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lunes, 13 de abril de 2015

Uno a uno ante el partido-a-partido que nos queda (II): los del medio

Gabi: quizás lejos del impresionante estado de forma del año pasado, pero no tan lejos como alguno comenta con insistencia, Gabi sigue siendo imprescindible en el centro del centro, por delante de los centrales, tras los jugadores más creativos. Algo más impreciso que el año pasado, perdiendo más balones de los que en él era habitual el año en el que se consiguió la Liga, con quizás algo menos de fuelle, es posible que Gabi haya acusado su complicada situación judicial y el hecho de que los jugadores y entrenadores rivales hayan analizado meticulosamente el sistema de juego del Atleti y el papel fundamental del capitán, lanzando la presión y adelantando toda la línea a su toque de corneta gracias a un fondo físico de maratoniano, una determinación de conquistador extremeño y un compromiso de legionario con tatuajes.

Quizás la carrera de Gabi, larga y compleja por haber sido entrenado para ser un talentoso creador de juego y lanzador de ataques teniendo que convertirse con los años en un pulmón defensivo con un carácter de roca, empiece a declinar; aún así, hoy por hoy y asumiendo que no está en el maravilloso momento del año pasado, Gabi sigue siendo un jugador magnífico muy útil para el equipo y, visto lo visto, sin sustituto de garantías.

Tiago: magnífico en lo táctico, entrenador en el campo y dueño de los tiempos y los espacios, Tiago está haciendo una temporada espectacular sólo lastrada por sus propias limitaciones físicas y algún partido en blanco difícilmente explicable. Tiago, que parece mucho mejor jugador que cuando llegó, manda en el centro del campo y resuelve en corto y algo menos en largo, desahoga a centrales y centrocampistas, ocupa los espacios con sabiduría de arquitecto urbanista y soluciona problemas con la eficacia del Señor Lobo. Por si esto fuera poco, ha sido clave en la estrategia de córners a favor y muy importante para defender los saques de esquina en contra, ha marcado goles importantes y ha sido la parte principal en muchas de las buenas actuaciones del equipo: se diría que cuando Tiago está bien, el equipo es más sensato, menos vulnerable, lee mejor los partidos, las fases de los mismos. Con Tiago el Atleti es más sereno, tiene las ideas más claras; con Tiago el Atleti es más preclaro, gana los debates televisados sin dar voces, se acuerda de los cumpleaños de todo el mundo y nunca aparca fuera de los límites de la plaza de garaje.

El problema al que se enfrenta Tiago es doble: por un lado su físico, nunca demasiado exuberante, que le pasa factura por cosas de la edad y por estar en un puesto en el que a menudo tiene que emplearse en defensa recuperando posiciones tras carreras largas; por otro, alguna que otra inexplicable ausencia de espíritu a pesar de estar físicamente en el campo, en ocasiones en las que ha sido incluso sustituido al descanso. Hasta en eso Tiago es sensato y profesional: si no está, queda claro a los tres minutos. Eso sí, hoy por hoy eso es lo excepcional y han sido mucho más numerosos los partidos en los que Tiago ha sido la materia gris y el gestor del Tetris ofensivo y defensivo del equipo que un jugador desbordado. Hasta ahora,  Tiago es indispensable en la media y un jugador con muchísimo peso en el juego del equipo.

Koke: una de las estrellas del equipo, uno de los orgullos de la cantera y la afición, un jugador que, a pesar de estar en un nivel altísimo, sigue mejorando casi día a día. Koke, que en un momento dado hace dos años lanzó señales de que quizás no sería capaz de llegar donde todos queríamos, recogió el guante y se lanzó con ganas y acierto a convertirse en un todocampista asombroso, notable alto en todo, completo en cada fase del juego. Hábil, técnico, con muchísima facilidad para el pase largo y para salir en corto, Koke además ha aprendido cómo ser casi inaccesible para los rivales que intentan quitarle el balón, que se topan con un experto en mantener la bola controlada en situaciones complicadas al que antes no conocían. Potente aunque no rápido, con muchísimo despliegue físico y mucha calidad técnica, a Koke sólo le falta un punto de mentalidad asesina para hacerse con los galones de Capitán General en el Atleti y la selección. Y ya empieza a mostrar esa personalidad, con ese gesto característico con la mano de pedir a los compañeros que espabilen para lanzar la presión.

Con una puntuación de 8,5 sobre 10 en prácticamente todo,  si Koke convierte más goles por temporada será sencillamente un jugador de leyenda que esperamos que pase toda su carrera en casa. Su presencia en el equipo, tan valiosa como añorada los partidos en que ha estado lesionado, se antoja imprescindible sobre todo en los días más complicados.

Arda: rara vez un tipo ha conectado tan rápido con grada y equipo, rara vez un tipo pone a todo el mundo de acuerdo en tan poco tiempo, rara vez un tipo tan simpático se hace tan simpático sin hablar una palabra del idioma local. Culibajo, con andares de ánsar y aspecto de gran jugador de dominó, Arda oculta con su físico lo que realmente es en el campo: un filigranero, un jugador de talento y pellizco, un bailarín, un artista. En el comando de asalto de Simeone, Arda es el encargado de abrir las cerraduras y cajas fuertes que ni los explosivos plásticos más potentes son capaces de dañar, y lo hace con facilidad, usando un cortaplumas y un clip deformado y además muerto de risa. Es el encargado también de hacer brillar la insiginia del capó de un equipo hecho de acero industrial y mentalidad de alto horno, de levantar murmullos de admiración en la grada, de llevar la sonrisa a la afición que ve el partido con mandíbula apretada y mirando el cronómetro, de hacer felices a los gruñones.

Arda tiene, como los toreros grandes, el don de parar el tiempo al recibir el balón, de que los aficionados despistados reciban un codazo del vecino cuando la bola se acerca a su zona de influencia, de generar la sensación de que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa y uno debe estar atento para decir "yo estuve allí". Excesivamente barroco en algunos casos (algo que se jalea desde ciertos sectores normalmente refunfuñones pero irremediablemente entregados a la causa turca con pasión de viuda joven y ceguera de adolescente enamorada), ausente en muchos tramos de muchos partidos, Arda se hace perdonar todo por varios motivos: su sorprendente fiereza al tirarse al suelo rebañando balones, su sonrisa gamberra cuando la pifia, su indudable carisma y conexión con la grada, sea regateando rivales, pelándose en un vestuario tras obtener una Copa o bailando cerca de Neptuno con sus gafas redondas de sol, su barba de califa y su sonrisa de tipo que sabe que hace feliz a los niños. Por todo eso, pero sobre todo por ser un futbolista diferente y magnífico, Arda es claramente titular en los partidos grandes, quizás suplente en los más asequibles para preservar así fresco su talento, con el mimo con el que se preservan las orquídeas.

Mario Suárez: Mario Suárez el Raro, el sorprendente, el desesperante, el jugador inexplicable. Con buen físico, buena técnica, buenos mimbres y una cabeza imprevisible, Mario alterna grandes actuaciones en partidos complicados con fases desastrosas en partidos cómodos. Mientras que en las ocasiones en las que no tiene tiempo y debe emplearse con contundencia parece siempre metido en el partido y capaz de sostener él solo la media, la relajación en la que entra en las fases más sencillas de los partidos más cómodos le convierten con frecuencia en un problema inesperado para el equipo. Capaz de dar un pase medido al contrario (algo recurrente en él) en el peor  momento posible, de perder balones en esos momentos en los que hay que hacer cualquier cosa menos perder el balón, de intentar corregir un error haciendo una falta clarísima y anunciada con estruendo antes de que ocurra que no hace más que empeorar las cosas, Mario es muchas veces un jugador desesperante.

Llamado a disputar el puesto a Gabi y/o Tiago y al menos a quitar minutos a estos dos, en la práctica Mario no consigue transmitir nunca fiabilidad o solidez en una posición en la que estas dos cosas son clave. Dado al pase horizontal arriesgado, capaz de llevarse un balón por calidad y fuerza y meter un fantástico balón profundo para, cinco segundos después, dudar a la hora de entrar al choque y provocar una contra peligrosísima en medio de un partido plácido, Mario desespera a la grada (y entendemos que al banquillo) con esa actitud displicente, fría, de quien se cree quizás mejor de lo que realmente es.

Mario, capaz de conseguir con sus propios errores el milagro repostero de pasar de helado a flan en dos minutos, no parece capaz de hacerse con el puesto en el equipo de sus amores, al que pertenece desde pequeñito. Y eso a pesar de la afición, que no desearía nada más en este mundo que ver a uno de los suyos llevando los galones en una media íntegramente canterana con Gabi, Koke y Saúl a su vera. Pero Mario, el Milagro Repostero, no parece haber convencido a casi nadie, ni a sí mismo probablemente, de que se su lugar en el mundo está en la posición de 5 argentino del equipo del Calderón. Una pena.

Raúl García: socorrido blanco de las iras de los amantes del xogo bonito y las cortinas de cretona, Raúl García parece haber recompuesto su complicada relación con la grada en los últimos tiempos, por más que haya siempre un grupo de irreductibles encantados con recordarle al Planeta Tierra en pleno que a ellos nunca les gustó Raúl García cada vez que falla un pase, para hastío del resto de la Humanidad. Raúl, importantísimo para el Cholo por su entrega, versatilidad e incapacidad para decir no ante cualquier desafío, por feo que sea, ha jugado una buena parte de los minutos en la primera mitad de temporada, si bien últimamente parece haber pasado a un segundo plano.

Poco estético en ocasiones, desesperante a fogonazos, valiosísimo en muchos más casos de los que a algunos les gusta reconocer, Raúl marca goles y defiende su parcela con solvencia, hace pases fantásticos y falla otros facilísimos, juega en punta y en banda y, si hace falta, se pelea con el administrador de la finca, acompaña a la madre de un compañero al dentista y cambia una rueda pinchada en medio de la tormenta de nieve, en manga corta, mientras el resto del pasaje tirita y reza a San Miguel Arcángel. Si no está bien y se le sienta, no protesta; si marca un gol importante, no se señala el número y pide un homenaje. Si hace falta jugar de segundo delantero lo hace, si hace falta jugar de medio centro lo hace, si hace falta jugar de interior lo hace. De central nos pareció verle un rato y no lo hizo mal, de portero probablemente se defienda, al parecer es bueno arreglando grifos y no hace nada mal el arroz con leche. En los (no escasos) días que está gris, normalmente, oh coincidencias, suele hacer un muy buen partido el lateral al que ayuda a cubrir banda y el día que está bien, qué cosas, hasta mete goles como si fuera un delantero.

