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jueves, 1 de mayo de 2014

40 años (no es nada)

1974


Hace 40 años, en 1974, cuando el Atleti jugó su primera final de Copa de Europa, uno era un niño chico. Quizás les sorprenda a Vds que uno haya sido alguna vez un niño chico, pero así fue durante unos años, precisamente aquellos. Uno, rubio, con el pelo a tazón y camiseta del Atleti puesta durante todo el verano, era demasiado chico para acordarse con precisión esa final aunque sí tiene recuerdos de ella. Los recuerdos son vagos, confusos y giran en torno a una televisión en blanco y negro en una habitación pequeña de una casa de la sierra de Madrid, lo que sugiere que aquél día de San Isidro era, como ahora, festivo. Los recuerdos no incluyen más que imágenes deshiladas, sueltas, fogonazos aquí y allá; también nombres, algunos confusos, uno muy claro, Gárate. De Gárate sí se hablaba en casa, aunque poco, y se siguió hablando durante unos años.

Con el tiempo, uno investigó sobre ese equipo al que el propio presidente bautizó como el Pupas, echando así sobre los hombros de un equipo de leyenda un mote molesto como los vecinos del lado Norte de la ciudad, irritante como los tertulianos deportivos, pesado como el plomo. El Atleti ha cargado con el Pupas desde entonces como el protagonista de Basket Case cargaba con su hermano maligno en un canasto, a disgusto a pesar de ser parte de la historia, a regañadientes a pesar de venir el apelativo del Presidente más importante del Club.  Y eso que incluso una parte de la afición parece sentirse cómoda con la maldición patrocinada desde el palco, rebozada en una coartada histórica para así desatender la realidad terrible del club durante los años negros en los que la identidad estaba perdida en un denso bosque de manzanos y maniches. El Pupas, el maldito Pupas, ese mote desacertado para un equipo, el del 74, que pudo ser cualquier cosa menos un Pupas.

Al Atleti del 74 le entrenaba un argentino, el Toto Lorenzo. En él jugaban Reina, Pacheco y Rodri, Panadero Díaz, Ovejero y Cabrero, Heredia, Benegas y Capón, Alberto, Eusebio y Quique, Adelardo, Luis y Melo, Salcedo, Ufarte y Becerra, Irureta, Ayala y Gárate. Ni más ni menos, oiga, ni más ni menos.

Entre los nombres recién mencionados, algunos de los mejores jugadores de la historia del Atleti, varios ídolos de infancia del que suscribe y también de sus más próximos. Jugaba Reina, el portero de jersey verde que uno quiso ser aquél día que jugó de portero y que aún quiere ser Jorge Lera. Jugaba Panadero Díaz, en cuyo honor el que suscribe co-fundó una peña atlética en Bruselas que responde al combativo nombre de Frente de Liberación Panadero Díaz (con su correspondiente escisión disidente, como está mandado: el MLPD, Movimiento de Liberación Panadero Díaz – Frente 25 de Mayo, surgida tras el Doblete y la vuelta de la emigración). Jugó Ovejero, que años después echaría abajo una portería en Zaragoza de una embestida, y jugó Capón, con ese bigote que, junto al de Leal (con su vendaje), nos dio ganas de tener bigote cuando teníamos 7 años. Jugaron Alberto y Eusebio, cuyos nombres uno confundía de chico y no sabía quién era quién, y jugaba Adelardo, el jugador que más veces ha defendido nuestra camiseta, para muchos el emblema del Club durante muchos años. Jugó Ufarte, a quien el que suscribe dio la mano hace unos años y le invitó además a una botella de vino, escapándose luego del restaurante por vergüenza, para no recibir las gracias de un tipo al que siempre le estará uno agradecido. Jugó Becerra, que uno no sabe si se escribe con c o con z, que murió demasiado joven pocos años después, y jugó Irureta, siempre tan caballero con el Atleti, siempre recordando en sus años como entrenador todo lo que le enseñó el Club. Jugó Ayala, nuestro ídolo melenudo de niños, el Ratón, el más rápido, el más eléctrico, el dueño legítimo del nombre de cierto perro ratonero que cierto día en Albacete, desde la grada, saltó al campo durante un partido que el Atleti jugó allí - camiseta rojiblanca y el número 11 a la espalda - persiguiendo una bola hasta que fue reducido por la fuerza pública ante su negativa a abandonar el terreno de juego sin el balón en la boca. En ese equipo jugó Luis Aragonés, ese tipo único, enorme, el que volvió al Club para sacarlo de Segunda, el que dijo a un árbitro que no pisara el escudo, el que rompió la pizarra en el vestuario antes de la final de Copa; el tipo de más influencia en el fútbol español, el que vio lo que nadie veía y fue apartado de su obra de arte cuando más fácil era todo, nuestro referente, nuestro guía lleno de defectos y virtudes, nuestro espejo, el Atleti hecho tipo con patillas, cigarrillo y pelliza.

Y en ese equipo jugó Gárate. Gárate, el tipo que uno querría ser.

Nunca el Club ha hecho un homenaje a ese equipo maravilloso que llegó imbatido a la final de Bruselas del 15 de Mayo del 74 para toparse con el mejor Bayern de Múnich de la historia, el equipo de Beckenbauer, Maier, Muller, Hoeness, Breitner y el maldito Schwarzenbeck, la columna vertebral del equipo que luego ganaría el Mundial para Alemania unos meses después. A ese equipo que fue superior a los alemanes durante el partido y se adelantó con un gol de falta de Luis Aragonés, celebrado antes de entrar por el propio Luis con un salto batracio para la historia. Ese equipo que vio cómo, ya en el descuento, el rival empataba gracias a un gol marcado por un jugador que nunca marcaba y perdía en la repetición del partido dos días después ante una plantilla mucho más física que se encontró con el regalo de un partido extra que no mereció y una copa que vive en Munich cuando debería vivir en Madrid.

Si alguien viendo esa alineación puede pensar en un equipo perdedor, que abandone el local. Si alguien piensa que ese grupo heterogéneo en el que convivían argentinos aguerridos y brasileños de juego floreado, extremeños recios, madrileños castizos, vascos de pedigree, asturianos de raza y un paraguayo orgulloso de llevar los colores de su equipo nacional no era un equipo de leyenda, que abandone la lectura, la ciudad, el país. Si algún insensato no ve en este grupo de melenudos, bigotudos, sobrios jugadores pelicortos y un gentleman de Eibar  - en palabras de uno de los talentosos  Olivares  (no recuerdo cuál), “un equipo que eran los Beatles y los Rolling Stones a la vez” – el reflejo del propio Atleti todo, de su grada y de su historia, que llame a un especialista.

Nunca ha recibido ese equipo maravilloso el homenaje público que merece. Y, con 40 años de retraso, ya es hora, oiga, ya es hora.

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2014


Cuarenta años después de la semifinal de Glasgow, recordada por los aguerridos escoceses como una batalla campal y por los aficionados del Atleti como el partido en el que el Atleti vistió con preciosa camiseta roja de puños rojiblancos y sufrió tres expulsiones (no del todo injustas, oiga) por indicación de Babacán, un árbitro turco con nombre de malo de novela de aventuras (incluso como “El Malvado Babacán”), el Atleti se plantó en Stamford Bridge, estadio del Chelsea, con la misión de hacer la machada que 40 años antes habían hecho nuestros ídolos de la infancia y meter al equipo en la final.

El Atleti que fue a Stamford Bridge, líder de la liga española, invicto en Champions y orgullo de la parte noble de la ciudad de Madrid , también está dirigido, como el del 74, por un argentino temperamental, talentoso y trabajador que viste sobrio traje, camisa y corbata negra y lleva un rosario bajo la corbata. Este mago, al que nunca jamás podremos agradecerle suficientemente lo que ha hecho por nosotros, tiene por ayudantes un sabio de la preparación física y un portento de la naturaleza que viste siempre anorak y lleva un cronómetro, se ríe cuando nosotros nos asustamos y saluda con cariño al delantero centro rival, tan atlético como nosotros, cuando sale al campo en el que ahora juega de local, para su desgracia y la nuestra.

En el equipo que dirigen estos tres argentinos - que deberían recibir las nacionalidad honorífica, las llaves de la ciudad de Madrid y su peso en jamón del bueno (por más que pese el Mono) - cuenta también con brasileños de juego floreado, argentinos tatuados, madrileños castizos, asturianos de raza, uruguayos bravos de mandíbula apretada; además, un turco tocado por el dedo de los dioses del talento, un tipo de Alicante que ha sufrido una metamorfosis, un hispano-brasileño con cara de tripulante de navío corsario y la fuerza de un búfalo cafre, un navarro capaz de rematar de cabeza un satélite fuera de órbita y un gigante belga capaz de parar ese mismo satélite a pocos metros de su lanzamiento desde Cabo Cañaveral sin perder la gomina del tupé. Y, según se demostró en Stamford Bridge, estadio frío poblado por una afición fría, antipática y obsesionada con los jugadores que su millonario presidente puede comprar cada año (algo de lo que presumen con la idiocia del hijo del vecino rico que copia, en más caro, cada cosa que hace el resto de niños del colegio que, por supuesto, le ignoran), ese grupo heterogéneo, Beatle y Stone como el del 74,  es también un equipazo de leyenda como lo fue aquél.

Salió el Atleti al campo del Chelsea vestido con pantalón rojo, pero en un estado tal en el que estas cosas ya ni importan. Miró el Atleti a la grada y vio el Calderón,  atronador en medio del silencio frío y azul de Stamford Bridge, y entonces todos supimos que iba a ser un gran día. Miró el Atleti a la grada y vio miles de bufandas rojiblancas, la bandera de esa España en la que pone Algeciras, las pancartas de las peñas belgas y británicas, las canas de los aficionados que recuerdan la final del 74 y los ojos brillantes de las chicas atléticas que hacen de la grada del Calderón un sitio especial, y tragó saliva. Miró el equipo titular al banquillo y, tras él, vio al Capitán de Capitanes vestido de traje y corbata con bufanda del Atleti, agarrado a la valla de detrás del banquillo con gesto de poder saltar al campo a por el balón en cualquier momento, como hizo el perro Ayala en Albacete, y entendió lo que tenía que hacer. Miró el Atleti a la grada de nuevo y vio los retratos del Cholo y de Luis Aragonés y, en ese momento, los jugadores del Chelsea parecieron pequeñitos, inofensivos, enclenques.   

(Mientras el Atleti en pleno miraba con la mandíbula apretada a la grada del Atleti, otra parte del Atleti hacía lo propio. Nacido 10 años después de esa final de Bruselas, Torres es un poco más mayor que los que sólo vivieron los años negros de manzanos y maniches, y un poco más joven que los que sí recuerdan el Atleti grande de los 70 y 80. De haber tenido unos años menos, quizás estaría en el primer equipo a las órdenes de Simeone, de haber tenido unos años más quizás no se habría visto en la tesitura de tener que enfrentarse a su equipo del alma en tamaña situación. Torres marcó el gol de su equipo actual contra su equipo del alma y naturalmente no lo celebró; las imágenes del momento son desoladoras. El destino, que con Torres ha tenido sus más y sus menos, quiso que hiciera un buen partido y marcase un gol ante todo ese público rojiblanco que tanto se alegra de sus goles contra otros; quizás el desenlace final, que su equipo perdiera a pesar de su gol, es lo mejor que le pudo pasar. Torres, ovacionado en Madrid durante el calentamiento y al final del partido y cuando fue sustituido en Londres, no necesita explicaciones para entender lo que ayer estaba pasando y probablemente lo vivió de una forma tan especial que sólo él puede llegar a entenderlo. Esperemos que vuelva pronto a casa y nos lo cuente en detalle).

