1974
Hace 40 años, en
1974, cuando el Atleti jugó su primera final de Copa de Europa, uno era un niño
chico. Quizás les sorprenda a Vds que uno haya sido alguna vez un niño chico,
pero así fue durante unos años, precisamente aquellos. Uno, rubio, con el pelo
a tazón y camiseta del Atleti puesta durante todo el verano, era demasiado
chico para acordarse con precisión esa final aunque sí tiene recuerdos de ella.
Los recuerdos son vagos, confusos y giran en torno a una televisión en blanco y
negro en una habitación pequeña de una casa de la sierra de Madrid, lo que
sugiere que aquél día de San Isidro era, como ahora, festivo. Los recuerdos no
incluyen más que imágenes deshiladas, sueltas, fogonazos aquí y allá; también
nombres, algunos confusos, uno muy claro, Gárate. De Gárate sí se hablaba en
casa, aunque poco, y se siguió hablando durante unos años.
Con el tiempo,
uno investigó sobre ese equipo al que el propio presidente bautizó como el
Pupas, echando así sobre los hombros de un equipo de leyenda un mote molesto
como los vecinos del lado Norte de la ciudad, irritante como los tertulianos
deportivos, pesado como el plomo. El Atleti ha cargado con el Pupas desde entonces
como el protagonista de Basket Case
cargaba con su hermano maligno en un canasto, a disgusto a pesar de ser parte
de la historia, a regañadientes a pesar de venir el apelativo del Presidente
más importante del Club. Y eso que incluso
una parte de la afición parece sentirse cómoda con la maldición patrocinada
desde el palco, rebozada en una coartada histórica para así desatender la
realidad terrible del club durante los años negros en los que la identidad estaba
perdida en un denso bosque de manzanos y maniches. El Pupas, el maldito Pupas,
ese mote desacertado para un equipo, el del 74, que pudo ser cualquier cosa
menos un Pupas.
Al Atleti del 74
le entrenaba un argentino, el Toto Lorenzo. En él jugaban Reina, Pacheco y Rodri, Panadero
Díaz, Ovejero y Cabrero, Heredia, Benegas y Capón, Alberto, Eusebio y Quique,
Adelardo, Luis y Melo, Salcedo, Ufarte y Becerra, Irureta, Ayala y Gárate. Ni
más ni menos, oiga, ni más ni menos.
Entre los nombres
recién mencionados, algunos de los mejores jugadores de la historia del Atleti,
varios ídolos de infancia del que suscribe y también de sus más próximos.
Jugaba Reina, el portero de jersey verde que uno quiso ser aquél día que jugó
de portero y que aún quiere ser Jorge Lera. Jugaba Panadero Díaz, en cuyo honor
el que suscribe co-fundó una peña atlética en Bruselas que responde al
combativo nombre de Frente de Liberación Panadero Díaz (con su correspondiente
escisión disidente, como está mandado: el MLPD, Movimiento de Liberación
Panadero Díaz – Frente 25 de Mayo, surgida tras el Doblete y la vuelta de la emigración).
Jugó Ovejero, que años después echaría abajo una portería en Zaragoza de una
embestida, y jugó Capón, con ese bigote que, junto al de Leal (con su vendaje),
nos dio ganas de tener bigote cuando teníamos 7 años. Jugaron Alberto y
Eusebio, cuyos nombres uno confundía de chico y no sabía quién era quién, y
jugaba Adelardo, el jugador que más veces ha defendido nuestra camiseta, para
muchos el emblema del Club durante muchos años. Jugó Ufarte, a quien el que
suscribe dio la mano hace unos años y le invitó además a una botella de vino,
escapándose luego del restaurante por vergüenza, para no recibir las gracias de
un tipo al que siempre le estará uno agradecido. Jugó Becerra, que uno no sabe
si se escribe con c o con z, que murió demasiado joven pocos años después, y
jugó Irureta, siempre tan caballero con el Atleti, siempre recordando en sus
años como entrenador todo lo que le enseñó el Club. Jugó Ayala, nuestro ídolo
melenudo de niños, el Ratón, el más rápido, el más eléctrico, el dueño legítimo
del nombre de cierto perro ratonero que cierto día en Albacete, desde la grada,
saltó al campo durante un partido que el Atleti jugó allí - camiseta rojiblanca
y el número 11 a la espalda - persiguiendo una bola hasta que fue reducido por
la fuerza pública ante su negativa a abandonar el terreno de juego sin el balón
en la boca. En ese equipo jugó Luis Aragonés, ese tipo único, enorme, el que
volvió al Club para sacarlo de Segunda, el que dijo a un árbitro que no pisara
el escudo, el que rompió la pizarra en el vestuario antes de la final de Copa;
el tipo de más influencia en el fútbol español, el que vio lo que nadie veía y
fue apartado de su obra de arte cuando más fácil era todo, nuestro referente,
nuestro guía lleno de defectos y virtudes, nuestro espejo, el Atleti hecho tipo
con patillas, cigarrillo y pelliza.
