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jueves, 2 de diciembre de 2010

Crónica del Atleti - Aris, por Little Nemo.

Little Nemo, sí, el de Winsor McCay


Salió el aficionado colchonero del estadio y lo hizo con tal cara de cabreo que la policía montada le hizo un pasillo, guardando silencio y mirándose entre ellos con cara de mejor no decir nada, que se éste se come una yegua. El Atleti acababa de hacer el ridículo en casa contra un equipete griego, el equipo estaba prácticamente eliminado de la competición que él mismo había ganado hace unos pocos meses y hacía más frío del aguantable. No estaba el horno para bollos, no apetecía hablar del tema, mejor irse a casa del tirón. ¿Se toma Vd una caña, oiga? No, no, gracias, me voy para casa. Tómese una, oiga, no se vaya así. ¿Para qué? ¿Para hablar de lo mal que hacemos las cosas a veces? ¿Para hablar del partidito de De Gea, de la asombrosa actitud de un equipo que piensa que ya ha ganado cuando aún no ha jugado? ¿Para tirarnos de los pelos pensando cómo nos puede remontar un equipo de mediocre al que se va ganando sin mucho esfuerzo a los quince minutos? Quite, quite, tómese Vd una a mi salud que yo me voy a casa a tomar sopa de letras y meterme en la cama. Pues no le falta a Vd razón, la verdad, este equipo le quita a uno las ganas de todo, casi me voy yo también, ahora que lo pienso.

Se fue pues el aficionado atlético a casa con esa cara de entre cabreo, desesperación y vacío que le deja a uno el Atleti con demasiada frecuencia y, en cuanto llegó, se hizo una sopa. De sobre, una sopa de sobre, claro. De letras. Se sirvió un plato hondo de sopa y un vasito de vino. Como todo ciudadano de bien que come sopa de letras, el aficionado atlético miraba si las letritas de pasta formaban aleatoriamente alguna palabra. "Luccin" leyó el aficionado atlético entre trocitos de zanahoria y peregil. No jodas ... Se retiró un poco, se limpió las gafas y se las ajustó. Volvió a mirar. "Luccin", ahí estaba de nuevo. Hay que joderse con las casualidades soperas, pensó para sus adentros. Luccin ni más ni menos, ya es casualidad, vaya puntería. Se acabó la sopa tomándose primero el caldo y dejando la pasta para el final, como Dios manda. Dejó el plato en el fregadero, se fue al dormitorio y se puso un pijama. Un pijama azul clarito con ribetitos oscuros por cuello y puños, un pijama estupendo que le había regalado su señora, dormida desde hace rato. Un pijama magnífico, un pijama reglamentario. El aficionado atlético desconfía de los que no duermen con pijama y de hecho echó una vez de su casa a su hijo menor por dormir con camiseta de publicidad de una marca de teodolitos y, de no intervenir su mujer y prometerle hacer bacalao con tomate tres domingos seguidos, no le vuelve a dejar entrar.

Se metió en la cama y tardó un poco en dormirse. Daba vueltas a lo visto hace un rato. Un estadio medio vacío, mala entrada para un partido que podría ser importante. Normal, pensaba; un partido fácil en día de frío, frente a un equipo ramplón, con televisión en directo. Mucha gente se habrá quedado en casa, es normal también. Pensó en la grada del fondo Norte, medio fondo amarillo y negro. Pero estos griegos ... ¿no estaban en crisis galopante? Hay que ver qué tíos, si han venido tres mil, no deben andar tan achuchados. Pensó también en lo frío del ambiente y en el primer minuto de juego. En la pifia de De Gea, en los rebotes que llegaban siempre a los pies de los rivales, en el gol nada más empezar el partido. Pensó en la cantidad de goles que le meten al Atleti en los primeros minutos, en si es tolerable que esto ocurra, en si habría estadísticas sobre estas cosas. Pensó en quién haría esas estadísticas, en quién se ocupa de contar tantos datos, tantas cositas. Se imaginó una sala llena de ordenadores y señores con gafas, casi todos bajitos menos uno muy alto y de Castellón, todos procesando datos, todos haciendo estadísticas. Pensó en que no sabía bien por qué habría uno de Castellón entre todos esos estadísticos pero le quedó claro que así debía ser, que en algo debe destacar Castellón y probablemente sea por la mente analítica de sus naturales. Pensó en la primera vez que vio al Castellón en el Calderón, en que le llamó la atención el número en rojo de la camiseta blanca y negra, y pensó en los tiempos en los que un equipo como el Castellón o como el Aris, jugando bien o jugando mal en el Calderón, se llevaban dos o tres y no metían ni un gol. Pensó en lo bueno que está el arroz en Castellón, y eso que nunca había estado en Castellón, aunque le consta que hay un bar magnífico y muy bonito llamado Spoonful. Llegado a este punto, como ocurre con frecuencia, el aficionado atlético se preguntó ya casi dormido cómo había llegado a pensar en bares de soul de la cuenca mediterránea e invirtió el proceso y volvió a revivir, más brevemente, el número rojo del dorsal del Castellón, en la habilidad estadística de los naturales de la zona, en la facilidad del Atleti para encajar goles en los primeros minutos y en la cara de pasmado de De Gea tras el primer gol de la noche.

Sin saber ya muy bien si estaba dormido o despierto, el aficionado atlético disfrutaba del calorcito y de la oscuridad hasta que escuchó un ruido y vio una luz. Una luz redonda que le atraía, como cuando en las películas se muere un señor y se ve a sí mismo desde arriba. La luz le llamaba, le invitaba a mirar más de cerca y no sabía bien por qué. Se acercó el aficionado atlético a la luz y, al asomarse, vio una figura familiar. La figura giraba y giraba sobre su eje, poseído.

