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jueves, 26 de noviembre de 2015

Síntomas (y de los buenos)


Se anunciaba un frío polar y penosas colas para pasar los controles de seguridad a la hora de entrar al campo; como ocurre tantas veces, ni hizo tanto frío ni se tardó tanto en entrar a pesar de la larguísima cola que bajaba por la acera izquierda de Paseo de Pontones para pasar el primer control de policía.


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La actitud de la policía en los campos de fútbol es cuanto menos curiosa. Cuando hay un partido de alto riesgo porque los ultras de uno u otro equipo han quedado para molerse a palos, los antidisturbios de la Policía Nacional posan delante de sus furgonetas poniendo cara de malos y marcando bíceps, mirando desafiantes a los señores con gafas que van del brazo de su señora a reunirse con su yerno en la puerta de la tienda. Cuando hay una amenaza más grave y seria como la que vivimos estos días, la Policía Nacional acorazada y numerosa se muestra más amable, sensata y colaboradora: ni le miran a uno mal, ni le tratan con desdén ni provocan esa sensación de inseguridad que la chulería de algunos policías con vocación de malotes hacen flotar en el ambiente en otros días menos señalados. Qué cosas tiene la fuerza pública.

La Policía Municipal madrileña, por su parte, es más homogénea en su comportamiento: tanto en los días de alto riesgo como en los normales, tanto en los partidos cómodos de la mitad de la temporada como en los marcados en el calendario con tinta roja y bufanda de las grandes ocasiones, la Policía Municipal guarda idéntica actitud, dirigiéndose al ciudadano con esa mezcla de chulería y hartura tan característica. La Policía Municipal madrileña gusta de patrullar en colleras formadas por un policía más joven con patillitas, gafas de sol y gesto de saberlo todo sobre la vida y no tener tiempo ni ganas de explicarlo, y otro más mayor y paciente, casi resignado, quizás harto de su trabajo, que hace observaciones inoportunas al ciudadano que paga su sueldo con sus impuestos.

Ah, la policía madrileña y su relación con el hincha de fútbol, qué universo tan complejo, oiga.
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Llegó la afición al campo y lo primero que le llamó la atención fue la abundancia de turcos por todas partes. Los aficionados turcos llenaron parte de la zona de la grada reservada para los visitantes, pero sobre todo compró entradas salpicadas por gradas y tribunas, dando una sensación plácida de partido compartido con la afición rival, eso que ya saben Vds que tanto nos gusta. Los turcos del Galatasaray vestían camisetas y bufandas con sus colores con toda naturalidad, presumiendo de esa combinación naranja y granate tan romana y tan bonita y tan de equipo inglés de polo o de rugby y a uno le parece estupendamente. Ojalá vinieran más rivales así tan educados y tan mechaditos entre la afición, tan mezclados y tan tranquiletes, tan charlatanes y futboleros. Ojalá, ya puestos, se multara a los periodistas que hablan directamente del infierno turco cada vez que va un equipo a jugar allí, que ya está bien de topicazos, oiga, anda que no hay formas de llamar a las aficiones y los estadios para andar así repitiendo siempre lo mismo, que si el infierno turco, que si la caldera a presión, anda ya, vayan Vds a paseo, oiga, no me sean pesaos y cansinos y repetitivos. Coñe ya.
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Salió el Atleti al campo con la misma alineación que tan buen partido hiciera en Sevilla, con la única novedad de Giménez, que volvía al equipo tras su lesión. Giménez, que tiene pocos años pero juega como si hubiera completado dos carreras profesionales de las largas, jugó tan tranquilo y como si tal cosa, posiblemente recuperado del sofocón tras el fallo de Coruña y quizás también tranquilo por saber que cuando no está aparece Savic y lo hace bien. Quizás Giménez sea también consciente de que el montenegrino tiene calidad y personalidad para sustituirle y por tanto no se puede dormir en los laureles. Un buen futbolista, este Giménez.

Es cierto que el rival de ayer, el Galatasaray, no pareció un equipo capaz de asustar al Atleti, ni siquiera de venir a marcar goles, más bien dispuesto a capear el temporal. Con tres centrales cuando el Atleti achuchaba, con Sneijder gordo como una señora de esas que empujan en el autobús sin soltar el bolso y Podolski lejos de lo que fue en su momento, el Galatasaray sólo tiró una vez a puerta: precisamente fue el orondo holandés que su momento pareció tener condiciones para ser un futbolista de los que dejan huella (y no sólo en el sofá) quien lanzó cruzado un balón que se fue fuera, el único momento en el que Oblak tuvo que dejar el folleto de los crucigramas y ponerse a tapar hueco. En descargo del pobre partido de los turcos (cuajado de jugadores paticortos y culones de lámina parecida al turco aquél – el que pasó por el Calderón y se fue corriendo tras un cajero automático a ver si le regalaban una pantalla de plasma al domiciliar la nómina -, se ve que es un genotipo local) hay que decir que no dieron ni una patada, algo siempre de agradecer. El Galatasaray pasó sin pena ni gloria por el Calderón, y lo mejor que dejó fue la imagen de su hinchada, la mar de educada y discreta.

En cuanto al Atleti, la sensación volvió a ser buena. En línea con los partidos contra el Valencia, Coruña y Betis, el equipo jugó bien y a ratos muy bien, dando siempre sensación de superioridad y solvencia, de ser más equipo que el rival y, sobre todo y ahí está lo mejor, de ser más equipo que hace un mes y mucho más que hace dos meses.

Descartando las apuestas seguras de Godín y Tiago, los dos ejes sobre los que pivota el juego de tres cuartos para atrás, las buenas noticias en la defensa y centro del campo se van sucediendo. Gámez, por ejemplo, gana enteros para ganarse el status de ídolo del que suscribe. Discreto, buen profesional, versátil, concentrado, modesto y cumplidor, Gámez es valiosísimo cuando sale por la derecha o por la izquierda e igualmente valioso desde el banquillo, en el que no da problemas y sí muchas soluciones. Su temporada pasada en la izquierda fue notable, pero este año, de seguir Filipe Luis progresando como está, no le veremos mucho por ahí salvo necesidad apabullante. Filipe Luis ha vuelto en estos dos últimos partidos a ser el jugador confiado, asociativo y desequilibrante de otros años; si esto se confirma y Juanfran vuelve de la lesión con el mismo nivel con el que jugó los últimos partidos, los laterales pueden convertirse en el elemento que faltaba para terminar de afinar la máquina del Cholo, que vuelve a sonar redonda y poderosa como el motor de un Citroën Tiburón de los bonitos.

La mejoría de Filipe Luis puede estar directamente relacionada, quien sabe, con la mayor presencia y acierto de Koke, por fin más echado al centro y dando más apoyos y coberturas a Tiago y Gabi, más espacio a Carrasco en algo que a ratos es más un 4-3-3 que el 4-4-2 de siempre. Koke está preciso y participativo, más confiado y resuelto a la hora de lanzar la presión alta, más Koke y menos triste que hace unos cuantos partidos, más el Koke que hace moverse al equipo que el Koke que se mueve en exceso, apagando fuegos allá donde el resto no llegan. Y es que con Koke más enganchado, la presión alta y el mayor ritmo, las señas de identidad del Atleti campeón, han aparecido con más claridad en los últimos partidos. Buena culpa de ello la tiene también Gabi, espectacular ayer en el primer pase de gol y el caño y asistencia del segundo además de entregado y listo a la hora de tirar la presión en campo contrario junto con Koke.

También ayuda un Griezmann más participativo, como en el segundo tiempo de ayer. Independientemente de sus goles, una vez más un prodigio de oportunidad y colocación, Griezmann disfrutó más ayer que otros días, participó más, se asoció más. Sin matarse en la presión, sí cubrió su parcela con más solvencia, permitiendo a Tiago, Gabi y Koke jugar más, pensar más, salir más, buscar más el ataque y no sólo la posesión, haciendo por tanto lo que de él se espera además de estar en el momento preciso y el lugar oportuno. Y, ya que estamos con el estilo concatenado, buena parte de esa mayor movilidad e implicación de Griezmann parece, según se ha ido viendo estos últimos partidos, estar directamente relacionada con la presencia de Fernando Torres. Ayer de nuevo estupendo en el esfuerzo y el juego de equipo, Torres se vio durante todo el primer tiempo metido en el área entre tres centrales grandes, algo casi imposible de rentabilizar para un delantero centro de sus hechuras, sobre todo cuando buena parte de los pases laterales no eran del todo precisos. Ya en el segundo tiempo, resignado a la inutilidad de su presencia en el área, Torres salió más, se acercó más al medio campo, se asoció más en la construcción sin limitarse a esperar pases que no llegaban. Torres se mostró especialmente generoso con los compañeros: pudiendo mirar por sí mismo y su famoso gol 100, Torres prefirió en varias ocasiones combinar y no tirar, pensar en el compañero y no en la estadística, ceder el balón en mejores condiciones a la segunda línea. Como en Sevilla, Torres hizo un buen partido con una enorme contribución al juego colectivo y se mostró más confiado, menos acelerado, más cómodo y aún más generoso que en los pocos minutos de los que disponía hace unas semanas.

Sea por lo que sea, sea consecuencia de lo que sea, el equipo parece mejorar partido a partido y muestra síntomas de mejoría y claridad según avanzan las fechas. Simeone parece haber dado con la tecla que acerca a este equipo de más calidad y menos rabia que otros años a la imagen y solvencia del equipo enorme que guardamos en la retina, que consigue transformar la posesión en peligro y la defensa en una muralla. Si hace tres semanas parecía que el mundo se acababa, que Simeone no daba una y que sólo un milagro conseguiría que el Atleti no se estrellara contra un muro conduciendo el carísimo deportivo que se ha comprado este año, ahora las cosas parecen distintas, o al menos se lo parecen a los más críticos y sabihondos que daban la temporada por finiquitada cuando el equipo no estaba más que en formación. Llega diciembre y, como otros años, esto empieza: y parece que tienen muy buena pinta.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Del valioso punto medio entre el Santo Job y el nuevo rico

Diez días después del buen partido contra el Valencia y la sensación general de que se había alcanzado la velocidad de crucero, el Atleti parece ahora estancado, triste y gris, soso y deprimido. Para algunos, demasiado cansado y algo saturado cuando sólo llevamos unos cuantos partidos de liga y pocos de Champions; para otros, un equipo lamentable abocado al fracaso, con una plantilla fatal construida, dos delanteros centro para el matadero, un entrenador desquiciado y excesivamente conservador y un banquillo que no está a la altura del Club, de su Historia y, sobre todo, de su afición siempre experta y mesurada.
Que el Atleti jugó mal el segundo tiempo en Coruña es un hecho y así se ha comentado. Que la explicación fuera una u otra, que el quid esté en la delantera o en el banquillo, en la media o la defensa, en Jackson o Giménez, es cuestión de gustos, reflexión, conocimiento y prisas en el análisis. 

