domingo, 25 de enero de 2015

De frío, visitantes y tortillas francesas


Como todo el mundo sabe en la capital, noche de sábado de enero en el Calderón equivale a pasar frío. No un frío siberiano ni un frío polar, no un frío mesetario ni un frío industrial, no un frío soriano ni como el que se siente en el resto de Madrid, no: un frío diferente, el frío del Calderón.

El Manzanares, que es un río chico y navegable a caballo (en frase atribuida a al menos cinco autores) no vale para el transporte de personas ni de mercancías, ni es una salida viable hasta el Tajo o el mar. El Manzanares, en su tramo madrileño, no tiene puerto ni nutre de pescado fresco a los mercados del centro ni tiene un ecosistema delicado en el que se reproduzcan el martín pescador, la garza imperial, la nutria común, el desmán pirenaico o la salamandra de Gredos; como mucho da de comer porquerías a gaviotas y cormoranes y algún que otro pájaro inmigrante marinero que llegó a la capital remontando ríos y arroyos y se quedó para poder ver desde arriba los partidos de Arda Turan, como esa bandada de aves no identificadas que ayer sobrevolaban los alrededores del estadio, iluminadas por los focos, blancas blanquísimas sobre el fondo negro negrísimo del cielo del Calderón.

El Manzanares, pues, no es un río de renombre ni una fuente de inspiración para poetas y cronistas de la Corte ni un ejemplo de curso fluvial sostenible. Pero el Manzanares, chiquitajo y sucio, con el curso cortado por presas y represas y saltitos de agua que no dan ni para encender una bombilla de bajo consumo, es el orgulloso inventor y titular de la patente de un frío endémico, un frío especial, un frío que sólo conocemos los que pasamos las noches al relente, sentaditos en la orilla viendo el fútbol. Un frío suyo y sólo suyo, característico, inesperado, un frío propio. Un frío denominación de origen, un frío de interés turístico regional, un frío con personalidad propia y la suficiente mala baba como para acabar con el más recio de los que desafían al frío (excepto, claro está, Raúl García y su manga corta).

El frío del Calderón es un frío que engaña. Cuando el aficionado novato va al Calderón y se le avisa del frío tan grande que hace allí, tiende a abrigarse la mar de bien y llegar al estadio inflado cual orca playera, forrado, redondo. El aficionado novato siente que quizás se abrigó demasiado cuando, al entrar al campo a eso de las ocho de la tarde, ni el aire le corta la cara ni las yemas de los dedos pierden sensibilidad, pero sospecha de que algo raro ocurre cuando ve a los más expertos del lugar llevando mantitas, gorros, guantes gordos y petaca.

No obstante, el novato se ha forrado de capas y capas térmicas antes de salir de casa y su primer ratito en la grada es, por caluroso, hasta molesto. Ahí empieza el error y ahí empieza la misión del frío del Calderón. El aficionado novato, seguro de sí mismo, empieza a pensar si no se equivocó al ponerse calzoncillos largos, camiseta pegaíta y un jersey de lana que pica una barbaridad. Ufano, casi desafiante, empieza a abrirse el cuello del gabán y a mirar con desdén al resto de la grada, que permanece inmóvil, conservando cada caloría cerca del pecho con el celo del que conserva la condecoración del abuelo. Error: el hincha colchonero de grada y petaca sabe que, en el Calderón, caloría que se pierde es caloría que no se recupera y que el frío del Calderón que acecha, que al principio parece moderado y amable, acaba siendo letal cuando quedan veinte minutos de partido.

El frío del Calderón es durante los primeros minutos un frío poco amenazante, un frío bajito y con gafas, un frío con aspecto de ordenanza de ministerio antiguo o de funcionario de correos de oficina de capital de provincia castellana. Pero, ay del que se confíe, igual que ay del que se envalentone con los bajitos que se meten en las peleas de bar. Porque el frío del Calderón, sibilino y metódico, deja que los novatos se vengan arriba y se quiten la bufanda para, poco a poco, meterse por costuras y rendijas hasta llevar el relente hasta la rabadilla del visitante, facilitando el desembarco del virus de la gripe, su gran amigo del alma. El frío del Calderón, poquito a poco, se va haciendo con todos y cada uno de los asistentes, empezando por el inglés que vino de despedida de soltero en camiseta y chanclas y pensó que en Madrid todo es sol y sangría, y terminando por el aficionado más experimentado que ese día, por error, dejó pasar una mínima cuchilla de aire por la zona del cuello y terminó con una contractura de esas que sólo quita un fisioterapeuta dándole a uno una paliza.

Si el Club tuviera ojo comercial más allá de que quedarse con las comisiones que generan los traspasos, harían del frío del Calderón un reclamo comercial, embotellando dosis de ese frío único para vender a propios y extraños. El frío del Calderón, con sello de autenticidad y garantía de respeto al medioambiente en su recolección, podría venderse en tarros de medio y un litro, con propiedades más allá de las medicinales.

“¿Quiere Vd evitar ir a esa reunión de trabajo en la que le van a poner como un trapo y bajarle el sueldo? ¿No le apetece ir a la Comunión de ese niño odioso del vecino de arriba que pasa la hora de la siesta tirando lo que parecen canicas sobre la zona de su sofá? ¿No encuentra manera de evitar acudir a la barbacoa del pelma de su cuñao? Frío del Calderón® le garantiza una gripe monumental en tan sólo dos horas. 
Instrucciones de uso: abra el bote de Frío del Calderón® en la habitación y deje actuar dos horas. A pesar de que al principio le parecerá que no es para tanto, no lo dude: a la mañana siguiente tendrá Vd varias décimas de fiebre, la garganta hecha un asco y la voz como Pepe Isbert.

Frío del Calderón® … ¡Sus muertos, qué frío!”

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Jugaba el Rayo en el Calderón y en toda la zona del fondo Norte en la que se sitúa la afición visitante, no había ni un alma. Sí se veían algunas bufandas del Rayo por las gradas, posiblemente menos que aficionados visitantes, algunos probablemente incómodos a la hora de llevar distintivos tras los horribles acontecimientos recientes y por tanto inclinados a dejar la bufanda en casa para evitar situaciones desagradables. Una pena, una verdadera pena, sobre todo cuando hablamos de ese equipo admirable que cuida de sus vecinos y ex-jugadores, todo un ejemplo, un orgullo.

Las peñas del Rayo decidieron no ir al Calderón ante las medidas impuestas a los visitantes: sólo se permitía entrar (entendemos que a la zona visitante, no a cualquier otra localidad de libre venta) a los abonados identificados como tales que hubieran comprado su entrada a través del Club. Este exceso de celo, interpretado como criminalización general, venía (intuimos) causado por la voluntad de la Policía de evitar cualquier tipo de situación peligrosa, vistos los antecedentes recientes.

Que hay que hacer algo contra la violencia en el fútbol es indiscutible; de hecho, es algo que muchos venimos reclamando desde hace años. Que las medidas encaminadas a prohibir casi todo resultan exageradas tras años de indiferencia total también parece evidente: es complicado pedir ahora a los hinchas un rigor total en lo que dicen y lo que hacen cuando desde hace años los clubes jalean a los más bestias y las autoridades miran hacia otro lado cuando las cosas han pasado de lo razonable, sin que pase nada.

No es de recibo que uno no pueda ir tranquilamente al fútbol, a su campo o el del rival; tampoco es de recibo, piensa uno, que la afición del Rayo, cuyo campo está a pocos kilómetros del Calderón y con la que siempre ha habido un vínculo de simpatía y de respeto (hasta que los grupos más radicales decidieron odiarse por motivos políticos, sin preguntarle a nadie más de la grada), no quiera acudir al estadio del Atleti. Que la solución no es fácil parece claro; que actuar a la tremenda y por las bravas una vez ha ocurrido una desgracia parece una solución excesivamente simple para un problema complejo.

