El Atleti volvió a perder un derbi y, visto lo visto, ya casi es lo de menos.
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Acabó el partido y la gente se levantó, se estiró el abrigo, se subió la cremallera y se fue por la escalera, hacia el vomitorio. Pues yo no sé tú, pero yo comía algo, sí sí, además no hace frío, lo mismo está abierto el bar aquél del bulevar. Ni bronca ni disgusto, ni pena ni rabia. Ni miradas al vacío ni suspiros de desesperación ni cara de póker ni nada de nada. El Atleti acababa de perder su enésimo derbi, con i latina, y a la gente le daba igual. Ya da casi igual.
Uno siempre cree un ratito antes del partido que hoy sí. Hoy sí, oiga, hoy sí, hoy yo tengo buenas vibraciones, yo creo que ganamos, no sé por qué pero tengo esa sensación. Como Quique, últimamente el Calderón está lleno de sensaciones y yo he percibido una, y esa sensación que he sentido, como alcalde vuestro que soy, es que ganamos. El Atleti puede ganar, por qué no, si pensáramos que el Atleti iba a perder seguro ni íbamos. Hasta empatar podría tener su aquél, si el rival perdía dos puntos que luego le complicaran pelear por la liga, tenía un cierto valor un empate, más por los dos puntos privados al rival que por el punto obtenido. Pero ná, hoy tampoco, hoy no, lo de siempre, ya da casi igual, ¿crees tú que estará abierto el bar ese de la avenida, el de la terraza, el de la cerveza negra? Pues lo mismo, oye, lo mismo, vamos a ver qué si está abierto, invito yo a la primera y a la tercera, tú te ocupas de segunda y cuarta.
Hace tiempo que el rival del Atleti no es su rival de siempre, hace tiempo que el Atleti no es el Atleti. Antes el Atleti era el Atleti, un equipo que podía ir bien, mal o regular (aunque casi siempre fuera bien) pero peleaba contra su rival histórico como si en juego estuviera el torneo, el honor, las burlas de la semana, el sueldo, el piso, el reloj de oro y la honra de la familia. Hace tiempo, sin embargo, que el rival del Atleti no es el otro equipo grande de la capital, ni el Barcelona, ni los equipos con los que últimamente se equipara al Atleti al principio de cada temporada. El rival directo del Atleti es desde hace años el propio Atleti, el equipo que ha perdido el norte y el alma a fuerza de no tener a nadie que se lo recuerde, la afición que no sabe si protestar o animar mientras asiste al saqueo de las propiedades del enfermo, la masa social que se debate entre aferrarse al pasado o resignarse al presente, entre reclamar lo que legítimamente es suyo o irse un poco antes para desaparcar rápido. En medio de este maremagnum y esta confusión general, el derbi es casi una anécdota más en el larguísimo catálogo de afrentas de los últimos años. Humillante pero ya no tanto, molesta más que dolorosa, lamentablemente asumida como ya tradicional y perpetuada. Un asco, oiga, un asco.
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El mismo día del derbi uno había visto a Irlanda, sin opciones en el 6 Naciones, haciendo un primer tiempo memorable contra su archienemigo y virtual campeón, Inglaterra. Irlanda salió con fe y confianza en si misma, dispuesta a morder a todo inglés que osara acercarse a su campo con la única finalidad de honrar la camiseta y dar una alegría a los suyos. Irlanda no podía ganar ningún título pero jugó como si lo mereciera; jugó para dejar claro a los ingleses que a Dublín se va a sufrir aunque se haya ganado el torneo, para confirmar que cuando se trata de rivalidades centenarias las clasificaciones son lo de menos, para que los suyos pudieran gritar fuerte a los rivales habéis ganado, sí, pero con nosotros no habéis podido. Irlanda ganó el partido pero Inglaterra ganó el torneo. La reacción inglesa tras la victoria tuvo el aroma a dignidad de las historias de regimientos de casacas rojas: habían ganado el torneo salvo sorpresón en París, pero no festejaban nada. Habían ganado, sí, pero habían caído en casa de uno de los rivales históricos y sabían que habían fallado a los suyos. Nunca un campeón tuvo esa cara tan triste, esa pinta de casi pedir perdón por ganar el torneo sin merecerlo al 100%, nunca quedó tan claro que una rivalidad íntima está muchas veces por encima de logros mayores.
Unos días antes del derbi, Quique Sánchez Flores, entrenador del centenario Club Atlético de Madrid, dijo que el equipo no tenía miedo ante el derbi. Lo normal, lo mínimo, la declaración exigible antes de un partido así. El problema vino en la frase de después: no tenemos miedo al partido porque no tenemos nada que perder. Nada que perder, dijo. El entrenador del Atleti no tenía miedo al derbi por no tener nada que perder. El entrenador que dice que la afición es cojonuda, que él se va a meter en el barro a sacar esto del pozo, que va a ponerse en los zapatos del socio para así transmitir con frases de ánimo la rabia necesaria a los jugadores, decía que el Atleti no tenía nada que perder. Es curioso que el entrenador piense lo contrario que los veteranos, los canteranos y los aficionados de a pie. Es sorprendente que alguien que lleva ya una temporadita en el club y que jugó en el odioso vecino no sepa lo que hay en juego, o quizás sea por esto último por lo que no entiende nada.
Es sorprendente que Irlanda, que no tenía nada que perder por tener dos victorias en el torneo, o que Inglaterra, con cuatro victorias, no jugaran ni reaccionaran al final del partido como si no tuvieran nada que perder, cuando era exactamente eso lo que decía la clasificación. Es sorprendente que el entrenador de un equipo que anda octavo en la liga teniendo el tercer presupuesto, que necesita los puntos como el agua contra cualquier equipo y que se enfrenta a su enemigo más odiado, diga que no tiene nada que perder cuando, aún yendo el Atleti líder a treinta puntos del segundo, la afición vive el derbi y el post derbi como si estuviera en juego mucho más una victoria. Quizás eso explique la actitud general de los jugadores, quizás sea lo que provoca la lastimosa imagen del equipo, quizás por frases como ésta la afición del Atleti, club nueve veces campeón de liga, tenga envidia ni más ni menos que del Osasuna.
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Es conocida por los pobres parroquianos de este blog la aversión que el que suscribe tiene al derbi. Al que suscribe, que es un señor gruñón y con gafas, que pasa frío y luego le duele la espalda, que toma té y caldo cuando el resto pide combinados y bebidas de vaso largo, el derbi en casa no le gusta. Antes era por los nervios, por el mal ambiente, por las carreras y la sensación de que en cualquier momento le caía a uno un bote de cerveza desde la acera de enfrente y le dejaba para el tinte su mejor chaqueta de tweed. Ahora, sin embargo, ya no son estos los únicos motivos que llevan al que suscribe a pensarse dos y hasta tres veces el ir al campo, aunque luego nunca consiga quedarse en casa.
Y es que en los últimos derbis el ambiente es diferente. Los alrededores están demasiado llenos de gente dando voces y chocando con los que circulan en dirección contraria, y para colmo de complicaciones la policía antidisturbios, vestida de Power Ranger, mira desafiante a la parroquia marcando musculitos, porra y casco. El ambiente en el estadio es crispado, es odioso y es tenso, pero no es por lo mismo de antes, ya no tiene el halo de animación a los propios y presión al rival de hace unos años. En día de derbi la grada está llenísima, más llena que en los plácidos partidos contra la clase media y baja de la liga, durante los que se forja el carácter de cada sector y tribuna. En partidos como el derbi llega mucho espectador nuevo que se comporta de forma distinta al resto de abonados de la zona, lo que crea una sensación (palabra patrocinada por QSF, SL) muchas veces desagradable. Los recién llegados se sientan en el asiento de uno, obligan a los clásicos del lugar a tirar de abono para demostrar que ese es su sitio, no se apartan cuando al medio tiempo baja la afición al excusado, vocean a destiempo. Insultan a jugadores que el socio que va a todos los partidos respeta, llaman hioputa al árbitro, llaman hioputa al rival, llaman hioputa a un fotógrafo, llaman hioputa al inventor de la salsa rosa, si bien en este último caso llevan razón.
En día de derbi, y más si es tarde como ayer, llega gran parte del público alicorado, lo que le hace ser molestísimo - por eufórico - al principio del partido y molestísimo - por maleducado y radical - cuando las cosas se tuercen. Como buen español, el recién llegado alicorado piensa que sus ideas son las buenas y si un señor con bigotito que lleva de socio desde el debut de Ben Barek le pide que se agache cuando el balón está en juego, se gira y le llama hioputa, llama también hioputa a los que defienden al señor con bigotito y cuando finalmente acceden a sentarse por pura presión popular, lo hacen de mala gana, mascullando anuncios de venganza e insultos que deberá somatizar. El malestar que la ingesta de bilis le produce lo paga el primero que hace algo en el campo: si es un jugador propio, por malo; si es un rival, por hioputa; si es el árbitro, por hioputa también.
Si el equipo va perdiendo, la grada, alicorada, frustrada y cabreada como una mona, pierde el oremus y reclama todo como si fuera un escándalo arbitral, a la manera de Mestalla. Si el árbitro pita un fuera de banda dudoso en contra, se monta un escándalo; si un jugador rival se retira andando en vez de corriendo, se levanta el personal con los brazos abiertos y pide la detención inmediata del cuarto árbitro; si queda un rival lesionado, se pide a voces que salga un puntillero y acabe con el caído para que no sufra y que sea arrastrado por mulillas rojiblancas. Cuando el equipo no tiene argumentos, la grada deja de animar y se dedica a hacer rimas sencillas para burlarse del peinado del rival, de la expresión de su cara, del color de su Lamborghini, y no siempre es ingenioso el resultado. La gente en día de derbi se vuelve loca y por ellos algunos, como el que suscribe, prefiere los intrascendentes partidos contra los últimos clasificados, a las seis de la tarde, sin nuevos en las gradas prestos a sentarse donde no deben, sin gritos fuera de tiempo, con respeto a los señores con bigotito, con tiempo para un pacharancito con el café pero sin tiempo para cinco litros de alcohol de 96.
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Los medios, los aficionados más positivos y los cronistas que ven que si esto pierde interés se venderán menos periódicos en un futuro próximo hablan el día después de un derbi perdido a pesar del buen partido de Agüero y gracias al partidazo del portero rival, de un Atleti que no jugó mal y que pudo ganar, de un árbitro que influyó negativamente en el devenir del encuentro y de un partido algo más igualado que otras veces. Puede ser, oiga, puede ser, pero curiosamente, y como ocurre tantas veces, lo que uno vio en el campo no tiene mucho que ver con eso.
Que Agüero estuvo - y está - por encima del resto del equipo es algo claro y meridiano, indiscutible. Ayer tuvo (y se fabricó) varias ocasiones claras, una muy clara y marcó un gol. Jugó un buen partido y mostró coraje, algo que la mayoría de compañeros desconocen. Porque si uno fuera el responsable de buscar un titular que definiera el partido de ayer, haría referencia a la falta de coraje general. Falta de coraje para emplearse con el rival, falta de coraje para responder a cada falta con una entrada cuerpo a cuerpo. Falta de coraje para reclamar al árbitro un trato justo a la hora de pitar faltas, para defender a los compañeros que recibían faltas o que se encaraban con rivales, para arriesgar e intentar hacer algo que no fuera el pase sencillo que no inquietara al rival. Falta de coraje para insistir en la fórmula que hizo encerrarse al rival durante un rato del primer tiempo, justo antes del gol; falta de coraje para creerse capaz de remontar un gol en contra y dar una alegría a la afición.
