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lunes, 10 de diciembre de 2012

Cinco. Y de cinco, uno


Cinco goles marcó Falcao en un partido, cinco goles, ni más ni menos, y ahí estuvimos para verlo y para coger una pulmonía de tiro cruzado, una pulmonía en carrera, una pulmonía en plancha, una pulmonía de esas que merecen la pena.

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Cinco goles metió Falcao al Deportivo de la Coruña. Cinco. Hasta ahora, parece que sólo Vavá había metido cinco goles con el Atleti en liga, sólo Vavá. Vavá, que ganó dos Mundiales con el Brasil de Garrincha y Pelé,  marcando en las dos finales. Vavá, que estuvo en el Atleti del 58 al 61, según dice la Wikipedia, y que murió en 2002 sin que el Club organizara un minuto de silencio, si uno no recuerda mal.

Cinco golitos metió Falcao como cinco golitos tuvo la loba, cinco golitos detrás de una escoba. Cómo puede una loba madre parir cinco retoños detrás de una escoba es algo que escapa a las más preclaras mentes de la zoología y la biología y aún así se le enseña a los niños sin escolarizar y éstos lo entienden a la primera y no le dan mucha importancia. Cómo consigue un jugador meter cinco goles en un partido es algo que escapa a las entendederas de casi cualquiera que haya jugado un poco al fútbol, y aún así Falcao lo hace con naturalidad, sin darse importancia, sin alharacas, sin adornarse. Para Falcao es tan sencillo meter goles como para la loba parir tras la escoba, tan sencillo como para los niños asumir que tras el alumbramiento misterioso no hay más que cinco lobitos delgados como el palo de una escoba y con propiedades miméticas ante, como única muestra de asombro, no hay que hacer documentales ni llamar a un veterinario, sino que basta con mover las manos abiertas, las manos abiertas y con guantes que Falcao abre cuando mete uno, dos, tres, cuatro, cinco golitos.
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Dejando de lado la mala educación o el despiste del Club, que ya es algo común (aunque mitigado desde que llegó el actual equipo de comunicación, más pendiente de estas cosas), la noticia del día es que Falcao metió cinco goles en el Calderón él solito y en un mismo partido. Los cinco goles eclipsaron el partido de Diego Costa, que esta vez se dedicó a jugar en vez de innovar sobre la forma en hacer llegar escupitajos a la cara de los rivales, jugó bien y metió un gol. Eclipsó el buen partido de Koke y el flojo partido de Mario, el impreciso partido de Arda y el buen partido de Godín, ayer más agresivo y adelantado a la hora de defender y más confiado a la hora de irse hacia el área contraria. Eclipsó también el generoso partido de Filipe Luis y las reflexiones sobre lo mucho que se echó de menos su presencia en el estadio del otro equipo grande de la capital, y el discreto partido de Juanfran, desentonado a ratos como casi todo el resto de liga. Eclipsó la vuelta de Valerón, que casi mete un gol de cabeza a pesar andar de lado a lado del campo sin ya mucho sprint que ofrecer, y al que algunos científicos contrastados insultaron durante el partido, consiguiendo ya de paso que al retirarse fuera ovacionado por la grada, como no podía ser de otra manera.

Falcao eclipsó pues todo lo eclipsable y más, incluyendo la segunda plaza del Atleti, el próximo partido contra el líder y la diferencia de puntos contra los rivales por el segundo, tercer y cuarto puesto. Eclipsó también la victoria de Juan Manuel "Dinamita" Márquez  sobre Manny Pacquiao y la más que posible candidatura del Mono Burgos a disputar el mundial al mexicano en la categoría "arrancamiento de cabeza portuguesa por guantá con la mano abierta". Eclipsó, en fin, dos o tres fenómenos astronómicos infrecuentes, varios satélites de comunicaciones, el frío de la noche a la vera del Manzanares, la abundancia de camisetas del Depor en las gradas (que tanto nos alegra) y la festividad de Santa Leocadia de Toledo, Mártir, santa toledana a la que profesaba gran admiración el rey godo Sisebuto, autor del Astronomicón, poema en hexámetros latinos sobre, precisamente, los eclipses. Qué cosas tiene la astronomía, oiga.

Falcao marcó un gol, el primero, tras pase en profundidad, entrando por la derecha del área y cruzando el balón, que pasó bajo la mano del portero. El segundo, de tiro portentoso y sorprendente desde fuera del área, dejando correr la bola y sin pensárselo: tan portentoso y sorprendente fue que en el campo casi ni lo vimos, sólo vimos la parábola del balón que entraba, no tuvimos tiempo de ver cómo lo había hecho. Uy, a ver, cuidado, ¡gol! ¿qué ha pasado, qué ha pasado?, gol, oiga, ha sido gol, sí, gol, sí, pero quién lo ha metido, ha sido el colombiano, oiga, el Tigre ha sido, Falcao ha sido, qué tío. El tercero lo metió de penalti bien tirado y el quinto, tras sentar a un rival y buscarse el tiro en la pierna derecha, buscando luego el palo corto cuando todo el mundo esperaba que cruzase al palo largo.

- Oiga, ¿y el cuarto? ¿el cuarto? ¿se olvida Vd el cuarto? ¿está Vd tonto?
- No me olvido, oiga.

Y es que el cuarto gol de Falcao, que no fue ni el más bonito ni el más importante ni el más llamativo, resultó ser el más asombroso de todos a ojos del que suscribe.

El cuarto gol fue propiedad de Falcao en menos porcentaje que los demás, y sin embargo fue el más de Falcao de todos. Gran parte del cuarto gol fue mérito de Arda y quizás, de no haberse producido, habría sido también error de Arda. Arda, que había jugado mal el derbi y había dejado a la hinchada fría y enfadada por esa mano absurda que acabó en gol con matrícula de Ciudad Real, quería agradar en su vuelta a casa. Lo intentó durante el partido contra el Depor, pero no estuvo del todo acertado. Falló algún pase cómodo en contraataque de libro, se lió en una banda haciendo cucamonas con el tacón y perdió algún balón de esos que él no acostumbra a perder. Arda, a quien la grada adora, tiene la virtud de caer bien con sus andares de ánade y su sonrisa en el momento menos esperado, pero puntualmente no está acertado. Arda, no obstante, no es un tarambana y sabía al saltar al Calderón que le debía una a la grada tras su mal partido contra los odiosos vecinos del Norte.

Arda, decíamos, lo intentó y lo intentó pero no le salieron las cosas como a él le hubiera gustado, a pesar de que el rival invitaba a lucirse. Y, en éstas, recibió un balón en profundidad tras toque sutil de Adrián, lo suficientemente lejos de la portería rival para permitirle colocarse bien el balón antes de que saliera el portero, lo suficientemente cerca para confiar en su sprint de patitas cortas de despertador, con la distancia suficiente para que el defensa no le alcanzara y obligara a parar el juego y regatear. Arda lo vio claro, tan claro como vio toda la grada que, a su derecha, detrás de los centrales que le perseguían, iba Falcao lanzado en busca de su cuarto gol con el ansia del que persigue el primero de su vida. La grada hubiera agradecido un pase de Arda para contribuir a la gloria de su compañero, como en aquél lance de Torres en la final de la Eurocopa. Pero Arda lo vio aún más claro que el resto, vio clarísima su oportunidad de reconciliación y ni miró a Falcao. Arda, que debía una a la grada, se metió en el área, se acomodó la bola con clase y tiró una vaselina fina, limpia, un baloncito destinado a entrar en la portería y terminar con los compañeros abrazándole y con Arda en medio, sonriente como Netol, sabiendo que había recuperado el cariño de todos.

Pero frente Arda estaba Aranzubía, que no es manco en estas cosas. Aranzubía intuyó las intenciones del turco y tiró un manotazo que dio en el balón. Miró Aranzubía al balón que subía en parábola, lo miró el turco y lo miraron los centrales, que ya empezaban a frenar sabiendo que mucho no podrían hacer ante el toquecito del rival. Miraron todos pero, más rápido y con más rabia que el resto miró Falcao. Falcao, que ya llevaba tres goles, pudo haber frenado, como los centrales, y esperar acontecimientos. De haber entrado el balón, le habría dado un abrazo a Arda y tan contentos todos. De haber fallado éste, podría haber mirado a la grada y haber hecho grandes aspavientos: a mííííí, Arda, a mííííí, turrrrcooo egoííííssstaaaa, ¿es que no ves que estoy en racha? ¿es que no ves que puedo hacer historia metiendo un cuarto gol? Falcao, que no es de reproches sino más bien lo contrario, también podría haberse parado, haber puesto cara de póker o haber mirado hacia otro lado, que para algo llevaba ya tres goles marcados y al pobre rival no se le veía mucha capacidad de reacción.

Pero Falcao, ya saben, no es así. Falcao, una vez lanzado a hacer gol, tiene claro que su misión en la vida es meter ese gol. Si huele gol, ya puede tirar su compañero a puerta, ya puede pararla el portero, ya puede caer un misil Scud en el punto de penalti o ya puede venir el Intercity Madrid - Ponferrada con paradas en Valladolid-Campo Grande, Palencia, Sahagún, León, Veguellina de Órbigo, Astorga, Vega-Magaz, Brañuelas, Torre del Bierzo, Bembibre, y San Miguel de las Dueñas, que él sigue a lo suyo. Falcao ha demostrado en todos los partidos, acertado o no, que trabaja más que el que más y que lo intenta mucho más que el resto, que corre más que los que tienen menos cartel que él y lo necesitan más, que suda más que los que tienen más cartel que él (que son cada vez menos) y no tienen por qué tomar riesgos ni pasar fatigas. Así que tiró Arda y se pararon todos, todos salvo Falcao, que ahí siguió por si las moscas. Falcao pareció ver antes que el resto que el balón que despejaba Aranzubía podría caer en situación de remate, y allá que se fue.

Falcao destaca desde su llegada al Atleti por esos saltos suicidas al remate, por una ausencia total de miedo, por jugarse los dientes y el tabique nasal ya sea en una final importantísima o en unos dieciseisavos de Copa contra un Tercera. También esta vez Falcao vio ocasión de meter un gol y no se lo pensó: no pensó en que podría llevarse una patada en la cara, como casi le ocurre, ni en que podría acabar con la cabeza estampada en el poste. No pensó en que ya había metido tres goles y que no necesitaba gestos de arrojo para ganarse a la grada que ya le idolatra. No pensó en su nariz, ni en la frente esa que le reventó de un pisotón un amable colega de profesión, ni en sus dientes ni en su ego. No pensó en que podría fallar, llevarse una patada y terminar enredado en la red de la portería, como un atún de almadraba. Falcao vio la ocasión de hacer su trabajo y no dudó ni un momento. Pegó un salto felino, superó por centímetros el pie de un central y remató a la red por cuarta vez con la rabia del que mete su primer gol tras cincuenta intentos fallidos. Falcao metió el cuarto gol, algo que sólo habíamos visto hacer recientemente a fenómenos como Baltazar, Vieri y Pantic, y lo hizo dejando la sensación de que, sin importarle si en el empeño se quedará sin nariz, sin dientes o sin futuro, si tiene que hacerlo lo hará sea cual sea el rival, sea cual sea el partido, sólo porque es su misión, lo que debe hacer, lo que de él esperamos.