Lo que después ocurrió lo contarán los juglares tras el holocausto nuclear y los colonos extraterrestres que, ataviados con escafandra para evitar la atmósfera tóxica, tomen la tierra desde sus platillos volantes con rayo paralizante. Lo están contando ahora mismo varios habitantes de Papúa a sus conocidos, es portada en diarios de Bangkok y es objeto de análisis en una lejana población vitivinícola australiana en la que, de vez en cuando, tienen la suerte de comer arroz con cangrejos pescados por el propio cocinero. En un cafetín cercano a la plaza de San Telmo, en Buenos Aires, alguien gesticula en este mismo momento explicando el movimiento táctico del medio campo y en Arcore, cerca de Milán, un señor muy alto explica a su madre, mientras come pasta al ragú, cómo Juanfran hizo dos pases de gol tras pases largos de Tiago en una noche para recordar. En Onteniente (Valencia), Fernan Pérez (Almería) y Zurich (Suiza) no se habla de otra cosa, ni se hablará en días.

Y es que el Atleti cuajó uno de los mejores partidos que se recuerdan, con un segundo tiempo a la altura de la Supercopa ganada al propio Chelsea y de los veinte primeros minutos de la eliminatoria contra el Barcelona. Aprendida la lección de la ida (nada de balones altos al centro del área, nada de impaciencia, nada de piedad), Simeone dejó en el banquillo a Raúl García y apostó por Adrián – aquél que desde esta misma tribuna dimos por claramente perdido para la causa - para llevar el balón al suelo y jugar con velocidad cuando fuera necesario. En varias ocasiones durante el primer tiempo se vio cómo los jugadores frenaban su instinto natural a bombear balones largos hacia Diego Costa para seguir tocando, madurar la jugada, buscar ocasiones menos directas si no había una posibilidad clara.

El Atleti dominaba o al menos no sufría pero el Chelsea, bien plantado pero poco incisivo, se adelantó. Fue Torres, quién si no, delantero descomunal que siempre marca en las citas grandes, aunque esta vez en la portería contraria y contra un portero propiedad del Chelsea. Con la grada apagada, el silencio en las casas y las nubes negras en el horizonte, el equipo no se descompuso y siguió fiel a lo suyo, sólido, con un enorme Koke, con Tiago y Mario (sí, Mario) a un nivel excelente y con dos laterales convertidos en amenaza. Entre estos, más Arda, llegó el gol: Koke que rebaña un balón que parecía perdido, Arda que acaba pasando a Tiago, éste que levanta con clase la bola para la entrada rápida de Juanfran quien, como un acróbata, pone el balón hacia el área pequeña; Terry que no llega, Cole que no se atreve, Adrián que remata con la espinilla; miles de tipos que gritan, miles de tipos que se abrazan, miles de tipos que rugen. Gol del Atleti, empate, clasificados.

Tras el descanso, del vestuario volvió a salir la fiera que salió en casa contra el Barcelona, quizás esta vez más pausada, más cerebral, más calmada dentro de su furia. Con Koke dando un recital físico, de control y de mando, el Atleti fue un equipo enorme. Arda brilló, Diego Costa peleó, Tiago y Mario estuvieron a un nivel altísimo, aliviando  a todos aquellos que echábamos de menos a ese tipo del traje y la bufanda sentado tras el banquillo que tanta confianza nos da siempre. Con todo el medio campo entonadísimo, los laterales con ganas y los centrales al enorme nivel de toda la temporada, el Atleti es un equipo temible y sólo es cuestión de tiempo que doble la muñeca de aquél que le echa el pulso. Si al talento del medio campo y la solidez de los centrales se le añade un portero extraordinario y un delantero que es un tormento como Costa, la cosa se complica aún más.

Marcó Diego Costa un penalti un minuto después de una parada milagrosa de Courtois. El penalti se tardó en tirar una eternidad, con un balón que caía al agujero del punto de penalti una y otra vez hasta que los aficionados llegaron a la conclusión de que Costa lo fallaría seguro; naturalmente, fiel a su forma de ser, lo marcó sin dificultad y entre cánticos de recuerdo a Luis Aragonés, ahí es nada. De este segundo gol salió un Atleti enorme: tocando el balón, combinando por la banda izquierda con toques sutiles entre Filipe Luis, Arda y Koke, apoyado atrás en Mario y  Tiago, buscando en largo a Juanfran, gigante en ataque a pesar de algunas dudas en defensa al principio, llegó el tercero. El Atleti, una vez más, demostró ser un equipo valiente y poderos, de compromiso e intensidad pero también trabajadísimo, estructurado, con recursos ante todo tipo de planteamientos tácticos. Un equipazo, señores.

Tras un partido maravilloso, el Atleti está en la final de la Copa de Campeones 40 años después. Para ello ha eliminado, entre otros, a Oporto, Milan, Barcelona y Chelsea - que suman 15 Copas de Europa - y lo ha hecho con un equipo desahuciado hace no tantos meses. El equipo que ha armado Simeone mezcla el esfuerzo extremo de un comando de Gurkas, la fe ciega en la idea de juego y el estudio científico del rival desde el banquillo. Con un presupuesto mucho más modesto y una plantilla más corta, ha devuelto a un club centenario y admirable al lugar que muchos otros fueron incapaces de acercarse. Todo esto lo ha hecho partido a partido, involucrando  a la grada, convenciendo a los jugadores de que pueden hacer todo aquello que se propongan, dando una lección de fútbol, de deporte, de vida.

Estamos pues asistiendo a un momento histórico, y resulta que el protagonista es nuestro equipo. Nuestro equipo, el nuestro, el de nuestros padres y amigos, el que será de nuestros nietos, el equipo del que Simeone nos ha obligado a formar parte activa. El equipo de Luis y de Gárate, el de la final del 74, el de los derrapes y los días de alegría infinita. El equipo de las rayas rojiblancas, del Estadio Vicente Calderón, del ramo de flores de Pantic, el himno cantado a voz en grito cuando las cosas van bien, del himno cantado a voz en grito cuando las cosas van mal.

Disfrutemos el momento, pero eso sí, sin perder de vista lo que nos ha traído hasta aquí: partido a partido, el domingo a las 17.00, otra final.

Que suerte tenemos, señores, qué suerte tenemos.

jueves, 30 de enero de 2014

De insultos y meses asombrosos

Mucha de la gente que va al fútbol lo hace, aparentemente, para poder insultar en público y a voces. Es bien sabido que si uno insulta a gritos a un deportista profesional de un metro ochenta y cinco en medio del bulevar de la calle Ibiza, es un poner, es muy posible que acabe comiendo sopa con pajita durante un par de meses. Esto no es tan probable cuando uno insulta desde una grada o desde el interior de un coche, que esa es otra, pero aquí hablamos de estadios de fútbol.

Esa gente tan desconcertante que disfruta insultando a diestro y siniestro en la seguridad de que el insultado no subirá a saltos por la grada para medirle el lomo, no hace lo mismo cuando va al cine: no insulta al vampiro por morder al a víctima, ni al espía por olvidarse un microfilm en un ambigú. ¿Es el insulto a voces propio de cualquier espectáculo? Parece que no. No es propio de los espectáculos de masas per se, porque ni en los toros ni en el baloncesto ni en el ballet es común insultar a voces a toreros, pivots o primeros bailarines. Tampoco es algo característico de las gradas de estadio: en el rugby, que llena estadios del tamaño de los de fútbol, ni se insulta ni se falta al rival, sólo se anima al propio.  ¿por qué el fútbol tiene esa cosa tóxica, villanizante y ponzoñosa, que hace que una persona comedida en su día a día se vuelva loca de atar y se acuerde de la madre de los visitantes y de los ancestros de su localidad de origen única y exclusivamente cuando está en la grada de un estadio de fútbol? ¿qué tiene el fútbol?.

En el rugby, como saben, es tal el respeto por el visitante que cuando éste patea a palos para hacer puntos contra el equipo local, la grada calla para facilitarle la tarea incluso en su propio perjuicio; es toda una lección de fair play. Es cierto que esta preciosa y cívica práctica se está perdiendo y se conserva sólo en los países con más tradición, en los que nunca se abuchea o silba al pateador. Ante esta ola de malas formas, en algunos estadios se recuerda por megafonía que es tradición local guardar silencio cuando los pateadores, local o visitante, necesiten concentración. En el colmo de los buenos modos, en una ocasión el que suscribe escuchó este aviso por la megafonía del Aviva Stadium, antes Lansdowne Road, de Dublín; la multitud, irritada porque se les recordara algo que cualquier irlandés bien educado sabe desde pequeño, silbó y abucheó al propio aviso por inoportuno, innecesario y ofensivo para la decencia del respetable para luego, durante todo el partido, guardar silencio sepulcral cuando los pateadores, local y visitante, necesitaban concentrarse.

¿Viviremos algo así por nuestros campos algún día? Mientras esperamos, el sábado empieza el 6 Naciones: Dios bendiga a Brian O’Driscoll.
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El Calderón es un campo en el que se insulta bastante, sin duda mucho más de lo que a uno le gustaría. En todos los campos se insulta, dirán Vds, y tendrán razón. En Balaídos, el Salto del Caballo, los Cármenes, el Nou Camp y San Mamés se insulta, es cierto, pero esos campos no son aquellos en los que el que suscribe pasa tantas horas. Por tanto, uno ni se siente capacitado para decir cuánto se insulta allí ni lo que allí se grita le preocupa tanto como los insultos que se producen en el Calderón, que al fin y al cabo son los que se oyen en nuestra casa, los que oyen nuestros invitados, aquellos de los que nos sentimos responsables por venir de las gradas donde se sientan los nuestros. Y eso que uno, ya lo imaginan Vds, es poco de insultar a menos que se le tutee, que entonces pierde el oremus: desde hace siglos, el linaje Fuentes tiene claro que, si se insulta, al menos que se insulte de usted.

En el Calderón, hay que reconocerlo, se insulta mucho y casi nunca de usted. Quizás se insulte más en otros sitios pero ni lo sabemos ni se trata aquí de hacer un campeonato de mala educación, que para eso ya hay tertulias deportivas en casi todas las cadenas de tv. En el Calderón, esto es así, se insulta a coro y se insulta a título individual, se insulta desde tribuna, fondo y grada, desde el primer anfiteatro y también desde el segundo. Se insulta al equipo rival, se insulta a jugadores visitantes y a veces también se insulta a jugadores propios. Se insulta al equipo contra el que se está jugando y también a otros contra los que se juega de vez en cuando. Se insulta a ciudades y a colectivos, a inmigrantes y catalanes, a vascos, valencianos y granadinos. A algunos visitantes se les llama paletos (qué cosas, oiga), a otros se les dice que su país no está en Europa y a los portugueses se les dice que Portugal es español, con musiquita de fondo. A veces los insultos conllevan un desafío gramatical, otras veces de acentuación: en ocasiones se cambia el género del insultado para conseguir la rima, a veces se acentúa la última sílaba de una palabra llana para lograr meter la palabra en su compás. Eso sí, en raras ocasiones se recurre al hipérbaton, la anadiplosis, el zeugma o la paragoge en la rima tribunera, en esto andamos cortos de recursos.

