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domingo, 13 de septiembre de 2015

Planteamientos, teorías y tipos bajitos de Rosario


Recién empezada la liga y ya llegaba el Barça al Calderón en un momento que la parroquia rojiblanca intuía como bueno. El Atleti, que había empezado en casa contra Las Palmas con aire de equipo en pretemporada, había hecho un muy buen partido en Sevilla y había ganado con la contundencia de los campeones, esto es, con más diferencia en el marcador que en el juego. El Barça, por su parte, venía con una defensa rara y tras dejar la sensación aquí y allá de que no era tan invencible como a finales de la temporada pasada, quizás no es mal momento para que venga esta gente al Calderón, quizás no es mal momento.

Con estas ideas en mente llegaba la gente al campo, a ver un partido de esos en los que el Atleti busca mandar y asustar desde el principio e incluso apabullar al visitante. Al menos esa era la audaz opinión de muchos atléticos alicorados y enfervorizados por los espirituosos, con esa euforia tan de bar de cerca del estadio antes de los partidos en el que coinciden amigos tomándose tranquilamente una cerveza viendo el baloncesto y familias repartiendo bocadillos a los niños en el preciso momento en el que irrumpe un grupo exaltado ataviado con la misma camiseta de la peña del pueblo cantando oleoleolecholosimeone, jugadore juugadooreessss  y esas tonadas propias de nuestra grada que en ciertos momentos nos hacen hervir la sangre y en otros, cuando se cantan al borde del desgañitamiento y no procede en el ambiente, nos dan así como pudor. Quizás la LFP, que ayer repartió una Guía del Aficionado a la manera de la que lanzaron Los 50 para el Calderón, debería incluir un apéndice para explicar a las hinchadas que entrar a voces en un bar lleno de gente es parte de la tradición, pero no necesariamente agradable para el oído.

Pero como parece habitual últimamente en los partidos más disputados, el Ateti salió menos a apabullar y más a esperar, a robar más que a crear, a ver fisuras y aprovecharlas más que a echar abajo las puertas del castillo a cabezazos. Como ya hemos visto en otros partidos de mal recuerdo, el Atleti pareció salir emboscado en busca de un fallo del rival en un pase, en un regate, a presionar a arriba convirtiendo al delantero centro en el primer defensa, a provocar errores tras dos, tres pases apurados por la presión sobre el rival. El Atleti salió a jugar con actitud, como dicen algunos, de equipo chico. Y ¿saben qué? Al que suscribe no le pareció tan mal, desde luego no tan mal como a otros. La realidad es que no funcionó, pero … ¿por qué? A ver si conseguimos explicarnos.

Simeone tiende a plantear partidos contra equipos de calidad teóricamente superior de forma algo reservona. Esperamos, presionamos, si robamos lanzamos la contra y buscamos hacer daño; que la pelota la tengan ellos, que intenten, que busquen, que se desesperen intentando encontrar un hueco, que se precipiten, que cometan errores. Así se planteó el año pasado algún partido de mal recuerdo y la crítica atoropasadista que todo lo sabe ya hizo bastante leña del árbol caído entre compra y compra en el Comunio. El planteamiento le parece a muchos triste e indigno de un reciente Campeón de Liga, injustificable para un equipo que cuenta con buenísimos jugadores y gasta una fortuna en fichajes cada año. Y hasta ahí, entendible.

Es posible también que un planteamiento menos oportunista y contraatacante, más basado en mantener el balón y empujar y empujar al rival hasta derribar a soplidos la casita de paja en la que parecía haberse convertido la defensa del Barça podría ser esperable en un Atleti cuya plantilla actual, con más jugadores de toque fino que de corneta y tambor que otros años, fuera una alternativa posible. ¿Tiene sentido salir a jugar de tú a tú a un equipo con uno de los mejores centros del campo de Europa? Quizás sí. ¿Es lógico darle el balón al Barça teniendo en la plantilla jugadores capaces de guardar y gestionar la bola con solvencia como hay este año en el Atleti? Quizás no. ¿Es razonable esperar que un equipo con Busquets, Iniesta, Rakitić, Neymar, Alba, Mascherano y Rafinha en el campo pierda el balón con facilidad? Quizás tampoco. Pero quizás el planteamiento de Simeone no fuera tan descabellado.

El Barça que vino al Calderón, sin Messi ni Piqué ni Alves pero con todos los demás, presentaba un flanco fortísimo y uno más débil. Entrar por su izquierda, la banda en la que estaban Alba, Iniesta y Neymar, no parecía lógico sobre todo sabiendo que a la derecha quedaban Sergi Roberto y Rafinha, los jugadores teóricamente más vulnerables. De igual modo, permitir que el Barça entrara por su ala izquierda parecía suicida, o al menos más problemático que dejar que el juego se venciera a la derecha. Partiendo de esa premisa, en la grada se esperaba más presión cuando el rival intentara salir por su lado bueno, y más efectivos en el ataque del Atleti por su lado débil cuando se tuviera el balón.

Lo primero, al menos durante buena parte del partido, se consiguió. Empezando por Torres, incansable aunque desesperadamente torpón en algunas acciones en el primer tiempo, y siguiendo por Gabi, que vuelve a ser el de hace dos años y lleva tres partidos dando lecciones de cuándo lanzar la presión, el Barça se encontraba en un embrollo cada vez que quería salir por la izquierda; como resultado, terminaba abriendo balones a su lado más débil. Y uno, que es tonto pero se fija en estas cosas, cree que era una buena idea visto lo visto, un planteamiento lógico y entendible, una buena alternativa para estrangular a un equipo técnicamente superior reforzado en su medio campo para la ocasión: darle el balón al Barça, impedir que jugase bien por su lado bueno, forzarle a llevar el balón a su flanco débil para, una vez allí, presionar,  intentar recuperar el balón, salir rápido, buscar pases profundos para Torres quien, a pesar de su despliegue físico para presionar la salida, tiene potencia de sobra  para irse de los rivales como demostró en su jugada más afortunada del primer tiempo, en la que se le fue un balón alto lanzado con la zurda.

Ahora bien, no parece que el planteamiento funcionara del todo, y uno cree que por varios motivos. El primero, el buen partido de Sergi Roberto y Rafinha, que mostraron aplomo y calma, cometieron pocos errores y no fueron la vía de agua que la alineación sobre papel podría sugerir. El segundo, y ahí creo que estuvo el talón de Aquiles del planteamiento de Simeone, que los buenos del Atleti ni robaron ni jugaron bien ni tuvieron pausa ni las ideas claras. Con los laterales más abrochados que otros días (algo que quizás sí se le pueda criticar a Simeone), más entendible en el caso de Filipe Luis que en el de Juanfran, la tarea de dar criterio a los balones recuperados en la zona de Gabi y Tiago (algo más gris ayer pero con más pausa que los centrocampistas que debían tenerla y con la visión suficiente para meter el pase del gol al espacio) y convertir el lado derecho del Barça en una herida con desangrado constate recaía en los jugadores de más talento, esto es, Óliver Torres, Koke y Griezmann. Y, cosas que pasan, ninguno de los tres funcionó como debía.

Óliver Torres mostró estar quizás algo verde para partidos tan intensos como el de ayer. Más a remolque de lo que su juego agradecería, Óliver no jugó cómodo ni alegre, pasó más tiempo tapando balones que disfrutando de ellos y, esperemos, aprendió cosas para los próximos partidos que le vengan así. No fue su peor partido pero no fue desde luego el mejor y el cambio en la media que vino a dar una alternativa más ofensiva, esto es, Ferreira Carrasco, no dio sensación de poder cumplir con sus virtudes la misión que requería el partido.

Especialmente flojo estuvo Koke. Bien echado a un lado, bien más al centro cuando Griezmann retrasó posiciones para ocupar la banda, Koke dio de nuevo la impresión de correr más de lo que debe, de llegar pesadote a los balones, de tener el tarro de las ideas cerrado con dos candados cuando recupera la pelota, de sentirse más incómodo que hace unos meses a la hora de guardar el balón, pensar y encontrar luz entre las piernas rivales. Perdió balones peligrosos e impropios de él, falló pases sencillos, no iluminó al resto con los destellos que antes eran más frecuentes, se pareció de nuevo al Koke cansado y poco fresco de los últimos tiempos que al todocampista clarividente y técnico que sabemos que es. Koke necesita pensar y resetearse, retrotraer su configuración a hace un año y pico, hablar con Gabi y saber qué ha hecho.

Y por último, Griezmann. De nuevo gris en un partido grande, y de nuevo casi superado por el rival, Griezmann estuvo pero poco: estuvo activo pero poco, ayudó en defensa pero poco, ayudó en ataque pero poco, presionó pero poco, pensó pero poco, jugó pero poco. Metió un par de pases estupendos en profundidad, se equivocó no dándolos en otras ocasiones en las que Torres lanzaba el contraataque, pasó desapercibido demasiados minutos para lo que su enorme calidad y su definitivo peso en el juego del Atleti requieren, pareció más útil al equipo echado a una banda como centrocampista por delante de los medio centros que de segundo delantero. Griezmann jugó acolibrillado y bailarín en un partido que requería más sangre y más intensidad y eso nos da especial rabia, porque ese plus que le falta para ser determinante en los partidos más grandes no está al renunciar por voluntad propia (o falta de carácter) a hacer cosas que otros jugadores mucho más limitados no discuten. Con ese talento inmenso y esa calidad prodigiosa, su papel en estos partidos debería ser mucho más protagonista.

Y aún así, con un planteamiento más reservón del que a lo mejor nos habría gustado, con los mejores jugando peor y el rival más cómodo de lo que las ausencias en la alineación indicaban, con muchísimos millones en el banquillo y casi el equipo de siempre en el campo, el Atleti tuvo el partido exactamente donde quería al principio de la segunda parte. El Barça pudo marcar en el primer tiempo tras un jugadón de Iniesta y buena parada de Oblak a tiro de Rakitic, pudo marcar en un córner (de nuevo, malas noticias en los córners en contra, que ayer se sumaron a un par de contraataques tras jugadas a balón parado a favor) pero Luis Suárez la mandó al larguero, pudo marcar en un contraataque lanzado por un fantástico pase de Mascherano a Luis Suárez que Giménez y Godín, de nuevo espléndidos, cortaron por arriba y por abajo. Pero el Barça no marcó y sí marcó Torres en la segunda que tuvo en profundidad, esta vez con la derecha, tras un pase fantástico de Tiago y tras ganar la carrera (ejem) a Jordi Alba, uno de los laterales más rápidos de la Liga. El plan reservón y algo rácano y el mal partido de los buenos parecía que podía tener un buen final.