Por eso el cuarto gol de Falcao, que no fue ni el más bonito ni el más importante ni el más llamativo, resultó ser el más asombroso de todos a ojos del que suscribe. Por eso para el que suscribe lo más asombroso de este tipo no es su puntería ni su mejora constante ni su repertorio cada vez más completo ni sus números históricos, ni siquiera sus modales exquisitos incluso cuando recibe palos por todas partes. Lo más asombroso de Falcao es, qué cosas, lo que tanto escasea en algunas zonas del estadio: la honradez. 

viernes, 11 de mayo de 2012

Días que nunca olvidaremos


Hay días que nunca olvidaremos, por lo bueno y por lo malo. Hay gente a la que le ha tocado vivir días horribles con los que nos gusta más pasar los días buenos, aunque sean días de alegrías pequeñas y sin trascendencia cuando se comparan con otras cosas. Nos alegra especialmente haber contribuido un poquito al alivio pasajero, aunque fuera sólo durante unas horas y a pesar de necesitar ser tranquilizados en vez de tranquilizar. Nos maravilla y nos hace poner sonrisa de medio lado pensar que el Atleti, ese ente inclasificable que no es mineral, vegetal ni animal sino casi divino, se sume a la causa de hacer más llevaderos aniversarios dolorosos como si fuera uno más del grupo, sobreponiéndose a malas gestiones y intereses bastardos para dar una alegría a uno de los suyos tirando de camiseta y orgullo, lo único que le queda al club expoliado. Porque el Atleti, que no es sólo un club de fútbol sino un montón de gente distinta que aparece cuando hace falta, que no es un equipo sino una forma de entender lo bueno y lo malo, que es una excusa estupenda para recordarnos de vez en cuando quiénes somos y dónde estamos, al final aparece cuando debe, tiene estas cosas que le hacen a uno levantar las cejas, hacerse preguntas y ladear la cabeza entre asombrados y cómplices, admirados ante el prodigio, agradecidos por la suerte de estar dentro de este bicho asombroso e inclasificable que llamamos Club Atlético de Madrid cuando en realidad nos queremos referir a su afición y sus jugadores, así, de rojiblanco, sin contratos ni despachos .



La calle


Para empezar, una afirmación sin matices: Bucarest, o al menos el centro de Bucarest, lo que hemos conocido, es un sitio estupendo. En Bucarest lo hemos pasado de maravilla, nos han tratado estupendamente, nos hemos muerto de risa y de felicidad y encima volvemos campeones. Ni jaurías de perros agresivos ni callejones oscuros y amenazadores; más bien miles de bares, cuidadísimas iglesias ortodoxas y edificios preciosos que lo serán aún más cuando se les pase una bayetita. Bucarest tiene un centro peatonal lleno de terrazas y de gente tomando cervezas, ambiente de pueblo latino y vida nocturna de ciudad universitaria, lo perfecto para una final europea aunque pille lejos, a trasmano y no sea Budapest, donde también ha ido alguno. La verdad es que el centro peatonal es casi todo lo que uno conoce de Bucarest, pero el recuerdo que guarda es estupendo.


Ocupando el centro (casi en sentido literal), la afición del Athletic de Bilbao. Si eran mayoría el martes por la tarde y noche, el miércoles eran mayoría aplastante. La afición del Atleti pareció llegar algo más tarde y concentrarse cerca de la Fan Zone que la organización había previsto para los nuestros mientras que los llegados de Bilbao y de muchos otros sitios se quedaron en la zona más céntrica. Excelente elección, por cierto. Uno, poco dado a ir donde le dicen y como saben interesado en ver aficiones de equipos rivales desde dentro, se quedó los dos días en cierta zona de Bucarest mucho más parecida a la calle Pozas que a Transilvania. Incluso el restaurante que todo el mundo buscaba, el más antiguo de Bucarest, el Cara´cu Bere, fue tomado por la afición del Athletic y era casi imposible encontrar algún aficionado del Atleti. ¿Imposible? ¡No! En medio de la marea bilbaína ondeaba el estandarte de la Peña Scotland, resistiendo orgulloso en medio de la afición rival como los pictos a los romanos al otro lado del Muro de Adriano, atrincherados en el piso de arriba, luciendo Cruz de San Andrés. "Si queréis nuestras cervezas, venid a por ellas", parecían decir. "Aquí abajo hay bastantes, si quieren Vds unas aceitunas ya nos dicen, pues", parecía responder la afición rival. Aquello fue una oda a la competición cervezera, una batalla histórica, oiga, la Batalla del Cara'cu Bere, que en el futuro glosarán bertsolaris, gaiteros y hosteleros rumanos nostálgicos de los buenos tiempos en los que los barriles de cien litros se agotaban en diez minutos.


La afición del Athletic, que como la del Atleti mueve muchísimas familias, abuelas, niños, lesionados, lactantes y sumillers, es una afición perfecta para encontrarse en una final y en un espacio reducido. Simpática, salada, amistosa y buena guía gastronómica (con especial mención en todos los campos a los aficionados de cincuenta para arriba, más contentos y graciosos aún que el resto), la afición del Athletic es altamente recomendable para estas ocasiones; si el Athletic y el Atleti organizaran un partido anual para celebrar la relación matriz-filial en, es un poner, Logroño, sería un evento fijo en el calendario de los aficionados al vino tinto y la polifonía. Uno tiene la impresión de que había cierta desconfianza hacia la afición rival por parte de ambos bandos, a ver de qué van estos, a ver si no hay problemas, esperemos que no haya provocaciones ni que meta la pata nadie. No ocurrió nada de eso, y cuando hubo un conato mínimo, un cántico poco amistoso (sin siquiera llegar a lo levemente insultante), ni fue seguido por la mayoría ni pasó a más. Lo que sí hemos compartido con la afición del Athletic de Bilbao han sido brindis, conversaciones, historias sobre nuestros equipos y su origen común, recomendaciones sobre bares y vinos y un montón de anécdotas y chistes. Un placer, una maravilla, lo que debería ser siempre.



Pero no sólo nosotros debemos estar agradecidos a la afición del Athletic, también la villa de Bucarest les debe mucho, y no sólo a ellos, también a los nuestros. El caso es de una trascendencia importante y de él se beneficiarán muchos turistas y locales en el futuro hasta convertir Bucarest en una meca a la que peregrinar, y si no, al tiempo. Y es que el martes, con los primeros aficionados llegando a los bares, tomarse un gin tonic en Bucarest era un poema. Vasos pequeños, poco hielo, un limón grandísimo, tónica caliente.


- Pero bueno, oiga, esto qué es,

- Un gin-tonic

- ¿Un gin-tonic, dice Vd? Anda ya, que venga el encargado.

- No está el encargado

- Pues entonces que venga el Alcalde

- Ahora no puede, le están regañando en otra mesa esos señores de Bilbao.


El martes, cada gin tonic que venía a la mesa se recibía con cejas arqueadas y una catarata de instrucciones: mal, mal, oiga, maaaal, el vaso más graaaande, el limón mas chiquitiiiito, más hieeeeeelo, menos tóóónica, así, así, ¿ve Vd? Muy bien, traiga otros siete. Pero un día más tarde, sólo un día, la machacona insistencia de ambas aficiones hizo mella en el hábil sector hostelero rumano y las cosas eran muy diferentes, Bucarest era un sitio renacido, un valle próspero, el testigo de una nueva era.


- A ver, oiga, tres gin-tonics cuando Vd pueda

- ¿En vaso grande, con mucho hielo, poca tónica y limón el justo?

- Si es así, traiga seis, oiga.





La grada



Una vez cerca del campo, y por primera vez rodeado de los suyos, uno siente cierto alivio. No es por haber estado en zona rival, sino porque según va subiendo la presión y los nervios, según se acerca el inicio, uno tiende a refugiarse en los suyos, en los que sufrirán como uno cuando empiece el baile, en los que, como uno, saben que el Atleti es capaz de hacer maravillas y de echar todo por la borda con idéntica facilidad. La entrada al campo tiene esa mezcla de saber que por fin ya estamos todos juntos y, a la vez, que ya llega el momento de pasarlo mal a ratos; Vds ya saben de lo que les hablo, oigan.



Y la afición del Atleti, aquella que tanto criticamos cuando insulta al visitante, cuando dice lo que no debe o no protesta lo suficiente, la que nos gustaría que fuera aún mejor y más ejemplar, en la grada no tiene rival. No hay forma de callar un fondo del Atleti, no hay minuto del partido en el que no se esté cantando y saltando, algo muy gordo tiene que pasar para que la grada enmudezca cinco segundos. Durante noventa minutos, con la única tregua del descanso, el fondo del Atleti fue un clamor constante, una sucesión de cánticos uno tras otro, a veces solapados, a veces a compás, a veces no. Los cánticos nacen de arriba y a la izquierda, de abajo, de un lado, de otro. A veces los lanza un aguerrido funcionario palentino que tardó 40 horas en llegar a Bucarest, otras veces un seminarista escapado por unas horas con la complicidad del profesor de Teología Sistemática, otras, una señora peinada de peluquería y con pendientes de perlas que, con los papeles perdidos, grita en honor a Arda Turán a pesar de quejarse siempre del ruido que produce el kebab de su portal, con el que a partir de ahora será mucho más comprensiva. La grada actúa como un único ser, al unísono en el caos, coordinada sin que nadie se ocupe de la coordinación, todos a una aunque nunca se hayan visto. Y lo hace todo el rato, todo el tiempo, se sufra o no, se gane o no, se pierda o no. Si uno quiere ver el partido calladito y sentado, si uno quiere charlar con el vecino de negocios o diseccionar tácticas con concentración y análisis, la grada del Atleti en día grande no es su lugar en el mundo. Gracias a Dios, así son las cosas.



La afición del Athletic, bullanguera y alegre todo el día, encajó mal el primer gol de Falcao y pareció más silenciosa y tímida de lo esperado. Tampoco ayudaba la acústica del estadio, que multiplica el sonido cercano y casi ensordece el que viene del fondo opuesto, pero la sensación fue luego confirmada. Quizás demasiado confiada en un triunfo sobre el Atleti, el gol cayó como un jarro de agua fría y los fantasmas de la derrota en vísperas de otra final contra un equipo dificilísimo parecieron pesar mucho. Tras el segundo de Falcao, poco a poco el fondo del Athletic se fue quedando en silencio y sólo durante unos minutos del segundo tiempo apretó un poco San Mamés. Para cualquier aficionado a un equipo, es imposible no sentir un escalofrío al ver las caras de la afición durante el partido, así como las imágenes de los congregados en el San Mamés de verdad. Por ellos, para desearles suerte en la final de Copa del Rey, irá nuestro próximo brindis. Queden en todo caso tranquilos los del Athletic; acaba de nacer en Madrid Manu, un leoncito con 50% de sangre bética que promete tardes de gloria por la banda izquierda. Al tiempo.



