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domingo, 29 de noviembre de 2015

Reflexiones rápidas ante un problema de los gordos

Sería raro hablar del partido de ayer sin empezar hablando de Tiago, lesionado de gravedad en una jugada tonta, injustamente tonta para el desaguisado que produce. Tiago se rompió la tibia ni más ni menos en una entrada aparentemente normal para intentar recuperar un balón sin peligro alguno. Tiago, el jugador con más cabeza del equipo, el maestro de los espacios y de los tiempos del centro del campo atlético, el que hace que el equipo juegue con sensatez o casi ni juegue, el único que no tiene sustituto de más o menos garantías del equipo, se rompió la tibia y el estadio se quedó helado.

Si algo temía el aficionado atlético este año, con esta plantilla, es que se lesionara Tiago. Sin recambios para hacer su labor (lo que tampoco es extraño, siendo Tiago un jugador extraordinario), el aficionado colchonero lleva desde verano esperando que a Tiago no le pase nada, confiando en su inteligencia para dosificar su físico, incómodo a veces con el entrenador por hacerle jugar el 100% de los minutos a sabiendas que Tiago, que tiene 34 años, no tiene un físico privilegiado ni la resistencia inquebrantable de un fondista. Si Gabi puede tener sustituto contando con un Saúl entonado y, por lo que cuentan, Kranevitter es de corte más defensivo y trabajador que Tiago; además, llega de una liga más lenta como la argentina, necesitará adaptarse y no tendrá tiempo ni de descansar ni de ponerse al día. Thomas, que tan buena temporada hiciera el año pasado y tan buena pinta dejó en Cádiz, juega también en principio en el puesto de Tiago pero sólo un optimista pre-inconsciente esperaría (y exigiría) del chaval el saber y la jerarquía del portugués.

Veremos qué inventa Simeone para hacer jugar al equipo sin su jugador de referencia en el medio campo, además en quizás su mejor año. Echaremos muchísimo de menos a Tiago y esperaremos que, a pesar de la gravedad de la lesión y de sus años, esté de vuelta pronto vestido de rojo y blanco. Parece difícil, pero más difícil parecía hace un año que Tiago fuera aún mejor y miren Vds lo que pasó luego.

Ánimo Tiago, vuelve pronto que aquí estamos.
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Contra el Espanyol salió el Atleti con una alineación algo rara. Salió Saúl por Gabi, que estaba sancionado y eso nos parece normal, pero también salió Óliver Torres en lugar de Carrasco, que parecía haberse hecho con la titularidad indiscutible ante un entrenador que gusta poco de cambiar equipos. Por último, en vez de Torres salió Vietto, lo que supuso otra sorpresa: Torres venía de hacerlo bien en los dos últimos partidos, Vietto no había demostrado estar al ritmo de los demás en ningún momento, Simeone no había jugado aún con dos delanteros bajitos y, en caso de hacerlo, la afición habría apostado por Correa antes que por Luciano.

Con todas estas novedades y un gol tempranero de Griezmann de esos tan suyos (balón bueno de Óliver pero no definitivo, Griezmann que adelanta un poquito la punta del pie y toca el balón lo justo para que éste entre y también lo justo para no tener que volver a tocar el balón en 25 minutos más) se pudo ver con relativa comodidad el impacto de todos estos jugadores en el equipo, con resultados dispares.

El primero de ellos es Vietto, titular junto con Griezmann en el ataque con la misión de aprovechar la oportunidad de oro que le brindaba el Cholo. Vietto, ojito derecho de Simeone, había demostrado hasta la fecha más bien poco, mostrándose nervioso, atenazado, bajo de ritmo y de precisión y muy lejos del jugador del Villarreal que pusiera al Atleti y a algún otro en un apuro más de una vez. En sus partidos en el Atleti tiene como punto álgido el gol metido al otro equipo grande de la capital, que casi pifia por cierto; por lo demás, más bien poco. Y ese más bien poco fue lo que Vietto mostró en el partido de ayer: de nuevo inseguro, ansioso, sin ideas ni mordiente, Vietto parece estar en una de esas fases en que los jugadores sólo hacen bien las cosas cuando no tienen tiempo de pensar; cuando sí disponen de él se le ve con demasiadas ganas de agradar, confuso, egoísta en mal momento, blandito en cualquier caso. Con su partido de ayer Vietto dejó claro que hoy por hoy no está para jugar en el Atleti y mucho menos para ser titular, que los minutos de que dispone no sirven para más que para quitarle minutos a otros que harían más y que su presencia no justifica la ausencia de Torres o de Correa. O mucho cambian las cosas o nos tememos que los partidos que le quedan por delante a Vietto serán pocos y bajo presión: veremos si tiene la cabeza lo suficientemente bien atornillada al cuerpo para aguantarlo o si, por el contrario, sería más aconsejable buscarle una salida temporal.

El segundo de los “examinados” era Saúl, que jugó al lado de Tiago hasta su lesión, haciendo las veces de Gabi. Saúl empezó nervioso, perdiendo algunos balones fáciles en malos momentos y escuchando algún rugido de la grada; sin embargo, fue cuando se marchó Tiago y las cosas se pudieron poner feas cuando Saúl emitió buenas señales. Con menos presencia en el centro del campo, a pesar del apoyo de Koke al salir Carrasco, la figura de Saúl fue creciendo y acabó el partido con mucha más presencia, con galones al cortar los modestos contraataques rivales y calidad para sacarla jugada hacia Koke o Carrasco en algún caso. Saúl, que había hasta ahora alternado buenos partidos con ratos catastróficos, tiene una buenísima oportunidad para hacerse con minutos y quién sabe si el puesto titular durante los próximos meses. El mediocentro es el puesto que le gusta, aunque puede jugar más atrás y más adelante, y resta por saber si tendrá la calidad y cuajo necesarios para suplir la baja de Tiago y la personalidad de recuperarse cuando cometa fallos, sobre todo en casa. Esperemos que sí.

Y, por último, Óliver Torres, ojito derecho de algún lector aficionado a los cactus. Óliver salió de inicio y, como es habitual en él, lo hizo con muchas ganas, velocidad en las combinaciones y presencia constante. Es habitual que Óliver cumpla con los diez o quince primeros minutos de sus partidos de forma algo acelerada, se diría que con metabolismo de hámster, tirando pasecitos, volviéndose a mostrar, girando sobre su eje y saliendo con la cabeza arriba. Óliver gusta de jugar rápido y de ser el que más rápido juega, pero esa vivacidad-casi-euforia se le suele ir apagando según pasan los minutos, en especial si comete algún fallo. Se diría que Óliver sale con la memoria a cero en cada partido, recordando sólo cómo jugar para pasárselo bien y buscar la portería rival en cuanto hay ocasión; pero si falla un pase fácil, o pierde un balón en mal sitio, o hace un pase a ninguna parte por querer rizar el rizo y se lleva una voz de Simeone o Godín, a Óliver le llegan a la cabeza de golpe todos los recuerdos más negativos. “El otro día fallé un balón igual y me cayó una bronca, hace tres semanas hice un mal pase, no lo vuelvo a hacer”, se diría que piensa Óliver y, a partir de ahí, se va apagando. Quizás a Óliver, que tiene una calidad extraordinaria, le queden tres o cuatro años para aprender a gestionar los fallos, a no venirse abajo ante el primer contratiempo, a asumir que en su posición y con su juego es normal perder balones y precisamente por ello no puede uno sumergirse en la melancolía cuando todo no sale perfecto, porque sencillamente no hay tiempo. Se diría que Simeone es especialmente quisquilloso en este punto y con Óliver en particular, probablemente porque, como otros, también ve en él cosas de jugador grande que se pueden echar a perder por tener mentalidad de chavalín jugando en el patio. Si Óliver tuviera una personalidad más formada y diera la garantía de no perder balones cuando no se pueden perder, creemos que sería más fijo en las alineaciones del Cholo, sobre todo ahora que Tiago está fuera de combate. Probablemente Simeone no le pase una y no admita las pérdidas de balón en las que incurre, probablemente Óliver vaya poco a poco gestionando mejor su propia euforia y su propia melancolía. Ayer hizo un buen partido en el que pasó su fase inicial de euforia y también una fase de bajón, de la que se rehízo y terminó más en alto que a mitad del encuentro. Necesitaremos a Óliver a partir de ahora, confiemos en que acepte el desafío.

El partido tuvo poco más que comentar: quizás que Godín pudo marcar de nuevo, y de nuevo de cabeza; es impresionante cómo el uruguayo remata casi el 90% de los balones que el Atleti pone en el área rival en faltas y córners. Fue llamativo también el partido de Oblak: si en vez de Oblak en el campo hay un Guardia de Gales inmóvil en su garita, el resultado habría sido el mismo. Buen partido, de nuevo, de Filipe Luis, que mostró estar sobrado de físico, condiciones y confianza, y buen partido de Thomas, a quien Simeone colocó por delante de los medios, en una posición más adelantada a la que suele ocupar, con la que consiguió taponar con éxito las tímidas salidas del Espanyol. Thomas confirmó que tiene físico y confianza para jugar más y, al igual que Saúl, tiene ante sí una oportunidad de oro para echar abajo la puerta del equipo titular del Cholo.

Por lo demás, disgusto y problema aparte, el Atleti volvió a ganar por uno cero un partido cómodo en el que no sufrió prácticamente nada. Sufrió quizás para entender el extraño arbitraje de Vicandi Garrido, árbitro con nombre de árbitro que se dedicó a reinterpretar la ley de la ventaja, acuñar nuevos usos de la tarjeta amarilla y flexibilizar el concepto de falta. Sufrió un poco Oblak, aburridísimo y con frío, al no haber traído una novela o unos sudokus. Sufrió quizás la afición rival, por cierto educadísima durante el minuto de silencio por Miguel San Román, lo que es de agradecer viendo los precedentes. Sufrieron los equipos rivales en la clasificación viendo cómo el Atleti sigue como un martillo pilón, subiendo la cuesta pasito a pasito sin fatiga ni vértigo. Pero, sobre todo sufrimos nosotros, que somos de Tiago, pensando en el vacío que nos deja por delante el portugués esta temporada, en la mala suerte de cortar una temporada excelsa en una jugada tonta en la que resulta inexplicable una fractura de tibia, en la profunda injusticia que supondría para Tiago ver su carrera casi terminada por una lesión así. Confiemos, esperemos y, mientras tanto, mandemos ánimos a Tiago I, el Grande. 

lunes, 26 de octubre de 2015

Partido grande, resultado corto

Salieron los Pumas al campo y formaron para escuchar el himno y se agarraron de las camisetas y apretaron la mandíbula y algo fue igual a otras veces pero también fue distinto. Recordando el impresionante momento del himno frente a los irlandeses uno recordaba también el impresionante ritmo de los primeros minutos, la furia desatada y a la vez controlada del ataque argentino a pesar de tener enfrente ni más ni menos que a Irlanda, el golpe de autoridad al principio del partido y la inevitable obligación posterior, por el lado irlandés, para ir apagando los incendios que los Pumas encendían a su paso en cada parcela del campo.

