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sábado, 1 de septiembre de 2012

Sufridos Supercampeones


El 31 de Agosto de 2012, viernes de tiempo variable tirando a fresco, la afición del Club Atlético de Madrid, vulgo Atleti o Aleti, se disponía, como siempre, a sufrir. Bien es sabido que la afición del Atleti es, por definición, naturaleza y necesidad, sufridora. Así lo afirman periodistas, vecinos, analistas y aficionados de otros equipos, sobre todo aquellos que siguen a los suyos únicamente los lunes por la mañana y siempre y cuando hayan ganado, que es lo que les gusta. Que el seguidor atlético es sufridor es algo que se asume como normal y cotidiano, tan normal como que al abrir un grifo sale agua, tan normal como que cuando se abren los ojos se hace la luz, tan normal como que cuando Cerezo abre la boca sale un error sintáctico, un chascarrillo torpe o un disparate solemne, incluso todo a la vez. Es normal, lo normal, los del Atleti son sufridores; es lo normal, lo ha dicho la tele, lo ha dicho la radio, lo ha dicho la Señora Rushmore, lo ha dicho ese señor periodista de ahí que intenta, sin lograrlo, hacer la o con un canuto.

La sufrida afición atlética se disponía, decíamos, a pasar las de Caín. Unos, con las ganas de sufrir subidas, se dispusieron a pasar unos días en la Costa Azul, un sitio en el que como todo el mundo sabe lo suyo es sufrir de lo lindo apartando yates y coches deportivos. Otros, más modestos en su afán sufridor, prefirieron ver el partido sufriendo en compañía de amigos en bares y boites, intercalando tercios de cerveza fría entre sufrimiento y sufrimiento para hacerlo más llevadero. ¿Quiere Vd otra cerveza? Sí, gracias, esta ya se me ha calentado un poco y eso me hace sufrir una barbaridad, casi hasta la úlcera. Si acompaña Vd la cerveza con unos berberechos y unas patatas fritas, ya podríamos decir sin temor a equivocarnos que estaremos sufriendo como Dios manda, con un sufrimiento negro y desgarrado, un sufrimiento bíblico, el sufrimiento que nosotros nos merecemos, nosotros, Sufridos Seguidores, aquéllos de los que los aficionados de los demás equipos hacen chanzas cuando nos empatan.

Un tercer grupo de sufridores, entre los que se encuentra el sufrido suscriptor que siempre estará a su servicio cuando se trate de sufrir lo inaguantable – a condición de que no sea ayudando en una mudanza en domingo - prefirieron sufrir en casa propia. Unos tenían pensado acudir a domicilios cercanos al Muro de las Lamentaciones, otros prefirieron terraza en olivar almeriense. Servidor de Vds, sufrido seguidor y además miope y sin suerte en los juegos de naipes, tenía previsto ir a ver el partido in situ, sufriendo ya desde el día antes y sufriendo luego durante el fin de semana a fuerza de comida italiana en terracita, cerveza de media tarde en plaza con cañito de agua, paseo por pueblos de montaña y playas mediterráneas. Vamos, lo que viene siendo un sufrimiento-sufrimiento, un sufrimiento de los nuestros, de los de toda la vida, un sufrimiento atlético, vaya. Por motivos que no vienen al caso, en el último momento tuvo que cambiar ese sufrimiento viajero por un sufrimiento más modesto, un sufrimiento de tercera división, un sufrimiento casi vergonzoso. Vestido con la ropa de sufrir muchísimo y ante una televisión monumental, el que suscribe, como tantos otros sufridores, se dispuso a sufrir en compañía y a acentuar el sufrimiento con instrumentos de auto tortura tales como la cerveza helada, la anchoa de Santoña, la cecina de León, la patata frita La Azucena, la torta regañá, el pico jerezano, el jamón ibérico y el queso curado. Un panorama desolador y descarnado, ya ven.  

Salió el Atleti al campo y lo hizo con pantalón rojo, y ahí supimos todos que la noche iba a ser dura, el futuro aciago y la fortuna esquiva. El Atleti iba a sufrir e iba a sufrir de lo lindo. Empezó a sufrir ya cuando a los tres minutos Falcao, fuente inagotable de sufrimiento para la parroquia, estrelló un balón en el larguero. El sufrimiento se hizo casi insoportable cuando, tras marcar con habilidad y clase un gol en el minuto 7, Falcao volvió a marcar con un zurdazo impresionante que recordó a un gol de Bucarest en el minuto 19. Cero dos al minuto 19, jugando como los ángeles y con un tipo en asombrosa racha goleadora, ¡qué sufrimiento! ¡qué ignominia! ¡qué bien puesto ese sambenito tan nuestro del sufridor! ¡qué gran idea tuvo el inventor de la cecina olvidándose ese trozo de carne al aire serrano!

