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lunes, 2 de noviembre de 2015

Venirse arriba, echarse atrás


Se nos ha acabado el Mundial de rugby y uno no sabe muy bien qué va a hacer con su vida a partir de ahora. Se nos acaban los himnos y los partidos maravillosos, se nos acaban los rucks y las cejas rotas, las carreras suicidas en dirección al avispero, las explicaciones de los árbitros, las gradas sin incidentes, los gestos de respeto y gallardía, los botes irregulares y los malabares en plena carrera. Se nos acaba de acabar el Mundial y ya estamos mirando el calendario para ver cuándo hay test matches, cuándo empieza el 6 Naciones, cuándo se juegan los siguientes partidos de ligas nacionales, internacionales, profesionales, amateurs.

Este Mundial en el que nos ha asombrado Argentina, nos ha alegrado la vida Japón, nos han defraudado ingleses y franceses (como en casi todo), nos ha asustado Georgia y nos han maravillado los amateurs uruguayos terminó por todo lo alto, con un partido monumental. All Blacks y Wallabies, enemigos eternos que disputan el derby del Sur desde que hay rugby y, por tanto, alegría de vivir, jugaban en Twickenham con medio planeta mirando y no defraudaron. Con los neozelandeses de claros favoritos y los australianos como justos finalistas a pesar de que nadie daba tanto por ellos al principio del Mundial, en Londres se vio un partido precioso.

Nueva Zelanda ganó justamente un partido que dominó en su mayor parte, en el que tuvo algo de suerte a favor y en el que no perdonó cuando tuvo ocasión de finiquitar la faena. Dominadores en el primer tiempo, los All Blacks se encontraron con la temible tercera línea australiana de Hooper, Fardy y Pocock, el último quizás el hombre del Mundial y el protagonista de una variante táctica que posiblemente empecemos a ver más a partir de ahora: la desaparición del 8 grandote y su sustitución por un flanker más dinámico y ligero, rapidísimo a la hora de llegar al breakdown y especializado en garantizar o recuperar la posesión cuando el balón va al suelo. Pocock y Hooper han dado una lección todo el Mundial y lo mismo hicieron en el primer tiempo de la final, recuperando balones que los All Blacks habían llevado hasta su 22 con la rapidez que los partidos previos prometían.

Al dominio de los All Blacks en el primer tiempo se sumaron un par de desgracias australianas: dos lesiones, una de esas de las que duelen al ver en la televisión cómo se troncha una rodilla, y un ensayo neozelandés en el que pareció haber un claro pase adelantado que no puso en duda ni el árbitro ni el TMO. Con más ventaja de la que parecía justa en contra, Australia empezó la remontada y ensayó un par de veces, desaprovechando en parte una superioridad por sin bin (quizás exagerado) del enorme Ben Smith.

Pero con Australia a tiro de golpe y cuando los nervios empezaban a hacer presa en los neozelandeses, emergió como un gigante la figura de Dan Carter. Primero con un drop lejano y bajo presión, y después con un golpe lejanísimo transformado tras una indisciplina australiana en la melé, Carter decantó el partido en el momento preciso como hacen los grandes. No contento con esto, los diez últimos minutos fueron un recital de placajes del apertura neozelandés, una faceta en la que no había destacado nunca especialmente. Con Carter a nivel de estrella, con McCaw hiperactivo y omnipresente, con Ma’a Nonu ensayando a la carrera tras offload (una vez más) de Sonny Bill Williams y con Conrad Smith demostrando ser un jugador con inteligencia de entrenador, los All Blacks se llevaron su segundo Mundial consecutivo y, posiblemente, el título de mejor equipo de todos los tiempos.

Lo malo de todo esto es que ahora nos queda volver al fútbol y sus gradas histéricas y maleducadas, sus jugadores simulando agresiones, sus árbitros sobreactuados y arrogantes, sus estrellas vestidas de Halloween interrumpiendo a un colega de profesión, sus halagos desmesurados hacia jugadores más pendientes del cutis que del respeto, sus oleadas de críticas y defensas infantiles en las redes sociales cada vez que ocurre una nimiedad. Nos queda ahora un tiempo en el que nos acordaremos de los pasillos que las estrellas hacen a los equipos amateurs reconociendo su valor a pesar de los tanteos abultados, de los jugadores que afean a sus propios compañeros cuando celebran de forma irrespetuosa, de las estrellas mundiales que acatan sin discusión cada decisión del árbitro, de las explicaciones pausadas y convincentes de los árbitros cada vez que pasa algo serio. Nos acordaremos, claro está, de Nigel Owens cada vez que veamos a Undiano Mallenco. 

Vénganse arriba, ya queda menos. Eso sí, que vuelva pronto, por Dios.
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Detecta uno entre la parroquia atlética un enfado grandísimo con Simeone por lo ocurrido en el partido de Coruña. Simeone tira el partido, Simeone se acobarda, Simeone no sabe gestionar partidos que habría que matar antes. El empate en Riazor ante un Depor que, ya de paso, no está funcionando mal (14 puntos, a 6 del Atleti, a 1 del Valencia, 2 por encima del Sevilla, 5 por encima de la Real Sociedad) ha hecho, una vez más, mutar la opinión del aficionado rojiblanco tras la confianza que dio el buen partido ante el Valencia. Cosas de la afición, cosas de los cambios de opinión, cosas, posiblemente, de las redes sociales en las que se vuelcan en veinte segundos opiniones que se tardan dos segundos en formar y ninguno en repensar.

En Coruña el Atleti hizo un primer tiempo excelente con Tiago, de nuevo, de capitán general. El equipo que salió parecía el que hubieran firmado gran parte de los aficionados, exceptuando si acaso la presencia de Jackson, de quien hablaremos. Así que salió el equipo que parecía lógico que saliera, con Carrasco entre otros, y el equipo jugó durante todo el primer tiempo al buen nivel del partido anterior. Por tanto, uno diría que hasta ahí todo en orden: pocos aficionados habrían puesto en duda lo realizado hasta el minuto 45 salvo la incapacidad del equipo para cerrar definitivamente el partido  antes del descanso, como ocurriera con el Valencia: hay veces que el Atleti debería hacer presa en un rival que sangra y, sin embargo, deja que la herida cicatrice. Godín pudo marcar de un cabezazo estupendo, pero no fue así; un poco más de suerte en ese lance y un poco más de acierto de Giménez hacia el final del partido y quizás, haciendo lo mismo, el equipo habría terminado llevándose tres puntos con cero-dos y la gente que refunfuña andarían más tranquila con el Cholo.

Entonces, ¿qué pasa en el segundo tiempo? A diferencia del expertísimo público analista de las redes sociales, uno no lo tiene claro y baraja varias teorías. ¿Fue Simeone quien ordenó que el equipo se echara atrás? Es posible. En otros partidos hemos visto que el Atleti se echaba atrás en los segundos tiempos tras marcar un gol en el primero; de hecho, es algo bastante común en el Atleti que no debería sorprender (quizás sí irritar) al aficionado. Simeone gestiona bien los partidos defensivos y de hecho se diría que el equipo está construido de atrás adelante, con cuartos traseros poderosos y sólidos que sujetan todo el entramado ofensivo, desde la sala de máquinas a los pitones. Es común oír hablar al aficionado de lo mal que lo ha pasado el último tramo de partido con el equipo metido atrás, tan común como escuchar eso de que los jugadores están mucho más cómodos en esa situación que los aficionados: se diría que los centrales del Atleti solucionan con calma y solvencia cada jugada de esas que pone el corazón en un puño al aficionado en cuya retina permanecen sin borrarse los tiempos en los que cada pelota lateral era un peligro, en el que los balones botaban por el área pequeña sin dueño a tres minutos del final, en el que centrales y porteros tenían graves problemas de comunicación y hasta se intuían deficiencias auditivas, cognitivas e incluso afectivas.

Así que sí, es posible que Simeone, como tantas veces, echara el equipo atrás. No nos extrañaría que así fuera y de hecho nos parecería normal: lo ha hecho decenas de veces y casi siempre le ha funcionado bien, hasta el punto de haber convertido la defensa estanca y hermética de los últimos tramos de partidos en parte fundamental de la personalidad del equipo. Si uno echa la vista atrás recuerda muchos partidos terminados así, y un resultado más que positivo en muchos casos, sobre todo fuera, en liga y contra equipos teóricamente menores. Esto es, Simeone echa al equipo atrás en muchas ocasiones porque en casi todas esas ocasiones ha tenido éxito, no para molestar al aficionado medio. ¿Por qué entonces cambiar algo que a medio y largo plazo ha probado ser un recurso valiosísimo? ¿Para irritar a los afcionados nerviosos? ¿Para provocar a la grada? ¿Para contentar a los críticos de bar? No nos pega en Simeone. Lo que parece es que Simeone echa el equipo atrás porque le funciona.

Hay sin embargo una cosa que choca con esta posibilidad en este partido concreto: Simeone dice que el equipo se echó demasiado atrás, como si su deseo hubiera sido otro. Si Simeone ordenó echarse hacia el área propia, denunciar que el equipo hizo precisamente lo que él ordenó sería una traición enorme hacia un grupo de jugadores con los que Simeone cuida especialmente el equilibrio y el respeto. Podría ser, claro, y seguro que algún parroquiano de una taberna de Valladolid lo tiene claro, pero resultaría extraño que Simeone arriesgara el ambiente del grupo por justificar un empate en Riazor. Da la impresión de que el equipo se echó más atrás de lo que Simeone hubiera deseado, aunque, naturalmente, cabe también la posibilidad de que Simeone fuera una serpiente traidora a los suyos y no lo hubiéramos sabido hasta ahora.

La impresión que uno tiene es que el equipo se echó atrás él solito, y además se le puede encontrar la lógica al movimiento. Por un lado, como hemos comentado, la táctica le ha funcionado al equipo en multitud de ocasiones, con lo que por qué no hacer lo mismo que tantas veces facilitó la obtención de puntos limitando el desgaste. Por otra parte, el equipo venía de hacer un primer tiempo fantástico basado, sobre todo, en el desgaste del medio del campo. El medio del campo, que ya es talludito, tiene que jugar el martes en un campo helado tras ocho horas de viaje y volver al día siguiente, y todo ello sin demasiado recambio de garantías. Si el medio campo contara, como ocurría con otras alineaciones, con el apoyo constante en la presión de los delanteros, quizás podría desgastarse menos y llegar a la última media hora con más fuelle y ganas de presionar arriba. Si los delanteros tuvieran más casta y recorrido, quizás la idea de quedarse atrás y salir al contraataque sería una forma brillante de cerrar los partidos, pero no parece que sea el caso. Por último, el Depor que va en el pelotón que busca la Europa League (está a dos puntos) jugaba en casa y apretaba, que son cosas que pasan en el fútbol.