La situación vivida ayer en un Calderón sin vecinos no es buena. Sirva pues como punto de reflexión para aquellos que tengan la responsabilidad de buscar una solución viable que permita a la gente ir al fútbol sin miedo pero sin estigmas; sirva también de reflexión, si es que es posible, para aquellos que han causado esta situación absurda gracias a una forma equivocada y salvaje de entender el amor a unos colores, los mismos que comparten las aficiones que ahora se ven perjudicadas por sus lamentables actos. Sirva también de reflexión, por cierto, para aquellos partidarios de las medidas ejemplificantes, tan fáciles de imponer a las aficiones y tan escasas en el caso de ciertos clubes y jugadores.
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Salió el Atleti al campo con un equipo interesante, por lo distinto, y salió el Rayo vestido raro, como de equipo de fuera, como de equipo sueco, o checo o hasta francés. Con franja diagonal, sí, pero azul oscura sobre fondo azul más claro: una camiseta rara, oiga, para qué vamos a ocultarlo.

Del partido en general, jugado bajo una media luna turca que flotaba sobre tribuna en honor a Arda Turán y que fue bueno a ratos, malete otros y muy bueno a fogonazos, destacan tres nombres: uno por desesperante, otro por desconcertante y el último por deslumbrante.

El desesperante del partido fue, nuevamente, Siqueira. Siqueira, que tiene velocidad, regate de fútbol sala y fuerza como para ser un buen jugador de fútbol, sigue empeñado en convencer a la grada - que ya se refiere a él como “Chorlito” Siqueira - de que cuando coge el balón es mejor taparse los ojos e invocar a un Santo afín. Con demasiada frecuencia, Siqueira recibe un balón y se lanza al galope banda adelante hacia campo rival con la determinación del lemming que va corriendo al abismo. Siqueira lanza una patada a seguir, acelera, lanza otra y entra sin posibilidad ya de enmienda en territorio hostil; pierde entonces el balón por pura inocencia, se monta un contraataque y Siqueira corre de nuevo, esta vez en dirección a la portería propia entre las maldiciones de la grada y las voces de los mediocentros, que se acuerdan de buena parte de su familia materna. Siqueira tiende a tomar malas decisiones y ello conlleva la obsesión del Atleti por jugar por la banda derecha, alejando el balón de la zona del pobre Siqueira, que levanta la mano y pide el balón, aquí, aquí, sin que nadie se atreva a pasársela no sea que le dé una vez más por salir corriendo, echar la bola hacia delante y provocar una contra plácida para el visitante. Mientras, Siqueira, que no se entera de mucho, sigue jugando el partido con esa cara de ir buscando el baño de caballeros en restaurante desconocido que le delata jugada tras jugada, una cara que ayer, a ratos, pareció compartir un despistadísimo Juanfran.

Quienes han visto a Siqueira en el Granada y el Benfica no se explican esta dinámica de despiste general en la que se ha metido el brasileño y hay hasta quien sospecha que la razón de su ofuscamiento puede ser la posesión de su ser por un genio maligno, a la manera de Descartes, que ha confundido la razón de Siqueira y le ha transferido las características futbolísticas de Diego Capel. Ayer incluso hubo quien creyó ver el espíritu negativo que nubla la razón de Siqueira abandonando su cuerpo y campando a sus anchas por la banda izquierda, aunque luego se diera cuenta de que lo que flotaba por el césped era en realidad una gran bolsa de basura de color gris plomo que Dios sabe cómo llegó al sagrado césped del Calderón.

El desconcertante de guardia fue ayer, como en los últimos partidos, Mario Suárez. Mario Suárez, que casi no ha jugado y que cuando lo hizo a primeros de temporada mostró cierta indolencia, cierta falta de concentración y en ocasiones cierta chulería, lleva unos partidos jugando francamente bien. Lo hizo muy bien en el campo del otro equipo grande de la capital y lo hizo bien en Barcelona; contra el Granada tuvo ratos de despiste marca de la casa y contra el Rayo, ayer, estuvo a un nivel alto, ayudando y bien a Tiago y Gabi tanto en la salida a la presión como en la marca de la zona. Tuvo algún pase al contrario de esos tan suyos y tuvo también un destello de estrella, tirando un túnel en el centro del campo, llevándose el balón por potencia y metiendo un pase en profundidad, fuerte y adelantado, de los que solo meten los buenos jugadores. Estos destellos de calidad y fuerza hacen desesperarse al aficionado, que no comprende cómo un jugador capaz de estas cosas cae sin embargo en esos letargos de indolencia y provocación, en esas fases de falta de concentración y apariencia de superioridad arrogante, en esos malos partidos, en definitiva.

El deslumbrante del partido, por último, fue Griezmann. En un partido en el que Miranda demostró que su forma de meter el cuerpo para proteger el balón es digna de una cátedra en Harvard, en el que Trahorras metió un golazo colocando un baloncito junto al palo con la delicadeza y precisión de un cirujano ocular y en el que Arda Turan volvió a brillar casi tanto como la luna turca que ayer vigilaba Madrid, Griezmann se llevó los laureles con toda justicia.

Griezmann firmó una primera media hora antológica en la que no paró de moverse, correr y presionar con ese trote suyo flotante, como de puntillas, con esa pinta de Crispín, el amigo del Capitán Trueno. Bajo esa apariencia de espadachín de salón afrancesado, Griezmann hizo kilómetros facilitando la presión, robó balones (como el de su primer gol, fantástico por listo y por buena definición) y buscó los espacios con inteligencia (como en el segundo, de nuevo con una definición perfecta tras un pase en profundidad con la cabeza del peleón y a ratos muy acertado Mandzukic). Griezmann hizo ayer su partido más completo, más aún que el de Bilbao, gracias a su continua movilidad y participación, mostrando por fin la cara del Griezmann que queremos y necesitamos, del delantero llamado a marcar la diferencia cuando combine con Manzukic y su constante pelea o con Torres, con quien parece disfrutar cuando la media roba un balón y se lanzan los dos a la carrera hacia la portería rival. No contento con sus dos golazos del primer tiempo, pasado el minuto ochenta Griezmann siguió mostrando ganas y sobre todo gasolina, lanzando dos contras con el baloncito pegado al pie a velocidad de primer tiempo, una con pase a Torres y buena intervención del portero rival ante un regate que quizás pudo ser mejor y otra en un poste que le privó del hat-trick.

Pasadas las remontadas épicas rivales que luego resultó que no pretendían llegar a buen fin porque lo que les gusta es descansar, pasado el partido de Copa en Barcelona que terminó peor de lo que debería, pasados ya los partidos de la primera vuelta, el Atleti sigue mostrando perfil de equipo grande. Con la necesidad de dar descanso a algunos jugadores de la media,  con la alegría de tener 3 centrales de categoría y dudas en el lateral izquierdo (pongamos velas para la pronta recuperación de Ansaldi) y unas variantes en ataque que hace tiempo que no se veían, el Atleti empieza la segunda vuelta, la más determinante, la que viene cargada de partidos. Y lo hace bien, quizás sin deslumbrar, quizás con algunas leves sombras pero con una luz general a la que, Dios bendiga al Cholo Simeone, nos estamos acostumbrando.

martes, 23 de diciembre de 2014

2014, Año Simeoniano



El Atleti acabó el año por la Puerta Grande, remontando un partido que se había puesto muy feo y en el que, cosas del fútbol, salió el sol en un par de minutos justo después del descanso y ya no se volvió a poner.

Haber perdido en Bilbao habría supuesto dos semanas de parón con dudas, preguntas, rumores, más aun sabiendo que a la vuelta de Navidad es el primero de los partidos del año contra el otro equipo grande de la capital. Conociendo a la simpática e imparcial prensa nacional, un tropiezo justo antes del parón de invierno habría sido el momento perfecto para hablar de problemas en el vestuario, de que Simeone está incómodo y piensa irse, de descontento con los fichajes y cuestionamiento sobre la capacidad de los nuevos para sacar al equipo de problemas, de quejas durante las concentraciones por los ronquidos de los uruguayos, de amenazas de muerte al peluquero de Griezmann. Siendo además el tropiezo justo antes de un partido contra el ojito derecho de la prensa, sobre todo en este momento en el que todo lo que rodea a su equipo del alma se pregona con un triunfalismo infantil, la oleada de rumores habría sido malintencionada y, por tanto, aburridísima. De haber perdido el Atleti, Griezmann pasaría a ser desecho de tienta, Koke tendría ofertas de equipos rivales,  Arda y Godín estarían en diferentes órbitas – como la perrita Laika - y escucharíamos repetidamente eso de que “Fulano gusta en Chamartín”, en especial alguna estrella emergente como Giménez.