Mientras la parroquia atlética sufría lo indecible, en el otro extremo de la capital muchos seguidores de un equipo que al parecer no hace sufrir nunca reían con risa idiota de comentario de Internet, la ciber-célebre risa jajajá. Mirando de reojo el televisor, algunos reían pensando cómo incrementar el sufrimiento del ya sufrido seguidor sufriente del otro lado de la ciudad. “No os va a durar nada éste, jajajá”, decían mensajes y sms enviados a los vecinos que en ese momento sufrían con la exhibición de su equipo. “Éste está ya vendido, jajajá”, decían los que nunca sufren y están por encima del bien y del mal aprovechando el sufrimiento del vecino, a esas alturas abrazado ya hasta al perchero en cada jugada de ataque del Atleti. Los mensajes, analizados por psicólogos, confirmaban la teoría de que es mucho más desgraciado el presunto triunfador que no deja escapar ninguna ocasión para intentar hacer más infeliz al que podría amenazar su situación que aquél que sólo se preocupa de su propia suerte; empero, esta escuela psicológica no parece tener demasiado predicamento entre los lanzadores de sms del género jajajá, estilo que triunfa en el ciberespacio en estos días.  

Continuó el partido y aquello era algo insoportable ya. Falcao, ese sádico, volvió a hacer sufrir a la parroquia con un tercer gol, esta vez a pase de Arda Turan. Arda Turan también se sumó a los esfuerzos de Falcao para maltratar a la afición desesperada con un partido para recordar, con un recital de posesión del balón e inteligencia para desesperar al rival. Arda Turán hizo una jugada merecedora de que su pueblo natal se hermanara en ese momento con Fuentealbilla, Falcao marcó su tercer gol de la noche y la grada, bares y hogares rojiblancos fueron un mar de lágrimas y flagelaciones. En ese momento durísimo, que coincidió con el final del primer tiempo, la afición compartió impresiones y llegó a la conclusión de que hacía mucho, muchísimo tiempo que no se veía a un equipo jugar así 45 minutos, con esa mezcla de intensidad, agresividad, cabeza y planteamiento táctico brillante que mostró el Atleti. La afición habló del buen partido hasta entonces de Mario, de nuevo a un nivel mucho más alto en un partido importante que en partidos menos comprometidos, y del gran partido de Koke, que ayer cosió varios galones a sus mangas gracias a su movilidad, clarividencia y apoyo a Turán. Habló también del buen partido de los centrales, rápidos y contundentes, y del poco trabajo de Courtois. De lo bien que hicieron los laterales lo que tuvieron que hacer y del carácter de Gabi, capitán de todos. Todo esto hablaba la afición en medio de un sufrimiento horroroso, de un mar de lágrimas, de una pena honda y oscura que contrastaba con la alegría de los Mensajeros Jajajá, que en semejante momento reían jajajá recordando que Falcao está vendido jajajá, que la Supercopa no es más que un torneíllo de verano jajajá, y que hasta en estos momentos en los que las personas normales se callan o no dan la tabarra ellos mandan mensajitos que para eso son triunfadores sin complejos jajajá, jajajá, jaja já-já-já.

El Atleti jugó un segundo tiempo con ya poco interés, visto lo visto. Salió el Cebolla y uno decidió, tras su partido y lo visto contra el Athletic, que el Cebolla será su ojito derecho de este año, ya verán Vds, oiga. El Atleti siguió intratable, Miranda marcó un cuarto gol y el Chelsea ni podía ni parecía querer remontar y evitar así el sufrimiento ilimitado de la afición colchonera, que a esas alturas cantaba y cantaba fados, tarantas, martinetes y otras tonadas tristes y desgarradas. El Atleti, para colmo de males, recibió un gol de Cahill, pronuciado Keigil; bien es sabido por los atléticos que, cuando todo va mal, llega un Gil y lo empeora. La situación era pues dantesca: el Atleti ganaba 4-1 arrasando al Campeón de Champions ante el planeta entero, mostrando un juego completísimo y apabullante, liderados por un turco que, de tener ojos de huevo, sería hoy considerado el mejor media punta planetario y por un colombiano diestro que en dos finales ha metido cinco goles con la zurda pero que no se ha señalado el muslo tras ninguno de los goles, el muy patán. Qué desastre, que pena más grande, qué injusta es la naturaleza que no dio ojos de huevo a nuestro turco ni hizo de nuestro colombiano un jugador imbécil y desafiante en sus celebraciones. Con eso, sólo con eso tendríamos un equipo campeón que coparía portadas y parabienes y habría calado en el corazón de Ramoncín en vez de este pobre equipo que tanto nos hace sufrir y que no conseguimos que nos haga estar orgullosos.

