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viernes, 11 de mayo de 2012

Días que nunca olvidaremos


Hay días que nunca olvidaremos, por lo bueno y por lo malo. Hay gente a la que le ha tocado vivir días horribles con los que nos gusta más pasar los días buenos, aunque sean días de alegrías pequeñas y sin trascendencia cuando se comparan con otras cosas. Nos alegra especialmente haber contribuido un poquito al alivio pasajero, aunque fuera sólo durante unas horas y a pesar de necesitar ser tranquilizados en vez de tranquilizar. Nos maravilla y nos hace poner sonrisa de medio lado pensar que el Atleti, ese ente inclasificable que no es mineral, vegetal ni animal sino casi divino, se sume a la causa de hacer más llevaderos aniversarios dolorosos como si fuera uno más del grupo, sobreponiéndose a malas gestiones y intereses bastardos para dar una alegría a uno de los suyos tirando de camiseta y orgullo, lo único que le queda al club expoliado. Porque el Atleti, que no es sólo un club de fútbol sino un montón de gente distinta que aparece cuando hace falta, que no es un equipo sino una forma de entender lo bueno y lo malo, que es una excusa estupenda para recordarnos de vez en cuando quiénes somos y dónde estamos, al final aparece cuando debe, tiene estas cosas que le hacen a uno levantar las cejas, hacerse preguntas y ladear la cabeza entre asombrados y cómplices, admirados ante el prodigio, agradecidos por la suerte de estar dentro de este bicho asombroso e inclasificable que llamamos Club Atlético de Madrid cuando en realidad nos queremos referir a su afición y sus jugadores, así, de rojiblanco, sin contratos ni despachos .



La calle


Para empezar, una afirmación sin matices: Bucarest, o al menos el centro de Bucarest, lo que hemos conocido, es un sitio estupendo. En Bucarest lo hemos pasado de maravilla, nos han tratado estupendamente, nos hemos muerto de risa y de felicidad y encima volvemos campeones. Ni jaurías de perros agresivos ni callejones oscuros y amenazadores; más bien miles de bares, cuidadísimas iglesias ortodoxas y edificios preciosos que lo serán aún más cuando se les pase una bayetita. Bucarest tiene un centro peatonal lleno de terrazas y de gente tomando cervezas, ambiente de pueblo latino y vida nocturna de ciudad universitaria, lo perfecto para una final europea aunque pille lejos, a trasmano y no sea Budapest, donde también ha ido alguno. La verdad es que el centro peatonal es casi todo lo que uno conoce de Bucarest, pero el recuerdo que guarda es estupendo.


Ocupando el centro (casi en sentido literal), la afición del Athletic de Bilbao. Si eran mayoría el martes por la tarde y noche, el miércoles eran mayoría aplastante. La afición del Atleti pareció llegar algo más tarde y concentrarse cerca de la Fan Zone que la organización había previsto para los nuestros mientras que los llegados de Bilbao y de muchos otros sitios se quedaron en la zona más céntrica. Excelente elección, por cierto. Uno, poco dado a ir donde le dicen y como saben interesado en ver aficiones de equipos rivales desde dentro, se quedó los dos días en cierta zona de Bucarest mucho más parecida a la calle Pozas que a Transilvania. Incluso el restaurante que todo el mundo buscaba, el más antiguo de Bucarest, el Cara´cu Bere, fue tomado por la afición del Athletic y era casi imposible encontrar algún aficionado del Atleti. ¿Imposible? ¡No! En medio de la marea bilbaína ondeaba el estandarte de la Peña Scotland, resistiendo orgulloso en medio de la afición rival como los pictos a los romanos al otro lado del Muro de Adriano, atrincherados en el piso de arriba, luciendo Cruz de San Andrés. "Si queréis nuestras cervezas, venid a por ellas", parecían decir. "Aquí abajo hay bastantes, si quieren Vds unas aceitunas ya nos dicen, pues", parecía responder la afición rival. Aquello fue una oda a la competición cervezera, una batalla histórica, oiga, la Batalla del Cara'cu Bere, que en el futuro glosarán bertsolaris, gaiteros y hosteleros rumanos nostálgicos de los buenos tiempos en los que los barriles de cien litros se agotaban en diez minutos.


La afición del Athletic, que como la del Atleti mueve muchísimas familias, abuelas, niños, lesionados, lactantes y sumillers, es una afición perfecta para encontrarse en una final y en un espacio reducido. Simpática, salada, amistosa y buena guía gastronómica (con especial mención en todos los campos a los aficionados de cincuenta para arriba, más contentos y graciosos aún que el resto), la afición del Athletic es altamente recomendable para estas ocasiones; si el Athletic y el Atleti organizaran un partido anual para celebrar la relación matriz-filial en, es un poner, Logroño, sería un evento fijo en el calendario de los aficionados al vino tinto y la polifonía. Uno tiene la impresión de que había cierta desconfianza hacia la afición rival por parte de ambos bandos, a ver de qué van estos, a ver si no hay problemas, esperemos que no haya provocaciones ni que meta la pata nadie. No ocurrió nada de eso, y cuando hubo un conato mínimo, un cántico poco amistoso (sin siquiera llegar a lo levemente insultante), ni fue seguido por la mayoría ni pasó a más. Lo que sí hemos compartido con la afición del Athletic de Bilbao han sido brindis, conversaciones, historias sobre nuestros equipos y su origen común, recomendaciones sobre bares y vinos y un montón de anécdotas y chistes. Un placer, una maravilla, lo que debería ser siempre.



Pero no sólo nosotros debemos estar agradecidos a la afición del Athletic, también la villa de Bucarest les debe mucho, y no sólo a ellos, también a los nuestros. El caso es de una trascendencia importante y de él se beneficiarán muchos turistas y locales en el futuro hasta convertir Bucarest en una meca a la que peregrinar, y si no, al tiempo. Y es que el martes, con los primeros aficionados llegando a los bares, tomarse un gin tonic en Bucarest era un poema. Vasos pequeños, poco hielo, un limón grandísimo, tónica caliente.


- Pero bueno, oiga, esto qué es,

- Un gin-tonic

- ¿Un gin-tonic, dice Vd? Anda ya, que venga el encargado.

- No está el encargado

- Pues entonces que venga el Alcalde

- Ahora no puede, le están regañando en otra mesa esos señores de Bilbao.


El martes, cada gin tonic que venía a la mesa se recibía con cejas arqueadas y una catarata de instrucciones: mal, mal, oiga, maaaal, el vaso más graaaande, el limón mas chiquitiiiito, más hieeeeeelo, menos tóóónica, así, así, ¿ve Vd? Muy bien, traiga otros siete. Pero un día más tarde, sólo un día, la machacona insistencia de ambas aficiones hizo mella en el hábil sector hostelero rumano y las cosas eran muy diferentes, Bucarest era un sitio renacido, un valle próspero, el testigo de una nueva era.


- A ver, oiga, tres gin-tonics cuando Vd pueda

- ¿En vaso grande, con mucho hielo, poca tónica y limón el justo?

- Si es así, traiga seis, oiga.





La grada



Una vez cerca del campo, y por primera vez rodeado de los suyos, uno siente cierto alivio. No es por haber estado en zona rival, sino porque según va subiendo la presión y los nervios, según se acerca el inicio, uno tiende a refugiarse en los suyos, en los que sufrirán como uno cuando empiece el baile, en los que, como uno, saben que el Atleti es capaz de hacer maravillas y de echar todo por la borda con idéntica facilidad. La entrada al campo tiene esa mezcla de saber que por fin ya estamos todos juntos y, a la vez, que ya llega el momento de pasarlo mal a ratos; Vds ya saben de lo que les hablo, oigan.



Y la afición del Atleti, aquella que tanto criticamos cuando insulta al visitante, cuando dice lo que no debe o no protesta lo suficiente, la que nos gustaría que fuera aún mejor y más ejemplar, en la grada no tiene rival. No hay forma de callar un fondo del Atleti, no hay minuto del partido en el que no se esté cantando y saltando, algo muy gordo tiene que pasar para que la grada enmudezca cinco segundos. Durante noventa minutos, con la única tregua del descanso, el fondo del Atleti fue un clamor constante, una sucesión de cánticos uno tras otro, a veces solapados, a veces a compás, a veces no. Los cánticos nacen de arriba y a la izquierda, de abajo, de un lado, de otro. A veces los lanza un aguerrido funcionario palentino que tardó 40 horas en llegar a Bucarest, otras veces un seminarista escapado por unas horas con la complicidad del profesor de Teología Sistemática, otras, una señora peinada de peluquería y con pendientes de perlas que, con los papeles perdidos, grita en honor a Arda Turán a pesar de quejarse siempre del ruido que produce el kebab de su portal, con el que a partir de ahora será mucho más comprensiva. La grada actúa como un único ser, al unísono en el caos, coordinada sin que nadie se ocupe de la coordinación, todos a una aunque nunca se hayan visto. Y lo hace todo el rato, todo el tiempo, se sufra o no, se gane o no, se pierda o no. Si uno quiere ver el partido calladito y sentado, si uno quiere charlar con el vecino de negocios o diseccionar tácticas con concentración y análisis, la grada del Atleti en día grande no es su lugar en el mundo. Gracias a Dios, así son las cosas.



La afición del Athletic, bullanguera y alegre todo el día, encajó mal el primer gol de Falcao y pareció más silenciosa y tímida de lo esperado. Tampoco ayudaba la acústica del estadio, que multiplica el sonido cercano y casi ensordece el que viene del fondo opuesto, pero la sensación fue luego confirmada. Quizás demasiado confiada en un triunfo sobre el Atleti, el gol cayó como un jarro de agua fría y los fantasmas de la derrota en vísperas de otra final contra un equipo dificilísimo parecieron pesar mucho. Tras el segundo de Falcao, poco a poco el fondo del Athletic se fue quedando en silencio y sólo durante unos minutos del segundo tiempo apretó un poco San Mamés. Para cualquier aficionado a un equipo, es imposible no sentir un escalofrío al ver las caras de la afición durante el partido, así como las imágenes de los congregados en el San Mamés de verdad. Por ellos, para desearles suerte en la final de Copa del Rey, irá nuestro próximo brindis. Queden en todo caso tranquilos los del Athletic; acaba de nacer en Madrid Manu, un leoncito con 50% de sangre bética que promete tardes de gloria por la banda izquierda. Al tiempo.



El Partido



El aficionado esperaba una final reñida y llegó el Atleti, que tiene estas cosas, y jugó un partidazo. En poco tiempo se puso por delante gracias a un gol estratosférico de Falcao y, lejos de hacer estas cosas tan suyas y tirar el partido por la borda, jugó de manera inteligente y contundente. Tres cero acabó el partido, y si Falcao mete otro u otros dos tampoco habría que haberse asombrado; qué cosas tiene este equipo nuestro.