Pero en Bilbao el Atleti, tras un primer tiempo malo y desconcertante, decidió que era el momento de dar un puñetazo en la mesa y recordarle a todo el mundo quién, y sobre todo por qué, es el Campeón. El Atleti bajó el balón al piso, adoptó el color mimético que enseña este año cuando los rivales creen que aún vive una única versión del equipo, la del contraataque y la de Diego Costa, y armó un lío. Una jugada, la del primer gol, sirve como ejemplo de todo lo que pasó después: rosario de despejes de cabeza al rival en el medio campo de uno y otro equipo hasta que Tiago, que es el que mejor conoce el libro de instrucciones, bajó el balón en corto. De ahí, un taconazo de Raúl, un apoyo, otro, un pase de nuevo de Raúl al espacio, Juanfran que galopa y mete un centro maravilloso hacia, una vez más, Raúl y Griezmann, el autor del gol tras un remate de esos de los cromos.

El Atleti se benefició luego de un penalti que no le pareció ser al que suscribe, a pesar y precisamente por el leve contacto. Un penalti en mal momento para el Athletic, en un momento perfecto para que el Atleti dejase groggy al rival que pudo poner distancia en el primer tiempo y no lo hizo. Un penalti injusto que, de no haberse pitado, podría haber cambiado el rumbo del partido; pero se pitó y se tiró y se marcó, y la superioridad física y táctica del Atleti y sus dos goles posteriores parece que deberían valer para neutralizar el comprensible cabreo de los bilbaínos.

Del resto del partido, tres nombres propios. El primero, Griezmann, quien tras una primera parte mala acabó metiendo tres goles, uno de ellos en fuera de juego, y cerrando un partido estupendo. Y aun así, de Griezmann queremos más. No más goles, que eso sería abusar, pero sí más presencia, más fiabilidad, más responsabilidad. De Griezmann esperamos que sea el segundo Arda, el segundo Koke, el tipo con el que contar cuando las cosas se ponen feas y los espacios se achican, el responsable del destello de imaginación y calidad que convierte las cuevas en palacios rococós y las peleas de bar en torneos de esgrima. Griezmann, quien empieza a entender que a este Atleti es complicado subirse y mucho más si no se aporta, como mínimo, todo aquello que aporta el resto, está llamado a ser clave para el segundo tramo de la liga, en el que el equipo estará más cansado y habrá sido ya visto demasiadas veces por los entrenadores rivales. El Griezmann que queremos asomó ese peinado suyo como de tortilla francesa por San Mamés y eso es una noticia fantástica que nos encantaría confirmar, confirmar y volver a confirmar, como los peces fedatarios en el río.

El segundo nombre propio es de un defensa jovencito con actitud de veterano y hechuras de estibador. Giménez, por ahora, juega siempre bien, y tanto le da que sea en Turín, Bilbao o el Calderón, que él siempre está a lo suyo. A Giménez parece darle igual venir de treinta partidos en el banquillo o de un encuentro extenuante, él siempre está allí y por su zona mejor no pasar, que le persigue a uno como si le debiera dinero. Giménez no pierde el sitio ni la compostura, es agresivo y canchero, y si tiene que saltar y atizarle en la nariz a su padrino lo hace y santas pascuas, no haberse puesto ahí, oiga. En un partido en el que se esperaba a Miranda de titular y en el que Godín mostró un par de despistes de esos a los que nos tiene desacostumbrados (y que son por cierto más comunes cuando por su lado juega el cada vez más enloquecido Siqueira), Giménez pareció el veterano, la referencia, el capitán. Con Godín en un momento maravilloso, Miranda debe apretar los dientes si quiere que este chavalín con presencia de veterano del frente, actitud de legionario con bayoneta calada  y cuello de pilier no le quite el sitio en breve.

El último nombre del día es el de Saúl. Saúl, que puede llegar a ser un jugadorazo, está en ese momento en el que se espera de él un paso al frente que puede marcar su futuro. Como quizás le ocurrió no hace tanto a Koke, hoy tan consagrado que nos hace olvidar algunos días de zozobra, Saúl debe decidir qué perfil de jugador quiere o puede ser, abandonando algunas manías como esa de jugarse pérdidas de balón en momentos arriesgados y empezando a disfrutar del trabajo sordo y gris que le ofrece Simeone como pasaporte a páginas más brillantes. Saúl salió con la incómoda misión de suplir a Koke pero no completó el partido que de él esperábamos. De Saúl esperamos y deseamos más, y confiamos, sobre todo, en que se le pasen esas malas pulgas que se le ponen cuando no juega tanto como le gustaría, algo que quizás se explique él mismo cuando vuelva a ver sus partidos con más calma durante las navidades.
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Con la Navidad de 2014 se cierra el mejor año en rojo y blanco que uno recuerda, y el tercer año de la llegada del tipo que cambió todo.

De 2014 recordaremos siempre ese mes de Mayo maravilloso, lleno de angustias, victorias, reuniones y cábalas. Recordaremos esa frenética carrera de las semanas anteriores, domingo – miércoles – domingo encadenando victorias y engordando leyendas, la concatenación de partidos claves, de citas históricas cada siete días. Recordaremos el rosario de supersticiones, las llegadas al estadio siempre por el mismo camino, igual vestidos, haciendo las mismas paradas. Recordaremos las reuniones en casa, siempre los mismos sentados en los mismos sitios, las bufandas atadas exactamente al mismo palo del perchero que en el partido anterior. Recordaremos el partido de Stamford Bridge con una sonrisa de esas que aún nos duran, el partido contra el Levante y la cara, mitad de bobo mitad de preocupación, que se nos quedó después. Recordaremos la parada de Willy Caballero en el fondo Norte, evitando el gol que nos habría dado la liga en casa, una semana menos de angustia y una más de descanso, pero recordaremos siempre ese gol de Godín, vestido de amarillo y azul, en el Nou Camp ni más ni menos. Recordaremos esa liga que ahora nos parece un milagro casi imposible de repetir, el fruto de una temporada mágica con una regularidad al alcance de casi ningún equipo, recordaremos la celebración en Neptuno con Panadero Díaz y familia dando saltos en la plaza, los días en los que conocimos a todos esos jugadores maravillosos que llegaron a jugar una final hace 40 años contra un equipo de leyenda y conservan la actitud de una cuadrilla de amigos modestos agradecidos por todo lo que implique valorar su esfuerzo de entonces.

Nos acordaremos también, qué coño, de ese día en Lisboa en el que no disfrutamos antes del partido por culpa de los nervios y desde luego no disfrutamos después por culpa de las lágrimas. Pero recordaremos las llamadas de gente de todas partes contándonos cómo en su ciudad todos iban con el Atleti, cómo se acordaron de nosotros y les dio casi tanta rabia como a nosotros que el cuento maravilloso que escribió el equipo del Cholo no acabara como en los libros de hadas sino como suelen acabar las cosas en la vida. Recordaremos el domingo y lunes siguientes llenos de dolor, mal humor y silencio y cómo el luto acabó de repente cuando un novillero, mostrando casi tanto valor como para ponerse ante un toro, salió a hacer el paseíllo en las Ventas del Espíritu Santo con un capote de paseo con el escudo del Atleti bordado. Recordaremos la concentración espontánea de cientos de atléticos en el estadio para celebrar no una derrota, sino una forma de ser, de sentir, de entender las cosas. Recordaremos el desconcierto de los otros, de los que no entienden nada, ante el subidón de orgullo de los que no habían ganado una final pero habían ganado un mundo, algo incomprensible para los que miden la identidad en victorias y la dignidad en números.

Por ese 2014 maravilloso con pinta de tener una secuela brillante dentro de no demasiado tiempo, por el tiempo anterior y los años en los que nos acordaremos de esto, no podemos más que estar eternamente agradecido al responsable del invento, al tipo que convirtió al equipo en mágico, al que trajo al Mono y al Profe, al protagonista del año entero y de uno de los capítulos más gloriosos de la historia gloriosa del Club Atlético de Madrid. Por él, por Simeone y los suyos, no debería quedar ningún atlético por brindar en estas fiestas.

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Pero en este año increíble, no estaríamos hablando de todo lo que ocurre si no reconociéramos que tenemos un problema. Que el problema no es nuevo es algo que sabe cualquiera que visita la grada del Calderón, que únicamente es ahora más visible y más actual también.