Que el Atleti estuvo tristón y plano en Astana también es un hecho. Que el equipo que sacó Simeone, con tres novedades respecto a los titulares que tan bien jugaron contra el Valencia, debería en teoría ser bastante para hacerse con el control del juego y ganar, sin excesivos problemas, a un equipo menor es algo que casi todos habríamos afirmado. Que esto no ocurrió es una verdad científica; que el partido fue un petardo, una realidad demostrable. Que ambos acontecimientos pueden ser considerados como una mala tarde de esas que tiene cualquiera es también admisible, más admisible que la catastrofista lectura que de 135 minutos hacen algunos.

Que los fijos de Simeone parecen resolver con más o menos acierto pero con solvencia sus actuaciones no parece algo discutible, salvo alguna cosa como dicen ahora los líderes. Que Godín suele estar a buena altura a pesar de algún fallo puntual es un hecho. Que Giménez falló en Coruña y en Astana se quedó corto en una carrera contra un delantero y dio un paso a un rival es cierto, tan revelador como que es noticia que un tipo de veintipocos años haga tres fallos en dos partidos: Giménez es un gran jugador y nadie en su sano juicio dudaría de su valía para este equipo. Que Juanfran juega prácticamente todos los partidos desde hace ya meses a un nivel que, como mínimo, es de notable alto es también un hecho demostrable. Que Gabi puede no estar al nivel del Gabi deslumbrante del año de la liga puede ser verdad, pero también es cierto que si no tuviéramos esa referencia Gabi sería un jugador que nos tendría no sólo satisfechos sino tranquilos es ampliamente reconocido por la parroquia colchonera. Que Koke debe ser titular incluso cuando no anda del todo fino porque, incluso estando gris, tiene un efecto espesador de salsas que hace que el equipo juegue más junto, más trabado y sólido que cuando no está. Que Tiago es el jefe del equipo, el carburador, el metrónomo, la brújula y el doble procesador es cada vez más claro. Este núcleo fundamental parece inamovible para Simeone y quizás también para la afición en general, incluso para el irritado colectivo cuestionacholos que últimamente discute todo lo que hace Simeone. Así, el problema no parece estar ahí.

Que Griezmann está en ese grupo innegociable es también un hecho. Griezmann juega todo, rara vez es cambiado e incluso en los partidos en los que pasa totalmente desapercibido, que últimamente son muchos (o más bien casi todos) y rara vez se ve una crítica a Griezmann en los comentarios de bar (Nota: excluida buena parte de la prensa como fuente fiable de opinión y definitivamente excluidas las redes sociales por excesivamente radicales, inmediatas, histéricas y llenas de opiniones toropasadistas que buscan más realzar lo muchísimo que sabe el opinador ventajista que de buscar la verdad, los bares parecen la única fuente posible para recabar la opinión general). Algunos pensamos que Griezmann debería ser cambiado con más frecuencia y que incluso no le vendría mal empezar algún partido en el banquillo: Griezmann se sabe indispensable y sin sustituto y, lo que es peor, parece convencido de que no será sustituido ni criticado por más que pase 85 de 90 minutos correteando lejos de su marca y desenganchado del juego. El resultado es que Griezmann, jugador finísimo y superior en casi todo a la mayoría de sus rivales, desaprovecha sus condiciones en demasiados casos, quizás por pensar en futuros compromisos en su país natal más que en meter el pie cuando viene un central con malas pulgas a disputarle el balón. Griezmann, que debe marcar la diferencia, últimamente no la marca y no pasa nada por decirlo.

Que el resto de titulares en Astana son cuestionables es algo posible. Que Siqueira es un desastre pero que debería valer para jugar el partido no parece descabellado; que Saúl alterna partidos estupendos con actuaciones gris perla es un misterio pero no motivo suficiente para dejar de contar definitivamente con él. Que Torres está desacertado y acelerado en la definición y trabajador pero insustancial en la pelea es cierto, pero no es motivo suficiente para dudar de que su presencia en el equipo pueda poner en aprietos a la defensa de un equipo kazajo del que nadie había oído hablar hace unos años y mucho menos para faltar al respeto a un jugador que es historia viva (y a buen nivel) del Atleti, sobre todo cuando su único sustituto natural es un colombiano que tiene aún que correr muchos kilómetros y meter muchos goles para hacer sombra a un tobillo de Fernando Torres. Que el Atleti, en fin, sacó en Kazajistán un equipo que debería ser solvente no es algo que podamos dudar más que a toro pasado; que las conclusiones que se están sacando tras el partido parecen exageradas también parece indudable. 

Volvamos al punto inicial. Hace diez días el Atleti ganaba al Valencia (flojo, pero el Valencia) y se llevaba un resultado corto tras un muy buen partido. Desde ese día, en el que la gente salió del Calderón contenta con el equipo y viendo un futuro radiante, el Atleti ha jugado dos partidos: uno, en Coruña, en el que empató tras hacer un buen primer tiempo y un mal segundo. El otro, en Astana, también terminó en empate y se jugó de forma bastante triste. En tan corto tiempo, gran parte de la afición atlética ha pasado de la confianza y el optimismo a la rabia y la crítica al banquillo; en total, 135 minutos malos.

Es verdad que el equipo no ha demostrado hasta ahora en la temporada el control y el juego de hace un par de temporadas, aunque también es verdad que el equipo va cumpliendo con el guión establecido hasta ahora, instalado en posiciones previsibles a estas alturas de la temporada. El equipo, renovado y con bastantes incógnitas sobre todo en el medio campo, ha respondido sólo a medias a las expectativas creadas, y eso es para algunos motivo de reflexión y necesidad de más tiempo; para otros, causa de divorcio, motivo de bronca y demostración definitiva de que el entrenador está finiquitado y el ciclo ha acabado. El aficionado esperaba un equipo de más toque y control, con más talento que músculo y más posesión de balón pero es verdad que el Atleti actual sigue siendo un híbrido entre el equipo vehemente de presión alta y solidaridad constante de hace un par de temporadas y el equipo dominador del balón con gusto con el juego fino que las alineaciones sugieren. La transición no está siendo rápida, o quizás es que 14 partidos oficiales (o por ahí) no sean suficientes para cambiar de modelo, para disipar dudas o evitar la tentación de volver a lo que siempre funcionó.

Es curioso sin embargo lo muchísimo que sabe la afición sobre cómo ir cambiando el estilo de juego de un equipo que ha cambiado gran parte de piezas fundamentales en tan poco tiempo. Es también curioso cómo tras los malos partidos arrecian los recordatorios de todos aquellos que dijeron en su momento que la plantilla estaba mal hecha o que el centro del campo era demasiado inexperto (algo de Perogrullo, por otra parte, de lo que tampoco hay que sacar mucho pecho), mientras que cuando las cosas van bien el silencio es solemne. Es llamativo ver cómo la afición del Atleti considera excéntrica, injusta y disparatada esa reacción tan de Mestalla de montar en cólera a la mínima contrariedad, como si el equipo estuviera predestinado a ganar con facilidad cualquier partido y siempre por aplastamiento a los veinte minutos de juego, pero sin embargo pone de vuelta y media al entrenador y los jugadores tras partido y medio malo sin impacto devastador en los planes de futuro del equipo. Que la afición se haya acostumbrado a ganar es algo positivo, porque de esa manera sube el nivel de exigencia sobre banquillo y jugadores (curiosamente no sobre el palco, ya saben); que esa exigencia se torne en furia nuevoriquista e infantil cada vez que las cosas no van bien resulta un pelo sonrojante. 

El Atleti lleva pocos partidos de liga y pocos partidos de Champions, demasiado pocos como para sacar conclusiones definitivas o perder la esperanza de un mejor juego y una buena temporada. Sin embargo, algunos desatan su furia amparados en el cómodo paraguas del “es que no se va a poder criticar o qué”, como si alguien hubiera prohibido en efecto hablar mal de Simeone. Es cierto que Simeone parece no haber dado con la tecla definitiva y parte del equipo no acaba de entender qué se quiere de él; los cambios suelen hacerse tarde y no suelen mejorar lo visto en el campo, por lo general. Todo eso son críticas legítimas, pero la conclusión que se extrae de ellas no debería ser, necesariamente, que al Cholo se le olvidó el fútbol tal y como sugieren los expertos de salón y algunos periodistas inoculados con el virus obsesivo de la inquina. Se supone que la paciencia es una de las virtudes de la afición atlética, pero cuando llega la hora de mostrarla últimamente parece que brilla más la querencia voceras del nuevo rico que la emulación del Santo Job. En el punto medio, como en casi todo, está esa virtud que pocas veces sabemos encontrar. Una pena.

jueves, 1 de octubre de 2015

Camiseta suplente, carácter de filial

El Atleti salió vestido de suplente en casa y ya con eso habría que haber suspendido el partido, mandar a la gente a casa y organizar una protesta ante la Unesco. Dado que no se hizo, quizás habría que haber respondido a la irresponsable y maleducadísima porción de la afición portuguesa que se dedicó a tirar bengalas al público (algo que uno nunca había visto en el Calderón, toda una vergüenza) para acotarles y sacarles del campo con dirección al cuartelillo. Hay cosas intolerables y una es esa de tirar cosas ardiendo al personal; nos tememos, además, que la cosa acabará con el Atleti sancionado.
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Salió el Atleti vestido de azul marino, extraño en su propia casa, y jugó un partido igual de extraño, bueno a ratos, malo a otros, catastrófico en lo relativo al resultado y muy preocupante en lo que se refiere a las sensaciones que deja el equipo tras el mal partido de Villarreal y el próximo partido en casa, el partido que menos le gusta a uno.

Salió el Atleti con el portero bueno y la defensa buena y esa variante que hemos visto en el medio y delantera, esa que consiste en jugar una especie de 4-4-2 que es a ratos un 4-3-3 cuando Griezmann sale de la zona del centro del campo y un 4-1-4-1 cuando Correa (o quien corresponda) se agolpa en la zona central, a veces superpoblada.  En el mutante dibujo de la parte alta del equipo estaban Gabi y Tiago, los de siempre, además de Óliver, Griezmann, Correa y Jackson Martínez, ese enigma. El equipo, sobre el papel, resultaba valiente y agresivo ante un equipo bien plantado como el Benfica, con la defensa cerquita del portero y muchos kilos y muchos centímetros por la zona del área, buscando la salida fulminante a la contra sobre todo si es Gaitán el que lleve la iniciativa.