Si bien en el partido contra los australianos vimos lágrimas argentinas y camisetas apretadas y protectores bucales al borde de la fractura, algo era diferente. Si los irlandeses parecieron algo inseguros y casi intimidados ya a las alturas del himno en el partido de cuartos, los australianos parecieron seguros, tranquilos y conscientes de cuál era su misión, sabiendo cada uno qué tenía que hacer. Serios y calmados, parecieron encontrarse frente a unos Pumas inseguros y faltos de concentración, la tortilla volteada: dos fallos clamorosos en el primer minuto terminaron en un ensayo en contra y una mochila difícil de sobrellevar en la larguísima cuesta arriba que los australianos iban a plantear en el campo.

Liderados por la deslumbrante pareja Pockok – Hooper, rapidísimos en todas la fases, concentrados y generosos a la hora de entrar con la cabeza por delante en el avispero que los Pumas formaban en cada abierta, y fríos a la hora de decidir una vez se recuperaba el balón, Australia simplemente fue mejor. Aguantó en melé (quizás gracias a los consejos de Ledesma), se batieron el cobre en las contadas ocasiones en las que se montó la línea y demostró ser capaz de imponer un ritmo infernal a la hora de llegar a los rucks, donde se decidió el partido. En ningún momento mostraron superioridad los argentinos, que desde el primer cuarto de partido parecieron ir sin resuello tras los rapidísimos y contundentes terceras rivales. Algún fallo más, varios balones perdidos en rucks y algún golpe evitable dieron a los australianos la ventaja suficiente para llegar a la final, algo ganado a buena ley, con una pizca de suerte (a favor y en contra) en el partido contra Escocia, algo que parecía poco probable hace unas semanas para expertos, recién llegados, casas de apuestas y analistas internacionales. La dureza del camino que han recorrido los Wallabies se refleja con facilidad en una de las imágenes del partido: aquella en la que un ensangrentado y agotado Pockok daba la enhorabuena a los rivales sacudiendo la cabeza con gesto de “madre mía, la que nos habéis dado”.

Los Pumas se quedan fuera de la final y, al contrario que en 2007, la sensación es de oportunidad perdida. Si en ese Mundial había clima de gesta histórica y satisfacción plena ya por haber llegado a semifinales, sólo dos mundiales después los argentinos se quedan con cara de póker por jugar la final de bronce, ni más ni menos. Quizás lo más admirable de este equipo sea precisamente esa falta de resignación, esa ambición, ese espíritu. Tras jugar un grupo previsible y hacer frente a los All Blacks en un sensacional partido jugado en Twickenham, los Pumas firmaron uno de los mejores partidos que uno les recuerda contra Irlanda en Cardiff. Tras unos 20 primeros minutos eléctricos, los Pumas aguantaron el tsunami verde que se les vino encima  a pesar de las notables ausencias del pack irlandés y desplegaron unos últimos 20 minutos para el recuerdo en los que se llevaron por delante con claridad a la potentísima selección irlandesa. Los aplausos de los aficionados de verde al final a pesar del disgustazo de una nueva ocasión perdida (y eso que aún no sabíamos lo de Maureen O’Hara) dan una idea clara de la autoridad con la que los Pumas pasaron de ronda.

Los Pumas cierran así otro Mundial memorable en el que aún pueden ser terceros, igualando el hito de ese equipo asombroso que aún conserva algunos jugadores clave en estos Pumas con futuro que nacieron bajo el ala de Hourcade, roto en lágrimas ayer ante la evidencia de que se les iba quizás la oportunidad más clara de meterse en una final mundial. En 2019 volveremos a ver a esta Argentina agigantada tras su paso por el Rugby Championship, probablemente aún más reforzada por su presencia en el Super Rugby y el impulso que recibirá a su vuelta esta nueva generación privilegiada de rugbiers argentinos, cuyo único elemento preocupante es saber si podrán poner freno a ciertos ramalazos futboleros en celebraciones y cánticos. Gracias Pumas por las lecciones, por la emoción del himno, por el rugby total que va más allá de la entrega y los riñones. Un ejemplo, estos Pumas.

Por el otro lado del cuadro, se plantaron en la final los que todos esperábamos. Los All Blacks demostraron, en un durísimo partido contra Sudáfrica, que si toca sufrir y emplearse en las agrupaciones, que si los rivales plantean partidos cerrados con candado y rugby de kilos, que si lo que corresponde es remangarse y jugarse las cejas, ahí están ellos también. Tras el apabullante partido contra Francia y la demostración de rugby de ataque que convirtió a los franceses en sparring juvenil ante un equipo sobrado, tocaba bajar la cabeza y meter el hombro en vista del durísimo partido que plantearon los Sudafricanos. Sudáfrica quizás no sepa jugar a mucho más, pero claramente saben ser casi los mejores a lo que juegan. Duros, jugando por dentro, sin concesiones ni prisioneros, los Boks se encontraron con una muralla defensiva, un equipo agresivo y valiente que en ningún momento rehuyó el contacto, el placaje o la producción industrial de sudor, con una delantera dedicada con devoción a cumplir su deber y un Ma’a Nonu gigante. Nueva Zelanda llega a la final con sólo 3 ensayos en contra y una defensa granítica, pero con vitola de equipo de ataque y juego a la mano. La conclusión: quizás estemos hablando de uno de los equipos más completos del firmamento rugbístico, una máquina de atacar y defender, un prodigio físico, técnico y táctico, un monumento al deporte erigido por un país de 4 millones de habitantes. Una maravilla con botas negras y pómulos hinchados, un memorable equipazo de rugby, una máquina de ganar que celebra con contención el pase a la final porque sabe que el trabajo aún no está hecho. Un prodigio.
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Salió el Atleti al campo justo en el momento en el que la afición se preguntaba, por decimosegunda vez, si hacía frío o calor. Octubre en Madrid tiene estas cosas: en camisa uno se hiela, pero si se pone uno una chaqueta se asa. A primera hora está nublado y uno saca del armario un abriguito de entretiempo, como Gracita Morales. A medio día dan ganas de tomar vermouth en las terrazas, después de comer empieza a hacer más fresco, a media tarde uno ya no tiene claro si es verano o es invierno. Al campo va uno abrigado no sea que le coja el frío en la última media hora, como es tradición en el Calderón; pero luego uno se sienta en la grada y no corre el aire y no hace frío ninguno y se pasa uno el partido con el abrigo sobre las rodillas como una vieja, y cuando celebra los goles lo agarra no sea que se le caigan a uno las llaves y queden atrapadas por la flora autóctona que crece lozana bajo los asientos de la grada y no las vuelva uno a ver ya más nunca en la vida. El Calderón tiene estas cosas, y con este microclima no nos extraña que entre sus butacas prosperen plantas crasas propias de desiertos y altiplanos y orquídeas y otras monocotiledóneas propias de climas selváticos en un festival botánico que ríase Vd de la cuenca del Orinoco.

Volvía el Atleti a casa en Liga tras el partido de San Sebastián, que fue malo pero bueno, según se mire, y tras el partido del Astana, que fue bueno porque no podía ser de otra manera, oiga, que los pobres eran una panda de chiquillos altotes pero poco experimentados en esto del fútbol. Si el partido del Astana sirvió para pasar un rato tranquilo de una vez por todas, que falta hacía, el partido de San Sebastián sirvió para  que los críticos, que últimamente abundan, se rasgaran la camisa por el juego desplegado. Sirvió también para que los entusiastas, que también los hay aunque andan últimamente más tapaditos ante el aluvión de expertos enmienda-cholos que hablan a voces por las tabernas, dijeran eso de clín clín caja y otros tres puntitos y vamos p’alante y ya llegarán los tiempos del oropel, el brillo y el vino bueno.

Total que en esto, como quien no quiere la cosa y sin tener muy claro si hacía frío o hacía calor, llegó el Valencia al Calderón. La visita del Valencia suele resultar incómoda: a veces porque el equipo plantea partidos serios y duros que hacen que el Atleti las pase canutas; otras, porque el Valencia rasca premio al filito del final, como ocurrió el año pasado, cuando un arreón y un golpe de suerte en los últimos  minutos hicieron volar dos puntos en un partido que estaba controlado. Otras veces la llegada del Valencia resulta incómoda porque su entrenador, que tiene cara de malo aturbantado de “La Momia”, hace declaraciones de esas inoportunas que irritan a los que están en su casa tan tranquilos tomando café con leche y hacen ver fantasmas a los más brutos del lugar, que terminan tirando botellas al autobús del Atleti o insultando a los aficionados del Valencia que pasan por la calle camino de una tasca. El Valencia es un equipo con querencia natural al enfado profundísimo y el despecho por ofensas que uno no llega nunca a entender bien de dónde salen y a dónde van, y eso lo sabe bien Nuno. Nuno, que se parece bastante al enemigo de David el Gnomo, ha asumido con naturalidad ese papel de malo de película que azuza al pueblo contra una amenaza ficticia y en las ruedas de prensa desliza, entre eses líquidas fuertemente pronunciadas, denuncias y agravios que sólo él detecta. Lo sentimos por él, que debe tener una existencia triste entre tantísima ofensa, y lo sentimos por los seguidores de su equipo que montan en cólera al escucharle; pero, sobre todo, lo sentimos por nosotros, que no nos merecemos un señor tan pesado en la liga.  

Ante un Valencia descremado, mucho menos incisivo que otros años (posiblemente por la descompensación del equipo-granja de Mendes y la exigencia de jugar Champions), el Atleti jugó uno de los mejores partidos de lo que va de año, si no el mejor. Al menos sí fue el mejor primer tiempo de los tiempos recientes, superando por activa y por pasiva al endeble Valencia que ayer apareció por el Calderón. Sólido atrás y, sobre todo, poderoso y dominador en el centro del campo, el Atleti de ayer se pareció al Atleti que queremos ver este año y al que los más críticos habían dado por imposible tras el segundo partido en casa, en ese arrebato enmienda-cholos que ha poseído a algunos desde hace unos meses.