Importante en los partidos feos en los que hay que salir a empujones de las montoneras e incómodo cuando la grada pide juego en letra Palmer de caligrafía inglesa, Raúl ha ido progresivamente cayendo en el feo vicio de protestar todo por costumbre, de irse al suelo en cada encontronazo, de llevarse las manos a su nariz, mascarón de proa de toda Navarra, de enzarzarse en discusiones eternas con rivales y árbitros, desconectándose a veces del juego. Lesionado tras jugar gran parte de un partido con una fisura en un hueso del brazo, a Raúl García no se le echó cuenta en un buen rato, en parte por haber acostumbrado él mismo a la grada a quejarse mucho, en parte porque de un tipo que sale a jugar a diez bajo cero en camiseta se espera que una fisura en un codo no sea ni motivo de comentario. Ahora que el equipo está inmerso en el tramo final del campeonato, con muchos partidos duros contra rivales complicados ante los que no hay que arrugarse, la presencia de Raúl en un puesto cercano al primer o segundo cambio - si no la titularidad en algunos casos - se nos antoja imprescindible por más que esto irrite a la inflexible Real Academia del Juego Bonito Según Nuestro Criterio, Que Es El Bueno. Por más que a veces nos desespere con malos controles y pases fáciles errados, por más que su juego no entre en el Canon de Pachelbel de la filigrana y la posturica, nos gusta que Raúl García esté en nuestro y equipo y, más aún, que sea uno de los nuestros.

Saúl: joven, algo impetuoso, demasiado arriesgado a veces y también talentoso, bravo y poderoso, ese es Saúl, joya de la cantera que por fin parece haber dado con la tecla para convertir su potencial en realidad, evitando un nuevo caso de oportunidad perdida. Hasta hace bien poco, sobre Saúl sobrevolaba una nube de dudas, como esa nube negra que sobrevuela a los tristes y los cenizos en los tebeos antiguos; últimamente, sin embargo, se ha hecho el sol sobre el cráneo de Saúl y sus últimas intervenciones llevan a pensar que se finalmente se acertó con la forma de gestionar su personalidad, a veces demasiado fogosa, y sus propias características de juego, tan generosas que hacen complicado encasillarle en un único puesto bien definido. Tras su paso por el Rayo, Saúl ganó presencia, experiencia y contundencia pero se desempeñó en tal cantidad de puestos que ahora parece más complicado reconvertirle en un único puesto. Saúl parece capaz de jugar de medio centro y también más echado a una banda o de centrocampista llegador: el perfil al que debería tender está a medio camino entre un Koke menos hábil y un Raúl García más selecto, más dinámico que el primero y más talentoso que el segundo, algo así como un centrocampista box to box de esos que tanto gustan en Inglaterra y tanto nos cuesta etiquetar por estos lares. A poco que Saúl siga creyendo en el trabajo que han diseñado para su progreso, tenemos buen centrocampista para rato y un muy buen recambio para varios puestos de la media en esta temporada.

Cani: sin puntuar, Cani ha jugado poco, incluso cuando lo más lógico parecía que jugara. Titular sorprendente en un partido, sorprendentemente en el banquillo durante todos los minutos de otros, Cani llegó con cartel de jugón (como no podría ser de otra manera) y el precedente del Principito Sosa. Simeone le ha utilizado hasta ahora menos que a Sosa, no sabemos si porque no pidió su llegada o porque no le convence. El caso es que sabemos de buena tinta que subirse en  marcha al tren lanzado que Simeone puso en marcha hace un par de años, en especial para jugadores finos acostumbrados a que el resto de jugadores hagan más trabajo sucio que ellos mismos; que se lo pregunten si no a Griezmann. 

lunes, 13 de enero de 2014

Crónica hipotética del Atleti-Barcelona desde el lado que no es

Si servidor de Vds, a quienes Dios guarde muchos años, fuera del Barcelona (que ni lo es ni admite sospecha alguna ni mucho menos cualquier chistecito al respecto), habría disfrutado cada minuto del ambiente previo al partido de ayer en los alrededores del Calderón. Si servidor hubiera venido de Barcelona, Málaga, Pontevedra o la Guindalera para ver cómo mi equipo se enfrentaba al otro líder, al del Manzanares, habría sido feliz viviendo ese ambiente de partido grande de Liga, no de Copa, no de eliminatoria europea, no de final de torneo si no de Primera División de la liga, algo que casi no recordamos desde aquél día del Doblete frente al Albacete.

Si servidor fuera del Barcelona, que ya les digo yo que no pasará nunca, habría paladeado cada minuto por las calles de Madrid, cada caña por la Latina y la calle Toledo. Habría contado las muchísimas bufandas rojiblancas que se veían por la zona desde la hora del aperitivo y habría tomado bacalao en Revuelta y callos en Casa Paco. Ya de paso, habría tomado vermouth de grifo los bares del barrio, comparando el dulzor amargo de cada uno, el exceso o cantidad adecuada de hielo, si se sirve con seltz o (mal menor pero no admisible como regla) con un poco de Casera, si la proporción es la adecuada, si ponen o no rodajita de limón o de naranja, si el vaso es pequeñito y alto o bajo y chato. Si servidor fuera del Barcelona y a esas alturas se hubiera mantenido en pie, habría ido hasta el bar de los Caracoles que hay cerca de Puerta de Toledo y ahí habría pedido un vasito del caldo que hierve en el puchero de la barra y habría probado el raro vermouth blanco de grifo que sirven ahí, tentación peligrosa para el aficionado atlético que, presto a hacer la gracia, tiende a invitar a rondas alternas, ¡una de vermouth rojo! ¡ahora una de blanco! ¡otra de rojo, como las rayas del escudo!, y así hasta perder uno la conciencia de cuántas se ha bebido por aquello de ser fiel a los colores en las barras de los bares, que al final es de lo que se trata.

Si servidor, una vez probados cuatro, cinco vermouths y alguna caña para desengrasar, con tiempo entre unos y otros para no venirse abajo y cantar Asturias Patria Querida demasiado pronto y aún siguiera siendo del Barça, uno habría buscado una terraza para tomar café y quizás un licorcito y comentar la jugada y seguir viendo gente y gente vestida de rojo y blanco que se sientan en grupos grandes y piden sillas que sobran al resto de mesas y también piden café solo, café cortado, un pacharán con hielo, un gin tonic de esos modernos con fresas y cosas dentro o un pelotazo tradicional sin mucha negociación con el camarero. Si servidor hubiera sido de Barcelona, a estas alturas ya el Barça, me van a permitir la confianza, habría hablado con mis compañeros de viaje del inmenso placer que es tener un estadio cerca de la zona vieja y con personalidad de la ciudad, del privilegio gigante que supone ir andando al fútbol desde la zona monumental del centro histórico, parando de café en café, rodeado de gente que va o no va al fútbol pero que vive la calle en festivo entre periódicos y sillas metálicas de terraza y habría dado por finalizada la conversación de este primer asalto pre-partido comentando con mis correligionarios que a quién cojones se le puede ocurrir cambiar de estadio e irse a la otra punta de la ciudad a un barrio nuevo que pega con una autopista, teniendo una joyita como el Calderón en la parte de la ciudad en la que más se puede disfrutar de un día de fútbol. Y, al ser del Barça todos los demás compañeros de mesa, alguien probablemente habría dicho “eso es cosa del Cerezo y el Gil ese, ya sabes” y el resto habríamos asentido con la cabeza y habríamos dicho pues sí, eso es en el fondo, un tema de pasta gestionada de forma turbia, ya sabemos como es esto, a la gente al final que les den pomada, vaya error monumental sería irse de este paraíso para el hincha a un campo con pista de atletismo, vaya error y vaya sinvergonzonería.

De haber sido del Barça, el que suscribe habría bajado andando por la calle Toledo un par de horas antes del inicio del partido, tomando el aire y mirando por el móvil las últimas novedades sobre la alineación, comentándolas a voz en grito con los demás compañeros de viaje y, ya de paso, con los aficionados del Atleti que bajaban por la misma acera, como de hecho ocurrió, qué cosas. Habría mostrado sorpresa por ver una alineación sin Neymar y, sobre todo, sin Messi, y habría escuchado a los colchoneros que, bajando por la calle al mismo ritmo que el grupo, decían que en cualquier caso acabarían saliendo los dos una vez pasada la hora de partido quizás, cuando el desgaste físico del Atleti fuera alto. También habría escuchado a los que, al saber que no salía Raúl García sino Villa afirmaban que el Atleti iba a jugar con diez, diez y cuarto a lo sumo, visto el bajísimo estado de forma del asturiano, su contribución limitada, su físico limitado, su falta de confianza. Si servidor hubiera sido del Barça también habría comentado, como hicieron los del Barça, que ya en sus temporadas en Barcelona mostró un físico en declive y un juego con cada vez menos chispa, fruto del paso del tiempo y de una lesión durísima, algo en el fondo normal y poco criticable.

De haber uno sido aficionado del Barça, habría disfrutado con el paseo camino al estadio, con la visión de los ríos de gente vestida de rojo y blanco entre los que flotaban bufandas y camisetas azulgranas como si tal cosa. Me habría quizás maravillado del ambientazo previo, del olor a partido grande e importante y, a la vez, de la perfecta convivencia de locales y visitantes, del ambiente de respeto mutuo, de interés mezclado con un punto de admiración de cada uno con las cosas del equipo rival. Habría tomado una cerveza más, quizás dos, aprovechando para charlar con la gente del Atleti y habría hablado, como ocurrió por todas partes, sobre cómo los locales veían al equipo visitante y cómo la gente del Barcelona veía al Atleti, cómo el equipo de unos daba miedo al de los otros y al revés.

