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lunes, 2 de noviembre de 2015

Venirse arriba, echarse atrás


Se nos ha acabado el Mundial de rugby y uno no sabe muy bien qué va a hacer con su vida a partir de ahora. Se nos acaban los himnos y los partidos maravillosos, se nos acaban los rucks y las cejas rotas, las carreras suicidas en dirección al avispero, las explicaciones de los árbitros, las gradas sin incidentes, los gestos de respeto y gallardía, los botes irregulares y los malabares en plena carrera. Se nos acaba de acabar el Mundial y ya estamos mirando el calendario para ver cuándo hay test matches, cuándo empieza el 6 Naciones, cuándo se juegan los siguientes partidos de ligas nacionales, internacionales, profesionales, amateurs.

Este Mundial en el que nos ha asombrado Argentina, nos ha alegrado la vida Japón, nos han defraudado ingleses y franceses (como en casi todo), nos ha asustado Georgia y nos han maravillado los amateurs uruguayos terminó por todo lo alto, con un partido monumental. All Blacks y Wallabies, enemigos eternos que disputan el derby del Sur desde que hay rugby y, por tanto, alegría de vivir, jugaban en Twickenham con medio planeta mirando y no defraudaron. Con los neozelandeses de claros favoritos y los australianos como justos finalistas a pesar de que nadie daba tanto por ellos al principio del Mundial, en Londres se vio un partido precioso.

Nueva Zelanda ganó justamente un partido que dominó en su mayor parte, en el que tuvo algo de suerte a favor y en el que no perdonó cuando tuvo ocasión de finiquitar la faena. Dominadores en el primer tiempo, los All Blacks se encontraron con la temible tercera línea australiana de Hooper, Fardy y Pocock, el último quizás el hombre del Mundial y el protagonista de una variante táctica que posiblemente empecemos a ver más a partir de ahora: la desaparición del 8 grandote y su sustitución por un flanker más dinámico y ligero, rapidísimo a la hora de llegar al breakdown y especializado en garantizar o recuperar la posesión cuando el balón va al suelo. Pocock y Hooper han dado una lección todo el Mundial y lo mismo hicieron en el primer tiempo de la final, recuperando balones que los All Blacks habían llevado hasta su 22 con la rapidez que los partidos previos prometían.

Al dominio de los All Blacks en el primer tiempo se sumaron un par de desgracias australianas: dos lesiones, una de esas de las que duelen al ver en la televisión cómo se troncha una rodilla, y un ensayo neozelandés en el que pareció haber un claro pase adelantado que no puso en duda ni el árbitro ni el TMO. Con más ventaja de la que parecía justa en contra, Australia empezó la remontada y ensayó un par de veces, desaprovechando en parte una superioridad por sin bin (quizás exagerado) del enorme Ben Smith.

Pero con Australia a tiro de golpe y cuando los nervios empezaban a hacer presa en los neozelandeses, emergió como un gigante la figura de Dan Carter. Primero con un drop lejano y bajo presión, y después con un golpe lejanísimo transformado tras una indisciplina australiana en la melé, Carter decantó el partido en el momento preciso como hacen los grandes. No contento con esto, los diez últimos minutos fueron un recital de placajes del apertura neozelandés, una faceta en la que no había destacado nunca especialmente. Con Carter a nivel de estrella, con McCaw hiperactivo y omnipresente, con Ma’a Nonu ensayando a la carrera tras offload (una vez más) de Sonny Bill Williams y con Conrad Smith demostrando ser un jugador con inteligencia de entrenador, los All Blacks se llevaron su segundo Mundial consecutivo y, posiblemente, el título de mejor equipo de todos los tiempos.

Lo malo de todo esto es que ahora nos queda volver al fútbol y sus gradas histéricas y maleducadas, sus jugadores simulando agresiones, sus árbitros sobreactuados y arrogantes, sus estrellas vestidas de Halloween interrumpiendo a un colega de profesión, sus halagos desmesurados hacia jugadores más pendientes del cutis que del respeto, sus oleadas de críticas y defensas infantiles en las redes sociales cada vez que ocurre una nimiedad. Nos queda ahora un tiempo en el que nos acordaremos de los pasillos que las estrellas hacen a los equipos amateurs reconociendo su valor a pesar de los tanteos abultados, de los jugadores que afean a sus propios compañeros cuando celebran de forma irrespetuosa, de las estrellas mundiales que acatan sin discusión cada decisión del árbitro, de las explicaciones pausadas y convincentes de los árbitros cada vez que pasa algo serio. Nos acordaremos, claro está, de Nigel Owens cada vez que veamos a Undiano Mallenco. 

Vénganse arriba, ya queda menos. Eso sí, que vuelva pronto, por Dios.
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Detecta uno entre la parroquia atlética un enfado grandísimo con Simeone por lo ocurrido en el partido de Coruña. Simeone tira el partido, Simeone se acobarda, Simeone no sabe gestionar partidos que habría que matar antes. El empate en Riazor ante un Depor que, ya de paso, no está funcionando mal (14 puntos, a 6 del Atleti, a 1 del Valencia, 2 por encima del Sevilla, 5 por encima de la Real Sociedad) ha hecho, una vez más, mutar la opinión del aficionado rojiblanco tras la confianza que dio el buen partido ante el Valencia. Cosas de la afición, cosas de los cambios de opinión, cosas, posiblemente, de las redes sociales en las que se vuelcan en veinte segundos opiniones que se tardan dos segundos en formar y ninguno en repensar.

En Coruña el Atleti hizo un primer tiempo excelente con Tiago, de nuevo, de capitán general. El equipo que salió parecía el que hubieran firmado gran parte de los aficionados, exceptuando si acaso la presencia de Jackson, de quien hablaremos. Así que salió el equipo que parecía lógico que saliera, con Carrasco entre otros, y el equipo jugó durante todo el primer tiempo al buen nivel del partido anterior. Por tanto, uno diría que hasta ahí todo en orden: pocos aficionados habrían puesto en duda lo realizado hasta el minuto 45 salvo la incapacidad del equipo para cerrar definitivamente el partido  antes del descanso, como ocurriera con el Valencia: hay veces que el Atleti debería hacer presa en un rival que sangra y, sin embargo, deja que la herida cicatrice. Godín pudo marcar de un cabezazo estupendo, pero no fue así; un poco más de suerte en ese lance y un poco más de acierto de Giménez hacia el final del partido y quizás, haciendo lo mismo, el equipo habría terminado llevándose tres puntos con cero-dos y la gente que refunfuña andarían más tranquila con el Cholo.

Entonces, ¿qué pasa en el segundo tiempo? A diferencia del expertísimo público analista de las redes sociales, uno no lo tiene claro y baraja varias teorías. ¿Fue Simeone quien ordenó que el equipo se echara atrás? Es posible. En otros partidos hemos visto que el Atleti se echaba atrás en los segundos tiempos tras marcar un gol en el primero; de hecho, es algo bastante común en el Atleti que no debería sorprender (quizás sí irritar) al aficionado. Simeone gestiona bien los partidos defensivos y de hecho se diría que el equipo está construido de atrás adelante, con cuartos traseros poderosos y sólidos que sujetan todo el entramado ofensivo, desde la sala de máquinas a los pitones. Es común oír hablar al aficionado de lo mal que lo ha pasado el último tramo de partido con el equipo metido atrás, tan común como escuchar eso de que los jugadores están mucho más cómodos en esa situación que los aficionados: se diría que los centrales del Atleti solucionan con calma y solvencia cada jugada de esas que pone el corazón en un puño al aficionado en cuya retina permanecen sin borrarse los tiempos en los que cada pelota lateral era un peligro, en el que los balones botaban por el área pequeña sin dueño a tres minutos del final, en el que centrales y porteros tenían graves problemas de comunicación y hasta se intuían deficiencias auditivas, cognitivas e incluso afectivas.

Así que sí, es posible que Simeone, como tantas veces, echara el equipo atrás. No nos extrañaría que así fuera y de hecho nos parecería normal: lo ha hecho decenas de veces y casi siempre le ha funcionado bien, hasta el punto de haber convertido la defensa estanca y hermética de los últimos tramos de partidos en parte fundamental de la personalidad del equipo. Si uno echa la vista atrás recuerda muchos partidos terminados así, y un resultado más que positivo en muchos casos, sobre todo fuera, en liga y contra equipos teóricamente menores. Esto es, Simeone echa al equipo atrás en muchas ocasiones porque en casi todas esas ocasiones ha tenido éxito, no para molestar al aficionado medio. ¿Por qué entonces cambiar algo que a medio y largo plazo ha probado ser un recurso valiosísimo? ¿Para irritar a los afcionados nerviosos? ¿Para provocar a la grada? ¿Para contentar a los críticos de bar? No nos pega en Simeone. Lo que parece es que Simeone echa el equipo atrás porque le funciona.

Hay sin embargo una cosa que choca con esta posibilidad en este partido concreto: Simeone dice que el equipo se echó demasiado atrás, como si su deseo hubiera sido otro. Si Simeone ordenó echarse hacia el área propia, denunciar que el equipo hizo precisamente lo que él ordenó sería una traición enorme hacia un grupo de jugadores con los que Simeone cuida especialmente el equilibrio y el respeto. Podría ser, claro, y seguro que algún parroquiano de una taberna de Valladolid lo tiene claro, pero resultaría extraño que Simeone arriesgara el ambiente del grupo por justificar un empate en Riazor. Da la impresión de que el equipo se echó más atrás de lo que Simeone hubiera deseado, aunque, naturalmente, cabe también la posibilidad de que Simeone fuera una serpiente traidora a los suyos y no lo hubiéramos sabido hasta ahora.

