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lunes, 31 de agosto de 2015

De despedidas y victorias importantes (completo)



1. Adiós, Mr Will Kane

De sopetón, un poquito antes de que empezara el partido, nos enteramos de que Raúl García no se vestía de corto. Qué raro, qué sorprendente, a ver si es verdad eso que decían de que el Athletic de Bilbao le había hecho una oferta y que, por primera vez desde que llegó al Atleti, se planteaba irse. La sospecha se convirtió en rumor y éste en runrún en las redes sociales y finalmente en posibilidad más que probable, en noticia, en confirmación oficial, en anuncio de los clubes y en disgusto para buena parte de la parroquia colchonera.

Raúl, que así a lo tonto llevaba 8 temporadas en el Atleti jugando unos 50 partidos por año, deja estadísticas de jugador grande y un saco de títulos en esta época dorada en la que sólo él ha estado presente cuando se han conseguido las 7 últimas copas. Deja también imagen de guerrero, de hombre de club, de maravilloso compañero de sus compañeros, de buen profesional, de tipo dispuesto a romperse la crisma en un partido de treintaidosavos de Copa con la misma fe que en una final de Champions. Deja duelos a cara de perro con rivales odiados y advertencias a los que se han atrevido a menospreciar la camiseta o el compañero, deja odio en alguna grada rival y el respeto y casi temor de todos los equipos contra los que ha jugado, que coinciden en que Raúl mejor al lado que en frente, mejor sentado que jugando en contra, mejor lejos del campo propio que mostrando malas pulgas en las visitas. Raúl deja goles importantísimos, partidos imponentes, algún fallo clamoroso, miles de kilómetros recorridos, cientos de choques en el cuerpo a cuerpo, muchas (quizás demasiadas) quejas al árbitro, algunas malas formas con rivales, sustos a la grada cada vez que se quejaba de haber recibido un golpe en su prominente nariz navarra. Deja también destellos de clase, tiros brillantes con las dos piernas, goles importantísimos, litros de sudor y horas con la mandíbula apretada con el único objetivo de hacer ganar al Atleti.

Y lo más admirable es que deja todo esto con brillo de jugadorazo pero en silencio, sin quejas cuando no jugó, sin declaraciones demagógicas cuando lo hizo bien, sin aspavientos cuando las cosas fueron bien o fueron mal. Raúl se va del Atleti con números de jugador histórico y modales de jugador antiguo de esos de barro en las medias y botas negras, sin alardes, sin reproches, sin tontunas. Raúl jugó donde se le pidió que jugara, le viniera bien o mal, y siempre cumplió, a veces con mucho esfuerzo, otras con brillo. Fuera de su sitio lógico, compartió doble pivote con jugadores limitados o directamente caraduras, apagando fuegos lejos de donde le gusta estar pero sin escatimar una carrera o poner una mala cara. Cuando Simeone le puso más cerca del sitio donde mejor funciona marcó goles e hizo partidazos y ningún momento se señaló el número ni reclamó gloria ni exigió su titularidad ni hizo guiños cómplices a la grada para poner en el disparadero a un compañero o al entrenador. Cuando jugó en una banda siempre coincidió con un buen partido de su lateral, incluso a costa de su propio brillo; cuando jugó de segundo delantero marcó y se fajó con todos, cuando tuvo que jugar de único punta mantuvo al equipo rival agobiado en la salida de balón. Cuando tocó defender Raúl era el primero, cuando un compañero estaba en apuros Raúl era el primero, cuando nacía una tángana con los rivales allí llegaba Raúl, con la nariz por delante, desafiando a que alguien osara tocársela.

Raúl ayudó siempre al equipo y ayudó, sin que la grada se diera cuenta, a que la grada entendiera que no todo son filigranas y portadas de periódico, que no todo son regates y rabonas, a que recordara lo que era un jugador de Club, a que entendiera más de fútbol. Raúl pertenece a ese grupo de jugadores al que la grada del Calderón, vehemente para lo bueno pero también para lo malo, criticó con crueldad cuando su cometido no era brillar sino echar carbón a la caldera. A Raúl se le ha pitado en el Calderón sin medida y sin razón, se le han negado méritos y resaltado defectos, se le ha afeado un mal control en el minuto 80 tras haber hecho un partido serio y competente hasta ese momento. La grada, injusta y cabezota, atribuyó con demasiada frecuencia a la suerte cada buena acción de Raúl, sin reconocer una calidad con las dos piernas que sorprende en un tipo de su arrojo y envergadura. La grada, no toda, despidió a Raúl en muchas ocasiones con pitadas generalizadas entre las que se distinguían, como flores en medio de un parking, a diez, doce, veinte, treinta tipos en pie aplaudiendo al que todos denostaban.

Pero con el tiempo, y con el Cholo, Raúl fue mostrando lo que siempre había sido y algunos no veían, hasta el punto de que, cuando las cosas se ponían feas, no era raro escuchar cómo los mismos que silbaban hace años  reclamaban la salida de Raúl al campo. Raúl y sólo Raúl, con el apoyo de los compañeros y el Cholo, convirtió el calvario de los primeros años en la admiración general e incluso el respeto, a regañadientes y muchas veces obligado por la fuerza de lo obvio, de los más críticos, de los más voceras, de los defensores de ese fútbol superficial que ensalza ídolos a los dos días de llegar sin mirar quién estuvo en los talleres desde el primer momento hasta que el carro se convirtió en bólido.

De pedir su venta a grandes voces a pedir su ayuda cuando entraban los malotes al bar, la afición fue poco a poco cambiando de opinión, lo que honra a Raúl por conseguirlo y al Calderón por hacerlo. Raúl se va ahora y deja una enorme sensación de vacío, la duda de a quién acudiremos para un roto o un descosido cuando los partidos se pongan duros, cuando se lesione un jugador con mal repuesto, cuando haya que hacer frente a las intimidaciones de los rivales. Se va Raúl y deja una buena papeleta a los compañeros: ¿quién asumirá su papel, sus galones? ¿Quién será capaz de transmitir al resto la confianza que daba el navarro? ¿A quién recurrirá el entrenador para las misiones complicadas, esas que requieren meterse tras la línea enemiga sin comida ni brújula armado con un sacacorchos? Y, sobre todo … ¿quién tendrá los santos cojones de salir a jugar en un campo helado a siete bajo cero en manga corta?

Se va Raúl y el que suscribe, que siempre mostró su admiración por el navarro, se lleva un disgusto y a la vez se queda contento. Disgusto por la pérdida de un jugador valiosísimo que nunca dejó de hacer lo que debía incluso en los momentos más difíciles, porque se va el mascarón de proa del equipo del Cholo, el que indicaba con la nariz dónde estaba la siguiente ola que había que romper a cabezazos. Contento por la despedida de la gran mayoría de la afición, por el sentimiento generalizado de respeto y agradecimiento que se vio en las redes sociales, porque se va al Athletic de Bilbao, donde muy mal se tendría que dar la cosa para que no sea feliz e importante en un club con esa solera y ese empaque, para disfrute de muchos amigos.

Se va Raúl y a uno le apetece despedirle con una ovación cerrada y en pie, viendo cómo incluso aquellos que se cebaron en sus defectos y tardaron en ver sus virtudes por puro orgullo o ignorancia, muestran en silencio su respeto como esos lugareños acobardados que no apoyaron al sheriff cuando llegaron los malos y ahora comprenden que fue él quien terminó por salvarles la vida. Y es que es el Will Kane de Zizur, el sheriff el que ahora se va, como siempre sin alardes, casi tímido, abriéndose paso entre una multitud vestida de rojo y blanco que se queda a la vez un poco más vulnerable y un poco más orgullosa por haber compartido años con un jugador honrado.

Gracias por todo, D. Raúl García Escudero. Fue un placer verle jugar con nosotros, fue un orgullo que se sintiera de los nuestros, fue una fuente de alegría saber que estaba siempre ahí dispuesto a ayudar para que nosotros disfrutáramos de las Copas. Mucha suerte en el futuro, vuelva Vd cuando quiera y llame de vez en cuando, que los chavales le echarán de menos. 





2. Suerte, oficio y ganas

Llegaba el Atleti a Sevilla a jugar el primer partido gordo del complicado inicio de liga que el bombo tuvo a bien señalar, y se encontró con un Sánchez Pizjuan remodelado y la mar de bonito, rojo rojísimo como San Mamés, estadio del que es difícil no acordarse cuando se ve el nuevo Nervión. El Sevilla ha tenido a bien darle un lavado de cara al estadio, como también ha hecho el Atleti, y ha aprovechado para poner entre los graderíos unas frases rimbombantes, muy del gusto del aficionado que en los últimos tiempos atribuye y espera del fútbol una solemnidad repentina que no se explican los psicólogos.

De un tiempo a esta parte se diría que hay una furia solemnizadora del fútbol que uno no se explica bien. Desde hace unos años los nuevos himnos son rimbombantes, tan rimbombantes como antes pero sin esa cosa inocente de los alabín alabán y rá-rá-rá sino con un deje un poco chocante a medio camino entre los comics de espada y brujería y las hermandades secretas. Los himnos de los centenarios de buena parte de los clubes de la geografía patria hablan de leyendas antiguas, de inscripciones en piedra en monumentos funerarios enterrados, de héroes con coraza y espada, de pueblos señalados por el dedo divino. Los equipos parecen de repente obsesionados con obtener en poco tiempo y por obra de la mercadotecnia la solemnidad y tradición que tienen los equipos ingleses, sean grandes o modestos, gracias a una cultura de conservar las tradiciones que aquí nunca se ha tenido. Así, de pronto, todo club saca pecho del pasado y hace guiños a su historia cuando nunca la respetó, y recupera escudos añejos, reclama copas desconocidas, hace aparecer por arte de birli birloque costumbres que nadie recuerda y llena su estadio y su web de frases campanudas y desafiantes.

Ayer podía leerse en el Pizjuan “Nervión no regala puntos” y “Dicen que nunca se rinde”, frases que sin duda proceden de himnos y tradiciones recientes que, a fuerza de poner en lugares destacados, el Club (entiende uno) quiere convertir en leyendas heráldicas de la afición sevillista. Otros clubes probablemente estén haciendo lo mismo y no nos extrañaría ver en breve leyendas similares: “Mestalla no paga traidores”, “Riazor bien vale una misa”, “Os quedáis con Las Gaunas”, “Los Pajaritos por aquí, Los Pajaritos por allá, lálálá lá”. Todo esto, que nos parece muy bien, nos resulta también algo infantil: las tradiciones son fantásticas, pero siempre que sean tradiciones, no decisiones recientes envueltas en un halo épico para enardecer a los más inocentes.