Cuando uno va al Calderón con un invitado del equipo rival, como acostumbra el que suscribe, lo hace con un punto de desconfianza y una ceja levantada, sabiendo que, bien la masa o bien algún exaltado, acabará por insultar al equipo, procedencia, ciudad de origen, sistema foral, tradiciones ancestrales, plato típico, apellido más común, acento característico, monumento representativo, baile regional, literato predilecto, general romano fundador, santo patrón, dulce local, escudo de armas, torero nativo, palo flamenco endémico o alcalde pedáneo de la localidad de la que procede el rival. Al Calderón, eso sí, uno va más tranquilo cuando el invitado mide dos metros cuatro y es segunda línea de los Springboks; en ese caso uno se asegura de que el insulto vendrá de unos cuantos metros más allá, mientras que los vecinos de localidad, incluidos los molestos Nuevos Abonados, mantendrán las distancias y las formas para mantener así, de paso, todas las piezas dentales. Si en cambio uno va al fútbol con un invitado bajito, ahí la cosa cambia.

Por todas estas cosas, el Calderón es a veces desagradable. Es especialmente desagradable cuando se insulta con saña y sin gracia, como es casi siempre el caso en estos últimos años. Más desagradable aun cuando se insulta a los muertos, esa línea que se sigue cruzando por más que a uno le asquee y asombre como el primer día. Hay quien piensa que insultar desde la grada es parte del fútbol, una forma de desconcentrar al rival, de meter presión. Uno, por el contrario, cree que la pasión, la presión y el ambiente, obviamente parte del fútbol y el espectáculo, pueden conseguirse sin faltar al respeto a nadie. En esto, como en tantas otras cosas, uno se siente cada vez más un marciano. Como en lo de insultar de usted.
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Tanto se insulta en el Calderón, al parecer, que uno oye hablar de insultos gravísimos en el estadio incluso cuando no se producen. En los últimos tiempos uno ha escuchado en tertulias y redes sociales amargas quejas y airadas denuncias sobre insultos intolerables vertidos en el Calderón que uno, presente en el campo, nunca escuchó. Ocurrió por ejemplo en los dos últimos partidos contra el Sevilla en casa, en los que hubo denuncias sobre cánticos contra Antonio Puerta que uno nunca oyó en el campo (y gracias a Dios, porque pocos cánticos le resultan a uno más vomitivos que ese). Quizás alguien gritara, pero no fue en absoluto audible, ni común, ni mucho menos mayoritario. Quizás un insensato pegó unos cuantos alaridos cerca de un micrófono de ambiente y en la televisión dio la impresión de que había un fondo entero cantando. Quizás alguien quiso oír algo que le irritara y, a pesar de no escucharlo, dijo en un foro o en una red social que él lo oyó perfectamente y a ver quién demuestra lo contrario: esto es como poner en cuestión a aquél que afirma haber visto trabajando a Gonzalo Miró, a ver quién es el guapo que es capaz de presentar pruebas.

En los últimos tiempos parece fácil atribuir al Atleti y a su grada comportamientos de rufián, se produzcan o no. Aficionados y medios parecen salir de inicio con la idea clarísima de que el Calderón es un campo de tipos odiosos, así, sin más, porque sí.  En buena medida es una mala fama que se ha ganado la propia afición, quizás por seguir el juego a los más radicales, quizás por no acallar con suficiente vehemencia a la porción minoritaria que suele encabezar los comportamientos más reprobables, quizás por insultar a sus propios jugadores en ocasiones. Pero entonado el mea culpa en lo que a cada uno corresponda, parece exagerado e injusto convertir a la afición del Atleti en el paradigma de afición antipática, verbalmente violenta y ofensiva en sus comportamientos. Cómico, no ya exagerado ni injusto, resulta mantener que el Atleti es un equipo de pasado noble y presente macarra como hizo hace bien poco un periodista de El Mundo con vocación de fiel sirviente en castillo ducal; tampoco dedicaremos más tiempo al fulano, que ya le cayó lo suyo en su momento sin que tuviera demasiado arte para salir del paso.

A algunos, por cierto, ya nos ha tocado dar explicaciones que no nos corresponden cuando vamos a estadios de otras ciudades, algo altamente incómodo e irritante. Hagan pues el favor los de insulto fácil de pensar en los correligionarios a quienes toca emplearse a fondo para limpiar con lejía la buena imagen de la afición, el patrimonio de todos. Hagan también el esfuerzo los simplistas a la hora de catalogar visitantes, aquí y en todas partes.
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Salió el Atleti al Nuevo San Mamés vestido la mar de mal, con un atuendo inapropiado para un día de estreno en ese estadio tan bonito al que aún le falta un trozo. Salió el Atleti con un equipo raro fruto de bajas notables: ni Tiago, capital en muchos de los partidos complicados del último tramo de liga, ni Arda Turán llegaban al partido por lesión. Para colmo de males, se lesionó nada más empezar uno de los jugadores más en forma y más importantes, fijo en su puesto y clave a la hora de salir hacia adelante, Filipe Luis; en su lugar salió Insúa, rodeado de dudas y dejando unas cuantas más por el camino.

Salió el Atleti con una media diferente, con Raúl García y Cebolla además de Gabi y Koke y con Diego Costa delante (más bien en un costado durante mucho rato) junto con Adrián, y la afición se preguntaba cómo iba a resultar el inédito invento cholero. El partido se antojaba duro, y duro fue. El Athletic, convencido de lo que quería y revestido de esa energía extra que el nuevo San Mamés le viene dando, hizo un primer tiempo intensísimo, sin dejar respirar, sin fisura. El Atleti por su parte, como viene siendo habitual en los últimos partidos, esperaba más atrás que en la primera vuelta de la liga, sin presionar tan arriba; jugando así, cuando roba, tiene por delante demasiados metros como para llegar con efectivos suficientes al ataque. Excepto, claro está, si se roba pronto y el que se va hacia adelante es Diego Costa.

Así ocurrió en el primer minuto, cuando Costa falló un gol de esos que suele marcar (también por mérito de Herrerín, que sacó bien el pie) y de nuevo casi acabando el partido, aunque esta vez sí marcó. Costa encaró al portero, le regateó y celebró el gol mandando callar al público, que es algo que está feísimo por antipático y prepotente y por ser propio de jugadores de esos que se señalan el número cuando andan rabiosos. El gesto, tela de feo, quizás fue la reacción de Costa ante los gritos de un número indeterminado de aficionados locales, no sabemos si mayoría o minoría, no sabemos si solo unos pocos cerca del micrófono de ambiente o toda la grada de lateral, no sabemos si en justa represalia por el partido de ida o envenenados por inconscientes que llaman al odio desde medios de comunicación sin medir bien las consecuencias más allá su minutito de gloria, no sabemos, en fin, si maleducados aficionados del Calderón disfrazados de bilbaínos, que se dedicaron a llamarle “hijo de puta” durante casi todo el partido. Qué feas cosas tiene el fútbol, y no sólo el Calderón.

Entre el fallo inicial de Costa y el gol final de Costa se vivió un partido de esos bonitos pero sin brillo, de pelea y táctica, un partido antiguo jugado con ganas y miedo a la vez, intenso bajo una manta de agua. El Athletic honró la competición peleando hasta el mismísimo último minuto, cuando quizás ya no tenía sentido, y el Atleti honró a su vitola de equipo duro y peleón de oficio, mandíbula apretada y determinación en cada choque, encajando como una roca cuando no puede revolotear como una mariposa y picar como una abeja. Si al Atleti le salvó Courtois gracias a un par de paradas prodigiosas y una salida de puños que casi acaba con Godín en el hospital, Herrerín sacó también algún balón complicado. Aduriz marcó de cabeza en un lance de esos que para el que suscribe no es falta (quizás sí para el árbitro, pero sólo cuando es en el centro del campo) y Raúl García volvió a marcar un gol importantísimo, esta vez con la zurda en remate mordido tras un disparo justo antes, también con la zurda, que paró bien el portero. En definitiva, un buen partido de fútbol vivido con ambiente y tensión de partido grande, que es lo que debe ser un Athletic – Atleti de Copa.

Con la victoria visitante en el Nuevo San Mamés, la primera que la grada inconclusa de Bilbao ve, el Atleti cierra con nota un mes de Enero complicadísimo. Tras empatar con el Barça y el Sevilla (este último quizás el resultado que más escuece por haber significado no ser líder en solitario), sigue adelante en Copa tras eliminar ni más ni menos que a Valencia y Athletic. Entre tanto, sigue el ritmo en liga gracias a victorias de menos relumbrón pero igualmente valiosas. Enero, fantástico, da lugar a un mes de febrero que da miedo: Real Sociedad en casa, semifinales de Copa y enfrentamiento liguero contra el tercer equipo de Madrid, eliminatoria de Champions contra el Milan. El equipo, con varios lesionados y mucha carga física, sigue manteniendo el tipo en todos los frentes y lo hace con nota gracias a la fe ciega en el partido-a-partido que muchos ya aplicamos en la vida diaria.

Hace dos meses mirábamos con pánico el calendario de enero, sabiendo que el equipo entraría en el valle físico esperado. Hoy, asombrados con el resultado, ya no sabemos si volver a mirar con pánico a febrero o, de una vez por todas, acabar de convencernos, como el Cholo, de que así podemos llegar a donde Gabi nos lleve. 

lunes, 16 de diciembre de 2013

Algunas conclusiones (motorizadas) tras el partido del Valencia y un cuento checo



Llegó el Valencia al Calderón en noche fría de diciembre, y jugó bien durante al menos una hora. Y, con todo, tres goles le hizo el Atleti. Tres goles le hizo el Atleti al Valencia, tres goles le hizo, tres: el primero por coraje, el segundo por capricho, el tercero por placer. Tras un buen primer tiempo, durante el que el Atleti estuvo incómodo y espeso, y un principio del segundo en el que se afanó por achicar agua mientras quedaba claro que había cambiado el viento, un buen Valencia se llevó tres goles que pudieron ser cuatro.

El Valencia salió ordenado y con la lección aprendida, dejando jugar al Atleti en horizontal para que tuviera problemas a la hora de encender las luces. En un Atleti pretérito perfecto simple, incluso pluscuamperfecto, el primer tiempo del Valencia, áspero, organizado y reservón, se habría traducido en dudas, prisas, malas decisiones y vacilaciones a la altura del minuto 50;  despeje Vd, no, que es suya, despeje Vd, ¿pero ese de la banda no era suyo? mío no, mío no, yo creo que era de su padre, oiga.