Tras charlar y charlar, de haber sido uno del Barcelona uno habría enfilado el estadio y habría hecho la cola monumental que se formó ayer delante de todas y cada una de las puertas, habría puesto el código de barras de la entrada en esa posición nueva que tanto confunde a los socios de toda la vida, y habría encarado el vomitorio, camino al asiento, tras alquilar una almohadilla roja de esas que meten en unas cosas que parecen nasas para langostas. Habría subido por la grada, habría buscado la localidad, habría pedido perdón y perdón y perdón a los que ya ocupaban la suya para poder llegar a la mía y, finalmente, habría saludado a vecinos de derecha a izquierda, como ocurrió en muchos de los asientos del Calderón el día de ayer. Hola buenas noches, habría dicho, y posiblemente me habrían respondido hola, buenas noches, Vd no es de los fijos en la zona, ¿es Vd del Barça? y ahí habría tenido que decir que sí, de haber sido uno del Barcelona. Habría escuchado a los vecinos de localidad decir cuánta gente nueva hoy, no conocemos a nadie, qué cosas, qué ambientazo hoy. Fíjese esos japoneses, fíjese ese grupo de ingleses embrutecidos, fíjese en estos de aquí. ¿De dónde son Vds? ¿Colombianos? Hombre, por Dios, qué alegría, desde que se fue Falcao y el bueno de Perea como que ya no vienen tantos colombianos al estadio. ¿Y Vds de dónde son? ¿Turcos? ¿Son Vds turcos? Hombreee qué bien, no es bueno el turco ni nada, no es bueno el turco, habría escuchado uno de haber sido del Barcelona y también de no haberlo sido.

Si uno fuera del Barça habría estado nervioso justo antes de empezar el partido, dudando de si el equipo visitante, el propio, el que tantas alegrías ha dado a su afición y tantos partidos memorables ha firmado, sería capaz de enfrentarse a la fiera máquina local con sus ligeras armas tradicionales. De haber sido uno seguidor del Barcelona habría dudado si la refinada tropa de élite de mi equipo, formada por estilistas con aires de bailarín, armados con floretes y dagas con pedrería, sería capaz de hacer frente al rotundo equipo local, un regimiento de portentos físicos armados con mazas, hachas y bolas de esas con pinchos que venden en las tiendas de souvenirs de Toledo que se mueve al unísono al grito de un tipo con el 14 a la espalda. Como seguidor del Barcelona, si lo fuera, habría tenido la misma sensación que el resto de culés que poblaban la grada: una tensión permanente, una continua necesidad de mirar el terreno de juego y el marcador sin perder un ojo de ninguno de los dos, ganas de que acabara ya el partido, ganas de que no acabara nunca.

De haber sido uno seguidor del Barcelona, habría quedado impresionado con el partido que hizo toda la defensa local, con la sincronía de los centrales y el repertorio casi interminable de Filipe Luis. Habría presumido también, claro está, del partido de Piqué, la facilidad de Cesc y Busquets y la velocidad de Pedro, pero no habría podido evitar rendirme al partidazo de Arda Turan, el mejor sobre el campo, el más fino y confiado, el autor de un control con el exterior del pie que, por más que uno lo ve y lo ve, no se explica cómo pudo hacerlo. Habría resaltado el cansancio que muestra Koke tras tantos partidos, el asombro por ver el empaque de algunos jugadores que nunca hubiera considerado idóneos para jugar en la millonaria plantilla del Camp Nou y la enésima demostración de ambición y poderío de Diego Costa, forzando una y otra vez a Piqué a hacer un partido excelso. Todo esto habría reconocido uno de haber sido seguidor del Barcelona.

Como seguidor de Barcelona, de haber sido uno parte de esa afición, uno habría vivido el partido con la intensidad que las dos aficiones lo vivieron en la grada, con la mandíbula apretada buscando agujeros en las líneas rivales que simplemente no existían. Habría respirado tranquilo cada vez que el balón le llegaba a Villa, la excepción en el equipo, desenfocado desde el inicio de la liga, y habría aguantado la respiración al ver salir a Raúl García, y más aún viendo cómo desde su salida los balones que merodeaban el área de Valdés se quedaban ahí más tiempo. Habría recibido con alegría la salida de Messi y Neymar para comprobar, un rato más tarde, que ni uno ni otro cambiarían la dinámica del partido, es decir, el hecho de que el que sería mi equipo si servidor fuera del Barcelona, no tiró a puerta en todo el partido, y van ya casi tres seguidos contra el Atleti, a pesar de tener en nómina a varios de los mejores atacantes del mundo.

Si uno fuera del Barcelona habría celebrado el resultado apretando el puño al oír el pitido final, pensando que se había conseguido un empate en una plaza casi inexpugnable, defendida por una guardia entrenada y ambiciosa que no dejará escapar muchos más puntos si las cosas siguen así. De haber sido uno del Barça, recordaría un día precioso de fútbol en un estadio imponente en el que se pueden llevar los colores del equipo propio sin que pase nada, a pesar de algunos cánticos poco respetuosos con el rival y con la concordancia de género entre sujeto y predicado. También habría recordado un auténtico partidazo, quizás no vistoso pero sí bueno, quizás no brillante pero sí intensísimo, quizás poco comercial pero sí para los muy aficionados. De haber sido del Barcelona, del Atleti o de cualquier otro equipo, a uno le habría entrado la risa al escuchar cómo populares comentaristas radiofónicos de esos que basan su oficio en contar chismes de los equipos grandes y en confundir buen fútbol con regates ciclistas, brillantez con goles y calidad con altos precios en los fichajes, decían que el partido fue un tostón y una tristeza. De haber sido uno del Barcelona, en fin, uno estaría muy orgulloso de su equipo, muy contento por haber conseguido puntuar en el Calderón, feliz por haber vivido el partido en directo desde la grada del Manzanares, todavía cansado por haber vivido en directo un choque de trenes, de estilos, de buenos equipos de fútbol.



Pero resulta, quizás lo intuyan Vds, que uno no es del Barcelona sino del Atleti, y que por eso mismo no celebró ni mucho menos el pitido final. Servidor de Vds quizás pensó que el empate fue un resultado justo pero no satisfactorio, que con un delantero un poco más incisivo el Atleti debería haber tirado más a puerta, que el partido de Arda Turan merecía que ese remate suyo de media tijera hubiera acabado en gol. Pero sobre todo, al ser uno del Atleti, al acabar el partido estuvo mucho más orgulloso de ver el equipazo que ha montado el Cholo que cualquier seguidor de cualquier equipo millonario, y está aún impresionado por la solidez del grupo, aún cansado por el despliegue físico y la intensidad del partido, aún asombrado por una primera vuelta con cincuenta puntos. 

jueves, 19 de septiembre de 2013

De la vuelta de los tiempos que nunca debieron haberse ido



Debutaba el Atleti en Champions tras la excelente temporada anterior y buen inicio de la presente, y en los alrededores del Calderón había una extraña placidez. No había tensión ni había demasiados gritos, no había nervios ni sensación de día grande, había más bien de partido de trámite, de los de hoy también ganamos, de los de cómo lo ve Vd, yo bien, bien, hoy lo solucionamos fácil, oiga. Puede ser que la mayoría de la afición del Calderón no conociera los peligros potenciales del Zenit (tampoco el que suscribe, que sí tuvo a bien informarse unos días antes para llegar a la conclusión de que lo que venía no era una perita en dulce), o bien que la solidez del equipo, la entrega, los buenos resultados y la solvencia con la que se despachan partidos complicados en los últimos días haya calado lo suficientemente hondo en la afición del Atleti como para llevarla a otros tiempos. Porque el ambiente que había ayer en el Calderón no era el de un estadio que va a ver a su equipito medirse con los mayores, ni el de una afición dispuesta a convertir cada partido de Champions en una fiesta de las de no olvidar por si la cosa dura poca. La gente no fue al campo a ver un partido que era ya de por sí un premio, ni a hacerse fotos en las que se viera el logotipo de las estrellas para conservarlas en el cajón de la mesilla, junto a las entradas de los días grandes, la tarjeta de claves del banco y la medalla de oro que le regaló el abuelo el día del bautizo. No. La gente fue al campo tranquila y confiada, a ver ganar al Atleti, con la misma actitud, predisposición y sensación que teníamos los que, de niños, íbamos siempre a ver al Atleti ganar, rara vez empatar, ocasionalmente perder contra equipos que lo merecían y alguna vez con alguno que no. La afición va a ver al Atleti, sea a la Champions o a la Liga, con la misma sensación que teníamos en los tiempos en los que colgaba esa pancarta que ponía “Hoy también ganamos”, con confianza en el equipo y con la certeza de que, para ganar al Atleti del Cholo, Gabi y Koke hay que hacerlo muy bien, sudar sangre, tener suerte y contar con que los nuestros tengan un día extrañamente deslucido.

Salió el Atleti al campo la mar de tranquilo y salió el Zenit con una camiseta que unos veían azul y otros verde. Es azul, decían unos, no, es verde, decían otros; es azul tirando a verde, como aquella camiseta hecha de cortina de baño que una vez trajo el Betis, decían algunos con gran memoria cromática; es verdeazulada, como las algas cianofíceas, ideales go-gó, decían otros, declarados fans del Chico Más Pálido de la Playa de Gros. La discusión se zanjó al sacar un señor una pantonera de bolsillo y no se volvió a hablar del tema. El Zenit vino pues así, aturquesado, si bien más azulada vino su afición, agrupada en un fondo reservado sólo para ellos como si fuera una zona de seguridad, y también en grupos sueltos por las gradas, dos allí, tres allá, cuatro acullá. La afición rusa se mostró amable y correcta, y esto uno no sabe bien si se debe a su voluntad deportiva y visitante o al mismísimo carácter ruso, todo un misterio para el que suscribe, que es tonto. Un ruso aislado resulta raro de tratar, no me lo negarán, y no sabe nunca uno si está enfadado o de un humor buenísimo, si es cordial o le importa un pimiento agradar al resto, si ha bebido vodka o lo hará en un rato. Sin en vez de un ruso hay tres o cuatro la duda se multiplica y ante la visión de un grupo de rusos, uno sólo alcanza a confirmar la clasificación capilar de la raza rusa: rusos sólo hay calvos, como Gorbachov, con pelazo como Stalin o con pelo lacio y churriguetoso como Karpov. Pocos rusos escapan a estos tres genotipos, hay pocos rusos con entradas, casi ninguno con cortinilla, son escasas las coronillas encubiertas y sí son frecuentes las calvas totales, los pelazos ondulados con textura de capa de jabalí y los flequillos desvaídos y grasientos. Y esto no lo digo yo, que lo dicen los científicos de la prestigiosa Russian Traditional Hairstyle Preservation Society.