Querer convertir en solemne lo que siempre se ha considerado un pasatiempo de fin de semana puede resultar artificial; querer convencerse de que los equipos de cada uno son los Tercios de Flandes que defienden el honor de la ciudad frente a hordas bárbaras puede resultar peligroso y sobre todo ridículo (algo en lo que por cierto la afición del Atleti es bastante puntera). Sobre este tema, no viene mal ver qué han hecho en Twitter al respecto los aficionados del Celtic de Glasgow, uno de los equipos con más tradición e identidad del mundo, de los que no necesitan recordar a cada minuto lo auténticos que son para serlo en realidad, al recibir amenazas por Twitter de los aficionados del Fenerbahce. Para ello, consulten el hashtag #ThatsNotAKnife.
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Salió el Atleti la mar de guapo vestido y si no fuera por la cantidad de pegatinas blancas que lleva la camiseta suplente, se diría que iba vestido de infante de marina en traje de gimnasia, de sobrio azul oscuro y medias rojas. Hacía tiempo que el Atleti no tenía una segunda equipación azul oscuro liso, un color bastante atlético que Aquél Que Diseña Las Camisetas tiene a bien ignorar año tras año decantándose por ejemplo, como el año pasado, por un gris Panza de Burro en velado homenaje al color de pelo del presidente de la entidad. Desde nuestra modesta atalaya de control cromático damos la bienvenida a la nueva equipación, que además nos trajo suerte.

Porque el Atleti, hay que decirlo, tuvo suerte. No tuvo suerte al repeler el arreón inicial del Sevilla, que mostró ambición y fuerza durante los primeros diez minutos del partido, sino que  el Atleti se hizo con el control del partido por tesón y solidez, firmando un magnífico primer tiempo, serio y solvente. Sí tuvo algo de suerte en el primer gol, en el que Griezmann peleó como se espera de él un balón desde el suelo para, tras un rebote, sacar de punterita una pelota que le llegó cómoda a Koke, que se había incorporado tarde. También tuvo suerte en el segundo gol, a tiro lejano de Gabi que rebotó en el fantástico Krychowiak, eficaz todo el partido y que sin embargo contribuyó a la derrota por no apartar el lomo antes, qué cosas pasan. No tuvo tampoco suerte en el tercer gol, en el que Beto dejó claro que no está a la altura del resto del equipo y Jackson Martínez que tiene tiro de lejos, algo que no abunda en el Atleti de este año.

Y aún así, con suerte en dos de tres goles y con un rival con muy buena pinta, no puede decirse que el Atleti no mereciera ganar. Quizás no por 0-3, quizás de forma más ajustada, pero un empate se habría antojado muy corto aunque una amplia mayoría de seguidores rojiblancos lo habrían firmado antes del partido. Y es que el Atleti, que hasta ayer había dado la impresión de estar aún de pretemporada y sin ritmo para jugar partidos duros, mostró una imagen mucho más seria, más compacta y solvente de la que muchos esperábamos precisamente contra un buen equipo que ya había empezado su competición oficial unos días antes, en un estadio complicado en el que pasarán muchas fatigas los equipos grandes de la liga.

Y es que el Atleti hizo un partido poderoso, rechazando con autoridad el envite inicial del Sevilla, tomando luego el control del partido, gestionado la ventaja de un gol con solvencia y capeando el temporal de los primeros veinte minutos del segundo tiempo, en los que el Sevilla dio una muy buena imagen. Y todo esto, ¿por algo en especial? …. Pues sí y no. Porque el Atleti, en general, jugó bien y porque todos sus jugadores lo hicieron estupendamente. Lo hicieron bien los centrales, con mucho trabajo vista la idea del Sevilla de hacer llegar balones a Llorente, recién aterrizado en la liga y demasiado blando como para hacer dudar a la pareja uruguaya del centro de la defensa, y eso que llevaba Wonderbra. Jugaron bien los laterales y jugó bien Tiago, pero el resto jugaron aún mejor.

Gabi, y estas son grandes noticias, parece que vuelve a ser el Gabi de hace dos años, ese portento físico y agresivo que tira la presión, recupera balones y sale jugando. La presión de Gabi y la capacidad de Koke y Óliver Torres para recuperar y no perder balones convirtieron en un tormento para el Sevilla cada intento de salir jugando; por si esto fuera poco, la constante pelea arriba de Torres, incansable y solidario en su nuevo (aunque no desconocido) papel de portor de la estrella del tirabuzón y el triple mortal, y las bajadas a combinar de Griezmann cerca del centro del campo le dieron al Atleti el control del partido cuando hacía más falta, minando la moral del Sevilla, que vio reducidas sus posibilidades de éxito a un juego más directo y menos elaborado en el que Godín y Giménez están la mar de contentos.

Sumando las ganas de Óliver Torres a la hora de recuperar balones y hacer coberturas, la mayor implicación en el juego de Griezmann cuando andan cerca Koke y el propio Oliver y el poder intimidatorio de Torres primero y Jackson después, parece que el Atleti tiene grandes posibilidades de recuperar esa presión alta infernal de hace dos años, con una diferencia: si el año en que se ganó la liga el principal recurso era el balón largo a Diego Costa, con el plantel actual parece que a esa furia recuperadora le puede seguir un juego más combinativo y fino, más de toque y posesión entre los centrocampistas de más toque y Griezmann, que una vez más se antoja importantísimo en el esquema. Si se cumple lo visto hasta ahora en él, esto es, una mayor implicación en el juego a la hora de recuperar y esa gracia divina que le hace estar donde más peligro genera en cada jugada, el Griezmann de este año nos puede hacer ver al del año pasado como un burdo boceto.



El Atleti ganó pues con autoridad en un campo en el que no será fácil ganar para nadie. El Sevilla tiene muy buena pinta y con algo más de contundencia atrás y un portero más constante será un rival temible. Mientras tanto, el Atleti vuelve a casa con una papeleta aún más complicada, el Barcelona, que no parece en su mejor momento pero sigue teniendo a los mejores jugadores de la liga en muchos puestos. Para ese partido, eso sí, no estará el homenajeado en todos los goles de ayer, el 8, ese gran tipo al que  el Club ha dejado marchar porque se ha merecido, con los servicios prestados, poder elegir su futuro y contar con todas las facilidades desde el Atleti. Le echaremos de menos el próximo partido, que es de los duros, pero ahí estaremos, como siempre estaba el 8.

martes, 3 de marzo de 2015

Maneras de ver las cosas

Pasada la mitad del Torneo, algunas cosas nos van quedando (aún más) claras.

Nos va quedando claro que Escocia, que ha intentado hacer un rugby más alegre y audaz que en ediciones pasadas, no tiene ni la suerte ni la experiencia necesaria para llegar más arriba en el Torneo. No tiene suerte ni para evitar una derrota cruel en casa fruto de un ensayo raro tras un rebote que no era sino un fallo de uno de los más falladores del Torneo, Haimona, ni tuvo suerte para evitar esos diez minutos agónicos en su propia 22, evitando primero que los italianos entraran por riñones aplicados a la melé gracias a un golpe, pero regalando el balón al sacar ese mismo golpe, con lesión del pateador incluida. Tampoco tuvo suerte, ni oficio, ni quizás fuerzas para parar el maul italiano en la otra punta de la zona de ensayo, con un hombre menos por una amarilla en muy mal momento. Escocia, acostumbrada a pasarlo mal últimamente, no merece estas curas de humildad a menos que sea por el sacrilegio de vestir de rojo (se ve que lo de vestirse de España se ha puesto de moda) en el mismísimo Murrayfield.

De Italia hemos aprendido que de Italia no hay que fiarse: fuertes en melé y cómodos en este rugby que nos está regalando tantos mauls, con más oficio del demostrado contra los ingleses y con un punto de fortuna, demostró que aprende y aprende y que, comandado por un Parisse gigante, aprovecha las situaciones que le vienen de cara con maneras de equipo experto, por más que tenga algunos jugadores lejos del nivel que requieren los rivales. Italia se tomó muy en serio un partido contra un equipo en el que vieron fisuras que sólo Laidlaw y Ross Ford, concentrados y con cara seria durante Flower of Scotland, parecieron haber detectado entre los locales, por lo demás relajados durante los himnos.

De Francia parece claro que no tienen casi nada claro. Ni chicha ni limoné, los franceses no son ni un equipo fuerte ni un equipo astuto, no son ni rápidos ni toscos, ni talentosos ni aguerridos. En manos de Gales, irregular y, como el año pasado, en línea algo ascendente según avanza el Torneo, no parecieron tener demasiada personalidad ni demasiadas ganas, si bien es verdad que más acierto en los tiros a palos habrían cambiado mucho la historia. Pero Gales, lejos aún del potencial que esperábamos de esa línea descomunal y esa tercera línea feroz, ganó bien ganado en París tras haber dado muestras de desconcierto en partidos previos, quizás por echar de menos el pantalón blanco que nunca debió abandonar.

De Inglaterra hemos aprendido que, si quieren disputar el Mundial en casa, tienen trabajo por delante y plegarias pendientes para que San Jorge les ayude a vencer a los dragones que en breve subirán desde el Sur. Si bien parecían los claros favoritos (al menos tan favoritos como los chicos de verde) tras los dos primeros partidos, el choque contra el tractor irlandés les ha dejado mal parados. Asustados por la fiereza de los irlandeses, los ingleses no encontraron su sitio ni tirando de los jugadores que más están brillando este año: ni los kilos de Vunipola, ni el incansable trabajo de Robshaw ni los metros ganados por Burrell bastaron para hacer dudar al enorme equipo verde que, si nada se tuerce, debería pensar en hacer, por fin, un buen papel en el Mundial.  