En el pasado, ese orden inicial del visitante habría valido para llenar de miedo a los jugadores, de confianza al rival y de desesperación a la grada. La primera parte marcada por el despiste ausente de Arda, por la falta (dimitido el turco) de un jugador que sepa abrir equipos cerrados, la nula aportación (una vez más) de Villa, la clara vocación del rival para llevar un partido a un ritmo lento y la desconexión de Juanfran, que casi no tocó balón en un buen rato, habría sido el presagio de una empanada monumental en el segundo, de un remate rival tras despeje de tres, cuatro defensores, de un disgusto de esos que dejan helado el Calderón. Pero ayer no fue así, ahora ya no es así, no con el Atleti del Cholo Simeone.

Y es que Simeone ha convertido el equipo blandengue del blandengue Manzano y el equipo desquiciado del desquiciado Quique Flores en un fiable ingenio mecánico que avanza y avanza, despacito o a la carrera, centímetro a centímetro y partido a partido, directo a su objetivo con la solidez y la autoridad de un tanque que rara vez gripa el motor o se queda en el barro. Quizás Simeone no disponga del fino deportivo italiano de los buenos años del Barça, ese descapotable rojo con volante de nogal y tapicería de canguro lechal que entra alegre por las curvas de la Riviera italiana camino de Portofino con chica con gafas de sol y pañuelo en el asiento del copiloto. El Cholo no tiene tampoco, gracias a Dios, un deportivo de esos ordinarios que hacen ruido a todas horas con sus escapes trucados, sus cristales tintados, ruedas anchísimas e intermitentes de Swarovski como el que conduce el ostentoso vecino del Norte, alardeando de subwoofer en los semáforos a ritmo de reguetón, púmmm, paúm-pá-úmm, paúm-pá-úmm.

Simeone ha construido, él solito, un todoterreno robusto y resultón, una máquina sin artificios ni alerones, sin GPS ni aire acondicionado, cuadradote y poco glamouroso con suspensión de ballesta y arranque con botón, como los Land Rovers antiguos; un coche que, cuando la cosa se pone fea, resulta fiable, sólido y resolutivo porque, bajo su apariencia discreta, en realidad hay un prodigio de la ingeniería. El Valencia planteó un partido con barro y cuesta arriba, un partido en el que quizás se habría varado  el Alfa Romeo Giuletta Spider del 55 que conducían en Barcelona y habrían patinado las ruedas anchísimas del Opel Manta tuneado que se ha comprado este año el tercer equipo de la Capital con el dinero de un constructor. Pero eso no le pasa al Atleti del Cholo. Seguro de su idea y convencido de su juego, el Atleti porfió con la determinación del que se sabe capaz de echar abajo un muro de piedra con una cucharilla. El Atleti de hoy, 200 caballos de tracción total sin alardes, carácter de tractor y sin cuero en la tapicería, se fue al vestuario, se puso ruedas de tacos, metió la reductora y salió con la idea de soplar y soplar hasta derribar la casa de ladrillos que le habían construido enfrente. Por si fuera poco, el lobo es de Lagarto y eso le convierte en una criatura mitológica parecida al Grifo, aunque en este caso al de vermouth. 

Tras salir del vestuario, el Atleti dio muestras de haberse sacudido la grima que da dejar manchas en las alfombrillas nuevas y se puso al lío. Avisó un par de veces hasta que marcó Diego Costa un gol de empuje que recordó a aquellos que metía en el Barcelona un delantero brasileño con tendencia a engordar y a hacer anuncios de póker. Diego Costa controló regular, avanzó a trompicones, entró por donde buenamente le dio a entender el momento, tiró con la zurda y le dobló la mano al portero. Es de justicia reconocer que Diego Costa lanzado no resulta muy estético; se mueve con maneras de coche de choque y sugiere un punto torpón, como si en vez de regatear simplemente atajara para llegar antes a posiciones de tiro; viendo el resultado, hay ya quien intenta ensayar el atajo como recurso futbolístico y baraja varios nombres para el lance: a atajinha lagartera, o atroche costeiro, o barullo trompicão. Cuando Diego Costa recoge el balón cerca del medio campo y comienza a correr en dirección al portero, hay quien dice que tiene los ojos en blanco y una fuerza sobrehumana, y que cuando celebra el gol lo hace gritando en leguas antiguas que se creían extintas. Si en esos momentos se lesionara, recomienda el Club, en vez de avisar a un fisioterapeuta es conveniente llamar a un exorcista.

Tras el gol de coraje llegó el de capricho. Raúl García enchufó con la zurda un balón que tuvo la amabilidad de caerle cerca, dejando clara su importancia en el equipo, deshaciéndose de muchos detractores y ganando a la vez un enemigo: David Villa. De nuevo desfigurado y blandito, Villa tiene pinta de soñar con Raúl García, levantarse en medio de la noche con sudor en la frente, repasar mentalmente las veces que él toca el balón y compararlas con las veces en que éste le llega al navarro quien, fiel reflejo del robusto coche todocamino del Cholo, juega en manga corta en medio del ártico y marca goles con las cuatro ruedas y el remolque si hace falta.

El último gol, como el último desliz de Paquita la del Barrio, fue por placer. Falló un penalti Diego Costa a pesar de que el portero se había tirado un rato antes de que la pegara él, y al rato provocó otro. Al parecer desde el banquillo se pidió que fuera Raúl García quien lo tirara, pero nadie se enteró y el brasileño que jugará con España se dio el gusto de tirar un nuevo penalti, meter un segundo gol y ponerse pichichi consorte. Y, en ese momento, el Land Rover de acero templado mutó en caza-bombardero match-3. Simeone pidió un cuarto gol para hacer al equipo líder, rugió la grada y la austera máquina de ganar terreno palmo a palmo trasmutó en fiera desbocada. Si hace dos años nos dicen que íbamos a ver a Filipe Luis tirándose al suelo como un loco en el minuto 85 y con tres a cero a favor, habríamos llamado a un médico; si nos cuentan que el último córner del partido se iba a jugar con la intensidad del último minuto de una final de Copa, habríamos llamado a un guardia.

Tres goles, tres, se llevó un Valencia digno y peleón, bien plantado el primer tiempo y rendido el segundo al empuje de Diego Costa y la fe general del grupo. Uno no recuerda un Atleti tan convencido de sus posibilidades y tan dominador de la psicología de los partidos, tan capaz de transmitir a la grada que sí, que por empinada y embarrada que sea la cuesta, hay tracción para llegar arriba.
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Partido a partido

“Partido a partido”, dice Simeone  antes de cada encuentro y “partido a partido” repiten los jugadores a coro tras cada victoria, empate o derrota. “Partido a partido”, dice la prensa en un alarde de inventiva y “partido a partido”, dice la grada. La grada dice “partido a partido” y piensa, al mismo tiempo, si no es ya momento de mirar un poquito más allá, de darle un poco de vidilla a la imaginación y al optimismo. La afición, reunida en bares y rara vez en museos, habla del equipo, de la capacidad de sufrimiento y la fe de los jugadores, de la cantidad de balones que recupera Gabi, del cambio asombroso de Filipe Luis y Juanfran, y cuando dice todo esto la afición sonríe. Habla luego del andar zambo de Arda Turán, de las roscas de Koke, de los últimos partidos de Tiago y de la explosión Raúl García, y la afición se viene arriba. Pero cuando habla de Diego Costa y su lagarterana marca registrada, de su gol por partido, de su pelea con los defensas rivales y esa forma tan suya de apoyarse en el cuerpo de los centrales para bajar el balón y controlarlo, es complicado parar el optimismo. Ahí seguimos, dice la afición, quién nos lo iba a decir, en diciembre y ahí seguimos. ¿Y si el tema sigue así, oiga? ¿Y si empieza a flojear tal rival y tal otro, eh, qué me diría entonces? ¿Y si el Atleti no afloja, que no tiene pinta de aflojar? ¿Eh? ¿Eh? ¿Entonces qué? ¿Entonces qué, oiga?

Y entonces, entonces, oiga, siempre hay alguien en el bar que enfría el ambiente. “Partido a partido”, dice en enfriador sensato, “partido a partido”, dice, como si la euforia del bar pudiera contagiar a la plantilla y hacerle mal. “Partido a partido” se van repitiendo a sí mismos los participantes, calmándose unos a otros, rebajando la euforia hasta el optimismo moderado y, de ahí, al pragmático escepticismo cholístico. “Partido a partido”, se conjura la afición en el bar y en la grada, consciente de que ella también juega, que con ella también cuenta el Cholo para ganar el siguiente partido, para rebajar la euforia y el optimismo de los jugadores, para no rebajar la concentración ni la humildad.

“Partido a partido”, dice responsable y conjurada la afición cholista empedernida, aunque por lo bajini piense, como en el cuento de Monterroso, “cuando el Barça despertó, el Atleti todavía estaba allí”.
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Ayer vino al Calderón de visita Ujfalusi, que se nos retira del fútbol. La retirada del fútbol de Ujfalusi ha sido una mala noticia para los aficionados, pero muy bien recibida por los delanteros rivales, las maduritas interesantes y los fabricantes de hachas. Cosas de las retiradas.

Ujfalusi, que estuvo tres años en el Atleti, dejó un recuerdo estupendo. Tipo duro y sonriente, buen central y lateral, será recordado por los que le vieron poco por haber dado un pisotón dolorosísimo a Messi; aquellos que vimos más a Ujfalusi no le tenemos por jugador violento o sucio, sino por un tipo duro y noble con el que mejor no cruzarse por la banda después de haberle hecho un feo a un compañero. Los que sí vimos a Ujfalusi y no hablamos de oídas recordamos más bien sus subidas por la banda, su arrojo para sacar balones del área y esa extraña conexión con la grada del Calderón, que tardó cinco minutos en acogerle como uno de los suyos, aproximadamente el mismo tiempo que Ujfalusi tardó en demostrar que eso era exactamente lo que era. Desde esos cinco minutos, el Calderón estuvo del lado de ese checo recién llegado que sonreía de oreja a oreja a los rivales a modo de bienvenida intimidatoria, esa sonrisa hiela-corazones que sólo Sir Gawain, caballero de la Mesa Redonda con fama de mujeriego y borrachín, era capaz de esbozar justo antes de que empezara la batalla cuando el resto de caballeros, mucho más respetables y comedidos, apretaba las mandíbulas y tiritaba de miedo.

En días de partido duro, la sonrisa de Ujfalusi levantaba el ánimo de la grada y asustaba a los rivales y, ya de paso, a Jurado, que pedía a voces una mantita. Ujfalusi fue de los nuestros desde el día en que llegó, y no sabemos si fue así por tener esa pinta de guerrero suevo, por no rehuir nunca la responsabilidad ni la pelea, por encarnar el espíritu de los defensas legendarios del Atleti o por no achantarse cuando la cosa se ponía complicada. Ujfalusi casó bien con la grada del Calderón y quizás no tan bien con este fútbol bajo en calorías y alquitrán de manotazos fingidos y lesiones simuladas que nos ha tocado vivir. Por desgracia, los que crean opinión en este país tan raro tienden a ver más bien poco todo lo que no huela a Barcelona o al tercer equipo de la Capital, así que para la mayoría de la crédula audiencia radiofónica, Ujfalusi fue un salvaje. Así lo dijo en una ocasión Salvador Sostres, ese humorista, lo que viene a reafirmar que estamos en lo cierto: cuando uno piensa exactamente lo contrario que Salvador Sostres, es porque lleva razón.

