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domingo, 29 de noviembre de 2015

Reflexiones rápidas ante un problema de los gordos

Sería raro hablar del partido de ayer sin empezar hablando de Tiago, lesionado de gravedad en una jugada tonta, injustamente tonta para el desaguisado que produce. Tiago se rompió la tibia ni más ni menos en una entrada aparentemente normal para intentar recuperar un balón sin peligro alguno. Tiago, el jugador con más cabeza del equipo, el maestro de los espacios y de los tiempos del centro del campo atlético, el que hace que el equipo juegue con sensatez o casi ni juegue, el único que no tiene sustituto de más o menos garantías del equipo, se rompió la tibia y el estadio se quedó helado.

Si algo temía el aficionado atlético este año, con esta plantilla, es que se lesionara Tiago. Sin recambios para hacer su labor (lo que tampoco es extraño, siendo Tiago un jugador extraordinario), el aficionado colchonero lleva desde verano esperando que a Tiago no le pase nada, confiando en su inteligencia para dosificar su físico, incómodo a veces con el entrenador por hacerle jugar el 100% de los minutos a sabiendas que Tiago, que tiene 34 años, no tiene un físico privilegiado ni la resistencia inquebrantable de un fondista. Si Gabi puede tener sustituto contando con un Saúl entonado y, por lo que cuentan, Kranevitter es de corte más defensivo y trabajador que Tiago; además, llega de una liga más lenta como la argentina, necesitará adaptarse y no tendrá tiempo ni de descansar ni de ponerse al día. Thomas, que tan buena temporada hiciera el año pasado y tan buena pinta dejó en Cádiz, juega también en principio en el puesto de Tiago pero sólo un optimista pre-inconsciente esperaría (y exigiría) del chaval el saber y la jerarquía del portugués.

Veremos qué inventa Simeone para hacer jugar al equipo sin su jugador de referencia en el medio campo, además en quizás su mejor año. Echaremos muchísimo de menos a Tiago y esperaremos que, a pesar de la gravedad de la lesión y de sus años, esté de vuelta pronto vestido de rojo y blanco. Parece difícil, pero más difícil parecía hace un año que Tiago fuera aún mejor y miren Vds lo que pasó luego.

Ánimo Tiago, vuelve pronto que aquí estamos.
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Contra el Espanyol salió el Atleti con una alineación algo rara. Salió Saúl por Gabi, que estaba sancionado y eso nos parece normal, pero también salió Óliver Torres en lugar de Carrasco, que parecía haberse hecho con la titularidad indiscutible ante un entrenador que gusta poco de cambiar equipos. Por último, en vez de Torres salió Vietto, lo que supuso otra sorpresa: Torres venía de hacerlo bien en los dos últimos partidos, Vietto no había demostrado estar al ritmo de los demás en ningún momento, Simeone no había jugado aún con dos delanteros bajitos y, en caso de hacerlo, la afición habría apostado por Correa antes que por Luciano.

Con todas estas novedades y un gol tempranero de Griezmann de esos tan suyos (balón bueno de Óliver pero no definitivo, Griezmann que adelanta un poquito la punta del pie y toca el balón lo justo para que éste entre y también lo justo para no tener que volver a tocar el balón en 25 minutos más) se pudo ver con relativa comodidad el impacto de todos estos jugadores en el equipo, con resultados dispares.

El primero de ellos es Vietto, titular junto con Griezmann en el ataque con la misión de aprovechar la oportunidad de oro que le brindaba el Cholo. Vietto, ojito derecho de Simeone, había demostrado hasta la fecha más bien poco, mostrándose nervioso, atenazado, bajo de ritmo y de precisión y muy lejos del jugador del Villarreal que pusiera al Atleti y a algún otro en un apuro más de una vez. En sus partidos en el Atleti tiene como punto álgido el gol metido al otro equipo grande de la capital, que casi pifia por cierto; por lo demás, más bien poco. Y ese más bien poco fue lo que Vietto mostró en el partido de ayer: de nuevo inseguro, ansioso, sin ideas ni mordiente, Vietto parece estar en una de esas fases en que los jugadores sólo hacen bien las cosas cuando no tienen tiempo de pensar; cuando sí disponen de él se le ve con demasiadas ganas de agradar, confuso, egoísta en mal momento, blandito en cualquier caso. Con su partido de ayer Vietto dejó claro que hoy por hoy no está para jugar en el Atleti y mucho menos para ser titular, que los minutos de que dispone no sirven para más que para quitarle minutos a otros que harían más y que su presencia no justifica la ausencia de Torres o de Correa. O mucho cambian las cosas o nos tememos que los partidos que le quedan por delante a Vietto serán pocos y bajo presión: veremos si tiene la cabeza lo suficientemente bien atornillada al cuerpo para aguantarlo o si, por el contrario, sería más aconsejable buscarle una salida temporal.

El segundo de los “examinados” era Saúl, que jugó al lado de Tiago hasta su lesión, haciendo las veces de Gabi. Saúl empezó nervioso, perdiendo algunos balones fáciles en malos momentos y escuchando algún rugido de la grada; sin embargo, fue cuando se marchó Tiago y las cosas se pudieron poner feas cuando Saúl emitió buenas señales. Con menos presencia en el centro del campo, a pesar del apoyo de Koke al salir Carrasco, la figura de Saúl fue creciendo y acabó el partido con mucha más presencia, con galones al cortar los modestos contraataques rivales y calidad para sacarla jugada hacia Koke o Carrasco en algún caso. Saúl, que había hasta ahora alternado buenos partidos con ratos catastróficos, tiene una buenísima oportunidad para hacerse con minutos y quién sabe si el puesto titular durante los próximos meses. El mediocentro es el puesto que le gusta, aunque puede jugar más atrás y más adelante, y resta por saber si tendrá la calidad y cuajo necesarios para suplir la baja de Tiago y la personalidad de recuperarse cuando cometa fallos, sobre todo en casa. Esperemos que sí.

Y, por último, Óliver Torres, ojito derecho de algún lector aficionado a los cactus. Óliver salió de inicio y, como es habitual en él, lo hizo con muchas ganas, velocidad en las combinaciones y presencia constante. Es habitual que Óliver cumpla con los diez o quince primeros minutos de sus partidos de forma algo acelerada, se diría que con metabolismo de hámster, tirando pasecitos, volviéndose a mostrar, girando sobre su eje y saliendo con la cabeza arriba. Óliver gusta de jugar rápido y de ser el que más rápido juega, pero esa vivacidad-casi-euforia se le suele ir apagando según pasan los minutos, en especial si comete algún fallo. Se diría que Óliver sale con la memoria a cero en cada partido, recordando sólo cómo jugar para pasárselo bien y buscar la portería rival en cuanto hay ocasión; pero si falla un pase fácil, o pierde un balón en mal sitio, o hace un pase a ninguna parte por querer rizar el rizo y se lleva una voz de Simeone o Godín, a Óliver le llegan a la cabeza de golpe todos los recuerdos más negativos. “El otro día fallé un balón igual y me cayó una bronca, hace tres semanas hice un mal pase, no lo vuelvo a hacer”, se diría que piensa Óliver y, a partir de ahí, se va apagando. Quizás a Óliver, que tiene una calidad extraordinaria, le queden tres o cuatro años para aprender a gestionar los fallos, a no venirse abajo ante el primer contratiempo, a asumir que en su posición y con su juego es normal perder balones y precisamente por ello no puede uno sumergirse en la melancolía cuando todo no sale perfecto, porque sencillamente no hay tiempo. Se diría que Simeone es especialmente quisquilloso en este punto y con Óliver en particular, probablemente porque, como otros, también ve en él cosas de jugador grande que se pueden echar a perder por tener mentalidad de chavalín jugando en el patio. Si Óliver tuviera una personalidad más formada y diera la garantía de no perder balones cuando no se pueden perder, creemos que sería más fijo en las alineaciones del Cholo, sobre todo ahora que Tiago está fuera de combate. Probablemente Simeone no le pase una y no admita las pérdidas de balón en las que incurre, probablemente Óliver vaya poco a poco gestionando mejor su propia euforia y su propia melancolía. Ayer hizo un buen partido en el que pasó su fase inicial de euforia y también una fase de bajón, de la que se rehízo y terminó más en alto que a mitad del encuentro. Necesitaremos a Óliver a partir de ahora, confiemos en que acepte el desafío.

El partido tuvo poco más que comentar: quizás que Godín pudo marcar de nuevo, y de nuevo de cabeza; es impresionante cómo el uruguayo remata casi el 90% de los balones que el Atleti pone en el área rival en faltas y córners. Fue llamativo también el partido de Oblak: si en vez de Oblak en el campo hay un Guardia de Gales inmóvil en su garita, el resultado habría sido el mismo. Buen partido, de nuevo, de Filipe Luis, que mostró estar sobrado de físico, condiciones y confianza, y buen partido de Thomas, a quien Simeone colocó por delante de los medios, en una posición más adelantada a la que suele ocupar, con la que consiguió taponar con éxito las tímidas salidas del Espanyol. Thomas confirmó que tiene físico y confianza para jugar más y, al igual que Saúl, tiene ante sí una oportunidad de oro para echar abajo la puerta del equipo titular del Cholo.

Por lo demás, disgusto y problema aparte, el Atleti volvió a ganar por uno cero un partido cómodo en el que no sufrió prácticamente nada. Sufrió quizás para entender el extraño arbitraje de Vicandi Garrido, árbitro con nombre de árbitro que se dedicó a reinterpretar la ley de la ventaja, acuñar nuevos usos de la tarjeta amarilla y flexibilizar el concepto de falta. Sufrió un poco Oblak, aburridísimo y con frío, al no haber traído una novela o unos sudokus. Sufrió quizás la afición rival, por cierto educadísima durante el minuto de silencio por Miguel San Román, lo que es de agradecer viendo los precedentes. Sufrieron los equipos rivales en la clasificación viendo cómo el Atleti sigue como un martillo pilón, subiendo la cuesta pasito a pasito sin fatiga ni vértigo. Pero, sobre todo sufrimos nosotros, que somos de Tiago, pensando en el vacío que nos deja por delante el portugués esta temporada, en la mala suerte de cortar una temporada excelsa en una jugada tonta en la que resulta inexplicable una fractura de tibia, en la profunda injusticia que supondría para Tiago ver su carrera casi terminada por una lesión así. Confiemos, esperemos y, mientras tanto, mandemos ánimos a Tiago I, el Grande. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Algunos apuntes sobre la primera jornada (del Mundial de Rugby) y otros sobre el Atleti - Getafe


Con todo Londres (y entendemos que el resto del país) lleno de anuncios, spots, promos y menciones al Carry-Them-Home, se intuye que la presión que tienen los jugadores es enorme. Y más o menos eso pareció en el primer partido.