Porque, pasados los dos partidos más duros en casa y pendientes claro está de la visita a Cardiff, lo que parece más claro a un día es que los irlandeses están un punto por encima del resto. Contra los ingleses mostraron un ritmo machacón y demoledor, un juego sin fisuras que mezcla una delantera furiosa en el ritmo pero contenida en los momentos más tensos, dos centros incansables en placaje y la ruptura que están haciendo que la afición respire aliviada al ver soluciones para el vacío que la ausencia de O’Driscoll y Darcy amenazaba, unos alas dinámicos y un zaguero con cara de pocos amigos que se suma a la línea tanto a la hora de atacar como de placar sin dudar un único segundo. Si a este entramado se une el efectivo juego de Murray y, sobre todo, el despliegue descomunal de Sexton, el resultado es un equipo muy difícil de batir, un tractor capaz de subir cuestas empinadas sin bajar el ritmo y, a la vez, capaz de trazar las líneas del viñedo con precisión quirúrgica. Sexton, además, parece haber dado definitivamente el paso adelante, quitándose ese aire de despiste, frialdad o blandura que tuvo en su momento, mirándose más en el espejo de Wilkinson, ese furibundo placador de punto de mira de sniper al que cada vez se parece más el bueno de Jonathan.

Irlanda tiene pinta de saber bien a lo que juega, a conocer sus armas y las de sus rivales, a fiarse de su propio método y posibilidades. Irlanda parece confiar en sí misma y no tener prisa durante los partidos para mostrar de qué es capaz y cómo contrarrestar lo que los rivales proponen. Irlanda, con este equipo que mezcla la rabia incansable de Best o O’Mahoney con la experiencia y poderío de O’Connell, el buen hacer del barcelonés Jordi Murphy (en un día en el que le tocaba la complicada misión de sustituir a Heaslip), la omnipresencia de dos centros con una misión histórica y las dotes de almirante de Sexton (nos sorprende por cierto que nadie haya hecho aún el chiste con “sextante”), tiene pinta de dar muchas alegrías a los que solemos vestir de verde en febrero y marzo.

En Cardiff sabremos más; mientras tanto, sigamos soñando con tréboles.
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Llegaba el Atleti a Sevilla tras el duro partido de Alemania y con la sensación de que el equipo ahora no manda en los partidos con la autoridad de hace unas semanas. El partido de Vigo y el de Leverkusen sembraron dudas en los aficionados y por supuesto entre cierta parte de la prensa, presta a encontrar problemones donde sólo hay problemillas y excitada ante la posibilidad de cantar la caída del equipo del Cholo, esa que vienen anunciando desde hace meses y meses entre publirreportajes de jugadores de equipos rivales y promociones de edredones con escudo oficial.

Las dudas, lógicas, que han dejado los últimos partidos han tenido el curioso efecto de enfadar también a los seguidores del Atleti quienes, más que preocupados, se muestran furiosos por que el equipo no soluciona los partidos fuera de casa a los diez minutos. Tras el partido de Vigo se leyeron en redes sociales amargas críticas al planteamiento táctico, que el propio entrenador había reconocido en rueda de prensa; tras el partido de Alemania se anunció poco menos que el fin de la prosperidad y la paz y, ya al conocerse la alineación del partido del Sevilla, hubo quien se echó las manos a la cabeza y acusó al Cholo de excesivamente conservador, cobarde y mal peinado. Así son las cosas, oiga, que aquí no se perdona una ocasión de hacer saber a todo el planeta Tierra desde el teclado que uno también sabe mucho de táctica, así como de vino, literatura, anatomía, videojuegos, bricolaje, alta política, enfermedades comunes del jilguero, maneras de recorrer el Sudeste Asiático sin contraer enfermedades gástricas ni malgastar el dinero en lavanderías, cubicaje de motores diésel, bares con buena ensaladilla rusa, nombres rusos de mujer, formas de cocinar la patata nueva sin que pierda sus propiedades, organizar eventos multitudinarios con tino y estilo, limpiar el rape asegurándose material suficiente para hacer un suquet  y atarse los zapatos en público sin perder la compostura. Luego, claro está, en la vida real, sin Google, con cara y gafas, las cosas son muy distintas.
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Salió el Atleti al Pizjuán con hechuras de equipo más defensivo de lo habitual, con un solo punta en el campo y dos en el banquillo, muchos centrocampistas por todas partes y menos pellizco de lo deseable, y en ese planteamiento hubo quien vio síntomas de empequeñecimiento del equipo y de las ambiciones del entrenador. Hubo quien se echó las manos a la cabeza y quien rabió por dentro al entender que desde el propio banquillo se habían traicionado sus propias ansias de victoria por rodillo y sin jugar, victoria desde el minuto uno, victoria por camiseteo, por ósmosis, por ciencia infusa. Victoria de las de otros, vaya.

Hubo también, qué cosas, quien vio en todo esto un planteamiento sensato. El Atleti visitaba el Pizjuán, campo complicadísimo en el que el propietario, buen equipo que viene de hacer una primera vuelta fantástica, no pierde desde hace meses. Visitaba el Pizjuán además en un momento complejo, con varios jugadores importantes fuera de punto o lesionados, otros apercibidos y muchos cansados, quizás en pleno valle de su preparación física. Y el Atleti visitaba el Pizjuán en vísperas de un “rally” de tres, cuatro partidos complicados en los que el equipo se jugaría el tercer puesto en la liga y continuar en Champions; quizás perder por arriesgar demasiado conllevaría contentar a la parroquia de inicio a costa del riesgo de convertir el de ya por sí empinado futuro inmediato en un puerto de categoría especial sin avituallamiento. A aquellos que vemos que el Atleti no gana con la facilidad con la que lo hacen otros y no contemplamos la inclusión del aplastamiento sistemático deportivo como una de las bellas artes no nos pareció insensato el planteamiento de Simeone: maneras de ver las cosas, maneras de vivir.

Contra un equipo correoso y fuerte en el centro del campo, de esos que al Atleti no le gustan por ser el reverso de su moneda, el Atleti jugó un partido serio pero no bonito. Demasiado metido atrás y demasiado lejos de la posibilidad de lanzar un contrataque sólo con Griezmann como velocista, el Atleti tuvo poco peso en ataque y mucha solidez en defensa. Con Koke lesionado, Arda y Griezmann eran los únicos jugadores de pellizco disponibles y ambos estuvieron bastante mal; sólo la salida de Torres, potentísimo y peligroso en este teórico momento de declive físico del que tanto hablan los que no le han visto jugar más que en Eurocopas y Mundiales, permitió al equipo salir de la trinchera. De haber marcado Griezmann tras un pase de Torres o el propio Torres tras irse por fuerza de dos rivales, el partido habría sido un prodigio táctico: primera mitad de contención, desesperación y desgaste rival desde trincheras, segunda parte con protagonismo para la caballería ligera y los francotiradores. No fue así y el Atleti sacó un buen empate en un campo dificilísimo contra un rival solvente y serio, un empate que en cualquier encuesta a principio de liga se habría tomado como un buen resultado.

Ante el Atleti se empiezan a ver las curvas más duras de la subida de las próximas semanas. Haber perdido en Sevilla nos haría ver la empresa como casi imposible, el empate nos hace pensar que no vamos mal de piernas y que por ahora la gestión de fuerzas, en momento complicado, es adecuada. El domingo hay un partido importantísimo, el miércoles otro aún casi más, otro difícil luego en Barcelona. Esperando que vuelvan las energías a las piernas, solo queda ver cada curva como se ha visto siempre, pedalada a pedalada, curva a curva, partido a partido. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Reflexiones majaderas tras el Atleti - Sevilla

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Pasada la invasión asiática de la semana pasada, por lo que se ve esta semana los asientos libres de la grada de lateral cayeron en manos de un tour-operador ruso. Como resultado, entre los parroquianos habituales, en el partido contra el Sevilla se apiñaban en la grada una multitud de rusos. Decimos rusos pero no estamos seguros de que fueran rusos. Serían rusos o vaya Vd a saber qué, que con los rusos pasa un poco lo que pasa con los chinos: los de ayer al menos parecían rusos, tenían pinta de rusos, hablaban algo que nos suena a ruso (que es algo que sólo escuchamos en las películas de espías y con subtítulos) y no nos queda claro si eran rusos, pero uno les llama rusos y a todo el mundo le vale.

Quizás fueran georgianos, quizás ucranios (que es lo que antes llamábamos “ucranianos”), probablemente no fueran uzbekos ni kazajos, ni posiblemente de Azerbaiyán Land-of-Fire. Podrían ser estonios, o quizás fueran lituanos. Quizás fueran letones, que siempre tiene más gracia, aunque ya se sabe que letones y lituanos, primos hermanos. Quizás fueran rusos de verdad y nos habríamos ahorrado todo este párrafo lleno de gentilicios eslavizantes y orientalizados. El caso es que la grada se llenó de señores grandotes y despistados, que se sentaron juntitos a unas cuantas butacas de distancia de otro grupo, en este caso de rusas orondas y rubias, vestidas con cazadoras vaqueras de mangas plateadas y vestidos como de señora manchega pero con dorados. Los rusos se sentaron por un lado y las rusas por otro, como si fuera una sociedad gastronómica moscovita o el Alarde de Irún sin ir más lejos, como si el Calderón fueran unos baños públicos o un colegio antiguo. Los rusos probablemente hablarían del gran Dassaev y de cosas de rusos, como por ejemplo el precio del anticongelante y el último grito en gorros de piel de oso; las rusas, poco interesadas en el fútbol, bailaban como descosidas con la música del descanso y no echaban cuenta alguna a lo que pasaba en el campo.

La afición local, por su parte, protestaba por lo grandísimos que son los rusos y por el problema que plantean cuando los asientos de la grada son tan estrechos como los del Calderón; en cuanto a las rusas, se cruzaban apuestas sobre si una señora rusa muy gorda y muy teñida que se aburría como un molusco en el Mar Caspio tendría en realidad dentro otra señora igual pero más delgada y así sucesivamente, siguiendo el efecto muñeca matroska, hasta llegar hasta una estilizada gimnasta de esas que dan cinco tirabuzones tras salir catapultadas de un plinto y caen clavando los pies en una colchoneta y saludando al personal con los brazos abiertos, como cuando Reyes reclama una falta de esas que sólo él ve.