La impresión que uno tiene es que el equipo se echó atrás él solito, y además se le puede encontrar la lógica al movimiento. Por un lado, como hemos comentado, la táctica le ha funcionado al equipo en multitud de ocasiones, con lo que por qué no hacer lo mismo que tantas veces facilitó la obtención de puntos limitando el desgaste. Por otra parte, el equipo venía de hacer un primer tiempo fantástico basado, sobre todo, en el desgaste del medio del campo. El medio del campo, que ya es talludito, tiene que jugar el martes en un campo helado tras ocho horas de viaje y volver al día siguiente, y todo ello sin demasiado recambio de garantías. Si el medio campo contara, como ocurría con otras alineaciones, con el apoyo constante en la presión de los delanteros, quizás podría desgastarse menos y llegar a la última media hora con más fuelle y ganas de presionar arriba. Si los delanteros tuvieran más casta y recorrido, quizás la idea de quedarse atrás y salir al contraataque sería una forma brillante de cerrar los partidos, pero no parece que sea el caso. Por último, el Depor que va en el pelotón que busca la Europa League (está a dos puntos) jugaba en casa y apretaba, que son cosas que pasan en el fútbol.

Y es que, incluso haciendo un mal segundo tiempo, incluso con el Depor echado arriba y jugando sin delanteros y con un medio campo cansado, el Atleti empató por un detalle. Giménez falló un balón de esos que nunca falla y que, pensamos, no volverá a fallar; Giménez, dicho sea de paso, se ha ganado con actuaciones brillantes y valientes el derecho a fallar de vez en cuando, incluso a regalar algún punto. Menudo es Giménez, oigan, a ver si el chaval no va a poder fallar una de cada trescientas. Si Giménez no falla, eso sí, el Atleti habría ganado un partido por oficio y peso específico, seguiríamos metidos en la cabeza de la liga y la gente consideraría al Cholo un estratega de primera. Y eso que, piensa uno, el Cholo tiene un par de cosas que mejorar.

La primera cosa mejorable está en la delantera, es colombiana y se llama Jackson. Jackson, que está destinado a ir a más, no funciona ni parece tener ganas de funcionar. Lento, despistado y poco combativo para lo que nos tenían acostumbrados los nueves que le precedieron, nos está haciendo echar de menos a Mandzukic y su pelea incansable, quizás torpona, quizás sobreactuada y malhumorada y quizás no apta para este equipo. Pero Jackson, que muestra a veces detalles de calidad, muestra también casi todo el tiempo detalles de blandura y despiste, de desapego. Cuando hace pareja con Griezmann y éste tiene uno de sus cada vez más frecuentes partidos sin protagonismo, la delantera directamente no existe: sólo ayuda a la presión alta un rato del primer tiempo y si el equipo se repliega y le toca aguantar como en Coruña o San Sebastián, no aportan al contraataque lo que aportaban otros. De paso, la presencia constante de Jackson en el once inicial está desactivando a Torres, quien sale presionado hasta el extremo, acelerado, impreciso e incómodo, lejos del Torres de hace bien pocas jornadas, el que marcó al Barça y reactivó al equipo en Eibar, el que aportaba como mínimo el trabajo y la furia que no aporta el colombiano.

El otro punto a mejorar para el Cholo es recuperar esa mentalidad fiera y casi suicida del partido a partido. Quizás porque los años pasan, quizás porque se ha perdido el efecto sorpresa de un posicionamiento nuevo que ahora comparten otros equipos, el Atleti tiende a sestear en partidos menos complicados, incluso a perder el pulso del rival en partidos que se complican, como el día del Benfica. Puede ser cosa de los nuevos, aún no impregnados del código samurai de los que ganaron la liga, o bien la propia autogestión del esfuerzo de algunos jugadores que acumulan muchos minutos, pero el caso es que se echa de menos esa actitud de Grupo Salvaje que el Atleti tenía hace un par de temporadas y que todos sabemos que es fácil de mantener.


Dicho esto, el Atleti sigue en plena pelea tras haber perdido dos puntos tras un fallo tonto de un jugador magnífico. En un clima normal, esto no sería importante ni provocaría el rasgar de vestiduras y rechinar de dientes al que la experta afición virtual es tan aficionada. Más preocupante es un delantero despistado y un clima general de reserva de esfuerzos, pero es más fácil, cómo no, creerse más listo que Simeone y leerle la cartilla táctica. Esperemos a ver qué pasa.   

jueves, 1 de octubre de 2015

Camiseta suplente, carácter de filial

El Atleti salió vestido de suplente en casa y ya con eso habría que haber suspendido el partido, mandar a la gente a casa y organizar una protesta ante la Unesco. Dado que no se hizo, quizás habría que haber respondido a la irresponsable y maleducadísima porción de la afición portuguesa que se dedicó a tirar bengalas al público (algo que uno nunca había visto en el Calderón, toda una vergüenza) para acotarles y sacarles del campo con dirección al cuartelillo. Hay cosas intolerables y una es esa de tirar cosas ardiendo al personal; nos tememos, además, que la cosa acabará con el Atleti sancionado.
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Salió el Atleti vestido de azul marino, extraño en su propia casa, y jugó un partido igual de extraño, bueno a ratos, malo a otros, catastrófico en lo relativo al resultado y muy preocupante en lo que se refiere a las sensaciones que deja el equipo tras el mal partido de Villarreal y el próximo partido en casa, el partido que menos le gusta a uno.

Salió el Atleti con el portero bueno y la defensa buena y esa variante que hemos visto en el medio y delantera, esa que consiste en jugar una especie de 4-4-2 que es a ratos un 4-3-3 cuando Griezmann sale de la zona del centro del campo y un 4-1-4-1 cuando Correa (o quien corresponda) se agolpa en la zona central, a veces superpoblada.  En el mutante dibujo de la parte alta del equipo estaban Gabi y Tiago, los de siempre, además de Óliver, Griezmann, Correa y Jackson Martínez, ese enigma. El equipo, sobre el papel, resultaba valiente y agresivo ante un equipo bien plantado como el Benfica, con la defensa cerquita del portero y muchos kilos y muchos centímetros por la zona del área, buscando la salida fulminante a la contra sobre todo si es Gaitán el que lleve la iniciativa.

Y así se plantó el Atleti y, qué cosas pasan, lo hizo bien. Durante muchos minutos de la primera media hora de partido el Atleti combinó y combinó, llevó la iniciativa, se impuso en el medio campo (al menos en la parcela central) y tiró a puerta: primero, en dos córners jugados al pie y frente al primer palo, uno de ellos con posible penalti tras tiro de Tiago. Luego, en jugadas con combinaciones entre varios jugadores que terminaban con pases desde los lados para que Jackson, que parecía entonado, tirase desmarques y se situase entre los centrales para rematar, algo que consiguió, sin fortuna, en tres o cuatro ocasiones. Óliver parecía cómodo, más cómodo que nunca durante el rato que combinó bien con Filipe Luis, que pareció volver a ser el de siempre. Correa buscaba su sitio y encontró un remate clarísimo que se le fue alto tras un rechace del portero y un gol que ponía por delante al equipo. Durante un buen rato el equipo pareció divertirse, con todos los jugadores enchufados: de habernos preguntado a cualquiera cómo veíamos el partido, todos sin excepción habríamos apostado por una victoria relativamente cómoda del Atleti, no por menos de 2-0, quizás por 3-0 en cuanto se diera un poco de suerte o el Benfica flojeara al final del partido.

Pero, cosas que no veíamos hace tiempo, pasó algo y tampoco fue tan raro: el Benfica metió un gol. Algo tan previsible y probable como un gol en contra fue a la postre mucho más que un gol, mucho más que un lance. Con un gol, sólo con un gol y con el aderezo posterior de bengalas, protestas en la grada, tangana gana-tiempo y visita al vestuario, el equipo se descosió, se deshizo en hebras, se convirtió en estatua de sal.

La grada esperaba un equipo resuelto y convencido de la victoria tras una bronca en las duchas, un equipo con ganas de recuperar el control del partido y hacer el mismo fútbol que la primera media hora. Sin embargo, se encontró con la aparente lesión de un contrario tras el choque con su propio portero, con la consecuente salida de asistencias médicas y un fisioterapeuta gordísimo vestido de naranja que llevaba un maletín-nevera en el que probablemente llevase cuñitas de queso y un melocotón, y ya de paso con un parón de 4 minutos. Aún con el lesionado en la banda, un contraataque portugués acabó con un gol en contra. Otro gol en contra, dos goles en dos fogonazos, en dos contraataques de esos que uno no se puede explicar por la facilidad con la que llegaron los rivales a estar cerca de Oblak.

Con mucho partido por delante y tiempo de sobra para empatar y remontar, el Atleti se deshizo. Quizás presionado por ir vestido de visitante, quizás amnésico tras el golpe recibido y olvidados los primeros minutos del primer tiempo, quizás simplemente desbordado, el equipo se apagó. Dejó de funcionar Jackson, que sin haber funcionado mucho al menos mostró recordar dónde juegan los de su puesto durante el primer tiempo y por primera vez en muchísimos minutos. Dejó de funcionar Óliver Torres, especialista en arranques de partido con brío y brillo para pasar al rato a dar la impresión de ser un alma en pena, un juvenil desbordado cuando las cosas no son exactamente como a él le gustaría. Dejó de funcionar Filipe Luis, que había empezado más cómodo al tener cerca a Tiago y Óliver y poder desplegar ese juego fino tan suyo que le llevó en su última temporada en el Atleti a entrar y entrar por su banda con ademanes de espadachín de salón, pasando el segundo tiempo por un imitador deprimido del fabuloso lateral izquierdo campeón de Liga.

No llegó a venirse abajo Vietto porque directamente ni compareció, escondido siempre tras un marcador a la manera del mismísimo Maniche, maestro del camuflaje y el escapismo, nerviosísimo, sufriente como un San Sebastián aseteado. Tampoco pudo darse el lujo de venirse abajo Saúl, quien firmó quizás el peor partido que uno le recuerde y eso que estuvo sólo un rato en el campo, unos minutos en los que consiguió hacer prácticamente todo mal para sorpresa de los que le vimos jugar con solvencia ante el Getafe. Tampoco se vino abajo Griezmann por la sencilla razón de que, una vez más cuando el partido no va del todo de cara, prefirió no comparecer, no participar, no sentirse involucrado al no ser la posición de su agrado, al preferir jugar con alguien cerca que no sea Correa, al ver que la cosa no iba del todo bien, al ser mes con R.