Si Falcao fue el protagonista absoluto, como se encargan de repetir los diarios de medio mundo, es de justicia decir que el protagonista total fue el equipo. Nadie jugó mal, alguno jugó su mejor partido en el Atleti, todos pelearon, nadie se escondió. Courtois estuvo firme y seguro e hizo dos intervenciones clave, Juanfran anduvo cómodo y casi siempre superior a su par y Filipe Luis Filipe, Froilán para los amigos, hizo un muy buen partido con el que se empezó a quitar motes y prejuicios. Filipe Luis, hoy por fin sí, ha acabado la temporada fuerte e involucrado, mucho mejor que en partidos pasados y eso que no ha contado con ningún partido de reposo ni suplente de garantías. Filipe Luis, al que tantas veces hemos hecho rabiar, hizo un gran partido o incluso, siendo él, un partido gran partido. Aquí queda escrito, como es de justicia, y esperemos que sea el inicio de una progresión geométrica.



Partido enorme hicieron ambos centrales, Miranda y Godín. Llorente, la gran amenaza mediática que curiosamente no generaba tanta confianza en los aficionados del Athletic con los que hablamos del tema, se quedó en blanco gracias en parte al enorme partido de ambos defensas y gracias también al planteamiento del Cholo. Ni un balón lateral recibió Llorente, anulando así su gran y casi único recurso, y todo gracias a la labor del centro del campo y los laterales, que crearon un embudo difícil de superar para el rival; cuando el balón llegaba a Llorente, normalmente desde el centro, los centrales del Atleti estuvieron contundentes y sin fallos, concentrados, enormes. Simeone ató a los finos centrocampistas rivales y dejó más libertad de movimientos para Muniaín, que corría en horizontal con ese ritmo acelerado tan suyo sin que nadie le saliera al paso con facilidad; sólo cuando estaba apurado, aparecían tres centrocampistas del Atleti para robar y salir. Para esta tarea inteligente contó el Cholo con Gabi, jugador que claramente tiene carácter suficiente para tapar sus carencias en este tipo de ocasiones, dominador de espacios, tácticamente impagable y encargado de meter al resto del equipo en el partido cuando no se tenía el balón suficiente tiempo; en un par de ocasiones lanzó carreras suicidas destinadas únicamente a recuperar balones incluso para echarlas fuera, sólo para mandar el mensaje de que con el Cholo en el banquillo y él en el campo, no se relaja ni el acomodador.



Párrafo aparte esta vez para Mario Suárez. De Mario dudaban muchos, sobre todo el que suscribe. Uno no se fiaba de su frialdad, de su blandura, de su carácter para un partido así, de sus últimos partidos. Mario salió confiado y concentrado, hizo un partido extraordinario y, quizás para no quedar como un bobo tras ese tweet tan poco afortunado de hace unos días, calló la boca a muchos, sobre todo al que suscribe, que nos tragamos nuestras palabras con una felicidad extrema y rojiblanca. Mario fue clave en la recuperación y condujo el balón con calidad en varias ocasiones, no perdió el sitio y mantuvo a raya a los rivales que se acercaban a su parcela. Mario fue la sorpresa de la final y una alegría enorme para los que más manía le tenemos, hoy calladitos y la mar de monos, oiga.



En la parte de arriba, Arda jugó cuando quiso, que para eso es Arda, e hizo la jugada que acabó con el segundo gol de Falcao, un golazo tirando rivales al suelo por el camino. Adrián estuvo más apagado que otras veces pero, aún así, produce en los rivales una valiosísima sensación de pánico que ayuda a empujar hacia su área al equipo contrario. Diego, algo despegado del juego y de sus tareas defensivas el primer tiempo, se agigantó el segundo tiempo y mantuvo el balón, condujo contraataques y terminó marcando un golazo que trajo la tranquilidad a todos los que en esos momentos, desafiando a la lógica pero fieles a la personalidad del Atleti, aún pensábamos que aquello se podía perder. Diego se adornó en demasía un poco más tarde con un alarde innecesario y Simeone le cambió para que se llevara la ovación del respetable y el grito de "Diego, quédate"; nadie en el club hace tanto como Simeone para contar con un equipo competente el año que viene, qué cosas.



Y por último, aunque poco, Falcao. Falcao hizo un partido de jugador enorme, marcando dos golazos y casi un tercero. Inteligente, hizo astillas el frágil parapeto que supone Amorebieta, toda una ventaja para los rivales y una maldición para la Vino Tinto. Mantuvo con los centrales del Athletic un duelo de los de recordar, sin quejarse nunca, sin desfallecer nunca, sin dar nunca un balón por perdido a pesar de haber marcado dos veces. Una vez más, Falcao fue un fenómeno y no sólo por sus goles sino, sobre todo, por su entrega y compromiso. Gracias.



Un dato sobre el Athletic. Desarbolado por el Atleti, que fue mejor, lo intentó en varias ocasiones y quedó claro que la bola no entraría. En el fútbol pasan estas cosas, hay días que sí y días que no, y para el Athletic ese día fue no. Los goles de Falcao y el entramado del Cholo, junto con la constatación de que suerte no tenían, hizo entrar al equipo en fase de depresión; aún así, ni una patada, ni una simulación, ni una trampa. Esto, que parece una tontería, es muy inusual, muy honorable y muy importante.


También Simeone, que en el banquillo no muestra las formas broncas que en el campo tenía a veces, dispuso un precioso pasillo para el rival que, al acercarse a por su trofeo, recibió una ovación estruendosa desde el fondo del Atleti. Otro detalle muy valioso, para que tomen nota otros.


Neptuno


Mientras algunos volvíamos al centro de Bucarest a tomar champaña (que es como se llamaba antes el champagne) con algunos seguidores del Athletic, mucha gente bajó a Neptuno. Algunos comparan la emoción de vivir una final in situ con los pelos de punta que produce ver cómo, justo al final del partido, empiezan a salir de todos los rincones de Madrid camisetas y bufandas rojiblancas que se van uniendo, en ríos, con dirección a Neptuno. Los que no vivimos eso hace tiempo sentimos muchísima envidia de ese momento precioso y por eso nos irrita especialmente que no se pudiera vivir de nuevo. La plaza entera de Neptuno, nos cuentan, estaba acordonada, una medida sin precedentes, repleta de antidisturbios acorazados. El resultado es que la gente no pudo celebrar las cosas como antes, que familias enteras tuvieron que huir a la carrera para evitar que se aporreara a niños y ancianos y que los más inclinados a responder a provocaciones encontraran la excusa perfecta.



Conocida es la fobia del que suscribe a la policía blindada y malhumorada que acude a los estadios españoles, casi tan virulenta como la que padece hacia aquellos que van a este tipo de acontecimientos a provocar altercados y arruinar la fiesta al resto. Es curioso, no obstante, que en la mayoría de situaciones en las que uno ha vivido de cerca los problemas, la policía estaba especialmente agresiva; en Bucarest, sin ir más lejos, con diez mil aficionados por cada bando y una policía igualmente acorazada pero amable y cooperadora, no pasó absolutamente nada. Alguien debería pensar seriamente en esto.



Uno no entiende esta manía de la autoridad de obstaculizar las manifestaciones espontáneas de alegría y las celebraciones naturales. Uno, además, empieza a aborrecer estas celebraciones programadas con itinerario, speaker, pasarela, horario de imposición de bufanda, partitura y desfile de autoridades militares y eclesiásticas. Que el fútbol es cada vez más negocio y menos de la gente es obvio. Que en los estadios haya más ejecutivos y agentes que aficionados propiamente dichos es vergonzoso. Que ya hasta en la calle programen cuándo y dónde uno puede uno alegrarse so pena de recibir un porrazo en el cráneo, es ya lo último.



Los medios


Los medios, entusiastas en la exaltación del Athletic y sumisos a los intereses de la directiva del Atleti durante toda la fase previa al partido, aprovecharon el pitido final para especular sobre el futuro de los jugadores del Atleti. Con actitud más propia de la facción más odiosa de la afición del otro equipo grande de la capital, la prensa no dio ni un minuto de tregua. Ni un minuto dieron a los aficionados colchoneros para alegrarse, ni un sólo minuto sin hablar de despedidas, de fichajes por otros equipos, de ofertas millonarias procedentes de rivales odiados. Aquéllos que vieron el partido por la televisión que lo retransmitía en España han hablado de arcadas ante el tratamiento, y los que hemos podido ver las reacciones posteriores, no podemos más que denunciar el trato hacia los aficionados y la institución, ya que los encargados de hacerlo no dirán nada, como siempre.



Es una falta de respeto no permitir las celebraciones en la calle, es una falta de respeto convertir en noticia de primera plana lo que es un disgusto para la parroquia a los cinco minutos de un triunfo histórico. Los medios no respetan al aficionado y sólo mueven la colita esperando el trozo de información que manda la directiva, como un perrillo amaestrado, sin importarles si lo que dicen duele o no duele. Ríen las gracias y las meteduras de pata del presidente, alimentan los rumores más dolorosos sobre fichajes y tapan los agujeros negros de la gestión y los motivos para la vergüenza. Luego se quejan de la animadversión de la masa rojiblanca, luego se sorprenden y exigen el respeto que ellos nunca tienen hacia el aficionado de a pie.




Reflexión final, entrega de trofeos y exaltación de los valores rojiblancos (Ad Maiorem Choli Gloriam)



Contra viento y marea, centímetro a centímetro, el Atleti de Madrid, esto es, entrenador, jugadores y  grada, ha ganado un nuevo título europeo. A pesar de la gestión desastrosa, de las deudas, de los cambalaches, de los entrenadores títere, de la prensa sorda y muda, de la exaltación mística del rival y de nuestras propias carencias, esa camiseta con vida propia ha vuelto a convertir un collage de cedidos, nuevos, buenos y no tan buenos en un equipo campeón. Nos venderán lo que quieran, nos contarán milongas sobre presupuestos y fichajes, nos dirán que vendrá uno mejor o igual que otro, pero los que ahí estamos siempre sabemos bien lo que pasa, quién es en el fondo el motor de los éxitos y quién es el responsable de los fracasos, quién suma y quién resta en este club con directiva enana y grada gigante.



A pesar de los pesares, la camiseta de las rayas rojiblancas y el Cholo Simeone nos han devuelto a la gloria. Enorme es el mérito del Cholo, ese entrenador que vive el Atleti como nosotros, que se alegra como nosotros y sufre tanto o más que nosotros, el tipo duro que heredó una plantilla mal hecha y mal entrenada y la ha convertido en un equipo serio con un entrenador sensato y elegante. Pasará más adelante lo que tenga que pasar, veremos en qué se convierte el Atleti, pero, por ahora, gracias Simeone, gracias Atleti por hacernos tan felices a pesar de que te lo ponen tan complicado.


Nadie nos ayudó ni nadie nos ayudará. No era fácil, como no lo es nunca lo nuestro, pero es lo que elegimos, lo que somos y lo que nos gusta ser.