Y así se plantó el Atleti y, qué cosas pasan, lo hizo bien. Durante muchos minutos de la primera media hora de partido el Atleti combinó y combinó, llevó la iniciativa, se impuso en el medio campo (al menos en la parcela central) y tiró a puerta: primero, en dos córners jugados al pie y frente al primer palo, uno de ellos con posible penalti tras tiro de Tiago. Luego, en jugadas con combinaciones entre varios jugadores que terminaban con pases desde los lados para que Jackson, que parecía entonado, tirase desmarques y se situase entre los centrales para rematar, algo que consiguió, sin fortuna, en tres o cuatro ocasiones. Óliver parecía cómodo, más cómodo que nunca durante el rato que combinó bien con Filipe Luis, que pareció volver a ser el de siempre. Correa buscaba su sitio y encontró un remate clarísimo que se le fue alto tras un rechace del portero y un gol que ponía por delante al equipo. Durante un buen rato el equipo pareció divertirse, con todos los jugadores enchufados: de habernos preguntado a cualquiera cómo veíamos el partido, todos sin excepción habríamos apostado por una victoria relativamente cómoda del Atleti, no por menos de 2-0, quizás por 3-0 en cuanto se diera un poco de suerte o el Benfica flojeara al final del partido.

Pero, cosas que no veíamos hace tiempo, pasó algo y tampoco fue tan raro: el Benfica metió un gol. Algo tan previsible y probable como un gol en contra fue a la postre mucho más que un gol, mucho más que un lance. Con un gol, sólo con un gol y con el aderezo posterior de bengalas, protestas en la grada, tangana gana-tiempo y visita al vestuario, el equipo se descosió, se deshizo en hebras, se convirtió en estatua de sal.

La grada esperaba un equipo resuelto y convencido de la victoria tras una bronca en las duchas, un equipo con ganas de recuperar el control del partido y hacer el mismo fútbol que la primera media hora. Sin embargo, se encontró con la aparente lesión de un contrario tras el choque con su propio portero, con la consecuente salida de asistencias médicas y un fisioterapeuta gordísimo vestido de naranja que llevaba un maletín-nevera en el que probablemente llevase cuñitas de queso y un melocotón, y ya de paso con un parón de 4 minutos. Aún con el lesionado en la banda, un contraataque portugués acabó con un gol en contra. Otro gol en contra, dos goles en dos fogonazos, en dos contraataques de esos que uno no se puede explicar por la facilidad con la que llegaron los rivales a estar cerca de Oblak.

Con mucho partido por delante y tiempo de sobra para empatar y remontar, el Atleti se deshizo. Quizás presionado por ir vestido de visitante, quizás amnésico tras el golpe recibido y olvidados los primeros minutos del primer tiempo, quizás simplemente desbordado, el equipo se apagó. Dejó de funcionar Jackson, que sin haber funcionado mucho al menos mostró recordar dónde juegan los de su puesto durante el primer tiempo y por primera vez en muchísimos minutos. Dejó de funcionar Óliver Torres, especialista en arranques de partido con brío y brillo para pasar al rato a dar la impresión de ser un alma en pena, un juvenil desbordado cuando las cosas no son exactamente como a él le gustaría. Dejó de funcionar Filipe Luis, que había empezado más cómodo al tener cerca a Tiago y Óliver y poder desplegar ese juego fino tan suyo que le llevó en su última temporada en el Atleti a entrar y entrar por su banda con ademanes de espadachín de salón, pasando el segundo tiempo por un imitador deprimido del fabuloso lateral izquierdo campeón de Liga.

No llegó a venirse abajo Vietto porque directamente ni compareció, escondido siempre tras un marcador a la manera del mismísimo Maniche, maestro del camuflaje y el escapismo, nerviosísimo, sufriente como un San Sebastián aseteado. Tampoco pudo darse el lujo de venirse abajo Saúl, quien firmó quizás el peor partido que uno le recuerde y eso que estuvo sólo un rato en el campo, unos minutos en los que consiguió hacer prácticamente todo mal para sorpresa de los que le vimos jugar con solvencia ante el Getafe. Tampoco se vino abajo Griezmann por la sencilla razón de que, una vez más cuando el partido no va del todo de cara, prefirió no comparecer, no participar, no sentirse involucrado al no ser la posición de su agrado, al preferir jugar con alguien cerca que no sea Correa, al ver que la cosa no iba del todo bien, al ser mes con R.

Seguramente Simeone cometió errores. Cometió probablemente el error de poner por delante de Juanfran y Filipe Luis a dos centrocampistas, Óliver y ayer Griezmann, que implican la renuncia a cualquier juego de ataque de los laterales; ese sistema parece funcionar si el equipo entero está enchufado, pero en cuanto se desentiende Griezmann o se desmorona Óliver, los laterales se desbordan y se produce un efecto dominó que hace temblar al resto. Seguramente, o sin ningún género de dudas, se confundió Simeone en los cambios: otra vez tarde a la hora de meter a Torres, otra vez raro al retrasar la decisión de sacar del campo a Griezmann, esta vez desacertado por meter a Saúl a jugar con dos pivotes más y Vietto, el ausente, por delante. Quizás el estilo ultra exigente del Cholo sea excesivo para según qué jugadores, lo que explicaría que sólo los más veteranos, independientemente de tener el día o no, de estar más o menos acertados, mantienen la posición cuando se desata el vendaval. Quizás los jugadores no aguanten tanto tiempo bajo la estricta mirada de Simeone y el Profe Ortega, aunque esta teoría se desmonta cuando se comprueba que son los que más tiempo llevan en la casa, junto con el portentoso Giménez, quienes mantienen el pulso. Quizás no haya conseguido inculcar aún a Jackson, Vietto y Ferreira lo que se espera de ellos a pesar de haber costado una fortuna; la inversión, a día de hoy, se antoja disparatada al ver que hasta ahora no parece servir para reforzar el centro del campo y únicamente ha dado algo de aire al ataque.

Seguro que Simeone lo pudo hacer mejor, pero el que suscribe cree que no fue el único en derrapar, ni tampoco el máximo responsable del derrape. En una segunda parte lamentable, sólo la vieja guardia aguantó el tipo: Godín, Giménez, Juanfran, Tiago y Gabi hicieron lo que saben hacer. Del resto, sólo Correa, y a ratos, estuvo a la altura. Ni Jackson ni Vietto ni Saúl ni Filipe Luis ni mucho menos Griezmann parecieron ser jugadores capaces de revertir una situación a pesar de su calidad, experiencia y precio, y son demasiados y demasiado caros. Siendo Simeone un experto en convertir simples jugadores de fútbol en futbolistas, queda aún la esperanza de que Vietto, Ferreira y Jackson se reencuentren con su propio yo pasado y vuelvan entre nosotros, los vivos; eso sí, por ahora no está pasando, así de simple.


Mientras tanto, el Atleti parece haber perdido eso que tenía hace bien poco y que no sabemos definir, ese algo que es parte casta, parte oficio, parte estudio y trabajo previo, parte fe ciega en uno mismo. El Atleti, y sobre todo algunos jugadores de los más finos y caros, parece haber perdido el carácter que lo convertía en admirable para los propios e insoportable para los rivales, ese plus del ganador, ese elemento que olíamos y notábamos en la piel al entrar en el Calderón y que últimamente sólo se hizo notar en Sevilla. La temporada acaba de empezar y los fans del medio plazo aún consideramos que es pronto para sacar conclusiones definitivas, a diferencia de los analistas atoropasadólogos y agoreros que pueblan Twitter; aún así, las cosas no van como debieran, algo irritante viendo un equipo titular viste de suplente y muestra carácter de filial. Y, también aún así, algunos seguimos con la fe intacta. 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Nosotros, a lo nuestro




Tras la derrota contra el Barcelona el pasado sábado, hubo al parecer un clamor (o eso cuentan que ocurrió en ese mundo paralelo  e irreal que son ciertas redes sociales) denunciando la aparente mezquindad del planteamiento del Atleti,  la racanería del entrenador a la hora de alinear jugadores de pellizco, el despilfarro que supone haber fichado y fichado jugadores de toque y finta para luego entregar el balón al rival. Un clamor de denuncia, en definitiva, contra la súbita conversión del Atleti que ganó la Liga hace bien poco en equipo pequeño con aspiraciones lejos de lo que la afición demanda.

Es sabido del gusto reciente de medios y aficionados más jóvenes por el fútbol de filigrana fútil y bota de colorines, pariente chico y mediático de ese deporte que muchos hemos practicado en el que cabían prodigios técnicos y honradas bestias pardas, zurdas de seda y cuellos de boxeador, fieras corrupias y espadachines de salón, colibrís y osos pardos. Según el gusto modelado en los últimos años, a ciertos aficionados el contraataque les parece cosa de equipo pequeño y el motor físico es cosa de quieroynopuedos, siendo únicamente aceptable el juego de posesión y triangulación infinita, de tacón y regatito, de celebración ensayada, escudo besado en la presentación y cejita recortada para el anuncio de after-shave. La arrancada física, piensan algunos, es cosa de equipos bastos; lo mismo ocurre con la presión fiera, con la cabeza fría para esperar y provocar errores y la cabeza caliente para salir a tumba abierta una vez el rival ha perdido los papeles, con la cabeza marcada de cal de tanto despejar balones laterales.

A raíz del partido del Barcelona, parece que muchos aficionados pusieron el grito en el cielo por no ver un Atleti triangulante y dominador frente al Campeón de Liga, Copa y Copa de Europa: Fulano no vale, Zutano no vale, Perengano está acabado, Simeone es un cobarde. La afición del Calderón, maravillosa para muchas cosas pero desesperante para otras, ha sido lenta para apreciar lo que hacían ciertos jugadores e injusta con muchos futbolistas limitados pero honrados, ha abucheado a tipos admirables y ha aplaudido a rabiar a comadrejas. Ahora una parte parece que reclama del equipo un juego lleno de dorados, balaustradas y figuras de Lladró que cierta prensa y ciertos audaces opinadores con ganas de llamar la atención exigen para acabar de una vez por todas con el juego de presión solidaria, robo de balón y ataque fulgurante que llevó al equipo a ganarlo casi todo en pocos años.

Así, de buenas a primeras, algunos opinan que el Atleti no funciona, que el equipo está mal hecho, que el entrenador ha tocado techo, que las cosas se hacen rematadamente mal para lo que se merece esta afición de repentino morro fino que muchas veces no distingue un jugador de fútbol de un striper, una figurita de plomo o un krausista con espinilleras.

