque se lo puede permitir. Ahora esperan aguantando la respiración cada vez que coge el balón Turan y cuando la cosa se pone fea se encomiendan a esas patitas de despertador de las que tanto se reían a principio de temporada. Ayer el campo era un clamor ardanero y turanista, pero para alcanzar ese punto ha tenido que hacer dos partidos enormes seguidos y meter dos goles de calendario. Esto ya lo vimos nosotros hace tiempo, y por aquí sólo lo han visto claro en Almería, tierra mora y por tanto más sensata. Son Vds tan brutos, oiga, que no sé si mandarles a todos a paseo o comprarme la camiseta del Atleti con el 11 a la espalda y hacerme un abono en grada de lateral. Occidentales ...

¿Qué ha pasado hoy aquí? por el Topo Fuentes

¿Por qué era tan bajito todo el mundo hoy en el estadio? ¿Por qué sonaban tantas alarmas antiaéreas? ¿Es normal que en vez de pipas la afición coma potitos? ¿Es normal que ese señor paticorto y cabezón juegue al fútbol como los ángeles? ¿Cómo es posible que ese que lleva el ocho tenga un cuerpo tan abombado de frente como de espaldas? ¿Ese al que llaman Tiago, qué edad tiene? ¿Por qué el club riega a los pobres juveniles que salen a dedicar el precio a la afición? Miren, no tengo respuesta a nada de lo anterior, me dejé las gafas en casa y no conseguí ver nada, sólo escuchaba un zumbido vuvuzélico que, junto con la solana en la frente, me dejaron aturdido. Discúlpenme Vds, me voy a dormir.



jueves, 23 de diciembre de 2010

Crónica y encuesta del Atleti - Espanyol

Ayer se marchaba Simão y al menos la gente pudo despedirse. Y lo hizo bien, con una ovación sentida, un detalle grande y un cántico sorprendente.


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En Madrid, cuando hace frío hace muchísimo frío y cuando hace calor se muere uno de sed y de congestión. Cuando hace bueno hace buenísmo y cuando llueve, al menos últimamente, llueve que da gloria verlo. Desde hace un tiempo llueve más en Madrid, y hay quien diga que es cosa de los ciclos atmosféricos y quien opine que es cosa del calentamiento global; mientras tanto, en Madrid han salido humedades en las paredes de las tascas y la gente tiene paraguas sólido y de calidad, que son cosas que hace unos años no pasaban. Madrid con lluvia está tristón y si llueve muy seguido se hacen unos charcos gordísimos y profundísimos que le engañan a uno a la hora de pasar por ellos en vespa, o le hacen a uno recibir una ducha en forma de oleada de la cubierta del Titanic cuando pasa por su lado un coche sin sentimientos. Algún día dejará de llover en Madrid y entonces a ver si nos dicen cómo andan los pantanos, que cuando están secos bien que nos asustan por la tele diciendo que hay que regar las plantas con el agua de ducharse, pero cuando están llenitos hasta los topes y con los peces pidiendo hacer pie, aquí nadie dice nada.
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Llegó la afición al campo, y no eran muchos pero tenían mucho mérito. En día de lluvia y tráfico invernal moverse por Madrid es una aventura y lleva el doble de tiempo de lo tolerable, así que ir al fútbol por la noche es mitad ejercicio de paciencia, mitad de constancia. Pero aún así llegó la afición al campo y lo hizo provista de chubasqueros, paraguas, capas de agua, aspirina masticable y bombas de achicar. Parte del fondo Norte llevaba manguitos, en grada de lateral era casi imposible sentarse al llevar muchos socios burbuja de corcho rosa fijada a la espalda y en el segundo anfiteatro abundaban los flotadores con pato, los trajes de neopreno, los expertos en apnea y los buzos federados, dejándose caer estos últimos de espaldas sobre los huecos de los vomitorios, lo que les acarreó graves problemas de espalda y produjo grandes risotadas de los vecinos.

Salió el Atleti y miró a la grada y dijo pero dónde está esta gente, a ver si nos hemos confundido de hora, oiga. Entornó los ojos el Atleti en pleno y vio, con alivio, que la afición de los anfiteatros estaba congregada bajo los palcos y que la de fondos y grada estaba a cubierto, sentada en lo que siempre se llamaron "los bancos de madera" en la época de los bancos corridos de cemento con aluminosis sobre los que tantísimas horas pasamos; ahora no hay forma de llamarlos así, que todos los asientos son de infame plástico pero Vds ya me entienden. Salvo en el fondo Sur, en el que la gente se mantuvo firme a pesar del aguacero, se agolpó la afición bajo viseras y voladizos y tejadillos y plásticos y, con este panorama tan poco glamouroso recibió Diego Forlán el enésimo premio a su brillante carrera, discutida por alguno todavía.

Salió el Atleti, decíamos, y la gente volvió a mirar a Quique Flores. Godín, titular indiscutible desde que llegó, volvía a estar en el banquillo mientras que Domínguez, al que el técnico acusó de tener un entorno malaje y sobrepeso poco profesional, estaba en el campo; Mario Suárez, titular indiscutido por el banquillo durante unos partidos tampoco estaba de corto, como Raúl García, y Assunçao, desaparecido unos partidos sin motivo aparente ni público, era titular. Quique, concluyó la afición, gusta de hacer cambios continuos y disfruta haciendo permutaciones sin repetición. No sabemos si también disfruta haciendo variaciones con repetición de m elementos tomados de n en n o si lo suyo son las combinaciones de n elementos tomados de m en m o si, directamente, lo que le pasa es que no se aclara, que duda, que prefiere tener a los jugadores en tensión para que no se acomoden y entrenen menos o si lo la realidad es que está loco por crear situaciones que provoquen preguntas capciosas de los periodistas a las que pueda responder utilizando su adorada palabra, "sensaciones".

El caso es que salió el Atleti y, al poco tiempo, se lesionó Forlán y salió Diego Costa. En fin. Forlán, que no jugó en el partido anterior, sí salió en éste cuando era duda por fiebre, se fue lesionado al ratito y quedó Diego Costa en el campo junto al que, a la postre, sería el mejor de la noche. A pesar del cambio de planes respecto al equipo inicial, el Atleti empezó bien y pareció más cómodo que el Espanyol en un campo rapidísimo, complicado para los jugadores. El Atleti funcionaba sin demasiado peligro claro, mientras que De Gea salvaba algún balón complicado hasta que el árbitro, horroroso toda la noche, pitó un penalti a favor del Atleti que en el campo pareció fuera. Lanzó Simão en su último partido con el equipo y marcó su último gol con el Atleti antes de irse a mitad de temporada, qué cosas nos pasan, la verdad.

El partido se presentaba bien, parecía relativamente viable seguir asediando al Espanyol y buscar al menos un dos cero que casi asegurara el paso de ronda. Pero aquí entró en juego una de esas variables que el Atleti debe gestionar incluso cuando a nadie se le ocurriría meterla en la ecuación. Dátolo derribó a Reyes y le pegó un pelotazo una vez en el suelo. Un jugador flemático habría dado una lección de comportamiento, un jugador listillo habría creado una noticia de portada, un jugador honesto habría reaccionado bien y quizás en todos los casos Dátolo habría sido expulsado; Reyes se levantó, embistió al rival con maneras de vaquilla manso-miope y consiguió ser expulsado él mismo, qué tío. Casito Perdido de Utrera siempre está ahí y de vez en cuando (al menos cinco veces, con más frecuencia que marcando goles) aparece y mete en un lío al resto. Reyes no tiene solución: es fácil de provocar y los rivales lo saben, es fácil de expulsar y los árbitros los saben, es imposible de controlar y eso lo sabían ya en su guardería, en la que posiblemente era ya inmune a los estímulos castigo-premio.

