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domingo, 8 de mayo de 2011

De la asombrosa indiferencia que produce un mamarracho

El Atleti volvió a pegar un petardo sonado e hizo el ridículo ante la sorprendente indiferencia de la afición. Pero esta semana nos contarán que el sueño de la Champions es aún posible si pasa un cometa en buen momento, y tan contentos.


Una nota para la reflexión: hacia el minuto 25 Diego Costa, ese jugador entre lo inclasificable y lo desesperante, forcejea con su marcador cerca de la banda, a pocos metros del corner en el que se posan el ramo de flores de Pantic, una de las pocas tradiciones bonitas que se respetan en el Calderón. Diego Costa, jugador con poco aspecto de científico reflexivo y dado a entrar en cualquier provocación absurda sin pensárselo demasiado, se apoya sobre el defensor, empuja, recibe un empujón y suelta un codo. El defensor encaja un golpe y, fiel a la alabada tendencia moderna de buscar problemas al rival simulando problemas en los pómulos, exagera, se tapa la cara, se tira al suelo y hace gestos de haber sido mordido por una cobra real. Se para el juego, se empujan los jugadores, se conducen los profesionales a los que la camiseta trae al pairo con aires de pelea de bar por el turno en la máquina de dardos. Todo da bastante vergüenza ajena: la falta de inteligencia de Diego Costa, la exageración del rival, la traca final del resto de jugadores empujándose como niños chicos, mirando de reojo al árbitro.

¿Qué hace el público ante el esperpento? ¿Se sonroja? ¿Se gira a los niños a decirles que, hagas lo que hagas en la vida, no muestres nunca ese nivel de idiocia en público? ¿Afea a su propio jugador el tener el seso de un calabacín? ¿Reclama a unos y a otros que se dejen de hacer el imbécil y se dediquen a jugar al fútbol, que es para lo que cobran y para lo que la gente ha pagado una pasta? Nada de eso, oiga. El público se arranca, en un arrebato de furia que otras ocasiones en las que no pasa absolutamente nada tendría justificación, y se pone a gritar. "Pu-tá Malagá, Putá Má-lagá", grita gran parte de la educadísima afición colchonera, que comparte su afición por gritar improperios contra equipos chicos contra los que el Atleti nunca tuvo nada con esa querencia general a cambiar los acentos para facilitar la rima, a cambiar Málaga por Malagá, Sevilla por Sevillá y, en breve, Almería por Almeriá, Ávila por Avilá. Ante el asombro de los cada vez menos numerosos aficionados que consideran que no hay por qué faltarle al respeto a todo el que pasa por el Calderón cada vez que el Atleti hace el ridículo, la grada riza el rizo. "Asegún-dá, asegún-dá", grita ahora la grada ofendidísima, y no es ya el grupo de los más radicales, sino que se levantan por las tribunas señores con gafas y cara de comer los domingos en casa de su suegra de muy mala gana, padres que llevan de la mano a sus niños - a los que luego afearán que éstos forren a tortas a sus primos más pequeños, ante la incredulidad de los amonestados -, jóvenes alicorados con carísimas camisetas de equipos extranjeros por los que sienten la veneración que los pobres sienten hacia las top models. "Asegún-dá", grita la afición con su tradicional dislexia acentual, intentando así humillar a un equipo, el Málaga, al que con sus gritos acaba de convertir en rival histórico, candidato a derbi, a clásico chico, a partido de alto riesgo sin que nadie con dos dedos de frente entienda por qué. Yo, qué quieren que les diga, he dejado de intentar entender las cosas y ahora me centro únicamente en intentar contener la arcada.
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Era sábado y había salido el sol tras una mañana escocesa y se jugaba el Atleti el poder entrar cómodo en Europa la temporada que viene y alcanzar el quinto puesto, ahí es nada, oiga. Quintos, casi nada, motivo casi para ir a Neptuno, casi para ponerle al niño el nombre del santo de la señalada fecha, casi para celebrar la efeméride con desfile militar y sobrevuelo de la patrulla Águila sobre la derruida fábrica de Mahou. La afición, feliz y motivadísima por la posibilidad de vivir el día histórico en el que el según-dicen-los-mayores tercer Club de España se quedaría a un único puesto de la Champions League (léase "el sueño de la Champions", según el libro de estilo del periodismo deportivo moderno) se acercó al estadio feliz y contenta. Tanta era la felicidad general que el estadio se llenó de chicas con pelucas de colores y celebraciones de despedidas de soltera, que era algo que antes se celebraba en boites y salas de fiestas previa visita a un piano-bar o disco-pub y ahora se celebran en el Calderón, algo que debería hacer reflexionar a los responsables de márketing del Club por si merece la pena eliminar los partidos y poner en el círculo central una gran bola de espejo y camareros con pajarita. El Calderón, diremos por resumir, era lo que se llama una fiesta, la gran fiesta del fútbol, llamada también la gran fiesta de los cojones por algunos aficionados más veteranos.

