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lunes, 2 de febrero de 2009

Mi Moleskine

A mí me hacía mucha ilusión escribir la crónica de un partido del Atleti. Y mucho más desde que, un alma caritativa de este Santo Lugar, me contó que no había límite máximo de palabras. Genial. Esta es la mía –me dije- y acudí al Estadio con una Moleskine de bolsillo, donde me propuse ir anotando ocasiones, jugadas importantes, sensaciones puntuales, ideas que se me fuesen ocurriendo y todas esas cosas necesarias para salir dignamente del reto. Porque ésto es un reto, ¿eh?. Porque éste no es un lugar cualquiera. Es El Rojo y El Blanco, oigan.


La Moleskine es, en realidad, lo que en el cole llamábamos cuadernito. Lo que pasa es que la puso de moda Doña Carmen Rigalt, que es una escritora y periodista mítica para el atleticismo crítico, porque fue una de las primeras que se puso chula con Gil-padre, le criticó sarcásticamente cuando casi todos los demás le reían las gracias, y escribió aquellos artículos en los que mencionaba mucho su moleskine y a él le llamaba Moby Gil.

Cuando te lo compras, te lo venden por el precio de unos diez cuadernitos de aquéllos pero, eso sí, con un folleto explicativo en el que pretenden convertirte en un tío muy importante, y te cuentan que Van Gogh, Picasso, Hemingway o Chatwin, no habrían sido nada sin su moleskine.

No es mi caso. Me hubiese encantado, pero no ha sido posible. Ya habría terminado el artículo hace varios párrafos, si me hubiese limitado a pasar a limpio mis anotaciones. Y habría tenido que renunciar a escribirlo, si tuviese que limitarme a mis sensaciones.

Dice el folleto que Bruce Chatwin se volvió loco, y se puso a comprar cuantos moleskines encontró a su paso cuando, al ver que en su librería habitual de la Rue de L’Ancienne Comédie, no ocupaban el estante acostumbrado, le dijeron: “Le vrai molesquine n’est plus”.

Y en eso, precisamente en eso miren por donde, nos vienen insistiendo muchos atléticos de corazón desde hace años: en que el verdadero Atlético ya no existe.

Sin embargo, yo me he resistido y creo que me seguiré resistiendo a esa teoría porque, además, la memoria es muy traicionera y selectiva y muchas, demasiadas veces, todos tendemos a hablar de los tiempos pasados con pasión desbordante y ciega, olvidando los años, e incluso los lustros tristes y duros, que también los hubo y, en franco contraste, tendemos a analizar la actualidad con un pesimismo desbordante ... que es en realidad lo que hemos hecho siempre, lo que pasa es que no nos acordamos. Y lo que pasa, también es verdad, es que cada vez son más las cosas que suceden, en este Atlético que vivimos, que nos llevan al pesimismo sin remedio.

Sin remedio y sin freno; porque es pitagórica la teoría según la cual, mediante la noción del límite, lo ilimitado toma forma y, a medida que van pasando las semanas, y con las semanas los partidos del Atleti desde que empezó 2.009, lo malo es que nadie sabe muy bien donde está el origen de ésto que le ocurre al equipo, pero lo peor es que cada vez resulta más imposible verle el fin. Es ilimitada la crisis del equipo, como ilimitado parece también la pasión por el Sistema Helicoidal de quienes insisten en ser considerados, y en actuar como si lo fueran, propietarios del Club de nuestros amores, de nuestros sentimientos, de nuestras felicidades pasajeras, y de nuestros persistentes sufrimientos.

A estas alturas, evidentemente, el señor que ésta tarde estaba de viaje en Dubai y el señor que esta noche estaba entregando Goyas (“una mala noche la tiene cualquiera” le dijo el tío sin despeinarse, a Doña Concha Velasco), tienen una comprensión enciclopédica de nuestros problemas, y cada uno de nosotros también. La práctica y la reiteración, es lo que tienen. Pero lo malo es que no nos sirve para nada entenderlo todo mucho, si el mal de base persiste.

