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lunes, 13 de enero de 2014

Crónica hipotética del Atleti-Barcelona desde el lado que no es

Si servidor de Vds, a quienes Dios guarde muchos años, fuera del Barcelona (que ni lo es ni admite sospecha alguna ni mucho menos cualquier chistecito al respecto), habría disfrutado cada minuto del ambiente previo al partido de ayer en los alrededores del Calderón. Si servidor hubiera venido de Barcelona, Málaga, Pontevedra o la Guindalera para ver cómo mi equipo se enfrentaba al otro líder, al del Manzanares, habría sido feliz viviendo ese ambiente de partido grande de Liga, no de Copa, no de eliminatoria europea, no de final de torneo si no de Primera División de la liga, algo que casi no recordamos desde aquél día del Doblete frente al Albacete.

Si servidor fuera del Barcelona, que ya les digo yo que no pasará nunca, habría paladeado cada minuto por las calles de Madrid, cada caña por la Latina y la calle Toledo. Habría contado las muchísimas bufandas rojiblancas que se veían por la zona desde la hora del aperitivo y habría tomado bacalao en Revuelta y callos en Casa Paco. Ya de paso, habría tomado vermouth de grifo los bares del barrio, comparando el dulzor amargo de cada uno, el exceso o cantidad adecuada de hielo, si se sirve con seltz o (mal menor pero no admisible como regla) con un poco de Casera, si la proporción es la adecuada, si ponen o no rodajita de limón o de naranja, si el vaso es pequeñito y alto o bajo y chato. Si servidor fuera del Barcelona y a esas alturas se hubiera mantenido en pie, habría ido hasta el bar de los Caracoles que hay cerca de Puerta de Toledo y ahí habría pedido un vasito del caldo que hierve en el puchero de la barra y habría probado el raro vermouth blanco de grifo que sirven ahí, tentación peligrosa para el aficionado atlético que, presto a hacer la gracia, tiende a invitar a rondas alternas, ¡una de vermouth rojo! ¡ahora una de blanco! ¡otra de rojo, como las rayas del escudo!, y así hasta perder uno la conciencia de cuántas se ha bebido por aquello de ser fiel a los colores en las barras de los bares, que al final es de lo que se trata.

Si servidor, una vez probados cuatro, cinco vermouths y alguna caña para desengrasar, con tiempo entre unos y otros para no venirse abajo y cantar Asturias Patria Querida demasiado pronto y aún siguiera siendo del Barça, uno habría buscado una terraza para tomar café y quizás un licorcito y comentar la jugada y seguir viendo gente y gente vestida de rojo y blanco que se sientan en grupos grandes y piden sillas que sobran al resto de mesas y también piden café solo, café cortado, un pacharán con hielo, un gin tonic de esos modernos con fresas y cosas dentro o un pelotazo tradicional sin mucha negociación con el camarero. Si servidor hubiera sido de Barcelona, a estas alturas ya el Barça, me van a permitir la confianza, habría hablado con mis compañeros de viaje del inmenso placer que es tener un estadio cerca de la zona vieja y con personalidad de la ciudad, del privilegio gigante que supone ir andando al fútbol desde la zona monumental del centro histórico, parando de café en café, rodeado de gente que va o no va al fútbol pero que vive la calle en festivo entre periódicos y sillas metálicas de terraza y habría dado por finalizada la conversación de este primer asalto pre-partido comentando con mis correligionarios que a quién cojones se le puede ocurrir cambiar de estadio e irse a la otra punta de la ciudad a un barrio nuevo que pega con una autopista, teniendo una joyita como el Calderón en la parte de la ciudad en la que más se puede disfrutar de un día de fútbol. Y, al ser del Barça todos los demás compañeros de mesa, alguien probablemente habría dicho “eso es cosa del Cerezo y el Gil ese, ya sabes” y el resto habríamos asentido con la cabeza y habríamos dicho pues sí, eso es en el fondo, un tema de pasta gestionada de forma turbia, ya sabemos como es esto, a la gente al final que les den pomada, vaya error monumental sería irse de este paraíso para el hincha a un campo con pista de atletismo, vaya error y vaya sinvergonzonería.