El partido tuvo varios protagonistas, pero uno por encima de todos: Tiago. Tiago, que lleva una serie de partidos monumentales, ayer fue un paso más allá y firmó un partido gigante, pleno de colocación, autoridad, pausa y criterio. Listo a la hora de llegar a los espacios, inteligente a la hora de repartir juego y acertadísimo en casi todas sus  acciones (desde la grada contamos un único error no forzado en un pase), Tiago sacó varios balones de cabeza en el área pequeña, recuperó posesiones, paró cuando tuvo que parar y aceleró cuando lo que había que hacer era dar velocidad. Tiago jugó y corrió y se tiró al suelo, pidió intensidad a los compañeros y también les pidió calma. Paró, templó, mandó y dejó claro que es, hoy por hoy y desde hace mucho tiempo, el centrocampista con más criterio que tiene el equipo, el jugador más sensato del medio campo y, lamentablemente, el único que no tiene recambio. Si Gabi, muy bien ayer en la recuperación y la brega, puede ser en cierto modo sustituido por la mejor versión de Saúl, no parece haber recambio para Tiago. Kranevitter, que vendrá en enero, tendrá primero que acostumbrarse a la liga y a los chistes sobre su nombre de embajador chiquitistaní; y aún si lo logra en poco tiempo, parece que su corte de juego recuerda más al de Gabi que al de Tiago. Koke, al que se suponía que el Cholo iba a echar al centro buscando esa misión, sigue en el mismo puesto que otros años y Óliver Torres, talentoso y con futuro, parece excesivamente inexperto no ya para ese puesto clave, sino para ser titular en el Atleti.

Es por esto por lo que la afición reza y reza para que Tiago, que ya tiene edad de acordarse del secuestro de Quini, no se lesione. Cada vez que Tiago va al suelo, la grada tiembla; si se queda dolorido en el césped, aunque sea un minuto, la grada deja de respirar. Tal es la importancia de Tiago y tan preocupante su falta de recambio que la afición empieza espontáneamente a organizarse para evitar riesgos. Así, varios aficionados de Salamanca se han ofrecido a hacerle la compra por turnos, evitando así que lleve bolsas con peso y pueda resbalar en el descansillo. En Madrid se han organizado patrullas ciudadanas para acompañarle al banco, acudir con él a las reuniones de vecinos, ordenarle los altillos, ir a recoger a sus niños al colegio. Un reputado bajista de blues monta guardia en el portal de Tiago desde hace unos días e impide el paso a todo vecino que lleve botas de suela rígida y objetos afilados. La Peña Atlética Jerez (apoyada por la Peña Unipersonal Numantina de la misma localidad) se ofrecen a enviar tuppers con guisos cinco veces con semanas para evitar que se queme con el vapor de la olla exprés, mientas varias asociaciones de aficionados de la zona de La Mancha preparan turnos para ir a planchar a casa de Tiago y evitar que le caiga la plancha en un pie, como a Busquets padre. Hacia el jueves llega a Madrid un contingente de la División Acorazada Brunete que acampará ante la casa de Tiago, desplegando un perímetro de seguridad a prueba de resbalones, libre de pieles de plátano y de canicas traidoras. Todo sea porque no se nos lesione Tiago, el Grande.

No sólo Tiago jugó bien ayer: todo el centro del campo fue fiable, sólido y hasta brillante. ¿Todo? Uhmmm, quizás todo no: Óliver Torres, que salió con el partido controlado y cerca del final para tener el balón y evitar sustos, ni tuvo el balón ni evitó sustos. Sustituyó además a una de las sensaciones de la noche, Ferreira Carrasco, autor de un golazo y baza fundamental en el primer tiempo para desbordar primero una banda y luego otra de la defensa del Valencia, mucho menos solvente de lo que ciertos medios pregonan. Ferreira Carrasco, a quien no sabemos si llamar Ferreira o Carrasco, se atrevió, corrió, desbordó y regateó, marcó un golazo y se entendió bien con el resto del centro del campo y la delantera. También con su lateral, pero eso es otro tema.

Porque el segundo protagonista del partido, junto a Tiago, fue Juanfran. Entonadísimo, rapidísimo y hábil, Juanfran lleva ya muchos partidos jugando con un notable alto, siempre metido en los partidos, siempre en su sitio y en el de su interior, cuando le toca por delante algún jugador menos aficionado a ayudar en defensa como Ólivier o el propio Griezmann. Juanfran hizo un partidazo una vez más y junto al resto de la defensa, con un Godín estupendo que cometió dos fallos tontos en el tramo final del partido, hicieron aburrirse como una ostra a Oblak, quien pudo perfectamente jugar leyendo una novela de Estefanía entre ataque y ataque, y se la hubiera acabado sin problemas.

El Atleti jugó una primera parte estupenda y una segunda algo menos brillante en el que se pusieron de manifiesto algunos aspectos que Simeone aún debe pulir: Óliver no parece aportar todo lo que su enorme talento ofrece, Jackson empieza a marcar pero aún queda lejos de lo que debe aportar un delantero centro en este equipo, Torres anda pletórico de fuerza pero acelerado e impreciso. El equipo no parece saber matar los partidos en el momento en el que todo está de cara, como pudo ayer haber pasado al final del primer tiempo, y quizás se venga demasiado abajo cuando hay un contratiempo; sólo eso explica que se pasara un cierto nerviosismo al final de un partido que podría haber sido perfectamente de 3 ó 4 cero al principio del segundo tiempo. Si el equipo retuerce su colmillo un poco más, si Jackson empieza a carburar al ritmo al que juega el resto, si Griezmann, como ayer, está más activo y presente y Koke continúa siendo la placa base que permite al resto de elementos estar a su nivel más alto, contemplaremos con alegría como la legión de tristes que llevan unas pocas semanas rasgándose las vestiduras por lo mal que va todo, se relajan.

El partido de ayer, además, marca el final de la empinada cuesta del primer cuarto de liga que el calendario regaló al Atleti como quien regala un lagarto venenoso. De aquí a diciembre, en principio, el Atleti tiene un calendario menos exigente que permitirá a los nuevos ir encontrando su sitio y a los de siempre ir pasando lo que saben a los recién llegados. Si es así, ojo a este equipo dentro de unos partidos, ojo.

lunes, 13 de abril de 2015

Uno a uno ante el partido-a-partido que nos queda (II): los del medio

Gabi: quizás lejos del impresionante estado de forma del año pasado, pero no tan lejos como alguno comenta con insistencia, Gabi sigue siendo imprescindible en el centro del centro, por delante de los centrales, tras los jugadores más creativos. Algo más impreciso que el año pasado, perdiendo más balones de los que en él era habitual el año en el que se consiguió la Liga, con quizás algo menos de fuelle, es posible que Gabi haya acusado su complicada situación judicial y el hecho de que los jugadores y entrenadores rivales hayan analizado meticulosamente el sistema de juego del Atleti y el papel fundamental del capitán, lanzando la presión y adelantando toda la línea a su toque de corneta gracias a un fondo físico de maratoniano, una determinación de conquistador extremeño y un compromiso de legionario con tatuajes.

Quizás la carrera de Gabi, larga y compleja por haber sido entrenado para ser un talentoso creador de juego y lanzador de ataques teniendo que convertirse con los años en un pulmón defensivo con un carácter de roca, empiece a declinar; aún así, hoy por hoy y asumiendo que no está en el maravilloso momento del año pasado, Gabi sigue siendo un jugador magnífico muy útil para el equipo y, visto lo visto, sin sustituto de garantías.

Tiago: magnífico en lo táctico, entrenador en el campo y dueño de los tiempos y los espacios, Tiago está haciendo una temporada espectacular sólo lastrada por sus propias limitaciones físicas y algún partido en blanco difícilmente explicable. Tiago, que parece mucho mejor jugador que cuando llegó, manda en el centro del campo y resuelve en corto y algo menos en largo, desahoga a centrales y centrocampistas, ocupa los espacios con sabiduría de arquitecto urbanista y soluciona problemas con la eficacia del Señor Lobo. Por si esto fuera poco, ha sido clave en la estrategia de córners a favor y muy importante para defender los saques de esquina en contra, ha marcado goles importantes y ha sido la parte principal en muchas de las buenas actuaciones del equipo: se diría que cuando Tiago está bien, el equipo es más sensato, menos vulnerable, lee mejor los partidos, las fases de los mismos. Con Tiago el Atleti es más sereno, tiene las ideas más claras; con Tiago el Atleti es más preclaro, gana los debates televisados sin dar voces, se acuerda de los cumpleaños de todo el mundo y nunca aparca fuera de los límites de la plaza de garaje.

El problema al que se enfrenta Tiago es doble: por un lado su físico, nunca demasiado exuberante, que le pasa factura por cosas de la edad y por estar en un puesto en el que a menudo tiene que emplearse en defensa recuperando posiciones tras carreras largas; por otro, alguna que otra inexplicable ausencia de espíritu a pesar de estar físicamente en el campo, en ocasiones en las que ha sido incluso sustituido al descanso. Hasta en eso Tiago es sensato y profesional: si no está, queda claro a los tres minutos. Eso sí, hoy por hoy eso es lo excepcional y han sido mucho más numerosos los partidos en los que Tiago ha sido la materia gris y el gestor del Tetris ofensivo y defensivo del equipo que un jugador desbordado. Hasta ahora,  Tiago es indispensable en la media y un jugador con muchísimo peso en el juego del equipo.

Koke: una de las estrellas del equipo, uno de los orgullos de la cantera y la afición, un jugador que, a pesar de estar en un nivel altísimo, sigue mejorando casi día a día. Koke, que en un momento dado hace dos años lanzó señales de que quizás no sería capaz de llegar donde todos queríamos, recogió el guante y se lanzó con ganas y acierto a convertirse en un todocampista asombroso, notable alto en todo, completo en cada fase del juego. Hábil, técnico, con muchísima facilidad para el pase largo y para salir en corto, Koke además ha aprendido cómo ser casi inaccesible para los rivales que intentan quitarle el balón, que se topan con un experto en mantener la bola controlada en situaciones complicadas al que antes no conocían. Potente aunque no rápido, con muchísimo despliegue físico y mucha calidad técnica, a Koke sólo le falta un punto de mentalidad asesina para hacerse con los galones de Capitán General en el Atleti y la selección. Y ya empieza a mostrar esa personalidad, con ese gesto característico con la mano de pedir a los compañeros que espabilen para lanzar la presión.

Con una puntuación de 8,5 sobre 10 en prácticamente todo,  si Koke convierte más goles por temporada será sencillamente un jugador de leyenda que esperamos que pase toda su carrera en casa. Su presencia en el equipo, tan valiosa como añorada los partidos en que ha estado lesionado, se antoja imprescindible sobre todo en los días más complicados.

Arda: rara vez un tipo ha conectado tan rápido con grada y equipo, rara vez un tipo pone a todo el mundo de acuerdo en tan poco tiempo, rara vez un tipo tan simpático se hace tan simpático sin hablar una palabra del idioma local. Culibajo, con andares de ánsar y aspecto de gran jugador de dominó, Arda oculta con su físico lo que realmente es en el campo: un filigranero, un jugador de talento y pellizco, un bailarín, un artista. En el comando de asalto de Simeone, Arda es el encargado de abrir las cerraduras y cajas fuertes que ni los explosivos plásticos más potentes son capaces de dañar, y lo hace con facilidad, usando un cortaplumas y un clip deformado y además muerto de risa. Es el encargado también de hacer brillar la insiginia del capó de un equipo hecho de acero industrial y mentalidad de alto horno, de levantar murmullos de admiración en la grada, de llevar la sonrisa a la afición que ve el partido con mandíbula apretada y mirando el cronómetro, de hacer felices a los gruñones.