Quién tuviera un equipo milmillonario obligado a ganar todo y a todos por aplastamiento, humillando a jugadores y aficionados rivales, presto a la burla y la tontuna incluso cuando cae en las rondas previas a las finales de las competiciones que pretende ganar invirtiendo millones y millones entre el babeo de la prensa entendidísima. Qué pena más grande, qué vergüenza ser así, quién tuviera el equipo y la caradura de hacer chistecitos hasta en día de estar callado: quién fuera, en definitiva, de la Afición Jajajá.

Quién tuviera un entrenador mal encarado y desafiante, referente máximo jajajá, que se atribuya el éxito cuando el equipo gana y no este entrenador argentino de pelo cortito y zapatos grandísimos que ha hecho de nuestro equipo una máquina de jugar finales, un bloque en el que es difícil destacar a uno sobre el resto cuando llegan los partidos grandes, un grupo solidario con las ideas claras y los dientes apretados en los días en los que no se puede fallar y hay que dar un disgusto gordo a la afición. Quién tuviera un entrenador faltón con el rival en vez de un pusilánime que obliga a sus jugadores a hacer pasillo al derrotado, como en el rugby, que ensalza a rivales y propios, que agradece lo que la gente aporta. Quién tuviera un entrenador traído de fuera con la misión de potenciar los aspectos históricamente más odiosos del club, en vez de este tipo nuestro que siente el club como propio y entiende a la grada porque siente igual que ellos lo que significan las rayas y el escudo. Quién tuviera un entrenador que dejase claro a los jugadores que el éxito no se consigue por ser mejor que el resto sino por quitar méritos a los que rodean a uno, a los que hacen bien su trabajo y pueden amenazar la idea de que uno es el mejor sin tener que demostrarlo. Qué mala suerte tenemos, qué desgracia más grande, qué sufrimiento, oiga.

Quién tuviera una afición silenciosa y cosmopolita como la afición Jajajá, con gradas llenas de japoneses y altos ejecutivos invitados como Dios manda, en vez de esta nuestra afición sufridora que recorre media Europa de taberna en taberna cantando canciones a coro para lanzar su desgracia a los cuatro vientos. Quién tuviera una afición siempre insatisfecha y presta a justificar lo injustificable con tal de poder restregar por la cara a los rivales a golpe de jajajá las victorias obtenidas de cualquier forma, en vez de esta afición nuestra que se queda media hora cantando su tormento en un estadio tras perder una final. Quién tuviera una afición presta a tragar con todo tipo de gestos antideportivos para ensalzarlos y premiarlos con el flamear de banderitas regaladas por el club, en vez de una afición sufriente que se desplaza en masa en cuanto el equipo lo necesita. Quién tuviera una afición sin memoria, no como la nuestra, incapaz de ignorar a los que se fueron del equipo en el pasado. Y es que con el partido acabado, la afición coreó el nombre de Torres y éste devolvió un gesto tímido y algo abatido de agradecimiento; Torres no pudo hacer nada en todo el partido, el Atleti no permitió que le llegaran balones y tuvo que conformarse con ver el vendaval e intentar defender donde sus compañeros se desentendían. En el fondo, eso sí, todos sabemos que Torres, como todos nosotros, sufrió lo suyo viendo a su equipo campeón de nuevo y a su afición recordándole dónde está su casa y que cuando quiera será bienvenido de vuelta, a sufrir con el resto con esas sonrisas sufrientes de oreja a oreja que llevamos estos días.