De haber sido del Barça, el que suscribe habría bajado andando por la calle Toledo un par de horas antes del inicio del partido, tomando el aire y mirando por el móvil las últimas novedades sobre la alineación, comentándolas a voz en grito con los demás compañeros de viaje y, ya de paso, con los aficionados del Atleti que bajaban por la misma acera, como de hecho ocurrió, qué cosas. Habría mostrado sorpresa por ver una alineación sin Neymar y, sobre todo, sin Messi, y habría escuchado a los colchoneros que, bajando por la calle al mismo ritmo que el grupo, decían que en cualquier caso acabarían saliendo los dos una vez pasada la hora de partido quizás, cuando el desgaste físico del Atleti fuera alto. También habría escuchado a los que, al saber que no salía Raúl García sino Villa afirmaban que el Atleti iba a jugar con diez, diez y cuarto a lo sumo, visto el bajísimo estado de forma del asturiano, su contribución limitada, su físico limitado, su falta de confianza. Si servidor hubiera sido del Barça también habría comentado, como hicieron los del Barça, que ya en sus temporadas en Barcelona mostró un físico en declive y un juego con cada vez menos chispa, fruto del paso del tiempo y de una lesión durísima, algo en el fondo normal y poco criticable.

De haber uno sido aficionado del Barça, habría disfrutado con el paseo camino al estadio, con la visión de los ríos de gente vestida de rojo y blanco entre los que flotaban bufandas y camisetas azulgranas como si tal cosa. Me habría quizás maravillado del ambientazo previo, del olor a partido grande e importante y, a la vez, de la perfecta convivencia de locales y visitantes, del ambiente de respeto mutuo, de interés mezclado con un punto de admiración de cada uno con las cosas del equipo rival. Habría tomado una cerveza más, quizás dos, aprovechando para charlar con la gente del Atleti y habría hablado, como ocurrió por todas partes, sobre cómo los locales veían al equipo visitante y cómo la gente del Barcelona veía al Atleti, cómo el equipo de unos daba miedo al de los otros y al revés.

Tras charlar y charlar, de haber sido uno del Barcelona uno habría enfilado el estadio y habría hecho la cola monumental que se formó ayer delante de todas y cada una de las puertas, habría puesto el código de barras de la entrada en esa posición nueva que tanto confunde a los socios de toda la vida, y habría encarado el vomitorio, camino al asiento, tras alquilar una almohadilla roja de esas que meten en unas cosas que parecen nasas para langostas. Habría subido por la grada, habría buscado la localidad, habría pedido perdón y perdón y perdón a los que ya ocupaban la suya para poder llegar a la mía y, finalmente, habría saludado a vecinos de derecha a izquierda, como ocurrió en muchos de los asientos del Calderón el día de ayer. Hola buenas noches, habría dicho, y posiblemente me habrían respondido hola, buenas noches, Vd no es de los fijos en la zona, ¿es Vd del Barça? y ahí habría tenido que decir que sí, de haber sido uno del Barcelona. Habría escuchado a los vecinos de localidad decir cuánta gente nueva hoy, no conocemos a nadie, qué cosas, qué ambientazo hoy. Fíjese esos japoneses, fíjese ese grupo de ingleses embrutecidos, fíjese en estos de aquí. ¿De dónde son Vds? ¿Colombianos? Hombre, por Dios, qué alegría, desde que se fue Falcao y el bueno de Perea como que ya no vienen tantos colombianos al estadio. ¿Y Vds de dónde son? ¿Turcos? ¿Son Vds turcos? Hombreee qué bien, no es bueno el turco ni nada, no es bueno el turco, habría escuchado uno de haber sido del Barcelona y también de no haberlo sido.

Si uno fuera del Barça habría estado nervioso justo antes de empezar el partido, dudando de si el equipo visitante, el propio, el que tantas alegrías ha dado a su afición y tantos partidos memorables ha firmado, sería capaz de enfrentarse a la fiera máquina local con sus ligeras armas tradicionales. De haber sido uno seguidor del Barcelona habría dudado si la refinada tropa de élite de mi equipo, formada por estilistas con aires de bailarín, armados con floretes y dagas con pedrería, sería capaz de hacer frente al rotundo equipo local, un regimiento de portentos físicos armados con mazas, hachas y bolas de esas con pinchos que venden en las tiendas de souvenirs de Toledo que se mueve al unísono al grito de un tipo con el 14 a la espalda. Como seguidor del Barcelona, si lo fuera, habría tenido la misma sensación que el resto de culés que poblaban la grada: una tensión permanente, una continua necesidad de mirar el terreno de juego y el marcador sin perder un ojo de ninguno de los dos, ganas de que acabara ya el partido, ganas de que no acabara nunca.