Con diez, el partido parecía que podía ponerse feo pero no lo fue tanto, sobre todo gracias a dos jugadores. El primero, De Gea, acertadísimo en varias ocasiones y dando muestras de haber vuelto a su senda. Paró varios balones complicados, sobre todo uno con el pie y otro inverosímil tras un cabezazo del incomodísimo Osvaldo, jugador que juega al límite, algo odioso pero muy peligroso y peleón. De Gea salvó los muebles en portería propia mientras que, frente a la rival, Agüero hizo un partido gigante. Sin parar un minuto, Agüero asumió su condición de líder en solitario y peleó con los rivales, robó balones, provocó una expulsión y se creó él solito varias ocasiones de gol. No tuvo suerte, se le fueron los balones muy cruzados y no marcó y eso nos disgustó especialmente, porque merecía haberlo hecho, merecía haber culminado con un gol todo su esfuerzo y el derroche de talento, mereció meter él solo al equipo en la siguiente ronda de Copa. Lástima.

Agüero consiguió expulsar a un jugador a los 66 minutos y así las fuerzas se equilibraron. La grada veía el partido y reclamaba un cambio, algo que permitiera rematar el partido, meter un segundo gol que reforzara la débil posición con la que ahora va el equipo a Barcelona. Pero Quique no lo entendió así. La gente miraba a Quique y Quique buscaba sensaciones y palabras esdrújulas sinónimas, buscaba gestos, bufandas y colirio, pero no llamaba a nadie para hacer cambios. El partido avanzaba, un gol parecía posible y el Atleti, o más bien su banquillo, no tuvo ambición. Raúl habría aportado músculo y Fran Mérida podría haber aportado calidad, pero el primero salió en el minuto 83 y el segundo, en el 90. El banquillo, haciendo pequeño al equipo, parecía querer perder tiempo sin darse cuenta quizás de que la vuelta sería mucho más placentera con el Espanyol obligado a marcar tres goles. Qosas, con Q, de Quique.

El partido acabó con uno cero cuando debería haber acabado con un marcador un poco más amplio que seguramente echemos de menos el día de la vuelta. Y el gol lo marcó Simão en su último día. Simão fue sustituido y se llevó una larga ovación, vio pancartas que le daban las gracias y presenció un hecho inaudito: la afición del Atleti le sacó un cántico propio casi en el mismo minuto en que se iba. Así son las cosas, oiga, así son las cosas. El cambio climático ha elevado dos grados la temperatura de los polos, pero ha enfriado el micro clima del Calderón en tres y ahora nos congelamos en la grada; de igual forma, las aficiones cantan a sus ídolos al poco de despuntar, pero la nuestra no. Cuatro años ha tardado la nuestra en sacarle un cántico a este hombre; pues mire, justo lo hacemos hoy, cuando se va, cuando le quedan cinco minutos en el club; así somos nosotros, ya lo saben Vds, al que no le guste que no mire. Simão fue obligado a salir de nuevo a los medios por las ovaciones de la afición empapada, en especial el Fondo Sur, enorme ayer en el detalle. Simão se llevó una ovación merecida y sentida, al menos se llevó la despedida que la directiva ha privado a otros y puede contar ahora por esos mundos de Dios que en el Calderón la gente sí es justa, sí sabe, si responde cuando debe. Gracias Simão una vez más, gracias y suerte, mucha suerte.
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Encuesta:

Tras un reciente viaje a Argentina del que alguno de Vds ya conocen detalles, el autor de El Rojo y El Blanco se siente huérfano y apocado por no tener un apodo a la manera de los grandes jugadores argentinos. Dado que no se decide por ninguno, agradece a los lectores que se manifiesten sobre el apodo que más indicado crean de entre los siguientes:

1. El "Turco" Fuentes

A pesar de parecer descendiente de irlandeses cebados, el que suscribe tiene raíces marroquíes. "Turco" llaman en Buenos Aires a todo aquél que venga de un sitio (a) no excesivamente lejano de Turquía o (b) en el que se hable árabe. "El Turco Fuentes" suena exótico y arabizante, contundente y exclusivo. La marcha de Simão al Besiktas dota a este apodo de doble valor, si bien la presencia en ese mismo país de cierto ex jugador del equipo de Toñín el Torero de sorprendente parecido con Pepe Oneto lo hace poco recomendable. Vds verán.

2. El "Topo" Fuentes

Junto con la rebeca gris con coderas y el amor por el vermouth, la miopía y las correspondientes gafotas son seña de identidad del que suscribe, cegato orgulloso y fundador del primer Club de Rugby con Gafas del planeta, futura disciplina olímpica. "El Topo Fuentes" hace justicia a la cortedad de miras del autor, a la vez que resulta útil porque da valiosas pistas sobre su manía de entornar los ojos para ver el nombre de las calles, aún a corta distancia.

3. El "Cano" Fuentes

Tan característico para el autor como la miopía, la poca resistencia al frío y la pasión por los Piononos de Santa Fe es su tradicional pelo canoso, azote del Grecian 2000 y verdadero responsable de su decrépita imagen. "El Cano Fuentes" no sólo hace justicia a tan - literalmente - gris personaje sino que, dicho de corrido, puede inducir al error, ventajoso para el mismo, de emparentarle con cierto legendario navegante natural de Guetaria. "El Cano Fuentes" es además más digno que el apodo alternativo correspondiente al color de su ralo cabello, "El Peli-Cano Fuentes", dado que este último podría interpretarse bien como referente a su creciente papada o bien como reflejo de su admiración por el Atleti de Radomir Antic.

Vds deciden, Señores. A votar, que es Navidad.
¡Y Felices Fiestas!

domingo, 28 de noviembre de 2010

Siberiana crónica de un partido mal perdido

El Atleti terminó perdiendo tras remontar dos veces y haber merecido más: se lo digo yo, que estuve ahí, lo vi y ahora mismo voy a tomarme otra aspirina.


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- ¿Va Vd al fútbol hoy?

- Pues no, no voy

- ¡Anda! Qué raro … ¿y eso?

- Bueno, es muy tarde y hace muchísimo frío, prefiero verlo en la televisión. Me da pereza salir de casa a las nueve, a esa hora lo que quiero es quedarme tranquilamente en el sofá. Y encima con el frío que hace… Y en el campo no se puede tomar nada caliente, y el río … qué frío da el río, qué humedad. Nada, nada. Ya sé que el partido es bueno, que si ganamos nos metemos arriba, que es una buena oportunidad. Pero no, no, es demasiado tarde, odio los partidos a esa hora, encima con el frío que va a hacer. Nada, no, definitivamente me quedo en casa.

- Ya … Entonces … ¿nos vemos media hora antes donde siempre, enfrente de la puerta 26?

- En efecto.