Pero no. Neymar metió un golazo espectacular de falta (una falta quizás evitable, hecha en el mejor sitio posible para un lanzador diestro) y poco hay que oponer a semejante tiro; si acaso, decirle a Neymar que se dedique a hacer estas cosas y no a tirar besitos, como acostumbra, y se ganará el respeto que ahora no tiene. Cinco minutos le duró la victoria al Atleti, algo duro cuando había costado tanto marcar. Y aún así, el empate, visto lo visto, valía.

Pero llegó el giro final. Messi, en el banquillo tras su viaje a Argentina y haber sido padre pocas horas antes, salió a falta de media hora y cambió absolutamente todo. Ni plan A ni plan B ni cambios en el Atleti (decepcionantes, sobre todo si uno tira de calculadora y suma el cerro de millones que salió del banquillo a intentar recomponer la situación): salió Messi y demostró ser el jugador más determinante que hayamos visto en años en el Calderón. Andando, tranquilo, casi perezoso, sobrado, Messi dejó una imagen aún más llamativa que en los muchos partidos que le hemos visto en el Manzanares, y a pesar del montón de goles que ya nos ha metido. Messi jugó a placer, llevando el balón pegadito al pie, rapidísimo, salvando tarascadas y cargas, obligando al Atleti a mandar cuatro, cinco, seis jugadores a pararle, creando superioridades con facilidad, desorganizando al equipo, haciéndole pasar un tormento. Aguantó el balón, aguantó a los defensas y centrocampistas rivales, aguantó entradas por alto y por bajo y, no contento con ello, también le dijo al árbitro qué debía pitar y dónde. No recuerda uno a un jugador diciéndole al árbitro dónde quería exactamente que se parase el juego tras las repetidas cargas de Giménez; tampoco recuerda uno, por cierto, un jugador capaz de soportar tantas cargas de Giménez sin irse al suelo, y menos de ese tamaño.

Y aún así, aún encajando un gol de falta justo después de marcar el suyo, aún intentando hacer frente a un jugador con una influencia en el juego de su equipo y del rival sin comparación en esta liga, aún sin jugar bien y con poco alma, el Atleti perdió por otro detalle. Una tontería entre Griezmann y Gabi, un par de torpezas por no pegar un pelotazo, un balón que llega a Luis Suárez, un pasecito a Messi y una definición prodigiosa ante Oblak, casi imposible para otro jugador, dieron la victoria al Barça. Quizás merecida, quizás justa, pero no escrita con letra firme ni apabullante ni autoritaria.

El Barça volvió a ganar sin hacer demasiado al correoso Atleti de Simeone, que de nuevo se vio achicado ante un equipo que parece agrandarse sin motivo a ojos de los jugadores del Atleti, que empiezan a ver imposible meterle mano al equipo de Messi. Igual que pasara hace unos años con el equipo ese en cuyo estadio hay un Juteco, el Barça no parece necesitar hacer un partido brillante para ganar en uno de los estadios más complicados de Europa. Quizás un planteamiento más ambicioso de Simeone sea la solución; quizás la solución esté en que Messi se quede en su casa jugando a la brisca; quizás el tiempo dé al Atleti de este año la clave para ganar en el Camp Nou. Quizás, simplemente, el Barça fue mejor ayer. Quizás, quizás, quizás.

jueves, 10 de abril de 2014

Veinte minutos, veinte


El principio

A las 20.45 del 9 de Abril de 2014, en el campo más bonito del mundo, con el ambiente más extraordinario que uno recuerda, entre miles de rayas rojiblancas y un tifo que marcó a fuego una palabra en la grada, se abrió un toril.

Los rivales, equipo de leyenda con jugadores maravillosos, esperaban la salida de un toro en puntas y malas pulgas, pero en su lugar salió un león de diez cabezas, un dragón escupe fuegos, un grifo gigante, un animal mitológico. Se abrió una gatera y salió un tigre, se abrió un bote de conserva y se produjo un huracán. Se esperaba un grito y se oyó un orfeón entero, se contaba con la intensidad y la pelea, pero se asistió a una estampida de búfalos cafre, a la percusión sincronizada de diez bolas de demolición, a la carga suicida de la caballería ligera bajo fuego de mortero, el maul irlandés en formación con la cabeza baja, a una tormenta tropical con aparato eléctrico y colchonero, todo a la vez, todo en veinte minutos.

Veinte minutos duró la explosión, veinte minutos casi de delirio, de alucinación, de éxtasis, de vendaval. Veinte minutos de furia controlada, de energía pura, de descarga eléctrica. Veinte minutos precedidos por quince minutos de gritos, puños al aire, bufandas desplegadas o lanzadas al viento, quince minutos de estruendo previo al himno y el tifo, quince minutos de estruendo antes de noventa minutos de estruendo. Tras esos quince minutos, veinte minutos de asombro y orgullo, de gestos de no me lo creo, de miradas cruzadas y manos a la cabeza ante uno, dos, tres tiros al larguero, tres en veinte minutos, tres ni más ni menos, tres en veinte minutos para recordar siempre.

Salió el Atleti con la mandíbula apretada y la mirada fija y lo primero que vio fue una palabra, “Ganar”, en letras gigantes rojiblancas. A sus lados, “Ganar, ganar y volver a ganar”, la consigna, la orden, la obligación impuesta por Luis Aragonés, el líder desde otra parte, presente en alma y en silueta impresa en quince, veinte, treinta  telas por todo el estadio. “Ganar”, vieron los jugadores, y parece que se olvidaron del resto. La idea de “ganar” se les grabó al parecer en lo más profundo del subconsciente a los jugadores, que firmaron un partido para el recuerdo con veinte minutos para el orgullo, para ver repetidos antes de los momentos difíciles, veinte minutos de Atleti puro en un Calderón maravilloso.

Sin Arda ni Diego Costa, piezas claves en el ataque del Atleti, Simeone sacó a dos asturianos con necesidad de demostrar su valía. Y lo demostraron, vaya si lo demostraron. Villa, poco participativo en la mayoría de partidos, menos en forma que el resto, incapaz de guardar un balón en el partido de ida, reventó dos balones en el larguero e hizo un pase excelente que acabó en gol durante esos primeros veinte minutos de locura del Calderón. Le faltó suerte a Villa, que se pudo ir a su casa con dos goles en jugada y quizás uno de penalti hecho sobre él mismo. Le faltó suerte pero no le faltó ni acierto ni ganas ni hombría para encarar la pelea, mostrando que sí se puede contar con él cuando hace falta, cuando vienen los partidos para los que está llamado a brillar.

A su lado otro asturiano, joya del equipo hace muchos meses, espíritu errante hace pocos. Uno diría que a Adrián, que parecía perdido para la causa tras muchas oportunidades, se le encendió algo dentro, algo que creía olvidado cuando escuchó su nombre en la rueda de prensa previa. Adrián, impreciso todo el año, psicológicamente débil en muchas fases, errático cuando tuvo tiempo para pensar y algo más acertado en las ocasiones en las que se jugó de manera automática, salió al campo en el partido más importante del año y pareció un tipo nuevo, distinto. Asombrosamente convencido de sus facultades por el Cholo, Adrián no fue el artista imprevisible de sus partidos grandes ni el fino e imaginativo delantero que veíamos casi semanalmente hace no tanto tiempo. No. Adrián, ayer, fue un tipo rápido, peleón, fortísimo; ambicioso, seguro de sí mismo, agresivo y anticipativo. Estrelló un pelotazo en un larguero en la jugada que dio paso al gol, ganó por potencia a jugadores ante los que se habría achicado hace bien poco, ayudó a meter al Barcelona a su campo, acelerando con sus ganas el ciclón que asoló la mitad Sur del campo del Calderón durante los primeros veinte minutos de un partido para el recuerdo.

Con dos asturianos al frente, el Atleti hizo unos de los veinte minutos de fútbol más asombrosos que uno recuerda. Veinte minutos plenos de fuerza, de ganas, de rabia. Veinte minutos de fútbol puro en unos cuartos de final de Champions ante un equipo temible cuajado de joyas. Veinte minutos que recordaron al partido de Supercopa frente al Chelsea, a otros partidos inolvidables que nunca, sin embargo, se disputaron en condiciones tan exigentes. Veinte minutos de carga piel roja a caballo de esas de las que se vuelve muerto o con diez cabelleras en el cinto, veinte minutos de vida, veinte minutos de orgullo.

El final

A pesar de que a cuatro, cinco minutos del final, la grada sin voz y sin uñas pensaba eso tan nuestro de mira a ver si ahora, tras el partidazo que hemos hecho esta gente nos mete un gol de rebote y tenemos que volver a empezar, horas después del partido a uno le queda la sensación de que el equipo fue muy superior al rival, que el partido fue clara y merecidamente ganado por una diferencia demasiado escasa, que el Atleti, equipazo, había empequeñecido a un Barcelona que da miedo. La sensación de que, de no ser uno del Atleti – Dios no lo consienta – sino, es un poner, del Linense, el partido le habría resultado casi un monólogo en rojo y blanco salvo el principio del segundo tiempo.

A dos, tres minutos del final la grada recordaba los palos del primer tiempo, la excelente ocasión de Gabi, el casi gol del Cebolla y lamentaba no haber agrandado la diferencia, tener colchón para encarar los últimos momentos con algo más de tranquilidad. Pero quizás esta vez fue diferente. El Atleti mostraba claros signos de superioridad, de control del partido, de autoridad para gestionar el final. El tradicional pesimismo atlético, ese que obliga a decir hasta el rabo todo es toro incluso al referirse a razas bovinas sin cola (si las hubiere), empuja a esperar el pitido final del partido con la respiración contenida. Pero ayer tal fue el despliegue, tal fue la intensidad que hasta los minutos finales fueron diferentes. Un poco antes del estallido final, quedando diez, quince minutos, fue el Barcelona el que pareció mirar al reloj, pedir condiciones para el armisticio, entregar las llaves de la ciudad con una actitud que recordó al equipo que hace no tanto actuaba de local en el Manzanares al mando de los entrenadores blandos, desconocedores de la esencia del equipo y grada, potros de tres sangres en las yeguadas de los representantes con influencia en el palco.