La afición rusa se mezcló en algunos bares con la afición local, y esta última les miraba con una mezcla de curiosidad y prevención, esa mezcla que producen los rusos fuera de Rusia, sobre todo a los pueblos latinos. Inquietantes, algunos rusos cenaron jamón, café con leche y zumo de naranja, que lo vio el que suscribe sin saber bien si alertarle al ruso de que normalmente eso por estos lares se toma de desayuno o hacer un vídeo de tres minutos. El ruso se acabó el café, pidió la cuenta, pagó con un billete de 500 euros y se fue tan campante al hotel a pensar en Rusia y su futuro, desvelado hasta las tantas por el relajante café con leche. Esta impactante imagen se repetirá en la memoria de todos los que asistieron al inusual ágape durante años, y posiblemente sirva como referencia para recordar el cómodo partido de ayer dentro de muchos años. El Zenit, sí, dirán los aficionados, el Zenit vino al Calderón vestido así como de verdecito y creo que ganamos fácil, no sé si dos cero o tres uno, sí, un partido cómodo pero sin historia, aunque, eso sí, luego algunos vimos a un ruso cenar jamón, café con leche y zumo de naranja y al menos tres si no cuatro tuvieron que ir a un psicólogo durante meses.

El Atleti empezó controlando el partido y empujando a los rusos hacia su área, lejos de la portería propia y buscando huecos por donde no los había. El Atleti salió con Villa solo arriba, con Adrián a un costado y Arda al otro y con Gabi y Koke por delante de Mario para evitar que ningún un jugador rival estuviera tranquilo. Gran parte del primer tiempo transcurrió cerca de la banda derecha rusa, donde Adrián se enfrentaba a un lateral rubito con pinta de enterarse poco y de cenar café con leche. Acertó el Atleti planteando el partido hacia ese lado, porque en el segundo tiempo quedó claro que el lateral izquierdo del Zenit era bastante mejor que el derecho, qué cosas tiene Simeone, no da puntada sin hilo este hombre, oiga.  Cerrado el equipo ruso atrás, la única vía de agua visible era el lateral derecho y ahí todos los ojos se fijaron en Adrián. Adrián, una vez más respaldado por el Cholo y por la grada – salvo a ratos, algo comprensible – demostró que lo suyo es más un problema de cabeza que de fútbol. Adrián alternó regates y carreras de las de hace dos temporadas con rehúses y dudas de las del año pasado. Falló pases fáciles y evitó que Filipe Luis le doblara, se escondió en algunos lances y con frecuencia se giró y buscó un pase cómodo en vez de arriesgar; en otras ocasiones, cuando tuvo que pensar menos y actuar más mecánicamente, desbordó al rival, buscó huecos y presumió de arrancada. Esto último no le bastó para coger la confianza necesaria hasta bien entrado el partido y, cuando mejor estaba, fue sustituido por Baptistao, que metió un buen gol en su primera acción y dejó la cabeza de Adrián llena de manchas de Rorschach  y de dudas que esperemos se despejen.

Con el Atleti volcado hacia adelante y hacia la izquierda durante el primer tiempo, Mario y Gabi tuvieron una presencia más testimonial que otra cosa, dando protagonismo a Koke. Koke asumió la responsabilidad con un partidazo en lo físico y en lo táctico, recuperando balones y apareciendo por todas partes, tapando su zona y la de aquellos que cometían un error, poniendo balones perfectos a la cabeza de los compañeros: suyo fue el pase del gol de Miranda, suyo fue el pase que dio lugar al barullo previo al segundo gol y de haber estado algo menos impetuoso Godín, habría aprovechado para marcar algunos de los pases de Koke, fuertes y medidos, pases a los que basta poner la cabeza para, sin dar impulso, conseguir que el balón salga como un obús. El despliegue físico de Koke tuvo continuidad en Gabi durante el segundo tiempo. Gabi se dosifica y mide y, cuando queda media hora de partido, está dos puntos físicos por encima de los rivales. Gabi entonces es clave, soluciona errores cometidos por los compañeros, hace ayudas en defensa, aparece donde no se le espera, sale el primero a la presión y roba balones para alimentar a la delantera. Entre Gabi y Koke, y el buen partido de Mario, el medio campo ruso pudo hacer más bien poco a excepción de un ratito. Y eso que no pintaba mal, con Danny, jugador fino, Witsel, de estilismo capilar claramente poco ruso y Hulk. Hulk, todo hay que decirlo, pareció pasado de romana y algo lento, lejos de ese jugador eléctrico y potentísimo que hizo enmudecer el Calderón en el pasado. Hulk abusó de irse al suelo, fue superado varias veces en carrera por Mario y mostró una silueta abeyoncesada que supuso todo un desafío para el tallaje de sus pantalones cortos. Aún así, metió un golazo tras tiro potentísimo que nos recordó que todavía es peligroso a pesar de los blinis.

Sólo durante un ratito tuvo el Zenit la iniciativa en el partido, unos quince minutos al principio del segundo tiempo en los que el Atleti perdió presencia. Más lejos unos de otros de lo que es habitual, con más protagonismo la banda izquierda del rival, los jugadores del Atleti no encontraron su sitio. Pero con el partido empatado, Turan metió un gol de esos que uno no se espera que meta él, de esos que debería meter quizás Villa, quizás cualquier otro. Turan, que está haciendo un principio de temporada magnífico, mostró además de calidad y clase una rabia para marcar que hace dos años nadie habría creído. Para el que suscribe pocos jugadores han encajado en lo que la grada del Calderón espera de un jugador así como Turan: talentoso, carismático, salao, inexplicable, con un punto gamberro, despistado y desastre. Más atlético, difícil.

Obviando el buen partido de Filipe Luis, la aparente mejora de Juanfran y la seguridad ya clásica pero no por ello menos asombrosa de Courtois, merece un ratito el partido de Villa. Villa, que lleva poco tiempo en el club, parece estar aún en proceso de engranaje, en rodaje antes de encajar en la máquina que ha creado Simeone. Físicamente no se le ve a la altura del resto de compañeros, verdaderos portentos en muchas fases del partido, y cuando juega solo en punta pasa malos ratos al hacer la presión, algo normal para cualquier delantero que juegue con ese dibujo agotador y frustrante para los goleadores. Villa combina maravillosamente bien cuando juega al primer toque y busca la pared, alivia a los compañeros y crea espacios para él o para otro; cuando conduce el balón se echa de menos más potencia, algo que resuelve a veces con la picaresca de buscar una falta, como ayer. Cuando el equipo recupera en campo propio, aficionados y jugadores buscan instintivamente la carrera en diagonal de Diego Costa, galopando en la lejanía; cuando éste no está Villa es más conservador, consciente de que le es complicado a estas alturas encarar con garantías una carrera de treinta metros perseguido por uno o dos rivales, la especialidad de su compañero de ataque. Incómodo en el partido de ayer por el planteamiento de acumulación de gente por el centro del Zenit, sobre todo en el primer tiempo, Villa sacó algunas faltas de listo y buscó buenas combinaciones. Irá a más, esperamos, por más que el librillo del Cholo parece indicar que, este año, a falta de Falcao y su pelea interminable, el gol está llamado a repartirse entre centrocampistas y delanteros.


El Atleti ganó con solvencia a un equipo al que hizo parecer peor de lo que era, por más que en defensa sí dejó bastante que desear. La grada se ha acostumbrado a este equipo intenso, duro, que recupera el balón con furia gracias a concentración total, apoyos constantes y solidaridad de todos, desde los estilistas más finos a los tractores más potentes. El Atleti rocoso que recupera la bola y sale rápido y con calidad recuerda a ese equipo que se nos clavó en el alma, ese equipo al que íbamos a ver ganar, rara vez empatar, ocasionalmente perder contra equipos que lo merecían y alguna vez con alguno que no. Lejanos quedan los tiempos en los que todos y cada uno de los equipos de primera división nos jugaban de tú a tú, en los que los pequeños venían al Calderón a puntuar, en los que el bochorno era la seña de identidad y los empates en el último minuto contra el Mallorca se celebraban haciendo la ola. Más cercanos se ven los tiempos de narices torcidas y centrales con bigote, de victorias brillantes y victorias sin brillo pero por aplastamiento, de rivales dubitativos y asustados, equipos encerrados y visitantes deseando que pasase cuanto antes el infernal rato de visita al Calderón. Lejos quedan los tiempos oscuros, cerca parecen los tiempos que nunca debieran haberse ido y la razón es una, única y nacida en Buenos Aires el 28 de abril del 70, año en que el Atleti ganó la liga. 

jueves, 29 de agosto de 2013

Patillas, torrijas y antibióticos


En tarde tormentosa y veraniega, de esas de final de agosto en Madrid de toda la vida, uno vuelve a casa del trabajo, hace la compra, sube a su casa, se cambia de ropa para ponerse incomodísimo (que es lo que mandan los cánones para estar en el salón), descongela una bolsita de guisantes, saltea un poco de cebolla y taquitos de jamón y echa sal y pimienta blanca, corta también un poquito de queso de Mahón. Lo pone todo en platos llanos, pone una mesa, se sienta, se sirve un tinto de verano con poco tinto y mucha casera y hielo en un vaso de cristal fino que coja pronto el frío. Se remanga, se relame, se lo come todo sin apreciar lo más mínimo y completa así el proceso mixto de semi-merienda-cena, híbrido popular ya desde antes de esta época mixta e indefinida de semitemplados, gallifantes y mediapuntas. Recoge uno los platos, los mete en el lavavajillas, se pregunta si eso que está en el lavavajillas está sucio o está limpio, ya no me acuerdo, ¿a ver? esto parece limpio, esto parece limpio, esto parece limpio también, ah, esta taza está sucia, ergo todo el resto también está sucio y hay que lavarlo todo-todito. Ajajá, la lógica y el lavavajillas funcionan bien juntos, ya lo saben bien las amas de casa y los solteros con vajilla y poca memoria, que aplican este método científico elevable a dogma médico-investigativo: hay que hacer siempre un número significativo de pruebas para llegar a una conclusión válida. Una conclusión precipitada puede llevar a pensar erróneamente que todo un lavavajillas está limpio sólo porque una copa, la primera, parecía limpia, o porque un plato llano, el segundo, parecía limpio, o porque un recio vaso de duralex color caramelo que lleva en casa desde antes de la tele de tubo en color esa que trajo el abuelo cuando le tocó la quiniela, esa marca Thompson que al encenderse hacía un ruido así p-shoumm, el tercero, parecían limpios. De igual manera no se puede concluir que un medicamento es la solución para los problemas de garganta y la ronquera crónica sólo porque el primero que lo tomó reaccionó al poco tiempo cantando con voz aflautada el himno argentino justo cuando empezaba un partido de los Pumas. Los científicos e investigadores, en su inmensa mayoría, viven solos y tienen un lavavajillas y es por eso que son tan rigurosos en sus pruebas y estudios, no  porque apliquen métodos sesudos enunciados por Newton y confirmados por Boyle y Mariotte, esa parejita que uno siempre se ha imaginado muy enamorada, llevando inmaculadas batas blancas de investigador y desayunando juntos con las manos entrelazadas y mirándose a los ojos. El lavavajillas ha hecho mucho por la Humanidad, y no sólo por las pilas de fregadero, ahora ya lo saben Vds, ya era hora, oiga.