El Atleti salió con la defensa que uno habría puesto y ha reclamado en más de una ocasión, y demostró que el problema defensivo del equipo es más profundo de lo esperado. De los cuatro teóricos titulares, uno fracasó, dos lo hicieron mal y sólo Domínguez mantuvo el tipo. El fracasado, Filipe Luis Filipe: flojo, desconectado, timorato y miedoso para subir y para defender, demostró una blandura excesiva para jugar ciertos partidos y aumentó el volumen del saco de dudas que arrastra desde el inicio de temporada. Lo mismo le ocurrió en la línea siguiente a Mario Suárez, también blandito, frío, tímido, sin ganas de morder, partidario de entregar las llaves de la ciudad desde el pitido inicial. Mención aparte merecen Elías, perdido todo el partido, clarísimamente superado por la mejor noticia de la noche, Koke (que aportó más en sus primeros cinco minutos que Elías en todo el primer tiempo); y Forlán, de nuevo desconectado, ausente y hasta pusilánime tras varios partidos buenos. Forlán, ojito derecho del que suscribe, es un jugador extraordinario con muchas virtudes entre las que no cuentan las necesarias para ser capitán del Atleti, y menos en un derbi. En ningún momento presionó al árbitro cuando éste claramente pitaba con distinto rasero, permitió que los rivales - en especial uno de Tolosa – dieran indicaciones claras de cómo había que interpretar cada jugada y anduvo siempre desconectado de sus responsabilidades como capitán. La falta de solidaridad y la desconexión del partido, todo sea dicho, fue tónica general entre los jugadores del Atleti, como se demostró en el episodio en el que se encaró Agüero con un rival con aparato dental: ni un solo compañero acudió a ayudar, ni un solo compañero estaba a menos de veinte metros, ni un solo compañero apretó el paso para terciar. Significativo.
El Atleti encajó un gol tempranito, como es ya tradicional, y no reaccionó mal. Se fue arriba sin mucho orden gracias al empuje del Kun y dejó claro que no era imposible meter mano donde más falta hacía. Paró mucho y bien el portero rival y, cuando más peligro llevaba el Atleti, recibió el segundo gol. Un segundo gol de traca, todo sea dicho, conseguido de disparo lejano y no muy duro tras una jugada en la que la defensa del Atleti se quedó parada ante una protesta rival, como hacen los equipos de cadetes cuando juegan contra los del primer equipo. Quizás pudo hacer más De Gea en el tiro, pero lo que es claro es que pudo hacer más toda la defensa y los medio centros, empanados en tareas defensivas toda la noche.
Del rival, como es costumbre, diremos poco. Hablaremos bien de un alemán de ojos saltones, veloz y con criterio, más jugador (y, sobre todo, más discreto) que muchas de las supuestas estrellas que le acompañan en la alineación titular y llamado posiblemente a poner en apuros a la selección española en eurocopas y mundiales. Hablaremos también de un centrocampista de clase y mando empeñado desde que llegó al otro equipo grande de la capital en convertirse en un tipo odioso, árbitro aficionado y heredero directo de otro simpatiquísimo futbolista malagueño que también gozaba del beneplácito del colectivo arbitral, siempre presto a hacer lo que reclamaba; quizás amparado en una patada salvaje que le pegó un holandés en la final del mundial, el colegiado postizo pega, agarra y tumba rivales sin que nadie le diga nada, y además obtiene amarillas cuando él quiere y no cuando el reglamento lo indica. Entre ambos, con la ayuda de un jugador que hizo nueve faltas (cuatro en los primeros minutos) hasta que le sacaron la tarjeta amarilla, pudieron con el tibio centro del campo del Atleti sin demasiados problemas. Esta superioridad podría haber acabado en tragedia de no militar en el equipo rival un jugador portugués de ceja y humildad depiladas, empecinado en tirar a portería (más bien en dirección hacia la portería, sin mucha precisión) todos los balones que le llegan. La presencia de este jugador matrícula de Ciudad Real ayudó a que el Atleti pudiera armar contraataques y viviera cómodo por su banda. El público, injusto, la tomó con él al ser sustituido, sin agradecer su contribución a la causa ni su afán por despejar balones hacia las gradas. El jugador sólo se encontró cómodo en el campo al ser cambiado y abucheado por buena parte del público. Disfrutar cuando se es el centro de atención es lo normal en esta gente que confunden el juego de ataque con el taconazo inútil, la distinción con el gimnasio y el señorío con el ademán de encargado de coches de choque, ese personaje que se creía el centro del mundo mientras aparcaba, conduciendo de pie, bólidos de colorines para que los niños de los pueblos pasaran el rato. En un mundo perfecto la afición habría despedido al jugador en cuestión como se merece: con la indiferencia sin desdén que más molesta a los que sólo buscan protagonismo, sea haciendo regates cómicos o pintándose las uñas de los pies. No pudo ser, a ver si a la próxima.
El Atleti perdió su enésimo derbi y, lo que es peor, volvió a dejar claro que del Atleti queda poco. El Atleti era antes un equipo de tipos duros y honestos, tipos que encaran las cuestas arriba con sonrisa y determinación, tipos que se crecen en banderillas. Tipos de los que sonríen y vuelven a abrir la boca tras tragar una cucharada de medicina repugnante, tipos de los que pasan sus últimos días en el hospital diciendo piropos a las enfermeras y exigiendo que no haya ramos de flores blancas si no hay igual número de flores rojas, tipos de los buenos, de los nuestros. El Atleti de ayer fue una caricatura, un equipo sin carácter ni ganas de adquirirlo, un equipo resignado muy lejos de la altura de sus mayores. Un equipo al que le queda grande un derbi, con un entrenador que considera que el equipo no se juega nada en un derbi, con una directiva que compara el derbi con una ópera sobre la base del elaborado argumento de que en las óperas muere alguien. Un equipo que juega contra él mismo, contra su falta de identidad, contra su desorientación y su desidia. El derby perdido de todos los años, lamentablemente, se queda en nada comparado con este derby interno. No nos queda ná.
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domingo, 20 de marzo de 2011
jueves, 2 de diciembre de 2010
Crónica del Atleti - Aris, por Little Nemo.
Little Nemo, sí, el de Winsor McCay
Salió el aficionado colchonero del estadio y lo hizo con tal cara de cabreo que la policía montada le hizo un pasillo, guardando silencio y mirándose entre ellos con cara de mejor no decir nada, que se éste se come una yegua. El Atleti acababa de hacer el ridículo en casa contra un equipete griego, el equipo estaba prácticamente eliminado de la competición que él mismo había ganado hace unos pocos meses y hacía más frío del aguantable. No estaba el horno para bollos, no apetecía hablar del tema, mejor irse a casa del tirón. ¿Se toma Vd una caña, oiga? No, no, gracias, me voy para casa. Tómese una, oiga, no se vaya así. ¿Para qué? ¿Para hablar de lo mal que hacemos las cosas a veces? ¿Para hablar del partidito de De Gea, de la asombrosa actitud de un equipo que piensa que ya ha ganado cuando aún no ha jugado? ¿Para tirarnos de los pelos pensando cómo nos puede remontar un equipo de mediocre al que se va ganando sin mucho esfuerzo a los quince minutos? Quite, quite, tómese Vd una a mi salud que yo me voy a casa a tomar sopa de letras y meterme en la cama. Pues no le falta a Vd razón, la verdad, este equipo le quita a uno las ganas de todo, casi me voy yo también, ahora que lo pienso.
Se fue pues el aficionado atlético a casa con esa cara de entre cabreo, desesperación y vacío que le deja a uno el Atleti con demasiada frecuencia y, en cuanto llegó, se hizo una sopa. De sobre, una sopa de sobre, claro. De letras. Se sirvió un plato hondo de sopa y un vasito de vino. Como todo ciudadano de bien que come sopa de letras, el aficionado atlético miraba si las letritas de pasta formaban aleatoriamente alguna palabra. "Luccin" leyó el aficionado atlético entre trocitos de zanahoria y peregil. No jodas ... Se retiró un poco, se limpió las gafas y se las ajustó. Volvió a mirar. "Luccin", ahí estaba de nuevo. Hay que joderse con las casualidades soperas, pensó para sus adentros. Luccin ni más ni menos, ya es casualidad, vaya puntería. Se acabó la sopa tomándose primero el caldo y dejando la pasta para el final, como Dios manda. Dejó el plato en el fregadero, se fue al dormitorio y se puso un pijama. Un pijama azul clarito con ribetitos oscuros por cuello y puños, un pijama estupendo que le había regalado su señora, dormida desde hace rato. Un pijama magnífico, un pijama reglamentario. El aficionado atlético desconfía de los que no duermen con pijama y de hecho echó una vez de su casa a su hijo menor por dormir con camiseta de publicidad de una marca de teodolitos y, de no intervenir su mujer y prometerle hacer bacalao con tomate tres domingos seguidos, no le vuelve a dejar entrar.
Se metió en la cama y tardó un poco en dormirse. Daba vueltas a lo visto hace un rato. Un estadio medio vacío, mala entrada para un partido que podría ser importante. Normal, pensaba; un partido fácil en día de frío, frente a un equipo ramplón, con televisión en directo. Mucha gente se habrá quedado en casa, es normal también. Pensó en la grada del fondo Norte, medio fondo amarillo y negro. Pero estos griegos ... ¿no estaban en crisis galopante? Hay que ver qué tíos, si han venido tres mil, no deben andar tan achuchados. Pensó también en lo frío del ambiente y en el primer minuto de juego. En la pifia de De Gea, en los rebotes que llegaban siempre a los pies de los rivales, en el gol nada más empezar el partido. Pensó en la cantidad de goles que le meten al Atleti en los primeros minutos, en si es tolerable que esto ocurra, en si habría estadísticas sobre estas cosas. Pensó en quién haría esas estadísticas, en quién se ocupa de contar tantos datos, tantas cositas. Se imaginó una sala llena de ordenadores y señores con gafas, casi todos bajitos menos uno muy alto y de Castellón, todos procesando datos, todos haciendo estadísticas. Pensó en que no sabía bien por qué habría uno de Castellón entre todos esos estadísticos pero le quedó claro que así debía ser, que en algo debe destacar Castellón y probablemente sea por la mente analítica de sus naturales. Pensó en la primera vez que vio al Castellón en el Calderón, en que le llamó la atención el número en rojo de la camiseta blanca y negra, y pensó en los tiempos en los que un equipo como el Castellón o como el Aris, jugando bien o jugando mal en el Calderón, se llevaban dos o tres y no metían ni un gol. Pensó en lo bueno que está el arroz en Castellón, y eso que nunca había estado en Castellón, aunque le consta que hay un bar magnífico y muy bonito llamado Spoonful. Llegado a este punto, como ocurre con frecuencia, el aficionado atlético se preguntó ya casi dormido cómo había llegado a pensar en bares de soul de la cuenca mediterránea e invirtió el proceso y volvió a revivir, más brevemente, el número rojo del dorsal del Castellón, en la habilidad estadística de los naturales de la zona, en la facilidad del Atleti para encajar goles en los primeros minutos y en la cara de pasmado de De Gea tras el primer gol de la noche.
Sin saber ya muy bien si estaba dormido o despierto, el aficionado atlético disfrutaba del calorcito y de la oscuridad hasta que escuchó un ruido y vio una luz. Una luz redonda que le atraía, como cuando en las películas se muere un señor y se ve a sí mismo desde arriba. La luz le llamaba, le invitaba a mirar más de cerca y no sabía bien por qué. Se acercó el aficionado atlético a la luz y, al asomarse, vio una figura familiar. La figura giraba y giraba sobre su eje, poseído.
- ¿Luccin?
- Se pronuncia Lucsán
- Ah, perdone
Delante de él, Luccin giraba y giraba con un balón entre los pies, sin conseguir controlarlo. El aficionado le miraba con la misma cara de sorpresa mechada de irritación con la que le miraba desde la grada.
- No sé para qué gira Vd tanto, si nunca le valió para nada.
- Ya, pero me siempre me pagaron bien por ello. Así me hice millonario. Y si me canso, me saco una muela, me voy a casa una temporada y sigo cobrando. Así funcionan las cosas, c'est la vie.
- Pues nada, nada, siga
Pensó entonces el aficionado atlético en la sopa de letras, en el mensaje con sabor a avecrem enviado por el destino. Mira que es casualidad, debo estar soñando, son estas cosas que pasan, que oyes un nombre un día y sueñas justo con ese nombre esa noche. En esto pensaba cuando notó que el piso cedía, que se hundía, que caía en un agujero, un tobogán que describía parábolas por el que cayó largo rato, preocupadísimo por no manchar el pijama. El tobogán acababa en una gran piscina, llena de gente. Toda la gente era igual, rubia, con pelo lacio y cara extraña. Miró a uno de los clones fijamente.
- ¿El Pato Sosa?