Tras la invasión de la amenaza amarilla y la ocupación de las fuerzas de la antigua URSS, ahora se pregunta la grada, ya acostumbrada a la parada militar de las tropas extranjeras con dirección a los mugrientos baños del estadio en el medio tiempo, con qué exótica nacionalidad se codeará en el próximo partido en casa. Cosas de la industria turística, oiga.
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El Atleti ganó 4-0 un partido en el que jugó mejor que el rival, en el que recordó al Atleti que tenemos en la memoria tras ese año pasado de alegría continua y en el que metió más goles de los que uno hubiera esperado. Cuatro goles metió el Atleti y la sensación general era casi de perplejidad por el buen partido, la autoridad mostrada y sobre todo por la cantidad de veces que el balón acabó dentro de la portería rival.

-       - ¿Perplejidad? Hay que joderse.

El resultado fue quizás excesivo, porque el Atleti no tiró a puerta muchas más veces que aquéllas que terminaron en gol;  curiosamente, la semana anterior el equipo había ganado en Almería por cero a uno tras haber tirado más de quince veces contra la portería rival. El fútbol tiene estas cosas y todos las conocemos; no obstante, cada vez que ocurren, el personal y la prensa especializada lanzan bombas de mortero en forma de conclusiones apresuradas que rápidamente se elevan a categoría de regla absoluta, única e incuestionable. Sin ir más lejos, hace poco más de una semana el Atleti no funcionaba en ataque y el equipo era varios niveles peor que el de la temporada pasada; probablemente a partir de mañana y hasta el miércoles al menos, el Atleti será un equipo temible que mete una barbaridad de goles demostrando pegada de aspirante y variantes ofensivas que ríase Vd de la Brigada Ligera. Sería demasiado inocente entretenerse en rebatir cada postura: en breve saldrán nuevas teorías sesudas pero fugaces, opiniones pasajeras con vocación de verdad absoluta y triste peso de plumón de pollo.

Hace dos semanas el Atleti era un equipo de cuatreros ultraviolentos que merodeaban los colegios para robar bocadillos a los infantes y pegar palizas a los jubilados mientras bebían moloko y escuchaban a Ludwing Van. Poco se tardó en desestimar este primer mito a base de estadísticas de faltas cometidas – normalmente menos que los rivales – pero, eso sí, recibiendo tarjetas amarillas como para llenar las maletas de los veinte o treinta rusos que hoy vuelven camino de Vladivostok con su bufanda rojiblanca al cuello, más contentos que Yeltsin en Sanfermines.  Cuatro días más tarde, el Atleti era un equipo de rufianes que tenían la poca elegancia de meter goles a balón parado, hombre por Dios, a quién se le ocurre, qué vergüenza más grande, a balón parado con niños delante, dónde vamos a llegar. Este debate, cogido con pinzas de depilar, ha prendido menos porque tampoco hay demasiado que rascar; eso sí, vale aún para que alguna lumbrera periodística lo use como coartada para justificar que, a pesar de haberse llevado cuatro goles en contra, en el fondo su equipo juega mejor que el nuestro.

Desconocemos cuál será el siguiente caballo de batalla de la prensa especializada, pero ya nos hace gracia de antemano. ¿Se acusará al Atleti de tener demasiados jugadores Géminis? ¿Lanzará la prensa una campaña de denuncia sobre la excesiva afición de la plantilla del Atleti al champú Moussel, Moussel de Legrain (¡para todos!)? ¿Desvelará de una vez por todas algún audaz tertuliano que Simeone come pulpo crudo y bebe agua del mar, como el malvado pirata Patapalo?

Locos estamos por saber cuál es la próxima, oiga, hagan el favor de no defraudar.
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El Atleti hizo un buen partido contra el Sevilla, en línea con lo que se venía apuntando en los últimos encuentros. Quizás fue el mejor partido de la temporada hasta la fecha; el equipo fue más sólido en defensa que durante el buen partido contra el Celta y el irregular partido en Grecia, y también estuvo más acertado en ataque que en el aluvión sin premio de Almería. Jugaron bien los centrales y jugaron bien los laterales, con Ansaldi tomando ventaja clara en la carrera de la banda izquierda. Jugó bien Tiago, de nuevo magistral al cubrir los espacios, leyendo las jugadas rivales como si tuviera espías en las cabezas de los visitantes, anticipando el lugar al que va el balón, el hueco hacia el que va el desmarque. Jugó bien Gabi el tiempo que jugó, sustituido por un culpa de pisotón; Gabi fue el Gabi del año pasado, presionando alegre y rápido la salida del rival, algo más suelto para iniciar el asalto al tener en la línea de medios a la gran alegría de la noche, Saúl. Saúl, titular y convincente, estuvo trabajador, descarado, eficaz y goleador. Saúl dejó aroma a titularidad, a jugador utilísimo que puede jugar en varios puestos, a muchos minutos este mismo año y a carrera prometedora, nada que no sospecháramos ya. 

También marcó Koke, a quien vimos enfadado por primera vez – y con razón – gracias a un alarde de mal estilo de Emery, chusco y poco elegante al pedir a sus jugadores que no devolvieran un balón cuando Mandzukic estaba en el suelo; ver a Koke enfadado es algo así como ver a Iniesta rabioso, a Gabi perezoso o a Reyes participando en una mesa redonda sobre la obra de Ibsen y su influencia en la filmografía de Bergman. Jugó bien Arda y jugó bien Mandzukic, valiente y peleón con su máscara de lirón careto, ídolo ya de una grada que valora su arrojo para jugar con la nariz hecha un churro y entrenar a los pocos días de la fractura disfrazado de Míster Increíble. Mandzukic, que no marcó, se antoja uno de esos jugadores poco apreciados por los poco futboleros por no ser capaz de hacer bicicletas y taconcitos ni celebrar los goles con bailes ridículos o manifestaciones de egocentrismo bochornoso; sin embargo, tiene pinta de ser uno de esos tipos que lucen precisamente el día que faltan, días en los que el equipo se nota más incómodo, sin peso, sin combustión. Veremos.

Jugó la mar de bien Arda, colaboró Griezman en el rato que jugó (y le necesitaremos más que en los finales de los partidos) y jugó bien y marcó Raúl García.

-       - ¿Y el mexicano, oiga?

Ay, el mexicano.  El mexicano, que el sábado pasado se llevó una bronca por no dar una y de paso sirvió de excusa para crear una guerra entre la grada y Simeone que sólo existió en la cabeza de aquellos que sueñan con una guerra entre la grada y Simeone, salió con ganas de demostrar que puede jugar al fútbol, que a estas alturas era algo que se dudaba seriamente. A Raúl Jiménez le esperaba parte de la grada con la escopeta cargada y la otra parte con pétalos de rosa y un mariachi en formación de boda, para compensar el disgusto que los primeros podrían causarle al chiquillo.

Sabiendo la que se le venía encima, Tiago pidió a la grada que se le recibiera bien y Godín se afanó por atribuirle méritos en el gol y el penalti, gestos que honran a ambos y nos hacen pensar que por algo son capitanes. Raúl Jiménez, a todo esto, salió con ganas (que tampoco es algo como para ponerle su nombre a un parque público en Carabanchel, qué quieren que yo les diga), peleó, corrió, recuperó algún balón bien y le dio el pase a Griezman que acabó en gol. Por si fuera poco, metió un gol (bueno) y dejó la impresión de que si coge ritmo y abandona su galbana inicial, podría ayudar al equipo. No parece que esté para ser titular ni clave, pero sí para quitar minutos a los que tendrán que llegar frescos a los partidos grandes si queremos pelear las competiciones.

Ahora bien, una cosa es ganarse el respeto de la grada a fuerza de sudor y goles y otra hacer amago de besarse el escudo en su segundo partido en casa, pocos meses después de unos tweets que como mucho fueron sinceros y como poco, torpes. Gánese Raúl Jiménez a la grada trabajando y ayudando, bien, pero hágalo como un mercenario honesto. Podemos aceptar que crea que la grada es injusta e inoportuna por pitar a un jugador propio que conviene que lo haga bien, pero que no piense que la grada es tonta y desmemoriada. Si finalmente ve la luz y entiende dónde está y la verdadera trascendencia de lo que dijo, nos alegraremos, pero no parece que es algo que le haya podido pasar ya. Un consejo pues a los asesores de Raúl Jiménez: díganle al chaval que se tape un poco, que trabaje, que lea la historia del Club Atlético de Madrid y que siga trabajando. El resto, si debe llegar, ya llegará.
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¿Y el Sevilla?, se preguntará el lector. Pues el Sevilla regular, la verdad. Según nos cuentan los sevillistas de pro, Emery renunció a la fórmula que le estaba funcionando hasta ahora y optó por superpoblar la defensa y la parte destructora del centro del campo, que es algo que suele hacer Emery, dado al amarre, cuando los partidos son duros. El Sevilla sacó un equipo que parecía de balonmano, lleno de jugadores grandotes y fuertes, quizás convencidos de que el único recurso del Atleti eran los goles a balón parado, más preocupados en defender que en pasarle balones a Bacca, desasistido y desconocido. Quizás Emery cometiera el error que cometen tantos aficionados del Atleti, esto es, creer que el Atleti es un equipo que no juega sino que hace faltas, pensar que sólo es capaz de meter goles a balón parado, tomar en fin por cierto lo que leen en los medios y en twitter sin preocuparse de ver los partidos ellos mismos y sacar conclusiones por sí solos.

Al Sevilla se le volvió a faltar al respeto desde la grada, aunque quizás menos que otras veces. Parece que la agria y artificial rivalidad que surgió hace unos años va remitiendo para alegría de los aficionados con gafas y gusto por la tapa de espinacas con garbanzos que poblamos la grada en mucho mayor medida de la que los aficionados enfadados y faltones creen. Que el Sevilla es un equipo potente y correoso al que alegra ganar por ser un hueso duro y un competidor directo es una cosa; de ahí a faltar al respeto e insultar hay un mundo.