Y en ese equipo jugó
Gárate. Gárate, el tipo que uno querría ser.
Nunca el Club ha
hecho un homenaje a ese equipo maravilloso que llegó imbatido a la final de
Bruselas del 15 de Mayo del 74 para toparse con el mejor Bayern de Múnich de la
historia, el equipo de Beckenbauer, Maier, Muller, Hoeness, Breitner y el
maldito Schwarzenbeck, la columna vertebral del equipo que
luego ganaría el Mundial para Alemania unos meses después. A ese equipo que fue
superior a los alemanes durante el partido y se adelantó con un gol de falta de
Luis Aragonés, celebrado antes de entrar por el propio Luis con un salto
batracio para la historia. Ese equipo que vio cómo, ya en el descuento, el
rival empataba gracias a un gol marcado por un jugador que nunca marcaba y
perdía en la repetición del partido dos días después ante una plantilla mucho
más física que se encontró con el regalo de un partido extra que no mereció y
una copa que vive en Munich cuando debería vivir en Madrid.
Si alguien viendo
esa alineación puede pensar en un equipo perdedor, que abandone el local. Si
alguien piensa que ese grupo heterogéneo en el que convivían argentinos
aguerridos y brasileños de juego floreado, extremeños recios, madrileños
castizos, vascos de pedigree, asturianos de raza y un paraguayo orgulloso de
llevar los colores de su equipo nacional no era un equipo de leyenda, que
abandone la lectura, la ciudad, el país. Si algún insensato no ve en este grupo
de melenudos, bigotudos, sobrios jugadores pelicortos y un gentleman de
Eibar - en palabras de uno de los
talentosos Olivares (no recuerdo cuál), “un equipo que eran los Beatles y los Rolling Stones a la vez” – el reflejo
del propio Atleti todo, de su grada y de su historia, que llame a un
especialista.
Nunca ha recibido
ese equipo maravilloso el homenaje público que merece. Y, con 40 años de
retraso, ya es hora, oiga, ya es hora.
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2014
Cuarenta años después
de la semifinal de Glasgow, recordada por los aguerridos escoceses como una
batalla campal y por los aficionados del Atleti como el partido en el que el
Atleti vistió con preciosa camiseta roja de puños rojiblancos y sufrió tres
expulsiones (no del todo injustas, oiga) por indicación de Babacán, un árbitro
turco con nombre de malo de novela de aventuras (incluso como “El Malvado
Babacán”), el Atleti se plantó en Stamford Bridge, estadio del Chelsea, con la
misión de hacer la machada que 40 años antes habían hecho nuestros ídolos de la
infancia y meter al equipo en la final.
El Atleti que fue
a Stamford Bridge, líder de la liga española, invicto en Champions y orgullo de
la parte noble de la ciudad de Madrid , también está dirigido, como el del 74,
por un argentino temperamental, talentoso y trabajador que viste sobrio traje,
camisa y corbata negra y lleva un rosario bajo la corbata. Este mago, al que
nunca jamás podremos agradecerle suficientemente lo que ha hecho por nosotros, tiene
por ayudantes un sabio de la preparación física y un portento de la naturaleza
que viste siempre anorak y lleva un cronómetro, se ríe cuando nosotros nos
asustamos y saluda con cariño al delantero centro rival, tan atlético como
nosotros, cuando sale al campo en el que ahora juega de local, para su
desgracia y la nuestra.
En el equipo que
dirigen estos tres argentinos - que deberían recibir las nacionalidad
honorífica, las llaves de la ciudad de Madrid y su peso en jamón del bueno (por
más que pese el Mono) - cuenta también con brasileños de juego floreado, argentinos
tatuados, madrileños castizos, asturianos de raza, uruguayos bravos de
mandíbula apretada; además, un turco tocado por el dedo de los dioses del
talento, un tipo de Alicante que ha sufrido una metamorfosis, un
hispano-brasileño con cara de tripulante de navío corsario y la fuerza de un
búfalo cafre, un navarro capaz de rematar de cabeza un satélite fuera de órbita
y un gigante belga capaz de parar ese mismo satélite a pocos metros de su
lanzamiento desde Cabo Cañaveral sin perder la gomina del tupé. Y, según se
demostró en Stamford Bridge, estadio frío poblado por una afición fría, antipática
y obsesionada con los jugadores que su millonario presidente puede comprar cada
año (algo de lo que presumen con la idiocia del hijo del vecino rico que copia,
en más caro, cada cosa que hace el resto de niños del colegio que, por
supuesto, le ignoran), ese grupo heterogéneo, Beatle y Stone como el del 74, es también un equipazo de leyenda como lo fue
aquél.