Arda tiene, como los toreros grandes, el don de parar el tiempo al recibir el balón, de que los aficionados despistados reciban un codazo del vecino cuando la bola se acerca a su zona de influencia, de generar la sensación de que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa y uno debe estar atento para decir "yo estuve allí". Excesivamente barroco en algunos casos (algo que se jalea desde ciertos sectores normalmente refunfuñones pero irremediablemente entregados a la causa turca con pasión de viuda joven y ceguera de adolescente enamorada), ausente en muchos tramos de muchos partidos, Arda se hace perdonar todo por varios motivos: su sorprendente fiereza al tirarse al suelo rebañando balones, su sonrisa gamberra cuando la pifia, su indudable carisma y conexión con la grada, sea regateando rivales, pelándose en un vestuario tras obtener una Copa o bailando cerca de Neptuno con sus gafas redondas de sol, su barba de califa y su sonrisa de tipo que sabe que hace feliz a los niños. Por todo eso, pero sobre todo por ser un futbolista diferente y magnífico, Arda es claramente titular en los partidos grandes, quizás suplente en los más asequibles para preservar así fresco su talento, con el mimo con el que se preservan las orquídeas.

Mario Suárez: Mario Suárez el Raro, el sorprendente, el desesperante, el jugador inexplicable. Con buen físico, buena técnica, buenos mimbres y una cabeza imprevisible, Mario alterna grandes actuaciones en partidos complicados con fases desastrosas en partidos cómodos. Mientras que en las ocasiones en las que no tiene tiempo y debe emplearse con contundencia parece siempre metido en el partido y capaz de sostener él solo la media, la relajación en la que entra en las fases más sencillas de los partidos más cómodos le convierten con frecuencia en un problema inesperado para el equipo. Capaz de dar un pase medido al contrario (algo recurrente en él) en el peor  momento posible, de perder balones en esos momentos en los que hay que hacer cualquier cosa menos perder el balón, de intentar corregir un error haciendo una falta clarísima y anunciada con estruendo antes de que ocurra que no hace más que empeorar las cosas, Mario es muchas veces un jugador desesperante.

Llamado a disputar el puesto a Gabi y/o Tiago y al menos a quitar minutos a estos dos, en la práctica Mario no consigue transmitir nunca fiabilidad o solidez en una posición en la que estas dos cosas son clave. Dado al pase horizontal arriesgado, capaz de llevarse un balón por calidad y fuerza y meter un fantástico balón profundo para, cinco segundos después, dudar a la hora de entrar al choque y provocar una contra peligrosísima en medio de un partido plácido, Mario desespera a la grada (y entendemos que al banquillo) con esa actitud displicente, fría, de quien se cree quizás mejor de lo que realmente es.

Mario, capaz de conseguir con sus propios errores el milagro repostero de pasar de helado a flan en dos minutos, no parece capaz de hacerse con el puesto en el equipo de sus amores, al que pertenece desde pequeñito. Y eso a pesar de la afición, que no desearía nada más en este mundo que ver a uno de los suyos llevando los galones en una media íntegramente canterana con Gabi, Koke y Saúl a su vera. Pero Mario, el Milagro Repostero, no parece haber convencido a casi nadie, ni a sí mismo probablemente, de que se su lugar en el mundo está en la posición de 5 argentino del equipo del Calderón. Una pena.

Raúl García: socorrido blanco de las iras de los amantes del xogo bonito y las cortinas de cretona, Raúl García parece haber recompuesto su complicada relación con la grada en los últimos tiempos, por más que haya siempre un grupo de irreductibles encantados con recordarle al Planeta Tierra en pleno que a ellos nunca les gustó Raúl García cada vez que falla un pase, para hastío del resto de la Humanidad. Raúl, importantísimo para el Cholo por su entrega, versatilidad e incapacidad para decir no ante cualquier desafío, por feo que sea, ha jugado una buena parte de los minutos en la primera mitad de temporada, si bien últimamente parece haber pasado a un segundo plano.

Poco estético en ocasiones, desesperante a fogonazos, valiosísimo en muchos más casos de los que a algunos les gusta reconocer, Raúl marca goles y defiende su parcela con solvencia, hace pases fantásticos y falla otros facilísimos, juega en punta y en banda y, si hace falta, se pelea con el administrador de la finca, acompaña a la madre de un compañero al dentista y cambia una rueda pinchada en medio de la tormenta de nieve, en manga corta, mientras el resto del pasaje tirita y reza a San Miguel Arcángel. Si no está bien y se le sienta, no protesta; si marca un gol importante, no se señala el número y pide un homenaje. Si hace falta jugar de segundo delantero lo hace, si hace falta jugar de medio centro lo hace, si hace falta jugar de interior lo hace. De central nos pareció verle un rato y no lo hizo mal, de portero probablemente se defienda, al parecer es bueno arreglando grifos y no hace nada mal el arroz con leche. En los (no escasos) días que está gris, normalmente, oh coincidencias, suele hacer un muy buen partido el lateral al que ayuda a cubrir banda y el día que está bien, qué cosas, hasta mete goles como si fuera un delantero.

Importante en los partidos feos en los que hay que salir a empujones de las montoneras e incómodo cuando la grada pide juego en letra Palmer de caligrafía inglesa, Raúl ha ido progresivamente cayendo en el feo vicio de protestar todo por costumbre, de irse al suelo en cada encontronazo, de llevarse las manos a su nariz, mascarón de proa de toda Navarra, de enzarzarse en discusiones eternas con rivales y árbitros, desconectándose a veces del juego. Lesionado tras jugar gran parte de un partido con una fisura en un hueso del brazo, a Raúl García no se le echó cuenta en un buen rato, en parte por haber acostumbrado él mismo a la grada a quejarse mucho, en parte porque de un tipo que sale a jugar a diez bajo cero en camiseta se espera que una fisura en un codo no sea ni motivo de comentario. Ahora que el equipo está inmerso en el tramo final del campeonato, con muchos partidos duros contra rivales complicados ante los que no hay que arrugarse, la presencia de Raúl en un puesto cercano al primer o segundo cambio - si no la titularidad en algunos casos - se nos antoja imprescindible por más que esto irrite a la inflexible Real Academia del Juego Bonito Según Nuestro Criterio, Que Es El Bueno. Por más que a veces nos desespere con malos controles y pases fáciles errados, por más que su juego no entre en el Canon de Pachelbel de la filigrana y la posturica, nos gusta que Raúl García esté en nuestro y equipo y, más aún, que sea uno de los nuestros.

Saúl: joven, algo impetuoso, demasiado arriesgado a veces y también talentoso, bravo y poderoso, ese es Saúl, joya de la cantera que por fin parece haber dado con la tecla para convertir su potencial en realidad, evitando un nuevo caso de oportunidad perdida. Hasta hace bien poco, sobre Saúl sobrevolaba una nube de dudas, como esa nube negra que sobrevuela a los tristes y los cenizos en los tebeos antiguos; últimamente, sin embargo, se ha hecho el sol sobre el cráneo de Saúl y sus últimas intervenciones llevan a pensar que se finalmente se acertó con la forma de gestionar su personalidad, a veces demasiado fogosa, y sus propias características de juego, tan generosas que hacen complicado encasillarle en un único puesto bien definido. Tras su paso por el Rayo, Saúl ganó presencia, experiencia y contundencia pero se desempeñó en tal cantidad de puestos que ahora parece más complicado reconvertirle en un único puesto. Saúl parece capaz de jugar de medio centro y también más echado a una banda o de centrocampista llegador: el perfil al que debería tender está a medio camino entre un Koke menos hábil y un Raúl García más selecto, más dinámico que el primero y más talentoso que el segundo, algo así como un centrocampista box to box de esos que tanto gustan en Inglaterra y tanto nos cuesta etiquetar por estos lares. A poco que Saúl siga creyendo en el trabajo que han diseñado para su progreso, tenemos buen centrocampista para rato y un muy buen recambio para varios puestos de la media en esta temporada.

Cani: sin puntuar, Cani ha jugado poco, incluso cuando lo más lógico parecía que jugara. Titular sorprendente en un partido, sorprendentemente en el banquillo durante todos los minutos de otros, Cani llegó con cartel de jugón (como no podría ser de otra manera) y el precedente del Principito Sosa. Simeone le ha utilizado hasta ahora menos que a Sosa, no sabemos si porque no pidió su llegada o porque no le convence. El caso es que sabemos de buena tinta que subirse en  marcha al tren lanzado que Simeone puso en marcha hace un par de años, en especial para jugadores finos acostumbrados a que el resto de jugadores hagan más trabajo sucio que ellos mismos; que se lo pregunten si no a Griezmann. 

domingo, 8 de febrero de 2015

De la sutil diferencia entre el orgullo y la arrogancia

El viernes empezó por fin el 6 Naciones tras casi un año de espera, un año entero soñando con días fríos, campos embarrados, pubs abarrotados y cejas rotas. Y lo hizo en viernes y de noche, mostrando que también al 6 Naciones llegan las cosas de la mercadotecnia y el fútbol, de la tele y los fans de corbata y palco de empresa, del espectáculo por el espectáculo.

El 6 Naciones empezó en Cardiff entre juegos de luces y fuegos artificiales, entre llamas, focos, efectos de sonido y puesta en escena de la Superbowl. Antes de los himnos los aficionados menos recientes echábamos de menos esos partidos a medio día entre equipos vestidos de colores planos sin logotipos en camisetas con cuello blanco de polo, arbitrados por tipos vestidos con los colores del equipo de su país de origen, en los que no había cambios a menos que los médicos de ambos equipos lo autorizasen, en los que las brechas se solucionaban sobre la marcha con un pegote de vaselina aplicado sin guantes de látex.

Pero el rugby evoluciona, y vaya si lo hace, y ahora los partidos comienzan con fuegos artificiales y los equipos salen a jugar entre llamaradas y explosiones con colores que no son los suyos, proliferan los samoanos gigantescos y los neozelandeses y sudafricanos nacionalizados y ya casi ninguno parece poder resistir al paso de los tiempos alineando únicamente locales; eso hasta Escocia, que este año lleva al torneo un granaíno, e Irlanda, que juega con un barcelonés, a ver cómo se quedan Vds. El rugby del Norte, más tradicional y menos físico que el enloquecido y admirable rugby eléctrico y agotador del Sur, va adaptando las costumbres de las excolonias y alinea gigantes de piel oscura y atletas de cuellos de boxeador en este rugby de vísperas de Mundial, rugby de zagueros protagonistas, patadas profundas, drops trabajados y kilos y kilos de músculo peleando en rucks gestionados con eficacia quirúrgica a más pulsaciones de las que los médicos recomiendan.

