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jueves, 10 de abril de 2014

Veinte minutos, veinte


El principio

A las 20.45 del 9 de Abril de 2014, en el campo más bonito del mundo, con el ambiente más extraordinario que uno recuerda, entre miles de rayas rojiblancas y un tifo que marcó a fuego una palabra en la grada, se abrió un toril.

Los rivales, equipo de leyenda con jugadores maravillosos, esperaban la salida de un toro en puntas y malas pulgas, pero en su lugar salió un león de diez cabezas, un dragón escupe fuegos, un grifo gigante, un animal mitológico. Se abrió una gatera y salió un tigre, se abrió un bote de conserva y se produjo un huracán. Se esperaba un grito y se oyó un orfeón entero, se contaba con la intensidad y la pelea, pero se asistió a una estampida de búfalos cafre, a la percusión sincronizada de diez bolas de demolición, a la carga suicida de la caballería ligera bajo fuego de mortero, el maul irlandés en formación con la cabeza baja, a una tormenta tropical con aparato eléctrico y colchonero, todo a la vez, todo en veinte minutos.

Veinte minutos duró la explosión, veinte minutos casi de delirio, de alucinación, de éxtasis, de vendaval. Veinte minutos de furia controlada, de energía pura, de descarga eléctrica. Veinte minutos precedidos por quince minutos de gritos, puños al aire, bufandas desplegadas o lanzadas al viento, quince minutos de estruendo previo al himno y el tifo, quince minutos de estruendo antes de noventa minutos de estruendo. Tras esos quince minutos, veinte minutos de asombro y orgullo, de gestos de no me lo creo, de miradas cruzadas y manos a la cabeza ante uno, dos, tres tiros al larguero, tres en veinte minutos, tres ni más ni menos, tres en veinte minutos para recordar siempre.

Salió el Atleti con la mandíbula apretada y la mirada fija y lo primero que vio fue una palabra, “Ganar”, en letras gigantes rojiblancas. A sus lados, “Ganar, ganar y volver a ganar”, la consigna, la orden, la obligación impuesta por Luis Aragonés, el líder desde otra parte, presente en alma y en silueta impresa en quince, veinte, treinta  telas por todo el estadio. “Ganar”, vieron los jugadores, y parece que se olvidaron del resto. La idea de “ganar” se les grabó al parecer en lo más profundo del subconsciente a los jugadores, que firmaron un partido para el recuerdo con veinte minutos para el orgullo, para ver repetidos antes de los momentos difíciles, veinte minutos de Atleti puro en un Calderón maravilloso.

Sin Arda ni Diego Costa, piezas claves en el ataque del Atleti, Simeone sacó a dos asturianos con necesidad de demostrar su valía. Y lo demostraron, vaya si lo demostraron. Villa, poco participativo en la mayoría de partidos, menos en forma que el resto, incapaz de guardar un balón en el partido de ida, reventó dos balones en el larguero e hizo un pase excelente que acabó en gol durante esos primeros veinte minutos de locura del Calderón. Le faltó suerte a Villa, que se pudo ir a su casa con dos goles en jugada y quizás uno de penalti hecho sobre él mismo. Le faltó suerte pero no le faltó ni acierto ni ganas ni hombría para encarar la pelea, mostrando que sí se puede contar con él cuando hace falta, cuando vienen los partidos para los que está llamado a brillar.

A su lado otro asturiano, joya del equipo hace muchos meses, espíritu errante hace pocos. Uno diría que a Adrián, que parecía perdido para la causa tras muchas oportunidades, se le encendió algo dentro, algo que creía olvidado cuando escuchó su nombre en la rueda de prensa previa. Adrián, impreciso todo el año, psicológicamente débil en muchas fases, errático cuando tuvo tiempo para pensar y algo más acertado en las ocasiones en las que se jugó de manera automática, salió al campo en el partido más importante del año y pareció un tipo nuevo, distinto. Asombrosamente convencido de sus facultades por el Cholo, Adrián no fue el artista imprevisible de sus partidos grandes ni el fino e imaginativo delantero que veíamos casi semanalmente hace no tanto tiempo. No. Adrián, ayer, fue un tipo rápido, peleón, fortísimo; ambicioso, seguro de sí mismo, agresivo y anticipativo. Estrelló un pelotazo en un larguero en la jugada que dio paso al gol, ganó por potencia a jugadores ante los que se habría achicado hace bien poco, ayudó a meter al Barcelona a su campo, acelerando con sus ganas el ciclón que asoló la mitad Sur del campo del Calderón durante los primeros veinte minutos de un partido para el recuerdo.

Con dos asturianos al frente, el Atleti hizo unos de los veinte minutos de fútbol más asombrosos que uno recuerda. Veinte minutos plenos de fuerza, de ganas, de rabia. Veinte minutos de fútbol puro en unos cuartos de final de Champions ante un equipo temible cuajado de joyas. Veinte minutos que recordaron al partido de Supercopa frente al Chelsea, a otros partidos inolvidables que nunca, sin embargo, se disputaron en condiciones tan exigentes. Veinte minutos de carga piel roja a caballo de esas de las que se vuelve muerto o con diez cabelleras en el cinto, veinte minutos de vida, veinte minutos de orgullo.

El final

A pesar de que a cuatro, cinco minutos del final, la grada sin voz y sin uñas pensaba eso tan nuestro de mira a ver si ahora, tras el partidazo que hemos hecho esta gente nos mete un gol de rebote y tenemos que volver a empezar, horas después del partido a uno le queda la sensación de que el equipo fue muy superior al rival, que el partido fue clara y merecidamente ganado por una diferencia demasiado escasa, que el Atleti, equipazo, había empequeñecido a un Barcelona que da miedo. La sensación de que, de no ser uno del Atleti – Dios no lo consienta – sino, es un poner, del Linense, el partido le habría resultado casi un monólogo en rojo y blanco salvo el principio del segundo tiempo.

A dos, tres minutos del final la grada recordaba los palos del primer tiempo, la excelente ocasión de Gabi, el casi gol del Cebolla y lamentaba no haber agrandado la diferencia, tener colchón para encarar los últimos momentos con algo más de tranquilidad. Pero quizás esta vez fue diferente. El Atleti mostraba claros signos de superioridad, de control del partido, de autoridad para gestionar el final. El tradicional pesimismo atlético, ese que obliga a decir hasta el rabo todo es toro incluso al referirse a razas bovinas sin cola (si las hubiere), empuja a esperar el pitido final del partido con la respiración contenida. Pero ayer tal fue el despliegue, tal fue la intensidad que hasta los minutos finales fueron diferentes. Un poco antes del estallido final, quedando diez, quince minutos, fue el Barcelona el que pareció mirar al reloj, pedir condiciones para el armisticio, entregar las llaves de la ciudad con una actitud que recordó al equipo que hace no tanto actuaba de local en el Manzanares al mando de los entrenadores blandos, desconocedores de la esencia del equipo y grada, potros de tres sangres en las yeguadas de los representantes con influencia en el palco.

Pitó el árbitro y la grada se vino abajo, feliz, agotada, orgullosa. Feliz por pasar a semifinales de Copa de Europa (sí, oiga, Copa de Europa) cuarenta años más tarde, agotada tras noventa minutos de tensión y gritos, orgullosa del equipo y por haber hecho su trabajo. Porque la grada, a la que Simeone reclama voz, bolsito, autobús y a la cancha, cumplió con su misión llenando de ambiente Madrid entero, como dice el himno. A voces, a saltos, a fuerza de ir vestida de rojo y blanco, de lucir las camisetas talismán y las bufandas antiguas que nos regalaron nuestras madres, la grada jugó, marcó al rival, tiró desmarques y protestó al árbitro. La grada pegó dos en el palo, provocó faltas tácticas, despejó balones de cabeza y secó a Messi y Xavi en varias fases del partido, hizo dudar al Tata Martino sobre la táctica elegida y movió la cabeza de arriba a abajo cuando, segundos antes del comienzo del segundo tiempo, algún seguidor de este blog pinchó “Thunderstruck” por la megafonía.

Con la grada agotada y sonriendo de oreja a oreja, los jugadores se retiraron al vestuario. La grada, sin embargo, ahí se quedó. La grada, que había jugado dónde y cómo Simeone le dijo, que había escuchado con atención a las indicaciones previas del Míster y había reaccionado con fe ciega a las instrucciones desde la banda que llamaban a redoblar gritos, no fue al vestuario por obvias razones volumétricas y se quedó en su sitio. La grada, con los ojos algo idos y esa cara de tonto de papá orgulloso tan nuestra, volvió a vivir eso que nos pasa  a los aficionados del Atleti en las ocasiones grandes cuando no nos queremos ir del estadio, cuando no sabemos bien qué hacer, cuando preferimos quedarnos todos juntos cerca de donde se jugó el partido porque sabemos que, aunque luego llegue la fiesta y los abrazos y el saqueo de los grifos de cerveza, ese momento en la grada con todos juntos agotados y felices es único, escaso, especial, mágico.

La grada se quedó en la grada y el equipo, como no podía ser de otra manera, salió del vestuario y volvió con su compañera de fatigas. Veinte minutos también esperó la grada sin moverse a que los jugadores salieran a verla, a agradecer las ayudas en los marcajes, los gritos durante el ratito que el rival apretó, el tifo, el ruido, el olor a gloria. Durante veinte minutos los jugadores oyeron sus nombres y aplaudieron a la grada, dieron la vuelta de honor, ovacionaron a los que vinieron hoy de lejos y a los que siempre están ahí, a los que se pintaron la cara y a los que invirtieron sus ahorros. La grada, a su vez, agradeció al equipo el partido portentoso, agradeció a Koke el esfuerzo y la clase, a Gabi el derroche y el corazón, a Raúl todos los balones ganados de cabeza y al imperial Tiago, el clinic concentrado, la lección de fútbol en tiempo real, el curso acelerado para mediocentros prometedores, el gigante partido del portugués. Lento, el equipo recorrió el estadio lleno saboreando ese mismo momento que saboreó la grada, ese momento de aquí estamos todos juntos, juntos no tenemos que temer a nadie.