Qué cosas pasan, oiga, qué cosas pasan.
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Salió el Atleti al campo en Estambul mirando a las gradas llenas de gente y en ese preciso momento al menos dos mil periodistas y treinta mil aspirantes escribieron en un folio en blanco algo sobre el Infierno Turco. El Infierno Turco es a estas alturas un pariente más al que los equipos visitan una o dos veces al año por su onomástica. A ver señores, péinense bien que esta tarde vamos a ver al Infierno Turco. ¿Al Infierno Turco? ¿Otra vez? Si hijo, ya sabes que de vez en cuando hay que ir a ver al Infierno Turco a ver qué tal está, a comprobar que come bien, a regarle un poco las plantas a las que no llega. El Infierno Turco tiene mala fama pero recibe muy bien a los visitantes vestido con chilaba blanca y tarbush, les da té y pastas y, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz y mirando por encima de los cristales, pregunta por los niños y por la salud de uno. ¡Hola majos! ¿Todo bien? Qué bien que vengáis a verme, sentaos, sentaos, coged una pasta, ¿queréis té o café? Si tenéis calor abro una ventana o pongo el ventilador, vosotros diréis.

El Infierno Turco, eso sí, es algo cansino con tanta visita pero le gusta mucho a los periodistas porque así luego puede hacer juegos de palabras diciendo que el Infierno Turco se convirtió en el Paraíso, del Infierno Turco al Cielo, Fulano se inmola en el Infierno Turco, Zutano enfría el Infierno Turco, el Infierno Turco se convierte en la Calle Infierno, la de los cacharritos. Hay que ver con el Infierno Turco, a ver si les dejan en paz con tanto adjetivo infernal y tanto juego de palabras de segunda y tercera mano.
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Salió el Atleti al campo ves-tidó-deá-zul, con su camisita y su canesú, y con una alineación diferente a la del sábado que, eso sí, mostraba un dibujo parecido: mismos centrales, mismo lateral derecho, Siqueira por Filipe Luis (al parecer con molestias); en el centro Tiago y Saúl, que salió por Gabi; Koke en un lado, Griezmann al otro (cambiando), Vietto y Jackson Martínez. En principio, una importante novedad: tres puntas, aunque uno de ellos, Griezmann, más bien salió pegado a una banda por detrás de los puntas, a la altura de Koke. Eso sí, Griezmann cambió de banda, filtró pases, buscó rematar de segunda línea y meterse en el área chica y terminó jugando más o menos donde le apeteció en cada momento. Mucho más cómodo que contra el Barcelona, el equipo entero y Griezmann en particular hicieron un estupendo primer tiempo, mostrando mucha superioridad sobre el Galatasaray, equipo bastante menos fiero de lo que los juglares del Infierno Turco habían glosado.  Tras el partido del sábado, producía especial interés ver cómo iban a jugar los dos jugadores más desafortunados frente al Barça, Koke y Griezmann.

Para tranquilidad de todos, Koke jugó bien. Quizás corriendo de más de lo que debe todavía en algunas fases, Koke recuperó balones, levantó la cabeza, jugó bien en corto y metió un fantástico pase largo en el segundo gol que Godín, imperial durante todo el partido, centró con autoridad a Griezmann. Tras su decepcionante partido contra el Barça, Koke volvió a transmitir confianza y poderío, y mantiene por tanto en la hinchada la esperanza de que este año sea el líder silencioso, batallador y técnico que el equipo necesita para gestionar los partidos grandes. Por ahora no salió bien el del Barcelona, pero salió mejor el de ayer, como el de Sevilla.

Griezmann, por su parte, volvió a dejar claro que lo suyo con los goles es una historia a caballo entre el amor y la precisión quirúrgica. Mucho más libre y cómodo que en el partido contra el Barça, Griezmann empezó detrás de los delanteros en la banda derecha y más tarde se pasó a la izquierda; jugó entre líneas, jugó con los medios, jugó con los delanteros y metió un gol magnífico a pase de un estupendo Juanfran, un gol de calidad y finura, un gol difícil resuelto con maestría y precisión de snipper de los Marines, un gol al primer toque, de lejos, junto al palo, imparable, un golazo. Volvió a marcar desde muy cerca de la línea tras gran pase y gran cabezazo de Godín, y con eso y un bizcocho (turco) cerró el partido y santas pascuas, oiga. Cuando Griezmann está cómodo e implicado, aunque sólo sea un tiempo (ayer se tomó el segundo sabático), el Atleti marca más, marca en momentos importantes, marca la diferencia. Si llega a andar más fresco y da a Torres un balón que le quedaba en bandeja para marcar en vez de tirar al portero, su partido habría sido aún más redondo.

Despejadas las dudas sobre dos de los más desafortunados contra el Barça, y despejada también sobre Óliver Torres, que salió un rato y regó el césped de perlas, conviene centrar la duda sobre los que no jugaron el sábado. Siqueira jugó en su línea de desatino y disparate mezclado con buenas carreras y muestras de una técnica que, bien usada, le convertirían en un jugador notable. Saúl, en el doble pivote como ya se le vio en pretemporada, estuvo sólido y solvente, con menos brillo del que puede dar pero anunciando muchos minutos este año. Vietto, mejor que en otras ocasiones, dejó entrever síntomas de mejoría: pareció entenderse bien con Griezmann y Koke, se quitó en parte el empanamiento que le vimos en Cádiz y se apuntó a la lista de candidatos a alternativa de ataque.

Párrafo aparte merece Jackson Martínez. Titular al fin, algo que parecía lógico tras el palizón que se pegó Torres el sábado, Jackson emitió llamativas señales de despiste y falta de ritmo. Lento, pesadote, trotando y casi nunca corriendo, Jackson pareció no haber entendido aún qué se espera de él. Torpón y algo desbordado, ni desempeñó esas tareas de primer defensa que Simeone exige a sus delanteros centro (y que también hace Torres) ni apareció en ataque. A la postre Jackson no jugó ni de delantero rematador ni de delantero presionador ni de delantero portor de las estrellas del triple mortal que frecuentan el medio campo del Atleti estos días. Cuesta pensar que un tipo con ese físico no sea un tormento para las defensas, o que alguien que ha marcado tantos goles en Champions anduviera ayer por el campo con ese aire de qué hago yo aquí; de haber sacado un mapa de la espinillera, algún amable estambuleño le habría preguntado si buscaba algún sitio en especial o le habría recomendado una óptica. A Jackson parece faltarle aún mucho para ser el jugador que al parecer es; no obstante, ni Griezmann ni Falcao ni algún otro fueron capaces de hacerse con el manual de instrucciones del puesto nada más llegar y luego fíjense Vds la que liaron.


El Atleti ganó con autoridad un partido importante, sobre todo por venir de perder en casa por la mínima - y por culpa de unos cuantos detalles - ante el equipo campeón de casi todo. La imagen que el Atleti dejó ayer en Istambul (not Constantinople) fue de equipazo solidísimo, lo que confirma el hecho de que fuera tratado por el equipo local como tal; resulta curioso por tanto que tras sólo unas pocas jornadas de liga la mismísima afición que llena la grada vestida de pielroja se plantee si el carácter del equipo de Simeone ha dejado de ser competidor para convertirse en mendicante. Lo dicho, nosotros, a lo nuestro. 


jueves, 11 de diciembre de 2014

De viajes, entradas y policías

Turín, Piamonte, Italia, está relativamente cerca y es un sitio bastante bonito. Además en Turín juegan dos equipos de fútbol y el Atleti se enfrentaba a uno de ellos. Esta es la crónica de un viaje raro.


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Turín es una ciudad bien bonita. Es amplia, tiene un centro grandote y bien conservado y desde casi todas partes se ven los Alpes, nevados en esta época del año. En muchas calles de Turín hay soportales y casi todo el tiempo uno camina bajo techo, con lo que a veces no ve bien la calle por la que va, los edificios, el cielo; eso sí, cuando llueva o nieve, que debe ocurrir con frecuencia, uno no se moja y puede ir tan contento a tomar café, galletitas y amaro. Pero el día de autos, y como mandan los cánones siempre que juega el Atleti, el cielo estaba limpio y lució el sol para celebrar la efeméride durante un día muy corto en una ciudad muy al Norte en la que hace frío, sobre todo de noche con el cielo raso.

En Turín, en día de partido de Champions en el que uno de los equipos locales se juega ser primero de su grupo y en el que viene a la ciudad ni más ni menos que el campeón de Liga, no hay mucho ambiente futbolero. Por un lado, es normal que los habitantes de la ciudad del equipo local estén trabajando en martes laborable y no en la calle dando saltos; por otro lado, siendo el día que era, tras los acontecimientos recientes y siendo partido de grupo, muy poca gente del Atleti acudió a Turín. Pero hay un tercer factor más determinante y más llamativo aún: en Turín no hay demasiados aficionados de la Juventus de Turín, por raro que les parezca.

La Juve, el equipo con más seguidores de Italia y el más popular entre los italianos que viven en el extranjero, es de Turín pero poco, como si no fuera de Turín, vamos, como si fuera de al lado, oiga. La Juve juega en Turín pero bien podría jugar en otros sitios, en otras ciudades más al Sur, en Palermo, en Malta, en Australia. En el centro de Turín la gente es normalmente del Torino, y te lo hacen saber con la misma rapidez que los del Atleti confesamos nuestros colores, esto es, a los cinco minutos de conocer a alguien, durante una entrevista de trabajo, en el momento de recibir el Premio al Hombre Más Discreto de la Comarca, al entrar desfondado en la línea de meta tras completar el maratón. En Turín los camareros, los taxistas, los dependientes de las tiendas rápidamente te hacen saber que confían en el Atleti para ganar a la Juve, para hacer callar a la masa blanquinegra que viene altiva desde las afueras, desde las zonas industriales, de Nápoles, de Sicilia, a pesar de no explicarse cómo no juega de titular el ídolo local, Cerci.

La Juve es para los turineses el equipo de los de fuera, de los inmigrantes que vinieron a trabajar y ganarse la vida en las fábricas de los Agnelli y vieron en la Juventus una forma de asegurarse un ratito de alegría los domingos, siguiendo a un equipo poderoso y bien relacionado con la autoridad (deportiva y no), evitando las fatigas de seguir a un equipo menos ayudado por fuerzas externas. Por eso los turineses del centro ven al Torino, para algunos el equipo italiano con más similitudes con el Atleti, como el emblema de la ciudad verdadera enfrentado a la Juve, el emblema del poder económico e industrial de los alrededores, el equipo del resto. Quizás por eso los del Torino vieron en el Atleti la posibilidad de mantener en silencio a sus insoportables vecinos durante unas horas; quizás por eso los del Atleti, a pesar de lo bien que nos trató todo el mundo, volvemos de Turín habiendo desarrollado una simpatía especial por el Torino y por su canción de cabecera.  