Con las calles llenas de camisetas de la Rosa (y eso que en una ciudad gigante como Londres el ambiente se diluye por pura cuestión volumétrica) y los pubs abarrotados de aficionados de todo origen, condición y nacionalidad, Inglaterra debutó ante Fiji. Los jugadores lo hicieron contra un equipo del que esperaba más, y los aficionados lo hicieron de mala manera, cantando “Swing low sweet chariot” durante el Cibi fijiano, algo que se tomó como una falta de respeto impropia del experto público inglés. Pero, oh amigos, las cosas cambian también en el rugby, y si el Nueva Zelanda – Argentina parecía no poder empezar porque por la megafonía atronaba “Start me up” de los Rolling Stones con los dos equipos ya preparados para la primera patada, ya uno se cree cualquier cosa. Incluso, que los ingleses hayan perdido el sentido del respeto ante las danzas rivales.

Inglaterra ganó pero no dejó sensaciones demasiado buenas. Sosos, tristones, algo torpes con las manos, los ingleses tuvieron la suerte de no tener enfrente al Fiji que se esperaba. Quizás también presionados por el inicio del torneo, los fijianos cometieron muchos errores con las manos, no desplegaron el juego volador que los hace tan peligrosos y terminaron por perder contra una Inglaterra vestida de rojo y grana, dejando algún placaje peligroso en el camino y la sensación, por unos minutos, de que podrían ensayar e igualar el partido. No fue así.

Habrá que ver más a Inglaterra, pero su primera actuación hace que el cartel de favorito (o finalista casi seguro) que cuelga de su camiseta parezca ahora menos firme, cogido con imperdibles en vez de con triple hilo de bramante. Veremos. Su grupo es dificilísimo: Gales, que ganó cómodamente a Uruguay, dejó sensación de cierta fragilidad y, sobre todo, perdió aún más jugadores en lo que está siendo una plaga de lesiones sin precedentes. Australia aún no ha debutado (lo hará hoy) y hay ganas de verles jugar tras los últimos partidos contra los All Blacks. La clave puede estar en los puntos bonus, que la cosa va a estar apretadita. Un grupo complicado.
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En el Grupo B saltó el sorpresón: Japón ganó a Sudáfrica en el último segundo y pubs, redes sociales y bares de sushi estallaron al unísono. Japón venció además con drama y emoción, como gusta a cualquier aficionado a cualquier deporte, y de paso encendió una mecha nueva.

Hay quien piensa que la victoria de Japón es de las cosas más importantes que han pasado en el rugby moderno, en el que con frecuencia se critica la diferencia enorme entre los grandes y los pequeños. Hay pocos test matches entre naciones de primer nivel y de segundo, mucho menos de tercero, hay pocas posibilidades para que los países con menos tradición se enfrenten a los grandes y aprendan a competir. Japón vino a romper unos cuantos tópicos.

Es cierto que para muchos expertos en rugby del Sur, incluido alguno de Onteniente y el mismísimo Fermín de la Calle, el tropiezo de Sudáfrica no fue una sorpresa total (dejando aparte la forma en la que se produjo). La derrota contra Argentina dejó a la luz rencillas internas, decisiones contestadas del entrenador, alineaciones basadas en los galones y no en los estados de forma, cuestiones sobre la edad media del equipo. Tampoco hay que pensar que los japoneses son un equipejo recién llegado con rugby folklorico y de carambola: tienen experiencia en los Mundiales, una liga fuerte y un buen plan para llegar con un equipo de garantías a la próxima edición, que se celebrará en su casa. Vinieron a Madrid siendo número 10 del ranking mundial, lo que implica estar por delante de un VI Naciones o de un equipo del Rugby Championship, ahí es nada. Rápidamente el ciberespacio y las redes sociales se llenaron de alabanzas a Japón nada más ganar, como si un desarrapado ganase a un multimillonario a fuerza de valor, valores, riñones y dientes apretados. Todo eso aportó Japón, sí, pero también un partido excelentemente planteado, un plan de muchas semanas para jugar este partido en concreto, jugadores de talento y un momento determinado que fue aprovechado a la perfección, moviendo de lado a lado a los sudafricanos; por la televisión quedó claro que los sudafricanos tenían cara de pánico y eso mismo vio el capitán japonés cuando ordenó jugar y no patear, lo que demuestra la fe en el trabajo realizado y la confianza en los compañeros, la personalidad para decidir en un momento clave, la intuición para saber cómo sacar ventaja del sin bin rival, la capacidad, en definitiva, para leer el juego y tomar riesgos. Las cosas, cuando se hacen bien, dan su fruto y quizás Japón haya sembrado la semilla del ejemplo para las Federaciones que se lamentan de que el futuro es inalcanzable, como por ejemplo la española. Japón ganó con un plan, disciplina, método, ganas y buenos profesionales (y eso que no todos los rugbiers japoneses lo son), no solo por testosterona, kamikazes, valores  y milagros.

Tras unos días en Londres siguiendo de cerca todo lo que ocurre en el Grupo B, uno se pregunta ¿dónde están los escoceses? Vale que aún deben jugar, pero no se ha visto casi ninguna camiseta azul, sólo un kilt (y con camiseta All Black) y ni siquiera en las tiendas hay merchandising oficial de los escoceses, sólo la curiosa camiseta con los flancos de tartan que se pudo ver, medio escondida, en la tienda oficial. Con Escocia viniendo de menos a más gracias a un rugby más vistoso que el que la tradición señala y con un grupo revuelto gracias a Japón, confiamos en que nuestros adorados escoceses vayan abandonando los wee bit hill and glen y entrando en las tierras del Sur. El rugby no es lo mismo sin ellos.
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Irlanda ganó con comodidad a Canadá, que no parece ser una referencia válida para tomar el pulso a los Chicos de Verde. Irlanda volvió a dar la sensación de máquina de rugby, pero habrá que ver qué pasa en su enfrentamiento contra Francia quien, asombrosamente vestida de Gales, terminó de confirmar que el futuro de los italianos es cada vez más complicado.

Quizás la mayor incógnita para los irlandeses esté en Francia y en Argentina, con quien teóricamente se cruzarían si son primeros de grupo y los Pumas segundos. Argentina ha demostrado que no ha venido de turismo y tienen ganas a los irlandeses. Francia podría poner en cuestión eso de que serán segundos de grupo, con lo que muchos de los pronósticos saltarían por los aires. Por su parte, de ese lado del cuadro sale el rival de Inglaterra, que no tiene tan buena pinta como se presumía … interesantísimo ese lado del cuadro.
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En Wembley, ni más ni menos, 90.000 personas incluyendo multitud de neozelandeses, muchísimos argentinos muy entendidos en rugby, unos chilenos muy ruidosos, gran cantidad de irlandeses, uno o dos escoceses, gran cantidad de españoles y muchos, demasiado franceses (y demasiado mal educados), los Pumas jugaron un partido fantástico ante un equpo neozelandés que sumaba más de 1.000 caps (a 70 de media, más menos …) que terminaron perdiendo. Perder no le gusta a nadie, perder así contra los All Blacks es otra cosa.

Muchas cosas se pueden decir del partido. La primera, que si los Pumas no salen nerviosos y ansiosos los primeros diez minutos, quizás habrían tenido 6 puntos más de ventaja a medio tiempo; lo segundo, que Richie McCaw ha terminado por ganarse una mala fama que lleva a una buena parte de la afición a abuchearle cada vez que le enfocan, aunque esta vez la zancadilla mezquina sobre Fernández Lobbe sí mereciera la reprobación pública. Más cosas: Sonny Ben Williams contribuyó en buena manera a cambiar un partido en el que Ma’a Nonu pareció gris y tristón, Conrad Smith se fue al Sin Bin, Retallick volvió a demostrar que su presencia intimida a todos y Aaron Smith es más listo que el resto. Dicho esto, los verdaderos protagonistas fueron los Pumas, dominadores en ataque y en defensa en la parte central del choque, entre el minuto 15 y el 60; pero, ay amigos, los All Blacks son demasiado fuertes para jugar 45 minutos y en el espacio que va del 60 al 70, tras varios cambios, dieron la vuelta a un partido que hasta entonces se les había atragantado. Del partido salen reforzados los Pumas y los All Blacks pasan a estar bajo la lupa: salir tan convencidos de su poder demoledor en el último cuarto les puede pasar factura con otros equipos.

Y, horas antes, y entre gritos de admiración en un pub céntrico, Georgia daba una clase práctica de cómo placar todo lo placable y ganaba a Tonga, primera sorpresa del día. Tonga, con muchos kilos y muchos caballos de vapor, no pudo con los malencarados georgianos, quizás candidatos a poner en muchos aprietos a Namibia y, sobre todo, a castigar las costillas de cualquiera que se le ponga por delante. Jugar contra el rival que acaba de medirse a Georgia empieza a ser una ventaja para el que no ha sufrido recientemente las embestidas de ese tropel de porteros de discoteca con barba hasta las bolsas de los ojos que se anotaron su primera victoria en un mundial y dejaron a los tonganos llenos de cardenales para los próximos cinco días. Un equipo a vigilar, más que por poder clasificarse, por poder lesionar a medio grupo.
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El Atleti jugó un partido la mar de soso y peligroso a ratos que sirvió para bastantes cosas, a pesar del tedio. El Getafe no parece demasiado enemigo y por tanto Simeone hizo eso que se hacía antes en el Calderón: pruebas. Salieron varios de los que no suelen jugar, salió alguno de los que aspira a jugar más, salió uno que no creemos que deba jugar más y salió el Atleti con tres puntos más. Salir-más, salir-más, el mantra del recién divorciado, del que ha perdido 15 kilos de golpe, de la tropa que visita Magalluf.

El experimento local, además de tres puntos estupendos, dejó unos cuantos mensajes al respetable. 

1. Ferreira Carrasco no parece tener demasiado sitio en el equipo. Si lo que tiene es lo que mostró ayer, quizás sea mejor que salga los segundos tiempos como hizo en Sevilla y quite minutos a los titulares. Por ahora no parece funcionar y es posible que necesite algún tiempo de adaptación aún. A día de hoy, y esperando equivocarnos, parece un fichaje caro y no demasiado adecuado a lo que necesita el equipo. Confiemos.