Seguramente Simeone cometió errores. Cometió probablemente el error de poner por delante de Juanfran y Filipe Luis a dos centrocampistas, Óliver y ayer Griezmann, que implican la renuncia a cualquier juego de ataque de los laterales; ese sistema parece funcionar si el equipo entero está enchufado, pero en cuanto se desentiende Griezmann o se desmorona Óliver, los laterales se desbordan y se produce un efecto dominó que hace temblar al resto. Seguramente, o sin ningún género de dudas, se confundió Simeone en los cambios: otra vez tarde a la hora de meter a Torres, otra vez raro al retrasar la decisión de sacar del campo a Griezmann, esta vez desacertado por meter a Saúl a jugar con dos pivotes más y Vietto, el ausente, por delante. Quizás el estilo ultra exigente del Cholo sea excesivo para según qué jugadores, lo que explicaría que sólo los más veteranos, independientemente de tener el día o no, de estar más o menos acertados, mantienen la posición cuando se desata el vendaval. Quizás los jugadores no aguanten tanto tiempo bajo la estricta mirada de Simeone y el Profe Ortega, aunque esta teoría se desmonta cuando se comprueba que son los que más tiempo llevan en la casa, junto con el portentoso Giménez, quienes mantienen el pulso. Quizás no haya conseguido inculcar aún a Jackson, Vietto y Ferreira lo que se espera de ellos a pesar de haber costado una fortuna; la inversión, a día de hoy, se antoja disparatada al ver que hasta ahora no parece servir para reforzar el centro del campo y únicamente ha dado algo de aire al ataque.

Seguro que Simeone lo pudo hacer mejor, pero el que suscribe cree que no fue el único en derrapar, ni tampoco el máximo responsable del derrape. En una segunda parte lamentable, sólo la vieja guardia aguantó el tipo: Godín, Giménez, Juanfran, Tiago y Gabi hicieron lo que saben hacer. Del resto, sólo Correa, y a ratos, estuvo a la altura. Ni Jackson ni Vietto ni Saúl ni Filipe Luis ni mucho menos Griezmann parecieron ser jugadores capaces de revertir una situación a pesar de su calidad, experiencia y precio, y son demasiados y demasiado caros. Siendo Simeone un experto en convertir simples jugadores de fútbol en futbolistas, queda aún la esperanza de que Vietto, Ferreira y Jackson se reencuentren con su propio yo pasado y vuelvan entre nosotros, los vivos; eso sí, por ahora no está pasando, así de simple.


Mientras tanto, el Atleti parece haber perdido eso que tenía hace bien poco y que no sabemos definir, ese algo que es parte casta, parte oficio, parte estudio y trabajo previo, parte fe ciega en uno mismo. El Atleti, y sobre todo algunos jugadores de los más finos y caros, parece haber perdido el carácter que lo convertía en admirable para los propios e insoportable para los rivales, ese plus del ganador, ese elemento que olíamos y notábamos en la piel al entrar en el Calderón y que últimamente sólo se hizo notar en Sevilla. La temporada acaba de empezar y los fans del medio plazo aún consideramos que es pronto para sacar conclusiones definitivas, a diferencia de los analistas atoropasadólogos y agoreros que pueblan Twitter; aún así, las cosas no van como debieran, algo irritante viendo un equipo titular viste de suplente y muestra carácter de filial. Y, también aún así, algunos seguimos con la fe intacta. 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Planteamientos, teorías y tipos bajitos de Rosario


Recién empezada la liga y ya llegaba el Barça al Calderón en un momento que la parroquia rojiblanca intuía como bueno. El Atleti, que había empezado en casa contra Las Palmas con aire de equipo en pretemporada, había hecho un muy buen partido en Sevilla y había ganado con la contundencia de los campeones, esto es, con más diferencia en el marcador que en el juego. El Barça, por su parte, venía con una defensa rara y tras dejar la sensación aquí y allá de que no era tan invencible como a finales de la temporada pasada, quizás no es mal momento para que venga esta gente al Calderón, quizás no es mal momento.

Con estas ideas en mente llegaba la gente al campo, a ver un partido de esos en los que el Atleti busca mandar y asustar desde el principio e incluso apabullar al visitante. Al menos esa era la audaz opinión de muchos atléticos alicorados y enfervorizados por los espirituosos, con esa euforia tan de bar de cerca del estadio antes de los partidos en el que coinciden amigos tomándose tranquilamente una cerveza viendo el baloncesto y familias repartiendo bocadillos a los niños en el preciso momento en el que irrumpe un grupo exaltado ataviado con la misma camiseta de la peña del pueblo cantando oleoleolecholosimeone, jugadore juugadooreessss  y esas tonadas propias de nuestra grada que en ciertos momentos nos hacen hervir la sangre y en otros, cuando se cantan al borde del desgañitamiento y no procede en el ambiente, nos dan así como pudor. Quizás la LFP, que ayer repartió una Guía del Aficionado a la manera de la que lanzaron Los 50 para el Calderón, debería incluir un apéndice para explicar a las hinchadas que entrar a voces en un bar lleno de gente es parte de la tradición, pero no necesariamente agradable para el oído.

Pero como parece habitual últimamente en los partidos más disputados, el Ateti salió menos a apabullar y más a esperar, a robar más que a crear, a ver fisuras y aprovecharlas más que a echar abajo las puertas del castillo a cabezazos. Como ya hemos visto en otros partidos de mal recuerdo, el Atleti pareció salir emboscado en busca de un fallo del rival en un pase, en un regate, a presionar a arriba convirtiendo al delantero centro en el primer defensa, a provocar errores tras dos, tres pases apurados por la presión sobre el rival. El Atleti salió a jugar con actitud, como dicen algunos, de equipo chico. Y ¿saben qué? Al que suscribe no le pareció tan mal, desde luego no tan mal como a otros. La realidad es que no funcionó, pero … ¿por qué? A ver si conseguimos explicarnos.

Simeone tiende a plantear partidos contra equipos de calidad teóricamente superior de forma algo reservona. Esperamos, presionamos, si robamos lanzamos la contra y buscamos hacer daño; que la pelota la tengan ellos, que intenten, que busquen, que se desesperen intentando encontrar un hueco, que se precipiten, que cometan errores. Así se planteó el año pasado algún partido de mal recuerdo y la crítica atoropasadista que todo lo sabe ya hizo bastante leña del árbol caído entre compra y compra en el Comunio. El planteamiento le parece a muchos triste e indigno de un reciente Campeón de Liga, injustificable para un equipo que cuenta con buenísimos jugadores y gasta una fortuna en fichajes cada año. Y hasta ahí, entendible.

Es posible también que un planteamiento menos oportunista y contraatacante, más basado en mantener el balón y empujar y empujar al rival hasta derribar a soplidos la casita de paja en la que parecía haberse convertido la defensa del Barça podría ser esperable en un Atleti cuya plantilla actual, con más jugadores de toque fino que de corneta y tambor que otros años, fuera una alternativa posible. ¿Tiene sentido salir a jugar de tú a tú a un equipo con uno de los mejores centros del campo de Europa? Quizás sí. ¿Es lógico darle el balón al Barça teniendo en la plantilla jugadores capaces de guardar y gestionar la bola con solvencia como hay este año en el Atleti? Quizás no. ¿Es razonable esperar que un equipo con Busquets, Iniesta, Rakitić, Neymar, Alba, Mascherano y Rafinha en el campo pierda el balón con facilidad? Quizás tampoco. Pero quizás el planteamiento de Simeone no fuera tan descabellado.

El Barça que vino al Calderón, sin Messi ni Piqué ni Alves pero con todos los demás, presentaba un flanco fortísimo y uno más débil. Entrar por su izquierda, la banda en la que estaban Alba, Iniesta y Neymar, no parecía lógico sobre todo sabiendo que a la derecha quedaban Sergi Roberto y Rafinha, los jugadores teóricamente más vulnerables. De igual modo, permitir que el Barça entrara por su ala izquierda parecía suicida, o al menos más problemático que dejar que el juego se venciera a la derecha. Partiendo de esa premisa, en la grada se esperaba más presión cuando el rival intentara salir por su lado bueno, y más efectivos en el ataque del Atleti por su lado débil cuando se tuviera el balón.

Lo primero, al menos durante buena parte del partido, se consiguió. Empezando por Torres, incansable aunque desesperadamente torpón en algunas acciones en el primer tiempo, y siguiendo por Gabi, que vuelve a ser el de hace dos años y lleva tres partidos dando lecciones de cuándo lanzar la presión, el Barça se encontraba en un embrollo cada vez que quería salir por la izquierda; como resultado, terminaba abriendo balones a su lado más débil. Y uno, que es tonto pero se fija en estas cosas, cree que era una buena idea visto lo visto, un planteamiento lógico y entendible, una buena alternativa para estrangular a un equipo técnicamente superior reforzado en su medio campo para la ocasión: darle el balón al Barça, impedir que jugase bien por su lado bueno, forzarle a llevar el balón a su flanco débil para, una vez allí, presionar,  intentar recuperar el balón, salir rápido, buscar pases profundos para Torres quien, a pesar de su despliegue físico para presionar la salida, tiene potencia de sobra  para irse de los rivales como demostró en su jugada más afortunada del primer tiempo, en la que se le fue un balón alto lanzado con la zurda.

Ahora bien, no parece que el planteamiento funcionara del todo, y uno cree que por varios motivos. El primero, el buen partido de Sergi Roberto y Rafinha, que mostraron aplomo y calma, cometieron pocos errores y no fueron la vía de agua que la alineación sobre papel podría sugerir. El segundo, y ahí creo que estuvo el talón de Aquiles del planteamiento de Simeone, que los buenos del Atleti ni robaron ni jugaron bien ni tuvieron pausa ni las ideas claras. Con los laterales más abrochados que otros días (algo que quizás sí se le pueda criticar a Simeone), más entendible en el caso de Filipe Luis que en el de Juanfran, la tarea de dar criterio a los balones recuperados en la zona de Gabi y Tiago (algo más gris ayer pero con más pausa que los centrocampistas que debían tenerla y con la visión suficiente para meter el pase del gol al espacio) y convertir el lado derecho del Barça en una herida con desangrado constate recaía en los jugadores de más talento, esto es, Óliver Torres, Koke y Griezmann. Y, cosas que pasan, ninguno de los tres funcionó como debía.