El Partido



El aficionado esperaba una final reñida y llegó el Atleti, que tiene estas cosas, y jugó un partidazo. En poco tiempo se puso por delante gracias a un gol estratosférico de Falcao y, lejos de hacer estas cosas tan suyas y tirar el partido por la borda, jugó de manera inteligente y contundente. Tres cero acabó el partido, y si Falcao mete otro u otros dos tampoco habría que haberse asombrado; qué cosas tiene este equipo nuestro.



Si Falcao fue el protagonista absoluto, como se encargan de repetir los diarios de medio mundo, es de justicia decir que el protagonista total fue el equipo. Nadie jugó mal, alguno jugó su mejor partido en el Atleti, todos pelearon, nadie se escondió. Courtois estuvo firme y seguro e hizo dos intervenciones clave, Juanfran anduvo cómodo y casi siempre superior a su par y Filipe Luis Filipe, Froilán para los amigos, hizo un muy buen partido con el que se empezó a quitar motes y prejuicios. Filipe Luis, hoy por fin sí, ha acabado la temporada fuerte e involucrado, mucho mejor que en partidos pasados y eso que no ha contado con ningún partido de reposo ni suplente de garantías. Filipe Luis, al que tantas veces hemos hecho rabiar, hizo un gran partido o incluso, siendo él, un partido gran partido. Aquí queda escrito, como es de justicia, y esperemos que sea el inicio de una progresión geométrica.



Partido enorme hicieron ambos centrales, Miranda y Godín. Llorente, la gran amenaza mediática que curiosamente no generaba tanta confianza en los aficionados del Athletic con los que hablamos del tema, se quedó en blanco gracias en parte al enorme partido de ambos defensas y gracias también al planteamiento del Cholo. Ni un balón lateral recibió Llorente, anulando así su gran y casi único recurso, y todo gracias a la labor del centro del campo y los laterales, que crearon un embudo difícil de superar para el rival; cuando el balón llegaba a Llorente, normalmente desde el centro, los centrales del Atleti estuvieron contundentes y sin fallos, concentrados, enormes. Simeone ató a los finos centrocampistas rivales y dejó más libertad de movimientos para Muniaín, que corría en horizontal con ese ritmo acelerado tan suyo sin que nadie le saliera al paso con facilidad; sólo cuando estaba apurado, aparecían tres centrocampistas del Atleti para robar y salir. Para esta tarea inteligente contó el Cholo con Gabi, jugador que claramente tiene carácter suficiente para tapar sus carencias en este tipo de ocasiones, dominador de espacios, tácticamente impagable y encargado de meter al resto del equipo en el partido cuando no se tenía el balón suficiente tiempo; en un par de ocasiones lanzó carreras suicidas destinadas únicamente a recuperar balones incluso para echarlas fuera, sólo para mandar el mensaje de que con el Cholo en el banquillo y él en el campo, no se relaja ni el acomodador.



Párrafo aparte esta vez para Mario Suárez. De Mario dudaban muchos, sobre todo el que suscribe. Uno no se fiaba de su frialdad, de su blandura, de su carácter para un partido así, de sus últimos partidos. Mario salió confiado y concentrado, hizo un partido extraordinario y, quizás para no quedar como un bobo tras ese tweet tan poco afortunado de hace unos días, calló la boca a muchos, sobre todo al que suscribe, que nos tragamos nuestras palabras con una felicidad extrema y rojiblanca. Mario fue clave en la recuperación y condujo el balón con calidad en varias ocasiones, no perdió el sitio y mantuvo a raya a los rivales que se acercaban a su parcela. Mario fue la sorpresa de la final y una alegría enorme para los que más manía le tenemos, hoy calladitos y la mar de monos, oiga.



En la parte de arriba, Arda jugó cuando quiso, que para eso es Arda, e hizo la jugada que acabó con el segundo gol de Falcao, un golazo tirando rivales al suelo por el camino. Adrián estuvo más apagado que otras veces pero, aún así, produce en los rivales una valiosísima sensación de pánico que ayuda a empujar hacia su área al equipo contrario. Diego, algo despegado del juego y de sus tareas defensivas el primer tiempo, se agigantó el segundo tiempo y mantuvo el balón, condujo contraataques y terminó marcando un golazo que trajo la tranquilidad a todos los que en esos momentos, desafiando a la lógica pero fieles a la personalidad del Atleti, aún pensábamos que aquello se podía perder. Diego se adornó en demasía un poco más tarde con un alarde innecesario y Simeone le cambió para que se llevara la ovación del respetable y el grito de "Diego, quédate"; nadie en el club hace tanto como Simeone para contar con un equipo competente el año que viene, qué cosas.



Y por último, aunque poco, Falcao. Falcao hizo un partido de jugador enorme, marcando dos golazos y casi un tercero. Inteligente, hizo astillas el frágil parapeto que supone Amorebieta, toda una ventaja para los rivales y una maldición para la Vino Tinto. Mantuvo con los centrales del Athletic un duelo de los de recordar, sin quejarse nunca, sin desfallecer nunca, sin dar nunca un balón por perdido a pesar de haber marcado dos veces. Una vez más, Falcao fue un fenómeno y no sólo por sus goles sino, sobre todo, por su entrega y compromiso. Gracias.



Un dato sobre el Athletic. Desarbolado por el Atleti, que fue mejor, lo intentó en varias ocasiones y quedó claro que la bola no entraría. En el fútbol pasan estas cosas, hay días que sí y días que no, y para el Athletic ese día fue no. Los goles de Falcao y el entramado del Cholo, junto con la constatación de que suerte no tenían, hizo entrar al equipo en fase de depresión; aún así, ni una patada, ni una simulación, ni una trampa. Esto, que parece una tontería, es muy inusual, muy honorable y muy importante.


También Simeone, que en el banquillo no muestra las formas broncas que en el campo tenía a veces, dispuso un precioso pasillo para el rival que, al acercarse a por su trofeo, recibió una ovación estruendosa desde el fondo del Atleti. Otro detalle muy valioso, para que tomen nota otros.


Neptuno


Mientras algunos volvíamos al centro de Bucarest a tomar champaña (que es como se llamaba antes el champagne) con algunos seguidores del Athletic, mucha gente bajó a Neptuno. Algunos comparan la emoción de vivir una final in situ con los pelos de punta que produce ver cómo, justo al final del partido, empiezan a salir de todos los rincones de Madrid camisetas y bufandas rojiblancas que se van uniendo, en ríos, con dirección a Neptuno. Los que no vivimos eso hace tiempo sentimos muchísima envidia de ese momento precioso y por eso nos irrita especialmente que no se pudiera vivir de nuevo. La plaza entera de Neptuno, nos cuentan, estaba acordonada, una medida sin precedentes, repleta de antidisturbios acorazados. El resultado es que la gente no pudo celebrar las cosas como antes, que familias enteras tuvieron que huir a la carrera para evitar que se aporreara a niños y ancianos y que los más inclinados a responder a provocaciones encontraran la excusa perfecta.



Conocida es la fobia del que suscribe a la policía blindada y malhumorada que acude a los estadios españoles, casi tan virulenta como la que padece hacia aquellos que van a este tipo de acontecimientos a provocar altercados y arruinar la fiesta al resto. Es curioso, no obstante, que en la mayoría de situaciones en las que uno ha vivido de cerca los problemas, la policía estaba especialmente agresiva; en Bucarest, sin ir más lejos, con diez mil aficionados por cada bando y una policía igualmente acorazada pero amable y cooperadora, no pasó absolutamente nada. Alguien debería pensar seriamente en esto.



Uno no entiende esta manía de la autoridad de obstaculizar las manifestaciones espontáneas de alegría y las celebraciones naturales. Uno, además, empieza a aborrecer estas celebraciones programadas con itinerario, speaker, pasarela, horario de imposición de bufanda, partitura y desfile de autoridades militares y eclesiásticas. Que el fútbol es cada vez más negocio y menos de la gente es obvio. Que en los estadios haya más ejecutivos y agentes que aficionados propiamente dichos es vergonzoso. Que ya hasta en la calle programen cuándo y dónde uno puede uno alegrarse so pena de recibir un porrazo en el cráneo, es ya lo último.



Los medios


Los medios, entusiastas en la exaltación del Athletic y sumisos a los intereses de la directiva del Atleti durante toda la fase previa al partido, aprovecharon el pitido final para especular sobre el futuro de los jugadores del Atleti. Con actitud más propia de la facción más odiosa de la afición del otro equipo grande de la capital, la prensa no dio ni un minuto de tregua. Ni un minuto dieron a los aficionados colchoneros para alegrarse, ni un sólo minuto sin hablar de despedidas, de fichajes por otros equipos, de ofertas millonarias procedentes de rivales odiados. Aquéllos que vieron el partido por la televisión que lo retransmitía en España han hablado de arcadas ante el tratamiento, y los que hemos podido ver las reacciones posteriores, no podemos más que denunciar el trato hacia los aficionados y la institución, ya que los encargados de hacerlo no dirán nada, como siempre.



Es una falta de respeto no permitir las celebraciones en la calle, es una falta de respeto convertir en noticia de primera plana lo que es un disgusto para la parroquia a los cinco minutos de un triunfo histórico. Los medios no respetan al aficionado y sólo mueven la colita esperando el trozo de información que manda la directiva, como un perrillo amaestrado, sin importarles si lo que dicen duele o no duele. Ríen las gracias y las meteduras de pata del presidente, alimentan los rumores más dolorosos sobre fichajes y tapan los agujeros negros de la gestión y los motivos para la vergüenza. Luego se quejan de la animadversión de la masa rojiblanca, luego se sorprenden y exigen el respeto que ellos nunca tienen hacia el aficionado de a pie.




Reflexión final, entrega de trofeos y exaltación de los valores rojiblancos (Ad Maiorem Choli Gloriam)



Contra viento y marea, centímetro a centímetro, el Atleti de Madrid, esto es, entrenador, jugadores y  grada, ha ganado un nuevo título europeo. A pesar de la gestión desastrosa, de las deudas, de los cambalaches, de los entrenadores títere, de la prensa sorda y muda, de la exaltación mística del rival y de nuestras propias carencias, esa camiseta con vida propia ha vuelto a convertir un collage de cedidos, nuevos, buenos y no tan buenos en un equipo campeón. Nos venderán lo que quieran, nos contarán milongas sobre presupuestos y fichajes, nos dirán que vendrá uno mejor o igual que otro, pero los que ahí estamos siempre sabemos bien lo que pasa, quién es en el fondo el motor de los éxitos y quién es el responsable de los fracasos, quién suma y quién resta en este club con directiva enana y grada gigante.