2. Siqueira volvió a hacer oposiciones a salir del equipo y no jugar más. Enloquecido, inoportuno, torpe y poco listo, Siqueira consigue que el resto del equipo se crispe, se ponga nervioso, pierda concentración, calidad, contundencia. Siqueira juega en corto cuando hay que jugar en largo e intenta hacer un caño cuando hay que pegar un patadón. Tiene potencia, tiene regate y tiene hasta un verbo fluido en las entrevistas; lo que no parece tener es idea de en qué consiste el fútbol que juega el Atleti. O mucho mejora o mucho empeoran Filipe Luis y Gámez y Lucas Hernández, o Siqueira parece ahora el cuarto candidato a jugar de lateral izquierdo … y es muy grave eso.


3. Óliver Torres es un gran jugador que hace cosas de jugador no tan grande. Pierde balones en malos momentos, se complica cuando no debe, fuerza al equipo a recuperar posiciones al sprint por entretenerse demasiado en recursos barrocos. Con la calidad que tiene, con la visión que tiene, con la técnica que tiene y con la pinta de pillo de esos que van en scooter trucada sin casco por las playas de Barbate, Óliver Torres tiene todo para ser un jugador importantísimo; todo, salvo la calma y la experiencia, que son cosas que se consiguen con tiempo y partidos. El problema es que si se convierte en un generador de inferioridades, en un pasador al contrario o en un perdedor de balones, con Simeone tendrá mucho menos tiempo del necesario para mejorar, porque el Atleti simplemente no se puede permitir ese lujo. A vigilar de cerca, esperando que se cumplan nuestros mejores deseos de ver al jugadorazo que parece ser.


4. Saúl jugó en el doble pivote y lo hizo muy bien, con mucho despliegue y fuerza. A su lado jugó bien Gabi, que quizás tenga sus mismas características. Quizás Saúl se complemente mejor con un jugador del corte de Tiago, sensato, táctico y pausado; ayer, cuando salió Tiago, el Atleti dejó de correr por todas partes y todo tuvo más sentido. El buen momento de Gabi y la solvencia ayer de Saúl nos dan tranquilidad en la parcela más pulmonar del centro del campo; mientras tanto, todos rezamos porque Tiago siga así mucho tiempo, al menos hasta confirmar que Kranevitter puede hacer esa función, algo que el que suscribe ignora.


5. Savic no tuvo mucho trabajo pero lo que tuvo lo hizo bien. Cerca tuvo a Juanfran, de nuevo espléndido, y a Godín, fantástico incluso a la hora de cubrir las lagunas del incomprensible Siqueira. Savic fue bien caro (15 millones más Mario Suárez) y debería ser un central de muchas garantías, aún por detrás de Giménez. Ayer dejó buen sabor de boca.


6. Griezmann es, sencillamente, asombroso. Un gol nada más empezar el partido, tras definir estupendamente. Otro gol al final del mismo, rematando de aquella manera un pase de Jackson que le dejaba el gol franco. Entre tanto, no tanto: carreras, cambios de posición, ratos de segundo delantero, ratos echado a la banda en un 4-1-4-1 o un 4-2-3-1…. Pero al final, dos goles como dos soles y la sensación de que es un jugador iluminado por el rayo divino. Miedo dan las ganas que tendrán en el palco por dar el pase.


7. Pero si alguien de la delantera se va del equipo, nos tememos que Correa ocupará el hueco sin problemas y con brillo. Rápido, con ganas, habilísimo  e incansable a la hora de recuperar, Correa dejó claro tener eso que hace diferente a un jugador, eso que no se sabe explicar pero se ve rápido, eso que tienen sólo unos pocos. Correa formó un lío nada más salir y la afición abría mucho los ojos cada vez que la tocaba, esperando una jugada mágica o un regate de artista. Correa tiene una pinta excelente y a bote pronto uno diría que nos hará sonreír muchísimas veces. Tras lo de ayer, hay ganas de verle mucho más.


8. Jackson Martínez dio un buen pase de gol … y poco más. Algo apático, lento y bastante despistado, a Jackson parece que le está costando enterarse de cómo debe jugar. Ayer el público le dio una pista aplaudiendo una de las escasas ocasiones en las que se pegó una carrera para presionar al portero rival. Jackson ni trabaja como Torres ni tiene la habilidad para retener el juego que tenía Mandzukic , aunque de vez en cuando deja caer una perla técnica que sugiere que tiene cosas que aportar. Por ahora, Jackson es bastante insulso, algo vago y parece muy despistado. Lo bueno es que sólo puede mejorar. Lo aún mejor es que está en manos del Cholo: si un cenutrio como Diego Costa acabó entiendo lo que se pedía de él, entendemos que Jackson también lo hará. 

lunes, 13 de abril de 2015

Uno a uno ante el partido-a-partido que nos queda (II): los del medio

Gabi: quizás lejos del impresionante estado de forma del año pasado, pero no tan lejos como alguno comenta con insistencia, Gabi sigue siendo imprescindible en el centro del centro, por delante de los centrales, tras los jugadores más creativos. Algo más impreciso que el año pasado, perdiendo más balones de los que en él era habitual el año en el que se consiguió la Liga, con quizás algo menos de fuelle, es posible que Gabi haya acusado su complicada situación judicial y el hecho de que los jugadores y entrenadores rivales hayan analizado meticulosamente el sistema de juego del Atleti y el papel fundamental del capitán, lanzando la presión y adelantando toda la línea a su toque de corneta gracias a un fondo físico de maratoniano, una determinación de conquistador extremeño y un compromiso de legionario con tatuajes.

Quizás la carrera de Gabi, larga y compleja por haber sido entrenado para ser un talentoso creador de juego y lanzador de ataques teniendo que convertirse con los años en un pulmón defensivo con un carácter de roca, empiece a declinar; aún así, hoy por hoy y asumiendo que no está en el maravilloso momento del año pasado, Gabi sigue siendo un jugador magnífico muy útil para el equipo y, visto lo visto, sin sustituto de garantías.

Tiago: magnífico en lo táctico, entrenador en el campo y dueño de los tiempos y los espacios, Tiago está haciendo una temporada espectacular sólo lastrada por sus propias limitaciones físicas y algún partido en blanco difícilmente explicable. Tiago, que parece mucho mejor jugador que cuando llegó, manda en el centro del campo y resuelve en corto y algo menos en largo, desahoga a centrales y centrocampistas, ocupa los espacios con sabiduría de arquitecto urbanista y soluciona problemas con la eficacia del Señor Lobo. Por si esto fuera poco, ha sido clave en la estrategia de córners a favor y muy importante para defender los saques de esquina en contra, ha marcado goles importantes y ha sido la parte principal en muchas de las buenas actuaciones del equipo: se diría que cuando Tiago está bien, el equipo es más sensato, menos vulnerable, lee mejor los partidos, las fases de los mismos. Con Tiago el Atleti es más sereno, tiene las ideas más claras; con Tiago el Atleti es más preclaro, gana los debates televisados sin dar voces, se acuerda de los cumpleaños de todo el mundo y nunca aparca fuera de los límites de la plaza de garaje.

El problema al que se enfrenta Tiago es doble: por un lado su físico, nunca demasiado exuberante, que le pasa factura por cosas de la edad y por estar en un puesto en el que a menudo tiene que emplearse en defensa recuperando posiciones tras carreras largas; por otro, alguna que otra inexplicable ausencia de espíritu a pesar de estar físicamente en el campo, en ocasiones en las que ha sido incluso sustituido al descanso. Hasta en eso Tiago es sensato y profesional: si no está, queda claro a los tres minutos. Eso sí, hoy por hoy eso es lo excepcional y han sido mucho más numerosos los partidos en los que Tiago ha sido la materia gris y el gestor del Tetris ofensivo y defensivo del equipo que un jugador desbordado. Hasta ahora,  Tiago es indispensable en la media y un jugador con muchísimo peso en el juego del equipo.

Koke: una de las estrellas del equipo, uno de los orgullos de la cantera y la afición, un jugador que, a pesar de estar en un nivel altísimo, sigue mejorando casi día a día. Koke, que en un momento dado hace dos años lanzó señales de que quizás no sería capaz de llegar donde todos queríamos, recogió el guante y se lanzó con ganas y acierto a convertirse en un todocampista asombroso, notable alto en todo, completo en cada fase del juego. Hábil, técnico, con muchísima facilidad para el pase largo y para salir en corto, Koke además ha aprendido cómo ser casi inaccesible para los rivales que intentan quitarle el balón, que se topan con un experto en mantener la bola controlada en situaciones complicadas al que antes no conocían. Potente aunque no rápido, con muchísimo despliegue físico y mucha calidad técnica, a Koke sólo le falta un punto de mentalidad asesina para hacerse con los galones de Capitán General en el Atleti y la selección. Y ya empieza a mostrar esa personalidad, con ese gesto característico con la mano de pedir a los compañeros que espabilen para lanzar la presión.

Con una puntuación de 8,5 sobre 10 en prácticamente todo,  si Koke convierte más goles por temporada será sencillamente un jugador de leyenda que esperamos que pase toda su carrera en casa. Su presencia en el equipo, tan valiosa como añorada los partidos en que ha estado lesionado, se antoja imprescindible sobre todo en los días más complicados.

Arda: rara vez un tipo ha conectado tan rápido con grada y equipo, rara vez un tipo pone a todo el mundo de acuerdo en tan poco tiempo, rara vez un tipo tan simpático se hace tan simpático sin hablar una palabra del idioma local. Culibajo, con andares de ánsar y aspecto de gran jugador de dominó, Arda oculta con su físico lo que realmente es en el campo: un filigranero, un jugador de talento y pellizco, un bailarín, un artista. En el comando de asalto de Simeone, Arda es el encargado de abrir las cerraduras y cajas fuertes que ni los explosivos plásticos más potentes son capaces de dañar, y lo hace con facilidad, usando un cortaplumas y un clip deformado y además muerto de risa. Es el encargado también de hacer brillar la insiginia del capó de un equipo hecho de acero industrial y mentalidad de alto horno, de levantar murmullos de admiración en la grada, de llevar la sonrisa a la afición que ve el partido con mandíbula apretada y mirando el cronómetro, de hacer felices a los gruñones.

Arda tiene, como los toreros grandes, el don de parar el tiempo al recibir el balón, de que los aficionados despistados reciban un codazo del vecino cuando la bola se acerca a su zona de influencia, de generar la sensación de que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa y uno debe estar atento para decir "yo estuve allí". Excesivamente barroco en algunos casos (algo que se jalea desde ciertos sectores normalmente refunfuñones pero irremediablemente entregados a la causa turca con pasión de viuda joven y ceguera de adolescente enamorada), ausente en muchos tramos de muchos partidos, Arda se hace perdonar todo por varios motivos: su sorprendente fiereza al tirarse al suelo rebañando balones, su sonrisa gamberra cuando la pifia, su indudable carisma y conexión con la grada, sea regateando rivales, pelándose en un vestuario tras obtener una Copa o bailando cerca de Neptuno con sus gafas redondas de sol, su barba de califa y su sonrisa de tipo que sabe que hace feliz a los niños. Por todo eso, pero sobre todo por ser un futbolista diferente y magnífico, Arda es claramente titular en los partidos grandes, quizás suplente en los más asequibles para preservar así fresco su talento, con el mimo con el que se preservan las orquídeas.