De haber sido uno seguidor del Barcelona, habría quedado impresionado con el partido que hizo toda la defensa local, con la sincronía de los centrales y el repertorio casi interminable de Filipe Luis. Habría presumido también, claro está, del partido de Piqué, la facilidad de Cesc y Busquets y la velocidad de Pedro, pero no habría podido evitar rendirme al partidazo de Arda Turan, el mejor sobre el campo, el más fino y confiado, el autor de un control con el exterior del pie que, por más que uno lo ve y lo ve, no se explica cómo pudo hacerlo. Habría resaltado el cansancio que muestra Koke tras tantos partidos, el asombro por ver el empaque de algunos jugadores que nunca hubiera considerado idóneos para jugar en la millonaria plantilla del Camp Nou y la enésima demostración de ambición y poderío de Diego Costa, forzando una y otra vez a Piqué a hacer un partido excelso. Todo esto habría reconocido uno de haber sido seguidor del Barcelona.

Como seguidor de Barcelona, de haber sido uno parte de esa afición, uno habría vivido el partido con la intensidad que las dos aficiones lo vivieron en la grada, con la mandíbula apretada buscando agujeros en las líneas rivales que simplemente no existían. Habría respirado tranquilo cada vez que el balón le llegaba a Villa, la excepción en el equipo, desenfocado desde el inicio de la liga, y habría aguantado la respiración al ver salir a Raúl García, y más aún viendo cómo desde su salida los balones que merodeaban el área de Valdés se quedaban ahí más tiempo. Habría recibido con alegría la salida de Messi y Neymar para comprobar, un rato más tarde, que ni uno ni otro cambiarían la dinámica del partido, es decir, el hecho de que el que sería mi equipo si servidor fuera del Barcelona, no tiró a puerta en todo el partido, y van ya casi tres seguidos contra el Atleti, a pesar de tener en nómina a varios de los mejores atacantes del mundo.

Si uno fuera del Barcelona habría celebrado el resultado apretando el puño al oír el pitido final, pensando que se había conseguido un empate en una plaza casi inexpugnable, defendida por una guardia entrenada y ambiciosa que no dejará escapar muchos más puntos si las cosas siguen así. De haber sido uno del Barça, recordaría un día precioso de fútbol en un estadio imponente en el que se pueden llevar los colores del equipo propio sin que pase nada, a pesar de algunos cánticos poco respetuosos con el rival y con la concordancia de género entre sujeto y predicado. También habría recordado un auténtico partidazo, quizás no vistoso pero sí bueno, quizás no brillante pero sí intensísimo, quizás poco comercial pero sí para los muy aficionados. De haber sido del Barcelona, del Atleti o de cualquier otro equipo, a uno le habría entrado la risa al escuchar cómo populares comentaristas radiofónicos de esos que basan su oficio en contar chismes de los equipos grandes y en confundir buen fútbol con regates ciclistas, brillantez con goles y calidad con altos precios en los fichajes, decían que el partido fue un tostón y una tristeza. De haber sido uno del Barcelona, en fin, uno estaría muy orgulloso de su equipo, muy contento por haber conseguido puntuar en el Calderón, feliz por haber vivido el partido en directo desde la grada del Manzanares, todavía cansado por haber vivido en directo un choque de trenes, de estilos, de buenos equipos de fútbol.



Pero resulta, quizás lo intuyan Vds, que uno no es del Barcelona sino del Atleti, y que por eso mismo no celebró ni mucho menos el pitido final. Servidor de Vds quizás pensó que el empate fue un resultado justo pero no satisfactorio, que con un delantero un poco más incisivo el Atleti debería haber tirado más a puerta, que el partido de Arda Turan merecía que ese remate suyo de media tijera hubiera acabado en gol. Pero sobre todo, al ser uno del Atleti, al acabar el partido estuvo mucho más orgulloso de ver el equipazo que ha montado el Cholo que cualquier seguidor de cualquier equipo millonario, y está aún impresionado por la solidez del grupo, aún cansado por el despliegue físico y la intensidad del partido, aún asombrado por una primera vuelta con cincuenta puntos.