A pesar de los pesares, la camiseta de las rayas rojiblancas y el Cholo Simeone nos han devuelto a la gloria. Enorme es el mérito del Cholo, ese entrenador que vive el Atleti como nosotros, que se alegra como nosotros y sufre tanto o más que nosotros, el tipo duro que heredó una plantilla mal hecha y mal entrenada y la ha convertido en un equipo serio con un entrenador sensato y elegante. Pasará más adelante lo que tenga que pasar, veremos en qué se convierte el Atleti, pero, por ahora, gracias Simeone, gracias Atleti por hacernos tan felices a pesar de que te lo ponen tan complicado.


Nadie nos ayudó ni nadie nos ayudará. No era fácil, como no lo es nunca lo nuestro, pero es lo que elegimos, lo que somos y lo que nos gusta ser.


Ahí queda, para quien quiera oírlo, Aúpa Atleti.

viernes, 20 de abril de 2012

Así somos, así queremos ser


En el día en el que se cumplían 41 años de la consecución del 6º título de liga del Club Atlético de Madrid y, de lo que es casi tan importante, de ese salto de Isacio Calleja de cartel de fútbol, ese salto de rabia y de alegría y de orgullo con esa camiseta tan bonita y ese número 3 como un sol de grande, jugaba el Atleti una semifinal de Europa League contra el Valencia. El partido acabó como Vds ya saben, y del Calderón salió la gente del Atleti con una sensación familiar e imposible de describir, con esa sensación que Vd, y Vd, y Vd también y también aquél del piercing y ese otro de la trenca inglesa y hasta aquél del traje de raya diplomática fatalmente combinado con una corbata de demasiadas rayas conocen bien pero tampoco alcanzan a describir con precisión. Del Calderón salió la gente con esa expresión tan nuestra que refleja una mezcla de alegría, orgullo y cara de tonto, esa combinación de sensación de victoria y de derrota, de rabia y de euforia, de qué maravilla y no tenemos remedio, de esto sólo nos pasa a nosotros y de yo estuve ahí, oiga. Del Calderón salió la gente del Atleti con esa cara que sólo tenemos los del Atleti, que sólo entendemos los del Atleti, con esa expresión que para algunos sería de triunfo y para otros de desesperación pero que para nosotros se encuentra en su justo punto medio, en un lugar sin explicación geométrica ni psicológica en el que tan a gusto estamos nosotros, sólo nosotros, nosotros los que somos así y a los que así nos gusta ser.

La salida de la afición con cara de Atleti contrastaba con lo vivido un par de horas antes cuando, en partido de semifinal de Europa League, los alrededores del Calderón se encontraban quizás sorprendentemente tranquilos. No sabemos bien por qué, no sabemos bien si porque el rival era español y conocido, si por miedo o desconfianza, si por hastío o por frío o por calor o por alergia, pero los alrededores del Calderón no tenían ambiente de día grande, de semifinal europea, de partido contra rival potente y peligroso. La sensación antes del partido era más próxima a un partido de liga que de estar a dos partidos de una final, como si la afición no le diera a la posibilidad de vivir otra final europea su verdadera dimensión, como si la final de Hamburgo hubiera quitado no sólo la angustia de no vivir ciertas cosas sino también el nervio de volver a vivirlas. Y eso que alguna de las alegrías más gordas que nos hemos llevado últimamente, de los días más bonitos que nos ha tocado vivir (uno de ellos, inolvidable, con el gran Pablo Olivares por pleno barrio beatlemaníaco de Hamburgo) y de las celebraciones más largas que hemos vivido han venido precisamente gracias a la Europa League. Pero ayer no había el nervio del partido contra el Liverpool de hace un par de años, como si la afición, por estar ya en terreno conocido, no tuviera esa excitación que las últimas rondas de fútbol europeo conllevan. La afición del Atleti parece ahora manejarse confiada por la Europa League como se manejan los vecinos de los barrios por las cafeterías de su calle en día laborable. Hace dos años, sin embargo, llegamos todos a este partido con aire de habitante de barrio periférico invitado a restaurante caro de urbanización de clase acomodada, incómodos a la vez que excitados, nerviosos y algo fuera de sitio, sin saber para qué sirven los tenedores pequeños ni tantas copas de cristal ni cómo dirigirse a los stewards ni si habrá o no habrá himno previo. Esta vez, ya más experimentados y con cara de recluta veterano a tres semanas de la blanca, la gente estaba tranquila y contenta y nerviosa, pero controlando la situación. Qué tíos somos, oiga.

Salió el Atleti al campo, y cuando decimos que salió el Atleti al campo queremos decir precisamente eso, que salió el Atleti, un Atleti de los de siempre, de los que deberían ser, el Atleti de Madrid. Salió el Atleti y enfrente tenía un equipo con el que no se ha podido en Liga, que sigue en la parte más alta de la clasificación y que sobre el papel era un enemigo terrible y poderoso. Pero salió el Atleti de los partidos europeos, de los partidos bien jugados, de los partidos importantes y en el vestuario se quedó el Atleti blando y dubitativo de los últimos partidos de liga, el Atleti cansado y despistado, el Atleti que irrita y que arruina los fines de semana. Ayer salió otro Atleti, o al menos fue otro Atleti el que jugó gran parte del partido, exceptuando un par de jugadas a la postre importantísimas.

Al frente de ese Atleti de verdad se puso desde el primer minuto Arda Turan, el turco inconstante pero a veces asombroso, el futbolista sin pinta de futbolista pero talento de futbolista grande, ese que siempre se ríe, incluso cuando uno no lo espera. La prensa había puesto en cuestión a Turan los días previos al partido, se habían filtrado supuestas fricciones con Simeone, la competencia de Salvio, las sospechas del club sobre su grado de implicación. En el minuto uno el turco dejó claro que con todos esos artículos se puede hacer una buena hoguera, al menos cuando a él le da la gana. En la primera jugada se fue hasta la línea de fondo y, aunque no llegó a pasar, sí le dejó claro a su marcador que le esperaba un tormento. Diecisiete minutos más tarde, peleaba un balón hasta la misma línea, sacaba un centro y Falcao, con un movimiento de cabeza que ni una bailarina balinesa, marcaba el primer gol del partido. Turan jugó y jugó, peleó y contribuyó de forma innegable al buen partido del equipo, dejando claro que ahí, en ese cuerpo que no es de atleta, en esas piernas cortas y en ese andar cansino sin levantar los pies, hay más fútbol que en manadas de jugadores de patillita fina y gafa de pantalla. Bien por el turco, señores.

No sólo Turan hizo un buen partido, aunque hubo quien lo hizo malo. Mal partido hizo Courtois, de nuevo inseguro, sin salir por alto, incómodo en lo que deberían ser sus dominios y desconocido desde el derbi de la pasada semana, inocente en el primer gol del Valencia y en alguna otra jugada en la que el rival le puso mucho más nervioso de lo tolerable. No jugó bien Mario, una triste constante, sobresaliendo por su frialdad y falta de concentración y entrega en un equipo en el que todos corrieron más y mejor que él. Mario debería agradecer a Gabi su correr constante y su generosidad a la hora de tapar los agujeros que él deja, pero en vez de eso se dedicó a decir en twitter, ese pajarito que carga el diablo para los que no saben enfriar las emociones, que lo suyo es callar bocas a los que hablan de más. Hay cosas que uno nunca entenderá y tipos de los que ya no espera nada sensato. Mario, con estas cosas y más en estos días, hace oposiciones al Cuerpo de Futbolistas Irritantes, especialidad Realidad Deformada, y por lo que vemos puede sacar un número alto en su promoción.

Salvo las excepciones de Courtois y Mario y quizás un insípido Domínguez, el resto del equipo estuvo francamente bien. Estuvo bien Filipe Luis Filipe, bautizado Filipe Luis Froilán desde la grada de lateral, lo que permitió un sinfín de chascarrillos sobre el porqué de su miedo a meter la pierna o su imprecisión en el golpeo con cierto pie; no era ayer sin embargo día para hacer gracietas con Froilán, que hizo un buen partido. Bien jugó también Miranda, rápido y contundente y además autor de un buen gol, y una vez más jugó bien Juanfran. Juanfran, que es un prodigio físico, tiene siempre cinco o diez minutos en los que monopoliza el juego, el esfuerzo, la creación y la recuperación. Ayer ocurrió en el segundo tiempo, cuando sacó un balón en el extremo opuesto a su lugar en el campo, peleó con varios rivales y compañeros para recuperar el balón entre rebotes y terminó por devolver la posesión al equipo. Igual de generoso en el esfuerzo estuvo Gabi, un jugador que, con sus carencias, su limitada plasticidad y su querencia al pase errado no consigue sacar del que suscribe una crítica avinagrada de esas a las que acostumbra. Gabi se emplea como el que más, cubre espacio, mete la pierna, están donde tiene que estar y tapa los agujeros que deja Mario, quizás más concentrado a veces en su siguiente tweet que en hacer aquello por lo que se le paga. Gabi, con sus cosas y sin ser candidato a la titularidad en equipos de alta calidad, da el 100% de lo que tiene y estas cosas a uno, que es tonto, le inspiran un respeto enorme, el respeto que Gabi se ha ganado en su vuelta al Calderón.

Tres jugadores sobresalientes quedan para el análisis. Diego, el primero, hizo un buen partido y sacó estupendamente la falta que remató Miranda. Diego es un jugador con un dominio excepcional del balón y capaz de hacer, con la naturalidad del que tararea una copla de Quintero, León y Quiroga, cosas que sólo los elegidos hacen. Pero Diego, eso sí, crea unas expectativas con el balón que no siempre se cumplen. Cuando la coge Diego parece siempre que algo gordo va a pasar, pero la cantidad de veces que eso gordo ocurre no es al final tan alta. Diego es un futbolista pinturero y vistoso, que controla balones imposibles y sale rápido con la cara arriba y la manita doblada hacia dentro, buscando jugada con pose de esos jugadores finos de las ligas de barrio que llevaban botas Patrik cuando el resto llevábamos Cejudo. A veces se adorna en exceso y la jugada queda en nada, pero esa impresión de jugadorazo al mando la transmite estupendamente. Diego ejerce en el espectador futbolero el magnetismo que ejercía el bueno del equipo del barrio, aquél jugador que había en todos nuestros equipos de pequeños y que veía el fútbol mejor que nosotros, el ojito derecho del entrenador de cadetes, aquél al que darle el balón cuando había un embrollo a sabiendas que el equipo estaría más cómodo tras haberla tocado él que antes de hacerlo. En Diego vemos todos al bueno del colegio, unos ven a Martínez, otros ven al Chino, otros ven a Fontán, a Vives, a Gorrochategui, al tipo al que darle el balón si hay lío, el tipo que decidirá qué hacer cuando el resto se bloquee. Eso sí, que luego se cumpla la expectativa es otra cosa, que Diego es jugador amigo de la estética pero algo reñido con la estadística. Dicho todo este despropósito, ayer Diego jugó un buen partido y estuvo entre los destacados; eso sí, siguiendo con el lenguaje educativo, necesita mejorar (un poco y en ese aspecto), o al menos eso nos parece a los que, siendo amantes del toreo de pellizco, apreciamos con entusiasmo el toreo de lidia y trabajo de Despeñaperros p'arriba.

