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sábado, 1 de septiembre de 2012

Sufridos Supercampeones


El 31 de Agosto de 2012, viernes de tiempo variable tirando a fresco, la afición del Club Atlético de Madrid, vulgo Atleti o Aleti, se disponía, como siempre, a sufrir. Bien es sabido que la afición del Atleti es, por definición, naturaleza y necesidad, sufridora. Así lo afirman periodistas, vecinos, analistas y aficionados de otros equipos, sobre todo aquellos que siguen a los suyos únicamente los lunes por la mañana y siempre y cuando hayan ganado, que es lo que les gusta. Que el seguidor atlético es sufridor es algo que se asume como normal y cotidiano, tan normal como que al abrir un grifo sale agua, tan normal como que cuando se abren los ojos se hace la luz, tan normal como que cuando Cerezo abre la boca sale un error sintáctico, un chascarrillo torpe o un disparate solemne, incluso todo a la vez. Es normal, lo normal, los del Atleti son sufridores; es lo normal, lo ha dicho la tele, lo ha dicho la radio, lo ha dicho la Señora Rushmore, lo ha dicho ese señor periodista de ahí que intenta, sin lograrlo, hacer la o con un canuto.

La sufrida afición atlética se disponía, decíamos, a pasar las de Caín. Unos, con las ganas de sufrir subidas, se dispusieron a pasar unos días en la Costa Azul, un sitio en el que como todo el mundo sabe lo suyo es sufrir de lo lindo apartando yates y coches deportivos. Otros, más modestos en su afán sufridor, prefirieron ver el partido sufriendo en compañía de amigos en bares y boites, intercalando tercios de cerveza fría entre sufrimiento y sufrimiento para hacerlo más llevadero. ¿Quiere Vd otra cerveza? Sí, gracias, esta ya se me ha calentado un poco y eso me hace sufrir una barbaridad, casi hasta la úlcera. Si acompaña Vd la cerveza con unos berberechos y unas patatas fritas, ya podríamos decir sin temor a equivocarnos que estaremos sufriendo como Dios manda, con un sufrimiento negro y desgarrado, un sufrimiento bíblico, el sufrimiento que nosotros nos merecemos, nosotros, Sufridos Seguidores, aquéllos de los que los aficionados de los demás equipos hacen chanzas cuando nos empatan.

Un tercer grupo de sufridores, entre los que se encuentra el sufrido suscriptor que siempre estará a su servicio cuando se trate de sufrir lo inaguantable – a condición de que no sea ayudando en una mudanza en domingo - prefirieron sufrir en casa propia. Unos tenían pensado acudir a domicilios cercanos al Muro de las Lamentaciones, otros prefirieron terraza en olivar almeriense. Servidor de Vds, sufrido seguidor y además miope y sin suerte en los juegos de naipes, tenía previsto ir a ver el partido in situ, sufriendo ya desde el día antes y sufriendo luego durante el fin de semana a fuerza de comida italiana en terracita, cerveza de media tarde en plaza con cañito de agua, paseo por pueblos de montaña y playas mediterráneas. Vamos, lo que viene siendo un sufrimiento-sufrimiento, un sufrimiento de los nuestros, de los de toda la vida, un sufrimiento atlético, vaya. Por motivos que no vienen al caso, en el último momento tuvo que cambiar ese sufrimiento viajero por un sufrimiento más modesto, un sufrimiento de tercera división, un sufrimiento casi vergonzoso. Vestido con la ropa de sufrir muchísimo y ante una televisión monumental, el que suscribe, como tantos otros sufridores, se dispuso a sufrir en compañía y a acentuar el sufrimiento con instrumentos de auto tortura tales como la cerveza helada, la anchoa de Santoña, la cecina de León, la patata frita La Azucena, la torta regañá, el pico jerezano, el jamón ibérico y el queso curado. Un panorama desolador y descarnado, ya ven.  