El Sevilla es, por cierto, un equipazo capaz de reinventarse año tras año, forzado a vender a sus mejores jugadores a equipos más ricos y candidato a pesar de los pesares a hacer algo gordo cada temporada gracias a una buena política de fichajes y una afición que aprieta como pocas; sólo ya por eso merecería un recibimiento respetuoso. Que haya tenido presidentes encantados de buscar polémicas para echar cortinas de humo sobre su propia gestión delictiva es desde luego un problema. Que tenga un entrenador sobreactuado que pide con grandes gestos que no se tire un balón fuera para sacar de quicio a los rivales y embarrar un partido que va perdiendo por sus propios errores tácticos no ayuda. Que parte de la afición rival, como la nuestra, sea también dada al insulto y a la rima ofensiva (ofensiva tanto para el objeto del insulto como para las reglas de acentuación de la gramática española, se entiende), es una excusa pequeñita e infantil para justificar comportamientos poco elegantes.


Piensa uno que no estaría de más que el Calderón mostrase más respeto por los equipos que pelean en esta liga desigual en la que dos se reparten el pastel que otros, también el Sevilla y el Atleti, reclamamos. Sería desde luego más elegante, más coherente con lo que el propio Atleti reclama y más agradable para todos. Si luego en otros campos no hacen lo mismo y el Atleti es recibido a voces, eso ya sería problema suyo. Nosotros habríamos cumplido con nuestra parte, que es lo importante. 

lunes, 20 de enero de 2014

De recién llegados y visiones catastrofistas

Con la buena marcha del equipo y el inicio de la segunda vuelta, al menos a Grada de Lateral ha llegado una nueva hornada de aficionados: los Nuevos Abonados.

Uno ignora si los Nuevos Abonados fueron siempre abonados y lo dejaron en un momento dado, o si nunca fueron socios del Club pero lo son ahora. Uno no sabe si los Nuevos Abonados son atléticos de pedigree o simples arribistas, si son misioneros de los Padres Colchoneros Descalzos de esos que hacen discípulos en todas las naciones o aficionados de bar que aprovechan el buen momento del equipo para ir a la grada y hacer rabiar a los compañeros de trabajo el lunes. Uno no tiene ni idea de esto, pero sí de la desazón que ha causado su llegada a la Grada de Lateral.

En Grada de Lateral, como en casi todas las partes del campo, nos conocemos todos. Detrás del que suscribe, por ejemplo, se sientan tres jevis de cuarenta y pico años que son pausados y amables con la concurrencia. Justo detrás, dos chavales que ven cosas de esas que sólo ven los que trabajan y juegan con entrenador; a la derecha se sienta un tipo que es una enciclopedia andante, campeón de las estadísticas y los apercibimientos, experto en banquillos rivales y en categorías inferiores del Atleti, que ve el fútbol con su padre mientras entre los dos dan cuenta de cuarto y mitad de pipas. Detrás y a la izquierda hay un señor que va al fútbol con su hijo: se sabe que son padre e hijo porque son exactamente iguales pero en diferentes escalas. A la izquierda hay un tipo que le tiene tirria a Adrián, delante hay dos tipos muy simpáticos que fuman entre los dos hasta cuatro y cinco cigarrillos de marihuana por partido. Delante y a la derecha, un poco más abajo hay un gilista con mal genio que se enfada cuando la grada pita al palco (que últimamente es poco) y es incapaz de ocultar su enfado porque la irritación le produce un enrojecimiento súbito de las orejas, cuyos lóbulos adquieren aspecto y calibre de solomillo poco hecho. Más a la izquierda, junto al pasillo, hay una familia de radicales con gafas que ven problemas en todo lo que pasa; en la fila que está justo encima de éstos, una señora muy linda, mayor y educada, que va al fútbol sola con su bufanda del Atleti y pone cara de Ay Dios no podría haberme tocado otra familia más tranquila delante cada vez que la familia radical se levanta y pontifica sobre qué jugador está acabado y que árbitro merece la horca. Entre la familia radical y el que suscribe se sienta un señor argentino que va al fútbol con su hija; su hija, que va a la grada desde que es pequeña (y repasaba los apuntes de lengua en el medio tiempo, la condición que le ponía su padre para poder ir al partido del Atleti), creció hace unos años y se convirtió en chica con tipazo y melena negra que, al llegar tarde, provoca las miradas furtivas de los dos que fuman porros, del padre del hijo-réplica, del gilista enrojecido, del enemigo de Adrián, de los tres jevis amables, del campeón estadístico, de los dos chicos con entrenador y de los tipos de más edad de la familia enfadada pero no del que suscribe, no, quien al ver llegar a la chica suele quitarse las gafas, sacar un trapito, limpiar una lente, limpiar luego otra y luego mirar en dirección opuesta, de reojo, por si se lleva un bolsazo de su señora; esta actitud cobarde es muy del gusto de la señora linda que va sola al fútbol, que es el ojito derecho en la grada del que suscribe.

A los Nuevos Abonados, eso sí, no les tenemos calados. No es por no hacerse notar, no es por eso. Los Nuevos Abonados acudieron por primera vez al campo el día de Copa del Valencia o quizás el día del Barcelona, pero éste último, con tanta gente nueva y tanto extranjero y tanto chino y tanto turista, no se hicieron notar. El día del Valencia fue otra cosa, y fue aún peor ayer, el día del Sevilla: ese día los Nuevos Abonados mostraron sus credenciales y dejaron claras sus posiciones, sus modales y que el resto de temporada será duro, duro para nosotros, los Viejos Abonados.

Los Nuevos Abonados son talluditos y en algunos casos se acercan a los cincuenta y muchos, lo que no les impide cantar a pleno pulmón las canciones más ofensivas y vergonzantes que salen desde la trastienda de la grada. Vinieron en parejas o en grupos más numerosos, llevan gorros calados y fuman mucho, hablan a voces de todo y de todos y no tienen en cuenta si sus comentarios molestan a la concurrencia que lleva ahí varios años conviviendo con paciencia y respeto. Son catastrofistas y negativos, lo ven todo mal, critican tanto cuando se saca el balón jugado como cuando se pega un pelotazo. Desde el minuto diez, los Nuevos Abonados advierten de que hoy verás cómo el árbitro nos roba, verás cómo se lesiona fulano o revienta mengano si no hay rotaciones y se quejan de las rotaciones justo después, dudan de Simeone por sentar a Óliver Torres y de Óliver Torres por no merecerse la llamada del Cholo. Los Nuevos Abonados gritan fuerte cada vez que el árbitro pita algo en contra y le llaman hijoputa y le llaman maricón y, el día del Valencia, hasta le llamaron “arbitrucho” y “cucaracha”, que son adjetivos de otra época, de otro siglo casi, pertenecientes a una nomenclatura ya clásica, pretérita, antigua. Los Nuevos Abonados insultan también al rival y si el rival es negro le llaman negro y si el rival es bajito le llaman enano y si el rival tiene flequillo le llaman maricón y si el rival es un tipo normal le llaman también hijoputa, como al árbitro; se ve que “hijoputa” es su insulto escoba, su insulto comodín, su insulto de cabecera. Los Nuevos Abonados insultan a todo el mundo y ayer, contra el Sevilla, insultaron a Miranda, insultaron a Koke, insultaron a Villa e insultaron a Simeone, para asombro y reprimenda del resto de la concurrencia. A Miranda le pusieron de torpe, a Koke de empanao, a Villa de acabao y a Simeone de no tener ni idea de hacer cambios. Al árbitro le insultaron antes de pitar el penalti, le insultaron cuando pitó el penalti y luego, intuimos, le siguieron insultando hasta ahora mismo, momento en que Vd lee este ladrillo. Al Sevilla le insultaron en general y en particular, en concreto y en abstracto, en fenómeno y en noumeno.  A Bacca le llamaron negro, a Rakitic le llamaron rubia, a Emery le llamaron Emery (que no es poco). Cuando el árbitro fallaba insultaban al Sevilla, cuando fallaba Juanfran insultaban al Sevilla, cuando fallaba el Sevilla insultaban a Miranda. Cuando Miranda acertaba insultaban a Iborra, cuando Filipe centraba insultaban a Villa, cuando Fazio se peleaba con Costa insultaban al inventor del Lladró (que, dicho sea de paso, se lo merece). Cuando insultaban lo hacían con la boca muy abierta, incluso cuando comían bocadillos, y mientras comían insultaban, quizás para refrigerar el bolo alimenticio. Cuando hablaban tranquilos con sus compañeros se sentían incómodos con tanto sosiego e insultaban a Koke o a Arda o al que pasara por ahí, para recuperar tensión arterial. Cuatro minutos antes de acabar el partido, con el Atleti volcado y la grada empujando, se fueron los Nuevos Abonados, molestando a todo el mundo, murmurando maldiciones, insultando por lo bajini y dejando por fin la Grada de Lateral con la tranquilidad de siempre.

Yo no sé a Vds, pero a nosotros nos ha tocado la especial con los Nuevos Abonados. A ver si hay suerte y cogen una faringitis que les dure hasta verano.
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Llegó la afición al campo abrigada como para ir a la Antártida a recoger muestras de hielo milenario, y se sentó con dificultad en los asiento de la grada. En algunos asientos, por cierto, ya han germinado, valientes, algunas plantas crasas; normalmente la riqueza botánica del Calderón se muestra en primavera, pero se ve que las últimas lluvias y el cambio climático ha animado a algunas especies vegetales a germinar en pleno enero. Si son líquenes o musgos u otras especies de la tundra siberiana o la taiga finlandesa es algo aún por concretar, y consta el interés de la Universidad de Espoo, Finlandia, por enviar un buque oceanográfico al Manzanares en misión de investigación vegetal, tripulado por dos catedráticos, siete estudiantes y un sastre especializado para hacer un censo detallado de especies y, en su caso, convertir el Calderón Reserva de la Biosfera también en invierno y no sólo de abril a junio.

Se sentó la afición en los asientitos azules y casi no cabía con tanto plumífero y tanto gabán y tanta mochila con manta. Échese un poco para allá, haga Vd el favor, con gusto me echaría, ya, pero si me echo un poco más me caigo al pasillo. Se esperaba en el Calderón un frío polar que luego no fue tanto, o al menos no lo fue hasta el último rato, claro, que es cuando el río se venga de los chistes que hace la gente sobre la gaviota reidora. Hablaba al llegar la gente en la grada de la inmensa suerte que tenemos de ir al campo a ver al Barcelona, Valencia, Sevilla y Athletic de Bilbao en dos semanas escasas, una racha estupenda para ver a un montón de clubes históricos con equipos duros de pelar frente al líder de la Liga. 