Para el final, dos fenómenos a los que llevamos todo el año piropeando. El primero Adrián, autor de un gol y de varias de esas jugadas imposibles e impredecibles a las que acostumbra. Adrián hace un fútbol más propio de un jugador frágil buscador de la protección arbitral, pero luego tiene actitud y discurso de chaval asturiano sanote, con lo que nos cae aún mejor. Forma por ahora una excelente pareja atacante con otro fenómeno, Radamel Falcao, autor ayer de dos goles, el primero magnífico, el segundo un golazo. Falcao tiene números de estrella mundial y actitud de debutante humilde y buen compañero. A su pelea incansable y remate asombroso añadió ayer una faceta hasta ahora poco visible. Era Falcao el que gritaba a sus compañeros para que presionaran arriba, era él el que hacía gestos colocando a la segunda línea, era él, con Gabi, el que gritaba en los córners y a la hora de asfixiar la salida del balón del rival. Falcao hizo a ratos de Simeone y a ratos de Falcao, de él mismo, de delantero de talla mundial y gesto de buen chaval. Un grande, el Tigre.

Cuatro goles metió el Atleti, y con eso debería haber bastado para asegurarse una plaza en la final. No fue así, naturalmente, que para eso somos el Atleti, ese equipo extraordinario del que habría hablado Homero de no haber perdido el tiempo con caballitos de madera. Dos goles marcó el Valencia, uno al final de cada tiempo, los dos en el descuento, los dos a balón parado, los dos de córner. No creemos que esto haya pasado nunca antes en la historia del fútbol, pero para estas cosas está el Atleti, para hacer normal lo extraordinario, para que consideremos cotidiano lo que físicos, químicos y quiromantes consideran imposible.

El Valencia hizo un partido extrañamente flojo y encajó cuatro goles, algo raro en un equipo sólido y dificilísimo en liga, en la que por cierto también se ha llevado más goles de lo esperado últimamente. La impresión que dio el rival fue esa que ha dado tantas veces el Atleti en los últimos años: que hay mar de fondo, que hay tensión, que el ambiente no es bueno.

Los dos extraños goles del Valencia le dan aire para la vuelta, un aire insuflado por el propio Atleti, equipo asombroso que no aprende de sus errores y que intenta compensar fallos de infantil con goles de estrella mundial. La vuelta será complicada porque, a pesar del buen partido y del número elevado de goles conseguidos, el resultado en la práctica es comparable a un uno cero. El Atleti pareció tirar por la borda, sin hacerlo, un extraordinario partido lleno de calidad, entrega, presión y ambición. Sin estar ni mucho menos resuelto el choque ni para uno ni para otro, el Atleti debería tener una ventaja suficiente para entrar en la final, pero con este equipo nunca se sabe.

Ayer vimos al Atleti que queremos ver, el Atleti del que queremos ser, el Atleti que queremos ser: el Atleti que pelea del primer al último minuto, el que hace juego de filigrana a ratos, apoyado en un despliegue y un compromiso constante, el Atleti del salto de Calleja y el gol de Falcao. También, no hay que negarlo, vimos el Atleti que somos: el Atleti despistado, el Atleti incomprensible, inexplicable, imprevisible que encaja dos goles absurdos y da vida a un rival que debería estar a estas alturas asumiendo que su misión es imposible, en caso de que las cosas hubieran ido como la lógica indicaba. Ese Atleti sin remedio, ese Atleti desesperante pero con cierta gracia también es nuestro Atleti y lo sabemos. Es ese punto absurdo el que lo hace ser distinto, es esa anarquía interna lo que lo hace ser tan nuestro, tan particular, tan imposible de compartir con aquellos que no viven estas cosas absurdas como normales. El Atleti de ayer fue el Atleti completo, el del partidazo y el derrape, el que nos deja la media sonrisa y las cejas altas, con esa mezcla tan nuestro de orgullo, desesperación y complicidad. Ganaremos o perderemos, pero, estando ahí, siendo así, todos estamos más contentos. El Atleti de ayer es el nuestro, el Atleti del que somos, el Atleti del que queremos ser.

PS: "Así somos, así queremos ser" es una frase prestada, la firma de un participante en un foro atlético con solera. La frase, cree el que suscribe, define bien cómo nos sentimos muchos y de ahí su uso, aunque no la reclamación del copyright. Al autor, anónimo, el agradecimiento desde este blog y la enhorabuena por la lucidez.

lunes, 16 de abril de 2012

Campeón por la mañana, segundón de noche

El Rugby Atleti ganó la liga y subió de categoría mientras que el Atleti ganaba un partido y bajaba un par de escalones más; cosas de la asimetría.


En mañana soleada con amenaza de lluvia primero y de inundación etílica después, se concentró en el campo de Orcasitas, conocido por algunos Comunale y desde ayer también como Descomunale, unos cuantos cientos de aficionados con bufandas rojiblancas y algunas verde y oro. El número exacto no lo conocemos a ciencia cierta y además en todo caso llegaría luego el Delegado del Gobierno y lo reduciría a la mitad, pero lo que sí sabemos es que la concentración de aficionados hizo verdad aquello que algunos creímos ver en el Retiro hace unos años, en el debut en papel, letra Arial y tinta del Atlético Club de Socios.

El por qué de la concentración, si bien no el número, sí que estaba claro: el Rugby Atleti se jugaba el ascenso a Primera Regional madrileña tras sólo tres añitos compitiendo, jugándose las habichuelas contra Hercesa, rival duro y con enjundia de esos que, ganando o perdiendo, sirven para ponerle a uno en su sitio. Y tanta gente apareció y tanta era la expectación y tanta era quizás la presión y tan duro era el rival que al principio del partido se notó al Rugby Atleti más nervioso que otras veces, con fallos a la mano al acercarse a la línea de ensayo rival, sufriendo en las touches. El Rugby Atleti podía perder hasta por 7 puntos para ganarse el ascenso, pero como Dios manda y exigen las rayas rojiblancas, se quería ganar y no especular, se quería dar una alegría a la parroquia desplazada y por tanto la presión era aún mayor. Uno, que ha jugado a fútbol y rugby a un nivel sonrojante pero en ocasiones ante multitudes ruidosas, conoce el nervio en el estómago al salir a un campo lleno de gente que espera algo de uno, el escalofrío que recorre la espalda antes de entrar en calor, el ansia porque llegue el primer balón, todo salga bien y así poder uno dedicarse a hacer su trabajo para ayudar al equipo, esa misión sagrada de los jugadores de rugby y de fútbol, por más que muchos de los segundos nunca lo hayan entendido. Por todo ello al que suscribe, además de una envidia horrorosa, lo que los jugadores del Rugby Atleti le transmiten es un respeto y un agradecimiento enorme, tan grande como todo el pack de delanteros tras un tercer tiempo rico en carbohidratos.

El partido era duro y difícil de jugar, el rival era duro y sabía jugar. Hercesa placó mucho y bien, defendió cerca y con ganas, dejando pocas opciones al juego a la mano. Intentar jugar en 22 de Hercesa era un tormento aún mayor que intentar llegar a él y las cosas eran complicadas incluso en situaciones ventajosas. Pero en esas situaciones difíciles siempre se oye la voz de los suplentes y de los lesionados, de los no convocados, de las chicas del equipo femenino, se oye a Manu pegando un grito con gallo incluido dando ánimos al que viene de llevarse un golpe, gritando el nombre del que acaba de ganar metros, grande Fulano, grande Mengano, esos gritos que le hacen al recién llegado entender que eso no es un solo un equipo, que ahí hay mucho más que quince tipos con protector dental y cara de pocos amigos.

Ensayó Hercesa y ensayó de nuevo, ensayó y transformó el Atleti al principio del segundo tiempo y con ese resultado el equipo estaba arriba, subía de división, cumplía el objetivo aunque no ganara. Nunca en una banda se había pedido tanto la hora, nunca - fuera de Suiza, pero allí por otras razones - se maldijo tanto la ausencia de un reloj gigante marcando el tiempo. Y cuando la gente, entre ella algún ilustre visitante con nombre latino de tribuno rojiblanco, hacía cábalas y cálculos y miraba el sol calculando el azimut para intentar saber cuánto quedaba, volvió a ensayar Hercesa y el Atleti se quedaba fuera del ascenso. En la semana del derbi, con el Estudiantes convulsionando al lado de la pecera en espera de que alguien le vuelva a meter en aguas profundas de la ACB y respirar tranquilo, parecía demasiado duro ahogarse de nuevo en la orilla y así lo vieron algunos. A falta de cuatro minutos hubo un conato de lanzamiento de toalla en la grada que si lo oye Agustina de Aragón da un pescozón a su paisano; al momento de debilidad le siguió algún recordatorio de que, hasta que el árbitro no pite, a veces las rayas juegan solas contra cualquier pensamiento oscuro. Tomen nota, oiga.

Y ocurrió, y algunos estuvimos ahí y nos acordaremos toda la vida. Con el tiempo casi cumplido, y desde la banda opuesta, vimos que Dani recibió un balón. Vimos cómo tiraba un contrapié cerca de la línea de fuera y luego vimos la maraña de jugadores propios y ajenos que se acercaban e impedían la visión clara. Durante una fracción de segundo no vimos nada y luego volvimos a ver a Dani con el balón, sacándola limpia, corriendo en paralelo a la línea de fuera por una superficie no más ancha que un raíl de tren, dejando rivales atrás y viendo acercarse la línea de ensayo. No me lo creo, se oía, no me lo puedo creer, la tiene, la tiene, va a llegar, no puede ser, es demasiado bonito. Cuarenta y cinco o cincuenta metros de carrera en el último suspiro del partido con el balón agarrado con la fe del que lleva a su hijo en brazos huyendo del incendio, unos pocos segundos a cámara lenta como en los dibujos animados japoneses, con la gente vitoreando fotograma a fotograma y gritando muy despacito, con los gestos ralentizados, los pájaros parados en el aire y las tortillas del Salem suspendiéndose en el aire al ser volteadas.

- La tortilla se ha quedado parada en el aire, como suspendida
- No digas tonterías
- Que sí, la he lanzado y se ha quedado flotando en el aire un par de segundos, como volando, a cámara lenta
- Ah, bueno, ocurre con algunos ensayos. Eso es que hemos ascendido.
- Será eso. Entonces … ¿hago dos más?

El Rugby Atleti ascendió en el último segundo, y si escribimos el guión nos lo tiran atrás por demasiado lacrimógeno y exagerado, pero fue así. Se lo cuenta el que suscribe como puede, con la tarea de narrar algo casi increíble, y además casi solo ante el peligro dada la ausencia a última hora de cronistas más fidedignos, a riesgo pues de quedar servidor de Vds como exagerado y embustero.