Salió el Atleti al campo y lo hizo con pantalón rojo, y ahí supimos todos que la noche iba a ser dura, el futuro aciago y la fortuna esquiva. El Atleti iba a sufrir e iba a sufrir de lo lindo. Empezó a sufrir ya cuando a los tres minutos Falcao, fuente inagotable de sufrimiento para la parroquia, estrelló un balón en el larguero. El sufrimiento se hizo casi insoportable cuando, tras marcar con habilidad y clase un gol en el minuto 7, Falcao volvió a marcar con un zurdazo impresionante que recordó a un gol de Bucarest en el minuto 19. Cero dos al minuto 19, jugando como los ángeles y con un tipo en asombrosa racha goleadora, ¡qué sufrimiento! ¡qué ignominia! ¡qué bien puesto ese sambenito tan nuestro del sufridor! ¡qué gran idea tuvo el inventor de la cecina olvidándose ese trozo de carne al aire serrano!

Mientras la parroquia atlética sufría lo indecible, en el otro extremo de la capital muchos seguidores de un equipo que al parecer no hace sufrir nunca reían con risa idiota de comentario de Internet, la ciber-célebre risa jajajá. Mirando de reojo el televisor, algunos reían pensando cómo incrementar el sufrimiento del ya sufrido seguidor sufriente del otro lado de la ciudad. “No os va a durar nada éste, jajajá”, decían mensajes y sms enviados a los vecinos que en ese momento sufrían con la exhibición de su equipo. “Éste está ya vendido, jajajá”, decían los que nunca sufren y están por encima del bien y del mal aprovechando el sufrimiento del vecino, a esas alturas abrazado ya hasta al perchero en cada jugada de ataque del Atleti. Los mensajes, analizados por psicólogos, confirmaban la teoría de que es mucho más desgraciado el presunto triunfador que no deja escapar ninguna ocasión para intentar hacer más infeliz al que podría amenazar su situación que aquél que sólo se preocupa de su propia suerte; empero, esta escuela psicológica no parece tener demasiado predicamento entre los lanzadores de sms del género jajajá, estilo que triunfa en el ciberespacio en estos días.  

Continuó el partido y aquello era algo insoportable ya. Falcao, ese sádico, volvió a hacer sufrir a la parroquia con un tercer gol, esta vez a pase de Arda Turan. Arda Turan también se sumó a los esfuerzos de Falcao para maltratar a la afición desesperada con un partido para recordar, con un recital de posesión del balón e inteligencia para desesperar al rival. Arda Turán hizo una jugada merecedora de que su pueblo natal se hermanara en ese momento con Fuentealbilla, Falcao marcó su tercer gol de la noche y la grada, bares y hogares rojiblancos fueron un mar de lágrimas y flagelaciones. En ese momento durísimo, que coincidió con el final del primer tiempo, la afición compartió impresiones y llegó a la conclusión de que hacía mucho, muchísimo tiempo que no se veía a un equipo jugar así 45 minutos, con esa mezcla de intensidad, agresividad, cabeza y planteamiento táctico brillante que mostró el Atleti. La afición habló del buen partido hasta entonces de Mario, de nuevo a un nivel mucho más alto en un partido importante que en partidos menos comprometidos, y del gran partido de Koke, que ayer cosió varios galones a sus mangas gracias a su movilidad, clarividencia y apoyo a Turán. Habló también del buen partido de los centrales, rápidos y contundentes, y del poco trabajo de Courtois. De lo bien que hicieron los laterales lo que tuvieron que hacer y del carácter de Gabi, capitán de todos. Todo esto hablaba la afición en medio de un sufrimiento horroroso, de un mar de lágrimas, de una pena honda y oscura que contrastaba con la alegría de los Mensajeros Jajajá, que en semejante momento reían jajajá recordando que Falcao está vendido jajajá, que la Supercopa no es más que un torneíllo de verano jajajá, y que hasta en estos momentos en los que las personas normales se callan o no dan la tabarra ellos mandan mensajitos que para eso son triunfadores sin complejos jajajá, jajajá, jaja já-já-já.

