El Atleti pudo perder un partido en el primer tiempo, pudo ganarlo en el segundo y resulta que empató. Y supo bien el empate, más por cómo se vivió el partido que por cómo jugó el equipo.
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Ahí tienen una frase que han oído miles de veces: en días de lluvia, las calles de Madrid se convierten en un peligro. Y no hablo de las calzadas, hablo de las aceras. El madrileño medio, poco habituado a la lluvia, se maneja en las calles mojadas con la falta de naturalidad con la que un vecino de Liverpool baila un pasodoble; en consecuencia, prefiere quedarse en casa a jugar a habitante del norte y comer sopa. Por ello, en cuanto llueve, las calles de Madrid se vacían de lugareños y únicamente salen a pasear los paraguas, inventos maléficos que gustan de sacar a pasear a - o más bien pasear sobre - su mascota, normalmente una persona. El paraguas es de hábitos fundamentalmente diurnos y gusta de los climas húmedos. El paraguas macho, delgaducho cuando está relajado, abre su campana en días señalados para dejar claro a sus congéneres su tamaño real y jerarquía y luce un aguijón que hace mucho daño si se lo clavan a uno en un gemelo. La hembra, más pequeña y de flores, a veces es plegable y cabe en un bolso. Ambos son altivos en su hábitat natural, cuando el cielo jarrea, y dominan a su mascota-persona con facilidad; por el contrario, cuando luce el sol son fácilmente sometidos por su mascota gracias a su naturaleza plegable, y a veces son utilizados como arma defensiva con grave riesgo para la rectitud de su columna.
Tanto el paraguas macho como hembra tienen maneras de niño malcriado: sólo disfrutan en la calle, y en cuanto tienen que volver a casa se echan a llorar y dejan perdido el suelo del descansillo. El paraguas, todo hay que decirlo, sale poco y pasa largas temporadas dentro de su madriguera natural, el paragüero, sea solo o en compañía de otros paraguas de diferentes tipos y colores. Esta falta de actividad produce un amargor de carácter y un ansia que se deja ver en días de lluvia. Es ponerse a llover en Madrid y ver cómo en las aceras los paraguas pugnan por lograr sus objetivos caiga quien caiga. Los hay que cubren por completo a su mascota, una señora bajita con zapatitos de tacón cuadrado que no ve por dónde va. Estos paraguas, dominantes y violentos, arremeten contra todo lo que se ponga en su camino con la determinación de un rinoceronte blanco utilizando la fuerza motriz que su mascota les presta a regañadientes. Otros, grandes paraguas macho, ocupan mucho terreno cuando las mascotas esperan en los semáforos y si alguna mascota ajena amenaza con entrar en su territorio le sacan un ojo con una varilla. Los paraguas, machos y hembras, son agresivos y territoriales, en especial cuando se encuentran dos de frente en una acera estrecha. Entonces avanzan el uno hacia el otro sin inmutarse, esperando a que el rival ceda, se pare, se suba o se baje para que él no tenga que moverse un ápice de su trayectoria y deje claro quién manda aquí. A veces coinciden dos paraguas insolentes y chocan y acaban por discutir las mascotas, a ver si mira por dónde va, oiga, que va Vd embistiendo, parapetado tras el paraguas y no ve nada y la calle es de todos. También puede ocurrir que la pugna acabe en tragedia y en ocasiones vemos cadáveres desmanganillados de paraguas en las papeleras. Otras veces la mascota dobla la esquina y una ráfaga de viento traidor da la vuelta a la campana, quedando el paraguas abochornado al ver que por culpa de la torpeza de su portor toda la calle le ha visto las varillas. Este episodio es especialmente vergonzante en la civilización paragüil, casi tan humillante como que la mascota, harta del carácter del paraguas, decida salir a la calle con capucha. ¡Con lo mal que quedan!
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Ayer Madrid amaneció lloviendo a cántaros y lleno de señores vestidos de rojo. La temible hinchada del Liverpool tomaba las calles y dejaba para el recuerdo imágenes escalofriantes: grupos de enormes aficionados reds desafiando a la climatología en camiseta ayudando a cruzar la calle a una desconcertada invidente, incapaz de reconocer el acento de quienes amablemente le evitaban caer en una zanja de las que adornan nuestra ciudad. Más tarde, grupos de exaltados liverpoolianos cantaban y hacían flamear bufandas en el interior de una cruasantería llena de señoras merendando café con picatostes, previa petición de venia y disculpa por el ruido y el follón a las que las señoras respondían con un familiar uy nada, hijo, nada. En los bares donde se congrega la afición colchonera antes de los partidos grandes, grupúsculos de radicales ingleses debatían con vehemencia con los locales sobre lo inapropiado de meter calamares rebozados dentro de barras de pan. Se cumplían los peores presagios: la violenta afición del Liverpool había llegado a Madrid y la violenta afición colchonera les hacía frente, la ciudad temblaba, las señoras bajaban las persianas y hacían acopio de aceite y garbanzos por si llegaba el estado de sitio. Tenía razón la UEFA, con esta gente del Atleti hay que tener cuidado y el clima pre-bélico que se vivía en torno al estadio así lo demostraba.