Y es que, incluso haciendo un mal segundo tiempo, incluso con el Depor echado arriba y jugando sin delanteros y con un medio campo cansado, el Atleti empató por un detalle. Giménez falló un balón de esos que nunca falla y que, pensamos, no volverá a fallar; Giménez, dicho sea de paso, se ha ganado con actuaciones brillantes y valientes el derecho a fallar de vez en cuando, incluso a regalar algún punto. Menudo es Giménez, oigan, a ver si el chaval no va a poder fallar una de cada trescientas. Si Giménez no falla, eso sí, el Atleti habría ganado un partido por oficio y peso específico, seguiríamos metidos en la cabeza de la liga y la gente consideraría al Cholo un estratega de primera. Y eso que, piensa uno, el Cholo tiene un par de cosas que mejorar.

La primera cosa mejorable está en la delantera, es colombiana y se llama Jackson. Jackson, que está destinado a ir a más, no funciona ni parece tener ganas de funcionar. Lento, despistado y poco combativo para lo que nos tenían acostumbrados los nueves que le precedieron, nos está haciendo echar de menos a Mandzukic y su pelea incansable, quizás torpona, quizás sobreactuada y malhumorada y quizás no apta para este equipo. Pero Jackson, que muestra a veces detalles de calidad, muestra también casi todo el tiempo detalles de blandura y despiste, de desapego. Cuando hace pareja con Griezmann y éste tiene uno de sus cada vez más frecuentes partidos sin protagonismo, la delantera directamente no existe: sólo ayuda a la presión alta un rato del primer tiempo y si el equipo se repliega y le toca aguantar como en Coruña o San Sebastián, no aportan al contraataque lo que aportaban otros. De paso, la presencia constante de Jackson en el once inicial está desactivando a Torres, quien sale presionado hasta el extremo, acelerado, impreciso e incómodo, lejos del Torres de hace bien pocas jornadas, el que marcó al Barça y reactivó al equipo en Eibar, el que aportaba como mínimo el trabajo y la furia que no aporta el colombiano.

El otro punto a mejorar para el Cholo es recuperar esa mentalidad fiera y casi suicida del partido a partido. Quizás porque los años pasan, quizás porque se ha perdido el efecto sorpresa de un posicionamiento nuevo que ahora comparten otros equipos, el Atleti tiende a sestear en partidos menos complicados, incluso a perder el pulso del rival en partidos que se complican, como el día del Benfica. Puede ser cosa de los nuevos, aún no impregnados del código samurai de los que ganaron la liga, o bien la propia autogestión del esfuerzo de algunos jugadores que acumulan muchos minutos, pero el caso es que se echa de menos esa actitud de Grupo Salvaje que el Atleti tenía hace un par de temporadas y que todos sabemos que es fácil de mantener.


Dicho esto, el Atleti sigue en plena pelea tras haber perdido dos puntos tras un fallo tonto de un jugador magnífico. En un clima normal, esto no sería importante ni provocaría el rasgar de vestiduras y rechinar de dientes al que la experta afición virtual es tan aficionada. Más preocupante es un delantero despistado y un clima general de reserva de esfuerzos, pero es más fácil, cómo no, creerse más listo que Simeone y leerle la cartilla táctica. Esperemos a ver qué pasa.   

lunes, 26 de octubre de 2015

Partido grande, resultado corto

Salieron los Pumas al campo y formaron para escuchar el himno y se agarraron de las camisetas y apretaron la mandíbula y algo fue igual a otras veces pero también fue distinto. Recordando el impresionante momento del himno frente a los irlandeses uno recordaba también el impresionante ritmo de los primeros minutos, la furia desatada y a la vez controlada del ataque argentino a pesar de tener enfrente ni más ni menos que a Irlanda, el golpe de autoridad al principio del partido y la inevitable obligación posterior, por el lado irlandés, para ir apagando los incendios que los Pumas encendían a su paso en cada parcela del campo.

Si bien en el partido contra los australianos vimos lágrimas argentinas y camisetas apretadas y protectores bucales al borde de la fractura, algo era diferente. Si los irlandeses parecieron algo inseguros y casi intimidados ya a las alturas del himno en el partido de cuartos, los australianos parecieron seguros, tranquilos y conscientes de cuál era su misión, sabiendo cada uno qué tenía que hacer. Serios y calmados, parecieron encontrarse frente a unos Pumas inseguros y faltos de concentración, la tortilla volteada: dos fallos clamorosos en el primer minuto terminaron en un ensayo en contra y una mochila difícil de sobrellevar en la larguísima cuesta arriba que los australianos iban a plantear en el campo.

Liderados por la deslumbrante pareja Pockok – Hooper, rapidísimos en todas la fases, concentrados y generosos a la hora de entrar con la cabeza por delante en el avispero que los Pumas formaban en cada abierta, y fríos a la hora de decidir una vez se recuperaba el balón, Australia simplemente fue mejor. Aguantó en melé (quizás gracias a los consejos de Ledesma), se batieron el cobre en las contadas ocasiones en las que se montó la línea y demostró ser capaz de imponer un ritmo infernal a la hora de llegar a los rucks, donde se decidió el partido. En ningún momento mostraron superioridad los argentinos, que desde el primer cuarto de partido parecieron ir sin resuello tras los rapidísimos y contundentes terceras rivales. Algún fallo más, varios balones perdidos en rucks y algún golpe evitable dieron a los australianos la ventaja suficiente para llegar a la final, algo ganado a buena ley, con una pizca de suerte (a favor y en contra) en el partido contra Escocia, algo que parecía poco probable hace unas semanas para expertos, recién llegados, casas de apuestas y analistas internacionales. La dureza del camino que han recorrido los Wallabies se refleja con facilidad en una de las imágenes del partido: aquella en la que un ensangrentado y agotado Pockok daba la enhorabuena a los rivales sacudiendo la cabeza con gesto de “madre mía, la que nos habéis dado”.

Los Pumas se quedan fuera de la final y, al contrario que en 2007, la sensación es de oportunidad perdida. Si en ese Mundial había clima de gesta histórica y satisfacción plena ya por haber llegado a semifinales, sólo dos mundiales después los argentinos se quedan con cara de póker por jugar la final de bronce, ni más ni menos. Quizás lo más admirable de este equipo sea precisamente esa falta de resignación, esa ambición, ese espíritu. Tras jugar un grupo previsible y hacer frente a los All Blacks en un sensacional partido jugado en Twickenham, los Pumas firmaron uno de los mejores partidos que uno les recuerda contra Irlanda en Cardiff. Tras unos 20 primeros minutos eléctricos, los Pumas aguantaron el tsunami verde que se les vino encima  a pesar de las notables ausencias del pack irlandés y desplegaron unos últimos 20 minutos para el recuerdo en los que se llevaron por delante con claridad a la potentísima selección irlandesa. Los aplausos de los aficionados de verde al final a pesar del disgustazo de una nueva ocasión perdida (y eso que aún no sabíamos lo de Maureen O’Hara) dan una idea clara de la autoridad con la que los Pumas pasaron de ronda.

Los Pumas cierran así otro Mundial memorable en el que aún pueden ser terceros, igualando el hito de ese equipo asombroso que aún conserva algunos jugadores clave en estos Pumas con futuro que nacieron bajo el ala de Hourcade, roto en lágrimas ayer ante la evidencia de que se les iba quizás la oportunidad más clara de meterse en una final mundial. En 2019 volveremos a ver a esta Argentina agigantada tras su paso por el Rugby Championship, probablemente aún más reforzada por su presencia en el Super Rugby y el impulso que recibirá a su vuelta esta nueva generación privilegiada de rugbiers argentinos, cuyo único elemento preocupante es saber si podrán poner freno a ciertos ramalazos futboleros en celebraciones y cánticos. Gracias Pumas por las lecciones, por la emoción del himno, por el rugby total que va más allá de la entrega y los riñones. Un ejemplo, estos Pumas.

Por el otro lado del cuadro, se plantaron en la final los que todos esperábamos. Los All Blacks demostraron, en un durísimo partido contra Sudáfrica, que si toca sufrir y emplearse en las agrupaciones, que si los rivales plantean partidos cerrados con candado y rugby de kilos, que si lo que corresponde es remangarse y jugarse las cejas, ahí están ellos también. Tras el apabullante partido contra Francia y la demostración de rugby de ataque que convirtió a los franceses en sparring juvenil ante un equipo sobrado, tocaba bajar la cabeza y meter el hombro en vista del durísimo partido que plantearon los Sudafricanos. Sudáfrica quizás no sepa jugar a mucho más, pero claramente saben ser casi los mejores a lo que juegan. Duros, jugando por dentro, sin concesiones ni prisioneros, los Boks se encontraron con una muralla defensiva, un equipo agresivo y valiente que en ningún momento rehuyó el contacto, el placaje o la producción industrial de sudor, con una delantera dedicada con devoción a cumplir su deber y un Ma’a Nonu gigante. Nueva Zelanda llega a la final con sólo 3 ensayos en contra y una defensa granítica, pero con vitola de equipo de ataque y juego a la mano. La conclusión: quizás estemos hablando de uno de los equipos más completos del firmamento rugbístico, una máquina de atacar y defender, un prodigio físico, técnico y táctico, un monumento al deporte erigido por un país de 4 millones de habitantes. Una maravilla con botas negras y pómulos hinchados, un memorable equipazo de rugby, una máquina de ganar que celebra con contención el pase a la final porque sabe que el trabajo aún no está hecho. Un prodigio.
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Salió el Atleti al campo justo en el momento en el que la afición se preguntaba, por decimosegunda vez, si hacía frío o calor. Octubre en Madrid tiene estas cosas: en camisa uno se hiela, pero si se pone uno una chaqueta se asa. A primera hora está nublado y uno saca del armario un abriguito de entretiempo, como Gracita Morales. A medio día dan ganas de tomar vermouth en las terrazas, después de comer empieza a hacer más fresco, a media tarde uno ya no tiene claro si es verano o es invierno. Al campo va uno abrigado no sea que le coja el frío en la última media hora, como es tradición en el Calderón; pero luego uno se sienta en la grada y no corre el aire y no hace frío ninguno y se pasa uno el partido con el abrigo sobre las rodillas como una vieja, y cuando celebra los goles lo agarra no sea que se le caigan a uno las llaves y queden atrapadas por la flora autóctona que crece lozana bajo los asientos de la grada y no las vuelva uno a ver ya más nunca en la vida. El Calderón tiene estas cosas, y con este microclima no nos extraña que entre sus butacas prosperen plantas crasas propias de desiertos y altiplanos y orquídeas y otras monocotiledóneas propias de climas selváticos en un festival botánico que ríase Vd de la cuenca del Orinoco.