Llegó el equipo al fondo Norte donde estaban los aficionados rivales, numerosísimos y coloridos, educados durante todo el partido a pesar de los gritos faltones que recibieron en un par de ocasiones, y llegó la guinda de la noche. En pie, medio primer y segundo anfiteatro y media grada del fondo Sur, barcelonistas todos ellos, con la moral tocada pero la educación por bandera, dieron una ovación al equipo que les acababa de eliminar, una ovación de esas que uno recordará y agradecerá siempre, una ovación señora, rugbística, fantástica. Nuestro agradecimiento a los allí presentes por caballeros y buenos deportistas, mucha suerte y muchas gracias.

Veinte minutos, veinte, estuvo el Atleti en la grada disfrutando del presente. Justo después, ya lo saben, cada uno volvió a la Tierra, pensó en el futuro, pensó en comprar pastillas para la garganta, pensó en descansar lo justo para ir presumiendo al trabajo, pensó en lo que le esperaba al día siguiente al llegar a la oficina. 

Veinte minutos de euforia, una vida de alegría y una sola idea en la cabeza:


   -   Partido a partido, Señores. Partido-a-partido.

lunes, 20 de enero de 2014

De recién llegados y visiones catastrofistas

Con la buena marcha del equipo y el inicio de la segunda vuelta, al menos a Grada de Lateral ha llegado una nueva hornada de aficionados: los Nuevos Abonados.

Uno ignora si los Nuevos Abonados fueron siempre abonados y lo dejaron en un momento dado, o si nunca fueron socios del Club pero lo son ahora. Uno no sabe si los Nuevos Abonados son atléticos de pedigree o simples arribistas, si son misioneros de los Padres Colchoneros Descalzos de esos que hacen discípulos en todas las naciones o aficionados de bar que aprovechan el buen momento del equipo para ir a la grada y hacer rabiar a los compañeros de trabajo el lunes. Uno no tiene ni idea de esto, pero sí de la desazón que ha causado su llegada a la Grada de Lateral.

En Grada de Lateral, como en casi todas las partes del campo, nos conocemos todos. Detrás del que suscribe, por ejemplo, se sientan tres jevis de cuarenta y pico años que son pausados y amables con la concurrencia. Justo detrás, dos chavales que ven cosas de esas que sólo ven los que trabajan y juegan con entrenador; a la derecha se sienta un tipo que es una enciclopedia andante, campeón de las estadísticas y los apercibimientos, experto en banquillos rivales y en categorías inferiores del Atleti, que ve el fútbol con su padre mientras entre los dos dan cuenta de cuarto y mitad de pipas. Detrás y a la izquierda hay un señor que va al fútbol con su hijo: se sabe que son padre e hijo porque son exactamente iguales pero en diferentes escalas. A la izquierda hay un tipo que le tiene tirria a Adrián, delante hay dos tipos muy simpáticos que fuman entre los dos hasta cuatro y cinco cigarrillos de marihuana por partido. Delante y a la derecha, un poco más abajo hay un gilista con mal genio que se enfada cuando la grada pita al palco (que últimamente es poco) y es incapaz de ocultar su enfado porque la irritación le produce un enrojecimiento súbito de las orejas, cuyos lóbulos adquieren aspecto y calibre de solomillo poco hecho. Más a la izquierda, junto al pasillo, hay una familia de radicales con gafas que ven problemas en todo lo que pasa; en la fila que está justo encima de éstos, una señora muy linda, mayor y educada, que va al fútbol sola con su bufanda del Atleti y pone cara de Ay Dios no podría haberme tocado otra familia más tranquila delante cada vez que la familia radical se levanta y pontifica sobre qué jugador está acabado y que árbitro merece la horca. Entre la familia radical y el que suscribe se sienta un señor argentino que va al fútbol con su hija; su hija, que va a la grada desde que es pequeña (y repasaba los apuntes de lengua en el medio tiempo, la condición que le ponía su padre para poder ir al partido del Atleti), creció hace unos años y se convirtió en chica con tipazo y melena negra que, al llegar tarde, provoca las miradas furtivas de los dos que fuman porros, del padre del hijo-réplica, del gilista enrojecido, del enemigo de Adrián, de los tres jevis amables, del campeón estadístico, de los dos chicos con entrenador y de los tipos de más edad de la familia enfadada pero no del que suscribe, no, quien al ver llegar a la chica suele quitarse las gafas, sacar un trapito, limpiar una lente, limpiar luego otra y luego mirar en dirección opuesta, de reojo, por si se lleva un bolsazo de su señora; esta actitud cobarde es muy del gusto de la señora linda que va sola al fútbol, que es el ojito derecho en la grada del que suscribe.

A los Nuevos Abonados, eso sí, no les tenemos calados. No es por no hacerse notar, no es por eso. Los Nuevos Abonados acudieron por primera vez al campo el día de Copa del Valencia o quizás el día del Barcelona, pero éste último, con tanta gente nueva y tanto extranjero y tanto chino y tanto turista, no se hicieron notar. El día del Valencia fue otra cosa, y fue aún peor ayer, el día del Sevilla: ese día los Nuevos Abonados mostraron sus credenciales y dejaron claras sus posiciones, sus modales y que el resto de temporada será duro, duro para nosotros, los Viejos Abonados.

Los Nuevos Abonados son talluditos y en algunos casos se acercan a los cincuenta y muchos, lo que no les impide cantar a pleno pulmón las canciones más ofensivas y vergonzantes que salen desde la trastienda de la grada. Vinieron en parejas o en grupos más numerosos, llevan gorros calados y fuman mucho, hablan a voces de todo y de todos y no tienen en cuenta si sus comentarios molestan a la concurrencia que lleva ahí varios años conviviendo con paciencia y respeto. Son catastrofistas y negativos, lo ven todo mal, critican tanto cuando se saca el balón jugado como cuando se pega un pelotazo. Desde el minuto diez, los Nuevos Abonados advierten de que hoy verás cómo el árbitro nos roba, verás cómo se lesiona fulano o revienta mengano si no hay rotaciones y se quejan de las rotaciones justo después, dudan de Simeone por sentar a Óliver Torres y de Óliver Torres por no merecerse la llamada del Cholo. Los Nuevos Abonados gritan fuerte cada vez que el árbitro pita algo en contra y le llaman hijoputa y le llaman maricón y, el día del Valencia, hasta le llamaron “arbitrucho” y “cucaracha”, que son adjetivos de otra época, de otro siglo casi, pertenecientes a una nomenclatura ya clásica, pretérita, antigua. Los Nuevos Abonados insultan también al rival y si el rival es negro le llaman negro y si el rival es bajito le llaman enano y si el rival tiene flequillo le llaman maricón y si el rival es un tipo normal le llaman también hijoputa, como al árbitro; se ve que “hijoputa” es su insulto escoba, su insulto comodín, su insulto de cabecera. Los Nuevos Abonados insultan a todo el mundo y ayer, contra el Sevilla, insultaron a Miranda, insultaron a Koke, insultaron a Villa e insultaron a Simeone, para asombro y reprimenda del resto de la concurrencia. A Miranda le pusieron de torpe, a Koke de empanao, a Villa de acabao y a Simeone de no tener ni idea de hacer cambios. Al árbitro le insultaron antes de pitar el penalti, le insultaron cuando pitó el penalti y luego, intuimos, le siguieron insultando hasta ahora mismo, momento en que Vd lee este ladrillo. Al Sevilla le insultaron en general y en particular, en concreto y en abstracto, en fenómeno y en noumeno.  A Bacca le llamaron negro, a Rakitic le llamaron rubia, a Emery le llamaron Emery (que no es poco). Cuando el árbitro fallaba insultaban al Sevilla, cuando fallaba Juanfran insultaban al Sevilla, cuando fallaba el Sevilla insultaban a Miranda. Cuando Miranda acertaba insultaban a Iborra, cuando Filipe centraba insultaban a Villa, cuando Fazio se peleaba con Costa insultaban al inventor del Lladró (que, dicho sea de paso, se lo merece). Cuando insultaban lo hacían con la boca muy abierta, incluso cuando comían bocadillos, y mientras comían insultaban, quizás para refrigerar el bolo alimenticio. Cuando hablaban tranquilos con sus compañeros se sentían incómodos con tanto sosiego e insultaban a Koke o a Arda o al que pasara por ahí, para recuperar tensión arterial. Cuatro minutos antes de acabar el partido, con el Atleti volcado y la grada empujando, se fueron los Nuevos Abonados, molestando a todo el mundo, murmurando maldiciones, insultando por lo bajini y dejando por fin la Grada de Lateral con la tranquilidad de siempre.

Yo no sé a Vds, pero a nosotros nos ha tocado la especial con los Nuevos Abonados. A ver si hay suerte y cogen una faringitis que les dure hasta verano.
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Llegó la afición al campo abrigada como para ir a la Antártida a recoger muestras de hielo milenario, y se sentó con dificultad en los asiento de la grada. En algunos asientos, por cierto, ya han germinado, valientes, algunas plantas crasas; normalmente la riqueza botánica del Calderón se muestra en primavera, pero se ve que las últimas lluvias y el cambio climático ha animado a algunas especies vegetales a germinar en pleno enero. Si son líquenes o musgos u otras especies de la tundra siberiana o la taiga finlandesa es algo aún por concretar, y consta el interés de la Universidad de Espoo, Finlandia, por enviar un buque oceanográfico al Manzanares en misión de investigación vegetal, tripulado por dos catedráticos, siete estudiantes y un sastre especializado para hacer un censo detallado de especies y, en su caso, convertir el Calderón Reserva de la Biosfera también en invierno y no sólo de abril a junio.

Se sentó la afición en los asientitos azules y casi no cabía con tanto plumífero y tanto gabán y tanta mochila con manta. Échese un poco para allá, haga Vd el favor, con gusto me echaría, ya, pero si me echo un poco más me caigo al pasillo. Se esperaba en el Calderón un frío polar que luego no fue tanto, o al menos no lo fue hasta el último rato, claro, que es cuando el río se venga de los chistes que hace la gente sobre la gaviota reidora. Hablaba al llegar la gente en la grada de la inmensa suerte que tenemos de ir al campo a ver al Barcelona, Valencia, Sevilla y Athletic de Bilbao en dos semanas escasas, una racha estupenda para ver a un montón de clubes históricos con equipos duros de pelar frente al líder de la Liga. 