Ujfalusi se retira y uno cree que no le faltarán ofertas de trabajo. A estas horas es sabido que su caché sube y sube para aparecer por sorpresa desde el interior de tartas de cumpleaños de treintañeras de buen ver. Sabemos también de ofertas de empleo para ser probador de sierras mecánicas, modelo de chalecos de cuero, figurante en Braveheart 2, responsable de seguridad de bares heavys, guía de montaña por los fiordos noruegos y catador de cervezas con vodka. Sea cual sea la deriva profesional que tome el gran Ujfalusi, esperamos verle a menudo por la grada del Calderón y, si hay suerte, ser testigos de su último gran servicio a la afición colchonera: un combate a muerte en ring-jaula de valetudo contra el ministro Montoro.

Salve, Tomás I, que tenga Vd suerte. Vuelva Vd pronto por casa y pásese a saludar cuando quiera.


lunes, 7 de octubre de 2013

Memento mori II (o tengan cuidado ahí fuera)






Que Madrid está hecho un asco es algo que venimos notando los madrileños desde hace ya un tiempo, al menos dos años y pico, desde el partido contra el Strømsgodset, sin ir más lejos. Madrid está sucio y feo, además de triste. Lo segundo es por la crisis, lo primero dicen que también. No hay dinero, se conoce, para vaciar las papeleras. No hay dinero al parecer para soplar las hojas y regar las esquinas en las que los perros y los borrachos hacen pis, ni para recoger la mugre que se amontona en torno a los contenedores de reciclaje. No hay dinero para cortar el césped en los parques, ni para llevarse la rama que tiró la tormenta, ni para recoger esa bolsa de basura despanzurrada que va regando de mondas de naranja la calle principal. No hay dinero para arreglar las calles, para rellenar los baches tamaño piscina, invisibles en días de lluvia en los que las motos entran y salen como los ñus salen del río Mara en su migración anual, ni esos otros tipo marca de arado en los que, si uno mete la rueda delantera de la vespa, queda condenado a seguir por la hendidura hasta que ésta  termine, como si fuera un rail.

No hay conciencia tampoco del madrileño medio, quien, viendo la ciudad hecha un asquito, contribuye a la repugnancia general tirando de todo al suelo aunque, eso sí, protestando en los bares por la falta de personal de limpieza. Quizás animado por la costumbre general de llenar los arriates de porquería, el madrileño tira de todo y a todas horas y si alguien le afea la actitud responde insultando a la madre del denunciante y, ya de paso, a los inexistentes servicios municipales. La falta de civismo y la protesta simultánea gustan mucho en esta tierra, casi tanto como limpiar la propia conciencia con la excusa de que todo el mundo hace lo mismo. No hay dinero, se conoce, para explicar en las escuelas que lo público es de todos, que ensuciar no está bien visto, que si cada uno se hiciera cargo de lo suyo todo sería más fácil.

En el centro la basura desborda las papeleras y el olor de las esquinas recuerda a los urinarios del Calderón de hace unos años, cuando había una acequia evacuadora que discurría cerca de los pies de los usuarios y terminaba en un sumidero. Y eso es el centro, la zona donde van los turistas, los barrios que vende el Ayuntamiento a los turoperadores para que capten viajeros con la promesa de una vida cultural nocturna que ya no existe apenas. En los barrios, donde la imagen de la calle no vende en el extranjero, la situación es más grave y ya se escuchan relatos sobre vertederos espontáneos en los que habita la serpiente aquella del basurero de la Estrella de la Muerte,  pirámides de porquería que desafían en altura a las de Chichén-Itzá y baches inundados en los que se han hecho fuertes familias de castores de más de quince individuos.

Antes era común ver cuadrillas fosforescentes recorriendo la ciudad de cabo a rabo y limpia que te limpia, atronando las mañanas de sábado de otoño con unos motores pegados a un tubo que agrupaban las hojas caídas y regando las calles tras una tormenta con aparato eléctrico y caídas de cien litros por metro cuadrado en media hora. Los buenos, viejos tiempos en los que las calles se limpiaban casi demasiado parecen haber pasado y uno sospecha que el origen de la nueva tendencia está en el mismísimo Estadio Vicente Calderón, coliseo descuidado por sus propios propietarios ilegítimos, que escatiman en la limpieza y mantenimiento de los asientos para así pagar menos a la contrata de limpieza de la que, dicen, ellos mismos son propietarios. Uno no descarta que Cerezo, tan bien relacionado en las altas esferas madrileñas no electas, sugiriese a sus contactos en Ayuntamiento y Comunidad el cambio de estrategia: no limpien, oiga, nosotros llevamos no sé cuánto tiempo sin pasar un mocho por la grada del Calderón y ahí nadie se queja, oiga. Y encima, si se queja alguno, tengo los santos cojones de decir públicamente que me extraña tanta suciedad al ser yo un maniático de la limpieza y con eso todos tan contentos, ya verán.

Madrid está hecho un asco y de la ruina general sólo lo salva parcialmente el brillo de un equipazo de fútbol cuyo estadio también quieren convertir en un montón de escombros los mismos que no se ocupan de retirar la basura del resto de calles de la capital.

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En domingo soleado de octubre llegó la afición al Calderón prontito por la mañana, y tomó café con porras o chocolate con churros o café largo en vaso con leche templada o una mediana con leche y media tostada con aceite ¿y tomate o solo aceite? venga, tomate también, que es rojo y con el blanco de la miga del pan hacemos los alegres colores de tu raya roja y blanca, cuando al quedar campeones todo el público te aclama. ¿Y el niño? El niño quiere un colacao ¿quieres un colacao? No quiere, dice, póngalo igual, niño, el colacao, ven aquí a tomarte el colacao o te pongo en el techo de tu cuarto sobre la cama una foto de un primer plano de la cara de Diego Costa a tamaño cartel de cine de la Gran Vía y no pegas ojo hasta que acabes la Universidad, te lo digo yo, tómate el colacao que te conviene, niño ya. El fútbol a las doce de domingo es lo que tiene, que uno desayuna un rato antes de meterse al estadio y da la mar de alegría saber que el día comienza tomando el solecito en la grada del estadio.

La afición tomó el solecito y vaya si lo tomó: durante todo el partido, y a excepción de algunas zonas cubiertas, la afición se bronceó, pero solo por el lado que daba al fondo sur, por el que venía el sol de visita y con cara de domingo. No le dio tiempo al sol a cubrir todo el estadio en el tiempo que duró el partido y así, cuando después del final la gente se echó a la calle a celebrar una nueva victoria del equipo del Cholo Simeone y ocupó terrazas y barras de la zona del Rastro y la Latina, los que no habían ido al estadio se asombraron por la invasión de descendientes del Barón Ashler que tomó súbitamente la zona. Se ha quemado Vd pero sólo el lado izquierdo, tiene Vd la nariz colorá pero sólo el lado izquierdo, se le nota a  Vd la marca de la patilla de las gafas pero sólo el lado izquierdo. Así es, respondía la afición semibronceada, así somos los del Atleti, tan buen momento vivimos que nos ha dado por broncearnos en rojo y blanco, la mitad de la cara de cada color para que se note bien el lunes quién manda en la capital; así somos nosotros, váyalo sabiendo, oiga.

Salió el Atleti al campo y se llevó una ovación atronadora, la ovación que se le da a los equipos que llevan 7 de 7 ganados en liga, tres de ellos en salidas a campos complicados, más dos más en Champions que son nueve y no seguimos contando por no pecar de soberbios. Aclamo la afición al equipo y sobre todo lo hicieron los miles de niños chicos que ocupaban las gradas vestidos de rojo y blanco, como Dios manda. No cabía un alfiler en la grada del Calderón y hasta las escaleras de la grada de lateral estaban llenas de gente que intentaba controlar a los niños que subían y bajaban por las tribunas para agotamiento de sus cuidadores.

Salió el Atleti titular-titular y esto produjo el primer comentario de la grada. Vaya vaya, ni una rotación hoy, ni un cambio tras los dos últimos partidos y el esfuerzo que exigieron. ¿No era día para ver a alguno de los nuevos? ¿No era día para dar descanso entre los que más partidos llevan, por más que haya dos semanas de parón? ¿Cuándo tendrán minutos en casa Manquillo, Aldecoa y Guilavogui? ¿Será que el Cholo no se fía, que no quiere irse al parón con un mal sabor de boca, que la presión que pone el Barça obliga a no fallar nunca? Vaya vaya, todos los titulares, todos, qué cosas, oiga, qué cosas.

Salió el Atleti muy sólido y con ganas de solucionar las cosas pronto, como si Simeone supiera que todo lo que no fuera llegar desahogado al  último tramo de partido sería una losa demasiado pesada. Y así fue, o al menos lo pareció, y el Celta no jugó en campo del Atleti durante todo el primer tiempo, con lo que la grada entera miraba al fondo Sur y al asedio de los nuestros y gracias a ello cogió un poco más de color en el otro lado de la cara. El Atleti jugó serio y agresivo y el Celta se defendió bien y con orden – quizás con excesiva querencia a caerse al mínimo contacto - y entre todos destacó en el primer tiempo Juanfran, desatado a ratos por su banda, contento de recordar sus tiempos de extremo driblador y llegador. Jugó bien también Filipe Luis y entre uno y otro entraban y entraban hacia el centro del ataque donde Villa una vez más aparecía poco y Diego Costa aparecía más. Con el centro del campo más opaco que otros días, en especial Arda Turan, los laterales llevaron toda la alegría al ataque y los centrocampistas sostuvieron la presión y la recuperación.

Pero los contrarios también juegan, al menos a veces, y el buen primer tiempo del Atleti topó con Yoel, portero del Celta vestido de defensa de River Plate. Yoel paró un penalti tontorrón pero penalti al fin y al cabo, y también paró su secuela. Paró luego por arriba y por abajo, paró todo lo que le llegaba a puerta hasta que Filipe Luis se coló por su banda y metió un pase fuerte y cruzado que pasó por delante del primer palo, en el que estaba el portero. Al segundo entraban Godín y Diego Costa y en el campo pareció que fue el primero el que metió el gol, mientras que en los papeles parece que fue el segundo. Tanto da, uno cero tras un buen primer tiempo, quizás algo escaso pero ahí quedó.

El segundo tiempo fue otro cantar. El Celta dio un paso al frente y el Atleti lo dio hacia atrás, más justo en sus fuerzas y menos dominador. Poco a poco el Celta fue sintiéndose más cómodo y el Atleti pasó a tener un único recurso: el pase largo a Diego Costa, más beneficiado por tener más espacio por delante. Como el día del Osasuna, cada balón recuperado por la media llevaba al aficionado a buscar instintivamente el arranque largo de Diego Costa desde la izquierda hacia el centro. Eso mismo pensó Gabi cuando pareció despejar un balón recuperado en el centro del campo: pareció despejar, decimos, porque en realidad hizo un pase magnífico para que Diego Costa marcara el segundo en un momento importantísimo, cuando el Celta se crecía y el Atleti se achicaba. Controló Diego Costa en zona proclive a la Lagarterana, frente al cartel de Castellana Wagen, pero en este caso condujo bien, dejó atrás a su marcador y marcó un gol estupendo, otro más, otro gol importantísimo tras otra muestra de poderío. Diego Costa está en un momento espectacular, con una confianza y un físico que le permiten protagonizar unas arrancadas parecidas a las de De Villiers o Barret en el INCREÍBLE Sudáfrica – Nueva Zelanda del sábado, un partido que todos los aficionados al rugby deberían ver y que todos aquellos que nunca han visto un partido de rugby pero sienten una mínima curiosidad deberían ver también: deporte de kilates en su máxima expresión.

