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lunes, 31 de agosto de 2015

De despedidas y victorias importantes (completo)



1. Adiós, Mr Will Kane

De sopetón, un poquito antes de que empezara el partido, nos enteramos de que Raúl García no se vestía de corto. Qué raro, qué sorprendente, a ver si es verdad eso que decían de que el Athletic de Bilbao le había hecho una oferta y que, por primera vez desde que llegó al Atleti, se planteaba irse. La sospecha se convirtió en rumor y éste en runrún en las redes sociales y finalmente en posibilidad más que probable, en noticia, en confirmación oficial, en anuncio de los clubes y en disgusto para buena parte de la parroquia colchonera.

Raúl, que así a lo tonto llevaba 8 temporadas en el Atleti jugando unos 50 partidos por año, deja estadísticas de jugador grande y un saco de títulos en esta época dorada en la que sólo él ha estado presente cuando se han conseguido las 7 últimas copas. Deja también imagen de guerrero, de hombre de club, de maravilloso compañero de sus compañeros, de buen profesional, de tipo dispuesto a romperse la crisma en un partido de treintaidosavos de Copa con la misma fe que en una final de Champions. Deja duelos a cara de perro con rivales odiados y advertencias a los que se han atrevido a menospreciar la camiseta o el compañero, deja odio en alguna grada rival y el respeto y casi temor de todos los equipos contra los que ha jugado, que coinciden en que Raúl mejor al lado que en frente, mejor sentado que jugando en contra, mejor lejos del campo propio que mostrando malas pulgas en las visitas. Raúl deja goles importantísimos, partidos imponentes, algún fallo clamoroso, miles de kilómetros recorridos, cientos de choques en el cuerpo a cuerpo, muchas (quizás demasiadas) quejas al árbitro, algunas malas formas con rivales, sustos a la grada cada vez que se quejaba de haber recibido un golpe en su prominente nariz navarra. Deja también destellos de clase, tiros brillantes con las dos piernas, goles importantísimos, litros de sudor y horas con la mandíbula apretada con el único objetivo de hacer ganar al Atleti.

Y lo más admirable es que deja todo esto con brillo de jugadorazo pero en silencio, sin quejas cuando no jugó, sin declaraciones demagógicas cuando lo hizo bien, sin aspavientos cuando las cosas fueron bien o fueron mal. Raúl se va del Atleti con números de jugador histórico y modales de jugador antiguo de esos de barro en las medias y botas negras, sin alardes, sin reproches, sin tontunas. Raúl jugó donde se le pidió que jugara, le viniera bien o mal, y siempre cumplió, a veces con mucho esfuerzo, otras con brillo. Fuera de su sitio lógico, compartió doble pivote con jugadores limitados o directamente caraduras, apagando fuegos lejos de donde le gusta estar pero sin escatimar una carrera o poner una mala cara. Cuando Simeone le puso más cerca del sitio donde mejor funciona marcó goles e hizo partidazos y ningún momento se señaló el número ni reclamó gloria ni exigió su titularidad ni hizo guiños cómplices a la grada para poner en el disparadero a un compañero o al entrenador. Cuando jugó en una banda siempre coincidió con un buen partido de su lateral, incluso a costa de su propio brillo; cuando jugó de segundo delantero marcó y se fajó con todos, cuando tuvo que jugar de único punta mantuvo al equipo rival agobiado en la salida de balón. Cuando tocó defender Raúl era el primero, cuando un compañero estaba en apuros Raúl era el primero, cuando nacía una tángana con los rivales allí llegaba Raúl, con la nariz por delante, desafiando a que alguien osara tocársela.

Raúl ayudó siempre al equipo y ayudó, sin que la grada se diera cuenta, a que la grada entendiera que no todo son filigranas y portadas de periódico, que no todo son regates y rabonas, a que recordara lo que era un jugador de Club, a que entendiera más de fútbol. Raúl pertenece a ese grupo de jugadores al que la grada del Calderón, vehemente para lo bueno pero también para lo malo, criticó con crueldad cuando su cometido no era brillar sino echar carbón a la caldera. A Raúl se le ha pitado en el Calderón sin medida y sin razón, se le han negado méritos y resaltado defectos, se le ha afeado un mal control en el minuto 80 tras haber hecho un partido serio y competente hasta ese momento. La grada, injusta y cabezota, atribuyó con demasiada frecuencia a la suerte cada buena acción de Raúl, sin reconocer una calidad con las dos piernas que sorprende en un tipo de su arrojo y envergadura. La grada, no toda, despidió a Raúl en muchas ocasiones con pitadas generalizadas entre las que se distinguían, como flores en medio de un parking, a diez, doce, veinte, treinta tipos en pie aplaudiendo al que todos denostaban.

Pero con el tiempo, y con el Cholo, Raúl fue mostrando lo que siempre había sido y algunos no veían, hasta el punto de que, cuando las cosas se ponían feas, no era raro escuchar cómo los mismos que silbaban hace años  reclamaban la salida de Raúl al campo. Raúl y sólo Raúl, con el apoyo de los compañeros y el Cholo, convirtió el calvario de los primeros años en la admiración general e incluso el respeto, a regañadientes y muchas veces obligado por la fuerza de lo obvio, de los más críticos, de los más voceras, de los defensores de ese fútbol superficial que ensalza ídolos a los dos días de llegar sin mirar quién estuvo en los talleres desde el primer momento hasta que el carro se convirtió en bólido.

De pedir su venta a grandes voces a pedir su ayuda cuando entraban los malotes al bar, la afición fue poco a poco cambiando de opinión, lo que honra a Raúl por conseguirlo y al Calderón por hacerlo. Raúl se va ahora y deja una enorme sensación de vacío, la duda de a quién acudiremos para un roto o un descosido cuando los partidos se pongan duros, cuando se lesione un jugador con mal repuesto, cuando haya que hacer frente a las intimidaciones de los rivales. Se va Raúl y deja una buena papeleta a los compañeros: ¿quién asumirá su papel, sus galones? ¿Quién será capaz de transmitir al resto la confianza que daba el navarro? ¿A quién recurrirá el entrenador para las misiones complicadas, esas que requieren meterse tras la línea enemiga sin comida ni brújula armado con un sacacorchos? Y, sobre todo … ¿quién tendrá los santos cojones de salir a jugar en un campo helado a siete bajo cero en manga corta?

Se va Raúl y el que suscribe, que siempre mostró su admiración por el navarro, se lleva un disgusto y a la vez se queda contento. Disgusto por la pérdida de un jugador valiosísimo que nunca dejó de hacer lo que debía incluso en los momentos más difíciles, porque se va el mascarón de proa del equipo del Cholo, el que indicaba con la nariz dónde estaba la siguiente ola que había que romper a cabezazos. Contento por la despedida de la gran mayoría de la afición, por el sentimiento generalizado de respeto y agradecimiento que se vio en las redes sociales, porque se va al Athletic de Bilbao, donde muy mal se tendría que dar la cosa para que no sea feliz e importante en un club con esa solera y ese empaque, para disfrute de muchos amigos.

Se va Raúl y a uno le apetece despedirle con una ovación cerrada y en pie, viendo cómo incluso aquellos que se cebaron en sus defectos y tardaron en ver sus virtudes por puro orgullo o ignorancia, muestran en silencio su respeto como esos lugareños acobardados que no apoyaron al sheriff cuando llegaron los malos y ahora comprenden que fue él quien terminó por salvarles la vida. Y es que es el Will Kane de Zizur, el sheriff el que ahora se va, como siempre sin alardes, casi tímido, abriéndose paso entre una multitud vestida de rojo y blanco que se queda a la vez un poco más vulnerable y un poco más orgullosa por haber compartido años con un jugador honrado.

Gracias por todo, D. Raúl García Escudero. Fue un placer verle jugar con nosotros, fue un orgullo que se sintiera de los nuestros, fue una fuente de alegría saber que estaba siempre ahí dispuesto a ayudar para que nosotros disfrutáramos de las Copas. Mucha suerte en el futuro, vuelva Vd cuando quiera y llame de vez en cuando, que los chavales le echarán de menos. 





2. Suerte, oficio y ganas

Llegaba el Atleti a Sevilla a jugar el primer partido gordo del complicado inicio de liga que el bombo tuvo a bien señalar, y se encontró con un Sánchez Pizjuan remodelado y la mar de bonito, rojo rojísimo como San Mamés, estadio del que es difícil no acordarse cuando se ve el nuevo Nervión. El Sevilla ha tenido a bien darle un lavado de cara al estadio, como también ha hecho el Atleti, y ha aprovechado para poner entre los graderíos unas frases rimbombantes, muy del gusto del aficionado que en los últimos tiempos atribuye y espera del fútbol una solemnidad repentina que no se explican los psicólogos.