El Atleti jugó un segundo tiempo con ya poco interés, visto lo visto. Salió el Cebolla y uno decidió, tras su partido y lo visto contra el Athletic, que el Cebolla será su ojito derecho de este año, ya verán Vds, oiga. El Atleti siguió intratable, Miranda marcó un cuarto gol y el Chelsea ni podía ni parecía querer remontar y evitar así el sufrimiento ilimitado de la afición colchonera, que a esas alturas cantaba y cantaba fados, tarantas, martinetes y otras tonadas tristes y desgarradas. El Atleti, para colmo de males, recibió un gol de Cahill, pronuciado Keigil; bien es sabido por los atléticos que, cuando todo va mal, llega un Gil y lo empeora. La situación era pues dantesca: el Atleti ganaba 4-1 arrasando al Campeón de Champions ante el planeta entero, mostrando un juego completísimo y apabullante, liderados por un turco que, de tener ojos de huevo, sería hoy considerado el mejor media punta planetario y por un colombiano diestro que en dos finales ha metido cinco goles con la zurda pero que no se ha señalado el muslo tras ninguno de los goles, el muy patán. Qué desastre, que pena más grande, qué injusta es la naturaleza que no dio ojos de huevo a nuestro turco ni hizo de nuestro colombiano un jugador imbécil y desafiante en sus celebraciones. Con eso, sólo con eso tendríamos un equipo campeón que coparía portadas y parabienes y habría calado en el corazón de Ramoncín en vez de este pobre equipo que tanto nos hace sufrir y que no conseguimos que nos haga estar orgullosos.

Quién tuviera un equipo milmillonario obligado a ganar todo y a todos por aplastamiento, humillando a jugadores y aficionados rivales, presto a la burla y la tontuna incluso cuando cae en las rondas previas a las finales de las competiciones que pretende ganar invirtiendo millones y millones entre el babeo de la prensa entendidísima. Qué pena más grande, qué vergüenza ser así, quién tuviera el equipo y la caradura de hacer chistecitos hasta en día de estar callado: quién fuera, en definitiva, de la Afición Jajajá.

Quién tuviera un entrenador mal encarado y desafiante, referente máximo jajajá, que se atribuya el éxito cuando el equipo gana y no este entrenador argentino de pelo cortito y zapatos grandísimos que ha hecho de nuestro equipo una máquina de jugar finales, un bloque en el que es difícil destacar a uno sobre el resto cuando llegan los partidos grandes, un grupo solidario con las ideas claras y los dientes apretados en los días en los que no se puede fallar y hay que dar un disgusto gordo a la afición. Quién tuviera un entrenador faltón con el rival en vez de un pusilánime que obliga a sus jugadores a hacer pasillo al derrotado, como en el rugby, que ensalza a rivales y propios, que agradece lo que la gente aporta. Quién tuviera un entrenador traído de fuera con la misión de potenciar los aspectos históricamente más odiosos del club, en vez de este tipo nuestro que siente el club como propio y entiende a la grada porque siente igual que ellos lo que significan las rayas y el escudo. Quién tuviera un entrenador que dejase claro a los jugadores que el éxito no se consigue por ser mejor que el resto sino por quitar méritos a los que rodean a uno, a los que hacen bien su trabajo y pueden amenazar la idea de que uno es el mejor sin tener que demostrarlo. Qué mala suerte tenemos, qué desgracia más grande, qué sufrimiento, oiga.