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Llegó la afición al campo y, ya antes de entrar, tenía frío. Jugar en invierno a las 22.00 es lo que los clásicos llamaban un engorro monumental, un infierno, un horror. No se puede cenar antes ni después, en los bares del estadio no hay café ni caldo, los últimos veinte minutos a la vera del río desafían a cualquier material aislante que no sean las tripas de ese bicho con cuernos en el que metieron una vez a Luke Skywalker. Pero, qué quieren que les digamos, la afición es la que menos cuenta en todo lo relativo al fútbol, deporte en el que mandan la televisión, los sponsors y los invitados de estos últimos. Estos, desde sus palcos cubiertos y calefactados, comen bandejas de medias noches y se quejan si la afición, helada, desmotivada y con la supervivencia frente al viento ártico como única preocupación, no da el espectáculo esperado de gritos, canciones, bufandas y bombos. Qué poco ambiente, que blandos son en este campo, me esperaba más ambiente; mire, páseme uno de esos canapés, Sr Johnson, gracias; por cierto, el lunes tiene Vd el informe en su mesa a primera hora, sin falta, descuide, que menudo soy yo, oiga. ¿Lo quiere encuadernado?

Salió el Atleti al campo y, frente a él, salió el Español o Espanyol vestido de Real Sociedad. El Atleti traía noticia ya de salida, porque Domínguez, sin motivo aparente, no estaba ni convocado. Quique Sánchez Flores, protagonista de la noche más por su histrionismo que por su talento táctico, decidió no convocar a Domínguez supuestamente por estar bajo de forma. Quique Flores, ya sin Sánchez, había tenido en el pasado algún gesto cariñoso hacia Domínguez, como aquella vez en que tuvo a bien sentarle en el descanso por un fallo, tras una temporada sin mancha. Pero así es Quique, ya sin Sánchez ni Flores ni ná, valentón con los que pían poco.

El Atleti salió con una defensa una vez más diferente, la enésima este año. Lo más curioso del caso es que el Atleti se reforzó este verano con más seso que los anteriores, y claramente con la intención de formar una defensa fija; en noviembre, tres meses después, ya no existe tal. A principio de temporada el aficionado confiaba en que Godín y Domínguez serían fijos en el centro, con Filipe Luis Filipe y Ujfalusi de laterales. Perea sería el recambio para el centro y la derecha, Antonio López o hasta Domínguez podrían jugar si el brasileño fallaba algún partido. A día de hoy, y salvo la ausencia forzada de Godín durante su lesión, parece que Domínguez ha perdido el puesto al menos temporalmente y Filipe Luis Filipe no convence y alterna banquillo con titularidad. Más grave aún, en la derecha se alternan Ujfalusi y Perea, que también cambian posiciones en el centro de la defensa. Los cambios parecen haber conseguido que Ujfalusi, un jugador con pocos fallos y normalmente notable, se encuentre incómodo como central y que sea preferible que Perea, que normalmente aporta menos riesgos desde el lateral que junto a Godín, termine jugando en el centro de la defensa. En breve, tres meses después la defensa, la línea por cuya consistencia y solidez se apostó, es una línea discontinua, una línea de puntos en la que falta que ponga “cortar por aquí”. Un logro, oiga.

Frente al Espanyol, la defensa tuvo cierta responsabilidad en lo acontecido pero no exclusiva. Ujfalusi jugó peor que otras veces, y aunque hizo sus tradicionales subidas al área rival (varias gracias a buenos pases de Reyes), quedó demasiadas veces descolgado en la recuperación, con síntomas de agotamiento. Filipe Luis Filipe sigue dejando un reguero de interrogantes allá por donde pasa. Necesita varios toques para controlar un balón (aspecto en el que es notablemente más limitado que Ujfalusi, por cierto), no siempre parece fresco a la hora de decidir con rapidez y muchas veces deja la sensación de echar a perder contraataques por tocarla en exceso. Aún así, de vez en cuando gana a su par y mete un pase de rosca con facilidad, lo que hace pensar que hay más jugador del que parece.

Godín, siempre notable, sí pareció seguir en su línea en el partido de ayer. Aporta en el área rival, remata y aparece por arriba. En el área propia también impone su presencia por alto, saca el balón jugado y avanza cuando nadie más quiere hacerlo. Tiene carácter y lo hace saber, como cuando ayer, tras recibir una coz de Callejón, se fue a advertirle de que estas cosas no se hacen; hay quien dice que le afeó su acción, hay quien mantiene que lo que le echó en cara fue su mal gusto a la hora de retocarse las cejas … el misterio sigue ahí. Por último, Perea hizo para el que suscribe un buen partido, despejando de cabeza muchísimos balones y cortando ataques del rival; tuvo un fallo en el segundo gol del Espanyol, más bien por confiarse que por pifiar, dado que la carga parece falta en las repeticiones. Cuando Perea, que como todo el mundo sabe no es capaz de crear juego desde atrás ni un prodigio técnico, es en fases del partido el jugador que más balones toca, no es sólo culpa suya. Con un entramado defensivo más sólido como el que el equipo mostraba hace unos meses, sin ir más lejos, Perea es un defensa más valioso. A merced de los elementos, Perea es más peligroso y presa fácil para los que gustan de calificar rápidamente los partidos de Perea según sus propias fobias, más allá de si juega bien o mal.

Porque es en el siguiente tramo del equipo donde uno ve problemas. QSF, ya sin Quique ni Sánchez ni Flores ni vocales ni consonantes, iniciales sólo, ha cambiado en los últimos partidos y los medio centros titulares son ahora Tiago y Mario Suárez. Uno tiene poco malo que decir de estos dos jugadores, aunque quizás tampoco tenga mucho muy bueno que comentar. Mario Suárez cumple, mantiene su posición, juega algunos balones con criterio y hace lo que puede, normalmente bien. Tiago alterna fases de ausencia total con algunos destellos buenos. Tarda en entrar en los partidos y, cuando lo hace, no se queda en ellos demasiado tiempo; aún así, tiene calidad y cierta agresividad, a veces mal entendida y carne de amarilla con demasiada facilidad. La cuestión se plantea cuando los centrales tienen que iniciar el juego y levantan la cabeza: delante de sí ven la nada, el vacío, la lista de doctorados de Cerezo. No hay quien se ofrezca, no aparece nadie cómodo a recibir, girarse y mirar hacia la portería contraria. No hay que ser un lince para, como entrenador rival, tapar a Godín y dejar la iniciativa a Perea… el balón acaba normalmente en pelotazo de éste o de De Gea, a quien Perea acude cuando hay presión de los rivales para que sea él quien rife el balón. Simplísimo.

Sus predecesores en el equipo titular, Assunção y Raúl, también tienen defectos y virtudes pero, viendo el resultado, uno tiende a pensar que su aportación al equipo era más valiosa, sobre todo al ser innegociable (al parecer) la presencia de Simão, Reyes, Forlán y Agüero. Assunção hace fácil la tarea de los centrales, que se enfrentan normalmente a rivales que llegan forzados tras intentar pasarle; Mario no tiene el sentido táctico ni el despliegue físico de Assunção para cumplir esa misión, por más fino que sea en el juego y el pase. Raúl García tapa los agujeros que dejan los interiores y multiplica su presencia hasta unos extremos a los que Tiago no parece llegar. Con Assunção y Raúl el equipo quizás pierda en pausa y finura pero gana en agresividad y solidez. Siendo los cuatro de arriba los llamados a crear, quizás sea más rentable para el equipo tener un centro del campo más solidario y sólido, o al menos así lo indican los resultados.

