martes, 6 de octubre de 2015

Reflexiones con retraso (mental) sobre el Mundial y el derbi


Los australianos pegaron, por segunda vez en la historia, un Twickenhamazo. Inglaterra, favorita en todas las apuestas para llegar a la final al menos, se quedan en la fase de grupos para decepción infinita de la afición local, volcada a lo futbolero en este Mundial de rugby en el que Londres, e intuimos que toda Inglaterra, se llenó de carteles y anuncios publicitarios dando a los jugadores de su selección el status de estrella absoluta. Quizás en eso el rugby, cada vez más convertido en espectáculo, siga siendo inmune a la influencia del fútbol.

A uno, que es un antiguo, le gustaban las camisetas con cuello blanco y sin marca publicitaria y le horripila el espectáculo de fuego y pirotecnia a la salida de los jugadores. Uno se emociona con los himnos y la banda militar y hasta con el cañonazo de Murrayfield, pero no con el “Start me up” atronador al principio del partido, la cuenta atrás coreada por la gente y el “Tom Hanks” a todo volumen tras cada ensayo. Aún se queda uno petrificado ante el silencio del estadio cuando patea un rival o ante la ovación atronadora cuando sacan lesionado a un visitante, con el pasillo de los jugadores que ahora tanto sorprende a la gente que no sabe que se lleva haciendo toda la vida.

Quizás sean esas cosas de rugby añejo las que evitan que una selección como la inglesa, preparada para ganar en casa el deporte que se inventó en casa por más que las impertinentes colonias se empeñen en elevar a niveles inalcanzables para las potencias tradicionales, no está preparada para soportar la inmensa presión que  impone la victoria sí o sí, algo inherente al fútbol (sobre todo el de clubes) pero no tanto al rugby, deporte que siempre supo que, en el fondo, el que gana es sólo el mejor. El rugby fue como casi siempre justo e Inglaterra perdió ante una Australia deslumbrante en melé, quizás su punto menos fuerte hasta que llegó Ledesma y les puso a jugar como si fueran de Tucumán en vez de de Perth o Brisbane. Australia, con la victoria deslumbrante de Twickenham, eleva la voz y apunta, en caso de ser primera, a una semifinal por el lado bajo del cuadro que muy pocos habían previsto. Con esa tercera línea, todo es posible. Veremos.
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Sudáfrica volvió a ser Sudáfrica, y eso que los escoceses muestras signos de evolución positiva. Pero, por más ganas que tengan los de azul de jugar bonito y a la mano, por más que quieran demostrar que la última cuchara de madera fue, esta vez sí, excesiva e injusta viendo el torneo, Sudáfrica queda aún lejos de sus posibilidades. Fuertes, con mucho oficio, al borde del reglamento y del fuera de juego en muchas ocasiones, los Boks se deshicieron con más facilidad de la deseada en Edimburgo de los chicos de azul, aún excesivamente inocentes a la hora de hacer golpes cerca de su línea de ensayo. Las cosas vuelven a la normalidad en el grupo B, una pena para Escocia.

Argentina, que presume y con razón de haber enseñado una de las mejores melés del campeonato, perdió prácticamente todas las melés contra Tonga. Argentina reservó jugadores para cuartos, previsiblemente contra Irlanda, y acabó ganando el partido, pero dejó algunas dudas. Ni la melé fue tan fuerte ni las ideas fluyeron con claridad ni la sensación de autoridad que dejó en el partido ante Georgia se repitieron. Si Tonga llega a jugar a un rugby más científico en vez de dedicarse a placar y correr para echar la tarde y si su apertura afina con el pie, el resultado habría sido aún más preocupante. Pero el campeonato es largo y es normal que surjan dudas, la clave está en ver si se resuelven. Un consejo para el bravo equipo argentino: que alguien explique a Maradona cómo se celebran las cosas en el rugby. Si no lo entendiera o no quisiera entenderlo, mejor escóndanlo en algún sitio incomunicado durante los partidos.

Y, por último, Irlanda. Irlanda había jugado sólo un par de partidos suaves y la llegada de Italia no parecía que le fuera a plantear problemas; sin embargo, los planteó. Italia perdió casi todas las touches, hizo golpes de castigo de juveniles y mostró algo del caos que mostraron un rato antes argentinos y tonganos. Aún así, Irlanda no consiguió estar cómoda en ningún momento, por más posesión que tuviera. Ni la melé funcionó ni su fantástica tercera línea estuvo a la altura de otras veces ni el back three, que tan bien se lo pasó contra Rumanía, no disfrutó. Irlanda ha jugado dos años como una máquina de rugby y tuvo un par de sustos en los test matches previos que le han debido servir para mejorar. Esperemos que también mejoren tras el partido contra Italia o su previsible cruce con los argentinos puede ser, una vez más, un obstáculo insalvable ante semifinales.
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El Atleti empató en casa fallando un penalti y teniendo varias ocasiones claras y, aún así, la sensación al salir del campo era buena. ¿Cómo puede ser que la gente salga contenta por haber empatado un partido que se pudo perfectamente ganar? De haber visto la cara de la afición a la salida del Calderón, un observador que no conociera el resultado habría apostado por la victoria local. Sólo el examen pausado del resumen del partido le habría hecho ver que, tras tener dos, tres ocasiones claras y haber fallado un penalti, la cara de satisfacción no se correspondía con lo ocurrido.

Y es que el partido contra el otro equipo grande de la capital, ese que presume de estadio-templo y luego resulta que en la esquina tiene un Juteco, sirvió para muchas cosas. Sirvió para ver, de nuevo, un Atleti excesivamente echado atrás durante los primeros minutos del partido, los que sirvieron al rival para marcar un gol en el que su delantero centro apareció excesivamente solo en posición de remate. Sirvió también para ver que Filipe Luis sigue sin el punto de forma con el que le recordamos, lo que le convierte en un jugador mucho menos interesante que aquél que nos asombraba partido sí y partido también en los no muy lejanos días de la temporada en la que se ganó la liga.

El partido también sirvió para confirmar que el experimento de poner a Griezmann en la banda, si bien tuvo su lógica, no funciona. Griezmann, que tiene ya una querencia natural a no jugar los partidos complicados, deja de poder usar sus enormes cualidades cuando le toca no ya pegarse a una banda, sino emplearse en defensa como exige el sistema de Simeone. Griezmann parece únicamente cómodo de segunda punta, con un delantero que le sustituya el desgaste y le permita revolotear de un lado a otro para aprovechar ese talento suyo para aparecer donde debe y cuando debe. Fuera de esa posición, más cómoda pero en la que brilla incluso en partidos malos, es un jugador con poca trascendencia, demasiado lejos de donde le gusta estar, demasiado involucrado en tareas para las que no está hecho, demasiado blando para hacer ayudas al lateral, que sufre mucho cuando el que está delante es Griezmann.

El partido también sirvió para alimentar las dudas sobre Óliver Torres. Blandito, como Griezmann, a la hora de guardar la banda y por tanto un problema adicional para el lateral que le cubre la espalda (que las pasa canutas teniendo que defender al suyo y al de Óliver), Óliver Torres no termina de estar cómodo pegado a la cal ni de desplegar ese fútbol tan suyo de pase corto, alivio y visión desde un lado del campo. Como en el caso de Griezmann, sus virtudes se diluyen en la banda y su carácter le impide jugar con oficio los partidos duros. Para su desgracia, no le pasa lo que le pasa a Griezmann, que se ha convertido en insustituible: mucho nos tememos que en cuanto vuelva Koke al que empezaremos a ver menos es a Óliver Torres.