Pitó el árbitro y la grada se vino abajo, feliz, agotada, orgullosa. Feliz por pasar a semifinales de Copa de Europa (sí, oiga, Copa de Europa) cuarenta años más tarde, agotada tras noventa minutos de tensión y gritos, orgullosa del equipo y por haber hecho su trabajo. Porque la grada, a la que Simeone reclama voz, bolsito, autobús y a la cancha, cumplió con su misión llenando de ambiente Madrid entero, como dice el himno. A voces, a saltos, a fuerza de ir vestida de rojo y blanco, de lucir las camisetas talismán y las bufandas antiguas que nos regalaron nuestras madres, la grada jugó, marcó al rival, tiró desmarques y protestó al árbitro. La grada pegó dos en el palo, provocó faltas tácticas, despejó balones de cabeza y secó a Messi y Xavi en varias fases del partido, hizo dudar al Tata Martino sobre la táctica elegida y movió la cabeza de arriba a abajo cuando, segundos antes del comienzo del segundo tiempo, algún seguidor de este blog pinchó “Thunderstruck” por la megafonía.

Con la grada agotada y sonriendo de oreja a oreja, los jugadores se retiraron al vestuario. La grada, sin embargo, ahí se quedó. La grada, que había jugado dónde y cómo Simeone le dijo, que había escuchado con atención a las indicaciones previas del Míster y había reaccionado con fe ciega a las instrucciones desde la banda que llamaban a redoblar gritos, no fue al vestuario por obvias razones volumétricas y se quedó en su sitio. La grada, con los ojos algo idos y esa cara de tonto de papá orgulloso tan nuestra, volvió a vivir eso que nos pasa  a los aficionados del Atleti en las ocasiones grandes cuando no nos queremos ir del estadio, cuando no sabemos bien qué hacer, cuando preferimos quedarnos todos juntos cerca de donde se jugó el partido porque sabemos que, aunque luego llegue la fiesta y los abrazos y el saqueo de los grifos de cerveza, ese momento en la grada con todos juntos agotados y felices es único, escaso, especial, mágico.

La grada se quedó en la grada y el equipo, como no podía ser de otra manera, salió del vestuario y volvió con su compañera de fatigas. Veinte minutos también esperó la grada sin moverse a que los jugadores salieran a verla, a agradecer las ayudas en los marcajes, los gritos durante el ratito que el rival apretó, el tifo, el ruido, el olor a gloria. Durante veinte minutos los jugadores oyeron sus nombres y aplaudieron a la grada, dieron la vuelta de honor, ovacionaron a los que vinieron hoy de lejos y a los que siempre están ahí, a los que se pintaron la cara y a los que invirtieron sus ahorros. La grada, a su vez, agradeció al equipo el partido portentoso, agradeció a Koke el esfuerzo y la clase, a Gabi el derroche y el corazón, a Raúl todos los balones ganados de cabeza y al imperial Tiago, el clinic concentrado, la lección de fútbol en tiempo real, el curso acelerado para mediocentros prometedores, el gigante partido del portugués. Lento, el equipo recorrió el estadio lleno saboreando ese mismo momento que saboreó la grada, ese momento de aquí estamos todos juntos, juntos no tenemos que temer a nadie.

Llegó el equipo al fondo Norte donde estaban los aficionados rivales, numerosísimos y coloridos, educados durante todo el partido a pesar de los gritos faltones que recibieron en un par de ocasiones, y llegó la guinda de la noche. En pie, medio primer y segundo anfiteatro y media grada del fondo Sur, barcelonistas todos ellos, con la moral tocada pero la educación por bandera, dieron una ovación al equipo que les acababa de eliminar, una ovación de esas que uno recordará y agradecerá siempre, una ovación señora, rugbística, fantástica. Nuestro agradecimiento a los allí presentes por caballeros y buenos deportistas, mucha suerte y muchas gracias.

Veinte minutos, veinte, estuvo el Atleti en la grada disfrutando del presente. Justo después, ya lo saben, cada uno volvió a la Tierra, pensó en el futuro, pensó en comprar pastillas para la garganta, pensó en descansar lo justo para ir presumiendo al trabajo, pensó en lo que le esperaba al día siguiente al llegar a la oficina. 

Veinte minutos de euforia, una vida de alegría y una sola idea en la cabeza:


   -   Partido a partido, Señores. Partido-a-partido.

lunes, 13 de enero de 2014

Crónica hipotética del Atleti-Barcelona desde el lado que no es

Si servidor de Vds, a quienes Dios guarde muchos años, fuera del Barcelona (que ni lo es ni admite sospecha alguna ni mucho menos cualquier chistecito al respecto), habría disfrutado cada minuto del ambiente previo al partido de ayer en los alrededores del Calderón. Si servidor hubiera venido de Barcelona, Málaga, Pontevedra o la Guindalera para ver cómo mi equipo se enfrentaba al otro líder, al del Manzanares, habría sido feliz viviendo ese ambiente de partido grande de Liga, no de Copa, no de eliminatoria europea, no de final de torneo si no de Primera División de la liga, algo que casi no recordamos desde aquél día del Doblete frente al Albacete.

Si servidor fuera del Barcelona, que ya les digo yo que no pasará nunca, habría paladeado cada minuto por las calles de Madrid, cada caña por la Latina y la calle Toledo. Habría contado las muchísimas bufandas rojiblancas que se veían por la zona desde la hora del aperitivo y habría tomado bacalao en Revuelta y callos en Casa Paco. Ya de paso, habría tomado vermouth de grifo los bares del barrio, comparando el dulzor amargo de cada uno, el exceso o cantidad adecuada de hielo, si se sirve con seltz o (mal menor pero no admisible como regla) con un poco de Casera, si la proporción es la adecuada, si ponen o no rodajita de limón o de naranja, si el vaso es pequeñito y alto o bajo y chato. Si servidor fuera del Barcelona y a esas alturas se hubiera mantenido en pie, habría ido hasta el bar de los Caracoles que hay cerca de Puerta de Toledo y ahí habría pedido un vasito del caldo que hierve en el puchero de la barra y habría probado el raro vermouth blanco de grifo que sirven ahí, tentación peligrosa para el aficionado atlético que, presto a hacer la gracia, tiende a invitar a rondas alternas, ¡una de vermouth rojo! ¡ahora una de blanco! ¡otra de rojo, como las rayas del escudo!, y así hasta perder uno la conciencia de cuántas se ha bebido por aquello de ser fiel a los colores en las barras de los bares, que al final es de lo que se trata.

Si servidor, una vez probados cuatro, cinco vermouths y alguna caña para desengrasar, con tiempo entre unos y otros para no venirse abajo y cantar Asturias Patria Querida demasiado pronto y aún siguiera siendo del Barça, uno habría buscado una terraza para tomar café y quizás un licorcito y comentar la jugada y seguir viendo gente y gente vestida de rojo y blanco que se sientan en grupos grandes y piden sillas que sobran al resto de mesas y también piden café solo, café cortado, un pacharán con hielo, un gin tonic de esos modernos con fresas y cosas dentro o un pelotazo tradicional sin mucha negociación con el camarero. Si servidor hubiera sido de Barcelona, a estas alturas ya el Barça, me van a permitir la confianza, habría hablado con mis compañeros de viaje del inmenso placer que es tener un estadio cerca de la zona vieja y con personalidad de la ciudad, del privilegio gigante que supone ir andando al fútbol desde la zona monumental del centro histórico, parando de café en café, rodeado de gente que va o no va al fútbol pero que vive la calle en festivo entre periódicos y sillas metálicas de terraza y habría dado por finalizada la conversación de este primer asalto pre-partido comentando con mis correligionarios que a quién cojones se le puede ocurrir cambiar de estadio e irse a la otra punta de la ciudad a un barrio nuevo que pega con una autopista, teniendo una joyita como el Calderón en la parte de la ciudad en la que más se puede disfrutar de un día de fútbol. Y, al ser del Barça todos los demás compañeros de mesa, alguien probablemente habría dicho “eso es cosa del Cerezo y el Gil ese, ya sabes” y el resto habríamos asentido con la cabeza y habríamos dicho pues sí, eso es en el fondo, un tema de pasta gestionada de forma turbia, ya sabemos como es esto, a la gente al final que les den pomada, vaya error monumental sería irse de este paraíso para el hincha a un campo con pista de atletismo, vaya error y vaya sinvergonzonería.

De haber sido del Barça, el que suscribe habría bajado andando por la calle Toledo un par de horas antes del inicio del partido, tomando el aire y mirando por el móvil las últimas novedades sobre la alineación, comentándolas a voz en grito con los demás compañeros de viaje y, ya de paso, con los aficionados del Atleti que bajaban por la misma acera, como de hecho ocurrió, qué cosas. Habría mostrado sorpresa por ver una alineación sin Neymar y, sobre todo, sin Messi, y habría escuchado a los colchoneros que, bajando por la calle al mismo ritmo que el grupo, decían que en cualquier caso acabarían saliendo los dos una vez pasada la hora de partido quizás, cuando el desgaste físico del Atleti fuera alto. También habría escuchado a los que, al saber que no salía Raúl García sino Villa afirmaban que el Atleti iba a jugar con diez, diez y cuarto a lo sumo, visto el bajísimo estado de forma del asturiano, su contribución limitada, su físico limitado, su falta de confianza. Si servidor hubiera sido del Barça también habría comentado, como hicieron los del Barça, que ya en sus temporadas en Barcelona mostró un físico en declive y un juego con cada vez menos chispa, fruto del paso del tiempo y de una lesión durísima, algo en el fondo normal y poco criticable.

De haber uno sido aficionado del Barça, habría disfrutado con el paseo camino al estadio, con la visión de los ríos de gente vestida de rojo y blanco entre los que flotaban bufandas y camisetas azulgranas como si tal cosa. Me habría quizás maravillado del ambientazo previo, del olor a partido grande e importante y, a la vez, de la perfecta convivencia de locales y visitantes, del ambiente de respeto mutuo, de interés mezclado con un punto de admiración de cada uno con las cosas del equipo rival. Habría tomado una cerveza más, quizás dos, aprovechando para charlar con la gente del Atleti y habría hablado, como ocurrió por todas partes, sobre cómo los locales veían al equipo visitante y cómo la gente del Barcelona veía al Atleti, cómo el equipo de unos daba miedo al de los otros y al revés.