Óliver Torres mostró estar quizás algo verde para partidos tan intensos como el de ayer. Más a remolque de lo que su juego agradecería, Óliver no jugó cómodo ni alegre, pasó más tiempo tapando balones que disfrutando de ellos y, esperemos, aprendió cosas para los próximos partidos que le vengan así. No fue su peor partido pero no fue desde luego el mejor y el cambio en la media que vino a dar una alternativa más ofensiva, esto es, Ferreira Carrasco, no dio sensación de poder cumplir con sus virtudes la misión que requería el partido.

Especialmente flojo estuvo Koke. Bien echado a un lado, bien más al centro cuando Griezmann retrasó posiciones para ocupar la banda, Koke dio de nuevo la impresión de correr más de lo que debe, de llegar pesadote a los balones, de tener el tarro de las ideas cerrado con dos candados cuando recupera la pelota, de sentirse más incómodo que hace unos meses a la hora de guardar el balón, pensar y encontrar luz entre las piernas rivales. Perdió balones peligrosos e impropios de él, falló pases sencillos, no iluminó al resto con los destellos que antes eran más frecuentes, se pareció de nuevo al Koke cansado y poco fresco de los últimos tiempos que al todocampista clarividente y técnico que sabemos que es. Koke necesita pensar y resetearse, retrotraer su configuración a hace un año y pico, hablar con Gabi y saber qué ha hecho.

Y por último, Griezmann. De nuevo gris en un partido grande, y de nuevo casi superado por el rival, Griezmann estuvo pero poco: estuvo activo pero poco, ayudó en defensa pero poco, ayudó en ataque pero poco, presionó pero poco, pensó pero poco, jugó pero poco. Metió un par de pases estupendos en profundidad, se equivocó no dándolos en otras ocasiones en las que Torres lanzaba el contraataque, pasó desapercibido demasiados minutos para lo que su enorme calidad y su definitivo peso en el juego del Atleti requieren, pareció más útil al equipo echado a una banda como centrocampista por delante de los medio centros que de segundo delantero. Griezmann jugó acolibrillado y bailarín en un partido que requería más sangre y más intensidad y eso nos da especial rabia, porque ese plus que le falta para ser determinante en los partidos más grandes no está al renunciar por voluntad propia (o falta de carácter) a hacer cosas que otros jugadores mucho más limitados no discuten. Con ese talento inmenso y esa calidad prodigiosa, su papel en estos partidos debería ser mucho más protagonista.

Y aún así, con un planteamiento más reservón del que a lo mejor nos habría gustado, con los mejores jugando peor y el rival más cómodo de lo que las ausencias en la alineación indicaban, con muchísimos millones en el banquillo y casi el equipo de siempre en el campo, el Atleti tuvo el partido exactamente donde quería al principio de la segunda parte. El Barça pudo marcar en el primer tiempo tras un jugadón de Iniesta y buena parada de Oblak a tiro de Rakitic, pudo marcar en un córner (de nuevo, malas noticias en los córners en contra, que ayer se sumaron a un par de contraataques tras jugadas a balón parado a favor) pero Luis Suárez la mandó al larguero, pudo marcar en un contraataque lanzado por un fantástico pase de Mascherano a Luis Suárez que Giménez y Godín, de nuevo espléndidos, cortaron por arriba y por abajo. Pero el Barça no marcó y sí marcó Torres en la segunda que tuvo en profundidad, esta vez con la derecha, tras un pase fantástico de Tiago y tras ganar la carrera (ejem) a Jordi Alba, uno de los laterales más rápidos de la Liga. El plan reservón y algo rácano y el mal partido de los buenos parecía que podía tener un buen final.

Pero no. Neymar metió un golazo espectacular de falta (una falta quizás evitable, hecha en el mejor sitio posible para un lanzador diestro) y poco hay que oponer a semejante tiro; si acaso, decirle a Neymar que se dedique a hacer estas cosas y no a tirar besitos, como acostumbra, y se ganará el respeto que ahora no tiene. Cinco minutos le duró la victoria al Atleti, algo duro cuando había costado tanto marcar. Y aún así, el empate, visto lo visto, valía.

Pero llegó el giro final. Messi, en el banquillo tras su viaje a Argentina y haber sido padre pocas horas antes, salió a falta de media hora y cambió absolutamente todo. Ni plan A ni plan B ni cambios en el Atleti (decepcionantes, sobre todo si uno tira de calculadora y suma el cerro de millones que salió del banquillo a intentar recomponer la situación): salió Messi y demostró ser el jugador más determinante que hayamos visto en años en el Calderón. Andando, tranquilo, casi perezoso, sobrado, Messi dejó una imagen aún más llamativa que en los muchos partidos que le hemos visto en el Manzanares, y a pesar del montón de goles que ya nos ha metido. Messi jugó a placer, llevando el balón pegadito al pie, rapidísimo, salvando tarascadas y cargas, obligando al Atleti a mandar cuatro, cinco, seis jugadores a pararle, creando superioridades con facilidad, desorganizando al equipo, haciéndole pasar un tormento. Aguantó el balón, aguantó a los defensas y centrocampistas rivales, aguantó entradas por alto y por bajo y, no contento con ello, también le dijo al árbitro qué debía pitar y dónde. No recuerda uno a un jugador diciéndole al árbitro dónde quería exactamente que se parase el juego tras las repetidas cargas de Giménez; tampoco recuerda uno, por cierto, un jugador capaz de soportar tantas cargas de Giménez sin irse al suelo, y menos de ese tamaño.

Y aún así, aún encajando un gol de falta justo después de marcar el suyo, aún intentando hacer frente a un jugador con una influencia en el juego de su equipo y del rival sin comparación en esta liga, aún sin jugar bien y con poco alma, el Atleti perdió por otro detalle. Una tontería entre Griezmann y Gabi, un par de torpezas por no pegar un pelotazo, un balón que llega a Luis Suárez, un pasecito a Messi y una definición prodigiosa ante Oblak, casi imposible para otro jugador, dieron la victoria al Barça. Quizás merecida, quizás justa, pero no escrita con letra firme ni apabullante ni autoritaria.

El Barça volvió a ganar sin hacer demasiado al correoso Atleti de Simeone, que de nuevo se vio achicado ante un equipo que parece agrandarse sin motivo a ojos de los jugadores del Atleti, que empiezan a ver imposible meterle mano al equipo de Messi. Igual que pasara hace unos años con el equipo ese en cuyo estadio hay un Juteco, el Barça no parece necesitar hacer un partido brillante para ganar en uno de los estadios más complicados de Europa. Quizás un planteamiento más ambicioso de Simeone sea la solución; quizás la solución esté en que Messi se quede en su casa jugando a la brisca; quizás el tiempo dé al Atleti de este año la clave para ganar en el Camp Nou. Quizás, simplemente, el Barça fue mejor ayer. Quizás, quizás, quizás.

martes, 23 de diciembre de 2014

2014, Año Simeoniano



El Atleti acabó el año por la Puerta Grande, remontando un partido que se había puesto muy feo y en el que, cosas del fútbol, salió el sol en un par de minutos justo después del descanso y ya no se volvió a poner.

Haber perdido en Bilbao habría supuesto dos semanas de parón con dudas, preguntas, rumores, más aun sabiendo que a la vuelta de Navidad es el primero de los partidos del año contra el otro equipo grande de la capital. Conociendo a la simpática e imparcial prensa nacional, un tropiezo justo antes del parón de invierno habría sido el momento perfecto para hablar de problemas en el vestuario, de que Simeone está incómodo y piensa irse, de descontento con los fichajes y cuestionamiento sobre la capacidad de los nuevos para sacar al equipo de problemas, de quejas durante las concentraciones por los ronquidos de los uruguayos, de amenazas de muerte al peluquero de Griezmann. Siendo además el tropiezo justo antes de un partido contra el ojito derecho de la prensa, sobre todo en este momento en el que todo lo que rodea a su equipo del alma se pregona con un triunfalismo infantil, la oleada de rumores habría sido malintencionada y, por tanto, aburridísima. De haber perdido el Atleti, Griezmann pasaría a ser desecho de tienta, Koke tendría ofertas de equipos rivales,  Arda y Godín estarían en diferentes órbitas – como la perrita Laika - y escucharíamos repetidamente eso de que “Fulano gusta en Chamartín”, en especial alguna estrella emergente como Giménez.

Pero en Bilbao el Atleti, tras un primer tiempo malo y desconcertante, decidió que era el momento de dar un puñetazo en la mesa y recordarle a todo el mundo quién, y sobre todo por qué, es el Campeón. El Atleti bajó el balón al piso, adoptó el color mimético que enseña este año cuando los rivales creen que aún vive una única versión del equipo, la del contraataque y la de Diego Costa, y armó un lío. Una jugada, la del primer gol, sirve como ejemplo de todo lo que pasó después: rosario de despejes de cabeza al rival en el medio campo de uno y otro equipo hasta que Tiago, que es el que mejor conoce el libro de instrucciones, bajó el balón en corto. De ahí, un taconazo de Raúl, un apoyo, otro, un pase de nuevo de Raúl al espacio, Juanfran que galopa y mete un centro maravilloso hacia, una vez más, Raúl y Griezmann, el autor del gol tras un remate de esos de los cromos.

El Atleti se benefició luego de un penalti que no le pareció ser al que suscribe, a pesar y precisamente por el leve contacto. Un penalti en mal momento para el Athletic, en un momento perfecto para que el Atleti dejase groggy al rival que pudo poner distancia en el primer tiempo y no lo hizo. Un penalti injusto que, de no haberse pitado, podría haber cambiado el rumbo del partido; pero se pitó y se tiró y se marcó, y la superioridad física y táctica del Atleti y sus dos goles posteriores parece que deberían valer para neutralizar el comprensible cabreo de los bilbaínos.