  - Colíder, oiga
  - Vaya Vd a la mierda
  - Caramba


Salió el Atleti con cara de pocos amigos y el Sevilla con cara de Borussia Dortmund y empezó el baile pronto. El Atleti salió en tromba, regateando y tirando paredes en campo contrario ya desde el pitido inicial, como dejando claras las intenciones para abrir boca. El equipo que salió de inicio era más o menos el de siempre, con Koke jugando más retrasado y Raúl en vez de Tiago. La primera cuestión que revoloteó por la grada es si Simeone se fía o no del banquillo, si es conveniente que juegue siempre el mismo equipo, si las muestras de cansancio que dejan algunos de los elementos clave del equipo son peligrosas, si el Profe Ortega tiene bien medido (que lo tendrá) el valle físico que están pasando los jugadores. La grada espera que tras el partido del jueves contra el Athletic se empiece a ver en la alineación a Cebolla, a Óliver, a Guilavogui, a Aldecoa, a Manquillo, y, mientras tanto, empieza a sufrir por Koke y Gabi, se preocupa por Arda, se inquieta por el estado físico de Diego Costa después de cada carrera.

Pero hete aquí que el Atleti salió fuerte y puso cerco a la portería del Sevilla con una energía y una intensidad que hacían pensar que poco quedaba para el gol. El equipo empujaba y el Sevilla achicaba agua y, entre todos, la sorpresa: Villa, mal casi todos los partidos, lento, flojo y pesado hasta ahora en casi toda la temporada, estaba cómodo. Villa se mostró confiado, con ideas y con más presencia física, hábil en el control y con ganas de montar un lío. Tras un rechace, metió un buen gol haciendo botar el balón con intenciones aviesas, como en sus buenos tiempos. El Atleti había asediado al Sevilla y se había llevado un gol cuando todo indicaba que iba a ser así, qué cosas, las cosas pasando como uno espere que pasen en el estadio Vicente Calderón, ni más ni menos.

Siguió adelante el primer tiempo y el Atleti jugó bien. Ordenado, mandando y cómodo ante un equipo reservón y con pocas ganas de atacar. El Atleti no elaboraba demasiado y pegaba algún pelotazo, buscaba siempre los segundos palos en las jugadas a balón parado para evitar los centímetros de Fazio e Iborra y, con menos problemas que más, llegó al medio tiempo tan contento. Pero, eso sí, el segundo tiempo fue otro cantar. El Sevilla, buen equipo que va a más, no se echó al ataque pero empezó a controlar más y más el partido gracias en parte a los cambios. Sólido atrás, aprovechó la extraña forma de pitar del árbitro – horrible toda la noche- para acomodarse en el campo, ahogar la salida del Atleti, robar y salir cuando le era posible. Con Diego Costa atado por Fazio en un duelo en el que hubo de todo (incluido lo peor de cada uno), el rival hizo al Atleti sentirse incómodo, ansioso, ahogado. El árbitro no pitó un posible penalti a Raúl García pero sí pitó uno parecido de Juanfran a Bacca, que en el campo no pareció en absoluto y en la televisión mucho más. Juanfran tiene estas cosas a veces, peca de inoportuno, tiene errores puntuales y visibles que cuestan puntos y ayer tocó de nuevo. Tiró Rakitic, jugadorazo que mueve a todo su equipo, y el Atleti se agobió. Perdió las ideas, perdió el tempo, perdió la paciencia y se lió él sólo en su propio juego, pegando pelotazos, pegándose una y otra vez contra un Sevilla bien plantado y convencido de su misión, consciente de sus limitaciones y del arsenal del rival y dispuesto a defender con uñas y dientes el inesperado botín del penalti.

A toro pasado, uno lee críticas a Simeone por no hacer cambios a tiempo y preocupación por el estado físico del equipo. Uno lee también profecías catastrofistas sobre la inminente caída a los infiernos del equipo y malos augurios para el colchonerismo en general, muchas de ellas provenientes del propio colchonerismo, autodestructivo y pesimista. Hay quien habla de vértigo ante el liderato, de robo arbitral, de duopolio que no admite disidencias, de fin de un sueño. Uno, más simplón que todo eso, no vio exactamente eso en el partido de ayer. El Atleti, acostumbrado a ganar todo en el Calderón en los últimos tiempos (salvo el intensísimo y meritorio partido ante el Barcelona), sí ha coqueteado con empates y derrotas en un par de partidos de esta misma liga. Contra Osasuna y Celta, el Atleti tuvo la ocasión de recordar que es mortal, que en cualquier momento puede perder los puntos que la afición menos fiel da por supuestos antes de los partidos. Contra el Valencia se sufrió buena parte del partido, igual que contra el Levante; en Copa se sufrió de nuevo, sobre todo en Mestalla. Los resultados han sido magníficos pero no siempre obtenidos con facilidad, no lo olvidemos.

Si bien es cierto que el equipo se resiente de tantos partidos, no fue ayer cuando más agotados se vio a los jugadores. Faltó Tiago, que últimamente aporta mucho, y el equipo notó falta de ideas e inventiva, aplomo y calma, experiencia y flema. El Atleti, tras muchos partidos ya, es posible que haya perdido frescura y, sobre todo, capacidad de sorpresa. El admirable equipo de Simeone no tiene la cantidad de recursos que la plantilla de equipos más ricos brinda, y es normal que pase fatigas cuando buenos equipos como el Sevilla vienen a Madrid renunciando a todo afán de victoria, metidos en la trinchera con disciplina y calidad tras estudiar con afán al rival. Contra el Sevilla el Atleti hizo un partido más flojo de lo normal, pero teniendo en cuenta el altísimo nivel habitual, no es de extrañar. Son ya muchos los partidos del Atleti, son ya muchas las ocasiones que han tenido los rivales de estudiar al dedillo en entramado táctico y los puntos flacos del equipo, es normal empatar en casa de vez en cuando, tan normal como extraordinario es llevar 51 puntos y ser líder al inicio de la segunda vuelta, en un pañuelo con equipos cuyas plantillas cuadriplican en presupuesto a la del Atleti.

Muy lejos del catastrofismo, el que suscribe vio un partido flojo en su segundo tiempo que acabó en empate contra un buen equipo. El empate supo mal, a derrota y ocasión perdida, y eso dice mucho del nivel al que nos tiene acostumbrado el equipo. Todo el que haya seguido al equipo de cerca desde la llegada del Cholo esperaba un bajón físico o al menos la ausencia de frescura entre enero y febrero; el calendario y la suerte han hecho que el valle coincida con una cadena de partidos contra equipos fuertes, muchos de los cuales ven en un empate contra el Atleti un motivo de celebración a voces.

El jueves llega otro buen equipo, el Athletic, en un momento complejo, pero así son los campeonatos y a estos desafíos se enfrentan los equipos grandes. Nadie dijo que esto fuera a ser fácil, pero tampoco nos dijeron que iba a ser tan bonito, tan divertido y nos haría estar tan orgullosos. Qué suerte tenemos, oigan.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Algunas conclusiones (motorizadas) tras el partido del Valencia y un cuento checo



Llegó el Valencia al Calderón en noche fría de diciembre, y jugó bien durante al menos una hora. Y, con todo, tres goles le hizo el Atleti. Tres goles le hizo el Atleti al Valencia, tres goles le hizo, tres: el primero por coraje, el segundo por capricho, el tercero por placer. Tras un buen primer tiempo, durante el que el Atleti estuvo incómodo y espeso, y un principio del segundo en el que se afanó por achicar agua mientras quedaba claro que había cambiado el viento, un buen Valencia se llevó tres goles que pudieron ser cuatro.

El Valencia salió ordenado y con la lección aprendida, dejando jugar al Atleti en horizontal para que tuviera problemas a la hora de encender las luces. En un Atleti pretérito perfecto simple, incluso pluscuamperfecto, el primer tiempo del Valencia, áspero, organizado y reservón, se habría traducido en dudas, prisas, malas decisiones y vacilaciones a la altura del minuto 50;  despeje Vd, no, que es suya, despeje Vd, ¿pero ese de la banda no era suyo? mío no, mío no, yo creo que era de su padre, oiga.

En el pasado, ese orden inicial del visitante habría valido para llenar de miedo a los jugadores, de confianza al rival y de desesperación a la grada. La primera parte marcada por el despiste ausente de Arda, por la falta (dimitido el turco) de un jugador que sepa abrir equipos cerrados, la nula aportación (una vez más) de Villa, la clara vocación del rival para llevar un partido a un ritmo lento y la desconexión de Juanfran, que casi no tocó balón en un buen rato, habría sido el presagio de una empanada monumental en el segundo, de un remate rival tras despeje de tres, cuatro defensores, de un disgusto de esos que dejan helado el Calderón. Pero ayer no fue así, ahora ya no es así, no con el Atleti del Cholo Simeone.

Y es que Simeone ha convertido el equipo blandengue del blandengue Manzano y el equipo desquiciado del desquiciado Quique Flores en un fiable ingenio mecánico que avanza y avanza, despacito o a la carrera, centímetro a centímetro y partido a partido, directo a su objetivo con la solidez y la autoridad de un tanque que rara vez gripa el motor o se queda en el barro. Quizás Simeone no disponga del fino deportivo italiano de los buenos años del Barça, ese descapotable rojo con volante de nogal y tapicería de canguro lechal que entra alegre por las curvas de la Riviera italiana camino de Portofino con chica con gafas de sol y pañuelo en el asiento del copiloto. El Cholo no tiene tampoco, gracias a Dios, un deportivo de esos ordinarios que hacen ruido a todas horas con sus escapes trucados, sus cristales tintados, ruedas anchísimas e intermitentes de Swarovski como el que conduce el ostentoso vecino del Norte, alardeando de subwoofer en los semáforos a ritmo de reguetón, púmmm, paúm-pá-úmm, paúm-pá-úmm.