El Atleti ganó 4-1 al Campeón de la Champions haciendo un partido soberbio del que hablaremos mucho tiempo, y como era de esperar a la afición se le ha quedado un mal cuerpo horroroso. El aficionado celebró en Neptuno el cuarto título en dos años con hastío y muestras grandes de desagrado y dolor, y eso se nota en las caras el día después. La cara del aficionado atlético hoy es claramente la de alguien que ha sufrido más de la cuenta, que en concreto ha sufrido los efectos de la resaca y el poco dormir: ronquera, dolor de cabeza, malestar general, marcas de dedos en la cara interna del antebrazo de tanto dar cortes de manga. Mientras, los Aficionados Jajajá, tan triunfadores ellos, hablan también hoy, ese día en que los sensatos callan. Jajajá, no os lo creéis ni vosotros, jajajá. Jajajá, os va durar poco el Cholo y el Turco y el Tigre jajajá, verás como si queremos los compramos nosotros o más bien algún rico de los nuestros, de esos que nos tienen contentos los domingos para que no demos la lata el resto de la semana mientras hacen sus negocios jajajá.
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El Atleti es de nuevo Super Campeón de Europa, y de nuevo dejando boquiabierto a casi todo el mundo. En un nuevo milagro de la camiseta de las rayas rojiblancas, el equipo ha ganado su cuarto título en tres temporadas a pesar de la gestión catastrófica de la directiva, que en breve volverá a dar muestras de su afán vendedor si el tiempo o la autoridad no lo impiden. Con un equipo totalmente nuevo, el Atleti vuelve a ganar la Supercopa que ganó hace dos años. Desde un equipo destrozado hace menos de un año, un entrenador que corre por el banquillo tanto como un jugador ha convertido un grupo de jugadores en el que coexisten superestrellas con futbolistas limitados en un equipo ganador, capaz de apabullar a equipos teóricamente mejores ante los ojos de todo un planeta. Sólo una directiva inepta sería capaz de cargarse lo hecho; no descartemos pues que ocurra en breve.

Y ahora encima otra vez a Neptuno. Qué desgracia tan grande, hay que ver lo que sufrimos, oiga, hay que ver.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Confusa crónica dos en uno del último o últimos partidos, que uno no lo tiene claro (oiga)

Ante tantas cosas buenas juntas y tantos días felices seguidos, no es fácil ordenar la memoria.


Llegó la afición al campo horas antes del partido y lo hizo vestida de rojiblanco y en pantalón corto, como correspondía al calor húmedo y pegajoso de la zona, tan distinto del calor seco de Madrid pero igualmente insoportable, que ahora que lo pienso no sé si era ese. Como siempre, qué otra cosa cabe hacer, la afición achicharrada se dirigió a los bares, inicio y fin de todos nuestros viajes, deseos y días. La afición, bullanguera y sonriente, no pegaba con el ambiente de la zona, un barrio entre ostentoso, estirado y directamente aburrido, y constató que ese no era su sitio en cuanto comprobó que en los alrededores del estadio no se podía adquirir alcohol, que es la expresión que usa la autoridad cuando no quiere que se venda cerveza. La afición, asfixiada entre el calor y los precios, sólo quería una cervecita para recuperar fluidos vitales y bajar la temperatura corporal pero los taberneros de la zona, posiblemente intimidados por los policías vestidos de samurai de opereta que ocupaban las esquinas, se negaban a vender nada que no fuera agua y refrescos dulzones, vergüenza para el gremio de hinchas panzones a los que pertenece buena parte de la afición colchonera. Así que ésta, que de fútbol sabe algo pero de bares ni les cuento, decidió ir a la montaña ya que la montaña no iba a ella y se lanzó en busca de bares decentes más allá de la mítica curva que lleva de Paseo Imperial a Pirámides, a menos que fuera la curva de la Rascasse o curva del Rascacio, que también puede ser, ahora no estoy seguro; lo que sí era indiscutible es que la afición se hacía fotos y daba vivas a los millonarios locales que tomaban el giro en segunda, haciendo chirriar los neumáticos de sus Renault 11, o quizás fueran Ferraris y Maseratis, ya no lo tengo claro, oiga.

El caso es que la afición acalorada encontró finalmente algún sitio en el que apagar su sed con fríos y nobles tercios de Mahou, o quizás fuera con infames vasitos de ruin Kronnenburg casi tibia, ahora no lo sé a ciencia cierta, pero el caso es que con mayor o menor fortuna se logró recuperar al menos parte de las sales esenciales antes de entrar al campo. La entrada al campo resultó estar al final de un laberinto de indicaciones sobre a qué zona deberían ir los del Atleti y los del Sporting, o quizás fueran los del Inter, ya dudo, que desembocaban en un camino franqueado por vallas metálicas por las que transitaban los hinchas como ganado estabulado camino del matadero. Al final de la avenida de vallas un señor cortaba una tirita de la entrada y más adelante otra que luego devolvería si el hincha quería salir de su asiento para ir al baño mugriento, que en esto sí que son casi iguales todos los estadios. Esto fue así o quizás no, quizás la hinchada entró por la puerta de siempre, mirando mucho el carnet nuevo, tan rojo y tan feúcho, metiendo el código de barras en el lector del torno y avanzando hacia su asiento por esos pasillos de hormigón tan familiares y tan desnudos y tan fríos y, curiosamente, tan bonitos y tan queridos, tan familiares, pasillos por los que cada aficionado habrá pasado cientos, miles de veces antes de que los eche abajo un bulldozer el día en el que no queremos pensar, ese día que, algunos, confiamos en que en realidad nunca llegue.