Del resto del partido, tres nombres propios. El primero, Griezmann, quien tras una primera parte mala acabó metiendo tres goles, uno de ellos en fuera de juego, y cerrando un partido estupendo. Y aun así, de Griezmann queremos más. No más goles, que eso sería abusar, pero sí más presencia, más fiabilidad, más responsabilidad. De Griezmann esperamos que sea el segundo Arda, el segundo Koke, el tipo con el que contar cuando las cosas se ponen feas y los espacios se achican, el responsable del destello de imaginación y calidad que convierte las cuevas en palacios rococós y las peleas de bar en torneos de esgrima. Griezmann, quien empieza a entender que a este Atleti es complicado subirse y mucho más si no se aporta, como mínimo, todo aquello que aporta el resto, está llamado a ser clave para el segundo tramo de la liga, en el que el equipo estará más cansado y habrá sido ya visto demasiadas veces por los entrenadores rivales. El Griezmann que queremos asomó ese peinado suyo como de tortilla francesa por San Mamés y eso es una noticia fantástica que nos encantaría confirmar, confirmar y volver a confirmar, como los peces fedatarios en el río.

El segundo nombre propio es de un defensa jovencito con actitud de veterano y hechuras de estibador. Giménez, por ahora, juega siempre bien, y tanto le da que sea en Turín, Bilbao o el Calderón, que él siempre está a lo suyo. A Giménez parece darle igual venir de treinta partidos en el banquillo o de un encuentro extenuante, él siempre está allí y por su zona mejor no pasar, que le persigue a uno como si le debiera dinero. Giménez no pierde el sitio ni la compostura, es agresivo y canchero, y si tiene que saltar y atizarle en la nariz a su padrino lo hace y santas pascuas, no haberse puesto ahí, oiga. En un partido en el que se esperaba a Miranda de titular y en el que Godín mostró un par de despistes de esos a los que nos tiene desacostumbrados (y que son por cierto más comunes cuando por su lado juega el cada vez más enloquecido Siqueira), Giménez pareció el veterano, la referencia, el capitán. Con Godín en un momento maravilloso, Miranda debe apretar los dientes si quiere que este chavalín con presencia de veterano del frente, actitud de legionario con bayoneta calada  y cuello de pilier no le quite el sitio en breve.

El último nombre del día es el de Saúl. Saúl, que puede llegar a ser un jugadorazo, está en ese momento en el que se espera de él un paso al frente que puede marcar su futuro. Como quizás le ocurrió no hace tanto a Koke, hoy tan consagrado que nos hace olvidar algunos días de zozobra, Saúl debe decidir qué perfil de jugador quiere o puede ser, abandonando algunas manías como esa de jugarse pérdidas de balón en momentos arriesgados y empezando a disfrutar del trabajo sordo y gris que le ofrece Simeone como pasaporte a páginas más brillantes. Saúl salió con la incómoda misión de suplir a Koke pero no completó el partido que de él esperábamos. De Saúl esperamos y deseamos más, y confiamos, sobre todo, en que se le pasen esas malas pulgas que se le ponen cuando no juega tanto como le gustaría, algo que quizás se explique él mismo cuando vuelva a ver sus partidos con más calma durante las navidades.
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Con la Navidad de 2014 se cierra el mejor año en rojo y blanco que uno recuerda, y el tercer año de la llegada del tipo que cambió todo.

De 2014 recordaremos siempre ese mes de Mayo maravilloso, lleno de angustias, victorias, reuniones y cábalas. Recordaremos esa frenética carrera de las semanas anteriores, domingo – miércoles – domingo encadenando victorias y engordando leyendas, la concatenación de partidos claves, de citas históricas cada siete días. Recordaremos el rosario de supersticiones, las llegadas al estadio siempre por el mismo camino, igual vestidos, haciendo las mismas paradas. Recordaremos las reuniones en casa, siempre los mismos sentados en los mismos sitios, las bufandas atadas exactamente al mismo palo del perchero que en el partido anterior. Recordaremos el partido de Stamford Bridge con una sonrisa de esas que aún nos duran, el partido contra el Levante y la cara, mitad de bobo mitad de preocupación, que se nos quedó después. Recordaremos la parada de Willy Caballero en el fondo Norte, evitando el gol que nos habría dado la liga en casa, una semana menos de angustia y una más de descanso, pero recordaremos siempre ese gol de Godín, vestido de amarillo y azul, en el Nou Camp ni más ni menos. Recordaremos esa liga que ahora nos parece un milagro casi imposible de repetir, el fruto de una temporada mágica con una regularidad al alcance de casi ningún equipo, recordaremos la celebración en Neptuno con Panadero Díaz y familia dando saltos en la plaza, los días en los que conocimos a todos esos jugadores maravillosos que llegaron a jugar una final hace 40 años contra un equipo de leyenda y conservan la actitud de una cuadrilla de amigos modestos agradecidos por todo lo que implique valorar su esfuerzo de entonces.

Nos acordaremos también, qué coño, de ese día en Lisboa en el que no disfrutamos antes del partido por culpa de los nervios y desde luego no disfrutamos después por culpa de las lágrimas. Pero recordaremos las llamadas de gente de todas partes contándonos cómo en su ciudad todos iban con el Atleti, cómo se acordaron de nosotros y les dio casi tanta rabia como a nosotros que el cuento maravilloso que escribió el equipo del Cholo no acabara como en los libros de hadas sino como suelen acabar las cosas en la vida. Recordaremos el domingo y lunes siguientes llenos de dolor, mal humor y silencio y cómo el luto acabó de repente cuando un novillero, mostrando casi tanto valor como para ponerse ante un toro, salió a hacer el paseíllo en las Ventas del Espíritu Santo con un capote de paseo con el escudo del Atleti bordado. Recordaremos la concentración espontánea de cientos de atléticos en el estadio para celebrar no una derrota, sino una forma de ser, de sentir, de entender las cosas. Recordaremos el desconcierto de los otros, de los que no entienden nada, ante el subidón de orgullo de los que no habían ganado una final pero habían ganado un mundo, algo incomprensible para los que miden la identidad en victorias y la dignidad en números.

Por ese 2014 maravilloso con pinta de tener una secuela brillante dentro de no demasiado tiempo, por el tiempo anterior y los años en los que nos acordaremos de esto, no podemos más que estar eternamente agradecido al responsable del invento, al tipo que convirtió al equipo en mágico, al que trajo al Mono y al Profe, al protagonista del año entero y de uno de los capítulos más gloriosos de la historia gloriosa del Club Atlético de Madrid. Por él, por Simeone y los suyos, no debería quedar ningún atlético por brindar en estas fiestas.

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Pero en este año increíble, no estaríamos hablando de todo lo que ocurre si no reconociéramos que tenemos un problema. Que el problema no es nuevo es algo que sabe cualquiera que visita la grada del Calderón, que únicamente es ahora más visible y más actual también.

Si el Atleti es lo que es, lo es en gran medida por su grada. Por su grada entera, no solo por un fondo. Que ese fondo ha sido el motor de la animación durante años es algo indiscutible; que el precio a pagar por un motor así no puede ser mantener en él elementos que son un problema grave para todos nosotros (y no solo para nosotros) es algo clarísimo. Nadie en el Calderón quiere que el estadio y la afición se divida, pero nadie en el Calderón (o al menos una mayoría más que aplastante) quiere que miembros de su afición maten a otros, que la afición sea estigmatizada por los medios y rivales como un grupo de tipos peligrosos, que los informativos abran los bloques sobre medidas antiviolencia con planos de la grada del Atleti repleta de bufandas rojiblancas.

Que el tema parece más policial que otra cosa es también evidente, tan evidente como que el resto de agentes involucrados (el Club, el resto del Fondo Sur, el resto de la afición) tienen también un papel que jugar. Que el Club tienen que hacer algo es claro y meridiano; que lo que ha hecho ya es un paso (más o menos torpe, más o menos proporcionado, más o menos precipitado, eso es otro debate) es, también, un hecho. El Fondo Sur (es decir, la Grada Joven y todos aquellos involucrados en la animación con más intensidad que otras partes del estadio), un colectivo mucho más amplio que el grupúsculo conflictivo que últimamente ocupa las portadas de los periódicos (junto a la mención del resto de la afición) tiene ahora una oportunidad de oro para demostrar que puede seguir siendo una grada ejemplar, precisamente ahora que la Policía va a eliminar al factor que (según cuenta gente del propio Fondo Sur) les impedía estar tranquilamente dedicados a la animación fuera de connotaciones ideológicas o de otro tipo. El resto de la afición debe mostrar firmeza ante los que ensucian el nombre del Club, pedir responsabilidades a quienes pueden tomar medidas y apoyar a los que no participan en los actos vergonzosos o tienen miedo a las represalias. Resulta chocante ver una grada en silencio durante un partido, resulta sorprendente ver cómo no es lo que más conviene al equipo lo que el colectivo que más dice querer al equipo acaba haciendo. Resulta extraño ver cómo un colectivo que se dice pacífico prefiere enfrentarse al resto de la afición en protesta por una medida que no tiene como objetivo ese colectivo pacífico, sino precisamente el foco de la infección que puede acabar con ellos. Resultaría también lamentable y triste que a raíz de este episodio, el Calderón se convirtiera en un estadio silencioso.

El año 2014, quizás uno de los más gloriosos de la historia del Club, ha acabado con un borrón intolerable y vergonzoso que debería hacernos pensar, no mirar hacia otro lado. La oportunidad está ahí y tenemos que hacer lo que debemos: dejarlo pasar, confiar en que el tiempo hará olvidar este tema, terminar separando la afición en bandos, hacer del Calderón un estadio silencioso o sumir al equipo en la desorientación que ni los rivales más duros han sido capaces de conseguir sería reconocer que todos hemos perdido. Y nosotros, los del Atleti, no perdemos. Ni perdiendo.


domingo, 21 de septiembre de 2014

Pues yo no lo veo mal, oiga


El Atleti empató un partido que pudo ganar sin hacer más de lo que hizo. Lo hizo jugando mejor que en los últimos días, contra un equipo interesante y sin excesiva fortuna. Hay quien vio en el partido contra el Celta señales inequívocas de que el fin se acerca, y otros que vimos un buen equipo de fútbol.


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El Atleti es un equipo campeón y admirable, que ha dejado por Europa, América y Asia la sensación de que puede ganar a cualquiera, de que su estadio es una temible olla a presión, de que merece la pena ver en directo al menos una vez en la vida al Grupo Salvaje dirigido por Simeone que hizo temblar el establishment en la temporada 2013 / 2014 y que bien puede hacerlo de nuevo este año, el siguiente y el siguiente y hasta los veinte siguientes si todo va como nos gustaría, oiga.