De un tiempo a esta parte se diría que hay una furia solemnizadora del fútbol que uno no se explica bien. Desde hace unos años los nuevos himnos son rimbombantes, tan rimbombantes como antes pero sin esa cosa inocente de los alabín alabán y rá-rá-rá sino con un deje un poco chocante a medio camino entre los comics de espada y brujería y las hermandades secretas. Los himnos de los centenarios de buena parte de los clubes de la geografía patria hablan de leyendas antiguas, de inscripciones en piedra en monumentos funerarios enterrados, de héroes con coraza y espada, de pueblos señalados por el dedo divino. Los equipos parecen de repente obsesionados con obtener en poco tiempo y por obra de la mercadotecnia la solemnidad y tradición que tienen los equipos ingleses, sean grandes o modestos, gracias a una cultura de conservar las tradiciones que aquí nunca se ha tenido. Así, de pronto, todo club saca pecho del pasado y hace guiños a su historia cuando nunca la respetó, y recupera escudos añejos, reclama copas desconocidas, hace aparecer por arte de birli birloque costumbres que nadie recuerda y llena su estadio y su web de frases campanudas y desafiantes.

Ayer podía leerse en el Pizjuan “Nervión no regala puntos” y “Dicen que nunca se rinde”, frases que sin duda proceden de himnos y tradiciones recientes que, a fuerza de poner en lugares destacados, el Club (entiende uno) quiere convertir en leyendas heráldicas de la afición sevillista. Otros clubes probablemente estén haciendo lo mismo y no nos extrañaría ver en breve leyendas similares: “Mestalla no paga traidores”, “Riazor bien vale una misa”, “Os quedáis con Las Gaunas”, “Los Pajaritos por aquí, Los Pajaritos por allá, lálálá lá”. Todo esto, que nos parece muy bien, nos resulta también algo infantil: las tradiciones son fantásticas, pero siempre que sean tradiciones, no decisiones recientes envueltas en un halo épico para enardecer a los más inocentes.

Querer convertir en solemne lo que siempre se ha considerado un pasatiempo de fin de semana puede resultar artificial; querer convencerse de que los equipos de cada uno son los Tercios de Flandes que defienden el honor de la ciudad frente a hordas bárbaras puede resultar peligroso y sobre todo ridículo (algo en lo que por cierto la afición del Atleti es bastante puntera). Sobre este tema, no viene mal ver qué han hecho en Twitter al respecto los aficionados del Celtic de Glasgow, uno de los equipos con más tradición e identidad del mundo, de los que no necesitan recordar a cada minuto lo auténticos que son para serlo en realidad, al recibir amenazas por Twitter de los aficionados del Fenerbahce. Para ello, consulten el hashtag #ThatsNotAKnife.
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Salió el Atleti la mar de guapo vestido y si no fuera por la cantidad de pegatinas blancas que lleva la camiseta suplente, se diría que iba vestido de infante de marina en traje de gimnasia, de sobrio azul oscuro y medias rojas. Hacía tiempo que el Atleti no tenía una segunda equipación azul oscuro liso, un color bastante atlético que Aquél Que Diseña Las Camisetas tiene a bien ignorar año tras año decantándose por ejemplo, como el año pasado, por un gris Panza de Burro en velado homenaje al color de pelo del presidente de la entidad. Desde nuestra modesta atalaya de control cromático damos la bienvenida a la nueva equipación, que además nos trajo suerte.

Porque el Atleti, hay que decirlo, tuvo suerte. No tuvo suerte al repeler el arreón inicial del Sevilla, que mostró ambición y fuerza durante los primeros diez minutos del partido, sino que  el Atleti se hizo con el control del partido por tesón y solidez, firmando un magnífico primer tiempo, serio y solvente. Sí tuvo algo de suerte en el primer gol, en el que Griezmann peleó como se espera de él un balón desde el suelo para, tras un rebote, sacar de punterita una pelota que le llegó cómoda a Koke, que se había incorporado tarde. También tuvo suerte en el segundo gol, a tiro lejano de Gabi que rebotó en el fantástico Krychowiak, eficaz todo el partido y que sin embargo contribuyó a la derrota por no apartar el lomo antes, qué cosas pasan. No tuvo tampoco suerte en el tercer gol, en el que Beto dejó claro que no está a la altura del resto del equipo y Jackson Martínez que tiene tiro de lejos, algo que no abunda en el Atleti de este año.

Y aún así, con suerte en dos de tres goles y con un rival con muy buena pinta, no puede decirse que el Atleti no mereciera ganar. Quizás no por 0-3, quizás de forma más ajustada, pero un empate se habría antojado muy corto aunque una amplia mayoría de seguidores rojiblancos lo habrían firmado antes del partido. Y es que el Atleti, que hasta ayer había dado la impresión de estar aún de pretemporada y sin ritmo para jugar partidos duros, mostró una imagen mucho más seria, más compacta y solvente de la que muchos esperábamos precisamente contra un buen equipo que ya había empezado su competición oficial unos días antes, en un estadio complicado en el que pasarán muchas fatigas los equipos grandes de la liga.

Y es que el Atleti hizo un partido poderoso, rechazando con autoridad el envite inicial del Sevilla, tomando luego el control del partido, gestionado la ventaja de un gol con solvencia y capeando el temporal de los primeros veinte minutos del segundo tiempo, en los que el Sevilla dio una muy buena imagen. Y todo esto, ¿por algo en especial? …. Pues sí y no. Porque el Atleti, en general, jugó bien y porque todos sus jugadores lo hicieron estupendamente. Lo hicieron bien los centrales, con mucho trabajo vista la idea del Sevilla de hacer llegar balones a Llorente, recién aterrizado en la liga y demasiado blando como para hacer dudar a la pareja uruguaya del centro de la defensa, y eso que llevaba Wonderbra. Jugaron bien los laterales y jugó bien Tiago, pero el resto jugaron aún mejor.

Gabi, y estas son grandes noticias, parece que vuelve a ser el Gabi de hace dos años, ese portento físico y agresivo que tira la presión, recupera balones y sale jugando. La presión de Gabi y la capacidad de Koke y Óliver Torres para recuperar y no perder balones convirtieron en un tormento para el Sevilla cada intento de salir jugando; por si esto fuera poco, la constante pelea arriba de Torres, incansable y solidario en su nuevo (aunque no desconocido) papel de portor de la estrella del tirabuzón y el triple mortal, y las bajadas a combinar de Griezmann cerca del centro del campo le dieron al Atleti el control del partido cuando hacía más falta, minando la moral del Sevilla, que vio reducidas sus posibilidades de éxito a un juego más directo y menos elaborado en el que Godín y Giménez están la mar de contentos.

Sumando las ganas de Óliver Torres a la hora de recuperar balones y hacer coberturas, la mayor implicación en el juego de Griezmann cuando andan cerca Koke y el propio Oliver y el poder intimidatorio de Torres primero y Jackson después, parece que el Atleti tiene grandes posibilidades de recuperar esa presión alta infernal de hace dos años, con una diferencia: si el año en que se ganó la liga el principal recurso era el balón largo a Diego Costa, con el plantel actual parece que a esa furia recuperadora le puede seguir un juego más combinativo y fino, más de toque y posesión entre los centrocampistas de más toque y Griezmann, que una vez más se antoja importantísimo en el esquema. Si se cumple lo visto hasta ahora en él, esto es, una mayor implicación en el juego a la hora de recuperar y esa gracia divina que le hace estar donde más peligro genera en cada jugada, el Griezmann de este año nos puede hacer ver al del año pasado como un burdo boceto.



El Atleti ganó pues con autoridad en un campo en el que no será fácil ganar para nadie. El Sevilla tiene muy buena pinta y con algo más de contundencia atrás y un portero más constante será un rival temible. Mientras tanto, el Atleti vuelve a casa con una papeleta aún más complicada, el Barcelona, que no parece en su mejor momento pero sigue teniendo a los mejores jugadores de la liga en muchos puestos. Para ese partido, eso sí, no estará el homenajeado en todos los goles de ayer, el 8, ese gran tipo al que  el Club ha dejado marchar porque se ha merecido, con los servicios prestados, poder elegir su futuro y contar con todas las facilidades desde el Atleti. Le echaremos de menos el próximo partido, que es de los duros, pero ahí estaremos, como siempre estaba el 8.

lunes, 13 de abril de 2015

Uno a uno ante el partido-a-partido que nos queda (II): los del medio

Gabi: quizás lejos del impresionante estado de forma del año pasado, pero no tan lejos como alguno comenta con insistencia, Gabi sigue siendo imprescindible en el centro del centro, por delante de los centrales, tras los jugadores más creativos. Algo más impreciso que el año pasado, perdiendo más balones de los que en él era habitual el año en el que se consiguió la Liga, con quizás algo menos de fuelle, es posible que Gabi haya acusado su complicada situación judicial y el hecho de que los jugadores y entrenadores rivales hayan analizado meticulosamente el sistema de juego del Atleti y el papel fundamental del capitán, lanzando la presión y adelantando toda la línea a su toque de corneta gracias a un fondo físico de maratoniano, una determinación de conquistador extremeño y un compromiso de legionario con tatuajes.

Quizás la carrera de Gabi, larga y compleja por haber sido entrenado para ser un talentoso creador de juego y lanzador de ataques teniendo que convertirse con los años en un pulmón defensivo con un carácter de roca, empiece a declinar; aún así, hoy por hoy y asumiendo que no está en el maravilloso momento del año pasado, Gabi sigue siendo un jugador magnífico muy útil para el equipo y, visto lo visto, sin sustituto de garantías.

