Valencia, Copa América, posible última regata de la competición que lidera el equipo suizo Alinghi, defensor del título. Enfrente, perdiendo por 4 a 2, el Team New Zealand, los kiwis que dicen algunos, los all blacks, los neozelandeses, vaya.
Hasta ahora la final está siendo muy disputada, con constantes cambios de líder en cada regata. Los suizos han mostrado cierta ventaja tecnológica y táctica, los neozelandeses han mostrado coraje, determinación y algo de mala suerte: un spinaker que explota, otro que no quiere subir, varios cambios de viento que favorecen a los rivales. No todo está perdido, la afición neozelandesa se encuentra extrañamente confiada. Se han desplazado en masa a Valencia, en la otra punta del mundo, para ver a su equipo. Hace unos años perdieron en casa la Jarra de las Cien Guineas, el trofeo que permanece en casa del mejor equipo del mundo hasta que un desafiante consigue hacerse con él. Desde que el equipo suizo les arrebatara la jarra, irónicamente bajo las órdenes de un neozelandés, el Team New Zealand tiene una misión: recuperar el trofeo, traerlo de vuelta a casa, vengar la afrenta, la traición.
____
Llega uno a Valencia sin saber muy bien qué va a encontrarse.
- (voz en off) pero … ¿también estuvo Vd. en la Copa América?
- Pues sí
- No se pierde Vd. una, ¿eh?
- Pues no
- Pues mire Vd. qué bien
- Pues sí
Aparca el coche en el parking del nuevo puerto, anda por los muelles en el momento en el que salen los barcos del Team New Zealand a calentar antes de la regata. Sin velas, el mástil está ocupado por una bandera neozelandesa de veinte metros de altura. La salida de los dos barcos del equipo, ambos con los colores del país, se recibe con un estruendo. Ochenta mil personas esperan en los muelles de la bocana, hacen sonar bocinas, rugen como en un estadio de fútbol en plena final de copa. La tripulación titular responde al estruendo con pocos aspavientos, levantan levemente la mano y respiran hondo, aprietan las mandíbulas y miran al frente. Tampoco los tripulantes del barco sparring sonríen en exceso. También ellos tienen una misión, también son responsables de la suerte del equipo.
La afición neozelandesa ruge y uno, que es muy de estas cosas, sonríe mientras siente un escalofrío por la espalda. No entiende nada de vela, o al menos sólo lo imprescindible, pero le atraen estas competiciones. Hoy viene uno a ver la regata, va con los suizos. Si el Alinghi gana la copa se queda en Valencia, al menos eso parece, y eso siempre es bueno: puede volver a venir, a Valencia le viene de perlas, quién sabe si para entonces uno tendrá suficiente experiencia como para entender la jerga de la vela. Vamos con los suizos, pues.
Se fija uno entonces en la afición. Los suizos, los nuestros, son discretos. Andan de acá para allá con bolsas en las que guardan la ropa que han comprado en las tiendas oficiales de los equipos: polos del Luna Rossa, jerseicitos del Mascalzone, cortavientos del Oracle. Alguno se come un helado. Los más echados p’alante llevan un cencerro, como en las competiciones de esquí. Otros, una camiseta con una vaca. Uno se plantea por qué no llevan un reloj de cuco a la espalda, que tendría más gracia, pero el clima húmedo y pegajoso de Valencia le da la respuesta.
Mira entonces uno a los neozelandeses. Nada de polos de marca perfectamente planchados, nada de bolsas de boutique, nada de cencerros. Tipos en bermudas bebiendo cerveza, señores con aspecto de rudos marineros quemados por el sol charlando con los policías locales, chicas estupendas en bikini. Se arremolinan en los chiringuitos, piden bebidas, invitan a los rivales, a los locales, a los periodistas, a los camareros. Hacen grupos espontáneos, hablan con todo el mundo, no paran de moverse. Sonríen, se ríen, charlan, te preguntan de donde eres. Si eres español te hablan de lo que les gusta tu país, de lo maravilloso que es todo, te invitan a cerveza y de paso te piden que la pidas tú que el camarero no les entiende. En cuanto les das su vaso te lo devuelven vacío, que hace calor y han dado con un tipo que les echa un cable en la logística. Más cerveza, más risas. Vienen a ver una regata, entienden de esto, vienen a ganar, lo tienen claro. Esto no les impide ser una afición alegre, hospitalaria y salada, como alguna que conozco de cerca y de dentro. Eso sí, cuando empieza la regata rugen como un trueno, ahora están a lo que están. Siguen siendo afables, pero sonríen menos: está en juego algo importante, y se nota.
A estas alturas, queda claro con quien va uno. Los suizos siempre me parecieron un bollo de lo más soso, no lo puedo remediar. Vamos con los neozelandeses, naturalmente.