Por todo esto, además de por el buen tiempo que hace en Madrid, por su irresistible atractivo turístico y cultural, por la belleza de los lustrosos edificios de sus calles (calles del centro, se entiende, que ya sabemos que esta alcaldesa tan relajada no pasa el mocho por las calles de los barrios) y por la astucia de los tour operadores, la grada del Calderón se nos ha llenado de chinos.

Chinos no serán, pensará el puntilloso lector, serán asiáticos de ojos rasgados, no necesariamente chinos, quizás sean japoneses o coreanos, quizás sean tailandeses o vietnamitas, sea Vd preciso, Fuentes, hombre, que queda Vd como un ignorante en cuantito no se le ata corto, oiga. Es posible todo esto, sí, es posible, pero no es menos cierto que el acervo cultural patrio indica que cualquier visitante de ojos rasgados que aparezca por el país sea denominado “chino” indistintamente de su lugar de procedencia, de igual manera que en la costa a un extranjero rubio se le ha llamado toda la vida “inglés”, a una rubia en bikini se le ha llamado “sueca” y a un señor con sandalias y calcetines se le ha llamado “alemán” aunque esto último sea científicamente irrefutable.

Hecha esta salvedad costumbrista, es necesario indicar que la grada de lateral del Calderón parecía ayer las mismísimas afueras de Saigón, llena de turistas achinados de esos que no saben muy bien qué hacer en el campo, si aplaudir o dormir, si protestar al árbitro o pedir a voces dimisiones en el palco, si abrazarse a los desconocidos en los goles o iniciar la ola. Lo que sí parece tener claro el chinerío asistente es que tienen que hacer fotos, hasta el punto de que acaban viendo el partido a través del objetivo en vez de relajarse y disfrutar. En algún momento a algún abonado irritado le entraron ganas de decirle a alguno deje Vd de hacer tantas fotos, oiga, que ya ha hecho fotos de todo, hombre ya, esa misma ya la ha hecho tres veces más, esa también y ese al que enfoca es un linier y no tiene interés ninguno, oiga.

La grada chinoli es tranquila y educada, eso sí, y transmite la impresión de no enterarse de nada. Son pausados y obedientes y cuando el partido acaba siguen en tropel a su guía, que enarbola un trapo amarillo a modo de estandarte militar, y se van todos juntitos a algún tablao en el que el que menos se lo espera, inocente, será elegido por una gitana para salir al estrado a bailar bulerías y pasar así a ser protagonista de los vídeos de sus compañeros de grupo. Éstos, a su vez, repararán en que un compañero fue obligado a taconear y decir “arsa” en un país remoto únicamente cuando vean los vídeos de vuelta a casa, que es cuando verdaderamente se enterarán de lo que ha pasado ante sus narices, mientras ellos, afanosos, se concentraban en operar una cámara digital de muchísimos megapíxeles.

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 Salió el Atleti al campo entre ruidos de clicks de las cámaras de la afición coreana y los jugadores no entendieron muy bien lo que pasaba. El Atleti, vaya por delante, salió con el equipo que el que suscribe quería y esperaba ver, con la salvedad de Raúl Jiménez, de quien hablaremos largo y tendido. Salió Moyá, quien parece más fiable a día de hoy que Oblak, protagonista de un debut que esperemos no le pese. Salió Ansaldi en el lado izquierdo de la defensa que nos sabemos de memoria, y a uno le alegró porque quiere verle más tras el limitado resultado que dio Siqueira en el partido del estadio-centro comercial del equipejo de Ernesto Sáenz de Buruaga. Salió Gabi, más bajo estos últimos partidos de lo que nos tiene acostumbrados pero Gabi al fin y al cabo, y salió Tiago, quien claramente mejora al medio campo y al equipo entero cuando ocupa él el espacio entre defensa y los puntas. Salieron Arda, Koke y Griezmann, trío de espadachines de estilo fino y letal, con mención especial para el tercero, ya caracterizado de Errol Flynn de fábrica y que tiene pinta de poder darnos muchas alegrías vestido de rojo y blanco. Salieron todos estos tipos y salió Raúl Jiménez, esa incógnita con pocos visos de despejarse en las próximas jornadas.


Salieron pues todos estos buenos jugadores y, sorprendentemente o quizás no, en la grada había un runrún de otros tiempos, una sensación de a ver hoy no sé yo, no sé yo bien qué pensar, no las tengo yo todas conmigo, dígale a ese chino que por Dios Bendito no haga más fotos, oiga. Es cierto y es  normal que la grada ande vigilante ante algunos de los signos que ha dado el equipo hasta ahora: no se jugó bien contra el Rayo ni el Eibar, no se jugó bien contra el equipo adoptivo de Salvador Sostres a pesar de ganarles 1-2 y un Olympiacos normalete nos metió tres goles, algo que casi no recordábamos. Es verdad que algunos echan de menos a Costa, que el lateral izquierdo plantea dudas, que Gabi ha estado incómodo y desconocido en los últimos partidos, que Mario sigue proyectando sombras y que Mandzukic dejó los primeros días sensación de empastar con dificultad en el juego vertiginoso del medio campo del Atleti. Hasta ahí, uno puede entender las dudas y los signos de interrogación. Hasta ahí sí, pero sólo hasta ahí.

Se diría que el mismo brillo del año pasado que ha atraído a la grada a gran parte de la población de Seúl, Kyoto y Phnom Penh, ha cubierto a parte de la afición de un velo que mezcla fatalismo, enfado, distorsión de la realidad y resultadismo agudo. Se diría que a este Atleti que empieza la liga con un portero nuevo, un lateral izquierdo que tiene que cubrir el puesto de un jugador fantástico y todo un ataque a estrenar, su propia afición le exige desde el minuto uno la precisión quirúrgica con la que el equipo maravilloso del año pasado - que por cierto también pasó fatigas en casa con equipos teóricamente asequibles - pasaba por encima de sus rivales. Se diría que el éxito ha nublado la cabeza de algunos seguidores que, quizás nostálgicos de la permanente sensación de cabreo de los años pasados, prefieren ahora fustigarse, romper sus mejores camisas a tirones y dar grandes voces pidiendo clemencia divina si el equipo no gana siempre y a toda costa, ese feo defecto que tienen algunos seguidores de equipos grandes, de esos que se van del campo rápidamente cuando es el rival el que levanta el trofeo.


Que el Atleti no está tan engrasado como el año pasado puede ser una verdad científica; que lo que ha mostrado en los dos últimos partidos es positivo e invita a un optimismo sólidamente basado en el realismo es sólo una opinión personal, pero es lo que tienen las opiniones. Porque el que suscribe, que como saben es tonto, se encuentra sorprendido por el aluvión de crítica amarga hacia el Atleti de ayer, el Atleti que tropezó contra un buen Celta por un penalti evitable y un gol que aún no sabemos si fue un churro o un monumento, todo ello tras hacer al menos cinco o seis ocasiones clarísimas, trenzando jugadas, manteniendo el control del partido salvo un rato tras el gol, peleando contra un arbitraje cuanto menos matizable y todo ello sin su delantero centro de referencia, ese tipo bravo que nos ha ganado a todos tras su partido en Atenas, completado con la nariz rota y dos patatas fritas para contener la hemorragia.

Porque, piensa el que suscribe, el Atleti jugó bien. Miranda pudo estar más atento en algún lance y pudo no hacer el penalti, pero Juanfran, Godín y Ansaldi, éste sobre todo en ataque, poniendo multitud de centros peligrosos, jugaron bien. Jugó bien Tiago, como siempre, y Gabi se pareció más al Gabi que todos admiramos. Koke jugó quizás por debajo de su excelso nivel habitual y perdió algunos balones más de los deseables, pero no fue una catástrofe. Jugó bien Arda y jugó bien Griezmann; quizás fue el francés el mejor de todos, el más imaginativo, el más molesto para el rival. El rival, por cierto, también jugó bien y tuvo además la fortuna de marcar un gol a la remanguillé y llevarse un penalti algo tonto, aguantó el chaparrón con oficio cuando el Atleti sacó la manita a pasear y su portero salvó dos, tres, quizás cuatro goles claros con una actuación sensacional. No vio el que suscribe a un Atleti pusilánime, aunque quizás sí menos intenso en defensa que durante el año pasado. Tampoco vio un Atleti sin ideas, ni una dependencia excesiva de los ausentes, y sí vio un equipo que atacó bien, que creo muchas ocasiones dentro del área pequeña (algo no común el año pasado), que mostró un buen repertorio de alternativas en los cuatro o cinco jugadores más determinante y que se topó con un buen portero, con poca fortuna, con algún fallo tonto y poco más. Lo que viene siendo un partido de fútbol, oiga.

Es verdad que el que suscribe también vio algo en Raúl Jiménez; en concreto, en Raúl Jiménez el que suscribe vio la nada. Como en los partidos anteriores, no le vio fuerza ni velocidad ni picardía ni oficio. No le vio agresivo ni inteligente, ni valiente ni sesudo. No le vio regate y no le vio tiro, no le vio condición física ni calidad al nivel del resto. No vio el que suscribe tampoco, quede claro, esos tweets tan poco inteligentes que Raúl Jiménez aireó a final de la temporada pasada; no los vio a la hora de analizar el partido de Raúl Jiménez, se entiende, que en su momento sí los vio y sí sacó alguna conclusión sobre la inteligencia táctica del mexicano a la hora de conducirse en las redes sociales. Pero no fue esa metedura de pata asombrosa lo que determinó el análisis del partido de Raúl Jiménez, en el que no se vio nada de nada más que algún detallín puntual, casi anecdótico en el vacío con el que nos obsequió ayer. A estas alturas a uno le extraña esa fe en Raúl Jiménez que Simeone proclama, pero también comparte con los lectores que si Simeone se fía, uno también, y que si Simeone pide paciencia, uno la tendrá como no podría ser de otra forma.

