Iban 18 minutos de juego y la cosa pintaba bien. El Atleti tenía el balón y jugaba en campo del Lazio. Aún no se había pasado la fase de tanteo y estudio de cada rival, pero parecía claro que el Atleti buscaba la forma de hacer daño y el Lazio la forma de que no se lo hicieran, señal de que había un equipo mejor que el otro.
En una de las pocas veces que el Lazio llegó a campo contrario, Candreva buscó un tiro lejano. Una, dos veces seguidas, buscando ángulo para tirar, desplazando un poco a su marcador para hacerse hueco. Cualquier jugador acostumbrado a tapar la zona del campo que queda por delante de la defensa espera más un pase que un tiro, y sabe que si el rival busca tiro desde tan lejos es porque tira muy bien. Cualquier delantero que juegue con un compañero que tire bien de lejos va instintivamente hacia la portería, buscando el rebote, en cuanto el lenguaje corporal del compañero indica tiro. En un equipo que hasta ese momento había mostrado poco, la posibilidad de un tiro lejano parecía una excelente opción de hacer algo de daño. Klose salió corriendo nada más ver el gesto, el disparo salió largo y duro, a punto de botar cerca de las manos del portero. Incómodo, Courtois despejó la pelota, probablemente al pensar en la última fracción de segundo que sería difícil coger el balón que justo iba a botar en el campo helado ante sus dedos. Despeje tímido del portero a la bota de Klose, gol del alemán, primer gol en contra para el Atleti desde que llegó el Cholo.
Por asombroso que le pueda parecer a aquellos que dejaron de ver al Atleti con Manzano, el Atleti no estaba ya acostumbrado a recibir un gol. Primer gol en el séptimo partido gracias a un buen portero, a unos centrales resucitados y a dos laterales que hacen lo que se pide a los laterales e incluso un poco más en el caso de Juanfran, entre otros. El Atleti de Simeone, que defiende desde Falcao y que no deja pensar a los rivales, que presiona arriba y vuelve y muerde cuando se pierde un balón, que ve cómo llega el marcador a tapar al rival y, si éste sale, hay siempre un compañero en la ayuda que permite recuperar el balón rápidamente, se había llevado un gol y además tras fallo de uno de los que casi nunca fallan, Courtois. Los jugadores se quedaron con cara de no saber bien qué hacer, los jugadores se miraron los unos a los otros, los aficionado pusieron una cara de sorpresa que a ellos mismos, acostumbrados en los últimos tiempos a ver cómo el equipo regalaba continuamente goles tontos en malos momentos, le sorprendió a su vez. ¿Sorprendidos porque al Atleti le meten un gol? Esto no era así hace unas semanas, era más bien lo contrario ... el gol dolió y la sorpresa, curiosamente, fue agradable: si nos sorprende un gol en contra, es que las cosas son distintas ahora, son mejores.
Desorientados, los aficionados miraron a la pantalla de la tv. Desorientados, los jugadores miraron al banquillo. Y entonces llegó el gesto, sólo un gesto que resumió, con dos manos y unas cejas arqueadas y un labio apretado, lo mismo que expresa la frase, tranquilos, tranquilos, qué más da. Miraron los jugadores a Simeone y miró la cámara a Simeone y el realizador tuvo a bien mostrar a Simeone haciendo el gesto. Un gesto, sólo un gesto que significaba no pasa nada, no pasa absolutamente nada. Han marcado, muy bien, pues enhorabuena al goleador, nosotros seguimos igual. Sabemos lo que tenemos que hacer y lo estamos haciendo bien, fiaros de mí como yo me fío de vosotros, hagamos lo que venimos haciendo en el resto de partidos y entrenamientos. Calma, decía el gesto de Simeone, confiad, decía. Tranquilos, decía Simeone con las manos abiertas y los hombros subidos, con las cejas subrayando la mirada de confianza, con los labios diciendo, sin abrirse, seguimos igual, confiad, estas cosas pasan, ¿y?
Imaginamos que los jugadores entendieron el gesto de Simeone y se calmaron y confiaron en el entrenador y en ellos mismos. Lo imaginamos no sólo por lo que vimos luego, sino porque también nosotros, en sofás y oficinas y sillas de enea y asientos de pub, en barras de bar y en casas de abuelos, nos tranquilizamos todos. Anda, dijimos todos, mira Simeone, lo tiene claro, no se descompone, no se asusta por esto. Parece que se fía de los suyos, del trabajo, de la idea de juego, de que cada uno haya comprendido la situación y haya asumido como propia la tarea que el entrenador le encomienda. Con un gesto Simeone dejó claro que se fía de los suyos y de su idea de juego, que conoce lo que debe hacer el equipo para ir a más y ganar.
Y el equipo ganó, ya lo vieron Vds, y lo hizo a lo grande, aunque los tres goles casi fueron lo de menos. El Atleti volvió a jugar a lo que venía jugando estos últimos días, y ni se arrugó por el gol en contra ni por tener enfrente al tercero de la liga italiana ni por el frío ni porque unos días antes hubiera jugado en ese mismo césped Castrogiovanni. El Atleti corrió, peleó, presionó y cuando robó el balón jugó y jugó bien. Jugaron bien todos, por más que en un fútbol aguerrido y de mucha concentración y espíritu queden a mitad de pista Mario y Filipe Luis. No el resto, no Falcao, que volvió a vaciarse y a mostrar que es el primer engranaje de la máquina defensiva y el último diente de la mandíbula que muerde. Ni Adrián, que hizo un partido de estrella, ni Koke, que volvió a reclamar minutos y protagonismo. Jugó bien Diego, creativo y peleón, y jugó bien Gabi, siempre en su sitio y sin rehuir nunca la pelea. Jugaron bien los centrales y jugó de maravilla Juanfran, enorme en el esfuerzo y en la presencia, demostrando que está contento de haber encontrado su sitio en un equipo que funciona.
Y aún así, el que mejor jugó fue el equipo. Juntos, con las ideas claras, rápidos. Buscando más y más, presionando en tres cuartos contrarios cuando quedaban cinco o seis minutos, queriendo ganar en todas las parcelas y en todas las estadísticas. El Atleti jugó como ese otro Atleti del que nos íbamos olvidando, el que también llevaba un número oscuro sobre cuadrado blanco en el dorsal y llevaba, eso sí, el bendito pantalón azul. El Atleti de verdad apareció en Roma y, en el único momento en el que se pudo temer por su presencia, un gesto solo, un gestito, puso todo en su lugar. Quién nos lo hubiera dicho hace un par de meses.