  - Colíder, oiga
  - Vaya Vd a la mierda
  - Caramba


Salió el Atleti con cara de pocos amigos y el Sevilla con cara de Borussia Dortmund y empezó el baile pronto. El Atleti salió en tromba, regateando y tirando paredes en campo contrario ya desde el pitido inicial, como dejando claras las intenciones para abrir boca. El equipo que salió de inicio era más o menos el de siempre, con Koke jugando más retrasado y Raúl en vez de Tiago. La primera cuestión que revoloteó por la grada es si Simeone se fía o no del banquillo, si es conveniente que juegue siempre el mismo equipo, si las muestras de cansancio que dejan algunos de los elementos clave del equipo son peligrosas, si el Profe Ortega tiene bien medido (que lo tendrá) el valle físico que están pasando los jugadores. La grada espera que tras el partido del jueves contra el Athletic se empiece a ver en la alineación a Cebolla, a Óliver, a Guilavogui, a Aldecoa, a Manquillo, y, mientras tanto, empieza a sufrir por Koke y Gabi, se preocupa por Arda, se inquieta por el estado físico de Diego Costa después de cada carrera.

Pero hete aquí que el Atleti salió fuerte y puso cerco a la portería del Sevilla con una energía y una intensidad que hacían pensar que poco quedaba para el gol. El equipo empujaba y el Sevilla achicaba agua y, entre todos, la sorpresa: Villa, mal casi todos los partidos, lento, flojo y pesado hasta ahora en casi toda la temporada, estaba cómodo. Villa se mostró confiado, con ideas y con más presencia física, hábil en el control y con ganas de montar un lío. Tras un rechace, metió un buen gol haciendo botar el balón con intenciones aviesas, como en sus buenos tiempos. El Atleti había asediado al Sevilla y se había llevado un gol cuando todo indicaba que iba a ser así, qué cosas, las cosas pasando como uno espere que pasen en el estadio Vicente Calderón, ni más ni menos.

Siguió adelante el primer tiempo y el Atleti jugó bien. Ordenado, mandando y cómodo ante un equipo reservón y con pocas ganas de atacar. El Atleti no elaboraba demasiado y pegaba algún pelotazo, buscaba siempre los segundos palos en las jugadas a balón parado para evitar los centímetros de Fazio e Iborra y, con menos problemas que más, llegó al medio tiempo tan contento. Pero, eso sí, el segundo tiempo fue otro cantar. El Sevilla, buen equipo que va a más, no se echó al ataque pero empezó a controlar más y más el partido gracias en parte a los cambios. Sólido atrás, aprovechó la extraña forma de pitar del árbitro – horrible toda la noche- para acomodarse en el campo, ahogar la salida del Atleti, robar y salir cuando le era posible. Con Diego Costa atado por Fazio en un duelo en el que hubo de todo (incluido lo peor de cada uno), el rival hizo al Atleti sentirse incómodo, ansioso, ahogado. El árbitro no pitó un posible penalti a Raúl García pero sí pitó uno parecido de Juanfran a Bacca, que en el campo no pareció en absoluto y en la televisión mucho más. Juanfran tiene estas cosas a veces, peca de inoportuno, tiene errores puntuales y visibles que cuestan puntos y ayer tocó de nuevo. Tiró Rakitic, jugadorazo que mueve a todo su equipo, y el Atleti se agobió. Perdió las ideas, perdió el tempo, perdió la paciencia y se lió él sólo en su propio juego, pegando pelotazos, pegándose una y otra vez contra un Sevilla bien plantado y convencido de su misión, consciente de sus limitaciones y del arsenal del rival y dispuesto a defender con uñas y dientes el inesperado botín del penalti.

A toro pasado, uno lee críticas a Simeone por no hacer cambios a tiempo y preocupación por el estado físico del equipo. Uno lee también profecías catastrofistas sobre la inminente caída a los infiernos del equipo y malos augurios para el colchonerismo en general, muchas de ellas provenientes del propio colchonerismo, autodestructivo y pesimista. Hay quien habla de vértigo ante el liderato, de robo arbitral, de duopolio que no admite disidencias, de fin de un sueño. Uno, más simplón que todo eso, no vio exactamente eso en el partido de ayer. El Atleti, acostumbrado a ganar todo en el Calderón en los últimos tiempos (salvo el intensísimo y meritorio partido ante el Barcelona), sí ha coqueteado con empates y derrotas en un par de partidos de esta misma liga. Contra Osasuna y Celta, el Atleti tuvo la ocasión de recordar que es mortal, que en cualquier momento puede perder los puntos que la afición menos fiel da por supuestos antes de los partidos. Contra el Valencia se sufrió buena parte del partido, igual que contra el Levante; en Copa se sufrió de nuevo, sobre todo en Mestalla. Los resultados han sido magníficos pero no siempre obtenidos con facilidad, no lo olvidemos.

Si bien es cierto que el equipo se resiente de tantos partidos, no fue ayer cuando más agotados se vio a los jugadores. Faltó Tiago, que últimamente aporta mucho, y el equipo notó falta de ideas e inventiva, aplomo y calma, experiencia y flema. El Atleti, tras muchos partidos ya, es posible que haya perdido frescura y, sobre todo, capacidad de sorpresa. El admirable equipo de Simeone no tiene la cantidad de recursos que la plantilla de equipos más ricos brinda, y es normal que pase fatigas cuando buenos equipos como el Sevilla vienen a Madrid renunciando a todo afán de victoria, metidos en la trinchera con disciplina y calidad tras estudiar con afán al rival. Contra el Sevilla el Atleti hizo un partido más flojo de lo normal, pero teniendo en cuenta el altísimo nivel habitual, no es de extrañar. Son ya muchos los partidos del Atleti, son ya muchas las ocasiones que han tenido los rivales de estudiar al dedillo en entramado táctico y los puntos flacos del equipo, es normal empatar en casa de vez en cuando, tan normal como extraordinario es llevar 51 puntos y ser líder al inicio de la segunda vuelta, en un pañuelo con equipos cuyas plantillas cuadriplican en presupuesto a la del Atleti.

Muy lejos del catastrofismo, el que suscribe vio un partido flojo en su segundo tiempo que acabó en empate contra un buen equipo. El empate supo mal, a derrota y ocasión perdida, y eso dice mucho del nivel al que nos tiene acostumbrado el equipo. Todo el que haya seguido al equipo de cerca desde la llegada del Cholo esperaba un bajón físico o al menos la ausencia de frescura entre enero y febrero; el calendario y la suerte han hecho que el valle coincida con una cadena de partidos contra equipos fuertes, muchos de los cuales ven en un empate contra el Atleti un motivo de celebración a voces.

El jueves llega otro buen equipo, el Athletic, en un momento complejo, pero así son los campeonatos y a estos desafíos se enfrentan los equipos grandes. Nadie dijo que esto fuera a ser fácil, pero tampoco nos dijeron que iba a ser tan bonito, tan divertido y nos haría estar tan orgullosos. Qué suerte tenemos, oigan.

jueves, 28 de febrero de 2013

Crónica del Sevilla - Atleti, o un poco de respeto, oiga




El Atleti jugó ayer un partidazo en un estadio enorme, contra un rival duro de pelar al que apoya una afición entregada. El Atleti es el tercer club de España por títulos, masa social y unas cuantas cosas más, campeón de la Europa League y de la Supercopa europea pasadas y segundo clasificado en liga. El Sevilla es un equipo con títulos nacionales y europeos, un rival de los que mete miedo cuando viene de visita y más cuando recibe rivales en su casa, un fijo en la parte alta de la tabla en los últimos años y cuna de jugadores grandes. Entre los dos clubes suman doscientos y pico años de historia, un volquete de títulos, un tren de jugadores de leyenda, cientos de miles de seguidores, una pechá de partidos para recordar, miles de socios, millones de historias.

El partido no era un torneo de pretemporada ni un encuentro anodino de mitad de liga, ni unos treintaidosavos de final de una copa desconocida. El partido era una semifinal de la Copa del Rey, ese torneo que es importante cuando lo ganan unos y una competición a descartar cuando esos mismos unos pierden en una eliminatoria temprana con la excusa de que es mejor centrarse en otras competiciones de más relumbrón.  El partido era la vuelta de la eliminatoria, la segunda entrega de un partido celebrado en Madrid que acabó con 2-1 para el Atleti, es decir, con opciones para los dos equipos de ganar y de quedar eliminados. En Sevilla el partido se planteó como una cita grande, como la oportunidad de enderezar una temporada torcida desde el inicio por, según se ve ahora, la inoperancia de un entrenador protegido por los medios: tres, cuatro partidos después de llegar el nuevo entrenador, el Sevilla de estas alturas de temporada no tiene absolutamente nada que ver con el equipo pusilánime de noviembre sino que mete la pierna, mete presión y mete miedo.

El Atleti iba al Pizjuán, territorio demasiado hostil para lo uno cree que debería ser, con los dientes apretados, los puños apretados y los machos más apretados aún. El Atleti de Simeone es un equipo aguerrido, peleón, concentrado y guerrero. El Atleti de Simeone, segundo en liga, campeón de varias copas recientes y rompe-records de victorias en Europa y en el Calderón, juega bien, mal o regular pero rara vez entrega el estandarte sin perder litros de sudor y sangre, garantiza pelea e intensidad, velocidad y fogonazos de calidad y clase. Al Atleti de Simeone le siguieron ayer mil y pico aficionados que se desplazaron a 600 kilómetros de su casa en día laborable para hacer llegar a los jugadores el aliento que enviaban cientos de miles más desde sus casas. Y al Atleti de Simeone le esperaba ayer en su casa el Sevilla, equipo peleón y guerrero como el Atleti, apoyado por una grada peleona y guerrera como la del Atleti. El Sevilla no va tan bien este año como otros, pero sigue siendo un equipo temible en su estadio, también de esos que rara vez entrega el estandarte sin perder litros de sudor y sangre.