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El hincha con gafas es normalmente bien recibido en las ciudades tranquilas: esta frase lapidaria podría perfectamente grabarse en piedra en la entrada de cualquier localidad futbolera, para tranquilidad del visitante y de la población local, e incluso ser el lema de alguna peña ajedrecista. Los pocos aficionados del Atleti que aparecieron por Turín quizás tuvieran una vista excelente, pero se comportaron como si tuvieran gafas, o al menos eso vimos por la calle. Ni un grito, ni una mala palabra, ni un mal gesto se vio durante toda la mañana en Turín que, por cierto, estaba bastante vacía y tranquila.

Más en concreto, el peligroso grupo de aficionados con el que el que suscribe acudió al Piamonte hizo un primer alto en el camino y compró unas pantuflas de lana la mar de calentitas, una especie de abrigo loden para los pies, toda una declaración de principios. Armado con este signo distintivo, el grupo de seguidores, a quien desde ahora llamaremos “i Temibile Pensionati”, se dedicó a recorrer el centro de la ciudad llevando a cabo su rosario de acciones provocativas: fotografiaron iglesias barrocas, tomaron café por la zona de los soportales, pasearon hasta la Molle Antonelliana, hicieron fotos al Palacio Real, bebieron cerveza tostada (muy rica, por cierto) y comieron pasta con diferentes acompañamientos en una trattoria antigua situada frente a una capilla preciosa. De haberse encontrado con algún grupo rival ducho en sus mismas tácticas de guerrilla urbana y localización de tascas, tal y como los archiconocidos Próstata Boys o los temibles Nación Miope, habrían medido fuerzas compitiendo en actividades propias de su tribu urbana: la petanca extrema con boliche cuasi-invisible, la alimentación selectiva de palomas autóctonas ignorando a las razas importadas, la supervisión de obras desde valla metálica o la disciplina reina: la actualización lenta de cartilla de ahorros en sucursal bancaria llena de gente con prisa, la verdadera razón de ser del Movimiento Pensionista.  

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Bajada la pasta tras un paseíto, dos cafés solos y unos cuantos amaros (Averna, Braulio, Montenegro y uno local cuyo nombre fue imposible retener tras los pelotazos previos), recogida la ropa de abrigo en el hotel y santificada la honrosa tradición de la siesta (breve), el audaz grupo se dirigió al estadio de la Juve - eso sí, en taxi, que se va más calentito, aunque el Ayuntamiento había previsto unos autobuses gratuitos que llevaban a los aficionados españoles hasta el estadio la mar de bien. El taxista - del Torino, claro – explicó a los integrantes de la expedición que les llevaría directamente a la zona del estadio por la que entran los visitantes, cosas de los protocolos de seguridad de la ciudad.

Nota al margen: Al llegar al campo, que está en una zona moderna, apartada, rodeado de franquicias de restauración y grandes almacenes de electrónica, sin gracia ninguna y lejos del centro histórico, lo primero que a uno se le viene a la cabeza es cómo será nuestra triste existencia una vez nos obliguen a ir a la Peineta. Por más que tengamos claro que la milonga peinetera puede aún dar muchas vueltas, resulta imposible no pensar en la suerte que tenemos al poder ir cada dos semanas al Calderón andando desde el Madrid de los Austrias, caminando tan tranquilos desde la Puerta de Toledo, a tiro de piedra de la Plaza Mayor, de San Francisco el Grande, de la calle Toledo, de la Latina, de los bares, de las terrazas. Como en otras cosas, acabaremos lamentando la tibieza de la grada a la hora de reclamar que el Calderón siga en su sitio, el silencio, la ausencia de protesta, el encogimiento de hombros, el comulgar con ruedas de molino. Al tiempo.   

Una vez cerca del estadio, el taxista preguntó a un policía dónde debería depositar ai tifossi de l’Atletico di Madrid. En una operación nunca vista antes, la policía cortó literalmente el tráfico, detuvo el río de seguidores juventinos que iban al campo y condujo al taxi, en contramano y por zonas prohibidas, hasta una gran puerta metálica. La puerta se abrió y el taxi entró en un recinto vallado más extenso que un campo de fútbol en el que los taxis y autobuses que traían aficionados rojiblancos entraban y descargaban hinchas como quien descarga sacas de un furgón blindado, para ser encerrados entre las vallas a continuación.

Dentro del recinto vallado había unos cuantos aficionados del Atleti, unos cuantos Stewards (Esteban, en castellano) y unos cuantos policías. En un extremo del recinto vallado se recibía a los aficionados del Atleti y se les hacía pasar por una estrecha puerta metálica. Allí se pedía la entrada y un documento de identidad, y se procedía a cotejar entrada, documento y nombre con los datos impresos en una lista manejada por otra Steward (Estefanía, quizás), que miraba que todo coincidiese. Los Stewards miraban y remiraban a los aficionados, les obligaban a deshacerse de ciertas camisetas y bufandas y a algunos hasta les pedía quitarse las botas, no fuera que llevasen calcetines con tomates. ¿Y para qué valía todo esto? Pues para decidir quién entraba y quién no.

En el momento de comprar las entradas, el Club ya había advertido que en Italia, país con graves problemas de ultras, eran estrictos con la norma que obliga a identificar a cada aficionado antes de entrar al estadio. En términos prácticos, esto implicaba que, de no coincidir el nombre del abonado con cuyo carnet se compró la entrada con el nombre del portador de la misma en la puerta, la Juventus podría negar la entrada al estadio al visitante. En otras palabras, que un abonado, por bienintencionado que sea, no puede comprar una entrada para un estadio italiano y regalársela a su sobrino que vive en Bolonia haciendo el Erasmus, porque este se quedará en la calle a pesar de tener una entrada válida. Quédense Vds con este valioso dato para el futuro.

Así le ocurrió al menos a una treintena de personas, quince más si añadimos a un grupo de polacos con bufandas azules y blancas que sorprendentemente (o quizás no tanto) se agolpaban en la cola formada ante la puerta metálica rodeada de Stewards vestidos de naranja o amarillo, esto es, Stewards de naranja y de limón. Italianos aficionados al Atleti, chicas que habían viajado con su novio abonado para ver el partido gracias a la entrada sacada por un amigo, un grupo de mujeres con acento brasileño, unos cuantos chavales helados de frío y alguno de los conocidos Temibile Pensionati se quedaron en la puerta esperando a ver si se encontraba una solución entre unos y otros.

La policía italiana y los stewards eran inflexibles: si el nombre no figuraba en la lista, no se entraba. La lista, entendemos, la envió el club (el nuestro) y no era sino la relación de los abonados que habían retirado su entrada, con su nombre y número de socio. Como ya se ha dicho, el club advirtió de esta posibilidad y por tanto nada hay que afearle en ese aspecto, puesto que los que fuimos conocíamos el riesgo de poder quedarnos fuera y lo asumimos; quizás pensamos que la Juve aplicaría un criterio más flexible viendo uno a uno a los visitantes, como ocurrió en el pasado en otros partidos. Si el Club pudo hacer más en Madrid, facilitando a la Juve el nombre de aquellos invitados para los que los abonados retiraron la entrada, o en Turín, al menos enviando alguien a intentar asistir a los aficionados desplazados en la puerta en la que discutían con los stewards para intentar encontrar una solución satisfactoria para todos, es otro tema. La realidad es que al final nadie del Club apareció, sólo los abonados (esto es, los que pagan siempre, incluso antes de ver los fichajes) pudieron entrar y quedó claro una vez más que el aficionado está a la cola de las prioridades del Club, aunque los que pagan quizás reciban un trato un poquito mejor que los que meramente simpatizan (por más que luego el presidente presuma de afición de tele en tele).

Sí lo intentaron por activa y por pasiva los policías españoles que acompañaban a los aficionados como parte del dispositivo de seguridad, y es justo nombrarles y agradecerlo: los policías españoles, sin ser esa su misión, trataron de convencer a los policías locales de que la poca gente que quedaba fuera era tranquila y educada, propusieron formas alternativas de identificación para facilitar la entrada al campo de los que esperaban en el frío, llamaron, preguntaron, nos explicaron lo que pasaba, se preocuparon por nosotros. El mensaje, eso sí, cambió poco por más que lo intentaran: no pinta bien, de no haber pasado lo que pasó hace una semana la historia sería otra, tienen órdenes claras de no hacer ni una sola excepción. Esta idea tajante la confirmó un steward de limón con el que hablaron los Temibile Pensionati para intentar que una chica con aspecto poco violento pudiera entrar con su novio, que sí tenía entrada, usando la entrada de uno de los jubilados viajeros: “no hacemos excepciones. Las órdenes son claras, a día de hoy todo aficionado del Atleti es considerado peligroso”.  Triste. Tristísimo. Real. Lamentable.
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Del partido, que al final era lo de menos, poco que contar que no se haya contado. Quizás, que el pequeño grupo de atléticos que estaban en la grada se comportó de manera tranquila y correcta, al menos desde donde vio el partido el que suscribe, a pesar de que al parecer hubo quien prefirió llamar la atención de fotógrafos y comités de disciplina. También, que la grada turinesa no es tan caliente como uno esperaba aunque suene fuerte en la televisión, y que el nuevo estadio, cómodo y bonito, carece (como le pasa a los estadios modernos) del encanto de los campos viejos de gradas irregulares y grises, sacrificada la personalidad en aras de la seguridad, la comodidad, la telegenia y el contrato del promotor. Que los aficionados de la Juve fueron la mar de amables e intercambiaron aplausos, camisetas y bufandas con los aficionados del Atleti al final del partido. Que durante muchos minutos la grada juventina estuvo en silencio y en tensión viendo a un equipo agresivo y bien plantado que les puso en muchos más apuros de los que están acostumbrados, y que de ese silencio y de esos aplausos finales se desprendía la admiración y el respeto que el Atleti merece y que en España no recibe, a veces por forofismo, a veces por miopía intelectual, a veces por proteger aún más a los ya protegidos, a veces por mera idiocia mechada de rabia. Que a ojos de la afición de la Juve, que algo de fútbol ha visto, el despliegue defensivo del Atleti es digno de admiración, que la facilidad para salir tocando de avisperos de los que otros salen al pelotazo es simplemente mágica, que la agresividad del medio campo no es violencia sino virtud, que el peligro a balón parado es un recurso formidable y no un motivo de crítica. Que la explosión de júbilo final de jugadores como Buffon o Pirlo dice mucho más sobre lo que es realmente este Atleti que mil palabras huecas de la prensa enfurruñada cuando no son sus favoritos los que levantan la admiración de los grandes. Que quizás si alguien hubiera visto la reacción del ilustre suplente Morata a las burlas de los atléticos durante su calentamiento post partido, el mito del señorío habría sufrido un nuevo revés. Que, incluso quedándose fuera, incluso teniendo indeseables en sus filas, incluso en las horas más complicadas, es un orgullo inmenso ser de este equipo gigante y de esta afición que, con menos dificultad de la que muchos piensan, seguirá siendo la más ruidosa, la más leal, la más entregada también cuando se extirpe el tumor que tanto daño hace a nuestra imagen, nuestra tranquilidad y, visto lo visto, nuestras posibilidades para pasar lejos del Calderón un día de fútbol inolvidable en paz y tranquilidad. 

lunes, 26 de mayo de 2014

48 horas (Crónica cavernaria para Bambino y Bravido)

Pasadas 48 horas del batacazo, del disgusto, del sofocón, pasadas 48 horas desde el momento en el que uno intenta no pensar desde hace 48 horas, pasadas 48 horas del instante que uno recuerda y aún no cree, cuerpo y mente empiezan a metabolizar lo vivido, a relativizar los sentido, a poner en perspectiva el significado de todo. A respirar, vaya.