Más cosas que dejó el partido: las buenas sensaciones que emanan de Correa, y eso que no termina de encontrar su sitio exacto en el complejo 4-4-2 con aspecto de 4-3-3 o hasta de 4-1-4-1 de Simeone. Correa ha aprovechado los minutos que ha tenido y hoy por hoy parece firme candidato a la titularidad cuando vuelva Koke. Un problema: si es así, ¿jugará echado a una banda para que Griezmann pueda hacer su juego de puntillas por el frente de ataque? ¿quitará el puesto al 9 y convencerá a Simeone para jugar con dos bajitos delante? ¿conseguirá forzar la muñeca del entrenador para jugar con un 4-3-3 más clásico? Veremos.

El partido también sirvió para confirmar lo que todo el mundo comentaba ya en verano, por más que ahora parezca que la reflexión es propiedad exclusiva de la solemne corriente de opinión atoropasadista que analiza en redes sociales y medios cada movimiento del Cholo con la autoridad que da el saber de esto mucho más que el entrenador y manifestarlo desde el ordenador de su mesa de la gestoría, entre expediente y expediente.  El centro del campo del equipo tiene demasiadas incógnitas y juventud (Saúl, Óliver Torres, Correa, Ferreira Carrasco) como para transmitir la seguridad de que el equipo no terminará rompiéndose por la bisagra cuando a Tiago o a Gabi se les acabe la gasolina. Tiago volvió a demostrar que su aportación en cuanto a colocación, experiencia y sensatez es vital para el equipo mientras que Gabi, generoso en el esfuerzo pero impreciso en los pases (algo que solivianta en exceso, cree uno, a la excesivamente segura de sí misma afición del Calderón), da muestras de necesitar suplente. Saúl pareció poder hacer bien de Gabi contra el Getafe, pero un partido desastroso contra el Benfica activó las alarmas. Tiago, sencillamente, no tiene suplente y sería importante darle descansos en partidos más cómodos para ir rodando a otros (se Thomas o sea Kraneviter cuando llegue) en el convencimiento de que será importantísimo en los partidos grandes. Sin refuerzos en la zona, el riesgo de que el equipo termine partido en dos como en los lejanos tiempos de Aguirre y más tarde QSF (cuatro defensas, dos pivotes desbordados, cuatro atacantes poco interesados en defender) se agranda; lo que pasa es que en ese equipo, que terminó ganando la Europa League, los medios defensivos eran Assunçao y Raúl García, que nunca había jugado ahí y terminó por conseguir, a fuerza de generosidad y disciplina, que el equipo funcionara a pesar de los pitos que le dedicaba esa grada corta de vista que ahora le añora cuando le ve en Bilbao. En fin.

Una de las mejores cosas que dejó el derbi, además de confirmar que el equipo rival tiene a dos jugadores cómicos (uno con matrícula de Ciudad Real, el otro con barba y discurso prepotente que contrasta con su incapacidad para dar un pase hacia adelante) fue la sensación de que, frente a lo visto contra el Benfica, el equipo no ha olvidado cómo dar arreones y golpes de riñón en ciertos momentos. Y lo mejor es que ese arreón vino cuando estaban en el campo Ferreira Carrasco, Vietto y Jackson, tripleta multimillonaria que hasta ahora no había demostrado nada. Vietto marcó a pesar de no hacer nada reseñable y eso debería bastarle para perder el pánico que parece que le da el Calderón. Jackson dio el pase de gol y casi marca, y con eso debería bastarle para tranquilizarse y, de paso, cambiar su ritmo tropical y avallenatado por una carrera constante como la que brinda Torres, muy desafortunado en los controles el domingo pero de nuevo peleón como el que más. Por último, Ferreria Carrasco, jugador con nombre doble como si fuera un despacho de agentes de aduanas de La Coruña, mostró que puede ser útil cuando por su lado hay un lateral lamentable con ínfulas de espartano. Por desgracia, jugadores tan malos no abundan y es posible que Ferreira Carrasco no tenga tantas oportunidades para destacar.

El Atleti está a dos puntos de los teóricos candidatos tras un “rush” de partidos complicados que podría haber acabado mucho peor y sólo un poco mejor. Sin jugar bien, el equipo parece ir encontrando ese equilibrio entre más toque y no menos sangre que el Cholo, la afición y la confección de la plantilla requiere. Quedando la duda del centro del centro, también queda la esperanza de que, una vez se pase definitivamente el pico del calendario (quedan en breve Valencia y Athletic de Bilbao) se pueda terminar con los ajustes que ahora mismo el equipo requiere. Optimismo moderado, por tanto, en la certeza de que Simeone ha dado casi con la tecla.

jueves, 1 de octubre de 2015

Camiseta suplente, carácter de filial

El Atleti salió vestido de suplente en casa y ya con eso habría que haber suspendido el partido, mandar a la gente a casa y organizar una protesta ante la Unesco. Dado que no se hizo, quizás habría que haber respondido a la irresponsable y maleducadísima porción de la afición portuguesa que se dedicó a tirar bengalas al público (algo que uno nunca había visto en el Calderón, toda una vergüenza) para acotarles y sacarles del campo con dirección al cuartelillo. Hay cosas intolerables y una es esa de tirar cosas ardiendo al personal; nos tememos, además, que la cosa acabará con el Atleti sancionado.
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Salió el Atleti vestido de azul marino, extraño en su propia casa, y jugó un partido igual de extraño, bueno a ratos, malo a otros, catastrófico en lo relativo al resultado y muy preocupante en lo que se refiere a las sensaciones que deja el equipo tras el mal partido de Villarreal y el próximo partido en casa, el partido que menos le gusta a uno.

Salió el Atleti con el portero bueno y la defensa buena y esa variante que hemos visto en el medio y delantera, esa que consiste en jugar una especie de 4-4-2 que es a ratos un 4-3-3 cuando Griezmann sale de la zona del centro del campo y un 4-1-4-1 cuando Correa (o quien corresponda) se agolpa en la zona central, a veces superpoblada.  En el mutante dibujo de la parte alta del equipo estaban Gabi y Tiago, los de siempre, además de Óliver, Griezmann, Correa y Jackson Martínez, ese enigma. El equipo, sobre el papel, resultaba valiente y agresivo ante un equipo bien plantado como el Benfica, con la defensa cerquita del portero y muchos kilos y muchos centímetros por la zona del área, buscando la salida fulminante a la contra sobre todo si es Gaitán el que lleve la iniciativa.

Y así se plantó el Atleti y, qué cosas pasan, lo hizo bien. Durante muchos minutos de la primera media hora de partido el Atleti combinó y combinó, llevó la iniciativa, se impuso en el medio campo (al menos en la parcela central) y tiró a puerta: primero, en dos córners jugados al pie y frente al primer palo, uno de ellos con posible penalti tras tiro de Tiago. Luego, en jugadas con combinaciones entre varios jugadores que terminaban con pases desde los lados para que Jackson, que parecía entonado, tirase desmarques y se situase entre los centrales para rematar, algo que consiguió, sin fortuna, en tres o cuatro ocasiones. Óliver parecía cómodo, más cómodo que nunca durante el rato que combinó bien con Filipe Luis, que pareció volver a ser el de siempre. Correa buscaba su sitio y encontró un remate clarísimo que se le fue alto tras un rechace del portero y un gol que ponía por delante al equipo. Durante un buen rato el equipo pareció divertirse, con todos los jugadores enchufados: de habernos preguntado a cualquiera cómo veíamos el partido, todos sin excepción habríamos apostado por una victoria relativamente cómoda del Atleti, no por menos de 2-0, quizás por 3-0 en cuanto se diera un poco de suerte o el Benfica flojeara al final del partido.