Recogida la cocina, (a dónde vas, pastorcillo), se sienta uno en el sofá, coge el mando a distancia, pasa un canal, pasa otro canal, pasa otro, otro, otro y así hasta llegar al final del dial y vuelta a empezar, hasta que le atrapa la modorra veraniega y el fresquito que entra por la ventana le invita a acurrucarse y hacerse un ovillo en la esquina del sofá e ir bajando el volumen de la tele para irse durmiendo poco a poco con la suave banda sonora del documental sobre hienas sanguinarias devora-crías en el que el mando a distancia paró de dar saltos de flor en flor. Y cuando la modorra se ha convertido en amago de primer sueño placentero, cuando uno ha cogido la postura y el fresquito es el justo y el volumen lo suficientemente bajo para permitir dormir pero lo suficientemente alto para hacer un poquito de compañía, va y empieza el fútbol.

A las once de la noche empieza el fútbol, a las once ni más ni menos, oiga.

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Salió al Atleti al Nou Camp vestido con pantalón rojo y esto ya no lo entiende ni el inventor de la salsa mayonesa, amigo de la familia. Quizás en venganza cromática por el uniformito que trajo el Barça en su visita al Calderón, el Atleti salió con pantalón rojo para molestar y lo peor es que ya ni nos sorprende; de hecho, lo que empieza a sorprender es ver al Atleti vestido de Atleti fuera de casa. El pantalón rojo, empero, no impidió que sí reconociéramos una vez más al Atleti de otros tiempos, el de camiseta de algodón con cuello redondo, pantalón azul cortito y medias de lana rojas con vuelta blanca, de esas que en campo embarrado cogían un par de kilos de agua y tierra para lastrar a los jugadores. Porque el Atleti que salió al Nou Camp sí fue el Atleti que recordábamos de la época del colegio, el Atleti del año pasado que armó Simeone, el Atleti de siempre que, ya podemos confirmarlo, está aquí y aquí va a seguir un tiempo mientras el Cholo esté al frente y su idea siga calando tan honda como cala ahora en la plantilla.

El Atleti campeón de Copa jugaba una final contra este Barcelona exquisito que tanto hemos visto y admirado, que tanto nos ha maravillado en los últimos años. El Atleti se enfrentaba al brillante y repeinado campeón de Liga y lo hacía con un equipo más limitado en lo técnico, menos piropeado en lo mediático y menos atractivo en lo estético. Bueno, ¿y?, dijo el Atleti de Simeone a todo esto; con esa actitud de a-mi-plín-vuestro-oropel jugó todo el partido. Poco le importó al Atleti que enfrente estuvieran los primeros espadas de la mejor escuela de esgrima (por más que el mejor empezara en el banquillo), los floretes más ágiles, los juegos de piernas más rápidos. Contra armaduras florentinas decoradas con flores de lis el Atleti salió con coraza negra de forja de establo. Contra espadas toledanas de empuñadura damasquinada salió el Atleti con picos, palas y azadones, como ya hicieran hace unos siglos otros tipos comandados por un Gran Capitán. Contra postres nitrogenados y crujientes de pétalo de margarita el Atleti presentó un potaje de vigilia y unas torrijas de leche. El resultado ya lo conocen: empate y gracias (que debieran dar los del florete), y un chute de autoestima para los amantes del potaje, entre los que se encuentra el que suscribe y su linaje (NB: nótese, por cierto, el apropiado ripio cuaresmal).

El Atleti empezó más atrás de lo normal y con Villa sólo por delante de los medios, con Diego Costa echado al costado, como ya hiciera en la ida. El partido pareció estar planteado por fases: primero empezamos aguantando el chaparrón; cuando éste pase, que pasará, intentaremos salir a la contra. Si en el segundo tiempo no hemos marcado, adelantaremos líneas de presión. Si aun así no hemos marcado y no nos han marcado, que no deberían, buscaremos el gol como podamos en los últimos minutos, el que pueda y tenga fuelle que corra, el resto iremos detrás hasta que sudemos sangre. Nada parece casual en este equipo de Simeone, trabajado y consciente de lo que hace, en el que todos los miembros reman juntos y anteponen el grupo al individuo. ¿Todos? Sí, todos, por más que podría pedirse más presencia a Mario dado que juega en un sitio vital, y más participación de Villa. Sólo Villa, aislado por delante de las dos líneas defensivas, parece no haber asimilado el sistema y el espíritu aún. En su descargo, señalar la incomodidad de su posición y lo ingrato de su misión, solo, poco arropado al hacer la primera presión (algo por cierto difícilmente evaluable cuando el partido se ve en televisión y no en el campo), algo perdido aun posiblemente por haber llegado al equipo hace poco tiempo. Aún así, hizo un tiro excelente que, de no ser por la también excelente parada de Víctor Valdés, habría sido el gol que diera el título. Poco a poco.

El equipo parece fiarse al 100% de la idea que viene del banquillo y así lo demuestra en el campo: todo el mundo sabe lo que tiene que hacer en cada momento y todo el mundo tiene plena confianza en que el resto de compañeros también lo hará, sin dudar y sin pensar.  El Atleti puede que no funcione como una delicada orquesta de cámara barroca, pero sí lo hace como un grupo experimentado de rhythm’n’blues: serio, sólido, de esos que suenan juntos y emiten un cañón de sonido despachando más que dignamente clásicos respetables. Cuando el Atleti plantea inicialmente el partido a aguantar - normalmente ante los rivales a los que considera mejores - el equipo funciona como un regimiento de caballería pesada, sin cargas rápidas que busquen hacer agujeritos fugaces en el entramado del equipo contrario sino haciendo recular la línea rival por lo machacón de su trabajo, por lo activo de su grupo, por lo compacto de las líneas que van ganando terreno poco a poco, al mismo tiempo que el rival va perdiendo fuelle, brillo y fe en su audaz estilo pugilístico de picadura y baile de pies. Ganado el pulso y el territorio, pero sólo entonces, el equipo sí se permite salir tocando y corriendo, buscando a Arda en la salida y a Diego Costa en la carrera desbocada.

Cuanto más calidad tiene el rival y mejor plantado está, más tarda esto en producirse. Ayer, al final del primer tiempo, el Atleti llegó combinando a la portería rival y Víctor Valdés salvó a su equipo con una parada excelente a tiro de Arda. Por aquel entonces el Barcelona y su grada, que había visto cómo su brillante equipo estaba especialmente incómodo, sabían que lo que había enfrente era una máquina más sofisticada que el bulldozer feote que aparentó ser en los primeros compases. Así, en ningún momento fue el Barça el equipo deslumbrante de otros partidos. Ni un detalle para la galería, ni una filigrana, ni un tiro a puerta tras asombrosa combinación de cinco jugadores, como acostumbran. El Barcelona, equipo de orfebres capaces de los damasquinados más complicados – uno de ellos, que juega por la derecha, con mentalidad roedora -, ayer se limitó a dar capa sobre capa de barniz. Intentaba e intentaba hacer algo pero enfrente había un equipo verdadero, un entramado de compañeros que se ayudan de dos en dos y de tres en tres para crear superioridades defensivas cuando el balón lo tiene un rival, que sale jugando por el lado de Arda y que tiene delante argumentos para preocupar a cualquiera.

El aficionado barcelonista apelará en este punto a la excesiva agresividad del Atleti, a las muchísimas faltas cometidas, a los detalles feos de Godín. Quizás tenga una parte de razón, quizás el Atleti jugó fuerte y alguna vez al límite. Pero quizás el Barça, como el fútbol español en general, se haya convertido en un grupo algo blandengue y sensiblón, excesivamente vulnerable por excesivamente protegido, como esos niños chicos a los que por todo se le da un antibiótico y luego, cuando llega una gripe pequeñita y con pantalones cortos, una gripe alevín y con pecas, no tienen mecanismos de defensa propios por culpa de la vagancia y excesiva dependencia externa de sus glóbulos blancos, glóbulos blancos perezosos y ruines, malcriados y consentidos. Glóbulos rastreros de color blanco: al final, el problema es siempre el mismo.

Nada puede justificar el pisotón de Godín, feo, mezquino y digno de algunos de los jugadores que Vds tienen en mente ahora mismo, pero de ahí a hacer girar el análisis del partido en torno a la dureza del Atleti va un mundo difícil de justificar. En opinión del que suscribe el Atleti fue mejor y lo fue gracias a la intensidad, sí, pero también a la inteligencia de conocer sus propios límites, a la disciplina y la fe ciega en la idea y los compañeros y al convencimiento de que para ganar hay que competir y para ello no se puede contar con la ayuda de nadie que no sea uno mismo. El Barça, equipo de leyenda con algunos de los mejores jugadores que uno ha visto en su vida (entre los que no se encuentra Neymar, al que aún no hemos tenido ocasión de ver del todo), no pudo con un equipo más limitado pero más comprometido, menos brillante pero más generoso, más disciplinado y sacrificado.