El caso es que tras un día de lluvia torrencial el cielo se fue abriendo a medida que se acercaba la hora del partido gracias a la intervención de Eolo, reconocido atlético según comentó en su día Mariano Medina. Con el estadio lleno de gente más abrigada de lo que luego resultó hacer falta, con casi medio fondo norte lleno de aficionados rivales y con el fondo sur hasta la bandera como en los viejos, buenos tiempos, el Atleti recibía al Liverpool por primera vez en partido oficial, ahí es nada. Se silbó el himno de la Champions, se le dio la espalda a la UEFA por tiquis miquis y por pesaos y se acomodó el personal en su asiento a ver qué versión del Atleti tocaba ver hoy.
Salió el Atleti
- ¡Hombre!
- Calle
Salió el Atleti con una alineación rara, con dos canteranos sin minutos y sin el Kun Agüero. Salió una defensa que inspiraba desconfianza y un medio del campo que inspiraba poca confianza, con Luis García y con Camacho y con Maniche. Y con Simão, pero en Simão hay que confiar. Salió un medio campo así regular y enfrente salieron Mascherano, Xabi Alonso y Gerrard, para abrir boca. La lógica indicaba que el Atleti no lo iba a tener fácil para jugar en el centro del campo y así ocurrió. A los quince minutos marcaba Keane un gol que en la grada pareció fuera de juego y en la televisión aún más; no sería el único fallo del árbitro, por cierto.
Marcó el Liverpool y el Atleti bajó los brazos. Los ingleses tocaban y tocaban y no había ningún tipo de reacción de ni posibilidad de tenerla. Durante muchos minutos el Atleti no estaba y el único interés del partido estaba en ver qué tal llevaría Camacho reaparecer en semejante partido y en ver las evoluciones de Domínguez. El primero estuvo batallador e impreciso a veces, pero con la dignidad de no esconderse (cosa que no puede decirse de algún compañero en la media), a pesar de contar con ninguna ayuda de Luis García, tan lejos de ser quien fue que dan ganas de pedirle el libro de familia, y muy poca de Maniche, poco dado a tirar de galones cuando la cosa se pone fea y los de enfrente juegan como juegan. Valorar a Camacho en un partido en el que tiene que lidiar casi solo con los tres que ayer tuvo enfrente no es justo, pero aún así dejó claro que no es lógico prescindir de su participación.
Domínguez, nervioso al principio, acabó bien tras estar acertado en un par de acciones y ganar la partida a un par de rivales. Cometió los fallos que cualquier debutante tiene que cometer para ir cogiendo confianza y desde la grada se echó de menos a su lado un central que le calmara, que le animara y que le orientara. Perea no está para eso, que bastante tiene con lo suyo, y Antonio López, quizás el más entonado de los de atrás ayer, no estaba lo suficientemente cerca. Al menos el chaval no fue apadrinado por Seitaridis, quien ayer volvió a tener una actuación entre lo desesperante y lo intolerable. Su caída de bruces al parar un balón cómodo de cabeza le retratan como jugador: sin ganas, sin criterio, sin aportación y, ya puestos, sin vergüenza.
Con cero uno acabó el primer tiempo y los pasillos eran una tumba, no había atlético que no pensara que si el Liverpool seguía así podrían caer cuatro. Cuarenta minutos había tardado el Atleti en tirar un corner y cada intervención de Reina dejaba la sensación de que mucho tenían que cambiar las cosas para ver algo positivo. Tras tres derrotas consecutivas y la imagen del equipo tocada y casi hundida tras los seis últimos minutos del derby del sábado, en los pasillos y en los baños y en las atestadas barras de los bares del estadio se entendía que se había salido vivo y que era cuestión de tiempo el salir con la cara pintada una vez más.
Pero no. En el segundo tiempo salió el Kun y el Liverpool se echó un poquito atrás, y Benítez se puso a pensar en el Chelsea y sacó a Gerrard y a Xabi Alonso y Riera, muy potente y activo durante el primer tiempo, bajó de vueltas. Los cambios fueron un respiro para la media del Atleti, aunque entró el admirable Kuyt que ayer jugó casi de enganche. El árbitro anuló un gol a Benayoun por fuera de juego que en el campo no pareció y en la televisión menos; no sería el último error del árbitro, por cierto. También por cierto, la afición visitante pasó gran parte del partido sorprendentemente callada, intuimos que por culpa de la resaca más que por el miedo que infundía el equipo local.