Pero, cosas que no veíamos hace tiempo, pasó algo y tampoco fue tan raro: el Benfica metió un gol. Algo tan previsible y probable como un gol en contra fue a la postre mucho más que un gol, mucho más que un lance. Con un gol, sólo con un gol y con el aderezo posterior de bengalas, protestas en la grada, tangana gana-tiempo y visita al vestuario, el equipo se descosió, se deshizo en hebras, se convirtió en estatua de sal.

La grada esperaba un equipo resuelto y convencido de la victoria tras una bronca en las duchas, un equipo con ganas de recuperar el control del partido y hacer el mismo fútbol que la primera media hora. Sin embargo, se encontró con la aparente lesión de un contrario tras el choque con su propio portero, con la consecuente salida de asistencias médicas y un fisioterapeuta gordísimo vestido de naranja que llevaba un maletín-nevera en el que probablemente llevase cuñitas de queso y un melocotón, y ya de paso con un parón de 4 minutos. Aún con el lesionado en la banda, un contraataque portugués acabó con un gol en contra. Otro gol en contra, dos goles en dos fogonazos, en dos contraataques de esos que uno no se puede explicar por la facilidad con la que llegaron los rivales a estar cerca de Oblak.

Con mucho partido por delante y tiempo de sobra para empatar y remontar, el Atleti se deshizo. Quizás presionado por ir vestido de visitante, quizás amnésico tras el golpe recibido y olvidados los primeros minutos del primer tiempo, quizás simplemente desbordado, el equipo se apagó. Dejó de funcionar Jackson, que sin haber funcionado mucho al menos mostró recordar dónde juegan los de su puesto durante el primer tiempo y por primera vez en muchísimos minutos. Dejó de funcionar Óliver Torres, especialista en arranques de partido con brío y brillo para pasar al rato a dar la impresión de ser un alma en pena, un juvenil desbordado cuando las cosas no son exactamente como a él le gustaría. Dejó de funcionar Filipe Luis, que había empezado más cómodo al tener cerca a Tiago y Óliver y poder desplegar ese juego fino tan suyo que le llevó en su última temporada en el Atleti a entrar y entrar por su banda con ademanes de espadachín de salón, pasando el segundo tiempo por un imitador deprimido del fabuloso lateral izquierdo campeón de Liga.

No llegó a venirse abajo Vietto porque directamente ni compareció, escondido siempre tras un marcador a la manera del mismísimo Maniche, maestro del camuflaje y el escapismo, nerviosísimo, sufriente como un San Sebastián aseteado. Tampoco pudo darse el lujo de venirse abajo Saúl, quien firmó quizás el peor partido que uno le recuerde y eso que estuvo sólo un rato en el campo, unos minutos en los que consiguió hacer prácticamente todo mal para sorpresa de los que le vimos jugar con solvencia ante el Getafe. Tampoco se vino abajo Griezmann por la sencilla razón de que, una vez más cuando el partido no va del todo de cara, prefirió no comparecer, no participar, no sentirse involucrado al no ser la posición de su agrado, al preferir jugar con alguien cerca que no sea Correa, al ver que la cosa no iba del todo bien, al ser mes con R.

Seguramente Simeone cometió errores. Cometió probablemente el error de poner por delante de Juanfran y Filipe Luis a dos centrocampistas, Óliver y ayer Griezmann, que implican la renuncia a cualquier juego de ataque de los laterales; ese sistema parece funcionar si el equipo entero está enchufado, pero en cuanto se desentiende Griezmann o se desmorona Óliver, los laterales se desbordan y se produce un efecto dominó que hace temblar al resto. Seguramente, o sin ningún género de dudas, se confundió Simeone en los cambios: otra vez tarde a la hora de meter a Torres, otra vez raro al retrasar la decisión de sacar del campo a Griezmann, esta vez desacertado por meter a Saúl a jugar con dos pivotes más y Vietto, el ausente, por delante. Quizás el estilo ultra exigente del Cholo sea excesivo para según qué jugadores, lo que explicaría que sólo los más veteranos, independientemente de tener el día o no, de estar más o menos acertados, mantienen la posición cuando se desata el vendaval. Quizás los jugadores no aguanten tanto tiempo bajo la estricta mirada de Simeone y el Profe Ortega, aunque esta teoría se desmonta cuando se comprueba que son los que más tiempo llevan en la casa, junto con el portentoso Giménez, quienes mantienen el pulso. Quizás no haya conseguido inculcar aún a Jackson, Vietto y Ferreira lo que se espera de ellos a pesar de haber costado una fortuna; la inversión, a día de hoy, se antoja disparatada al ver que hasta ahora no parece servir para reforzar el centro del campo y únicamente ha dado algo de aire al ataque.

Seguro que Simeone lo pudo hacer mejor, pero el que suscribe cree que no fue el único en derrapar, ni tampoco el máximo responsable del derrape. En una segunda parte lamentable, sólo la vieja guardia aguantó el tipo: Godín, Giménez, Juanfran, Tiago y Gabi hicieron lo que saben hacer. Del resto, sólo Correa, y a ratos, estuvo a la altura. Ni Jackson ni Vietto ni Saúl ni Filipe Luis ni mucho menos Griezmann parecieron ser jugadores capaces de revertir una situación a pesar de su calidad, experiencia y precio, y son demasiados y demasiado caros. Siendo Simeone un experto en convertir simples jugadores de fútbol en futbolistas, queda aún la esperanza de que Vietto, Ferreira y Jackson se reencuentren con su propio yo pasado y vuelvan entre nosotros, los vivos; eso sí, por ahora no está pasando, así de simple.


Mientras tanto, el Atleti parece haber perdido eso que tenía hace bien poco y que no sabemos definir, ese algo que es parte casta, parte oficio, parte estudio y trabajo previo, parte fe ciega en uno mismo. El Atleti, y sobre todo algunos jugadores de los más finos y caros, parece haber perdido el carácter que lo convertía en admirable para los propios e insoportable para los rivales, ese plus del ganador, ese elemento que olíamos y notábamos en la piel al entrar en el Calderón y que últimamente sólo se hizo notar en Sevilla. La temporada acaba de empezar y los fans del medio plazo aún consideramos que es pronto para sacar conclusiones definitivas, a diferencia de los analistas atoropasadólogos y agoreros que pueblan Twitter; aún así, las cosas no van como debieran, algo irritante viendo un equipo titular viste de suplente y muestra carácter de filial. Y, también aún así, algunos seguimos con la fe intacta. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Algunos apuntes sobre la primera jornada (del Mundial de Rugby) y otros sobre el Atleti - Getafe


Con todo Londres (y entendemos que el resto del país) lleno de anuncios, spots, promos y menciones al Carry-Them-Home, se intuye que la presión que tienen los jugadores es enorme. Y más o menos eso pareció en el primer partido.

Con las calles llenas de camisetas de la Rosa (y eso que en una ciudad gigante como Londres el ambiente se diluye por pura cuestión volumétrica) y los pubs abarrotados de aficionados de todo origen, condición y nacionalidad, Inglaterra debutó ante Fiji. Los jugadores lo hicieron contra un equipo del que esperaba más, y los aficionados lo hicieron de mala manera, cantando “Swing low sweet chariot” durante el Cibi fijiano, algo que se tomó como una falta de respeto impropia del experto público inglés. Pero, oh amigos, las cosas cambian también en el rugby, y si el Nueva Zelanda – Argentina parecía no poder empezar porque por la megafonía atronaba “Start me up” de los Rolling Stones con los dos equipos ya preparados para la primera patada, ya uno se cree cualquier cosa. Incluso, que los ingleses hayan perdido el sentido del respeto ante las danzas rivales.