Tiago: magnífico en lo táctico, entrenador en el campo y dueño de los tiempos y los espacios, Tiago está haciendo una temporada espectacular sólo lastrada por sus propias limitaciones físicas y algún partido en blanco difícilmente explicable. Tiago, que parece mucho mejor jugador que cuando llegó, manda en el centro del campo y resuelve en corto y algo menos en largo, desahoga a centrales y centrocampistas, ocupa los espacios con sabiduría de arquitecto urbanista y soluciona problemas con la eficacia del Señor Lobo. Por si esto fuera poco, ha sido clave en la estrategia de córners a favor y muy importante para defender los saques de esquina en contra, ha marcado goles importantes y ha sido la parte principal en muchas de las buenas actuaciones del equipo: se diría que cuando Tiago está bien, el equipo es más sensato, menos vulnerable, lee mejor los partidos, las fases de los mismos. Con Tiago el Atleti es más sereno, tiene las ideas más claras; con Tiago el Atleti es más preclaro, gana los debates televisados sin dar voces, se acuerda de los cumpleaños de todo el mundo y nunca aparca fuera de los límites de la plaza de garaje.

El problema al que se enfrenta Tiago es doble: por un lado su físico, nunca demasiado exuberante, que le pasa factura por cosas de la edad y por estar en un puesto en el que a menudo tiene que emplearse en defensa recuperando posiciones tras carreras largas; por otro, alguna que otra inexplicable ausencia de espíritu a pesar de estar físicamente en el campo, en ocasiones en las que ha sido incluso sustituido al descanso. Hasta en eso Tiago es sensato y profesional: si no está, queda claro a los tres minutos. Eso sí, hoy por hoy eso es lo excepcional y han sido mucho más numerosos los partidos en los que Tiago ha sido la materia gris y el gestor del Tetris ofensivo y defensivo del equipo que un jugador desbordado. Hasta ahora,  Tiago es indispensable en la media y un jugador con muchísimo peso en el juego del equipo.

Koke: una de las estrellas del equipo, uno de los orgullos de la cantera y la afición, un jugador que, a pesar de estar en un nivel altísimo, sigue mejorando casi día a día. Koke, que en un momento dado hace dos años lanzó señales de que quizás no sería capaz de llegar donde todos queríamos, recogió el guante y se lanzó con ganas y acierto a convertirse en un todocampista asombroso, notable alto en todo, completo en cada fase del juego. Hábil, técnico, con muchísima facilidad para el pase largo y para salir en corto, Koke además ha aprendido cómo ser casi inaccesible para los rivales que intentan quitarle el balón, que se topan con un experto en mantener la bola controlada en situaciones complicadas al que antes no conocían. Potente aunque no rápido, con muchísimo despliegue físico y mucha calidad técnica, a Koke sólo le falta un punto de mentalidad asesina para hacerse con los galones de Capitán General en el Atleti y la selección. Y ya empieza a mostrar esa personalidad, con ese gesto característico con la mano de pedir a los compañeros que espabilen para lanzar la presión.

Con una puntuación de 8,5 sobre 10 en prácticamente todo,  si Koke convierte más goles por temporada será sencillamente un jugador de leyenda que esperamos que pase toda su carrera en casa. Su presencia en el equipo, tan valiosa como añorada los partidos en que ha estado lesionado, se antoja imprescindible sobre todo en los días más complicados.

Arda: rara vez un tipo ha conectado tan rápido con grada y equipo, rara vez un tipo pone a todo el mundo de acuerdo en tan poco tiempo, rara vez un tipo tan simpático se hace tan simpático sin hablar una palabra del idioma local. Culibajo, con andares de ánsar y aspecto de gran jugador de dominó, Arda oculta con su físico lo que realmente es en el campo: un filigranero, un jugador de talento y pellizco, un bailarín, un artista. En el comando de asalto de Simeone, Arda es el encargado de abrir las cerraduras y cajas fuertes que ni los explosivos plásticos más potentes son capaces de dañar, y lo hace con facilidad, usando un cortaplumas y un clip deformado y además muerto de risa. Es el encargado también de hacer brillar la insiginia del capó de un equipo hecho de acero industrial y mentalidad de alto horno, de levantar murmullos de admiración en la grada, de llevar la sonrisa a la afición que ve el partido con mandíbula apretada y mirando el cronómetro, de hacer felices a los gruñones.

Arda tiene, como los toreros grandes, el don de parar el tiempo al recibir el balón, de que los aficionados despistados reciban un codazo del vecino cuando la bola se acerca a su zona de influencia, de generar la sensación de que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa y uno debe estar atento para decir "yo estuve allí". Excesivamente barroco en algunos casos (algo que se jalea desde ciertos sectores normalmente refunfuñones pero irremediablemente entregados a la causa turca con pasión de viuda joven y ceguera de adolescente enamorada), ausente en muchos tramos de muchos partidos, Arda se hace perdonar todo por varios motivos: su sorprendente fiereza al tirarse al suelo rebañando balones, su sonrisa gamberra cuando la pifia, su indudable carisma y conexión con la grada, sea regateando rivales, pelándose en un vestuario tras obtener una Copa o bailando cerca de Neptuno con sus gafas redondas de sol, su barba de califa y su sonrisa de tipo que sabe que hace feliz a los niños. Por todo eso, pero sobre todo por ser un futbolista diferente y magnífico, Arda es claramente titular en los partidos grandes, quizás suplente en los más asequibles para preservar así fresco su talento, con el mimo con el que se preservan las orquídeas.

Mario Suárez: Mario Suárez el Raro, el sorprendente, el desesperante, el jugador inexplicable. Con buen físico, buena técnica, buenos mimbres y una cabeza imprevisible, Mario alterna grandes actuaciones en partidos complicados con fases desastrosas en partidos cómodos. Mientras que en las ocasiones en las que no tiene tiempo y debe emplearse con contundencia parece siempre metido en el partido y capaz de sostener él solo la media, la relajación en la que entra en las fases más sencillas de los partidos más cómodos le convierten con frecuencia en un problema inesperado para el equipo. Capaz de dar un pase medido al contrario (algo recurrente en él) en el peor  momento posible, de perder balones en esos momentos en los que hay que hacer cualquier cosa menos perder el balón, de intentar corregir un error haciendo una falta clarísima y anunciada con estruendo antes de que ocurra que no hace más que empeorar las cosas, Mario es muchas veces un jugador desesperante.

Llamado a disputar el puesto a Gabi y/o Tiago y al menos a quitar minutos a estos dos, en la práctica Mario no consigue transmitir nunca fiabilidad o solidez en una posición en la que estas dos cosas son clave. Dado al pase horizontal arriesgado, capaz de llevarse un balón por calidad y fuerza y meter un fantástico balón profundo para, cinco segundos después, dudar a la hora de entrar al choque y provocar una contra peligrosísima en medio de un partido plácido, Mario desespera a la grada (y entendemos que al banquillo) con esa actitud displicente, fría, de quien se cree quizás mejor de lo que realmente es.

Mario, capaz de conseguir con sus propios errores el milagro repostero de pasar de helado a flan en dos minutos, no parece capaz de hacerse con el puesto en el equipo de sus amores, al que pertenece desde pequeñito. Y eso a pesar de la afición, que no desearía nada más en este mundo que ver a uno de los suyos llevando los galones en una media íntegramente canterana con Gabi, Koke y Saúl a su vera. Pero Mario, el Milagro Repostero, no parece haber convencido a casi nadie, ni a sí mismo probablemente, de que se su lugar en el mundo está en la posición de 5 argentino del equipo del Calderón. Una pena.

Raúl García: socorrido blanco de las iras de los amantes del xogo bonito y las cortinas de cretona, Raúl García parece haber recompuesto su complicada relación con la grada en los últimos tiempos, por más que haya siempre un grupo de irreductibles encantados con recordarle al Planeta Tierra en pleno que a ellos nunca les gustó Raúl García cada vez que falla un pase, para hastío del resto de la Humanidad. Raúl, importantísimo para el Cholo por su entrega, versatilidad e incapacidad para decir no ante cualquier desafío, por feo que sea, ha jugado una buena parte de los minutos en la primera mitad de temporada, si bien últimamente parece haber pasado a un segundo plano.

Poco estético en ocasiones, desesperante a fogonazos, valiosísimo en muchos más casos de los que a algunos les gusta reconocer, Raúl marca goles y defiende su parcela con solvencia, hace pases fantásticos y falla otros facilísimos, juega en punta y en banda y, si hace falta, se pelea con el administrador de la finca, acompaña a la madre de un compañero al dentista y cambia una rueda pinchada en medio de la tormenta de nieve, en manga corta, mientras el resto del pasaje tirita y reza a San Miguel Arcángel. Si no está bien y se le sienta, no protesta; si marca un gol importante, no se señala el número y pide un homenaje. Si hace falta jugar de segundo delantero lo hace, si hace falta jugar de medio centro lo hace, si hace falta jugar de interior lo hace. De central nos pareció verle un rato y no lo hizo mal, de portero probablemente se defienda, al parecer es bueno arreglando grifos y no hace nada mal el arroz con leche. En los (no escasos) días que está gris, normalmente, oh coincidencias, suele hacer un muy buen partido el lateral al que ayuda a cubrir banda y el día que está bien, qué cosas, hasta mete goles como si fuera un delantero.

