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domingo, 29 de noviembre de 2015

Reflexiones rápidas ante un problema de los gordos

Sería raro hablar del partido de ayer sin empezar hablando de Tiago, lesionado de gravedad en una jugada tonta, injustamente tonta para el desaguisado que produce. Tiago se rompió la tibia ni más ni menos en una entrada aparentemente normal para intentar recuperar un balón sin peligro alguno. Tiago, el jugador con más cabeza del equipo, el maestro de los espacios y de los tiempos del centro del campo atlético, el que hace que el equipo juegue con sensatez o casi ni juegue, el único que no tiene sustituto de más o menos garantías del equipo, se rompió la tibia y el estadio se quedó helado.

Si algo temía el aficionado atlético este año, con esta plantilla, es que se lesionara Tiago. Sin recambios para hacer su labor (lo que tampoco es extraño, siendo Tiago un jugador extraordinario), el aficionado colchonero lleva desde verano esperando que a Tiago no le pase nada, confiando en su inteligencia para dosificar su físico, incómodo a veces con el entrenador por hacerle jugar el 100% de los minutos a sabiendas que Tiago, que tiene 34 años, no tiene un físico privilegiado ni la resistencia inquebrantable de un fondista. Si Gabi puede tener sustituto contando con un Saúl entonado y, por lo que cuentan, Kranevitter es de corte más defensivo y trabajador que Tiago; además, llega de una liga más lenta como la argentina, necesitará adaptarse y no tendrá tiempo ni de descansar ni de ponerse al día. Thomas, que tan buena temporada hiciera el año pasado y tan buena pinta dejó en Cádiz, juega también en principio en el puesto de Tiago pero sólo un optimista pre-inconsciente esperaría (y exigiría) del chaval el saber y la jerarquía del portugués.

Veremos qué inventa Simeone para hacer jugar al equipo sin su jugador de referencia en el medio campo, además en quizás su mejor año. Echaremos muchísimo de menos a Tiago y esperaremos que, a pesar de la gravedad de la lesión y de sus años, esté de vuelta pronto vestido de rojo y blanco. Parece difícil, pero más difícil parecía hace un año que Tiago fuera aún mejor y miren Vds lo que pasó luego.

Ánimo Tiago, vuelve pronto que aquí estamos.
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Contra el Espanyol salió el Atleti con una alineación algo rara. Salió Saúl por Gabi, que estaba sancionado y eso nos parece normal, pero también salió Óliver Torres en lugar de Carrasco, que parecía haberse hecho con la titularidad indiscutible ante un entrenador que gusta poco de cambiar equipos. Por último, en vez de Torres salió Vietto, lo que supuso otra sorpresa: Torres venía de hacerlo bien en los dos últimos partidos, Vietto no había demostrado estar al ritmo de los demás en ningún momento, Simeone no había jugado aún con dos delanteros bajitos y, en caso de hacerlo, la afición habría apostado por Correa antes que por Luciano.

Con todas estas novedades y un gol tempranero de Griezmann de esos tan suyos (balón bueno de Óliver pero no definitivo, Griezmann que adelanta un poquito la punta del pie y toca el balón lo justo para que éste entre y también lo justo para no tener que volver a tocar el balón en 25 minutos más) se pudo ver con relativa comodidad el impacto de todos estos jugadores en el equipo, con resultados dispares.

