Ante tantas cosas buenas juntas y tantos días felices seguidos, no es fácil ordenar la memoria.
Llegó la afición al campo horas antes del partido y lo hizo vestida de rojiblanco y en pantalón corto, como correspondía al calor húmedo y pegajoso de la zona, tan distinto del calor seco de Madrid pero igualmente insoportable, que ahora que lo pienso no sé si era ese. Como siempre, qué otra cosa cabe hacer, la afición achicharrada se dirigió a los bares, inicio y fin de todos nuestros viajes, deseos y días. La afición, bullanguera y sonriente, no pegaba con el ambiente de la zona, un barrio entre ostentoso, estirado y directamente aburrido, y constató que ese no era su sitio en cuanto comprobó que en los alrededores del estadio no se podía adquirir alcohol, que es la expresión que usa la autoridad cuando no quiere que se venda cerveza. La afición, asfixiada entre el calor y los precios, sólo quería una cervecita para recuperar fluidos vitales y bajar la temperatura corporal pero los taberneros de la zona, posiblemente intimidados por los policías vestidos de samurai de opereta que ocupaban las esquinas, se negaban a vender nada que no fuera agua y refrescos dulzones, vergüenza para el gremio de hinchas panzones a los que pertenece buena parte de la afición colchonera. Así que ésta, que de fútbol sabe algo pero de bares ni les cuento, decidió ir a la montaña ya que la montaña no iba a ella y se lanzó en busca de bares decentes más allá de la mítica curva que lleva de Paseo Imperial a Pirámides, a menos que fuera la curva de la Rascasse o curva del Rascacio, que también puede ser, ahora no estoy seguro; lo que sí era indiscutible es que la afición se hacía fotos y daba vivas a los millonarios locales que tomaban el giro en segunda, haciendo chirriar los neumáticos de sus Renault 11, o quizás fueran Ferraris y Maseratis, ya no lo tengo claro, oiga.
El caso es que la afición acalorada encontró finalmente algún sitio en el que apagar su sed con fríos y nobles tercios de Mahou, o quizás fuera con infames vasitos de ruin Kronnenburg casi tibia, ahora no lo sé a ciencia cierta, pero el caso es que con mayor o menor fortuna se logró recuperar al menos parte de las sales esenciales antes de entrar al campo. La entrada al campo resultó estar al final de un laberinto de indicaciones sobre a qué zona deberían ir los del Atleti y los del Sporting, o quizás fueran los del Inter, ya dudo, que desembocaban en un camino franqueado por vallas metálicas por las que transitaban los hinchas como ganado estabulado camino del matadero. Al final de la avenida de vallas un señor cortaba una tirita de la entrada y más adelante otra que luego devolvería si el hincha quería salir de su asiento para ir al baño mugriento, que en esto sí que son casi iguales todos los estadios. Esto fue así o quizás no, quizás la hinchada entró por la puerta de siempre, mirando mucho el carnet nuevo, tan rojo y tan feúcho, metiendo el código de barras en el lector del torno y avanzando hacia su asiento por esos pasillos de hormigón tan familiares y tan desnudos y tan fríos y, curiosamente, tan bonitos y tan queridos, tan familiares, pasillos por los que cada aficionado habrá pasado cientos, miles de veces antes de que los eche abajo un bulldozer el día en el que no queremos pensar, ese día que, algunos, confiamos en que en realidad nunca llegue.
