viernes 17 de febrero de 2012

Un gesto, sólo un gesto


Iban 18 minutos de juego y la cosa pintaba bien. El Atleti tenía el balón y jugaba en campo del Lazio. Aún no se había pasado la fase de tanteo y estudio de cada rival, pero parecía claro que el Atleti buscaba la forma de hacer daño y el Lazio la forma de que no se lo hicieran, señal de que había un equipo mejor que el otro.

En una de las pocas veces que el Lazio llegó a campo contrario, Candreva buscó un tiro lejano. Una, dos veces seguidas, buscando ángulo para tirar, desplazando un poco a su marcador para hacerse hueco. Cualquier jugador acostumbrado a tapar la zona del campo que queda por delante de la defensa espera más un pase que un tiro, y sabe que si el rival busca tiro desde tan lejos es porque tira muy bien. Cualquier delantero que juegue con un compañero que tire bien de lejos va instintivamente hacia la portería, buscando el rebote, en cuanto el lenguaje corporal del compañero indica tiro. En un equipo que hasta ese momento había mostrado poco, la posibilidad de un tiro lejano parecía una excelente opción de hacer algo de daño. Klose salió corriendo nada más ver el gesto, el disparo salió largo y duro, a punto de botar cerca de las manos del portero. Incómodo, Courtois despejó la pelota, probablemente al pensar en la última fracción de segundo que sería difícil coger el balón que justo iba a botar en el campo helado ante sus dedos. Despeje tímido del portero a la bota de Klose, gol del alemán, primer gol en contra para el Atleti desde que llegó el Cholo.

Por asombroso que le pueda parecer a aquellos que dejaron de ver al Atleti con Manzano, el Atleti no estaba ya acostumbrado a recibir un gol. Primer gol en el séptimo partido gracias a un buen portero, a unos centrales resucitados y a dos laterales que hacen lo que se pide a los laterales e incluso un poco más en el caso de Juanfran, entre otros. El Atleti de Simeone, que defiende desde Falcao y que no deja pensar a los rivales, que presiona arriba y vuelve y muerde cuando se pierde un balón, que ve cómo llega el marcador a tapar al rival y, si éste sale, hay siempre un compañero en la ayuda que permite recuperar el balón rápidamente, se había llevado un gol y además tras fallo de uno de los que casi nunca fallan, Courtois. Los jugadores se quedaron con cara de no saber bien qué hacer, los jugadores se miraron los unos a los otros, los aficionado pusieron una cara de sorpresa que a ellos mismos, acostumbrados en los últimos tiempos a ver cómo el equipo regalaba continuamente goles tontos en malos momentos, le sorprendió a su vez. ¿Sorprendidos porque al Atleti le meten un gol? Esto no era así hace unas semanas, era más bien lo contrario ... el gol dolió y la sorpresa, curiosamente, fue agradable: si nos sorprende un gol en contra, es que las cosas son distintas ahora, son mejores.

Desorientados, los aficionados miraron a la pantalla de la tv. Desorientados, los jugadores miraron al banquillo. Y entonces llegó el gesto, sólo un gesto que resumió, con dos manos y unas cejas arqueadas y un labio apretado, lo mismo que expresa la frase, tranquilos, tranquilos, qué más da. Miraron los jugadores a Simeone y miró la cámara a Simeone y el realizador tuvo a bien mostrar a Simeone haciendo el gesto. Un gesto, sólo un gesto que significaba no pasa nada, no pasa absolutamente nada. Han marcado, muy bien, pues enhorabuena al goleador, nosotros seguimos igual. Sabemos lo que tenemos que hacer y lo estamos haciendo bien, fiaros de mí como yo me fío de vosotros, hagamos lo que venimos haciendo en el resto de partidos y entrenamientos. Calma, decía el gesto de Simeone, confiad, decía. Tranquilos, decía Simeone con las manos abiertas y los hombros subidos, con las cejas subrayando la mirada de confianza, con los labios diciendo, sin abrirse, seguimos igual, confiad, estas cosas pasan, ¿y?

Imaginamos que los jugadores entendieron el gesto de Simeone y se calmaron y confiaron en el entrenador y en ellos mismos. Lo imaginamos no sólo por lo que vimos luego, sino porque también nosotros, en sofás y oficinas y sillas de enea y asientos de pub, en barras de bar y en casas de abuelos, nos tranquilizamos todos. Anda, dijimos todos, mira Simeone, lo tiene claro, no se descompone, no se asusta por esto. Parece que se fía de los suyos, del trabajo, de la idea de juego, de que cada uno haya comprendido la situación y haya asumido como propia la tarea que el entrenador le encomienda. Con un gesto Simeone dejó claro que se fía de los suyos y de su idea de juego, que conoce lo que debe hacer el equipo para ir a más y ganar.

Y el equipo ganó, ya lo vieron Vds, y lo hizo a lo grande, aunque los tres goles casi fueron lo de menos. El Atleti volvió a jugar a lo que venía jugando estos últimos días, y ni se arrugó por el gol en contra ni por tener enfrente al tercero de la liga italiana ni por el frío ni porque unos días antes hubiera jugado en ese mismo césped Castrogiovanni. El Atleti corrió, peleó, presionó y cuando robó el balón jugó y jugó bien. Jugaron bien todos, por más que en un fútbol aguerrido y de mucha concentración y espíritu queden a mitad de pista Mario y Filipe Luis. No el resto, no Falcao, que volvió a vaciarse y a mostrar que es el primer engranaje de la máquina defensiva y el último diente de la mandíbula que muerde. Ni Adrián, que hizo un partido de estrella, ni Koke, que volvió a reclamar minutos y protagonismo. Jugó bien Diego, creativo y peleón, y jugó bien Gabi, siempre en su sitio y sin rehuir nunca la pelea. Jugaron bien los centrales y jugó de maravilla Juanfran, enorme en el esfuerzo y en la presencia, demostrando que está contento de haber encontrado su sitio en un equipo que funciona.

Y aún así, el que mejor jugó fue el equipo. Juntos, con las ideas claras, rápidos. Buscando más y más, presionando en tres cuartos contrarios cuando quedaban cinco o seis minutos, queriendo ganar en todas las parcelas y en todas las estadísticas. El Atleti jugó como ese otro Atleti del que nos íbamos olvidando, el que también llevaba un número oscuro sobre cuadrado blanco en el dorsal y llevaba, eso sí, el bendito pantalón azul. El Atleti de verdad apareció en Roma y, en el único momento en el que se pudo temer por su presencia, un gesto solo, un gestito, puso todo en su lugar. Quién nos lo hubiera dicho hace un par de meses.

lunes 13 de febrero de 2012

Por lo visto hasta ahora

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Por lo visto hasta ahora, señores, hay Torneo. Ni los favoritos ganan sobrados ni los débiles son tan débiles. Por partes.

Por ahora, Gales acumula méritos para ser favorito. Gales juega bien en casi todas las fases. Ataca y defiende bien en estático y a la mano, y cuando las cosas no van bien a palos, llega Halfpenny y lo soluciona. Contra Irlanda jugó el que es por ahora el mejor partido del Torneo. Gales ganó en el último minuto al convertir un golpe que acabó en sin bin polémico por excesivo, unos minutos después de un placaje de sin bin polémico por insuficiente. Gales ganó en el último minuto, quizás con la fortuna que no tuvo en el Mundial, en aquel partido contra Francia que recordaremos muchos años. Pero lo verdaderamente importante de ese partido que ganó Gales a Irlanda fue que Irlanda, como en el Mundial, jugó muy bien y aún así perdió. Los irlandeses defendieron como leones, no le perdieron la cara al partido en ningún momento y fueron mandando en el marcador. Y aún así, ganó Gales y ganó bien. Los dos equipos nos regalaron un partido precioso con una intensidad constante y derroche de recursos, sobre todo por el lado galés; los irlandeses, que pudieron ganar un partido clave para llevarse el torneo, felicitaron al rival por medio de su capitán y todos nos alegramos en ese momento de ser aficionados a este deporte.