Volvía el Atleti a casa en Liga tras el partido de San Sebastián, que fue malo pero bueno, según se mire, y tras el partido del Astana, que fue bueno porque no podía ser de otra manera, oiga, que los pobres eran una panda de chiquillos altotes pero poco experimentados en esto del fútbol. Si el partido del Astana sirvió para pasar un rato tranquilo de una vez por todas, que falta hacía, el partido de San Sebastián sirvió para  que los críticos, que últimamente abundan, se rasgaran la camisa por el juego desplegado. Sirvió también para que los entusiastas, que también los hay aunque andan últimamente más tapaditos ante el aluvión de expertos enmienda-cholos que hablan a voces por las tabernas, dijeran eso de clín clín caja y otros tres puntitos y vamos p’alante y ya llegarán los tiempos del oropel, el brillo y el vino bueno.

Total que en esto, como quien no quiere la cosa y sin tener muy claro si hacía frío o hacía calor, llegó el Valencia al Calderón. La visita del Valencia suele resultar incómoda: a veces porque el equipo plantea partidos serios y duros que hacen que el Atleti las pase canutas; otras, porque el Valencia rasca premio al filito del final, como ocurrió el año pasado, cuando un arreón y un golpe de suerte en los últimos  minutos hicieron volar dos puntos en un partido que estaba controlado. Otras veces la llegada del Valencia resulta incómoda porque su entrenador, que tiene cara de malo aturbantado de “La Momia”, hace declaraciones de esas inoportunas que irritan a los que están en su casa tan tranquilos tomando café con leche y hacen ver fantasmas a los más brutos del lugar, que terminan tirando botellas al autobús del Atleti o insultando a los aficionados del Valencia que pasan por la calle camino de una tasca. El Valencia es un equipo con querencia natural al enfado profundísimo y el despecho por ofensas que uno no llega nunca a entender bien de dónde salen y a dónde van, y eso lo sabe bien Nuno. Nuno, que se parece bastante al enemigo de David el Gnomo, ha asumido con naturalidad ese papel de malo de película que azuza al pueblo contra una amenaza ficticia y en las ruedas de prensa desliza, entre eses líquidas fuertemente pronunciadas, denuncias y agravios que sólo él detecta. Lo sentimos por él, que debe tener una existencia triste entre tantísima ofensa, y lo sentimos por los seguidores de su equipo que montan en cólera al escucharle; pero, sobre todo, lo sentimos por nosotros, que no nos merecemos un señor tan pesado en la liga.  

Ante un Valencia descremado, mucho menos incisivo que otros años (posiblemente por la descompensación del equipo-granja de Mendes y la exigencia de jugar Champions), el Atleti jugó uno de los mejores partidos de lo que va de año, si no el mejor. Al menos sí fue el mejor primer tiempo de los tiempos recientes, superando por activa y por pasiva al endeble Valencia que ayer apareció por el Calderón. Sólido atrás y, sobre todo, poderoso y dominador en el centro del campo, el Atleti de ayer se pareció al Atleti que queremos ver este año y al que los más críticos habían dado por imposible tras el segundo partido en casa, en ese arrebato enmienda-cholos que ha poseído a algunos desde hace unos meses.

El partido tuvo varios protagonistas, pero uno por encima de todos: Tiago. Tiago, que lleva una serie de partidos monumentales, ayer fue un paso más allá y firmó un partido gigante, pleno de colocación, autoridad, pausa y criterio. Listo a la hora de llegar a los espacios, inteligente a la hora de repartir juego y acertadísimo en casi todas sus  acciones (desde la grada contamos un único error no forzado en un pase), Tiago sacó varios balones de cabeza en el área pequeña, recuperó posesiones, paró cuando tuvo que parar y aceleró cuando lo que había que hacer era dar velocidad. Tiago jugó y corrió y se tiró al suelo, pidió intensidad a los compañeros y también les pidió calma. Paró, templó, mandó y dejó claro que es, hoy por hoy y desde hace mucho tiempo, el centrocampista con más criterio que tiene el equipo, el jugador más sensato del medio campo y, lamentablemente, el único que no tiene recambio. Si Gabi, muy bien ayer en la recuperación y la brega, puede ser en cierto modo sustituido por la mejor versión de Saúl, no parece haber recambio para Tiago. Kranevitter, que vendrá en enero, tendrá primero que acostumbrarse a la liga y a los chistes sobre su nombre de embajador chiquitistaní; y aún si lo logra en poco tiempo, parece que su corte de juego recuerda más al de Gabi que al de Tiago. Koke, al que se suponía que el Cholo iba a echar al centro buscando esa misión, sigue en el mismo puesto que otros años y Óliver Torres, talentoso y con futuro, parece excesivamente inexperto no ya para ese puesto clave, sino para ser titular en el Atleti.

Es por esto por lo que la afición reza y reza para que Tiago, que ya tiene edad de acordarse del secuestro de Quini, no se lesione. Cada vez que Tiago va al suelo, la grada tiembla; si se queda dolorido en el césped, aunque sea un minuto, la grada deja de respirar. Tal es la importancia de Tiago y tan preocupante su falta de recambio que la afición empieza espontáneamente a organizarse para evitar riesgos. Así, varios aficionados de Salamanca se han ofrecido a hacerle la compra por turnos, evitando así que lleve bolsas con peso y pueda resbalar en el descansillo. En Madrid se han organizado patrullas ciudadanas para acompañarle al banco, acudir con él a las reuniones de vecinos, ordenarle los altillos, ir a recoger a sus niños al colegio. Un reputado bajista de blues monta guardia en el portal de Tiago desde hace unos días e impide el paso a todo vecino que lleve botas de suela rígida y objetos afilados. La Peña Atlética Jerez (apoyada por la Peña Unipersonal Numantina de la misma localidad) se ofrecen a enviar tuppers con guisos cinco veces con semanas para evitar que se queme con el vapor de la olla exprés, mientas varias asociaciones de aficionados de la zona de La Mancha preparan turnos para ir a planchar a casa de Tiago y evitar que le caiga la plancha en un pie, como a Busquets padre. Hacia el jueves llega a Madrid un contingente de la División Acorazada Brunete que acampará ante la casa de Tiago, desplegando un perímetro de seguridad a prueba de resbalones, libre de pieles de plátano y de canicas traidoras. Todo sea porque no se nos lesione Tiago, el Grande.

No sólo Tiago jugó bien ayer: todo el centro del campo fue fiable, sólido y hasta brillante. ¿Todo? Uhmmm, quizás todo no: Óliver Torres, que salió con el partido controlado y cerca del final para tener el balón y evitar sustos, ni tuvo el balón ni evitó sustos. Sustituyó además a una de las sensaciones de la noche, Ferreira Carrasco, autor de un golazo y baza fundamental en el primer tiempo para desbordar primero una banda y luego otra de la defensa del Valencia, mucho menos solvente de lo que ciertos medios pregonan. Ferreira Carrasco, a quien no sabemos si llamar Ferreira o Carrasco, se atrevió, corrió, desbordó y regateó, marcó un golazo y se entendió bien con el resto del centro del campo y la delantera. También con su lateral, pero eso es otro tema.

Porque el segundo protagonista del partido, junto a Tiago, fue Juanfran. Entonadísimo, rapidísimo y hábil, Juanfran lleva ya muchos partidos jugando con un notable alto, siempre metido en los partidos, siempre en su sitio y en el de su interior, cuando le toca por delante algún jugador menos aficionado a ayudar en defensa como Ólivier o el propio Griezmann. Juanfran hizo un partidazo una vez más y junto al resto de la defensa, con un Godín estupendo que cometió dos fallos tontos en el tramo final del partido, hicieron aburrirse como una ostra a Oblak, quien pudo perfectamente jugar leyendo una novela de Estefanía entre ataque y ataque, y se la hubiera acabado sin problemas.

El Atleti jugó una primera parte estupenda y una segunda algo menos brillante en el que se pusieron de manifiesto algunos aspectos que Simeone aún debe pulir: Óliver no parece aportar todo lo que su enorme talento ofrece, Jackson empieza a marcar pero aún queda lejos de lo que debe aportar un delantero centro en este equipo, Torres anda pletórico de fuerza pero acelerado e impreciso. El equipo no parece saber matar los partidos en el momento en el que todo está de cara, como pudo ayer haber pasado al final del primer tiempo, y quizás se venga demasiado abajo cuando hay un contratiempo; sólo eso explica que se pasara un cierto nerviosismo al final de un partido que podría haber sido perfectamente de 3 ó 4 cero al principio del segundo tiempo. Si el equipo retuerce su colmillo un poco más, si Jackson empieza a carburar al ritmo al que juega el resto, si Griezmann, como ayer, está más activo y presente y Koke continúa siendo la placa base que permite al resto de elementos estar a su nivel más alto, contemplaremos con alegría como la legión de tristes que llevan unas pocas semanas rasgándose las vestiduras por lo mal que va todo, se relajan.