Quién tuviera una afición silenciosa y cosmopolita como la afición Jajajá, con gradas llenas de japoneses y altos ejecutivos invitados como Dios manda, en vez de esta nuestra afición sufridora que recorre media Europa de taberna en taberna cantando canciones a coro para lanzar su desgracia a los cuatro vientos. Quién tuviera una afición siempre insatisfecha y presta a justificar lo injustificable con tal de poder restregar por la cara a los rivales a golpe de jajajá las victorias obtenidas de cualquier forma, en vez de esta afición nuestra que se queda media hora cantando su tormento en un estadio tras perder una final. Quién tuviera una afición presta a tragar con todo tipo de gestos antideportivos para ensalzarlos y premiarlos con el flamear de banderitas regaladas por el club, en vez de una afición sufriente que se desplaza en masa en cuanto el equipo lo necesita. Quién tuviera una afición sin memoria, no como la nuestra, incapaz de ignorar a los que se fueron del equipo en el pasado. Y es que con el partido acabado, la afición coreó el nombre de Torres y éste devolvió un gesto tímido y algo abatido de agradecimiento; Torres no pudo hacer nada en todo el partido, el Atleti no permitió que le llegaran balones y tuvo que conformarse con ver el vendaval e intentar defender donde sus compañeros se desentendían. En el fondo, eso sí, todos sabemos que Torres, como todos nosotros, sufrió lo suyo viendo a su equipo campeón de nuevo y a su afición recordándole dónde está su casa y que cuando quiera será bienvenido de vuelta, a sufrir con el resto con esas sonrisas sufrientes de oreja a oreja que llevamos estos días.

El Atleti ganó 4-1 al Campeón de la Champions haciendo un partido soberbio del que hablaremos mucho tiempo, y como era de esperar a la afición se le ha quedado un mal cuerpo horroroso. El aficionado celebró en Neptuno el cuarto título en dos años con hastío y muestras grandes de desagrado y dolor, y eso se nota en las caras el día después. La cara del aficionado atlético hoy es claramente la de alguien que ha sufrido más de la cuenta, que en concreto ha sufrido los efectos de la resaca y el poco dormir: ronquera, dolor de cabeza, malestar general, marcas de dedos en la cara interna del antebrazo de tanto dar cortes de manga. Mientras, los Aficionados Jajajá, tan triunfadores ellos, hablan también hoy, ese día en que los sensatos callan. Jajajá, no os lo creéis ni vosotros, jajajá. Jajajá, os va durar poco el Cholo y el Turco y el Tigre jajajá, verás como si queremos los compramos nosotros o más bien algún rico de los nuestros, de esos que nos tienen contentos los domingos para que no demos la lata el resto de la semana mientras hacen sus negocios jajajá.
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El Atleti es de nuevo Super Campeón de Europa, y de nuevo dejando boquiabierto a casi todo el mundo. En un nuevo milagro de la camiseta de las rayas rojiblancas, el equipo ha ganado su cuarto título en tres temporadas a pesar de la gestión catastrófica de la directiva, que en breve volverá a dar muestras de su afán vendedor si el tiempo o la autoridad no lo impiden. Con un equipo totalmente nuevo, el Atleti vuelve a ganar la Supercopa que ganó hace dos años. Desde un equipo destrozado hace menos de un año, un entrenador que corre por el banquillo tanto como un jugador ha convertido un grupo de jugadores en el que coexisten superestrellas con futbolistas limitados en un equipo ganador, capaz de apabullar a equipos teóricamente mejores ante los ojos de todo un planeta. Sólo una directiva inepta sería capaz de cargarse lo hecho; no descartemos pues que ocurra en breve.

Y ahora encima otra vez a Neptuno. Qué desgracia tan grande, hay que ver lo que sufrimos, oiga, hay que ver.

lunes, 2 de febrero de 2009

Mi Moleskine

A mí me hacía mucha ilusión escribir la crónica de un partido del Atleti. Y mucho más desde que, un alma caritativa de este Santo Lugar, me contó que no había límite máximo de palabras. Genial. Esta es la mía –me dije- y acudí al Estadio con una Moleskine de bolsillo, donde me propuse ir anotando ocasiones, jugadas importantes, sensaciones puntuales, ideas que se me fuesen ocurriendo y todas esas cosas necesarias para salir dignamente del reto. Porque ésto es un reto, ¿eh?. Porque éste no es un lugar cualquiera. Es El Rojo y El Blanco, oigan.