Al unísono, todos los ocupantes de la piscina le miraron. Unos dos mil Patos Sosas se giraron hacia el aficionado atlético, que percibió rápidamente cierta hostilidad, como aquél aficionado al que este ánade tuvo a bien atizar a la salida de un entrenamiento. Saltó de la piscina y emprendió la huída, perseguido por cientos de Patos Sosas que le tiraban tarascadas a los tobillos. Por suerte había balones por la zona por la que huía, y todos los Patos Sosas, sin excepción, los pisaron y cayeron de culo, como en su presentación.
Corrió el aficionado atlético con su elegante pijama dejando atrás un campo lleno de escombro uruguayo y llegó a un prado verde, llano, como un campo de fútbol, en el que había gente aquí y allá. Oyó una voz.
- Hola
- Hola, ¿quién es Vd?
- Soy el portero de la Puerta 26, nos conocemos del torno. Me corresponde enseñarle a Vd la salida. Le tocaba hacerlo a Ibagaza pero, como renovó hace dos días, ya no sabemos dónde está.
- Anda. Oiga, ¿y quién es toda esta gente? ¿Dónde estoy?
- ¿No les reconoce? Mire, ahí al fondo está Musampa echando la siesta bajo un peral, no sé si le ve. A su lado, Novo haciendo tests psicotécnicos. Ese de la coleta que derriba un muro a pelotazos es Eller, y el vozarrón que escucha a lo lejos es el de Abel Resino diciendo bravatas. No me diga que no les suena esta gente.
- Sí, sí, claro.
- El que cata polvorones en esa gran mesa es Maniche; si se fija lleva en el hombro una ardilla, su mascota, fiel consejero para las decisiones difíciles y asesor en materia de gorras de punto. El que simula una lesión más allá es Seitaridis; hace dos días trajo la baja por haberse clavado las llaves del Masseratti en las nalgas, ahora dice que tiene fobia a los espacios abiertos, sobre todo los verdes.
- Pero bueno, y toda esta gente ... ¿no habían despedido a la mayoría? ¿no se habían ido? ¿qué hacen aquí?
- Ah, pero ¿no lo sabe? Aquí siguen todos, no se han ido. No aparecen en público, pero de vez en cuando se manifiestan. Ayer mismo, contra el Aris, salieron todos a jugar. Pensé que lo sabía, que al menos lo había notado.
- ¿Y Quique?
- Está ahí, es el que hace cola en la sala de espera del médico. Está tan demacrado y chiquitito ya que el último virus, en vez de infectarle, le hizo una llave doble Nelson, le fracturó una vértebra y le robó la bufanda.
- Pero ... ¿y los buenos?
- Ah, los buenos, los pobres buenos ... mire ahí al Kun. Sí, es ese de ahí, el que está rodeado de gatos, peinando muñecas y meciéndose al son de una caja de música. Está desquiciado el hombre, no sabe bien qué hace aquí ...
Notó el aficionado atlético una mano en la espalda, un zarandeo.
- Despierta, estás soñando. Nada bueno por cierto
- ¿sí? ¿qué? Perdón, sí, estaba soñando algo raro, una pesadilla.
- Sí, casi delirabas ... ¿qué hizo anoche el Atleti?¿qué tal?
- Mal, mal. Lo de siempre, lo de antes. Lo de hace unos meses, lo de hace unos años. Perdimos igual que contra el Espanyol, jugamos sin ganas como tantas otras veces. Quique no se entera, se ha cargado el equipo que funcionaba en sólo tres meses. Pero vamos, que el equipo en cualquier caso no era tan bueno, cualquiera que lo viera con frecuencia tendría claro que no jugaba a mucho y que lo de las finales del año pasado fue un poco carambola. Y aún así, aún sin entrenador habría que haber ganado a esta gente, era un equipito muy limitado.
- Ya, ya .. vamos, lo mismo que hace uno, dos, tres, cinco años, lo de siempre ... bueno, déjalo. Duérmete mejor, anda.
- Si, mejor será .. . una cosa ...
- ¿Sí?
- No compres más sopa de letras.
Salió el aficionado colchonero del estadio y lo hizo con tal cara de cabreo que la policía montada le hizo un pasillo, guardando silencio y mirándose entre ellos con cara de mejor no decir nada, que se éste se come una yegua. El Atleti acababa de hacer el ridículo en casa contra un equipete griego, el equipo estaba prácticamente eliminado de la competición que él mismo había ganado hace unos pocos meses y hacía más frío del aguantable. No estaba el horno para bollos, no apetecía hablar del tema, mejor irse a casa del tirón. ¿Se toma Vd una caña, oiga? No, no, gracias, me voy para casa. Tómese una, oiga, no se vaya así. ¿Para qué? ¿Para hablar de lo mal que hacemos las cosas a veces? ¿Para hablar del partidito de De Gea, de la asombrosa actitud de un equipo que piensa que ya ha ganado cuando aún no ha jugado? ¿Para tirarnos de los pelos pensando cómo nos puede remontar un equipo de mediocre al que se va ganando sin mucho esfuerzo a los quince minutos? Quite, quite, tómese Vd una a mi salud que yo me voy a casa a tomar sopa de letras y meterme en la cama. Pues no le falta a Vd razón, la verdad, este equipo le quita a uno las ganas de todo, casi me voy yo también, ahora que lo pienso.
Se fue pues el aficionado atlético a casa con esa cara de entre cabreo, desesperación y vacío que le deja a uno el Atleti con demasiada frecuencia y, en cuanto llegó, se hizo una sopa. De sobre, una sopa de sobre, claro. De letras. Se sirvió un plato hondo de sopa y un vasito de vino. Como todo ciudadano de bien que come sopa de letras, el aficionado atlético miraba si las letritas de pasta formaban aleatoriamente alguna palabra. "Luccin" leyó el aficionado atlético entre trocitos de zanahoria y peregil. No jodas ... Se retiró un poco, se limpió las gafas y se las ajustó. Volvió a mirar. "Luccin", ahí estaba de nuevo. Hay que joderse con las casualidades soperas, pensó para sus adentros. Luccin ni más ni menos, ya es casualidad, vaya puntería. Se acabó la sopa tomándose primero el caldo y dejando la pasta para el final, como Dios manda. Dejó el plato en el fregadero, se fue al dormitorio y se puso un pijama. Un pijama azul clarito con ribetitos oscuros por cuello y puños, un pijama estupendo que le había regalado su señora, dormida desde hace rato. Un pijama magnífico, un pijama reglamentario. El aficionado atlético desconfía de los que no duermen con pijama y de hecho echó una vez de su casa a su hijo menor por dormir con camiseta de publicidad de una marca de teodolitos y, de no intervenir su mujer y prometerle hacer bacalao con tomate tres domingos seguidos, no le vuelve a dejar entrar.
Se metió en la cama y tardó un poco en dormirse. Daba vueltas a lo visto hace un rato. Un estadio medio vacío, mala entrada para un partido que podría ser importante. Normal, pensaba; un partido fácil en día de frío, frente a un equipo ramplón, con televisión en directo. Mucha gente se habrá quedado en casa, es normal también. Pensó en la grada del fondo Norte, medio fondo amarillo y negro. Pero estos griegos ... ¿no estaban en crisis galopante? Hay que ver qué tíos, si han venido tres mil, no deben andar tan achuchados. Pensó también en lo frío del ambiente y en el primer minuto de juego. En la pifia de De Gea, en los rebotes que llegaban siempre a los pies de los rivales, en el gol nada más empezar el partido. Pensó en la cantidad de goles que le meten al Atleti en los primeros minutos, en si es tolerable que esto ocurra, en si habría estadísticas sobre estas cosas. Pensó en quién haría esas estadísticas, en quién se ocupa de contar tantos datos, tantas cositas. Se imaginó una sala llena de ordenadores y señores con gafas, casi todos bajitos menos uno muy alto y de Castellón, todos procesando datos, todos haciendo estadísticas. Pensó en que no sabía bien por qué habría uno de Castellón entre todos esos estadísticos pero le quedó claro que así debía ser, que en algo debe destacar Castellón y probablemente sea por la mente analítica de sus naturales. Pensó en la primera vez que vio al Castellón en el Calderón, en que le llamó la atención el número en rojo de la camiseta blanca y negra, y pensó en los tiempos en los que un equipo como el Castellón o como el Aris, jugando bien o jugando mal en el Calderón, se llevaban dos o tres y no metían ni un gol. Pensó en lo bueno que está el arroz en Castellón, y eso que nunca había estado en Castellón, aunque le consta que hay un bar magnífico y muy bonito llamado Spoonful. Llegado a este punto, como ocurre con frecuencia, el aficionado atlético se preguntó ya casi dormido cómo había llegado a pensar en bares de soul de la cuenca mediterránea e invirtió el proceso y volvió a revivir, más brevemente, el número rojo del dorsal del Castellón, en la habilidad estadística de los naturales de la zona, en la facilidad del Atleti para encajar goles en los primeros minutos y en la cara de pasmado de De Gea tras el primer gol de la noche.
Sin saber ya muy bien si estaba dormido o despierto, el aficionado atlético disfrutaba del calorcito y de la oscuridad hasta que escuchó un ruido y vio una luz. Una luz redonda que le atraía, como cuando en las películas se muere un señor y se ve a sí mismo desde arriba. La luz le llamaba, le invitaba a mirar más de cerca y no sabía bien por qué. Se acercó el aficionado atlético a la luz y, al asomarse, vio una figura familiar. La figura giraba y giraba sobre su eje, poseído.
- ¿Luccin?
- Se pronuncia Lucsán
- Ah, perdone
Delante de él, Luccin giraba y giraba con un balón entre los pies, sin conseguir controlarlo. El aficionado le miraba con la misma cara de sorpresa mechada de irritación con la que le miraba desde la grada.
- No sé para qué gira Vd tanto, si nunca le valió para nada.
- Ya, pero me siempre me pagaron bien por ello. Así me hice millonario. Y si me canso, me saco una muela, me voy a casa una temporada y sigo cobrando. Así funcionan las cosas, c'est la vie.
- Pues nada, nada, siga
Pensó entonces el aficionado atlético en la sopa de letras, en el mensaje con sabor a avecrem enviado por el destino. Mira que es casualidad, debo estar soñando, son estas cosas que pasan, que oyes un nombre un día y sueñas justo con ese nombre esa noche. En esto pensaba cuando notó que el piso cedía, que se hundía, que caía en un agujero, un tobogán que describía parábolas por el que cayó largo rato, preocupadísimo por no manchar el pijama. El tobogán acababa en una gran piscina, llena de gente. Toda la gente era igual, rubia, con pelo lacio y cara extraña. Miró a uno de los clones fijamente.
- ¿El Pato Sosa?
Al unísono, todos los ocupantes de la piscina le miraron. Unos dos mil Patos Sosas se giraron hacia el aficionado atlético, que percibió rápidamente cierta hostilidad, como aquél aficionado al que este ánade tuvo a bien atizar a la salida de un entrenamiento. Saltó de la piscina y emprendió la huída, perseguido por cientos de Patos Sosas que le tiraban tarascadas a los tobillos. Por suerte había balones por la zona por la que huía, y todos los Patos Sosas, sin excepción, los pisaron y cayeron de culo, como en su presentación.
Corrió el aficionado atlético con su elegante pijama dejando atrás un campo lleno de escombro uruguayo y llegó a un prado verde, llano, como un campo de fútbol, en el que había gente aquí y allá. Oyó una voz.
- Hola
- Hola, ¿quién es Vd?
- Soy el portero de la Puerta 26, nos conocemos del torno. Me corresponde enseñarle a Vd la salida. Le tocaba hacerlo a Ibagaza pero, como renovó hace dos días, ya no sabemos dónde está.
- Anda. Oiga, ¿y quién es toda esta gente? ¿Dónde estoy?
- ¿No les reconoce? Mire, ahí al fondo está Musampa echando la siesta bajo un peral, no sé si le ve. A su lado, Novo haciendo tests psicotécnicos. Ese de la coleta que derriba un muro a pelotazos es Eller, y el vozarrón que escucha a lo lejos es el de Abel Resino diciendo bravatas. No me diga que no les suena esta gente.
- Sí, sí, claro.
- El que cata polvorones en esa gran mesa es Maniche; si se fija lleva en el hombro una ardilla, su mascota, fiel consejero para las decisiones difíciles y asesor en materia de gorras de punto. El que simula una lesión más allá es Seitaridis; hace dos días trajo la baja por haberse clavado las llaves del Masseratti en las nalgas, ahora dice que tiene fobia a los espacios abiertos, sobre todo los verdes.