Ahí queda, para quien quiera oírlo, Aúpa Atleti.

lunes, 30 de abril de 2012

Los días señalaítos (mini-crónica del Betis - Atleti)



Cuando llegan los días señalaítos salen nuevos aficionados al Atleti por los rincones, gente nueva que simpatiza con el Atleti o es más del Atleti que nadie o quiere al Atleti con locura desde el día que nació y nosotros sin enterarnos, oiga. Durante el resto del año se sabe poco de estos atléticos furibundos, pero, cuando llegan los días señalaítos salen atléticos de debajo de las piedras que tienen claro-clarísimo lo que le pasa al Atleti, cómo juega el Atleti, qué ha de hacer el Atleti para mejorar las cosas, quién es bueno y quién es malo en el Atleti. Todas estas ideas tan claras suelen coincidir, qué cosas, con lo que opinan los periodistas de cabecera y pocas veces con lo que opina la grada cabal, la que ve todos los partidos, la que aprecia las cosas inapreciables, la que opina lo que ve, la que no se deja llevar por resúmenes sino por partidos completos, la que valora las cosas en su conjunto y no basa su opinión sólo en los detalles llamativos ocurridos hace un minuto; la que, en definitiva, invierte su tiempo en su equipo para tener una idea clara y propia, aunque sea diferente a lo que le cuentan desde los medios.

Cuando llegan los días señalaítos, estos aficionados repentinos salen a puñados en bares y oficinas. Nacen por floración espontánea vecinos más rojiblancos que el oso del escudo que nunca antes se significaron como tales y se reproducen por esporas aquellos que siempre defendieron la camiseta de rayas ante compañeros de mili y colegio. Este fenómeno del día señalaíto no es privativo del Atleti, está claro, y ocurre bastante a menudo en otros ámbitos. Conocidos son los casos de los que rechinan dientes en los funerales aún a pesar de no haber visto al difunto en los últimos treinta años, los cofrades que aparecen un rato antes de la salida de la procesión tras pasarse un año sin acudir a los ensayos de la cuadrilla de costaleros, los repentinos taurinos de postín que van a barreras y contrabarreras de San Isidro con clavel rojo en la solapa y whisky con hielo en vaso de tubo, sin haber estado nunca en una corrida de agosto, de esas de cinqueños resabiaos y toreros que vienen a jugársela bajo la atenta mirada de Frascuelo. Del colmo de estos tontos ha tenido conocimiento el que suscribe: un sujeto que se ha declarado este año gran aficionado al Mirandés y el Athletic de Bilbao, cuando cualquiera que le haya visto de cerca sabe de su afición desmedida al otro equipo grande de la capital, el equipo ese de los bailecitos.

Cuando llegan los días señalaítos, eso sí, los que están siempre ahí en primera línea son los que están también ahí los días grises y hasta negros del resto del año, del resto de años. También en los días señalaítos son ellos los que están los primeros en la cola, los primeros en invertir tiempo y dinero para hacer favores a otros que no sólo aparecen en los días señalaítos, los primeros en pensar en los amigos. Estos que están siempre ahí, estos que están los primeros en los días señalaítos y en los días en los que nadie quiere estar, se ganan centímetro a centímetro las entradas, los viajes, las victorias, los disgustos y sobre todo el respeto. Nadie les regala nada a los que no aparecen sólo en los días señalaítos, nadie les hace favores, nadie les reconoce el mérito; es más, muchos les tildan de aguafiestas, de tristes, de negativos, de anti-atléticos, de malpeinados. No es el caso, qué cosas, de los atléticos de día señalaíto. Estos últimos no hacen colas, no hacen esfuerzos, no hacen por ganarse nada gracias a su constancia o su devoción, prefieren entrar por la puerta lateral, levantar teléfonos, pedir favores. Hablan a uno y a otro, tiran de agenda, miran por ellos solos y salen tan contentos y tan orgullosos con su entrada, ya la tengo, mírenla, normal que sea de los primeros porque yo, que soy más atlético que nadie, sobre todo cuando las cosas van bien, soy un fenómeno, fenómeno vacío de día señalaíto.

Todo el respeto y el agradecimiento del mundo a los que se trabajan lo suyo y lo de otros, a los que siempre están ahí, a los que siempre piensan en el resto, a los que saben bien quiénes son. Gracias. 
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La final de la EL se juega en un estadio con capacidad para 55.000 personas, que son muchísimas sobre todo si se las encuentra uno en un ascensor o dentro de una cabina de teléfonos. De estas localidades, la UEFA, que es la que administra el cortijo, reparte 9.000 a cada club finalista, esto es, el Athletic de Bilbao, que tiene unos 35.000 socios, y el Atlético de Madrid, que tiene unos 40.000.

El por qué se reparten tan pocas entradas a dos clubes con tantos socios es algo inexplicable, aunque es bastante más inexplicable que la UEFA se quede con casi 30.000 sitios para un partido en el que no juega el F.C. UEFA ni el Rapid de UEFA ni el Dínamo de UEFA ni el UEFA United. La UEFA dice que las entradas son para compromisos y uno, que no gusta de ir a donde no le apetece, se asusta pensando en alguien con tantísimos compromisos. La cantidad de bodas a las que tendrá que ir la UEFA, la cantidad de llamadas de cumpleaños que hará la pobre, la cantidad de jarrones horrorosos y figuras de Lladró que tendrá que poner la UEFA en el recibidor para cuando vengan las visitas-compromiso a merendar café con picatostes a casa de la UEFA. Y eso que la UEFA, para empezar a hablar, tiene nombre de señora de pueblo por mucho que disimule.

- Niño, ¿y tú de quién eres?
- Yo, de la Uefa
- Anda, mira

La UEFA, a la que uno imagina gorda y con traje de chaqueta estilo Angela Merkel o quizás redonda y con moño como Hermenegilda la de las hermanas Gilda, debe tener una vida durísima llena de planes a los que no le apetece ir, siempre poniendo cara de que el asado está en su punto, siempre yendo a inauguraciones y fiestas en las que todo el mundo le conoce pero ella no conoce a nadie, siempre de la mano de su niño, el gordito Platiní (que insiste en que le llamen Kiko), siempre comiendo fuera y siempre tomando antiácidos de tantísimos postres y aperitivos de más. Uno imagina a la UEFA llegando a casa tras una jornada agotadora llena de compromisos, lanzando los zapatitos de tacón por el salón y resoplando al mismo tiempo, derrumbándose sobre la butaca, bajándose las medias pantorrilleras color carne de esas que dejan marca del elástico y poniendo los pies en un puf, encendiendo la tele con el mando a distancia y pensando en lo dura que es su vida de mujer gorda llena de compromisos antes de quedarse dormida con el cuello torcido y la telenovela puesta, soñando con un mundo sin llamadas para conseguir entradas ni patrocinadores chinos.
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La final de la EL tendrá dos fondos parcialmente ocupados por aficionados de los equipos protagonistas y los laterales, con más de la mitad del aforo, ocupados en teoría por aficionados neutrales, directivos, patrocinadores, ojeadores, vendedores de cervezas, responsables de catering, camareros, acomodadores, traductores, peluqueros, responsables de manicura, pedicura y peeling, representantes de futbolistas, familiares de vecinos de amigos de directivos, periodistas, políticos, concejales de deportes, subsecretarios de cultura, sailburuak, conselleiros, consellers, consejeros, cerrajeros, aceituneros, aduaneros, arroceros, cerveceros, chanchulleros, chapuceros, chaqueteros y churreros, algunos de ellos puede que colchoneros. Esa será la composición de la grada en Bucarest, qué cosas, oiga. Lo que queda claro con este mapa humano de la grada es que las aficiones, antaño propietarias y motores de los clubes, ahora pintan más bien poco. El papel de los aficionados se limita, y cada vez más, a dar la nota casi freak de las finales, a construir un espectáculo de colorines y sombreros y pelucas y pasión desbocada para que directivos, clientes y proveedores se entretengan con sus cánticos y ocurrencias mientras deciden qué canapé elegir de entre los de la bandeja que trae el camarero. El aficionado empieza dando espectáculo desde el día de la clasificación, celebrando en fuentes y plazas la llegada a la final, y sigue entreteniendo a la patronal del espectáculo haciendo cola por la noche, jugando al tute de madrugada, bebiendo caldo bajo la lluvia hasta que abra la taquilla. El aficionado es también negocio para el club que le vende entradas y recuerdos, para la agencia de viaje que se lo lleva a la final vía Tanzania, para la reventa que se nutre de las 30.000 entradas que quedan sin dueño, para los hoteles y bares de la ciudad que recibe la final.

Con este concepto mercantil y mascotil de la afición que impulsa la UEFA, no es de extrañar que el Club Atlético de Madrid, fiel seguidor de las tendencias europeas en todo lo que tenga que ver con el dar de lado el interés del aficionado, sea puntero en el maltrato. El Club anunció que sacaría 6.680 entradas a la venta el domingo, con prioridad para los socios más antiguos (por debajo del número de socio 3.547) y para aquellos socios con número inferior al 5.000 que tuvieran el Abono Total. En la segunda página de la web, a salvo de miradas indiscretas, se informaba de que dichos aficionados podrían conseguir una segunda entrada presentando otro carnet de socio con Abono Total; esta información fue confirmada por un mail que no todo el mundo recibió. El caso es que con la fórmula propuesta por el Club, ya en el caso de que los 3.500 primero abonados aparecieran en taquilla con un segundo abono, no habría entradas para todos; si apareciesen 5.000, el riesgo de no tener entrada aumentaba considerablemente.

Por tanto, ante la posibilidad de no tener entrada, el resultado fue una cola monumental que casi daba la vuelta al Calderón desde primeras horas de la mañana del domingo. En la era de Internet y de las redes sociales, en un Club con un sistema informatizado de entrada al campo y lustrosa página web, con números de cuenta corriente de los socios en posesión del Club desde hace tiempo, la directiva ingenió un sistema que obligó a la gente a sacar entradas exactamente igual que en 1.950. En la cola, grupos de aficionados indignados por la torpeza en la organización y la falta de comunicación ideaban en cinco minutos mecanismos que, premiando la antigüedad como quería el Club, evitarían colas y disgustos con poco esfuerzo; no era por tanto difícil hacer las cosas medio bien. Pero da igual. Al Club estas cosas le dan igual, le da igual la angustia de la gente, prefiere no pasar cinco minutos pensando un sistema lógico y hacer lo primero que se les ocurre sin pensar si la gente merece pasar horas haciendo cola cuando, con un poquito de voluntad, se podría evitar todo eso. Tampoco le importa al Club favorecer y ser cómplice de sistemas que alimentan la picaresca, la compra para revender, la aparición fortuita de entradas por aquí y por allá, algo que todos sabemos que ocurre y ocurrirá. Da igual.