El partido de ayer, además, marca el final de la empinada cuesta del primer cuarto de liga que el calendario regaló al Atleti como quien regala un lagarto venenoso. De aquí a diciembre, en principio, el Atleti tiene un calendario menos exigente que permitirá a los nuevos ir encontrando su sitio y a los de siempre ir pasando lo que saben a los recién llegados. Si es así, ojo a este equipo dentro de unos partidos, ojo.

jueves, 29 de noviembre de 2012

De camisetas de manga corta y gestos de equipo grande



Imaginen Vds, si no es mucho pedir, una estación de tren parecida a la estación de Atocha, pero bastante más pequeña y con menos tortugas. Los trenes que llegan a esa estación, que suelen hacerlo tarde, son menos modernos que los que llegan a Atocha y para abrir la puerta de sus vagones hay que tirar de un picaporte como de armario empotrado, un picaporte poco tecnológico, un picaporte que bien podría ser un pomo. Esta estación, como la de Atocha, está en el centro de la ciudad pero, al ser ésta mucho más pequeña que la nuestra y contar sólo con trescientos y pico mil habitantes, la estación es casi el centro del centro, el mismo centro, el epicentro, el mediocentro.

Imaginen ahora que, al salir de esa estación, justo cruzando la calle y a la altura del Reina Sofía o del Hotel Mediodía, estuviera el Estadio Vicente Calderón, donde acúúúúúden a millares los que gustan del fútbol de emoción. Eso sí, el Calderón no sería el Calderón que conocemos sino un estadio súper moderno, cubierto en su totalidad si el tiempo lo requiere y con capacidad para casi 75.000 espectadores, que abarcaría físicamente buena parte del centro de la ciudad. Además, el estadio no es de fútbol, sino de rugby. Un estadio de rugby para 75.000 espectadores en pleno centro de una ciudad de trescientos mil habitantes, frente a la estación principal, a pocos metros del castillo, junto a las calles comerciales y el ayuntamiento, un estadio de rugby descomunal en pleno centro histórico una ciudad un algo menor que Córdoba. Si se lo han imaginado ya, están Vds de enhorabuena: acaban de llegar Vds a Cardiff, País de Gales.

Cardiff es pequeño y tiene un castillito, además de una bahía apartada que invita a los andaluces a hacer chistes sobre cómo se cocinará la urta en parte de la Bahía de Cardiff. Cardiff no es una ciudad monumental ni un prodigio arquitectónico, hay que reconocerlo, pero tiene algunos pubs notables y varias calles de interés. En una de ellas, con esa elegancia deportiva de la que normalmente carecemos por estos lares, ondean banderas de los equipos que jugarán durante la ventana de test matches de noviembre: Nueva Zelanda, Australia, Argentina, Escocia, Tonga, Fiyi ... Muestra inequívoca del buen gusto local, arrinconada y medio arrugada en una esquina, está la bandera francesa.

Sólo viendo dónde está el estadio Millenium de Cardiff le queda a uno claro que, para los galeses, el rugby no es sólo un deporte. Cuando uno pasea por Cardiff en las horas previas al partido, el centro hierve de gente aunque haga un frío horroroso y no deje de llover ni un solo minuto. Horas antes del partido se suspenden líneas de autobús, se cierran calles al tráfico, se advierte a los viandantes que es mejor no pasar por allá ni por acá a no ser que uno quiera verse arrastrado por una marabunta roja y blanca, combinación de colores perfecta para las masas distinguidas. Echarse a la calle a Cardiff en día de partido, aunque sea a las 7.30 de la mañana y bajo una tromba de agua, es parecido a meterse de lleno en una grada de estadio. Todo el mundo lleva algo de su equipo, todo el mundo deja claro a lo que viene y nadie esconde cuál es el centro de la existencia de toda la ciudad ese día. Desde primerísima hora llegan trenes llenos de espectadores con camisetas rojas y las tres plumas blancas del Príncipe de Gales y la leyenda "Ich Dien", "Yo sirvo" en el pecho, mezclados con menos tipos vestidos de negro con un helecho plateado sobre el corazón. Muchos de ellos van al estadio, otros van a los pubs de los alrededores pero no quieren perderse el ambiente. Todos, incluidas numerosas chicas y familias enteras, van al rugby tengan o no tengan entrada.

Durante todo el día, por las calles del centro, en medio del chaparrón, del viento y del frío, pasean los galeses en camiseta de manga corta, y hasta alguno va en bermudas y chanclas y no es broma, oiga. Los galeses, como otros habitantes de las Islas, son un prodigio térmico, un desafío a los elementos, una anomalía con aislante. Bajo la capucha y tras la bufanda, viendo a los galeses en camiseta, uno se explica su facilidad para invadir territorios de clima más benigno, como relata Sir Cecil Winterbottom en su obra "Crónica de la colonización en manga corta" (Revista de Estrategia Militar en Niki, 1897):

- A la orden, mi General

- Dígame, Allistair

- Han llegado los regimientos galeses, les gustaría saber cuál es el plan para esta tarde.

- Ah, muy bien, Allistair. Dígales que hoy invadiremos Bombay de cuatro a siete. Por favor, que sean puntuales: la cena se servirá a las 19.30 y el Rogan Josh frío no vale nada.



Y es que a finales de noviembre en Cardiff hace un frío horroroso y no para de llover, hace viento y los paraguas (rojiblancos en su mayoría) sólo aguantan las corrientes de aire gracias a sus varillas reforzadas con adamantium. El extranjero sureño, congelado, lleva bufanda, gorro, gabán y pijama bajo el pantalón y aún así tiene que parar cada poco tiempo en un café a tomar sopa caliente y aspirina efervescente. Al otro lado del cristal empañado, empero, pasan los lugareños bajo la tempestad vistiendo zapatilla de lona y mangas de camisa, charlando animadamente a pesar de la galerna (Nota al pie).

Dejando de lado los misterios térmico-dérmicos de las islas, volvemos a lo que nos ocupa: el rugby. Cuando se acerca la hora del partido Cardiff entero se echa a la calle y se dirige al centro, al estadio. La masa es compacta y numerosa y andar a contracorriente es una tarea dura, recompensada al llegar al estadio. El estadio es inmenso, cómodo y moderno, y cuenta con un bar excelente.

- Tres cervezas, por favor

- ¿Lager? ¿Bitter? ¿Negra?

- Uhm ... ponga tres pintas de cada, gracias.



Así es, oiga. Al ser el rugby de un deporte bárbaro con seguidores embrutecidos, no como el fútbol, en las gradas del Millenium y del resto de estadios se puede beber alcohol cuando el partido no es de fútbol. Además, si uno quiere sidra en vez de cerveza, el barman le da una botella de cristal en la certeza de que nadie se la tirará a un jugador por un doble motivo: primero, por la exquisita educación de la hinchada (a pesar de algunos silbidos en los golpes rivales y durante la haka, algo no escuchado en Dublín); segundo, por el riesgo cierto de que el agredido vea al agresor, suba a por él y se lo coma en plena grada en sashimi. Ver un partido en el estadio con una pinta de cerveza fría en la mano es un placer del que las aficiones asilvestradas del fútbol nos han privado a los señores con gafas que nunca nos metemos con nadie; en algún momento, en esta vida o en la otra, deberán pagar por ello.

Los galeses adoran el rugby y saben de rugby, y también adoran cantar y saben hacerlo. En Gales son famosos los coros polifónicos, y esa afición se traslada a la grada del Millenium antes del partido. Una banda militar uniformada con casaca roja y diferentes tipos de sombreros y cascos según la graduación y función (bearskins de gala, salacots blancos de tropa colonial, cascos dorados impolutos) interpreta piezas para que un coro multitudinario, uniformado y con un director muy serio batuta en mano, cante y cante antes del partido. Mientras el coro canta, galeses y neozelandeses calientan y el calentamiento es casi tan espectacular como un partido: ataques, cruces, placajes, percusiones, delanteros haciendo melés, tres cuartos corriendo de lado a lado. La hora del partido se acerca, las cervezas van desapareciendo y las piezas que toca la banda son coreadas por cada vez más gente. Media grada canta "Hey Jude", tres cuartos se desgañitan después cantando un clásico de las gradas de rugby, "Delilah" del Tigre de Gales, el Falcao de los Crooners. Los neozelandeses se conjuran y empiezan a recoger los bártulos antes de volver al vestuario y entonces la banda y la grada saben lo que tienen que hacer. El director del coro se gira hacia la tribuna y suenan los primeros compases de "Bread of Heaven"; la grada estalla y canta, a varias voces, uno de los himnos tradicionales del rugby galés. A mitad de la pieza los jugadores galeses, que conocen el ritual, comienzan a girarse hacia el vestuario, abandonando el calentamiento y preparándose para la batalla que en breve empezará. Los jugadores rojos se van lentamente del campo entre el trueno de la grada, en una escena que recuerda a esas despedidas de las tropas hacia el frente que vemos en las películas, algo así como suerte muchachos, estamos con vosotros, a por ellos sin dar ni esperar cuartel. La escena es increíblemente emotiva y uno entiende entonces por qué un jugador galés está dispuesto a dejarse hasta el último aliento defendiendo esa camiseta, en casa, ante los suyos. Habría que ser muy frío o muy sinvergüenza o un eterno sonriente de Utrera para no sentir ese pellizco en ese momento y morder el protector dental hasta partirlo en dos. Benditos momentos nos da el rugby.

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Igualmente increíble es escuchar el himno galés coreado al unísono por 75.000 gargantas bien afinadas, ver las llamas que se lanzan al final del mismo, la ovación unánime de un país entero antes del partido, los equipos formados frente a la grada y la banda comandada por la mascota del regimiento, un macho cabrío enorme que no para quieto, deseoso de empitonar a Richie McCaw a la salida del primer ruck. El partido tiene poca historia, pero tampoco importa. Dos lesionados galeses en la primera jugada (uno tras cobarde y alevoso puñetazo por la espalda) marcan el partido; la increíble máquina negra de rugby que los galeses tienen en frente hace el resto. Los All Blacks están en un momento imparable, cuentan con jugadores de altísimo nivel técnico y táctico y un ritmo físico constante al que prácticamente no se puede hacer frente. Gales no aguanta ni los veinte minutos que acostumbran los rivales a mantener el tipo y los neozelandeses fríen a puntos a los rivales gracias a Aaron Cruden, preciso como un cirujano cardiaco pateando a palos. Poco interés tiene el partido, salvo ver en acción a campo completo a los zagueros, casi siempre fuera de plano en la televisión, y sobre todo a Israel Dagg, un prodigio de colocación y sangre fría que, además, manda sobre sus alas con galones de mariscal de campo y se une a la línea con una potencia y zancada que parece multiplicarse en vivo, en el campo. En un momento dado, al principio del segundo tiempo, la actitud de los galeses mirando, con los brazos bajos y la cabeza gacha, cómo Cruden vuelve a marcar indica que los de rojo están psicológicamente hundidos, convencidos de que esa muralla negra que les sale al paso cada vez que intentan algo no les permitirá anotar ni un solo tanto ante los suyos.