Importante en los partidos feos en los que hay que salir a empujones de las montoneras e incómodo cuando la grada pide juego en letra Palmer de caligrafía inglesa, Raúl ha ido progresivamente cayendo en el feo vicio de protestar todo por costumbre, de irse al suelo en cada encontronazo, de llevarse las manos a su nariz, mascarón de proa de toda Navarra, de enzarzarse en discusiones eternas con rivales y árbitros, desconectándose a veces del juego. Lesionado tras jugar gran parte de un partido con una fisura en un hueso del brazo, a Raúl García no se le echó cuenta en un buen rato, en parte por haber acostumbrado él mismo a la grada a quejarse mucho, en parte porque de un tipo que sale a jugar a diez bajo cero en camiseta se espera que una fisura en un codo no sea ni motivo de comentario. Ahora que el equipo está inmerso en el tramo final del campeonato, con muchos partidos duros contra rivales complicados ante los que no hay que arrugarse, la presencia de Raúl en un puesto cercano al primer o segundo cambio - si no la titularidad en algunos casos - se nos antoja imprescindible por más que esto irrite a la inflexible Real Academia del Juego Bonito Según Nuestro Criterio, Que Es El Bueno. Por más que a veces nos desespere con malos controles y pases fáciles errados, por más que su juego no entre en el Canon de Pachelbel de la filigrana y la posturica, nos gusta que Raúl García esté en nuestro y equipo y, más aún, que sea uno de los nuestros.

Saúl: joven, algo impetuoso, demasiado arriesgado a veces y también talentoso, bravo y poderoso, ese es Saúl, joya de la cantera que por fin parece haber dado con la tecla para convertir su potencial en realidad, evitando un nuevo caso de oportunidad perdida. Hasta hace bien poco, sobre Saúl sobrevolaba una nube de dudas, como esa nube negra que sobrevuela a los tristes y los cenizos en los tebeos antiguos; últimamente, sin embargo, se ha hecho el sol sobre el cráneo de Saúl y sus últimas intervenciones llevan a pensar que se finalmente se acertó con la forma de gestionar su personalidad, a veces demasiado fogosa, y sus propias características de juego, tan generosas que hacen complicado encasillarle en un único puesto bien definido. Tras su paso por el Rayo, Saúl ganó presencia, experiencia y contundencia pero se desempeñó en tal cantidad de puestos que ahora parece más complicado reconvertirle en un único puesto. Saúl parece capaz de jugar de medio centro y también más echado a una banda o de centrocampista llegador: el perfil al que debería tender está a medio camino entre un Koke menos hábil y un Raúl García más selecto, más dinámico que el primero y más talentoso que el segundo, algo así como un centrocampista box to box de esos que tanto gustan en Inglaterra y tanto nos cuesta etiquetar por estos lares. A poco que Saúl siga creyendo en el trabajo que han diseñado para su progreso, tenemos buen centrocampista para rato y un muy buen recambio para varios puestos de la media en esta temporada.

Cani: sin puntuar, Cani ha jugado poco, incluso cuando lo más lógico parecía que jugara. Titular sorprendente en un partido, sorprendentemente en el banquillo durante todos los minutos de otros, Cani llegó con cartel de jugón (como no podría ser de otra manera) y el precedente del Principito Sosa. Simeone le ha utilizado hasta ahora menos que a Sosa, no sabemos si porque no pidió su llegada o porque no le convence. El caso es que sabemos de buena tinta que subirse en  marcha al tren lanzado que Simeone puso en marcha hace un par de años, en especial para jugadores finos acostumbrados a que el resto de jugadores hagan más trabajo sucio que ellos mismos; que se lo pregunten si no a Griezmann. 

jueves, 1 de mayo de 2014

40 años (no es nada)

1974


Hace 40 años, en 1974, cuando el Atleti jugó su primera final de Copa de Europa, uno era un niño chico. Quizás les sorprenda a Vds que uno haya sido alguna vez un niño chico, pero así fue durante unos años, precisamente aquellos. Uno, rubio, con el pelo a tazón y camiseta del Atleti puesta durante todo el verano, era demasiado chico para acordarse con precisión esa final aunque sí tiene recuerdos de ella. Los recuerdos son vagos, confusos y giran en torno a una televisión en blanco y negro en una habitación pequeña de una casa de la sierra de Madrid, lo que sugiere que aquél día de San Isidro era, como ahora, festivo. Los recuerdos no incluyen más que imágenes deshiladas, sueltas, fogonazos aquí y allá; también nombres, algunos confusos, uno muy claro, Gárate. De Gárate sí se hablaba en casa, aunque poco, y se siguió hablando durante unos años.

Con el tiempo, uno investigó sobre ese equipo al que el propio presidente bautizó como el Pupas, echando así sobre los hombros de un equipo de leyenda un mote molesto como los vecinos del lado Norte de la ciudad, irritante como los tertulianos deportivos, pesado como el plomo. El Atleti ha cargado con el Pupas desde entonces como el protagonista de Basket Case cargaba con su hermano maligno en un canasto, a disgusto a pesar de ser parte de la historia, a regañadientes a pesar de venir el apelativo del Presidente más importante del Club.  Y eso que incluso una parte de la afición parece sentirse cómoda con la maldición patrocinada desde el palco, rebozada en una coartada histórica para así desatender la realidad terrible del club durante los años negros en los que la identidad estaba perdida en un denso bosque de manzanos y maniches. El Pupas, el maldito Pupas, ese mote desacertado para un equipo, el del 74, que pudo ser cualquier cosa menos un Pupas.

Al Atleti del 74 le entrenaba un argentino, el Toto Lorenzo. En él jugaban Reina, Pacheco y Rodri, Panadero Díaz, Ovejero y Cabrero, Heredia, Benegas y Capón, Alberto, Eusebio y Quique, Adelardo, Luis y Melo, Salcedo, Ufarte y Becerra, Irureta, Ayala y Gárate. Ni más ni menos, oiga, ni más ni menos.

Entre los nombres recién mencionados, algunos de los mejores jugadores de la historia del Atleti, varios ídolos de infancia del que suscribe y también de sus más próximos. Jugaba Reina, el portero de jersey verde que uno quiso ser aquél día que jugó de portero y que aún quiere ser Jorge Lera. Jugaba Panadero Díaz, en cuyo honor el que suscribe co-fundó una peña atlética en Bruselas que responde al combativo nombre de Frente de Liberación Panadero Díaz (con su correspondiente escisión disidente, como está mandado: el MLPD, Movimiento de Liberación Panadero Díaz – Frente 25 de Mayo, surgida tras el Doblete y la vuelta de la emigración). Jugó Ovejero, que años después echaría abajo una portería en Zaragoza de una embestida, y jugó Capón, con ese bigote que, junto al de Leal (con su vendaje), nos dio ganas de tener bigote cuando teníamos 7 años. Jugaron Alberto y Eusebio, cuyos nombres uno confundía de chico y no sabía quién era quién, y jugaba Adelardo, el jugador que más veces ha defendido nuestra camiseta, para muchos el emblema del Club durante muchos años. Jugó Ufarte, a quien el que suscribe dio la mano hace unos años y le invitó además a una botella de vino, escapándose luego del restaurante por vergüenza, para no recibir las gracias de un tipo al que siempre le estará uno agradecido. Jugó Becerra, que uno no sabe si se escribe con c o con z, que murió demasiado joven pocos años después, y jugó Irureta, siempre tan caballero con el Atleti, siempre recordando en sus años como entrenador todo lo que le enseñó el Club. Jugó Ayala, nuestro ídolo melenudo de niños, el Ratón, el más rápido, el más eléctrico, el dueño legítimo del nombre de cierto perro ratonero que cierto día en Albacete, desde la grada, saltó al campo durante un partido que el Atleti jugó allí - camiseta rojiblanca y el número 11 a la espalda - persiguiendo una bola hasta que fue reducido por la fuerza pública ante su negativa a abandonar el terreno de juego sin el balón en la boca. En ese equipo jugó Luis Aragonés, ese tipo único, enorme, el que volvió al Club para sacarlo de Segunda, el que dijo a un árbitro que no pisara el escudo, el que rompió la pizarra en el vestuario antes de la final de Copa; el tipo de más influencia en el fútbol español, el que vio lo que nadie veía y fue apartado de su obra de arte cuando más fácil era todo, nuestro referente, nuestro guía lleno de defectos y virtudes, nuestro espejo, el Atleti hecho tipo con patillas, cigarrillo y pelliza.

Y en ese equipo jugó Gárate. Gárate, el tipo que uno querría ser.