Subió la afición a sector de grada correspondiente y le llamó la atención la cantidad de escaleras que había que subir para sentarse en un campo tan chico pero, sobre todo, le llamó la atención que el estadio de un sitio tan chic tuviera las paredes de gotelé y no de perlita, como correspondería a la alcurnia del lugar. También le había llamado la atención que el estadio se llamase Luis II y agradeció el gesto local de dedicar el campo al futuro sucesor de Don Luis Aragonés, mientras reflexionaba sobre el curioso hecho de que su propio estadio se llame Vicente, como su vecino, y que a nadie le parezca raro. Esto fue así o quizás se sentara la afición en su asiento de siempre, saludando a la parroquia y diciendo hay que ver qué moreno, oiga, qué bien vivimos, ¿eh?; puede, sí, pero también es posible que la afición ocupara un asiento en el que nunca antes había estado y mirase el estadio, pequeño, poca cosa, con infame pista de atletismo, chico por dentro y con aspecto de bloque de pisos por fuera, ya no sabría decirles con certeza, la verdad. Se sentó pues el aficionado y vio desfilar delante de él policías acorazados, señores de traje y bomberos vestidos de amianto con grandes guantes y un casco plateado que inspiraban muchísima pena cuando uno caía en que hacía treinta y pico grados y una humedad tropical o quizás un calor seco y madrileño que, en cualquier caso, no invitaba a vestirse de astronauta.
El caso es que se sentó el aficionado y no sabe uno a estas alturas si lo que vio fue la presentación de un trofeo entre grandes muestras de entusiasmo o bien una coreografía de abanderados con los colores del Inter y el Atleti, no lo tiene uno claro ya, no lo tiene claro. Uno recuerda un speaker, infame invento del fútbol moderno que únicamente vale para que las aficiones mojigatas sepan qué decir en cada momento, cantando la mitad del nombre de cada jugador para que el fondo respondiera la otra mitad mientras un niño corría y se ponía en la teórica demarcación del mencionado con bastante poco acierto: así, uno recuerda al speaker llamando a Assunção y ver salir un niño de melena rubia; uno recuerda al speaker llamando a Ujfalusi y ver salir un niño con cara de adorable querubín con buenas notas; uno recuerda al speaker llamando a Reyes y ver salir un niño con cara de inteligente. Después de esto, y lamentándose por el futuro profesional del director de casting del evento, uno esperaba oír al speaker llamando a Quique Sánchez Flores y ver salir un niño escuálido y muy moreno con trajecito y bufanda, o llamando a García Pitarch y ver salir un niño con gafas, pantalón pitillo y un gran maletín que se abriría a mitad de la carrera dejando caer gran cantidad de billetes del monopoly; uno esperaba oír al speaker llamando a un directivo y ver salir a la guarda de finanzas con una orden de busca y captura cacheando a todo el mundo. Pero no fue así, o sí, ya no recuerdo bien, la verdad, a estas altura el recuerdo es confuso. De hecho, quizás no fue eso lo que viera el aficionado, sino que fuera un pasillo de jugadores del Sporting recibiendo a un Atleti que, Copa en ristre, se dirigía al centro del Calderón a ofrecer el trofeo a la afición entre grandes ovaciones, también de los aficionados del Sporting que ocupaban parte del fondo norte. Es bien sabido que para estas cosas de la amabilidad y la nobleza uno siempre puede contar con los asturianos, ya sea en su casa, en el Calderón o en Costa de Marfil, y es por eso que somos cada día más aquellos a los que nos gustaría hacer pronto al Sporting un pasillo de honor mientras presentan su propia Copa, a ver si hay suerte.
Empezó el partido, de eso está uno seguro, y uno cree recordar a a De Gea, Ujfalusi, Perea, Godín y Domínguez en defensa, el último de lateral izquierdo. Recuerda también levantar mucho las cejas al ver que no estaba Filipe Luis y sí el bueno de Álvaro, condenado a un puesto en el que no lo había hecho bien con anterioridad. Eso, o bien ver a De Gea, Ujfalusi, Perea, Godín y Antonio López con peinado militar, que también podría ser, también podría ser, oiga. El caso es que uno, entre nebulosas, recuerda un partidazo de Domínguez cuando uno hubiera esperado un Maicon subiendo la banda a voluntad. También recuerda alguna pifia de Perea, como es costumbre, seguida de una actuación más que notable con un par de cruces sobresalientes. Recuerda algún fallo inicial de Godín seguido de la sensación de querer ya los galones, sin dudar a pesar de los fallos, mostrando cierta soltura y un atisbo de tendencia suicida al subir el balón. Recuerda a De Gea parando un penalty, parando con el pie, blocando con la mano, saliendo a lo loco al centro del campo para inmediatamente recomponer la situación, desmoralizando delanteros al parar como quien cose balones complicados y dejando, siempre, la sensación de que hay portero para años, quiera el Altísimo que siempre en éste su club.