El primero de ellos es Vietto, titular junto con Griezmann en el ataque con la misión de aprovechar la oportunidad de oro que le brindaba el Cholo. Vietto, ojito derecho de Simeone, había demostrado hasta la fecha más bien poco, mostrándose nervioso, atenazado, bajo de ritmo y de precisión y muy lejos del jugador del Villarreal que pusiera al Atleti y a algún otro en un apuro más de una vez. En sus partidos en el Atleti tiene como punto álgido el gol metido al otro equipo grande de la capital, que casi pifia por cierto; por lo demás, más bien poco. Y ese más bien poco fue lo que Vietto mostró en el partido de ayer: de nuevo inseguro, ansioso, sin ideas ni mordiente, Vietto parece estar en una de esas fases en que los jugadores sólo hacen bien las cosas cuando no tienen tiempo de pensar; cuando sí disponen de él se le ve con demasiadas ganas de agradar, confuso, egoísta en mal momento, blandito en cualquier caso. Con su partido de ayer Vietto dejó claro que hoy por hoy no está para jugar en el Atleti y mucho menos para ser titular, que los minutos de que dispone no sirven para más que para quitarle minutos a otros que harían más y que su presencia no justifica la ausencia de Torres o de Correa. O mucho cambian las cosas o nos tememos que los partidos que le quedan por delante a Vietto serán pocos y bajo presión: veremos si tiene la cabeza lo suficientemente bien atornillada al cuerpo para aguantarlo o si, por el contrario, sería más aconsejable buscarle una salida temporal.

El segundo de los “examinados” era Saúl, que jugó al lado de Tiago hasta su lesión, haciendo las veces de Gabi. Saúl empezó nervioso, perdiendo algunos balones fáciles en malos momentos y escuchando algún rugido de la grada; sin embargo, fue cuando se marchó Tiago y las cosas se pudieron poner feas cuando Saúl emitió buenas señales. Con menos presencia en el centro del campo, a pesar del apoyo de Koke al salir Carrasco, la figura de Saúl fue creciendo y acabó el partido con mucha más presencia, con galones al cortar los modestos contraataques rivales y calidad para sacarla jugada hacia Koke o Carrasco en algún caso. Saúl, que había hasta ahora alternado buenos partidos con ratos catastróficos, tiene una buenísima oportunidad para hacerse con minutos y quién sabe si el puesto titular durante los próximos meses. El mediocentro es el puesto que le gusta, aunque puede jugar más atrás y más adelante, y resta por saber si tendrá la calidad y cuajo necesarios para suplir la baja de Tiago y la personalidad de recuperarse cuando cometa fallos, sobre todo en casa. Esperemos que sí.

Y, por último, Óliver Torres, ojito derecho de algún lector aficionado a los cactus. Óliver salió de inicio y, como es habitual en él, lo hizo con muchas ganas, velocidad en las combinaciones y presencia constante. Es habitual que Óliver cumpla con los diez o quince primeros minutos de sus partidos de forma algo acelerada, se diría que con metabolismo de hámster, tirando pasecitos, volviéndose a mostrar, girando sobre su eje y saliendo con la cabeza arriba. Óliver gusta de jugar rápido y de ser el que más rápido juega, pero esa vivacidad-casi-euforia se le suele ir apagando según pasan los minutos, en especial si comete algún fallo. Se diría que Óliver sale con la memoria a cero en cada partido, recordando sólo cómo jugar para pasárselo bien y buscar la portería rival en cuanto hay ocasión; pero si falla un pase fácil, o pierde un balón en mal sitio, o hace un pase a ninguna parte por querer rizar el rizo y se lleva una voz de Simeone o Godín, a Óliver le llegan a la cabeza de golpe todos los recuerdos más negativos. “El otro día fallé un balón igual y me cayó una bronca, hace tres semanas hice un mal pase, no lo vuelvo a hacer”, se diría que piensa Óliver y, a partir de ahí, se va apagando. Quizás a Óliver, que tiene una calidad extraordinaria, le queden tres o cuatro años para aprender a gestionar los fallos, a no venirse abajo ante el primer contratiempo, a asumir que en su posición y con su juego es normal perder balones y precisamente por ello no puede uno sumergirse en la melancolía cuando todo no sale perfecto, porque sencillamente no hay tiempo. Se diría que Simeone es especialmente quisquilloso en este punto y con Óliver en particular, probablemente porque, como otros, también ve en él cosas de jugador grande que se pueden echar a perder por tener mentalidad de chavalín jugando en el patio. Si Óliver tuviera una personalidad más formada y diera la garantía de no perder balones cuando no se pueden perder, creemos que sería más fijo en las alineaciones del Cholo, sobre todo ahora que Tiago está fuera de combate. Probablemente Simeone no le pase una y no admita las pérdidas de balón en las que incurre, probablemente Óliver vaya poco a poco gestionando mejor su propia euforia y su propia melancolía. Ayer hizo un buen partido en el que pasó su fase inicial de euforia y también una fase de bajón, de la que se rehízo y terminó más en alto que a mitad del encuentro. Necesitaremos a Óliver a partir de ahora, confiemos en que acepte el desafío.