Todo eso lo sabíamos pero, al mismo tiempo, unos más, otros menos, creímos haber encontrado una especie de tesoro oculto, desde luego por casualidad y nunca siguiendo un plan, en un grupo de jugadores que nos devolvieron la dignidad en una serie de partidos jugados con solvencia, que nos volvieron a meter en Europa tras casi una década de ausencia, que después nos metieron en Champions y que llegaron a finales de diciembre dejándonos dudas, claro, muchísimas dudas; pero también una sensación de superioridad sobre la mayoría de sus rivales que algunos, pobrecitos, menuda noche ésta para recordarlo, quisimos interpretar como una base sobre la que construir algo, tal vez incluso un equipo capaz de seguir creciendo, aunque nos sabíamos de memoria que la necesidad de reforzarnos en varias posiciones es muy evidente y que la pantilla, corta de por sí, se reducía ostensiblemente cuando, profundizando un poco, nos dedicábamos a medir el grado de implicación de varios de sus componentes, la capacidad de otros cuantos y, finalmente, el grado de felicidad y de resistencia del selecto grupito de jugadores con los que nos quedábamos, una vez aplicados ambos filtros.

Pero incluso así, me temo que ninguno estábamos preparados para una caída de bruces tan precipitada, tan de repente y tan sin paliativos.

El caso es que, por si acaso quedaba alguna duda de cómo andan las cosas, el Atleti se encargó de resolverlas todas contra el Valladolid; porque el partido fue, en sí mismo, un compendio de todos los males que nos aquejan.

Verán: cuando llegamos al minuto quince de partido, nuestro equipo sólo había llegado tres veces al área contraria. Las tres por la banda izquierda. Las tres gracias a la iniciativa y esfuerzo de Mariano Pernía. Ninguna llegó a preocupar del todo a Villar pero, por el contrario, nos preocupó bastante a los espectadores, que nos preguntábamos por dónde andarían los demás, si era Pernía el encargado de crear los atisbos de ocasiones, como si no le bastara con tener controlado a ese jugador con tan buena pinta y que parecía tan inspirado, llamado Pedro León.

En ese tiempo, el Valladolid sólo había llegado una vez, aunque lo hizo de un modo certero, en esa jugada con tanta pinta de penalty, en la que Pablo metió el pie y se llevó por delante al balón y a Canobbio, ignoro sinceramente en qué orden, aunque me lo temo.

Cuando se produjo la primera conexión entre dos de “los cuatro de arriba” (marca registrada) y Forlán metió un pase milimétrico, que un ansioso y francamente irreconocible Agüero remató muy alto, nos acercábamos a la primera media hora y, para entonces, al Valladolid ya se le veía muy suelto y había creado varias ocasiones, fallando una muy clara, increíblemente, ese sueco tan atípico que responde por Goitom.

Como además se tuvo que ir Simao prematuramente, y nuestro estado de ansiedad colectivo crecía y crecía, ni siquiera tuvimos fuerzas para reclamar un probable penalty sufrido por Raúl García, en parte porque nos acordamos de lo de Pablo, y en parte porque, de lo que teníamos ganas, era de suspirar mucho con el descanso, al que llegamos con un milagroso 0-0.

Muchos de nosotros hubiésemos firmado irnos a casa en ese momento, con el puntito, pues, aunque soñábamos porque pasara algo que espabilase a nuestros jugadores, alguna jugada con efectos mágicos, lo cierto es que no nos lo creíamos del todo y hacíamos bien porque, nada más empezar la segunda parte, el bueno de Leo firmó un capítulo más de su cada vez más abultado libro-pesadilla con las salidas y dio, de puños, un auténtico pase de gol no desperdiciado, que fue el 0-1.