Momentos antes del gol de Diego Costa, Villa fue sustituido por Óliver Torres. Villa había fallado una ocasión clamorosa a pase de Diego Costa tras arrancada à-la-all-black de éste a la que Villa se sumó tarde, lento y sin potencia en la arrancada. Aún así, Diego Costa guardó el balón y puso un pase perfecto a Villa, que falló un gol más que probable. No es eso lo grave. El tema Villa, a juicio del que suscribe, empieza a ser preocupante. No por el fallo, que estas cosas pasan, sino por la falta de fuerza. No por los errores sino por el agotamiento que los provoca. No por la desconexión total del juego y la falta de protagonismo, sino por el estado físico que le lleva a ello. Villa se fue lesionado y algunos pensamos que le vendrá muy bien no ir a la selección y quedarse dos semanas bajo la vigilancia del Profe Ortega, porque algo no funciona en el asturiano.

Cuando el partido se ponía feo salió Óliver Torres por Villa y marcó Diego Costa. Equipo y grada entraron en una especie de agradable sopor que no presagiaba nada bueno; el primero pudo estar agotado; la segunda, excesivamente confiada. Dos cero era un buen resultado pero el Celta, con Rafinha a la cabeza y Nolito recién salido, empezaba a dar la sensación de hacerse con el control ante un equipo cansado. Marcó el Celta con casi 25 minutos aún por jugar y el susto se hizo hueco entre la afición tostada vuelta-sin-vuelta. La salida de Arda agravó la situación, al ponerse Óliver Torres a defender por delante de Juanfran. Óliver Torres, virtuoso del balón y siempre presto a enseñarse a los compañeros, se vio incomodísimo en su función táctica cerca de la banda y fue una y otra vez desbordado por los contrarios, que entraban cómodos por su banda ante la falta de entendimiento del chaval con Gabi y Juanfran. En un momento dado, aprovechando una pausa, desde la grada pareció que Gabi hablaba con gestos a Simeone, indicando con las manos un cambio a realizar: inmediatamente después el Cebolla Rodríguez pasó a la banda derecha, donde el Celta hacía sangre, y Óliver se iba a la izquierda. El Cebolla lo hizo mal, desfondado y sin su electricidad característica, despegado del follón y con tendencia a irse al centro, dejando huecos a  su espalda. Todo esto demostró varias cosas. La primera, que a Óliver le falta tiempo y que por ello es normal que Simeone tome precauciones. La segunda, que con cuatro o cinco lesionados a la vez, el banquillo ofrece muchas menos alternativas y por tanto es importante que los nuevos cojan minutos. La tercera, que Gabi es importantísimo, y no solo por lo muchísimo que corre. Por eso la lesión de Gabi, que en el campo pareció mucho más grave de lo que luego por fortuna fue, dejó a buena parte de la afición muy preocupada toda la tarde.

Tras un rato de asedio y angustia en el que Courtois dejó claro que con él siempre se pudo contar y en el que debutó Guilavogui y su estampa de fondista kenyano, terminó el partido. Dos a uno ganó el Atleti, que sigue con su racha triunfal; no obstante, la carga de partidos y la intensidad de los últimos pide a gritos descanso para algunos de los titulares y minutos para el fondo de armario. Por segunda vez consecutiva se sacó adelante un partido en casa de esos que antes se empataban o perdían, pero el mensaje no debe quedar en saco roto. “Memento mori”, susurraban a los generales romanos al oído cuando entraban triunfantes en Roma, “recuerda que eres mortal”, les decían para que no se relajaran y no se subieran a la parra. Memento mori debería recordar el equipo cuando marca el segundo gol en casa y da aire al rival: sin un 100% de intensidad, el equipo es menos; con parte del banquillo lesionado, el equipo es menos; con la grada de parranda, el equipo es menos. El Cholo lo sabe bien y ayer sacó la artillería pesada para un partido teóricamente cómodo, consciente del cansancio y de la enorme presión por mantener el pulso de la liga. Lo que el Cholo hace, bien está: ayudemos pues, memento mori. 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Memento mori (o “despierte, oiga”)


Jugaba el Atleti en moderno horario infame de esos que la Liga impone para que se pueda ver fútbol a todas horas en Asia, América y Oceanía, las televisiones paguen más y así los dos equipos más ricos cobren aún más, fichen aún más, hagan la brecha con el resto aún más grande. El aficionado de a pie últimamente tiene que ir al fútbol a las once de la noche en verano, a las diez de la noche en día de semana de septiembre, a las cuatro de la tarde de día del Veranillo de San Miguel y a las doce de la mañana de invernal día de guardar.

El aficionado, ya lo saben Vds, pinta más bien poco en este circo y bien lo saben los directivos: los directivos saben que cuando las cosas van mal, siempre pueden decir aquello de que no es momento ahora de criticar sino de empujar, callen oigan, no sean malos aficionados, lo que hay que ver, oiga, lo que hay que ver, criticando ahora porque el equipo va último y lo hemos arruinado, no tiene corazón esta gente. También saben los directivos que cuando las cosas van bien la gente se calla, aplaude a rabiar, compra camisetas en la tienda del club y renueva el abono a ciegas, sin saber si se vende a la plantilla en pleno o se compra un catacrack. El aficionado, preso de los colores que su abuelo le grabó a fuego en la médula espinal, anima a su equipo para que este no se venga abajo y encima lo hace pagando, en hora que no conviene, desde un asiento sucio y sin derecho a decidir nada de lo que pasa. Los que deciden los horarios, mientras, se ajustan la corbata, cambian de discurso, dicen cosas que ellos mismos negaron dos meses antes, aparcan dentro del propio estadio, suben por un ascensor con azafata a la que miran de reojo con gesto de Arturo Fernández y hacen negocios en el palco de autoridades mientras ven el espectáculo que en la grada ofrece la afición pagana y maltratada. Y por si fuera poco, con ese  dinero que deja la liga gracias a esos horarios ridículos, a las ojeras de la afición, a las combinaciones imposibles de transporte público y a renunciar a que los niños puedan ir al estadio, los que dirigen reparten ese dinero de forma que los dos equipos más grandes se enriquezcan y refuercen: se aseguran así de que el año que viene - en un horario mejor, eso sí, dado que juegan los grandes en horarios de prime time - cuando los ricos visiten al equipo de la afición desvelada, no tengan problema en golearles para alborozo de los nuevos aficionados asiáticos que compran camisetas, gracias a los fichajes estratosféricos pagados, entre otros, con el esfuerzo de la grada rival. Muy lógico y honesto todo, oiga, todo muy cabal.

Salió el Atleti al campo con varias novedades, quizás no tantas como había anunciado Simeone, pero sí con un equipo no visto hasta ahora y con Insúa y Baptistao en el equipo titular. Salió el Atleti y vio con sorpresa que en vez del Osasuna salía un equipo fosforescente, verde-chaleco reflectante, poco rojillo y poco Osasuna. Oiga, perdonen, no sé si se han equivocado de campo, aquí tenía que venir el Osasuna. No, no, si el Osasuna somos nosotros, pero qué me dice Vd, oiga. Lo que oye, fíjese cómo nos han vestido, fíjese qué colorinchi, qué sinrazón. ¿Se acuerdan Vds cuando algunos años nosotros, el Osasuna, vestíamos de Osasuna y Vds venían igual pero al contrario, camiseta azul y pantalón rojo y no había forma humana de distinguir a uno de otro en los corners? Pues debe ser por eso, fíjese como nos han vestido este año, como para que nos confundamos, como para disimular, que parece que hemos pinchado ahora todos la rueda al mismo tiempo o que vamos a regar la calle, es que no hay derecho, y encima a las diez de la noche, menos mal que así no nos ven nuestros hijos. Eso sí, algo es algo, bueno, al lío, ¿Cara o Cruz? Cara, Cara ¿Cara? Le hacía yo más de Cruz, fíjese. Yo Cruz.

Salió el Atleti con la defensa titular menos uno, con la media titular menos uno y con la delantera titular menos uno o ya veremos. En la defensa salió Insúa por Filipe Luis y dejó dudas y preocupaciones por si a Filipe Luis le pasa algo. Insúa, que lleva tiempo sin jugar, mostró falta de rodaje, falta de confianza, algunas maneras esperanzadores y un corte de cuerpo que a ratos recordaba al Toto Salvio. Insúa no subió su banda como lo haría Filipe Luis y eso puede uno comprenderlo; mostró también muchas dudas a la hora de encarar, de buscar hueco y crear espacio. Hasta ahí, todo normal. A ratos, sin embargo, mostró también falta de cabeza al jugar balones a pelotazos cuando el partido exigía guardarla, lució una aceleración excesiva y algo de despiste. Falló en el gol de Osasuna, permitiendo que se colara un rival, aunque no fue el único. Si estas son cosas que se puedan solucionar con más partidos es algo que aún no sabemos. Lo que sabemos a día de hoy es que, mientras la banda derecha parece cubierta por Juanfran, Manquillo y Alderweireld (en adelante, Aldecoa), por la izquierda parece que el suplente de Filipe Luis no está para desempeñar la labor utilísima que hace el brasileño. Quizás viendo la debilidad de esa banda Simeone quiso al final del partido reforzar la izquierda con el Cebolla y su furia; si así fue, señal de que tampoco en el banquillo el partido de Insúa trajo tranquilidad.

El otro debutante fue Baptistao. Baptistao tiene zancada de mediofondista kenyata y físico liviano a la manera de Djokovic, lo que con espacios le hace un jugador valioso. Eso sí, hoy por hoy el espacio en el Atleti es cosa de Diego Costa, que atraviesa un momento espectacular en lo físico y eclipsa a rivales y propios, incluido Baptistao. Baptistao estuvo despistado a ratos, fuera de sitio otros y bien colocado y solidario, volviendo al sitio y ayudando a la recuperación gracias a su velocidad en otras ocasiones. Hizo una buena jugada a la que no respondió Costa pasándole el balón cuando tenía un tiro fácil, y en otras ocasiones pifió al tirar el desmarque. A Baptistao le falta tiempo y por ahora parece que un partido entero es excesivo para él, sobre todo ante equipos como Osasuna, un grupo tipos grandotes de los que no es fácil irse. Tendrá sitio en partidos en principio más sencillos o menos exigentes, pero no parece por ahora en situación de hacerse con un hueco en el equipo. Y eso que la delantera, ante partidos como el del sábado que viene, plantea varias  cuestiones. ¿Jugará Simeone con un único punta, como contra el Barcelona? ¿Tirará a Diego Costa a la banda, dejando un solo jugador en punta? Si es así, ¿será Villa quien se quede en punta, o su estado físico plantea dudas? ¿Debería jugar Diego Costa solo en punta, con Raúl García o incluso Tiago en la media, junto a Mario, Gabi, Koke y Arda?