Finalmente no llega la sangre al río: mediado el segundo tiempo Gales ensaya tras formar un maul con casi todo el equipo metiendo el hombro, empujando a los neozelandeses hasta dentro de su línea de ensayo, jugándose un contraataque letal a sabiendas de que no tendrían muchas más ocasiones de salvar la honra. Los All Blacks levantan el pie, los galeses ensayan de nuevo y respiran, el partido acaba y la grada, medio resignada medio admirada (era común ver a seguidores locales diciendo a los hinchas de los All Blacks lo asombroso que era el juego de su equipo) va dejando atrás botellas vacías y vasos arrugados, de vuelta al las calles, a los pubs y restaurantes y a la lluvia , el viento y las camisetas de manga corta.

<En este ambiente, en este sitio, quién ganó el partido es casi lo de menos, ya lo saben.




NOTA DEL AUTOR: La explicación a por qué los galeses van en manga corta y las galesas van en sandalia y minifalda hasta en pleno y crudo invierno la dio a conocer el famoso dermatólogo polaco Dr Miroslav Mazinsky (de origen escocés según su biógrafo, siendo su apellido una deformación localista del apellido del clan McThickskin) en su tratado "Carnes de Gallina del Mundo Moderno y otros estudios médicos altamente inútiles" (Ed. El Galeno de Gales, 1950). Mazinsky o McThickskin, tras mucho estudiar los músculos horripiladores de etnias del mundo entero, llegó a la siguiente conclusión:

"La piel humana se divide en tres capas principales, epidermis, dermis e hipodermis. No es así, empero, en el caso de los naturales de las Islas Británicas, cuya piel cuenta, entre la epidermis y la dermis, con una fina capa de neopreno, otra de Thinsulate y una última de una sustancia parecida al torrezno".


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En el día después de los partidos de vuelta de los dieciseisavos de final de la Copa del Rey, a uno le quedan en la retina algunas imágenes de celebraciones de goles. Un jugador de un club grande de Primera División metió un gol desde su campo a un portero de un Segunda B y lo celebró haciendo un bailecito coreano dedicado a la grada. Un jugador de un equipo poco señor metió un gol a otro equipo de Segunda B y lo celebró poniéndose un balón en la barriga; en ese mismo partido, éste jugador llamó fracasado a un jugador rival. Un compañero suyo metió dos goles en ese mismo partido contra elSegunda B y lo celebró señalándose el escudo y mirando a la grada, en una celebración de esas ensayadas que tanta vergüenza ajena dan.

El mismo día, Raúl García le metía otro gol a un equipo de Segunda B, el Jaén. Raúl García, jugador injustamente tratado por el Calderón como tantas veces hemos dicho, se limitó a cerrar un puño y agradecer el pase al compañero con el que había estado durante la semana entrenando el movimiento que le permitió hacer el tanto. Pudo hacer aspavientos y reclamar gloria y atenciones, pero eligió una celebración que recordó a aquellas de Gárate e Irureta cuando se estrechaban la mano y se volvían a su campo para no molestar demasiado a los rivales que acababan de llevarse un disgusto. Raúl García hizo lo mismo, mostrando el respeto debido a un rival de una categoría inferior quizás deslumbrado por el estadio y los rivales.

Raúl García ya nos tiene acostumbrados a estos gestos, la verdad, así que no nos sorprende aunque nos gusten mucho. Otros gestos recientes tampoco nos sorprenden ya, y también nos gustan. Recientemente Simeone pidió a un árbitro que no expulsara al entrenador rival. Gabi intercedió en el partido de ida en Jaén para que no expulsaran a un jugador contrario tras cometer un penalti, Adrián y Raúl García contribuyeron a incrementar el cariño y el respeto hacia el Atleti con gestos que deberían ser normales y últimamente son excepcionales. El Atleti de estos días tiene un estilo añejo, respetuoso y sobrio, que nos gusta y nos hace grandes. Ahora solo falta que esa parte de la grada que confunde el ánimo con el insulto al rival y el aliento constante con la ofensa repetida, tome nota de los gestos de los nuestros y los trate de imitar. Ahí sí estará el Atleti al completo, el Atleti nuestro.

lunes, 24 de octubre de 2011

Pubs, televisiones, rombos


En pubs abarrotados (o al menos en uno), se disponía la gente a ver la final del Mundial de rugby con esa mezcla de expectación y pena con la que se llega al último día de las grandes competiciones deportivas. A estas alturas, a muchos se nos ha hecho normal madrugar en día libre para coger sitio - para uno mismo y para los compañeros -, desayunar cerveza negra y compartir conversación con desconocidos que al final del Mundial ya son amigos. Con el tiempo – que hoy aún estamos reventados – echaremos de menos los madrugones insensatos, las colas en la puerta del pub antes de amanecer, las conversaciones en dos idiomas y cinco acentos con vecinos de silla (en el caso de que hubiera suerte y, por tanto, silla), las celebraciones puños al aire por puntos conseguidos por equipos de otros países. Echaremos de menos los equilibrios de las camareras llevando entre mares de gente enormes desayunos irlandeses, el olor a baked beans, las comandas gritadas al aire y recordadas luego por medio bar, la pregunta “¿está libre?” señalando a la silla de al lado y la respuesta “no, lo siento, está ocupada” que suele llegar justo después. También nos faltará el calor, la cola en el baño, los empujones para salir y volver a entrar al bar durante el descanso, las conversaciones sobre todas y cada una de las jugadas que duran hasta bien entrada la tarde, mucho después del final del partido. Se ha acabado el Mundial y ya queda un día menos para el próximo y pocos meses para el VI Naciones, el torneo más bonito del mundo, el que más nos gusta.

Se sentó el personal en el pub, ya fuera en silla o suelo, y se dispuso a ver la haka final, el último desafío, el inicio del último partido. Se esperaba que los franceses no hicieran nada para contestar a la haka neozelandesa, pero no fue así. Los franceses, para empezar, salieron de blanco inmaculado, su atuendo suplente al ceder caballerosamente a los rivales la posibilidad de vestir de negro en casa; con este gesto loable, Francia puso fácil a los del Atleti la decisión de con quién iban, una vez quedó claro que el color elegido no era un guiño transpirenaico al color de aquél toro de Antoñete. Inició Weepu la sucesión de gritos guturales que lanzan la haka y los franceses se pusieron en formación de flecha valona para, según avanzaba el Kapa O Pango, acercarse a las posiciones de los All Blacks y desafiar así el propio desafío. La imagen, llamada a ser histórica y ensalzadora de los valores guerreros, tuvo el efecto contrario cuando se vio a los franceses, casi vestidos de marinerito, acercarse cogiditos de la mano en una estampa enternecedora que arrancó tiernos ooohs y arrugamiento de naricillas entre el respetable. Por suerte, cuando la afición se esperaba que los bleus se arrancaran a cantar Sur le pont d’Avignon haciendo un corro, terminó la haka, se miraron a los ojos los jugadores, se señaló el gaznate Ma’a Nonu y acabó la última danza maorí del Mundial, una haka cada vez más teatral y menos contenida, quizás más televisiva y menos solemne de lo que a algunos nos gustaría.

Empezó el partido y en las mesas se hacían apuestas sobre cuánto tardarían los neozelandeses, y en concreto McCaw, en medirle el lomo a Parra. Poco tardaron las dudas en despejarse y a los once minutos salía Parra del campo visiblemente groggy tras llevarse un rodillazo en la cabeza del capitán All Black. Volvió más tarde al campo pero, quizás por la anterior lesión o por un nuevo golpe, tuvo que ser definitivamente sustituido por Trinh-Duc. Morgan Parra, “Parrita” para los taurinos, se iba antes de tiempo al banquillo tras haber hecho un buen mundial y tras haber sido cazado en la final y las cámaras le pillaron llorando como una magdalena en parte por perderse el resto de partido y en parte, claro está, por lo de Antoñete.

Avanzaba el partido y Weepu fallaba golpes, muy lejos de su efectividad contra los Pumas, sembrando las dudas en un equipo con mala suerte con los medios de apertura. También Cruden se fue lesionado tras un apoyo y una torcedura de rodilla de esas que levantan ooohs y aaaays en los pubs durante las repeticiones y salió Donald, el cuarto apertura del torneo ni más ni menos y a la postre un tipo clave por su acierto y su calma. Entre tanto, ensayaba Woodcock saliendo con comodidad de una touche y parecía que el partido tendría color negro. Nada más lejos de la realidad.

Transformó un golpe Donald y, justo después, ensayó Francia tras un fallo de Weepu, varias fases y una carrera de Dusautoir, enorme durante todo el partido. A un punto y con muchos minutos por delante, todo cambió de color. Francia se creció y se lo empezó a creer, Nueva Zelanda dudaba y perdía gas. Quizás por culpa de la presión, quizás por la confianza del rival, el equipo negro empezó a mudar a gris perla. Desfondados algunos de sus elementos más dinámicos de la línea, fue Francia quien controló el partido entre esos gritos tan característicos de sus aficionados cada vez que pasa algo un poco relevante, ese oui embrutecido, ese OueEÉ!. Un partido feo, poco vistoso pero emocionante, sin aperturas a la línea y sin destellos de ese rugby a la mano y con zaguero-sprinter de pelo rizado que nos hacía saltar de la silla, pero mejor jugado por los franceses y defendido al final con oficio y dientes apretados por los neozelandeses.