Inglaterra ganó pero no dejó sensaciones demasiado buenas. Sosos, tristones, algo torpes con las manos, los ingleses tuvieron la suerte de no tener enfrente al Fiji que se esperaba. Quizás también presionados por el inicio del torneo, los fijianos cometieron muchos errores con las manos, no desplegaron el juego volador que los hace tan peligrosos y terminaron por perder contra una Inglaterra vestida de rojo y grana, dejando algún placaje peligroso en el camino y la sensación, por unos minutos, de que podrían ensayar e igualar el partido. No fue así.

Habrá que ver más a Inglaterra, pero su primera actuación hace que el cartel de favorito (o finalista casi seguro) que cuelga de su camiseta parezca ahora menos firme, cogido con imperdibles en vez de con triple hilo de bramante. Veremos. Su grupo es dificilísimo: Gales, que ganó cómodamente a Uruguay, dejó sensación de cierta fragilidad y, sobre todo, perdió aún más jugadores en lo que está siendo una plaga de lesiones sin precedentes. Australia aún no ha debutado (lo hará hoy) y hay ganas de verles jugar tras los últimos partidos contra los All Blacks. La clave puede estar en los puntos bonus, que la cosa va a estar apretadita. Un grupo complicado.
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En el Grupo B saltó el sorpresón: Japón ganó a Sudáfrica en el último segundo y pubs, redes sociales y bares de sushi estallaron al unísono. Japón venció además con drama y emoción, como gusta a cualquier aficionado a cualquier deporte, y de paso encendió una mecha nueva.

Hay quien piensa que la victoria de Japón es de las cosas más importantes que han pasado en el rugby moderno, en el que con frecuencia se critica la diferencia enorme entre los grandes y los pequeños. Hay pocos test matches entre naciones de primer nivel y de segundo, mucho menos de tercero, hay pocas posibilidades para que los países con menos tradición se enfrenten a los grandes y aprendan a competir. Japón vino a romper unos cuantos tópicos.

Es cierto que para muchos expertos en rugby del Sur, incluido alguno de Onteniente y el mismísimo Fermín de la Calle, el tropiezo de Sudáfrica no fue una sorpresa total (dejando aparte la forma en la que se produjo). La derrota contra Argentina dejó a la luz rencillas internas, decisiones contestadas del entrenador, alineaciones basadas en los galones y no en los estados de forma, cuestiones sobre la edad media del equipo. Tampoco hay que pensar que los japoneses son un equipejo recién llegado con rugby folklorico y de carambola: tienen experiencia en los Mundiales, una liga fuerte y un buen plan para llegar con un equipo de garantías a la próxima edición, que se celebrará en su casa. Vinieron a Madrid siendo número 10 del ranking mundial, lo que implica estar por delante de un VI Naciones o de un equipo del Rugby Championship, ahí es nada. Rápidamente el ciberespacio y las redes sociales se llenaron de alabanzas a Japón nada más ganar, como si un desarrapado ganase a un multimillonario a fuerza de valor, valores, riñones y dientes apretados. Todo eso aportó Japón, sí, pero también un partido excelentemente planteado, un plan de muchas semanas para jugar este partido en concreto, jugadores de talento y un momento determinado que fue aprovechado a la perfección, moviendo de lado a lado a los sudafricanos; por la televisión quedó claro que los sudafricanos tenían cara de pánico y eso mismo vio el capitán japonés cuando ordenó jugar y no patear, lo que demuestra la fe en el trabajo realizado y la confianza en los compañeros, la personalidad para decidir en un momento clave, la intuición para saber cómo sacar ventaja del sin bin rival, la capacidad, en definitiva, para leer el juego y tomar riesgos. Las cosas, cuando se hacen bien, dan su fruto y quizás Japón haya sembrado la semilla del ejemplo para las Federaciones que se lamentan de que el futuro es inalcanzable, como por ejemplo la española. Japón ganó con un plan, disciplina, método, ganas y buenos profesionales (y eso que no todos los rugbiers japoneses lo son), no solo por testosterona, kamikazes, valores  y milagros.

Tras unos días en Londres siguiendo de cerca todo lo que ocurre en el Grupo B, uno se pregunta ¿dónde están los escoceses? Vale que aún deben jugar, pero no se ha visto casi ninguna camiseta azul, sólo un kilt (y con camiseta All Black) y ni siquiera en las tiendas hay merchandising oficial de los escoceses, sólo la curiosa camiseta con los flancos de tartan que se pudo ver, medio escondida, en la tienda oficial. Con Escocia viniendo de menos a más gracias a un rugby más vistoso que el que la tradición señala y con un grupo revuelto gracias a Japón, confiamos en que nuestros adorados escoceses vayan abandonando los wee bit hill and glen y entrando en las tierras del Sur. El rugby no es lo mismo sin ellos.
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Irlanda ganó con comodidad a Canadá, que no parece ser una referencia válida para tomar el pulso a los Chicos de Verde. Irlanda volvió a dar la sensación de máquina de rugby, pero habrá que ver qué pasa en su enfrentamiento contra Francia quien, asombrosamente vestida de Gales, terminó de confirmar que el futuro de los italianos es cada vez más complicado.

Quizás la mayor incógnita para los irlandeses esté en Francia y en Argentina, con quien teóricamente se cruzarían si son primeros de grupo y los Pumas segundos. Argentina ha demostrado que no ha venido de turismo y tienen ganas a los irlandeses. Francia podría poner en cuestión eso de que serán segundos de grupo, con lo que muchos de los pronósticos saltarían por los aires. Por su parte, de ese lado del cuadro sale el rival de Inglaterra, que no tiene tan buena pinta como se presumía … interesantísimo ese lado del cuadro.
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En Wembley, ni más ni menos, 90.000 personas incluyendo multitud de neozelandeses, muchísimos argentinos muy entendidos en rugby, unos chilenos muy ruidosos, gran cantidad de irlandeses, uno o dos escoceses, gran cantidad de españoles y muchos, demasiado franceses (y demasiado mal educados), los Pumas jugaron un partido fantástico ante un equpo neozelandés que sumaba más de 1.000 caps (a 70 de media, más menos …) que terminaron perdiendo. Perder no le gusta a nadie, perder así contra los All Blacks es otra cosa.

Muchas cosas se pueden decir del partido. La primera, que si los Pumas no salen nerviosos y ansiosos los primeros diez minutos, quizás habrían tenido 6 puntos más de ventaja a medio tiempo; lo segundo, que Richie McCaw ha terminado por ganarse una mala fama que lleva a una buena parte de la afición a abuchearle cada vez que le enfocan, aunque esta vez la zancadilla mezquina sobre Fernández Lobbe sí mereciera la reprobación pública. Más cosas: Sonny Ben Williams contribuyó en buena manera a cambiar un partido en el que Ma’a Nonu pareció gris y tristón, Conrad Smith se fue al Sin Bin, Retallick volvió a demostrar que su presencia intimida a todos y Aaron Smith es más listo que el resto. Dicho esto, los verdaderos protagonistas fueron los Pumas, dominadores en ataque y en defensa en la parte central del choque, entre el minuto 15 y el 60; pero, ay amigos, los All Blacks son demasiado fuertes para jugar 45 minutos y en el espacio que va del 60 al 70, tras varios cambios, dieron la vuelta a un partido que hasta entonces se les había atragantado. Del partido salen reforzados los Pumas y los All Blacks pasan a estar bajo la lupa: salir tan convencidos de su poder demoledor en el último cuarto les puede pasar factura con otros equipos.