Más cerca del área rival, Simão tuvo varias ocasiones que desbarató Kameni, excelente toda la noche. Reyes alternó enrevesamiento excesivo con algunas jugadas de mucha calidad: pases al hueco que Ujfalusi no aprovechó tanto como merecía la ocasión, algún desplazamiento en largo y cambios de juego que dieron aire al ataque. En otras ocasiones perdió balones peligrosos con el equipo echado hacia delante, y en varias ocasiones mostró ese juego tan suyo consistente en llevar el balón en ocho toques al mismo sitio al que un jugador más sobrio lo haría llegar en uno. Aún así, fue de los destacados de la noche. Forlán jugó impreciso y algo ausente hasta el excelente pase del gol de Agüero y este último abrió huecos, se peleó, tiró a puerta, hizo excelentes regates e internadas en el área rival y su partido tiene todas las papeletas de ser recordado por su intervención en el barullo formado frente al banquillo.

- Pero … ¿y el Espanyol? ¿Es que no jugó? Algo debió hacer, que al fin y al cabo ganó, oiga.

Pues sí y no, mire. El Espanyol se encontró con una falta que no era y, al lanzarla, con un penalti que no pareció ser tal. Marcó un gol pronto y lo celebró como si hubiera ganado el partido, qué cosas. El Atleti se mostró superior con el cero uno y pareció ir claramente a empatar el partido; si no lo hizo antes fue gracias a Kameni, enorme toda la noche. Sólo a balón parado, tras dos remates a bocajarro, marcó el Atleti. El Espanyol, hasta entonces, jugó bien sus cartas, se limitó a esperar y desesperar al Atleti impidiendo sin muchas dificultades que el centro del campo llevase las luces encendidas. Mientras tanto, Callejón, buscado por la Interpol acusado de terrorismo capilar, irritaba al público y provocaba a Godín, entre otros, con una actitud de esas que emplean los jugadores que, como meta máxima en la vida, aspiran a ser entrenados por Caparrós. ¡Qué suerte tienen algunos!

Con el partido empatado justo antes del final del primer tiempo, la impresión que dio el comienzo del segundo es que el Atleti ganaría. Qué cosas. Un balón al que llegó Perea cómodo, demasiado cómodo y demasiado confiado, terminó en un empujón que pareció falta, en una parada no muy brillante de De Gea y un rebote al pie de un jugador del Espanyol. Uno dos cuando parecía que no podría ocurrir. Pero no era fácil superar a Kameni, y no era fácil jugar cómodo con un árbitro empeñado en pitar todo, en dejar jugar para luego parar, en no dar ventajas cuando correspondía y, en definitiva, en complicar un partido sin necesidad. No es común que se hable de los árbitros por estos pagos, pero si es cierto que en Anoeta el árbitro le vino bien al Atleti, no es menos cierto que el arbitraje de ayer no favoreció sino todo lo contrario.

Empató el Atleti gracias a un toque sutil de Agüero tras un pase excelente de Forlán en la única ocasión en que éste mostró su calidad y volvió a parecer que se ganaría el partido. Pero no; un remate espectacular de Osvaldo acabó en la escuadra de la portería del fondo Sur y, ya de paso, con el Atleti. Cuando el Atleti empezaba de nuevo a estar cómodo, volvió a encajar un gol, un golazo esta vez. Pero al Atleti se le acabó la fe, como al público se le acabaron las calorías. Enmudeció el estadio ante el exceso de castigo y el exceso de suerte del rival, agotado tras dos remontadas y en medio de un frío siberiano. El Atleti se acabó, perdió definitivamente el empuje y la confianza y se dirigió, tristón y sin remedio, hacia el final del partido.

Antes de éste, el episodio del día. Un jugador del Espanyol que recibe una falta, tiempo que se pierde, triquiñuelas delante del banquillo del Atleti. QSF quien, con razón, afea la conducta al rival; Luis García que aparece, Agüero que también lo hace, en este caso con maneras de bajito en pelea de bar. Bronca, empujones, dedos que señalan y una tarjeta roja que vuela en dirección a QSF. El partido que sigue en silencio, el público que ve imposible empatar si no es de carambola, el árbitro que sigue fallando. El pitido final, Luis García que se dirige a los pocos seguidores visitantes con aspavientos quizás excesivos, y QSF que se lanza a por él, perdiendo los papeles. QSF, como viene demostrando últimamente, parece vivir buscando su personaje y ayer fue devorado por éste. QSF quiere vestir como Guardiola, quiere pasar por un técnico inflexible con los canteranos como el entrenador del equipo de Siro López y últimamente quiere recordar, con su afeitado, al Doctor House. Ayer también quiso erigirse en guardián de la dignidad del Club, algo muy loable si tuviera un trasfondo histórico y se hiciera con los modales que requiere la grandeza del Atleti en vez de con formas de forofo en plena pelea de atasco. Pero ayer QSF perdió el oremus y salió corriendo con intención de atizar a Luis García, eso sí, con la astucia suficiente para hacerlo por la zona en la que sabía que sería detenido sin problemas. De ello se encargó Kameni, enorme ayer en la portería y también enorme, literalmente, comparado con QSF. Placó Kameni a QSF y, de haber sido un tipo con mala baba, le habría sentado en su muslo y habría gesticulado con la manita del entrenador en clara imitación de Monchito; por suerte Kameni es un tipo educado y optó por la discreción en vez de por la ventriloquia. Desde el Rojo y el Blanco, nuestro agradecimiento a Kameni.

El Atleti pudo ganar a un rival directo, al menos a estas alturas de la competición, y no lo hizo. Perdió en casa un partido de esos que da muchísima rabia perder, en parte por no ser merecido, en parte por haber remontado dos veces sin resultado y en parte por haber sufrido un par de decisiones arbitrales de las que ojalá no tengamos que acordarnos. Pero, excusas aparte, el Atleti sigue sin saber bien a qué juega, sin imponer su estilo ni su sistema y, lo que es peor, llega al final de la primera vuelta con dudas enormes en la línea del equipo que estaba llamada a servir de base para el salto a lugares mejores. Y de esto, la verdad, tiene más responsabilidad QSF que Domínguez.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Gélida crónica de un partido que Agüero se empeñó en ganar

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Antes, cuando las cosas eran como deberían ser o al menos estaban más cerca de serlo, teníamos un equipo que a veces era un desastre. A veces jugaba mal, a veces perdía contra el último tras ganarle por cuatro o cinco al primero, a veces nos daba un disgusto y nos dejaba sin cenar y sin dormir y sin querer volver a hablar del tema hasta el miércoles o el jueves. A veces, pocas, nos dejaba en ridículo y nos veíamos obligados a defender nuestro honor (y el suyo) dándonos de tortas en una esquina del patio, durante el recreo. A veces perdía el partido que tenía ganado, a veces remontaba el partido que tenía perdido y volvía a perderlo quedando un minuto por quedarse mirando al tendido con cara de tonto, sin atender a lo importante. A veces caía con estruendo y temblaba Madrid entero, y parte de los alrededores, y gran parte de la Castilla que se llamaba entonces Nueva y lo mismo pasaba con la Vieja y con las principales cordilleras, valles, estepas, tundras, taigas, planicies, altiplanos, terrenos ganados al mar, pastizales herbáceos, sabanas, junglas, bosques tropicales, manglares, playas y penínsulas, estas últimas por todas partes salvo por una, llamada "istmo".