- Pero bueno, y toda esta gente ... ¿no habían despedido a la mayoría? ¿no se habían ido? ¿qué hacen aquí?
- Ah, pero ¿no lo sabe? Aquí siguen todos, no se han ido. No aparecen en público, pero de vez en cuando se manifiestan. Ayer mismo, contra el Aris, salieron todos a jugar. Pensé que lo sabía, que al menos lo había notado.
- ¿Y Quique?
- Está ahí, es el que hace cola en la sala de espera del médico. Está tan demacrado y chiquitito ya que el último virus, en vez de infectarle, le hizo una llave doble Nelson, le fracturó una vértebra y le robó la bufanda.
- Pero ... ¿y los buenos?
- Ah, los buenos, los pobres buenos ... mire ahí al Kun. Sí, es ese de ahí, el que está rodeado de gatos, peinando muñecas y meciéndose al son de una caja de música. Está desquiciado el hombre, no sabe bien qué hace aquí ...
Notó el aficionado atlético una mano en la espalda, un zarandeo.
- Despierta, estás soñando. Nada bueno por cierto
- ¿sí? ¿qué? Perdón, sí, estaba soñando algo raro, una pesadilla.
- Sí, casi delirabas ... ¿qué hizo anoche el Atleti?¿qué tal?
- Mal, mal. Lo de siempre, lo de antes. Lo de hace unos meses, lo de hace unos años. Perdimos igual que contra el Espanyol, jugamos sin ganas como tantas otras veces. Quique no se entera, se ha cargado el equipo que funcionaba en sólo tres meses. Pero vamos, que el equipo en cualquier caso no era tan bueno, cualquiera que lo viera con frecuencia tendría claro que no jugaba a mucho y que lo de las finales del año pasado fue un poco carambola. Y aún así, aún sin entrenador habría que haber ganado a esta gente, era un equipito muy limitado.
- Ya, ya .. vamos, lo mismo que hace uno, dos, tres, cinco años, lo de siempre ... bueno, déjalo. Duérmete mejor, anda.
- Si, mejor será .. . una cosa ...
- ¿Sí?
- No compres más sopa de letras.
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viernes, 30 de abril de 2010
Crónica de un gol que pareció ser de Forlán
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Llegaron a la oficina un poco más tarde de lo habitual y con bastante mala cara, pero daba igual. Algunos lucían ojeras malva, otros voz cazallera, casi todos cara de haber dormido poco y mal, pero daba igual. Llegaban a la oficina así, sin ganas pero con ganas, una cosa rara difícil de explicar, pocas ganas de levantarse, pocas ganas de trabajar pero ganas de ver a los buenos compañeros y un poco también de ver a los malos. A algunos les recibieron entre aplausos con todo el departamento financiero puesto en pie flameando post-its de colores, a otros con formales enhorabuenas y felicidades y habrás disfrutado, ¿no?, a algunos les reservaron las mejores grapadoras y calculadoras solares para ellos solitos y a otros les recibieron con ese desdén disimulado que denota rabia y cierta envidia, pero daba lo mismo. Algunos no llevaron más que media sonrisilla y otros llevaron churros y magdalenas y hasta tartas rojiblancas, hombre, qué celebramos hoy, ay, Martínez, si no lo sabes mejor ni preguntes, Martínez, hombre.
La mañana discurrió igual al resto pero distinta al resto, porque casi nada importaba. Se grapaban las facturas con menos ganas y menos concentración, se atendían llamadas de amigos saliendo a la máquina de café y volviendo diez minutos más tarde con esa sonrisilla tonta que se le queda al que acaba de ver a un tipo simpático al que hacía tiempo que no veía por la calle. Daban igual los comentarios de lunes supuestamente ingeniosos del vigilante de la entrada y del ordenanza miope del ford escort azul, sencillamente porque no había comentarios hoy, faltaría más. Se leyeron todos los periódicos de la oficina de cabo a rabo a ojos de todos y sin disimular, sin pararse en las páginas serias de política y economía y sin tocar si quiera las páginas financieras color gazpacho que a diario se veían obligados a mirar en detalle para que los compañeros pensaran que les interesaban muchísimo. Pero ese día no, ese día era distinto, ese día no trabajaban con el mismo mimo. Ese día ordenaban facturas sin mucho interés, metían datos sin demasiada meticulosidad y les daba igual lo que les dijera el jefe. A ver, Vd, Quesada, esos informes, los quiero en mi despacho en una hora, decía el jefe. Sí, sí, decía Quesada, y acto seguido se levantaba delante de todo el mundo y se iba a tomarse el quinto café de la mañana sin disimular, porque todo le daba igual. Todo, o casi todo. Le daba igual cuadrar el balance, le daba igual encontrar el papel verde que todo el mundo necesita, no le apetecía ponerse farruco para reclamar una factura a un señor al que tampoco le apetecía hablar y que estaba además en la Puebla de Montalbán. Si veían un impreso arrugado no lo planchaban, si veían un clip doblado no lo cambiaban, si veían una factura para un cliente que se llamaba Domínguez le hacían un 40% de descuento así, por las buenas, sin importarle si cuadraba o no. Porque ese día nada importaba, salvo lo que importaba.
Tres meses más tarde saltarían las alarmas en la Agencia Tributaria. ¿Pero se puede saber qué pasó a final de Abril en todas estas empresas? No hay un balance que cuadre, no hay un impreso bien hecho, no hay un impuesto bien pagado. No puede ser un fallo informático, no puede ser un error matemático, esto tiene que ser un complot organizado, un ataque coordinado entre contables y financieros rebeldes, puestos de acuerdo el día 30 de abril para confundir y alterar a la autoridad. Ojo, un mensaje del Ministerio, alarma social, los contables no son los únicos. Lo mismo ha pasado en otros gremios, cuidado que parece que el ataque coordinado cuenta también con el apoyo de carteros, cerrajeros, callistas, topógrafos, neurocirujanos, traductores y trapecistas: nadie ha dado pie con bola el 30 de Abril, un importante sector de la población ha estado ausente todo ese día, sin hacer su trabajo, como ido, como atontado, con una sonrisilla rara. La ONU sospecha que pueda ser una pandemia puntual, el Cesid cree que es un caso de hipnosis selectiva, la OTAN sospecha de una infiltración masiva de espías enemigos.
El caso es que el 30 de Abril en Madrid casi nadie ha hecho nada que no fuera sonreír, y los que realmente saben de esto creen que el verdadero motivo es una general y monumental resaca.
Hemos vuelto, que tiemble el sistema (sobre todo, el financiero).
____
Podríamos hablar del partido, la verdad, podríamos. Podríamos hablar del sorprendente planteamiento táctico de Benítez, de los tres centrales y el centro del campo superpoblado, de la ausencia de Κυργιάκος, el deseado por nosotros, y de la curiosa posición de Aquilani, que tantos problemas causó a la defensa y a los medio centros del Atleti. Podríamos hablar de los tres minutos de vértigo con los que el Liverpool recibió al Atleti, del vendaval de remates y corners que se sucedieron tras el pitido inicial y de la providencial parada de De Gea que, de no haber existido, podría haber cambiado todo. Podríamos hablar de cómo se fue desperezando poco a poco el Atleti, de cómo tardó tiempo en dar tres pases seguidos, tragar saliva y darse cuenta de que debía empezar a jugar y no sólo a achicar balones y defenderse panza arriba. Podríamos hablar de cómo el gol de Aquilani cayó como un mazazo en el equipo cuando parecía que se empezaba a encontrar la senda, de cómo heló la sangre de la afición y secó las gargantas de los que, a esas alturas, creían que podrían tener por delante un partido plácido. Podríamos, pero no lo haremos.
Podríamos hablar de lo difícil que es ver bien el fútbol en televisión, de entender quién es quién y dónde está cuando se sigue el partido en una pantalla gigante. Podríamos hablar de la malísima realización de la televisión, de los irritantes planos de los entrenadores cuando los jugadores se disponían a tirar a puerta o de las inapropiadas aunque ecológicas imágenes de una urraca con la que nos obsequiaron durante un rato. También podríamos hablar de la imagen de la celebración de Torres en el primer gol del Liverpool y de cómo a todos se nos pasan por la cabeza los nombres y opiniones de ese vecino pesado y amargo que espera cualquier gesto del Niño para proclamar a los cuatro vientos ese anti-atleticismo y gusto por la traición que sólo él ve. Podríamos hablar de cuánto nos habría gustado estar en Anfield y ver en directo el partido y la celebración posterior, o de lo que nos gusta ver a tres mil de los nuestros animando sin parar. Podríamos hablar también de la envidia que le produce al que suscribe ver cómo hay estadios en los que Simão se puede caer de cabeza entre el público sin que nadie intente hacer nada distinto a ayudarle a que no se rompa la crisma, o en los que el público se sienta a tres metros de los jugadores y no hay ni amago de agresión, escupitajo o voz malsonante. Podríamos también hablar de la caballerosidad de algún aficionado del Liverpool dispuesto a cruzarse Madrid únicamente para tomarse una cerveza con la afición del Atleti y desearle suerte en la final, un ejemplo para todos. Podríamos, sí, pero no lo haremos.
Podríamos hablar de lo contentos que estamos por las buenas actuaciones de Perea en los últimos partidos importantes y por la recobrada autoridad de Antonio López en estos mismos partidos. Podríamos hablar, con la mano bajo la barbilla para recoger la abundante baba segregada, de Domínguez y su personalidad y su trabajo y sus galones y su concentración y su forma física y su hombría a la hora de enfrentarse a jugadores de más peso físico y deportivo que él. Podríamos hablar, una vez más, de la omnipresencia de Assunção y de su derroche físico o de cómo Simão parece ausente pero aparece de vez en cuando para hacer cosas con criterio. También podríamos hablar de Raúl García, de nuevo impreciso en algunos pases y decisiones pero enorme en el esfuerzo, generosísimo a la hora de enseñarse a los compañeros y vital en los últimos minutos del partido, cuando, tras pasar un valle físico, volvió a subir sus prestaciones convirtiéndose en uno de los nombres propios con mayúsculas de toda la Europa League disputada por el Atleti. Podríamos hablar de cómo Agüero no estuvo a la altura que esperábamos, sin duda por culpa de esa barbita nueva sobre la que tendría que actuar con contundencia la División de Barbería de la Guardia Civil, o de cómo Jurado tampoco estuvo al nivel que preveíamos, pero esta vez por lo contrario. Porque podríamos hablar de cómo la entrada de Jurado dio aire al equipo, le permitió tener el balón, echar unos metros atrás al rival y hacerle dudar de su propio sistema gracias a las arrancadas y la verticalidad de un jugador al que tantas veces hemos criticado y que ayer nos gustó. Podríamos, sí, pero no lo haremos.
Y no lo haremos porque sólo hablaremos de un gol. Del gol que aparentemente metió Forlán en el minuto 102 del partido, en el minuto 12 de la prórroga, 8 minutos después de que Benayoun nos diera un disgusto que nunca pensamos que alguien tan flacucho fuera capaz de darnos. Sólo hablaremos de cómo Reyes, a quien más de uno y más de mil habríamos querido tirar al pilón tras hacer de Don Tancredo frente a su par en el primer gol, se llevó por arriba un balón al que también llegaba Johnson, ahí es nada, todo un armario ropero. Hablaremos de cómo controló Reyes, como levantó la cabeza y como dio un toque sutil, un toque que pocos pueden dar, para dejarle el balón en buena, aunque difícil posición, a Forlán. Hablaremos de cómo Forlán, que había hecho un partido insulso hasta el momento, llegó desde atrás y remató a bote pronto y acomodando el cuerpo con más calidad de lo que parecía en un primer momento y metió con autoridad el balón hasta dentro de la portería, la única forma de marcar a un porterazo como Reina. Marcó Forlán y estallaron los bares y las casas y los parlamentos de varias repúblicas ex soviéticas, e incluso en medio de la explosión la afición más sagaz vio algo raro en las imágenes. Forlán remataba a gol pero no lo hacía normalmente, algo raro había en el gesto, daba la impresión de que no era un gesto limpio, natural.