Irlanda dejó una buena imagen contra Gales, aunque perdiera, y una imagen aún mejor contra Francia, aunque no jugara. Con un estadio lleno, con veinte mil irlandeses en la grada después de pagar un billete de avión y un hotel, se suspendió el partido entre Francia e Irlanda porque el césped del estadio parisino estaba helado. Uno no recuerda nada así en un seis ni un cinco naciones, pero quizás haya pasado antes; los que saben, empero, dicen que no. Uno ha jugado en campos congelados, en los que los tacos de aluminio suenan como zapatos de claqué y en los que las caídas suponen cortarse la piel de las rodillas con las marcas de los tacos del partido anterior, congeladas y rígidas. Uno recuerda cómo, tras un rato, se va rompiendo la superficie congelada y aflora un barro helado que hace complicado, pero no imposible, jugar aunque fuera con un Adidas Wallaby, prodigio escapatorio en campos mojados. Por eso uno no se esperaba la suspensión del partido de París aunque sí se hubiera esperado, de haber existido, un sketch de los guiñoles irlandeses mofándose de la situación. Cuando se anunció la suspensión del partido salieron los franceses, con Parrita al frente en pantalón corto, y salieron los irlandeses, con O'Callaghan en camiseta y sin medias siquiera. Los primeros se volvieron al vestuario y los segundos hicieron un partidillo, un tocata para la afición desplazada y desesperada, un gesto al menos hacia los suyos; lo sentimos, no es cosa nuestra, nosotros habríamos jugado, les agradecemos haber venido a apoyarnos y lo único que se nos ocurre hacer es por lo menos un partidito para que les sea esto menos amargo, oiga. Bien por Irlanda, una vez más.

Un rato antes, en Roma, Italia e Inglaterra habían jugado en un campo nevado con setenta y dos mil espectadores, ahí es nada. El partido sirvió para varias cosas. Una, para demostrar que la mitad del equipo inglés no tenía frío, porque iba en manga corta. Otra, para demostrar que tampoco tenían frío los que llevaban manga larga, a juzgar por las nubes de vapor que despedían las melés. La última y más importante, para demostrar que a los italianos, hoy por hoy, hay que ganarles en Roma para querer hacer algo en el torneo, y que en Roma no se gana sólo con el peso de la historia. Aguantaron los italianos al soso equipo inglés, en el que Farrel y Hodgson parecen los encargados de hacer puntos, uno pegando patadas a palos, el otro tapando patadas rivales. Inglaterra no demuestra demasiado con un equipo nuevo y poco conjuntado, pero lleva dos victorias aunque, eso sí, contra los dos equipos teóricamente más asequibles. Italia gana crédito y habría que esperar alguna victoria italiana en Roma este año.

La sorpresa más agradable, por ahora, es Escocia. Escocia ha perdido sus dos partidos, pero no ha dejado mala sensación. Escocia viene de unos años complicados, parece no haber asumido el salto al rugby profesional con la misma solvencia que irlandeses y galeses. En muchas escuelas de Escocia en las que antes era obligatorio el rugby ahora se juega al fútbol y eso lo nota el equipo, al que llegan menos jugadores de primer nivel que antes. Aún así, Escocia discutió la Calcutta Cup al ejército del orgulloso Lancaster y contra Gales perdió por dos ensayos concedidos cuando contaba con dos jugadores menos por obra y gracia del sin bin. En contra de lo esperado, Escocia jugó a Gales a la mano, saliendo desde atrás y buscando a los tres cuartos ante un equipo teóricamente más cómodo en ese juego. El partido, si bien se notaba la superioridad galesa, fue divertido y disputado, con muchas jugadas abiertas y con series largas los escoceses, como una que terminó tras veintiuna fases a un metro de la línea de ensayo. Gales hizo dos ensayos ortodoxos y Escocia un ensayo de pillo; un partido estupendo.

El Torneo, pues, está abierto aunque huele a dragón y puerro. Uno apostaría por las sorpresas y por derrotas de ingleses y franceses en partidos que esperan ganar. El Torneo podría decidirse en la última jornada: Irlanda juega el último partido en Londres el 17 de marzo mientras que Gales juega en casa contra Francia ese mismo día. Roguemos pues a San Patricio por un resultado favorablemente verde en territorio enemigo en su día, Lá Fhéile Pádraig y a San David, Dewi Sant, por un buen resultado en Cardiff. De comer alcachofas a la romana mientras se escucha Flower of Scotland nos ocuparemos los allí presentes.
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Por lo visto hasta ahora, señores, hay motivo para la esperanza. Los que antes parecían no valer parecen ahora haber despertado, y los que claramente valían están mejor. El Atleti empató en Santander y, aunque nos dio una rabia horrorosa durante el partido y el cabreo no se nos quitó hasta un rato más tarde, ahora estamos extrañamente contentos. Quizás debería haber ganado por goleada en Santander y debería haber ganado por la mínima al Valencia, pero el equipo es otra cosa, es otra cosa, oiga.

Desde que llegó Simeone, han cambiado pocas cosas pero han cambiado muchas cosas. Ha cambiado el entrenador y se ha ido un único jugador con sonrisa y manga larga. El resto es lo mismo pero es distinto, con lo que sólo nos queda concluir que la responsabilidad, el mérito, es de Simeone. Desde su llegada el equipo ha cambiado, el equipo juega mejor, juega a algo. El equipo presiona arriba, busca desactivar al rival y no sólo esperar, los jugadores acaban los partidos cansados, sin fuelle, lo mínimo que se puede exigir a un futbolista profesional, lo que buscan los futbolistas de barrio para no sentirse culpables al pedir la tercera cerveza.

Desde la llegada de Simeone, el equipo defiende. El equipo, decimos, y no sólo los defensas y los centrocampistas con menos calidad. Defiende Falcao el primero, encimando al central que intenta subir el balón, permitiendo por tanto que el resto de jugadores defiendan en su sitio y no tengan que salir de su zona a hacer ayudas. Defienden Arda y Diego, jugadores llamados a crear y que también defendían con Manzano aunque casi más por iniciativa propia que por instrucciones tácticas, según parecía desde fuera. Defiende Gabi, casi siempre bien colocado aunque fallón, y defiende Tiago y hasta Mario si este se lesiona. Defienden los laterales, y he aquí posiblemente uno de los logros de Simeone además de la agresividad general. Juanfran ha entendido que ésta puede ser la suya y corre y corre y llega arriba y vuelve a bajar, generoso; algo más timorato, Filipe Luis Filipe también se ha unido a la tónica general y el equipo, con laterales que ocupan espacio y dos centrocampistas por delante de la defensa, está mucho más compensado y juega de forma más lógica con sus cuatro jugadores más creativos y ofensivos. Los centrales, claro está, también defienden y lo hacen más arriba que antes y también de forma más contundente, anticipándose ahora en situaciones en las que antes esperaban.