A este auténtico partidazo de fútbol entre dos clubes centenarios le dedicaron los medios un ratito sólo, una esquinita de sus página, un poco de atención caritativa enfrascados como estaban en analizar el color de las sombras de ojos de los espectadores de los palcos vip del partido del día anterior. A este auténtico partidazo entre dos equipos de esos a los que alivia ganar y no gusta enfrentarse se le dieron las migajas informativas que quedaban en la servilleta de aquellos a los que se les llena la boca hablando de equipos ricos y poderosos repletos de estrellas de comportamiento ridículo. Este partido, que de haber sido una semifinal de la FA Cup entre dos clubes centenarios ingleses habría llenado crónicas con eso de que el estadio olía a fútbol y recordaba a las batallas históricas entre romanos y cartagineses, recibió por parte de los medios patrios una atención pequeña, una atención por compromiso, una atención de cumpleaños en casa de una tía abuela, uy cómo han crecido estos dos clubs, hay que ver que se han hecho dos hombrecitos ya, claro, tanto visitar a sus primos los hijos del concejal que no nos habíamos dado cuenta que estos dos son ingenieros de caminos ya, hala majos, tomad cien pesetas.

Para colmo de los colmos, la cadena de televisión que retransmitía el partidazo eligió un equipo de comentaristas muy del gusto del espectador no futbolero, es decir, de estilo vociferante y pseudo-cómico, ese estilo campechano con frontera en lo ridículo que ahora se lleva tanto. Los comentaristas, que parecían no tener ni la más remota idea de cómo juegan normalmente los dos equipos a los que ayer intentaban analizar, mostraban audacia suicida haciendo afirmaciones erróneas sobre cosas que cualquier aficionado a cualquiera de los dos equipos sabe.  Paradójicamente los comentaristas parecían exageradamente ocupados en hacer ver que el evento era de un extraordinario interés deportivo y mediático,  gritando cada vez que un defensa pasaba la línea del medio campo, alabando las virtudes de cualquier jugador que hacía un control de balón normalito, inflando cifras de posesión y probabilidades de vuelco en la eliminatoria sólo para mantener el interés de la audiencia, que es de lo que se trata. Si de verdad fuera un evento tan importante para la cadena, pensamos muchos, se elegiría con algo más de mimo y ojo a los responsables de la narración y el análisis. Pero tanto da, oiga, con que estos sean capaces de hacer sencillos chascarrillos tabernarios y comparaciones de alumno torpe de Paco Gandía, con que tengan la suficiente cara dura como para hablar sin saber del tema, con eso basta.

Bien haríamos las aficiones de ambos clubes en concentrar las energías en mandar solemnemente a paseo a los responsables del irrespetuoso trato que reciben nuestros equipos y el resto de los que juegan liga y copa, excepto los cansinos miembros del duopolio, en vez de en insultarnos mutuamente a ojos de todos, como dos gallos de pelea que hacen pasar el rato a los señoritos del cortijo.

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Salió el Atleti vestido de negro en casa del Sevilla, que va de blanco, y uno ya no entiende nada. El equipo, que de toda la vida ha ido de rayas rojiblancas y pantalón azul, viste ahora de diferentes tonos para evitar confusiones; cualquiera diría que, en la época de las Smart TVs de HD, cientos de pulgadas y miles de vivos colores, los partidos del Atleti sólo los vieran ancianos de remotas aldeas incomunicadas en pequeñas televisiones de tubo en blanco y negro, con una antena de esas que es una percha desmontada. Se dice que las televisiones mandan en el negocio del fútbol, pero por lo que se ve mandan como mandaban antes, imponiendo los atuendos para que no se confunda el personal; en breve, cuando la señal de los partidos del Atleti se vaya a negro, pondrán un rótulo de cartón en el que ponga “Minutos Musicales” y saldrá cantando Salomé aquella canción dedicada al Cholo Simeone que dice “desde que llegaste ya no vivo llorando, jey, vivo cantando, jey, vivo soñando, jey”.

Salió el Atleti de los partidos grandes pero con Cata en vez de Godín y con Tiago en vez de Mario, aunque esto último ya no es novedad. Cata salió porque no había más remedio y lo hizo bien; algo parecido pero distinto le pasa a Courtois, al que ahora le ha dado por salir por alto cuando no queda más remedio y no siempre lo hace bien, a pesar de que los ignorantes comentaristas de la televisión subrayaran su juego aéreo como uno de sus puntos fuertes. Jugó también Miranda, que como siempre últimamente jugó sobrado (aunque es cierto que enfrente tenía a Negredo, de nuevo inmóvil y poco participativo, torpón y sin ganas), y jugó Juanfran, que sufrió como viene siendo habitual estos últimos tiempos. Por el lateral izquierdo jugó Filipe Luis e hizo uno de los mejores partidos que uno le recuerda en el Atleti, y eso que no brilló en ataque, uno de sus puntos fuertes. Filipe Luis defendió el lateral difícil, el lado por el que entraba Navas, lo que equivale a decir el lado por el que jugaba el 50% del Sevilla. Navas dejó claro que es un jugador enorme, que ya no es el especialista en una sola cosa que era antes, y que no hay jugador a su altura en todo el ataque del Sevilla. Y aún así, con todo y con eso, Filipe Luis hizo un partido defensivo impresionante, serio, sólido y concentrado, algunas de las características que tantas veces echamos de menos en él en la era pre-Simeone.

Por delante de la defensa jugaron Tiago, que tuvo que irse a la caseta con un brazo roto por una patada, Gabi, Arda y Raúl García. Gabi, junto con Mario cuando éste estuvo en el campo sustituyendo a Tiago, anduvo algo más atrasado y menos vehemente de lo habitual, pensando sin duda en evitar una tarjeta que le privara de la final. Arda se empleó en defensa como acostumbra en los días grandes y Raúl, una vez más, hizo un partido de hombre de equipo, guardando su sitio y dejando algunos detalles estupendos como un pase a Falcao que éste remató alto por exceso de celo. Todos jugaron como se esperaba, todos cometieron algunos errores y perdieron el balón demasiado rápido en algunas fases, pero ninguno se escondió ni rehuyó la pelea, todos ayudaron a la defensa y apoyaron al ataque. Todos metieron la pierna, ninguno perdió el sitio, todos mantuvieron la sangre caliente y la cabeza fría y por ello se lo agradecemos, por ello nos descubrimos ante su partido.

Y, por delante de la media, los dos protagonistas.  A los dos los mantuvo Simeone, como hiciera contra el Espanyol en inferioridad, y entre los dos dejaron claro que son importantísimos tanto para obtener ventaja como para mantenerla. Falcao marcó un gol de delantero estrella a excelente pase de Diego Costa tras un desmarque portentoso y remate asesino; Diego Costa marcó un golazo que solucionaba muchos problemas tras una maniobra de mucha calidad y un tiro ajustado. Entre los dos pudieron hacer hasta otros tres o cuatro goles, entre los dos mantuvieron al Sevilla más pendiente de no encajar que de marcar, más pendientes de guardar la ropa que de nadar.

Y si entre los dos consiguieron echar al Sevilla atrás y alejar el balón de Courtois, Diego Costa consiguió forzar 8 faltas y dos expulsiones y de paso desquiciar a todo el equipo contrario. Y eso que Diego Costa pareció ayer más comedido que en muchos partidos, o al menos esa impresión dio por la televisión. Aún así, medio equipo rival pasó buena parte del partido buscando pelea, como siguiendo instrucciones para sacarle del partido, quizás buscando una reacción violenta que no llegó, al menos a ojos de los que no estábamos en el campo.

Diego Costa ha generado una fama de conflictivo que no es injusta que parece haberle convertido en una buena coartada para malas actuaciones rivales; en el caso del Sevilla, equipo que tiene una tendencia excesiva a incendiar partidos que no necesitan fuego, eso pareció. Medel, jugador excelente pero con poca autoridad moral para dar lecciones de comportamiento, acabó expulsado tras iniciar un jaleo con Diego Costa como protagonista; se fue enfurecido y sobreactuado, rompiendo sillas y agarrado por su entrenador, como clamando al cielo por la injusticia de tener que jugar contra un jugador peleón, él, sí, él, Medel. Lo mismo le pasó a Kondogbia, a quién quizás se le pueda disculpar por su juventud, pero que de ser el que suscribe su entrenador se iba a acordar muchos años del error de ayer. Negredo,  muy gris en los dos partidos, terminó por decir poco menos que la culpa de todo la tiene Diego Costa por provocador. Fazio le puso de vuelta y media a ojos de todos en cada corner, y hasta Rakitic, tipo frío y con aspecto de no haber robado nunca un donut, pareció irritadísimo por culpa del brasileño. Muchos parecen señalar a Diego Costa también como culpable de la muerte de Manolete, del asunto de los sobres de la calle Génova y de la desaparición del bar tradicional español y su sustitución por insulsas franquicias de aire mediterráneo y nombre saludable. Es difícil no acabar pensando que a ciertos jugadores les es más fácil señalar a Diego Costa como el representante del Maligno en la Tierra antes que asumir sus propias malas actuaciones.

Y es que últimamente se diría que Diego Costa es algo así como el Yoko Ono de los equipos que pierden contra el Atleti, la verdadera razón de cualquier contratiempo y a la vez el maquillaje que cubre la propia miseria, el clavo ardiendo al que agarrarse cuando las cosas no van bien, el disolvente universal. Entre tanto, Diego Costa crece como jugador mientras sus rivales se pierden en pedir justicia divina para justificar errores. Bien saben los que siguen estas plúmbeas páginas que no hay nadie más crítico que el que suscribe cuando Diego Costa ejerce de macarra de bolera, una actitud del todo aborrecida en estos lares; eso sí, no parece esta vez la ocasión propicia para defender que Diego Costa fuera el demonio que ha intentado pintar alguno sobre el marcador de ayer, para disimular otros elementos. 

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El Atleti llega a la final de Copa tras dejar atrás a un buen equipo con excesivas malas pulgas, nocivas para sus propios intereses en la humilde opinión del que suscribe. La clasificación, cree uno, es además justa viendo no sólo la eliminatoria sino el resto de la temporada. Produce muchísima pereza pensar en lo que queda por delante, en las semanas de hagiografía cansina sobre el otro finalista, en los rumores que empezarán en breve sobre el inminente fichaje de las figuras del Atleti por el otro equipo grande de la capital. Pero produce aún más rabia la falta de respeto hacia el partido de ayer, hacia la entidad del rival, hacia el partidazo y el ambientazo del Pizjuan, hacia el Atleti, el Sevilla y los aficionados de ambos.