La Moleskine es, en realidad, lo que en el cole llamábamos cuadernito. Lo que pasa es que la puso de moda Doña Carmen Rigalt, que es una escritora y periodista mítica para el atleticismo crítico, porque fue una de las primeras que se puso chula con Gil-padre, le criticó sarcásticamente cuando casi todos los demás le reían las gracias, y escribió aquellos artículos en los que mencionaba mucho su moleskine y a él le llamaba Moby Gil.

Cuando te lo compras, te lo venden por el precio de unos diez cuadernitos de aquéllos pero, eso sí, con un folleto explicativo en el que pretenden convertirte en un tío muy importante, y te cuentan que Van Gogh, Picasso, Hemingway o Chatwin, no habrían sido nada sin su moleskine.

No es mi caso. Me hubiese encantado, pero no ha sido posible. Ya habría terminado el artículo hace varios párrafos, si me hubiese limitado a pasar a limpio mis anotaciones. Y habría tenido que renunciar a escribirlo, si tuviese que limitarme a mis sensaciones.

Dice el folleto que Bruce Chatwin se volvió loco, y se puso a comprar cuantos moleskines encontró a su paso cuando, al ver que en su librería habitual de la Rue de L’Ancienne Comédie, no ocupaban el estante acostumbrado, le dijeron: “Le vrai molesquine n’est plus”.

Y en eso, precisamente en eso miren por donde, nos vienen insistiendo muchos atléticos de corazón desde hace años: en que el verdadero Atlético ya no existe.

Sin embargo, yo me he resistido y creo que me seguiré resistiendo a esa teoría porque, además, la memoria es muy traicionera y selectiva y muchas, demasiadas veces, todos tendemos a hablar de los tiempos pasados con pasión desbordante y ciega, olvidando los años, e incluso los lustros tristes y duros, que también los hubo y, en franco contraste, tendemos a analizar la actualidad con un pesimismo desbordante ... que es en realidad lo que hemos hecho siempre, lo que pasa es que no nos acordamos. Y lo que pasa, también es verdad, es que cada vez son más las cosas que suceden, en este Atlético que vivimos, que nos llevan al pesimismo sin remedio.

Sin remedio y sin freno; porque es pitagórica la teoría según la cual, mediante la noción del límite, lo ilimitado toma forma y, a medida que van pasando las semanas, y con las semanas los partidos del Atleti desde que empezó 2.009, lo malo es que nadie sabe muy bien donde está el origen de ésto que le ocurre al equipo, pero lo peor es que cada vez resulta más imposible verle el fin. Es ilimitada la crisis del equipo, como ilimitado parece también la pasión por el Sistema Helicoidal de quienes insisten en ser considerados, y en actuar como si lo fueran, propietarios del Club de nuestros amores, de nuestros sentimientos, de nuestras felicidades pasajeras, y de nuestros persistentes sufrimientos.

A estas alturas, evidentemente, el señor que ésta tarde estaba de viaje en Dubai y el señor que esta noche estaba entregando Goyas (“una mala noche la tiene cualquiera” le dijo el tío sin despeinarse, a Doña Concha Velasco), tienen una comprensión enciclopédica de nuestros problemas, y cada uno de nosotros también. La práctica y la reiteración, es lo que tienen. Pero lo malo es que no nos sirve para nada entenderlo todo mucho, si el mal de base persiste.