Tras charlar y charlar, de haber sido uno del Barcelona uno habría enfilado el estadio y habría hecho la cola monumental que se formó ayer delante de todas y cada una de las puertas, habría puesto el código de barras de la entrada en esa posición nueva que tanto confunde a los socios de toda la vida, y habría encarado el vomitorio, camino al asiento, tras alquilar una almohadilla roja de esas que meten en unas cosas que parecen nasas para langostas. Habría subido por la grada, habría buscado la localidad, habría pedido perdón y perdón y perdón a los que ya ocupaban la suya para poder llegar a la mía y, finalmente, habría saludado a vecinos de derecha a izquierda, como ocurrió en muchos de los asientos del Calderón el día de ayer. Hola buenas noches, habría dicho, y posiblemente me habrían respondido hola, buenas noches, Vd no es de los fijos en la zona, ¿es Vd del Barça? y ahí habría tenido que decir que sí, de haber sido uno del Barcelona. Habría escuchado a los vecinos de localidad decir cuánta gente nueva hoy, no conocemos a nadie, qué cosas, qué ambientazo hoy. Fíjese esos japoneses, fíjese ese grupo de ingleses embrutecidos, fíjese en estos de aquí. ¿De dónde son Vds? ¿Colombianos? Hombre, por Dios, qué alegría, desde que se fue Falcao y el bueno de Perea como que ya no vienen tantos colombianos al estadio. ¿Y Vds de dónde son? ¿Turcos? ¿Son Vds turcos? Hombreee qué bien, no es bueno el turco ni nada, no es bueno el turco, habría escuchado uno de haber sido del Barcelona y también de no haberlo sido.

Si uno fuera del Barça habría estado nervioso justo antes de empezar el partido, dudando de si el equipo visitante, el propio, el que tantas alegrías ha dado a su afición y tantos partidos memorables ha firmado, sería capaz de enfrentarse a la fiera máquina local con sus ligeras armas tradicionales. De haber sido uno seguidor del Barcelona habría dudado si la refinada tropa de élite de mi equipo, formada por estilistas con aires de bailarín, armados con floretes y dagas con pedrería, sería capaz de hacer frente al rotundo equipo local, un regimiento de portentos físicos armados con mazas, hachas y bolas de esas con pinchos que venden en las tiendas de souvenirs de Toledo que se mueve al unísono al grito de un tipo con el 14 a la espalda. Como seguidor del Barcelona, si lo fuera, habría tenido la misma sensación que el resto de culés que poblaban la grada: una tensión permanente, una continua necesidad de mirar el terreno de juego y el marcador sin perder un ojo de ninguno de los dos, ganas de que acabara ya el partido, ganas de que no acabara nunca.

De haber sido uno seguidor del Barcelona, habría quedado impresionado con el partido que hizo toda la defensa local, con la sincronía de los centrales y el repertorio casi interminable de Filipe Luis. Habría presumido también, claro está, del partido de Piqué, la facilidad de Cesc y Busquets y la velocidad de Pedro, pero no habría podido evitar rendirme al partidazo de Arda Turan, el mejor sobre el campo, el más fino y confiado, el autor de un control con el exterior del pie que, por más que uno lo ve y lo ve, no se explica cómo pudo hacerlo. Habría resaltado el cansancio que muestra Koke tras tantos partidos, el asombro por ver el empaque de algunos jugadores que nunca hubiera considerado idóneos para jugar en la millonaria plantilla del Camp Nou y la enésima demostración de ambición y poderío de Diego Costa, forzando una y otra vez a Piqué a hacer un partido excelso. Todo esto habría reconocido uno de haber sido seguidor del Barcelona.

Como seguidor de Barcelona, de haber sido uno parte de esa afición, uno habría vivido el partido con la intensidad que las dos aficiones lo vivieron en la grada, con la mandíbula apretada buscando agujeros en las líneas rivales que simplemente no existían. Habría respirado tranquilo cada vez que el balón le llegaba a Villa, la excepción en el equipo, desenfocado desde el inicio de la liga, y habría aguantado la respiración al ver salir a Raúl García, y más aún viendo cómo desde su salida los balones que merodeaban el área de Valdés se quedaban ahí más tiempo. Habría recibido con alegría la salida de Messi y Neymar para comprobar, un rato más tarde, que ni uno ni otro cambiarían la dinámica del partido, es decir, el hecho de que el que sería mi equipo si servidor fuera del Barcelona, no tiró a puerta en todo el partido, y van ya casi tres seguidos contra el Atleti, a pesar de tener en nómina a varios de los mejores atacantes del mundo.

Si uno fuera del Barcelona habría celebrado el resultado apretando el puño al oír el pitido final, pensando que se había conseguido un empate en una plaza casi inexpugnable, defendida por una guardia entrenada y ambiciosa que no dejará escapar muchos más puntos si las cosas siguen así. De haber sido uno del Barça, recordaría un día precioso de fútbol en un estadio imponente en el que se pueden llevar los colores del equipo propio sin que pase nada, a pesar de algunos cánticos poco respetuosos con el rival y con la concordancia de género entre sujeto y predicado. También habría recordado un auténtico partidazo, quizás no vistoso pero sí bueno, quizás no brillante pero sí intensísimo, quizás poco comercial pero sí para los muy aficionados. De haber sido del Barcelona, del Atleti o de cualquier otro equipo, a uno le habría entrado la risa al escuchar cómo populares comentaristas radiofónicos de esos que basan su oficio en contar chismes de los equipos grandes y en confundir buen fútbol con regates ciclistas, brillantez con goles y calidad con altos precios en los fichajes, decían que el partido fue un tostón y una tristeza. De haber sido uno del Barcelona, en fin, uno estaría muy orgulloso de su equipo, muy contento por haber conseguido puntuar en el Calderón, feliz por haber vivido el partido en directo desde la grada del Manzanares, todavía cansado por haber vivido en directo un choque de trenes, de estilos, de buenos equipos de fútbol.



Pero resulta, quizás lo intuyan Vds, que uno no es del Barcelona sino del Atleti, y que por eso mismo no celebró ni mucho menos el pitido final. Servidor de Vds quizás pensó que el empate fue un resultado justo pero no satisfactorio, que con un delantero un poco más incisivo el Atleti debería haber tirado más a puerta, que el partido de Arda Turan merecía que ese remate suyo de media tijera hubiera acabado en gol. Pero sobre todo, al ser uno del Atleti, al acabar el partido estuvo mucho más orgulloso de ver el equipazo que ha montado el Cholo que cualquier seguidor de cualquier equipo millonario, y está aún impresionado por la solidez del grupo, aún cansado por el despliegue físico y la intensidad del partido, aún asombrado por una primera vuelta con cincuenta puntos. 

jueves, 29 de agosto de 2013

Patillas, torrijas y antibióticos


En tarde tormentosa y veraniega, de esas de final de agosto en Madrid de toda la vida, uno vuelve a casa del trabajo, hace la compra, sube a su casa, se cambia de ropa para ponerse incomodísimo (que es lo que mandan los cánones para estar en el salón), descongela una bolsita de guisantes, saltea un poco de cebolla y taquitos de jamón y echa sal y pimienta blanca, corta también un poquito de queso de Mahón. Lo pone todo en platos llanos, pone una mesa, se sienta, se sirve un tinto de verano con poco tinto y mucha casera y hielo en un vaso de cristal fino que coja pronto el frío. Se remanga, se relame, se lo come todo sin apreciar lo más mínimo y completa así el proceso mixto de semi-merienda-cena, híbrido popular ya desde antes de esta época mixta e indefinida de semitemplados, gallifantes y mediapuntas. Recoge uno los platos, los mete en el lavavajillas, se pregunta si eso que está en el lavavajillas está sucio o está limpio, ya no me acuerdo, ¿a ver? esto parece limpio, esto parece limpio, esto parece limpio también, ah, esta taza está sucia, ergo todo el resto también está sucio y hay que lavarlo todo-todito. Ajajá, la lógica y el lavavajillas funcionan bien juntos, ya lo saben bien las amas de casa y los solteros con vajilla y poca memoria, que aplican este método científico elevable a dogma médico-investigativo: hay que hacer siempre un número significativo de pruebas para llegar a una conclusión válida. Una conclusión precipitada puede llevar a pensar erróneamente que todo un lavavajillas está limpio sólo porque una copa, la primera, parecía limpia, o porque un plato llano, el segundo, parecía limpio, o porque un recio vaso de duralex color caramelo que lleva en casa desde antes de la tele de tubo en color esa que trajo el abuelo cuando le tocó la quiniela, esa marca Thompson que al encenderse hacía un ruido así p-shoumm, el tercero, parecían limpios. De igual manera no se puede concluir que un medicamento es la solución para los problemas de garganta y la ronquera crónica sólo porque el primero que lo tomó reaccionó al poco tiempo cantando con voz aflautada el himno argentino justo cuando empezaba un partido de los Pumas. Los científicos e investigadores, en su inmensa mayoría, viven solos y tienen un lavavajillas y es por eso que son tan rigurosos en sus pruebas y estudios, no  porque apliquen métodos sesudos enunciados por Newton y confirmados por Boyle y Mariotte, esa parejita que uno siempre se ha imaginado muy enamorada, llevando inmaculadas batas blancas de investigador y desayunando juntos con las manos entrelazadas y mirándose a los ojos. El lavavajillas ha hecho mucho por la Humanidad, y no sólo por las pilas de fregadero, ahora ya lo saben Vds, ya era hora, oiga.

Recogida la cocina, (a dónde vas, pastorcillo), se sienta uno en el sofá, coge el mando a distancia, pasa un canal, pasa otro canal, pasa otro, otro, otro y así hasta llegar al final del dial y vuelta a empezar, hasta que le atrapa la modorra veraniega y el fresquito que entra por la ventana le invita a acurrucarse y hacerse un ovillo en la esquina del sofá e ir bajando el volumen de la tele para irse durmiendo poco a poco con la suave banda sonora del documental sobre hienas sanguinarias devora-crías en el que el mando a distancia paró de dar saltos de flor en flor. Y cuando la modorra se ha convertido en amago de primer sueño placentero, cuando uno ha cogido la postura y el fresquito es el justo y el volumen lo suficientemente bajo para permitir dormir pero lo suficientemente alto para hacer un poquito de compañía, va y empieza el fútbol.

A las once de la noche empieza el fútbol, a las once ni más ni menos, oiga.

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Salió al Atleti al Nou Camp vestido con pantalón rojo y esto ya no lo entiende ni el inventor de la salsa mayonesa, amigo de la familia. Quizás en venganza cromática por el uniformito que trajo el Barça en su visita al Calderón, el Atleti salió con pantalón rojo para molestar y lo peor es que ya ni nos sorprende; de hecho, lo que empieza a sorprender es ver al Atleti vestido de Atleti fuera de casa. El pantalón rojo, empero, no impidió que sí reconociéramos una vez más al Atleti de otros tiempos, el de camiseta de algodón con cuello redondo, pantalón azul cortito y medias de lana rojas con vuelta blanca, de esas que en campo embarrado cogían un par de kilos de agua y tierra para lastrar a los jugadores. Porque el Atleti que salió al Nou Camp sí fue el Atleti que recordábamos de la época del colegio, el Atleti del año pasado que armó Simeone, el Atleti de siempre que, ya podemos confirmarlo, está aquí y aquí va a seguir un tiempo mientras el Cholo esté al frente y su idea siga calando tan honda como cala ahora en la plantilla.