Salió el Atleti
al campo del Chelsea vestido con pantalón rojo, pero en un estado tal en el que
estas cosas ya ni importan. Miró el Atleti a la grada y vio el Calderón, atronador en medio del silencio frío y azul de
Stamford Bridge, y entonces todos supimos que iba a ser un gran día. Miró el
Atleti a la grada y vio miles de bufandas rojiblancas, la bandera de esa España
en la que pone Algeciras, las
pancartas de las peñas belgas y británicas, las canas de los aficionados que
recuerdan la final del 74 y los ojos brillantes de las chicas atléticas que
hacen de la grada del Calderón un sitio especial, y tragó saliva. Miró el
equipo titular al banquillo y, tras él, vio al Capitán de Capitanes vestido de
traje y corbata con bufanda del Atleti, agarrado a la valla de detrás del
banquillo con gesto de poder saltar al campo a por el balón en cualquier
momento, como hizo el perro Ayala en Albacete, y entendió lo que tenía que
hacer. Miró el Atleti a la grada de nuevo y vio los retratos del Cholo y de
Luis Aragonés y, en ese momento, los jugadores del Chelsea parecieron
pequeñitos, inofensivos, enclenques.
(Mientras el
Atleti en pleno miraba con la mandíbula apretada a la grada del Atleti, otra
parte del Atleti hacía lo propio. Nacido 10 años después de esa final de
Bruselas, Torres es un poco más mayor que los que sólo vivieron los años negros
de manzanos y maniches, y un poco más joven que los que sí recuerdan el Atleti
grande de los 70 y 80. De haber tenido unos años menos, quizás estaría en el
primer equipo a las órdenes de Simeone, de haber tenido unos años más quizás no
se habría visto en la tesitura de tener que enfrentarse a su equipo del alma en
tamaña situación. Torres marcó el gol de su equipo actual contra su equipo del
alma y naturalmente no lo celebró; las imágenes del momento son desoladoras. El
destino, que con Torres ha tenido sus más y sus menos, quiso que hiciera un
buen partido y marcase un gol ante todo ese público rojiblanco que tanto se
alegra de sus goles contra otros; quizás el desenlace final, que su equipo
perdiera a pesar de su gol, es lo mejor que le pudo pasar. Torres, ovacionado
en Madrid durante el calentamiento y al final del partido y cuando fue
sustituido en Londres, no necesita explicaciones para entender lo que ayer
estaba pasando y probablemente lo vivió de una forma tan especial que sólo él
puede llegar a entenderlo. Esperemos que vuelva pronto a casa y nos lo cuente
en detalle).
Lo que después ocurrió
lo contarán los juglares tras el holocausto nuclear y los colonos
extraterrestres que, ataviados con escafandra para evitar la atmósfera tóxica,
tomen la tierra desde sus platillos volantes con rayo paralizante. Lo están contando
ahora mismo varios habitantes de Papúa a sus conocidos, es portada en diarios
de Bangkok y es objeto de análisis en una lejana población vitivinícola
australiana en la que, de vez en cuando, tienen la suerte de comer arroz con
cangrejos pescados por el propio cocinero. En un cafetín cercano a la plaza de
San Telmo, en Buenos Aires, alguien gesticula en este mismo momento explicando
el movimiento táctico del medio campo y en Arcore, cerca de Milán, un señor muy
alto explica a su madre, mientras come pasta al ragú, cómo Juanfran hizo dos
pases de gol tras pases largos de Tiago en una noche para recordar. En Onteniente
(Valencia), Fernan Pérez (Almería) y Zurich (Suiza) no se habla de otra cosa,
ni se hablará en días.
Y es que el
Atleti cuajó uno de los mejores partidos que se recuerdan, con un segundo
tiempo a la altura de la Supercopa ganada al propio Chelsea y de los veinte
primeros minutos de la eliminatoria contra el Barcelona. Aprendida la lección
de la ida (nada de balones altos al centro del área, nada de impaciencia, nada
de piedad), Simeone dejó en el banquillo a Raúl García y apostó por Adrián –
aquél que desde esta misma tribuna dimos por claramente perdido para la causa -
para llevar el balón al suelo y jugar con velocidad cuando fuera necesario. En
varias ocasiones durante el primer tiempo se vio cómo los jugadores frenaban su
instinto natural a bombear balones largos hacia Diego Costa para seguir
tocando, madurar la jugada, buscar ocasiones menos directas si no había una
posibilidad clara.