Y, horas antes, y entre gritos de admiración en un pub céntrico, Georgia daba una clase práctica de cómo placar todo lo placable y ganaba a Tonga, primera sorpresa del día. Tonga, con muchos kilos y muchos caballos de vapor, no pudo con los malencarados georgianos, quizás candidatos a poner en muchos aprietos a Namibia y, sobre todo, a castigar las costillas de cualquiera que se le ponga por delante. Jugar contra el rival que acaba de medirse a Georgia empieza a ser una ventaja para el que no ha sufrido recientemente las embestidas de ese tropel de porteros de discoteca con barba hasta las bolsas de los ojos que se anotaron su primera victoria en un mundial y dejaron a los tonganos llenos de cardenales para los próximos cinco días. Un equipo a vigilar, más que por poder clasificarse, por poder lesionar a medio grupo.
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El Atleti jugó un partido la mar de soso y peligroso a ratos que sirvió para bastantes cosas, a pesar del tedio. El Getafe no parece demasiado enemigo y por tanto Simeone hizo eso que se hacía antes en el Calderón: pruebas. Salieron varios de los que no suelen jugar, salió alguno de los que aspira a jugar más, salió uno que no creemos que deba jugar más y salió el Atleti con tres puntos más. Salir-más, salir-más, el mantra del recién divorciado, del que ha perdido 15 kilos de golpe, de la tropa que visita Magalluf.

El experimento local, además de tres puntos estupendos, dejó unos cuantos mensajes al respetable. 

1. Ferreira Carrasco no parece tener demasiado sitio en el equipo. Si lo que tiene es lo que mostró ayer, quizás sea mejor que salga los segundos tiempos como hizo en Sevilla y quite minutos a los titulares. Por ahora no parece funcionar y es posible que necesite algún tiempo de adaptación aún. A día de hoy, y esperando equivocarnos, parece un fichaje caro y no demasiado adecuado a lo que necesita el equipo. Confiemos.

2. Siqueira volvió a hacer oposiciones a salir del equipo y no jugar más. Enloquecido, inoportuno, torpe y poco listo, Siqueira consigue que el resto del equipo se crispe, se ponga nervioso, pierda concentración, calidad, contundencia. Siqueira juega en corto cuando hay que jugar en largo e intenta hacer un caño cuando hay que pegar un patadón. Tiene potencia, tiene regate y tiene hasta un verbo fluido en las entrevistas; lo que no parece tener es idea de en qué consiste el fútbol que juega el Atleti. O mucho mejora o mucho empeoran Filipe Luis y Gámez y Lucas Hernández, o Siqueira parece ahora el cuarto candidato a jugar de lateral izquierdo … y es muy grave eso.


3. Óliver Torres es un gran jugador que hace cosas de jugador no tan grande. Pierde balones en malos momentos, se complica cuando no debe, fuerza al equipo a recuperar posiciones al sprint por entretenerse demasiado en recursos barrocos. Con la calidad que tiene, con la visión que tiene, con la técnica que tiene y con la pinta de pillo de esos que van en scooter trucada sin casco por las playas de Barbate, Óliver Torres tiene todo para ser un jugador importantísimo; todo, salvo la calma y la experiencia, que son cosas que se consiguen con tiempo y partidos. El problema es que si se convierte en un generador de inferioridades, en un pasador al contrario o en un perdedor de balones, con Simeone tendrá mucho menos tiempo del necesario para mejorar, porque el Atleti simplemente no se puede permitir ese lujo. A vigilar de cerca, esperando que se cumplan nuestros mejores deseos de ver al jugadorazo que parece ser.


4. Saúl jugó en el doble pivote y lo hizo muy bien, con mucho despliegue y fuerza. A su lado jugó bien Gabi, que quizás tenga sus mismas características. Quizás Saúl se complemente mejor con un jugador del corte de Tiago, sensato, táctico y pausado; ayer, cuando salió Tiago, el Atleti dejó de correr por todas partes y todo tuvo más sentido. El buen momento de Gabi y la solvencia ayer de Saúl nos dan tranquilidad en la parcela más pulmonar del centro del campo; mientras tanto, todos rezamos porque Tiago siga así mucho tiempo, al menos hasta confirmar que Kranevitter puede hacer esa función, algo que el que suscribe ignora.


5. Savic no tuvo mucho trabajo pero lo que tuvo lo hizo bien. Cerca tuvo a Juanfran, de nuevo espléndido, y a Godín, fantástico incluso a la hora de cubrir las lagunas del incomprensible Siqueira. Savic fue bien caro (15 millones más Mario Suárez) y debería ser un central de muchas garantías, aún por detrás de Giménez. Ayer dejó buen sabor de boca.


6. Griezmann es, sencillamente, asombroso. Un gol nada más empezar el partido, tras definir estupendamente. Otro gol al final del mismo, rematando de aquella manera un pase de Jackson que le dejaba el gol franco. Entre tanto, no tanto: carreras, cambios de posición, ratos de segundo delantero, ratos echado a la banda en un 4-1-4-1 o un 4-2-3-1…. Pero al final, dos goles como dos soles y la sensación de que es un jugador iluminado por el rayo divino. Miedo dan las ganas que tendrán en el palco por dar el pase.


7. Pero si alguien de la delantera se va del equipo, nos tememos que Correa ocupará el hueco sin problemas y con brillo. Rápido, con ganas, habilísimo  e incansable a la hora de recuperar, Correa dejó claro tener eso que hace diferente a un jugador, eso que no se sabe explicar pero se ve rápido, eso que tienen sólo unos pocos. Correa formó un lío nada más salir y la afición abría mucho los ojos cada vez que la tocaba, esperando una jugada mágica o un regate de artista. Correa tiene una pinta excelente y a bote pronto uno diría que nos hará sonreír muchísimas veces. Tras lo de ayer, hay ganas de verle mucho más.


8. Jackson Martínez dio un buen pase de gol … y poco más. Algo apático, lento y bastante despistado, a Jackson parece que le está costando enterarse de cómo debe jugar. Ayer el público le dio una pista aplaudiendo una de las escasas ocasiones en las que se pegó una carrera para presionar al portero rival. Jackson ni trabaja como Torres ni tiene la habilidad para retener el juego que tenía Mandzukic , aunque de vez en cuando deja caer una perla técnica que sugiere que tiene cosas que aportar. Por ahora, Jackson es bastante insulso, algo vago y parece muy despistado. Lo bueno es que sólo puede mejorar. Lo aún mejor es que está en manos del Cholo: si un cenutrio como Diego Costa acabó entiendo lo que se pedía de él, entendemos que Jackson también lo hará. 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Nosotros, a lo nuestro




Tras la derrota contra el Barcelona el pasado sábado, hubo al parecer un clamor (o eso cuentan que ocurrió en ese mundo paralelo  e irreal que son ciertas redes sociales) denunciando la aparente mezquindad del planteamiento del Atleti,  la racanería del entrenador a la hora de alinear jugadores de pellizco, el despilfarro que supone haber fichado y fichado jugadores de toque y finta para luego entregar el balón al rival. Un clamor de denuncia, en definitiva, contra la súbita conversión del Atleti que ganó la Liga hace bien poco en equipo pequeño con aspiraciones lejos de lo que la afición demanda.

Es sabido del gusto reciente de medios y aficionados más jóvenes por el fútbol de filigrana fútil y bota de colorines, pariente chico y mediático de ese deporte que muchos hemos practicado en el que cabían prodigios técnicos y honradas bestias pardas, zurdas de seda y cuellos de boxeador, fieras corrupias y espadachines de salón, colibrís y osos pardos. Según el gusto modelado en los últimos años, a ciertos aficionados el contraataque les parece cosa de equipo pequeño y el motor físico es cosa de quieroynopuedos, siendo únicamente aceptable el juego de posesión y triangulación infinita, de tacón y regatito, de celebración ensayada, escudo besado en la presentación y cejita recortada para el anuncio de after-shave. La arrancada física, piensan algunos, es cosa de equipos bastos; lo mismo ocurre con la presión fiera, con la cabeza fría para esperar y provocar errores y la cabeza caliente para salir a tumba abierta una vez el rival ha perdido los papeles, con la cabeza marcada de cal de tanto despejar balones laterales.