El Atleti campeón de Copa jugaba una final contra este Barcelona exquisito que tanto hemos visto y admirado, que tanto nos ha maravillado en los últimos años. El Atleti se enfrentaba al brillante y repeinado campeón de Liga y lo hacía con un equipo más limitado en lo técnico, menos piropeado en lo mediático y menos atractivo en lo estético. Bueno, ¿y?, dijo el Atleti de Simeone a todo esto; con esa actitud de a-mi-plín-vuestro-oropel jugó todo el partido. Poco le importó al Atleti que enfrente estuvieran los primeros espadas de la mejor escuela de esgrima (por más que el mejor empezara en el banquillo), los floretes más ágiles, los juegos de piernas más rápidos. Contra armaduras florentinas decoradas con flores de lis el Atleti salió con coraza negra de forja de establo. Contra espadas toledanas de empuñadura damasquinada salió el Atleti con picos, palas y azadones, como ya hicieran hace unos siglos otros tipos comandados por un Gran Capitán. Contra postres nitrogenados y crujientes de pétalo de margarita el Atleti presentó un potaje de vigilia y unas torrijas de leche. El resultado ya lo conocen: empate y gracias (que debieran dar los del florete), y un chute de autoestima para los amantes del potaje, entre los que se encuentra el que suscribe y su linaje (NB: nótese, por cierto, el apropiado ripio cuaresmal).

El Atleti empezó más atrás de lo normal y con Villa sólo por delante de los medios, con Diego Costa echado al costado, como ya hiciera en la ida. El partido pareció estar planteado por fases: primero empezamos aguantando el chaparrón; cuando éste pase, que pasará, intentaremos salir a la contra. Si en el segundo tiempo no hemos marcado, adelantaremos líneas de presión. Si aun así no hemos marcado y no nos han marcado, que no deberían, buscaremos el gol como podamos en los últimos minutos, el que pueda y tenga fuelle que corra, el resto iremos detrás hasta que sudemos sangre. Nada parece casual en este equipo de Simeone, trabajado y consciente de lo que hace, en el que todos los miembros reman juntos y anteponen el grupo al individuo. ¿Todos? Sí, todos, por más que podría pedirse más presencia a Mario dado que juega en un sitio vital, y más participación de Villa. Sólo Villa, aislado por delante de las dos líneas defensivas, parece no haber asimilado el sistema y el espíritu aún. En su descargo, señalar la incomodidad de su posición y lo ingrato de su misión, solo, poco arropado al hacer la primera presión (algo por cierto difícilmente evaluable cuando el partido se ve en televisión y no en el campo), algo perdido aun posiblemente por haber llegado al equipo hace poco tiempo. Aún así, hizo un tiro excelente que, de no ser por la también excelente parada de Víctor Valdés, habría sido el gol que diera el título. Poco a poco.

El equipo parece fiarse al 100% de la idea que viene del banquillo y así lo demuestra en el campo: todo el mundo sabe lo que tiene que hacer en cada momento y todo el mundo tiene plena confianza en que el resto de compañeros también lo hará, sin dudar y sin pensar.  El Atleti puede que no funcione como una delicada orquesta de cámara barroca, pero sí lo hace como un grupo experimentado de rhythm’n’blues: serio, sólido, de esos que suenan juntos y emiten un cañón de sonido despachando más que dignamente clásicos respetables. Cuando el Atleti plantea inicialmente el partido a aguantar - normalmente ante los rivales a los que considera mejores - el equipo funciona como un regimiento de caballería pesada, sin cargas rápidas que busquen hacer agujeritos fugaces en el entramado del equipo contrario sino haciendo recular la línea rival por lo machacón de su trabajo, por lo activo de su grupo, por lo compacto de las líneas que van ganando terreno poco a poco, al mismo tiempo que el rival va perdiendo fuelle, brillo y fe en su audaz estilo pugilístico de picadura y baile de pies. Ganado el pulso y el territorio, pero sólo entonces, el equipo sí se permite salir tocando y corriendo, buscando a Arda en la salida y a Diego Costa en la carrera desbocada.

Cuanto más calidad tiene el rival y mejor plantado está, más tarda esto en producirse. Ayer, al final del primer tiempo, el Atleti llegó combinando a la portería rival y Víctor Valdés salvó a su equipo con una parada excelente a tiro de Arda. Por aquel entonces el Barcelona y su grada, que había visto cómo su brillante equipo estaba especialmente incómodo, sabían que lo que había enfrente era una máquina más sofisticada que el bulldozer feote que aparentó ser en los primeros compases. Así, en ningún momento fue el Barça el equipo deslumbrante de otros partidos. Ni un detalle para la galería, ni una filigrana, ni un tiro a puerta tras asombrosa combinación de cinco jugadores, como acostumbran. El Barcelona, equipo de orfebres capaces de los damasquinados más complicados – uno de ellos, que juega por la derecha, con mentalidad roedora -, ayer se limitó a dar capa sobre capa de barniz. Intentaba e intentaba hacer algo pero enfrente había un equipo verdadero, un entramado de compañeros que se ayudan de dos en dos y de tres en tres para crear superioridades defensivas cuando el balón lo tiene un rival, que sale jugando por el lado de Arda y que tiene delante argumentos para preocupar a cualquiera.

El aficionado barcelonista apelará en este punto a la excesiva agresividad del Atleti, a las muchísimas faltas cometidas, a los detalles feos de Godín. Quizás tenga una parte de razón, quizás el Atleti jugó fuerte y alguna vez al límite. Pero quizás el Barça, como el fútbol español en general, se haya convertido en un grupo algo blandengue y sensiblón, excesivamente vulnerable por excesivamente protegido, como esos niños chicos a los que por todo se le da un antibiótico y luego, cuando llega una gripe pequeñita y con pantalones cortos, una gripe alevín y con pecas, no tienen mecanismos de defensa propios por culpa de la vagancia y excesiva dependencia externa de sus glóbulos blancos, glóbulos blancos perezosos y ruines, malcriados y consentidos. Glóbulos rastreros de color blanco: al final, el problema es siempre el mismo.

Nada puede justificar el pisotón de Godín, feo, mezquino y digno de algunos de los jugadores que Vds tienen en mente ahora mismo, pero de ahí a hacer girar el análisis del partido en torno a la dureza del Atleti va un mundo difícil de justificar. En opinión del que suscribe el Atleti fue mejor y lo fue gracias a la intensidad, sí, pero también a la inteligencia de conocer sus propios límites, a la disciplina y la fe ciega en la idea y los compañeros y al convencimiento de que para ganar hay que competir y para ello no se puede contar con la ayuda de nadie que no sea uno mismo. El Barça, equipo de leyenda con algunos de los mejores jugadores que uno ha visto en su vida (entre los que no se encuentra Neymar, al que aún no hemos tenido ocasión de ver del todo), no pudo con un equipo más limitado pero más comprometido, menos brillante pero más generoso, más disciplinado y sacrificado.

El Barça, no lo olvidemos, jugó contra un equipo de fútbol, no contra los Yacuza, no contra Falconetti, Darth Vader y Pierre Nodoyuna, sólo contra un equipo. Únicamente Mascherano, debilidad del que suscribe, hizo un partido a la altura del Barça grande de las estrellas. Precisamente Mascherano, jugador duro y admirable, serio, poco dado a la filigrana y el aspaviento (y eso que hizo una caída teatral tras toquecito de Gabi) fue el que mantuvo el tipo y entró a la pelea, el que cortó todo lo cortable atrás, el que aparecía por un lado, por el otro, ojo que ahí está Mascherano, ojo que ahí también está, y ahí, y ahí, pero bueno ¿cuántos Mascheranos hay?, no lo sé, oiga, yo he ido a la cocina a por cerveza y estaba en la nevera Mascherano con el abridor, a mí me ha pasado lo mismo pero en mi caso ha salido del maletero del coche, eso sí, con el reglamentario chaleco reflectante. Aun así, uno acepta que en esto de la valoración de la dureza influye quizás el color del corazón de cada uno, ya lo sabemos, y de igual manera que aquel Sevilla victorioso y temible nos parecía a muchos un equipo excesivamente acelerado y antipático, a sus seguidores, también a los más cabales (que los hay y son muchísimos) no les parecía más que un equipo comprometido y fiel a una idea y una misión. Sea como fuere y guste o no guste en estos tiempos de fútbol sobreprotegido y teatral el Atleti de verdad está históricamente más cerca del Atleti que ayer jugó en el Nou Camp que de los equipos de fútbol-mariposa que ahora parecen ser los únicos apreciados. Así son las cosas, oiga. El propio Mascherano, en la entrevista final, recalcó lo duro del rival, lo difícil del partido, la mano de Simeone y el reencuentro del Atleti con su historia: cuando el central del equipo rival entiende mejor a un club que su propio presidente, mala señal.

El Barcelona ganó un título tras dos empates en dos partidos en los que no fue mejor. El Atleti no hizo menos méritos para merecer una Copa que no se trajo a casa. El Atleti compitió, sí, pero no lo hizo para salvar la cara y justificarse ante la afición, lo hizo para ganar el trofeo y, como no lo consiguió, se le quedó la cara de póker y la rabia de haber podido ganar un título merecido. En vez de respirar aliviado y mirar a la grada y decir no pudimos hacer más, que pase el siguiente, el Atleti corrió a mirar el calendario, ¿cuándo jugamos con esta gente otra vez? esta vez no se nos escapan, en la Liga nos vemos, afilen sus floretes que les esperamos con nuestras hachas.