El partido tuvo poco más que comentar: quizás que Godín pudo marcar de nuevo, y de nuevo de cabeza; es impresionante cómo el uruguayo remata casi el 90% de los balones que el Atleti pone en el área rival en faltas y córners. Fue llamativo también el partido de Oblak: si en vez de Oblak en el campo hay un Guardia de Gales inmóvil en su garita, el resultado habría sido el mismo. Buen partido, de nuevo, de Filipe Luis, que mostró estar sobrado de físico, condiciones y confianza, y buen partido de Thomas, a quien Simeone colocó por delante de los medios, en una posición más adelantada a la que suele ocupar, con la que consiguió taponar con éxito las tímidas salidas del Espanyol. Thomas confirmó que tiene físico y confianza para jugar más y, al igual que Saúl, tiene ante sí una oportunidad de oro para echar abajo la puerta del equipo titular del Cholo.

Por lo demás, disgusto y problema aparte, el Atleti volvió a ganar por uno cero un partido cómodo en el que no sufrió prácticamente nada. Sufrió quizás para entender el extraño arbitraje de Vicandi Garrido, árbitro con nombre de árbitro que se dedicó a reinterpretar la ley de la ventaja, acuñar nuevos usos de la tarjeta amarilla y flexibilizar el concepto de falta. Sufrió un poco Oblak, aburridísimo y con frío, al no haber traído una novela o unos sudokus. Sufrió quizás la afición rival, por cierto educadísima durante el minuto de silencio por Miguel San Román, lo que es de agradecer viendo los precedentes. Sufrieron los equipos rivales en la clasificación viendo cómo el Atleti sigue como un martillo pilón, subiendo la cuesta pasito a pasito sin fatiga ni vértigo. Pero, sobre todo sufrimos nosotros, que somos de Tiago, pensando en el vacío que nos deja por delante el portugués esta temporada, en la mala suerte de cortar una temporada excelsa en una jugada tonta en la que resulta inexplicable una fractura de tibia, en la profunda injusticia que supondría para Tiago ver su carrera casi terminada por una lesión así. Confiemos, esperemos y, mientras tanto, mandemos ánimos a Tiago I, el Grande. 

jueves, 1 de octubre de 2015

Camiseta suplente, carácter de filial

El Atleti salió vestido de suplente en casa y ya con eso habría que haber suspendido el partido, mandar a la gente a casa y organizar una protesta ante la Unesco. Dado que no se hizo, quizás habría que haber respondido a la irresponsable y maleducadísima porción de la afición portuguesa que se dedicó a tirar bengalas al público (algo que uno nunca había visto en el Calderón, toda una vergüenza) para acotarles y sacarles del campo con dirección al cuartelillo. Hay cosas intolerables y una es esa de tirar cosas ardiendo al personal; nos tememos, además, que la cosa acabará con el Atleti sancionado.
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Salió el Atleti vestido de azul marino, extraño en su propia casa, y jugó un partido igual de extraño, bueno a ratos, malo a otros, catastrófico en lo relativo al resultado y muy preocupante en lo que se refiere a las sensaciones que deja el equipo tras el mal partido de Villarreal y el próximo partido en casa, el partido que menos le gusta a uno.

Salió el Atleti con el portero bueno y la defensa buena y esa variante que hemos visto en el medio y delantera, esa que consiste en jugar una especie de 4-4-2 que es a ratos un 4-3-3 cuando Griezmann sale de la zona del centro del campo y un 4-1-4-1 cuando Correa (o quien corresponda) se agolpa en la zona central, a veces superpoblada.  En el mutante dibujo de la parte alta del equipo estaban Gabi y Tiago, los de siempre, además de Óliver, Griezmann, Correa y Jackson Martínez, ese enigma. El equipo, sobre el papel, resultaba valiente y agresivo ante un equipo bien plantado como el Benfica, con la defensa cerquita del portero y muchos kilos y muchos centímetros por la zona del área, buscando la salida fulminante a la contra sobre todo si es Gaitán el que lleve la iniciativa.