Empieza la regata, los neozelandeses van por delante, luego no. La cosa está apretada, los suizos parecen mantener la calma, tienen ventaja y no sienten en la nuca la urgencia de un país entero. Entran con ventaja en las boyas, los el TNZ no pueden más que jugársela. Lo hacen, fuerzan la máquina, penalización. La regata, la copa, parece sentenciada. Los suizos van a ganar, sus rivales aún tienen que dar una vuelta sobre su eje, demasiado tiempo perdido.
Última empopada, el TNZ va detrás, sólo un milagro puede impedir que los suizos ganen. En Nueva Zelanda no creen en milagros, pero tienen una misión y no van a bajar los brazos. Siguen, aprietan los dientes. De repente, algo pasa, los suizos se quedan clavados. El spinaker no sube como debiera, los neozelandeses ven un rayo de esperanza. La mala suerte que se ha cebado con ellos parece darles una oportunidad. Toman ventaja, avanzan. A pocos metros de la meta inician la maniobra de sanción, los suizos están lejos pero también avanzan. Terminan el giro pero se quedan clavados, casi no hay viento. Los suizos, desde atrás, llegan con un poco más de velocidad. Sobre la línea les adelantan, un segundo de diferencia, la Copa América no irá a Auckland. Se han ahogado al llegar a la orilla, han caído de la forma más cruel posible.
Entran los barcos al puerto. La tripulación neozelandesa llega seria, decepcionada, con cara de pocos amigos. La afición les recibe como a héroes a pesar del fracaso: han peleado hasta el final, han mantenido el orgullo intacto, han dado una lección de gallardía y saber hacer. La suerte les ha dado la espalda y lo asumen, saben que no son peores que los ganadores pero también saben que se volverán a ver. En la cara de los tripulantes parece que se ven ganas de volver de inmediato al gimnasio, al estudio de diseño, al taller: hay trabajo que hacer desde mañana mismo, hay que volver a por la copa. La suerte ha soplado del lado de un equipo de mercenarios que compiten por un país sin mar, y eso no hace más que reafirmarles en sus convicciones. En ese momento uno, y aquellos que, como uno, ya desde pequeños iban con los indios en las películas y admiraban a Héctor, domador de caballos, por encima del ventajista Aquiles, tenemos claro quién queremos que gane la siguiente edición si no son los nuestros – nuestros.
___
Visto lo visto me permito darles dos consejos. El primero es de índole empresarial, por si quieren hacerse ricos. Vayan a Nueva Zelanda y registren la palabra “Pupas” como quiera que se diga en inglés, maorí y samoano. Vayan a la televisión local y hagan un número cómico basado en el equipo nacional de vela que siempre pierde. Hagan un himno que hable de su estruendosa forma de quedar segundo. Contacten con productoras de cine y ofrézcanles guiones sobre un detective gordo, perdedor, sucio y despreciable, con un ayudante maorí al que humillar con fáciles comentarios racistas, ambos fans del TNZ. Cuéntenles lo gracioso que resulta reírse de aquellos que aceptan la derrota aún a sabiendas que merecían ganar, aún a sabiendas que el otro peleaba con la ventaja que da el dinero y el poder. Hablen de proyectos a futuro sobre el TNZ basados en patrones de hidropedal y marineros de barca de la casa de campo, convenientemente ensalzados por la prensa local. Hablen con agencias locales de publicidad y convénzanles de lo buena idea que resultaría hacer anuncios basados en el sentimiento trágico del seguidor del equipo de vela, en la fe en recuperar la copa perdida, en lo inexplicable de la pasión por un equipo que no gana absolutamente todas las competiciones, a pesar de pelearlas como un toro bravo. Háganse por fin con la propiedad del solar sobre el que se asienta el astillero de los barcos sagrados que en su día ganaron la copa, y hable con el alcalde para que se los recalifique.
Hasta aquí el primer consejo. Si han decidido seguirlo, les daré otro: corran por su vida.
Mostrando entradas con la etiqueta America's Cup. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta America's Cup. Mostrar todas las entradas
lunes, 9 de julio de 2007
lunes, 4 de junio de 2007
America's Cup - El país de expertos
America's Cup - Llevo una temporada aficionado a desayunar más o menos temprano los domingos. Me levanto antes que el resto (tampoco muy pronto, no crean), compro el periódico y me voy a una terraza a desayunar café con porras.
Lo que se ha hecho toda, la vida, vaya, pero yo me he dado cuenta hace poco de lo que me gusta esta costumbre tan tonta y tan fácil. A mí me pasan estas cosas con frecuencia: de repente descubro algo que el resto de la humanidad había descubierto hace cientos de años. Y no mejoro, oiga.