Si el Atleti es lo que es, lo es en gran medida por su grada. Por su grada entera, no solo por un fondo. Que ese fondo ha sido el motor de la animación durante años es algo indiscutible; que el precio a pagar por un motor así no puede ser mantener en él elementos que son un problema grave para todos nosotros (y no solo para nosotros) es algo clarísimo. Nadie en el Calderón quiere que el estadio y la afición se divida, pero nadie en el Calderón (o al menos una mayoría más que aplastante) quiere que miembros de su afición maten a otros, que la afición sea estigmatizada por los medios y rivales como un grupo de tipos peligrosos, que los informativos abran los bloques sobre medidas antiviolencia con planos de la grada del Atleti repleta de bufandas rojiblancas.

Que el tema parece más policial que otra cosa es también evidente, tan evidente como que el resto de agentes involucrados (el Club, el resto del Fondo Sur, el resto de la afición) tienen también un papel que jugar. Que el Club tienen que hacer algo es claro y meridiano; que lo que ha hecho ya es un paso (más o menos torpe, más o menos proporcionado, más o menos precipitado, eso es otro debate) es, también, un hecho. El Fondo Sur (es decir, la Grada Joven y todos aquellos involucrados en la animación con más intensidad que otras partes del estadio), un colectivo mucho más amplio que el grupúsculo conflictivo que últimamente ocupa las portadas de los periódicos (junto a la mención del resto de la afición) tiene ahora una oportunidad de oro para demostrar que puede seguir siendo una grada ejemplar, precisamente ahora que la Policía va a eliminar al factor que (según cuenta gente del propio Fondo Sur) les impedía estar tranquilamente dedicados a la animación fuera de connotaciones ideológicas o de otro tipo. El resto de la afición debe mostrar firmeza ante los que ensucian el nombre del Club, pedir responsabilidades a quienes pueden tomar medidas y apoyar a los que no participan en los actos vergonzosos o tienen miedo a las represalias. Resulta chocante ver una grada en silencio durante un partido, resulta sorprendente ver cómo no es lo que más conviene al equipo lo que el colectivo que más dice querer al equipo acaba haciendo. Resulta extraño ver cómo un colectivo que se dice pacífico prefiere enfrentarse al resto de la afición en protesta por una medida que no tiene como objetivo ese colectivo pacífico, sino precisamente el foco de la infección que puede acabar con ellos. Resultaría también lamentable y triste que a raíz de este episodio, el Calderón se convirtiera en un estadio silencioso.

El año 2014, quizás uno de los más gloriosos de la historia del Club, ha acabado con un borrón intolerable y vergonzoso que debería hacernos pensar, no mirar hacia otro lado. La oportunidad está ahí y tenemos que hacer lo que debemos: dejarlo pasar, confiar en que el tiempo hará olvidar este tema, terminar separando la afición en bandos, hacer del Calderón un estadio silencioso o sumir al equipo en la desorientación que ni los rivales más duros han sido capaces de conseguir sería reconocer que todos hemos perdido. Y nosotros, los del Atleti, no perdemos. Ni perdiendo.


jueves, 11 de diciembre de 2014

De viajes, entradas y policías

Turín, Piamonte, Italia, está relativamente cerca y es un sitio bastante bonito. Además en Turín juegan dos equipos de fútbol y el Atleti se enfrentaba a uno de ellos. Esta es la crónica de un viaje raro.


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Turín es una ciudad bien bonita. Es amplia, tiene un centro grandote y bien conservado y desde casi todas partes se ven los Alpes, nevados en esta época del año. En muchas calles de Turín hay soportales y casi todo el tiempo uno camina bajo techo, con lo que a veces no ve bien la calle por la que va, los edificios, el cielo; eso sí, cuando llueva o nieve, que debe ocurrir con frecuencia, uno no se moja y puede ir tan contento a tomar café, galletitas y amaro. Pero el día de autos, y como mandan los cánones siempre que juega el Atleti, el cielo estaba limpio y lució el sol para celebrar la efeméride durante un día muy corto en una ciudad muy al Norte en la que hace frío, sobre todo de noche con el cielo raso.

En Turín, en día de partido de Champions en el que uno de los equipos locales se juega ser primero de su grupo y en el que viene a la ciudad ni más ni menos que el campeón de Liga, no hay mucho ambiente futbolero. Por un lado, es normal que los habitantes de la ciudad del equipo local estén trabajando en martes laborable y no en la calle dando saltos; por otro lado, siendo el día que era, tras los acontecimientos recientes y siendo partido de grupo, muy poca gente del Atleti acudió a Turín. Pero hay un tercer factor más determinante y más llamativo aún: en Turín no hay demasiados aficionados de la Juventus de Turín, por raro que les parezca.

La Juve, el equipo con más seguidores de Italia y el más popular entre los italianos que viven en el extranjero, es de Turín pero poco, como si no fuera de Turín, vamos, como si fuera de al lado, oiga. La Juve juega en Turín pero bien podría jugar en otros sitios, en otras ciudades más al Sur, en Palermo, en Malta, en Australia. En el centro de Turín la gente es normalmente del Torino, y te lo hacen saber con la misma rapidez que los del Atleti confesamos nuestros colores, esto es, a los cinco minutos de conocer a alguien, durante una entrevista de trabajo, en el momento de recibir el Premio al Hombre Más Discreto de la Comarca, al entrar desfondado en la línea de meta tras completar el maratón. En Turín los camareros, los taxistas, los dependientes de las tiendas rápidamente te hacen saber que confían en el Atleti para ganar a la Juve, para hacer callar a la masa blanquinegra que viene altiva desde las afueras, desde las zonas industriales, de Nápoles, de Sicilia, a pesar de no explicarse cómo no juega de titular el ídolo local, Cerci.

La Juve es para los turineses el equipo de los de fuera, de los inmigrantes que vinieron a trabajar y ganarse la vida en las fábricas de los Agnelli y vieron en la Juventus una forma de asegurarse un ratito de alegría los domingos, siguiendo a un equipo poderoso y bien relacionado con la autoridad (deportiva y no), evitando las fatigas de seguir a un equipo menos ayudado por fuerzas externas. Por eso los turineses del centro ven al Torino, para algunos el equipo italiano con más similitudes con el Atleti, como el emblema de la ciudad verdadera enfrentado a la Juve, el emblema del poder económico e industrial de los alrededores, el equipo del resto. Quizás por eso los del Torino vieron en el Atleti la posibilidad de mantener en silencio a sus insoportables vecinos durante unas horas; quizás por eso los del Atleti, a pesar de lo bien que nos trató todo el mundo, volvemos de Turín habiendo desarrollado una simpatía especial por el Torino y por su canción de cabecera.  



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El hincha con gafas es normalmente bien recibido en las ciudades tranquilas: esta frase lapidaria podría perfectamente grabarse en piedra en la entrada de cualquier localidad futbolera, para tranquilidad del visitante y de la población local, e incluso ser el lema de alguna peña ajedrecista. Los pocos aficionados del Atleti que aparecieron por Turín quizás tuvieran una vista excelente, pero se comportaron como si tuvieran gafas, o al menos eso vimos por la calle. Ni un grito, ni una mala palabra, ni un mal gesto se vio durante toda la mañana en Turín que, por cierto, estaba bastante vacía y tranquila.

Más en concreto, el peligroso grupo de aficionados con el que el que suscribe acudió al Piamonte hizo un primer alto en el camino y compró unas pantuflas de lana la mar de calentitas, una especie de abrigo loden para los pies, toda una declaración de principios. Armado con este signo distintivo, el grupo de seguidores, a quien desde ahora llamaremos “i Temibile Pensionati”, se dedicó a recorrer el centro de la ciudad llevando a cabo su rosario de acciones provocativas: fotografiaron iglesias barrocas, tomaron café por la zona de los soportales, pasearon hasta la Molle Antonelliana, hicieron fotos al Palacio Real, bebieron cerveza tostada (muy rica, por cierto) y comieron pasta con diferentes acompañamientos en una trattoria antigua situada frente a una capilla preciosa. De haberse encontrado con algún grupo rival ducho en sus mismas tácticas de guerrilla urbana y localización de tascas, tal y como los archiconocidos Próstata Boys o los temibles Nación Miope, habrían medido fuerzas compitiendo en actividades propias de su tribu urbana: la petanca extrema con boliche cuasi-invisible, la alimentación selectiva de palomas autóctonas ignorando a las razas importadas, la supervisión de obras desde valla metálica o la disciplina reina: la actualización lenta de cartilla de ahorros en sucursal bancaria llena de gente con prisa, la verdadera razón de ser del Movimiento Pensionista.  