Pero toda esa evolución de luminotecnia y cámaras superlentas, esa profusión de logotipos y colores, esas camisetas pensadas para ser vendidas a los aficionados y no para distinguir a los buenos de los malos, pasan a un segundo plano cuando suenan los himnos y los jugadores agarran la camiseta del compañero y se desgañitan cantando algo que saben que, por  muchos palcos Vip que venda la organización, por muchas llamas y bengalas que se tiren al salir el equipo, por mucho que cambien los horarios, al final hay una única cosa que realmente importa en el torneo: representar a los tuyos, reditar batallas antiguas, cambiar la historia o al menos intentarlo, dejar hasta la última gota de sudor por esa multitud vestida de colorines que abarrota estadios y pubs en un rito que ya tiene más de 130 años. Qué bendición de torneo.
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Tras la primera jornada las conclusiones serían precipitadas, pero alguna pista va quedando. La primera, que Inglaterra viene mucho más seria de lo esperado, tras ganar con autoridad y solvencia a Gales en Cardiff. Gales, una de las favoritas por nombres y trayectoria, no parece dar con la tecla de la regularidad ni con la bisagra que permita a su fabulosa línea encadenar pases con la fluidez que la alineación, vista sobre el papel, sugeriría. Quizás sea un problema propio o quizás fuera mérito de los ingleses, poderosísimos en melé, agresivos y serios durante todo el partido,  mucho más equipo que los anfitriones, despistadísimos al final del segundo tiempo.

Las otras dos pistas más o menos claras son que a Irlanda, muy superior a los italianos, aún no la hemos visto en situación apretada y que Francia, que visita Dublín el próximo fin de semana, no deja de ser ese equipo basto que en nada recuerda a lo que el imaginario colectivo sigue asociando con los vecinos. Ante una Francia vestida de España y con un López y un Guirado en la alineación (y un Parra, pero este es portugués), Escocia jugó vestida de local y mostró ilusionantes síntomas de evolución hacia un rugby alegre y a la mano que recordaba mucho más al ADN francés que el pesadote rugby de patadas largas y muslos gordos de los locales. Escocia falló un drop, una transformación y un golpe y si no es por eso quizás se hubiera llevado un partido jugado al ataque con alegría y con bravura a la hora de defender en 22, muy lejos de ese juego tristón que le sirvió para llevarse una paliza en casa (0-22) en la última Calcutta Cup.

Una sorpresa agradable y esperanzadora vestida de azul oscuro, una candidata que no parecía serlo tanto vestida de blanco, un equipo verde muy serio y competitivo que vela armas ante su primer partido grande, un equipazo que no consigue jugar como se espera vestido de rojo y un equipo que debería vestir de azul pero con camiseta roja españolizada con un rugby feote y una afición que, como es tradición, sólo canta cuando gana son los protagonistas de la primera jornada. El sexto, el admirable equipo azul que evoluciona año a año, no parece que en esta edición pueda aspirar a mejorar pasadas ediciones. Y, mientras tanto, España ganando 43-20 a Rusia con un rosario de ensayos y claros síntomas de mejoría. Que dure.
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Como bien saben los pacientes seguidores de este blog, el derbi local es el partido que menos le gusta al que suscribe, servidor de Vds. Normalmente a uno no le gusta este partido por  la tirria natural que uno profesa hacia el otro equipo grande de la capital y sus pesadísimos seguidores, los nervios propios de la ocasión, la irritación por las campañas previas para desestabilizar en uno u otro sentido al equipo, los bulos y faltas de respeto de tertulias y portadas, los pesadísimos montajes fotográficos que circulan por redes sociales antes y después del partido y el tradicional mal ganar y mal perder de nuestros adorables vecinos del Norte. Nada nuevo, ya saben Vds, oigan.

A todo este irritante panorama se añaden este año dos elementos nuevos. El primero, el hastío. Seis veces, seis, hemos tenido que pasar este año por el aburrido proceso de calentamiento de partido por parte de la prensa, por el bosque de fanfarronadas y faltas de respeto, de amenazas de humillación que luego no se cumplen pero de las que nadie responde, de rumores de sanciones, fichajes, salidas de jugadores. Este año, además, hemos tenido que aguantar cansinas reflexiones sobre el imaginario carácter violento del equipo, sobre su mal juego, sobre el exceso de goles a balón parado, sobre cualquier aspecto que, a juicio de la prensa desquiciada, pueda suponer un demérito para los logros del fabuloso equipo del Cholo. En plena vorágine de comentarios absurdos y justificaciones de lo injustificable, este año más que nunca nos hemos hartado de ver dobles raseros, análisis infantiles, ataques de niño enrabietado, invocaciones del más allá, comparaciones delirantes como aquella con Estudiantes de la Plata de Bilardo, rosarios de excusas tras las derrotas, justificaciones de párvulo, comentarios despectivos sobre la conveniencia de ser eliminado de una competición para cuya remontada se había conjurado a la afición en pleno, bravatas con ceja depilada, llamadas a dar patadas por parte de supuestos genios malagueños, comentarios desquiciados enviados desde medios supuestamente serios. Un poema, un despropósito, una espiral de idiocia sonrojante difícilmente explicable a un niño, a un extranjero desconocedor de los ridículos mecanismos deportivos patrios, a un extraterrestre, a un mono platirrino. Una pesadez, un rollo, un tormento innecesario. Un coñazo, vaya.

El otro elemento nuevo está en la grada. La irrupción del Atleti en el panorama futbolero internacional, o más bien su vuelta de una vez por todas, parece haber atraído el interés de tour-operadores asiáticos y europeos que llenan de clientes las gradas del Calderón día sí y día también. En día de derbi, como pueden imaginar, multiplican su demanda. Imaginamos que animados ante la posibilidad de ver el enésimo partido lamentable de cierto ídolo mediático con museo autofinanciado y estatua de bronce que le representa haciendo su famosa celebración, esto es, el afamado grito de tonto de pueblo manchego al paso de un descapotable, la grada del Calderón se llena de grupos de japoneses con palo de selfie, ingleses en viaje cervecero, grupitos de franceses con conocimiento futbolístico nivel usuario novato y recuas de rusos embrutecidos acompañados de mujeres enjoyadas que comen pistachos con la boca abierta.

El resultado es probablemente lucrativo para las agencias de viaje, pero devastador para el ambiente en la grada. Así, entre aficionados de toda la vida que saben que lo que se juega en el campo es más que tres puntos y una victoria, disfrutan del ambiente los visitantes como quien va a ver un concurso de monólogos; no entran en este saco, claro está, aquellos procedentes de países futboleros (ingleses, escoceses, argentinos) que sí comprenden lo que pasa.

Por el contrario, el resto se deja llevar por lo que ven y se añaden a la corriente general sin tener ni pajolera idea de lo que ocurre. Si el fondo salta, tres franceses jovencitos vestidos y peinados exactamente igual saltan tan contentos y se miran entre ellos para demostrar lo bien que se lo están pasando gracias a las entradas que les compró su papá; si la grada de lateral canta improperios, cuatro rusos dan palmas mientras se quitan las migas de pan de la comisura de los labios. Si el Atleti marca, lo celebran con pasión cinco japoneses educadísimos vestidos de punta a cabo con merchandising del Atleti. Con el partido empezado y el Atleti atacando, llegan tarde seis turcos con bufandas del rival (y uno de ellos con una del Barça en el día de ayer, como lo oyen) y hacen levantarse a media fila entre las protestas de la grada entera. Siete rusas enjoyadas hacen flamear banderitas al ritmo del himno del Atleti mientras ocho ucranianos alicorados hablan a voces entre ellos de localidad a localidad, separadas por culpa de que el touroperador vendió más de lo que tenía, atraído por la posibilidad de forrarse el riñón de rublos en metálico.

Atraídos por una de las gradas más calientes y orgullosas de Europa, los visitantes contribuyen al enfriamiento de la misma en partido importante. Que el dinero es el dinero es algo que todos sabemos bien, sobre todo los que sufrimos un palco lleno de contables en B desde hace tiempo; que los tiros salen a veces por la culata, también. Mejor haría el club en procurar que la grada la ocupara en bloque la gente que quiere al club, aún dejando menos dinero en las cajas registradoras, que en convertir el Calderón en una visita recomendada en folletos de esos que se dan en los moteles.
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Por sexta vez en la temporada, salió el Atleti al campo a jugar contra el otro equipo grande de la capital, ayer trasmutado, y no es exageración, en el peor equipo que ha pisado este año el Calderón, empatado quizás con el pobrísimo Olympiacos que volvió al Pireo peinadito a raya entre los lamentos de la pléyade de fans de su engominado ex - entrenador.

Salió el Atleti al campo con el equipo que habríamos sacado casi todos, quizás con la duda de si Raúl García debería jugar desde el inicio este tipo de partidos o de si Torres, tormento del vecino en los últimos tiempos, podría haber jugado de titular. Pero el Cholo decidió y el Cholo, una vez más, acertó, y el Atleti firmó uno de sus partidos más completos y placenteros en meses, si bien es cierto que el rival no fue más que un equipete con una pobre defensa de circunstancias, un medio campo en el que únicamente un jugador - alemán y rubio, no el otro alemán - mostró categoría y personalidad y en el que su delantera firmó un nuevo partido raquítico aunque excelentemente bien pagado.

Salió el Atleti entre los vapores etílicos de aquellos que ven violencia donde el resto vemos partidos normales y, a los cinco minutos, vio cómo le rompían la nariz de un codazo a su mascarón de proa (y ya van dos narices rotas este año, por cierto, en ambos casos solucionados con un despliegue de coraje y hombría de los propietarios de los huesos fracturados). La fractura de los huesos propios, que son esos huesos de la nariz que al parecer tienen un acusado instinto de propiedad privada, se produjo en una acción que será considerada siempre fortuita y nunca violenta, hombre por Dios, eso de la violencia no se estila en el barrio financiero, es más bien cosa del río. La fractura nasal, además, fue casi simultánea a la lesión muscular de Koke, que se dejó las fibras en un sprint en frío. Mal parecían empezar las cosas para el Atleti; sin embargo, la tarde iba a ser de las que se recuerdan siempre, también por eso.