Un poco más de respeto, oigan, y quédense Vds con su clásico y sus complejos en un rinconcito, sin molestar al resto.

lunes, 5 de marzo de 2012

Sevilla-Atleti o cómo cogerle el punto al punto


El Atleti empató en Sevilla y, qué cosas pasan, hay ya quien empieza a hartarse de Simeone, que es una cosa muy nuestra. Desde que llegó Simeone el equipo empata más que otra cosa, a veces con cierta justicia como en Sevilla, a veces por fallar muchas ocasiones claras, como contra Racing y Sporting. En un año en que la Champions parece asequible, por más que haya una sola plaza para varios equipos, habría que empezar a ganar partidos y dejar de empatar. En Racing de Avellaneda, Simeone terminó haciendo del empate el resultado estrella y culminó una buena temporada que no gustó a muchos. ¿Pasará esto en el Calderón?

Analizando el partido del Sevilla, uno llega a la conclusión de que quizás fuera el empate el resultado más justo. El Atleti fue mejor en el primer tiempo, pero no así en el segundo. En el primer tiempo, el centro del campo del Atleti controló el partido y Salvio tuvo hasta tres ocasiones, de las que marcó solo una que fue un golazo. En el segundo tiempo, el Atleti perdió metros, el Sevilla jugó por las bandas y el Atleti sufrió. Más que por las bandas, jugó por una, por la derecha, por la de Navas. Filipe Luis Filipe, a ratos fuera de sitio y a ratos sencillamente incapaz de hacerse con su par, fue una bendición para el Sevilla. Por el otro lado, entre el buen partido de Juanfran (una vez más) y el clásico partido de Reyes (una vez más), se vivió más cómodo. El partido de Reyes, con sus conducciones de balón mirando al césped, con sus carreras en dirección contraria a donde indica la lógica y el movimiento de sus compañeros, con sus caídas exageradas y buscadas, con sus deslizamientos por la hierba, sus miraditas al árbitro y sus sonrisas en momento inoportuno llenaron de lágrimas de alegría los ojos de la afición colchonera que, ante el televisor, recordaron cómo hace no tanto tiempo Reyes hacía exactamente lo mismo en el Atleti para asombro y loa de parte de la prensa y mansa obediencia de aquella parte de la grada que delega su criterio en los voceros oficiales de los medios.

¿Qué le pasó pues al Atleti, además de que jugó contra un equipo que lo hizo bien, sobre todo en el segundo tiempo? ¿Por qué empató de nuevo un partido que podía haber ganado? Varias cosas se adivinan como causas. La primera, y más de Perogrullo, es que faltaban los buenos. Ni Falcao, ni Diego, ni Arda. Faltaba también Godín, pero a Godín le puede suplir Domínguez mientras que a Falcao no le suple nadie y a Diego casi tampoco. De entre Falcao, Diego y Arda al menos dos son imprescindibles, y de esos dos, uno es Falcao. Sin Falcao, Adrián hizo a ratos de delantero centro y dejó claro que no es su sitio, que su sitio está cerca de alguien como Falcao. Falcao puede fallar goles fáciles o quedarse en blanco en esos partidos en los que acaba con cara de angustia. Pero Falcao, juegue como juegue, marque o no, se desfonda, lucha, presiona el primero, permite con su presión que el resto de compañeros no estén en inferioridad casi nunca, entra al remate con la determinación suicida del primer forçado de la línea. Falcao siempre da posibilidades a los centrocampistas y siempre hace que los centrales rivales anden con la mosca tras la oreja. Los interiores y laterales saben que, cuando no hay otro remedio, un balón hacia el centro del área será casi seguro rematado por Falcao aunque haya dos centrales de dos cero cinco, aunque Falcao llegue desde más lejos que los defensores, aunque se juegue un puñetazo en la sien; sin Falcao, los centrocampistas siguen elevando balones al centro del área, pero casi nunca hay rematador. Y eso que ayer lo hubo y Salvio metió un golazo en el minuto 9.

Sin los tres de arriba, de la defensa hacia delante el Atleti formó con Tiago, Mario, Koke, Gabi, Adrián y Salvio. En un buen equipo, estos serían jugadores que rellenarían los huecos para los que no hubiera jugadores más capaces; Adrián, claro está, es la excepción a esta regla. Mario y Tiago, jugadores más blandos de lo deseable, ocuparon el doble pivote. Gabi, omnipresente pero cada vez más fundido, salía el primero a presionar. Koke corrió como gusta a Simeone y tuvo poco el balón en un partido de muchas carreras y muchas pulsaciones. Adrián anduvo más perdido que de costumbre, posiblemente por no tener la referencia de Falcao dentro del área o de alguno de los centrocampistas más creativos por detrás de él, dado que Koke anduvo más concentrado en tapar que en destapar.

Salvio fue el protagonista del partido, nos pese o no. En el primer tiempo marcó un golazo, hizo un buen tiro al palo largo con la zurda en un balón que pudo haber pasado a Juanfran, y casi marca un buen gol de remate complicado al palo más corto pero Palop hizo un paradón. Hasta ahí lo bueno, a partir de ahí el resto. En el segundo tiempo, una contra fácil, nacida de un balón robado por Mario, terminó en una pérdida de balón calamitosa, un contraataque, un pase de Navas desde la derecha y el remate de Babá; Babá es de esos jugadores que no tocan casi el balón durante el partido y siempre acaban marcando al Atleti. El fallo de Salvio manchó su gol, y la consecución de fallos que vinieron después, aún más. Se supone que Salvio es un jugador de banda y desborde que vive cómodo con espacios, pero esas suposiciones chocan con lo que se ve en el campo: es una lentitud cómoda para sus marcadores, una previsibilidad que facilita al defensor su tarea, un lenguaje corporal en carrera que hace evidente hacia qué lado girará, si frenará, si acelerará, si pasará o intentará regatear. Ausentes Falcao, Diego y Arda, las alternativas en ataque disponibles en el banquillo era Salvio o Pizzi, pareja de atacantes conocida en ciertos sectores de la grada como “Susto y Muerte”, y con esto queda todo dicho.

El segundo motivo que puede explicar la pérdida de control en el segundo tiempo y el empate es el cansancio. El equipo se mostró fundido en el segundo tiempo, y dispuesto a asumir el empate como mal menor al final del partido. Gabi hizo la labor de dos hasta que sólo pudo hacer la de medio, Koke no paró de tapar espacios y renunció al trato del balón por llegar siempre apurado y tener pocos espacios. El altísimo ritmo que impone el estilo de Simeone implica motores de alta cilindrada y muchas revoluciones, y esto sólo es viable con jugadores que sean portentos físicos, de los que el Atleti carece, o con varios jugadores intercambiables. Simeone está tirando de pocos jugadores, el equipo titular es casi fijo y en partidos en los que no están aquellos capaces de tener el balón y marcar el ritmo como Diego y Arda, el esfuerzo se multiplica. Según avance la temporada y se llegue a las semanas finales, se verá un equipo aún más cansado, si no directamente fundido.

Y esta idea lleva al último elemento, recurrente, anual, un clásico. La plantilla del Atleti la confecciona el departamento financiero, sección comisiones, y no el departamento técnico. No hay recambios para puestos claves, no hay atacantes y todo se fía a Falcao, que marca la mitad de los goles del equipo. Si Filipe Luis Filipe se funde, el recambio es Silvio, recién llegado de una lesión eterna; Juanfran es lateral derecho y lo hace bien, pero no se le contrató para eso, para su puesto estaban el frágil Silvio y Perea, jugador al que se lleva buscando sustituto años. Hay unos cuantos centrales, eso sí, y un portero cedido y otro que inspira pánico, mientras que se ha cedido a un tercero a un equipo que va por delante en la clasificación y ahora está en el punto de mira de algunos clubes extranjeros. Hay varios medio centros con características similares, carentes todos de ese algo especial que les haría indiscutibles, ni muy muy físicos (salvo Assunçao) ni muy muy técnicos, algunos más tácticos y disciplinados, otros con supuesta clase y talento que enseñan con cuentagotas. De los jugadores de talento, uno está cedido y el otro es conocido por su querencia a las lesiones frecuentes y, desde hace unas semanas, por su afición a hacerse fotos en discotecas a altas horas de la mañana durante períodos de lesión. Como comodín para la parte delantera está Pizzi, el hombre de los 15 millones de euros al que nadie ha visto jugar lo suficiente y que cuando se le ha visto ha dejado la impresión de ser un jugador mucho más barato del pago de cuyo traspaso, por cierto, no se sabe nada. La plantilla es rara, descompensada, carece de jugadores clave para puestos clave y dos de ellos están sólo cedidos. Es más, las características de la mayoría de jugadores casan mal con la idea de juego de Simeone, técnico elegido más por lo que representa en la grada que por lo que convenga a la plantilla. El Club suele optar entre entrenadores de toque y posesión y otros de agresividad y contraataque independientemente de los jugadores disponibles, haciendo del grado de protección que puedan ejercer ante las críticas al palco y el monto de las comisiones los únicos criterios válidos para elegir cuerpo técnico.

Y, aún sin contar con jugadores ideales para su sistema y filosofía, sin haber participado Simeone en la confección de la plantilla, los futbolistas parecen haber entendido lo que se pide de ellos. Quizás porque la inmensa mayoría de partidos vistos este año por el que suscribe han sido de equipos dirigidos por Manzano y Villas Boas, lo hecho por Simeone en el Atleti en las últimas semanas le merece todo el respeto. De un equipo perdido e insulso se ha pasado a un equipo aguerrido y comprometido. De un grupo deprimido y sin chispa, se ha pasado a un grupo de jugadores que saben lo que tienen que hacer y que quieren hacerlo, jugadores que se apoyan, que ayudan a su compañero, que esperan el fallo del rival ante la presión del compañero para recuperar el balón rápido y cerca del área rival. El Atleti juega a algo y los jugadores lo entienden. El Atleti es por fin un equipo y no un grupillo sin fin común, y eso es mérito de Simeone. El equipo empata pero hace por ganar, y si no lo consigue es por las propias limitaciones de la plantilla. Con lo que hay, y más aún cuando hay ausencias importantes, poco más se puede pedir. Perder ya la fe en Simeone sería prematuro y, sobre todo, algo que una afición que ha sufrido recientemente a Quique Flores y Manzano no se debería permitir. Confiemos.