Subió la afición a sector de grada correspondiente y le llamó la atención la cantidad de escaleras que había que subir para sentarse en un campo tan chico pero, sobre todo, le llamó la atención que el estadio de un sitio tan chic tuviera las paredes de gotelé y no de perlita, como correspondería a la alcurnia del lugar. También le había llamado la atención que el estadio se llamase Luis II y agradeció el gesto local de dedicar el campo al futuro sucesor de Don Luis Aragonés, mientras reflexionaba sobre el curioso hecho de que su propio estadio se llame Vicente, como su vecino, y que a nadie le parezca raro. Esto fue así o quizás se sentara la afición en su asiento de siempre, saludando a la parroquia y diciendo hay que ver qué moreno, oiga, qué bien vivimos, ¿eh?; puede, sí, pero también es posible que la afición ocupara un asiento en el que nunca antes había estado y mirase el estadio, pequeño, poca cosa, con infame pista de atletismo, chico por dentro y con aspecto de bloque de pisos por fuera, ya no sabría decirles con certeza, la verdad. Se sentó pues el aficionado y vio desfilar delante de él policías acorazados, señores de traje y bomberos vestidos de amianto con grandes guantes y un casco plateado que inspiraban muchísima pena cuando uno caía en que hacía treinta y pico grados y una humedad tropical o quizás un calor seco y madrileño que, en cualquier caso, no invitaba a vestirse de astronauta.

El caso es que se sentó el aficionado y no sabe uno a estas alturas si lo que vio fue la presentación de un trofeo entre grandes muestras de entusiasmo o bien una coreografía de abanderados con los colores del Inter y el Atleti, no lo tiene uno claro ya, no lo tiene claro. Uno recuerda un speaker, infame invento del fútbol moderno que únicamente vale para que las aficiones mojigatas sepan qué decir en cada momento, cantando la mitad del nombre de cada jugador para que el fondo respondiera la otra mitad mientras un niño corría y se ponía en la teórica demarcación del mencionado con bastante poco acierto: así, uno recuerda al speaker llamando a Assunção y ver salir un niño de melena rubia; uno recuerda al speaker llamando a Ujfalusi y ver salir un niño con cara de adorable querubín con buenas notas; uno recuerda al speaker llamando a Reyes y ver salir un niño con cara de inteligente. Después de esto, y lamentándose por el futuro profesional del director de casting del evento, uno esperaba oír al speaker llamando a Quique Sánchez Flores y ver salir un niño escuálido y muy moreno con trajecito y bufanda, o llamando a García Pitarch y ver salir un niño con gafas, pantalón pitillo y un gran maletín que se abriría a mitad de la carrera dejando caer gran cantidad de billetes del monopoly; uno esperaba oír al speaker llamando a un directivo y ver salir a la guarda de finanzas con una orden de busca y captura cacheando a todo el mundo. Pero no fue así, o sí, ya no recuerdo bien, la verdad, a estas altura el recuerdo es confuso. De hecho, quizás no fue eso lo que viera el aficionado, sino que fuera un pasillo de jugadores del Sporting recibiendo a un Atleti que, Copa en ristre, se dirigía al centro del Calderón a ofrecer el trofeo a la afición entre grandes ovaciones, también de los aficionados del Sporting que ocupaban parte del fondo norte. Es bien sabido que para estas cosas de la amabilidad y la nobleza uno siempre puede contar con los asturianos, ya sea en su casa, en el Calderón o en Costa de Marfil, y es por eso que somos cada día más aquellos a los que nos gustaría hacer pronto al Sporting un pasillo de honor mientras presentan su propia Copa, a ver si hay suerte.