Salió el Atleti entre las miradas de orgullo de los visionarios que acertaron la alineación del iluminado entrenador local y salió el Málaga a su vera. El Málaga venía como víctima propicia de una antigua maldición (hemos de ganar el pan con el propio sudor), pero fue el Atleti el que sudó aunque nunca hizo nada. El Atleti, por ir directo al grano, hizo un partido infame, un partido ridículo, un mamarracho de partido. Al Atleti le superó el Málaga en defensa, en el medio y en ataque: recibió tres goles y tiró un par de veces a puerta, jugó con la defensa que muchos pensábamos que más garantías daba y se vio desbordado una y otra vez por dos delanteros de los que la grada del Calderón desprecia, perdió el medio del campo gracias a un excelente partido de un jugador que no contaba para Quique Flores y que se merendó sin muchos problemas a los que el año pasado le quitaron el puesto y únicamente tuvo un jugador, Agüero una vez más, que mostraba síntomas de entender de qué va este deporte. ¿Acabó el partido en bronca monumental, lanzamiento de almohadillas, protesta masiva del público y amenazas de tirar al río a la plantilla en pleno, el cuerpo técnico, el consejo de administración, la abochornante mascota de peluche, el cuerpo de seguridad COS y los encargados del catering? No, oiga, no: desde la grada se escucharon sólo gritos de asengún-dá, asegún-dá, se escuchó una cancioncita laudatoria del infame entrenador que ha convertido el equipo en un desprósito justificado con esdrújulas y discursos pseudo-psicológicos y se asistió al abandono general en silencio en el minuto 84, tras el tercer gol del visitante para el que se deseaba el descenso.

Yendo por partes, si es que se puede diseccionar un mamarracho monolítico, diremos que la defensa estuvo mal. Se lesionó Perea en una carrera y la grada se alegró, pensando que la ausencia del colombiano que tantas risotadas levanta convertiría a la defensa en una línea inexpugnable. Se fue el colombiano y, no por su ausencia pero sí coincidiendo con ella o quizás al revés, la defensa encajó tres goles y en ningún momento dio la sensación de poder ni con Batista ni con Rondón. Godín mostró una vez más que es la sombra del jugador que apuntaba ser al principio de temporada, antes de su apendicitis y de sus entradas y salidas del equipo titular; Domínguez dio muestras de despiste y Ujfalusi dio muestras de agotamiento, mientras que Filipe Luis Filipe dio, una vez más, muestras de que le queda aún mucho tiempo para recuperar el físico, la confianza y las ganas de aportar. Hasta De Gea dio muestras de aquello sobre lo que mejor no dar muestras.

En el centro, el naufragio fue general y preocupante. Raúl García estuvo de nuevo mal, lo que unido a que la grada no le perdona media y aprovecha cualquier resbalón para pitarle, aconsejaría no volver a sacarle al menos en el Calderón. Mario Suárez, entonado en sus últimos partidos, estuvo entre mal y muy mal; una de sus virtudes, la frialdad, es también su mayor defecto cuando los partidos no requieren sólo sangre fría sino correr y chocar. Blandito, lento de ideas y desconectado de los de detrás, delante y los lados, hizo un partido lamentable que llamó más la atención al ser Camacho, el medio centro que dejó el año pasado el club para dar cabida a Mario, el pilar de la media rival. En las alas salieron Elías y Reyes. Elías volvió a hacer un partido de esos suyos en los que nadie que le siga cinco minutos seguidos acertaría a decir de qué juega, de qué puede jugar, de qué le gustaría jugar o cómo podría jugar. Elías aparece aquí, allá, se va al centro, se va más a una banda y casi nunca coincide el lugar en el que está con aquél en el que debería estar. Para disimular el mal partido de Elías, Reyes, gran compañero, lo hizo aún peor. Limitó sus aportaciones a ese fútbol infantil de conducción de balón por todo el campo para luego no hacer nada, ese fútbol que irrita a los que más saben de esto y tanto gusta, sin embargo, en la grada del Calderón, que aplaude a Reyes cada vez que corre con el balón mirando al suelo, dejando atras rivales confiados en que acabará chocando con una farola. Quizás para ayudar a los incapaces interiores del equipo, el terreno de juego del Calderón se estrecha poco a poco según avanza la temporada (posiblemente siguiendo indicaciones del redicho técnico del jerseicito) y si esto sigue así el último partido de liga se jugará en algo parecido a la recta de 100 metros de una pista de atletismo, el equipo abandonará el 4-4-2 para presentar un dibujo en fila india y el portero rival se verá obligado a defender los corners que vienen desde su derecha en el fondo Sur sujetando con una mano las rosas de Pantic, cual ganador de etapa del Giro.