A veces, muchas veces, el equipo hacía lo que no debía, para lo bueno y para lo malo: cuando se le creía hundido hacía un partido memorable, cuando se esperaba que arrasara al rival salía tímido y vestido de marinerito al campo y lloriqueaba en cuanto le quitaban el balón. A veces, casi todas la veces, el equipo no permitía al seguidor relajarse ni un segundo porque en cualquier momento podría hacer algo sublime o algo totalmente imbécil, podría enlazar una jugada para la historia o marcar un gol en propia puerta desde el centro del campo, podría tocar a rebato y lanzarse a una carga suicida cuando la lógica reclamaba calma y frialdad o podría auto-inmolarse optando por la peor táctica posible en el momento menos indicado. El aficionado podría salir del campo harto de todo o hinchado como un pavo, resignado o furioso, eufórico o depresivo, pero nunca aburrido ni con la sensación de haber visto una película ya vista. El aficionado sabía que su equipo tenía el defecto gravísimo de la irresponsabilidad, la insensatez, la imprevisibilidad y la inmadurez. Pero eso mismo daba el encanto al equipo, hacía del equipo el nuestro, el distinto, el que es de los nuestros y nunca será entendido por los otros.

Porque el equipo, ante todo y sobre todo, lo que tenía era gracia. Gracia, sí. Ángel, gracia, personalidad, esa cualidad que le hace a uno reírse de medio lado sin saber muy bien por qué cuando presencia algo que debería en realidad hacerle montar en cólera. Talento, salero, arte, nunca supimos bien cómo llamarlo. La capacidad de sorprender, de asombrar, de desesperar, de hacernos odiarle y de admirarle al mismo tiempo y por el mismo motivo. El equipo era raro y no hacía lo que de él se esperaba, y daba igual que cambiaran los jugadores, la afición, el campo, la camiseta, la estación del año o la era geológica: la personalidad del equipo estaba por encima de todo eso, el equipo se comportaba igual de raro hoy que hacía cuarenta años, y lo haría igual que dentro de dos, o diez, o treinta, tuviera jugadores melenudos y de aspecto patibulario o distinguidos caballeros del área, incluso todos mezclados. El equipo era como era y por eso los aficionados estábamos tan identificados, por eso vivíamos con tanta intensidad sus genialidades y sus petardos, por eso estábamos siempre dispuestos a darnos de tortas por las esquinas de los patios de recreo para defender su honor y el nuestro. El equipo era el nuestro, con sus numerosas virtudes y precisamente por sus sonados defectos, que eran los de todos. Era el nuestro.

Y de eso, hoy, hemos pasado a un señor bajito con el pelo fosco sentado en un palco en el que no debe estar y a Cléber Santana. Y no sigo, que me conozco.

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Invitaba poco la noche a ir al fútbol y así lo entendió la afición, que de esto y del cuatro cuatro dos sabe una barbaridad. Unos prefirieron quedarse en casa en un sofá, delante de la tele y de un tazón lleno de sopa humeante y una mantita de cuadros sobre las rodillas, o bien en torno de una mesa camilla con brasero eléctrico, de esas que huelen fatal cuando se queman los flecos del mantel / colcha que las cubre; es difícil pensar en un plan mejor, por cierto. Otros prefirieron irse a un bar con los amigos a ver un partido en el que jugaba otro equipo para, una vez allí, según la temperatura, el resultado, el dinero que quedara en el bolsillo y las ganas, decidir si irían al Calderón o se quedarían tan tranquilitos pidiendo otra y analizando el evento planetario con el que los medios nos han atormentado toda la semana. Unos cuantos insensatos sí decidieron ir al campo a pesar de los pesares, esto es, a pesar del juego que promete el equipo, de la emoción que promete el rival y del frío que promete el río.

En total los insensatos no juntaban ni un tercio del aforo, poca cosa si uno tiene en cuenta que el equipo se jugaba salir del bochornoso puesto que ocupaba en la clasificación, mucho si uno piensa en el mal rato que suele brindar el equipo a todos aquellos que invierten su tiempo en él. Un tercio del aforo, también es verdad, es poca cosa para un equipo que presume de lista de espera de abonados, de aforo completo y de afición fiel-pero-tela-de-fiel, pero es mucho si uno piensa que el que juega es el tercero por la cola contra un equipo de media tabla que no da garantías de pelea, espectáculo o filigrana. Un tercio de entrada es un petardo para un partido en casa de un equipo histórico que dice tener más de un millón de seguidores cuando le analizan los peritos especializados en valorar marcas comerciales, pero es mucho cuando se habla de una afición harta, desmoralizada y, por lo general, no vacunada contra la gripe A ni experta en los efectos secundarios del Tamiflú, el medicamento con nombre de baile veraniego del que todo el mundo habla y nunca ha visto, más o menos como ese cerro de millones que la directiva afirma haber invertido en el Club. Un tercio del aforo en casa es una birria cuando es la ocasión de protestar contra la directiva por las últimas informaciones aparecidas por los medios, que hablan de saqueos e irregularidades e ilegalidades y golferías, pero es mucho cuando uno toma en consideración que lo que de verdad le importa a la gente es lo que les quieren contar y no lo que en realidad pasa.

Llegó pues la afición diezmada a la grada y había sitio por todas partes. Siéntese aquí, hombre, no, si aquí tengo sitio de sobra, no, si lo digo porque si se pone ahí me tapa la corriente y no hace tantísimo frío, anda, mire, qué cachondo. Como era un partido poco atractivo faltaban muchos de los habituales, que habían dejado el abono a un vecino que le cae gordo, a ver si se resfriaba; como eres, Aquilino, mira que si coge la gripe A - nada, nada, que se resfríe, que siempre saca la basura antes que nosotros y la deja en el sitio bueno del cubo, que se chinche. Cuando los invitados, poco conocedores de los códigos de la grada, iban por las filas de asientos desiertas mirando cuál era su número y le pedían a un señor que se moviera un sitio, que ese era el suyo, recibían miradas a mitad de camino entre la incredulidad, el odio y la lástima. Cuanto estos mismos no habituales se reventaban las manos aplaudiendo en los corners a Reyes, recibían miradas a mitad de camino entre la incredulidad, el odio y el paraguazo. Cuando estos mismos no habituales comentaban, quedando veinte minutos, que habían perdido la sensibilidad en varios dedos de manos y piernas y preguntaban al vecino si aún tenían la nariz en su sitio recibían miradas a medio camino entre la comprensión, la piedad y las ganas de decirles que en efecto, ya no tenían nariz y que en sus orificios nasales habían anidado dos bonitas perdices nivales o quizás fueran gansos árticos o puede que búhos de las nieves.

Salió el Atleti y los jugadores saltaron al campo, en su mayoría, en manga corta; la afición se miraba con cara de decir en efecto, estos son tontos perdidos y hasta el recién llegado asentía. Salió Asenjo vestido en tonos panza de mulo y el resto con el terno habitual. Salió Perea aún a riesgo de llevarse ya de salida una lluvia de orejas de burro y salió Domínguez de lateral izquierdo, y no salió con cofia de criada-para-todo porque a su manager, que es de Huelva, le pareció mal. Salió Assunção en el puesto de único medio centro con Jurado por delante, y el primero demostró que hay veces en las que él solito se basta y se sobra para hacerse con su parcela y el segundo demostró que él solito se basta y se sobra para hacerse desaparecer, sin marcaje al hombre del rival ni cobrador del frac ni capa élfica ni nada. Salió Simão por un lado y por el otro salió un tipo que no sabemos quién era pero se parecía muchísimo a Reyes. Salió Forlán con aire entre tristón y reivindicativo y salió Agüero y ahí paramos el párrafo, oiga, que se lo merece.