En este mundial de poco juego abierto y mucha delantera, de defensas agresivas y placajes continuos, Francia ha practicado un rugby mezquino y ramplón, ha perdido dos partidos en la fase de grupo (uno de ellos voluntariamente) y ha defraudado a sus seguidores más ortodoxos. Ganó contra Inglaterra tras un excelente partido y ganó contra Gales por un punto, jugando contra un jugador menos durante casi todo el partido y sólo gracias a los errores del rival. Con ese bagaje tan pobre se presentó en la final y probó su propia medicina, perdiendo injustamente un partido de rugby industrial y sin brillo controlado por Francia pero con marcador a favor de Nueva Zelanda. Como es bien sabido uno es poco amigo de echar piropos a los vecinos y normalmente va con sus rivales en todas las disciplinas deportivas, incluida la gastronomía; hoy, no obstante, uno presenta sus respetos a este equipo feote y sin referencias que, en el partido más importante del Mundial, mereció mejor suerte. Eso sí, uno no puede dejar de preguntarse aún, como estarán haciendo en Cardiff, si de no haberse resbalado Hook o haber subido un poquito más aquél golpe de Halfpenny, no estaríamos hablando hoy de un Gales campeón volando de vuelta en primera clase sin cerveza suficiente en la bodega del avión.

Francia renunció a jugar su partido contra Nueva Zelanda de la primera fase para reservarse efectivos y asegurarse un mejor cruce; en ese partido, sin embargo, sacó un equipo más potente durante los últimos minutos y sembró dudas entre los All Blacks. Incómodos por la presión de la historia y quizás por el recuerdo de esos minutos, los All Blacks fueron perdiendo la compostura y el fuelle inicial según se fue entonando Francia, en especial su excelente tercera línea. La Nueva Zelanda campeona, lesionado Dan Carter, no cuenta con jugadores especiales, distintos, de esos que sí había en equipos anteriores; es un equipo sin Antoñetes aunque con Montoliús y Martín Recios, que no es poco. Practica un rugby veloz y contundente sin la magia de otras veces y, ausente Carter, sólo Dagg, magnífico zaguero al que le llegan menos balones de lo que nos gustaría, parece tener genética de estrella entre los campeones. Weepu, sustituido tras su mala actuación, parece haber dejado claro que su estrella se encendió y apagó el mismo día y McCaw ha dejado claro que prefiere definitivamente ser de los malos; de no ser por la permisividad arbitral, su participación habría sido más limitada. Hasta la final pareció que los All Blacks estaban claramente por encima de todos sus rivales y que no habían sido probados al 100% por ningún equipo; la prueba definitiva, en la final y ante una Francia ordenada pese al bigotito y las cosas de Lievremont, no la pasó con nota ni mucho menos. Nueva Zelanda es campeona, sí, pero no con la brillantez esperada ni con el encanto de los equipos históricos; quizás se haya quitado por fin la presión y empiece a partir de ahora a disfrutar en los mundiales en vez de angustiarse.

Enhorabuena a los campeones, suerte en el futuro a los australianos, nuestra admiración a la bravura de los argentinos, nuestro agradecimiento a galeses por todo el torneo y por esos cinco últimos minutos contra Australia, y nuestro apoyo, siempre, a los irlandeses.

Y, por supuesto, viva el rugby.

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Por prescripción facultativa, uno no acudió al estadio a ver el partido contra el Mallorca.

- ¿Está Vd enfermo?
- Yo no, oiga, es el optimismo, el optimismo.

Con el optimismo desnutrido y enanecido, el médico recomendó al que suscribe quedarse en casa y ver el partido por Gol T, comentado por Juanma Lillo. Acomodado en el calor del hogar, el que suscribe sentó al optimismo en una trona acolchada para niños de tres años, tal es su menguado tamaño ya a estas alturas de la temporada. Le dio un cojín tripero, que tanto gustito dan después de comer, té caliente y un cruasán. Magdalenas, una onza de chocolate y un yogur de pera, todo lo que alguien canijo y enfermo puede desear en una tarde con frío.

El optimismo tenía ya mala cara antes de empezar el partido como consecuencia del día del Udinese. Si la semana pasada, tras lo del Granada, se quedó el pobre en nada, tras lo de Udine la cosa empeoró. Pasada la semana a duras penas, el optimismo, cada vez más miope y con temblores esporádicos, esperaba el partido en casa contra el Mallorca para reverdecer un poco, recuperar el apetito y coger algún kilito. Un partido en casa contra un rival asequible era una buena oportunidad para devolver la ilusión a la grada, conseguir tres puntos y volver a pensar que sería posible hacer algo digno, para variar. Eso sí, fue empezar el partido, escuchar el pitido del árbitro, ver la repetición de la mano de Silvio y cómo entraba el balón en la portería de Courtois tras el penalti y perder de golpe salud y peso.

- ¿Cómo está Vd, optimismo?
- Cuarto y mitad más enfermo
- Vaya por Dios

El optimismo no daba crédito al penalti pitado y tampoco daba crédito a la inoperancia de los nuestros. Antes de empezar el partido, se había alegrado tímidamente tras ver a Adrián junto a Falcao y a Reyes en el banquillo, pero perdió la sonrisa al ver a Mario de capitán y a Tiago de nuevo ocupando la zona derecha del centro del campo. Se compensó algo su depresión al caer que estaban Diego y Turan, que algo es algo, pero se volvió a venir abajo pensando que Assunçao no cuenta y Koke menos. Y recayó al ver que la cosa no funcionaba y que con un árbitro que tampoco ayudaba, ganar parecía poco menos que imposible. Según avanzaba el primer tiempo, el optimismo se iba arrugando como una pasa, consumiéndose poco a poco como esos medios limones que se quedan todo el verano en las neveras de los solteros.

Acababa el primer tiempo y Falcao provocó un penalti que pareció penalti, quizás menos penalti, eso sí, que otro penalti por manos más visibles que la de Silvio. Falcao se acercó al balón con esa confianza que destila y el optimismo miraba con atención. Corrió Falcao, hizo media paradinha, pegó al balón suave y marcó un gol. Alegre, el que suscribe se giró al optimismo esperando una leve mejoría, un poco de brillo en su piel de melón podrido y algo de confianza en la mirada, pero lo que vio fue lo contrario. El optimismo, a pesar del gol, se veía más pequeño, más gris, más arrugado. Por la expresión de su cara, el optimismo se encontraba peor, tenía dolor de cabeza y estaba a punto de una crisis nerviosa.

- ¿Está Vd bien? Le noto peor tras el gol, como con jaqueca … ¿No cree Vd que vayamos a ganar a pesar de haber empatado?
- No, no es eso ... – dijo con vocecita de enfermo terminal - es por Juanma Lillo …

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Salió el Atleti al campo una vez más y, una vez más, no jugó a nada. O sí, quizás jugó a tener el balón y no crear peligro, nueva modalidad futbolística que sirve para que a uno le califiquen de entrenador con buen gusto aunque no se gane casi ningún partido.

El Atleti, tras muchos cambios, rotaciones, pruebas y tests de Cooper salió con dos delanteros y algo parecido a un rombo por detrás. El rombo que pone Manzano es un rombo denominación de origen, un rombo así muy suyo difícil de clasificar hasta por los aficionados barroco-teóricos que siguen la estela de Lillo. En el rombo de Manzano o Manzaniromb® juega Mario de vértice inferior por delante de la defensa, con Tiago a un lado haciendo algo así como de interior, apoyado por Silvio. En la punta del rombo ovoide de Manzano juega Diego, que busca el balón incansablemente e intenta llevarlo hacia delante. A su izquierda, en teoría (sólo en teoría) más cerca de la cal, juega Arda Turan con Filipe Luis Filipe cubriéndole las espaldas. Al menos eso parece en teoría, o a ratos, o en ocasiones. Un sistema así pide un cierto compromiso físico y táctico y la colaboración constante de los laterales, que deberían subir y bajar continuamente para llevar balones idealmente hasta a Falcao, rematador de todo lo que vuele y pase cerca del área. Y hasta aquí, la teoría.

La práctica es más compleja. En el sistema de rombo truncado de Manzano algunos papeles están por definir. Falcao, que debería recibir balones desde las bandas y el centro y rematarlos a puerta, termina por bajar a medio campo a buscarse las habichuelas, en parte aburrido y agotado por el partido estéril y en parte abrumado por su precio desorbitado. Diego, que por su calidad y características debería recibir, crear y pensar, se pasa el partido corriendo de lado a lado pidiendo y recuperando el balón. Mario, que debería frenar avances rivales, recuperar balones, hacer kilómetros y colocar a los compañeros, se pasa el partido andando. Mario anda. Camina. Pasa gran cantidad de tiempo andando, algo poco apropiado para un puesto como el suyo, en el que cuando no se esprinta se trota a cerrar un hueco o se espera flexionado a un rival que encara; esto, por cierto, lo hace mejor Assunçao, que ve los partidos desde el banquillo mientras Mario lleva el brazalete. Tiago, cómodo en su papel asegurado y sin amenazas, trota un poco y recupera fuelle otro poco, dejando a Silvio toda la banda para que suba y baje si sus abductores le dejan. Arda Turan, jugador de calidad y mando como Diego, tiende a irse al centro, hacia delante e incluso hacia la izquierda a asociarse con algún protón disponible cuando la jugada lo requiere, cruzándose a veces con Diego en partes del campo insospechadas, hombre, Vd por aquí, ¿qúe tal, oiga? ¿qué tal su señora? pues cada día más guapa, diga Vd que sí, oiga.