Pasaron las repeticiones y se seguía viendo algo raro. Mejoraron los técnicos la resolución de la imagen y aún así no quedaba claro qué pasaba. Grabaron una cinta, la llevaron a un equipo más potente manejado por ingenieros con grandes gafas y pasaron la imagen marco a marco, fotograma por fotograma. Un tratamiento detallado de la imagen desveló el misterio: acomodó el cuerpo Forlán, golpeó el balón y éste entró en la portería, pero las imágenes dejaban claro que había algo más.
- Ahí hay algo
- Sí, pero ¿qué?
- Pues parece Adelardo
Tocó Forlán el balón y las imágenes mostraron que, para asegurarse de que entraba, detrás del pie de Forlán entraba, como un tren de mercancías, Adelardo Rodríguez Sánchez, el histórico jugador del Atleti que no pasa un buen momento. Nadie sabe de dónde salió ese hombre, nadie se lo esperaba, pero ahí estaba, no había duda, las imágenes son claras y nítidas. No es un truco, no es un montaje, no sabemos de dónde sale, decía un ingeniero con bata blanca y acento alemán, que hace más gracia. Pasadas a menor resolución se veía sin lugar a dudas que el balón entraba y que inmediatamente después entraba en la portería Adelardo. Y no sólo eso. A velocidad aún menor se distinguía perfectamente, tras Adelardo, el corpachón de Arteche que también entraba cargando, para asegurarse de que el gol era gol. A su lado, más fino pero igual de mortal, Gárate. Frotándose los ojos, los ingenieros consiguieron ralentizar aún más la imagen. Tras Adelardo, Arteche y Gárate entraban en tropel Escudero, Dirceu, Alemão, Luis Aragonés y Ayala. A su misma altura Futre, Mendonça, Peiró, Collar, Kiko, Pantic y la señora que tiró los zapatos a Álvarez Margüenda. A alguno de los científicos le pareció ver la silueta fantasmal de un tipo rubio y con pecas con porte arcangelical, si bien esto no fue tan nítido; más claro pareció que intentaba entrar tórpemente al remate Indy, pero las imágenes mostraban cómo le apartaba de un manotazo Simeone, que también entraba en plancha en la portería, a estas alturas convertida en una montonera de brazos, piernas y camisetas rojiblancas de todas las épocas.
Con el balón ya en el centro de la portería seguía entrando gente. Como si temieran que el balón pudiera escaparse, entraban atropellándose jugadores y aficionados, embistiendo como una manada de búfalos. A trompicones entró medio fondo Sur, la Peña Atlética Patones y el Frente de Liberación Panadero Díaz embistiendo con la barra de Casa Miguel, con grifo de cerveza y todo. Tras ellos, veintitrés señores con bigotito y abono en preferencia, el Alevín B en pleno, el Féminas con sus fisioterapeutas, Cecilio Alonso y la coral de la Catedral de Burgos, que estaba de paso. Entraron abriéndose paso a cabezazos Iñaki, Patacho, Fino, Pedro y Karen Quinlan, un montón de señores vestidos de indio, un grupo de abuelas con bufandas tejidas a mano, Mariano Pernía y los gemelos Pablo y Mario, aprovechando la confusión para inundar la portería con una regadera de plástico. Incluso cuando ya no había posibilidad física de que cupiera más gente en la portería, seguían llegando aficionados para evitar que se saliera el balón hasta que, como traca final, entró como un cañón la delantera en pleno del Rugby Atleti con la cabeza abajo y en perfecta formación de maul. Sólo entonces quedó claro al resto que ese partido no se escapaba.
En el instante siguiente, las imágenes son también claras; ahí no hay nadie. Nadie. Sólo Forlán corriendo y obligando a la afición a apuntarse al gimnasio, sólo los compañeros sonriendo de oreja a oreja, sólo la afición abrazándose y lanzando el puño al cielo.
Ni rastro de la multitud que un instante antes entraba furiosa en la portería de Anfield.
Ni rastro aunque todos, todos, sabemos que allí estuvieron.
Llegaron a la oficina un poco más tarde de lo habitual y con bastante mala cara, pero daba igual. Algunos lucían ojeras malva, otros voz cazallera, casi todos cara de haber dormido poco y mal, pero daba igual. Llegaban a la oficina así, sin ganas pero con ganas, una cosa rara difícil de explicar, pocas ganas de levantarse, pocas ganas de trabajar pero ganas de ver a los buenos compañeros y un poco también de ver a los malos. A algunos les recibieron entre aplausos con todo el departamento financiero puesto en pie flameando post-its de colores, a otros con formales enhorabuenas y felicidades y habrás disfrutado, ¿no?, a algunos les reservaron las mejores grapadoras y calculadoras solares para ellos solitos y a otros les recibieron con ese desdén disimulado que denota rabia y cierta envidia, pero daba lo mismo. Algunos no llevaron más que media sonrisilla y otros llevaron churros y magdalenas y hasta tartas rojiblancas, hombre, qué celebramos hoy, ay, Martínez, si no lo sabes mejor ni preguntes, Martínez, hombre.
La mañana discurrió igual al resto pero distinta al resto, porque casi nada importaba. Se grapaban las facturas con menos ganas y menos concentración, se atendían llamadas de amigos saliendo a la máquina de café y volviendo diez minutos más tarde con esa sonrisilla tonta que se le queda al que acaba de ver a un tipo simpático al que hacía tiempo que no veía por la calle. Daban igual los comentarios de lunes supuestamente ingeniosos del vigilante de la entrada y del ordenanza miope del ford escort azul, sencillamente porque no había comentarios hoy, faltaría más. Se leyeron todos los periódicos de la oficina de cabo a rabo a ojos de todos y sin disimular, sin pararse en las páginas serias de política y economía y sin tocar si quiera las páginas financieras color gazpacho que a diario se veían obligados a mirar en detalle para que los compañeros pensaran que les interesaban muchísimo. Pero ese día no, ese día era distinto, ese día no trabajaban con el mismo mimo. Ese día ordenaban facturas sin mucho interés, metían datos sin demasiada meticulosidad y les daba igual lo que les dijera el jefe. A ver, Vd, Quesada, esos informes, los quiero en mi despacho en una hora, decía el jefe. Sí, sí, decía Quesada, y acto seguido se levantaba delante de todo el mundo y se iba a tomarse el quinto café de la mañana sin disimular, porque todo le daba igual. Todo, o casi todo. Le daba igual cuadrar el balance, le daba igual encontrar el papel verde que todo el mundo necesita, no le apetecía ponerse farruco para reclamar una factura a un señor al que tampoco le apetecía hablar y que estaba además en la Puebla de Montalbán. Si veían un impreso arrugado no lo planchaban, si veían un clip doblado no lo cambiaban, si veían una factura para un cliente que se llamaba Domínguez le hacían un 40% de descuento así, por las buenas, sin importarle si cuadraba o no. Porque ese día nada importaba, salvo lo que importaba.
Tres meses más tarde saltarían las alarmas en la Agencia Tributaria. ¿Pero se puede saber qué pasó a final de Abril en todas estas empresas? No hay un balance que cuadre, no hay un impreso bien hecho, no hay un impuesto bien pagado. No puede ser un fallo informático, no puede ser un error matemático, esto tiene que ser un complot organizado, un ataque coordinado entre contables y financieros rebeldes, puestos de acuerdo el día 30 de abril para confundir y alterar a la autoridad. Ojo, un mensaje del Ministerio, alarma social, los contables no son los únicos. Lo mismo ha pasado en otros gremios, cuidado que parece que el ataque coordinado cuenta también con el apoyo de carteros, cerrajeros, callistas, topógrafos, neurocirujanos, traductores y trapecistas: nadie ha dado pie con bola el 30 de Abril, un importante sector de la población ha estado ausente todo ese día, sin hacer su trabajo, como ido, como atontado, con una sonrisilla rara. La ONU sospecha que pueda ser una pandemia puntual, el Cesid cree que es un caso de hipnosis selectiva, la OTAN sospecha de una infiltración masiva de espías enemigos.
El caso es que el 30 de Abril en Madrid casi nadie ha hecho nada que no fuera sonreír, y los que realmente saben de esto creen que el verdadero motivo es una general y monumental resaca.
Hemos vuelto, que tiemble el sistema (sobre todo, el financiero).
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Podríamos hablar del partido, la verdad, podríamos. Podríamos hablar del sorprendente planteamiento táctico de Benítez, de los tres centrales y el centro del campo superpoblado, de la ausencia de Κυργιάκος, el deseado por nosotros, y de la curiosa posición de Aquilani, que tantos problemas causó a la defensa y a los medio centros del Atleti. Podríamos hablar de los tres minutos de vértigo con los que el Liverpool recibió al Atleti, del vendaval de remates y corners que se sucedieron tras el pitido inicial y de la providencial parada de De Gea que, de no haber existido, podría haber cambiado todo. Podríamos hablar de cómo se fue desperezando poco a poco el Atleti, de cómo tardó tiempo en dar tres pases seguidos, tragar saliva y darse cuenta de que debía empezar a jugar y no sólo a achicar balones y defenderse panza arriba. Podríamos hablar de cómo el gol de Aquilani cayó como un mazazo en el equipo cuando parecía que se empezaba a encontrar la senda, de cómo heló la sangre de la afición y secó las gargantas de los que, a esas alturas, creían que podrían tener por delante un partido plácido. Podríamos, pero no lo haremos.
Podríamos hablar de lo difícil que es ver bien el fútbol en televisión, de entender quién es quién y dónde está cuando se sigue el partido en una pantalla gigante. Podríamos hablar de la malísima realización de la televisión, de los irritantes planos de los entrenadores cuando los jugadores se disponían a tirar a puerta o de las inapropiadas aunque ecológicas imágenes de una urraca con la que nos obsequiaron durante un rato. También podríamos hablar de la imagen de la celebración de Torres en el primer gol del Liverpool y de cómo a todos se nos pasan por la cabeza los nombres y opiniones de ese vecino pesado y amargo que espera cualquier gesto del Niño para proclamar a los cuatro vientos ese anti-atleticismo y gusto por la traición que sólo él ve. Podríamos hablar de cuánto nos habría gustado estar en Anfield y ver en directo el partido y la celebración posterior, o de lo que nos gusta ver a tres mil de los nuestros animando sin parar. Podríamos hablar también de la envidia que le produce al que suscribe ver cómo hay estadios en los que Simão se puede caer de cabeza entre el público sin que nadie intente hacer nada distinto a ayudarle a que no se rompa la crisma, o en los que el público se sienta a tres metros de los jugadores y no hay ni amago de agresión, escupitajo o voz malsonante. Podríamos también hablar de la caballerosidad de algún aficionado del Liverpool dispuesto a cruzarse Madrid únicamente para tomarse una cerveza con la afición del Atleti y desearle suerte en la final, un ejemplo para todos. Podríamos, sí, pero no lo haremos.
Podríamos hablar de lo contentos que estamos por las buenas actuaciones de Perea en los últimos partidos importantes y por la recobrada autoridad de Antonio López en estos mismos partidos. Podríamos hablar, con la mano bajo la barbilla para recoger la abundante baba segregada, de Domínguez y su personalidad y su trabajo y sus galones y su concentración y su forma física y su hombría a la hora de enfrentarse a jugadores de más peso físico y deportivo que él. Podríamos hablar, una vez más, de la omnipresencia de Assunção y de su derroche físico o de cómo Simão parece ausente pero aparece de vez en cuando para hacer cosas con criterio. También podríamos hablar de Raúl García, de nuevo impreciso en algunos pases y decisiones pero enorme en el esfuerzo, generosísimo a la hora de enseñarse a los compañeros y vital en los últimos minutos del partido, cuando, tras pasar un valle físico, volvió a subir sus prestaciones convirtiéndose en uno de los nombres propios con mayúsculas de toda la Europa League disputada por el Atleti. Podríamos hablar de cómo Agüero no estuvo a la altura que esperábamos, sin duda por culpa de esa barbita nueva sobre la que tendría que actuar con contundencia la División de Barbería de la Guardia Civil, o de cómo Jurado tampoco estuvo al nivel que preveíamos, pero esta vez por lo contrario. Porque podríamos hablar de cómo la entrada de Jurado dio aire al equipo, le permitió tener el balón, echar unos metros atrás al rival y hacerle dudar de su propio sistema gracias a las arrancadas y la verticalidad de un jugador al que tantas veces hemos criticado y que ayer nos gustó. Podríamos, sí, pero no lo haremos.