El Rugby Atleti se proclamó campeón 58 años después y el que suscribe estuvo ahí y tuvo la suerte de verlo en directo. Después vinieron los abrazos y los gritos y las fotos y las jarras de cerveza y el estupendo baño de cava, obsequio caballeroso y salao del rival en calzoncillos, venido directamente de su vestuario. Antes vinieron horas y horas de entrenamiento, carreras, flexiones y órdenes de equipo, terceros tiempos y cuartos menguantes, gritos de los entrenadores, fracturas, contusiones y narices hinchadas. Ahora vendrá el interés renovado de algunos y el abrir de ojos de otros, antes ya estuvo el seguimiento leal y continuo, el ayudar en lo que se puede y como se puede, la venta de calendarios y camisetas, las fiestas, la búsqueda de patrocinadores, los partidos a bajo cero. Sin lo de antes, nada de lo de ahora sería posible. Sin lo de ahora, no estaríamos tan contentos y tan orgullosos.

Enhorabuena y gracias a todos, ellos saben bien quién son. Bienvenidos los que desde ahora se interesen por un proyecto precioso que empieza a ser algo serio, se necesita más gente. Bienaventurados los que estuvieron allí, porque de ellos será el alegrón del año. Y para todos, está claro: Aúpa Atleti.

Nota: el cronista reconoce ciertas licencias literarias en el texto que precede. Algunos de los pasajes pueden haber ocurrido de forma algo diferente en realidad a excepción, claro está, de lo de las tortillas.

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Como gris contrapunto a la brillantez de la mañana en rojo y blanco, salió el Atleti vestido de azul al césped verde del estadio de Vallecas y ganó un partido marrón oscuro. Uno, que ha ido mucho a ese estadio cuando los partidos eran por la mañana y con la entrada regalaban un single en bolsa amarilla de Discoplay, esperaba que ese partido fuera a las doce, como viene siendo casi habitual en el calendario del Atleti. No fue así, alabada sea la LFP, y por tanto pudimos ver en domingo ambos Atletis, esto es, el de rugby, que no cobra pero corre y suda, y el de fútbol profesional, que cobra mucho pero corre lo justo.

Jugó el Atleti un partido plomizo y tristón que acabó ganando, sí, pero que acabó también desesperando a la parroquia. Tras la derrota contra el vecino más odioso del planeta quedaba un partido en teoría más asequible contra un vecino que era más simpático antes, cuando uno iba al estadio. Ahora, cosas de la política, del fútbol de ahora y de los medios de comunicación, se insulta al Atleti en un estadio en el que tradicionalmente el Atleti tenía multitud de seguidores en las gradas y un alto grado de complicidad ambiente. Algo habrá hecho mal el Atleti para que ocurran estas cosas, algo habremos hecho mal los del Atleti para que ocurran estas cosas. Algo habrán hecho mal los del resto de equipos también, así como las radios, periódicos y productores de cine para que el Atleti y los del Atleti, como los de casi todos los equipos, seamos peor recibidos que nunca en estadios que nunca fueron hostiles. Qué cosas, oiga, qué cosas.

Salió el Atleti de Simeone al campo y resultó ser el Atleti de Manzano. Triste y soso, sin presión ni conducción ni talento, el Atleti se volvió a parecer al Atleti de hace unos meses, con lo que los escépticos con Simeone llenaron un saco y medio de argumentos para sostener que hemos vuelto a la casilla de salida. Salvo que el Atleti acabó ganando, poco hay que oponer a los que pintan ahora a Simeone con gafas de pasta roja y acento de Jaén, metamorfosis que, además de imposible, es desasosegante en extremo. El Atleti fuera de casa espera y espera a ver si roba un balón y solucionan Adrián y Falcao, ya no presiona arriba ni juega rápido ni se va a buscarle las cosquillas al rival que inicia el juego. El cambio que trajo Simeone se desvanece como se desvaneció la apuesta por el toque y la salida rápida manzanera de principio de temporada y todo apunta, un año más, a la plantilla contrahecha del equipo como causa fundamental para este Atleti sin espíritu ni ideas ni posibilidad de imponer su juego con continuidad. El Atleti, con algún jugador de relumbrón, jugaba contra un Rayo Vallecano sin tres cedidos colchoneros que no jugaron por contrato y varios titulares más que no jugaron por lesión. Aún así, el equipo se mostró espeso como el puré de guisantes y empanado como la milanesa argentina, soso como la tapioca y ni frío ni calor, como las ensaladas templadas de rúcula, viera y bogavante sobre cama-nido de chanquete lechal y almohada cervical de tofu. Lo que viene siendo un mamarracho, vaya.

El Atleti salió cambiado, sin Gabi, últimamente menos en forma que durante los primeros partidos de la era Simeone, y sin Godín, artífice de dos sonados petardos en las últimas jornadas. Tampoco salió Arda, talentoso jugador turco con querencia a la desaparición y la anarquía, virtudes que son poco del agrado del entrenador. Jugaron en su lugar Domínguez, que estuvo soso, Mario, que estuvo Mario, y Salvio, que estuvo Salvio. En defensa sólo Juanfran mostró algo de interés, Miranda mostró una querencia importante al pelotazo y Filipe Luis Filipe hizo menos de lo que uno espera de él, como es habitual. En la media Mario y Tiago confirmaron que están poco dotados para recuperar balones, levantar la cabeza y armar el juego tras la recuperación, que no son pareja de mediocentros para un equipo que quiere hacer un fútbol aguerrido y de presión, sino como mucho una buena collera de azafatos para El Precio Justo. A su lado, Movilla lució con el brillo de su calva pulida y más de uno se preguntó cómo es que Movilla nunca valió para el Atleti y de dónde salió buena parte de la panda de inútiles que le sucedieron en el puesto. Confirmada pues su naturaleza melosa y sensiblona poco apta para el medio campo, uno se atreve a sugerir que Mario y Tiago, Tiago y Mario formen (sobre todo si Tiago se tiñe de rubio) un dúo melódico y se dedique a cantar canciones en falsete en el lobby de un hotel con hilo musical en las habitaciones. Esto es solo una sugerencia, pero más de un manager estaría interesado, creo yo, en el caso de que se les uniera Filipe Luis Filipe con traje palabra de honor de lentejuela blanca, sugerentemente tumbado sobre un piano de cola.

Casi nadie destacó en el Atleti feúcho que jugó en Vallecas, por más que Diego intentara ponerle cabeza al equipo y Adrián intentara alguna que otra monería. Dos destacados, dos, por aquello de ser justo. El primero, Courtois, portero del Chelsea que se foguea en el Atleti para bochorno de la historia. Courtois está haciendo una buena temporada pero ha temblado en partidos grandes, sobre todo el derbi. Contra el Rayo Courtois salvó los puntos, de igual forma que contribuyó a perderlos contra el otro equipo grande de la capital. Imaginamos que a Courtois le vino bien el partido de ayer para recuperar confianza y protagonismo, seguridad en sí mismo y en sus reflejos. Nos alegramos por él.

El otro destacado, una vez más, fue Falcao. Falcao falló un remate que pareció fácil y que hubiera supuesto el cero dos, y antes metió un buen gol aprovechando un par de errores de un rival que falló poco. Falcao es torpón y poco vistoso, es toscote y no es un portento físico, se aturulla fuera del área y tiene fallos garrafales en algunos balones fáciles. Y aún así, a uno le parece un delantero centro como la copa de un pino piñonero. No sólo por sus veintidós goles en un equipo que no juega a casi nada ni por su portentoso salto y remate imposible de cabeza, sino sobre todo por esa fe, ese trabajo incansable. Falcao, honrado como pocos y noble como casi ninguno, corre, pelea, se muestra siempre y siempre ayuda. Baja hasta donde no debe con tal de echar un cable, salta entre centrales enormes jugándose las cejas y la mandíbula, fija al que sale con el balón jugado y permite al resto del equipo mantener las posiciones y el sitio a costa de recorrer infructuosamente kilómetros y kilómetros. Puede que Falcao no valga el dinero que se pagó por él, o puede que sí; pero lo que está claro es que el precio no se lo puso él y por tanto no es él el responsable del desembolso. Él es responsable de trabajar, ayudar, intentarlo y marcar y en eso cumple con creces. Ojalá su ejemplo lo siguieran más.

El Atleti, sobre todo fuera de casa, se parece cada vez menos al Atleti de ritmo alto y mandíbula apretada de los primeros partidos de Simeone. Aún así, ayer ganó y aprovechó, por una vez, los derrapes y fallos de equipos con los que se debería disputar la entrada en Europa, aunque sea por la puerta falsa. No parece que el Atleti, que como mucho ha sido sexto esta temporada, se merezca un premio mayor que la Europa League; aún así, todavía es posible la Champions. Vista la temporada hasta ahora, la entrada en Champions sería un premio excesivo y quizás el preludio de un batacazo importante si no se mejora notablemente la plantilla. Conociendo el percal como lo conocemos, lo dudamos. Por ahora, a ver el jueves.

lunes, 5 de marzo de 2012

Sevilla-Atleti o cómo cogerle el punto al punto


El Atleti empató en Sevilla y, qué cosas pasan, hay ya quien empieza a hartarse de Simeone, que es una cosa muy nuestra. Desde que llegó Simeone el equipo empata más que otra cosa, a veces con cierta justicia como en Sevilla, a veces por fallar muchas ocasiones claras, como contra Racing y Sporting. En un año en que la Champions parece asequible, por más que haya una sola plaza para varios equipos, habría que empezar a ganar partidos y dejar de empatar. En Racing de Avellaneda, Simeone terminó haciendo del empate el resultado estrella y culminó una buena temporada que no gustó a muchos. ¿Pasará esto en el Calderón?

Analizando el partido del Sevilla, uno llega a la conclusión de que quizás fuera el empate el resultado más justo. El Atleti fue mejor en el primer tiempo, pero no así en el segundo. En el primer tiempo, el centro del campo del Atleti controló el partido y Salvio tuvo hasta tres ocasiones, de las que marcó solo una que fue un golazo. En el segundo tiempo, el Atleti perdió metros, el Sevilla jugó por las bandas y el Atleti sufrió. Más que por las bandas, jugó por una, por la derecha, por la de Navas. Filipe Luis Filipe, a ratos fuera de sitio y a ratos sencillamente incapaz de hacerse con su par, fue una bendición para el Sevilla. Por el otro lado, entre el buen partido de Juanfran (una vez más) y el clásico partido de Reyes (una vez más), se vivió más cómodo. El partido de Reyes, con sus conducciones de balón mirando al césped, con sus carreras en dirección contraria a donde indica la lógica y el movimiento de sus compañeros, con sus caídas exageradas y buscadas, con sus deslizamientos por la hierba, sus miraditas al árbitro y sus sonrisas en momento inoportuno llenaron de lágrimas de alegría los ojos de la afición colchonera que, ante el televisor, recordaron cómo hace no tanto tiempo Reyes hacía exactamente lo mismo en el Atleti para asombro y loa de parte de la prensa y mansa obediencia de aquella parte de la grada que delega su criterio en los voceros oficiales de los medios.

