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jueves, 13 de mayo de 2010

Crónica del día que nos merecíamos

Celebrar las cosas llorando es algo que no entiende casi nadie, salvo el que lo entiende. Y así somos, y así queremos ser.

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Hay quien piensa que hay un grupo de atléticos que, de puro desacuerdo con la directiva, han perdido el norte y prefieren que todo vaya mal para que el palco no se apunte tantos. No son del Atleti, lo que quieren es hacerse con el Club, no se alegran de los triunfos del equipo, estos no son atléticos, dice el rodillo oficial.

Pero luego, qué cosas, cuando hace falta la gente del Atleti estos denostados opositores están siempre los primeros. Los primeros haciendo noche al raso para guardar cola y conseguir entrada, los primeros en el aeropuerto, los primeros en el fondo, los últimos a la hora de salir del campo. Se organizan para que las entradas caigan en manos de los aficionados de verdad y no de los que quieren hacer negocio, hacen la vida imposible al que intenta sacar tajada de la ilusión de un compañero de grada, hacen miles de kilómetros por carretera para apoyar al equipo, ayudan al que no tiene posibilidad de ir y se alegran con las victorias aún más que el resto, y eso a pesar de que saben que alguien las utilizará en su propia contra. Siempre, siempre ahí con el equipo, como esa bandera española del fondo sur en la que pone "Algeciras".

A ellos, a los buenos, que no son muchos pero son muchos más que los malos, que cada vez nos asombran más con su capacidad de hacer cosas para el recuerdo y nos dan lecciones de entrega, honestidad y profesionalidad, va dedicada esta crónica de uno de los días más importantes en la historia de ese Club por el que dejan tanto tiempo y tanto dinero sin que la mayoría consiga entender por qué. Gracias.
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Se decidieron por fin los marcianos a invadir la Tierra y todo fue como esperábamos. En efecto, vestían esquijama y medallón, decían "terrícola", tenían trompetillas verdes por orejas y pistolas con cañón en espiral para paralizar a los enemigos. Vinieron en platillos volantes que hacían ruiditos al acercarse exactamente como pensábamos, esto es, piuuuuUUIIOOOOuuuu. Se decidieron a invadir por un sitio diferente a los EEUU tras la lata que les dieron por aquel incidente de Roswell y aunque en un primer momento parecía que iban a tomar tierra en un importante nudo ferroviario, en particular Venta de Baños, finalmente se decidieron por Arroyomolinos.

Aterrizaron los alienígenas tras un viaje largo y aburrido y se dirigieron a la autoridad local, en este caso un brigada con bigote de la Guardia Civil, para que ésta enviara su mensaje invasor al mundo. Los marcianos tiene todo muy estudiado, como corresponde a la gran cantidad de tiempo libre de la que disponen por carecer su planeta de ventas y disco-pus, y cuando llegaron a la Tierra esta misma mañana tenían claro qué querían y a quién tenían que pedírselo. Se dirigió por tanto la marcianidad al mencionado brigada y pronunciaron la frase que esperábamos todos:

- Buenos días, miserable terrícola
- Buenos días, ¿qué desean?
- Llévanos ante tu líder

(Es conocido que los marcianos gustan de alternar con la gente importante y de ahí ese empeño en hablar con los líderes de todo).

Se sorprendió el brigada por la pregunta y no pudo disimular el estar descolocado. ¿Se refiere Vd al teniente? Hoy no está. El teniente no, hombre, vuestro líder, vuestro líder. ¿El concejal de cultura? No. ¿el cura? No ¿el Alcalde? No, uno más líder, uno que manda más. Ah, ya, ¿uno con las cejas raras? Noooooo. ¿Uno con la barba cana y el pelo caoba que habla como seseando? Que nooooooo, hombre ya. El Líder Supremo, vuestro Líder, el que manda, el que toma las decisiones, el que está llamado a marcar el futuro.

Respiró aliviado el brigada al haber creído entender qué buscaban los invasores. Abriendo mucho los ojos, seguro de haber acertado esta vez con la identidad del Líder, preguntó al marciano

- ¿Uno así espigado, delgadito, negro, bueno, más bien café con leche pero largo de café?

- No, ese no. Ese es el que está siempre a su lado. Queremos ver al otro, al otro, al bueno, al Líder.

Se derrumbó el brigada al no ser Obama el líder buscado y no supo qué decir. ¿Al lado del mulato espigado? Si. ¿El vicepresidente? No. ¿Bill Clinton? No, qué Bill Clinton ni Bill Clinton, el otro, el otro, dijo el marciano jefe, harto. Mire pues no sé qué decirle, si no es Obama no sé, si es el que está al lado menos, quizás quieran Vds hablar con el Comandante, pero les advierto que está acostado.

Se desesperó el líder marciano y llamó a un experto investigador espacial. Traigan al robot, dijo el marciano, haga Vd el favor, oiga. Llegó un robot bajito y con gafas y cara de saberlo todo. Buenas, Sr Robot, conéctese Vd a Internet y muestre a este hombre a quién buscamos, haga Vd el favor. Ahora mismo, dijo el robot, y se puso a buscar en el ciber espacio haciendo ruiditos hasta dar con la foto del Líder Máximo. Sonó una campanita de microondas y paró en seco el robot cuando llegó a la foto en cuestión y la proyectó, como un holograma, en medio del cuartelillo.