Y no lo haremos porque sólo hablaremos de un gol. Del gol que aparentemente metió Forlán en el minuto 102 del partido, en el minuto 12 de la prórroga, 8 minutos después de que Benayoun nos diera un disgusto que nunca pensamos que alguien tan flacucho fuera capaz de darnos. Sólo hablaremos de cómo Reyes, a quien más de uno y más de mil habríamos querido tirar al pilón tras hacer de Don Tancredo frente a su par en el primer gol, se llevó por arriba un balón al que también llegaba Johnson, ahí es nada, todo un armario ropero. Hablaremos de cómo controló Reyes, como levantó la cabeza y como dio un toque sutil, un toque que pocos pueden dar, para dejarle el balón en buena, aunque difícil posición, a Forlán. Hablaremos de cómo Forlán, que había hecho un partido insulso hasta el momento, llegó desde atrás y remató a bote pronto y acomodando el cuerpo con más calidad de lo que parecía en un primer momento y metió con autoridad el balón hasta dentro de la portería, la única forma de marcar a un porterazo como Reina. Marcó Forlán y estallaron los bares y las casas y los parlamentos de varias repúblicas ex soviéticas, e incluso en medio de la explosión la afición más sagaz vio algo raro en las imágenes. Forlán remataba a gol pero no lo hacía normalmente, algo raro había en el gesto, daba la impresión de que no era un gesto limpio, natural.
Pasaron las repeticiones y se seguía viendo algo raro. Mejoraron los técnicos la resolución de la imagen y aún así no quedaba claro qué pasaba. Grabaron una cinta, la llevaron a un equipo más potente manejado por ingenieros con grandes gafas y pasaron la imagen marco a marco, fotograma por fotograma. Un tratamiento detallado de la imagen desveló el misterio: acomodó el cuerpo Forlán, golpeó el balón y éste entró en la portería, pero las imágenes dejaban claro que había algo más.
- Ahí hay algo
- Sí, pero ¿qué?
- Pues parece Adelardo
Tocó Forlán el balón y las imágenes mostraron que, para asegurarse de que entraba, detrás del pie de Forlán entraba, como un tren de mercancías, Adelardo Rodríguez Sánchez, el histórico jugador del Atleti que no pasa un buen momento. Nadie sabe de dónde salió ese hombre, nadie se lo esperaba, pero ahí estaba, no había duda, las imágenes son claras y nítidas. No es un truco, no es un montaje, no sabemos de dónde sale, decía un ingeniero con bata blanca y acento alemán, que hace más gracia. Pasadas a menor resolución se veía sin lugar a dudas que el balón entraba y que inmediatamente después entraba en la portería Adelardo. Y no sólo eso. A velocidad aún menor se distinguía perfectamente, tras Adelardo, el corpachón de Arteche que también entraba cargando, para asegurarse de que el gol era gol. A su lado, más fino pero igual de mortal, Gárate. Frotándose los ojos, los ingenieros consiguieron ralentizar aún más la imagen. Tras Adelardo, Arteche y Gárate entraban en tropel Escudero, Dirceu, Alemão, Luis Aragonés y Ayala. A su misma altura Futre, Mendonça, Peiró, Collar, Kiko, Pantic y la señora que tiró los zapatos a Álvarez Margüenda. A alguno de los científicos le pareció ver la silueta fantasmal de un tipo rubio y con pecas con porte arcangelical, si bien esto no fue tan nítido; más claro pareció que intentaba entrar tórpemente al remate Indy, pero las imágenes mostraban cómo le apartaba de un manotazo Simeone, que también entraba en plancha en la portería, a estas alturas convertida en una montonera de brazos, piernas y camisetas rojiblancas de todas las épocas.
Con el balón ya en el centro de la portería seguía entrando gente. Como si temieran que el balón pudiera escaparse, entraban atropellándose jugadores y aficionados, embistiendo como una manada de búfalos. A trompicones entró medio fondo Sur, la Peña Atlética Patones y el Frente de Liberación Panadero Díaz embistiendo con la barra de Casa Miguel, con grifo de cerveza y todo. Tras ellos, veintitrés señores con bigotito y abono en preferencia, el Alevín B en pleno, el Féminas con sus fisioterapeutas, Cecilio Alonso y la coral de la Catedral de Burgos, que estaba de paso. Entraron abriéndose paso a cabezazos Iñaki, Patacho, Fino, Pedro y Karen Quinlan, un montón de señores vestidos de indio, un grupo de abuelas con bufandas tejidas a mano, Mariano Pernía y los gemelos Pablo y Mario, aprovechando la confusión para inundar la portería con una regadera de plástico. Incluso cuando ya no había posibilidad física de que cupiera más gente en la portería, seguían llegando aficionados para evitar que se saliera el balón hasta que, como traca final, entró como un cañón la delantera en pleno del Rugby Atleti con la cabeza abajo y en perfecta formación de maul. Sólo entonces quedó claro al resto que ese partido no se escapaba.
En el instante siguiente, las imágenes son también claras; ahí no hay nadie. Nadie. Sólo Forlán corriendo y obligando a la afición a apuntarse al gimnasio, sólo los compañeros sonriendo de oreja a oreja, sólo la afición abrazándose y lanzando el puño al cielo.
Ni rastro de la multitud que un instante antes entraba furiosa en la portería de Anfield.
Ni rastro aunque todos, todos, sabemos que allí estuvieron.
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viernes, 12 de marzo de 2010
Sobre esa preocupante desidia que nos invade a pesar de la desidia de los nuestros
El Atleti dejó pasar una ocasión estupenda para resolver un partido y de paso una eliminatoria y ni supo ni quiso supo aprovecharla. Y lo peor es que pareció que la afición tampoco se llevó un disgusto.
___
Llegó la afición al campo apurada por la cantidad de excusas dadas en la oficina y por las prisas para aparcar y se sintió rara. Llegaron los periodistas con una libretita y un peto de colorines y también notaron algo raro. Llegaron los jugadores del Atleti y hablaban entre ellos y se decían oye, no sé, ¿tu no notas nada extraño? No me refiero a que Reyes lleve en la bolsa una novela, ni a que Quique salga de la sauna con bufanda, no, no es eso, es otra cosa, no sé bien qué pasa. Sí, sí, te lo iba a decir yo, no sé qué es, el campo está raro, la ciudad está rara, la gente está rara, hay algo distinto, algo que no identifico yo bien, algo que hace tiempo que no vivía. Pensaban lo mismo los antidisturbios, a pesar de andar concentrados en las profundas reflexiones abstractas en las que ocupan los ratos libres, y los policías montados con sus cascos de rejilla. Hasta los caballos se notaban raros. Hombre, Babieca, qué tal estás, majo. Pues bien, aquí, con este brasas encima... oye, Bucéfalo, ¿no te notas tú raro? ¿no crees que hay algo extraño? No sé qué es, no sé decirlo bien ... Pues sí, sí, ahora que lo dices sí, no sé qué es pero sí, es algo extraño, algo diferente ... por cierto, Babieca, ¿Babieca no es nombre de yegua? Anda, mira, qué gracioso. Pues tú te llamas Bucéfalo, anda que mira quién habló, cachondo, con ese nombre antiguo que parece de jarabe de la tos.
Y es que ayer ocurrió que, tras muchos partidos y muchas semanas y muchos domingos y muchos sábados, tras muchas eliminatorias de copa, champions y europacáp, tras muchas excusas en los trabajos y muchas cervezas en los bares de alrededor y muchas llamadas a los amigos para ver si iban o no iban al fútbol, la gente llegó al campo de día. De día, es de día, eso es lo que pasa, decía la gente. Hay luz, eso es, ese es el cambio, decían los periodistas. Es por la luz, anormales, decía Ujfalusi. Es por la luz, Babieca, que estás tonto, hijo ...oye, ... ¿seguro que eso es nombre de caballo? ¿no será de mula? Mira Bucéfalo, te estás pasando, no sé a qué viene esto y no es mi estilo, no quería decir nada pero tú te lo has buscado: estás castrado, eres una jaca. Siento decírtelo así, pero que lo sepas.
Llegó la gente de día al campo y no recordaba la última vez en que hubo luz natural antes de un partido. Gracias a las televisiones y al invierno riguroso, gracias a los horarios de partidos entre semana y gracias al cielo permanentemente nublado que nos ha tocado este añito, hacía meses que no se veía el sol en el Calderón. El fútbol con sol es otro deporte, el fútbol como se vive bien es con sol y a las cinco, el sol es parte del fútbol de siempre como lo es el balón, la espinillera y el central de nariz rota. Es el odioso fútbol moderno el que nos ha traído la noche eterna, los horarios anti-hincha, la imposibilidad de llevar niños al campo, las mascotas desdentadas y las botas de colores. El fútbol en el Calderón es fútbol de sol y manga corta, no siempre pero muchas veces. Siempre hubo partidos nocturnos, pero no tantos; siempre pasamos frío en el Calderón, pero no tanto; siempre hubo partidos a horarios intempestivos, pero no tantos: en realidad siempre hubo pocos de estos y si llegábamos tarde a casa era porque nos quedábamos en los bares comiendo aceitunas rellenas, boquerones en vinagre y tortilla cortada a cuadraditos.
Tan importante es el sol en el Calderón, que un socio distinguido del equipo es el Rayo. No hablamos del equipo de Vallecas en cuyo estadio tan bien nos trataban antes y ahora ya no tanto y en el que regalaban un single en bolsa de Discoplay cuando los partidos eran los domingos justo antes del aperitivo. No hablamos del club que tiene un campo que ahora tiene nombre de señora peinada a la laca en el que uno vivió momentos prodigiosos como aquel partido de la selección olímpica en la que jugaban tres jugadores del Atleti, los admirados Arteche y Marina y el mezquino infiltrado Llorente, que terminó por volverse a su cubil de origen para así malterminar su carrera. En ese partido Arteche, el gran Arteche, tiró a puerta sin echar el cuerpo hacia delante, como mandan los cánones, y el balón abolló dos o tres coches estacionados en la calle Payaso Fofó, que lo sepan Vds, oigan.
No, no hablamos del Rayo Vallecano, no, hablamos del Rayo, del nuestro. Nuestro Rayo es socio del Atleti desde siempre, aunque sólo va a los partidos disputados en horario decente y en primavera-verano. El Rayo del Atleti es ese rayo de sol que, desde el mismo día en que se construyó el estadio, entra por los boquetes del voladizo de la tribuna y achicharra las córneas de los que nos sentamos en grada de lateral. El Rayo es ese que entra por un agujero y fulmina durante un rato a un sector entero al que impide ver el partido. Se nota dónde mira el Rayo porque el sector afectado en pleno achina los ojos, se pone la mano a modo de visera, se calza gorras, sombreros de ala ancha, gorras camperas y parpusas.
- ¿Y boinas?
- Hombre, pues no, boinas no, ¿cuándo ha visto Vd una boina que proteja la vista de los rayos del sol? ¿Es Vd francés o algo?
- Ah, bueno, ya. Perdone, oiga
Cuando sale el Rayo, el sector cegado maldice entonces la causa de su incomodidad ocular. A ver si llega una nube, hombre, y tapa el Rayo. Vaya tela el Rayo, ya podrían tapar el boquetito ese o poner unas cortinas de flores o la capa de Indy o algo, a ver si se va ya. El resto de grada ríe para dentro viendo al sector súbitamente achinado, jijiji, mira cómo les da el Rayo; lo que no sabe la grada es que el Rayo es molesto pero sobre todo es justo y que tras descansar un poco detrás de una columna deja en paz al sector cegado y se dedica a cegar al sector vecino, para desesperación de éste y regocijo de los ya cegados, vengativos y achinados a estas alturas.
El Rayo molesta pero el Rayo es nuestro y cuando nos vayamos a la infame Peineta, donde no habrá ni Rayo ni nada que se le parezca, le echaremos de menos. Nos dicen que estaremos más cómodos bajo una moderna visera de resina de epoxy, pero nos dará pena perder de vista al Rayo que tanto nos chinchaba y gracias a cuyas apariciones tanto nos reíamos de nuestros vecinos. Volarán el estadio y no sabremos más del Rayo, qué pena más grande. Oye, ¿qué sabéis del Rayo? ¿tú tienes contacto con él? Pues sí, de vez en cuando le llamo, no está mal pero echa de menos esto, sacó una oposición y ahora tiene una novia de Guadalajara. Hablo poco con él, la verdad, ya no es como antes, es más difícil verle. Le he agregado como amigo al feisbuc y nos hemos hecho juntos de dos grupos: "Veterinarios que consiguen matar animales y, de paso, instituciones centenarias" y "Cineastas de pelo hirsuto con aversión a la gramática".