Tardó poco en reaccionar el equipo porque, sólo tres minutos después, en un contragolpe muy bien llevado por Sinama y muy mal rematado por Forlán, el balón entró nadie supo muy bien cómo, aunque parece que el amigo García Calvo ayudó. Muy mágica no es que fuese la jugada, pero como todos teníamos tantas ganas de celebrar algo, se creó una especie de ambiente de remontada, de a por ellos oé que nos mantuvo algunos minutos entretenidos, poco antes de darnos de bruces con la realidad, que viene siendo muy dura, y aunque el Valladolid hizo lo que pudo, perdonándonos un par de ocasiones más, fue tan poco lo que tuvo enfrente que, finalmente, se vieron penosamente obligados a ejecutarnos con plena justicia; por mucho que al final, repitiendo la escena vivida por Ujfalusi en Málaga, Agüero estuviese a punto de obtener un 2-2 que habría sido doblemente injusto: ni se lo merecía el equipo, ni se lo merecía tampoco él.

Tal vez la librera de la Rue de L’Ancienne Comédie podría decir que “Le vrai Atletico de Aguirre n’est plus”. Y probablemente tuviese razón, porque no se reconoce en el actual equipo, ni una sóla de las virtudes que nos ha llevado a los Octavos de Final de la Liga de Campeones. Por eso, es lógico que, al mirar la Clasificación, en estos momentos estemos incluso fuera de la zona europea. Y eso, porque algunos de nuestros rivales más directos, léase Sevilla y Villarreal, nos están haciendo el favor de esperarnos sentados, supongo que por darle más emoción a la cosa.

Sin embargo, como ayer se obró el milagro en las despobladas gradas y el habitual hit “Caguirre vete ya”, tan musical, pegadizo y facilón, se vio en principio acallado por el “Aguirre Quédate” de los aficionados albivioletas, unos cachondos, y posteriormente por una tan airada como inesperada protesta en dirección al Palco; permítanme que tarde un poco más en contradecirme a mí mismo, y no certifique la defunción del Aguirrismo, por si acaso la gente está empezando a enfocar en la dirección más correcta.

De todos modos, yo me sumaría a la campaña pro-cambio de entrenador si encuentran a uno que le dé un poco más de cariño y de mimos a Agüero, por ejemplo. No deben ser suficientes los que recibe, si se le ve tan pálido y descangashado, tan ausente de inspiración, tal vez también de motivación. O bien es eso, o bien le sentó fatal lo que le sirvieron el otro día, en la cena-homenaje de la que nos ha hablado mucho la Gran Doña María José Navarro.

Si hace eso, y además convierte en figuras a quienes actualmente no lo son, o al menos no lo parecen, le aporta energía extra a quienes lo son y suelen parecerlo, aunque ahora mismo tampoco, y de paso encuentra en nuestra cantera a tres o cuatro estrellas nacientes, a ser posible altos, fotogénicos y con ojos azules, de esos que Aguirre no sabe ver … yo me apunto enseguida al nuevo entrenador, sea éste quien sea.

En caso contrario, a mí que me perdonen si no entiendo, y soy tan incapaz de explicarlo, como lo sería si me pidieran un análisis del fin del Imperio Austro-Húngaro, esta profunda y súbita degeneración.

Que me perdonen, también, si busco culpables y los encuentro, más que en el banquillo, en esa puerta cero donde se concentraron muchas personas que saben mucho de esto, y que además llevan años luchando, aunque a veces se les sumen amistades coyunturales tan poco recomendables.

Y que me perdonen, finalmente, si los encuentro también sobre el césped; pues una cosa es el cansancio, y otra cosa ésto. Una cosa es tener una plantilla corta, descompensada y limitada, y otra cosa ésto. Una cosa es saber perfectamente que no somos el Manchester United, y otra cosa muy distinta es que permitas, correteando sin sentido, que el Valladolid te perdone una goleada.

Mientras le pongo punto final a esta crónica, saludo efusivamente y le envío un agradecido abrazo tanto al Comandante Carlos Fuentes, como a los demás compañeros lectores a quienes pido comprensión y paciencia; casi prefiero no pensar en lo que está pasando por esas mentes de las que no suele salir nada bueno, y prefiero no imaginar de quienes son los teléfonos que están sonando.

Y ni siquiera he abierto mi moleskine para consultar. Mecachis en la mar, hombre …

Fran Omega – febrero 2009