Nunca el Club ha hecho un homenaje a ese equipo maravilloso que llegó imbatido a la final de Bruselas del 15 de Mayo del 74 para toparse con el mejor Bayern de Múnich de la historia, el equipo de Beckenbauer, Maier, Muller, Hoeness, Breitner y el maldito Schwarzenbeck, la columna vertebral del equipo que luego ganaría el Mundial para Alemania unos meses después. A ese equipo que fue superior a los alemanes durante el partido y se adelantó con un gol de falta de Luis Aragonés, celebrado antes de entrar por el propio Luis con un salto batracio para la historia. Ese equipo que vio cómo, ya en el descuento, el rival empataba gracias a un gol marcado por un jugador que nunca marcaba y perdía en la repetición del partido dos días después ante una plantilla mucho más física que se encontró con el regalo de un partido extra que no mereció y una copa que vive en Munich cuando debería vivir en Madrid.

Si alguien viendo esa alineación puede pensar en un equipo perdedor, que abandone el local. Si alguien piensa que ese grupo heterogéneo en el que convivían argentinos aguerridos y brasileños de juego floreado, extremeños recios, madrileños castizos, vascos de pedigree, asturianos de raza y un paraguayo orgulloso de llevar los colores de su equipo nacional no era un equipo de leyenda, que abandone la lectura, la ciudad, el país. Si algún insensato no ve en este grupo de melenudos, bigotudos, sobrios jugadores pelicortos y un gentleman de Eibar  - en palabras de uno de los talentosos  Olivares  (no recuerdo cuál), “un equipo que eran los Beatles y los Rolling Stones a la vez” – el reflejo del propio Atleti todo, de su grada y de su historia, que llame a un especialista.

Nunca ha recibido ese equipo maravilloso el homenaje público que merece. Y, con 40 años de retraso, ya es hora, oiga, ya es hora.

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2014


Cuarenta años después de la semifinal de Glasgow, recordada por los aguerridos escoceses como una batalla campal y por los aficionados del Atleti como el partido en el que el Atleti vistió con preciosa camiseta roja de puños rojiblancos y sufrió tres expulsiones (no del todo injustas, oiga) por indicación de Babacán, un árbitro turco con nombre de malo de novela de aventuras (incluso como “El Malvado Babacán”), el Atleti se plantó en Stamford Bridge, estadio del Chelsea, con la misión de hacer la machada que 40 años antes habían hecho nuestros ídolos de la infancia y meter al equipo en la final.

El Atleti que fue a Stamford Bridge, líder de la liga española, invicto en Champions y orgullo de la parte noble de la ciudad de Madrid , también está dirigido, como el del 74, por un argentino temperamental, talentoso y trabajador que viste sobrio traje, camisa y corbata negra y lleva un rosario bajo la corbata. Este mago, al que nunca jamás podremos agradecerle suficientemente lo que ha hecho por nosotros, tiene por ayudantes un sabio de la preparación física y un portento de la naturaleza que viste siempre anorak y lleva un cronómetro, se ríe cuando nosotros nos asustamos y saluda con cariño al delantero centro rival, tan atlético como nosotros, cuando sale al campo en el que ahora juega de local, para su desgracia y la nuestra.

En el equipo que dirigen estos tres argentinos - que deberían recibir las nacionalidad honorífica, las llaves de la ciudad de Madrid y su peso en jamón del bueno (por más que pese el Mono) - cuenta también con brasileños de juego floreado, argentinos tatuados, madrileños castizos, asturianos de raza, uruguayos bravos de mandíbula apretada; además, un turco tocado por el dedo de los dioses del talento, un tipo de Alicante que ha sufrido una metamorfosis, un hispano-brasileño con cara de tripulante de navío corsario y la fuerza de un búfalo cafre, un navarro capaz de rematar de cabeza un satélite fuera de órbita y un gigante belga capaz de parar ese mismo satélite a pocos metros de su lanzamiento desde Cabo Cañaveral sin perder la gomina del tupé. Y, según se demostró en Stamford Bridge, estadio frío poblado por una afición fría, antipática y obsesionada con los jugadores que su millonario presidente puede comprar cada año (algo de lo que presumen con la idiocia del hijo del vecino rico que copia, en más caro, cada cosa que hace el resto de niños del colegio que, por supuesto, le ignoran), ese grupo heterogéneo, Beatle y Stone como el del 74,  es también un equipazo de leyenda como lo fue aquél.

Salió el Atleti al campo del Chelsea vestido con pantalón rojo, pero en un estado tal en el que estas cosas ya ni importan. Miró el Atleti a la grada y vio el Calderón,  atronador en medio del silencio frío y azul de Stamford Bridge, y entonces todos supimos que iba a ser un gran día. Miró el Atleti a la grada y vio miles de bufandas rojiblancas, la bandera de esa España en la que pone Algeciras, las pancartas de las peñas belgas y británicas, las canas de los aficionados que recuerdan la final del 74 y los ojos brillantes de las chicas atléticas que hacen de la grada del Calderón un sitio especial, y tragó saliva. Miró el equipo titular al banquillo y, tras él, vio al Capitán de Capitanes vestido de traje y corbata con bufanda del Atleti, agarrado a la valla de detrás del banquillo con gesto de poder saltar al campo a por el balón en cualquier momento, como hizo el perro Ayala en Albacete, y entendió lo que tenía que hacer. Miró el Atleti a la grada de nuevo y vio los retratos del Cholo y de Luis Aragonés y, en ese momento, los jugadores del Chelsea parecieron pequeñitos, inofensivos, enclenques.   

(Mientras el Atleti en pleno miraba con la mandíbula apretada a la grada del Atleti, otra parte del Atleti hacía lo propio. Nacido 10 años después de esa final de Bruselas, Torres es un poco más mayor que los que sólo vivieron los años negros de manzanos y maniches, y un poco más joven que los que sí recuerdan el Atleti grande de los 70 y 80. De haber tenido unos años menos, quizás estaría en el primer equipo a las órdenes de Simeone, de haber tenido unos años más quizás no se habría visto en la tesitura de tener que enfrentarse a su equipo del alma en tamaña situación. Torres marcó el gol de su equipo actual contra su equipo del alma y naturalmente no lo celebró; las imágenes del momento son desoladoras. El destino, que con Torres ha tenido sus más y sus menos, quiso que hiciera un buen partido y marcase un gol ante todo ese público rojiblanco que tanto se alegra de sus goles contra otros; quizás el desenlace final, que su equipo perdiera a pesar de su gol, es lo mejor que le pudo pasar. Torres, ovacionado en Madrid durante el calentamiento y al final del partido y cuando fue sustituido en Londres, no necesita explicaciones para entender lo que ayer estaba pasando y probablemente lo vivió de una forma tan especial que sólo él puede llegar a entenderlo. Esperemos que vuelva pronto a casa y nos lo cuente en detalle).

Lo que después ocurrió lo contarán los juglares tras el holocausto nuclear y los colonos extraterrestres que, ataviados con escafandra para evitar la atmósfera tóxica, tomen la tierra desde sus platillos volantes con rayo paralizante. Lo están contando ahora mismo varios habitantes de Papúa a sus conocidos, es portada en diarios de Bangkok y es objeto de análisis en una lejana población vitivinícola australiana en la que, de vez en cuando, tienen la suerte de comer arroz con cangrejos pescados por el propio cocinero. En un cafetín cercano a la plaza de San Telmo, en Buenos Aires, alguien gesticula en este mismo momento explicando el movimiento táctico del medio campo y en Arcore, cerca de Milán, un señor muy alto explica a su madre, mientras come pasta al ragú, cómo Juanfran hizo dos pases de gol tras pases largos de Tiago en una noche para recordar. En Onteniente (Valencia), Fernan Pérez (Almería) y Zurich (Suiza) no se habla de otra cosa, ni se hablará en días.

Y es que el Atleti cuajó uno de los mejores partidos que se recuerdan, con un segundo tiempo a la altura de la Supercopa ganada al propio Chelsea y de los veinte primeros minutos de la eliminatoria contra el Barcelona. Aprendida la lección de la ida (nada de balones altos al centro del área, nada de impaciencia, nada de piedad), Simeone dejó en el banquillo a Raúl García y apostó por Adrián – aquél que desde esta misma tribuna dimos por claramente perdido para la causa - para llevar el balón al suelo y jugar con velocidad cuando fuera necesario. En varias ocasiones durante el primer tiempo se vio cómo los jugadores frenaban su instinto natural a bombear balones largos hacia Diego Costa para seguir tocando, madurar la jugada, buscar ocasiones menos directas si no había una posibilidad clara.

El Atleti dominaba o al menos no sufría pero el Chelsea, bien plantado pero poco incisivo, se adelantó. Fue Torres, quién si no, delantero descomunal que siempre marca en las citas grandes, aunque esta vez en la portería contraria y contra un portero propiedad del Chelsea. Con la grada apagada, el silencio en las casas y las nubes negras en el horizonte, el equipo no se descompuso y siguió fiel a lo suyo, sólido, con un enorme Koke, con Tiago y Mario (sí, Mario) a un nivel excelente y con dos laterales convertidos en amenaza. Entre estos, más Arda, llegó el gol: Koke que rebaña un balón que parecía perdido, Arda que acaba pasando a Tiago, éste que levanta con clase la bola para la entrada rápida de Juanfran quien, como un acróbata, pone el balón hacia el área pequeña; Terry que no llega, Cole que no se atreve, Adrián que remata con la espinilla; miles de tipos que gritan, miles de tipos que se abrazan, miles de tipos que rugen. Gol del Atleti, empate, clasificados.