Simeone ha construido, él solito, un todoterreno robusto y resultón, una máquina sin artificios ni alerones, sin GPS ni aire acondicionado, cuadradote y poco glamouroso con suspensión de ballesta y arranque con botón, como los Land Rovers antiguos; un coche que, cuando la cosa se pone fea, resulta fiable, sólido y resolutivo porque, bajo su apariencia discreta, en realidad hay un prodigio de la ingeniería. El Valencia planteó un partido con barro y cuesta arriba, un partido en el que quizás se habría varado  el Alfa Romeo Giuletta Spider del 55 que conducían en Barcelona y habrían patinado las ruedas anchísimas del Opel Manta tuneado que se ha comprado este año el tercer equipo de la Capital con el dinero de un constructor. Pero eso no le pasa al Atleti del Cholo. Seguro de su idea y convencido de su juego, el Atleti porfió con la determinación del que se sabe capaz de echar abajo un muro de piedra con una cucharilla. El Atleti de hoy, 200 caballos de tracción total sin alardes, carácter de tractor y sin cuero en la tapicería, se fue al vestuario, se puso ruedas de tacos, metió la reductora y salió con la idea de soplar y soplar hasta derribar la casa de ladrillos que le habían construido enfrente. Por si fuera poco, el lobo es de Lagarto y eso le convierte en una criatura mitológica parecida al Grifo, aunque en este caso al de vermouth. 

Tras salir del vestuario, el Atleti dio muestras de haberse sacudido la grima que da dejar manchas en las alfombrillas nuevas y se puso al lío. Avisó un par de veces hasta que marcó Diego Costa un gol de empuje que recordó a aquellos que metía en el Barcelona un delantero brasileño con tendencia a engordar y a hacer anuncios de póker. Diego Costa controló regular, avanzó a trompicones, entró por donde buenamente le dio a entender el momento, tiró con la zurda y le dobló la mano al portero. Es de justicia reconocer que Diego Costa lanzado no resulta muy estético; se mueve con maneras de coche de choque y sugiere un punto torpón, como si en vez de regatear simplemente atajara para llegar antes a posiciones de tiro; viendo el resultado, hay ya quien intenta ensayar el atajo como recurso futbolístico y baraja varios nombres para el lance: a atajinha lagartera, o atroche costeiro, o barullo trompicão. Cuando Diego Costa recoge el balón cerca del medio campo y comienza a correr en dirección al portero, hay quien dice que tiene los ojos en blanco y una fuerza sobrehumana, y que cuando celebra el gol lo hace gritando en leguas antiguas que se creían extintas. Si en esos momentos se lesionara, recomienda el Club, en vez de avisar a un fisioterapeuta es conveniente llamar a un exorcista.

Tras el gol de coraje llegó el de capricho. Raúl García enchufó con la zurda un balón que tuvo la amabilidad de caerle cerca, dejando clara su importancia en el equipo, deshaciéndose de muchos detractores y ganando a la vez un enemigo: David Villa. De nuevo desfigurado y blandito, Villa tiene pinta de soñar con Raúl García, levantarse en medio de la noche con sudor en la frente, repasar mentalmente las veces que él toca el balón y compararlas con las veces en que éste le llega al navarro quien, fiel reflejo del robusto coche todocamino del Cholo, juega en manga corta en medio del ártico y marca goles con las cuatro ruedas y el remolque si hace falta.

El último gol, como el último desliz de Paquita la del Barrio, fue por placer. Falló un penalti Diego Costa a pesar de que el portero se había tirado un rato antes de que la pegara él, y al rato provocó otro. Al parecer desde el banquillo se pidió que fuera Raúl García quien lo tirara, pero nadie se enteró y el brasileño que jugará con España se dio el gusto de tirar un nuevo penalti, meter un segundo gol y ponerse pichichi consorte. Y, en ese momento, el Land Rover de acero templado mutó en caza-bombardero match-3. Simeone pidió un cuarto gol para hacer al equipo líder, rugió la grada y la austera máquina de ganar terreno palmo a palmo trasmutó en fiera desbocada. Si hace dos años nos dicen que íbamos a ver a Filipe Luis tirándose al suelo como un loco en el minuto 85 y con tres a cero a favor, habríamos llamado a un médico; si nos cuentan que el último córner del partido se iba a jugar con la intensidad del último minuto de una final de Copa, habríamos llamado a un guardia.

Tres goles, tres, se llevó un Valencia digno y peleón, bien plantado el primer tiempo y rendido el segundo al empuje de Diego Costa y la fe general del grupo. Uno no recuerda un Atleti tan convencido de sus posibilidades y tan dominador de la psicología de los partidos, tan capaz de transmitir a la grada que sí, que por empinada y embarrada que sea la cuesta, hay tracción para llegar arriba.
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Partido a partido

“Partido a partido”, dice Simeone  antes de cada encuentro y “partido a partido” repiten los jugadores a coro tras cada victoria, empate o derrota. “Partido a partido”, dice la prensa en un alarde de inventiva y “partido a partido”, dice la grada. La grada dice “partido a partido” y piensa, al mismo tiempo, si no es ya momento de mirar un poquito más allá, de darle un poco de vidilla a la imaginación y al optimismo. La afición, reunida en bares y rara vez en museos, habla del equipo, de la capacidad de sufrimiento y la fe de los jugadores, de la cantidad de balones que recupera Gabi, del cambio asombroso de Filipe Luis y Juanfran, y cuando dice todo esto la afición sonríe. Habla luego del andar zambo de Arda Turán, de las roscas de Koke, de los últimos partidos de Tiago y de la explosión Raúl García, y la afición se viene arriba. Pero cuando habla de Diego Costa y su lagarterana marca registrada, de su gol por partido, de su pelea con los defensas rivales y esa forma tan suya de apoyarse en el cuerpo de los centrales para bajar el balón y controlarlo, es complicado parar el optimismo. Ahí seguimos, dice la afición, quién nos lo iba a decir, en diciembre y ahí seguimos. ¿Y si el tema sigue así, oiga? ¿Y si empieza a flojear tal rival y tal otro, eh, qué me diría entonces? ¿Y si el Atleti no afloja, que no tiene pinta de aflojar? ¿Eh? ¿Eh? ¿Entonces qué? ¿Entonces qué, oiga?

Y entonces, entonces, oiga, siempre hay alguien en el bar que enfría el ambiente. “Partido a partido”, dice en enfriador sensato, “partido a partido”, dice, como si la euforia del bar pudiera contagiar a la plantilla y hacerle mal. “Partido a partido” se van repitiendo a sí mismos los participantes, calmándose unos a otros, rebajando la euforia hasta el optimismo moderado y, de ahí, al pragmático escepticismo cholístico. “Partido a partido”, se conjura la afición en el bar y en la grada, consciente de que ella también juega, que con ella también cuenta el Cholo para ganar el siguiente partido, para rebajar la euforia y el optimismo de los jugadores, para no rebajar la concentración ni la humildad.

“Partido a partido”, dice responsable y conjurada la afición cholista empedernida, aunque por lo bajini piense, como en el cuento de Monterroso, “cuando el Barça despertó, el Atleti todavía estaba allí”.
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Ayer vino al Calderón de visita Ujfalusi, que se nos retira del fútbol. La retirada del fútbol de Ujfalusi ha sido una mala noticia para los aficionados, pero muy bien recibida por los delanteros rivales, las maduritas interesantes y los fabricantes de hachas. Cosas de las retiradas.

Ujfalusi, que estuvo tres años en el Atleti, dejó un recuerdo estupendo. Tipo duro y sonriente, buen central y lateral, será recordado por los que le vieron poco por haber dado un pisotón dolorosísimo a Messi; aquellos que vimos más a Ujfalusi no le tenemos por jugador violento o sucio, sino por un tipo duro y noble con el que mejor no cruzarse por la banda después de haberle hecho un feo a un compañero. Los que sí vimos a Ujfalusi y no hablamos de oídas recordamos más bien sus subidas por la banda, su arrojo para sacar balones del área y esa extraña conexión con la grada del Calderón, que tardó cinco minutos en acogerle como uno de los suyos, aproximadamente el mismo tiempo que Ujfalusi tardó en demostrar que eso era exactamente lo que era. Desde esos cinco minutos, el Calderón estuvo del lado de ese checo recién llegado que sonreía de oreja a oreja a los rivales a modo de bienvenida intimidatoria, esa sonrisa hiela-corazones que sólo Sir Gawain, caballero de la Mesa Redonda con fama de mujeriego y borrachín, era capaz de esbozar justo antes de que empezara la batalla cuando el resto de caballeros, mucho más respetables y comedidos, apretaba las mandíbulas y tiritaba de miedo.

En días de partido duro, la sonrisa de Ujfalusi levantaba el ánimo de la grada y asustaba a los rivales y, ya de paso, a Jurado, que pedía a voces una mantita. Ujfalusi fue de los nuestros desde el día en que llegó, y no sabemos si fue así por tener esa pinta de guerrero suevo, por no rehuir nunca la responsabilidad ni la pelea, por encarnar el espíritu de los defensas legendarios del Atleti o por no achantarse cuando la cosa se ponía complicada. Ujfalusi casó bien con la grada del Calderón y quizás no tan bien con este fútbol bajo en calorías y alquitrán de manotazos fingidos y lesiones simuladas que nos ha tocado vivir. Por desgracia, los que crean opinión en este país tan raro tienden a ver más bien poco todo lo que no huela a Barcelona o al tercer equipo de la Capital, así que para la mayoría de la crédula audiencia radiofónica, Ujfalusi fue un salvaje. Así lo dijo en una ocasión Salvador Sostres, ese humorista, lo que viene a reafirmar que estamos en lo cierto: cuando uno piensa exactamente lo contrario que Salvador Sostres, es porque lleva razón.

Ujfalusi se retira y uno cree que no le faltarán ofertas de trabajo. A estas horas es sabido que su caché sube y sube para aparecer por sorpresa desde el interior de tartas de cumpleaños de treintañeras de buen ver. Sabemos también de ofertas de empleo para ser probador de sierras mecánicas, modelo de chalecos de cuero, figurante en Braveheart 2, responsable de seguridad de bares heavys, guía de montaña por los fiordos noruegos y catador de cervezas con vodka. Sea cual sea la deriva profesional que tome el gran Ujfalusi, esperamos verle a menudo por la grada del Calderón y, si hay suerte, ser testigos de su último gran servicio a la afición colchonera: un combate a muerte en ring-jaula de valetudo contra el ministro Montoro.