Y así se plantó el Atleti y, qué cosas pasan, lo hizo bien. Durante muchos minutos de la primera media hora de partido el Atleti combinó y combinó, llevó la iniciativa, se impuso en el medio campo (al menos en la parcela central) y tiró a puerta: primero, en dos córners jugados al pie y frente al primer palo, uno de ellos con posible penalti tras tiro de Tiago. Luego, en jugadas con combinaciones entre varios jugadores que terminaban con pases desde los lados para que Jackson, que parecía entonado, tirase desmarques y se situase entre los centrales para rematar, algo que consiguió, sin fortuna, en tres o cuatro ocasiones. Óliver parecía cómodo, más cómodo que nunca durante el rato que combinó bien con Filipe Luis, que pareció volver a ser el de siempre. Correa buscaba su sitio y encontró un remate clarísimo que se le fue alto tras un rechace del portero y un gol que ponía por delante al equipo. Durante un buen rato el equipo pareció divertirse, con todos los jugadores enchufados: de habernos preguntado a cualquiera cómo veíamos el partido, todos sin excepción habríamos apostado por una victoria relativamente cómoda del Atleti, no por menos de 2-0, quizás por 3-0 en cuanto se diera un poco de suerte o el Benfica flojeara al final del partido.

Pero, cosas que no veíamos hace tiempo, pasó algo y tampoco fue tan raro: el Benfica metió un gol. Algo tan previsible y probable como un gol en contra fue a la postre mucho más que un gol, mucho más que un lance. Con un gol, sólo con un gol y con el aderezo posterior de bengalas, protestas en la grada, tangana gana-tiempo y visita al vestuario, el equipo se descosió, se deshizo en hebras, se convirtió en estatua de sal.

La grada esperaba un equipo resuelto y convencido de la victoria tras una bronca en las duchas, un equipo con ganas de recuperar el control del partido y hacer el mismo fútbol que la primera media hora. Sin embargo, se encontró con la aparente lesión de un contrario tras el choque con su propio portero, con la consecuente salida de asistencias médicas y un fisioterapeuta gordísimo vestido de naranja que llevaba un maletín-nevera en el que probablemente llevase cuñitas de queso y un melocotón, y ya de paso con un parón de 4 minutos. Aún con el lesionado en la banda, un contraataque portugués acabó con un gol en contra. Otro gol en contra, dos goles en dos fogonazos, en dos contraataques de esos que uno no se puede explicar por la facilidad con la que llegaron los rivales a estar cerca de Oblak.

Con mucho partido por delante y tiempo de sobra para empatar y remontar, el Atleti se deshizo. Quizás presionado por ir vestido de visitante, quizás amnésico tras el golpe recibido y olvidados los primeros minutos del primer tiempo, quizás simplemente desbordado, el equipo se apagó. Dejó de funcionar Jackson, que sin haber funcionado mucho al menos mostró recordar dónde juegan los de su puesto durante el primer tiempo y por primera vez en muchísimos minutos. Dejó de funcionar Óliver Torres, especialista en arranques de partido con brío y brillo para pasar al rato a dar la impresión de ser un alma en pena, un juvenil desbordado cuando las cosas no son exactamente como a él le gustaría. Dejó de funcionar Filipe Luis, que había empezado más cómodo al tener cerca a Tiago y Óliver y poder desplegar ese juego fino tan suyo que le llevó en su última temporada en el Atleti a entrar y entrar por su banda con ademanes de espadachín de salón, pasando el segundo tiempo por un imitador deprimido del fabuloso lateral izquierdo campeón de Liga.