- Este es, éste, el Líder Máximo, el Jefe, El Que Marcará el Futuro. Llévenos ante él inmediatamente, dijo el jefe alienígena. Por cierto, ¿Cómo se llama?

- Ahora sí lo sé, replicó el brigada. Álvaro Domínguez, el Jefe se llama Álvaro Domínguez.
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Las finales son los días más bonitos de la vida de uno. Hasta cuando uno pierde y se lleva un sofocón y un disgusto gordo, en el tiempo el día de la final pervive como una experiencia única compartida con gente a la que uno quiere, un día que la memoria nunca borra. El fútbol se inventó para que hubiera días de final en ciudad ajena, y el que dude de esto último es que no ha entendido nada.

En día de final uno sabe que el día será largo y duro y que todo gira en torno a un acontecimiento que puede acabar mal. Cuando en día de final uno está un ratito solo consigo mismo tiende a pensar en qué podría pasar si las cosas no funcionan como deben, en la angustia de los penaltis, en el momento de después del fracaso, en la sensación de derrota, en la vuelta a casa con la cara del perdedor y en los chistes de los imbéciles de los vecinos. Por eso en día de final uno intenta no estar solo, no pensar, no darle más vueltas a las cosas que las estrictamente necesarias. Para evitar esas sensaciones negativas y las nocivas vibraciones que acaban por crear insuficiencias hepáticas, en día de final uno se echa a la calle lo antes posible, se pone la camiseta de su equipo, llama a sus cuñados, organiza aperitivos y meriendas e intenta pasar todo el tiempo posible haciendo cosas que le impidan recordar que las cosas pueden no salir bien. Eso, claro está, si uno no va a la ciudad donde se disputa la final.

Hamburgo es bonito y tiene canales, que es algo que a los de secano nos impresiona mucho, anda, mira, un canal, y un pato, y un cisne, y un ganso, un ganso no, que es un primo mío de Valladolid. Aún así, lo que más llamó la atención de Hamburgo fue la afición del Atleti. La afición del Atleti es bullanguera y ruidosa y variopinta y está formada por mucha gente que uno conoce y por otros que uno no tenía ni idea de que fueran de los suyos y a los que, de haberlo sabido, habría tratado de otra manera. Por las calles de Hamburgo iba el aficionado de lado a lado intentando llegar a tiempo a todas las citas, en parte para ver a la gente conocida y en parte para no pensar en las cosas que pueden ocurrir si las cosas no van bien, y por las calles uno se iba cruzando todo el rato con aficionados propios y rivales. Al principio uno saluda a unos y a otros, pero al final hay tantos de cada que uno pasa entre ellos sin darles importancia, como si lo normal en la vida fuera ir vestido de piel roja o con una gran trompeta en una mano y un niño llorando en otra.

La afición del Fulham encajaba la realidad de acuerdo con lo que podía esperarse de ellos. Tranquila, afable y algo fría, la afición del Fulham paseó tranquilamente por Hamburgo saludando educada a los rivales y parándose en los escaparates de las relojerías caras. Muchos niños, familias y veteranos entre los ingleses que acudían a la final con la alegría del que ya ha conseguido más de lo que se esperaba, una calma que contrasta con el bullicio de los atléticos, el bullicio que tapa los nervios y el fatalismo. Los aficionados londinenses hicieron gala de flema tanto al charlar con los aficionados rivales como a la hora de asumir la derrota. Menos cálidos que los seguidores del Liverpool, el Fulham movió una afición educadísima y amable que invita a ir a ver algún partido a Craven Cottage.

Por su parte, entre los propios, a veces uno reconoce una cara amiga y se llama por el nombre y se da uno grandes abrazos con palmadas sonoras en la espalda. Pero otras veces uno reconoce las facciones de alguien pero no le encajan con la ubicación ni el ambiente y es inevitable mantener la mirada y preguntar. Oiga, pero Vd ... yo a Vd le conozco de algo, ¿no? En efecto, soy el administrador de su finca, aquél que decidió la derrama salvaje en aquella mítica junta de vecinos. Hombre, sí, claro, no sabía yo que era Vd del Atleti; hombre, del Atleti hasta las trancas, menudo soy yo, un abrazo, hombre, a partir de ahora se acabaron las derramas y el descansillo del quinto que lo pinte el vocal. Y ese de más adelante, oiga, Vd me suena ...Toma claro, soy tu hermano gemelo, nos separaron al nacer y me dieron en adopción a un acaudalado industrial sueco, ahora vivo en Australia y siempre he sido del Atleti; ahora me explico por qué, un abrazo, hermano. ¿Y Vd? Vd también me suena, ¿nos conocemos de algo? Es posible, soy el Obispo de Barbastro-Monzón, quizás hayamos coincidido en alguna estación de penitencia. Ah, naturalmente, Monseñor, es que no le reconocía con ese tocado de plumas y esa bufanda al cuello, no me esperaba verle a Vd cantando eso de volveremos volveremos ... perdóneme, Monseñor. Nada de perdones, majo, un abrazo por atlético, venga Vd aquí. Y entre colchoneros nada de formalismos: a partir de ahora, llámeme Monse.
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A un minuto del final de la prórroga la afición en pleno pensaba en lo que había intentado evitar todo el día: los penaltis, la angustia, la posibilidad de perderlo todo una vez más. No pensaba en la buena primera media hora ni en el bajón del equipo tras el empate. No pensaba en el buen partido de De Gea ni en la lección impresionante de Domínguez. No pensaba en el fallo de Perea en el gol al dejar controlar a Zamora un balón que acabó en disgusto. No pensaba en el cambio de Reyes, aunque le molestó, ni en la ocasión fallada por Agüero que acabó pegando en la red por fuera y que medio estadio cantó como gol para luego venirse abajo. No pensó en el primer gol de Forlán ni en el poste del primer tiempo, ni en el medio centro rival que se llevaba todos los balones que le caían cerca.