Si algo quedó claro ayer, es que el Atleti ya no es ese equipo simpático e inofensivo que llegaba año tras año al Nou Camp a intentarlo para luego siempre acabar perdiendo gracias a un fallo garrafal de un portero, a un error cómico de un central, a una fatalidad rushmoreña. Tampoco es, por más que nos intentarán convencer, el Granada de Montero Castillo y Aguirre Suárez ni el Estudiantes de la Plata del que venía éste. Aunque no muy lejanos, nos resultan ya vagamente familiares los oscuros tiempos en los que al Atleti se le identificaba con Torrente, Imperioso y Gonzalo Miró, con jacuzzis rodeados de mulatas en bikini y jugadores uruguayos cayendo de culo en la presentación. El Atleti vuelve a oler fuertemente a Atleti antiguo, a ese equipo intratable que hacía cundir el pánico en los campos más duros y a las aficiones más leales. No imaginamos al Cholo permitiendo una cabalgata pre-partido como aquella de los de “Sensación de Vivir”, si acaso un desfile de la Guardia de la Noche o de tropas de la Casa Stark en riguroso silencio. Si Roberto Verino, flamante responsable de vestir al club cuando va de gira, hubiera sido realmente del Atleti quizás hubiera aprovechado la ocasión para vestir al equipo con trajes entallados de solapas grandes, pantalón de campana, camisa ajustada con grandes cuellos de pico y corbata ancha. Habría hecho obligatorio la media melena como mínimo o el pelo rizado de Panadero Díaz y la patilla poblada al estilo Ayala. Miranda debería llevar collar de cuentas verdes, a Villa se le prohibiría esa crestita engominada y se le exigiría un bigotón como Dios manda. Arda Turán podría ir como le da la gana que ya de por sí parece de ese equipo legendario y lo mismo podría decirse del Mono Burgos y su anorak en pleno agosto.


El Cholo ha traído de vuelta al Atleti y éste parece dispuesto a quedarse. Tiemblen pues los débiles de espíritu, los niños pasados de antibiótico, los espadachines de blusa vaporosa y los mismísimos cimientos de la Liga de los Dos Ricos. 

domingo, 25 de septiembre de 2011

Maneras de perder

Una de las cosas que más han alimentado la molesta leyenda del colchonero sufridor y amante de las derrotas fue cierto verso en cierto himno encargado a cierto tipo de Úbeda. No se refería, entendemos, a la forma en que el Atleti perdió el sábado.

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El sábado a las diez y media de la mañana, que es día y hora de estar durmiendo o, como mucho, de estar tomando café con magdalenas, Francia jugaba contra Nueva Zelanda en la fase de grupos del Mundial de Rugby. A Francia le interesaba perder por aquello de los cruces de la segunda fase y, como ya hizo en el Europeo de Baloncesto, perdió. A Francia le está gustando esta cosa tan italiana de poner en la balanza el honor y la astucia, añadiendo al platillo de la segunda unos kilos de pragmatismo que dejen claro qué decisión es mejor tomar. Querer perder va en contra de la lógica deportiva pero a veces es lo aconsejable según la lógica competitiva, porque una derrota hoy facilita un camino que puede llevar a grandes metas mañana. A veces es mejor perder que ganar porque ganar implica casi necesariamente perder luego, y el orden cronológico del uso de los verbos tiene lo suyo; a veces por ganar antes se vuelve uno a casa antes (de tiempo) mientras que por perder antes se va uno a casa después y quizás con una copa.

El caso es que Francia salió a perder un partido para el que, en cualquier caso, tenía muchas papeletas de salir perdedor. La decisión, simple en teoría, era algo más complicada. Una derrota escandalosa quedaría escrita a fuego en la historia del rugby para vergüenza del equipo con palabras de amañe y letras de bochorno. Una derrota abultada haría que el equipo se resintiera en su autoestima y, quizás, se volviera definitivamente contra su excéntrico y discutido técnico, probablemente fuera de la selección cuando acabe el Mundial. Una derrota excesiva condenaría a la afición francesa a pensar que nunca se repetiría una victoria sobre los All Blacks como aquella del último mundial, con los jugadores sudando sangre mientras resistían durante una eternidad y a cinco metros de la línea de ensayo un tsunami neozelandés vestido de gris, o como aquella histórica victoria francesa del 99 que hizo tambalear la leyenda de los de negro. La derrota, la derrota deseada y previsible, podía gestionarse de diferentes maneras y de la suerte del seleccionador y la sabiduría de los pesos pesados del equipo, que verían el primer choque de delanteras desde el banquillo, dependía que se perdiera con dignidad o al menos con provecho.

Salió pues Francia con un equipo semi-suplente y con Morgan Parra de apertura y no de medio melé. Tras la haka (con corte de garganta incluido, el final de la Kapa O Pango que tantas críticas provocó desde su primera interpretación), Francia empezó jugando. Jugando a la mano, rompiendo la línea y haciendo que los neozelandeses levantaran mucho las cejas al ver que ese equipo suplente se atrevía a desafiarles. Cinco o seis minutos duró la insolencia y, veinte más tarde, cuatro ensayos All Black recomponían la escena y la lógica. La lógica, por cierto, indicaba que si los neozelandeses seguían jugando a ese ritmo y Francia seguía fallando placajes, el tanteador sería un escándalo. No lo fue tanto; tras el descanso (y a pesar de un ensayo local inmediato) hubo cambios en Francia y las fuerzas se igualaron. La delantera francesa funcionaba, el equipo tenía medio de apertura y la tercera dejaba claro que, de haber salido el primer equipo, el partido no habría sido el paseo plácido del primer tiempo. Hasta dos veces llegaron a ensayar los franceses en el estadio del rival, la primera con una celebración exagerada que no sentó demasiado bien a los locales, dadas las circunstancias, el tanteador y el planteamiento tramposo de los franceses.

Francia perdió, y lo hizo de forma astuta. Poco honorable, eso sí, sobre todo tratándose de rugby, pero ahí está la astucia. En la mente de los All Blacks quedó claro que el equipo suplente de Francia es más que asequible, pero también les quedó claro por qué son suplentes y no titulares. De haber salido el equipo entero, piensan hoy, quizás las cosas no habrían sido iguales. De vernos más adelante en el torneo, piensan hoy los All Blacks, las cosas no serán tan fáciles, no bastará con intimidar a los menos experimentados abriendo mucho los ojos y sacando la lengua mientras se hace el gesto de cortar cuellos, habrá que vérselas con Imanol Harinordoquy y compañía y eso ya es otro cantar. Francia perdió el partido que sabía que iba a perder y que quería perder, pero, como hizo con España en baloncesto, sembró una duda para el futuro que le puede venir bien más adelante.

Veintitrés horas más tarde, que el partido fue a las nueve y media y la mitad ni nos enteramos, Escocia se jugaba contra Argentina las posibilidades de seguir vivos en el torneo. Argentina había perdido recientemente contra Inglaterra en un partido igualado en el que los ingleses, a mitad de camino entre la astucia y la perfidia, lesionaron tres Pumas en cuarenta minutos. La delantera argentina hizo la vida imposible a la inglesa, y sólo los cambios en la primera línea de los que aquel día vistieron impertinentemente de negro, permitió a Inglaterra subir una velocidad al final del partido y terminar ganando un partido que dejó un sabor de boca amargo en los de celeste y blanco.

Escocia acudía al partido con un equipo limitado, sin demasiado talento pero con una delantera peleona. Lo suficientemente peleona como para llevarse el partido con cierta holgura ante los feroces georgianos, tipos duros que visten de blanco y rojo cuando no visten de rojo y blanco. Escocia sabía que los ingleses, sus odiados rivales y aquéllos contra los que se las tendrán que ver en la última jornada de la fase de grupos, habían sudado sangre en la pelea con la delantera argentina y, aún así, centraron ahí sus esfuerzos. Tampoco tenían otra. Ni la calidad de su línea ni la lluvia aconsejaban un juego brillante de pase y carrera, así que plantearon un partido trompicado de mucha pelea entre delanteros. Argentina, cómoda sobre el papel con esa apuesta, no lo estuvo en la práctica ni un minuto. Los argentinos parecieron sufrir más que contra la delantera inglesa y, gracias a dos golpes transformados y dos drops escoceses, a siete minutos del final perdían de seis. Sólo podía entonces hacerse una cosa, sólo una, y se hizo. Amorosino marcó un ensayo histórico, dramático, de esos que hacen rugir los bares y protestar a los vecinos que, en esos momentos, mojaban churros en café con leche. Contempomi transformó y, en los minutos finales, Escocia buscó un drop y forzó una touche a un metro de la línea de ensayo argentina. Con el tiempo cumplido jugó Escocia casi tres minutos eludiendo el golpe y buscando el milagro con un dramatismo casi teatral, casi guionizado. No llegó a conseguirlo.

Argentina ganó de un punto y se medirá, si no pasa nada raro, a los All Blacks en cuartos. Por su parte, Escocia perdió un partido que podía desde luego perderse, y lo hizo peleando hasta más allá del último minuto. Escocia perdió el partido pero ganó un punto de confianza en la casi imposible misión de ganar a sus antipáticos vecinos de camisa blanca; si los argentinos les tuvieron contra las cuerdas, ¿por qué no nosotros? ¿Habría algo más bonito para nuestra gente que dejar fuera a los ingleses? Podrán recriminarnos la falta de vistosidad y de talento, pero nadie podrá decir que no vamos a dejarlo todo, así que si los ingleses no tienen el día, ¿por qué no? En la mente de los delanteros escoceses se repite desde la derrota de hoy la misma cantinela, como un mantra: si yo fuera inglés, Dios no lo quiera, no dormiría tranquilo antes de jugar contra nosotros. Si caemos será dando guerra y si no están dispuestos a dejarse la piel en el campo, serán ellos los que caigan. Escociá perdió y, aún perdiendo y viendo cerca la posibilidad de ser el primer equipo en la historia de la camiseta del cardo que no pasa la fase de grupos, sacó de la derrota motivos para apretar aún más los dientes.


En medio de estas dos derrotas, el Atleti perdió por goleada su partido del sábado y ahora toca ver qué conclusiones sacamos. Algunas habrá que sacar, eso está claro. La primera conclusión es que el Barcelona, cuando juega a esto y sobre todo cuando se le deja jugar, es prácticamente imbatible. No imbatible del todo, que algún partido ha perdido y hace poco tiempo empató contra un Valencia no demasiado brillante, pero casi imbatible. La superioridad que el Barcelona muestra en casi todos los partidos hace que en aquellos en los que no va ganando cómodamente a los diez minutos su afición se inquiete, es lo que tiene estar mal acostumbrado. Que el Barcelona, que sigue jugando como los ángeles y sigue queriendo ganar a pesar de haberlo ganado todo, le gane al equipo de uno entra dentro no ya de lo lógico sino casi de lo inevitable. Inevitable pero no aburrido, como se dice últimamente. Si el juego del Barça resulta aburrido, como dicen algunos, es por la enorme cantidad de partidos casi perfectos que le hemos visto en muy poco tiempo. De igual manera que el jamón bueno empalaga si uno se come dos platos al día, tanto partido del Barça hace parecer cargante esa facilidad para hacer veinte veces por partido lo que en algunos estadios se ve una vez por temporada. Pero, en el fondo, todos sabemos que algún día no ya tan lejano este equipo maravilloso dejará de funcionar tan bien y entonces echaremos de menos estos partidos que hoy parecen aburrirnos, igual que entrada la noche uno lamenta no haberse comido ese último langostino de Sanlúcar que despreció unas horas antes, ahíto tras comerse una bandeja entera y tres copas de manzanilla.