Si en la delantera hay alguna cuestión, viene por el estado físico de Villa, las habilidades de Raúl García o las posibilidades de Baptistao, porque  lo que viene estando claro desde hace ya meses es que Diego Costa crece y crece como jugador y por ahora no ve el techo. Diego Costa ha moderado su odioso carácter provocador y ha afinado su físico hasta convertirse en una locomotora capaz de arrasar con todo. Diego Costa cabecea, dispara, hace goles y centraliza todo el ataque del Atleti, hasta el punto que cuando el Atleti recupera un balón, todos los aficionados levantan instintivamente la cabeza esperando el desmarque en diagonal del de Lagarto. A Diego Costa, como a todos, le faltan algunas cosas que pulir, en concreto esa a veces excesiva fe en su potencia y capacidad de desbordar. En varias ocasiones por partido Diego Costa hace lo que en la grada de lateral ya se conoce como “la Lagarterana”, su jugada emblemática y con denominación de origen consistente en salir en tromba desde medio campo con el balón controlado a duras penas, bajar la cabeza, seguir avanzando a trompicones, porfiar en buscar tiro ignorando si vienen compañeros cerca, seguir acelerando con la mirada baja a pesar de que cada vez quede menos campo, continuar arrollando rivales, balón y césped, liarse solo por la presión del defensa rival y la aceleración excesiva, terminar cayendo o estampándose contra el cartel de Castellana Wagen que adorna el fondo Norte, en una preciosa metáfora de cuál será el próximo objetivo de su furia desbocada. Lagarteranas aparte, Diego Costa está en un momento increíble y cuando, además de todo, decida levantar la cabeza en ciertas ocasiones, el Atleti ganará un gol por partido.

El Atleti hizo ayer posiblemente el peor partido de los últimos tiempos, con un segundo tiempo a subrayar como uno de los menos afortunados de la era Simeone. No pasa nada, empero: se ganó, se puntuó, se pasó mal y se capeó el temporal. Se probaron nuevos jugadores, algo siempre importante, y se dio descanso a otros. Esperemos que el partido sirva para corregir el desbarajuste defensivo a balón parado (incluso teniendo en cuenta la altura y tonelaje del Osasuna), para recordar al equipo que es mortal y que los tres puntos contra el Osasuna valen tanto como los que se puedan conseguir en el estadio del otro equipo grande de la capital. A ratos, el Atleti pareció dormido, confiado en que el dos cero conseguido gracias a Diego Costa bastase para cerrar el partido, sesteando triunfalmente sobre los laureles amasados hasta ahora. El partido valió para recordar que este equipo, sin concentración ni intensidad, sin hambre ni humildad, puede pasar fatigas contra equipos bastante más modestos. También sirvió el partido para confirmar el momento dulce de Koke, la trayectoria ascendente de Juanfran, la fiabilidad de Tiago, sobre todo tras la lesión de Mario, también más entonado últimamente. El partido confirmó el valor que tienen las ayudas constantes de Gabi, la necesidad de pulir a Miranda en su empeño a veces excesivo en jugar balones largos, la furia desatada del Cebolla siempre que sale.

El Atleti ganó un partido más pero esta vez lo hizo pasándolo mal, algo que es cada vez menos frecuente en el Calderón. Quizás el equipo, como la grada, pensaba tras el dos cero en que el sábado se visita el campo del tercer clasificado en un partido importante al que hay que ir afinado más que en lo que quedaba de partido. La grada cantó durante el final del segundo tiempo para calentar un partido que se jugará dentro de 4 días, y seguro que de ello tomaron nota los jugadores; el entrenador no necesita que se le recuerden estas cosas, que sabe bien lo que el sábado nos jugamos. Como nosotros. 

lunes, 11 de marzo de 2013

De gradas heladas y gradas desquiciadas


En Edimburgo llueve, nieva y sale el sol a intervalos, diez minutitos de nieve, diez minutitos de aguanieve, diez minutitos de sol, diez minutitos de cada pero siempre, siempre hace frío. En Edimburgo hace un frío que pela, un frío húmedo que corta, un frío con viento que viene de las colinas nevadas que hay detrás de Murrayfield o directamente del mar, un frío constante, contante y sonante, un frío se mete hasta los tuétanos entrando desde los pies y la garganta y tarda y tarda en salir y sólo sale a fuerza de sopa y calor de pub, cerveza local, haggis, whisky de malta y tiempo ante la chimenea. Y, en este tiempo helador, escoceses y galeses van en manga corta, en kilt, en pantalón corto de rugby y camiseta. Y tan contentos, oiga.

El sábado amanece nevando en Edimburgo y uno se echa a la calle prontito a recoger las entradas del partido y, de camino y sólo si se es de Onteniente, a saquear a golpe de tarjeta de crédito una tienda de rugby entre cuyas perchas cuelga orgullosa la camiseta de la selección española, quizás por curiosidad de los dependientes, quizás para atraer a la parroquia que llena vuelos desde Madrid (al menos). Durante todo el día de partido y el domingo es fácil encontrarse con grupos de españoles que pasean por la ciudad, muchos llevando camisetas de sus equipos, todos venidos expresamente a ver rugby a mil kilómetros de casa desde el país donde en teoría no gusta el rugby. Y ya a esas horas, y desde el día anterior, se ve que en Edimburgo es fiesta mayor: la publicidad de las calles, los carteles de las calles, los pubs abarrotados y los vuelos repletos de gente que va al rugby dejan claro que no es un día normal.

Como suele ocurrir, es la afición visitante, esto es, la que no conoce la ciudad y llega de fiesta, la encargada de poner el ambiente desde primeras horas, que los locales ya saldrán de casa luego para ir directos al partido. Casi amaneciendo la Royal Mile parece que alberga los fastos por el entierro de Hugo Chavez: una marabunta vestida de rojo sube y baja por las aceras e invade la calzada, dando un paseíto previo a enfilar el estadio a unos agradables cero grados, temperatura ideal para visitar tiendas de recuerdos y monumentos varios en terno veraniego. Los galeses, de cuya asombrosa resistencia térmica ya hablamos hace unos meses, pasean en manga corta y algunos incluso vestidos del Gales grande de los 70, con camisetas de algodón, pantalón corto, medias rojiblancas y pelucas y patillas postizas como JPR Williams y Gareth Edwards, los de “that try”. Las camisetas rojas se alternan con disfraces de todo tipo: de dragón, de vaca, de pollo (aunque éste es de una tienda local que regala alitas asadas como promoción), de oveja, de vendedor de seguros de hogar, de hijo adoptivo de Vinaroz. El rugby del VI Naciones tiene mucho de evento serio que pone en juego el orgullo nacional, como se encargan de narrar con voz engolada y épica los comentaristas de otros países, pero también de fiesta popular cercana al carnaval y, en todo caso, a la borrachera multitudinaria, que en el fondo es de lo que se trata.

Murrayfield queda a unos 4 kilómetros del centro y las obras del tranvía, perennes en Edimburgo desde hace cuatro o cinco años, cortan calles y provocan cambios de dirección, por lo que es aconsejable ir andando. El estadio no tiene pérdida: “sigan a la multitud que viste de rojo o kilt”. El paseo de 45 minutos se hace mucho más largo porque la tradición y la temperatura indican que lo suyo es ir parando de pub en pub, o al menos intentándolo: los pubs están abarrotados, empañados por la multitud de gente que bebe y charla en su interior, las terrazas bajo toldo destinadas a los fumadores también están llenas de galeses y escoceses que bajan pintas a la intemperie a ritmo de record de la Commonwealth: ya saben que cuando la lógica haría a cualquiera pedir un brasero, los de las islas piden dos pintas más y unas patatas con sal y vinagre.

Tras varios conatos de entrada en pubs intransitables, varias colas interminables ante una barra abarrotada, varios kilómetros a pie y un par de vasos de sopa picante reparadora, se llega a Murrayfield. Al acercarse al estadio el ambiente es aún más intenso, y hasta el nombre de algún pub local como el Fly Half indican que, en el barrio, mejor hablar de rugby o permanecer callado. Murrayfield, rodeado de campos de rugby,  es un estadio precioso de silueta curva que se recorta contra unas colinas escarchadas muy indicadas para hacer fotos de recuerdo y de cuyos antepasados geológicos (y sobre todo de sus muertos) se acuerda uno durante el partido cuando el viento que viene de ellas se cuela por las costuras de los abrigos con decisión de segundo centro, regatea el forro polar, salta pliegues del jersey de lana, esquiva haciendo contrapiés el tejido de la camiseta térmica y se queda pegadito a la piel, haciendo bajar la temperatura corporal grado a grado y haciendo que la color del visitante mute del rosa-congestión-de-pub al azul-cobalto-de-páramo-highlander, también llamado Royal Hypothermia Blue. Tanto es el frío y el viento que sopla en Murrayfield que el gobierno escocés, en caso de alcanzar la independencia del Reino Unido, podría sopesar cambiar su nombre al de New Los Pajaritos Stadium en homenaje al campo del Numancia, que tampoco es manco.

En torno al estadio hay montones de puestos-camioneta de cerveza, comida y recuerdos, con lo que el ambiente de feria es total. Las aficiones están absolutamente mezcladas y beben y charlan juntas sin que haya no ya una trifulca, sino la mínima discusión. El alcohol ayuda a confraternizar, pero no es el alcohol el causante del buen ambiente, sino más bien la educación: también hay alcohol a ríos antes de los partidos de fútbol, y en estos es común vivir situaciones desagradables. Incluso los borrachos, que abundan, son amables y risueños, lejos de esos alicorados insoportables que utilizan las gradas de los estadios de fútbol para saldar cuentas con la vida que llevan y que creen no merecer. Porque la grada de Murrayfield, como todas las gradas de rugby, es ante todo educada, sobre todo hospitalaria y acogedora. En Murrayfield uno puede sentarse llevando los colores de su equipo con total tranquilidad, celebrar los puntos propios, cantar su himno a voz en grito y, como mucho, lo único que conseguirá es que al rival que se sienta al lado suyo le entren más ganas si caben de charlar con Vd y compartir puntos de vista.



Y de todo lo que rodea al rugby en Edimburgo, de la marcha por las calles del centro siguiendo a la marea, de los grupos de gente en kilt y camisetas rivales, de la preciosa grada de Murrayfield y de la exquisita hospitalidad de los escoceses, lo que más marca, de lo que más se acuerda uno es del momento en que se cantan los himnos. Suena el himno galés y canta un cuarto de estadio como cantan los galeses: entonando y sabiendo, los galeses cantan un himno solemne y profundo a voz templada entre el respeto del resto de la grada. Suena entonces una gaita que marca lo que viene, arrancan cincuenta gaitas y cincuenta mil gargantas a la vez cantando Flower of Scotland y a uno se le encoge todo. Paran las gaitas para que el estadio entero siga cantando sin acompañamiento esa estrofa de guerra en la que se recuerda a los ingleses que sí, que agua pasada no mueve molino pero que en cualquier momento a Scotland the Brave le da por levantarse de nuevo y ya pueden volverse a casa como el orgulloso Rey Eduardo, y a uno le entra esa sensación única a mitad de camino entre la emoción, el respeto, la admiración y también la envidia que cualquiera que haya estado allí y haya vivido eso conoce. ¿Cómo, después de eso, no sentir una admiración, una proximidad y una simpatía enorme por los escoceses?