Tras el descanso, del vestuario volvió a salir la fiera que salió en casa contra el Barcelona, quizás esta vez más pausada, más cerebral, más calmada dentro de su furia. Con Koke dando un recital físico, de control y de mando, el Atleti fue un equipo enorme. Arda brilló, Diego Costa peleó, Tiago y Mario estuvieron a un nivel altísimo, aliviando  a todos aquellos que echábamos de menos a ese tipo del traje y la bufanda sentado tras el banquillo que tanta confianza nos da siempre. Con todo el medio campo entonadísimo, los laterales con ganas y los centrales al enorme nivel de toda la temporada, el Atleti es un equipo temible y sólo es cuestión de tiempo que doble la muñeca de aquél que le echa el pulso. Si al talento del medio campo y la solidez de los centrales se le añade un portero extraordinario y un delantero que es un tormento como Costa, la cosa se complica aún más.

Marcó Diego Costa un penalti un minuto después de una parada milagrosa de Courtois. El penalti se tardó en tirar una eternidad, con un balón que caía al agujero del punto de penalti una y otra vez hasta que los aficionados llegaron a la conclusión de que Costa lo fallaría seguro; naturalmente, fiel a su forma de ser, lo marcó sin dificultad y entre cánticos de recuerdo a Luis Aragonés, ahí es nada. De este segundo gol salió un Atleti enorme: tocando el balón, combinando por la banda izquierda con toques sutiles entre Filipe Luis, Arda y Koke, apoyado atrás en Mario y  Tiago, buscando en largo a Juanfran, gigante en ataque a pesar de algunas dudas en defensa al principio, llegó el tercero. El Atleti, una vez más, demostró ser un equipo valiente y poderos, de compromiso e intensidad pero también trabajadísimo, estructurado, con recursos ante todo tipo de planteamientos tácticos. Un equipazo, señores.

Tras un partido maravilloso, el Atleti está en la final de la Copa de Campeones 40 años después. Para ello ha eliminado, entre otros, a Oporto, Milan, Barcelona y Chelsea - que suman 15 Copas de Europa - y lo ha hecho con un equipo desahuciado hace no tantos meses. El equipo que ha armado Simeone mezcla el esfuerzo extremo de un comando de Gurkas, la fe ciega en la idea de juego y el estudio científico del rival desde el banquillo. Con un presupuesto mucho más modesto y una plantilla más corta, ha devuelto a un club centenario y admirable al lugar que muchos otros fueron incapaces de acercarse. Todo esto lo ha hecho partido a partido, involucrando  a la grada, convenciendo a los jugadores de que pueden hacer todo aquello que se propongan, dando una lección de fútbol, de deporte, de vida.

Estamos pues asistiendo a un momento histórico, y resulta que el protagonista es nuestro equipo. Nuestro equipo, el nuestro, el de nuestros padres y amigos, el que será de nuestros nietos, el equipo del que Simeone nos ha obligado a formar parte activa. El equipo de Luis y de Gárate, el de la final del 74, el de los derrapes y los días de alegría infinita. El equipo de las rayas rojiblancas, del Estadio Vicente Calderón, del ramo de flores de Pantic, el himno cantado a voz en grito cuando las cosas van bien, del himno cantado a voz en grito cuando las cosas van mal.

Disfrutemos el momento, pero eso sí, sin perder de vista lo que nos ha traído hasta aquí: partido a partido, el domingo a las 17.00, otra final.

Que suerte tenemos, señores, qué suerte tenemos.

jueves, 27 de marzo de 2014

Bolsitos, autobuses, canchas


Dijo Simeone que había que ir al campo sí o sí, apeteciera o no, hiciera frío o calor, lloviera o tronase, pusieran en la tele una película de vaqueros o una de romanos y no hubo más que decir. Nosotros estaremos allí dando el callo, vino a decir Simeone, así que Vds, que son tan de los nuestros como nosotros mismos, también estarán allí, no se me hagan los longuis, no me sean flojos ni se me afrancesen. Nosotros calentaremos, haremos charla táctica, daremos arenga motivadora, nos abrazaremos en el vestuario, gritaremos hasta el trance y saldremos a jugar con los ojos inyectados en sangre, el corazón a muchas vueltas y la mente concentrada en hacerles a Vds felices, vino a decir Simeone, y de Vds sólo esperamos que, a cambio, estén allí. Un rato antes del partido, dijo Simeone, agarren Vds el bolsito, suban al autobús y vayan para la cancha; el esfuerzo no se negocia, ni el nuestro ni el suyo, oigan, venzan la pereza y el frío y hagan el favor de hacer su trabajo, llenen la grada y animen a los suyos, a los nuestros, a nosotros mismos, vino a decir Simeone con eso del bolsito y el autobús.

Eso dijo Simeone y la afición respondió a la llamada del Cholo con esa lealtad casi mecánica, zombie con la que los miembros del Clan cogen abrigo, escudo y espada al oír las gaitas que llaman a pelea y acuden al punto en el que se reúne el regimiento, esté donde esté. Habló Simeone y allá que se plantó la afición colchonera, a las diez de la noche en noche gélida de esas que prometen ser mucho más fría a medida que el río, socio del Atleti desde el manantial, se va viniendo arriba y llenando de humedad el barrio. Tras días primaverales en los que árboles y arbustos han aprovechado para lanzar brotes y flores y polen y colores fosforescentes a los parques de Madrid, el día anunciaba noche heladora y a fé que lo fue. La afición acudió abrigada hasta la punta de la nariz, con leotardos bajo el pantalón y bufanda gorda, con guantes y orejeras y así esperó a que el equipo saliera del vestuario para darle una gran ovación amortiguada por los guantes. Y entonces salió primero el capitán Gabi en camiseta de manga corta y, mirando a la grada, pensó:

   - Amos no me jodas esta gente qué friolera es, la Virgen.

Toda la grada sintió hasta vergüenza viendo desde el fondo de sus forros polares la cara de asombro de un tipo en camiseta y, disimulando, se abrió un poco el cuello del abrigo y dijo eso tan socorrido de “pues al final no parece que haga tanto frío”, esa mentira que la grada entera conoce, esa falacia interina que torna en militancia friolera a partir del segundo tiempo y que termina en indigna búsqueda de bar con caldo según acaba el partido.

¿Toda la grada, decimos? ¡No! Parte de la grada no dijo ni pío, ni se quejó ni nada. ¿Grada estoica quizás? ¡No! ¿Austera afición castellana? ¡Nada, nada! ¿Tropas de asalto curtidas en el frente de Azerbaijan, Land of Fire? Nada de eso. Ayer, al menos en grada de lateral, había un montón de japoneses la mar de educados, muchos ataviados con anoraks de un club deportivo de vaya a saber Vd qué deporte, otros con livianas cazadoritas de entretiempo que se antojaron insuficientes para abrigar nipones del frío húmedo del río. Los japoneses, eso sí, hicieron fotos de todo, se alegraron mucho del gol del Atleti, se durmieron sentaditos en sus asientos durante el descanso y, al terminar, se despidieron del que suscribe y de sus compañeros de grada con una gran sonrisa y un “enhorabuena” muy mal pronunciado y casi incompresible que, empero, fue muy de agradecer y muy agradecido. A uno le caen muy bien los japoneses por ser muy educados y llevar grandes gafas desde edades tempranas, y desde estas líneas saluda al pueblo Nipón,  en especial al de Osaka, ciudad salada de humor fino probablemente hermanada con Cádiz cuyo derbi futbolístico disputan Cerezo y Gamba, ¿se puede tener más gracia, oiga?

Salió el Atleti a jugar un partido que debía ganar y que absolutamente todos en la grada teníamos claro que así sería hasta que se empezó a jugar, que es cuando a todos se nos encogió un poco el alma y a los japoneses también los ojos. Ausente Filipe Luis y con Koke de descanso más que merecido, el Atleti salió con Insúa en el lateral izquierdo y con Cebolla por delante, con Tiago en el centro y Villa con Diego Costa delante. Más cambios por la izquierda, alguno por delante, poco más … y nada menos. El Atleti, a pesar de tener enfrente un rival flojete, a pesar de jugar en casa, a pesar de ser el líder de la liga, las pasó canutas a ratos y mal otros, incapaz en muchas fases de crear juego e imponerse, ofuscado y algo perdido en la maraña visitante, con poca luz y pocas ideas. El análisis de ayer debe hacerse por tanto al contrario: no es llamativo tanto lo que se vio como lo que no se vio, y en particular Koke y Filipe Luis. El primero, el pegamento que hace jugar junto al centro del campo, subir y bajar en bloque; el segundo el florete que entra por la banda en la que se agolpan los jugadores de más calidad del equipo para provocar superioridad hasta, en caso de no encontrarla, buscar en un par de toques largos y rápidos a Juanfran por el otro lado. Y si ayer quedó algo claro es que ni Insúa es Filipe Luis ni Cebolla es capaz de suplir con su entrega y nervio la calidad en ataque del brasileño ni la capacidad de hacer fácil lo difícil que tiene Koke.