En el Atleti jugó Moyá, que ocupó la demarcación de portero automático. De haber jugado el portero del infantil, o servidor de Vds, o incluso María Teresa Campos defendiendo la meta colchonera, es casi seguro que el resultado final habría sido el mismo. Una vez tiró a puerta el millonario rival, una vez a pesar de haber alineado esa tripleta atacante que los medios elevan a grupo histórico tras los partidos contra los dos o tres últimos de la clasificación y que tiene por costumbre desaparecer en los partidos disputados, guardando sus hazañas para amistosos, torneos veraniegos y eventos festivos con árbitro y linier. Una vez tiró a puerta el rival, una, que salió al campo luciendo orgulloso un 4-3-3 con tres delanteros jugando en la novedosa demarcación de puntausente, alineados con el tino y la elegancia de la mujer del constructor nuevo rico que siempre lleva su diadema, pendientes y collar carísimos a todas las fiestas, peguen o no con el traje. Una vez tiró el rival a puerta y eso, sin duda, se debió al violento y ultradefensivo planteamiento del equipo local, paladín del catenaccio y el patadón, equipo limitado que gusta del balón parado, el punterón y el trampeo.

- Pues no, oiga
- ¡No me diga!
- Lo que oye

Con Godín jugando con la nariz llena de patatas fritas al más puro estilo Mandzukic y Miranda derrochando tranquilidad y suficiencia, el Atleti sufrió más bien poco en defensa. Juanfran jugó bien como en él es habitual y también lo hizo bien, y muy bien en alguna ocasión, Siqueira. Siqueira, excelente en la jugada del gol, hizo un buen partido, mucho mejor de lo normal. Siqueira perdió algún balón de esos suyos e intentó algún regate futbolsalero de más, pero en líneas generales estuvo a un nivel mucho más alto y acertado que en partidos anteriores, algo esperanzador y tranquilizador que esperemos que contribuya a su mejoría definitiva y la definitiva deglución de las palabras del que suscribe.

Pero donde realmente el Atleti ganó la partida fue desde la plácida zona de defensa hacia delante. Gabi, entonadísimo y hábil en controles y juego en corto, y especialmente Tiago, se hicieron con la parcela central con autoridad y buen juego. Tiago, de nuevo dando una lección de juego en su posición, fantástico en las ayudas y en la toma de decisiones, ocupó los espacios con sabiduría y clase, se incorporó bien en segunda línea y marcó un gol con la ayuda del desafortunado portero visitante; pudo marcar otro de cabeza tras una jugada estupenda de todo el equipo. Enorme, Tiago volvió a demostrar que su cabeza es la del entrenador dentro del campo, el procesador que marca el ritmo del partido, que aprieta cuando hay que apretar, duerme el juego cuando procede y acelera cuando es necesario, mostrando una madurez que le ha convertido a sus años en mucho mejor jugador que en temporadas anteriores.

Sin obviar el estupendo partido de Arda, habilísimo y preciosista además de vital en la recuperación de balones rebañados al rival, ni el trabajo de Griezmann, que hizo un buen partido aunque estuviera algo impreciso y sobrepasado durante el final del primer tiempo, único rato en que el rival se empeñó en recordar al personal que no era un equipo de final de tabla, las flores del partido fueron para Saúl y Mandzukic. Saúl, sorprendente recambio de Koke cuando todos esperábamos a Raúl García, salió en frío al poco tiempo de empezar el partido y no pareció notar sobre sus hombros el peso de la responsabilidad del partido grande y de su propia trayectoria. Saúl, algo errático en sus últimos partidos, cogió el toro por los cuernos y al ratito de salir metió un gol de chilena pegando el balón al palo tras un pase maravilloso de Siqueira del que estaremos hablando unos cuantos años. Confiado y fuerte, cubrió su parcela, robó balones, combinó con calidad e imaginación cuando hizo falta y dio un gol en bandeja a Griezmann cediendo de cabeza con mucha inteligencia justo en la jugada en la que se lesionó. Saúl, a quien reclamábamos un paso adelante, aprovechó la ocasión y mostró personalidad, calidad y ganas para ser el jugador que todos queremos que sea.

Mención y párrafo aparte merece Mandzukic, autor de un partido enorme, de manual de delantero centro. Mandzukic se llevó prácticamente todos los balones por arriba, controló con el pecho y facilitó balones a la segunda línea, mostró calidad y despliegue y superó en todo momento a los rivales que, impotentes, intentaban disputarle algún balón por arriba. Cómodo, Mandzukic leyó estupendamente el partido y el hecho de que el Atleti jugase por arriba y en corto bastante más de lo normal, aprovechando las ganas del croata y la blandura y nervios de la limitadita defensa visitante. Mandzukic hizo pues un partidazo y de su precioso gol en plancha tras jugadón entre Tiago y Torres, ambos con pases fantásticos, nos alegramos todos especialmente. Todos, intuimos, salvo la defensa visitante, artificialmente inflada por la prensa desde hace meses y muy poca cosa para parar a este croata con malas pulgas y ganas de partidos de este tipo.

Este buen Atleti se merendó sin excesivos problemas a un rival pobrísimo al que, de haber habido un pelín más de puntería, se le habría metido uno o dos goles más. Del rival, blandito en las recuperaciones y sin ganas de pelea, se diría que jugaba con calma sabiendo que siempre habrá quien justifique su derrota por algún motivo peregrino. Agotado el discurso del balón parado y el catenaccio, del patadón y la violencia, la afición colchonera espera expectante la nueva excusa: ¿serán las lesiones? ¿el estado del campo? ¿será que los del Atleti tiran muy fuerte y a dar? ¿habrán comido los jabalíes porquerías? Algo saldrá, se diría que pensaban los jugadores rivales, tranquilos que algo dirán, al final no será culpa nuestra, sino suya. Algo inventarán los de la ouija para justificar el repaso, con algún Estudiantes de la Plata compararán a este equipo que nos acaba de pasar por encima sin dejar ninguna duda. De alguna manera justificarán los nuestros que después del partido nos fuéramos de karaoke para celebrar el cumpleaños de este de las cejas, el mismo que volvió a hacer un partido nefasto, el mismo que perdió el 90% de los balones una vez más, el mismo que con 3-0 se puso en una banda a hacer un regatito de esos suyos con pasos de jota manchega para, tres toques después, dar un pase atrás de 8 metros que hasta alevín habría dado de primeras, sin complicaciones, sin alardes, sin hacer tontunas. Porque, como bien dijo un señor en la grada tras el lance, “lo que a este chico le pasa es que no tiene sentido del ridículo”.

Una vez más el Atleti dio un puñetazo en la mesa, una vez más pasó por encima a un equipo, esta vez flojete, en un  momento importante. Una vez más el Cholo demostró que lo suyo es un prodigio futbolístico, táctico, de motivación, de identificación con una idea, y no la caricatura que sucesivamente, partido ganado tras partido ganado, intentan dibujar sus detractores. Ni patadas, ni recursos pobres a balón parado, ni catenaccios ni estudiantes de la plata: lo que el Cholo y los suyos, los nuestros, han vuelto a hacer es explicar a la vociferante masa acomplejada cuál es la diferencia entre el orgullo y la arrogancia. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Crónica británica desde el Bajo Deva


Si uno tuviera que elegir un equipo favorito (además del Atleti, claro está) en esta liga de gigantes millonarios, clase media enfadadísima con todo el mundo y equipos en manos de directivas que no suelen caer en que los clubes de fútbol los formó la gente y que sin la gente no tienen sentido, tendría dudas entre dos. El primero, el Rayo y sus increíbles gestos hacia la gente de su barrio y la gente que les hizo grandes desde el campo, aumentados por los gestos que la gente del barrio, y en concreto esa señora admirable, les devuelve en forma de dinero recibido pero no usado para que otros sufran un poco menos. El segundo, claro está, es el Éibar.

Que Éibar, municipio de 27.000 habitantes, tenga un equipo en Primera sin más apoyo que el de sus propios vecinos es ya para recibir a jugadores y sobre todo aficionados con honores de Jefe de Estado. Que estos aficionados llenen un campo para 5.000 personas (que es casi el 20% de la población) resulta asombroso. Que los goles se celebren al sonido de la sirena de la fábrica que durante años despertó al pueblo es sencillamente fabuloso. Que Éibar sea el pueblo de las Lambrettas y de Gárate hace que a uno le sea imposible no ser un gran admirador del Éibar.

Y a todo esto el Éibar, con un presupuesto diminuto y, eso sí, ni una sola deuda, marcha pasada la primera vuelta cerca de los puestos europeos, lejos de los puestos de descenso en los que casi todo el mundo contaba con verle a estas alturas del campeonato. Y es que el Éibar, con buena parte del bloque que jugó en Segunda B y unos cuantos refuerzos modestos pero atinados, juega bien y puntúa en sitios donde no todo el mundo lo hace, no cose a patadas a los rivales, tiene jugadores interesantes y otros, como Arruabarrena, directamente admirables.

Vivimos con normalidad en una liga de periodistas desquiciados y aficionados contentos de desquiciarse con ellos, de peleas infantiles sobre detalles absurdos, de leyendas urbanas y campañas mediáticas de limpieza o embarramiento de la reputación de quién convenga según convenga, de jugadores de Lladró que hacen bailecitos y tiran besos para luego saltar con cara de herido de muerte cuando un rival pasa a menos de un metro de sus espinilleras de Swarovski, de conjuras y ouijas, de remontadas y excusas sonrojantes si las cosas no salen como se calculó desde la sala de reuniones del comité de dirección, de bulos irresponsables y llamadas a la exaltación que terminan en el recibimiento a botellazos del autobús visitante en nombre de la historia, el honor y esas cosas tan chocantes cuando caen en manos de predicadores y acomplejados. Y en esta liga que, puesta en perspectiva, resulta ridícula, sobreactuada, sobrecomercial e infantil, el Éibar brilla con luz propia gracias a su grada chica y baja, a los balcones llenos de gente de los edificios que rodean al estadio con la bandera colgando del alféizar, a su campo embarrado y su peña escozesa con zeta.

Uno desea al Éibar lo mejor de lo mejor y no puede evitar sonreír con cierta envidia al ver a ese equipo con aire de club setentero del Norte de Inglaterra en los 70, orgullo de zona industrial de las de hierro y carbón, club modesto pero honrado que ni debe dinero ni lo necesita para nada más que para pagar sueldos y no convertir los vestuarios en spas sino, como mucho, para reparar la sirena de la fábrica Alfa, si es que alguna vez se estropea. En esta liga de estrellitas e inversores extranjeros, un club de pueblo financiado por su gente que conserva a sus jugadores como si fueran joyas y a su sirena como si fuera un Stradivarius es aire fresco, un ejemplo, un lujo, una alegría. Una auténtica maravilla.

Aunque, bien pensado, a lo mejor lo que pasa es que es el Club de Gárate; quizás eso lo explique todo.

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Conectó la televisión con Ipurúa y lo que se veía era un campo embarrado con aspecto de sembrado a medio labrar y una cuarta de agua en algunos puntos estratégicos. De inmediato,  en las redes sociales (más bien en una, la del pajarito) no se leían más que críticas: menudo patatal, ahí no se puede jugar, qué vergüenza de campo, decía la muchachada enfadadísima desde el sofá, tecleando en su tableta de nosecuantas pulgadas. Mientras tanto, sin embargo, a los aficionados que recordamos el secuestro de Quini como un evento la mar de preocupante, se nos puso una sonrisa de medio lado.