Vivido lo vivido, como suele ocurrir, el partido casi es lo de menos. Ya casi da igual el sorprendente empuje de los escoceses en el primer tiempo o los tres fallos consecutivos con el pié de Halfpenny, que luego sería determinante; casi da igual ver que Gales poco a poco recupera la identidad y la mordiente aunque sus medios se empeñen una y otra vez en jugar por dentro y no sacar el balón a la profundísima línea de tres cuartos galesa, “la Delgada Línea Roja” que esta vez es visitante y no escocesa, como lo fue en Balaclava. No puede uno olvidarse de la aparente superioridad física de los delanteros galeses y cómo ésta quiebra en ciertos momentos ante el empuje aguerrido de los escoceses, aprovechando que la grada ruje y alguna gaita se arranca con los primeros compases de Flower of Scotland al entrar en 22 rival. Uno recuerda, claro, la ovación a Richie Gray cuando se retira lesionado, y también recuerda con cierto pudor - que se explicará más tarde - cómo la grada escocesa, a pesar de un arbitraje no excesivamente favorable (tildado de “pedantic” en algún diario local) no brama contra el árbitro, conscientes de lo difícil que es su trabajo, sino que reconoce sus propias limitaciones y errores al conceder muchos puntos al rival por su propia falta de disciplina en el juego en momentos delicados. Recuerda también el empuje final de los escoceses y la defensa bestial de los visitantes pensando en la diferencia de puntos con los ingleses, el pitido final, la vuelta de honor de los de rojo en campo rival saludados por montones de narcisos humanos y dragones de peluche, la salida del campo y la sangre que, poco a poco, comienza a fluir hacia los pies tras los primeros pasos tras dos horas inmóviles en una tribuna helada.

Vayan Vds a ver un partido del VI Naciones, vivan su ambiente, respiren el aire que suelta la grada y cuéntennos luego si no se hace uno muchas preguntas al volver a casa.
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Inglaterra, máxima favorita al título y con el Grand Slam a tiro, las pasó canutas para imponer ese rugby industrial y opaco tan suyo ante los italianos, que siguen yendo a más. Escocia, que se llevó la cuchara de madera el año pasado y juega contra Francia en París el último partido del torneo, ha recompuesto líneas tras ganar a Italia y a Irlanda. Estos dos últimos se enfrentan en la última jornada en Roma: Italia ha hecho un gran torneo al ganar a Francia y poner en apuros a Inglaterra, Irlanda ha hecho un mal torneo tras ceder dos ventajas claras con Escocia y Francia, desplomándose en los últimos minutos con un equipo de transición, poco experimentado aún. Para ambos equipos, orgullo de naciones católicas, el domingo es un día importante y además puede que en el momento del pitido inicial habeamus Papam. Francia, con un rácano empate, se libra de la cuchara de madera pero encadena su peor racha desde 1957 cuando partía como candidata al título y podría ser última. Por fin, Gales, tremenda ganadora de la última edición y prometedor equipo joven que había enseñado colmillos en el Mundial, recompone equipo y aspiraciones tras una serie catastrófica de test matches y una travesía del desierto que parece haber acabado. Pueden ganar a los ingleses en casa y quitarles el Grand Slam, incluso llevarse el torneo si ganan por más de 8 puntos, algo que no se antoja imposible si la Delgada Línea Roja galopa y los de blanco siguen con ese juego feote de caballería pesada y artillería de larga distancia que parece haber calado también en otros equipos tradicionalmente menos dados al alto horno.

Cinco partidos después, casi nada está donde se esperaba y casi todo puede pasar. De lo esperado, lo único que se ha cumplido ha sido la entrega de todos los jugadores en cada partido, el respeto a los rivales, el pasillo del final, el consumo masivo de cerveza negra, el ambientazo en cada estadio. Digan pues si éste es o no uno de los torneos deportivos más bonitos del mundo.
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Llegó la afición al Calderón y algún despistado se preguntaba si estaba en Murrayfield, si habían quitado las colinas nevadas que quedan al Este del estadio, si habían prohibido el kilt en la grada. Y es que el Calderón con frío no tiene nada que envidiar a Murrayfield en lo que a temperatura heladora se refiere, oiga, a ver qué se creen Vds, puestos a pasarlas canutas aquellos tienen wee bit hills and glen pero aquí hay un río chico y poco profundo pero mal encarado que levanta una humedad que hiela un estadio entero, y se queda tan ancho, el tío. Así es nuestro río: demasiado chico para ser un río-río pero con carácter de océano cabreao, un riíto con poca agua y mal genio, un río del Atleti.

Llegó la gente al campo y lo hizo como con pereza, tomándose su tiempo, como sin prisa y sin hacer ruido. Salió el Atleti contra la Real con un dibujo algo diferente al mostrado en otras ocasiones, con la defensa de siempre y el ataque de los últimos partidos y una media algo diferente. En la defensa jugó Miranda, muy seguro salvo cuando le dio por sacar el balón haciendo cucamonas como si fuera Luiz Pereira. Le salieron bien casi todas salvo una en especial, pero el miedo que acabó metiendo a todo el mundo cada vez que amagaba a un rival nos hizo verle más oscuro y con un collar de cuentas verdes al cuello. A su lado jugó Godín, algo más expeditivo de lo deseable a la hora de pegar pelotazos, y los laterales de siempre. De éstos, Filipe Luis lo hizo bien y Juanfran lo hizo mal y esto empieza a ser algo preocupante. A Juanfran se le ve incómodo en el campo, fuera de sitio y sin la concentración suficiente, sorprendido a veces por cosas que todo el mundo ve que van a ocurrir, mal colocado otras. Juanfran no anda fino y a este paso el nombre de Manquillo va a empezar a sonar más fuerte en el Calderón.

En punta jugó Falcao, que sigue espeso desde la lesión y al que el juego que ayer desplegó el Atleti, con la presión más retrasada a ratos y mucha entrada por banda buscando el remate de cabeza como única solución de ataque no le viene demasiado bien. Falcao pelea y muerde pero no atina, y los centrales de la Real, que dejaron buena impresión en el Calderón, no dejaron hueco para que buscara portería. Tampoco anduvo atinado Diego Costa, que lo intentó y lo intentó y, como no le salía nada, optó por hacer exactamente lo que no debe. Con el Atleti desquiciado al ir por debajo en el marcador por primera vez en mucho tiempo en el Calderón, Diego Costa le pegó un pisotón a un rival y dejó sin argumentos a todos aquellos que creían ver en él una mejoría de lo suyo, más paciencia, más madurez. Diego Costa volvió a dejar detalles que invitan a la desconfianza, a catalogarle como un jugador imprevisible para lo peor, de esos que en cualquier momento la lían y dejan al equipo con uno menos, de esos que le hacen a uno perder un partido por perder el oremus, de esos que acaban echando por tierra su propio trabajo por culpa de tener cabeza de chorlito, de los que dañan la imagen del resto poquito a poquito. De esos, en definitiva, a los que uno dudaría alinear de inicio en un partido tenso, por bien que esté. Aún a pesar de esos signos preocupantes, a Diego Costa se le jalea desde algún sector de la grada cada gesto marrullero, haciendo así pocos favores al equipo y al propio jugador.

En la media, que pareció ser la raíz de los problemas, jugó Gabi de todo un poco, sin parar de correr pero sin dar abasto para todo lo que había que hacer. Jugó Koke y lo hizo peor que otras veces y jugó el Cebolla sin hacerlo bien, cambiando de sitio y empecinándose a veces en atacar y atacar por su banda a piñón fijo, con poco acierto a pesar de alguna jugada de mérito, ganando enteros para salir del banquillo cuando los partidos se tuercen más que para ser titular. Jugó también Arda y lo hizo como es él, así, como le da la gana, un poco por aquí, otro por allá, ahora regateo a siete, ahora hago una ayuda, ahora no ayudo nada, ahora me he quedado sin aliento, deme un minutito, oiga. La media no jugó bien y no pudo conectar con los de delante ni llegar con peligro tirando de lejos y a ello contribuyó un buen partido de la Real, equipo ordenadito y bien colocado, con jugadores que cuando la recuperan no la pierden inmediatamente y con ayudas constantes que impiden eso de lo que hoy todo el mundo habla, esto es, el último pase.

En un partido mediocre en el que el Atleti no encontró soluciones, la Real marcó un gol gracias a que el árbitro no señaló un fuera de juego que a los menos miopes ya en el campo les pareció claro. A partir de ese momento parte de la grada, anestesiada durante buena parte del partido, perdió el norte. Hasta entonces el partido había transcurrido con una calma rara, esa calma de partido a deshora y con frío que cada vez es más frecuente en la liga española, esa competición cada día más aburrida. Por primera vez en años, eso sí, no se había recibido a la Real con gritos de esos que nos sonrojan y avergüenzan. Por primera vez no se escucharon insultos a muertos ni cánticos ofensivos para el visitante, todo un triunfo que esperemos haya sido voluntario y no forzado.

Pero la cosa cambió cuando el árbitro, por cierto muy malo, anuló el gol. El árbitro pitó faltas a desmano y permitió entradas similares a otras que llevaban amarilla sin que hubiera un criterio fijo, es cierto. Colaboró en la derrota por dar por bueno un gol que debería haber sido anulado, sí. Pero el Atleti no había jugado a nada ni consiguió jugar a nada reconocible, y eso no fue cosa del árbitro. El Atleti no dio una y el rival jugó bien, pero en vez de asumir las debilidades propias, mucha gente prefirió el desquicie con dirección al árbitro, camino poco complicado. En el Calderón, el estadio del segundo de la clasificación (hoy  tercero) se inició un tsunami de indignación exagerada que, se diría, la gente echaba de menos. Se diría que alguno se acogió a la protesta casi con alegría, ole ole, ya está aquí el cabreo, menos mal que hoy no ganamos, qué bien me viene esto para gritar barbaridades, que mi jefe es más malo que el sebo y a mi cuñado no le aguanto. De los insultos sonrojantes al árbitro se pasó al insulto a algunos jugadores. Juanfran qué malo eres, Falcao eres un petardo, ay Gabi vuelve a Getafe. Simeone sacó a Raúl García y en ese momento, con el equipo perdiendo y necesidad de remontar, con el rival más odiado empatando a puntos, el refuerzo fue recibido en algunos puntos de la grada con tipos en pié llamándole de todo, el colmo del absurdo, el rizar el rizo del tiro en el pié. A Simeone no le salpicaron los insultos, pero si el partido dura diez minutos más y no sale Oliver Torres, más de uno habría pedido su cabeza y quién sabe si la vuelta de Manzano, con su gorra de tractorista.

La grada desquiciada contribuyó al desquicie del equipo, al que la Real y el árbitro sacaron del partido sin demasiada dificultad. Por primera vez en meses, el Atleti encajaba un gol en casa, perdía un partido en el Calderón y la afición salió del estadio con un gusto amargo en la garganta. Se diría, empero, que alguno hasta lo gozó.

La vuelta a una grada desquiciada resulta especialmente chocante cuando se viene de una grada que no busca culpables sin reconocer deméritos propios. Pero esto, oh lectores, es un mal endémico de este deporte llamado fútbol al que cada vez es más difícil tener cariño.