- ¿Luccin?
- Se pronuncia Lucsán
- Ah, perdone

Delante de él, Luccin giraba y giraba con un balón entre los pies, sin conseguir controlarlo. El aficionado le miraba con la misma cara de sorpresa mechada de irritación con la que le miraba desde la grada.

- No sé para qué gira Vd tanto, si nunca le valió para nada.
- Ya, pero me siempre me pagaron bien por ello. Así me hice millonario. Y si me canso, me saco una muela, me voy a casa una temporada y sigo cobrando. Así funcionan las cosas, c'est la vie.
- Pues nada, nada, siga

Pensó entonces el aficionado atlético en la sopa de letras, en el mensaje con sabor a avecrem enviado por el destino. Mira que es casualidad, debo estar soñando, son estas cosas que pasan, que oyes un nombre un día y sueñas justo con ese nombre esa noche. En esto pensaba cuando notó que el piso cedía, que se hundía, que caía en un agujero, un tobogán que describía parábolas por el que cayó largo rato, preocupadísimo por no manchar el pijama. El tobogán acababa en una gran piscina, llena de gente. Toda la gente era igual, rubia, con pelo lacio y cara extraña. Miró a uno de los clones fijamente.

- ¿El Pato Sosa?

Al unísono, todos los ocupantes de la piscina le miraron. Unos dos mil Patos Sosas se giraron hacia el aficionado atlético, que percibió rápidamente cierta hostilidad, como aquél aficionado al que este ánade tuvo a bien atizar a la salida de un entrenamiento. Saltó de la piscina y emprendió la huída, perseguido por cientos de Patos Sosas que le tiraban tarascadas a los tobillos. Por suerte había balones por la zona por la que huía, y todos los Patos Sosas, sin excepción, los pisaron y cayeron de culo, como en su presentación.

Corrió el aficionado atlético con su elegante pijama dejando atrás un campo lleno de escombro uruguayo y llegó a un prado verde, llano, como un campo de fútbol, en el que había gente aquí y allá. Oyó una voz.

- Hola
- Hola, ¿quién es Vd?
- Soy el portero de la Puerta 26, nos conocemos del torno. Me corresponde enseñarle a Vd la salida. Le tocaba hacerlo a Ibagaza pero, como renovó hace dos días, ya no sabemos dónde está.
- Anda. Oiga, ¿y quién es toda esta gente? ¿Dónde estoy?
- ¿No les reconoce? Mire, ahí al fondo está Musampa echando la siesta bajo un peral, no sé si le ve. A su lado, Novo haciendo tests psicotécnicos. Ese de la coleta que derriba un muro a pelotazos es Eller, y el vozarrón que escucha a lo lejos es el de Abel Resino diciendo bravatas. No me diga que no les suena esta gente.
- Sí, sí, claro.
- El que cata polvorones en esa gran mesa es Maniche; si se fija lleva en el hombro una ardilla, su mascota, fiel consejero para las decisiones difíciles y asesor en materia de gorras de punto. El que simula una lesión más allá es Seitaridis; hace dos días trajo la baja por haberse clavado las llaves del Masseratti en las nalgas, ahora dice que tiene fobia a los espacios abiertos, sobre todo los verdes.
- Pero bueno, y toda esta gente ... ¿no habían despedido a la mayoría? ¿no se habían ido? ¿qué hacen aquí?
- Ah, pero ¿no lo sabe? Aquí siguen todos, no se han ido. No aparecen en público, pero de vez en cuando se manifiestan. Ayer mismo, contra el Aris, salieron todos a jugar. Pensé que lo sabía, que al menos lo había notado.
- ¿Y Quique?
- Está ahí, es el que hace cola en la sala de espera del médico. Está tan demacrado y chiquitito ya que el último virus, en vez de infectarle, le hizo una llave doble Nelson, le fracturó una vértebra y le robó la bufanda.
- Pero ... ¿y los buenos?
- Ah, los buenos, los pobres buenos ... mire ahí al Kun. Sí, es ese de ahí, el que está rodeado de gatos, peinando muñecas y meciéndose al son de una caja de música. Está desquiciado el hombre, no sabe bien qué hace aquí ...

Notó el aficionado atlético una mano en la espalda, un zarandeo.

- Despierta, estás soñando. Nada bueno por cierto
- ¿sí? ¿qué? Perdón, sí, estaba soñando algo raro, una pesadilla.
- Sí, casi delirabas ... ¿qué hizo anoche el Atleti?¿qué tal?
- Mal, mal. Lo de siempre, lo de antes. Lo de hace unos meses, lo de hace unos años. Perdimos igual que contra el Espanyol, jugamos sin ganas como tantas otras veces. Quique no se entera, se ha cargado el equipo que funcionaba en sólo tres meses. Pero vamos, que el equipo en cualquier caso no era tan bueno, cualquiera que lo viera con frecuencia tendría claro que no jugaba a mucho y que lo de las finales del año pasado fue un poco carambola. Y aún así, aún sin entrenador habría que haber ganado a esta gente, era un equipito muy limitado.
- Ya, ya .. vamos, lo mismo que hace uno, dos, tres, cinco años, lo de siempre ... bueno, déjalo. Duérmete mejor, anda.
- Si, mejor será .. . una cosa ...
- ¿Sí?
- No compres más sopa de letras.