Pobre Rayo.
___
Salió el Atleti y el Sporting de Portugal, al que siempre llamamos de Lisboa, le dio una corona de flores en recuerdo de las víctimas del 11-M. El Sporting se comportó como un señor en fecha tan tristemente señalada y consiguió que todo el mundo reflexionara sobre por qué no se actúa más veces con caballerosidad y elegancia, con lo poco que cuesta. Entregó el Sporting de Portugal unas flores y nada más que por eso ya uno le cogió un poco de cariño al equipo, fíjense qué tonto es uno. Bueno, por eso y por su educada y ruidosa afición, compuesta hasta donde uno vio por personas normales con ganas de pasar un día de fútbol sin meterse con nadie y degustar la cerveza local, que es exactamente lo que uno busca en esto. Llegaron los portugueses en masa, llenando casi medio fondo entero, y fueron la mar de amables a pesar de los malos modos con los que, una vez más, les trataron algunos policías. La policía española, ya lo saben Vds, no es muy brillante a la hora de gestionar las situaciones para las que están entrenados, lo que supone una ironía y una preocupación gorda a partes iguales. Los aficionados del Sporting, por el contrario, sí parecían cómodos a la hora de pasar por la ciudad y dejar una estupenda imagen de gente tranquila, sin incidentes visibles a pesar de su enorme número, y lavando en parte la imagen dejada por sus compatriotas del Oporto, en algunos casos menos majos. Si en el partido de vuelta, en el que se espera visita en masa a Lisboa, las cosas transcurren igual, uno tendrá otro equipo verdiblanco entre sus preferidos (además, claro, del de rugby). Y ya serían tres, oiga, ni más ni menos.
Salió el Atleti con el equipo que algunos queríamos, con Domínguez de central y no de lateral, con Raúl García en el lugar de Tiago y con el Kun Agüero. Quique tiró del único equipo que tiene, en parte gracias a Pitarch y en parte gracias a él mismo, y en cinco minutos tuvo que cambiar de idea. Se lesionó Perea y salió Valera, con lo que Ujfalusi pasó a ser central junto a Domínguez. Domínguez fue de lo mejor de la noche, Ujfalusi como siempre estuvo notable y entre uno y otro dejaron claro que si hubiera laterales habría que dejarse de zarandajas y alinearles siempre a ellos en el centro de la defensa. Porque ayer, en un partido cómodo frente a un rival con uno menos (gracias a una expulsión de un jugador cuya inocencia posiblemente acabe por atraer la atención de nuestros ojeadores), frente a un equipo con un solo punta, los laterales no subieron y cuando lo hicieron centraron mal; esto es, como si no estuvieran.
En el centro salió Assunção, en su eficaz línea de siempre pero evidenciando que su motor diesel y su físico de fondista etíope también necesita de vez en cuando parar, y salió Raúl García. Raúl García, relegado a un segundo plano tras la llegada de Quique y sobre todo de Tiago, es protagonista de gran parte de las conversaciones entre colchoneros de los últimos días. Raúl García, en el primero de los tres partidos que la ausencia de Tiago y en los que se supone tendrá que reivindicar su posición, no jugó bien. No jugó tan mal como la grada se empeñó en señalar, a juicio del que suscribe, pero no jugó bien. Estuvo espeso y excesivamente entregado a su faceta destructora cuando el rival estuvo con once y demasiado poco creador cuando se quedó con diez; apartado Veloso al lateral, sólo Moutinho trotaba por el centro del campo, dejando a Raúl espacio suficiente en teoría para mover al equipo. Pero, para desgracia de sus defensores entre los que se cuenta el que suscribe, Raúl no respondió como uno esperaba. En un partido en el que debía dar un puñetazo en la mesa y aprovechar la inferioridad del rival, Raúl García se limitó a hacer un juego eficaz pero poco vistoso, excesivamente conservador e inclinado al pase hacia atrás, sin tomar riesgos y buscar sorpresas, sin cambiar el juego ni encontrar la forma de romper el entramado montado por los portugueses. El resultado fue que su juego contribuyó a aplanar aún más al equipo, a no inquietar al un rival cómodo en su cerrojazo, y a hacer a la grada echar de menos a Tiago y encumbrarlo en su imaginación a la altura del mejor Schuster. Raúl perdió una buena ocasión para demostrar lo que algunos aún pensamos que vale, pero de nuevo, y ya van varias veces, no la aprovechó.
En un partido que debería haber sido más cómodo y en el que el Atleti debió al menos investigar si era posible romper el muro rival, el Atleti se espesó. Quizás sería la presencia en el estadio de Bejbl, a quien al que suscribe le pareció ver en las inmediaciones del campo, la que terminó por liar al centro del campo del Atleti. Simão, posiblemente al límite de sus reservas de energía, no pudo o no quiso hacer mucho, quizás para evitar la bronca con la que los visitantes afeaban su salida de la cantera del Sporting para terminar siendo capitán del Benfica. Pero si Simão estuvo flojo, Forlán directamente no estuvo. Forlán evidenció un espíritu ausente francamente preocupante y una falta de concentración algo irritante. No peleó balones, no entendió las combinaciones con los compañeros y no acompañó al Kun en su cruzada en solitario contra el mundo. Parte de la grada afeó a Forlán su desidia, cosa que nos parece normal, y otra directamente la emprendió a insultos contra él y contra su señora madre, olvidando de sopetón que si el Atleti juega este año competición europea es en buena medida gracias a Forlán. Pero de estos tipos tan antipáticos y que cada vez abundan más ni hablamos, hombre ya, faltaría más.
Tan solo el Kun y Reyes, sí, Reyes, qué cosas, parecieron tener ayer ganas de algo. Reyes lo intentó e hizo un buen partido, dejando claro que algo le ha pasado últimamente y que por fin tiene fuelle como para llegar con solvencia al segundo tiempo. Dado que estaría feo en este blog hablar sólo bien de Reyes diremos que jugó bien pero adornó su actuación con su tradicional punto de inconsciencia y aire tribunero. Todo sea dicho, en algunos momentos dio lecciones de pundonor a otros compañeros; si esto llega a oídos de la Curia Vaticana les digo yo que se pone un obispo a investigar si no hay por medio una intervención divina y motivo de canonización de algún señor de Utrera. Por su parte, Agüero, como viene siendo habitual este año, tiró del equipo, corrió, se peleó con los centrales, abrió huecos, regateó rivales y buscó, sin éxito, compañeros. Ni Salvio, que sembró algunas dudas respecto a la imagen que dejó en Zaragoza, ni Jurado, de nuevo intrascendente en el poco tiempo que estuvo en el campo (salvo por el record absoluto de perder los cuatro primero balones que tocó, provocando igual número de contraataques de un equipo con uno menos) ayudaron a Agüero. A Agüero le espera un horrible final de liga en el que deberá, a su pesar, pelear contra los elementos, sortear contracturas musculares y escuchar rumores sobre ventas a equipos de la Premier y sobre filias y fobias de su suegro de cara al Mundial que no lo querría yo para nadie, salvo para el cantante de Revolver.
El Atleti no ganó un partido que debería haber ganado, sobre todo por jugar contra un rival con uno menos casi todo el rato y dos menos al final (tras la expulsión de Tonel, jugador con nombre histórico y espurio detentador del mote que en justicia debería lucir Maniche). No sentenció una eliminatoria que debería haber resuelto y volvió a quemar a sus mejores jugadores. Y, aún así, el mayor problema fue la reacción de la grada. La grada se quedó helada a diez minutos del final, justo cuando decía que parecía que ya no hacía tanto frío en Madrid, y ya ni reaccionó. La grada, especialista en silbar al eslabón más débil, quedó en silencio con el pitido final y no movió ni una ceja. Ni un silbido, ni una protesta, sólo el ruido de los abrigos al levantarse los seguidores e irse al vomitorio. Ya ni un disgusto, ni resignación, casi la costumbre. Nada de rabia, nada de ganas de montar un follón, sólo la gemela desidia del equipo en el campo, esta vez en la grada. Antes, ante estas cosas, el aficionado llegaba a casa helado y ni tocaba la cena, yéndose directamente a la cama sin ganas de hablar del disgusto; ahora llega igual de frío pero cena sopa de letras, un filete con patatas, un flan y una pera y se queda tan ancho viendo en el sofá un programa de monólogos. La afición parece haber asumido que el Atleti juega lo que juega, disputa lo que disputa y compite cuando a los jugadores les da la gana o les llega la gasolina. La gente ya no responde a la desidia con ira ni a la tomadura de pelo con rabia; ahora devuelve al equipo lo que recibe, esto es, desinterés, galbana y desdén.
La afición ha asumido que el equipo da la temporada por salvada con un puesto en la final de Copa y la entrada en Europa por la gatera y de incógnito. Y algunos, qué cosas, seguimos viendo esto indignante pero cada vez nos quedan menos ganas, menos capacidad de asombro y más ganas de irnos a cenar sopa, filete y naranja, que es lo nuestro. Ay, Señor.
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Llegó la afición al campo apurada por la cantidad de excusas dadas en la oficina y por las prisas para aparcar y se sintió rara. Llegaron los periodistas con una libretita y un peto de colorines y también notaron algo raro. Llegaron los jugadores del Atleti y hablaban entre ellos y se decían oye, no sé, ¿tu no notas nada extraño? No me refiero a que Reyes lleve en la bolsa una novela, ni a que Quique salga de la sauna con bufanda, no, no es eso, es otra cosa, no sé bien qué pasa. Sí, sí, te lo iba a decir yo, no sé qué es, el campo está raro, la ciudad está rara, la gente está rara, hay algo distinto, algo que no identifico yo bien, algo que hace tiempo que no vivía. Pensaban lo mismo los antidisturbios, a pesar de andar concentrados en las profundas reflexiones abstractas en las que ocupan los ratos libres, y los policías montados con sus cascos de rejilla. Hasta los caballos se notaban raros. Hombre, Babieca, qué tal estás, majo. Pues bien, aquí, con este brasas encima... oye, Bucéfalo, ¿no te notas tú raro? ¿no crees que hay algo extraño? No sé qué es, no sé decirlo bien ... Pues sí, sí, ahora que lo dices sí, no sé qué es pero sí, es algo extraño, algo diferente ... por cierto, Babieca, ¿Babieca no es nombre de yegua? Anda, mira, qué gracioso. Pues tú te llamas Bucéfalo, anda que mira quién habló, cachondo, con ese nombre antiguo que parece de jarabe de la tos.
Y es que ayer ocurrió que, tras muchos partidos y muchas semanas y muchos domingos y muchos sábados, tras muchas eliminatorias de copa, champions y europacáp, tras muchas excusas en los trabajos y muchas cervezas en los bares de alrededor y muchas llamadas a los amigos para ver si iban o no iban al fútbol, la gente llegó al campo de día. De día, es de día, eso es lo que pasa, decía la gente. Hay luz, eso es, ese es el cambio, decían los periodistas. Es por la luz, anormales, decía Ujfalusi. Es por la luz, Babieca, que estás tonto, hijo ...oye, ... ¿seguro que eso es nombre de caballo? ¿no será de mula? Mira Bucéfalo, te estás pasando, no sé a qué viene esto y no es mi estilo, no quería decir nada pero tú te lo has buscado: estás castrado, eres una jaca. Siento decírtelo así, pero que lo sepas.
Llegó la gente de día al campo y no recordaba la última vez en que hubo luz natural antes de un partido. Gracias a las televisiones y al invierno riguroso, gracias a los horarios de partidos entre semana y gracias al cielo permanentemente nublado que nos ha tocado este añito, hacía meses que no se veía el sol en el Calderón. El fútbol con sol es otro deporte, el fútbol como se vive bien es con sol y a las cinco, el sol es parte del fútbol de siempre como lo es el balón, la espinillera y el central de nariz rota. Es el odioso fútbol moderno el que nos ha traído la noche eterna, los horarios anti-hincha, la imposibilidad de llevar niños al campo, las mascotas desdentadas y las botas de colores. El fútbol en el Calderón es fútbol de sol y manga corta, no siempre pero muchas veces. Siempre hubo partidos nocturnos, pero no tantos; siempre pasamos frío en el Calderón, pero no tanto; siempre hubo partidos a horarios intempestivos, pero no tantos: en realidad siempre hubo pocos de estos y si llegábamos tarde a casa era porque nos quedábamos en los bares comiendo aceitunas rellenas, boquerones en vinagre y tortilla cortada a cuadraditos.