Porque da igual, todo da igual, siempre da igual. Al Club le da igual la gente salvo cuando hay pasar el recibo, presumir de afición o hacer llamamientos a la unidad para evitar broncas al palco. El Club hace camisetas en las que pone Bendita Afición para vendérselas a los aficionados y sacar un 15% de beneficio con la operación, sin pensar en nada más. El Consejero Delegado afirma que él cambia ir a la Champions por ganar la EL, dejando claro que le es mucho más importante ingresar dinero con el que pagar su bonus que la alegría de la afición. A la prensa también le da igual que el socio las pase canutas, a la prensa la basta con pasar por la cola y hacer una entrevista a un botarate que enseñe la entrada y diga EEEEEEHH EH EH, nohvamoa Bucaréh, le da igual si la gente ha pasado fatigas o si las cosas se puede mejorar. Porque, por lo general, la prensa tampoco tiene idea de lo que pasa el socio, la prensa no va a la grada, no entiende a la grada, no hace cola, no pasa apuros para encontrar una entrada ni ahorra para pagarse el viaje, no. La prensa se queda en lo vistoso, en lo anecdótico, en el que acampa catorce horas antes, el que duerme en silla de ruedas en la puerta del estadio, el que contrae la escarlatina por buscar su entrada durmiendo junto a un termitero. La prensa no denuncia la mala comunicación ni la mala organización, primero por no buscarse un problema con el club, segundo porque ni le interesa ni entiende lo que es para la gente pasar horas perdidas, tirar el tiempo en día festivo sin saber si tendrá éxito, esperar con cara de tonto con la incertidumbre de si tendrá o no entrada, viaje, día para recordar. La prensa pasa de estas cosas, que lo suyo es pontificar, hacer de altavoz y dirigir la atención hacia donde no mira el socio, vamos hombre, qué esperaba Vd.

Eso sí, gracias a Dios, lo que hay en la cola es gente, y gente del Atleti. Gente normal, con poco tiempo y poco dinero y la suficiente pasión como para echar el domingo bajo chaparrones buscando una entrada y una razón para quemar los ahorros. En las colas hay de todo, ya lo saben, pero sobre todo hay gente maja, gente paciente, gente que charla y bromea y sabe del Atleti porque llevan toda la vida hablando de él. Hay también brokers de rumores, informados de buena tinta, pesimistas encantados de portar malas noticias. Ya no quedan de las buenas, lo dice ese señor de ahí que trabaja en un mercado y sabe mucho de colas; dice que hasta aquí no llegarán las entradas, que lo demos por perdido, que no tendremos nada, nuestra misión ha fracasado a la altura del Indi Park, encima vamos a ser el hazmerreir. Hay también organizadores espontáneos con listas a boli, señores mayores a los que el Club debería ahorrar el trago, tipos tímidos que hablan poco pero que cuando hablan tienen razón, grupos de voceras, niños pacientes, niños impacientes. Está Martita, de unos nueve años y guapa como ella sola, con paciencia de santa y eso que la entrada es para su hermano y no para ella; a pesar de ello, lleva camiseta del Atleti bajo el anorak, como los grandes. También hay un señor con gafas y canas que gruñe y protesta y toma nota mental de todo, para la crónica del día siguiente.

Tras varias horas en la cola, parados unos junto a otros, todo el mundo charla. Se critica la organización, la comunicación, al Club a la hora de relacionarse con los socios. Todo el mundo tiene claro que a la directiva le trae al pairo la gente, la gente hace con la mano el gesto de llevárselo crudo cuando habla del palco, hay bromas sobre a qué altura de la cola estará Gonzalo Miró. Hay preocupación sobre el Estudiantes, se sigue el partido en tiempo real, llega la noticia de la derrota y hay un disgusto general. Marca Torres en la Premier y la noticia corre como la pólvora. Marca otro y otro, tres lleva ya, qué tío, qué grande el Niño. Llueve y se abren paraguas, para de llover y se cierra, sale el sol y da mucho gusto, al rato se asa la gente y se quita el anorak. Llega un compañero de cola con cervezas y patatas fritas, otro ofrece tabaco y pipas, uno llama a su mujer y ésta aparece con los niños, que no paran quietos. Un espontáneo con sombrero vaquero monta un puesto improvisado de venta de cerveza; luego monta una mesilla con ruedas y vende pipas y patatas y se pelea con sus socios en el negocio. Se reparten flyers con precios de vuelos: vuelos directos, vuelos chárter, vuelos que sólo saldrán si se completa el número mínimo, vuelos con y sin motor. La gente habla de la noche por los suelos en Hamburgo, del vuelo de vuelta, de la gente que se colaba para entrar en un avión anterior y no recibir la bronca de su jefe. El tiempo ha pasado más rápido de lo esperado y ya toca ir a la taquilla. Bueno, gracias por la charla, nos vemos en Bucarest, Aupa Atleti, Forza Atleti, hasta pronto.

Sin darse cuenta casi, uno está en medio del Atleti de verdad, el de los socios más antiguos que llevan a sus niños por la misma senda de gloria camino al abismo, el de los que han ido a los partidos de las grandes victorias y de las grandes derrotas y se da cuenta de que con la afición del Atleti pasa lo mismo que con el Cid: Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor.

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Sobre el partido contra el Betis, poco que comentar. Sólo que, una vez más, el Atleti dejó escapar dos puntos importantes cuando parecía claro que debería haberse llevado tres. Como contra Racing y Sporting, el Atleti desperdició oportunidades y terminó lamentando la pérdida de puntos. Como contra el equipo ese de los bailecitos, Courtois se mostró inseguro y falló en el segundo gol. Sorprendentemente, Adrián se mostró impreciso y en cierto modo egoísta, algo que no solemos ver. Como tantas otras veces, Falcao se mostró generoso y letal, dando un gol a Koke y marcando otro cuando más falta hacía. Falcao pudo provocar un penalti dejándose caer al ser trabado por el portero rival. Falcao recuperó la vertical, siguió jugando e intentó marcar. Para muchos, Falcao fue tonto por no exagerar; el que suscribe, que sí que es tonto, está orgulloso de Falcao en ese lance y piensa que ojalá hubiera más como él, ojalá, ojalá, oiga.

El equipo controló el partido hasta el minuto 80 y mostró un tono físico más alto del esperado a estas alturasy parece tener gasolina a pesar de que los fisios dicen que andan fundidos. Quizás sea la posibilidad de hacer algo grande en el último minuto, de ganar la EL lo que les da ese extra de fuerza que ha faltado en otros momentos. Eso sí, tras perdonar mucho y no hacer los deberes, a partir del minuto 86 empezó el baile. Juntar al Atleti y al Betis, dos de los equipos más inexplicables del planeta, termina en cosas de estas. El partido se convirtió en un correcalles y la seriedad del Atleti hasta el momento tornó en fino humor. Saltándose el orden clásico, para el Betis primero marcó Pozuelón y luego marcó Arroyito, o quizás fueran Pozuelo y Pereira, pero da igual. El partido entró en una dinámica cómica y penosa para el Atleti que se encargó de solucionar, una vez más, Falcao. Menos mal.

Con el resultado, el equipo se aleja aún más de Champions aunque aún es posible entrar. El equipo no ha subido del sexto puesto en todo el año,  así que pasar a ocupar el cuarto en la última jornada sería una sorpresa mayúscula y quizás una injusticia. Esta semana sabremos mucho más ... mientras miramos con el rabillo del ojo y acariciamos las entradas del próximo día 9. Ya queda menos.

viernes, 27 de abril de 2012

Qué suerte tenemos, oiga



En la ida llegamos al campo con nervios pero no tantos, algo raro, como si no fuera una semifinal de Europa League, a la que desde ahora llamaremos UEFA, sino una temprana eliminatoria de Copa. El partido de ida lo vivimos en el estadio como una fiesta, el final como la caída a una piscina con el agua sucia y verde del invierno. Con los días nos dimos cuenta de que el Atleti había hecho un partidazo, que Adrián había marcado un golazo, que Falcao había marcado dos. Vimos entonces que íbamos al partido de vuelta con una ventaja importante a pesar de los dos goles tontos, que lo normal en un equipo normal jugando un partido normal era pasar con normalidad. Pero entonces se fue acercando el día del partido y empezamos a ver cada vez más pequeña la ventaja, cada vez más probable el encajar un gol tonto de esos nuestros, cada vez más altos sus centrales y más bajitos los nuestros.

Y llegó el día y nos levantamos más nerviosos de lo que deberíamos, sabiendo que nos jugábamos el pasar a la final contra un equipo contra el que resulta antipático jugar, sin saber muy bien por qué pero sabiendo por qué no resulta simpático. Tras una semana intensa de fútbol de otros con uno de los nuestros llevando la voz cantante y reclamando, una vez más, que se le trate como merece (como por ejemplo, recibiendo noticias en forma de carta desde las páginas del Marca) nos tocaba a nosotros, por fin. Por fin, en el día del cumpleaños del Atleti, pasada la vorágine de las bravuconadas de unos y otros y los disgustos grandilocuentes y los penaltis a las nubes y los chistes de Internet, pasada la actuación de los teloneros, llegábamos nosotros. Llegábamos nosotros y a esas alturas no nos llegaba la camisa al cuello y se nos revolvía el cuerpo y alternábamos fases de estómago cerrado con ataques agudos de apetito, buscando cosas que hacer para no pensar en lo que se nos venía encima y con ganas al mismo tiempo de que empezara ya el partido. Por la calle pasaban aficionados con camisetas del Atleti y bolsas llenas de cerveza y patatas fritas y cara de pocos amigos, cara de nervios, de angustia, de nervio, de alegría al mismo tiempo.

Y salió el Atleti y empezó el partido y tragamos saliva y apretamos las mandíbulas. El Valencia, como no podía ser de otra manera, empezó a empujar tras unos primeros minutos con el Atleti en campo rival. Como no podía ser de otra forma, sopló y sopló el Valencia y en casa los aficionados asistían angustiados al asedio, preguntándose en su fuero interno quién habría sido el arquitecto de la casa defensiva de la noche. ¿Sería el cerdito pequeño, constructor caradura con querencia a los materiales livianos y poco resistentes, autor del entramado defensivo del partido de ida? ¿O sería quizás el cerdito mediano, amante de la madera pero también de ir a tocar el violín con su hermano pequeño en vez de reforzar los cimientos, diseñador del sistema de achique de urgencia de casi toda la temporada? Tranquilos, dijo una voz en off grave y solemne, tranquilos, dijo. Tranquilos, hoy ha sido el cerdito mayor, responsable aparejador amante de la piedra, el ladrillo y el mortero, maestro del enfoscado y artista de la llana, hoy la defensa es cosa del Maestro Porcino y la cosa es segura como la llegada del verano, rocosa como el rostro del consejero delegado, duradera como la carrera de Matías Prats (Junior), fiable como un coche alemán de los de antes. Tranquilos, oigan, tranquilos, dijo la voz en off.


- Yo no dije eso
- Bueno, no sé, es una licencia literaria, entiéndame Vd.
- Es que yo no dije eso, yo pregunté si había un sacacorchos, no hablé de cerditos ni de enfoscados ni de tonterías de esas
- Bueno, déjeme Vd en paz, oiga. 


El Atleti salió en Valencia dispuesto a esperar el asedio y defender la muralla con piedras, palos y aceite hirviendo y de ello se ocuparon, sobre todo, dos tipos bajo sospecha. Godín, autor de algunos fallos dignos de pescozón y pellizco de monja, fue un coloso entre tanto balón cruzado y tanto pase por alto, contando con la ayuda de Miranda. Courtois, espigado becario transitoriamente en situación intercambio y alojado en nuestra casa, bajo la lupa desde el derbi, paró por arriba y por abajo y por los lados, hizo una primera parada que celebró con la rabia del que sabe que ha vuelto a ser él mismo y transmitió seguridad a los propios y desesperación al rival. El Valencia asediaba con menos tino que posesión, haciendo el daño que podía hacer, un daño asumible y gestionable incluso jugando a ratos como si quedaran tres minutos. 