La segunda conclusión, digna de Perogrullo, es que al Atleti le queda aún mucho tiempo para ser el equipo que debería o podría llegar a ser. Los últimos partidos, contra equipos modestos de la liga española y un grande de la modesta liga escocesa, dejaron una buena impresión que tocaba confirmar en Barcelona. Demasiado pronto llegó ese partido, piensa ahora la parroquia colchonera, que habría visto con mejores ojos un partido así dentro de unas jornadas. Hasta la fecha, el Atleti había enseñado una idea futbolística más distinguida que otros años, con más toque y menos pelotazos, con más jugadores más cerca los unos de los otros. Nada de eso se vio en Barcelona, donde el Atleti sólo pudo defenderse del vendaval, subiendo la guardia, cerrando los ojos y apretando el protector dental. El Atleti no sólo perdió el partido, sino que lo más grave es que no lo jugó. Nada hizo el Atleti, ni un pase, ni una combinación, sólo un tiro lejano de Tiago que se fue al larguero. Diego, la referencia incuestionable a la hora de crear juego, no tocó el balón y menos aún lo tocó Falcao, la sensación rematadora de los primeros partidos. No le costaría mucho a Perogrullo llegar a la conclusión de que un rematador no tiene mucho que hacer si no le llegan balones que rematar, así que no debió ser complicado explicarle al equipo lo que deben hacer en los próximos partidos si es que quieren que marque algún gol Falcao.

Otra duda que merodea por la cabeza de los aficionados el día después de la paliza tiene gafas y apellido frutal. Hasta la fecha, Manzano parecía haber inculcado una idea en el equipo y a su mano atribuíamos la diferencia de actitud y planteamiento de los últimos partidos. Frente al Barça sacó un equipo de esos que los expertos consideran ni chicha ni limoná, ni físico ni técnico, ni de toque ni de contraataque, un equipo que bastante tuvo con ir apagando los fuegos que con facilidad pasmosa iba encendiendo el rival. El técnico optó por no arriesgar nada, pero sin plantear una defensa numantina. Optó por Mario Suárez como medio centro por delante de los centrales, sabiendo todo el mundo que un jugador tan frío y tan blando no es lo más adecuado contra un centro del campo monumental como el del Barça. Dispuso al equipo de forma que nadie achuchaba a Xavi, una elección que en lo futbolístico equivale a jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor. Quitó a Domínguez y puso a Godín, que casi no había jugado, y quitó a Filipe Luis Filipe y puso a Antonio López, que reclama a gritos un lateral izquierdo que le quite definitivamente de jugar este tipo de partidos. Puso al cómodo cordero de sacrificio Perea como lateral derecho y éste se comió un balón por alto nada más empezar el partido que acabó en gol, si bien tiró de velocidad alguna vez para evitar una masacre mayor. Jugó Tiago y dio sensación de estar para otros partidos y también lo hizo Gabi, que no dio abasto. Jugó Diego y no aportó nada más que la duda sobre su estado físico y jugó Reyes, lo que equivale a decir, una vez más, que el Atleti jugó con diez.

Planteó por tanto Manzano el partido con más miedo que otra cosa, y ahí uno se pierde un poco, la verdad. Porque al Atleti, ayer, nadie le pedía ganar, ni si quiera empatar. Han sido ya tantas las goleadas y tantos los disgustos, tantos los partidos no peleados y tanta la apatía reprochada, tan poco el tiempo que ha tenido el técnico y tan descomunal el equipo de enfrente, que nadie pedía nada.

Manzano pudo haber planteado un partido de equipo chico, con todos atrás y marcajes duros y al hombre de los buenos jugadores del rival, sacrificando el fútbol de ataque por la posibilidad, remota, de conseguir un empate. Dado que el botín, además de escaso, habría sido improbable, no parecía buena idea. Manzano al menos descartó esta opción vergonzante, indigna del escudo que luce en su camisetita de entrenamiento y en su gorra de tractorista. Pudo, eso sí, optar por lanzar al equipo al ataque, apostando por el fútbol de toque del que quiere presumir, arriesgándose a que le metieran cinco. Dado que la goleada era posible, podía al menos intentar alimentar la autoestima y fomentar el desparpajo, confirmar las ideas propias y la convicción en la apuesta presentada ante Racing y Sporting, lanzar la carga de la Brigada Ligera contra el equipazo de enfrente a riesgo de caer con honra o sorprender y ganar crédito siguiendo el ejemplo del Betis del año pasado. Tampoco lo hizo. Manzano sacó un equipo tibio con un planteamiento soso como su discurso, con jugadores sin espíritu, quizás acomplejados desde el vestuario viendo la poca ambición y convicción del técnico. Lo que había conseguido hasta ahora, esto es, transmitir la sensación de que las cosas habían cambiado y que el protagonismo del equipo recaería sobre los jugadores de talento y la idea de grupo, quedó erosionado tras el partido pequeñito del sábado por la noche.

La afición, o al menos algunos, esperaban el partido del sábado para sacar algunas conclusiones. Nadie esperaba una victoria, pocos esperaban un empate, muchos querían pensar que la sorpresa era posible, algunos preveían una goleada. Ninguno está contento hoy. El Atleti perdió con contundencia un partido que era muy difícil de ganar, pero la sensación que tras el partido ha quedado está muy lejos de la euforia que invadió la grada tras los primeros partidos. Queda por ver qué aprenderemos de esta derrota tan ácida y tan poco peleada, si servirá para solucionar problemas, para decantar hacia un lado claro la idea a la que el equipo quiere acercarse. Lo que parece claro es que, con lo de ayer, ni se ha sembrado la duda que Francia quiso sembrar, ni se ha encontrado el motivo para apretar la mandíbula que encontraron los escoceses. Por ahora, quizás haya valido para sembrar el desánimo, pero eso, los optimistas a sueldo, no nos lo podemos permitir.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Crónica del Atleti - Barça, o elogio del líbero y los buenos modos

Llegó la afición al campo con camisa limpia de partido grande y se fue con mala cara por haber perdido el partido y haber visto un gesto feo.


Decía el aficionado medio, el de caña previa y vino post partido, el que mira de reojo los resúmenes en el bar, el que queda con los amigos una hora antes y pregunta cómo lo ves y responde no sé, yo creo que hoy ganamos pero vamos que no sé, estos son muy buenos, decía ese aficionado que ojalá todos los partidos del año fueran el de ayer. Llegaba el Barça al Calderón, venía un equipo lleno de estrellas cercanas al que no se cansa de ver el aficionado a este deporte, un equipo que, rivalidades y oportunidades y clasificación aparte, no puede caer sino bien gracias a la forma de ser de la inmensa mayoría de sus jugadores. Un equipo, uno cree, histórico al que merece la pena ver cuantas veces sea posible para contar a los nietos si, yo vi a ese equipo en el Calderón no sé cuantas veces, le vi perder y le vi ganar, vi a Xavi fallar un pase y hacer tres mil bien, vi a Iniesta regateando rivales con un movimiento de barbilla, con la cabeza alta y sin mirar el balón, sin agachar la vista, sí, vi a Agüero romper cinturas como antes vi a Torres marcar una y otra vez contra ellos, sí, yo les vi, miren Vds qué bien. Llegaba el Barça, un equipo contra el que las victorias son dulces y las derrotas no tan amargas, un equipo contra el que el Atleti suele jugar bien y sacar la casta, un equipo que suele regalar grandes jugadas, goles para el recuerdo, domingos de esos de sonrisa hasta el jueves. Llegaba el Barça y el Calderón y sus alrededores estaba precioso, como en los días grandes, con buen tiempo y aceras repletas y camisetas rivales entre las locales y la gente esperando lo más grande.

Salió el Atleti y salió enfrente un equipo vestido de neurocirujano de corto, con camiseta verde hospital y pantalón azul, un equipo vestido de otro equipo que sin embargo resultó ser el gran equipo que esperábamos. El Atleti salió vestido de Atleti y con la única alineación que uno esperaría o quizás no: con Domínguez de nuevo de lateral izquierdo, frente a Alves, con Perea de central. El resto, lo esperado mientras no se manifieste el virtual Filipe Luis, lo normal mientras Tiago no haga méritos para buscarse un sitio o mientras Agüero no descanse tras una lesión.

Salió el Barça con un dibujo nuevo que era la comidilla en los pasillos del estadio en el medio tiempo: con tres centrales cuando sacaba el balón y cuando defendía, con dos laterales muy abiertos y adelantados en la fase inicial del juego, sin delantero centro, con un equipo que jugaba con siete u ocho centrocampistas, según las fases. La atención, por supuesto, estaba en la defensa: Busquets salió de líbero, mandando y barriendo tras dos centrales apoyados en los lados, y la noticia alegró a Franz Beckenbauer y Franco Baressi, quienes, al ver el planteamiento del partido, se echaron hacia adelante en el sofá, se pusieron un cojín en la barriga y abrieron los ojos, más brillantes que otros días. Mira, niño, un líbero, decían los aficionados con canas, dando codazos al sobrino, ¡un líbero! ... ¿Papá? ¿Sí? ¡Un líbero! ¡Ha salido un líbero!, decían otros llamando por teléfono a sus ancianos progenitores con la emoción del que ha visto el último tigre albino, un quetzal o un lince ibérico. ¿Pero qué me estás contando? Que sí, que sí, que en el campo hay un líbero, que yo lo he visto, lo he visto claro y meridiano, está ahí, a ojos de todos. Inmediatamente se suspendió una sesión de la ONU, se decretó un alto el fuego en un frente bélico africano, la Patrulla Águila fue movilizada por si alguien les pedía sobrevolar el Calderón en vuelo rasante para celebrar el evento y se colapsaron las centralitas de Iberia por la gran cantidad de llamadas de teléfono recibidas desde asociaciones de amigos del Yeti y buscadores del Big Foot y el Sasquatch, locos por venir a Madrid a estudiar el prodigio, tan esquivo como sus objetivos tradicionales. En el campo había un líbero, un líbero otra vez, un líbero, alabado sea Luiz Pereira.