El equipo defiende, pues, pero también ataca. El equipo presiona arriba y busca robar y salir rápido, buscando a Adrián y a Falcao, llegar al remate rápido. Arda y sobre todo Diego conducen más el balón y buscan últimos pases que faciliten el remate, y si el equipo rival es flojete como el Racing Diego se da un homenaje y lo pasa en grande regateando y creando huecos corriendo en horizontal y diagonal, esperando desmarques, mirando de reojo a la grada, mamá, mira qué bien juego con mis guantes de forro polar. Contra el Racing el equipo llegó seis o siete veces con toda claridad y pudo marcar varios goles fáciles: tuvo uno clarísimo Adrián que se fue al portero, tuvo un remate claro Falcao que se fue al poste. El resto de ocasiones fueron bien resueltas por los rematadores pero mucho mejor resueltas por Toño, el portero rival al que de aquí damos la enhorabuena; en un momento dado, dio la impresión de que el Atleti podría haber tirado otras veinte veces, y veinte veces habría parado Toño el balón. Qué tío este Toño.

Independientemente de las ocasiones falladas, independientemente de que hay que ganar estos partidos, independientemente de que nos podremos acordar mucho de estos puntos, el equipo lo hizo bien. El Atleti jugó bien y, sobre todo, dio de nuevo esa sensación antigua, casi perdida: la sensación de dar miedo al rival, de ser él quien marca el ritmo del partido y no al revés. Aquí mando yo, dijo el Atleti, y lo dijo con una voz lo suficientemente convincente como para achantar al rival, que se limitó a aguantar el chaparrón sin querer hacer daño al contrincante, no sea que se enfadase y fuera peor. El Atleti dejó sensación de equipo serio con el que es mejor no hacer chistecitos, muy lejos de la imagen de presa fácil de la primera vuelta. Si no hace tanto el Atleti llegaba a campos de recién llegados con cara de ser víctima propicia para el timo del tocomocho o incluso de la estampita, a Santander, como antes a San Sebastián o Pamplona, llegó con cara de fiarse de sí mismo, sin mapa ni frío ni paraguas ni nada, a ver, dónde se juega aquí, muy bien, hala árbitro, empiece que venimos con una misión, déjese de tontunas, al lío, oiga. Dio gusto ver al Atleti apretando los dientes y marcando territorio, dio gusto, con todo el respeto para el rival, ver cómo el Racing reculaba y miraba a otro lado cuando el Atleti le sostenía la mirada, dio gusto ver a Diego jugando y haciendo jugar al resto. Qué lejos parece ahora ese Atleti blandito y blandengue con propensión al resfriado y al flato de hace pocas jornadas, qué poco tiempo y sin embargo qué cambio más grande. Qué sensación, mitad alivio, mitad ya era hora, mitad bien, Cholo, bien , qué sensación más buena tenemos todos.

Por cosas de esta liga absurda en la que, a finales de Enero, ya parecía claro que poco había que discutir sobre el campeón, el Atleti se ha metido en la pelea de la clase media acomodada, su resignado sitio actual. El Atleti lleva varios partidos con la portería a cero, ha empatado tres y ha ganado tres partidos desde que está Simeone. No ha encajado ningún gol y, sobre todo, parece haberse dado cuenta de que corriendo y mordiendo es más fácil jugar a este deporte en el que ni los solteros ni los casados acaban los partidos tan descansados como lo hacía el Atleti de hace unos meses. El mérito, hasta ahora, del Cholo; la alegría, hasta ahora, de todos.

domingo 5 de febrero de 2012

Nosotros, que somos de Torres


Nosotros, que somos de Torres, somos de Torres desde hace muchísimo tiempo. Ya no sabemos muy bien desde cuándo somos de Torres, la verdad, porque tenemos la sensación de que Torres, que sólo tiene 27 años aunque tenga aplomo de ministro de transportes o de cirujano jefe, lleva con nosotros toda la vida. Y en el fondo casi es así, que Torres lleva con nosotros 11 años de profesional y unos cuantos más antes de serlo, saliendo cada día de la semana en los periódicos, cada dos días en las teles, cada media hora en las conversaciones de bar y cada fin de semana en nuestros brindis nocturnos, cuando toca acordarse de lo importante.

Nosotros, que somos de Torres, empezamos a ser de Torres en diferentes momentos. Algunos nos hicimos de Torres cuando vimos un chaval con pecas y el pelo a tazón que, banderín en mano, cumplía en partidos de fútbol 7 con los rituales de los capitanes de brazalete verde sobre camiseta de algodón de nuestra infancia. Otros se hicieron de Torres al verle liderar la selección sub-16 en aquel Europeo de 2001, marcando en la final y siendo el mejor jugador del torneo; otros, al verle liderar la selección sub-19 en aquel Europeo de 2002, marcando en la final y siendo el mejor jugador del torneo; otros, más tardíos, se hicieron de Torres al verle marcar el gol de la final de la Eurocopa de 2008, aquél gol picando el balón sobre el portero a pase de Xavi que todos hemos visto mil veces y podemos ver otras cien mil, aquél remate fino dejando atrás a su marcador en un derroche de potencia y clase que, aún cerrando los ojos, podemos describir a la perfección. Algunos se hicieron de Torres en aquel partido al que llegaba cuestionado, como no, y en el que terminó siendo el mejor jugador de la final, dando a España con su gol su primer título importante. Nosotros, que somos de Torres, sentimos especialmente nuestro ese título que marcaba el triunfo de un estilo y de un grupo, de un equipo cuestionado por enfrentamientos cainitas, el triunfo de un entrenador cercano, Luis Aragonés, al que la prensa había linchado durante meses por no cumplir con las expectativas oficialistas y apostar por ser él mismo, sin plegarse a lo que hubiera sido más fácil. Ese mismo año, el de la Eurocopa, hace sólo tres años y pico, Torres había destrozado todos los registros de un debutante en la historia del Liverpool y de la Premier, había recogido premios y marcado goles, había desembarcado en una ciudad sabia en fútbol con el aura de un mesías y había conseguido que nosotros, los de Torres, fuéramos aún más numerosos y aún más orgullosos. Eso sí, no nos hicimos de Torres por ninguna de las cosas descritas en este párrafo, por ninguna de ellas, no.

Nosotros, que somos de Torres, no nos hicimos de Torres por ser un jugador de fútbol extraordinario ni una estrella mundial. Lo que nos hizo hacernos de Torres no fueron sus goles en remates acrobáticos de esos que cuando los mete otro son históricos y sale repetidos en los telediarios pero cuando los mete Torres no, ni su facilidad por clavar en el suelo centrales experimentados con regates imprevisibles, no, no fue eso lo que nos hizo ser de Torres. No nos hicimos de Torres por sus diagonales y galopadas, por sus remates de exterior como aquél de Mallorca, por la espuela ante el Alavés o el puñado de goles increíbles ante el Barça. No nos hicimos de Torres por el gol ante el Betis a pase de Jorge Larena, ni por el gol a Bélgica a pase de Reyes, que tiene guasa la cosa. No nos hicimos de Torres por su clase, su zancada o su enorme repertorio de remates, ni por su decisión a la hora de fajarse con defensas corpulentos sin miedo ni complejos. No nos hicimos de Torres porque fuera mejor goleador español de Primera División dos años seguidos a pesar de jugar en un equipo con jugadores muy por debajo de su calidad y méritos, no. Todo eso son razones suficientes para ser de Torres, sí, pero entonces quizás haya unos pocos jugadores enormes de los que también podríamos ser si fuera sólo por eso. Pero no, no, no fue eso lo que nos hizo hacernos de Torres a nosotros, nosotros, que somos de Torres.