También recuerda uno un doble pivote del que le gusta acordarse, Assunção y Raúl García. Recuerda al primero omnipresente, enorme, siempre en su sitio, siempre llegando donde otros no llegan, amargando la vida a Sneijder y Zanetti, a Eguren y Rivera; y recuerda al otro ocupando con autoridad su parcela, recuperando balones y levantando la cabeza, peleando y jugando al fútbol, reclamando el cariño y el respeto que la grada a veces le niega, dando quizás el paso al frente que de él esperamos y metiendo balones en profundidad como el que Simão convirtió en pase perfecto para el Kun en el segundo gol. Recuerda a Raúl con molestias, retirándose al banquillo para que saliera Mario Suárez, medio centro con planta y peinado de Domínguez que jugó mejor que en la pretemporada.
Uno recuerda - o quizás no - a Jurado en la media titular, eso no lo tiene claro. Sí, sí, ahora que lo dice también recuerda a Jurado jugando el último partido en el Calderón antes de irse a Alemania, jugando, hay que joderse, su mejor partido tras ciento y pico veces con la camiseta del Atleti y metiendo un buen gol de tiro seco. Jurado se va a Alemania por un dineral sin que haya tiempo para buscarle un sustituto, las clásicas cosas de la directiva, aunque no es Jurado un jugador que requiera, por su rendimiento, demasiado recambio. Es cierto que al haberse ido el indefinible Salvio no sobran jugadores que puedan dar juego por las bandas y dar respiro a Simão y Reyes, pero no es menos cierto que con Fran Mérida y Tiago y Mario Suárez debería haber más alternativas para el juego de la media del equipo. El caso es que se va Jurado por una millonada y no sabemos qué han visto en Alemania para pagar tal fortuna. Quizás, piensa ahora el aficionado menos convencido, Jurado sea un auténtico fenómeno de quien el equipo no debería deshacerse a pesar de haberle visto más partidos que a Dirceu y comprobar, partido tras partido, que no sólo no despega sino que nunca se le vio interesado en coger carrerilla para tomar el impulso necesario. No sabemos de qué jugará Jurado en Alemania, si lo hará por banda o si lo hará de organizador, si el equipo se ordenará en torno a su figura, como reclamaban algunos teóricos partidarios de darle galones, o si tendrá que buscarse un hueco por lucha y calidad, el hueco que aquí no se hizo a pesar de jugar en plantillas justitas. De Jurado sólo sabemos que se cantan sus virtudes cuando juega en su teórico puesto ideal, la famosa "posición natural" de Jurado, desde ahora la naturlich position que se estudiará en Universidades e Institutos, la posición en la que ha jugado bastantes veces y ni fú ni fá. Tras su paso por el Atleti sólo hemos podido comprobar que Jurado debe tener dos posiciones, natural y en almíbar, y que únicamente ha jugado en la segunda cuando ha llevado la camiseta y el número que, antes que él, defendieron leyendas colchoneras de esas de levantarse al pronunciar su nombre. Vaya pues en paz Jurado, que le vaya bien, y que repase sus emotivas declaraciones al partir, que eso de que "en parte me da pena marcharme" no vienen a refrendar la inteligencia que sus fans le suponen en el campo.