Mario Suárez: Mario Suárez el Raro, el sorprendente, el desesperante, el jugador inexplicable. Con buen físico, buena técnica, buenos mimbres y una cabeza imprevisible, Mario alterna grandes actuaciones en partidos complicados con fases desastrosas en partidos cómodos. Mientras que en las ocasiones en las que no tiene tiempo y debe emplearse con contundencia parece siempre metido en el partido y capaz de sostener él solo la media, la relajación en la que entra en las fases más sencillas de los partidos más cómodos le convierten con frecuencia en un problema inesperado para el equipo. Capaz de dar un pase medido al contrario (algo recurrente en él) en el peor  momento posible, de perder balones en esos momentos en los que hay que hacer cualquier cosa menos perder el balón, de intentar corregir un error haciendo una falta clarísima y anunciada con estruendo antes de que ocurra que no hace más que empeorar las cosas, Mario es muchas veces un jugador desesperante.

Llamado a disputar el puesto a Gabi y/o Tiago y al menos a quitar minutos a estos dos, en la práctica Mario no consigue transmitir nunca fiabilidad o solidez en una posición en la que estas dos cosas son clave. Dado al pase horizontal arriesgado, capaz de llevarse un balón por calidad y fuerza y meter un fantástico balón profundo para, cinco segundos después, dudar a la hora de entrar al choque y provocar una contra peligrosísima en medio de un partido plácido, Mario desespera a la grada (y entendemos que al banquillo) con esa actitud displicente, fría, de quien se cree quizás mejor de lo que realmente es.

Mario, capaz de conseguir con sus propios errores el milagro repostero de pasar de helado a flan en dos minutos, no parece capaz de hacerse con el puesto en el equipo de sus amores, al que pertenece desde pequeñito. Y eso a pesar de la afición, que no desearía nada más en este mundo que ver a uno de los suyos llevando los galones en una media íntegramente canterana con Gabi, Koke y Saúl a su vera. Pero Mario, el Milagro Repostero, no parece haber convencido a casi nadie, ni a sí mismo probablemente, de que se su lugar en el mundo está en la posición de 5 argentino del equipo del Calderón. Una pena.

Raúl García: socorrido blanco de las iras de los amantes del xogo bonito y las cortinas de cretona, Raúl García parece haber recompuesto su complicada relación con la grada en los últimos tiempos, por más que haya siempre un grupo de irreductibles encantados con recordarle al Planeta Tierra en pleno que a ellos nunca les gustó Raúl García cada vez que falla un pase, para hastío del resto de la Humanidad. Raúl, importantísimo para el Cholo por su entrega, versatilidad e incapacidad para decir no ante cualquier desafío, por feo que sea, ha jugado una buena parte de los minutos en la primera mitad de temporada, si bien últimamente parece haber pasado a un segundo plano.

Poco estético en ocasiones, desesperante a fogonazos, valiosísimo en muchos más casos de los que a algunos les gusta reconocer, Raúl marca goles y defiende su parcela con solvencia, hace pases fantásticos y falla otros facilísimos, juega en punta y en banda y, si hace falta, se pelea con el administrador de la finca, acompaña a la madre de un compañero al dentista y cambia una rueda pinchada en medio de la tormenta de nieve, en manga corta, mientras el resto del pasaje tirita y reza a San Miguel Arcángel. Si no está bien y se le sienta, no protesta; si marca un gol importante, no se señala el número y pide un homenaje. Si hace falta jugar de segundo delantero lo hace, si hace falta jugar de medio centro lo hace, si hace falta jugar de interior lo hace. De central nos pareció verle un rato y no lo hizo mal, de portero probablemente se defienda, al parecer es bueno arreglando grifos y no hace nada mal el arroz con leche. En los (no escasos) días que está gris, normalmente, oh coincidencias, suele hacer un muy buen partido el lateral al que ayuda a cubrir banda y el día que está bien, qué cosas, hasta mete goles como si fuera un delantero.

Importante en los partidos feos en los que hay que salir a empujones de las montoneras e incómodo cuando la grada pide juego en letra Palmer de caligrafía inglesa, Raúl ha ido progresivamente cayendo en el feo vicio de protestar todo por costumbre, de irse al suelo en cada encontronazo, de llevarse las manos a su nariz, mascarón de proa de toda Navarra, de enzarzarse en discusiones eternas con rivales y árbitros, desconectándose a veces del juego. Lesionado tras jugar gran parte de un partido con una fisura en un hueso del brazo, a Raúl García no se le echó cuenta en un buen rato, en parte por haber acostumbrado él mismo a la grada a quejarse mucho, en parte porque de un tipo que sale a jugar a diez bajo cero en camiseta se espera que una fisura en un codo no sea ni motivo de comentario. Ahora que el equipo está inmerso en el tramo final del campeonato, con muchos partidos duros contra rivales complicados ante los que no hay que arrugarse, la presencia de Raúl en un puesto cercano al primer o segundo cambio - si no la titularidad en algunos casos - se nos antoja imprescindible por más que esto irrite a la inflexible Real Academia del Juego Bonito Según Nuestro Criterio, Que Es El Bueno. Por más que a veces nos desespere con malos controles y pases fáciles errados, por más que su juego no entre en el Canon de Pachelbel de la filigrana y la posturica, nos gusta que Raúl García esté en nuestro y equipo y, más aún, que sea uno de los nuestros.

Saúl: joven, algo impetuoso, demasiado arriesgado a veces y también talentoso, bravo y poderoso, ese es Saúl, joya de la cantera que por fin parece haber dado con la tecla para convertir su potencial en realidad, evitando un nuevo caso de oportunidad perdida. Hasta hace bien poco, sobre Saúl sobrevolaba una nube de dudas, como esa nube negra que sobrevuela a los tristes y los cenizos en los tebeos antiguos; últimamente, sin embargo, se ha hecho el sol sobre el cráneo de Saúl y sus últimas intervenciones llevan a pensar que se finalmente se acertó con la forma de gestionar su personalidad, a veces demasiado fogosa, y sus propias características de juego, tan generosas que hacen complicado encasillarle en un único puesto bien definido. Tras su paso por el Rayo, Saúl ganó presencia, experiencia y contundencia pero se desempeñó en tal cantidad de puestos que ahora parece más complicado reconvertirle en un único puesto. Saúl parece capaz de jugar de medio centro y también más echado a una banda o de centrocampista llegador: el perfil al que debería tender está a medio camino entre un Koke menos hábil y un Raúl García más selecto, más dinámico que el primero y más talentoso que el segundo, algo así como un centrocampista box to box de esos que tanto gustan en Inglaterra y tanto nos cuesta etiquetar por estos lares. A poco que Saúl siga creyendo en el trabajo que han diseñado para su progreso, tenemos buen centrocampista para rato y un muy buen recambio para varios puestos de la media en esta temporada.

Cani: sin puntuar, Cani ha jugado poco, incluso cuando lo más lógico parecía que jugara. Titular sorprendente en un partido, sorprendentemente en el banquillo durante todos los minutos de otros, Cani llegó con cartel de jugón (como no podría ser de otra manera) y el precedente del Principito Sosa. Simeone le ha utilizado hasta ahora menos que a Sosa, no sabemos si porque no pidió su llegada o porque no le convence. El caso es que sabemos de buena tinta que subirse en  marcha al tren lanzado que Simeone puso en marcha hace un par de años, en especial para jugadores finos acostumbrados a que el resto de jugadores hagan más trabajo sucio que ellos mismos; que se lo pregunten si no a Griezmann. 

domingo, 8 de febrero de 2015

De la sutil diferencia entre el orgullo y la arrogancia

El viernes empezó por fin el 6 Naciones tras casi un año de espera, un año entero soñando con días fríos, campos embarrados, pubs abarrotados y cejas rotas. Y lo hizo en viernes y de noche, mostrando que también al 6 Naciones llegan las cosas de la mercadotecnia y el fútbol, de la tele y los fans de corbata y palco de empresa, del espectáculo por el espectáculo.

El 6 Naciones empezó en Cardiff entre juegos de luces y fuegos artificiales, entre llamas, focos, efectos de sonido y puesta en escena de la Superbowl. Antes de los himnos los aficionados menos recientes echábamos de menos esos partidos a medio día entre equipos vestidos de colores planos sin logotipos en camisetas con cuello blanco de polo, arbitrados por tipos vestidos con los colores del equipo de su país de origen, en los que no había cambios a menos que los médicos de ambos equipos lo autorizasen, en los que las brechas se solucionaban sobre la marcha con un pegote de vaselina aplicado sin guantes de látex.

Pero el rugby evoluciona, y vaya si lo hace, y ahora los partidos comienzan con fuegos artificiales y los equipos salen a jugar entre llamaradas y explosiones con colores que no son los suyos, proliferan los samoanos gigantescos y los neozelandeses y sudafricanos nacionalizados y ya casi ninguno parece poder resistir al paso de los tiempos alineando únicamente locales; eso hasta Escocia, que este año lleva al torneo un granaíno, e Irlanda, que juega con un barcelonés, a ver cómo se quedan Vds. El rugby del Norte, más tradicional y menos físico que el enloquecido y admirable rugby eléctrico y agotador del Sur, va adaptando las costumbres de las excolonias y alinea gigantes de piel oscura y atletas de cuellos de boxeador en este rugby de vísperas de Mundial, rugby de zagueros protagonistas, patadas profundas, drops trabajados y kilos y kilos de músculo peleando en rucks gestionados con eficacia quirúrgica a más pulsaciones de las que los médicos recomiendan.

Pero toda esa evolución de luminotecnia y cámaras superlentas, esa profusión de logotipos y colores, esas camisetas pensadas para ser vendidas a los aficionados y no para distinguir a los buenos de los malos, pasan a un segundo plano cuando suenan los himnos y los jugadores agarran la camiseta del compañero y se desgañitan cantando algo que saben que, por  muchos palcos Vip que venda la organización, por muchas llamas y bengalas que se tiren al salir el equipo, por mucho que cambien los horarios, al final hay una única cosa que realmente importa en el torneo: representar a los tuyos, reditar batallas antiguas, cambiar la historia o al menos intentarlo, dejar hasta la última gota de sudor por esa multitud vestida de colorines que abarrota estadios y pubs en un rito que ya tiene más de 130 años. Qué bendición de torneo.
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Tras la primera jornada las conclusiones serían precipitadas, pero alguna pista va quedando. La primera, que Inglaterra viene mucho más seria de lo esperado, tras ganar con autoridad y solvencia a Gales en Cardiff. Gales, una de las favoritas por nombres y trayectoria, no parece dar con la tecla de la regularidad ni con la bisagra que permita a su fabulosa línea encadenar pases con la fluidez que la alineación, vista sobre el papel, sugeriría. Quizás sea un problema propio o quizás fuera mérito de los ingleses, poderosísimos en melé, agresivos y serios durante todo el partido,  mucho más equipo que los anfitriones, despistadísimos al final del segundo tiempo.