El resultado es un rombo desrombado, un trivote bi-pivotal, un paralelepípedo variable o un puchero templado de enganches, pivotes y volantes de temporada, servido sobre cama de otros puestos indefinibles con nombre rimbombante y cebolla confitada. En otras palabras, un centro del campo complicado de entender, con dos jugadores más estáticos y otros dos más dinámicos, uno que corre a recuperar el balón cuando debería hacer esa misión un tercero y otro que busca como los electrones libres el sitio más cómodo para asociarse, dejando un hueco para un lateral blando que sube poco y, si sube, baja poco también. El resultado ya lo conocen Vds. El Atleti toca, hace paredes, saca el balón jugado hasta medio campo y engorda sus estadísticas de posesión. Para compensar, no tira casi a puerta. No desborda por las bandas, no cuelga balones a la cabeza de Falcao, no tira pases largos a la espalda de los defensas adelantados. Toca y toca en horizontal, cansino a ratos, dejando al rival colocarse con tiempo y comodidad, buscando un chispazo de Diego, Arda o incluso, oh quimera, de Reyes. Es raro que los laterales lleguen al fondo, es raro que se entre por el centro tocando rápido, es común tocar y tocar cerca del área rival sin encontrar hueco por el que colarse. El Atleti intenta hacer un juego de esos que ahora se llaman bonitos, circulando el balón como en los ataques de balonmano, siempre cómodo para el rival por no tener laterales que lleguen ni buenos tiradores de lejos. Para un medio centro con un poco de experiencia y con facilidad para ver el fútbol de cara el Atleti monta ataques cómodos de defender si para a su equipo en su sitio, ni muy lejos ni muy cerca, esperando y esperando el fallo del Atleti para recuperar, o la impaciencia y el pelotazo adelante con ventaja para los defensas que van de cara. No resulta complicado frenar a un equipo así, y así nos frenan. Mejoraría el Atleti si contase con ese olvidado recurso, el coraje y el compromiso, pero mucho es pedir a un equipo de recién llegados con un capitán tibio como la crema de verduras; quizás les vendría bien el visionado ininterrumpido durante veinticuatro horas de los cinco últimos minutos del Gales - Australia, con los galeses empeñados en marcar un ensayo inútil para el marcador pero obligado por el orgullo, ensayo por cierto no celebrado por considerarse parte del deber y no algo de lo que alardear.

El resultado de todo esto es visible. De ocho partidos de liga, el Atleti ha ganado dos. Lleva nueve goles, ocho de ellos marcados en dos partidos. Salvo con el Barça ha encajado pocos goles, pero tampoco llega con claridad a poder marcarlos. Algo similar ocurre en la Europa League, donde no se marcan casi goles. Más grave, no hay idea de a qué se quiere jugar, ni rastro de la apuesta deslumbrante de los primeros partidos de liga en casa. Muchos cambios, pocas ideas claras, mucho de lo que ahora se llaman rotaciones. Algunos canteranos sin minutos, jugadores discutibles con el puesto asegurado en posiciones clave aunque se vea que no funcionan. Un delantero excelente cuando se le surte de balones, desesperado por no oler una. Un par de jugadores dotados para crear corriendo a cubrir huecos y recuperar balones. Dos laterales teóricamente ofensivos que no llegan arriba. Un jugador dotado para destruir y sostener la media sentado en el banquillo componiendo versos. Unos cuantos jóvenes preguntándose si no será mejor irse cedido a otro equipo. Y, lo más claro, 10 puntos de 24 posibles, seis puntos perdidos en casa en cinco partidos, un punto fuera en casa de un recién ascendido.

Y, a ver, que no se nos malinterprete: que optimistas, lo que se dice optimistas, lo seguimos siendo. Eso sí, ya sólo porque queda tiempo para rectificar.

lunes, 17 de octubre de 2011

De comparaciones odiosas y optimismos desmejorados

Sólo los imbéciles, pensarán Vds y seguramente con razón, son capaces de hacer cola un sábado antes de las nueve de la mañana ante un pub cerrado para ver un partido de rugby entre dos equipos que no son los de uno. Probablemente sea cosa de imbéciles, sí, pero el caso es que, como imbéciles y además encantados de parecerlo, el sábado a las 8:45 de la mañana unos cuantos imbéciles formaban una cola absurda en la puerta de un pub irlandés del centro de la capital. Entre esos imbéciles, como casi siempre que hay imbéciles así en grupito, estaba el que suscribe.


Se jugaba Gales la posibilidad de entrar en la final del Mundial de rugby por primera vez en su historia, ahí es nada. Gales, país chiquitito que no es Estado pero sí país, se jugaba acceder a la final del Mundial de su deporte ante Francia, un país con casi veinte veces más habitantes y bastante menos vergüenza torera en lo que va de Mundial, de este Mundial en el que los franceses han renunciado a su estilo e identidad, a jugar con los titulares en los partidos de cruces y a aplicar la lógica a la hora de hacer alineaciones. Gales, que venía jugando el mejor rugby del Mundial hasta la fecha, con un partido memorable ante Sudáfrica y una victoria merecida y bien sudada ante los irlandeses, tenía ocasión de hacer historia con un equipo plagado de jóvenes y algún veterano aportando la experiencia necesaria para los agrupamientos. Sin Priestland, lesionado en el partido contra Irlanda, era Hook el jugador en el que se fijaron los ojos de los aficionados y fue, a la postre, uno de los protagonistas del partido.

Ya desde el principio, la sensación fue que Gales jugaba contra los elementos casi más que contra los de azul. A los doce minutos se lesionaba el Oso Jones, el galés llamado a poner experiencia en la melé, y su imagen, desolado en el banquillo por no poder ayudar a los suyos, es de esas que dicen mucho más que diez mil palabras. Poco después Hook fallaba un golpe de castigo por resbalarse en el último apoyo, dejando sin anotar tres puntos que habrían sido definitivos. Y, lo más grave, a los veinte minutos el árbitro expulsaba a Warburton por un placaje peligroso. Si la expulsión fue excesiva o no es algo que aún se discute en la inmensa mayoría de pubs, cafeterías, colmados, asilos y bingos del planeta entero. En directo, el placaje pareció de amarilla y sin bin y la cara de los asistentes al ver al galés en su banquillo y no en la silla de los castigados fue de sorpresa mayúscula. Los que saben de esto mantienen que el placaje es de roja según las últimas directrices recibidas por los árbitros, los que hemos visto el Mundial no recordamos tanto castigo para situaciones comparables. Sea como fuere, Warburton fue expulsado y llegó la primera gran lección del partido: ni una mala cara, ni una protesta, sólo el reconocimiento posterior del capitán galés de que la culpa, de existir, fue solo suya.

A la expulsión le sucedió una fase en la que Gales se sintió perdedora para, poco a poco, ir dando paso a la luz de la esperanza. Francia, rácana y triste, oscura, traidora a lo suyo y mezquina en el planteamiento, hacía lo justo, lo justito más bien. Sin juego a la mano, con una delantera que no se imponía con la autoridad que podría uno esperar a los galeses a pesar del inmenso Harinordoquy, Francia dejaba crecer en los galeses la llama de la confianza. Las cámaras recogían gritos de ánimo entre los galeses, creed en vosotros, son más débiles de lo que pensáis, somos más fuertes que ellos, más orgullosos, más fuertes. Gales abría el balón más, rompía la línea y ganaba los agrupamientos, jugaba como si tuviera un jugador más, sumando quince los catorce que estaban en el campo gracias a un plus de orgullo y un rival mezquino, la segunda lección de la semifinal.

Ensayó Gales y Mike Phillips, el potente medio melé galés, celebró el ensayo antes de posar el balón. Quizás un jugador más veterano habría renunciado a la celebración buscando acercarse a los palos, quizás un capitán experimentado habría gritado con voz de dragón para empujarle a hacerlo y dejarse de gestitos, quizás un señor con gafas y rebeca y altamente supersticioso no lo habría hecho. Pero Mike Phillips sacó la lengua, señaló a alguien y posó el balón cantando victoria antes de tiempo. Falló Gales la conversión y quedó a un punto, casi sin tiempo para adelantarse al triste rival y posiblemente en ese momento Mike Phillips comprendió algo que ya no olvidará jamás, otra lección en un único partido. Pudo ganar Gales gracias a un larguísimo golpe que intentó transformar Halfpenny desde un sitio parecido al que sí se cobró contra Irlanda. De nuevo jugando contra los elementos, el balón pasó un par de centímetros por debajo del larguero tras volar muchos metros. De llegar media cuarta más arriba el balón habría tocado palo y habría entrado, cerrando un guión parecido al de "Match point" de Woody Allen. Pero ayer no era el día y el guión era otro, era aquél de "llegaron los Sarracenos / y nos molieron a palos / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos".

Los tres o cuatro últimos minutos del partido, con Gales buscando centímetro a centímetro la posibilidad de encontrar una posición propicia para el drop o para la entrada de su línea, son de esos que le hacen a uno querer ver partidos de rugby a todas horas. Un fallo final tras veinticinco agotadoras y dramáticas fases dio la victoria al equipo que peor juego había desplegado y privó de intentarlo una vez más al equipo que, una vez analizado el partido con más frialdad, dejó escapar entre los dedos la posibilidad de ganar y hacer historia por culpa de sus propios errores. Demasiados fallos a palos, un drop a pierna cambiada demasiado arriesgado, drops no jugados en el último suspiro, una conversión difícil por celebrar un ensayo prematuramente ... Gales, inmensa durante el partido, pudo ganar de haber tenido algo más de suerte y algo menos de fatalidad, algo más de experiencia y algo menos de ingenuidad, otra lección de la semifinal. Gales deja el mundial con sensación de poder llegar a ser un equipo enorme en poco tiempo, de citarse con la historia dentro de cuatro años - si los australianos lo permiten - y con el regusto amargo y dulce a la vez de no haber llegado donde debía pese haber peleado como fieras. Gales podrá ser tercera el viernes en una posible final del futuro y volver a casa con la cabeza alta y una cuenta pendiente mientras Francia, pase lo que pase el domingo, debería volver sacudiendo la cabeza, pensando en su lamentable imagen y considerando seriamente afeitarse el bigotito de racanería y mezquindad que ha lucido en el Mundial. Algún jugador francés dijo tras la semifinal que prefería jugar mal y ganar a jugar bien y no pasar; una semana anterior Brian O'Driscoll, capitán de Irlanda y máximo representante de la generación que se fue a casa en cuartos cuando podría, por primera vez, haber apuntado a la final, felicitó a Gales y dijo que le habría gustado ganar el partido, pero que las victorias hay que merecerlas. Ahí quedan ambas declaraciones, lecciones en verde y azul, para que las valore el lector tomando café (cortado).