No llegó a venirse abajo Vietto porque directamente ni compareció, escondido siempre tras un marcador a la manera del mismísimo Maniche, maestro del camuflaje y el escapismo, nerviosísimo, sufriente como un San Sebastián aseteado. Tampoco pudo darse el lujo de venirse abajo Saúl, quien firmó quizás el peor partido que uno le recuerde y eso que estuvo sólo un rato en el campo, unos minutos en los que consiguió hacer prácticamente todo mal para sorpresa de los que le vimos jugar con solvencia ante el Getafe. Tampoco se vino abajo Griezmann por la sencilla razón de que, una vez más cuando el partido no va del todo de cara, prefirió no comparecer, no participar, no sentirse involucrado al no ser la posición de su agrado, al preferir jugar con alguien cerca que no sea Correa, al ver que la cosa no iba del todo bien, al ser mes con R.

Seguramente Simeone cometió errores. Cometió probablemente el error de poner por delante de Juanfran y Filipe Luis a dos centrocampistas, Óliver y ayer Griezmann, que implican la renuncia a cualquier juego de ataque de los laterales; ese sistema parece funcionar si el equipo entero está enchufado, pero en cuanto se desentiende Griezmann o se desmorona Óliver, los laterales se desbordan y se produce un efecto dominó que hace temblar al resto. Seguramente, o sin ningún género de dudas, se confundió Simeone en los cambios: otra vez tarde a la hora de meter a Torres, otra vez raro al retrasar la decisión de sacar del campo a Griezmann, esta vez desacertado por meter a Saúl a jugar con dos pivotes más y Vietto, el ausente, por delante. Quizás el estilo ultra exigente del Cholo sea excesivo para según qué jugadores, lo que explicaría que sólo los más veteranos, independientemente de tener el día o no, de estar más o menos acertados, mantienen la posición cuando se desata el vendaval. Quizás los jugadores no aguanten tanto tiempo bajo la estricta mirada de Simeone y el Profe Ortega, aunque esta teoría se desmonta cuando se comprueba que son los que más tiempo llevan en la casa, junto con el portentoso Giménez, quienes mantienen el pulso. Quizás no haya conseguido inculcar aún a Jackson, Vietto y Ferreira lo que se espera de ellos a pesar de haber costado una fortuna; la inversión, a día de hoy, se antoja disparatada al ver que hasta ahora no parece servir para reforzar el centro del campo y únicamente ha dado algo de aire al ataque.

Seguro que Simeone lo pudo hacer mejor, pero el que suscribe cree que no fue el único en derrapar, ni tampoco el máximo responsable del derrape. En una segunda parte lamentable, sólo la vieja guardia aguantó el tipo: Godín, Giménez, Juanfran, Tiago y Gabi hicieron lo que saben hacer. Del resto, sólo Correa, y a ratos, estuvo a la altura. Ni Jackson ni Vietto ni Saúl ni Filipe Luis ni mucho menos Griezmann parecieron ser jugadores capaces de revertir una situación a pesar de su calidad, experiencia y precio, y son demasiados y demasiado caros. Siendo Simeone un experto en convertir simples jugadores de fútbol en futbolistas, queda aún la esperanza de que Vietto, Ferreira y Jackson se reencuentren con su propio yo pasado y vuelvan entre nosotros, los vivos; eso sí, por ahora no está pasando, así de simple.


Mientras tanto, el Atleti parece haber perdido eso que tenía hace bien poco y que no sabemos definir, ese algo que es parte casta, parte oficio, parte estudio y trabajo previo, parte fe ciega en uno mismo. El Atleti, y sobre todo algunos jugadores de los más finos y caros, parece haber perdido el carácter que lo convertía en admirable para los propios e insoportable para los rivales, ese plus del ganador, ese elemento que olíamos y notábamos en la piel al entrar en el Calderón y que últimamente sólo se hizo notar en Sevilla. La temporada acaba de empezar y los fans del medio plazo aún consideramos que es pronto para sacar conclusiones definitivas, a diferencia de los analistas atoropasadólogos y agoreros que pueblan Twitter; aún así, las cosas no van como debieran, algo irritante viendo un equipo titular viste de suplente y muestra carácter de filial. Y, también aún así, algunos seguimos con la fe intacta.