¿Qué le pasó pues al Atleti, además de que jugó contra un equipo que lo hizo bien, sobre todo en el segundo tiempo? ¿Por qué empató de nuevo un partido que podía haber ganado? Varias cosas se adivinan como causas. La primera, y más de Perogrullo, es que faltaban los buenos. Ni Falcao, ni Diego, ni Arda. Faltaba también Godín, pero a Godín le puede suplir Domínguez mientras que a Falcao no le suple nadie y a Diego casi tampoco. De entre Falcao, Diego y Arda al menos dos son imprescindibles, y de esos dos, uno es Falcao. Sin Falcao, Adrián hizo a ratos de delantero centro y dejó claro que no es su sitio, que su sitio está cerca de alguien como Falcao. Falcao puede fallar goles fáciles o quedarse en blanco en esos partidos en los que acaba con cara de angustia. Pero Falcao, juegue como juegue, marque o no, se desfonda, lucha, presiona el primero, permite con su presión que el resto de compañeros no estén en inferioridad casi nunca, entra al remate con la determinación suicida del primer forçado de la línea. Falcao siempre da posibilidades a los centrocampistas y siempre hace que los centrales rivales anden con la mosca tras la oreja. Los interiores y laterales saben que, cuando no hay otro remedio, un balón hacia el centro del área será casi seguro rematado por Falcao aunque haya dos centrales de dos cero cinco, aunque Falcao llegue desde más lejos que los defensores, aunque se juegue un puñetazo en la sien; sin Falcao, los centrocampistas siguen elevando balones al centro del área, pero casi nunca hay rematador. Y eso que ayer lo hubo y Salvio metió un golazo en el minuto 9.

Sin los tres de arriba, de la defensa hacia delante el Atleti formó con Tiago, Mario, Koke, Gabi, Adrián y Salvio. En un buen equipo, estos serían jugadores que rellenarían los huecos para los que no hubiera jugadores más capaces; Adrián, claro está, es la excepción a esta regla. Mario y Tiago, jugadores más blandos de lo deseable, ocuparon el doble pivote. Gabi, omnipresente pero cada vez más fundido, salía el primero a presionar. Koke corrió como gusta a Simeone y tuvo poco el balón en un partido de muchas carreras y muchas pulsaciones. Adrián anduvo más perdido que de costumbre, posiblemente por no tener la referencia de Falcao dentro del área o de alguno de los centrocampistas más creativos por detrás de él, dado que Koke anduvo más concentrado en tapar que en destapar.

Salvio fue el protagonista del partido, nos pese o no. En el primer tiempo marcó un golazo, hizo un buen tiro al palo largo con la zurda en un balón que pudo haber pasado a Juanfran, y casi marca un buen gol de remate complicado al palo más corto pero Palop hizo un paradón. Hasta ahí lo bueno, a partir de ahí el resto. En el segundo tiempo, una contra fácil, nacida de un balón robado por Mario, terminó en una pérdida de balón calamitosa, un contraataque, un pase de Navas desde la derecha y el remate de Babá; Babá es de esos jugadores que no tocan casi el balón durante el partido y siempre acaban marcando al Atleti. El fallo de Salvio manchó su gol, y la consecución de fallos que vinieron después, aún más. Se supone que Salvio es un jugador de banda y desborde que vive cómodo con espacios, pero esas suposiciones chocan con lo que se ve en el campo: es una lentitud cómoda para sus marcadores, una previsibilidad que facilita al defensor su tarea, un lenguaje corporal en carrera que hace evidente hacia qué lado girará, si frenará, si acelerará, si pasará o intentará regatear. Ausentes Falcao, Diego y Arda, las alternativas en ataque disponibles en el banquillo era Salvio o Pizzi, pareja de atacantes conocida en ciertos sectores de la grada como “Susto y Muerte”, y con esto queda todo dicho.

El segundo motivo que puede explicar la pérdida de control en el segundo tiempo y el empate es el cansancio. El equipo se mostró fundido en el segundo tiempo, y dispuesto a asumir el empate como mal menor al final del partido. Gabi hizo la labor de dos hasta que sólo pudo hacer la de medio, Koke no paró de tapar espacios y renunció al trato del balón por llegar siempre apurado y tener pocos espacios. El altísimo ritmo que impone el estilo de Simeone implica motores de alta cilindrada y muchas revoluciones, y esto sólo es viable con jugadores que sean portentos físicos, de los que el Atleti carece, o con varios jugadores intercambiables. Simeone está tirando de pocos jugadores, el equipo titular es casi fijo y en partidos en los que no están aquellos capaces de tener el balón y marcar el ritmo como Diego y Arda, el esfuerzo se multiplica. Según avance la temporada y se llegue a las semanas finales, se verá un equipo aún más cansado, si no directamente fundido.

Y esta idea lleva al último elemento, recurrente, anual, un clásico. La plantilla del Atleti la confecciona el departamento financiero, sección comisiones, y no el departamento técnico. No hay recambios para puestos claves, no hay atacantes y todo se fía a Falcao, que marca la mitad de los goles del equipo. Si Filipe Luis Filipe se funde, el recambio es Silvio, recién llegado de una lesión eterna; Juanfran es lateral derecho y lo hace bien, pero no se le contrató para eso, para su puesto estaban el frágil Silvio y Perea, jugador al que se lleva buscando sustituto años. Hay unos cuantos centrales, eso sí, y un portero cedido y otro que inspira pánico, mientras que se ha cedido a un tercero a un equipo que va por delante en la clasificación y ahora está en el punto de mira de algunos clubes extranjeros. Hay varios medio centros con características similares, carentes todos de ese algo especial que les haría indiscutibles, ni muy muy físicos (salvo Assunçao) ni muy muy técnicos, algunos más tácticos y disciplinados, otros con supuesta clase y talento que enseñan con cuentagotas. De los jugadores de talento, uno está cedido y el otro es conocido por su querencia a las lesiones frecuentes y, desde hace unas semanas, por su afición a hacerse fotos en discotecas a altas horas de la mañana durante períodos de lesión. Como comodín para la parte delantera está Pizzi, el hombre de los 15 millones de euros al que nadie ha visto jugar lo suficiente y que cuando se le ha visto ha dejado la impresión de ser un jugador mucho más barato del pago de cuyo traspaso, por cierto, no se sabe nada. La plantilla es rara, descompensada, carece de jugadores clave para puestos clave y dos de ellos están sólo cedidos. Es más, las características de la mayoría de jugadores casan mal con la idea de juego de Simeone, técnico elegido más por lo que representa en la grada que por lo que convenga a la plantilla. El Club suele optar entre entrenadores de toque y posesión y otros de agresividad y contraataque independientemente de los jugadores disponibles, haciendo del grado de protección que puedan ejercer ante las críticas al palco y el monto de las comisiones los únicos criterios válidos para elegir cuerpo técnico.

Y, aún sin contar con jugadores ideales para su sistema y filosofía, sin haber participado Simeone en la confección de la plantilla, los futbolistas parecen haber entendido lo que se pide de ellos. Quizás porque la inmensa mayoría de partidos vistos este año por el que suscribe han sido de equipos dirigidos por Manzano y Villas Boas, lo hecho por Simeone en el Atleti en las últimas semanas le merece todo el respeto. De un equipo perdido e insulso se ha pasado a un equipo aguerrido y comprometido. De un grupo deprimido y sin chispa, se ha pasado a un grupo de jugadores que saben lo que tienen que hacer y que quieren hacerlo, jugadores que se apoyan, que ayudan a su compañero, que esperan el fallo del rival ante la presión del compañero para recuperar el balón rápido y cerca del área rival. El Atleti juega a algo y los jugadores lo entienden. El Atleti es por fin un equipo y no un grupillo sin fin común, y eso es mérito de Simeone. El equipo empata pero hace por ganar, y si no lo consigue es por las propias limitaciones de la plantilla. Con lo que hay, y más aún cuando hay ausencias importantes, poco más se puede pedir. Perder ya la fe en Simeone sería prematuro y, sobre todo, algo que una afición que ha sufrido recientemente a Quique Flores y Manzano no se debería permitir. Confiemos.

lunes, 31 de octubre de 2011

Crónica tardía del Atleti - Zaragoza


Llegó la afición al campo con esa mezcla de ver qué pasa y esa poca gana de saber que casi seguro pasará lo que uno espera que tan bien transmite el Atleti, y se sentó en la grada. El cambio de hora hizo que fuera ya totalmente de noche en el momento que se entraba al campo y que hubiera una sensación general de frío en el ambiente que era engañosa; en el campo se estaba bien y así se estuvo incluso durante la última media hora de partido en el Calderón, famosa en el mundo entero por ese frío húmedo que a uno se le mete dentro y no sale hasta un par de horas después debajo de un edredón. Por tanto, la sensación de frío no fue real sino más bien un espejismo. No sería el único espejismo de la noche, ni la única sensación engañosa vivida en la grada del estadio.

Salió el Atleti tras el bochorno del jueves y, como se esperaba, no se escuchó ni un pito. Ni una bronca chiquitita, ni un murmullo de desaprobación, ni un silbido aislado: al equipo que nos avergonzó el jueves se le recibió con aplausos tímidos y una actitud ni cariñosa ni rabiosa ni de ayuda ni de desprecio. Al equipo se le recibió casi con indiferencia, como si también la grada dijera total pa qué, pa qué vamos a silbar también nosotros si aquí nunca pasa nada, para esto nos sentamos, miramos, nos comemos un bocadillo y nos vamos o nos quedamos un poco, que yo he tenido suerte y me ha tocado al lado una chica monísima del Zaragoza. Ni rastro de esas pitadas legendarias tras partido empatado contra un rival menor, ni rastro de esas broncas monumentales cuando el equipo mostraba apatía, ni rastro de enfado entre la afición, entregada al cloroformo y también algo harta de ver tres infumables partidos semanales de su ramplón equipo. En cierto modo, uno lo ve ya casi normal.

Salió el Atleti al campo y comenzó el proceso general de análisis del equipo. Lejos los tiempos en los que había un equipo titular que sabíamos de carrerilla, con algún cambio esporádico y forzoso debido a las lesiones, en el Atleti de hoy hay que esperar hasta el último momento para saber quién sale a jugar y un ratito más para saber exactamente cómo se planta el equipo. El equipo titular trajo esta vez algunas sorpresas agradables: la presencia de Adrián junto a Falcao arriba, la vuelta de Domínguez, brazalete en brazo, al centro de la defensa, y la ausencia de Reyes. Reyes desapareció del equipo por haber insultado al entrenador tras el cambio en Bilbao, según dijo la prensa, pero cualquiera que haya visto los últimos partidos del Atleti tendrá claro que la presencia en el equipo titular de Reyes, más aún estando Adrián en la plantilla, era una anomalía destinada a la extirpación. Aún así, hay quien piensa que la salida de Reyes del equipo es inexplicable, dado que "Reyes es el jugador con más calidad de la plantilla". La frase "Reyes es el jugador con más calidad de la plantilla" forma parte, junto con "el Calderón es un estadio mal comunicado" y "todos los años ponemos dinero de nuestro bolsillo para traer buenos jugadores", de los mantras gilianos repetidos hasta la saciedad por la prensa - cuando conviene - y que gran parte de la afición ha tomado como indiscutibles a pesar de no ser ciertos ni comprobables. Las referencias a lo mal comunicado que está el Calderón ya no aparecen en la prensa, dado que la directiva está más o menos convencida de que lo de la Peineta no tiene remedio; eso sí, en cuanto se plante la constructora porque nadie paga los ladrillos, volverá a aparecer. La cantinela de Reyes fue muy popular durante las fases en las que salieron Maxi y Simao del equipo y fue útil para ayudar a que la gente diera por buenas estas operaciones delirantes; con Agüero y Forlán también se oyó, pero ya no colaba tanto. Reyes, que aprovecha algún destello fugaz para vivir cinco partidos sin tener que demostrar nada más, está en el banquillo o no va convocado y nos parece lo más normal, viendo su aportación, su tendencia a creerse un fenómeno cuando lleva el 10 a la espalda y sus pocas ganas de ayudar al equipo en cuanto hay que hacer algo que no sea regatear rivales mirando al suelo.