Salve, Tomás I, que tenga Vd suerte. Vuelva Vd pronto por casa y pásese a saludar cuando quiera.


lunes, 28 de octubre de 2013

Crónica de otro buen partido (o “Hang the speaker”)

El Atleti ganó un partido en el que previamente se guardó un minuto de silencio por María de Villota, piloto de Formula 1 con aspecto de buena persona y sin demasiada suerte, cuya muerte nos dio mucha más pena de lo esperado. Una lástima, descanse en paz.  

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Señores Directivos del Club:

De todos es sabido que no tienen la más remota idea de qué es el Club que Vds maldirigen e injustamente controlan. Nadie a estas alturas tiene dudas sobre sus verdaderas intenciones al frente del mismo y nadie se sorprende ya cuando compran y venden jugadores que nunca aparecen por el Calderón y acaban en Turquía. Sabemos de sobra que le importan un pito los socios, si se manchan los pantalones al sentarse en las localidades que con tanto esfuerzo pagan o si sufren infecciones urinarias tras pasar por los servicios. No necesitamos que nos expliquen que de historia del Club van justitos y que desconocen lo que significa, por ejemplo, posar con una camiseta del otro equipo grande de la capital o ignorar la alineación del Doblete. Sabemos a ciencia cierta que no permiten críticas en la grada ya sea en forma de gran pancarta reivindicativa o panfleto Din A-4, si bien sí toleran gritos del todo inaceptables por insultantes, vergonzosos y altamente ofensivos para los visitantes y los locales de buena fe; quizás sea porque algunos de Vds pasan los partidos en casa dando vueltas por la M-30 para así no ir al Calderón a pasar nervios, aunque sorprendentemente sí aparecen en Mónaco a ver una final a ver si cae algo, qué cosas, oiga. Asumimos con resignación su falta de tino y clase en las ocasiones en las que les toca representar oficialmente al Club al que nuestros abuelos dedicaron tantas horas. Nos irrita el oscurantismo y la falta de explicaciones sobre operaciones que tendrán un impacto directo en el futuro de ese Club con el que se hicieron de manera probadamente fraudulenta;  nos hace hasta gracia, eso sí, que cuando esta última se discute ante un tribunal, su prestigioso equipo jurídico adopta para la defensa el magnífico argumento de que el juez les tiene manía.

Con todo esto, asombrados aún por cómo por fin se dieron cuenta de que el más elemental perogrullismo aconsejaba traer un buen entrenador que conozca la casa, les reconocemos ojipláticos las mejoras en la imagen del Club que ha conseguido el equipo de comunicación que se incorporó hace ya un par de temporadas. Lo que éste ha venido haciendo ha sido por lo general positivo y en ocasiones (como alguno de los vídeos titulados ATM Insider) hasta brillante, y demuestra con frecuencia un conocimiento de lo que de verdad importa y llega al aficionado que Vds nunca jamás demostraron, sobre todo  el día del desfile triunfal de los de Sensación de Vivir.

Por ello nos asalta una pregunta. Si nos queda claro que Vds no tienen ni repajolera idea de qué es el Calderón pero han tenido el tino de dejar que alguien haga su trabajo, ¿DE QUIÉN HA SIDO LA BRILLANTE IDEA DE PONER UN SPEAKER A GRITAR EL NOMBRE DE LOS GOLEADORES DURANTE LA CELEBRACIÓN? ¿Es necesario que tras un gol alguien dé voces reclamando que el público coree el apellido del jugador que acaba de marcar al soniquete de “cómo están usteeedeeess”? ¿No han caído Vds en que en el Calderón se cantan los goles la mar de bien desde hace más de cuarenta años? ¿No se dan cuenta de que los speakers valen para estadios sin tradición y aficiones recién formadas, para equipos con centro comercial en los fondos y ejecutivos extranjeros en los palcos? ¿Para qué vale el speaker? ¿Cuánto cobra? ¿Es amigo suyo? Y, lo más importante de todo: ¿Es el speaker Gonzaló Miró?

Atentamente,

Carlos Fuentes
Liga Mundial Anti-Speakers, Sección Dioptrías



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Llegaba el Betis al Calderón y eso es siempre una buena noticia. Primero, porque viene el Betis; segundo, porque vienen los béticos, unos de las pocas aficiones rivales que vienen en tropel y vestidos con sus colores, se sientan en la grada mezclados con todo el mundo y no pasa nada de nada, como debería ser siempre. La afición del Betis llega siempre en buen número al Calderón y hay ya quien viene año tras año y ya le conocen en las localidades vecinas. Hombre qué bien, Vd por aquí otra vez, qué tal todo; hay que ver lo grande que se ha puesto este niño, la primera vez que vino era chiquitito y se aburría y ahora analiza el partido con un rigor táctico que ni Griguol, Carlos Timoteo, oiga. El Betis salió ayer trasquilado del Calderón y nos da una cierta pena, que no en vano el Calderón es un campo talismán para el Betis desde que ganara aquella Copa del 77 y desde que, poco después, le metiera un 0-4 al Atleti de Dirceu ni más ni menos aquél Betis memorable de Esnaola, Bizcocho, Cardeñosa, Parra, Ortega, Lobo Diarte y un jugador extremeño que luego se hizo muy antipático por frecuentar indeseables.

Salió el Betis vestido de Betis y esto fue ya una alegría. La afición, que ha visto al Betis vestido de cortina de baño, de equipo japonés y de filial de Banfield, respiró aliviada al ver al Betis vestido de rayas verdiblancas, sin camisetas de audaz diseño ochentero ni obras de diseñador daltónico. Salió también el Atleti, pero esto se lo contamos en un párrafo aparte que leerán en breve, un párrafo que está aquí mismo a la vuelta de la esquina, un párrafo impaciente por ser leído y ser terminado para así poder irse a jugar al dominó con otros párrafos amigos suyos en una cafetería frecuentada por párrafos y, en viernes, sábados y vísperas de festivo, por alguna cuarteta monísima.

Salió el Atleti con la defensa y delantera de los domingos y algún cambio en la media. Ausente Arda Turán por una distensión de perilla y bigote, Simeone alineó por fin a Óliver Torres, la joya de la cantera. Óliver Torres, jugador jovencito que muestra mucha más calidad y madurez que la mayoría de sus compañeros en las divisiones inferiores, se hacía de rogar en las alineaciones del Cholo y esto había levantado más de una ceja. El Cholo no se fía, pensaba la afición, Óliver Torres no está aún hecho del todo, le falta físico y experiencia y en el estado general del equipo, muy formado, muy serio y muy enfocado al partido a partido, no hay sitio para experimentar con Óliver. Pero contra el Betis Óliver, mu chiquetito, mu reondito y mu luminoso, salió de inicio para demostrar a Simeone que puede jugar dónde y como Arda y a los doce segundos ya había metido un gol.

-  - Qué gol más rápido, creo que nunca habíamos visto uno así de rápido del Atleti en este campo
-  - Debe ser por lo del cambio horario, oiga
-  - Debe ser, sí.

Óliver Torres se aprovechó de una jugada embarullada con rebotes, controles y descontroles que acabó iluminando Koke con un buen pase hacia el centro del área, zona por la que venía Óliver Torres junto con otros dos o tres compañeros, así, en tropel. Óliver Torres marcó tras pegar en un rival y, gracias a ello, se tranquilizó la afición, se tranquilizó Óliver Torres, se tranquilizaron los seguidores de la cantera y se tranquilizó el Ayuntamiento de Navalmoral de la Mata, reunido en pleno extraordinario. Óliver hizo un buen partido con acciones de mérito y otras menos afortunadas que le valdrán para ir aprendiendo cosas valiosas cuando, en breve y si todo va como esperamos, esté llamado a llevar el peso del equipo.

Dejando aparte la efeméride del debut de Óliver Torres, al que Dios guarde muchos años, el Atleti hizo un buen partido que acabó en goleada ante un rival flojo, en el que sólo Nosa demostró presencia y físico. El primer tiempo, aburrido gracias a un claro paso atrás dado por el Atleti tras tener ventaja, empezó a dejar clara la que iba a ser la noticia de la noche: la forma física de Villa. Villa, tan ausente últimamente, tan tristón en su juego y tan despegado de las zonas en las que puede hacer daño, empezó el partido mostrando mucha más mordiente y confianza en su físico y lo terminó casi igual. Más agresivo, más presente y más rápido en las recuperaciones, Villa pareció agradecer sobremanera el parón de la selección y el plan de mejora física al que probablemente le haya sometido el Profe Ortega. Más participativo y sobre todo más rápido a la hora de llegar a zonas de remate, terminó por meter dos goles, algo casi anecdótico por ser consecuencia de su mejoría general. Metió  uno de cabezazo hábil adelantándose a un defensa algo blandengue y otro, rompiendo un balón que le llegó tras un mal despeje de nuevo de la defensa del Betis. Ya puestos, le dio un buen balón a Diego Costa en el gol de éste. Villa pareció mucho más entonado en lo físico y más alegre en el juego, algo que echábamos de menos ya en los 15 partidos que se han disputado este año. Esperemos que este partido le sirva para ir para arriba y ganar definitivamente la confianza de los compañeros, más inclinados a buscar a Diego Costa en los contraataques hasta la fecha, vista la aportación ectoplasmática que ha tenido hasta el momento el asturiano.

Cada vez resulta más complicado destacar jugadores en los partidos del Atleti de Simeone, que se caracteriza por el alto nivel de físico y juego que muestran todos aquellos que juegan. Aquellos que destacan no lo hacen con muchos cuerpos de ventaja del resto, acostumbrados a hacer su trabajo y a hacerlo bien la mayor parte del tiempo. Si alguien hubo destacable en la defensa del Atleti del domingo fue Filipe Luis, muy activo, muy rápido al subir y en las recuperaciones, muy preciso en los pases hacia el centro del área (como en el gol de cabeza de Villa) y muy listo para salir de situaciones complicadas. Jugaron bien Miranda y Godín, y también Juanfran, cada vez más confiado, pero Filipe Luis fue quien más brilló y quien llevó el peso del inicio del ataque en más ocasiones. Llévese él pues el protagonismo de su párrafo.