Ayer desayuné en una terraza estupenda en la calle Pintor Rosales (a la que un amigo mío llama Píntorrosales, así, todo junto y con acento en la pín, sin que hayamos averiguado nunca por qué). Una terraza de las de toda la vida, de las de silla de metal pintada una y mil veces y mil veces desconchadas, de las que dejan ver los colores de las diferentes capas. Una terraza en la que hay leche merengada, y pinchos de tortilla, y tintos de verano y café con leche. Hay todo eso y lo más importante: camareros con camisa blanca y pajarita negra, camareros mayores, con una majestad y un porte que le hacen a uno tratarles de usted y cumplir a rajatabla sus sugerencias. Camareros sacados de las películas de Toni Leblanc, de los que tienen historias que contar y muy pocas ganas de hacerlo, de los que entre ellos se hablan con un tono mitad cariñoso, cuarto de hartura y cuarto de retintín. De esos que saben que en un momento dado de tu existencia (cuando tienes mucha sed, o mucha prisa, o mucho hambre) un camarero es la persona más importante de tu vida, y no sólo lo saben sino que se aprovechan de ello, ignorándote, andando a un ritmo que ralentizan en proporción inversa a la expresión de desesperación de tu cara. Camareros fetén, vaya.
Mientras desayunaba, solo en la terraza, uno no pudo evitar escuchar lo que los camareros, miembros de la aristocracia hostelera castiza, comentaban. Esta fea costumbre se llama comprar en los círculos de lenguaje más preciso y popular. Como el periódico aburre (ya saben, lo de siempre, lo mal que juega la selección, las peleas entre pp y psoe, los escándalos inmobiliarios ...) uno no puede resistirse a 'comprar' cuando hay un grupo de camareros tan insignes charlando al lado de uno, o cuando hay señoritas de buen ver. Tampoco mejoro de esto, no crean.
Hablaban los camareros admirables, y la iniciativa la llevaba un tal Cristóbal, a quien desde ahora, en atención a su venerable porte y autoridad moral llamaremos El Señor Cristóbal. Hablaba El Señor Cristóbal y el resto seguía la pauta todos a una, lo que daba que pensar si El Señor Cristóbal era el más antiguo, el más sabio o simplemente el dueño.
- Qué, ¿visteis lo de ayer?
- Pues sí, lo previsto, un tostón.
- Si es que ya os lo dije yo, se veía venir, no tenía interés ninguno, estaba clarísimo.
- Tenías razón, Cristóbal, si lo se ni lo veo.
Como uno es futbolero y del Atleti y le interesa saber qué piensa este colectivo tan importante de la ausencia de Torres en la selección, ante este principio tan prometedor y ante la segura crítica hacia la calidad, entrega y hasta decencia de nuestros muchachos (ahora llamados los de la Roja, como si fueran los hijos de alguna heroína republicana) uno redobló sus esfuerzos 'compradores'.
- Si es que es lo que hay, hay demasiada diferencia.
- ¿Tú crees?
- Lo que yo te diga. Esta gente lleva diez años juntos, han venido con la misión de no fallarle a su país, para ellos es algo mucho más importante de lo que os podáis imaginar.
- Eso sí ...
- Además son mucho mejores en las empopadas, si en las ceñidas no les marcas muy de cerca no tienes nada que hacer, en cuando sacan el spi son mortales.
- ¿Tanta diferencia hay?
- ¡Pero si no hay más que verlo! Mira las pre-salidas mismas (léase mih-mass)... igualito que las nuestras... estos neocelandeses saben bien lo que hacen, no como nosotros... debería aprender el Jablonsky ese (léase Jablojh-ki) ...
Los compañeros del Señor Cristóbal no podían estar más de acuerdo. Tanto, que la conversación ahí terminó: cada uno fue a sus quehaceres. Uno de pelo blanco y acento andaluz fregó la barra con la energía del que lija el casco del Desafío Español; otro averiguaba la dirección de la que venía el viento para aprovechar al máximo su energía en su próximo viaje bandeja en mano; uno más corpulento bajaba un toldo con maneras de grinder de brazos de acero.
_____
Y es que somos un país de expertos. Todos tenemos una opinión formadísima de todo, aunque no tengamos ni idea de lo que va. El ejemplo más claro es la Fórmula 1, algo que ha hecho tanto daño en este país de fanfarrones al volante:
- Ayer hice Madrid Jaén en dos horas y media.
- ¡Anda! Pero si yo lo hago normalmente en dos horas...
- Bueno, es que yo iba a dos paradas...