Desde 48 horas antes del momento, en Lisboa, el Atleti entero – ancianos, mujeres y niños por delante - vivió un momento de esos que uno nunca cree que va a vivir por demasiado rebuscado, por demasiado retorcido, por demasiado cruel. Horas antes de ese instante la gente del Atleti iba feliz hacia Lisboa, confiada en vivir un día bonito que podría acabar en victoria o en derrota pero no en guión de tragedia trágica, de drama dramático, de calamidad plusquamcruel. La afición, feliz por haber sido campeona de liga ni más ni menos unos pocos días antes, iba hacia Lisboa preparada para todo, principalmente para la derrota y también para la victoria, a sabiendas de que un nuevo título la convertiría en protagonista de quizás una de las gestas deportiva más grande de todos los tiempos, a sabiendas también de que una derrota no supondría más que un “uy” rozando el poste en la temporada más gloriosa que uno recuerda.

Desde la mañana del sábado Lisboa, que es chiquitita y preciosa, estaba llena de gente de ambos equipos, todos con sus camisetas, todos mezclados, todos tranquilos. Llamó la atención la ausencia de faltas de respeto, la buena onda general, la mezcla pacífica entre dos aficiones rivales hasta el tuétano que, quizás por obra de la paz que irradia Lisboa o bien porque la gente, harta del chirrido que producen los enfrentamientos comerciales de los tertulianos sobreactuados y faltones y las peleas cerriles de los grupos radicales, parecían mucho más preocupadas de no aguarle el viaje al contrario que de hacer valer su presencia a voces.

Quizás la clave del respeto general fue que en Lisboa esta vez los que estaban eran las gentes del fútbol, los que van todos los domingos a los dos estadios, los que conocen la línea fina que divide el fracaso del éxito y que por ello dan un valor al respeto que no dan los aficionados de boquilla y día señalaíto, esos que no van nunca al campo si no es invitado y con jamón, esos que se enteran de los resultados el lunes por la mañana y sonríen burlonamente cuando se descubren de que ganaron los suyos, esos de ganamos pero perdieron, esos que abusan de la buena educación de los que sí se significan públicamente, esos que no entienden nada ni lo entenderán nunca: los tocahuevos acomplejados, vaya, para qué vamos a andar con circunloquios.

En Lisboa unos y otros pasamos un día fantástico, dimos paseos por las cuestas, tomamos cerveza en las terrazas, comimos bacalao. Ni un solo incidente vio el que suscribe, ni una sola palabra fuera de tono, ni una sola falta de respeto. En Lisboa, ciudad balsámica, quedó patente la diferencia entre madridistas y vikingos; sí, lean bien, madridistas, la palabra que nunca antes se escribió en este blog, el nombre que nunca antes ha sido mencionado desde estas líneas, el apelativo prohibido. En las calles de Lisboa pasamos unas horas preciosas y tranquilas y eso hay que agradecerlo a las dos aficiones y a las ganas generales de no faltar al respeto. De la nuestra no dudábamos, a la rival se lo reconocemos y se lo agradecemos.
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Tras 93 minutos de angustia y una puñalada que nunca olvidaremos, empezó a quedar claro que el partido no se ganaría. Quizás el rival mereció empatar antes, quizás mereció ganar en la prórroga como lo hizo, quizás el resultado fue demasiado abultado al final, quizás el fútbol es un deporte en el que la justicia no siempre impera pero parece que la injusticia impera más para unos que para otros. Quizás de haber ganado el partido el Atleti, el resultado hubiera sido injusto; quizás, de mirarse el total de las eliminatorias, el título lo merecía el Atleti más que nadie. Quizás.

Lo que sí es seguro es que el desenlace fue demasiado cruel como para ser digerido con facilidad, demasiado dramático como para no preguntarse quién decidió el guión. El gol en el descuento otra vez, como en el 74, llevando al equipo a jugar una prórroga cuando la mayoría de jugadores no podían casi correr, algunos cojos, otros acalambrados, fue un colofón demasiado dramático y teatral, desproporcionadamente duro, injustamente cruel. El dolor de la grada rota y agotada tras apabullar a la rival durante todo el partido sin dejar un momento de gritar, los gestos del entrenador pidiendo salir con la cabeza alta, la ovación de los periodistas al entrenador perdedor al entrar en la sala de prensa son gestos inolvidables que quizás no nos habría gustado vivir. Tampoco nos habría gustado vivir, claro está, la celebración patética del cuarto gol, uno de los momentos más ridículos del deporte universal, sin duda el episodio más tonto y lamentable que uno recuerda a su autor, y eso que tiene un curriculum envidiable, rico en disparates y tontunas.

La bofetada final vació de sentido cualquier análisis del partido. De nada sirvió comentar la desgracia de haber tenido que jugarse la liga en Barcelona unos días antes llegando así con el equipo al borde del agotamiento, ni el extraño caso de Diego Costa, su recuperación milagrosa gracias a conjuros equinos y sus nueve minutos de misterio en el campo. No valió de nada hacer cábalas sobre qué habría pasado si hubiéramos podido hacer los cambios de otra forma, sin tener que sacar a Adrián tan temprano, si ese corner se hubiera defendido con Costa, Raúl o Mario además de los que en ese momento jugaban, si el Atleti hubiera llegado con más gasolina a los minutos finales.  No  valió de nada comentar el nuevo gol de Godín, el buen partido de todos y el, de nuevo, partido gigante de Gabi, capitán de leyenda y orgullo del Calderón.

De nada sirvió, de nada. Como si fuera un guión elaborado por el más retorcido de los escritores retorcidos, el Atleti vio cómo, de nuevo, se le escapaba una copa de Europa cuando el partido acababa. Como en el 74, se perdió en el último momento lo que tanto costó conseguir y del mayor éxito posible se pasó a un dolor intenso que duró como mínimo 48 horas. 48 horas, eso sí, no más; pasado el dolor, volvió la leyenda.
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Desde horas después del instante famoso, la Nación Colchonera se metió en el fondo de la cueva a lamerse las heridas. Sin esconder los colores  - eso nunca – los coches volvían de Lisboa con expresión grave y en silencio, con las bufandas atadas a los retrovisores pero los faros a medio cerrar en señal de disgusto grande, sin parar hasta Madrid. Y en Madrid el que más y el que menos hizo lo que pudo por aislarse de los medios y del ruido de la calle, por intentar no ya olvidar sino al menos no rememorar lo vivido hacía unas horas, por no rebozarse en la imagen de la celebración ajena, de la que pudo ser nuestra.

Quizás solo los más viejos del lugar, pero no los cuarentones, recordaban algo así. Algunos sí recordamos la vuelta desde Lyon con el cansancio de veinte horas de autobús y la cara de disgusto por haber sido barridos del campo por un equipazo ucranio. Muchos sí recordamos la cara de tontos que se nos quedó cuando Tamudo metió aquél golejo o cuando Mendieta metió ese golazo, pero recordamos inmediatamente las noches posteriores de alegría para asombro de los seguidores de los equipos que nos habían ganado, que no celebraban ni la mitad que nosotros. También aquel penalti fallado en Oviedo y la constatación de que lo hasta entonces nos resultaba impensable, el bajar a Segunda, acababa de ocurrir. Todo eso lo recordamos pero, curiosamente, no creemos haber sufrido en su momento el mismo dolor de lo de Lisboa.

Pero, ¿es esto cierto? ¿Fue menos grave bajar a Segunda que perder la Copa de Europa tras ganar la Liga? Si haber bajado y pasar dos años fuera de nuestro lugar natural acabó con el tiempo siendo asumido y hasta recordado con media sonrisa, ¿será distinto lo de Lisboa?

Pensando pensando, uno se da cuenta entonces de que todos esos pasajes que uno no deseó vivir son sin embargo recuerdos no tan desagradables pasados los años y forman parte del ADN del seguidor tanto como su Primera Comunión o el color de su pelo. Con el tiempo se han convertido en días de los que uno habla cuando se junta con el resto de la familia en sobremesas de rojo y blanco, igual que las supersticiones fallidas se convierten en motivos de risa general cuando se comparten con los correligionarios tras tres gintonics. En las tertulias atléticas es común hablar de las cicatrices producidas por cada fracaso y casi alardear de ellas, compartir con precisión dónde estaba cada uno cuando pasó el desastre, reírse a toro pasado de las ceremonias, de las supersticiones, de las palabras mágicas que recitábamos, sin éxito, esperando un gol de Rodax o algo aún más improbable.

Llegados este punto de somatización, 48 horas después la Nación Colchonera empieza a encontrarse mejor, más confiada, con más ganas de salir del agujero en el que se metió tras el partido. Harta de lamerse las heridas, la gente del Atleti va asomando poco a poco, riéndose por lo bajini de la estampa del celebrante del cuarto gol, riéndose ya con menos disimulo de la afición rival cantando “sí se puede”, deseosa de encontrarse un correligionario para ver si a él ya se le pasó también el disgusto, el sofocón, el berrinche.