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Bajada la pasta tras un paseíto, dos cafés solos y unos cuantos amaros (Averna, Braulio, Montenegro y uno local cuyo nombre fue imposible retener tras los pelotazos previos), recogida la ropa de abrigo en el hotel y santificada la honrosa tradición de la siesta (breve), el audaz grupo se dirigió al estadio de la Juve - eso sí, en taxi, que se va más calentito, aunque el Ayuntamiento había previsto unos autobuses gratuitos que llevaban a los aficionados españoles hasta el estadio la mar de bien. El taxista - del Torino, claro – explicó a los integrantes de la expedición que les llevaría directamente a la zona del estadio por la que entran los visitantes, cosas de los protocolos de seguridad de la ciudad.

Nota al margen: Al llegar al campo, que está en una zona moderna, apartada, rodeado de franquicias de restauración y grandes almacenes de electrónica, sin gracia ninguna y lejos del centro histórico, lo primero que a uno se le viene a la cabeza es cómo será nuestra triste existencia una vez nos obliguen a ir a la Peineta. Por más que tengamos claro que la milonga peinetera puede aún dar muchas vueltas, resulta imposible no pensar en la suerte que tenemos al poder ir cada dos semanas al Calderón andando desde el Madrid de los Austrias, caminando tan tranquilos desde la Puerta de Toledo, a tiro de piedra de la Plaza Mayor, de San Francisco el Grande, de la calle Toledo, de la Latina, de los bares, de las terrazas. Como en otras cosas, acabaremos lamentando la tibieza de la grada a la hora de reclamar que el Calderón siga en su sitio, el silencio, la ausencia de protesta, el encogimiento de hombros, el comulgar con ruedas de molino. Al tiempo.   

Una vez cerca del estadio, el taxista preguntó a un policía dónde debería depositar ai tifossi de l’Atletico di Madrid. En una operación nunca vista antes, la policía cortó literalmente el tráfico, detuvo el río de seguidores juventinos que iban al campo y condujo al taxi, en contramano y por zonas prohibidas, hasta una gran puerta metálica. La puerta se abrió y el taxi entró en un recinto vallado más extenso que un campo de fútbol en el que los taxis y autobuses que traían aficionados rojiblancos entraban y descargaban hinchas como quien descarga sacas de un furgón blindado, para ser encerrados entre las vallas a continuación.

Dentro del recinto vallado había unos cuantos aficionados del Atleti, unos cuantos Stewards (Esteban, en castellano) y unos cuantos policías. En un extremo del recinto vallado se recibía a los aficionados del Atleti y se les hacía pasar por una estrecha puerta metálica. Allí se pedía la entrada y un documento de identidad, y se procedía a cotejar entrada, documento y nombre con los datos impresos en una lista manejada por otra Steward (Estefanía, quizás), que miraba que todo coincidiese. Los Stewards miraban y remiraban a los aficionados, les obligaban a deshacerse de ciertas camisetas y bufandas y a algunos hasta les pedía quitarse las botas, no fuera que llevasen calcetines con tomates. ¿Y para qué valía todo esto? Pues para decidir quién entraba y quién no.

En el momento de comprar las entradas, el Club ya había advertido que en Italia, país con graves problemas de ultras, eran estrictos con la norma que obliga a identificar a cada aficionado antes de entrar al estadio. En términos prácticos, esto implicaba que, de no coincidir el nombre del abonado con cuyo carnet se compró la entrada con el nombre del portador de la misma en la puerta, la Juventus podría negar la entrada al estadio al visitante. En otras palabras, que un abonado, por bienintencionado que sea, no puede comprar una entrada para un estadio italiano y regalársela a su sobrino que vive en Bolonia haciendo el Erasmus, porque este se quedará en la calle a pesar de tener una entrada válida. Quédense Vds con este valioso dato para el futuro.

Así le ocurrió al menos a una treintena de personas, quince más si añadimos a un grupo de polacos con bufandas azules y blancas que sorprendentemente (o quizás no tanto) se agolpaban en la cola formada ante la puerta metálica rodeada de Stewards vestidos de naranja o amarillo, esto es, Stewards de naranja y de limón. Italianos aficionados al Atleti, chicas que habían viajado con su novio abonado para ver el partido gracias a la entrada sacada por un amigo, un grupo de mujeres con acento brasileño, unos cuantos chavales helados de frío y alguno de los conocidos Temibile Pensionati se quedaron en la puerta esperando a ver si se encontraba una solución entre unos y otros.

La policía italiana y los stewards eran inflexibles: si el nombre no figuraba en la lista, no se entraba. La lista, entendemos, la envió el club (el nuestro) y no era sino la relación de los abonados que habían retirado su entrada, con su nombre y número de socio. Como ya se ha dicho, el club advirtió de esta posibilidad y por tanto nada hay que afearle en ese aspecto, puesto que los que fuimos conocíamos el riesgo de poder quedarnos fuera y lo asumimos; quizás pensamos que la Juve aplicaría un criterio más flexible viendo uno a uno a los visitantes, como ocurrió en el pasado en otros partidos. Si el Club pudo hacer más en Madrid, facilitando a la Juve el nombre de aquellos invitados para los que los abonados retiraron la entrada, o en Turín, al menos enviando alguien a intentar asistir a los aficionados desplazados en la puerta en la que discutían con los stewards para intentar encontrar una solución satisfactoria para todos, es otro tema. La realidad es que al final nadie del Club apareció, sólo los abonados (esto es, los que pagan siempre, incluso antes de ver los fichajes) pudieron entrar y quedó claro una vez más que el aficionado está a la cola de las prioridades del Club, aunque los que pagan quizás reciban un trato un poquito mejor que los que meramente simpatizan (por más que luego el presidente presuma de afición de tele en tele).

Sí lo intentaron por activa y por pasiva los policías españoles que acompañaban a los aficionados como parte del dispositivo de seguridad, y es justo nombrarles y agradecerlo: los policías españoles, sin ser esa su misión, trataron de convencer a los policías locales de que la poca gente que quedaba fuera era tranquila y educada, propusieron formas alternativas de identificación para facilitar la entrada al campo de los que esperaban en el frío, llamaron, preguntaron, nos explicaron lo que pasaba, se preocuparon por nosotros. El mensaje, eso sí, cambió poco por más que lo intentaran: no pinta bien, de no haber pasado lo que pasó hace una semana la historia sería otra, tienen órdenes claras de no hacer ni una sola excepción. Esta idea tajante la confirmó un steward de limón con el que hablaron los Temibile Pensionati para intentar que una chica con aspecto poco violento pudiera entrar con su novio, que sí tenía entrada, usando la entrada de uno de los jubilados viajeros: “no hacemos excepciones. Las órdenes son claras, a día de hoy todo aficionado del Atleti es considerado peligroso”.  Triste. Tristísimo. Real. Lamentable.
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Del partido, que al final era lo de menos, poco que contar que no se haya contado. Quizás, que el pequeño grupo de atléticos que estaban en la grada se comportó de manera tranquila y correcta, al menos desde donde vio el partido el que suscribe, a pesar de que al parecer hubo quien prefirió llamar la atención de fotógrafos y comités de disciplina. También, que la grada turinesa no es tan caliente como uno esperaba aunque suene fuerte en la televisión, y que el nuevo estadio, cómodo y bonito, carece (como le pasa a los estadios modernos) del encanto de los campos viejos de gradas irregulares y grises, sacrificada la personalidad en aras de la seguridad, la comodidad, la telegenia y el contrato del promotor. Que los aficionados de la Juve fueron la mar de amables e intercambiaron aplausos, camisetas y bufandas con los aficionados del Atleti al final del partido. Que durante muchos minutos la grada juventina estuvo en silencio y en tensión viendo a un equipo agresivo y bien plantado que les puso en muchos más apuros de los que están acostumbrados, y que de ese silencio y de esos aplausos finales se desprendía la admiración y el respeto que el Atleti merece y que en España no recibe, a veces por forofismo, a veces por miopía intelectual, a veces por proteger aún más a los ya protegidos, a veces por mera idiocia mechada de rabia. Que a ojos de la afición de la Juve, que algo de fútbol ha visto, el despliegue defensivo del Atleti es digno de admiración, que la facilidad para salir tocando de avisperos de los que otros salen al pelotazo es simplemente mágica, que la agresividad del medio campo no es violencia sino virtud, que el peligro a balón parado es un recurso formidable y no un motivo de crítica. Que la explosión de júbilo final de jugadores como Buffon o Pirlo dice mucho más sobre lo que es realmente este Atleti que mil palabras huecas de la prensa enfurruñada cuando no son sus favoritos los que levantan la admiración de los grandes. Que quizás si alguien hubiera visto la reacción del ilustre suplente Morata a las burlas de los atléticos durante su calentamiento post partido, el mito del señorío habría sufrido un nuevo revés. Que, incluso quedándose fuera, incluso teniendo indeseables en sus filas, incluso en las horas más complicadas, es un orgullo inmenso ser de este equipo gigante y de esta afición que, con menos dificultad de la que muchos piensan, seguirá siendo la más ruidosa, la más leal, la más entregada también cuando se extirpe el tumor que tanto daño hace a nuestra imagen, nuestra tranquilidad y, visto lo visto, nuestras posibilidades para pasar lejos del Calderón un día de fútbol inolvidable en paz y tranquilidad. 