En el centro del campo volvió a brillar Tiago, en un excelente estado de forma, agresivo cuando la situación lo requiere y pausado cuando hace falta. Jugó bien Koke, aunque quizás no al nivel estratosférico de los últimos partidos, y estuvo enorme Gabi. Gabi se ha convertido en un portento físico capaz de recuperar un balón en defensa en el minuto 85, tras carrera de 60 metros; dado que el ataque bético había sido causado por una pérdida de Juanfran, a Gabi le sobra aire para corregir y abroncar al lateral por haber arriesgado en exceso a pesar de ir 4-0, pero es que Gabi, como el Cholo, mantiene la concentración hasta la ducha y sólo consigue relajarse más o menos hacia el martes, viendo Bob Esponja. Gabi, que robó balones que acabaron en ocasión y recuperó otros que alejaban el peligro, acabó marcando un gol en el descuento aprovechando un rechace (hoy rechazo) tras una buena jugada de Adrián, y nos llevamos una alegría monumental por ser Gabi un tipo honrado que se merece esas cosas y alguna más y más gorda que seguro que está por venir.

Y por último la delantera. En la delantera no brilló tanto como otros días Diego Costa, que no tuvo muchas y sí falló un par de ocasiones de las que él no falla: una Lagarterana Denominación de Origen de esas de carrera trompicada y cabeza baja que acabó en posible penalti, balón al lateral de la red y el portero rival lesionado, y otra que terminó en buena parada de Sara. Y aun así metió otro gol el tío, esta vez a pase de Villa; hasta en días menos afortunados Diego Costa mete un golete y así se queda más tranquilo y puede dedicarse a los pensamientos abstractos, que es lo suyo. Hacia el final del partido saldría también Adrián, que hizo algunas cosas de mérito y dio más sensación de confianza excepto cuando, tras robar un balón y encarar al portero rival, consiguió que las piernas le fueran más rápidas que el resto del cuerpo y cayó de forma cómica, como a veces le ocurre al coyote por culpa del anormal del correcaminos. Quedó Adrián tendido tras la carrera en medio de las risotadas del respetable y nos temíamos que hubiera sufrido fisura de ego y esguince de autoestima de grado dos, pero luego enderezó las cosas con un par de buenas acciones y ya ni se hicieron chistes ni nada, oiga.


El Atleti, serio, concentrado y muy fuerte, pasó por encima a un Betis que dista mucho del buen equipo que hemos visto hasta hace poco. Con ello, el Atleti sigue con una racha tremenda y un montón de puntos que le mantiene en segunda posición de la tabla y a los aficionados mejor peinados que nunca. Sin querer ir más allá del partido-a-partido, esa fórmula mágica que también ha calado en la afición, reacia a hablar de altas metas futuras, el Atleti sigue teniendo la excelente pinta que se difuminó momentáneamente en Cornellá hace unos días. La mejoría de Villa, la capacidad de aportar de Óliver Torres y el buen momento general de titulares y menos titulares invitan, como poco, a dormir tranquilos hasta el miércoles, que el jueves vuelve el lío. Enhorabuena a todos. 

lunes, 7 de octubre de 2013

Memento mori II (o tengan cuidado ahí fuera)






Que Madrid está hecho un asco es algo que venimos notando los madrileños desde hace ya un tiempo, al menos dos años y pico, desde el partido contra el Strømsgodset, sin ir más lejos. Madrid está sucio y feo, además de triste. Lo segundo es por la crisis, lo primero dicen que también. No hay dinero, se conoce, para vaciar las papeleras. No hay dinero al parecer para soplar las hojas y regar las esquinas en las que los perros y los borrachos hacen pis, ni para recoger la mugre que se amontona en torno a los contenedores de reciclaje. No hay dinero para cortar el césped en los parques, ni para llevarse la rama que tiró la tormenta, ni para recoger esa bolsa de basura despanzurrada que va regando de mondas de naranja la calle principal. No hay dinero para arreglar las calles, para rellenar los baches tamaño piscina, invisibles en días de lluvia en los que las motos entran y salen como los ñus salen del río Mara en su migración anual, ni esos otros tipo marca de arado en los que, si uno mete la rueda delantera de la vespa, queda condenado a seguir por la hendidura hasta que ésta  termine, como si fuera un rail.

No hay conciencia tampoco del madrileño medio, quien, viendo la ciudad hecha un asquito, contribuye a la repugnancia general tirando de todo al suelo aunque, eso sí, protestando en los bares por la falta de personal de limpieza. Quizás animado por la costumbre general de llenar los arriates de porquería, el madrileño tira de todo y a todas horas y si alguien le afea la actitud responde insultando a la madre del denunciante y, ya de paso, a los inexistentes servicios municipales. La falta de civismo y la protesta simultánea gustan mucho en esta tierra, casi tanto como limpiar la propia conciencia con la excusa de que todo el mundo hace lo mismo. No hay dinero, se conoce, para explicar en las escuelas que lo público es de todos, que ensuciar no está bien visto, que si cada uno se hiciera cargo de lo suyo todo sería más fácil.

En el centro la basura desborda las papeleras y el olor de las esquinas recuerda a los urinarios del Calderón de hace unos años, cuando había una acequia evacuadora que discurría cerca de los pies de los usuarios y terminaba en un sumidero. Y eso es el centro, la zona donde van los turistas, los barrios que vende el Ayuntamiento a los turoperadores para que capten viajeros con la promesa de una vida cultural nocturna que ya no existe apenas. En los barrios, donde la imagen de la calle no vende en el extranjero, la situación es más grave y ya se escuchan relatos sobre vertederos espontáneos en los que habita la serpiente aquella del basurero de la Estrella de la Muerte,  pirámides de porquería que desafían en altura a las de Chichén-Itzá y baches inundados en los que se han hecho fuertes familias de castores de más de quince individuos.

Antes era común ver cuadrillas fosforescentes recorriendo la ciudad de cabo a rabo y limpia que te limpia, atronando las mañanas de sábado de otoño con unos motores pegados a un tubo que agrupaban las hojas caídas y regando las calles tras una tormenta con aparato eléctrico y caídas de cien litros por metro cuadrado en media hora. Los buenos, viejos tiempos en los que las calles se limpiaban casi demasiado parecen haber pasado y uno sospecha que el origen de la nueva tendencia está en el mismísimo Estadio Vicente Calderón, coliseo descuidado por sus propios propietarios ilegítimos, que escatiman en la limpieza y mantenimiento de los asientos para así pagar menos a la contrata de limpieza de la que, dicen, ellos mismos son propietarios. Uno no descarta que Cerezo, tan bien relacionado en las altas esferas madrileñas no electas, sugiriese a sus contactos en Ayuntamiento y Comunidad el cambio de estrategia: no limpien, oiga, nosotros llevamos no sé cuánto tiempo sin pasar un mocho por la grada del Calderón y ahí nadie se queja, oiga. Y encima, si se queja alguno, tengo los santos cojones de decir públicamente que me extraña tanta suciedad al ser yo un maniático de la limpieza y con eso todos tan contentos, ya verán.

Madrid está hecho un asco y de la ruina general sólo lo salva parcialmente el brillo de un equipazo de fútbol cuyo estadio también quieren convertir en un montón de escombros los mismos que no se ocupan de retirar la basura del resto de calles de la capital.

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En domingo soleado de octubre llegó la afición al Calderón prontito por la mañana, y tomó café con porras o chocolate con churros o café largo en vaso con leche templada o una mediana con leche y media tostada con aceite ¿y tomate o solo aceite? venga, tomate también, que es rojo y con el blanco de la miga del pan hacemos los alegres colores de tu raya roja y blanca, cuando al quedar campeones todo el público te aclama. ¿Y el niño? El niño quiere un colacao ¿quieres un colacao? No quiere, dice, póngalo igual, niño, el colacao, ven aquí a tomarte el colacao o te pongo en el techo de tu cuarto sobre la cama una foto de un primer plano de la cara de Diego Costa a tamaño cartel de cine de la Gran Vía y no pegas ojo hasta que acabes la Universidad, te lo digo yo, tómate el colacao que te conviene, niño ya. El fútbol a las doce de domingo es lo que tiene, que uno desayuna un rato antes de meterse al estadio y da la mar de alegría saber que el día comienza tomando el solecito en la grada del estadio.

La afición tomó el solecito y vaya si lo tomó: durante todo el partido, y a excepción de algunas zonas cubiertas, la afición se bronceó, pero solo por el lado que daba al fondo sur, por el que venía el sol de visita y con cara de domingo. No le dio tiempo al sol a cubrir todo el estadio en el tiempo que duró el partido y así, cuando después del final la gente se echó a la calle a celebrar una nueva victoria del equipo del Cholo Simeone y ocupó terrazas y barras de la zona del Rastro y la Latina, los que no habían ido al estadio se asombraron por la invasión de descendientes del Barón Ashler que tomó súbitamente la zona. Se ha quemado Vd pero sólo el lado izquierdo, tiene Vd la nariz colorá pero sólo el lado izquierdo, se le nota a  Vd la marca de la patilla de las gafas pero sólo el lado izquierdo. Así es, respondía la afición semibronceada, así somos los del Atleti, tan buen momento vivimos que nos ha dado por broncearnos en rojo y blanco, la mitad de la cara de cada color para que se note bien el lunes quién manda en la capital; así somos nosotros, váyalo sabiendo, oiga.

Salió el Atleti al campo y se llevó una ovación atronadora, la ovación que se le da a los equipos que llevan 7 de 7 ganados en liga, tres de ellos en salidas a campos complicados, más dos más en Champions que son nueve y no seguimos contando por no pecar de soberbios. Aclamo la afición al equipo y sobre todo lo hicieron los miles de niños chicos que ocupaban las gradas vestidos de rojo y blanco, como Dios manda. No cabía un alfiler en la grada del Calderón y hasta las escaleras de la grada de lateral estaban llenas de gente que intentaba controlar a los niños que subían y bajaban por las tribunas para agotamiento de sus cuidadores.