Nosotros, que somos de Torres, tampoco nos hicimos de Torres por llevar la contraria, aunque, no vamos a negarlo, eso ayuda. Ayudó para hacernos de Torres el ver que, desde el principio de su carrera, se le comparaba con jugadores inferiores con camisetas más populares, se subrayaban sus defectos, se magnificaban sus fallos. No nos hicimos de Torres por la rabia que nos daba ver que cada racha de cinco partidos sin marcar se convirtiera en noticia generadora de comentarios jocosos mientras que otros jugadores, depositarios de una fracción mínima de talento de Torres, fueran ensalzados tras meter dos goles a un Segunda B rematando cómodos un balón en el área pequeña. Ayudaron para hacernos de Torres, no lo vamos a negar, las críticas constantes, los deseos de muchos de verle fracasar, la comparación con jugadores de su misma edad y currículum pigmeo tras cinco buenos partidos de estos y una mala racha de Torres. Ayudó el ver cómo se cuestionaba constantemente a un jugador que en otro país sería ídolo nacional, ayudó el ver cómo los medios deseaban una pronta recuperación a compañeros de demarcación en la selección mientras que afirmaban sin reparo que Torres, con una lesión incómoda y sólo veinticinco años, probablemente no volvería a ser el mismo, probablemente tendría que renunciar a su juego de siempre. Ayudan para ser más de Torres las críticas a ciegas, las reflexiones sobre momentos de forma que vienen de gente que obviamente no ve los partidos de Torres, esas afirmaciones audaces de ignorantes y forofos que destilan un odio que únicamente puede tener un origen. Todo eso ayuda a ser de Torres, sí, ayuda, pero no es por eso por lo que somos de Torres, tampoco es por eso, no.

Nosotros, que somos de Torres, vimos con rabia y con pena pero también con comprensión cómo Torres se iba al Liverpool. Nosotros, que somos de Torres, nos quedamos sin faro ni guía y con un poco de angustia, tanto por nosotros, que somos de Torres, como por el propio Torres. Torres se fue a Liverpool por una millonada, con todos los focos sobre él, de la mano de un entrenador que fiaba a Torres todo el crédito de un equipo con un historial impresionante. Cuando Torres fue a Liverpool nosotros, que somos de Torres, entramos en los foros de los aficionados de su nuevo club y contestamos a las dudas, a las suposiciones, a los prejuicios. Entramos, eso sí, sin miedo porque nosotros, que somos de Torres, teníamos ya entonces una fe ilimitada en sus posibilidades y en su talento, pero sobre todo en su compromiso y capacidad de trabajar para el equipo. Va una estrella, sí, dijimos, pero sobre todo va uno más del equipo, el que más corre, el que más busca, el que aprieta más los dientes cuando el resto de compañeros bajan los brazos. Torres, que hizo lo que todos sabíamos que iba a hacer, se convirtió en el ídolo de un estadio experto en pocos meses, rompió récords, trajo el orgullo y la esperanza. Tardó poco en hacerse uno más, en dar su primera rueda de prensa en inglés, en identificarse plenamente con una de las gradas con más historia del fútbol. Nosotros, que somos de Torres, fuimos a Liverpool y nos quedamos asombrados de la devoción que despertaba, aunque luego vimos que sólo se le juzgaba con justicia, justo lo que no se hizo aquí. Gracias a Torres los aficionados del Liverpool, a los que siempre estaremos agradecidos, nos recibieron con los brazos abiertos y la complicidad del que sabe, como uno, que tiene la suerte de ver cada domingo a un fenómeno que juega al fútbol como un ángel y lo vive como un aficionado. Nosotros, que somos de Torres, disfrutamos esa época aunque Torres no jugara en nuestro equipo y siempre tendremos un recuerdo especial para la gente del Liverpool, los que tan bien nos trataron por ser ellos también, como nosotros, de Torres. Pero, eso sí, no es por sus números en Liverpool ni por su salto a la condición de estrella de la Premier por lo que somos de Torres, no, nosotros no.

Nosotros, que somos de Torres, vimos con cierto asombro y también con cierto extraño alivio cómo Torres se iba del Liverpool. El equipo perdía elementos importantes y no parecía levantar cabeza, el tiempo pasaba y el futuro perdía color rojo. Por culpa del fútbol moderno y los inversores extranjeros, por culpa de los proyectos a medio y largo plazo, por culpa de los insuficientes proyectos a corto plazo, Torres decidió irse del Liverpool para buscar un club que ofreciera estabilidad en la parte alta de la clasificación y en la Liga de Campeones, una competición que alguien como Torres no puede ver por la tele. Nosotros, que somos de Torres, lo sentimos por sus seguidores en Liverpool, tan fieles a Torres y tan amables con nosotros, que somos de Torres, porque entendimos que a Torres no le quedaban muchas opciones. Lo sentimos por ellos pero comprendimos lo que empujaba a Torres a cambiar de aires, cruzamos los dedos pidiendo que hubiera acertado, que el equipo fuera lo que necesitaba; que los compañeros le recibieran como uno más y no como la estrella que venía a hacerles sombra, que le dieran balones y no se jugaran todo ellos por no engordar la leyenda del que venía con vitola de estrella mundial. Las cosas, por ahora, no han ido todo lo bien que nos habría gustado. Torres llegó a un equipo en cambio, con un estilo de juego que le va poco, en el que los espacios no abundan y las ocasiones escasean. Torres se encontró en un equipo que transmitía la sensación de estar formado por clanes, con figuras asentadas que deciden lo que ocurre, que no quieren competencia en las alineaciones titulares ni en las fotos de la tienda oficial.

Nosotros, que somos de Torres, hemos visto que Torres lo ha pasado mal en el Chelsea, mientras era mirado con lupa por todo el mundo dado el precio del traspaso; Torres ha marcado pocos goles, se le ha visto incómodo en el campo, poco integrado en un sistema de juego que no es el ideal para sus extraordinarias condiciones. Aún así, Torres ha ido cambiando, se ha ido adaptando. Tras una buena racha de cuatro goles en seis partidos, Torres fue al banquillo en una decisión que no se entiende si no es por la presión que algunos jugadores ejercen sobre el entrenador. Últimamente nosotros, que somos de Torres y hemos visto casi todos los partidos que ha jugado en su carrera, vemos bien a Torres, jugando más de centrocampista de delantero, más de pasador que rematador, más de portor que de trapecista estrella, como ya le pasara en algún momento del pasado. Aún así, Torres no está marcando todo lo que debería, no tiene muchas ocasiones y, en las que le llegan, tampoco tiene ese punto de suerte que lleva al balón un poco más abajo del larguero, un poco más a la izquierda de un poste. Y mientras nosotros, que somos de Torres, vemos las críticas que vienen de gente que no ve ni un partido, que confunde fútbol con goles, que concibe este como una colección de resúmenes de domingo por la noche y no como una sucesión de partidos completos, vemos cómo estos hacen risitas y chascarrillos y pretenden hacer sangre comparando a Torres con jugadores de equipos que juegan con menos presión y más ocasiones, con situaciones incomparables. Pero eso ya sabemos que está ahí porque siempre lo ha estado, lo sabemos bien desde hace tiempo, lo sabemos nosotros, que somos de Torres, y no es la responsabilidad de defender a Torres de las críticas lo que nos hace ser de Torres, tampoco es eso.