La congelada afición vio el equipo titular y sus tímidos gestos de sorpresa quedaron ahogados por las múltiples capas de tejido térmico que les protegían del temido Azote del Manzanares, también conocido como Relente del Calderón, ese frío húmedo que viene del río y que le cala a uno los huesos por mucha protección que lleve. El Relente, quiera uno o no quiera, acaba haciéndose con el control por más ropa técnica de montañero profesional que uno lleve, y no hay forma de estar calentito más allá del minuto quince del segundo tiempo. Helaíta, la afición miraba de frente al campo para no girarse mucho y que no le entrara por el cuello una cuchillada del Relente, y por ello se fijaba en la parte central del campo.

En ella, el infiltrado doble de Reyes no llamó en principio la atención de la grada, que asumió la presencia del jugador como parte del proceso de reinserción social que Quique Flores de Calcuta ha iniciado para sacar al chiquillo del mundo de los intocables. La gente se esperaba lo de siempre, esto es, un jugador con inexplicable sonrisa perpetua y pocas ganas de ganarse el jornal pero, oh sorpresa, se topó con otra cosa. El doble de Reyes peleaba los balones, pedía intervenir en las jugadas, tiraba paredes y pases al hueco con sentido, recuperaba la posición y se mostraba al compañero. Fue entonces cuando la sospecha invadió el graderío y la duda se hizo general. No es Reyes, decían unos, no puede ser, es otro, un gemelo. Es un juvenil cedido por el Salamanca, es uno del B que se ha colado en la convocatoria, es un espontáneo que ha aprovechado su parecido físico y está pidiendo una oportunidad, decían otros. Es Reyes poseído por un espíritu extraño, decían algunos más; un espíritu que sabe inglés y habla sin la zeta, añadían algunos mentalistas, muy comunes en la grada de lateral en partidos nocturnos. El caso es que el doble de Reyes, que no se sabe de dónde salió, jugó con ganas y calidad y tiró un pasecito estupendo a Agüero en la jugada del primer gol y la gente se lo agradeció jaleándole cada vez que sacaba un córner y diciendo muy bien, así sí, no como tu gemelo que es un sinvergüenza. Temeroso de que se oliera el pastel el colegiado, Quique Flores de Calcuta decidió retirar al jugador para evitar que se anulara el partido por alineación indebida y el misterioso jugador abandonó el terreno de juego entre ovaciones de otros dobles, esta vez dobles de aficionados exigentes que habían llegado también al graderío en lo que se intuye como la mayor operación de suplantación de personalidad desde los tiempos de Zelig. En ese momento, cuentan los cronistas mejor informados, se descubrió el pastel y quedó demostrado que el Reyes de ayer no era el Reyes verdadero cuando abandonó el estadio en un modesto Ford Fiesta, despidiéndose educadamente de la afición con un fuerte acento gallego.

Tras el gol de Forlán, el partido se durmió. Se durmió el Atleti y se durmió el rival, muy limitadito y con pocas ganas de jugar, quizás intrigado por el prodigio visto en la banda derecha o asombrado por lo poco que aporta Nakamura, con el ruido que ha montado. Se durmió la afición e hizo poco ruido durante un rato largo, como para no despertar al vecino que había cogido la postura o no romper el hechizo que había convertido a Reyes, o a su doble, en un futbolista. Forlán mostraba un poco más de alegría que hace unas jornadas, Simão jugaba tranquilo ante la poquita presión que hacía el rival y Assunção se bastaba para barrer su zona de banda a banda, cortar balones y dárselos al compañero. Jurado, como es habitual, no hacía nada: al ataque no se sumaba y en defensa no aparecía. Jurado tiene como característica encimar a su rival al trote y a un mínimo de siete metros de distancia.

- Es por lo de la gripe A, que se lo ha dicho su madre

- Ah

Y cuando la grada se esperaba un nuevo partido plúmbeo de esos que se complican cuando el equipo recula quedando diez minutos, Agüero dijo que no. No, dijo Agüero, ¿cómo que no? Que no, que no, que yo quiero jugar, oiga. Agüero lleva unos cuantos partidos mostrando más interés, más ganas de agradar y más ganas que jugar que todos los demás juntos, y cuando una estrella que juega en un equipo malete se porta así, se antoja sospechoso a los más escépticos. En fin. El árbitro, a todo esto, pitó una falta en un sitio cercano a la del gol del Chelsea y nadie quería tirarla. Yo tengo los pies fríos, yo tengo miedo de sufrir una elongación en el isquio-tibial, yo no sé lo que es eso pero que la tire otro. El Kun quiso tirarla y la tiró de manera sublime, al palo corto, baja, botando en el propio palo, imposible para el portero. Gol del Atleti, el partido se tranquilizaba, el equipo salía del descenso y la gente debía estar ya congelada, porque si no, conociendo el percal reciente del Calderón, habrían hecho la ola y propuesto ir a Neptuno a bailar la conga.

Y cuando parecía que no había más pescado que vender, el Kun no estuvo de acuerdo. Le dio igual dejar en evidencia a los rivales, le dio igual dejar en evidencia a los compañeros, le dio igual disparar los rumores sobre si lo que quiere es lucirse para que le compre el Chelsea y le dio igual convertir las pupilas de la directiva en signos de dólar y provocar un paro cardiaco en el palco ante la posibilidad de que su cotización se dispare. El Kun volvió a marcar un gol feucho tras un rebote en el área pequeña y el Atleti, con tres cero, pensó que ya. Que ya estaba, que qué alegría, que para la ducha y a cenar, que es lo que nos gusta. Pero no el Kun. El Kun quería más y lo dejó claro: quiero más. Soy un jugador diferente, quiero más, si puedo meter cinco meteré cinco, y si puedo meteré más; yo lo que quiero es mejorar, ganar, hacer cosas que sólo hacen unos pocos y, de entre éstos, sólo los que son buenos. Le llegó un balón al Kun en medio del campo con el partido resuelto y dijo ésta es la mía. Se la pudo dar a Maxi, se pudo limitar a pasar el balón al compañero y no quiso. Arrancó, provocó a los rivales, tiró de potencia y motivación en el minuto noventa de un partido resuelto, se fue por calidad y ganas y, cuando podía tirar a puerta, encima le dio un balón a Maxi, el compañero que marcó el cuarto. El Kun convirtió un partido anodino en un partido de fútbol, convirtió un balón insulso en el medio campo en un golazo y convirtió una noche gélida en una noche no tirada a la basura. El Kun, en fin, se comportó como un jugador de fútbol, algo cada vez menos frecuente en el Calderón.

El Kun dice ahora cosas que invitan a pensar que no le veremos mucho tiempo con la rojiblanca. Me quedo hasta junio, dice el Kun, y ya se sabe en este deporte que cuando alguien dice que se queda es porque está pensando en irse. El Kun vale mucho dinero y ya se sabe en este equipo que todo lo que huela a dinero desaparece en una maraña de contabilidad creativa, intermediarios y fincas con ganadería. El Kun quiere llegar a ser una estrella mundial y para eso necesita un Club capaz de retener lo bueno y no venderlo por treinta monedas. Y, como bien sabe un tipo con pecas nacido en Fuenlabrada, éste, aunque nos pese, podría ser el sitio idóneo pero hay un par de tipos que ni saben ni quieren ni pueden entenderlo.

lunes, 11 de mayo de 2009

Alegrías del mal rato

Jugó medio tiempo un equipo tontorrón y desesperante que se fue perdiendo cero dos al descanso, y el otro medio tiempo lo jugó un equipo encastado y rabioso capitaneado por un uruguayo empeñado en hacer él sólo lo que deben hacer once.