En la delantera, Agüero lo intentó y se desesperó en varias ocasiones al comprobar que cada vez que controlaba un balón el compañero más cercano estaba a treinta metros. El compañero más cercano muchas veces fue Diego Costa, Juan Trick, o Gato de Lagarto, el hombre que va camino de sacarle más partido a su partido de Pamplona que cierta starlette a su boda con Jesulín. Diego Costa estuvo espeso, transmitió en todo momento esa sensación tan suya de recién levantado de siesta de sofá y no aportó nada sensato. A los pocos minutos apuntaba a la expulsión, un rato más tarde apuntaba a la lesión por dejarse caer a cada contacto y al final del partido hubo quien mostró ganas de apuntarle al paro hoy mismo. Salió al final Forlán y no aportó mucho más que un tiro magistral de falta y un par de tiros de lejos, mucho más por cierto que el resto del equipo en todo el partido. Pero lo de Forlán, ya lo saben Vds, está finiquitado porque es un vago redomado y una mala persona, que lo han dicho el As y el Marca, así que no hay más que hablar, oiga.

El Málaga, un equipo casi en descenso, fue mejor en todo momento al Atleti, le tuvo en su campo casi todo el partido y le metió tres goles. Sólo en un rato del segundo tiempo, ante la sorprendente reacción festiva de la grada, decidió el Málaga dejarle el control al Atleti y éste se sintió cómodo jugando en horizontal, sin hacer nada de provecho y dejando de paso a la vista de todos su poca inteligencia como equipo para leer los partidos. Tras esta frase se esconde, sepultado bajo un montón de pentasílabas esdrújulas, el entrenador del equipo. Quique Flores, historiador y estilista, compareció tras un nueva nueva derrota táctica contra su elegante rival de ayer y tuvo los arrestos de decir en rueda de prensa que el Atleti no es un equipo históricamente recio en defensa, culpando quizás a la historia de su despropósito constante. Quique tuvo suerte de que Arteche, jugador históricamente poco recio y poco defensivo, anduviera ocupado tocando la lira y charlando con Dirceu y no acudiera a la rueda de prensa. Tuvo suerte de que Griffa, jugador defensivo históricamente poco recio estuviera en Argentina junto con otro poco recio, Panadero Díaz, y que Capón, otro histórico poco recio, tenga demasiada categoría como para remangarse, entrar en la sala de prensa y ponerse a tirar sillas. De no haber coincidido todas estas circunstancias, quizás tras pronunciar la frasecita de marras las sensaciones de nuestros sensitivo entrenador esta vez estarían más cerca de la sensación de ojo morado que de la clásica buena sensación marca de la casa.

El Atleti perdió en casa contra un equipo teóricamente menor que en todo momento fue mejor y más grande. El Atleti quizás acabe entrando en Europa en una vergonzante séptima posición y quizás lo haga entre gritos de asegún-dá asegún-dá contra rivales que luego le peinan a raya, o entre entusiastas cánticos a favor de un entrenador sin norte ni memoria, o entre pelucas de colores y participantes en despedidas de soltera metiendo billetes de diez euros en el elástico de los pantalones de los jugadores. Lo que cada vez parece más improbable es que lo haga entre gritos de furia de la afición, entre reivindicaciones mayoritarias, entre la reclamación general de dignidad al palco. La huída masiva y silenciosa de la grada tras el tercer gol y la constatación del mamarracho de ayer fue la confirmación de que la inmensa mayoría de la afición le trae al pairo todo lo que no sea insultar al rival que se juega el descenso y cambiar la acentuación de las sílabas finales de los nombres de las capitales de provincia. Así, entre nosotros: hay días que esto no hay quien lo aguante.