Todo eso lo sabíamos pero, al mismo tiempo, unos más, otros menos, creímos haber encontrado una especie de tesoro oculto, desde luego por casualidad y nunca siguiendo un plan, en un grupo de jugadores que nos devolvieron la dignidad en una serie de partidos jugados con solvencia, que nos volvieron a meter en Europa tras casi una década de ausencia, que después nos metieron en Champions y que llegaron a finales de diciembre dejándonos dudas, claro, muchísimas dudas; pero también una sensación de superioridad sobre la mayoría de sus rivales que algunos, pobrecitos, menuda noche ésta para recordarlo, quisimos interpretar como una base sobre la que construir algo, tal vez incluso un equipo capaz de seguir creciendo, aunque nos sabíamos de memoria que la necesidad de reforzarnos en varias posiciones es muy evidente y que la pantilla, corta de por sí, se reducía ostensiblemente cuando, profundizando un poco, nos dedicábamos a medir el grado de implicación de varios de sus componentes, la capacidad de otros cuantos y, finalmente, el grado de felicidad y de resistencia del selecto grupito de jugadores con los que nos quedábamos, una vez aplicados ambos filtros.

Pero incluso así, me temo que ninguno estábamos preparados para una caída de bruces tan precipitada, tan de repente y tan sin paliativos.

El caso es que, por si acaso quedaba alguna duda de cómo andan las cosas, el Atleti se encargó de resolverlas todas contra el Valladolid; porque el partido fue, en sí mismo, un compendio de todos los males que nos aquejan.

Verán: cuando llegamos al minuto quince de partido, nuestro equipo sólo había llegado tres veces al área contraria. Las tres por la banda izquierda. Las tres gracias a la iniciativa y esfuerzo de Mariano Pernía. Ninguna llegó a preocupar del todo a Villar pero, por el contrario, nos preocupó bastante a los espectadores, que nos preguntábamos por dónde andarían los demás, si era Pernía el encargado de crear los atisbos de ocasiones, como si no le bastara con tener controlado a ese jugador con tan buena pinta y que parecía tan inspirado, llamado Pedro León.

En ese tiempo, el Valladolid sólo había llegado una vez, aunque lo hizo de un modo certero, en esa jugada con tanta pinta de penalty, en la que Pablo metió el pie y se llevó por delante al balón y a Canobbio, ignoro sinceramente en qué orden, aunque me lo temo.

Cuando se produjo la primera conexión entre dos de “los cuatro de arriba” (marca registrada) y Forlán metió un pase milimétrico, que un ansioso y francamente irreconocible Agüero remató muy alto, nos acercábamos a la primera media hora y, para entonces, al Valladolid ya se le veía muy suelto y había creado varias ocasiones, fallando una muy clara, increíblemente, ese sueco tan atípico que responde por Goitom.

Como además se tuvo que ir Simao prematuramente, y nuestro estado de ansiedad colectivo crecía y crecía, ni siquiera tuvimos fuerzas para reclamar un probable penalty sufrido por Raúl García, en parte porque nos acordamos de lo de Pablo, y en parte porque, de lo que teníamos ganas, era de suspirar mucho con el descanso, al que llegamos con un milagroso 0-0.

Muchos de nosotros hubiésemos firmado irnos a casa en ese momento, con el puntito, pues, aunque soñábamos porque pasara algo que espabilase a nuestros jugadores, alguna jugada con efectos mágicos, lo cierto es que no nos lo creíamos del todo y hacíamos bien porque, nada más empezar la segunda parte, el bueno de Leo firmó un capítulo más de su cada vez más abultado libro-pesadilla con las salidas y dio, de puños, un auténtico pase de gol no desperdiciado, que fue el 0-1.

Tardó poco en reaccionar el equipo porque, sólo tres minutos después, en un contragolpe muy bien llevado por Sinama y muy mal rematado por Forlán, el balón entró nadie supo muy bien cómo, aunque parece que el amigo García Calvo ayudó. Muy mágica no es que fuese la jugada, pero como todos teníamos tantas ganas de celebrar algo, se creó una especie de ambiente de remontada, de a por ellos oé que nos mantuvo algunos minutos entretenidos, poco antes de darnos de bruces con la realidad, que viene siendo muy dura, y aunque el Valladolid hizo lo que pudo, perdonándonos un par de ocasiones más, fue tan poco lo que tuvo enfrente que, finalmente, se vieron penosamente obligados a ejecutarnos con plena justicia; por mucho que al final, repitiendo la escena vivida por Ujfalusi en Málaga, Agüero estuviese a punto de obtener un 2-2 que habría sido doblemente injusto: ni se lo merecía el equipo, ni se lo merecía tampoco él.