Empezó el partido, de eso está uno seguro, y uno cree recordar a a De Gea, Ujfalusi, Perea, Godín y Domínguez en defensa, el último de lateral izquierdo. Recuerda también levantar mucho las cejas al ver que no estaba Filipe Luis y sí el bueno de Álvaro, condenado a un puesto en el que no lo había hecho bien con anterioridad. Eso, o bien ver a De Gea, Ujfalusi, Perea, Godín y Antonio López con peinado militar, que también podría ser, también podría ser, oiga. El caso es que uno, entre nebulosas, recuerda un partidazo de Domínguez cuando uno hubiera esperado un Maicon subiendo la banda a voluntad. También recuerda alguna pifia de Perea, como es costumbre, seguida de una actuación más que notable con un par de cruces sobresalientes. Recuerda algún fallo inicial de Godín seguido de la sensación de querer ya los galones, sin dudar a pesar de los fallos, mostrando cierta soltura y un atisbo de tendencia suicida al subir el balón. Recuerda a De Gea parando un penalty, parando con el pie, blocando con la mano, saliendo a lo loco al centro del campo para inmediatamente recomponer la situación, desmoralizando delanteros al parar como quien cose balones complicados y dejando, siempre, la sensación de que hay portero para años, quiera el Altísimo que siempre en éste su club.

También recuerda uno un doble pivote del que le gusta acordarse, Assunção y Raúl García. Recuerda al primero omnipresente, enorme, siempre en su sitio, siempre llegando donde otros no llegan, amargando la vida a Sneijder y Zanetti, a Eguren y Rivera; y recuerda al otro ocupando con autoridad su parcela, recuperando balones y levantando la cabeza, peleando y jugando al fútbol, reclamando el cariño y el respeto que la grada a veces le niega, dando quizás el paso al frente que de él esperamos y metiendo balones en profundidad como el que Simão convirtió en pase perfecto para el Kun en el segundo gol. Recuerda a Raúl con molestias, retirándose al banquillo para que saliera Mario Suárez, medio centro con planta y peinado de Domínguez que jugó mejor que en la pretemporada.

Uno recuerda - o quizás no - a Jurado en la media titular, eso no lo tiene claro. Sí, sí, ahora que lo dice también recuerda a Jurado jugando el último partido en el Calderón antes de irse a Alemania, jugando, hay que joderse, su mejor partido tras ciento y pico veces con la camiseta del Atleti y metiendo un buen gol de tiro seco. Jurado se va a Alemania por un dineral sin que haya tiempo para buscarle un sustituto, las clásicas cosas de la directiva, aunque no es Jurado un jugador que requiera, por su rendimiento, demasiado recambio. Es cierto que al haberse ido el indefinible Salvio no sobran jugadores que puedan dar juego por las bandas y dar respiro a Simão y Reyes, pero no es menos cierto que con Fran Mérida y Tiago y Mario Suárez debería haber más alternativas para el juego de la media del equipo. El caso es que se va Jurado por una millonada y no sabemos qué han visto en Alemania para pagar tal fortuna. Quizás, piensa ahora el aficionado menos convencido, Jurado sea un auténtico fenómeno de quien el equipo no debería deshacerse a pesar de haberle visto más partidos que a Dirceu y comprobar, partido tras partido, que no sólo no despega sino que nunca se le vio interesado en coger carrerilla para tomar el impulso necesario. No sabemos de qué jugará Jurado en Alemania, si lo hará por banda o si lo hará de organizador, si el equipo se ordenará en torno a su figura, como reclamaban algunos teóricos partidarios de darle galones, o si tendrá que buscarse un hueco por lucha y calidad, el hueco que aquí no se hizo a pesar de jugar en plantillas justitas. De Jurado sólo sabemos que se cantan sus virtudes cuando juega en su teórico puesto ideal, la famosa "posición natural" de Jurado, desde ahora la naturlich position que se estudiará en Universidades e Institutos, la posición en la que ha jugado bastantes veces y ni fú ni fá. Tras su paso por el Atleti sólo hemos podido comprobar que Jurado debe tener dos posiciones, natural y en almíbar, y que únicamente ha jugado en la segunda cuando ha llevado la camiseta y el número que, antes que él, defendieron leyendas colchoneras de esas de levantarse al pronunciar su nombre. Vaya pues en paz Jurado, que le vaya bien, y que repase sus emotivas declaraciones al partir, que eso de que "en parte me da pena marcharme" no vienen a refrendar la inteligencia que sus fans le suponen en el campo.