lunes, 1 de diciembre de 2014

El problema

El domingo 30 de noviembre de 2014, a las 11.30 de la mañana, se acercaban al Calderón montones de familias aprovechando la hora y la ausencia de lluvia para llevar, en muchos casos por primera vez, a sus niños al estadio. A la misma hora aproximadamente, un aficionado del Deportivo de la Coruña, de unos 40 años y padre de dos hijos (uno de ellos de 4 años, como muchos de los que iban al Calderón por primera vez) moría como consecuencia de las lesiones producidas en una pelea multitudinaria entre hinchas radicales del Atleti y del Deportivo que, al parecer, se habían citado precisamente para darse de palos un rato antes del partido. Por si esto fuera poco, la pelea contaba también con la participación de más aficionados radicales, algunos de otros equipos de Madrid y otros, según dicen, del Sporting de Gijón.

Por asombroso que parezca, hay gente que queda para pegarse aprovechando un partido de fútbol. Intuimos que lo hace convocando a aliados y rivales, fijando por teléfono o por Internet fecha, hora y lugar y, probablemente, el catálogo de armas permitidas, los distintivos de cada bando, los límites de tiempo o quizás alguna otra regla para la pelea, vaya Vd a saber. Al parecer estas convocatorias no son ni nuevas ni infrecuentes, y es común que grupos rivales (rivales normalmente en lo ideológico y no tanto en lo deportivo, que ya me contarán qué problemas hay o ha habido entre la afición del Depor y la del Atleti en la historia de la Liga) queden para medir fuerzas y resolver provocaciones a tortas y navajazos, como antes lo hacían las pandillas de macarras juveniles o las facciones rivales del hampa. La valoración de la inteligencia de los que hacen estas cosas daría para escribir varios libros o quizás para escribir una única página en letra gorda; la libertad que tiene cada uno para hacer en su tiempo libre lo que le venga en gana (incluyendo embarcarse en actividades peligrosas para uno mismo) es algo sobre lo que también se puede reflexionar y ya se ha hecho bastante; no es este el sitio para hacerlo, sin embargo, dado que éste es un simple blog de fútbol, más en concreto de una forma muy particular de ver el fútbol.

Si en vez de con ocasión de un partido de fútbol y al lado de un estadio la misma pelea entre bandas rivales se hubiera producido en el aparcamiento desierto de un polígono industrial remoto y cerrado, en una carretera alejada de cualquier centro de población, el resultado podría haber sido el mismo (muertos, heridos, detenidos, vídeos lamentables) pero la trascendencia del caso habría sido muy diferente. El que suscribe, en este caso, tendría poco que decir al respecto: una manada de salvajes ha quedado para hacer el animal, allá ellos siempre que no se hagan daño más que ellos mismos, allá ellos siempre que no rompan nada que tengamos que pagar el resto. Allá ellos y sus familiares, que les conocen y saben lo que hacen;  allá ellos y sus amigos, si les jalean a hacer el idiota de esa manera, allá ellos con sus vidas. Mientras uno no haga daño a nadie que no quiera estar metido en ese fregado, es complicado pronunciarse si no es para dar una valoración sobre lo triste que debe ser la vida de cierta gente.

El problema es que la manada en cuestión quedó precisamente con ocasión de un partido de fútbol, cerca de un estadio, en este caso al lado del estadio al que muchos tipos pacíficos llevamos yendo 40 años, algunos muchos más. El problema es que la quedada se produce tomando como excusa el fútbol, ese deporte que nos gusta tanto, que tanto hemos practicado, que tanto nos divierte o al menos divertía. El problema adicional es que gran parte de los involucrados en la pelea se juntan precisamente en torno al equipo del que somos seguidores desde que éramos pequeños, que quedan para hacer el ridículo y el mal con los mismos colores al cuello que llevamos muchos otros para ir a nuestro campo y a otros campos lejos de nuestra casa, quizás también el campo del equipo del fallecido. El problema es que el la barbaridad se identifica automáticamente con aquellos que seguimos al mismo equipo que los agresores, y que esa misma barbaridad se convierte en patente de corso para que, generalizando, se insulte al ultra descerebrado que va buscando pelea con las mismas palabras que recibiremos los aficionados tranquilos que vamos a campos rivales, los mismos insultos que seguirán recibiendo dentro de unos años muchos de los niños que ayer, por primera vez, fueron al campo de la mano de sus padres, muchos de ellos también cuarentones, como el fallecido.

El problema es que, ateniéndonos a los precedentes, pasado el duelo inicial se olvidará la pelea y se contarán historias contradictorias y exageradas sobre lo que ocurrió, novelando la pelea, engordando la vergüenza para intentar convertirla en épica. El problema es que con el tiempo unos tendrán un mártir y otros un trofeo y que, unos y otros, utilizarán el trágico símbolo de la idiocia humana para justificar lo injustificable, para reclamar venganza, para presumir de víctimas y hombría cavernícola, para buscar risas de sus correligionarios embrutecidos en los bares. El problema y el asco está en que en unos años la tragedia se convertirá en cántico, como ya ocurrió con Aitor Zabaleta, y que este cántico se convertirá, pasada la náusea inicial, en parte de la banda sonora habitual de los estadios. El problema es que nosotros mismos, que hoy estamos horrorizados y asqueados y nos planteamos no volver nunca a un campo de fútbol, acabaremos por no procesar lo que dice la letra, por no reflexionar sobre lo repugnante de la situación, por no silbar ni levantarnos e irnos. El problema es que, con el tiempo, nos limitaremos a hacer quizás un gesto de asco y repudia sólo perceptible por los vecinos de localidad cuando arranque el cántico desde una zona de la grada, convirtiéndonos, sin querer pero tampoco sin luchar por evitarlo, en cómplices inconscientes e involuntarios - pero cómplices al fin y al cabo - de la manada de salvajes que portan al cuello los colores que nos metieron en el alma nuestros abuelos llevándonos de la mano hacia el estadio, sin esperar que nunca ocurrieran estas cosas repugnantes cerca del campo en el que jugaba el equipo de sus amores. El problema es que los medios, que hoy denuncian con razón las salvajadas y comprueban con alegría la cantidad de audiencia que dan los vídeos caseros de peleas, volverán en breve a su discurso polarizado y faltón sin reparar en las consecuencias que tienen sus palabras para la gente que va por la calle. El problema es que los directivos del club de los amores de nuestros abuelos dejaran que pase el tiempo para no tomar medidas, para evitar problemas, para pegar una patada a seguir a la cuestión, para que el tiempo convierta en banda sonora lo que hoy es una vergüenza, una epidemia y una tragedia.