Así que toda esta tabarra de los chinos y la nada existencial mexicana, el velo cubre aficiones y el arbitraje antipático para decirles que uno no lo vio tan mal ni tan catastrófico como le han contado. Todo para mostrar sorpresa por el pesimismo reinante y la falta pública de confianza en quienes nos hicieron creer ciegamente, todo para eso, solo para eso. Uno se teme que en ciertos medios se abrió la veda y la caja de los truenos, al ver aliviados cómo por fin a Simeone y su grupo de jugadores suicidas se les abrió una brechita por la que ver un poco de luz negra que invite al optimismo desde el otro lado. Enterrado el año pasado el mito del equipo que ya caería y desmontado por la estadística el bulo del equipo violento (no así por los árbitros, que cosen a amarillas al equipo aunque haga muchas menos faltas que sus rivales, que acaban con la casilla de amonestaciones a cero), ahora se abre un nuevo amanecer para los que quieren ver el principio del Apocalipsis cholista en un empate en casa.

Queda por saber si la afición se verá arrastrada por el cortoplacismo mediático y la miopía tumba-certezas o si, por el contrario, preferirá entender que el Atleti de Madrid, ese equipo maravilloso que lo ganó casi todo el año pasado, sigue vivo y coleando dentro de lo que su poderío y presupuesto le permite. Y que los rivales, que también juegan a esto y dedican su tiempo al completo a procurar mejorar, llevan un año y medio estudiando el ingenio mecánico inventado por el Cholo y empiezan a encontrar, al fin, algunas claves para parar su avance poderoso. Y también que el Cholo, que dedica aún más tiempo que el resto a pensar e inventar formas para que el Atleti siga ganando partidos a ritmo de campeón, tiene nuevos mimbres y el proyecto de hacer un cesto igual de resistente que el del año pasado pero de una forma y color que no se esperen el resto de diseñadores del mercado.

Esta es pues la cuestión a la que se enfrenta la afición, esa afición tan importante para el equipo como el propio equipo, como bien se hartó de decir Simeone el año pasado. Podemos hacer crujir los dientes y atender a lo que dice la prensa o mirar al campo e intentar entender lo que pasa. Podemos también dedicarnos a hacer fotos como los clientes asiáticos de los tablaos y ver sólo dentro de unos años el resultado, dándonos cuenta tarde de que lo que tenemos ante nuestros ojos hoy es posiblemente el mejor Atleti de todos los tiempos; un equipo, por cierto, en el que la afición tiene parte de la responsabilidad de evitar su deterioro artificial.


El que suscribe, por su parte, cuando escuche críticas color gris plomo de las que proliferan estos días se limitará a decir aquello de ¿no es un poco raro, para el mes que estamos, ya tanto calor?

jueves, 1 de mayo de 2014

40 años (no es nada)

1974


Hace 40 años, en 1974, cuando el Atleti jugó su primera final de Copa de Europa, uno era un niño chico. Quizás les sorprenda a Vds que uno haya sido alguna vez un niño chico, pero así fue durante unos años, precisamente aquellos. Uno, rubio, con el pelo a tazón y camiseta del Atleti puesta durante todo el verano, era demasiado chico para acordarse con precisión esa final aunque sí tiene recuerdos de ella. Los recuerdos son vagos, confusos y giran en torno a una televisión en blanco y negro en una habitación pequeña de una casa de la sierra de Madrid, lo que sugiere que aquél día de San Isidro era, como ahora, festivo. Los recuerdos no incluyen más que imágenes deshiladas, sueltas, fogonazos aquí y allá; también nombres, algunos confusos, uno muy claro, Gárate. De Gárate sí se hablaba en casa, aunque poco, y se siguió hablando durante unos años.

Con el tiempo, uno investigó sobre ese equipo al que el propio presidente bautizó como el Pupas, echando así sobre los hombros de un equipo de leyenda un mote molesto como los vecinos del lado Norte de la ciudad, irritante como los tertulianos deportivos, pesado como el plomo. El Atleti ha cargado con el Pupas desde entonces como el protagonista de Basket Case cargaba con su hermano maligno en un canasto, a disgusto a pesar de ser parte de la historia, a regañadientes a pesar de venir el apelativo del Presidente más importante del Club.  Y eso que incluso una parte de la afición parece sentirse cómoda con la maldición patrocinada desde el palco, rebozada en una coartada histórica para así desatender la realidad terrible del club durante los años negros en los que la identidad estaba perdida en un denso bosque de manzanos y maniches. El Pupas, el maldito Pupas, ese mote desacertado para un equipo, el del 74, que pudo ser cualquier cosa menos un Pupas.

Al Atleti del 74 le entrenaba un argentino, el Toto Lorenzo. En él jugaban Reina, Pacheco y Rodri, Panadero Díaz, Ovejero y Cabrero, Heredia, Benegas y Capón, Alberto, Eusebio y Quique, Adelardo, Luis y Melo, Salcedo, Ufarte y Becerra, Irureta, Ayala y Gárate. Ni más ni menos, oiga, ni más ni menos.

Entre los nombres recién mencionados, algunos de los mejores jugadores de la historia del Atleti, varios ídolos de infancia del que suscribe y también de sus más próximos. Jugaba Reina, el portero de jersey verde que uno quiso ser aquél día que jugó de portero y que aún quiere ser Jorge Lera. Jugaba Panadero Díaz, en cuyo honor el que suscribe co-fundó una peña atlética en Bruselas que responde al combativo nombre de Frente de Liberación Panadero Díaz (con su correspondiente escisión disidente, como está mandado: el MLPD, Movimiento de Liberación Panadero Díaz – Frente 25 de Mayo, surgida tras el Doblete y la vuelta de la emigración). Jugó Ovejero, que años después echaría abajo una portería en Zaragoza de una embestida, y jugó Capón, con ese bigote que, junto al de Leal (con su vendaje), nos dio ganas de tener bigote cuando teníamos 7 años. Jugaron Alberto y Eusebio, cuyos nombres uno confundía de chico y no sabía quién era quién, y jugaba Adelardo, el jugador que más veces ha defendido nuestra camiseta, para muchos el emblema del Club durante muchos años. Jugó Ufarte, a quien el que suscribe dio la mano hace unos años y le invitó además a una botella de vino, escapándose luego del restaurante por vergüenza, para no recibir las gracias de un tipo al que siempre le estará uno agradecido. Jugó Becerra, que uno no sabe si se escribe con c o con z, que murió demasiado joven pocos años después, y jugó Irureta, siempre tan caballero con el Atleti, siempre recordando en sus años como entrenador todo lo que le enseñó el Club. Jugó Ayala, nuestro ídolo melenudo de niños, el Ratón, el más rápido, el más eléctrico, el dueño legítimo del nombre de cierto perro ratonero que cierto día en Albacete, desde la grada, saltó al campo durante un partido que el Atleti jugó allí - camiseta rojiblanca y el número 11 a la espalda - persiguiendo una bola hasta que fue reducido por la fuerza pública ante su negativa a abandonar el terreno de juego sin el balón en la boca. En ese equipo jugó Luis Aragonés, ese tipo único, enorme, el que volvió al Club para sacarlo de Segunda, el que dijo a un árbitro que no pisara el escudo, el que rompió la pizarra en el vestuario antes de la final de Copa; el tipo de más influencia en el fútbol español, el que vio lo que nadie veía y fue apartado de su obra de arte cuando más fácil era todo, nuestro referente, nuestro guía lleno de defectos y virtudes, nuestro espejo, el Atleti hecho tipo con patillas, cigarrillo y pelliza.

Y en ese equipo jugó Gárate. Gárate, el tipo que uno querría ser.

Nunca el Club ha hecho un homenaje a ese equipo maravilloso que llegó imbatido a la final de Bruselas del 15 de Mayo del 74 para toparse con el mejor Bayern de Múnich de la historia, el equipo de Beckenbauer, Maier, Muller, Hoeness, Breitner y el maldito Schwarzenbeck, la columna vertebral del equipo que luego ganaría el Mundial para Alemania unos meses después. A ese equipo que fue superior a los alemanes durante el partido y se adelantó con un gol de falta de Luis Aragonés, celebrado antes de entrar por el propio Luis con un salto batracio para la historia. Ese equipo que vio cómo, ya en el descuento, el rival empataba gracias a un gol marcado por un jugador que nunca marcaba y perdía en la repetición del partido dos días después ante una plantilla mucho más física que se encontró con el regalo de un partido extra que no mereció y una copa que vive en Munich cuando debería vivir en Madrid.

Si alguien viendo esa alineación puede pensar en un equipo perdedor, que abandone el local. Si alguien piensa que ese grupo heterogéneo en el que convivían argentinos aguerridos y brasileños de juego floreado, extremeños recios, madrileños castizos, vascos de pedigree, asturianos de raza y un paraguayo orgulloso de llevar los colores de su equipo nacional no era un equipo de leyenda, que abandone la lectura, la ciudad, el país. Si algún insensato no ve en este grupo de melenudos, bigotudos, sobrios jugadores pelicortos y un gentleman de Eibar  - en palabras de uno de los talentosos  Olivares  (no recuerdo cuál), “un equipo que eran los Beatles y los Rolling Stones a la vez” – el reflejo del propio Atleti todo, de su grada y de su historia, que llame a un especialista.

Nunca ha recibido ese equipo maravilloso el homenaje público que merece. Y, con 40 años de retraso, ya es hora, oiga, ya es hora.

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2014


Cuarenta años después de la semifinal de Glasgow, recordada por los aguerridos escoceses como una batalla campal y por los aficionados del Atleti como el partido en el que el Atleti vistió con preciosa camiseta roja de puños rojiblancos y sufrió tres expulsiones (no del todo injustas, oiga) por indicación de Babacán, un árbitro turco con nombre de malo de novela de aventuras (incluso como “El Malvado Babacán”), el Atleti se plantó en Stamford Bridge, estadio del Chelsea, con la misión de hacer la machada que 40 años antes habían hecho nuestros ídolos de la infancia y meter al equipo en la final.

El Atleti que fue a Stamford Bridge, líder de la liga española, invicto en Champions y orgullo de la parte noble de la ciudad de Madrid , también está dirigido, como el del 74, por un argentino temperamental, talentoso y trabajador que viste sobrio traje, camisa y corbata negra y lleva un rosario bajo la corbata. Este mago, al que nunca jamás podremos agradecerle suficientemente lo que ha hecho por nosotros, tiene por ayudantes un sabio de la preparación física y un portento de la naturaleza que viste siempre anorak y lleva un cronómetro, se ríe cuando nosotros nos asustamos y saluda con cariño al delantero centro rival, tan atlético como nosotros, cuando sale al campo en el que ahora juega de local, para su desgracia y la nuestra.