En ataque uno recuerda a Simão, poco participativo hasta el pase magnífico del segundo gol o recién salido del banquillo y metiendo un golazo por la espalda. También a Forlán, peleón y algo acelerado buscando el tercer gol en una final que le diera el Balón de Oro, frustrado y enfadado camino del banquillo al ser sustituido; también le recuerda, qué cosas, metiendo dos goles sencillos, uno tras un jugadón de Agüero y otro tras un pase excelente de Ujfalusi, rejuvenecido por la banda y cada vez con más carisma de líder. Recuerda a Fran Mérida, un chico al que uno desea lo mejor, pero no le recuerda en el Calderón sino en Mónaco. Recuerda uno a Reyes, más trabajador que antes, autor en Mónaco del gol que abrió y cerró el partido a falta de la guinda aunque lejos del super jugador que pintó la prensa y lejos también del galardón de mejor jugador del partido que le dio la UEFA, y recuerda a un Reyes participativo y peleón contra el Sporting, más motivado que antes, más cerca de lo que debería ser siempre. Recuerda al Kun en Mónaco entonado al principio y, más tarde, algo espeso, cansado e individualista en alguna acción que podría haber culminado Forlán, contento tras marcar el segundo y orgulloso con su orondo hijo en brazos. Pero también recuerda al Kun de los días grandes del Calderón, peleón, regateador, algo chupón pero enorme al enfrentarse a los esperanzadores Botía y Canella y a todo aquél que quisiera medirse a su cada vez más potente forma física.

Recuerda uno todo esto y, entre imágenes de bufandas y camisetas y gente sonriendo, no tiene claro dónde estaba cada cosa. Recuerda a la afición del Inter, formada casi exclusivamente por tipos entre veinte y cincuenta años, y, frente a ellos, recuerda mares de niños y señoras y familias enteras de rojo y blanco en el fondo del Atleti, una afición alegre volcada en apoyar a los jugadores y en conseguir que la descendencia se comiera el yogur. Recuerda una grada llena de camisetas con nombres de jugadores de hoy y de siempre, camisetas de un grande que hoy juega en Inglaterra, camisetas de la selección española, de la selección uruguaya y hasta del Cádiz. Coches llenos de bufandas por las carreteras de la Costa Azul, camisetas rojiblancas, azules, negras y rojas por las zonas más turísticas de Francia, grupos de atléticos en las terrazas de pueblos franceses, una BMW de gran cilindrada con un enorme escudo del Atleti en el carenado y una bandera uruguaya al viento. Carísimas terrazas monegascas llenas de aficionados haciéndose fotos con el Cholo Simeone y bebiendo jarras de cerveza a precio de Moet Chandon, desafiando a la crisis y a Ernesto de Hannover antes de volverse a Marsella, ni más ni menos, a seguir dando vivas a Domínguez. Seguidores sportinguistas perdidos por las inmediaciones de la Puerta de Toledo y aficionados del Atleti guiándoles hasta el estadio, los pasillos del Calderón llenos de gente cantando a la salida, tras el partido, como en los días grandes; los bares repletos de aficionados sonrientes bebiendo cerveza y dándose abrazos, las palmadas en los hombros de los sportinguistas que comparten barra, la sonrisa de bobo al llegar a casa. Recuerda uno ayer mismo un padre con mochila del Atleti apremiando a sus hijos para salir rápido del avión y así llegar a tiempo a Neptuno y una columna en la parada de taxis de la T-4 en la que aún sigue, pegada con celo, la portada del As del sábado pasado en la que se puede leer "Supercampeones". Y los montones de niños, adultos, recién nacidos y hasta una novia con bufanda rojiblanca en los alrededores del Palace ayer mismo.

Uno no tiene claro cuándo ha pasado todo esto, pero sí tiene una cosa clara: que el viento ha cambiado, que las cosas, al menos temporalmente, han vuelto donde debían y que, por ahora, lo primordial es disfrutar del momento y seguir apretando para que dure. Y que dure mucho, que dure.