El problema es que nosotros, aficionados de a pie sin ganas de pelearnos con nadie ni vocación para hacerlo, tampoco sabemos muy bien qué hacer. El problema es que hoy todos tenemos claro que esto no puede ser, que no puede seguir así, que ni el fútbol ni nada se puede convertir en excusa ni parapeto ni coartada para este horror. El problema es que, al no saber muy bien qué hacer, confiamos en que los clubes, la policía, la autoridad haga algo, que nos ayuden, que nos quiten de encima el horror y el problema, que para eso están. El problema mayor viene cuando uno escucha a los directivos diciendo poco menos que eso no es cosa suya, que ellos no son quien para disolver una peña del propio club, que fuera del estadio es cosa de la policía. Y cuando la policía contesta que no sabía nada, que no contaban con que hubiera una pelea, que el partido no era de alto riesgo y por tanto no había dispositivo especial, que no se habían enterado de que 200 ultras de grupos rivales que todo el mundo sabe que se detestan podrían aprovechar el partido para montar una pelea monumental.

El problema es que pensamos que, a menos que cambien mucho las cosas, los clubes terminarán como mucho por retirarle el carnet de socio a diez, veinte, treinta personas que probablemente puedan seguir accediendo al campo cuando les venga en gana, que podrán seguir viajando cuando lo haga el equipo en condiciones más ventajosas que el resto de aficionados, que podrán acceder a los entrenamientos - como ya ha ocurrido -  o vender merchandising o mantener en las instalaciones del club pancartas y banderas. El problema es que cuando nos desplacemos a ver al equipo, si es que volvemos, es muy posible que las entradas que nos venda el Club estén al lado de las entradas de estos mismos tipos que quedan un domingo por la mañana para romperse el cráneo, que nos toque entrar al campo custodiados como criminales a pesar de no meternos con nadie, que nos encierren en una zona vallada obligados a escuchar de cerca los mismos cánticos violentos, racistas, ofensivos que nos producen arcadas cuando los escuchamos a distancia desde nuestro asiento.

Y, mientras tanto, el aficionado de a pie, el que llevó a su niño al campo por primera vez, el que nunca se mete con nadie y el que tiene planeado ir a ver al Atleti a algún partido fuera de Madrid, sabe que le toca replantearse todo, suspender viajes, evitar problemas. Sabe que, a pesar de no tener nada que ver ni poder estar más en contra, que a pesar de estar aún más avergonzado que la media, más enfadado que la media, más asqueado que la media, ahora le toca encima que le señalen como responsable, como cómplice casi, como tipo violento que convive con alimañas por voluntad propia, sólo por llevar una bufanda que también llevan unos malnacidos que se han erigido, sin que nadie se lo haya pedido ni reconocido, en representantes de un club al que siguen millones de personas ajenas a esta inmundicia. El aficionado del Atleti sabe que, por algo que él no ha hecho y desprecia más que nadie, tendrá que aguantar cómo otros radicales se dedican a insultar al club que desde siempre asocia con ese abuelo que le llevaba de la mano al campo sin meterse con nadie, quizás también con el silencio cómplice de los aficionados rivales tranquilos y de bien que, igual que ocurren en el Calderón, terminaron por acostumbrarse a las canciones insultantes, a las faltas de respeto, a las salvajadas musicalizadas. El aficionado normal sabe que quizás, gracias a toda esta panda de delincuentes, ahora también él mismo puede llevarse un puñetazo o una pedrada cuando vaya a campo ajeno, que cualquier viaje a ver amigos puede terminar en un mal rato gracias a algún radical alicorado excitado ante la posibilidad de hacer justicia, según su propio concepto limitado de la vida.  

El problema, pues, es complejo y es enorme, pero el problema principal e inmediato es que un tipo ha muerto en medio de una pelea monumental organizada cerca de casas de gente normal y de un estadio lleno de niños vestidos de domingo. El problema es que en el fondo todos somos parte del problema y que no es sencillo solucionarlo si aquellos que pueden afrontarlo no tienen ni la voluntad ni la valentía de hacerlo. El problema es que no parece que ninguno estemos a la altura de la solución al problema.


El problema es el que es, y la realidad es que, sabiendo cómo son las cosas, es casi más probable que, hartos y asqueados, dejemos de ir al fútbol antes los que no creamos problemas que los salvajes que sí los crean. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Crónica marciana del Atleti - Málaga

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Hay gente que tiene un talento especial y se dedica a crear cosas para que el resto de gente disfrute en vez de dedicarse única y exclusivamente a observar con gesto complacido su propio ombligo. Entre esa gente con talento, que no es mucha, hay quien se entretiene en hacer saber a todo el mundo lo listísimos que son, pero hay también algunos que no alardean ni un solo segundo sobre su valía extraordinaria, haciendo estar cómodo a cualquiera que esté junto a él por muy limitado que sea. Hay quien, teniendo esa capacidad especial, reclama para sí el centro de las conversaciones, haciendo girar al grupo en torno de su ingenio y capacidad para decidir qué es ocurrente y qué no, pero hay también quien hace sentirse bien al resto, escuchando cada frase, manteniendo la capacidad de agradecer y asombrarse amistosamente ante las ocurrencias quieroynopuedistas de la concurrencia sin juzgar ni mostrar condescendencia.

Hay quien tiene una cultura vastísima y un excelente gusto musical y se entretiene en hacer saber a los cuatro vientos lo muchísimo que sabe, lo refinado de su paladar, lo simplón que le resulta el gusto de la masa, lo profundamente que aprecia las caras Bs de los singles inéditos de los primeros trabajos de las bandas más oscuras, siempre y cuando fuera con la formación original y antes de su primer éxito comercial porque, como bien saben los expertos e ignora el pueblo, el realmente bueno del grupo era ese bajista que sólo grabó una maqueta y luego desapareció para hacerse encargado de la planta de caballeros de un gran almacén; pero también hay quien, sabiendo todo esto y habiendo estudiado todo esto y hasta coincidiendo a lo mejor con los extremos más elitistas de la reflexión precedente, ni menosprecia el gusto de los demás ni alardea del paladar propio, quien comparte las joyas ocultas para que el resto también las disfrute, quien agradece al vecino cuando éste le descubre algo que luciría como una condecoración en la solapa de algún gurú cultural o le recuerda una canción olvidada de esas que alegran la mirada cuando se vuelven a ver.

Hay gente capaz de mostrar sentido común, respeto y sensatez mientras trabaja, mientras toma un vino o mientras opina en un foro de Internet sobre algo tan importante y a la vez tan tonto como es el fútbol, por el que otra gente pierde las formas, la razón y el saber estar. Hay gente, muy poca gente, que teniendo ese don de la observación y el talento - y posiblemente por eso – es capaz de disfrutar de las cosas pequeñas tanto como de las más asombrosas, quien valora una cerveza tras el partido tanto como una obra maestra de la HBO. Hay gente que tiene el don de convertir un día especial – una final de la Europa League, por ejemplo – en un día inolvidable entre cervezas en bares oscuros y conversaciones sobre música, fútbol, fanzines ingleses y la vida en general.

Hay gente admirable que se comporta como si admirase al resto y hace sentirse cómodo a todo el que le rodea. Hay tipos que tienen el don de brillar sin cegar, de asombrar sin incomodar, de provocar admiración sin hacerle a uno sentirse más pequeño. Hay gente que pasa su tiempo trabajando para que el resto seamos mejores y más felices y no siempre nos damos cuenta. Hay gente capaz de ver en un muñeco de futbolín cosas que llevaría páginas describir.

Hay gente, muy poca gente, verdaderamente extraordinaria. Hay gente increíble que habita entre nosotros y a lo mejor no se conoce tanto como debiera. Hay gente gigante llena de talento y de nobleza, superhéroes que sobrevuelan por encima del resto viendo cómo entramos y salimos de los bares, tomando nota y devolviéndonos cosas que nos hacen ser mejores. Y de estos, suerte que tenemos, alguno es del Atleti.

Hay tipos realmente increíbles, y luego, ya en un nivel superior, está Pablo Olivares.

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En sábado de noviembre con temperatura de marzo, tras dos semanas sin fútbol de clubes en las que, como viene siendo tradición, hay que aguantar un chaparrón especialmente copioso de tontunas triunfalistas y partidistas sobre jugadores que hicieron partidos de época contra selecciones que en España no llegarían a jugar en Segunda B Grupo 4, en el que milita la Gloriosa Balompédica Linense, volvió el Atleti al Calderón.