En el equipo que dirigen estos tres argentinos - que deberían recibir las nacionalidad honorífica, las llaves de la ciudad de Madrid y su peso en jamón del bueno (por más que pese el Mono) - cuenta también con brasileños de juego floreado, argentinos tatuados, madrileños castizos, asturianos de raza, uruguayos bravos de mandíbula apretada; además, un turco tocado por el dedo de los dioses del talento, un tipo de Alicante que ha sufrido una metamorfosis, un hispano-brasileño con cara de tripulante de navío corsario y la fuerza de un búfalo cafre, un navarro capaz de rematar de cabeza un satélite fuera de órbita y un gigante belga capaz de parar ese mismo satélite a pocos metros de su lanzamiento desde Cabo Cañaveral sin perder la gomina del tupé. Y, según se demostró en Stamford Bridge, estadio frío poblado por una afición fría, antipática y obsesionada con los jugadores que su millonario presidente puede comprar cada año (algo de lo que presumen con la idiocia del hijo del vecino rico que copia, en más caro, cada cosa que hace el resto de niños del colegio que, por supuesto, le ignoran), ese grupo heterogéneo, Beatle y Stone como el del 74,  es también un equipazo de leyenda como lo fue aquél.

Salió el Atleti al campo del Chelsea vestido con pantalón rojo, pero en un estado tal en el que estas cosas ya ni importan. Miró el Atleti a la grada y vio el Calderón,  atronador en medio del silencio frío y azul de Stamford Bridge, y entonces todos supimos que iba a ser un gran día. Miró el Atleti a la grada y vio miles de bufandas rojiblancas, la bandera de esa España en la que pone Algeciras, las pancartas de las peñas belgas y británicas, las canas de los aficionados que recuerdan la final del 74 y los ojos brillantes de las chicas atléticas que hacen de la grada del Calderón un sitio especial, y tragó saliva. Miró el equipo titular al banquillo y, tras él, vio al Capitán de Capitanes vestido de traje y corbata con bufanda del Atleti, agarrado a la valla de detrás del banquillo con gesto de poder saltar al campo a por el balón en cualquier momento, como hizo el perro Ayala en Albacete, y entendió lo que tenía que hacer. Miró el Atleti a la grada de nuevo y vio los retratos del Cholo y de Luis Aragonés y, en ese momento, los jugadores del Chelsea parecieron pequeñitos, inofensivos, enclenques.   

(Mientras el Atleti en pleno miraba con la mandíbula apretada a la grada del Atleti, otra parte del Atleti hacía lo propio. Nacido 10 años después de esa final de Bruselas, Torres es un poco más mayor que los que sólo vivieron los años negros de manzanos y maniches, y un poco más joven que los que sí recuerdan el Atleti grande de los 70 y 80. De haber tenido unos años menos, quizás estaría en el primer equipo a las órdenes de Simeone, de haber tenido unos años más quizás no se habría visto en la tesitura de tener que enfrentarse a su equipo del alma en tamaña situación. Torres marcó el gol de su equipo actual contra su equipo del alma y naturalmente no lo celebró; las imágenes del momento son desoladoras. El destino, que con Torres ha tenido sus más y sus menos, quiso que hiciera un buen partido y marcase un gol ante todo ese público rojiblanco que tanto se alegra de sus goles contra otros; quizás el desenlace final, que su equipo perdiera a pesar de su gol, es lo mejor que le pudo pasar. Torres, ovacionado en Madrid durante el calentamiento y al final del partido y cuando fue sustituido en Londres, no necesita explicaciones para entender lo que ayer estaba pasando y probablemente lo vivió de una forma tan especial que sólo él puede llegar a entenderlo. Esperemos que vuelva pronto a casa y nos lo cuente en detalle).

Lo que después ocurrió lo contarán los juglares tras el holocausto nuclear y los colonos extraterrestres que, ataviados con escafandra para evitar la atmósfera tóxica, tomen la tierra desde sus platillos volantes con rayo paralizante. Lo están contando ahora mismo varios habitantes de Papúa a sus conocidos, es portada en diarios de Bangkok y es objeto de análisis en una lejana población vitivinícola australiana en la que, de vez en cuando, tienen la suerte de comer arroz con cangrejos pescados por el propio cocinero. En un cafetín cercano a la plaza de San Telmo, en Buenos Aires, alguien gesticula en este mismo momento explicando el movimiento táctico del medio campo y en Arcore, cerca de Milán, un señor muy alto explica a su madre, mientras come pasta al ragú, cómo Juanfran hizo dos pases de gol tras pases largos de Tiago en una noche para recordar. En Onteniente (Valencia), Fernan Pérez (Almería) y Zurich (Suiza) no se habla de otra cosa, ni se hablará en días.

Y es que el Atleti cuajó uno de los mejores partidos que se recuerdan, con un segundo tiempo a la altura de la Supercopa ganada al propio Chelsea y de los veinte primeros minutos de la eliminatoria contra el Barcelona. Aprendida la lección de la ida (nada de balones altos al centro del área, nada de impaciencia, nada de piedad), Simeone dejó en el banquillo a Raúl García y apostó por Adrián – aquél que desde esta misma tribuna dimos por claramente perdido para la causa - para llevar el balón al suelo y jugar con velocidad cuando fuera necesario. En varias ocasiones durante el primer tiempo se vio cómo los jugadores frenaban su instinto natural a bombear balones largos hacia Diego Costa para seguir tocando, madurar la jugada, buscar ocasiones menos directas si no había una posibilidad clara.

El Atleti dominaba o al menos no sufría pero el Chelsea, bien plantado pero poco incisivo, se adelantó. Fue Torres, quién si no, delantero descomunal que siempre marca en las citas grandes, aunque esta vez en la portería contraria y contra un portero propiedad del Chelsea. Con la grada apagada, el silencio en las casas y las nubes negras en el horizonte, el equipo no se descompuso y siguió fiel a lo suyo, sólido, con un enorme Koke, con Tiago y Mario (sí, Mario) a un nivel excelente y con dos laterales convertidos en amenaza. Entre estos, más Arda, llegó el gol: Koke que rebaña un balón que parecía perdido, Arda que acaba pasando a Tiago, éste que levanta con clase la bola para la entrada rápida de Juanfran quien, como un acróbata, pone el balón hacia el área pequeña; Terry que no llega, Cole que no se atreve, Adrián que remata con la espinilla; miles de tipos que gritan, miles de tipos que se abrazan, miles de tipos que rugen. Gol del Atleti, empate, clasificados.

Tras el descanso, del vestuario volvió a salir la fiera que salió en casa contra el Barcelona, quizás esta vez más pausada, más cerebral, más calmada dentro de su furia. Con Koke dando un recital físico, de control y de mando, el Atleti fue un equipo enorme. Arda brilló, Diego Costa peleó, Tiago y Mario estuvieron a un nivel altísimo, aliviando  a todos aquellos que echábamos de menos a ese tipo del traje y la bufanda sentado tras el banquillo que tanta confianza nos da siempre. Con todo el medio campo entonadísimo, los laterales con ganas y los centrales al enorme nivel de toda la temporada, el Atleti es un equipo temible y sólo es cuestión de tiempo que doble la muñeca de aquél que le echa el pulso. Si al talento del medio campo y la solidez de los centrales se le añade un portero extraordinario y un delantero que es un tormento como Costa, la cosa se complica aún más.

Marcó Diego Costa un penalti un minuto después de una parada milagrosa de Courtois. El penalti se tardó en tirar una eternidad, con un balón que caía al agujero del punto de penalti una y otra vez hasta que los aficionados llegaron a la conclusión de que Costa lo fallaría seguro; naturalmente, fiel a su forma de ser, lo marcó sin dificultad y entre cánticos de recuerdo a Luis Aragonés, ahí es nada. De este segundo gol salió un Atleti enorme: tocando el balón, combinando por la banda izquierda con toques sutiles entre Filipe Luis, Arda y Koke, apoyado atrás en Mario y  Tiago, buscando en largo a Juanfran, gigante en ataque a pesar de algunas dudas en defensa al principio, llegó el tercero. El Atleti, una vez más, demostró ser un equipo valiente y poderos, de compromiso e intensidad pero también trabajadísimo, estructurado, con recursos ante todo tipo de planteamientos tácticos. Un equipazo, señores.

Tras un partido maravilloso, el Atleti está en la final de la Copa de Campeones 40 años después. Para ello ha eliminado, entre otros, a Oporto, Milan, Barcelona y Chelsea - que suman 15 Copas de Europa - y lo ha hecho con un equipo desahuciado hace no tantos meses. El equipo que ha armado Simeone mezcla el esfuerzo extremo de un comando de Gurkas, la fe ciega en la idea de juego y el estudio científico del rival desde el banquillo. Con un presupuesto mucho más modesto y una plantilla más corta, ha devuelto a un club centenario y admirable al lugar que muchos otros fueron incapaces de acercarse. Todo esto lo ha hecho partido a partido, involucrando  a la grada, convenciendo a los jugadores de que pueden hacer todo aquello que se propongan, dando una lección de fútbol, de deporte, de vida.

Estamos pues asistiendo a un momento histórico, y resulta que el protagonista es nuestro equipo. Nuestro equipo, el nuestro, el de nuestros padres y amigos, el que será de nuestros nietos, el equipo del que Simeone nos ha obligado a formar parte activa. El equipo de Luis y de Gárate, el de la final del 74, el de los derrapes y los días de alegría infinita. El equipo de las rayas rojiblancas, del Estadio Vicente Calderón, del ramo de flores de Pantic, el himno cantado a voz en grito cuando las cosas van bien, del himno cantado a voz en grito cuando las cosas van mal.

Disfrutemos el momento, pero eso sí, sin perder de vista lo que nos ha traído hasta aquí: partido a partido, el domingo a las 17.00, otra final.

Que suerte tenemos, señores, qué suerte tenemos.