En medio del asedio, la defensa achicaba y el medio campo se hacía cada vez más chico. Desconectado Arda, quizás enfrascado en pensamientos abstractos relacionados con la economía mundial, y poco acertado y ofuscado Diego, toda la responsabilidad de la primera línea de defensa recaía en Tiago y Mario. Tiago y Mario, pareja defensiva mullida cual edredón, tenían enfrente a Albelda y pareció que este hecho, normal para muchos futbolistas, produjo  en ambos una sensación similar a la que experimenta un hamster al quedar frente a una cobra. Mario sencillamente no dio una a derechas, dando balones a rivales y quedándose después quieto, frío e inmóvil, sin sangre. Algo más de sangre puso Tiago, pero no mucha. No mucha, salvo en un momento puntual, en el momento en que el árbitro pitó un penalti por manos de Tiago que no eran de Tiago. Tiago se fue a por el árbitro e intentó poner cara de malo pero sólo le salió esa cara de María Magdalena que alcanza a poner y se armó un lío. El árbitro reculó en su decisión, y quizás eso sea gracias a Tiago; entre tanto, se montó lo que ahora llaman tángana. Tiago seguía protestando mucho con cara de protestar poco, el Valencia vio en el lío la ocasión perfecta para embarrar el partido, forzar una expulsión, cobrar incluso un penalti y volver a entrar en la pelea. Ningún jugador rojiblanco acertó a retirar a Tiago, empresa que se antoja más bien fácil para cualquier tipo de más de cincuenta kilos; Tiago se empeñó en buscar pelea, en hacer lo intolerable cuando se lleva el brazalete de capitán del Atleti, en entrar a todos los trapos como esos macarras que, mordiéndose la lengua, siguen empeñados en soltar un puñetazo cuando la pelea de bar se ha disuelto. Jordi Alba y Soldado, dos tipos con papeletas para representar al país en la Eurocopa - esto es, representarles a Vd, a Vd de allá y al que suscribe también -, mostraron esa actitud teatrera y pendenciera que hace del fútbol un deporte odioso. Soldado consiguió provocar al melifluo Tiago y éste le dio un sopapo de cura de colegio antiguo. La afición se hizo entonces la siguiente pregunta: ¿Qué tendrá Soldado para conseguir sacar de sus casillas incluso a este tipo tan soso? Esta pregunta pasó automáticamente a formar parte del grupo de grandes preguntas de la Humanidad, justo detrás de otras dos importantes cuestiones: ¿Qué tendrá Marbella? y ¿Qué tendrá la Costa? (que todo el que llega, allí se coloca, colocacoloca).

El aberrante episodio de Tiago había ocurrió con el partido casi acabado, con poco ya que decir, cuando el Valencia debía meter tres goles más para pasar. Todo ello, gracias a dos factores. El primero, el golazo de Adrián tras buen pase de Diego. Adrián recibió, miró, apuntó y metió otro gol de calendario, un gol de esos de gritar por el patio, de abrazar a la suegra, de besarse con la prometida, de llamar a los amigos emigrados. Adrián finiquitó la eliminatoria en el minuto 60, aprovechando la desaparición del Valencia desde el principio del segundo tiempo. Porque en el segundo tiempo salió Gabi por Mario y todo cambió. Gabi, el otro factor de la victoria, impuso sus ganas y su concentración, su afán por hacer del Atleti un equipo que juega finales esté enfrente Albelda o un regimiento de granaderos escoceses. Gabi, desconocido el domingo ante el Español, partido en el que fue sustituido y mejorado por Mario, salió por Mario y cambió al equipo. Gabi apareció cuando hacía falta, y a Gabi está el que suscribe la mar de agradecido por ello.

Acabó el partido y se abrazaron las familias y se llamaron los amigos y la gente se echó a la calle a bailar en torno a Neptuno y los antidisturbios tomaron posiciones como si se fuera a producir un cataclismo, pero esa es otra historia. Por segunda vez en tres años, después de montones de intentos, el Atleti está en una final europea. El Atleti irá a Bucarest a jugarse otro título, esta vez con el Athletic de Bilbao, un partido precioso en un momento precioso. Enhorabuena a todos, gracias a todos, suerte a todos. Forza Atleti.
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El Atleti de Madrid consiguió, el mismo día en que fue fundado como filial del Athletic Club de Bilbao, pasar a una final contra el equipo su equipo matriz. El Athletic Club de Madrid fue fundado el 26 de Abril de 1903 por estudiantes vascos del Athletic Club de Bilbao, asqueados - cuentan- por la actitud de jugadores y aficionados del otro equipo grande de la capital en un partido celebrado en una visita del club bilbaino a Madrid. Si esto es cierto o no es algo que el que suscribe no está en condición de afirmar, pero sí le gusta pensar que el origen del Atleti fue reivindicar las buenas formas no empleadas por esos vecinos que aún siguen siendo iguales. Así que, sea o no cierto, aquí lo damos por bueno e incluso si llega un historiador y lo desmiente con datos tajantes, seguiremos contando así la historia porque nos gusta más y nos pega mucho más, hombre ya, oiga.

El Atleti jugará en Bucarest un partido que debería ser precioso, contra un equipo que todos conocemos, formado por chavales de la casa o de cerca de la casa, con filosofía y vocación de equipo antiguo, de club de barrio, de fútbol de verdad. Conocida es la admiración del que suscribe por el modelo del Athletic, como también es conocido el agradecimiento por lo bien que le trataron en San Mamés en aquél partido de los tres goles de Forlán. El que suscribe, que tiene varios y buenos amigos del Athletic, espera pasar un día inolvidable hablando de fútbol, comida y cerveza en Bucarest con los propios y con los venidos de Bilbao. Esperemos que nadie se empeñe en fastidiarlo todo. Esperemos que las cosas salgan como deben salir.

Dicho esto, una sugerencia. Por lo que parece el Atleti podrá jugar de rojiblanco, al ser local según el sorteo. Para uno, que es tonto, amante de las tradiciones y del respeto a la historia de los clubs ingleses, ésta sería una buena ocasión para tener el gesto que ronda la cabeza de muchos aficionados. Si el Atleti ofreciera al que fue su equipo matriz la posibilidad de jugar de local en señal de respeto a nuestra historia y la suya, algunos estaríamos muy orgullosos. Para ellos podría ser una gesto bonito, para nosotros también. Ahí queda; nobleza obliga.
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"El Pupas" nos llaman, "sufridores", nos llaman, "del Atleti, pobre", dicen. No saben que, con esos goles en contra en el último minuto, con esas desgracias pequeñas, con esas cuestas arriba que el Atleti debe subir cuando para el resto es llano, tenemos una suerte inmensa. Tenemos la suerte de ver cómo, incluso entre la tierra podrida por la inoperancia y la avaricia de los del palco, de vez en cuando nos sale una flor preciosa. Tenemos la inmensa suerte de tener una afición que, aunque a veces sea excesivamente permisiva, maternal de puro leal, blanda de puro entregada, sepa bien lo que somos. Tenemos la suerte gigante de alegrarnos de nuestros triunfos sin esa angustia de algunos equipos ricos y poderosos que no disfrutan nada que no sea ganar todo y ganarlo ya, aplastando rivales en las portadas a todo color. Llegados a este punto, casi da pena de ver a los seguidores de los equipos más mediáticos y artificiales, siempre ansiosos y enfadados, siempre presionados por tonterías, con la rabieta del hijo de papá que monta en cólera porque aún no llega al concesionario su carísimo coche del color exigido. Tenemos la inmensa suerte de conducir un coche dignísmo en la grada y a veces también digno en el campo, pagado euro a euro desde fondos y tribunas por nosotros mismos a fuerza de paciencia y fe, todos juntos, sin regalos ni portadas ni recalificaciones. Pena de directiva que no está a la altura, vergüenza de autoridades que lo toleran y fomentan, bendita afición rojiblanca.

Responsabilidad nuestra es ahora mantener la cabeza en su sitio, ser respetuosos y sensatos, no convertirnos en el espejo de esos equipos nuevo ricos recién llegados a la cima haciendo ostentación de sus virtudes compradas y su falta de saber estar. Somos el Atleti, debemos ser mejores que casi todos y más sensatos que el resto. 

Somos el Atleti, viva la madre que nos parió.

viernes, 20 de abril de 2012

Así somos, así queremos ser


En el día en el que se cumplían 41 años de la consecución del 6º título de liga del Club Atlético de Madrid y, de lo que es casi tan importante, de ese salto de Isacio Calleja de cartel de fútbol, ese salto de rabia y de alegría y de orgullo con esa camiseta tan bonita y ese número 3 como un sol de grande, jugaba el Atleti una semifinal de Europa League contra el Valencia. El partido acabó como Vds ya saben, y del Calderón salió la gente del Atleti con una sensación familiar e imposible de describir, con esa sensación que Vd, y Vd, y Vd también y también aquél del piercing y ese otro de la trenca inglesa y hasta aquél del traje de raya diplomática fatalmente combinado con una corbata de demasiadas rayas conocen bien pero tampoco alcanzan a describir con precisión. Del Calderón salió la gente con esa expresión tan nuestra que refleja una mezcla de alegría, orgullo y cara de tonto, esa combinación de sensación de victoria y de derrota, de rabia y de euforia, de qué maravilla y no tenemos remedio, de esto sólo nos pasa a nosotros y de yo estuve ahí, oiga. Del Calderón salió la gente del Atleti con esa cara que sólo tenemos los del Atleti, que sólo entendemos los del Atleti, con esa expresión que para algunos sería de triunfo y para otros de desesperación pero que para nosotros se encuentra en su justo punto medio, en un lugar sin explicación geométrica ni psicológica en el que tan a gusto estamos nosotros, sólo nosotros, nosotros los que somos así y a los que así nos gusta ser.