A raíz del partido del Barcelona, parece que muchos aficionados pusieron el grito en el cielo por no ver un Atleti triangulante y dominador frente al Campeón de Liga, Copa y Copa de Europa: Fulano no vale, Zutano no vale, Perengano está acabado, Simeone es un cobarde. La afición del Calderón, maravillosa para muchas cosas pero desesperante para otras, ha sido lenta para apreciar lo que hacían ciertos jugadores e injusta con muchos futbolistas limitados pero honrados, ha abucheado a tipos admirables y ha aplaudido a rabiar a comadrejas. Ahora una parte parece que reclama del equipo un juego lleno de dorados, balaustradas y figuras de Lladró que cierta prensa y ciertos audaces opinadores con ganas de llamar la atención exigen para acabar de una vez por todas con el juego de presión solidaria, robo de balón y ataque fulgurante que llevó al equipo a ganarlo casi todo en pocos años.

Así, de buenas a primeras, algunos opinan que el Atleti no funciona, que el equipo está mal hecho, que el entrenador ha tocado techo, que las cosas se hacen rematadamente mal para lo que se merece esta afición de repentino morro fino que muchas veces no distingue un jugador de fútbol de un striper, una figurita de plomo o un krausista con espinilleras.

Qué cosas pasan, oiga, qué cosas pasan.
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Salió el Atleti al campo en Estambul mirando a las gradas llenas de gente y en ese preciso momento al menos dos mil periodistas y treinta mil aspirantes escribieron en un folio en blanco algo sobre el Infierno Turco. El Infierno Turco es a estas alturas un pariente más al que los equipos visitan una o dos veces al año por su onomástica. A ver señores, péinense bien que esta tarde vamos a ver al Infierno Turco. ¿Al Infierno Turco? ¿Otra vez? Si hijo, ya sabes que de vez en cuando hay que ir a ver al Infierno Turco a ver qué tal está, a comprobar que come bien, a regarle un poco las plantas a las que no llega. El Infierno Turco tiene mala fama pero recibe muy bien a los visitantes vestido con chilaba blanca y tarbush, les da té y pastas y, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz y mirando por encima de los cristales, pregunta por los niños y por la salud de uno. ¡Hola majos! ¿Todo bien? Qué bien que vengáis a verme, sentaos, sentaos, coged una pasta, ¿queréis té o café? Si tenéis calor abro una ventana o pongo el ventilador, vosotros diréis.

El Infierno Turco, eso sí, es algo cansino con tanta visita pero le gusta mucho a los periodistas porque así luego puede hacer juegos de palabras diciendo que el Infierno Turco se convirtió en el Paraíso, del Infierno Turco al Cielo, Fulano se inmola en el Infierno Turco, Zutano enfría el Infierno Turco, el Infierno Turco se convierte en la Calle Infierno, la de los cacharritos. Hay que ver con el Infierno Turco, a ver si les dejan en paz con tanto adjetivo infernal y tanto juego de palabras de segunda y tercera mano.
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Salió el Atleti al campo ves-tidó-deá-zul, con su camisita y su canesú, y con una alineación diferente a la del sábado que, eso sí, mostraba un dibujo parecido: mismos centrales, mismo lateral derecho, Siqueira por Filipe Luis (al parecer con molestias); en el centro Tiago y Saúl, que salió por Gabi; Koke en un lado, Griezmann al otro (cambiando), Vietto y Jackson Martínez. En principio, una importante novedad: tres puntas, aunque uno de ellos, Griezmann, más bien salió pegado a una banda por detrás de los puntas, a la altura de Koke. Eso sí, Griezmann cambió de banda, filtró pases, buscó rematar de segunda línea y meterse en el área chica y terminó jugando más o menos donde le apeteció en cada momento. Mucho más cómodo que contra el Barcelona, el equipo entero y Griezmann en particular hicieron un estupendo primer tiempo, mostrando mucha superioridad sobre el Galatasaray, equipo bastante menos fiero de lo que los juglares del Infierno Turco habían glosado.  Tras el partido del sábado, producía especial interés ver cómo iban a jugar los dos jugadores más desafortunados frente al Barça, Koke y Griezmann.

Para tranquilidad de todos, Koke jugó bien. Quizás corriendo de más de lo que debe todavía en algunas fases, Koke recuperó balones, levantó la cabeza, jugó bien en corto y metió un fantástico pase largo en el segundo gol que Godín, imperial durante todo el partido, centró con autoridad a Griezmann. Tras su decepcionante partido contra el Barça, Koke volvió a transmitir confianza y poderío, y mantiene por tanto en la hinchada la esperanza de que este año sea el líder silencioso, batallador y técnico que el equipo necesita para gestionar los partidos grandes. Por ahora no salió bien el del Barcelona, pero salió mejor el de ayer, como el de Sevilla.

Griezmann, por su parte, volvió a dejar claro que lo suyo con los goles es una historia a caballo entre el amor y la precisión quirúrgica. Mucho más libre y cómodo que en el partido contra el Barça, Griezmann empezó detrás de los delanteros en la banda derecha y más tarde se pasó a la izquierda; jugó entre líneas, jugó con los medios, jugó con los delanteros y metió un gol magnífico a pase de un estupendo Juanfran, un gol de calidad y finura, un gol difícil resuelto con maestría y precisión de snipper de los Marines, un gol al primer toque, de lejos, junto al palo, imparable, un golazo. Volvió a marcar desde muy cerca de la línea tras gran pase y gran cabezazo de Godín, y con eso y un bizcocho (turco) cerró el partido y santas pascuas, oiga. Cuando Griezmann está cómodo e implicado, aunque sólo sea un tiempo (ayer se tomó el segundo sabático), el Atleti marca más, marca en momentos importantes, marca la diferencia. Si llega a andar más fresco y da a Torres un balón que le quedaba en bandeja para marcar en vez de tirar al portero, su partido habría sido aún más redondo.

Despejadas las dudas sobre dos de los más desafortunados contra el Barça, y despejada también sobre Óliver Torres, que salió un rato y regó el césped de perlas, conviene centrar la duda sobre los que no jugaron el sábado. Siqueira jugó en su línea de desatino y disparate mezclado con buenas carreras y muestras de una técnica que, bien usada, le convertirían en un jugador notable. Saúl, en el doble pivote como ya se le vio en pretemporada, estuvo sólido y solvente, con menos brillo del que puede dar pero anunciando muchos minutos este año. Vietto, mejor que en otras ocasiones, dejó entrever síntomas de mejoría: pareció entenderse bien con Griezmann y Koke, se quitó en parte el empanamiento que le vimos en Cádiz y se apuntó a la lista de candidatos a alternativa de ataque.