La salida de Busquets como último hombre trastocó al Atleti. ¿De qué juega ese?, decía Agüero. De líbero, decía Forlán, antes se jugaba así, eso me dijo mi padre. Anda, ¿sí? qué me dices, qué cosas tiene Guardiola, se ve que ese gusto por el jerselito retro le ha llegado también al estilo de juego. ¿De qué juega eseeeeeeee?, preguntaba a voces Raúl García a todo el que pasaba, y probablemente fueran esas preguntas las que le hicieron cometer fallos de esos tan escandalosos suyos en las primeras tres, cuatro pelotas que tocó. El Atleti parecía haber salido a apretar al Barça arriba, contando con Busquets por delante de la defensa; pero delante de la defensa no había nadie, había un espacio y, al final de ese espacio, Xavi e Iniesta, ahí es nada. Kun, tocado tras la lesión de Bilbao, no estaba y Forlán corría y corría pero no encontraba nadie cerca a quien presionar, estando Busquets tan atrás. Assunção y, sobre todo Raúl García esperaban, más cerca de la defensa, dando metros a los que piensan en el Barça. El resultado, ideal para el rival: entre Busquets y los centrales sacaban cómodos el balón hasta Xavi e Iniesta quien, con metros por delante (salvo arreones de Assunção) y con dos laterales abiertos, Messi y Pedrito omnipresente, no tenían demasiado problemas para controlar el partido. Sólo Villa parecía despistado, aunque no lo estuviera tanto.

Con la defensa del Atleti algo adelantada y los medio centros muy cerca de ella, el Barça acumulaba centrocampista en una franja limitada de terreno. Ahí es donde se ve la calidad de los barcelonistas: con espacio son buenos, con poco espacio, también. Hasta ocho jugadores ocupaban una parcela de campo relativamente estrecha cuando el Barcelona atacaba y Busquets adelantaba a los centrales; Alves, además, ocupaba toda su banda y estrechaba aún más la zona en la que se movía el resto. Éstos, con toques de fútbol sala, combinaban y combinaban mientras Assunção y Raúl perseguían el balón e intentaban tapar espacio. Dos centrocampistas son pocos para aguantar tal chaparrón y se echó de menos más ayudas de Simão y Reyes. Domínguez sufría de lateral, Ujfalusi no tanto. Perea se limitaba a cruzarse y correr y hacer su pifia reglamentaria en medio de un buen partido, Godín mandaba aunque dejando detalles de esos suyos que le hacen a uno maldecir: salir más lejos de lo recomendable, intentar un regate más antes de dársela a un centrocampista, dudar en un despeje.

Controlado el centro del campo, era cuestión de tiempo que el Barça tuviera un tiro claro. Un balón en profundidad a Villa acabó en un palo, el rechace en otra jugada, en otro balón profundo y en un buen gol de Messi de toque sutil. En la grada llamaba al atención la facilidad con la que jugaba el rival, cundía la sensación de que podrían verse muchas más jugadas parecidas, de que jugar en el centro del campo del Atleti ayer debía ser un infierno. Empató Raúl García de cabeza aprovechando una pifia de Valdés, mala señal dado el poco trabajo que tuvo, y celebró el gol casi solo, qué cosas tiene a veces este equipo. El Atleti se encontraba con un empate afortunado y tocaba defender la situación. No se hizo: falló Godín en un balón alto y marcó Piqué. El Atleti dejaba ir el golpe de suerte del empate, y el partido llegaba al descanso con la sensación de que en pocos partidos se había visto tan cómodo al Barça y en pocos partidos tan incómodo e impotente al Atleti.

Cambió algo el equipo en el segundo tiempo, pero no lo suficiente. Desaparecido Agüero por problemas físicos y desarbolado el resto por exceso de trabajo, parecía necesario dar un giro al asunto. Quique demostró no tener plan B y estar superado claramente por Guardiola. Pudo meter a Tiago, abrir los interiores, dejar a Forlán sólo en punta. Pudo echar a Forlán más atrás a defender el primer por delante de los medio centros, pudo meter otro interior y subir a Reyes a la media punta, pudo obligar a los jugadores a jugar a un toque, o sólo con la izquierda, o hablar en esperanto entre ellos para sembrar el desconcierto en las filas rivales. Pero Quique no pareció tener herramientas para cambiar el partido. Cambió cromo por cromo, punta por punta, lateral (con tarjeta) por lateral. El cambio de Domínguez fue sintomático, en el banquillo no había ideas y se intentaba, al menos, evitar males mayores.

El Barça aflojó, cómodo en el partido, y el Atleti apretó más. Poco se le puede echar en cara a los jugadores ayer. En alguna ocasión dejaron entrar a Messi hasta dentro, mirando cómo lo hacía, es cierto; en otras, Forlán no metió el pie en los balones que requerían jugársela, es posible; pero, en general el equipo intentó capear el temporal con lo que pudo y, así, milagrosamente, llegó a falta de diez minutos con un gol de desventaja, sólo uno.

Aquí el único pero que se le puede sacar al equipo, visiblemente a merced del rival el resto del partido: no haber tocado a rebato, no haberse lanzado en busca de un punto que habría sabido a gloria y podrá ser importante en el futuro. ¿Qué diferencia habría habido entre perder ayer 1-2 o 1-3? ¿Por qué no se lanzó el Atleti a un asedio suicida del equipo rival, a buscar un gol de barullo, de rebote, de espaldazo de esos que la prensa ensalza como golazo según quién lo mete? Quizás el Atleti se reservara para los próximos partidos y prefiriera no arriesgar tarjetas o fatiga en los últimos quince minutos, quizás el Barça les tuviera comida la moral o quizás simplemente no fuera posible.

Y quizás simplemente no fuera posible porque, de no ser por un único factor, el partido de ayer normalmente habría acabado 1-4 o 1-5. Ese factor, naturalmente, fue David De Gea. Uno, que no lleva tanto en esto pero que ya lleva un rato, no recuerda una actuación de un portero del Atleti como la de ayer. Sí recuerda a algún portero rival parando cuatro, cinco goles claros, sí recuerda a Diego López desesperando al personal o a algún portero, propio o rival, salvando puntos con un par de intervenciones de calendario; lo de ayer, la verdad, no lo recuerda uno. Por arriba y por abajo, a una mano, blocando, despejando e imponiendo, De Gea fue el jugador clave en una derrota y eso dice mucho del partido. De Gea desespera a los rivales y da una increíble seguridad a los propios con ese estilo tan suyo, con esa cara tan suya de estar haciendo un sudoku mientras le llega el balón. De Gea da la impresión de poder charlar animadamente con un central sobre cómo conseguir que la verdura quede crocante pero no cruda en el arroz meloso, blocar un tiro a la escuadra desde quince metros del máximo goleador de la liga, y seguir, al levantarse con el balón atrapado, dando consejos al mismo central sobre qué verduras hay que echar antes, por ser más duras y resistentes al hervor, todo como si tal cosa. Ayer De Gea paró las que vienen de lejos y sacó los uno contra uno a dos metros. Paró balones en la cepa del poste izquierdo y en la escuadra derecha con una mano y con la otra. De Gea paró hasta las jugadas anuladas y lo hizo siempre con esa suficiencia tan suya que desespera a los delanteros, con esa naturalidad casi insultante. De Gea fue lo mejor del Atleti en un partido en el que el Atleti, poniendo ganas, no estuvo bien.

Penúltimos párrafos para el lance que ocupa todas las portadas de hoy, para el borrón del domingo. Ujfalusi, con el partido casi acabado, hizo una entrada a Messi que en el campo no pareció para tanto pero que en televisión y foto da grima. Ujfalusi cazó, queremos pensar que sin voluntad, el tobillo de Messi y éste, un jugador que no se queja en exceso a pesar de recibir su buena ración de patadas por partido, inmediatamente dejó claro que le habían hecho daño. Ujfalusi, vaya por delante, es el ojito derecho del que suscribe. Siempre se ha comportado como un jugador valiente sin ser violento, duro pero noble, poco amigo de que le tomen el pelo y dado a marcar territorio pero no dado a la patada alevosa o al teatro mezquino de otros. Ayer Ujfalusi se llevó por delante a Messi, hizo una entrada feísima que, de ser voluntaria, requeriría una sanción tan fuerte como la que normalmente reclamamos para los jugadores que hacen lo mismo con los nuestros. Y nos gustaría que Ujfalusi acatará la decisión con la misma nobleza que ha mostrado hasta ahora en el campo. Y no lo dudamos.

Ujfalusi fue expulsado directamente, algo que pareció excesivo en el campo y menos tras ver la repetición, y Messi se fue del campo en camilla, casi como Agüero la semana pasada en Bilbao. Igual que la semana pasada en Bilbao, parte del público silbó a Messi y le deseó lo peor; si vergüenza nos dio la escena de San Mamés, más vergüenza nos dio ayer lo visto en el Calderón. Más vergüenza, sí, por ser los nuestros. No sólo porque es desagradable ver que alguien pita a un jugador lesionado, ni porque ese jugador lesionado sea alguien poco dado a las provocaciones y los malos modos sino, bien al contrario, un tipo humilde que ya se fue una vez ovacionado del Calderón al hacer un partidazo. No sólo por lo que supone de esquizofrenia colectiva, sólo justificable por el manido argumento de "esto pasa en todos lados". Nos dolió más por pasar en nuestra casa, por ser los nuestros, por ser curiosamente los mismos que ovacionaron antes a Iniesta al salir del campo, quizás para agradecerle, no el partido, sino la humildad, el buen gusto y la cantidad de cervezas que nos hemos tomado celebrando su golazo ante Holanda. Nos dolió más porque fueron los nuestros, porque antes en el Calderón no pasaba lo mismo que en otros campos y ayer sí fue así. Quizás, como dijo alguien, es una batalla perdida; pero en ganar las batallas perdidas está la sal de la vida, la esencia del ser distinto, la seña de identidad de las rayas rojiblancas.

En sólo dos días el Atleti jugará en Valencia. El partido de Tesalónica sembró dudas y el de ayer confirmó que, como no era evidente, el equipo está lejos de hacerle sombra al Barça. El partido de Valencia, empero, será importantísimo para aclarar en qué situación está el Atleti, qué podemos esperar de él. Mientras deseamos una pronta recuperación a Messi, esperaremos a ver cómo evoluciona el esguince colectivo que el Barça hizo ayer al equipo.