La salida de la afición con cara de Atleti contrastaba con lo vivido un par de horas antes cuando, en partido de semifinal de Europa League, los alrededores del Calderón se encontraban quizás sorprendentemente tranquilos. No sabemos bien por qué, no sabemos bien si porque el rival era español y conocido, si por miedo o desconfianza, si por hastío o por frío o por calor o por alergia, pero los alrededores del Calderón no tenían ambiente de día grande, de semifinal europea, de partido contra rival potente y peligroso. La sensación antes del partido era más próxima a un partido de liga que de estar a dos partidos de una final, como si la afición no le diera a la posibilidad de vivir otra final europea su verdadera dimensión, como si la final de Hamburgo hubiera quitado no sólo la angustia de no vivir ciertas cosas sino también el nervio de volver a vivirlas. Y eso que alguna de las alegrías más gordas que nos hemos llevado últimamente, de los días más bonitos que nos ha tocado vivir (uno de ellos, inolvidable, con el gran Pablo Olivares por pleno barrio beatlemaníaco de Hamburgo) y de las celebraciones más largas que hemos vivido han venido precisamente gracias a la Europa League. Pero ayer no había el nervio del partido contra el Liverpool de hace un par de años, como si la afición, por estar ya en terreno conocido, no tuviera esa excitación que las últimas rondas de fútbol europeo conllevan. La afición del Atleti parece ahora manejarse confiada por la Europa League como se manejan los vecinos de los barrios por las cafeterías de su calle en día laborable. Hace dos años, sin embargo, llegamos todos a este partido con aire de habitante de barrio periférico invitado a restaurante caro de urbanización de clase acomodada, incómodos a la vez que excitados, nerviosos y algo fuera de sitio, sin saber para qué sirven los tenedores pequeños ni tantas copas de cristal ni cómo dirigirse a los stewards ni si habrá o no habrá himno previo. Esta vez, ya más experimentados y con cara de recluta veterano a tres semanas de la blanca, la gente estaba tranquila y contenta y nerviosa, pero controlando la situación. Qué tíos somos, oiga.

Salió el Atleti al campo, y cuando decimos que salió el Atleti al campo queremos decir precisamente eso, que salió el Atleti, un Atleti de los de siempre, de los que deberían ser, el Atleti de Madrid. Salió el Atleti y enfrente tenía un equipo con el que no se ha podido en Liga, que sigue en la parte más alta de la clasificación y que sobre el papel era un enemigo terrible y poderoso. Pero salió el Atleti de los partidos europeos, de los partidos bien jugados, de los partidos importantes y en el vestuario se quedó el Atleti blando y dubitativo de los últimos partidos de liga, el Atleti cansado y despistado, el Atleti que irrita y que arruina los fines de semana. Ayer salió otro Atleti, o al menos fue otro Atleti el que jugó gran parte del partido, exceptuando un par de jugadas a la postre importantísimas.

Al frente de ese Atleti de verdad se puso desde el primer minuto Arda Turan, el turco inconstante pero a veces asombroso, el futbolista sin pinta de futbolista pero talento de futbolista grande, ese que siempre se ríe, incluso cuando uno no lo espera. La prensa había puesto en cuestión a Turan los días previos al partido, se habían filtrado supuestas fricciones con Simeone, la competencia de Salvio, las sospechas del club sobre su grado de implicación. En el minuto uno el turco dejó claro que con todos esos artículos se puede hacer una buena hoguera, al menos cuando a él le da la gana. En la primera jugada se fue hasta la línea de fondo y, aunque no llegó a pasar, sí le dejó claro a su marcador que le esperaba un tormento. Diecisiete minutos más tarde, peleaba un balón hasta la misma línea, sacaba un centro y Falcao, con un movimiento de cabeza que ni una bailarina balinesa, marcaba el primer gol del partido. Turan jugó y jugó, peleó y contribuyó de forma innegable al buen partido del equipo, dejando claro que ahí, en ese cuerpo que no es de atleta, en esas piernas cortas y en ese andar cansino sin levantar los pies, hay más fútbol que en manadas de jugadores de patillita fina y gafa de pantalla. Bien por el turco, señores.

No sólo Turan hizo un buen partido, aunque hubo quien lo hizo malo. Mal partido hizo Courtois, de nuevo inseguro, sin salir por alto, incómodo en lo que deberían ser sus dominios y desconocido desde el derbi de la pasada semana, inocente en el primer gol del Valencia y en alguna otra jugada en la que el rival le puso mucho más nervioso de lo tolerable. No jugó bien Mario, una triste constante, sobresaliendo por su frialdad y falta de concentración y entrega en un equipo en el que todos corrieron más y mejor que él. Mario debería agradecer a Gabi su correr constante y su generosidad a la hora de tapar los agujeros que él deja, pero en vez de eso se dedicó a decir en twitter, ese pajarito que carga el diablo para los que no saben enfriar las emociones, que lo suyo es callar bocas a los que hablan de más. Hay cosas que uno nunca entenderá y tipos de los que ya no espera nada sensato. Mario, con estas cosas y más en estos días, hace oposiciones al Cuerpo de Futbolistas Irritantes, especialidad Realidad Deformada, y por lo que vemos puede sacar un número alto en su promoción.

Salvo las excepciones de Courtois y Mario y quizás un insípido Domínguez, el resto del equipo estuvo francamente bien. Estuvo bien Filipe Luis Filipe, bautizado Filipe Luis Froilán desde la grada de lateral, lo que permitió un sinfín de chascarrillos sobre el porqué de su miedo a meter la pierna o su imprecisión en el golpeo con cierto pie; no era ayer sin embargo día para hacer gracietas con Froilán, que hizo un buen partido. Bien jugó también Miranda, rápido y contundente y además autor de un buen gol, y una vez más jugó bien Juanfran. Juanfran, que es un prodigio físico, tiene siempre cinco o diez minutos en los que monopoliza el juego, el esfuerzo, la creación y la recuperación. Ayer ocurrió en el segundo tiempo, cuando sacó un balón en el extremo opuesto a su lugar en el campo, peleó con varios rivales y compañeros para recuperar el balón entre rebotes y terminó por devolver la posesión al equipo. Igual de generoso en el esfuerzo estuvo Gabi, un jugador que, con sus carencias, su limitada plasticidad y su querencia al pase errado no consigue sacar del que suscribe una crítica avinagrada de esas a las que acostumbra. Gabi se emplea como el que más, cubre espacio, mete la pierna, están donde tiene que estar y tapa los agujeros que deja Mario, quizás más concentrado a veces en su siguiente tweet que en hacer aquello por lo que se le paga. Gabi, con sus cosas y sin ser candidato a la titularidad en equipos de alta calidad, da el 100% de lo que tiene y estas cosas a uno, que es tonto, le inspiran un respeto enorme, el respeto que Gabi se ha ganado en su vuelta al Calderón.

Tres jugadores sobresalientes quedan para el análisis. Diego, el primero, hizo un buen partido y sacó estupendamente la falta que remató Miranda. Diego es un jugador con un dominio excepcional del balón y capaz de hacer, con la naturalidad del que tararea una copla de Quintero, León y Quiroga, cosas que sólo los elegidos hacen. Pero Diego, eso sí, crea unas expectativas con el balón que no siempre se cumplen. Cuando la coge Diego parece siempre que algo gordo va a pasar, pero la cantidad de veces que eso gordo ocurre no es al final tan alta. Diego es un futbolista pinturero y vistoso, que controla balones imposibles y sale rápido con la cara arriba y la manita doblada hacia dentro, buscando jugada con pose de esos jugadores finos de las ligas de barrio que llevaban botas Patrik cuando el resto llevábamos Cejudo. A veces se adorna en exceso y la jugada queda en nada, pero esa impresión de jugadorazo al mando la transmite estupendamente. Diego ejerce en el espectador futbolero el magnetismo que ejercía el bueno del equipo del barrio, aquél jugador que había en todos nuestros equipos de pequeños y que veía el fútbol mejor que nosotros, el ojito derecho del entrenador de cadetes, aquél al que darle el balón cuando había un embrollo a sabiendas que el equipo estaría más cómodo tras haberla tocado él que antes de hacerlo. En Diego vemos todos al bueno del colegio, unos ven a Martínez, otros ven al Chino, otros ven a Fontán, a Vives, a Gorrochategui, al tipo al que darle el balón si hay lío, el tipo que decidirá qué hacer cuando el resto se bloquee. Eso sí, que luego se cumpla la expectativa es otra cosa, que Diego es jugador amigo de la estética pero algo reñido con la estadística. Dicho todo este despropósito, ayer Diego jugó un buen partido y estuvo entre los destacados; eso sí, siguiendo con el lenguaje educativo, necesita mejorar (un poco y en ese aspecto), o al menos eso nos parece a los que, siendo amantes del toreo de pellizco, apreciamos con entusiasmo el toreo de lidia y trabajo de Despeñaperros p'arriba.

Para el final, dos fenómenos a los que llevamos todo el año piropeando. El primero Adrián, autor de un gol y de varias de esas jugadas imposibles e impredecibles a las que acostumbra. Adrián hace un fútbol más propio de un jugador frágil buscador de la protección arbitral, pero luego tiene actitud y discurso de chaval asturiano sanote, con lo que nos cae aún mejor. Forma por ahora una excelente pareja atacante con otro fenómeno, Radamel Falcao, autor ayer de dos goles, el primero magnífico, el segundo un golazo. Falcao tiene números de estrella mundial y actitud de debutante humilde y buen compañero. A su pelea incansable y remate asombroso añadió ayer una faceta hasta ahora poco visible. Era Falcao el que gritaba a sus compañeros para que presionaran arriba, era él el que hacía gestos colocando a la segunda línea, era él, con Gabi, el que gritaba en los córners y a la hora de asfixiar la salida del balón del rival. Falcao hizo a ratos de Simeone y a ratos de Falcao, de él mismo, de delantero de talla mundial y gesto de buen chaval. Un grande, el Tigre.

Cuatro goles metió el Atleti, y con eso debería haber bastado para asegurarse una plaza en la final. No fue así, naturalmente, que para eso somos el Atleti, ese equipo extraordinario del que habría hablado Homero de no haber perdido el tiempo con caballitos de madera. Dos goles marcó el Valencia, uno al final de cada tiempo, los dos en el descuento, los dos a balón parado, los dos de córner. No creemos que esto haya pasado nunca antes en la historia del fútbol, pero para estas cosas está el Atleti, para hacer normal lo extraordinario, para que consideremos cotidiano lo que físicos, químicos y quiromantes consideran imposible.

El Valencia hizo un partido extrañamente flojo y encajó cuatro goles, algo raro en un equipo sólido y dificilísimo en liga, en la que por cierto también se ha llevado más goles de lo esperado últimamente. La impresión que dio el rival fue esa que ha dado tantas veces el Atleti en los últimos años: que hay mar de fondo, que hay tensión, que el ambiente no es bueno.

Los dos extraños goles del Valencia le dan aire para la vuelta, un aire insuflado por el propio Atleti, equipo asombroso que no aprende de sus errores y que intenta compensar fallos de infantil con goles de estrella mundial. La vuelta será complicada porque, a pesar del buen partido y del número elevado de goles conseguidos, el resultado en la práctica es comparable a un uno cero. El Atleti pareció tirar por la borda, sin hacerlo, un extraordinario partido lleno de calidad, entrega, presión y ambición. Sin estar ni mucho menos resuelto el choque ni para uno ni para otro, el Atleti debería tener una ventaja suficiente para entrar en la final, pero con este equipo nunca se sabe.