Porque a nosotros, que somos de Torres, lo que nos hizo ser de Torres fueron cosas más sencillas y en los días que corren, mucho menos habituales que un gol por la escuadra o un anuncio en Thailandia. Lo que nos hizo ser de Torres fueron carreras para presionar a un rival mientras el resto del equipo se desentendía de la responsabilidad, fue la sensación de que en el campo había uno de los nuestros, tan del Atleti como nosotros, tan de los nuestros como los nuestros. Nos hicimos más de Torres cuando le vimos tan destrozado como nosotros tras un cero seis que no dibujó ni una cara de disgusto en la mayoría de jugadores que por aquél entonces faltaban al respeto a las rayas rojiblancas, porque era el único jugador que hacía a los niños que iban al estadio estar orgullosos de la camiseta maltratada por el club, la camiseta que todos pedimos a los Reyes Magos en cuanto tuvimos la ocasión. Nos hizo hacernos de Torres ver cómo dejaba claro una y otra vez que su sitio estaba entre nosotros aunque no jugase aquí, que Torres, como nosotros, era del Atleti por delante de cualquier otra cosa, que nunca se iría al equipo al que ninguno de nosotros se iría nunca a pesar de que esa frase le iba a pesar como una losa a ojos de la prensa y de la afición más forofa e irracional. Nos hicimos muy de Torres cada vez que le escuchamos hablar, siempre respetuoso con rivales y compañeros, siempre humilde a pesar de ser una estrella, sin reclamar atención ni dar escándalos ni decir “me lo merezco” cada vez que le hacía un gol a un equipo modesto. Nos hicimos de Torres cuando dijo que el día más importante de su carrera deportiva fue aquél en que escuchó al Calderón corear su nombre tras fallar un penalti. Nos hicimos más de Torres cuando celebró esa Eurocopa y ese Mundial que casi le cuesta una pierna con una bandera del Atleti, sacando medio cuerpo del autobús para hacerse una foto en Neptuno con la Copa del Mundo entre cientos de camisetas del Atleti porque aquel día fuimos ahí a verle muchos de nosotros, que somos de Torres.

Nosotros, que somos de Torres lo somos por todas estas cosas, que son muchas y distintas pero poco repetibles y altamente inusuales entre los futbolistas modernos. Nosotros, que somos de Torres, somos muchos y somos desde bluesmen aficionados al boxeo a jefes de prensa que esperan niña torrista, desde editores de gran futuro y gran pasado con bigote rubio y olivar podado a oscenses de camisa azul y corazón rojiblanco, brillantes abogados de gafa de pasta y reloj suizo, zaragozanos exiliados en Madrid, madrileños exiliados en busca de tierras verdes con sidra y gallettes, expertos en estadística y ases de la hemeroteca, italianos de Rosario Central, miopes con rebeca, ilicitanos aficionados a las Lambrettas, concejales de cultura, asturianos con porte de ala-pivot, marineros de tierra jerezana, manchegas dispuestas a retar a bolsazos al que ose hacer un chistecito de esos que últimamente se hacen por Internet, flankers con residencia en El Escorial, informáticos escépticos, bloggeros constantes, bloggeras inconstantes, periodistas de grandes y pequeños medios, equilibristas de las ondas, eremitas de Zizurkil y agentes secretos. De Torres somos también quinceañeras enamoradas, mamás que querrían un yerno así, porteros de finca urbana y de discoteca de polígono, vividores, ascetas, monjes benedictinos, filósofos positivistas, intelectuales de gafa gruesa y biblioteca extensa, vendedores de sofás, cocineros vascos, cicloturistas aficionados a la polifonía, ladrones de obras de arte, distinguidos portugueses, zurdos con canas, entomólogos, asesinos del área, investigadores del virus del cólera y gaiteros escoceses; todos esos, todos, somos nosotros, que somos de Torres.

Y nosotros, que somos de Torres, somos de Torres porque debemos mucho a Torres. A Torres le debemos el no habernos fallado nunca, el haber presumido siempre de lo que es él, que es lo mismo que somos nosotros pero con menos regate y zancada. Le debemos el haber salvado una generación de atléticos sin referentes y de habernos dado motivos para el orgullo en tiempos de sequía deportiva y vergüenza institucional. Le debemos las carreras desesperadas que sólo nacían del escudo, el no dudar ante la responsabilidad de echarse a la espalda el inmenso peso de un club histórico en sus horas más bajas. Le debemos los partidos en que corrió por tres y jugó por ocho, los puntos conseguidos gracias a él y sólo a él, los brincos desde el asiento por un remate lejano o un regate en carrera. Le debemos el buen recibimiento en Liverpool, el tener tema de conversación con todos los taxistas de Buenos Aires y la sonrisa cuando vemos su camiseta en cualquier lugar del mundo. Le debemos el orgullo especial de la Eurocopa y la sonrisa y las llamadas y los mensajes entre nosotros cuando volvió a aparecer el escudo en ese autobús descapotado en 2010. Todo eso le debemos a Torres nosotros, que somos de Torres.

Y por eso nosotros, que somos de Torres y que por conocer a Torres esperamos que también triunfe en el Chelsea y en la próxima Eurocopa, tenemos clara una cosa: que nos da exactamente igual que se critique a Torres, que nos da exactamente igual que se digan idioteces sobre Torres, que nos da exactamente igual que se hable de los partidos de Torres sin verlos, que se hable de los números de Torres cuando son malos y se oculten los buenos, que se compare a Torres con medianías. Que nos da igual todo eso porque tenemos claro quién es Torres y lo que Torres significa, y que, de hecho, aún sabiendo que no será así, nos daría exactamente igual si Torres no volviera a meter un gol nunca porque, con lo que ha hecho ya, nos sobra para saber que es un jugador histórico que en cualquier otro sitio sería respetado y venerado. Porque nosotros, que somos de Torres, no necesitamos más motivos para ser de Torres ni necesitamos que demuestre nada más, que estamos orgullosos de Torres y de ser de Torres y que, por encima de todo, nosotros, que somos de Torres, lo que estamos hacia Torres es, sobre todo, eternamente agradecidos.

martes 31 de enero de 2012

Ya casi estamos (así, en general)