Si durante el primer rato de partido en la grada había una cierta tranquilidad, como si a afición estuviera convencida de la victoria a pesar de la ausencia de ocasiones, la preocupación empezó a colonizar fondos y tribunas al empezar el segundo tiempo. El Granada no hacía mucho, es cierto, pero el Atleti tampoco. No daba el Atleti con la tecla, no fluía, no jugaba. Sólo los centrales, cada vez más complementarios y sólidos, imperiales a ratos, transmitían calma a una afición que empezaba a ponerse nerviosa, o quizás no. Nerviosa no estaba la afición, no, la afición estaba convencida de que el equipo iba a ganar pero no sabía cómo; la sensación no es nueva pero es complicada de explicar, si hubiera un neologista acertado en grada de lateral quizás habría creado de la nada una nueva palabra. “Poquicertero”, por ejemplo, con definición y todo: “Poquicertero: dícese de aquél que está seguro de algo, pero no mucho, más bien poco, y además ni sabe explicar bien por qué; eso sí, lo está, oiga”.

Cuando el frío empezaba a hacer daño y el Granada empezaba a molestar, el Atleti decidió pegar un arreón y la afición poquicertera empezó a pensar que ya llegaba el momento. Y llegó, y fue gracias una vez más a Diego Costa, enorme, incansable e insaciable quien, de cabeza en un corner, ese recurso cada vez más valioso, marcó el gol que todo el mundo esperaba. Y entonces, entonces sí, el poquicerterismo se convirtió en nerviosismo, y además del bueno.

Ya fuera por la tensión acumulada, fuera por lo molesto que resulta ese speaker innecesario que hace repetir hasta tres veces el apellido del jugador que acaba de marcar gol (que ya veremos, por cierto, qué dice el listo del speaker cuando marque Koke y requiera a la grada en pleno piadosas invocaciones resurrectoras), el gol de Costa supuso la llegada del nerviosismo a la grada. Ni frío ni tedio ni admiración por la cultura nipona, lo que en la grada se notaba era nerviosismo y más aún cuando a los video marcadores les dio por reproducir ese ruidito conocido, esa secuencia que llevamos en lo más profundo del subconsiciente, esa tonada que nos despertaría de un coma y lo primero que preguntaríamos es quién marcó en Las Gaunas, tirutitú. Tirutitú dijeron los video marcadores para anunciar goles en Sevilla que llevaban al Atleti a ser líder en solitario y el nerviosismo se hizo dueño y señor de la grada y hasta del campo. Diego perdía balones, Tiago perdía balones y hasta Miranda, frío y calmado hasta en medio del bombardeo, tuvo un par de imprecisiones.

Con el equipo nervioso y la grada nerviosa, el reloj empezó a ir cada vez más lento. La grada, atacada, miraba al banquillo esperando ver a Simeone y recibir algo de tranquilidad; lo que veía, sin embargo, era un tipo en traje haciendo aspavientos y reclamando concentración. Nerviosos todos en los asientos, haciendo temblar las piernas y con la cara entre las manos, viendo el fútbol por los huecos que quedan entre los dedos, la afición encaró el final del partido y buscó un algo, una solución, una fórmula sanadora. Y ésta, oh milagro, la encontró mirando de nuevo al banquillo. “Partido a partido”, pensó la afición angustiada, y ahí apretó los dientes. Balón a balón, centímetro a centímetro, minuto a minuto el equipo siguió peleando, el partido fue acabando y el nerviosismo fue pasando. Cada recuperación se celebró como un gol, cada pase bien dado como una paga extra, cada despeje como un mes de vacaciones. Cada fallo levantó ooohs y aahs, cada vez que el árbitro pitó a favor se relajaron mandíbulas y puños cerrados. Cuando el árbitro señaló el final, al alivio momentáneo siguieron la alegría desmedida y, rápidamente, el convencimiento de que por delante nos quedan muchos más momentos de angustia e intensidad en los que se antoja imprescindible que los buenos aguanten y que los elementos más valiosos del banquillo, Villa y Diego, marquen la diferencia entre ahogarse en la orilla y salir del agua por el propio pié. Después de la angustia, eso sí, la sobreexcitación y la imposibilidad física de conciliar el sueño hasta bien entrada la noche, como demuestran las enormes ojeras rojiblancas que hoy luce la parroquia colchonera por Madrid.

Simeone, entre otras muchas cosas, parece estar enseñando a la afición a gestionar momentos de angustia bajando la vista, mordiéndose el labio y centrándose en el próximo paso. Si alguien mira demasiado lejos, si uno pierde foco y empieza a fabular sobre el futuro, el discurso de Simeone obliga a volver a mirar al corto plazo, a bajar el mentón al recibir un golpe en la visera de la gorra. Simeone tira de la afición encordada que sube hacia la cima, pero no permite a nadie mirar a la cumbre antes de tiempo, sólo al siguiente paso, al siguiente agujero en el hielo que dejó el que va delante.  Si parásemos ahora y mirásemos alrededor el paisaje ya sería precioso, pero alguien al mando de la cordada no permite distracciones. Paso a paso hasta la cima, que nadie mire arriba o abajo antes de tiempo, que nadie tenga la tentación del vértigo o el éxito anticipado. Desde arriba se ve todo más bonito, pero para llegar hasta arriba lo mejor es seguir mirando hacia abajo.


Partido a partido con bolsito y autobús hacia la cancha. Queda mucho y muy duro, lo vamos a pasar mal. Bendita sensación, qué suerte tenemos, oigan. 

miércoles, 12 de marzo de 2014

14 - 8 - 14

A veces, o más bien siempre, está bien ver las cosas desde fuera o al menos escuchar al que lo hace. Es recomendable, sano y revelador ver las cosas desde donde las ve otro, ponerse en el lugar del que no tiene ni el bagaje ni las explicaciones ni los motivos de uno mismo, intentar entender cómo son las cosas desde la perspectiva del otro, del que no piensa como uno, del que no sabe lo que uno, del que no es como uno, del que es diferente o simplemente viene de otro sitio.

Cuando se aplica esta máxima tan saludable a un partido del Atleti como el de ayer contra el Milan, uno repara con una sonrisa en las cosas que a uno le parecen normales, pero no lo son tanto. Cuando uno lleva al fútbol a un par de colegas de trabajo de otro país que nunca estuvieron en Madrid y les recoge en su hotel y les lleva dando un paseo por Ópera, por el Palacio Real, por la calle Bailén a la hora del atardecer y ve que se van parando en todas partes para hacer fotos, uno cae en que Madrid no está tan mal, sobre todo en primavera y hacia las siete de la tarde. Cuando luego sigue camino a pie hacia la Puerta de Toledo y, al ver cómo de todas las calles del barrio van confluyendo aficionados del Atleti con bufandas y camisetas y el ambiente va creciendo, los invitados comentan qué ambientazo, es increíble, todo el mundo lleva algo rojo y blanco, no sabía que en Madrid había esta pasión por este equipo, entonces uno empieza a darse cuenta de lo que tiene.

Cuando uno se toma un par de cañas en un bar de la calle Toledo y empieza a bajar hacia el campo con cada vez más gente en las aceras, cuando uno para en un puesto de bufandas y compra dos rojiblancas del Atleti, de las clásicas, de las de raya gorda y escudo al final, nada de innovaciones, y los invitados se las ponen tan contentos y te piden que les hagas fotos para que las suban a twitter y te dicen que la bufanda lucirá desde entonces en sus oficinas para que las vean todos, entonces uno empieza a caer en lo que realmente está pasando. Cuando hay que abrir camino entre una marabunta rojiblanca para buscar la puerta de entrada al estadio y ve conocidos y se da abrazos y los invitados dicen algo así como joder joder, ¿pero aquí os conocéis todos? ¿sois todos amigos o esto cómo funciona?, entonces uno siente una puntita de orgullo y de alegría que tarda bastante en desaparecer.

Cuando tras el partido uno va en busca de los invitados, al os que no se consiguió entrada en la misma zona por estar el estadio abarrotado, y los ve entre la masa que abarrota el punto convenido y éstos le reciben a uno con cara de asombro, sonrisa de oreja a oreja, grandes gestos de alegría y manoteo que indican madre mía, madre mía, uno sonríe. Cuando los invitados le estrechan a uno la mano y dicen qué partidazo Dios mío, qué ambiente más increíble, que cantidad de banderas y de gente, cuántos niños, cuántas chicas, ni un solo problema, qué maravilla poder venir a este estadio todas las semanas, qué suerte tenéis, a uno le brillan los ojos de alegría por pertenecer a donde pertenece. Cuando los invitados muestran su conmoción por lo que acaban de ver, qué equipazo, es increíble cómo corren, no paran, qué tormento para el Milan, debéis estar orgullosos, creo que aspiráis a mucho más de lo que pensáis, uno traga saliva, sonríe, disimula el orgullo exagerado del momento y contesta:

Partido a partido, señores, partido a partido.
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14

En un partidazo en el que es complicado destacar jugadores, destacó uno. En un equipo en el que es complicadísimo decir partido tras partido quién es el líder, el alma, el ejemplo para un grupo que funciona como una máquina de demolición urgente, resulta que hay uno. En un día de emociones en el que el Atleti jugó estupendamente y la grada lució tan bonita como en los días más grandes, hubo alguien que generó más emociones que el resto.