Ipurua ayer, en efecto, parecía una anomalía en esta liga de campos perfectos, verdes con drenajes casi linfáticos, césped rasurado y con depilación brasileña y con pantone homologado por la LFP y las televisiones; y sin embargo, lo que ayer había en Ipurúa no era más que un campo de fútbol de los de toda la vida, un campo de rugby en invierno, un terreno de juego como aquél de Atocha. Y la nostalgia que nos entró a algunos no venía tanto por eso, que también, sino por vernos a nosotros mismos jugando en campos embarrados – de tierra cuando jugábamos al fútbol, de un césped teórico que era peor que la tierra cuando jugábamos al rugby, como el de Cantarranas – con camisetas empapadas, botas cuarteadas, cal en la frente tras despejar de cabeza en un córner y los lagrimales llenos de barro hasta un par de horas después de la ducha.

Los menos jovencitos recordamos haber jugado mil veces en campos similares con balones Mikasa, prodigio de la industria deportiva que cuando conservaba la cubierta impermeable era de una dureza comparable a las balas de cañón que hundieron en Trafalgar al icónico navío San Juan Nepomuceno, y que cuando la perdía tenía una capacidad de absorción de agua muy superior al de la esponja natural y la bayeta Vileda juntas, dándole un peso y densidad comparable al de una Enana Marrón, capaz por tanto de lesionar gravemente unas cervicales en un despeje o de dejar la marca de la costura durante días cuando uno tenía la mala suerte de recibir un pelotazo en un muslo en día de frío. Al ver el partido de ayer uno recordaba las tardes dándole grasa de caballo a las botas y al balón que, en el caso de ser el celebérrimo “Wallaby” de rugby, lo revestía de una película viscosa y resbaladiza que hacía imposible atraparlo sin que a uno se le escurriera entre los dedos, como si fuera una trucha vivita y coleando recién salida del río, y las medias de lana gruesa, atadas con un trozo de cordón de las botas, que con el agua  se iban empapando y empapando, bajando poco a poco por la pierna hasta dejar claro que ahí ninguno jugábamos con espinilleras, hombre por Dios, con lo molestas que son y para lo poco que sirven.

Y no se crean que hablamos de los años 30, oiga, que eso era así hace bien poquito. Lo que pasa es que tanta camiseta dry-fit, tanto baloncito de playa, tanta bota de colorines de plasticucho flexible y tanto campo de césped artificial han terminado por ablandar a los futbolistas de barrio y hacerles pensar que en un césped como el de ayer, en el que se ha jugado al fútbol y al rugby durante cien años, no vale para este deporte de tiquismiquis que tanto dinero mueve hoy en día. Les llega a oír Arteche, oigan, y no tienen sitio donde esconderse.
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Salió el Atleti al campo vestido de gris hormigón aluminósico y entre la lluvia, la grada y el barro aquello parecía una escena de una película de Ken Loach; y algo así les debió decir a los jugadores el Mono Burgos, porque el Atleti salió con oficio y disciplina de minero galés, que era lo que requería el partido. Cuando tras el primer toque el balón se quedó clavado en una zona en la que parecía que podía correr, y cuando tras el segundo el balón salió disparado cuando el espectador en pantuflas esperaba que se clavase, todos supimos que el partido podría ser una trampa y de las gordas.

En el Atleti, con cambios en la alineación forzados por la sobrecarga de partidos de algunos y las amarillas acumuladas en vísperas del importante partido del próximo día 7, jugó Moyá, bien peinado y pinturero incluso bajo el chaparrón guipuzcoano, y una defensa en la que sólo Godín pertenece al grupo de los indiscutibles: Giménez quizás no juegue cuando estén Godín y Miranda, Gámez es suplente de Juanfran y Siqueira es suplente de sí mismo. De Godín y Giménez no había dudas, porque por oficio y ganas trasmiten que lo mismo les da jugar a las tres de la tarde en Agosto que bajo una nevada en Aberdeen. Ambos lo hicieron bien y se desenvolvieron con especial comodidad en las montoneras que se formaban en los córners, verdaderas aglomeraciones que daban más sensación de multitud por quedar la grada de Ipurua bien pegadita a la portería. Gámez, de quien uno podía esperar un partido serio incluso en las condiciones climáticas escocesas con las que se jugó en Éibar, hizo un buen trabajo y mostró ganas, físico y capacidad de desborde hasta el final del partido, confirmando que su fichaje no fue ninguna tontería sino  más bien un refuerzo inteligente. Siqueira, por último, hizo de Siqueira y alternó esas carreras suyas con gesto de desconocer a qué distancia está el barranco con algunos controlitos y regates de fútbol sala, la mayoría inocuos, y una de sus especialidades: la falta inoportuna en mal sitio y mal momento, un lance que empieza a conocerse como la Siqueirinha o Golpe Franco Asiqueirado. Siqueira, enloquecido a ratos  y contumaz en su locura a otros, volvió a reivindicar la titularidad pero no propia, sino la de Ansaldi. Qué tío, Siqueira.

En el centro del campo salieron Raúl, Koke, Saúl y Tiago, todos en teoría indicados para un partido de brega y choque en la marisma salvo quizás Tiago. Tiago, jugador con poco físico que gusta de bajar el balón a tierra y levantar la cabeza en corto en día de sol mediterráneo y campo seco, no parecía el más indicado para un partido en el que hay que mirar el balón con cuatro ojos para evitar que se pare en mal sitio y se vaya donde quiera, un partido teóricamente de fútbol industrial, de alto horno. El resultado de esta apuesta ya lo conocen: Tiago fue el mejor. Inteligente, buscando siempre el espacio adecuado tanto para situarse como para pasar el balón, Tiago se manejó por el pantano con maneras de aligátor. Listo, oportuno y cabal, volvió a demostrar que cuando él está el equipo gana en sensatez y control del partido, en lectura de los tiempos y espacios, en fútbol al fin y al cabo. En un año en el que estamos viendo un Godín estelar, un Juanfran brillante (salvo en los últimos partidos), un Turán cegador y un Griezmann que empieza a funcionar al nivel que de él esperamos, quizás sea Tiago quien marque más veces la diferencia desde su puesto de mando camuflado en lo alto de la colina, no tan a la vista como las estrellas, pero tan importante como ellas a la hora de elegir cómo jugar los partidos.

Junto a él jugaron Koke, que mostró más frescura que en los últimos días, y Saúl, mucho mejor en el segundo tiempo, mostrando esas cualidades suyas de todocampista perfectamente capaz de gestionar con autoridad partidos en condiciones complicadas que debería desarrollar con modestia y tesón en vez de piar de vez en cuando, tomando como ejemplo a Koke, a Gabi, a Raúl, tipos con un peso futbolístico enorme que se ganaron ellos solitos los galones, sin refunfuñar ni desesperarse. Raúl en particular hizo ayer un partido enorme, pleno de brega y contundencia, dando un pase de gol a Griezmann tras un movimiento estupendo y huyendo, esta vez sí, de esas quejas exageradas y constantes con las que mancha sus partidos últimamente. Y eso a pesar de que Irureta se mostró enfadadísimo en un choque fortuito, uno no sabe si para sacar a Raúl de sus casillas y abocarle a esas discusiones tan suyas que duran quince minutos, o como resultado de la fama de bronquista que se ha ganado el navarro últimamente por su propia actitud rabiosa. Sea por lo que sea, bien haría Raúl en tomar nota y evitar situaciones negativas por el equipo fácilmente evitables en cuanto se ponga a ello y concentrase en actuaciones como la de ayer, algo que en Newcastle le valdría para que pusieran su nombre a una calle.

Y, para terminar, Griezmann y Mandzukic. El primero metió un buen gol tras una gran jugada de Raúl, aprovechando que por su lado no había trincheras y confirmó su adaptación al equipo y al medio; el segundo metió dos goles en un campo que se presuponía favorable a sus condiciones de juego de caballería pesada, en el que curiosamente mostró más detalles de técnica depurada que en otros terrenos más secos, para desesperación e irritación del bravo Lillo, que acabó harto del croata mientras éste disfrutaba del partido británico de lluvia, barro y lucha. Griezmann y Mandzukic, uno por la parte seca y a galope pinturero y el otro en pleno barrizal con brega de boxeador irlandés,  hicieron su trabajo estupendamente y contribuyeron decisivamente a que el Atleti cerrase el partido pronto, algo clave en un campo complicado y ante un rival bravo y peleón que, a pesar de los tres goles en contra, ni se dedicó a dar patadas ni a tirar la toalla antes de tiempo.

De nuevo tras una derrota o un revés, el Atleti dio un puñetazo en la mesa (algo que curiosamente suele ocurrir en los campos del Norte) y lo hizo dando una imagen convincente de juego, plantilla y adaptación al medio. En una semana en la que van a arreciar esas acusaciones de violencia y mal juego que el Atleti se entretiene en desmentir con hechos cada dos partidos, un golpe de autoridad y solvencia como el de ayer contra el gran Éibar es valiosísimo. Imaginamos que Gárate, en el aniversario de Luis, estará de acuerdo con esta apreciación.



domingo, 23 de noviembre de 2014

Crónica marciana del Atleti - Málaga

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Hay gente que tiene un talento especial y se dedica a crear cosas para que el resto de gente disfrute en vez de dedicarse única y exclusivamente a observar con gesto complacido su propio ombligo. Entre esa gente con talento, que no es mucha, hay quien se entretiene en hacer saber a todo el mundo lo listísimos que son, pero hay también algunos que no alardean ni un solo segundo sobre su valía extraordinaria, haciendo estar cómodo a cualquiera que esté junto a él por muy limitado que sea. Hay quien, teniendo esa capacidad especial, reclama para sí el centro de las conversaciones, haciendo girar al grupo en torno de su ingenio y capacidad para decidir qué es ocurrente y qué no, pero hay también quien hace sentirse bien al resto, escuchando cada frase, manteniendo la capacidad de agradecer y asombrarse amistosamente ante las ocurrencias quieroynopuedistas de la concurrencia sin juzgar ni mostrar condescendencia.

Hay quien tiene una cultura vastísima y un excelente gusto musical y se entretiene en hacer saber a los cuatro vientos lo muchísimo que sabe, lo refinado de su paladar, lo simplón que le resulta el gusto de la masa, lo profundamente que aprecia las caras Bs de los singles inéditos de los primeros trabajos de las bandas más oscuras, siempre y cuando fuera con la formación original y antes de su primer éxito comercial porque, como bien saben los expertos e ignora el pueblo, el realmente bueno del grupo era ese bajista que sólo grabó una maqueta y luego desapareció para hacerse encargado de la planta de caballeros de un gran almacén; pero también hay quien, sabiendo todo esto y habiendo estudiado todo esto y hasta coincidiendo a lo mejor con los extremos más elitistas de la reflexión precedente, ni menosprecia el gusto de los demás ni alardea del paladar propio, quien comparte las joyas ocultas para que el resto también las disfrute, quien agradece al vecino cuando éste le descubre algo que luciría como una condecoración en la solapa de algún gurú cultural o le recuerda una canción olvidada de esas que alegran la mirada cuando se vuelven a ver.