Y entonces ve que sí, que poco a poco van saliendo de sus agujeros los compañeros de grada, algunos con buena cara, otros con cara de querer que otro se la alegre, unos ya muertos de risa. Y entonces es cuando uno se va viniendo arriba al ver que desde la cueva vecina sale un niño que insistió a su padre para ir con la camiseta del Atleti al cole el día que seguramente se iban a reír de él, y ve un torero que sale a Las Ventas del Espíritu Santo con un capote de paseo con el escudo del Atleti bordado, y ve en una ventana una bandera rojiblanca que alguien mantuvo a la vista de todos desde el sábado por la noche a pesar de los pesares. Y entonces nota cómo le vuelve a fluir la sangre y la alegría, el orgullo y el saber que hay algunas, pocas cosas que están por encima de las desgracias y una de esas pocas cosas es el Club Atlético de Madrid y su afición a la que, por suerte y por la gracia de Dios, uno pertenece.

Y entonces uno se da cuenta de que el tipo que salió de la cueva no es igual que aquél que entró hace 48 horas, sino que es un tipo mejor, más duro, más fuerte. Un tipo que luce dos cicatrices en plena cara, una del 74 y otra del 2014, dos, para que se vean bien y nadie dude de quién tiene delante ni por lo que pasó. Un tipo agotado pero con ganas de pelea, con ganas de reírse del que ganó y lo celebró haciendo el bobo, con ganas de decirle a todo el mundo Yo Soy del Atleti, del Atleti, del equipo hecho a base de grandes campeonatos y fechas marcadas a fuego donde más duele.

Y ve también saliendo de sus agujeros a los chavales más jóvenes que sufrieron en la última semana una inmersión intensiva en lo que es el Atleti. Y sonríe viendo a los que, acostumbrados a los éxitos de los últimos años, dudan ahora a la hora de enfrentarse al papelón de volver al colegio y sufrir unas cuantas horas. Y ve las dudas y les dice quizás no estéis hechos para esto, si es así es mejor que os salgáis ya, si no valéis no valéis, tampoco pasa nada.

Pero mira sobre todo a los que aprietan los dientes y saben lo que tienen que hacer, a los que al fin dan ese paso al frente que tanto nos costó dar también a nosotros aquel día tras un disgustazo y eso que ahora, tras los años, no nos suponga ningún problema. Y recuerda haber estado en la misma tesitura y también haber echado la pata p’alante, respirar hondo y terminar diciendo eso de hoy más que ayer, oiga, hoy más del Atleti que el oso del escudo.

Y viendo a los que sí dieron el paso, el tipo recién salido de la cueva sonríe más y les dice bienvenidos al Atleti. Bienvenidos, aquí está el único equipo que termina la mejor temporada de la historia con una tragedia griega, aquí está el Campeón de Liga al que se le quedó cara de póker, aquí está el equipo distinto, el equipo diferente, el equipo del que se es mucho o no se es, el equipo que no está hecho para todos y sobre todo no para los débiles de espíritu, el Atleti de Madrid. Bienvenidos al equipo de los que nunca dejan de animar, de los que suben cuestas interminables, de los que se ríen de sus desgracias con los amigos unos meses después de sufrirlas. Bienvenidos al Atleti, al equipo que homenajea a los que perdieron dándolo todo y menosprecia al que ganó con la chequera, al equipo del que, una vez se entra, no se sale nunca y en el que nunca se está con la cabeza gacha. Bienvenidos al equipo que sale de entre los escombros cantando el himno con voz de campeón, el equipo al que nadie entiende salvo los que no entienden nada sin el equipo.

Bienvenidos al Atleti de Madrid, a lo más grande que hay, a nuestro equipo, a nuestra forma de vida.

jueves, 1 de mayo de 2014

40 años (no es nada)

1974


Hace 40 años, en 1974, cuando el Atleti jugó su primera final de Copa de Europa, uno era un niño chico. Quizás les sorprenda a Vds que uno haya sido alguna vez un niño chico, pero así fue durante unos años, precisamente aquellos. Uno, rubio, con el pelo a tazón y camiseta del Atleti puesta durante todo el verano, era demasiado chico para acordarse con precisión esa final aunque sí tiene recuerdos de ella. Los recuerdos son vagos, confusos y giran en torno a una televisión en blanco y negro en una habitación pequeña de una casa de la sierra de Madrid, lo que sugiere que aquél día de San Isidro era, como ahora, festivo. Los recuerdos no incluyen más que imágenes deshiladas, sueltas, fogonazos aquí y allá; también nombres, algunos confusos, uno muy claro, Gárate. De Gárate sí se hablaba en casa, aunque poco, y se siguió hablando durante unos años.

Con el tiempo, uno investigó sobre ese equipo al que el propio presidente bautizó como el Pupas, echando así sobre los hombros de un equipo de leyenda un mote molesto como los vecinos del lado Norte de la ciudad, irritante como los tertulianos deportivos, pesado como el plomo. El Atleti ha cargado con el Pupas desde entonces como el protagonista de Basket Case cargaba con su hermano maligno en un canasto, a disgusto a pesar de ser parte de la historia, a regañadientes a pesar de venir el apelativo del Presidente más importante del Club.  Y eso que incluso una parte de la afición parece sentirse cómoda con la maldición patrocinada desde el palco, rebozada en una coartada histórica para así desatender la realidad terrible del club durante los años negros en los que la identidad estaba perdida en un denso bosque de manzanos y maniches. El Pupas, el maldito Pupas, ese mote desacertado para un equipo, el del 74, que pudo ser cualquier cosa menos un Pupas.

Al Atleti del 74 le entrenaba un argentino, el Toto Lorenzo. En él jugaban Reina, Pacheco y Rodri, Panadero Díaz, Ovejero y Cabrero, Heredia, Benegas y Capón, Alberto, Eusebio y Quique, Adelardo, Luis y Melo, Salcedo, Ufarte y Becerra, Irureta, Ayala y Gárate. Ni más ni menos, oiga, ni más ni menos.

Entre los nombres recién mencionados, algunos de los mejores jugadores de la historia del Atleti, varios ídolos de infancia del que suscribe y también de sus más próximos. Jugaba Reina, el portero de jersey verde que uno quiso ser aquél día que jugó de portero y que aún quiere ser Jorge Lera. Jugaba Panadero Díaz, en cuyo honor el que suscribe co-fundó una peña atlética en Bruselas que responde al combativo nombre de Frente de Liberación Panadero Díaz (con su correspondiente escisión disidente, como está mandado: el MLPD, Movimiento de Liberación Panadero Díaz – Frente 25 de Mayo, surgida tras el Doblete y la vuelta de la emigración). Jugó Ovejero, que años después echaría abajo una portería en Zaragoza de una embestida, y jugó Capón, con ese bigote que, junto al de Leal (con su vendaje), nos dio ganas de tener bigote cuando teníamos 7 años. Jugaron Alberto y Eusebio, cuyos nombres uno confundía de chico y no sabía quién era quién, y jugaba Adelardo, el jugador que más veces ha defendido nuestra camiseta, para muchos el emblema del Club durante muchos años. Jugó Ufarte, a quien el que suscribe dio la mano hace unos años y le invitó además a una botella de vino, escapándose luego del restaurante por vergüenza, para no recibir las gracias de un tipo al que siempre le estará uno agradecido. Jugó Becerra, que uno no sabe si se escribe con c o con z, que murió demasiado joven pocos años después, y jugó Irureta, siempre tan caballero con el Atleti, siempre recordando en sus años como entrenador todo lo que le enseñó el Club. Jugó Ayala, nuestro ídolo melenudo de niños, el Ratón, el más rápido, el más eléctrico, el dueño legítimo del nombre de cierto perro ratonero que cierto día en Albacete, desde la grada, saltó al campo durante un partido que el Atleti jugó allí - camiseta rojiblanca y el número 11 a la espalda - persiguiendo una bola hasta que fue reducido por la fuerza pública ante su negativa a abandonar el terreno de juego sin el balón en la boca. En ese equipo jugó Luis Aragonés, ese tipo único, enorme, el que volvió al Club para sacarlo de Segunda, el que dijo a un árbitro que no pisara el escudo, el que rompió la pizarra en el vestuario antes de la final de Copa; el tipo de más influencia en el fútbol español, el que vio lo que nadie veía y fue apartado de su obra de arte cuando más fácil era todo, nuestro referente, nuestro guía lleno de defectos y virtudes, nuestro espejo, el Atleti hecho tipo con patillas, cigarrillo y pelliza.

Y en ese equipo jugó Gárate. Gárate, el tipo que uno querría ser.

Nunca el Club ha hecho un homenaje a ese equipo maravilloso que llegó imbatido a la final de Bruselas del 15 de Mayo del 74 para toparse con el mejor Bayern de Múnich de la historia, el equipo de Beckenbauer, Maier, Muller, Hoeness, Breitner y el maldito Schwarzenbeck, la columna vertebral del equipo que luego ganaría el Mundial para Alemania unos meses después. A ese equipo que fue superior a los alemanes durante el partido y se adelantó con un gol de falta de Luis Aragonés, celebrado antes de entrar por el propio Luis con un salto batracio para la historia. Ese equipo que vio cómo, ya en el descuento, el rival empataba gracias a un gol marcado por un jugador que nunca marcaba y perdía en la repetición del partido dos días después ante una plantilla mucho más física que se encontró con el regalo de un partido extra que no mereció y una copa que vive en Munich cuando debería vivir en Madrid.

Si alguien viendo esa alineación puede pensar en un equipo perdedor, que abandone el local. Si alguien piensa que ese grupo heterogéneo en el que convivían argentinos aguerridos y brasileños de juego floreado, extremeños recios, madrileños castizos, vascos de pedigree, asturianos de raza y un paraguayo orgulloso de llevar los colores de su equipo nacional no era un equipo de leyenda, que abandone la lectura, la ciudad, el país. Si algún insensato no ve en este grupo de melenudos, bigotudos, sobrios jugadores pelicortos y un gentleman de Eibar  - en palabras de uno de los talentosos  Olivares  (no recuerdo cuál), “un equipo que eran los Beatles y los Rolling Stones a la vez” – el reflejo del propio Atleti todo, de su grada y de su historia, que llame a un especialista.

Nunca ha recibido ese equipo maravilloso el homenaje público que merece. Y, con 40 años de retraso, ya es hora, oiga, ya es hora.

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2014


Cuarenta años después de la semifinal de Glasgow, recordada por los aguerridos escoceses como una batalla campal y por los aficionados del Atleti como el partido en el que el Atleti vistió con preciosa camiseta roja de puños rojiblancos y sufrió tres expulsiones (no del todo injustas, oiga) por indicación de Babacán, un árbitro turco con nombre de malo de novela de aventuras (incluso como “El Malvado Babacán”), el Atleti se plantó en Stamford Bridge, estadio del Chelsea, con la misión de hacer la machada que 40 años antes habían hecho nuestros ídolos de la infancia y meter al equipo en la final.