El Barça, no lo olvidemos, jugó contra un equipo de fútbol, no contra los Yacuza, no contra Falconetti, Darth Vader y Pierre Nodoyuna, sólo contra un equipo. Únicamente Mascherano, debilidad del que suscribe, hizo un partido a la altura del Barça grande de las estrellas. Precisamente Mascherano, jugador duro y admirable, serio, poco dado a la filigrana y el aspaviento (y eso que hizo una caída teatral tras toquecito de Gabi) fue el que mantuvo el tipo y entró a la pelea, el que cortó todo lo cortable atrás, el que aparecía por un lado, por el otro, ojo que ahí está Mascherano, ojo que ahí también está, y ahí, y ahí, pero bueno ¿cuántos Mascheranos hay?, no lo sé, oiga, yo he ido a la cocina a por cerveza y estaba en la nevera Mascherano con el abridor, a mí me ha pasado lo mismo pero en mi caso ha salido del maletero del coche, eso sí, con el reglamentario chaleco reflectante. Aun así, uno acepta que en esto de la valoración de la dureza influye quizás el color del corazón de cada uno, ya lo sabemos, y de igual manera que aquel Sevilla victorioso y temible nos parecía a muchos un equipo excesivamente acelerado y antipático, a sus seguidores, también a los más cabales (que los hay y son muchísimos) no les parecía más que un equipo comprometido y fiel a una idea y una misión. Sea como fuere y guste o no guste en estos tiempos de fútbol sobreprotegido y teatral el Atleti de verdad está históricamente más cerca del Atleti que ayer jugó en el Nou Camp que de los equipos de fútbol-mariposa que ahora parecen ser los únicos apreciados. Así son las cosas, oiga. El propio Mascherano, en la entrevista final, recalcó lo duro del rival, lo difícil del partido, la mano de Simeone y el reencuentro del Atleti con su historia: cuando el central del equipo rival entiende mejor a un club que su propio presidente, mala señal.

El Barcelona ganó un título tras dos empates en dos partidos en los que no fue mejor. El Atleti no hizo menos méritos para merecer una Copa que no se trajo a casa. El Atleti compitió, sí, pero no lo hizo para salvar la cara y justificarse ante la afición, lo hizo para ganar el trofeo y, como no lo consiguió, se le quedó la cara de póker y la rabia de haber podido ganar un título merecido. En vez de respirar aliviado y mirar a la grada y decir no pudimos hacer más, que pase el siguiente, el Atleti corrió a mirar el calendario, ¿cuándo jugamos con esta gente otra vez? esta vez no se nos escapan, en la Liga nos vemos, afilen sus floretes que les esperamos con nuestras hachas.

Si algo quedó claro ayer, es que el Atleti ya no es ese equipo simpático e inofensivo que llegaba año tras año al Nou Camp a intentarlo para luego siempre acabar perdiendo gracias a un fallo garrafal de un portero, a un error cómico de un central, a una fatalidad rushmoreña. Tampoco es, por más que nos intentarán convencer, el Granada de Montero Castillo y Aguirre Suárez ni el Estudiantes de la Plata del que venía éste. Aunque no muy lejanos, nos resultan ya vagamente familiares los oscuros tiempos en los que al Atleti se le identificaba con Torrente, Imperioso y Gonzalo Miró, con jacuzzis rodeados de mulatas en bikini y jugadores uruguayos cayendo de culo en la presentación. El Atleti vuelve a oler fuertemente a Atleti antiguo, a ese equipo intratable que hacía cundir el pánico en los campos más duros y a las aficiones más leales. No imaginamos al Cholo permitiendo una cabalgata pre-partido como aquella de los de “Sensación de Vivir”, si acaso un desfile de la Guardia de la Noche o de tropas de la Casa Stark en riguroso silencio. Si Roberto Verino, flamante responsable de vestir al club cuando va de gira, hubiera sido realmente del Atleti quizás hubiera aprovechado la ocasión para vestir al equipo con trajes entallados de solapas grandes, pantalón de campana, camisa ajustada con grandes cuellos de pico y corbata ancha. Habría hecho obligatorio la media melena como mínimo o el pelo rizado de Panadero Díaz y la patilla poblada al estilo Ayala. Miranda debería llevar collar de cuentas verdes, a Villa se le prohibiría esa crestita engominada y se le exigiría un bigotón como Dios manda. Arda Turán podría ir como le da la gana que ya de por sí parece de ese equipo legendario y lo mismo podría decirse del Mono Burgos y su anorak en pleno agosto.


El Cholo ha traído de vuelta al Atleti y éste parece dispuesto a quedarse. Tiemblen pues los débiles de espíritu, los niños pasados de antibiótico, los espadachines de blusa vaporosa y los mismísimos cimientos de la Liga de los Dos Ricos. 

lunes, 10 de diciembre de 2012

Cinco. Y de cinco, uno


Cinco goles marcó Falcao en un partido, cinco goles, ni más ni menos, y ahí estuvimos para verlo y para coger una pulmonía de tiro cruzado, una pulmonía en carrera, una pulmonía en plancha, una pulmonía de esas que merecen la pena.

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Cinco goles metió Falcao al Deportivo de la Coruña. Cinco. Hasta ahora, parece que sólo Vavá había metido cinco goles con el Atleti en liga, sólo Vavá. Vavá, que ganó dos Mundiales con el Brasil de Garrincha y Pelé,  marcando en las dos finales. Vavá, que estuvo en el Atleti del 58 al 61, según dice la Wikipedia, y que murió en 2002 sin que el Club organizara un minuto de silencio, si uno no recuerda mal.

Cinco golitos metió Falcao como cinco golitos tuvo la loba, cinco golitos detrás de una escoba. Cómo puede una loba madre parir cinco retoños detrás de una escoba es algo que escapa a las más preclaras mentes de la zoología y la biología y aún así se le enseña a los niños sin escolarizar y éstos lo entienden a la primera y no le dan mucha importancia. Cómo consigue un jugador meter cinco goles en un partido es algo que escapa a las entendederas de casi cualquiera que haya jugado un poco al fútbol, y aún así Falcao lo hace con naturalidad, sin darse importancia, sin alharacas, sin adornarse. Para Falcao es tan sencillo meter goles como para la loba parir tras la escoba, tan sencillo como para los niños asumir que tras el alumbramiento misterioso no hay más que cinco lobitos delgados como el palo de una escoba y con propiedades miméticas ante, como única muestra de asombro, no hay que hacer documentales ni llamar a un veterinario, sino que basta con mover las manos abiertas, las manos abiertas y con guantes que Falcao abre cuando mete uno, dos, tres, cuatro, cinco golitos.
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Dejando de lado la mala educación o el despiste del Club, que ya es algo común (aunque mitigado desde que llegó el actual equipo de comunicación, más pendiente de estas cosas), la noticia del día es que Falcao metió cinco goles en el Calderón él solito y en un mismo partido. Los cinco goles eclipsaron el partido de Diego Costa, que esta vez se dedicó a jugar en vez de innovar sobre la forma en hacer llegar escupitajos a la cara de los rivales, jugó bien y metió un gol. Eclipsó el buen partido de Koke y el flojo partido de Mario, el impreciso partido de Arda y el buen partido de Godín, ayer más agresivo y adelantado a la hora de defender y más confiado a la hora de irse hacia el área contraria. Eclipsó también el generoso partido de Filipe Luis y las reflexiones sobre lo mucho que se echó de menos su presencia en el estadio del otro equipo grande de la capital, y el discreto partido de Juanfran, desentonado a ratos como casi todo el resto de liga. Eclipsó la vuelta de Valerón, que casi mete un gol de cabeza a pesar andar de lado a lado del campo sin ya mucho sprint que ofrecer, y al que algunos científicos contrastados insultaron durante el partido, consiguiendo ya de paso que al retirarse fuera ovacionado por la grada, como no podía ser de otra manera.

Falcao eclipsó pues todo lo eclipsable y más, incluyendo la segunda plaza del Atleti, el próximo partido contra el líder y la diferencia de puntos contra los rivales por el segundo, tercer y cuarto puesto. Eclipsó también la victoria de Juan Manuel "Dinamita" Márquez  sobre Manny Pacquiao y la más que posible candidatura del Mono Burgos a disputar el mundial al mexicano en la categoría "arrancamiento de cabeza portuguesa por guantá con la mano abierta". Eclipsó, en fin, dos o tres fenómenos astronómicos infrecuentes, varios satélites de comunicaciones, el frío de la noche a la vera del Manzanares, la abundancia de camisetas del Depor en las gradas (que tanto nos alegra) y la festividad de Santa Leocadia de Toledo, Mártir, santa toledana a la que profesaba gran admiración el rey godo Sisebuto, autor del Astronomicón, poema en hexámetros latinos sobre, precisamente, los eclipses. Qué cosas tiene la astronomía, oiga.

Falcao marcó un gol, el primero, tras pase en profundidad, entrando por la derecha del área y cruzando el balón, que pasó bajo la mano del portero. El segundo, de tiro portentoso y sorprendente desde fuera del área, dejando correr la bola y sin pensárselo: tan portentoso y sorprendente fue que en el campo casi ni lo vimos, sólo vimos la parábola del balón que entraba, no tuvimos tiempo de ver cómo lo había hecho. Uy, a ver, cuidado, ¡gol! ¿qué ha pasado, qué ha pasado?, gol, oiga, ha sido gol, sí, gol, sí, pero quién lo ha metido, ha sido el colombiano, oiga, el Tigre ha sido, Falcao ha sido, qué tío. El tercero lo metió de penalti bien tirado y el quinto, tras sentar a un rival y buscarse el tiro en la pierna derecha, buscando luego el palo corto cuando todo el mundo esperaba que cruzase al palo largo.

- Oiga, ¿y el cuarto? ¿el cuarto? ¿se olvida Vd el cuarto? ¿está Vd tonto?
- No me olvido, oiga.

Y es que el cuarto gol de Falcao, que no fue ni el más bonito ni el más importante ni el más llamativo, resultó ser el más asombroso de todos a ojos del que suscribe.

El cuarto gol fue propiedad de Falcao en menos porcentaje que los demás, y sin embargo fue el más de Falcao de todos. Gran parte del cuarto gol fue mérito de Arda y quizás, de no haberse producido, habría sido también error de Arda. Arda, que había jugado mal el derbi y había dejado a la hinchada fría y enfadada por esa mano absurda que acabó en gol con matrícula de Ciudad Real, quería agradar en su vuelta a casa. Lo intentó durante el partido contra el Depor, pero no estuvo del todo acertado. Falló algún pase cómodo en contraataque de libro, se lió en una banda haciendo cucamonas con el tacón y perdió algún balón de esos que él no acostumbra a perder. Arda, a quien la grada adora, tiene la virtud de caer bien con sus andares de ánade y su sonrisa en el momento menos esperado, pero puntualmente no está acertado. Arda, no obstante, no es un tarambana y sabía al saltar al Calderón que le debía una a la grada tras su mal partido contra los odiosos vecinos del Norte.