Ayer vimos al Atleti que queremos ver, el Atleti del que queremos ser, el Atleti que queremos ser: el Atleti que pelea del primer al último minuto, el que hace juego de filigrana a ratos, apoyado en un despliegue y un compromiso constante, el Atleti del salto de Calleja y el gol de Falcao. También, no hay que negarlo, vimos el Atleti que somos: el Atleti despistado, el Atleti incomprensible, inexplicable, imprevisible que encaja dos goles absurdos y da vida a un rival que debería estar a estas alturas asumiendo que su misión es imposible, en caso de que las cosas hubieran ido como la lógica indicaba. Ese Atleti sin remedio, ese Atleti desesperante pero con cierta gracia también es nuestro Atleti y lo sabemos. Es ese punto absurdo el que lo hace ser distinto, es esa anarquía interna lo que lo hace ser tan nuestro, tan particular, tan imposible de compartir con aquellos que no viven estas cosas absurdas como normales. El Atleti de ayer fue el Atleti completo, el del partidazo y el derrape, el que nos deja la media sonrisa y las cejas altas, con esa mezcla tan nuestro de orgullo, desesperación y complicidad. Ganaremos o perderemos, pero, estando ahí, siendo así, todos estamos más contentos. El Atleti de ayer es el nuestro, el Atleti del que somos, el Atleti del que queremos ser.

PS: "Así somos, así queremos ser" es una frase prestada, la firma de un participante en un foro atlético con solera. La frase, cree el que suscribe, define bien cómo nos sentimos muchos y de ahí su uso, aunque no la reclamación del copyright. Al autor, anónimo, el agradecimiento desde este blog y la enhorabuena por la lucidez.

viernes, 17 de febrero de 2012

Un gesto, sólo un gesto


Iban 18 minutos de juego y la cosa pintaba bien. El Atleti tenía el balón y jugaba en campo del Lazio. Aún no se había pasado la fase de tanteo y estudio de cada rival, pero parecía claro que el Atleti buscaba la forma de hacer daño y el Lazio la forma de que no se lo hicieran, señal de que había un equipo mejor que el otro.

En una de las pocas veces que el Lazio llegó a campo contrario, Candreva buscó un tiro lejano. Una, dos veces seguidas, buscando ángulo para tirar, desplazando un poco a su marcador para hacerse hueco. Cualquier jugador acostumbrado a tapar la zona del campo que queda por delante de la defensa espera más un pase que un tiro, y sabe que si el rival busca tiro desde tan lejos es porque tira muy bien. Cualquier delantero que juegue con un compañero que tire bien de lejos va instintivamente hacia la portería, buscando el rebote, en cuanto el lenguaje corporal del compañero indica tiro. En un equipo que hasta ese momento había mostrado poco, la posibilidad de un tiro lejano parecía una excelente opción de hacer algo de daño. Klose salió corriendo nada más ver el gesto, el disparo salió largo y duro, a punto de botar cerca de las manos del portero. Incómodo, Courtois despejó la pelota, probablemente al pensar en la última fracción de segundo que sería difícil coger el balón que justo iba a botar en el campo helado ante sus dedos. Despeje tímido del portero a la bota de Klose, gol del alemán, primer gol en contra para el Atleti desde que llegó el Cholo.

Por asombroso que le pueda parecer a aquellos que dejaron de ver al Atleti con Manzano, el Atleti no estaba ya acostumbrado a recibir un gol. Primer gol en el séptimo partido gracias a un buen portero, a unos centrales resucitados y a dos laterales que hacen lo que se pide a los laterales e incluso un poco más en el caso de Juanfran, entre otros. El Atleti de Simeone, que defiende desde Falcao y que no deja pensar a los rivales, que presiona arriba y vuelve y muerde cuando se pierde un balón, que ve cómo llega el marcador a tapar al rival y, si éste sale, hay siempre un compañero en la ayuda que permite recuperar el balón rápidamente, se había llevado un gol y además tras fallo de uno de los que casi nunca fallan, Courtois. Los jugadores se quedaron con cara de no saber bien qué hacer, los jugadores se miraron los unos a los otros, los aficionado pusieron una cara de sorpresa que a ellos mismos, acostumbrados en los últimos tiempos a ver cómo el equipo regalaba continuamente goles tontos en malos momentos, le sorprendió a su vez. ¿Sorprendidos porque al Atleti le meten un gol? Esto no era así hace unas semanas, era más bien lo contrario ... el gol dolió y la sorpresa, curiosamente, fue agradable: si nos sorprende un gol en contra, es que las cosas son distintas ahora, son mejores.

Desorientados, los aficionados miraron a la pantalla de la tv. Desorientados, los jugadores miraron al banquillo. Y entonces llegó el gesto, sólo un gesto que resumió, con dos manos y unas cejas arqueadas y un labio apretado, lo mismo que expresa la frase, tranquilos, tranquilos, qué más da. Miraron los jugadores a Simeone y miró la cámara a Simeone y el realizador tuvo a bien mostrar a Simeone haciendo el gesto. Un gesto, sólo un gesto que significaba no pasa nada, no pasa absolutamente nada. Han marcado, muy bien, pues enhorabuena al goleador, nosotros seguimos igual. Sabemos lo que tenemos que hacer y lo estamos haciendo bien, fiaros de mí como yo me fío de vosotros, hagamos lo que venimos haciendo en el resto de partidos y entrenamientos. Calma, decía el gesto de Simeone, confiad, decía. Tranquilos, decía Simeone con las manos abiertas y los hombros subidos, con las cejas subrayando la mirada de confianza, con los labios diciendo, sin abrirse, seguimos igual, confiad, estas cosas pasan, ¿y?

Imaginamos que los jugadores entendieron el gesto de Simeone y se calmaron y confiaron en el entrenador y en ellos mismos. Lo imaginamos no sólo por lo que vimos luego, sino porque también nosotros, en sofás y oficinas y sillas de enea y asientos de pub, en barras de bar y en casas de abuelos, nos tranquilizamos todos. Anda, dijimos todos, mira Simeone, lo tiene claro, no se descompone, no se asusta por esto. Parece que se fía de los suyos, del trabajo, de la idea de juego, de que cada uno haya comprendido la situación y haya asumido como propia la tarea que el entrenador le encomienda. Con un gesto Simeone dejó claro que se fía de los suyos y de su idea de juego, que conoce lo que debe hacer el equipo para ir a más y ganar.

Y el equipo ganó, ya lo vieron Vds, y lo hizo a lo grande, aunque los tres goles casi fueron lo de menos. El Atleti volvió a jugar a lo que venía jugando estos últimos días, y ni se arrugó por el gol en contra ni por tener enfrente al tercero de la liga italiana ni por el frío ni porque unos días antes hubiera jugado en ese mismo césped Castrogiovanni. El Atleti corrió, peleó, presionó y cuando robó el balón jugó y jugó bien. Jugaron bien todos, por más que en un fútbol aguerrido y de mucha concentración y espíritu queden a mitad de pista Mario y Filipe Luis. No el resto, no Falcao, que volvió a vaciarse y a mostrar que es el primer engranaje de la máquina defensiva y el último diente de la mandíbula que muerde. Ni Adrián, que hizo un partido de estrella, ni Koke, que volvió a reclamar minutos y protagonismo. Jugó bien Diego, creativo y peleón, y jugó bien Gabi, siempre en su sitio y sin rehuir nunca la pelea. Jugaron bien los centrales y jugó de maravilla Juanfran, enorme en el esfuerzo y en la presencia, demostrando que está contento de haber encontrado su sitio en un equipo que funciona.

Y aún así, el que mejor jugó fue el equipo. Juntos, con las ideas claras, rápidos. Buscando más y más, presionando en tres cuartos contrarios cuando quedaban cinco o seis minutos, queriendo ganar en todas las parcelas y en todas las estadísticas. El Atleti jugó como ese otro Atleti del que nos íbamos olvidando, el que también llevaba un número oscuro sobre cuadrado blanco en el dorsal y llevaba, eso sí, el bendito pantalón azul. El Atleti de verdad apareció en Roma y, en el único momento en el que se pudo temer por su presencia, un gesto solo, un gestito, puso todo en su lugar. Quién nos lo hubiera dicho hace un par de meses.

viernes, 19 de agosto de 2011

Beata crónica del Atleti - Vitoria de Guimaraes

El Atleti ganó un partido contra un rival caritativo, si bien lo hizo con poca fe y dejando pocos motivos para la esperanza. Y todo ello, con aparición mariana incluida.


Llegó la afición al campo asfixiadita de calor y tras pensarse muy mucho el itinerario por aquello de que está el centro cortado por causa de la JMJ y la visita papal. La JMJ o Pío-FIB ha llenado Madrid de gente de todas partes del mundo, dejando la ciudad con ambiente de Fainal-for a lo bestia, algo así como Fainal-tuenti. Estos días va el madrileño incauto a hacer un mandao al centro y se cruza con un grupo de gente vestida de verde con una bandera desconocida, hablando en una lengua nunca antes escuchada. Esquivada la comitiva verde, dobla la esquina una nutrida representación de forofos de un equipo de naranja con sombrero de ala ancha que cuentan entre sus filas con un cura de riguroso negro que no tuerce el gesto bajo el sol abrasador de Agosto. Convenientemente regateados cura y mandarinas, es ahora la sección juvenil femenina de seguidores de un club de azul los que inundan la acera, cantando son sus vocecitas tonadas pías sobre melodías de anuncio de telefonía ... Acercarse al centro de Madrid es lo más parecido a entrar en una convención internacional de boy scouts, una jamboree de esas que se veían en las previas de las películas de Disney cuando el que suscribe era pequeño, es decir, allá por la Segunda Guerra Púnica.

Llegó pues el aficionado al campo en medio de un ambiente de lo más piadoso y clerical y el ambiente pareció contagiarse a todo lo que ocurría cerca y dentro del estadio. A pesar de lo tardío del horario, se veían por el estadio muchos niños comiendo bocadillos del tamaño de una hucha del Domund junto a padres abnegados y penitentes, portadores de pesadas mochilas llenas de toallitas limpiadoras, yogures de fruta y muñecos de Indy. Entre los aficionados con camisetas rojiblancas se veían también voluntarios de la JMJ con camisetas verdes, atuendo similar a la equipación de la tripulación del Desafío Español de Copa América, que ya se sabe que lo devoto casa bien con la competición de vela ligera en según qué ambientes. Recios aficionados de los que buscan pelea en los bares compartían acera y sombra con chicas monjiles convertidas a la fe rojiblanca por obra y gracia de San Román, diácono de Cesaréa, santo apodado "el Pechuga de Antioquía" por sus coetáneos. Estas y otras estampas piadosas se sucedían en los alrededores del estadio con beata naturalidad y calma.

Salió el Atleti y la afición prorrumpió en himnos sacros de esos que abundan en las tardes de fútbol de la ribera del Manzanares, esos que hacen rimar con gracia mariana las palabras Corazón, Calderón, Afición y Emoción. Hasta ahora la rima colchonera ha sido siempre fácil gracias al nombre del estadio, por lo que el traslado futuro planteará un problema lírico de difícil solución; "peineta" rima con agujeta, analfabeta, camiseta, bicicleta, cateta o croqueta, todas ellas palabras de fácil inserción en rimas futbolísticas pero algo menos solemnes, eso sí, oiga. A ver cómo solucionamos la papeleta (nótese la entrega, desinteresada, de una nueva palabra para la rima).