Bien, pues ya llegó el momento, ya está aquí. Todo el año esperando como el que espera la salida del Baratillo o los Estudiantes, o la final del Falla, o la llegada del Olentzero, o la aparición de la Amanita Cesarea, y ya casi está aquí. Se acabó la espera, llegan los partidos en el barro, las caras de asfixia de los jugadores, las brechas en el cráneo curadas sobre la marcha, los fisioterapeutas que se juegan la vida por atender a un jugador mientras a su lado pasa un tornado. Llegan las tardes frías en el pub encadenado partidos, conversaciones con extraños en dos o tres idiomas y pintas, muchas pintas. Llegan los himnos solemnes, los viajes relámpago de fin de semana, las cuentas y cálculos a falta de dos jornadas. Vuelven las camisetas antiguas que duermen en los armarios diez meses al año, los ojos entornados para intentar entender las razones del árbitro entre el griterío del pub, las explicaciones de los que realmente saben, la escucha atenta de los que no sabemos tanto. Llegan las gaitas en las gradas, los gritos - "heave!!" - de los galeses, los dos himnos de los irlandeses y un tercer himno, "Fields of Athenry", y también, qué se le va a hacer, los "ouais" despectivos de los franceses hacia el rival cuando avanzan sus delanteros. Llegan los árbitros que explican cosas, los capitanes que atienden con respeto y responsabilidad, los jugadores que miran con cara de crío cuando un señor al que hay que llamar señor les regaña en directo para todo el mundo. Se van, por unas semanas, las protestas teatrales, las trampas continuas, la simulación de agresiones y las bravatas nunca consumadas tras pegar la frente dos rivales con actitud de carnero poco mordedor. Llegan los puñetazos al mentón cuando no queda otra, los agarrones por el cuello de la camiseta, las vendas en las orejas y los cráneos afeitados, los pasillos al perdedor y al ganador. Llegan los jugadores que simulan no estar lesionados para que no les sustituyan, precisamente lo contrario que en el fútbol, y las aficiones sin ultras que comparten cerveza y conversación antes, durante y después del partido, precisamente como debería ser el fútbol antes y no es.
Llega el VI Naciones, ¡¡Alabado sea Gareth Edwards!!
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¿Cómo está cada equipo? ¿Quién es favorito? La respuesta es complicada, como casi todos los años. Si uno tuviera que apostar y jugarse los cuartos, apostaría por Gales y su deslumbrante equipo del Mundial, ese equipo joven con toneladas talento y poca suerte en su partido clave en Nueva Zelanda, pero con un futuro por delante al que hay que mirar con gafas ahumadas. Como uno no apuesta, espera que Irlanda, su equipo, cumpla en el momento difícil del cambio de generación en el que van quedando fuera de las convocatorias jugadores de ese equipo que casi nos sabemos de memoria y que quedaron a las puertas de hacer algo grande en el Mundial precisamente en un partido contra Gales en el que hasta tres balones claros se cayeron de las manos irlandesas en 22 rival. Irlanda y Gales jugarán en la primera jornada y algunas incógnitas serán despejadas. También en el grupo de favoritos, favoritos del que suscribe, se entiende, la incógnita de Escocia, el equipo que ha regateado la cuchara de madera recientemente. Escocia abre el torneo contra su enemiga del alma en tiempos de consultas electorales sobre la independencia y con el plus de motivación de escuchar Flower of Scotland en casa contra los herederos de ese ejército del tal Eduardo al que, por culpa de la canción, tenemos tanta manía. A ver si hay suerte y los mandan de vuelta a casa, a pensar de nuevo.

Naturalmente, hablando de favoritos uno no puede ignorar la realidad. Francia, a la postre finalista en el Mundial tras una maniobra en la fase de grupos digna de la Italia más futbolera; como dijo en cierta ocasión un escritor inglés que vive en Francia, los franceses han producido cientos de generaciones de aristócratas pero ningún caballero. Francia tiene talento en los medios y una tercera línea fiera capaz de ganar un partido por sí solos, quizás el partido que no ganó en la final del Mundial a pesar de merecerlo, quizás por haber llegado a la final a pesar de no merecerlo. Sobre Inglaterra, que llega renovada e interina tras mil escándalos y vaivenes y capitanes escupiendo sobre su propia responsabilidad , no sabemos mucho. Inglaterra siempre ha tenido percherones en delantera y cirujanos pateando a palos que nos han amargado muchas tardes, pero aún no sabemos bien si hará su tradicional rugby industrial u optará por jugar más a la mano. Por último, Italia, ambiciosa al haber cambiado de entrenador y crecida como nunca tras haber ganado a Francia el año pasado, nos sirve sobre todo para recordarnos que, hasta principios de los 90, España, ahora defenestrada, se jugaba las habichuelas con los azzurri.

Como el Atleti con el Barça, vamos.

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Salió el Atleti al Sadar, estadio al que algunos llaman Reyno de Navarra, y aquello era un mamarracho textil. El Atleti salió con medias rojas de equipación titular, pantalón azul de equipación titular y camiseta azul oscura de equipación suplente. El Atleti dio la sensación de amante recién sorprendido por el marido que, al haber escapado por la ventana, se ha dejado los pantalones y ha tenido que comprar unos de repuesto en un Saldos Arias de Pamplona para no acabar en el cuartelillo. El desatino cromático completó un adefesio indigno de un club serio y más adecuado para un equipo de barrio sin presupuesto ni patrocinador. Señores del Club, por Dios, ya que no cuidan nada de lo importante, cuiden al menos los detalles que hacen parecer que el Club que conserva la seriedad de la que Vds le han desprovisto. Hombre ya.

Salió el Atleti, pues, y no salió Domínguez y sí salió Miranda y a algunos nos empieza a escamar ya la situación de Domínguez, que no cuenta todo lo que debería con demasiados entrenadores. Salió Godín, Juanfran y Filipe Luis Filipe y por ello parece claro que la línea defensiva por la que apuesta Simeone es una y no otra. Y, eso sí, con cero goles en cuatro partidos, parece que Simeone va ganando crédito para que se reconozca un cambio defensivo en el equipo y no se le tosa con quién pone o quién deja de poner en el centro de la defensa.

Ausente Gabi, salió Mario junto a Tiago para cerrar el centro del centro y la combinación no fue tan sólida. Tiago parece la primera apuesta de Simeone para jugar por delante de los centrales, y si bien ha completado algún buen partido, ayer se pareció menos al Tiago brillante del partido contra el Villarreal. Es cierto que el partido se prometía duro y que la dureza y la pelea no son los puntos fuertes ni de Tiago ni de Mario, que aún así mantuvieron el tipo frente a las dudas que planteaba su alienación juntos. Parte del mérito estuvo en el partido de Koke, generoso y omnipresente a ratos, entonado y protagonista a la hora de suplir en lo posible a Diego, reclamando más minutos. Un Atleti con más Koke sería bueno para el Atleti y para Koke; eso sí, viendo que el equipo funciona, el desafío es saber dónde ponerle.

Y cuando toca hablar de delanteros, conviene precisar que marcó el Atleti en el minuto 40 tras una jugada a balón parado, que ya gusta escribirlo, en la que Godín remató un balón suelto tras un remate en tromba de Falcao. Falcao no marcó esta vez pero trabajó, hizo algún pase de lujo y falló un gol que pareció fácil y que él mismo se fabricó regateando rivales. Falcao y Adrián, que también falló un gol claro, contribuyeron también al entramado defensivo parando rivales en la salida del balón y buscándose el uno al otro en el centro del campo, cuando el Atleti salía tras un robo. En un país en el que se confunde fútbol con goles conviene recordar que también los delanteros hacen partidos meritorios cuando no marcan tres goles, oiga.

El partido fue más cómodo durante el primer tiempo para el Atleti, si es que se puede hablar de comodidad ante un equipo peleón como Osasuna. Courtois no tuvo mucho trabajo y el Atleti, si bien parecía tener problemas para marcar, no sufría detrás en exceso. El segundo tiempo no fue igual, pero pudo haber sido muy distinto si el Atleti marca las dos ocasiones clarísimas que tuvieron Adrián y Falcao, que habrían cerrado el partido. Sin embargo, el tema cambió tras los fallos y el Atleti, o quizás su entrenador, tuvo claro que jugaría los últimos minutos a evitar goles rivales. Osasuna apretaba sin tino y el Atleti bombeaba agua fuera de la cubierta con una solvencia poco común este año. El equipo local, y sobre todo Raúl García, achuchaban al Atleti hacia su área y hasta el aficionado más simeonista visualizó partidos recientes en los que el rival terminaba por marcar un gol y llevarse un empate de esos que, siendo justos, saben a derrota infame.