Párrafo aparte merece Jackson Martínez. Titular al fin, algo que parecía lógico tras el palizón que se pegó Torres el sábado, Jackson emitió llamativas señales de despiste y falta de ritmo. Lento, pesadote, trotando y casi nunca corriendo, Jackson pareció no haber entendido aún qué se espera de él. Torpón y algo desbordado, ni desempeñó esas tareas de primer defensa que Simeone exige a sus delanteros centro (y que también hace Torres) ni apareció en ataque. A la postre Jackson no jugó ni de delantero rematador ni de delantero presionador ni de delantero portor de las estrellas del triple mortal que frecuentan el medio campo del Atleti estos días. Cuesta pensar que un tipo con ese físico no sea un tormento para las defensas, o que alguien que ha marcado tantos goles en Champions anduviera ayer por el campo con ese aire de qué hago yo aquí; de haber sacado un mapa de la espinillera, algún amable estambuleño le habría preguntado si buscaba algún sitio en especial o le habría recomendado una óptica. A Jackson parece faltarle aún mucho para ser el jugador que al parecer es; no obstante, ni Griezmann ni Falcao ni algún otro fueron capaces de hacerse con el manual de instrucciones del puesto nada más llegar y luego fíjense Vds la que liaron.


El Atleti ganó con autoridad un partido importante, sobre todo por venir de perder en casa por la mínima - y por culpa de unos cuantos detalles - ante el equipo campeón de casi todo. La imagen que el Atleti dejó ayer en Istambul (not Constantinople) fue de equipazo solidísimo, lo que confirma el hecho de que fuera tratado por el equipo local como tal; resulta curioso por tanto que tras sólo unas pocas jornadas de liga la mismísima afición que llena la grada vestida de pielroja se plantee si el carácter del equipo de Simeone ha dejado de ser competidor para convertirse en mendicante. Lo dicho, nosotros, a lo nuestro. 


domingo, 13 de septiembre de 2015

Planteamientos, teorías y tipos bajitos de Rosario


Recién empezada la liga y ya llegaba el Barça al Calderón en un momento que la parroquia rojiblanca intuía como bueno. El Atleti, que había empezado en casa contra Las Palmas con aire de equipo en pretemporada, había hecho un muy buen partido en Sevilla y había ganado con la contundencia de los campeones, esto es, con más diferencia en el marcador que en el juego. El Barça, por su parte, venía con una defensa rara y tras dejar la sensación aquí y allá de que no era tan invencible como a finales de la temporada pasada, quizás no es mal momento para que venga esta gente al Calderón, quizás no es mal momento.

Con estas ideas en mente llegaba la gente al campo, a ver un partido de esos en los que el Atleti busca mandar y asustar desde el principio e incluso apabullar al visitante. Al menos esa era la audaz opinión de muchos atléticos alicorados y enfervorizados por los espirituosos, con esa euforia tan de bar de cerca del estadio antes de los partidos en el que coinciden amigos tomándose tranquilamente una cerveza viendo el baloncesto y familias repartiendo bocadillos a los niños en el preciso momento en el que irrumpe un grupo exaltado ataviado con la misma camiseta de la peña del pueblo cantando oleoleolecholosimeone, jugadore juugadooreessss  y esas tonadas propias de nuestra grada que en ciertos momentos nos hacen hervir la sangre y en otros, cuando se cantan al borde del desgañitamiento y no procede en el ambiente, nos dan así como pudor. Quizás la LFP, que ayer repartió una Guía del Aficionado a la manera de la que lanzaron Los 50 para el Calderón, debería incluir un apéndice para explicar a las hinchadas que entrar a voces en un bar lleno de gente es parte de la tradición, pero no necesariamente agradable para el oído.

Pero como parece habitual últimamente en los partidos más disputados, el Ateti salió menos a apabullar y más a esperar, a robar más que a crear, a ver fisuras y aprovecharlas más que a echar abajo las puertas del castillo a cabezazos. Como ya hemos visto en otros partidos de mal recuerdo, el Atleti pareció salir emboscado en busca de un fallo del rival en un pase, en un regate, a presionar a arriba convirtiendo al delantero centro en el primer defensa, a provocar errores tras dos, tres pases apurados por la presión sobre el rival. El Atleti salió a jugar con actitud, como dicen algunos, de equipo chico. Y ¿saben qué? Al que suscribe no le pareció tan mal, desde luego no tan mal como a otros. La realidad es que no funcionó, pero … ¿por qué? A ver si conseguimos explicarnos.

Simeone tiende a plantear partidos contra equipos de calidad teóricamente superior de forma algo reservona. Esperamos, presionamos, si robamos lanzamos la contra y buscamos hacer daño; que la pelota la tengan ellos, que intenten, que busquen, que se desesperen intentando encontrar un hueco, que se precipiten, que cometan errores. Así se planteó el año pasado algún partido de mal recuerdo y la crítica atoropasadista que todo lo sabe ya hizo bastante leña del árbol caído entre compra y compra en el Comunio. El planteamiento le parece a muchos triste e indigno de un reciente Campeón de Liga, injustificable para un equipo que cuenta con buenísimos jugadores y gasta una fortuna en fichajes cada año. Y hasta ahí, entendible.

Es posible también que un planteamiento menos oportunista y contraatacante, más basado en mantener el balón y empujar y empujar al rival hasta derribar a soplidos la casita de paja en la que parecía haberse convertido la defensa del Barça podría ser esperable en un Atleti cuya plantilla actual, con más jugadores de toque fino que de corneta y tambor que otros años, fuera una alternativa posible. ¿Tiene sentido salir a jugar de tú a tú a un equipo con uno de los mejores centros del campo de Europa? Quizás sí. ¿Es lógico darle el balón al Barça teniendo en la plantilla jugadores capaces de guardar y gestionar la bola con solvencia como hay este año en el Atleti? Quizás no. ¿Es razonable esperar que un equipo con Busquets, Iniesta, Rakitić, Neymar, Alba, Mascherano y Rafinha en el campo pierda el balón con facilidad? Quizás tampoco. Pero quizás el planteamiento de Simeone no fuera tan descabellado.

El Barça que vino al Calderón, sin Messi ni Piqué ni Alves pero con todos los demás, presentaba un flanco fortísimo y uno más débil. Entrar por su izquierda, la banda en la que estaban Alba, Iniesta y Neymar, no parecía lógico sobre todo sabiendo que a la derecha quedaban Sergi Roberto y Rafinha, los jugadores teóricamente más vulnerables. De igual modo, permitir que el Barça entrara por su ala izquierda parecía suicida, o al menos más problemático que dejar que el juego se venciera a la derecha. Partiendo de esa premisa, en la grada se esperaba más presión cuando el rival intentara salir por su lado bueno, y más efectivos en el ataque del Atleti por su lado débil cuando se tuviera el balón.

Lo primero, al menos durante buena parte del partido, se consiguió. Empezando por Torres, incansable aunque desesperadamente torpón en algunas acciones en el primer tiempo, y siguiendo por Gabi, que vuelve a ser el de hace dos años y lleva tres partidos dando lecciones de cuándo lanzar la presión, el Barça se encontraba en un embrollo cada vez que quería salir por la izquierda; como resultado, terminaba abriendo balones a su lado más débil. Y uno, que es tonto pero se fija en estas cosas, cree que era una buena idea visto lo visto, un planteamiento lógico y entendible, una buena alternativa para estrangular a un equipo técnicamente superior reforzado en su medio campo para la ocasión: darle el balón al Barça, impedir que jugase bien por su lado bueno, forzarle a llevar el balón a su flanco débil para, una vez allí, presionar,  intentar recuperar el balón, salir rápido, buscar pases profundos para Torres quien, a pesar de su despliegue físico para presionar la salida, tiene potencia de sobra  para irse de los rivales como demostró en su jugada más afortunada del primer tiempo, en la que se le fue un balón alto lanzado con la zurda.