Salió el Atleti, decíamos, y por la actitud de los primeros momentos y del primer tiempo en general, intuyó la afición que también lo hizo impregnado del espíritu caritativo del ambiente: de hecho, tiró a puerta más bien poco y mal durante gran parte del partido, imaginamos que para no molestar al invitado. La razón para tanta misericordia, según fuentes bien informadas, estuvo en la charla previa que impartió el entrenador en el vestuario. Al parecer, llevado por el afán de no desentonar con el ambiente, Manzano (que ayer prefirió hacerse llamar Mosén Gregorio o, más coloquialmente, Padre Goyo) en vez de charla táctica o arenga guerrera, dio a los jugadores una homilía centrada en la virtud de la paciencia y el valor de la confianza en la llegada de un milagro en forma de profeta, preferiblemente en el segundo tiempo. Pudo hablar de la recia marcialidad de los legionarios en el traslado del Cristo de Mena, o en la fiera determinación de los Caballeros de la Orden de Santiago en la batalla de las Navas de Tolosa, pero al parecer el Padre Goyo prefirió hablar de la contribución de las Agustinas Recoletas a la historia de la mermelada. Manzano, aprovechando sacerdotal apariencia general, habría dado tal sermón ataviado con camisa gris de manga corta y alzacuellos blanco, hablando despacio, aflautando un poco la voz y sobándose mucho las manos en movimiento circular como si se hubiera dado crema hidratante. Para hacer más agradable el trance, sus palabras fueron acompañadas a la guitarra por Filipe Luis Filipe, con la melena suelta y metido en el papel de María Ostiz, quien interpretó "Yo tengo un gozo en el alma (¡grande!)" con gran entrega; de hecho esta es una de las canciones favoritas del pulcro lateral, si bien nunca tuvo la ocasión de interpretarla ante sus compañeros por culpa de las amenazas gestuales que recibía de Ujfalusi, más aficionado al death metal, cuando intentaba arrancarse.

Salió pues el Atleti decidido a hacer el bien y dar de beber al sediento y el primer tiempo fue un tostón de proporciones bíblicas. Salió Joel, que tuvo poco trabajo pero dejó sensación de despiste cuando hizo algo de falta, y salió una defensa con pinta de ser más o menos la que vaya a jugar muchos partidos con la alternativa de Godín: Filipe Luis Filipe, Domínguez, Perea y Silvio. De estos, destacar el buen partido de Perea (ante un rival malo, sí, pero lo hizo bien), algunas dudas que Domínguez no consigue despejar y la perenne timidez de Filipe Luis Filipe, que acabó adelantado cuando en el segundo tiempo entró Antonio López. ¿Y Silvio? Pues Silvio, a quien el que suscribe veía un partido completo en directo por primera vez, dejó una buena sensación. Móvil, en forma, no paró de subir y bajar en todo el partido, ofreciéndose siempre y especialmente en los últimos veinte minutos, cuando el cansancio era general. Pegó un buen tiro al larguero y ofreció alternativas, si bien se mostró excesivamente audaz en sus subidas teniendo en cuenta que el que le hacía la cobertura era Tiago. Le seguiremos con interés.

El centro del campo estaba formado por Mario, Tiago y Gabi (o Grabi), dando forma al 4-3-3 que anunció Mosén Manzano y sembrando de dudas la grada. Frío y soso Mario, con un Tiago ausente y con poco fuelle, sólo Grabi pareció querer jugar al fútbol. Se ofreció, la pidió, tapó y corrió haciendo coberturas. Falló pases claros y se embarulló a veces, y el hecho de que fuera el centrocampista más sólido sólo pone en evidencia lo flojito de la línea en general. Si el Atleti quiere jugar a algo, si quiere que la delantera reciba balones y que los rivales pasen apuros, habrá que reforzar, y mucho, la media. Y es que además la delantera, o al menos dos tercios de ella, tampoco ayudaron mucho. Ni Salvio, torpón y desconcertante como en casi todos los partidos que se le han visto de rojiblanco, ni Reyes, subidito en su ego por presentarse como la referencia de calidad de un equipo mediocre y con el 10 de los grandes a la espalda (que vaya tela), hicieron mucho. Sí hizo por contra Adrián. Adrián, jugador de físico raro, algo bajo para su puesto, algo rígido, poco estético, planteaba dudas al llegar y él mismo las está despejando. Adrián no es vistoso pero parece saber dónde ponerse. No tiene un físico excesivo pero no se le ve con problemas entre centrales grandotes. No tiene vitola de estrella pero sí parece ser jugador de equipo, buen compañero y pasador generoso. Adrián se movió bien entre la defensa, levantó dolor de cabeza entre los limitados centrales portugueses y dio el pase en los dos goles. Hasta ahora, su participación ha sido positiva y poco a poco se va haciendo con su sitio en la plantilla con trabajo, generosidad y honradez. Nos alegramos.

En jornada tan mística, no podía faltar el milagro y éste ocurrió en el descanso. Cuando la multitud se dirigía a las barras y los excusados, en el vídeo marcador hubo una aparición casi mariana: Falcao. El Club anunció el fichaje del delantero colombiano en el propio estadio buscando un golpe de efecto, pero el efecto obtenido fue un ataque de risa general. La afición se imaginaba al equipo de márketing del Club reunido horas antes en una sala muy grande, con las mangas remangadas y las corbatas aflojadas tras horas de debatir. Ya lo tengo, ya sé cómo vamos a hacerlo. No digáis nada, mantened la información en secreto, soltaremos la bomba cuando la gente descanse entre tiempo y tiempo y así el alborozo será general, la ilusión desbordará la grada y el público se girará al palco con ramas de olivo y palmas en agradecimiento, cantando aquello de qué buenos son Cerezo y Gilmarín-ín, qué buenos son que nos traen un goleador. Sorprendentemente para el equipo de marketing, la reacción de la grada fue cantar Gil, cabrón, fuera del Calderón, algo que no esperaban los Padres Comisionistas Descalzos que se sientan en el palco. El equipo de márketing entró en pánico al enterarse de la inesperada reacción: todo eran prisas en la sala de reunión, pensamientos atropellados, reproches. Te lo dije, te dije que no lo hicieras, al menos no así. Es que no hemos tenido tiempo, ya sabes que intentamos traer a Jurado para que, vestido de querubín, bajase desde un helicóptero entre himnos barrocos para darle más dramatismo al momento de la aparición, pero le dan miedo las alturas. Y qué hacemos ahora, la gente no ha reaccionado bien, ¿se os ocurre algo? A mí sí, a mí se me ocurre anunciar también el fichaje de Micael... Radamel y Micael, no me digas que no tienen nombre como de arcángel, yo creo que funcionará. No sé, no sé, Radamel y Micael ... suena a arcángeles, es cierto, pero también a enemigos de los Pitufos, no sé si va a ser peor el remedio de la enfermedad, a ver si la gente se va a cachondear más. Algo hay que hacer, hay que mandar un mensaje, la gente está mirando el vídeo-marcador esperando una señal. Ya lo tengo, tranquilicemos a la masa mandando un mensaje de calma, anunciando el nombre de nuestro nuevo líder, del Mesías, del que realmente manda en el club ahora, de Aquél Que Ha Aparecido En Nuestras Vidas. Sí, sí, muy bien, hagamos eso, pero habrá que disimular un poco: al menos, que parezca que anunciamos una marisquería.

En el segundo tiempo, tras el milagro, la cosa cambió un poco. Salió Juanfran por Mario, lo que dio mordiente al ataque y, un poco antes, se fue el inoperante Salvio y en su lugar salió Elías.


- No irá Vd a hacer el chiste de Elías el Profeta, ¿no?
- No, oiga, tranquilo

El Vitoria de Guimaraes, para colmo de males, se quedó con 10 y cuando todo el mundo esperaba que se atrincherasen atrás, se echaron un poco hacia adelante. A punto estuvo de marcar el equipo portugués con un balón que iba dentro pero se fue al poste gracias a la intervención de la Virgen del Puerto, que para eso es vecina, y se mascó la tragedia. Pero apareció Adrián y, por primera vez en la noche, un centrocampista que se sumaba al ataque desde la segunda línea. Marcó Elías en un buen remate de cabeza tras una jugada y pase excelente de Adrián, y volvió a marcar después tras una nueva buena maniobra de Adrián, regalador de goles. Los goles llevaron la alegría a la grada, que a punto estuvo de explotar cuando Elías casi mete el tercero. Aprovechando la bonanza, Reyes fue sustituido y su salida del campo recordó a la entrada de la custodia en la catedral de Toledo en día de Corpus Christi. El público, entregado y casi levitando, aclamó a Reyes tras un partido mediocre ante un rival más mediocre aún con un entusiasmo rayano en la exaltación mística. El fondo hacía reverencias a Reyes, cosas veredes, y el público se sumó a la canonización del otrora Casito Perdido de Utrera con la devoción que despiertan las conversiones milagrosas y la vuelta de los hijos pródigos. En pleno éxtasis de fe se afeó a Del Bosque no hacer internacional a Reyes y el público pidió a grandes voces para Reyes todo lo que éste podría querer en esta vida, es decir, la selección, la beatificación y el bachillerato. El Calderón vivió un momento de histeria colectiva en el que luego, uno a uno, ningún asistente recordaba haber participado. Qué cosas pasan, oiga, qué cosas.

El Atleti pareció dejar resuelta la eliminatoria ante un equipo muy muy limitado que tendrá muchos problemas para meter tres goles en la vuelta. Aún así, la sensación que dejó el equipo fue discreta: con un centro del campo muy pobre para la construcción y poco contundente en la destrucción, ya pueden venir delanteros en caravana que el problema se antoja el mismo que cuando estaban otros delanteros magníficos que se han ido o parece que se van a ir del equipo en breve. La llegada de Falcao, un jugador que en principio parece muy válido, no parece suficiente para garantizar un juego fluido ni la creación de las oportunidades suficientes para que el equipo haga goles. Hace falta un centro del campo con ideas claras y galones, y quizás Arda Turan sea el hombre necesario pero parece que hace falta alguno más.

Lo que sí va quedando más clara es la aparición de una nueva figura de poder en el club, desplazando en parte a Quilón y compañía. Mendes, el agente portugués con nombre de marisquería de la calle Ibiza esquina Fernán González, ha traído a Falcao y de paso se ha llevado a los pocos días el dinero que dejó Agüero, un jugador que parece mejor que el colombiano. Ha traído también al desconocido Micael y a un tal Pizzi y a alguno más que ya trajo en el pasado. Por lo que parece, Gil Marín seguirá dando vueltas a la M-30 durante los partidos y Cerezo seguirá haciendo chistes sobre escotes y delanteras mientras el Atleti se convierte en la granja de engorde de terneros de la ganadería Mendes, camino de otros clubes con más nombre. Sólo el tiempo dirá si es así; mientras tanto, que al menos vengan al Calderón buenos jugadores y ayuden a sacar al equipo del hoyo en el que los fariseos del palco le llevan sepultando veinticinco años casi. Hemos decidido ser optimistas este año y nos mantendremos firmes en el empeño. Así sea.