Salió el Atleti titular-titular y esto produjo el primer comentario de la grada. Vaya vaya, ni una rotación hoy, ni un cambio tras los dos últimos partidos y el esfuerzo que exigieron. ¿No era día para ver a alguno de los nuevos? ¿No era día para dar descanso entre los que más partidos llevan, por más que haya dos semanas de parón? ¿Cuándo tendrán minutos en casa Manquillo, Aldecoa y Guilavogui? ¿Será que el Cholo no se fía, que no quiere irse al parón con un mal sabor de boca, que la presión que pone el Barça obliga a no fallar nunca? Vaya vaya, todos los titulares, todos, qué cosas, oiga, qué cosas.

Salió el Atleti muy sólido y con ganas de solucionar las cosas pronto, como si Simeone supiera que todo lo que no fuera llegar desahogado al  último tramo de partido sería una losa demasiado pesada. Y así fue, o al menos lo pareció, y el Celta no jugó en campo del Atleti durante todo el primer tiempo, con lo que la grada entera miraba al fondo Sur y al asedio de los nuestros y gracias a ello cogió un poco más de color en el otro lado de la cara. El Atleti jugó serio y agresivo y el Celta se defendió bien y con orden – quizás con excesiva querencia a caerse al mínimo contacto - y entre todos destacó en el primer tiempo Juanfran, desatado a ratos por su banda, contento de recordar sus tiempos de extremo driblador y llegador. Jugó bien también Filipe Luis y entre uno y otro entraban y entraban hacia el centro del ataque donde Villa una vez más aparecía poco y Diego Costa aparecía más. Con el centro del campo más opaco que otros días, en especial Arda Turan, los laterales llevaron toda la alegría al ataque y los centrocampistas sostuvieron la presión y la recuperación.

Pero los contrarios también juegan, al menos a veces, y el buen primer tiempo del Atleti topó con Yoel, portero del Celta vestido de defensa de River Plate. Yoel paró un penalti tontorrón pero penalti al fin y al cabo, y también paró su secuela. Paró luego por arriba y por abajo, paró todo lo que le llegaba a puerta hasta que Filipe Luis se coló por su banda y metió un pase fuerte y cruzado que pasó por delante del primer palo, en el que estaba el portero. Al segundo entraban Godín y Diego Costa y en el campo pareció que fue el primero el que metió el gol, mientras que en los papeles parece que fue el segundo. Tanto da, uno cero tras un buen primer tiempo, quizás algo escaso pero ahí quedó.

El segundo tiempo fue otro cantar. El Celta dio un paso al frente y el Atleti lo dio hacia atrás, más justo en sus fuerzas y menos dominador. Poco a poco el Celta fue sintiéndose más cómodo y el Atleti pasó a tener un único recurso: el pase largo a Diego Costa, más beneficiado por tener más espacio por delante. Como el día del Osasuna, cada balón recuperado por la media llevaba al aficionado a buscar instintivamente el arranque largo de Diego Costa desde la izquierda hacia el centro. Eso mismo pensó Gabi cuando pareció despejar un balón recuperado en el centro del campo: pareció despejar, decimos, porque en realidad hizo un pase magnífico para que Diego Costa marcara el segundo en un momento importantísimo, cuando el Celta se crecía y el Atleti se achicaba. Controló Diego Costa en zona proclive a la Lagarterana, frente al cartel de Castellana Wagen, pero en este caso condujo bien, dejó atrás a su marcador y marcó un gol estupendo, otro más, otro gol importantísimo tras otra muestra de poderío. Diego Costa está en un momento espectacular, con una confianza y un físico que le permiten protagonizar unas arrancadas parecidas a las de De Villiers o Barret en el INCREÍBLE Sudáfrica – Nueva Zelanda del sábado, un partido que todos los aficionados al rugby deberían ver y que todos aquellos que nunca han visto un partido de rugby pero sienten una mínima curiosidad deberían ver también: deporte de kilates en su máxima expresión.

Momentos antes del gol de Diego Costa, Villa fue sustituido por Óliver Torres. Villa había fallado una ocasión clamorosa a pase de Diego Costa tras arrancada à-la-all-black de éste a la que Villa se sumó tarde, lento y sin potencia en la arrancada. Aún así, Diego Costa guardó el balón y puso un pase perfecto a Villa, que falló un gol más que probable. No es eso lo grave. El tema Villa, a juicio del que suscribe, empieza a ser preocupante. No por el fallo, que estas cosas pasan, sino por la falta de fuerza. No por los errores sino por el agotamiento que los provoca. No por la desconexión total del juego y la falta de protagonismo, sino por el estado físico que le lleva a ello. Villa se fue lesionado y algunos pensamos que le vendrá muy bien no ir a la selección y quedarse dos semanas bajo la vigilancia del Profe Ortega, porque algo no funciona en el asturiano.

Cuando el partido se ponía feo salió Óliver Torres por Villa y marcó Diego Costa. Equipo y grada entraron en una especie de agradable sopor que no presagiaba nada bueno; el primero pudo estar agotado; la segunda, excesivamente confiada. Dos cero era un buen resultado pero el Celta, con Rafinha a la cabeza y Nolito recién salido, empezaba a dar la sensación de hacerse con el control ante un equipo cansado. Marcó el Celta con casi 25 minutos aún por jugar y el susto se hizo hueco entre la afición tostada vuelta-sin-vuelta. La salida de Arda agravó la situación, al ponerse Óliver Torres a defender por delante de Juanfran. Óliver Torres, virtuoso del balón y siempre presto a enseñarse a los compañeros, se vio incomodísimo en su función táctica cerca de la banda y fue una y otra vez desbordado por los contrarios, que entraban cómodos por su banda ante la falta de entendimiento del chaval con Gabi y Juanfran. En un momento dado, aprovechando una pausa, desde la grada pareció que Gabi hablaba con gestos a Simeone, indicando con las manos un cambio a realizar: inmediatamente después el Cebolla Rodríguez pasó a la banda derecha, donde el Celta hacía sangre, y Óliver se iba a la izquierda. El Cebolla lo hizo mal, desfondado y sin su electricidad característica, despegado del follón y con tendencia a irse al centro, dejando huecos a  su espalda. Todo esto demostró varias cosas. La primera, que a Óliver le falta tiempo y que por ello es normal que Simeone tome precauciones. La segunda, que con cuatro o cinco lesionados a la vez, el banquillo ofrece muchas menos alternativas y por tanto es importante que los nuevos cojan minutos. La tercera, que Gabi es importantísimo, y no solo por lo muchísimo que corre. Por eso la lesión de Gabi, que en el campo pareció mucho más grave de lo que luego por fortuna fue, dejó a buena parte de la afición muy preocupada toda la tarde.

Tras un rato de asedio y angustia en el que Courtois dejó claro que con él siempre se pudo contar y en el que debutó Guilavogui y su estampa de fondista kenyano, terminó el partido. Dos a uno ganó el Atleti, que sigue con su racha triunfal; no obstante, la carga de partidos y la intensidad de los últimos pide a gritos descanso para algunos de los titulares y minutos para el fondo de armario. Por segunda vez consecutiva se sacó adelante un partido en casa de esos que antes se empataban o perdían, pero el mensaje no debe quedar en saco roto. “Memento mori”, susurraban a los generales romanos al oído cuando entraban triunfantes en Roma, “recuerda que eres mortal”, les decían para que no se relajaran y no se subieran a la parra. Memento mori debería recordar el equipo cuando marca el segundo gol en casa y da aire al rival: sin un 100% de intensidad, el equipo es menos; con parte del banquillo lesionado, el equipo es menos; con la grada de parranda, el equipo es menos. El Cholo lo sabe bien y ayer sacó la artillería pesada para un partido teóricamente cómodo, consciente del cansancio y de la enorme presión por mantener el pulso de la liga. Lo que el Cholo hace, bien está: ayudemos pues, memento mori. 

jueves, 19 de septiembre de 2013

De la vuelta de los tiempos que nunca debieron haberse ido



Debutaba el Atleti en Champions tras la excelente temporada anterior y buen inicio de la presente, y en los alrededores del Calderón había una extraña placidez. No había tensión ni había demasiados gritos, no había nervios ni sensación de día grande, había más bien de partido de trámite, de los de hoy también ganamos, de los de cómo lo ve Vd, yo bien, bien, hoy lo solucionamos fácil, oiga. Puede ser que la mayoría de la afición del Calderón no conociera los peligros potenciales del Zenit (tampoco el que suscribe, que sí tuvo a bien informarse unos días antes para llegar a la conclusión de que lo que venía no era una perita en dulce), o bien que la solidez del equipo, la entrega, los buenos resultados y la solvencia con la que se despachan partidos complicados en los últimos días haya calado lo suficientemente hondo en la afición del Atleti como para llevarla a otros tiempos. Porque el ambiente que había ayer en el Calderón no era el de un estadio que va a ver a su equipito medirse con los mayores, ni el de una afición dispuesta a convertir cada partido de Champions en una fiesta de las de no olvidar por si la cosa dura poca. La gente no fue al campo a ver un partido que era ya de por sí un premio, ni a hacerse fotos en las que se viera el logotipo de las estrellas para conservarlas en el cajón de la mesilla, junto a las entradas de los días grandes, la tarjeta de claves del banco y la medalla de oro que le regaló el abuelo el día del bautizo. No. La gente fue al campo tranquila y confiada, a ver ganar al Atleti, con la misma actitud, predisposición y sensación que teníamos los que, de niños, íbamos siempre a ver al Atleti ganar, rara vez empatar, ocasionalmente perder contra equipos que lo merecían y alguna vez con alguno que no. La afición va a ver al Atleti, sea a la Champions o a la Liga, con la misma sensación que teníamos en los tiempos en los que colgaba esa pancarta que ponía “Hoy también ganamos”, con confianza en el equipo y con la certeza de que, para ganar al Atleti del Cholo, Gabi y Koke hay que hacerlo muy bien, sudar sangre, tener suerte y contar con que los nuestros tengan un día extrañamente deslucido.