No. La afición pensaba en si la historia se repetiría, si serían capaces los corazones de aguantar una tanda de penaltis sin explotar y dejar las gradas hechas un asco. Pensaban que el Atleti tenía mejores lanzadores y un portero extraordinario, pensaban que el Fulham no las tendría todas consigo pero, como siempre, estaba el fatalismo. La mala suerte, el esto es lo típico del Atleti, el no me jodas, ahora penaltis. El aficionado atlético, a esas alturas, pensaba en las señales: en si había visto un cuervo posarse en un poste de la luz, en el número cabalístico resultante de la suma de todos los dígitos de su entrada, en el torpe que llevó la bandera del Atleti durante la ceremonia pre-partido, que tuvo que resbalarse justo delante del banquillo cuando corría hacia el fondo rojiblanco, cayendo con bandera y todo dos minutos antes de que empezara la final.

Pero marcó Forlán y cambió la historia y volvieron las cosas a donde deberían estar. Marcó Forlán y, tras treinta segundos de histeria, se vivieron cuatro minutos de angustia, de una angustia profunda y atávica y negra que no conocen los que no viven este equipo. La angustia que hace que los títulos se celebren primero llorando, antes de cantar hasta perder la voz.

Y es que acabó el partido y, que cosas, medio estadio se echó a llorar y el otro medio puso cara de circunstancias de flemático perdedor hermético. Los que se echaron a llorar, naturalmente, fueron los que ganaron, confirmando una vez más que esto del Atleti es distinto a todo. Porque el pitido final coincidió con un llanto general, un llanto precioso y alegre y profundo, con abrazos largos y ojos llorosos, con miradas al cielo, solos todos entre la grada repleta, recordando a los que se habrían alegrado tantísimo en ese momento pero ya no están y a los que, por haberse quedado en Madrid, no estaban allí para llorar con el resto. Los numerosos aficionados del Hamburgo que poblaban las gradas miraban atónitos a una masa que había pasado el día cantando y bailando y, ahora que había conseguido aquello que venía a celebrar, se echaba a llorar desconsolada. Lloró la afición de alegría, que no es algo de lo que pueda presumir mucha gente, y el llanto se llevó los recuerdos de Lyon, de Bruselas, de Sevilla, Zaragoza y Valencia.

Terminó el llanto y se sucedieron las escenas. Los abrazos con los vecinos de abono que uno iba encontrando por la grada, los abrazos aún más fuertes con los amigos que venían de pasar la misma angustia. Celebraron los jugadores la victoria en el cesped y la afición volvió a llorar, que es lo que tiene ser un sensiblón: lloraba la afición al ver a Solozábal y Roberto celebrando el título en la grada como un aficionado más; lloraba al ver a Raúl García y el gigantesco Joel con la camiseta del pobre Asenjo; lloraba al ver la cara de póker de Pablo Ibáñez y lloraría más tarde al oír las palabras del gran Luis Amaranto, el jugador al que la grada ha menospreciado, el jugador al que nosotros mismos mandamos a la chufla del estadio del otro equipo grande de la capital, diciendo que el Atleti es lo más grande que le ha pasado en la vida y que esos aficionados que se burlaron de él son los verdaderos héroes.

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El Atleti ha ganado un título que echa por tierra todos los mitos del pupismo, ganando partidos en el último minuto, llevándose eliminatorias en las prórrogas y beneficiándose de alguna decisión arbitral que aún escuece por Levante. El Atleti ha ganado la Europa League con justicia y también con la suerte y las casualidades que hay que añadir a la justicia para que las cosas salgan bien. Si otro equipo hubiera ganado así se hablaría de la autoridad del campeón y del saber hacer de los equipos grandes. El Atleti ha ganado un título que deberá suponer el cambio definitivo, el match ball ganado que se perdió en Bruselas y Lyon.

Esperemos que así sea y, mientras tanto, disfrutemos.

Nos lo hemos ganado.

Enhorabuena a todos.