Arda, decíamos, lo intentó y lo intentó pero no le salieron las cosas como a él le hubiera gustado, a pesar de que el rival invitaba a lucirse. Y, en éstas, recibió un balón en profundidad tras toque sutil de Adrián, lo suficientemente lejos de la portería rival para permitirle colocarse bien el balón antes de que saliera el portero, lo suficientemente cerca para confiar en su sprint de patitas cortas de despertador, con la distancia suficiente para que el defensa no le alcanzara y obligara a parar el juego y regatear. Arda lo vio claro, tan claro como vio toda la grada que, a su derecha, detrás de los centrales que le perseguían, iba Falcao lanzado en busca de su cuarto gol con el ansia del que persigue el primero de su vida. La grada hubiera agradecido un pase de Arda para contribuir a la gloria de su compañero, como en aquél lance de Torres en la final de la Eurocopa. Pero Arda lo vio aún más claro que el resto, vio clarísima su oportunidad de reconciliación y ni miró a Falcao. Arda, que debía una a la grada, se metió en el área, se acomodó la bola con clase y tiró una vaselina fina, limpia, un baloncito destinado a entrar en la portería y terminar con los compañeros abrazándole y con Arda en medio, sonriente como Netol, sabiendo que había recuperado el cariño de todos.

Pero frente Arda estaba Aranzubía, que no es manco en estas cosas. Aranzubía intuyó las intenciones del turco y tiró un manotazo que dio en el balón. Miró Aranzubía al balón que subía en parábola, lo miró el turco y lo miraron los centrales, que ya empezaban a frenar sabiendo que mucho no podrían hacer ante el toquecito del rival. Miraron todos pero, más rápido y con más rabia que el resto miró Falcao. Falcao, que ya llevaba tres goles, pudo haber frenado, como los centrales, y esperar acontecimientos. De haber entrado el balón, le habría dado un abrazo a Arda y tan contentos todos. De haber fallado éste, podría haber mirado a la grada y haber hecho grandes aspavientos: a mííííí, Arda, a mííííí, turrrrcooo egoííííssstaaaa, ¿es que no ves que estoy en racha? ¿es que no ves que puedo hacer historia metiendo un cuarto gol? Falcao, que no es de reproches sino más bien lo contrario, también podría haberse parado, haber puesto cara de póker o haber mirado hacia otro lado, que para algo llevaba ya tres goles marcados y al pobre rival no se le veía mucha capacidad de reacción.

Pero Falcao, ya saben, no es así. Falcao, una vez lanzado a hacer gol, tiene claro que su misión en la vida es meter ese gol. Si huele gol, ya puede tirar su compañero a puerta, ya puede pararla el portero, ya puede caer un misil Scud en el punto de penalti o ya puede venir el Intercity Madrid - Ponferrada con paradas en Valladolid-Campo Grande, Palencia, Sahagún, León, Veguellina de Órbigo, Astorga, Vega-Magaz, Brañuelas, Torre del Bierzo, Bembibre, y San Miguel de las Dueñas, que él sigue a lo suyo. Falcao ha demostrado en todos los partidos, acertado o no, que trabaja más que el que más y que lo intenta mucho más que el resto, que corre más que los que tienen menos cartel que él y lo necesitan más, que suda más que los que tienen más cartel que él (que son cada vez menos) y no tienen por qué tomar riesgos ni pasar fatigas. Así que tiró Arda y se pararon todos, todos salvo Falcao, que ahí siguió por si las moscas. Falcao pareció ver antes que el resto que el balón que despejaba Aranzubía podría caer en situación de remate, y allá que se fue.

Falcao destaca desde su llegada al Atleti por esos saltos suicidas al remate, por una ausencia total de miedo, por jugarse los dientes y el tabique nasal ya sea en una final importantísima o en unos dieciseisavos de Copa contra un Tercera. También esta vez Falcao vio ocasión de meter un gol y no se lo pensó: no pensó en que podría llevarse una patada en la cara, como casi le ocurre, ni en que podría acabar con la cabeza estampada en el poste. No pensó en que ya había metido tres goles y que no necesitaba gestos de arrojo para ganarse a la grada que ya le idolatra. No pensó en su nariz, ni en la frente esa que le reventó de un pisotón un amable colega de profesión, ni en sus dientes ni en su ego. No pensó en que podría fallar, llevarse una patada y terminar enredado en la red de la portería, como un atún de almadraba. Falcao vio la ocasión de hacer su trabajo y no dudó ni un momento. Pegó un salto felino, superó por centímetros el pie de un central y remató a la red por cuarta vez con la rabia del que mete su primer gol tras cincuenta intentos fallidos. Falcao metió el cuarto gol, algo que sólo habíamos visto hacer recientemente a fenómenos como Baltazar, Vieri y Pantic, y lo hizo dejando la sensación de que, sin importarle si en el empeño se quedará sin nariz, sin dientes o sin futuro, si tiene que hacerlo lo hará sea cual sea el rival, sea cual sea el partido, sólo porque es su misión, lo que debe hacer, lo que de él esperamos.

Por eso el cuarto gol de Falcao, que no fue ni el más bonito ni el más importante ni el más llamativo, resultó ser el más asombroso de todos a ojos del que suscribe. Por eso para el que suscribe lo más asombroso de este tipo no es su puntería ni su mejora constante ni su repertorio cada vez más completo ni sus números históricos, ni siquiera sus modales exquisitos incluso cuando recibe palos por todas partes. Lo más asombroso de Falcao es, qué cosas, lo que tanto escasea en algunas zonas del estadio: la honradez. 

sábado, 1 de septiembre de 2012

Sufridos Supercampeones


El 31 de Agosto de 2012, viernes de tiempo variable tirando a fresco, la afición del Club Atlético de Madrid, vulgo Atleti o Aleti, se disponía, como siempre, a sufrir. Bien es sabido que la afición del Atleti es, por definición, naturaleza y necesidad, sufridora. Así lo afirman periodistas, vecinos, analistas y aficionados de otros equipos, sobre todo aquellos que siguen a los suyos únicamente los lunes por la mañana y siempre y cuando hayan ganado, que es lo que les gusta. Que el seguidor atlético es sufridor es algo que se asume como normal y cotidiano, tan normal como que al abrir un grifo sale agua, tan normal como que cuando se abren los ojos se hace la luz, tan normal como que cuando Cerezo abre la boca sale un error sintáctico, un chascarrillo torpe o un disparate solemne, incluso todo a la vez. Es normal, lo normal, los del Atleti son sufridores; es lo normal, lo ha dicho la tele, lo ha dicho la radio, lo ha dicho la Señora Rushmore, lo ha dicho ese señor periodista de ahí que intenta, sin lograrlo, hacer la o con un canuto.

La sufrida afición atlética se disponía, decíamos, a pasar las de Caín. Unos, con las ganas de sufrir subidas, se dispusieron a pasar unos días en la Costa Azul, un sitio en el que como todo el mundo sabe lo suyo es sufrir de lo lindo apartando yates y coches deportivos. Otros, más modestos en su afán sufridor, prefirieron ver el partido sufriendo en compañía de amigos en bares y boites, intercalando tercios de cerveza fría entre sufrimiento y sufrimiento para hacerlo más llevadero. ¿Quiere Vd otra cerveza? Sí, gracias, esta ya se me ha calentado un poco y eso me hace sufrir una barbaridad, casi hasta la úlcera. Si acompaña Vd la cerveza con unos berberechos y unas patatas fritas, ya podríamos decir sin temor a equivocarnos que estaremos sufriendo como Dios manda, con un sufrimiento negro y desgarrado, un sufrimiento bíblico, el sufrimiento que nosotros nos merecemos, nosotros, Sufridos Seguidores, aquéllos de los que los aficionados de los demás equipos hacen chanzas cuando nos empatan.

Un tercer grupo de sufridores, entre los que se encuentra el sufrido suscriptor que siempre estará a su servicio cuando se trate de sufrir lo inaguantable – a condición de que no sea ayudando en una mudanza en domingo - prefirieron sufrir en casa propia. Unos tenían pensado acudir a domicilios cercanos al Muro de las Lamentaciones, otros prefirieron terraza en olivar almeriense. Servidor de Vds, sufrido seguidor y además miope y sin suerte en los juegos de naipes, tenía previsto ir a ver el partido in situ, sufriendo ya desde el día antes y sufriendo luego durante el fin de semana a fuerza de comida italiana en terracita, cerveza de media tarde en plaza con cañito de agua, paseo por pueblos de montaña y playas mediterráneas. Vamos, lo que viene siendo un sufrimiento-sufrimiento, un sufrimiento de los nuestros, de los de toda la vida, un sufrimiento atlético, vaya. Por motivos que no vienen al caso, en el último momento tuvo que cambiar ese sufrimiento viajero por un sufrimiento más modesto, un sufrimiento de tercera división, un sufrimiento casi vergonzoso. Vestido con la ropa de sufrir muchísimo y ante una televisión monumental, el que suscribe, como tantos otros sufridores, se dispuso a sufrir en compañía y a acentuar el sufrimiento con instrumentos de auto tortura tales como la cerveza helada, la anchoa de Santoña, la cecina de León, la patata frita La Azucena, la torta regañá, el pico jerezano, el jamón ibérico y el queso curado. Un panorama desolador y descarnado, ya ven.  

Salió el Atleti al campo y lo hizo con pantalón rojo, y ahí supimos todos que la noche iba a ser dura, el futuro aciago y la fortuna esquiva. El Atleti iba a sufrir e iba a sufrir de lo lindo. Empezó a sufrir ya cuando a los tres minutos Falcao, fuente inagotable de sufrimiento para la parroquia, estrelló un balón en el larguero. El sufrimiento se hizo casi insoportable cuando, tras marcar con habilidad y clase un gol en el minuto 7, Falcao volvió a marcar con un zurdazo impresionante que recordó a un gol de Bucarest en el minuto 19. Cero dos al minuto 19, jugando como los ángeles y con un tipo en asombrosa racha goleadora, ¡qué sufrimiento! ¡qué ignominia! ¡qué bien puesto ese sambenito tan nuestro del sufridor! ¡qué gran idea tuvo el inventor de la cecina olvidándose ese trozo de carne al aire serrano!