Las otras dos pistas más o menos claras son que a Irlanda, muy superior a los italianos, aún no la hemos visto en situación apretada y que Francia, que visita Dublín el próximo fin de semana, no deja de ser ese equipo basto que en nada recuerda a lo que el imaginario colectivo sigue asociando con los vecinos. Ante una Francia vestida de España y con un López y un Guirado en la alineación (y un Parra, pero este es portugués), Escocia jugó vestida de local y mostró ilusionantes síntomas de evolución hacia un rugby alegre y a la mano que recordaba mucho más al ADN francés que el pesadote rugby de patadas largas y muslos gordos de los locales. Escocia falló un drop, una transformación y un golpe y si no es por eso quizás se hubiera llevado un partido jugado al ataque con alegría y con bravura a la hora de defender en 22, muy lejos de ese juego tristón que le sirvió para llevarse una paliza en casa (0-22) en la última Calcutta Cup.

Una sorpresa agradable y esperanzadora vestida de azul oscuro, una candidata que no parecía serlo tanto vestida de blanco, un equipo verde muy serio y competitivo que vela armas ante su primer partido grande, un equipazo que no consigue jugar como se espera vestido de rojo y un equipo que debería vestir de azul pero con camiseta roja españolizada con un rugby feote y una afición que, como es tradición, sólo canta cuando gana son los protagonistas de la primera jornada. El sexto, el admirable equipo azul que evoluciona año a año, no parece que en esta edición pueda aspirar a mejorar pasadas ediciones. Y, mientras tanto, España ganando 43-20 a Rusia con un rosario de ensayos y claros síntomas de mejoría. Que dure.
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Como bien saben los pacientes seguidores de este blog, el derbi local es el partido que menos le gusta al que suscribe, servidor de Vds. Normalmente a uno no le gusta este partido por  la tirria natural que uno profesa hacia el otro equipo grande de la capital y sus pesadísimos seguidores, los nervios propios de la ocasión, la irritación por las campañas previas para desestabilizar en uno u otro sentido al equipo, los bulos y faltas de respeto de tertulias y portadas, los pesadísimos montajes fotográficos que circulan por redes sociales antes y después del partido y el tradicional mal ganar y mal perder de nuestros adorables vecinos del Norte. Nada nuevo, ya saben Vds, oigan.

A todo este irritante panorama se añaden este año dos elementos nuevos. El primero, el hastío. Seis veces, seis, hemos tenido que pasar este año por el aburrido proceso de calentamiento de partido por parte de la prensa, por el bosque de fanfarronadas y faltas de respeto, de amenazas de humillación que luego no se cumplen pero de las que nadie responde, de rumores de sanciones, fichajes, salidas de jugadores. Este año, además, hemos tenido que aguantar cansinas reflexiones sobre el imaginario carácter violento del equipo, sobre su mal juego, sobre el exceso de goles a balón parado, sobre cualquier aspecto que, a juicio de la prensa desquiciada, pueda suponer un demérito para los logros del fabuloso equipo del Cholo. En plena vorágine de comentarios absurdos y justificaciones de lo injustificable, este año más que nunca nos hemos hartado de ver dobles raseros, análisis infantiles, ataques de niño enrabietado, invocaciones del más allá, comparaciones delirantes como aquella con Estudiantes de la Plata de Bilardo, rosarios de excusas tras las derrotas, justificaciones de párvulo, comentarios despectivos sobre la conveniencia de ser eliminado de una competición para cuya remontada se había conjurado a la afición en pleno, bravatas con ceja depilada, llamadas a dar patadas por parte de supuestos genios malagueños, comentarios desquiciados enviados desde medios supuestamente serios. Un poema, un despropósito, una espiral de idiocia sonrojante difícilmente explicable a un niño, a un extranjero desconocedor de los ridículos mecanismos deportivos patrios, a un extraterrestre, a un mono platirrino. Una pesadez, un rollo, un tormento innecesario. Un coñazo, vaya.

El otro elemento nuevo está en la grada. La irrupción del Atleti en el panorama futbolero internacional, o más bien su vuelta de una vez por todas, parece haber atraído el interés de tour-operadores asiáticos y europeos que llenan de clientes las gradas del Calderón día sí y día también. En día de derbi, como pueden imaginar, multiplican su demanda. Imaginamos que animados ante la posibilidad de ver el enésimo partido lamentable de cierto ídolo mediático con museo autofinanciado y estatua de bronce que le representa haciendo su famosa celebración, esto es, el afamado grito de tonto de pueblo manchego al paso de un descapotable, la grada del Calderón se llena de grupos de japoneses con palo de selfie, ingleses en viaje cervecero, grupitos de franceses con conocimiento futbolístico nivel usuario novato y recuas de rusos embrutecidos acompañados de mujeres enjoyadas que comen pistachos con la boca abierta.

El resultado es probablemente lucrativo para las agencias de viaje, pero devastador para el ambiente en la grada. Así, entre aficionados de toda la vida que saben que lo que se juega en el campo es más que tres puntos y una victoria, disfrutan del ambiente los visitantes como quien va a ver un concurso de monólogos; no entran en este saco, claro está, aquellos procedentes de países futboleros (ingleses, escoceses, argentinos) que sí comprenden lo que pasa.

Por el contrario, el resto se deja llevar por lo que ven y se añaden a la corriente general sin tener ni pajolera idea de lo que ocurre. Si el fondo salta, tres franceses jovencitos vestidos y peinados exactamente igual saltan tan contentos y se miran entre ellos para demostrar lo bien que se lo están pasando gracias a las entradas que les compró su papá; si la grada de lateral canta improperios, cuatro rusos dan palmas mientras se quitan las migas de pan de la comisura de los labios. Si el Atleti marca, lo celebran con pasión cinco japoneses educadísimos vestidos de punta a cabo con merchandising del Atleti. Con el partido empezado y el Atleti atacando, llegan tarde seis turcos con bufandas del rival (y uno de ellos con una del Barça en el día de ayer, como lo oyen) y hacen levantarse a media fila entre las protestas de la grada entera. Siete rusas enjoyadas hacen flamear banderitas al ritmo del himno del Atleti mientras ocho ucranianos alicorados hablan a voces entre ellos de localidad a localidad, separadas por culpa de que el touroperador vendió más de lo que tenía, atraído por la posibilidad de forrarse el riñón de rublos en metálico.

Atraídos por una de las gradas más calientes y orgullosas de Europa, los visitantes contribuyen al enfriamiento de la misma en partido importante. Que el dinero es el dinero es algo que todos sabemos bien, sobre todo los que sufrimos un palco lleno de contables en B desde hace tiempo; que los tiros salen a veces por la culata, también. Mejor haría el club en procurar que la grada la ocupara en bloque la gente que quiere al club, aún dejando menos dinero en las cajas registradoras, que en convertir el Calderón en una visita recomendada en folletos de esos que se dan en los moteles.
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Por sexta vez en la temporada, salió el Atleti al campo a jugar contra el otro equipo grande de la capital, ayer trasmutado, y no es exageración, en el peor equipo que ha pisado este año el Calderón, empatado quizás con el pobrísimo Olympiacos que volvió al Pireo peinadito a raya entre los lamentos de la pléyade de fans de su engominado ex - entrenador.

Salió el Atleti al campo con el equipo que habríamos sacado casi todos, quizás con la duda de si Raúl García debería jugar desde el inicio este tipo de partidos o de si Torres, tormento del vecino en los últimos tiempos, podría haber jugado de titular. Pero el Cholo decidió y el Cholo, una vez más, acertó, y el Atleti firmó uno de sus partidos más completos y placenteros en meses, si bien es cierto que el rival no fue más que un equipete con una pobre defensa de circunstancias, un medio campo en el que únicamente un jugador - alemán y rubio, no el otro alemán - mostró categoría y personalidad y en el que su delantera firmó un nuevo partido raquítico aunque excelentemente bien pagado.

Salió el Atleti entre los vapores etílicos de aquellos que ven violencia donde el resto vemos partidos normales y, a los cinco minutos, vio cómo le rompían la nariz de un codazo a su mascarón de proa (y ya van dos narices rotas este año, por cierto, en ambos casos solucionados con un despliegue de coraje y hombría de los propietarios de los huesos fracturados). La fractura de los huesos propios, que son esos huesos de la nariz que al parecer tienen un acusado instinto de propiedad privada, se produjo en una acción que será considerada siempre fortuita y nunca violenta, hombre por Dios, eso de la violencia no se estila en el barrio financiero, es más bien cosa del río. La fractura nasal, además, fue casi simultánea a la lesión muscular de Koke, que se dejó las fibras en un sprint en frío. Mal parecían empezar las cosas para el Atleti; sin embargo, la tarde iba a ser de las que se recuerdan siempre, también por eso.

En el Atleti jugó Moyá, que ocupó la demarcación de portero automático. De haber jugado el portero del infantil, o servidor de Vds, o incluso María Teresa Campos defendiendo la meta colchonera, es casi seguro que el resultado final habría sido el mismo. Una vez tiró a puerta el millonario rival, una vez a pesar de haber alineado esa tripleta atacante que los medios elevan a grupo histórico tras los partidos contra los dos o tres últimos de la clasificación y que tiene por costumbre desaparecer en los partidos disputados, guardando sus hazañas para amistosos, torneos veraniegos y eventos festivos con árbitro y linier. Una vez tiró a puerta el rival, una, que salió al campo luciendo orgulloso un 4-3-3 con tres delanteros jugando en la novedosa demarcación de puntausente, alineados con el tino y la elegancia de la mujer del constructor nuevo rico que siempre lleva su diadema, pendientes y collar carísimos a todas las fiestas, peguen o no con el traje. Una vez tiró el rival a puerta y eso, sin duda, se debió al violento y ultradefensivo planteamiento del equipo local, paladín del catenaccio y el patadón, equipo limitado que gusta del balón parado, el punterón y el trampeo.