Tal vez la librera de la Rue de L’Ancienne Comédie podría decir que “Le vrai Atletico de Aguirre n’est plus”. Y probablemente tuviese razón, porque no se reconoce en el actual equipo, ni una sóla de las virtudes que nos ha llevado a los Octavos de Final de la Liga de Campeones. Por eso, es lógico que, al mirar la Clasificación, en estos momentos estemos incluso fuera de la zona europea. Y eso, porque algunos de nuestros rivales más directos, léase Sevilla y Villarreal, nos están haciendo el favor de esperarnos sentados, supongo que por darle más emoción a la cosa.

Sin embargo, como ayer se obró el milagro en las despobladas gradas y el habitual hit “Caguirre vete ya”, tan musical, pegadizo y facilón, se vio en principio acallado por el “Aguirre Quédate” de los aficionados albivioletas, unos cachondos, y posteriormente por una tan airada como inesperada protesta en dirección al Palco; permítanme que tarde un poco más en contradecirme a mí mismo, y no certifique la defunción del Aguirrismo, por si acaso la gente está empezando a enfocar en la dirección más correcta.

De todos modos, yo me sumaría a la campaña pro-cambio de entrenador si encuentran a uno que le dé un poco más de cariño y de mimos a Agüero, por ejemplo. No deben ser suficientes los que recibe, si se le ve tan pálido y descangashado, tan ausente de inspiración, tal vez también de motivación. O bien es eso, o bien le sentó fatal lo que le sirvieron el otro día, en la cena-homenaje de la que nos ha hablado mucho la Gran Doña María José Navarro.

Si hace eso, y además convierte en figuras a quienes actualmente no lo son, o al menos no lo parecen, le aporta energía extra a quienes lo son y suelen parecerlo, aunque ahora mismo tampoco, y de paso encuentra en nuestra cantera a tres o cuatro estrellas nacientes, a ser posible altos, fotogénicos y con ojos azules, de esos que Aguirre no sabe ver … yo me apunto enseguida al nuevo entrenador, sea éste quien sea.

En caso contrario, a mí que me perdonen si no entiendo, y soy tan incapaz de explicarlo, como lo sería si me pidieran un análisis del fin del Imperio Austro-Húngaro, esta profunda y súbita degeneración.

Que me perdonen, también, si busco culpables y los encuentro, más que en el banquillo, en esa puerta cero donde se concentraron muchas personas que saben mucho de esto, y que además llevan años luchando, aunque a veces se les sumen amistades coyunturales tan poco recomendables.

Y que me perdonen, finalmente, si los encuentro también sobre el césped; pues una cosa es el cansancio, y otra cosa ésto. Una cosa es tener una plantilla corta, descompensada y limitada, y otra cosa ésto. Una cosa es saber perfectamente que no somos el Manchester United, y otra cosa muy distinta es que permitas, correteando sin sentido, que el Valladolid te perdone una goleada.

Mientras le pongo punto final a esta crónica, saludo efusivamente y le envío un agradecido abrazo tanto al Comandante Carlos Fuentes, como a los demás compañeros lectores a quienes pido comprensión y paciencia; casi prefiero no pensar en lo que está pasando por esas mentes de las que no suele salir nada bueno, y prefiero no imaginar de quienes son los teléfonos que están sonando.

Y ni siquiera he abierto mi moleskine para consultar. Mecachis en la mar, hombre …

Fran Omega – febrero 2009