El Atleti que fue a Stamford Bridge, líder de la liga española, invicto en Champions y orgullo de la parte noble de la ciudad de Madrid , también está dirigido, como el del 74, por un argentino temperamental, talentoso y trabajador que viste sobrio traje, camisa y corbata negra y lleva un rosario bajo la corbata. Este mago, al que nunca jamás podremos agradecerle suficientemente lo que ha hecho por nosotros, tiene por ayudantes un sabio de la preparación física y un portento de la naturaleza que viste siempre anorak y lleva un cronómetro, se ríe cuando nosotros nos asustamos y saluda con cariño al delantero centro rival, tan atlético como nosotros, cuando sale al campo en el que ahora juega de local, para su desgracia y la nuestra.

En el equipo que dirigen estos tres argentinos - que deberían recibir las nacionalidad honorífica, las llaves de la ciudad de Madrid y su peso en jamón del bueno (por más que pese el Mono) - cuenta también con brasileños de juego floreado, argentinos tatuados, madrileños castizos, asturianos de raza, uruguayos bravos de mandíbula apretada; además, un turco tocado por el dedo de los dioses del talento, un tipo de Alicante que ha sufrido una metamorfosis, un hispano-brasileño con cara de tripulante de navío corsario y la fuerza de un búfalo cafre, un navarro capaz de rematar de cabeza un satélite fuera de órbita y un gigante belga capaz de parar ese mismo satélite a pocos metros de su lanzamiento desde Cabo Cañaveral sin perder la gomina del tupé. Y, según se demostró en Stamford Bridge, estadio frío poblado por una afición fría, antipática y obsesionada con los jugadores que su millonario presidente puede comprar cada año (algo de lo que presumen con la idiocia del hijo del vecino rico que copia, en más caro, cada cosa que hace el resto de niños del colegio que, por supuesto, le ignoran), ese grupo heterogéneo, Beatle y Stone como el del 74,  es también un equipazo de leyenda como lo fue aquél.

Salió el Atleti al campo del Chelsea vestido con pantalón rojo, pero en un estado tal en el que estas cosas ya ni importan. Miró el Atleti a la grada y vio el Calderón,  atronador en medio del silencio frío y azul de Stamford Bridge, y entonces todos supimos que iba a ser un gran día. Miró el Atleti a la grada y vio miles de bufandas rojiblancas, la bandera de esa España en la que pone Algeciras, las pancartas de las peñas belgas y británicas, las canas de los aficionados que recuerdan la final del 74 y los ojos brillantes de las chicas atléticas que hacen de la grada del Calderón un sitio especial, y tragó saliva. Miró el equipo titular al banquillo y, tras él, vio al Capitán de Capitanes vestido de traje y corbata con bufanda del Atleti, agarrado a la valla de detrás del banquillo con gesto de poder saltar al campo a por el balón en cualquier momento, como hizo el perro Ayala en Albacete, y entendió lo que tenía que hacer. Miró el Atleti a la grada de nuevo y vio los retratos del Cholo y de Luis Aragonés y, en ese momento, los jugadores del Chelsea parecieron pequeñitos, inofensivos, enclenques.   

(Mientras el Atleti en pleno miraba con la mandíbula apretada a la grada del Atleti, otra parte del Atleti hacía lo propio. Nacido 10 años después de esa final de Bruselas, Torres es un poco más mayor que los que sólo vivieron los años negros de manzanos y maniches, y un poco más joven que los que sí recuerdan el Atleti grande de los 70 y 80. De haber tenido unos años menos, quizás estaría en el primer equipo a las órdenes de Simeone, de haber tenido unos años más quizás no se habría visto en la tesitura de tener que enfrentarse a su equipo del alma en tamaña situación. Torres marcó el gol de su equipo actual contra su equipo del alma y naturalmente no lo celebró; las imágenes del momento son desoladoras. El destino, que con Torres ha tenido sus más y sus menos, quiso que hiciera un buen partido y marcase un gol ante todo ese público rojiblanco que tanto se alegra de sus goles contra otros; quizás el desenlace final, que su equipo perdiera a pesar de su gol, es lo mejor que le pudo pasar. Torres, ovacionado en Madrid durante el calentamiento y al final del partido y cuando fue sustituido en Londres, no necesita explicaciones para entender lo que ayer estaba pasando y probablemente lo vivió de una forma tan especial que sólo él puede llegar a entenderlo. Esperemos que vuelva pronto a casa y nos lo cuente en detalle).

Lo que después ocurrió lo contarán los juglares tras el holocausto nuclear y los colonos extraterrestres que, ataviados con escafandra para evitar la atmósfera tóxica, tomen la tierra desde sus platillos volantes con rayo paralizante. Lo están contando ahora mismo varios habitantes de Papúa a sus conocidos, es portada en diarios de Bangkok y es objeto de análisis en una lejana población vitivinícola australiana en la que, de vez en cuando, tienen la suerte de comer arroz con cangrejos pescados por el propio cocinero. En un cafetín cercano a la plaza de San Telmo, en Buenos Aires, alguien gesticula en este mismo momento explicando el movimiento táctico del medio campo y en Arcore, cerca de Milán, un señor muy alto explica a su madre, mientras come pasta al ragú, cómo Juanfran hizo dos pases de gol tras pases largos de Tiago en una noche para recordar. En Onteniente (Valencia), Fernan Pérez (Almería) y Zurich (Suiza) no se habla de otra cosa, ni se hablará en días.

Y es que el Atleti cuajó uno de los mejores partidos que se recuerdan, con un segundo tiempo a la altura de la Supercopa ganada al propio Chelsea y de los veinte primeros minutos de la eliminatoria contra el Barcelona. Aprendida la lección de la ida (nada de balones altos al centro del área, nada de impaciencia, nada de piedad), Simeone dejó en el banquillo a Raúl García y apostó por Adrián – aquél que desde esta misma tribuna dimos por claramente perdido para la causa - para llevar el balón al suelo y jugar con velocidad cuando fuera necesario. En varias ocasiones durante el primer tiempo se vio cómo los jugadores frenaban su instinto natural a bombear balones largos hacia Diego Costa para seguir tocando, madurar la jugada, buscar ocasiones menos directas si no había una posibilidad clara.

El Atleti dominaba o al menos no sufría pero el Chelsea, bien plantado pero poco incisivo, se adelantó. Fue Torres, quién si no, delantero descomunal que siempre marca en las citas grandes, aunque esta vez en la portería contraria y contra un portero propiedad del Chelsea. Con la grada apagada, el silencio en las casas y las nubes negras en el horizonte, el equipo no se descompuso y siguió fiel a lo suyo, sólido, con un enorme Koke, con Tiago y Mario (sí, Mario) a un nivel excelente y con dos laterales convertidos en amenaza. Entre estos, más Arda, llegó el gol: Koke que rebaña un balón que parecía perdido, Arda que acaba pasando a Tiago, éste que levanta con clase la bola para la entrada rápida de Juanfran quien, como un acróbata, pone el balón hacia el área pequeña; Terry que no llega, Cole que no se atreve, Adrián que remata con la espinilla; miles de tipos que gritan, miles de tipos que se abrazan, miles de tipos que rugen. Gol del Atleti, empate, clasificados.

Tras el descanso, del vestuario volvió a salir la fiera que salió en casa contra el Barcelona, quizás esta vez más pausada, más cerebral, más calmada dentro de su furia. Con Koke dando un recital físico, de control y de mando, el Atleti fue un equipo enorme. Arda brilló, Diego Costa peleó, Tiago y Mario estuvieron a un nivel altísimo, aliviando  a todos aquellos que echábamos de menos a ese tipo del traje y la bufanda sentado tras el banquillo que tanta confianza nos da siempre. Con todo el medio campo entonadísimo, los laterales con ganas y los centrales al enorme nivel de toda la temporada, el Atleti es un equipo temible y sólo es cuestión de tiempo que doble la muñeca de aquél que le echa el pulso. Si al talento del medio campo y la solidez de los centrales se le añade un portero extraordinario y un delantero que es un tormento como Costa, la cosa se complica aún más.

Marcó Diego Costa un penalti un minuto después de una parada milagrosa de Courtois. El penalti se tardó en tirar una eternidad, con un balón que caía al agujero del punto de penalti una y otra vez hasta que los aficionados llegaron a la conclusión de que Costa lo fallaría seguro; naturalmente, fiel a su forma de ser, lo marcó sin dificultad y entre cánticos de recuerdo a Luis Aragonés, ahí es nada. De este segundo gol salió un Atleti enorme: tocando el balón, combinando por la banda izquierda con toques sutiles entre Filipe Luis, Arda y Koke, apoyado atrás en Mario y  Tiago, buscando en largo a Juanfran, gigante en ataque a pesar de algunas dudas en defensa al principio, llegó el tercero. El Atleti, una vez más, demostró ser un equipo valiente y poderos, de compromiso e intensidad pero también trabajadísimo, estructurado, con recursos ante todo tipo de planteamientos tácticos. Un equipazo, señores.

Tras un partido maravilloso, el Atleti está en la final de la Copa de Campeones 40 años después. Para ello ha eliminado, entre otros, a Oporto, Milan, Barcelona y Chelsea - que suman 15 Copas de Europa - y lo ha hecho con un equipo desahuciado hace no tantos meses. El equipo que ha armado Simeone mezcla el esfuerzo extremo de un comando de Gurkas, la fe ciega en la idea de juego y el estudio científico del rival desde el banquillo. Con un presupuesto mucho más modesto y una plantilla más corta, ha devuelto a un club centenario y admirable al lugar que muchos otros fueron incapaces de acercarse. Todo esto lo ha hecho partido a partido, involucrando  a la grada, convenciendo a los jugadores de que pueden hacer todo aquello que se propongan, dando una lección de fútbol, de deporte, de vida.

Estamos pues asistiendo a un momento histórico, y resulta que el protagonista es nuestro equipo. Nuestro equipo, el nuestro, el de nuestros padres y amigos, el que será de nuestros nietos, el equipo del que Simeone nos ha obligado a formar parte activa. El equipo de Luis y de Gárate, el de la final del 74, el de los derrapes y los días de alegría infinita. El equipo de las rayas rojiblancas, del Estadio Vicente Calderón, del ramo de flores de Pantic, el himno cantado a voz en grito cuando las cosas van bien, del himno cantado a voz en grito cuando las cosas van mal.

Disfrutemos el momento, pero eso sí, sin perder de vista lo que nos ha traído hasta aquí: partido a partido, el domingo a las 17.00, otra final.

Que suerte tenemos, señores, qué suerte tenemos.