A modo de inciso, uno nunca ha entendido bien por qué, cuando el Atleti vuelve a casa tras dos semanas de audiencia, no repican desde un par de horas antes las campanas de la catedral de La Almudena, no se corta el centro al tráfico para que la afición desfile en pasacalles hacia el estadio, no se lanzan fuegos artificiales y pétalos de rosas rojas y blancas desde los balcones más altos de las calles más antiguas, no suena a las horas en punto y las medias “The Boys are back in town” de Thin Lizzy por la megafonía antiaérea, no se hace un cambio de guardia en el Palacio de Oriente al ritmo de cierta canción de Glutamato Ye-yé, no ondea la bandera rojiblanca en edificios oficiales, sedes diplomáticas, clubes de ajedrez, locales parroquiales, puentes del Manzanares, antenas de comunicaciones, aviones de línea y monumentos histórico-artísticos (lo que obviamente excluye La Violetera de Gran Vía) y no hay hora feliz en todas las tascas de los distritos de Latina, Carabanchel y Arganzuela, subvencionada por la duplicación simultánea de precios en los bares de Chamartín, Salamanca y Puerta de Hierro. Hay cosas que no se explican, a ver si se va ya esta alcaldesa que, además, tiene la ciudad hecha una guarrería.

El caso es que el Atleti volvía a casa tras ese mal partido de San Sebastián que nos hizo a todos quedarnos con cara de bobo unos días, echando de menos a ciertos jugadores y sospechando sobre la verdadera capacidad de otros, pensando en qué cambiar para que no cambie el recuerdo de ese equipo rodillo que convirtió el mes de mayo de 2014 en el mejor mes de nuestras vidas. Venía además al Calderón el Málaga, buen equipo que llegaba a Madrid con la posibilidad de adelantar al Atleti en la clasificación en caso de ganar el partido, arropado desde la grada por un grupo numeroso concentrado en el fondo Norte y multitud de aficionados mezclados en zona de socios del Atleti que, como debe ser, celebraron el gol de su equipo y charlaron con la grada sobre sus propios jugadores y esperanzas para el año en curso con total tranquilidad y acento del Rincón de la Victoria.

Salió el Atleti con un equipo que nos gusta, sin Miranda pero con Giménez, jugador joven que juega como un veterano y se comporta como un treintañero con miles de tiros pegados al que el futuro ofrece días de vino y rosas si accede a dejarse aconsejar por el enorme Godín. Salió el Atleti con Ansaldi en la banda izquierda, jugador que transmite mucha más sensación de sensatez que el enloquecido Siqueira, y con tres jugadores finos tras Mandzukic, esto es, Koke, Arda y Griezmann, ahí es nada. Salió el Atleti con un único punta que anduvo espeso y medio lesionado, y salió con un doble pivote en el que el que suscribe ve la clave de muchas cosas.

Por delante de la defensa, en esa zona que es sala de máquinas, puente de mando y documento de identidad del equipo a la vez, el Atleti salió con Gabi y Tiago. Gabi, que quizás no esté al nivel estratosférico del final de temporada del año pasado pero ni  mucho menos – piensa el que suscribe – está al nivel mediocre que algunos aficionados denuncian, jugó bien y acabó expulsado. Gabi corrió, ocupó espacios, recuperó balones y también hizo algún pase directamente al rival y se llevó una segunda amarilla justa y bastante tonta. Gabi volvió a marcar el inicio de la presión, el toque a rebato que marca la salida general al galope que tanto temen los equipos rivales; sin llegar a la intensa perfección del año pasado, Gabi hizo un buen partido que terminó siendo de color más pálido por una expulsión evitable, y que volvió a lanzar al foro una cuestión recurrente: ¿es Tiago la clave de muchas de las mejorías que experimenta el equipo?

Tiago volvió a dar ayer un curso acelerado sobre las virtudes del medio centro: intuición a la hora de ir al espacio, visión de juego para anticiparse, robar y salir, colocación para hacer más fácil el juego de todos los demás, contundencia en el corte, complicidad con la grada cuando un compañero necesita un aplauso. Sin necesitar un despliegue físico excesivo, sin tener que recurrir a sprints ni galopadas, Tiago aparece donde hace falta por mera visión, anticipación, inteligencia, experiencia. Esa ocupación de espacios parece hacer más fácil la vida del resto, contentos por tener que limitarse a cubrir su parcela con la dedicación que les pide el banquillo, sin preocuparse de cubrir esos huecos en el mismo centro de la acción que a veces se producen. Con Tiago y Gabi en el campo los centrales parecen más cómodos, para encimar, robar y despejar, porque los pocos balones que llegan a los centrales lo hacen en situaciones poco ventajosas para el rival: con Gabi y Tiago, los talentosos trescuartistas pueden desentenderse algo de sus misiones de defensa, sabiendo que la parcela central está ocupada siempre con rigor táctico y compromiso y las bandas por dos laterales serios y rápidos. Con Tiago, cree el que suscribe, el equipo mejora, el equipo es más equipo, menos blando que con Mario y tiene más solidez en la zona de cimentación, la clave del éxito del Atleti del Cholo.

Pero, ¿y delante? Pues delante la cosa parece un poco más complicada. Mandzukic, que tuvo que retirarse lesionado, no tuvo su mejor día y únicamente aportó trabajo a la línea de detrás, con Arda, Koke y Griezmann jugando más cómodos por el apoyo que les llegaba del Sur pero sin la referencia norteña que otras veces es el croata, que únicamente brilló en un pase a Arda en la jugada del segundo gol.  Koke, sobresaliente como tantas veces y más listo aún si cabe en varios robos y anticipaciones, y Arda, con unos de esos partidos en los que se ve que está cómodo desde el primer momento, recibían menos miradas que Griezmann, el tercer hombre. Griezmann, que no acaba de hacerse con la confianza de grada y banquillo, salía en casa de titular con dos finos espadas a su lado, en una ocasión señalada para mostrar su importancia. Griezmann marcó y mostró su clase, pero también algo de ansiedad, algo de prisa, algo de exceso de ganas de agradar. En un par de ocasiones abusó de la jugada individual, en otro par mostró pocas luces cuando la situación las requería. Junto con el partido gris de Mandzukic y la poca entidad del juego de Raúl Jiménez (de nuevo poco interesante y poco intenso, de nuevo sembrando de interrogantes su futuro en el Atleti), el partido del Atleti deja sin resolver la cuestión que nos ocupa desde hace unas jornadas.

Y es que la sensación que da el Atleti este año es de buen equipo que funciona al que le falta la guinda. Mientras que la defensa y el centro del campo  - sobre todo cuanto está Tiago – sigue dando sensación de solidez y solvencia, al Atleti le falta algo arriba. Griezmann aún no es el Griezmann que creímos haber fichado, Mandzukic es muchas veces más un defensor que un atacante. Cerci, reivindicativo y bastante mal peinado, no ha demostrado ser una alternativa solvente al día de hoy  y Raúl Jiménez va dejando cada vez más claro que, por ahora, este Atleti le queda grande. Sólo Raúl García, intenso desde el primer segundo de cada una de sus apariciones, parece ser capaz de mantener el nivel  que el equipo requiere y, hoy por hoy, sería una alternativa más sensata al delantero centro de la que es Jiménez. El Atleti saca adelante partidos gracias al talento de muchos de sus jugadores y a la maquinaria defensiva cuyo manual de empleo ha grabado Simeone a fuego en el cerebro de la platilla. El día que Griezmann se quite el peso del precio de su fichaje y la ansiedad por demostrar su valía y – quizás – coja los tres kilos de  músculo que sus tareas defensivas demandan, la máquina defensiva puede convertirse en un tanque imparable.  

Mientras tanto, suma y sigue, el Atleti sigue ahí a pesar de los pesares, invitando a pensar en positivo una vez se resuelva el dilema de la punta de la lanza. Intacta la confianza en las dos líneas de atrás, se antoja urgente afinar la delantera sin perder ritmo con el resto de equipos de cabeza.

En espera de la llegada de la solución, por ahora sólo hay una cosa cierta: desde hace pocos días uno de los nuestros, sin duda uno de los mejores y al que echaremos mucho de menos en todos y cada uno de los partidos, puede por fin conocer cómo es la vida en Marte.