lunes, 30 de agosto de 2010

Agradables consecuencias musicales de tanto título internacional


NOTA: este texto estaba destinado a ser la entradilla de la crónica del Atleti - Sporting. Como es posible que no tenga oportunidad de hacerla, ahí va, al menos, el aperitivo.
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Ganar títulos, eso que hace 8 meses se nos antojaba imposible y ahora nos resulta casi asequible y normal, tiene efectos curiosos en la hinchada. No nos referimos a esa sonrisa de bobo que nos dura unos días, ni al brillo en los ojos cuando se habla del partidazo de Mónaco, ni al convencimiento repentino de que el sol luce más brillante y el aire es más puro desde el mes de Mayo. Tampoco hablamos de la agradable sensación de descubrir que los correligionarios son muchos más de lo que sospechábamos, ni de recibir llamadas y mensajes de gente a la que hace años que uno no ve, a la que pensaba tan perdida por el mundo como estaban, allá por el mes de diciembre, las posibilidades de ganar una Supercopa europea. No nos referimos tampoco a esa sensación ya casi familiar de ver escudos del Atleti en ciudades remotas o camisetas rojiblancas en mercadillos extranjeros, o de reconocer la filiación colchonera de los viajeros en los aeropuertos por el cuello de la camiseta antes de entablar conversación con ellos, o pegar el oído en bares remotos para asegurarse de que los vecinos de mesa son también del Atleti antes de salir del local dando vivas a De Gea. Todas estas sensaciones son casi nuevas o más fuertes que antes, sí, pero no nos referimos a esas, no a esas, oiga.

La Europa League y la final de Barcelona, la Supercopa de Mónaco, como en su momento hiciera el Doblete y otras finales de Copa recientes, producen en el aficionado de toda edad, sexo y condición un efecto musical. No se trata del efecto general músico-estival, que cuando hay título por medio o al menos temporada digna y desplazamiento masivo, el aficionado atlético se hace inmune a la canción del verano, ya sea la bomba, el bimbó o la canción de los gorilas. En años señalados, el aficionado colchonero agudiza su oído y, cosas de la génetica, consigue a la vez restringirlo a lo que verdaderamente le interesa. En años buenos, el aficionado atlético está más musical que nunca pero no canturrea el negro no puede ni vaya, vaya, aquí-nohay-playa, nada de eso, nada de eso, faltaría más, oiga.

Como ya pasara en tantas otras ocasiones, en los últimos días es fácil reconocer a la gente del Atleti por calles, plazas y avenidas, ya sea en Madrid o en cualquier otro lugar del universo conocido porque, sin poder evitarlo y sin querer tampoco parar, canturrea canciones de grada que salen de lo más profundo de su subconsciente. Anda el atlético por la calle y, sin querer, canta para sus adentros lolo lorolo lorolo, lolo lorolo lo lóóó a compás de su propio paso, sin darse cuenta. Y sin darse cuenta va elevando la voz y cuando llega al final de la estrofa dice A-lé-ti un poco más alto y vuelve a empezar, más despacito y solemne, como en la grada. Tras cinco minutos de marcha canta ya a voz en grito sin poder evitarlo y se sorprende cuando se cruza con alguien y le dice "Forza Atleti". "¿Cómo lo habrá sabido? ¿Me conocerá del barrio?", piensa el aficionado colchonero mientras sigue con su ritmillo. Curiosamente el que canta ahora es el que se ha cruzado con el primero, que lleva su canturreo gemelo por las calles de su barrio, marcando alegre el paso al ritmo de la canción hasta llegar a su casa, darle un beso a su mujer y decirle hay que ver lo guapa que estás hoy, chata.

Lo mismo ocurre por toda la ciudad, lo que produce escenas difíciles de entender para aquellos que no han sido picados por este bicho tan nuestro. Corta chuletas el carnicero del mercado y, mientras lo hace, dice jamáas, jamáaaaas, te-dejaráes-tahinchaaadaaa, y las señoras le miran con cara a mitad de camino entre el asombro y la lastimilla. Volveremosvolvereeeemos, dice el conductor de autobús para desconcierto de los viajeros mientras, justo en el mismo momento, un prestigioso neurocirujano que se dispone a iniciar una operación dificilísima dice volveremos otra veeeez tras su mascarilla aséptica. En otro lugar de la ciudad, una familia, presta a comprarse su piso, asiste atónita a la entrada del notario en la sala, marcando el paso y susurrando, entre dientes, soy uno del frente, un descontroladooooo. Lo-lo-lo-lorolo, lo-lo-lo-lolo lo-lo-lo-lorolo, canta el Concejal de Hacienda de un pueblo de la sierra en pleno Pleno, qué pleonasmo, mientras el jefe de la oposición se ablanda en sus posturas y susurra té-quié-roAtleeeeti, lorolololó, tequie-roAtleéeeti, se encoje de hombros y da el debate por perdido mientras, justo a la vez, un cura pasa un mal rato ya que acaba de olvidar qué hay que decir mientras echa agua sobre la cabeza de un bebé vociferante y lo único que le viene a la cabeza es decir réydelafu-riaespañolaaa.

Medio Madrid, buena parte de España y cada vez más gente en el extranjero lleva dos meses cantando y no sabían bien por qué. Qué suerte tenemos.
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