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El peatón madrileño, de quien hemos hablado varias veces en estas páginas, une a su tradicional audacia y desapego por la vida la virtud de cruzar los pasos de cebra de una forma característica. La conducta común a todos los peatones cruzacalles es salir por sorpresa entre los coches para cruzar por donde el código de la circulación lo prohíbe o bien cruzar por donde debe, pero en mal momento: el instante ideal es justo cuando el semáforo va a ponerse en verde para los coches, o bien directamente cuando está en verde hace rato y el conductor que se aproxima conduce su vehículo a una velocidad considerable. Además de lo anterior, el conductor madrileño sabe por la forma en que el peatón se arroja a la calzada mucho más sobre este último de lo que éste sospecha.

Así, cuando el peatón cruza en grupo y chilla y da saltitos y carreras con risilla histérica al advertir la proximidad del coche que se dispone a aplastarle como un gato, el conductor sabe que se acaba de cruzar con una manada de peatones hembra en edad adolescente. Cuando los que cruzan en mal momento van agarrados del brazo y la llegada del amenazante vehículo produce risa y la emisión del sonido uuuy, se trata de peatones hembra de mediana edad. La peatón joven y de buen ver cruza corriendo con elegancia y torpeza a la vez, luciendo tipazo y dejando claro que correr no es lo suyo, sujetando el movimiento de su pecho con un brazo y preocupada de perder la compostura aunque esto le cueste la vida, sin sonreir ni mirar hacia el coche que se aproxima para evitar el contacto visual, que es algo que la madrileña guapa evita si puede. La peatón hembra de edad avanzada cruza sin mirar más que al suelo, normalmente llevando un carro de la compra o un par de bolsas de plástico de las que asoma un puerro como un baobab, y le da igual si le pitan o si frenan porque años de cruzar por donde le da la gana le han demostrado que el conductor acaba frenando y, como mucho, le dice Señora, mire Vd. por donde va, señora; vamos, que le compensa.

El conductor, que conoce todos y cada uno de los genotipos anteriores, sabe sin embargo que el más temible peatón es el macho de cualquier edad. El peatón madrileño, que para eso es madrileño, cruza por donde y cuando le da la gana, faltaría más, y esto lo sabe con doce y con noventa años. Cruza con formas taurinas, casi citando de lejos y marcando él el momento y la distancia, dejando claro quién manda en ese trozo de calle. Cruza midiendo la llegada del vehículo que embiste, al que no mira más que de reojo, dejando claro al conductor que tiene todo bajo control aunque por dentro vaya muerto de miedo. Anda el peatón y no corre, eso nunca, correr nunca. Como mucho, si el bicho se le viene encima con más velocidad de la que parecía y pita, da dos elegantes zancadas tras un leve respingo mientras masculla para sus adentros, pero con volumen suficiente para que los que esperan su turno reglamentario al otro lado del paso de cebra escuchen eso de vale vaaaale, si te da tiempo de sobra, métete el pitito donde te quepa. Si el peatón tiene el día pinturero hace lo mismo, pero hablando encima por teléfono móvil: ahí es nada.
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Que el Atleti es un tormento es algo que a estas alturas nadie discute. Que ejerce sobre nosotros una fascinación y una autoridad casi hipnótica tampoco parece discutible. Que este final de liga está siendo especialmente cruel con los aficionados hartos que han tomado la determinación de quitarse de en medio de una vez, visto el juego del equipo, sus vaivenes emocionales, la podredumbre de la directiva y la desorientación de la masa social, también es claro. Porque cuando el Atleti de ayer perdía cero dos al descanso y unos cuantos habían tomado la firme determinación de romper el abono y renegar de todo y pasar los domingos leyendo a los clásicos frente a la ventana llegó un tipo rubio y nos puso a todos en nuestro sitio, uno por uno, cogiéndonos por las solapas, pero bueno qué es eso de bajar los brazos y de renunciar a ser lo que somos, qué es eso de dar por bueno un cero dos en casa, qué es eso de no aguantar hasta el último momento y el último aliento y el último gramo de energía, siéntese, oiga, siéntese ahora mismo en ese sitio tan sucio y grite, hombre, que es lo que tiene que hacer Vd. Hombre ya.
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Llegó la afición al estadio con atuendo primaveral madrileño, esto es, pantalón corto, chanclas, chubasquero, forro polar, bufanda, paraguas y pai-pai, y lo hizo tras pasar el día dando paseos de terraza en terraza y de bar cerrado en bar cerrado. Parece que hace bueno, sí, sal ahora, cuidado, ahora no que cae un chaparrón, ya escampa, ¿salimos entonces? mejor no. Llegó la afición tras ver gran cantidad de meteoros sucederse en el cielo y con la engañosa idea de que por delante quedaba un partido plácido de esos que se ganan sí o sí. Llegó la afición a su grada y observó que entre las lluvias recientes y las grandes cantidades de materia orgánica ancestral almacenada bajo sus asientos, un año más tribunas, gradas y anfiteatros volvían a ser testigos del milagro anual de la germinación de especies botánicas. Aquí ha nacido un olivo, gritaba un señor sentado en el lugar donde se situó la afición del Betis hace unas semanas. Esto es un naranjo, dijeron desde la zona donde se sentaron hace año y pico los del Valencia. En la tribuna en la que se acomodó la familia real saudí salió una palmera real y lo mismo ocurrió en la zona en la que se situó, hace ya lustros, aquella peña del Elche. En dos puntos del estadio han crecido varios secuoyas gigantes gracias a los programas internacionales de intercambio universitario y cerca del palco lucen orondas varias matas de tomates, plantadas por la resistencia con la idea de aprovisionarse de proyectiles por si algún día la protesta llega a más. En la zona en la que se sienta un servidor, en la que por cierto tienen por costumbre sentarse los especialistas botánicos (a quien se puede reconocer fácilmente por llevar lupa y regadera), se abre paso entre los asientos un raro espécimen de conífera alpina, árbol con gafas de nombre científico Galliana Altíssima, de corteza talismán según la tradición de ciertas comarcas de Lombardía.



Salió el Atleti y no se sabía si iba a haber bronca o lanzamiento de pétalos de rosa y ni una ni otra ni tampoco todo lo contrario. La gente no supo reaccionar al estar anonadada gracias a la nueva audacia del Forza Atleti, cuyo portadista ha dejado para el final de año su repertorio más arriesgado. Salió pues el Atleti y la gente actuaba como si el partido fuese a ser cómodo vaya Vd a saber por qué. Tan tranquilo andaba el Atleti en sus cavilaciones y tal era la profundidad de sus pensamientos abstractos que no cayó en que enfrente tenía un equipo de fútbol obligado, al menos en teoría, a intentar ganar el partido. El instinto sesteador del equipo no fue mayor problema hasta que, llegando a la media hora, Perea se cruzó con Chica en un lance que invitaba a hacer muchos chistes pero no a intuir lo que se venía encima. Cayó el rival, llegó el árbitro a ver si había pisado una piel de plátano o algo, y al ver que sangraba el hombre expulsó a Perea sin haber pitado falta. Un hito histórico que encima, añadido a la tarjeta de Heitinga, deja la defensa del Atleti en cuadro ante el partido más importante de la temporada. Sin central, la grada debatía sobre si era mejor quedarse con tres defensas y bajar a Assunçao o bien hacer entrar a alguien para el centro de la defensa. Abel pensó lo segundo y sacó a Pablo, quitando a Maxi, el atacante con más papeletas para el cambio cuando toca sanear y recortar las puntas.