Simeone movió el banquillo, metiendo a Perea y Salvio por Juanfran y Koke. En un momento en el que el equipo buscaba claramente no encajar un gol, lo lógico parecía quitar a uno de los dos puntas y meter un centrocampista más incluso cambiando un lateral, pero Simeone reforzó una banda con velocidad y dejó a los dos delanteros en el campo junto con Salvio. Salió bien. Más adelante saldría también Domínguez para sustituir a Turan, acalambrado y atendido por el fisioterapeuta en medio del campo, como si fuera un partido de rugby. Eso sí, incluso poblando el área propia de defensas, el protagonista del tramo final del partido fue Courtois, enorme en varios balones bajos rematados desde cerca en los que demostró colocación, reflejos y condiciones de portero de esos que dan muchos puntos al final del año.

El Atleti jugó en el Sadar a lo que juega el Osasuna: intensidad, pelea, recuperaciones rápidas, poco espacio para el rival, despliegue físico, agresividad. Esta afirmación, que resulta ya del todo asombrosa cuando se piensa dos veces (visto el timorato Atleti de hace unas semanas), triplica su valor cuando se añade que, además, ganó el Atleti. El Atleti ganó un partido de los que no venía ganando en años, y además gracias a un gol de esos de los que el Atleti suele encajar en este tipo de partidos cuando quedan tres minutos. Quizás sea la racha, quizás sea la suerte, pero el Atleti de Simeone ha ganado algunos partidos de formas que al Atleti no se le dan bien: goleó en San Sebastián sin hacer demasiado, ganó en Pamplona en un partido ramplón en el que terminó aculado en tablas.

Y es que Simeone, por ahora, parece haber construido un equipo. Sin tener los mimbres ideales para hacer un grupo aguerrido, Simeone parece haber convencido a sus jugadores de la importancia del compromiso, la solidaridad y el sudor; la piña de los jugadores al final del partido así lo demuestra, al igual que las tres o cuatro entradas en tackle al final del primer tiempo para evitar ir al vestuario empatado tras marcar un gol en el minuto 40. Algo más ha ocurrido en el equipo: en un partido relativamente controlado como el de ayer, los fallos propios ante el gol y el empuje rival no le descompusieron en exceso y el equipo supo, esta vez sí, competir. Competir en el sentido más bilardista del término, quizás en el más rácano, puede que en el menos bonito, pero en un sentido digno. Durante años hemos criticado al equipo por timorato, por falta de ganas y falta de seso para gestionar situaciones difíciles. No fue el caso del Atleti de ayer, consciente de que, a falta de más argumentos, tenía que hundirse en el barro y aguantar con los dientes apretados un rato en aras de un fin más alto. La sensación que transmitía el equipo y el entrenador al final del partido fue que, para Simeone, la victoria de ayer fue mil veces más alegre e importante que la de San Sebastián, a pesar de los agobios y los problemas o precisamente por eso. El Atleti de ayer aprendió que con agresividad, solidaridad y aguante se ganan partidos que antes se perdían en campos en los que rara vez se gana; quizás por eso el Atleti sea más equipo hoy que ayer por la tarde.

El domingo, el Atleti juega contra el Valencia y, otra vez más, el partido se antoja importantísimo para ver la verdadera medida del Atleti que brota de las cenizas que dejó Manzano. Es lo que tiene haber hecho una primera vuelta mala, que ahora todo es importante porque casi no hay tiempo hi oportunidades. Los últimos puntos ganados y los muchos puntos perdidos por rivales directos han producido una situación tan positiva en caso de ganar los próximos partidos que le hacen a uno pensar en la birria de competición en que se ha convertido la liga española. Aún así, y siendo como es la nuestra, habrá que intentar hacerlo lo mejor posible. El fin de semana, más capítulos de esta historia que parece haber tenido un giro de guión que no esperábamos.

domingo 22 de enero de 2012

Atleti de Simeone, Capítulo 3 (o “Progresa Adecuadamente”)

El Atleti salió en Anoeta con sus mejores jugadores, controló un partido en el que no jugó de maravilla pero desde luego jugó, y terminó metiendo cuatro goles, algunos para recordar.


Llegaba el Atleti a San Sebastián, y eso a uno siempre le hace pensar en unas cuantas cosas. La primera, en que uno nunca ha ido al fútbol en San Sebastián, lo que le da mucha rabia. Uno tiene la sensación de que, tras esos sucesos horribles que aún se recuerdan en el Calderón para vergüenza de todos, ir a San Sebastián a ver al Atleti conlleva el riesgo de acabar con la madre mentada. Probablemente no sea así y sobre todo en días de tamborrada, dirán los donostiarras, venga Vd conmigo y verá como no sólo no le dicen nada sino que le invito yo a vino y gin tonic y se vuelve Vd a casa tan contento; esto es, por cierto, lo que le dice uno a sus amigos donostiarras respecto al Calderón, por más que se pase luego el partido mirando de reojo que no haya cerca un exaltado pasado de anís que meta la pata, que de todo hay.

Uno, por cosas de la edad, pasó su infancia y primera adolescencia sintiendo una gran simpatía por la Real Sociedad, sin duda por aquello de que el equipo le había amargado la vida al otro equipo grande de la capital gracias a aquel gol de Zamora en el Molinón que celebró medio Madrid como si fuera propio. La Real de entonces tenía jugadores rocosos y finos, tenía a López Ufarte, Zamora, Arconada, Satrústegui y Perico Alonso, y uno se acuerda muy bien de esa alineación poblada de bigotes y pantalones cortitos que marcaba goles de córner en Atocha y no perdía casi nunca. Se acuerda del fichaje de Peio Uralde y de aquella final de Zaragoza en la que el fondo de la Real cantó en la previa del partido un gol de la selección sub-21 de Yugoslavia, creo recordar, algo que no acertaban a explicar bien los seguidores donostiarras con los que se hablaba en los bares tras el partido. Recuerda el fichaje de López Ufarte y ese Atleti de Menotti y Alemao que metió un 0-4 en sábado lluvioso, y aquél penalti fallado en un partido contra el odioso vecino del norte en el partido de vuelta. Y también recuerda cómo se fue envenenando la relación con la Real aún más que con otros equipos, los gritos, los insultos y la contaminación definitiva del fútbol como uno lo entiende.

El resultado es que, por unas cosas y otras, por ignorancia propia y exaltación ajena, uno no ha ido nunca al fútbol a Anoeta, ni siquiera el rugby. Así que, casi para llevar la contraria y también por puro egoísmo, para comprobar las cosas en primera persona y no opinar de lo que no ha vivido, por pasar el fin de semana comiendo anchoas a la sartén y pantxineta, uno hace un voto público: ir en breve, fechas mediante, a ver al Atleti en San Sebastián.
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Llegaba el Atleti a Anoeta y se jugaba más de lo que parecía. Simeone se jugaba el convencer a los más escépticos y a los más reticentes, se jugaba la imagen de entrenador conservador o audaz y miles de preguntas sobre si prefiere atacar quince veces y marcar un gol o meter quince goles en un único ataque. Algunos pensamos que quizás Simeone optaría por un equipo más defensivo fuera de casa, por quitar a algunos de los jugadores más creativos y optar por la guerrilla y la emboscada en vez de la iniciativa lejos del Calderón. En Málaga mostró un equipo de espera y destrucción, de menos fútbol y más músculo militar, de más raza y agresividad y menos reflexión. En Madrid, contra el Villarreal, el equipo cambió sin perder la presión arriba y los apoyos, pero buscando la jugada y no la carrera cuando se recuperaba el balón. Contra la Real, tercer partido y segunda salida, se esperaba aclarar si Simeone busca la alternancia entre dos modelos o bien apuesta definitivamente por uno.