Ahora bien, no parece que el planteamiento funcionara del todo, y uno cree que por varios motivos. El primero, el buen partido de Sergi Roberto y Rafinha, que mostraron aplomo y calma, cometieron pocos errores y no fueron la vía de agua que la alineación sobre papel podría sugerir. El segundo, y ahí creo que estuvo el talón de Aquiles del planteamiento de Simeone, que los buenos del Atleti ni robaron ni jugaron bien ni tuvieron pausa ni las ideas claras. Con los laterales más abrochados que otros días (algo que quizás sí se le pueda criticar a Simeone), más entendible en el caso de Filipe Luis que en el de Juanfran, la tarea de dar criterio a los balones recuperados en la zona de Gabi y Tiago (algo más gris ayer pero con más pausa que los centrocampistas que debían tenerla y con la visión suficiente para meter el pase del gol al espacio) y convertir el lado derecho del Barça en una herida con desangrado constate recaía en los jugadores de más talento, esto es, Óliver Torres, Koke y Griezmann. Y, cosas que pasan, ninguno de los tres funcionó como debía.

Óliver Torres mostró estar quizás algo verde para partidos tan intensos como el de ayer. Más a remolque de lo que su juego agradecería, Óliver no jugó cómodo ni alegre, pasó más tiempo tapando balones que disfrutando de ellos y, esperemos, aprendió cosas para los próximos partidos que le vengan así. No fue su peor partido pero no fue desde luego el mejor y el cambio en la media que vino a dar una alternativa más ofensiva, esto es, Ferreira Carrasco, no dio sensación de poder cumplir con sus virtudes la misión que requería el partido.

Especialmente flojo estuvo Koke. Bien echado a un lado, bien más al centro cuando Griezmann retrasó posiciones para ocupar la banda, Koke dio de nuevo la impresión de correr más de lo que debe, de llegar pesadote a los balones, de tener el tarro de las ideas cerrado con dos candados cuando recupera la pelota, de sentirse más incómodo que hace unos meses a la hora de guardar el balón, pensar y encontrar luz entre las piernas rivales. Perdió balones peligrosos e impropios de él, falló pases sencillos, no iluminó al resto con los destellos que antes eran más frecuentes, se pareció de nuevo al Koke cansado y poco fresco de los últimos tiempos que al todocampista clarividente y técnico que sabemos que es. Koke necesita pensar y resetearse, retrotraer su configuración a hace un año y pico, hablar con Gabi y saber qué ha hecho.

Y por último, Griezmann. De nuevo gris en un partido grande, y de nuevo casi superado por el rival, Griezmann estuvo pero poco: estuvo activo pero poco, ayudó en defensa pero poco, ayudó en ataque pero poco, presionó pero poco, pensó pero poco, jugó pero poco. Metió un par de pases estupendos en profundidad, se equivocó no dándolos en otras ocasiones en las que Torres lanzaba el contraataque, pasó desapercibido demasiados minutos para lo que su enorme calidad y su definitivo peso en el juego del Atleti requieren, pareció más útil al equipo echado a una banda como centrocampista por delante de los medio centros que de segundo delantero. Griezmann jugó acolibrillado y bailarín en un partido que requería más sangre y más intensidad y eso nos da especial rabia, porque ese plus que le falta para ser determinante en los partidos más grandes no está al renunciar por voluntad propia (o falta de carácter) a hacer cosas que otros jugadores mucho más limitados no discuten. Con ese talento inmenso y esa calidad prodigiosa, su papel en estos partidos debería ser mucho más protagonista.

Y aún así, con un planteamiento más reservón del que a lo mejor nos habría gustado, con los mejores jugando peor y el rival más cómodo de lo que las ausencias en la alineación indicaban, con muchísimos millones en el banquillo y casi el equipo de siempre en el campo, el Atleti tuvo el partido exactamente donde quería al principio de la segunda parte. El Barça pudo marcar en el primer tiempo tras un jugadón de Iniesta y buena parada de Oblak a tiro de Rakitic, pudo marcar en un córner (de nuevo, malas noticias en los córners en contra, que ayer se sumaron a un par de contraataques tras jugadas a balón parado a favor) pero Luis Suárez la mandó al larguero, pudo marcar en un contraataque lanzado por un fantástico pase de Mascherano a Luis Suárez que Giménez y Godín, de nuevo espléndidos, cortaron por arriba y por abajo. Pero el Barça no marcó y sí marcó Torres en la segunda que tuvo en profundidad, esta vez con la derecha, tras un pase fantástico de Tiago y tras ganar la carrera (ejem) a Jordi Alba, uno de los laterales más rápidos de la Liga. El plan reservón y algo rácano y el mal partido de los buenos parecía que podía tener un buen final.

Pero no. Neymar metió un golazo espectacular de falta (una falta quizás evitable, hecha en el mejor sitio posible para un lanzador diestro) y poco hay que oponer a semejante tiro; si acaso, decirle a Neymar que se dedique a hacer estas cosas y no a tirar besitos, como acostumbra, y se ganará el respeto que ahora no tiene. Cinco minutos le duró la victoria al Atleti, algo duro cuando había costado tanto marcar. Y aún así, el empate, visto lo visto, valía.

Pero llegó el giro final. Messi, en el banquillo tras su viaje a Argentina y haber sido padre pocas horas antes, salió a falta de media hora y cambió absolutamente todo. Ni plan A ni plan B ni cambios en el Atleti (decepcionantes, sobre todo si uno tira de calculadora y suma el cerro de millones que salió del banquillo a intentar recomponer la situación): salió Messi y demostró ser el jugador más determinante que hayamos visto en años en el Calderón. Andando, tranquilo, casi perezoso, sobrado, Messi dejó una imagen aún más llamativa que en los muchos partidos que le hemos visto en el Manzanares, y a pesar del montón de goles que ya nos ha metido. Messi jugó a placer, llevando el balón pegadito al pie, rapidísimo, salvando tarascadas y cargas, obligando al Atleti a mandar cuatro, cinco, seis jugadores a pararle, creando superioridades con facilidad, desorganizando al equipo, haciéndole pasar un tormento. Aguantó el balón, aguantó a los defensas y centrocampistas rivales, aguantó entradas por alto y por bajo y, no contento con ello, también le dijo al árbitro qué debía pitar y dónde. No recuerda uno a un jugador diciéndole al árbitro dónde quería exactamente que se parase el juego tras las repetidas cargas de Giménez; tampoco recuerda uno, por cierto, un jugador capaz de soportar tantas cargas de Giménez sin irse al suelo, y menos de ese tamaño.

Y aún así, aún encajando un gol de falta justo después de marcar el suyo, aún intentando hacer frente a un jugador con una influencia en el juego de su equipo y del rival sin comparación en esta liga, aún sin jugar bien y con poco alma, el Atleti perdió por otro detalle. Una tontería entre Griezmann y Gabi, un par de torpezas por no pegar un pelotazo, un balón que llega a Luis Suárez, un pasecito a Messi y una definición prodigiosa ante Oblak, casi imposible para otro jugador, dieron la victoria al Barça. Quizás merecida, quizás justa, pero no escrita con letra firme ni apabullante ni autoritaria.

El Barça volvió a ganar sin hacer demasiado al correoso Atleti de Simeone, que de nuevo se vio achicado ante un equipo que parece agrandarse sin motivo a ojos de los jugadores del Atleti, que empiezan a ver imposible meterle mano al equipo de Messi. Igual que pasara hace unos años con el equipo ese en cuyo estadio hay un Juteco, el Barça no parece necesitar hacer un partido brillante para ganar en uno de los estadios más complicados de Europa. Quizás un planteamiento más ambicioso de Simeone sea la solución; quizás la solución esté en que Messi se quede en su casa jugando a la brisca; quizás el tiempo dé al Atleti de este año la clave para ganar en el Camp Nou. Quizás, simplemente, el Barça fue mejor ayer. Quizás, quizás, quizás.