Salió el Atleti al campo la mar de tranquilo y salió el Zenit con una camiseta que unos veían azul y otros verde. Es azul, decían unos, no, es verde, decían otros; es azul tirando a verde, como aquella camiseta hecha de cortina de baño que una vez trajo el Betis, decían algunos con gran memoria cromática; es verdeazulada, como las algas cianofíceas, ideales go-gó, decían otros, declarados fans del Chico Más Pálido de la Playa de Gros. La discusión se zanjó al sacar un señor una pantonera de bolsillo y no se volvió a hablar del tema. El Zenit vino pues así, aturquesado, si bien más azulada vino su afición, agrupada en un fondo reservado sólo para ellos como si fuera una zona de seguridad, y también en grupos sueltos por las gradas, dos allí, tres allá, cuatro acullá. La afición rusa se mostró amable y correcta, y esto uno no sabe bien si se debe a su voluntad deportiva y visitante o al mismísimo carácter ruso, todo un misterio para el que suscribe, que es tonto. Un ruso aislado resulta raro de tratar, no me lo negarán, y no sabe nunca uno si está enfadado o de un humor buenísimo, si es cordial o le importa un pimiento agradar al resto, si ha bebido vodka o lo hará en un rato. Sin en vez de un ruso hay tres o cuatro la duda se multiplica y ante la visión de un grupo de rusos, uno sólo alcanza a confirmar la clasificación capilar de la raza rusa: rusos sólo hay calvos, como Gorbachov, con pelazo como Stalin o con pelo lacio y churriguetoso como Karpov. Pocos rusos escapan a estos tres genotipos, hay pocos rusos con entradas, casi ninguno con cortinilla, son escasas las coronillas encubiertas y sí son frecuentes las calvas totales, los pelazos ondulados con textura de capa de jabalí y los flequillos desvaídos y grasientos. Y esto no lo digo yo, que lo dicen los científicos de la prestigiosa Russian Traditional Hairstyle Preservation Society.

La afición rusa se mezcló en algunos bares con la afición local, y esta última les miraba con una mezcla de curiosidad y prevención, esa mezcla que producen los rusos fuera de Rusia, sobre todo a los pueblos latinos. Inquietantes, algunos rusos cenaron jamón, café con leche y zumo de naranja, que lo vio el que suscribe sin saber bien si alertarle al ruso de que normalmente eso por estos lares se toma de desayuno o hacer un vídeo de tres minutos. El ruso se acabó el café, pidió la cuenta, pagó con un billete de 500 euros y se fue tan campante al hotel a pensar en Rusia y su futuro, desvelado hasta las tantas por el relajante café con leche. Esta impactante imagen se repetirá en la memoria de todos los que asistieron al inusual ágape durante años, y posiblemente sirva como referencia para recordar el cómodo partido de ayer dentro de muchos años. El Zenit, sí, dirán los aficionados, el Zenit vino al Calderón vestido así como de verdecito y creo que ganamos fácil, no sé si dos cero o tres uno, sí, un partido cómodo pero sin historia, aunque, eso sí, luego algunos vimos a un ruso cenar jamón, café con leche y zumo de naranja y al menos tres si no cuatro tuvieron que ir a un psicólogo durante meses.

El Atleti empezó controlando el partido y empujando a los rusos hacia su área, lejos de la portería propia y buscando huecos por donde no los había. El Atleti salió con Villa solo arriba, con Adrián a un costado y Arda al otro y con Gabi y Koke por delante de Mario para evitar que ningún un jugador rival estuviera tranquilo. Gran parte del primer tiempo transcurrió cerca de la banda derecha rusa, donde Adrián se enfrentaba a un lateral rubito con pinta de enterarse poco y de cenar café con leche. Acertó el Atleti planteando el partido hacia ese lado, porque en el segundo tiempo quedó claro que el lateral izquierdo del Zenit era bastante mejor que el derecho, qué cosas tiene Simeone, no da puntada sin hilo este hombre, oiga.  Cerrado el equipo ruso atrás, la única vía de agua visible era el lateral derecho y ahí todos los ojos se fijaron en Adrián. Adrián, una vez más respaldado por el Cholo y por la grada – salvo a ratos, algo comprensible – demostró que lo suyo es más un problema de cabeza que de fútbol. Adrián alternó regates y carreras de las de hace dos temporadas con rehúses y dudas de las del año pasado. Falló pases fáciles y evitó que Filipe Luis le doblara, se escondió en algunos lances y con frecuencia se giró y buscó un pase cómodo en vez de arriesgar; en otras ocasiones, cuando tuvo que pensar menos y actuar más mecánicamente, desbordó al rival, buscó huecos y presumió de arrancada. Esto último no le bastó para coger la confianza necesaria hasta bien entrado el partido y, cuando mejor estaba, fue sustituido por Baptistao, que metió un buen gol en su primera acción y dejó la cabeza de Adrián llena de manchas de Rorschach  y de dudas que esperemos se despejen.

Con el Atleti volcado hacia adelante y hacia la izquierda durante el primer tiempo, Mario y Gabi tuvieron una presencia más testimonial que otra cosa, dando protagonismo a Koke. Koke asumió la responsabilidad con un partidazo en lo físico y en lo táctico, recuperando balones y apareciendo por todas partes, tapando su zona y la de aquellos que cometían un error, poniendo balones perfectos a la cabeza de los compañeros: suyo fue el pase del gol de Miranda, suyo fue el pase que dio lugar al barullo previo al segundo gol y de haber estado algo menos impetuoso Godín, habría aprovechado para marcar algunos de los pases de Koke, fuertes y medidos, pases a los que basta poner la cabeza para, sin dar impulso, conseguir que el balón salga como un obús. El despliegue físico de Koke tuvo continuidad en Gabi durante el segundo tiempo. Gabi se dosifica y mide y, cuando queda media hora de partido, está dos puntos físicos por encima de los rivales. Gabi entonces es clave, soluciona errores cometidos por los compañeros, hace ayudas en defensa, aparece donde no se le espera, sale el primero a la presión y roba balones para alimentar a la delantera. Entre Gabi y Koke, y el buen partido de Mario, el medio campo ruso pudo hacer más bien poco a excepción de un ratito. Y eso que no pintaba mal, con Danny, jugador fino, Witsel, de estilismo capilar claramente poco ruso y Hulk. Hulk, todo hay que decirlo, pareció pasado de romana y algo lento, lejos de ese jugador eléctrico y potentísimo que hizo enmudecer el Calderón en el pasado. Hulk abusó de irse al suelo, fue superado varias veces en carrera por Mario y mostró una silueta abeyoncesada que supuso todo un desafío para el tallaje de sus pantalones cortos. Aún así, metió un golazo tras tiro potentísimo que nos recordó que todavía es peligroso a pesar de los blinis.

Sólo durante un ratito tuvo el Zenit la iniciativa en el partido, unos quince minutos al principio del segundo tiempo en los que el Atleti perdió presencia. Más lejos unos de otros de lo que es habitual, con más protagonismo la banda izquierda del rival, los jugadores del Atleti no encontraron su sitio. Pero con el partido empatado, Turan metió un gol de esos que uno no se espera que meta él, de esos que debería meter quizás Villa, quizás cualquier otro. Turan, que está haciendo un principio de temporada magnífico, mostró además de calidad y clase una rabia para marcar que hace dos años nadie habría creído. Para el que suscribe pocos jugadores han encajado en lo que la grada del Calderón espera de un jugador así como Turan: talentoso, carismático, salao, inexplicable, con un punto gamberro, despistado y desastre. Más atlético, difícil.

Obviando el buen partido de Filipe Luis, la aparente mejora de Juanfran y la seguridad ya clásica pero no por ello menos asombrosa de Courtois, merece un ratito el partido de Villa. Villa, que lleva poco tiempo en el club, parece estar aún en proceso de engranaje, en rodaje antes de encajar en la máquina que ha creado Simeone. Físicamente no se le ve a la altura del resto de compañeros, verdaderos portentos en muchas fases del partido, y cuando juega solo en punta pasa malos ratos al hacer la presión, algo normal para cualquier delantero que juegue con ese dibujo agotador y frustrante para los goleadores. Villa combina maravillosamente bien cuando juega al primer toque y busca la pared, alivia a los compañeros y crea espacios para él o para otro; cuando conduce el balón se echa de menos más potencia, algo que resuelve a veces con la picaresca de buscar una falta, como ayer. Cuando el equipo recupera en campo propio, aficionados y jugadores buscan instintivamente la carrera en diagonal de Diego Costa, galopando en la lejanía; cuando éste no está Villa es más conservador, consciente de que le es complicado a estas alturas encarar con garantías una carrera de treinta metros perseguido por uno o dos rivales, la especialidad de su compañero de ataque. Incómodo en el partido de ayer por el planteamiento de acumulación de gente por el centro del Zenit, sobre todo en el primer tiempo, Villa sacó algunas faltas de listo y buscó buenas combinaciones. Irá a más, esperamos, por más que el librillo del Cholo parece indicar que, este año, a falta de Falcao y su pelea interminable, el gol está llamado a repartirse entre centrocampistas y delanteros.


El Atleti ganó con solvencia a un equipo al que hizo parecer peor de lo que era, por más que en defensa sí dejó bastante que desear. La grada se ha acostumbrado a este equipo intenso, duro, que recupera el balón con furia gracias a concentración total, apoyos constantes y solidaridad de todos, desde los estilistas más finos a los tractores más potentes. El Atleti rocoso que recupera la bola y sale rápido y con calidad recuerda a ese equipo que se nos clavó en el alma, ese equipo al que íbamos a ver ganar, rara vez empatar, ocasionalmente perder contra equipos que lo merecían y alguna vez con alguno que no. Lejanos quedan los tiempos en los que todos y cada uno de los equipos de primera división nos jugaban de tú a tú, en los que los pequeños venían al Calderón a puntuar, en los que el bochorno era la seña de identidad y los empates en el último minuto contra el Mallorca se celebraban haciendo la ola. Más cercanos se ven los tiempos de narices torcidas y centrales con bigote, de victorias brillantes y victorias sin brillo pero por aplastamiento, de rivales dubitativos y asustados, equipos encerrados y visitantes deseando que pasase cuanto antes el infernal rato de visita al Calderón. Lejos quedan los tiempos oscuros, cerca parecen los tiempos que nunca debieran haberse ido y la razón es una, única y nacida en Buenos Aires el 28 de abril del 70, año en que el Atleti ganó la liga.