En un día en el que Filipe Luis volvió a demostrar clase y buen momento y los centrales jugaron con cabeza y contundencia, en un día en el que Juanfran volvió a hacer un buen partido con uno de esos momentos de despiste tan suyos, hubo un tipo que deslumbró a la grada propia y rival y a quien veía el partido por la televisión. En el día en que Mario Suárez tuvo la enésima pájara y perdió varios balones hasta que, gracias a un vendaje rojo a modo de solideo cardenalicio, se vió iluminado por la Providencia y dejó de desesperar a todo el mundo, un compañero de línea hizo su trabajo, el trabajo que Mario olvidó hacer y, de paso, lo que el resto no eran capaces de hacer. El día en el que Koke hizo kilómetros y kilómetros y mostró temple y técnica y Arda marcó un gol de rebote importantísimo, ambos siempre tuvieron a su lado a alguien que terminó por eclipsarles. Incluso en el día en que Raúl García marcó un golazo de cabeza y casi marca un golazo histórico de chilena y Diego Costa marcó dos goles a cuál más bonito, el protagonista fue otro.

El protagonista no fue Sosa, que salió de refresco y mostró más ritmo y clase que en partidos anteriores, dejando buenas vibraciones sobre su progresión. Tampoco fue Diego Ribas, controlón y cómodo en su papel de custodio del balón cuando hay que guardar la bola lejos del fuego enemigo. No fue el Cebolla, rapidísimo al salir desde la grada, mostrando un hambre que deja claro de qué se habla en ese vestuario en el que hay tortas por entrar, algo inaudito en este Club desde hace años.

En el día en el que todo lo anterior ocurrió, en el día de los miles de banderas y el lleno hasta la mismísima, en el día de la goleada a un Milan que, sin ser el mejor de su historia ni mucho menos no dejó de ser el Milan, en el día en el que el Atleti pasó a cuartos de final de la Champions League dejando una imagen de equipo poderosísimo y concentrado, de equipo de tipos comprometidos, de equipo de fútbol que juega como un equipo de rugby, el protagonista fue el que mejor encarna ese espíritu, ese objetivo, ese grupo. El protagonista robó balones, corrió kilómetros, anduvo al quite cuando los compañeros fallaron, hizo pases de gol y casi rompe un poste de un derechazo tras correr 70 metros a ritmo de velocista.

El protagonista, el capitán, es un ejemplo y un orgullo, una suerte y una bendición. El protagonista, el capitán, es de la casa y lleva el 14 a la espalda.

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8

Tras meses de competición, muchas victorias, ninguna derrota y un solo empate, el Atleti entró ayer por méritos propios y por la puerta grande en el grupo de los 8 equipos más en forma del momento en Europa. Uno entre ocho, ahí es nada, oiga.

El Atleti, por el que nadie nunca dio un duro hasta que llegó un tipo con un pelo caprichoso y un segundo con mal genio, muchos kilos, un anorak y un cronómetro, echó abajo la puerta del club de oficiales, se sacudió el polvo y pidió una cerveza fría, clavándole los ojos al camarero con la autoridad del que ha toreado en plazas mucho peores y la sed del que sabe que ahora empieza lo bueno. El Atleti llegó el primero al bar donde sólo caben ocho, aparcó el land rover lleno de barro en el espacio que normalmente ocupan deportivos carísimos con tapicería de cuero y, en vez de dejar las llaves al aparcacoches, se las guardó en el bolsillo junto al alicate mil-usos, un trozo de cuerda y un mosquetón. Ahora queda saber qué pasará en la próxima ronda de la ruleta, en unos días.

Antes, y como credencial para entrar en el exclusivo club, el Atleti colgó en el perchero de la entrada los resultados de ambos partidos contra el Milan, gran campeón europeo en días bajos. El Atleti colgó de una percha un partido solvente con pinta de guardapolvos de trabajo y, de la otra, un partido soberbio con goleada y solapas de astracán; ambas prendas, por cierto, sin ni una sola mancha, sin ninguna acción fea del Milan quien, especialmente en el partido de ayer, se comportó con el señorío del que presumen muchos que no pueden presentar nunca una hoja de partido sin mácula como la de ayer. Ni una mala patada dio el Milan, quien paró el juego a voluntad propia cuando algún jugador estaba en problemas y devolvió caballerosamente los balones, quien llegó a cortar un ataque propio al ver Abate que Diego Costa se había ido al suelo al ejercer de barrera con la zona media de su anatomía. Fuera quizás por influencia del gran Abbiatti, tipo majo y educado, o quizás cosa de las buenas maneras de Seedorf en rueda de prensa, o puede que por tener los jugadores italianos un especial respeto por la figura del Cardenal Primado de Toledo del que ayer se disfrazó Mario Suárez durante un rato, el caso es que el Milan tuvo un comportamiento admirable que desde aquí agradecemos, al igual que reprobamos los insultos vertidos hacia los seguidores milanistas desde parte del estadio cuando estos, al menos aparentemente, no habían hecho nada para merecerlos.

El mismo día, por cierto, en que el Atleti volvía a formar parte del grupo de los ocho equipos más fuertes de Europa, un tipo con el ocho a la espalda demostró ser también uno de los más fuertes que uno ha visto. El tipo del ocho a la espalda, que lleva en el Atleti ya demasiados años como para tener que ganarse el respeto en cada partido, volvió a hacer un partidazo en lo físico y en lo táctico, mostrando una disciplina y un compañerismo para enseñar en las escuelas. Al tipo del ocho a la espalda se le ha pitado, se le ha ignorado, se le ha criticado y se le ha faltado muchas veces al respeto. En ocasiones ha merecido críticas, en ocasiones éstas no han tenido ningún fundamento ni han respondido a ninguna lógica, en algunos casos han sido entendibles, en otros han rozado la crueldad. A pesar de todo eso, el tipo del ocho a la espalda lleva muchos partidos ya siendo importantísimo para el equipo y parece que le quedan otros tantos. Ayer, tras un gran gol y un vice-gol memorable, tras un despliegue físico y un rigor táctico asombroso, tras ser un compañero excelente en un equipo de excelentes compañeros, se retiró al vestuario entre ovaciones estruendosas y escuchando al público, antes tan crítico y a veces tan cruel, cantando su nombre. En ese momento algunos nos miramos con ojos de decir “quién nos lo iba a decir”; otros, con gesto de “se merece este momento, quizás nos pasamos con él”; todos, en fin, con cara de pensar “mucho mejor así, ahí va otro tipo que merece la pena, gracias de nuevo”.

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14

Gracias entre otros al tipo del 14 a la espalda y al tipo que lleva el 8, y gracias también a casi todos los que forman una plantilla corta pero de mandíbula apretada e ideas claras, el Atleti lleva meses dando montones de alegrías, toneladas de alegrías, volquetes de alegrías a sus seguidores. Las alegrías que se lleva la afición no tienen sólo que ver con las victorias y los goles, con el puesto en la clasificación y los títulos, con el buen juego y los lunes de alegría en la oficina.

Además de todo lo anterior, además de los abrazos en la grada y el canturrear el himno inconscientemente cuando se seleccionan pomelos en la sección de frutería del hipermercado, además de las horas pasadas ante el ordenador leyendo blogs y crónicas y páginas de vuelos baratos a destinos futbolísticos, lo que realmente emociona al aficionado es esa sensación de entrega total y conjunta, de comunidad de ideas y de fe ciega en ellas, de compromiso con la causa que todos los jugadores demuestran. El aficionado vibra y casi hace pucheros cuando ve a todos los jugadores basculando a la vez, buscando siempre tapar el hueco que dejó el compañero que salió a presionar al rival, renunciando una y otra vez al ataque por no dejar la espalda desguarnecida, corrigiéndose y animándose los unos a los otros, haciendo lo que cada aficionado haría, corriendo hasta la extenuación como cada aficionado haría, llevando las rayas y el escudo con la dignidad con la que cada aficionado sueña hacerlo.


Y esto, tan sencillo pero tan raro de encontrar, tan simple pero tan increíblemente emocionante, es cosa de otro tipo que, como aquél que arrastra compañeros con su ejemplo, jugó en el Atleti con el 14 a la espalda, entre otras muchas también la última vez que el Atleti se coló en el bar de los ocho más fuertes de Europa. Eso sí, este 14 ahora lleva chaqueta y corbata, aunque sigue teniendo ese mismo genio de mil demonios que parece haber contagiado a esos jugadores y grada que ahora mismo le seguirían, sin dudar, a la mismísima puerta del infierno.