- Pues no, oiga
- ¡No me diga!
- Lo que oye

Con Godín jugando con la nariz llena de patatas fritas al más puro estilo Mandzukic y Miranda derrochando tranquilidad y suficiencia, el Atleti sufrió más bien poco en defensa. Juanfran jugó bien como en él es habitual y también lo hizo bien, y muy bien en alguna ocasión, Siqueira. Siqueira, excelente en la jugada del gol, hizo un buen partido, mucho mejor de lo normal. Siqueira perdió algún balón de esos suyos e intentó algún regate futbolsalero de más, pero en líneas generales estuvo a un nivel mucho más alto y acertado que en partidos anteriores, algo esperanzador y tranquilizador que esperemos que contribuya a su mejoría definitiva y la definitiva deglución de las palabras del que suscribe.

Pero donde realmente el Atleti ganó la partida fue desde la plácida zona de defensa hacia delante. Gabi, entonadísimo y hábil en controles y juego en corto, y especialmente Tiago, se hicieron con la parcela central con autoridad y buen juego. Tiago, de nuevo dando una lección de juego en su posición, fantástico en las ayudas y en la toma de decisiones, ocupó los espacios con sabiduría y clase, se incorporó bien en segunda línea y marcó un gol con la ayuda del desafortunado portero visitante; pudo marcar otro de cabeza tras una jugada estupenda de todo el equipo. Enorme, Tiago volvió a demostrar que su cabeza es la del entrenador dentro del campo, el procesador que marca el ritmo del partido, que aprieta cuando hay que apretar, duerme el juego cuando procede y acelera cuando es necesario, mostrando una madurez que le ha convertido a sus años en mucho mejor jugador que en temporadas anteriores.

Sin obviar el estupendo partido de Arda, habilísimo y preciosista además de vital en la recuperación de balones rebañados al rival, ni el trabajo de Griezmann, que hizo un buen partido aunque estuviera algo impreciso y sobrepasado durante el final del primer tiempo, único rato en que el rival se empeñó en recordar al personal que no era un equipo de final de tabla, las flores del partido fueron para Saúl y Mandzukic. Saúl, sorprendente recambio de Koke cuando todos esperábamos a Raúl García, salió en frío al poco tiempo de empezar el partido y no pareció notar sobre sus hombros el peso de la responsabilidad del partido grande y de su propia trayectoria. Saúl, algo errático en sus últimos partidos, cogió el toro por los cuernos y al ratito de salir metió un gol de chilena pegando el balón al palo tras un pase maravilloso de Siqueira del que estaremos hablando unos cuantos años. Confiado y fuerte, cubrió su parcela, robó balones, combinó con calidad e imaginación cuando hizo falta y dio un gol en bandeja a Griezmann cediendo de cabeza con mucha inteligencia justo en la jugada en la que se lesionó. Saúl, a quien reclamábamos un paso adelante, aprovechó la ocasión y mostró personalidad, calidad y ganas para ser el jugador que todos queremos que sea.

Mención y párrafo aparte merece Mandzukic, autor de un partido enorme, de manual de delantero centro. Mandzukic se llevó prácticamente todos los balones por arriba, controló con el pecho y facilitó balones a la segunda línea, mostró calidad y despliegue y superó en todo momento a los rivales que, impotentes, intentaban disputarle algún balón por arriba. Cómodo, Mandzukic leyó estupendamente el partido y el hecho de que el Atleti jugase por arriba y en corto bastante más de lo normal, aprovechando las ganas del croata y la blandura y nervios de la limitadita defensa visitante. Mandzukic hizo pues un partidazo y de su precioso gol en plancha tras jugadón entre Tiago y Torres, ambos con pases fantásticos, nos alegramos todos especialmente. Todos, intuimos, salvo la defensa visitante, artificialmente inflada por la prensa desde hace meses y muy poca cosa para parar a este croata con malas pulgas y ganas de partidos de este tipo.

Este buen Atleti se merendó sin excesivos problemas a un rival pobrísimo al que, de haber habido un pelín más de puntería, se le habría metido uno o dos goles más. Del rival, blandito en las recuperaciones y sin ganas de pelea, se diría que jugaba con calma sabiendo que siempre habrá quien justifique su derrota por algún motivo peregrino. Agotado el discurso del balón parado y el catenaccio, del patadón y la violencia, la afición colchonera espera expectante la nueva excusa: ¿serán las lesiones? ¿el estado del campo? ¿será que los del Atleti tiran muy fuerte y a dar? ¿habrán comido los jabalíes porquerías? Algo saldrá, se diría que pensaban los jugadores rivales, tranquilos que algo dirán, al final no será culpa nuestra, sino suya. Algo inventarán los de la ouija para justificar el repaso, con algún Estudiantes de la Plata compararán a este equipo que nos acaba de pasar por encima sin dejar ninguna duda. De alguna manera justificarán los nuestros que después del partido nos fuéramos de karaoke para celebrar el cumpleaños de este de las cejas, el mismo que volvió a hacer un partido nefasto, el mismo que perdió el 90% de los balones una vez más, el mismo que con 3-0 se puso en una banda a hacer un regatito de esos suyos con pasos de jota manchega para, tres toques después, dar un pase atrás de 8 metros que hasta alevín habría dado de primeras, sin complicaciones, sin alardes, sin hacer tontunas. Porque, como bien dijo un señor en la grada tras el lance, “lo que a este chico le pasa es que no tiene sentido del ridículo”.

Una vez más el Atleti dio un puñetazo en la mesa, una vez más pasó por encima a un equipo, esta vez flojete, en un  momento importante. Una vez más el Cholo demostró que lo suyo es un prodigio futbolístico, táctico, de motivación, de identificación con una idea, y no la caricatura que sucesivamente, partido ganado tras partido ganado, intentan dibujar sus detractores. Ni patadas, ni recursos pobres a balón parado, ni catenaccios ni estudiantes de la plata: lo que el Cholo y los suyos, los nuestros, han vuelto a hacer es explicar a la vociferante masa acomplejada cuál es la diferencia entre el orgullo y la arrogancia. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Crónica británica desde el Bajo Deva


Si uno tuviera que elegir un equipo favorito (además del Atleti, claro está) en esta liga de gigantes millonarios, clase media enfadadísima con todo el mundo y equipos en manos de directivas que no suelen caer en que los clubes de fútbol los formó la gente y que sin la gente no tienen sentido, tendría dudas entre dos. El primero, el Rayo y sus increíbles gestos hacia la gente de su barrio y la gente que les hizo grandes desde el campo, aumentados por los gestos que la gente del barrio, y en concreto esa señora admirable, les devuelve en forma de dinero recibido pero no usado para que otros sufran un poco menos. El segundo, claro está, es el Éibar.

Que Éibar, municipio de 27.000 habitantes, tenga un equipo en Primera sin más apoyo que el de sus propios vecinos es ya para recibir a jugadores y sobre todo aficionados con honores de Jefe de Estado. Que estos aficionados llenen un campo para 5.000 personas (que es casi el 20% de la población) resulta asombroso. Que los goles se celebren al sonido de la sirena de la fábrica que durante años despertó al pueblo es sencillamente fabuloso. Que Éibar sea el pueblo de las Lambrettas y de Gárate hace que a uno le sea imposible no ser un gran admirador del Éibar.

Y a todo esto el Éibar, con un presupuesto diminuto y, eso sí, ni una sola deuda, marcha pasada la primera vuelta cerca de los puestos europeos, lejos de los puestos de descenso en los que casi todo el mundo contaba con verle a estas alturas del campeonato. Y es que el Éibar, con buena parte del bloque que jugó en Segunda B y unos cuantos refuerzos modestos pero atinados, juega bien y puntúa en sitios donde no todo el mundo lo hace, no cose a patadas a los rivales, tiene jugadores interesantes y otros, como Arruabarrena, directamente admirables.

Vivimos con normalidad en una liga de periodistas desquiciados y aficionados contentos de desquiciarse con ellos, de peleas infantiles sobre detalles absurdos, de leyendas urbanas y campañas mediáticas de limpieza o embarramiento de la reputación de quién convenga según convenga, de jugadores de Lladró que hacen bailecitos y tiran besos para luego saltar con cara de herido de muerte cuando un rival pasa a menos de un metro de sus espinilleras de Swarovski, de conjuras y ouijas, de remontadas y excusas sonrojantes si las cosas no salen como se calculó desde la sala de reuniones del comité de dirección, de bulos irresponsables y llamadas a la exaltación que terminan en el recibimiento a botellazos del autobús visitante en nombre de la historia, el honor y esas cosas tan chocantes cuando caen en manos de predicadores y acomplejados. Y en esta liga que, puesta en perspectiva, resulta ridícula, sobreactuada, sobrecomercial e infantil, el Éibar brilla con luz propia gracias a su grada chica y baja, a los balcones llenos de gente de los edificios que rodean al estadio con la bandera colgando del alféizar, a su campo embarrado y su peña escozesa con zeta.

Uno desea al Éibar lo mejor de lo mejor y no puede evitar sonreír con cierta envidia al ver a ese equipo con aire de club setentero del Norte de Inglaterra en los 70, orgullo de zona industrial de las de hierro y carbón, club modesto pero honrado que ni debe dinero ni lo necesita para nada más que para pagar sueldos y no convertir los vestuarios en spas sino, como mucho, para reparar la sirena de la fábrica Alfa, si es que alguna vez se estropea. En esta liga de estrellitas e inversores extranjeros, un club de pueblo financiado por su gente que conserva a sus jugadores como si fueran joyas y a su sirena como si fuera un Stradivarius es aire fresco, un ejemplo, un lujo, una alegría. Una auténtica maravilla.

Aunque, bien pensado, a lo mejor lo que pasa es que es el Club de Gárate; quizás eso lo explique todo.

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Conectó la televisión con Ipurúa y lo que se veía era un campo embarrado con aspecto de sembrado a medio labrar y una cuarta de agua en algunos puntos estratégicos. De inmediato,  en las redes sociales (más bien en una, la del pajarito) no se leían más que críticas: menudo patatal, ahí no se puede jugar, qué vergüenza de campo, decía la muchachada enfadadísima desde el sofá, tecleando en su tableta de nosecuantas pulgadas. Mientras tanto, sin embargo, a los aficionados que recordamos el secuestro de Quini como un evento la mar de preocupante, se nos puso una sonrisa de medio lado.

Ipurua ayer, en efecto, parecía una anomalía en esta liga de campos perfectos, verdes con drenajes casi linfáticos, césped rasurado y con depilación brasileña y con pantone homologado por la LFP y las televisiones; y sin embargo, lo que ayer había en Ipurúa no era más que un campo de fútbol de los de toda la vida, un campo de rugby en invierno, un terreno de juego como aquél de Atocha. Y la nostalgia que nos entró a algunos no venía tanto por eso, que también, sino por vernos a nosotros mismos jugando en campos embarrados – de tierra cuando jugábamos al fútbol, de un césped teórico que era peor que la tierra cuando jugábamos al rugby, como el de Cantarranas – con camisetas empapadas, botas cuarteadas, cal en la frente tras despejar de cabeza en un córner y los lagrimales llenos de barro hasta un par de horas después de la ducha.