Salió el Atleti con Courtois, que parece que va a completar su cesión en el Atleti sin que ningún portero (ni siquiera Asenjo, aquél fichaje recibido con gritos de admiración el día de su presentación) tenga la oportunidad de intentar jugar un minutito. Salió también Domínguez, que hizo un buen partido mientras Miranda estaba en su casa tras las pifias del último día, y a su lado salió Godín. Godín, que estuvo catastrófico en Bilbao, estuvo más cómodo que en otros partidos. Intervino en el segundo gol y salió jugando el balón desde atrás, incluso haciendo un regate arruletado que levantó ooohs y aaahs en la asombradísima grada. Más incómodo estuvo Filipe Luis hasta el último tramo del partido, en el que anduvo menos temeroso y blandito que durante su desesperante primer tiempo, e inédito estuvo Silvio, que casi no tocó bola. Probablemente para reservarle para el jueves, Manzano quitó a Silvio quedando 20 minutos para que entrara Perea. A Perea, ya se sabe, hay aficionados que le esperan con la escopeta cargada y otros con un ramo de flores. Ayer fueron más los segundos, pero se les torció el gesto cuando cometió su único fallo en el gol de cabeza del Zaragoza y acabó con su impecable estadística de ayer, en la que siempre lo hizo mejor que su odiosito par Juan Carlos, joven promesa que ya apunta esos modales y clase que tan populares son en su escuela de fútbol y de vida y que, con el tiempo, terminará haciendo bailecitos brasileños cuando marque un gol en copa contra un tercera. Al tiempo.

Esclarecida la línea de atrás, se fijó el aficionado en el medio del campo: Mario de nuevo de cinco, Gabi a su lado, Diego por delante, Arda por todas partes, esto es, el conocido paralelepípedo bailenense o baeculense, la mayor aportación de Jaén al apasionante mundo de la geometría. El centro del campo del Atleti contó con algo a favor: el centro del campo rival no funcionaba en absoluto, ni siquiera cuando salió el esforzado Micael, flamante fichaje atlético cedido en el Zaragoza que dejó, por su estilismo capilar à la Petrov, dudas sobre si es una joven promesa o un señor muy serio con la hipoteca pagada.

El centro del campo del Atleti sí dejó más claro que Mario es problemático contra un centro del campo blandito pero que puede serlo mucho más contra un equipo ordenado y agresivo. Sobre Mario y Gabi parece recaer la misión de tapar todos los agujeros que dejan los atacantes en un planteamiento como el de ayer: cuatro defensas, cuatro que atacan más que defienden, dos que deben defender más que atacar. Quizás, entornando los ojos, les suene lo que leen de la época de cierto entrenador ayer de visita en casa. Por ser del todo justo hay que señalar que tener misiones de centrocampista defensivo en este Atleti requiere una capacidad física y de sacrificio que no todo el mundo tiene; el problema es que, incluso sin tener jugadores que puedan desempeñar esa misión con solvencia, parece que el entrenador del Atleti insiste en la fórmula ya testada y en varias ocasiones fracasada. Veremos qué ocurre con el pobre Assunçao, veremos si Koke empieza a aparecer más que los últimos minutos, veremos sí vemos la luz.

Aportando neuronas al juego estuvieron Diego y Arda, al menos en teoría. Diego corre de acá para allá, se muestra, la pide, la para, la pisa e intenta pases definitivos incluso cuando no debe. A veces le sale el pase y es un placer y otras veces se la da a un rival, pero en estas ocasiones no se para y mira, sino que corre a recuperar posiciones. Quizás ralentice a veces las transiciones por sobar y sobar y buscar la joya entre las piernas rivales, pero es cierto que hace cosas. Se ofusca, sí, pero también intenta cosas diferentes, guarda el balón y no pega pelotazos. Sin tener su mejor día ni ser definitivo, Diego aportó lo suyo al juego por más que en la grada empiece a haber un run-rún de impaciencia cuando caracolea. Más aportó ayer, eso sí, el inclasificable Turan. Arda Turan aparece por aquí y por allá, como las palomas de los números de magia, y lo mismo está sacando un contraataque desde posiciones de central que caracoleando en una banda cual extremo clásico. A ratos es omnipresente, a ratos desaparece, a veces hace pases largos perfectos y otras trota sin ganas tras un rival, como si en ese momento lo que de verdad le apeteciera fuera un helado de vainilla y un mando a distancia. Recupera balones, muchas veces por ser más listo que el resto y por no hacer ruido cuando llega por detrás de un confiado rival, y si está en una fase en la que se está divirtiendo, es un placer verle pedirla, devolverla, driblar y hacer taconcitos. Otras veces queda triste, medio agotado, recuperando fuelle y durante esos ratos mejor no pedirle nada, que ya volverá cuando él lo estime conveniente, oiga. En general, eso sí, tiene aire de futbolista salao: anda medio contrahecho moviendo el culo de lado a lado, corre con el cuerpo recto y las piernas batiendo poco, sin separarse del suelo, como el gato Jinkx. Ayer dio un pase sensacional e hizo una jugada de orfebre cuando el partido estaba acabado; en partidos fáciles Arda Turan se gustará y nos hará disfrutar, en partidos más serios nos desesperará a ratos, pero también nos solucionará papeletas que no todos pueden gestionar.

Y por fin, delante, una buena noticia y otra no tanto. La buena, naturalmente, Adrián. Marcó dos goles Adrián, el primero una verdadera maravilla, y dejó claro una vez más que debe jugar por el bien del equipo, por es suyo propio y por el de su compañero de ataque. Adrián ayuda, corre, tira diagonales, pelea y, cuando no sabe qué hacer, la guarda y busca a otro, sin querer regatear él solo a cuatro. Listo, Adrián es consciente de sus propias limitaciones, lo que le hace ser un buen jugador de fútbol; otro igual que o mejor que él, con menos espíritu de sacrificio, menos humildad, más ego, menos cabeza o una combinación todas, podría terminar adiegocostado en un diván de psiquiatra. Adrián, sin embargo, es listo y sensato y, aunque no cambie el gesto vayan bien o mal las cosas, parece un buen compañero que le viene de maravilla a Falcao. Falcao, cada vez más crispado y ansioso, comienza a dar signos de desesperación y síntomas que invitan a la preocupación. Con el gesto desencajado, Falcao empieza a asumir que todos los entrenadores le tienen ya visto y que, por culpa de lo que ocurre a su espalda, el Atleti es un equipo fácil de defender y él un tipo aislado que debe hacer la guerra solo. A Falcao no le llegan casi balones y aquellos que le llegan dan la sensación de dar calambre: Falcao quiere marcar todas, quiere quitarse un peso de encima y también quitárnoslo a nosotros, quiere evitar el debate que se cierne sobre él, esto es, si vale lo que valió, si hizo bien viniendo. Si no le llega el balón sale del área a buscarlo e intenta regatear a tres, dejando claro que eso no es lo suyo. No me pregunten por qué, oigan, pero uno tiene claro que esta tormenta pasará y Falcao volverá a estar cómodo, a marcar goles y a mirar relajado a los rivales; el que suscribe, un idealista, lo atribuye a que Falcao es un tipo honrado que no pasará sin que la suerte sea justa con él. Eso sí, cuanto antes marque, mejor.

Y, para el final, la grada. En un arranque de torería, una parte de la grada la emprendió con la directiva y el banquillo cuando el equipo iba a ganar el partido. Eliminando de un plumazo otro de los mantras del palco, eso de que la gente critica sólo cuando se pierde, la grada le pidió a Manzano, a Gil y a Cerezo que se fueran del Atleti cuando el equipo ya había amarrado tres puntos. También reclamó la vuelta de Luis Aragonés y del Cholo Simeone. Se recordó aquella jugada que empieza en Tomás y acaba en Caminero con Manolo de por medio y hasta ahí iba quedando claro que lo que la grada quería era la vuelta de los referentes, la vuelta de la dignidad y la vuelta del último Atleti más parecido al Atleti. No contenta con reclamar dos posibles entrenadores, una parte de la grada también tuvo un recuerdo para un tercero, Quique Flores y esto chocó al resto del respetable, que pitó. Se entró entonces en una dinámica curiosa: lo mismo se pedía el cese del presidente que se faltaba al respeto a un jugador menor de un equipo antipático, lo mismo se pedía la vuelta de un técnico que la de otro, sin quedar claro (porque en grito rimado es complicadísimo) si la idea es que uno fuera director deportivo y otro entrenador o al revés, o si se quería que vinieran los dos a la vez, o bien que hicieran una carrera de sacos con la idea de que el ganador ocupase el banquillo. El desconcierto fue grande durante un rato y ya no se sabía si desde los fondos se pediría la vuelta de Max Merkel "Míster Látigo" o la dimisión de su pariente Ángela, "Miss Látigo También". Tal era el cabreo de la grada, cree uno, y tal las ganas de decirle al palco lo que pensaba que al final se mandaron demasiados mensajes a la vez, lo que no tendría demasiada importancia de no saber, como sabemos, que un único mensaje simple y directo es ya demasiada tela para nuestro presidente. Eso si, a uno le alegra mucho que se proteste más allá del resultado, dejando así claro que la grada entiende que el problema es mucho más profundo que el túnel de vestuarios.

El Atleti ganó cómodamente un partido contra un rival también cómodo, dejando más o menos claro que por ahora el guión no cambia: se intuyen victorias claras contra los peores, empates apurados contra los del medio, malos partidos con alta probabilidad de derrota contra los de arriba. El resultado pudo ser justo, pero si de él se sacan conclusiones de que el equipo mejoró, éstas serían engañosas. El Atleti mostró serios problemas para hacer un juego fluido por el centro y también arrojó dudas sobre su capacidad para crear peligro por las bandas. Presentó por enésima vez en sociedad a un delantero que debe jugar más y asistió a un nuevo mal rato pasado por su estrella goleadora. El jueves, contra un equipo que se prevé más ordenado y rocoso que el de ayer, veremos. Yo, eso sí, soy optimista: para eso me pagan.