El equipo que salió en San Sebastián despejo dudas, y el partido que hizo las escondió casi definitivamente. Sin hacer un partido brillante, el Atleti ganó cómodamente y goleó a la Real, sembrando otras dudas entre la afición: ¿por qué no han jugado con esta intensidad los jugadores hasta ahora? ¿Es solamente un tema de motivación y trabajo psicológico del cuerpo técnico o es que los jugadores tienen la cara de cemento armado? ¿Fue Manzano incapaz de hacer entender a jugadores profesionales que parte de esta profesión consiste en correr? ¿Han cobrado los jugadores gracias al traspaso de Reyes y por eso ahora están ahora dispuestos a sudar y llegar a la ducha con motivos para usar el jabón? Sea por lo que sea, el equipo ha cambiado y lo ha hecho para bien. Es frecuente ver presión más allá del centro del campo, ayudas a los compañeros, repliegues al galope buscando la posición perdida. Sea por lo que sea, el Atleti de Simeone parece un equipo, algo que sólo pareció el Atleti de Manzano en los primeros partidos de la temporada.

Salió el Atleti al campo y lo hizo con Arda, Diego, Adrián y Falcao, los cuatro jugadores llamados a crear el fútbol de ataque y las ocasiones. Entre esta grata noticia y el comentario sobre los mediocentros, es inevitable volver a preguntarse por qué el Atleti lleva pantalones rojos casi en cada desplazamiento. La teoría dice que es para evitar confusiones entre los rivales que llevan alguna prenda azul y la práctica, que si los árbitros son capaces de confundir a la Real de ayer, con pantalón blanco, y a un Atleti rojiblanco y con pantalón azul, el problema excede el daltonismo y entra directamente en la esfera de la idiocia.

Ausente Tiago, que por ahora parecía el elegido por Simeone para jugar por delante de la defensa, jugaron Gabi y Mario. Gabi, de nuevo impreciso en algunos pases, volvió a ocupar todo el territorio que se le encomendó, estuvo bien colocado y sostuvo a la parte más creativa del medio campo a empujones y carreras. Mario, por fin peinado de manera aceptable, no aportó tanto. Frío como es, su perfil parece menos adecuado para el fútbol agresivo de Simeone que Assunçao. Previsible como es, quedó en evidencia cuando salió Koke y, en diez minutos, dejó detalles suficientes como para reclamar su titularidad en cuanto haya ocasión. Eso sí, la misión de Gabi y Mario fue hecha más fácil gracias al esfuerzo de Diego y Arda, jugadores de pellizco y floritura que están dejando claro que si toca trabajar, hacer apoyos, cubrir al compañero que perdió el sitio y hacer kilómetros, ahí están los primeros. Fruto del compromiso de estos y del deseo del resto de estar a la altura, quedó patente una de las asignaturas pendientes de este Atleti renovado: las tarjetas amarillas, demasiado numerosas sobre todo entre los centrocampistas. El resultado posible es la pérdida de jugadores por cumplir ciclo con excesiva frecuencia, lo que facilitará las rotaciones y pruebas de jugadores en puestos de compañeros, pero privará al equipo de jugadores claves en mal momento.

Simeone, en tres semanas, parece haber visto lo que Manzano nunca entendió: que el equipo, por tener una mitad atacante con talento imprescindible para hacer goles, necesitaba un refuerzo atrás. Simeone ha empezado a construir el equipo de atrás hacia delante con indudable criterio de ojeador de toros bravos, dotando de una base suficiente a la desmesurada cúpula atacante y evitar así la derrota por desequilibrio y cómica caída. Desde la llegada de Simeone, al Atleti no le hacen goles y el sistema defensivo empieza en Falcao, que presiona y corre y empieza a poner en problemas al rival desde su primer toque, facilitando la vida del resto. Godín, cada vez más centrado tras un final de época Manzano digno de Benny Hill, defiende más arriba y cuando sale tras su par, siempre hay una cobertura de un compañero. Miranda aguanta el sitio, aunque nos pese por lo que esto supone a la hora de ver a Domínguez progresar en su carrera y Filipe Luis Filipe, incapaz de ser agresivo y peleón, al menos ve en sus compañeros de línea un ejemplo.

Juanfran va en párrafo aparte, por merecérselo. Juanfran, que llegó al Atleti por una millonada, debutó contra el otro equipo grande de la capital para luego desaparecer nosecuantos partidos, hasta ahora sólo había dado lugar a dudas primero, enfado después y chascarrillos en último lugar. Con Simeone, Juanfran parece cambiado, más seguro, más peleón, más metido en los partidos. Juanfran sube, baja, lo intenta y, si pierde el balón, vuelve sobre sus pasos e intenta recuperarlo, lucha y recupera su sitio. Si gestiona bien su oportunidad, tendrá la ocasión de hacerse con un puesto que en principio no era para él pero que ahora se presenta como una solución muy útil para el equipo; si gestiona bien su cabellera, nos privará de un montón de chistes fáciles.

Y para el final, los de delante. Adrián y Falcao parecen haber respondido juntos a todas las preguntas que se hacían sobre el ataque del Atleti. Adrián parece, por fin, incuestionable. Adrián es listo, solidario y joven, costó poco dinero y apunta un futuro brillante; con todas estas cosas, casi duda uno de que le haya fichado el Atleti de Madrid. Sus movimientos, diagonales, cambios de lado y ayudas hacen la vida más fácil al triunfador de la noche, Falcao.

Falcao, el de los 40 millones y la cara de desesperación durante buena parte de partidos, lleva cinco goles en dos partidos, catorce en liga. Ayer marcó un penalti con tranquilidad, un golazo de fuera de serie y un tercero de remate en el área a pase de Koke, además de hacer una pared memorable con Juanfran para que este hiciera el pase del segundo gol. Falcao, con o sin goles, ha mostrado una actitud estupenda para un delantero que podría haber estado mohíno por no recibir balones en condiciones, peleando en cada partido como si de él y sólo él dependiera el ataque del Atleti, lo que en realidad es cierto en parte. El que suscribe se alegra especialmente de que a Falcao, al que ha visto de vez en cuando desbordado por la responsabilidad y la frustración de no responder como le habría gustado a las expectativas depositadas en él, le empiecen a salir las cosas y recoja frutos de tantos kilómetros recorridos, tantos remates suicidas y tantos saltos entre centrales que le sacan dos cabezas.

El Atleti de Simeone progresa adecuadamente y ya saca varios cuerpos al triste Atleti de Manzano que cayó en Copa de manera vergonzante. Es más, el fútbol que Simeone propone no parece el cerrojazo de Racing sino más bien el fútbol aguerrido pero valiente de Estudiantes, una mezcla entre compromiso y calidad, esfuerzo y creatividad, posesión y recuperación rápida. En eso se nota que Simeone es de los nuestros, que nos conoce. Ojalá, oiga, ojalá funcione.