En ataque uno recuerda a Simão, poco participativo hasta el pase magnífico del segundo gol o recién salido del banquillo y metiendo un golazo por la espalda. También a Forlán, peleón y algo acelerado buscando el tercer gol en una final que le diera el Balón de Oro, frustrado y enfadado camino del banquillo al ser sustituido; también le recuerda, qué cosas, metiendo dos goles sencillos, uno tras un jugadón de Agüero y otro tras un pase excelente de Ujfalusi, rejuvenecido por la banda y cada vez con más carisma de líder. Recuerda a Fran Mérida, un chico al que uno desea lo mejor, pero no le recuerda en el Calderón sino en Mónaco. Recuerda uno a Reyes, más trabajador que antes, autor en Mónaco del gol que abrió y cerró el partido a falta de la guinda aunque lejos del super jugador que pintó la prensa y lejos también del galardón de mejor jugador del partido que le dio la UEFA, y recuerda a un Reyes participativo y peleón contra el Sporting, más motivado que antes, más cerca de lo que debería ser siempre. Recuerda al Kun en Mónaco entonado al principio y, más tarde, algo espeso, cansado e individualista en alguna acción que podría haber culminado Forlán, contento tras marcar el segundo y orgulloso con su orondo hijo en brazos. Pero también recuerda al Kun de los días grandes del Calderón, peleón, regateador, algo chupón pero enorme al enfrentarse a los esperanzadores Botía y Canella y a todo aquél que quisiera medirse a su cada vez más potente forma física.
Recuerda uno todo esto y, entre imágenes de bufandas y camisetas y gente sonriendo, no tiene claro dónde estaba cada cosa. Recuerda a la afición del Inter, formada casi exclusivamente por tipos entre veinte y cincuenta años, y, frente a ellos, recuerda mares de niños y señoras y familias enteras de rojo y blanco en el fondo del Atleti, una afición alegre volcada en apoyar a los jugadores y en conseguir que la descendencia se comiera el yogur. Recuerda una grada llena de camisetas con nombres de jugadores de hoy y de siempre, camisetas de un grande que hoy juega en Inglaterra, camisetas de la selección española, de la selección uruguaya y hasta del Cádiz. Coches llenos de bufandas por las carreteras de la Costa Azul, camisetas rojiblancas, azules, negras y rojas por las zonas más turísticas de Francia, grupos de atléticos en las terrazas de pueblos franceses, una BMW de gran cilindrada con un enorme escudo del Atleti en el carenado y una bandera uruguaya al viento. Carísimas terrazas monegascas llenas de aficionados haciéndose fotos con el Cholo Simeone y bebiendo jarras de cerveza a precio de Moet Chandon, desafiando a la crisis y a Ernesto de Hannover antes de volverse a Marsella, ni más ni menos, a seguir dando vivas a Domínguez. Seguidores sportinguistas perdidos por las inmediaciones de la Puerta de Toledo y aficionados del Atleti guiándoles hasta el estadio, los pasillos del Calderón llenos de gente cantando a la salida, tras el partido, como en los días grandes; los bares repletos de aficionados sonrientes bebiendo cerveza y dándose abrazos, las palmadas en los hombros de los sportinguistas que comparten barra, la sonrisa de bobo al llegar a casa. Recuerda uno ayer mismo un padre con mochila del Atleti apremiando a sus hijos para salir rápido del avión y así llegar a tiempo a Neptuno y una columna en la parada de taxis de la T-4 en la que aún sigue, pegada con celo, la portada del As del sábado pasado en la que se puede leer "Supercampeones". Y los montones de niños, adultos, recién nacidos y hasta una novia con bufanda rojiblanca en los alrededores del Palace ayer mismo.
Uno no tiene claro cuándo ha pasado todo esto, pero sí tiene una cosa clara: que el viento ha cambiado, que las cosas, al menos temporalmente, han vuelto donde debían y que, por ahora, lo primordial es disfrutar del momento y seguir apretando para que dure. Y que dure mucho, que dure.