Los menos jovencitos recordamos haber jugado mil veces en campos similares con balones Mikasa, prodigio de la industria deportiva que cuando conservaba la cubierta impermeable era de una dureza comparable a las balas de cañón que hundieron en Trafalgar al icónico navío San Juan Nepomuceno, y que cuando la perdía tenía una capacidad de absorción de agua muy superior al de la esponja natural y la bayeta Vileda juntas, dándole un peso y densidad comparable al de una Enana Marrón, capaz por tanto de lesionar gravemente unas cervicales en un despeje o de dejar la marca de la costura durante días cuando uno tenía la mala suerte de recibir un pelotazo en un muslo en día de frío. Al ver el partido de ayer uno recordaba las tardes dándole grasa de caballo a las botas y al balón que, en el caso de ser el celebérrimo “Wallaby” de rugby, lo revestía de una película viscosa y resbaladiza que hacía imposible atraparlo sin que a uno se le escurriera entre los dedos, como si fuera una trucha vivita y coleando recién salida del río, y las medias de lana gruesa, atadas con un trozo de cordón de las botas, que con el agua  se iban empapando y empapando, bajando poco a poco por la pierna hasta dejar claro que ahí ninguno jugábamos con espinilleras, hombre por Dios, con lo molestas que son y para lo poco que sirven.

Y no se crean que hablamos de los años 30, oiga, que eso era así hace bien poquito. Lo que pasa es que tanta camiseta dry-fit, tanto baloncito de playa, tanta bota de colorines de plasticucho flexible y tanto campo de césped artificial han terminado por ablandar a los futbolistas de barrio y hacerles pensar que en un césped como el de ayer, en el que se ha jugado al fútbol y al rugby durante cien años, no vale para este deporte de tiquismiquis que tanto dinero mueve hoy en día. Les llega a oír Arteche, oigan, y no tienen sitio donde esconderse.
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Salió el Atleti al campo vestido de gris hormigón aluminósico y entre la lluvia, la grada y el barro aquello parecía una escena de una película de Ken Loach; y algo así les debió decir a los jugadores el Mono Burgos, porque el Atleti salió con oficio y disciplina de minero galés, que era lo que requería el partido. Cuando tras el primer toque el balón se quedó clavado en una zona en la que parecía que podía correr, y cuando tras el segundo el balón salió disparado cuando el espectador en pantuflas esperaba que se clavase, todos supimos que el partido podría ser una trampa y de las gordas.

En el Atleti, con cambios en la alineación forzados por la sobrecarga de partidos de algunos y las amarillas acumuladas en vísperas del importante partido del próximo día 7, jugó Moyá, bien peinado y pinturero incluso bajo el chaparrón guipuzcoano, y una defensa en la que sólo Godín pertenece al grupo de los indiscutibles: Giménez quizás no juegue cuando estén Godín y Miranda, Gámez es suplente de Juanfran y Siqueira es suplente de sí mismo. De Godín y Giménez no había dudas, porque por oficio y ganas trasmiten que lo mismo les da jugar a las tres de la tarde en Agosto que bajo una nevada en Aberdeen. Ambos lo hicieron bien y se desenvolvieron con especial comodidad en las montoneras que se formaban en los córners, verdaderas aglomeraciones que daban más sensación de multitud por quedar la grada de Ipurua bien pegadita a la portería. Gámez, de quien uno podía esperar un partido serio incluso en las condiciones climáticas escocesas con las que se jugó en Éibar, hizo un buen trabajo y mostró ganas, físico y capacidad de desborde hasta el final del partido, confirmando que su fichaje no fue ninguna tontería sino  más bien un refuerzo inteligente. Siqueira, por último, hizo de Siqueira y alternó esas carreras suyas con gesto de desconocer a qué distancia está el barranco con algunos controlitos y regates de fútbol sala, la mayoría inocuos, y una de sus especialidades: la falta inoportuna en mal sitio y mal momento, un lance que empieza a conocerse como la Siqueirinha o Golpe Franco Asiqueirado. Siqueira, enloquecido a ratos  y contumaz en su locura a otros, volvió a reivindicar la titularidad pero no propia, sino la de Ansaldi. Qué tío, Siqueira.

En el centro del campo salieron Raúl, Koke, Saúl y Tiago, todos en teoría indicados para un partido de brega y choque en la marisma salvo quizás Tiago. Tiago, jugador con poco físico que gusta de bajar el balón a tierra y levantar la cabeza en corto en día de sol mediterráneo y campo seco, no parecía el más indicado para un partido en el que hay que mirar el balón con cuatro ojos para evitar que se pare en mal sitio y se vaya donde quiera, un partido teóricamente de fútbol industrial, de alto horno. El resultado de esta apuesta ya lo conocen: Tiago fue el mejor. Inteligente, buscando siempre el espacio adecuado tanto para situarse como para pasar el balón, Tiago se manejó por el pantano con maneras de aligátor. Listo, oportuno y cabal, volvió a demostrar que cuando él está el equipo gana en sensatez y control del partido, en lectura de los tiempos y espacios, en fútbol al fin y al cabo. En un año en el que estamos viendo un Godín estelar, un Juanfran brillante (salvo en los últimos partidos), un Turán cegador y un Griezmann que empieza a funcionar al nivel que de él esperamos, quizás sea Tiago quien marque más veces la diferencia desde su puesto de mando camuflado en lo alto de la colina, no tan a la vista como las estrellas, pero tan importante como ellas a la hora de elegir cómo jugar los partidos.

Junto a él jugaron Koke, que mostró más frescura que en los últimos días, y Saúl, mucho mejor en el segundo tiempo, mostrando esas cualidades suyas de todocampista perfectamente capaz de gestionar con autoridad partidos en condiciones complicadas que debería desarrollar con modestia y tesón en vez de piar de vez en cuando, tomando como ejemplo a Koke, a Gabi, a Raúl, tipos con un peso futbolístico enorme que se ganaron ellos solitos los galones, sin refunfuñar ni desesperarse. Raúl en particular hizo ayer un partido enorme, pleno de brega y contundencia, dando un pase de gol a Griezmann tras un movimiento estupendo y huyendo, esta vez sí, de esas quejas exageradas y constantes con las que mancha sus partidos últimamente. Y eso a pesar de que Irureta se mostró enfadadísimo en un choque fortuito, uno no sabe si para sacar a Raúl de sus casillas y abocarle a esas discusiones tan suyas que duran quince minutos, o como resultado de la fama de bronquista que se ha ganado el navarro últimamente por su propia actitud rabiosa. Sea por lo que sea, bien haría Raúl en tomar nota y evitar situaciones negativas por el equipo fácilmente evitables en cuanto se ponga a ello y concentrase en actuaciones como la de ayer, algo que en Newcastle le valdría para que pusieran su nombre a una calle.

Y, para terminar, Griezmann y Mandzukic. El primero metió un buen gol tras una gran jugada de Raúl, aprovechando que por su lado no había trincheras y confirmó su adaptación al equipo y al medio; el segundo metió dos goles en un campo que se presuponía favorable a sus condiciones de juego de caballería pesada, en el que curiosamente mostró más detalles de técnica depurada que en otros terrenos más secos, para desesperación e irritación del bravo Lillo, que acabó harto del croata mientras éste disfrutaba del partido británico de lluvia, barro y lucha. Griezmann y Mandzukic, uno por la parte seca y a galope pinturero y el otro en pleno barrizal con brega de boxeador irlandés,  hicieron su trabajo estupendamente y contribuyeron decisivamente a que el Atleti cerrase el partido pronto, algo clave en un campo complicado y ante un rival bravo y peleón que, a pesar de los tres goles en contra, ni se dedicó a dar patadas ni a tirar la toalla antes de tiempo.

De nuevo tras una derrota o un revés, el Atleti dio un puñetazo en la mesa (algo que curiosamente suele ocurrir en los campos del Norte) y lo hizo dando una imagen convincente de juego, plantilla y adaptación al medio. En una semana en la que van a arreciar esas acusaciones de violencia y mal juego que el Atleti se entretiene en desmentir con hechos cada dos partidos, un golpe de autoridad y solvencia como el de ayer contra el gran Éibar es valiosísimo. Imaginamos que Gárate, en el aniversario de Luis, estará de acuerdo con esta apreciación.



martes, 23 de diciembre de 2014

2014, Año Simeoniano



El Atleti acabó el año por la Puerta Grande, remontando un partido que se había puesto muy feo y en el que, cosas del fútbol, salió el sol en un par de minutos justo después del descanso y ya no se volvió a poner.

Haber perdido en Bilbao habría supuesto dos semanas de parón con dudas, preguntas, rumores, más aun sabiendo que a la vuelta de Navidad es el primero de los partidos del año contra el otro equipo grande de la capital. Conociendo a la simpática e imparcial prensa nacional, un tropiezo justo antes del parón de invierno habría sido el momento perfecto para hablar de problemas en el vestuario, de que Simeone está incómodo y piensa irse, de descontento con los fichajes y cuestionamiento sobre la capacidad de los nuevos para sacar al equipo de problemas, de quejas durante las concentraciones por los ronquidos de los uruguayos, de amenazas de muerte al peluquero de Griezmann. Siendo además el tropiezo justo antes de un partido contra el ojito derecho de la prensa, sobre todo en este momento en el que todo lo que rodea a su equipo del alma se pregona con un triunfalismo infantil, la oleada de rumores habría sido malintencionada y, por tanto, aburridísima. De haber perdido el Atleti, Griezmann pasaría a ser desecho de tienta, Koke tendría ofertas de equipos rivales,  Arda y Godín estarían en diferentes órbitas – como la perrita Laika - y escucharíamos repetidamente eso de que “Fulano gusta en Chamartín”, en especial alguna estrella emergente como Giménez.

Pero en Bilbao el Atleti, tras un primer tiempo malo y desconcertante, decidió que era el momento de dar un puñetazo en la mesa y recordarle a todo el mundo quién, y sobre todo por qué, es el Campeón. El Atleti bajó el balón al piso, adoptó el color mimético que enseña este año cuando los rivales creen que aún vive una única versión del equipo, la del contraataque y la de Diego Costa, y armó un lío. Una jugada, la del primer gol, sirve como ejemplo de todo lo que pasó después: rosario de despejes de cabeza al rival en el medio campo de uno y otro equipo hasta que Tiago, que es el que mejor conoce el libro de instrucciones, bajó el balón en corto. De ahí, un taconazo de Raúl, un apoyo, otro, un pase de nuevo de Raúl al espacio, Juanfran que galopa y mete un centro maravilloso hacia, una vez más, Raúl y Griezmann, el autor del gol tras un remate de esos de los cromos.