Lo que se ha hecho toda, la vida, vaya, pero yo me he dado cuenta hace poco de lo que me gusta esta costumbre tan tonta y tan fácil. A mí me pasan estas cosas con frecuencia: de repente descubro algo que el resto de la humanidad había descubierto hace cientos de años. Y no mejoro, oiga.
Ayer desayuné en una terraza estupenda en la calle Pintor Rosales (a la que un amigo mío llama Píntorrosales, así, todo junto y con acento en la pín, sin que hayamos averiguado nunca por qué). Una terraza de las de toda la vida, de las de silla de metal pintada una y mil veces y mil veces desconchadas, de las que dejan ver los colores de las diferentes capas. Una terraza en la que hay leche merengada, y pinchos de tortilla, y tintos de verano y café con leche. Hay todo eso y lo más importante: camareros con camisa blanca y pajarita negra, camareros mayores, con una majestad y un porte que le hacen a uno tratarles de usted y cumplir a rajatabla sus sugerencias. Camareros sacados de las películas de Toni Leblanc, de los que tienen historias que contar y muy pocas ganas de hacerlo, de los que entre ellos se hablan con un tono mitad cariñoso, cuarto de hartura y cuarto de retintín. De esos que saben que en un momento dado de tu existencia (cuando tienes mucha sed, o mucha prisa, o mucho hambre) un camarero es la persona más importante de tu vida, y no sólo lo saben sino que se aprovechan de ello, ignorándote, andando a un ritmo que ralentizan en proporción inversa a la expresión de desesperación de tu cara. Camareros fetén, vaya.
Mientras desayunaba, solo en la terraza, uno no pudo evitar escuchar lo que los camareros, miembros de la aristocracia hostelera castiza, comentaban. Esta fea costumbre se llama comprar en los círculos de lenguaje más preciso y popular. Como el periódico aburre (ya saben, lo de siempre, lo mal que juega la selección, las peleas entre pp y psoe, los escándalos inmobiliarios ...) uno no puede resistirse a 'comprar' cuando hay un grupo de camareros tan insignes charlando al lado de uno, o cuando hay señoritas de buen ver. Tampoco mejoro de esto, no crean.
Hablaban los camareros admirables, y la iniciativa la llevaba un tal Cristóbal, a quien desde ahora, en atención a su venerable porte y autoridad moral llamaremos El Señor Cristóbal. Hablaba El Señor Cristóbal y el resto seguía la pauta todos a una, lo que daba que pensar si El Señor Cristóbal era el más antiguo, el más sabio o simplemente el dueño.
- Qué, ¿visteis lo de ayer?
- Pues sí, lo previsto, un tostón.
- Si es que ya os lo dije yo, se veía venir, no tenía interés ninguno, estaba clarísimo.
- Tenías razón, Cristóbal, si lo se ni lo veo.
Como uno es futbolero y del Atleti y le interesa saber qué piensa este colectivo tan importante de la ausencia de Torres en la selección, ante este principio tan prometedor y ante la segura crítica hacia la calidad, entrega y hasta decencia de nuestros muchachos (ahora llamados los de la Roja, como si fueran los hijos de alguna heroína republicana) uno redobló sus esfuerzos 'compradores'.
- Si es que es lo que hay, hay demasiada diferencia.
- ¿Tú crees?
- Lo que yo te diga. Esta gente lleva diez años juntos, han venido con la misión de no fallarle a su país, para ellos es algo mucho más importante de lo que os podáis imaginar.
- Eso sí ...
- Además son mucho mejores en las empopadas, si en las ceñidas no les marcas muy de cerca no tienes nada que hacer, en cuando sacan el spi son mortales.
- ¿Tanta diferencia hay?
- ¡Pero si no hay más que verlo! Mira las pre-salidas mismas (léase mih-mass)... igualito que las nuestras... estos neocelandeses saben bien lo que hacen, no como nosotros... debería aprender el Jablonsky ese (léase Jablojh-ki) ...
Los compañeros del Señor Cristóbal no podían estar más de acuerdo. Tanto, que la conversación ahí terminó: cada uno fue a sus quehaceres. Uno de pelo blanco y acento andaluz fregó la barra con la energía del que lija el casco del Desafío Español; otro averiguaba la dirección de la que venía el viento para aprovechar al máximo su energía en su próximo viaje bandeja en mano; uno más corpulento bajaba un toldo con maneras de grinder de brazos de acero.
_____
Y es que somos un país de expertos. Todos tenemos una opinión formadísima de todo, aunque no tengamos ni idea de lo que va. El ejemplo más claro es la Fórmula 1, algo que ha hecho tanto daño en este país de fanfarrones al volante:
- Ayer hice Madrid Jaén en dos horas y media.
- ¡Anda! Pero si yo lo hago normalmente en dos horas...
- Bueno, es que yo iba a dos paradas...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