El Atleti
dominaba o al menos no sufría pero el Chelsea, bien plantado pero poco
incisivo, se adelantó. Fue Torres, quién si no, delantero descomunal que
siempre marca en las citas grandes, aunque esta vez en la portería contraria y
contra un portero propiedad del Chelsea. Con la grada apagada, el silencio en
las casas y las nubes negras en el horizonte, el equipo no se descompuso y
siguió fiel a lo suyo, sólido, con un enorme Koke, con Tiago y Mario (sí,
Mario) a un nivel excelente y con dos laterales convertidos en amenaza. Entre estos,
más Arda, llegó el gol: Koke que rebaña un balón que parecía perdido, Arda que
acaba pasando a Tiago, éste que levanta con clase la bola para la entrada
rápida de Juanfran quien, como un acróbata, pone el balón hacia el área
pequeña; Terry que no llega, Cole que no se atreve, Adrián que remata con la
espinilla; miles de tipos que gritan, miles de tipos que se abrazan, miles de
tipos que rugen. Gol del Atleti, empate, clasificados.
Tras el descanso,
del vestuario volvió a salir la fiera que salió en casa contra el Barcelona,
quizás esta vez más pausada, más cerebral, más calmada dentro de su furia. Con
Koke dando un recital físico, de control y de mando, el Atleti fue un equipo
enorme. Arda brilló, Diego Costa peleó, Tiago y Mario estuvieron a un nivel
altísimo, aliviando a todos aquellos que
echábamos de menos a ese tipo del traje y la bufanda sentado tras el banquillo
que tanta confianza nos da siempre. Con todo el medio campo entonadísimo, los
laterales con ganas y los centrales al enorme nivel de toda la temporada, el
Atleti es un equipo temible y sólo es cuestión de tiempo que doble la muñeca de
aquél que le echa el pulso. Si al talento del medio campo y la solidez de los
centrales se le añade un portero extraordinario y un delantero que es un
tormento como Costa, la cosa se complica aún más.
Marcó Diego Costa
un penalti un minuto después de una parada milagrosa de Courtois. El penalti se
tardó en tirar una eternidad, con un balón que caía al agujero del punto de
penalti una y otra vez hasta que los aficionados llegaron a la conclusión de
que Costa lo fallaría seguro; naturalmente, fiel a su forma de ser, lo marcó
sin dificultad y entre cánticos de recuerdo a Luis Aragonés, ahí es nada. De
este segundo gol salió un Atleti enorme: tocando el balón, combinando por la
banda izquierda con toques sutiles entre Filipe Luis, Arda y Koke, apoyado
atrás en Mario y Tiago, buscando en
largo a Juanfran, gigante en ataque a pesar de algunas dudas en defensa al
principio, llegó el tercero. El Atleti, una vez más, demostró ser un equipo
valiente y poderos, de compromiso e intensidad pero también trabajadísimo,
estructurado, con recursos ante todo tipo de planteamientos tácticos. Un
equipazo, señores.
Tras un partido
maravilloso, el Atleti está en la final de la Copa de Campeones 40 años
después. Para ello ha eliminado, entre otros, a Oporto, Milan, Barcelona y
Chelsea - que suman 15 Copas de Europa - y lo ha hecho con un equipo
desahuciado hace no tantos meses. El equipo que ha armado Simeone mezcla el
esfuerzo extremo de un comando de Gurkas, la fe ciega en la idea de juego y el
estudio científico del rival desde el banquillo. Con un presupuesto mucho más
modesto y una plantilla más corta, ha devuelto a un club centenario y admirable
al lugar que muchos otros fueron incapaces de acercarse. Todo esto lo ha hecho
partido a partido, involucrando a la
grada, convenciendo a los jugadores de que pueden hacer todo aquello que se propongan,
dando una lección de fútbol, de deporte, de vida.
Estamos pues asistiendo
a un momento histórico, y resulta que el protagonista es nuestro equipo.
Nuestro equipo, el nuestro, el de nuestros padres y amigos, el que será de
nuestros nietos, el equipo del que Simeone nos ha obligado a formar parte
activa. El equipo de Luis y de Gárate, el de la final del 74, el de los
derrapes y los días de alegría infinita. El equipo de las rayas rojiblancas,
del Estadio Vicente Calderón, del ramo de flores de Pantic, el himno cantado a
voz en grito cuando las cosas van bien, del himno cantado a voz en grito cuando
las cosas van mal.
Disfrutemos el
momento, pero eso sí, sin perder de vista lo que nos ha traído hasta aquí:
partido a partido, el domingo a las 17.00, otra final.
Que suerte tenemos, señores, qué suerte tenemos.