El Atleti se benefició luego de un penalti que no le pareció ser al que suscribe, a pesar y precisamente por el leve contacto. Un penalti en mal momento para el Athletic, en un momento perfecto para que el Atleti dejase groggy al rival que pudo poner distancia en el primer tiempo y no lo hizo. Un penalti injusto que, de no haberse pitado, podría haber cambiado el rumbo del partido; pero se pitó y se tiró y se marcó, y la superioridad física y táctica del Atleti y sus dos goles posteriores parece que deberían valer para neutralizar el comprensible cabreo de los bilbaínos.

Del resto del partido, tres nombres propios. El primero, Griezmann, quien tras una primera parte mala acabó metiendo tres goles, uno de ellos en fuera de juego, y cerrando un partido estupendo. Y aun así, de Griezmann queremos más. No más goles, que eso sería abusar, pero sí más presencia, más fiabilidad, más responsabilidad. De Griezmann esperamos que sea el segundo Arda, el segundo Koke, el tipo con el que contar cuando las cosas se ponen feas y los espacios se achican, el responsable del destello de imaginación y calidad que convierte las cuevas en palacios rococós y las peleas de bar en torneos de esgrima. Griezmann, quien empieza a entender que a este Atleti es complicado subirse y mucho más si no se aporta, como mínimo, todo aquello que aporta el resto, está llamado a ser clave para el segundo tramo de la liga, en el que el equipo estará más cansado y habrá sido ya visto demasiadas veces por los entrenadores rivales. El Griezmann que queremos asomó ese peinado suyo como de tortilla francesa por San Mamés y eso es una noticia fantástica que nos encantaría confirmar, confirmar y volver a confirmar, como los peces fedatarios en el río.

El segundo nombre propio es de un defensa jovencito con actitud de veterano y hechuras de estibador. Giménez, por ahora, juega siempre bien, y tanto le da que sea en Turín, Bilbao o el Calderón, que él siempre está a lo suyo. A Giménez parece darle igual venir de treinta partidos en el banquillo o de un encuentro extenuante, él siempre está allí y por su zona mejor no pasar, que le persigue a uno como si le debiera dinero. Giménez no pierde el sitio ni la compostura, es agresivo y canchero, y si tiene que saltar y atizarle en la nariz a su padrino lo hace y santas pascuas, no haberse puesto ahí, oiga. En un partido en el que se esperaba a Miranda de titular y en el que Godín mostró un par de despistes de esos a los que nos tiene desacostumbrados (y que son por cierto más comunes cuando por su lado juega el cada vez más enloquecido Siqueira), Giménez pareció el veterano, la referencia, el capitán. Con Godín en un momento maravilloso, Miranda debe apretar los dientes si quiere que este chavalín con presencia de veterano del frente, actitud de legionario con bayoneta calada  y cuello de pilier no le quite el sitio en breve.

El último nombre del día es el de Saúl. Saúl, que puede llegar a ser un jugadorazo, está en ese momento en el que se espera de él un paso al frente que puede marcar su futuro. Como quizás le ocurrió no hace tanto a Koke, hoy tan consagrado que nos hace olvidar algunos días de zozobra, Saúl debe decidir qué perfil de jugador quiere o puede ser, abandonando algunas manías como esa de jugarse pérdidas de balón en momentos arriesgados y empezando a disfrutar del trabajo sordo y gris que le ofrece Simeone como pasaporte a páginas más brillantes. Saúl salió con la incómoda misión de suplir a Koke pero no completó el partido que de él esperábamos. De Saúl esperamos y deseamos más, y confiamos, sobre todo, en que se le pasen esas malas pulgas que se le ponen cuando no juega tanto como le gustaría, algo que quizás se explique él mismo cuando vuelva a ver sus partidos con más calma durante las navidades.
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Con la Navidad de 2014 se cierra el mejor año en rojo y blanco que uno recuerda, y el tercer año de la llegada del tipo que cambió todo.

De 2014 recordaremos siempre ese mes de Mayo maravilloso, lleno de angustias, victorias, reuniones y cábalas. Recordaremos esa frenética carrera de las semanas anteriores, domingo – miércoles – domingo encadenando victorias y engordando leyendas, la concatenación de partidos claves, de citas históricas cada siete días. Recordaremos el rosario de supersticiones, las llegadas al estadio siempre por el mismo camino, igual vestidos, haciendo las mismas paradas. Recordaremos las reuniones en casa, siempre los mismos sentados en los mismos sitios, las bufandas atadas exactamente al mismo palo del perchero que en el partido anterior. Recordaremos el partido de Stamford Bridge con una sonrisa de esas que aún nos duran, el partido contra el Levante y la cara, mitad de bobo mitad de preocupación, que se nos quedó después. Recordaremos la parada de Willy Caballero en el fondo Norte, evitando el gol que nos habría dado la liga en casa, una semana menos de angustia y una más de descanso, pero recordaremos siempre ese gol de Godín, vestido de amarillo y azul, en el Nou Camp ni más ni menos. Recordaremos esa liga que ahora nos parece un milagro casi imposible de repetir, el fruto de una temporada mágica con una regularidad al alcance de casi ningún equipo, recordaremos la celebración en Neptuno con Panadero Díaz y familia dando saltos en la plaza, los días en los que conocimos a todos esos jugadores maravillosos que llegaron a jugar una final hace 40 años contra un equipo de leyenda y conservan la actitud de una cuadrilla de amigos modestos agradecidos por todo lo que implique valorar su esfuerzo de entonces.

Nos acordaremos también, qué coño, de ese día en Lisboa en el que no disfrutamos antes del partido por culpa de los nervios y desde luego no disfrutamos después por culpa de las lágrimas. Pero recordaremos las llamadas de gente de todas partes contándonos cómo en su ciudad todos iban con el Atleti, cómo se acordaron de nosotros y les dio casi tanta rabia como a nosotros que el cuento maravilloso que escribió el equipo del Cholo no acabara como en los libros de hadas sino como suelen acabar las cosas en la vida. Recordaremos el domingo y lunes siguientes llenos de dolor, mal humor y silencio y cómo el luto acabó de repente cuando un novillero, mostrando casi tanto valor como para ponerse ante un toro, salió a hacer el paseíllo en las Ventas del Espíritu Santo con un capote de paseo con el escudo del Atleti bordado. Recordaremos la concentración espontánea de cientos de atléticos en el estadio para celebrar no una derrota, sino una forma de ser, de sentir, de entender las cosas. Recordaremos el desconcierto de los otros, de los que no entienden nada, ante el subidón de orgullo de los que no habían ganado una final pero habían ganado un mundo, algo incomprensible para los que miden la identidad en victorias y la dignidad en números.

Por ese 2014 maravilloso con pinta de tener una secuela brillante dentro de no demasiado tiempo, por el tiempo anterior y los años en los que nos acordaremos de esto, no podemos más que estar eternamente agradecido al responsable del invento, al tipo que convirtió al equipo en mágico, al que trajo al Mono y al Profe, al protagonista del año entero y de uno de los capítulos más gloriosos de la historia gloriosa del Club Atlético de Madrid. Por él, por Simeone y los suyos, no debería quedar ningún atlético por brindar en estas fiestas.

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Pero en este año increíble, no estaríamos hablando de todo lo que ocurre si no reconociéramos que tenemos un problema. Que el problema no es nuevo es algo que sabe cualquiera que visita la grada del Calderón, que únicamente es ahora más visible y más actual también.

Si el Atleti es lo que es, lo es en gran medida por su grada. Por su grada entera, no solo por un fondo. Que ese fondo ha sido el motor de la animación durante años es algo indiscutible; que el precio a pagar por un motor así no puede ser mantener en él elementos que son un problema grave para todos nosotros (y no solo para nosotros) es algo clarísimo. Nadie en el Calderón quiere que el estadio y la afición se divida, pero nadie en el Calderón (o al menos una mayoría más que aplastante) quiere que miembros de su afición maten a otros, que la afición sea estigmatizada por los medios y rivales como un grupo de tipos peligrosos, que los informativos abran los bloques sobre medidas antiviolencia con planos de la grada del Atleti repleta de bufandas rojiblancas.

Que el tema parece más policial que otra cosa es también evidente, tan evidente como que el resto de agentes involucrados (el Club, el resto del Fondo Sur, el resto de la afición) tienen también un papel que jugar. Que el Club tienen que hacer algo es claro y meridiano; que lo que ha hecho ya es un paso (más o menos torpe, más o menos proporcionado, más o menos precipitado, eso es otro debate) es, también, un hecho. El Fondo Sur (es decir, la Grada Joven y todos aquellos involucrados en la animación con más intensidad que otras partes del estadio), un colectivo mucho más amplio que el grupúsculo conflictivo que últimamente ocupa las portadas de los periódicos (junto a la mención del resto de la afición) tiene ahora una oportunidad de oro para demostrar que puede seguir siendo una grada ejemplar, precisamente ahora que la Policía va a eliminar al factor que (según cuenta gente del propio Fondo Sur) les impedía estar tranquilamente dedicados a la animación fuera de connotaciones ideológicas o de otro tipo. El resto de la afición debe mostrar firmeza ante los que ensucian el nombre del Club, pedir responsabilidades a quienes pueden tomar medidas y apoyar a los que no participan en los actos vergonzosos o tienen miedo a las represalias. Resulta chocante ver una grada en silencio durante un partido, resulta sorprendente ver cómo no es lo que más conviene al equipo lo que el colectivo que más dice querer al equipo acaba haciendo. Resulta extraño ver cómo un colectivo que se dice pacífico prefiere enfrentarse al resto de la afición en protesta por una medida que no tiene como objetivo ese colectivo pacífico, sino precisamente el foco de la infección que puede acabar con ellos. Resultaría también lamentable y triste que a raíz de este episodio, el Calderón se convirtiera en un estadio silencioso.

El año 2014, quizás uno de los más gloriosos de la historia del Club, ha acabado con un borrón intolerable y vergonzoso que debería hacernos pensar, no mirar hacia otro lado. La oportunidad está ahí y tenemos que hacer lo que debemos: dejarlo pasar, confiar en que el tiempo hará olvidar este tema, terminar separando la afición en bandos, hacer del Calderón un estadio silencioso o sumir al equipo en la desorientación que ni los rivales más duros han sido capaces de conseguir sería reconocer que todos hemos perdido. Y nosotros, los del Atleti, no perdemos. Ni perdiendo.