Mientras la parroquia atlética sufría lo indecible, en el otro extremo de la capital muchos seguidores de un equipo que al parecer no hace sufrir nunca reían con risa idiota de comentario de Internet, la ciber-célebre risa jajajá. Mirando de reojo el televisor, algunos reían pensando cómo incrementar el sufrimiento del ya sufrido seguidor sufriente del otro lado de la ciudad. “No os va a durar nada éste, jajajá”, decían mensajes y sms enviados a los vecinos que en ese momento sufrían con la exhibición de su equipo. “Éste está ya vendido, jajajá”, decían los que nunca sufren y están por encima del bien y del mal aprovechando el sufrimiento del vecino, a esas alturas abrazado ya hasta al perchero en cada jugada de ataque del Atleti. Los mensajes, analizados por psicólogos, confirmaban la teoría de que es mucho más desgraciado el presunto triunfador que no deja escapar ninguna ocasión para intentar hacer más infeliz al que podría amenazar su situación que aquél que sólo se preocupa de su propia suerte; empero, esta escuela psicológica no parece tener demasiado predicamento entre los lanzadores de sms del género jajajá, estilo que triunfa en el ciberespacio en estos días.  

Continuó el partido y aquello era algo insoportable ya. Falcao, ese sádico, volvió a hacer sufrir a la parroquia con un tercer gol, esta vez a pase de Arda Turan. Arda Turan también se sumó a los esfuerzos de Falcao para maltratar a la afición desesperada con un partido para recordar, con un recital de posesión del balón e inteligencia para desesperar al rival. Arda Turán hizo una jugada merecedora de que su pueblo natal se hermanara en ese momento con Fuentealbilla, Falcao marcó su tercer gol de la noche y la grada, bares y hogares rojiblancos fueron un mar de lágrimas y flagelaciones. En ese momento durísimo, que coincidió con el final del primer tiempo, la afición compartió impresiones y llegó a la conclusión de que hacía mucho, muchísimo tiempo que no se veía a un equipo jugar así 45 minutos, con esa mezcla de intensidad, agresividad, cabeza y planteamiento táctico brillante que mostró el Atleti. La afición habló del buen partido hasta entonces de Mario, de nuevo a un nivel mucho más alto en un partido importante que en partidos menos comprometidos, y del gran partido de Koke, que ayer cosió varios galones a sus mangas gracias a su movilidad, clarividencia y apoyo a Turán. Habló también del buen partido de los centrales, rápidos y contundentes, y del poco trabajo de Courtois. De lo bien que hicieron los laterales lo que tuvieron que hacer y del carácter de Gabi, capitán de todos. Todo esto hablaba la afición en medio de un sufrimiento horroroso, de un mar de lágrimas, de una pena honda y oscura que contrastaba con la alegría de los Mensajeros Jajajá, que en semejante momento reían jajajá recordando que Falcao está vendido jajajá, que la Supercopa no es más que un torneíllo de verano jajajá, y que hasta en estos momentos en los que las personas normales se callan o no dan la tabarra ellos mandan mensajitos que para eso son triunfadores sin complejos jajajá, jajajá, jaja já-já-já.

El Atleti jugó un segundo tiempo con ya poco interés, visto lo visto. Salió el Cebolla y uno decidió, tras su partido y lo visto contra el Athletic, que el Cebolla será su ojito derecho de este año, ya verán Vds, oiga. El Atleti siguió intratable, Miranda marcó un cuarto gol y el Chelsea ni podía ni parecía querer remontar y evitar así el sufrimiento ilimitado de la afición colchonera, que a esas alturas cantaba y cantaba fados, tarantas, martinetes y otras tonadas tristes y desgarradas. El Atleti, para colmo de males, recibió un gol de Cahill, pronuciado Keigil; bien es sabido por los atléticos que, cuando todo va mal, llega un Gil y lo empeora. La situación era pues dantesca: el Atleti ganaba 4-1 arrasando al Campeón de Champions ante el planeta entero, mostrando un juego completísimo y apabullante, liderados por un turco que, de tener ojos de huevo, sería hoy considerado el mejor media punta planetario y por un colombiano diestro que en dos finales ha metido cinco goles con la zurda pero que no se ha señalado el muslo tras ninguno de los goles, el muy patán. Qué desastre, que pena más grande, qué injusta es la naturaleza que no dio ojos de huevo a nuestro turco ni hizo de nuestro colombiano un jugador imbécil y desafiante en sus celebraciones. Con eso, sólo con eso tendríamos un equipo campeón que coparía portadas y parabienes y habría calado en el corazón de Ramoncín en vez de este pobre equipo que tanto nos hace sufrir y que no conseguimos que nos haga estar orgullosos.

Quién tuviera un equipo milmillonario obligado a ganar todo y a todos por aplastamiento, humillando a jugadores y aficionados rivales, presto a la burla y la tontuna incluso cuando cae en las rondas previas a las finales de las competiciones que pretende ganar invirtiendo millones y millones entre el babeo de la prensa entendidísima. Qué pena más grande, qué vergüenza ser así, quién tuviera el equipo y la caradura de hacer chistecitos hasta en día de estar callado: quién fuera, en definitiva, de la Afición Jajajá.

Quién tuviera un entrenador mal encarado y desafiante, referente máximo jajajá, que se atribuya el éxito cuando el equipo gana y no este entrenador argentino de pelo cortito y zapatos grandísimos que ha hecho de nuestro equipo una máquina de jugar finales, un bloque en el que es difícil destacar a uno sobre el resto cuando llegan los partidos grandes, un grupo solidario con las ideas claras y los dientes apretados en los días en los que no se puede fallar y hay que dar un disgusto gordo a la afición. Quién tuviera un entrenador faltón con el rival en vez de un pusilánime que obliga a sus jugadores a hacer pasillo al derrotado, como en el rugby, que ensalza a rivales y propios, que agradece lo que la gente aporta. Quién tuviera un entrenador traído de fuera con la misión de potenciar los aspectos históricamente más odiosos del club, en vez de este tipo nuestro que siente el club como propio y entiende a la grada porque siente igual que ellos lo que significan las rayas y el escudo. Quién tuviera un entrenador que dejase claro a los jugadores que el éxito no se consigue por ser mejor que el resto sino por quitar méritos a los que rodean a uno, a los que hacen bien su trabajo y pueden amenazar la idea de que uno es el mejor sin tener que demostrarlo. Qué mala suerte tenemos, qué desgracia más grande, qué sufrimiento, oiga.

Quién tuviera una afición silenciosa y cosmopolita como la afición Jajajá, con gradas llenas de japoneses y altos ejecutivos invitados como Dios manda, en vez de esta nuestra afición sufridora que recorre media Europa de taberna en taberna cantando canciones a coro para lanzar su desgracia a los cuatro vientos. Quién tuviera una afición siempre insatisfecha y presta a justificar lo injustificable con tal de poder restregar por la cara a los rivales a golpe de jajajá las victorias obtenidas de cualquier forma, en vez de esta afición nuestra que se queda media hora cantando su tormento en un estadio tras perder una final. Quién tuviera una afición presta a tragar con todo tipo de gestos antideportivos para ensalzarlos y premiarlos con el flamear de banderitas regaladas por el club, en vez de una afición sufriente que se desplaza en masa en cuanto el equipo lo necesita. Quién tuviera una afición sin memoria, no como la nuestra, incapaz de ignorar a los que se fueron del equipo en el pasado. Y es que con el partido acabado, la afición coreó el nombre de Torres y éste devolvió un gesto tímido y algo abatido de agradecimiento; Torres no pudo hacer nada en todo el partido, el Atleti no permitió que le llegaran balones y tuvo que conformarse con ver el vendaval e intentar defender donde sus compañeros se desentendían. En el fondo, eso sí, todos sabemos que Torres, como todos nosotros, sufrió lo suyo viendo a su equipo campeón de nuevo y a su afición recordándole dónde está su casa y que cuando quiera será bienvenido de vuelta, a sufrir con el resto con esas sonrisas sufrientes de oreja a oreja que llevamos estos días.

El Atleti ganó 4-1 al Campeón de la Champions haciendo un partido soberbio del que hablaremos mucho tiempo, y como era de esperar a la afición se le ha quedado un mal cuerpo horroroso. El aficionado celebró en Neptuno el cuarto título en dos años con hastío y muestras grandes de desagrado y dolor, y eso se nota en las caras el día después. La cara del aficionado atlético hoy es claramente la de alguien que ha sufrido más de la cuenta, que en concreto ha sufrido los efectos de la resaca y el poco dormir: ronquera, dolor de cabeza, malestar general, marcas de dedos en la cara interna del antebrazo de tanto dar cortes de manga. Mientras, los Aficionados Jajajá, tan triunfadores ellos, hablan también hoy, ese día en que los sensatos callan. Jajajá, no os lo creéis ni vosotros, jajajá. Jajajá, os va durar poco el Cholo y el Turco y el Tigre jajajá, verás como si queremos los compramos nosotros o más bien algún rico de los nuestros, de esos que nos tienen contentos los domingos para que no demos la lata el resto de la semana mientras hacen sus negocios jajajá.
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El Atleti es de nuevo Super Campeón de Europa, y de nuevo dejando boquiabierto a casi todo el mundo. En un nuevo milagro de la camiseta de las rayas rojiblancas, el equipo ha ganado su cuarto título en tres temporadas a pesar de la gestión catastrófica de la directiva, que en breve volverá a dar muestras de su afán vendedor si el tiempo o la autoridad no lo impiden. Con un equipo totalmente nuevo, el Atleti vuelve a ganar la Supercopa que ganó hace dos años. Desde un equipo destrozado hace menos de un año, un entrenador que corre por el banquillo tanto como un jugador ha convertido un grupo de jugadores en el que coexisten superestrellas con futbolistas limitados en un equipo ganador, capaz de apabullar a equipos teóricamente mejores ante los ojos de todo un planeta. Sólo una directiva inepta sería capaz de cargarse lo hecho; no descartemos pues que ocurra en breve.

Y ahora encima otra vez a Neptuno. Qué desgracia tan grande, hay que ver lo que sufrimos, oiga, hay que ver.