El domingo, esta vez sin cola previa, jugaban Nueva Zelanda y Australia. Pocos neozelandeses y muchos australianos en el pub, muchos españoles e irlandeses, pocos o ningún francés, una mezcla estupenda. El partido del domingo, un clásico con todas las letras, atrajo menos público por no jugar ningún equipo con parroquia numerosa en Madrid. Si el día anterior los pubs se colapsaban por la asistencia masiva de franceses (no necesariamente aficionados al rugby), los plácidos australianos, educados y con chanclas, llenaron solo a medias el local y lo hicieron con una naturalidad y un saber estar la mar de agradable. Nada que ver con la futbolerizada afición francesa del día anterior, ruidosa y poco entendida en su mayoría, más pendiente de aplaudir los fallos del rival y lanzar sus despectivos gritos de ánimo que de entender de qué va el rugby. Aficiones así son un tormento para el aficionado con canas que empezó a ver rugby cuando las camisetas no tenían publicidad, cuando no había cambios sino en caso de lesión certificada por el médico rival y cuando Ashton, de haber hecho entonces alguna de sus celebraciones, se habría topado al caer con el puño cerrado de un delantero con barriga y malas pulgas impactándole en la cara. El sábado algunos de estos aficionados añejos, franceses y visiblemente abochornados por sus ignorantes pero audaces compatriotas, intentaron poner orden recordando en francés los códigos de las gradas de rugby. Para su esfuerzo en su ingrata misión de intentar amortiguar el bochorno causado por los suyos, todo nuestro agradecimiento y nuestro respeto. On connaît la chanson, merci.

Salieron los All Blacks al campo e hicieron su cada vez más teatral y exagerada haka Kapa O Pango, con Ali Williams en estado de trance rayando el ataque de idiocia. Los australianos, jóvenes y llamados a jugarse mucho el próximo mundial con los galeses, vieron el espectáculo y, a juzgar por lo que pasó luego, se quedaron impactados. Por el campo australiano pasó una marea negra que ríase Vd del Prestige. Con una velocidad imparable los neozelandeses movieron a los australianos de lado a lado del campo sin dar un segundo de tregua, sin perder tiempo en los agrupamientos, abriendo la línea de un lado a otro y vuelta a empezar. Ensayó Nonu tras una sensacional jugada de Dagg, destacadísimo todo el Mundial, y Weepu se encargó de patear. Menos acertado que contra los Pumas, Weepu falló varios golpes; si la duda tuvo intención de abrirse paso en algún momento entre los neozelandeses, llegó Cruden, el jovencísimo apertura que empezó el mundial de vacaciones y terminará siendo titular en la final tras la lesión de Dan Carter y sus sucesores, y echó spray anti-dudas por toda su zona de influencia, pasando de paso las vacilaciones a Cooper. No necesitó mucho más Nueva Zelanda; Australia buscó más maquillar el resultado que ganar el partido y, de nuevo según un guión pero esta vez el que todos habríamos escrito, los All Blacks estarán en la final sin que tengamos la sensación de que hayan sido probados al 100% todavía.



- Muy bien, oiga, todo muy emotivo, pero ... ¿Y el Atleti?

El Atleti, o más bien un sucedáneo del Atleti, jugó en Granada y por ello la afición lo vio, como el rugby, en bares y demás recintos sagrados. Como era de prever, y al contrario que por la mañana, no se vieron muchas colas de gente esperando para coger sitio en pubs, cafeterías, colmados, asilos o bingos para ver bien al Atleti, ni siquiera en Madrid. El interés que despierta el Atleti es cada vez menor y uno se explica que así sea cuando ve tres o cuatro partidos seguidos del equipo: según avanza la temporada, como casi siempre, el Atleti se diluye, se deshace, se va pareciendo más a lo que siempre pareció en los últimos años y menos al aparente espejismo de las primeras jornadas. El Atleti de los partidos de Racing y Sporting y de los veinte últimos minutos de Valencia se antoja ahora un trampantojo, un efecto óptico fruto de la inoperancia de los rivales y de la calidad de algunos de los jugadores nuevos en sus primeros días, aún no contagiados de la apatía general.

Eso sí, fiel a sus promesas, el que suscribe acudió al bar acompañado del cada vez más desmejorado optimismo, su fiel compañero de esta temporada. El optimismo, como bien saben biólogos, botánicos y adivinos, es una especie que necesita ciertas condiciones ambientales para poder desarrollarse. En el caso del optimismo colchonero, éste puede echar raíces, desarrollarse e incluso florecer en una variedad de ecosistemas. En un ambiente de buena planificación deportiva, el optimismo se desarrolla lento pero seguro, buscando la consolidación a largo plazo y sin prisas para así llegar a dar flores; esto es una elucubración meramente teórica de algunos botánicos, dado que nunca se ha producido en los últimos veinte años. Hay otros escenarios, empero, para el desarrollo sano del optimismo rojiblanco. Uno de ellos, la existencia en la plantilla de algún jugador de altura mundial surgido de la cantera o contratado cuando era muy joven, siempre y cuando se abone la situación con los nutrientes necesarios para hacer creer en un equipo creado en torno a éste. También, la inversión racional y lógica de los recursos económicos para crear una plantilla compensada o la contratación de un entrenador con personalidad e ideas claras, poco veleta y dado a plegarse a los deseos del palco y fiel a su propia idea de juego. Incluso la formación de un plantel con la cantera como referencia, en el que se entiendan cuáles son las señas de identidad del club sin necesidad de que las reparta el entrenador en una octavillita, puede fomentar la reproducción del optimismo. En todas estas situaciones y en alguna otra que se nos olvida, el optimismo se pone gordo y rosado y da gusto darle pellizcos en los muslos y cucharadas de potito haciendo el avión.

Enunciado lo anterior, no es de extrañar que esté el optimismo hecho un asco. Verdoso y cetrino, con ojeras oscuras, raquítico y con pelo ralo y sin brillo, el optimismo rojiblanco ha empezado un declive de los gordos. Da casi vergüenza ir al bar con el optimismo en este estado, la verdad, y cuando uno entra con él de la mano y todo lo bien peinado que puede con esos cuatro pelos que le quedan, es inevitable oír a las señoras cuchicheando a espaldas de uno. Ay Dios mío, qué mala pinta tiene ese optimismo, yo creo que ni lo bañan ni nada, no está en buenas manos con ese señor de las gafas con pinta de no saber freír un huevo y comer siempre de latas, así está el pobre, que da asco; camarero, dele a ese pobre optimismo un vaso de leche con colacao y una magdalena de las gordas, a ver si coge lustre.

Salió el Atleti al campo del Granada y casi dio igual quién saliera. Los últimos Atletis que jugaron en Granada eran Atletis grandes que aspiraban a cosas importantes y que mezclaban finos estilistas con guerreros solidarios, tipos capaces de meter goles a pesar de las patadas de Montero Castillo y Aguirre Suárez a sabiendas de que si la cosa se ponía fea habría detrás un Panadero Díaz para igualar fuerzas. El Atleti que salió ayer en Granada era un Atleti triste, con portero cedido, lateral derecho de circunstancias y medio campo sosaina incapaz de hacer frente a un recién ascendido. Un Atleti de delantero aislado y aburrido y de mediapunta desnortado. Un equipo de cerebro desasistido y desconectado, de delantero válido sentado en el banquillo y entrenador miope aportando más bien nada, salvo mandamientos impresos en Verdana caja 14. El Atleti tristón que jugó en Granada no tenía ni talento ni mordiente ni recursos ni torería, no tenía más que hacer que esperar el final del partido evitando algún gol rival y haciendo como que atacaba mientras miraba de reojo el cronómetro, contando los minutos para volver a casita y echarse la siesta.

Salió el Atleti y puso cara de a ver cuánto dura esto, que no nos apetece nada a estas horas. El Atleti que quería el balón los primeros partidos ha dado paso a un Atleti conformista y apático, la antítesis del Gales de la semifinal. El Atleti vio cómo le cabeceaban un balón al palo y siguió a lo suyo, que es poco. Vio como un equipete recién ascendido no sufría y no tenía ni miedo. El Atleti que salió en Granada, como venía apuntando, dejó de querer el balón y dejó de buscar la portería rival dando toques. Se limitó a apagar fuegos con una teterita, a tener el balón por tenerlo y poco más, a dejar el césped lleno de dudas y no sudar, total pa qué, oiga, total pa qué. Total pa qué, si lo hacemos mal nadie dirá nada, nadie montará un pifostio cuando salga el equipo en casa, nadie silbará más que a los débiles, a los torpes y a los que la directiva diga que son antipáticos; nunca silbará nadie a los responsables que no destaquen, así con estar en el pelotón de los del medio, todo bien. Total pa qué, si nadie de arriba nos dirá nada, si nadie vendrá a los entrenamientos ni a los partidos ni a los palcos, que estarán dando vueltas por la M-30 y sólo hablarán dentro de cuatro o cinco meses para lanzar datos económicos incontrastables. Total pa qué, si los buenos se irán y se quedarán los malos, si se fichará un lateral cuando haga falta un portero y un portugués desconocido cuando haga falta subir cuatro canteranos hambrientos de liga. Total pa qué, si luego ganaremos dos partidos a dos petardos y se hablará de racha victoriosa, de Champions, de números como los del Doblete, de estadio cinco estrellas con helipuerto y el maravilloso porvenir de Micael, del que nadie aún sabe nada. Total, pa qué, oiga, total pa qué.

A los galeses del sábado no hizo falta decirles que del campo saldrían exhaustos o lesionados, lo sabían ellos solitos. Tampoco hubo que contarles a los jugadores del Rugby Atleti que hasta el último minuto hay que bajar los hombros y placar rivales, por muy cansado que se esté. Ni hay que decirles a jugadores de miles de equipos de fútbol de barrio que es probable que anden cojeando media semana por las quemaduras que deja la tierra en las heridas. A los del Atleti, qué cosas, parece ser que sí hay que convencerles de todo esto. Se fichó un entrenador con sorprendente buena prensa y fama de psicólogo motivador y al cuarto partido está el equipo hecho unos zorros. En medio de varios partidos de rugby, uno de ellos con una carga emotiva impresionante, da vergüenza ver la actitud del equipo en Granada y da casi vergüenza el fútbol en general. Produce sonrojo la imagen dada ante un recién ascendido y la inoperancia del banquillo. Asombra ver cómo siguen ciertos jugadores en el campo y cómo se recoloca a otros, en ambos casos en perjuicio de otros más jóvenes y más identificados con el club pero sin agente con influencia.

Tras pocos partidos, resultan odiosas ciertas comparaciones y ciertas reflexiones. Y, mientras tanto, el optimismo con salud de tísico, y empeorando.