Eso sí, durante diez minutos del segundo tiempo el Atleti pareció otra cosa. La entrada del Kun y la definitiva entrada en juego de Simão y algo más de Forlán, poco acertado en muchas fases, llevó al Atleti cerca de Reina. Marcó Maniche un gol que el árbitro anuló por fuera de juego que en el campo no pareció y en la televisión menos, y antes había también pitado un fuera de juego a Forlán que no era. Poco después tiraba Simão al palo tras paradón de Reina, enorme toda la noche para orgullo de su papá y de sus admiradores. La gasolina se acabó pronto a los que jugaban pero no a la grada, que tiraba del equipo como podía gracias sobre todo a un imponente fondo sur que mostró una forma que no recordábamos desde hace mucho tiempo.
Se fue Camacho y entró Raúl García, a quien uno echa de menos. Entró también Luquitas Leiva y resultó que en el equipo rival jugaban el hijo de Reina y el sobrino de Leivinha además del ausente Torres, lo que llevó a la grada a reflexionar sobre la paradoja de que los visitantes tuvieran más jugadores unidos a la tradición del club que los locales, algo asombroso en cualquier equipo grande pero no en este Cluz que con tan buen pelo dirigen algunos que no tienen ni la más remota idea de quién fue Leivinha. En estas estaba la afición cuando Simão marcó un gol desde el mismo sitio desde el que antes había tirado al palo, pero esta vez con la maestría y la calma de quien se sabe bueno y acaba de aprender de un error y conoce la capacidad del portero rival. La metió Simão por donde no cabía y lo hizo gracias a un pase de Forlán, quien apareció una vez más en el momento preciso aprovechando las dudas de Carragher. Uno uno, a por ellos decía la grada, que no pase lo del sábado decía la grada, hay tiempo decía la grada. Y el equipo hizo como que sí, que había tiempo, que se podía y Miguel de las Cuevas a punto está de meter un golazo si no es porque Reina, gigante, hizo otra parada asombrosa. Pudo marcar Babel pero no lo hizo, y el partido acabó con 1-1, un buen resultado para ambos, bueno para el Atleti visto lo visto y visto también el resultado del PSV - Olympique.
Acabó el partido y la afición del Liverpool se puso a cantar. No habían cantado mucho durante el partido; algunos de los aficionados ingleses que estaban por las tribunas de socios no parecían tenerlo muy claro, lo que puede explicar el silencio. Pero acabó el partido y cantaron, y muchos aficionados del Atleti se quedaron en la grada a verlo, como esperando un ritual, casi un espectáculo, la hakka de The Kop. Cantó la afición red que Luis García bebe sangría y que sueñan con un equipo de Carraghers, que Gerrard es un tipo grande y duro que-será-será y que los suyos nunca caminarán solos. El fondo sur cantó el himno del Atleti y el himno del Metropolitano y cantó el nombre del ídolo de (casi) todos los que allí estaban y lo hizo por primera vez desde que se fuera de casa. La afición rival, a esas alturas ya no tanto, cantó a su vez su propia canción sobre el ídolo de (casi) todos, casi en homenaje a la afición que le había dado la réplica y ahí ya se fundió el poco hielo que quedaba. La afición del Atleti sacó ese lado maternal que tanto bien y tanto mal le ha hecho y, vestida de María Ostiz, se acercó a los visitantes. Y lo hizo, como dijo alguien que rebosa talento, como la mamá que se acerca a la cabeza de familia inglesa con la que el niño pasa el verano aprendiendo inglés, agradecida por la acogida a uno de los suyos y por alegrarle la vida y ayudarle a mejorar. El chaval me habla muy bien de Vd, pareció decirle la afición del Atleti a la la del Liverpool, sé que está contento y eso me tranquiliza. Dígale que se abrigue la garganta, que por ahí le vienen siempre los resfriados. Lo sé, no se preocupe, dijo la afición rival, él cuida muy bien de sí, tiene Vd un hijo estupendo. En casa ayuda mucho, respeta a todos y hace su trabajo dando un ejemplo.
Algunos se abrazaban como si fueran cuñados y otros intercambiaban bufandas y besaban a los niños. Algunos se vieron embriagados por un repentino ataque de amor filo-scouser y otros protestaban por la excesiva edulcoración del ritual. Y uno entiende un poco a los que ven en este romance repentino una muestra de que la afición se ha empequeñecido y se ve obligada a buscar cariño fuera de casa. Pero uno, que es un sensiblón y que llora en casi todas las películas (incluida "Abre los ojos", pero en este caso de puro mala), se alegra en el alma de vivir estos partidos en los que se respiran las ganas de pasarlo bien y de vivir cosas que hace mucho, mucho tiempo que no se vivían en nuestro estadio. Y aunque de eso a darse de abrazos con todos los calvos vestidos de rojo que pasen por la calle hay un mundo, uno es de los que se alegra, y mucho, de lo vivido ayer.