Dos minutos después Mariano Pernía, aclamado por la grada en desagravio de las protestas del último partido en casa, cometió su enésimo penalti innecesario dejando un borrón en un partido por lo demás correcto. Marcó el Espanyol y sin dar tiempo al Atleti para reponerse del uppercut, volvía a recibir un gol Leo Franco, otra vez a balón parado en falta lateral, esta vez tras despejar hacia atrás Raúl García, irregular ayer y con menos presencia de la que nos gustaría. En pocos minutos dejaba el Atleti ir todo el esfuerzo de los últimos partidos y todas las esperanzas de apañar la temporada quedando cuarto, que tampoco es un puesto para tirar cohetes pero así están las cosas últimamente, oiga.

Se fue el Atleti al descanso y se fue la grada al baño, a lamentar la imagen ofrecida y a maldecir la estampa del que les metió en esto, a renunciar definitivamente a toda esperanza, a dejar claro delante de todo el mundo que este año sí, que este año ya está bien y que deja definitivamente este tormento de rayas rojas y blancas que nos arruina los domingos. Eso dijo la afición por los pasillos del estadio, y para olvidar alguno hasta se atrevió a beberse un engendro de nombre Mixta con el que nos torturan desde las barras. Harta, la afición volvió a su sitio y se sentó en su asiento con cuidado de no dañar el patrimonio botánico de la grada y pensando que, por este año, no quedaban más que cuarenta y cinco minutos de disgustos, cuarenta y ocho como mucho.

Pero hete aquí que, como en los cuentos, hubo un tipo que no se quiso conformar con la forma en que se había escrito el final. Lleva el 7, es uruguayo y tienen una forma física espectacular a pesar de lucir barriguita cervecera.

- Me parece a mi que no
- Hombre, Sr Off, hacía tiempo que no aparecía Vd, ¿qué tal su señora?
- Pues muy bien, gracias, sin novedad que no es poco, gracias por preguntar.
- De nada, majo.

Decíamos que el uruguayo de marras, aficionado a las empanadillas y a los miguelitos de la Roda, decidió él solito que con él no contaran para que pasara lo que todo el mundo hubiera firmado que iba a pasar. Forlán ayer hizo él sólo de Atleti, de equipo entero, de filosofía de vida y de ejemplo para los demás. Como varias veces antes en la temporada, él solito metió al equipo de nuevo en el partido gracias a un cañonazo de esos a los que nos tiene ya acostumbrados. Marcó Forlán y la grada entendió lo que había tras ese gol y respondió al unísono. A partir de ese momento el estadio sintió un escalofrío hondo, notando en sus cimientos la familiar sensación, cada vez más escasa, de que el Calderón rugiendo achica a los rivales y agiganta a los propios. Tras el gol de Forlán tardó poco en volver a marcar el Atleti, esta vez por medio de Agüero tras un tiro a puerta de Pernía que acabó siendo un pase fuerte y profundo. Marcó Agüero, rugió la grada con el rugido de las grandes ocasiones y en la cara de Mariano Pernía se leyó el alivio y la alegría, cosa que nos agrada.

Algo debió ver el Espanyol en la cara de los rivales, algo nunca antes oído debió oír desde la grada porque en pocos minutos se le mudó la color. Empezó a tener sudores fríos, reculó unos metros y rezó porque la cosa no fuera a mayores, porque Forlán se agotara con tanta carrera y porque Assunçao perdiera la concentración al menos un par de minutos. La grada vio lo que pasaba y redobló los gritos, también lo vio Abel y metió a Banega por Raúl, ayer en versión grisacea, para intentar así reforzar la creación y el ataque, algo que aún no sabemos si puede hacer Banega. Lo notó también la nutrida representación perica de la grada, que ya se había hecho notar durante la mañana en los bares y terrazas más escogidos del centro de la ciudad, lo que dice mucho en favor de su gusto. Bajaron los visitantes el tono de sus cánticos y empezaron a arrepentirse de los descorteses olés dedicados al rival durante el primer tiempo a la vez que, ya puestos, culpaban a Aguirre del repliegue de su equipo, algo muy socorrido en estos casos.

Cuando quedaba poco tiempo el Atleti notaba el esfuerzo. Forlán, ayer el primero en llegar a tapar al rival en varios contraataques y el primero en lanzar varios contraataques propios, el primero en mostrarse en cada jugada además de ser el último en rematar jugadas de ataque y el primero y el último en recuperar balones en el centro del campo, se doblaba con síntomas de agotamiento tras cada carrera. Agüero, que resistió envites rivales con solidez granítica y trabajó lo suyo intentando desbordar a la defensa rival también notaba el cansancio, lo mismo que Simão, siempre trotando por donde más daño puede hacer. El tiempo pasaba, el Atleti llevaba demasiado tiempo con diez y sólo la falta de autoestima del rival y la ausencia del sustituido De la Peña invitaban a pensar que el Espanyol no iba a llevarse el partido. Pero, de nuevo, Forlán no estaba de acuerdo con las tablas. Aún agotado, no paró de tirar desmarques y diagonales, de ayudar al defensa que sprintaba contra un rival y al centrocampista que buscaba un rematador. Ya en el descuento, con la última caloría, tiró un desmarque de esos que sólo ven los buenos y que requieren un pase de los que sólo los buenos pueden dar; lo vio Simão y pasó Simão y Forlán, en contra de toda lógica, no la pegó a romper. Tampoco puso cara de Cristo yacente y se tiró al suelo haciendo grandes aspavientos de mártir populista. No. Forlán, agotado tras un partido enorme, fundido tras una última carrera rapidísima dejando atrás un defensa, recibió un balón perfecto de Simão y tuvo la calidad, el talento, la profesionalidad, la inteligencia, la torería y la asombrosa capacidad de pararla y pensar, mirar, templar, mandar y marcar el gol que devuelve al Atleti a la pelea que cuarenta minutos antes tuvo perdida. Forlán celebró el gol como si fuera el del triunfo en una final, la grada celebró el gol como si fuera el último gol de todos los tiempos y el consejo de administración de Corporación Dermoestética celebró la celebración de Forlán como si les hubiera tocado el gordo, qué ironía.

El Atleti se juega apañar la temporada a un partido, el domingo contra el Valencia. Lo hará con la defensa en las últimas, sin Perea ni Heitinga y posiblemente sin Antonio López, aún tocado. Lo hará frente a un rival complicado al que es difícil marcar un gol y que tiene varios jugadores incisivos y difíciles de parar. Pero lo hará en casa, frente a una afición que ayer se sorprendió a sí misma por ver una faceta de su personalidad que hacía tiempo que no salía con esa vehemencia, ante una hinchada que no consigue despegarse del equipo en esta temporada rara en la que cada triunfo propio y cada derrota ajena hacen la función del palo y la zanahoria. Y lo hará con un futbolista enorme en sus filas, un tipo rubio empeñado en llevarse al equipo aunque sea a rastras hasta un lugar digno, un jugador que en dos años en el club parece haber dejado ya mucha más huella que otros que estuvieron muchas más temporadas y que pasará a la historia como el tipo que consiguió que gran parte de la grada se pusiera a hacer la dieta de la alcachofa justo antes del verano.