Hay gente capaz de mostrar sentido común, respeto y sensatez mientras trabaja, mientras toma un vino o mientras opina en un foro de Internet sobre algo tan importante y a la vez tan tonto como es el fútbol, por el que otra gente pierde las formas, la razón y el saber estar. Hay gente, muy poca gente, que teniendo ese don de la observación y el talento - y posiblemente por eso – es capaz de disfrutar de las cosas pequeñas tanto como de las más asombrosas, quien valora una cerveza tras el partido tanto como una obra maestra de la HBO. Hay gente que tiene el don de convertir un día especial – una final de la Europa League, por ejemplo – en un día inolvidable entre cervezas en bares oscuros y conversaciones sobre música, fútbol, fanzines ingleses y la vida en general.

Hay gente admirable que se comporta como si admirase al resto y hace sentirse cómodo a todo el que le rodea. Hay tipos que tienen el don de brillar sin cegar, de asombrar sin incomodar, de provocar admiración sin hacerle a uno sentirse más pequeño. Hay gente que pasa su tiempo trabajando para que el resto seamos mejores y más felices y no siempre nos damos cuenta. Hay gente capaz de ver en un muñeco de futbolín cosas que llevaría páginas describir.

Hay gente, muy poca gente, verdaderamente extraordinaria. Hay gente increíble que habita entre nosotros y a lo mejor no se conoce tanto como debiera. Hay gente gigante llena de talento y de nobleza, superhéroes que sobrevuelan por encima del resto viendo cómo entramos y salimos de los bares, tomando nota y devolviéndonos cosas que nos hacen ser mejores. Y de estos, suerte que tenemos, alguno es del Atleti.

Hay tipos realmente increíbles, y luego, ya en un nivel superior, está Pablo Olivares.

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En sábado de noviembre con temperatura de marzo, tras dos semanas sin fútbol de clubes en las que, como viene siendo tradición, hay que aguantar un chaparrón especialmente copioso de tontunas triunfalistas y partidistas sobre jugadores que hicieron partidos de época contra selecciones que en España no llegarían a jugar en Segunda B Grupo 4, en el que milita la Gloriosa Balompédica Linense, volvió el Atleti al Calderón.

A modo de inciso, uno nunca ha entendido bien por qué, cuando el Atleti vuelve a casa tras dos semanas de audiencia, no repican desde un par de horas antes las campanas de la catedral de La Almudena, no se corta el centro al tráfico para que la afición desfile en pasacalles hacia el estadio, no se lanzan fuegos artificiales y pétalos de rosas rojas y blancas desde los balcones más altos de las calles más antiguas, no suena a las horas en punto y las medias “The Boys are back in town” de Thin Lizzy por la megafonía antiaérea, no se hace un cambio de guardia en el Palacio de Oriente al ritmo de cierta canción de Glutamato Ye-yé, no ondea la bandera rojiblanca en edificios oficiales, sedes diplomáticas, clubes de ajedrez, locales parroquiales, puentes del Manzanares, antenas de comunicaciones, aviones de línea y monumentos histórico-artísticos (lo que obviamente excluye La Violetera de Gran Vía) y no hay hora feliz en todas las tascas de los distritos de Latina, Carabanchel y Arganzuela, subvencionada por la duplicación simultánea de precios en los bares de Chamartín, Salamanca y Puerta de Hierro. Hay cosas que no se explican, a ver si se va ya esta alcaldesa que, además, tiene la ciudad hecha una guarrería.

El caso es que el Atleti volvía a casa tras ese mal partido de San Sebastián que nos hizo a todos quedarnos con cara de bobo unos días, echando de menos a ciertos jugadores y sospechando sobre la verdadera capacidad de otros, pensando en qué cambiar para que no cambie el recuerdo de ese equipo rodillo que convirtió el mes de mayo de 2014 en el mejor mes de nuestras vidas. Venía además al Calderón el Málaga, buen equipo que llegaba a Madrid con la posibilidad de adelantar al Atleti en la clasificación en caso de ganar el partido, arropado desde la grada por un grupo numeroso concentrado en el fondo Norte y multitud de aficionados mezclados en zona de socios del Atleti que, como debe ser, celebraron el gol de su equipo y charlaron con la grada sobre sus propios jugadores y esperanzas para el año en curso con total tranquilidad y acento del Rincón de la Victoria.

Salió el Atleti con un equipo que nos gusta, sin Miranda pero con Giménez, jugador joven que juega como un veterano y se comporta como un treintañero con miles de tiros pegados al que el futuro ofrece días de vino y rosas si accede a dejarse aconsejar por el enorme Godín. Salió el Atleti con Ansaldi en la banda izquierda, jugador que transmite mucha más sensación de sensatez que el enloquecido Siqueira, y con tres jugadores finos tras Mandzukic, esto es, Koke, Arda y Griezmann, ahí es nada. Salió el Atleti con un único punta que anduvo espeso y medio lesionado, y salió con un doble pivote en el que el que suscribe ve la clave de muchas cosas.

Por delante de la defensa, en esa zona que es sala de máquinas, puente de mando y documento de identidad del equipo a la vez, el Atleti salió con Gabi y Tiago. Gabi, que quizás no esté al nivel estratosférico del final de temporada del año pasado pero ni  mucho menos – piensa el que suscribe – está al nivel mediocre que algunos aficionados denuncian, jugó bien y acabó expulsado. Gabi corrió, ocupó espacios, recuperó balones y también hizo algún pase directamente al rival y se llevó una segunda amarilla justa y bastante tonta. Gabi volvió a marcar el inicio de la presión, el toque a rebato que marca la salida general al galope que tanto temen los equipos rivales; sin llegar a la intensa perfección del año pasado, Gabi hizo un buen partido que terminó siendo de color más pálido por una expulsión evitable, y que volvió a lanzar al foro una cuestión recurrente: ¿es Tiago la clave de muchas de las mejorías que experimenta el equipo?

Tiago volvió a dar ayer un curso acelerado sobre las virtudes del medio centro: intuición a la hora de ir al espacio, visión de juego para anticiparse, robar y salir, colocación para hacer más fácil el juego de todos los demás, contundencia en el corte, complicidad con la grada cuando un compañero necesita un aplauso. Sin necesitar un despliegue físico excesivo, sin tener que recurrir a sprints ni galopadas, Tiago aparece donde hace falta por mera visión, anticipación, inteligencia, experiencia. Esa ocupación de espacios parece hacer más fácil la vida del resto, contentos por tener que limitarse a cubrir su parcela con la dedicación que les pide el banquillo, sin preocuparse de cubrir esos huecos en el mismo centro de la acción que a veces se producen. Con Tiago y Gabi en el campo los centrales parecen más cómodos, para encimar, robar y despejar, porque los pocos balones que llegan a los centrales lo hacen en situaciones poco ventajosas para el rival: con Gabi y Tiago, los talentosos trescuartistas pueden desentenderse algo de sus misiones de defensa, sabiendo que la parcela central está ocupada siempre con rigor táctico y compromiso y las bandas por dos laterales serios y rápidos. Con Tiago, cree el que suscribe, el equipo mejora, el equipo es más equipo, menos blando que con Mario y tiene más solidez en la zona de cimentación, la clave del éxito del Atleti del Cholo.

Pero, ¿y delante? Pues delante la cosa parece un poco más complicada. Mandzukic, que tuvo que retirarse lesionado, no tuvo su mejor día y únicamente aportó trabajo a la línea de detrás, con Arda, Koke y Griezmann jugando más cómodos por el apoyo que les llegaba del Sur pero sin la referencia norteña que otras veces es el croata, que únicamente brilló en un pase a Arda en la jugada del segundo gol.  Koke, sobresaliente como tantas veces y más listo aún si cabe en varios robos y anticipaciones, y Arda, con unos de esos partidos en los que se ve que está cómodo desde el primer momento, recibían menos miradas que Griezmann, el tercer hombre. Griezmann, que no acaba de hacerse con la confianza de grada y banquillo, salía en casa de titular con dos finos espadas a su lado, en una ocasión señalada para mostrar su importancia. Griezmann marcó y mostró su clase, pero también algo de ansiedad, algo de prisa, algo de exceso de ganas de agradar. En un par de ocasiones abusó de la jugada individual, en otro par mostró pocas luces cuando la situación las requería. Junto con el partido gris de Mandzukic y la poca entidad del juego de Raúl Jiménez (de nuevo poco interesante y poco intenso, de nuevo sembrando de interrogantes su futuro en el Atleti), el partido del Atleti deja sin resolver la cuestión que nos ocupa desde hace unas jornadas.

Y es que la sensación que da el Atleti este año es de buen equipo que funciona al que le falta la guinda. Mientras que la defensa y el centro del campo  - sobre todo cuanto está Tiago – sigue dando sensación de solidez y solvencia, al Atleti le falta algo arriba. Griezmann aún no es el Griezmann que creímos haber fichado, Mandzukic es muchas veces más un defensor que un atacante. Cerci, reivindicativo y bastante mal peinado, no ha demostrado ser una alternativa solvente al día de hoy  y Raúl Jiménez va dejando cada vez más claro que, por ahora, este Atleti le queda grande. Sólo Raúl García, intenso desde el primer segundo de cada una de sus apariciones, parece ser capaz de mantener el nivel  que el equipo requiere y, hoy por hoy, sería una alternativa más sensata al delantero centro de la que es Jiménez. El Atleti saca adelante partidos gracias al talento de muchos de sus jugadores y a la maquinaria defensiva cuyo manual de empleo ha grabado Simeone a fuego en el cerebro de la platilla. El día que Griezmann se quite el peso del precio de su fichaje y la ansiedad por demostrar su valía y – quizás – coja los tres kilos de  músculo que sus tareas defensivas demandan, la máquina defensiva puede convertirse en un tanque imparable.  

Mientras tanto, suma y sigue, el Atleti sigue ahí a pesar de los pesares, invitando a pensar en positivo una vez se resuelva el dilema de la punta de la lanza. Intacta la confianza en las dos líneas de atrás, se antoja urgente afinar la delantera sin perder ritmo con el resto de equipos de cabeza.

En espera de la llegada de la solución, por ahora sólo hay una cosa cierta: desde hace pocos días uno de los nuestros, sin duda uno de los mejores y al que echaremos mucho de menos en todos y cada uno de los partidos, puede por fin conocer cómo es la vida en Marte.