Tan importante es el sol en el Calderón, que un socio distinguido del equipo es el Rayo. No hablamos del equipo de Vallecas en cuyo estadio tan bien nos trataban antes y ahora ya no tanto y en el que regalaban un single en bolsa de Discoplay cuando los partidos eran los domingos justo antes del aperitivo. No hablamos del club que tiene un campo que ahora tiene nombre de señora peinada a la laca en el que uno vivió momentos prodigiosos como aquel partido de la selección olímpica en la que jugaban tres jugadores del Atleti, los admirados Arteche y Marina y el mezquino infiltrado Llorente, que terminó por volverse a su cubil de origen para así malterminar su carrera. En ese partido Arteche, el gran Arteche, tiró a puerta sin echar el cuerpo hacia delante, como mandan los cánones, y el balón abolló dos o tres coches estacionados en la calle Payaso Fofó, que lo sepan Vds, oigan.
No, no hablamos del Rayo Vallecano, no, hablamos del Rayo, del nuestro. Nuestro Rayo es socio del Atleti desde siempre, aunque sólo va a los partidos disputados en horario decente y en primavera-verano. El Rayo del Atleti es ese rayo de sol que, desde el mismo día en que se construyó el estadio, entra por los boquetes del voladizo de la tribuna y achicharra las córneas de los que nos sentamos en grada de lateral. El Rayo es ese que entra por un agujero y fulmina durante un rato a un sector entero al que impide ver el partido. Se nota dónde mira el Rayo porque el sector afectado en pleno achina los ojos, se pone la mano a modo de visera, se calza gorras, sombreros de ala ancha, gorras camperas y parpusas.
- ¿Y boinas?
- Hombre, pues no, boinas no, ¿cuándo ha visto Vd una boina que proteja la vista de los rayos del sol? ¿Es Vd francés o algo?
- Ah, bueno, ya. Perdone, oiga
Cuando sale el Rayo, el sector cegado maldice entonces la causa de su incomodidad ocular. A ver si llega una nube, hombre, y tapa el Rayo. Vaya tela el Rayo, ya podrían tapar el boquetito ese o poner unas cortinas de flores o la capa de Indy o algo, a ver si se va ya. El resto de grada ríe para dentro viendo al sector súbitamente achinado, jijiji, mira cómo les da el Rayo; lo que no sabe la grada es que el Rayo es molesto pero sobre todo es justo y que tras descansar un poco detrás de una columna deja en paz al sector cegado y se dedica a cegar al sector vecino, para desesperación de éste y regocijo de los ya cegados, vengativos y achinados a estas alturas.
El Rayo molesta pero el Rayo es nuestro y cuando nos vayamos a la infame Peineta, donde no habrá ni Rayo ni nada que se le parezca, le echaremos de menos. Nos dicen que estaremos más cómodos bajo una moderna visera de resina de epoxy, pero nos dará pena perder de vista al Rayo que tanto nos chinchaba y gracias a cuyas apariciones tanto nos reíamos de nuestros vecinos. Volarán el estadio y no sabremos más del Rayo, qué pena más grande. Oye, ¿qué sabéis del Rayo? ¿tú tienes contacto con él? Pues sí, de vez en cuando le llamo, no está mal pero echa de menos esto, sacó una oposición y ahora tiene una novia de Guadalajara. Hablo poco con él, la verdad, ya no es como antes, es más difícil verle. Le he agregado como amigo al feisbuc y nos hemos hecho juntos de dos grupos: "Veterinarios que consiguen matar animales y, de paso, instituciones centenarias" y "Cineastas de pelo hirsuto con aversión a la gramática".
Pobre Rayo.
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Salió el Atleti y el Sporting de Portugal, al que siempre llamamos de Lisboa, le dio una corona de flores en recuerdo de las víctimas del 11-M. El Sporting se comportó como un señor en fecha tan tristemente señalada y consiguió que todo el mundo reflexionara sobre por qué no se actúa más veces con caballerosidad y elegancia, con lo poco que cuesta. Entregó el Sporting de Portugal unas flores y nada más que por eso ya uno le cogió un poco de cariño al equipo, fíjense qué tonto es uno. Bueno, por eso y por su educada y ruidosa afición, compuesta hasta donde uno vio por personas normales con ganas de pasar un día de fútbol sin meterse con nadie y degustar la cerveza local, que es exactamente lo que uno busca en esto. Llegaron los portugueses en masa, llenando casi medio fondo entero, y fueron la mar de amables a pesar de los malos modos con los que, una vez más, les trataron algunos policías. La policía española, ya lo saben Vds, no es muy brillante a la hora de gestionar las situaciones para las que están entrenados, lo que supone una ironía y una preocupación gorda a partes iguales. Los aficionados del Sporting, por el contrario, sí parecían cómodos a la hora de pasar por la ciudad y dejar una estupenda imagen de gente tranquila, sin incidentes visibles a pesar de su enorme número, y lavando en parte la imagen dejada por sus compatriotas del Oporto, en algunos casos menos majos. Si en el partido de vuelta, en el que se espera visita en masa a Lisboa, las cosas transcurren igual, uno tendrá otro equipo verdiblanco entre sus preferidos (además, claro, del de rugby). Y ya serían tres, oiga, ni más ni menos.
Salió el Atleti con el equipo que algunos queríamos, con Domínguez de central y no de lateral, con Raúl García en el lugar de Tiago y con el Kun Agüero. Quique tiró del único equipo que tiene, en parte gracias a Pitarch y en parte gracias a él mismo, y en cinco minutos tuvo que cambiar de idea. Se lesionó Perea y salió Valera, con lo que Ujfalusi pasó a ser central junto a Domínguez. Domínguez fue de lo mejor de la noche, Ujfalusi como siempre estuvo notable y entre uno y otro dejaron claro que si hubiera laterales habría que dejarse de zarandajas y alinearles siempre a ellos en el centro de la defensa. Porque ayer, en un partido cómodo frente a un rival con uno menos (gracias a una expulsión de un jugador cuya inocencia posiblemente acabe por atraer la atención de nuestros ojeadores), frente a un equipo con un solo punta, los laterales no subieron y cuando lo hicieron centraron mal; esto es, como si no estuvieran.
En el centro salió Assunção, en su eficaz línea de siempre pero evidenciando que su motor diesel y su físico de fondista etíope también necesita de vez en cuando parar, y salió Raúl García. Raúl García, relegado a un segundo plano tras la llegada de Quique y sobre todo de Tiago, es protagonista de gran parte de las conversaciones entre colchoneros de los últimos días. Raúl García, en el primero de los tres partidos que la ausencia de Tiago y en los que se supone tendrá que reivindicar su posición, no jugó bien. No jugó tan mal como la grada se empeñó en señalar, a juicio del que suscribe, pero no jugó bien. Estuvo espeso y excesivamente entregado a su faceta destructora cuando el rival estuvo con once y demasiado poco creador cuando se quedó con diez; apartado Veloso al lateral, sólo Moutinho trotaba por el centro del campo, dejando a Raúl espacio suficiente en teoría para mover al equipo. Pero, para desgracia de sus defensores entre los que se cuenta el que suscribe, Raúl no respondió como uno esperaba. En un partido en el que debía dar un puñetazo en la mesa y aprovechar la inferioridad del rival, Raúl García se limitó a hacer un juego eficaz pero poco vistoso, excesivamente conservador e inclinado al pase hacia atrás, sin tomar riesgos y buscar sorpresas, sin cambiar el juego ni encontrar la forma de romper el entramado montado por los portugueses. El resultado fue que su juego contribuyó a aplanar aún más al equipo, a no inquietar al un rival cómodo en su cerrojazo, y a hacer a la grada echar de menos a Tiago y encumbrarlo en su imaginación a la altura del mejor Schuster. Raúl perdió una buena ocasión para demostrar lo que algunos aún pensamos que vale, pero de nuevo, y ya van varias veces, no la aprovechó.
En un partido que debería haber sido más cómodo y en el que el Atleti debió al menos investigar si era posible romper el muro rival, el Atleti se espesó. Quizás sería la presencia en el estadio de Bejbl, a quien al que suscribe le pareció ver en las inmediaciones del campo, la que terminó por liar al centro del campo del Atleti. Simão, posiblemente al límite de sus reservas de energía, no pudo o no quiso hacer mucho, quizás para evitar la bronca con la que los visitantes afeaban su salida de la cantera del Sporting para terminar siendo capitán del Benfica. Pero si Simão estuvo flojo, Forlán directamente no estuvo. Forlán evidenció un espíritu ausente francamente preocupante y una falta de concentración algo irritante. No peleó balones, no entendió las combinaciones con los compañeros y no acompañó al Kun en su cruzada en solitario contra el mundo. Parte de la grada afeó a Forlán su desidia, cosa que nos parece normal, y otra directamente la emprendió a insultos contra él y contra su señora madre, olvidando de sopetón que si el Atleti juega este año competición europea es en buena medida gracias a Forlán. Pero de estos tipos tan antipáticos y que cada vez abundan más ni hablamos, hombre ya, faltaría más.
Tan solo el Kun y Reyes, sí, Reyes, qué cosas, parecieron tener ayer ganas de algo. Reyes lo intentó e hizo un buen partido, dejando claro que algo le ha pasado últimamente y que por fin tiene fuelle como para llegar con solvencia al segundo tiempo. Dado que estaría feo en este blog hablar sólo bien de Reyes diremos que jugó bien pero adornó su actuación con su tradicional punto de inconsciencia y aire tribunero. Todo sea dicho, en algunos momentos dio lecciones de pundonor a otros compañeros; si esto llega a oídos de la Curia Vaticana les digo yo que se pone un obispo a investigar si no hay por medio una intervención divina y motivo de canonización de algún señor de Utrera. Por su parte, Agüero, como viene siendo habitual este año, tiró del equipo, corrió, se peleó con los centrales, abrió huecos, regateó rivales y buscó, sin éxito, compañeros. Ni Salvio, que sembró algunas dudas respecto a la imagen que dejó en Zaragoza, ni Jurado, de nuevo intrascendente en el poco tiempo que estuvo en el campo (salvo por el record absoluto de perder los cuatro primero balones que tocó, provocando igual número de contraataques de un equipo con uno menos) ayudaron a Agüero. A Agüero le espera un horrible final de liga en el que deberá, a su pesar, pelear contra los elementos, sortear contracturas musculares y escuchar rumores sobre ventas a equipos de la Premier y sobre filias y fobias de su suegro de cara al Mundial que no lo querría yo para nadie, salvo para el cantante de Revolver.
El Atleti no ganó un partido que debería haber ganado, sobre todo por jugar contra un rival con uno menos casi todo el rato y dos menos al final (tras la expulsión de Tonel, jugador con nombre histórico y espurio detentador del mote que en justicia debería lucir Maniche). No sentenció una eliminatoria que debería haber resuelto y volvió a quemar a sus mejores jugadores. Y, aún así, el mayor problema fue la reacción de la grada. La grada se quedó helada a diez minutos del final, justo cuando decía que parecía que ya no hacía tanto frío en Madrid, y ya ni reaccionó. La grada, especialista en silbar al eslabón más débil, quedó en silencio con el pitido final y no movió ni una ceja. Ni un silbido, ni una protesta, sólo el ruido de los abrigos al levantarse los seguidores e irse al vomitorio. Ya ni un disgusto, ni resignación, casi la costumbre. Nada de rabia, nada de ganas de montar un follón, sólo la gemela desidia del equipo en el campo, esta vez en la grada. Antes, ante estas cosas, el aficionado llegaba a casa helado y ni tocaba la cena, yéndose directamente a la cama sin ganas de hablar del disgusto; ahora llega igual de frío pero cena sopa de letras, un filete con patatas, un flan y una pera y se queda tan ancho viendo en el sofá un programa de monólogos. La afición parece haber asumido que el Atleti juega lo que juega, disputa lo que disputa y compite cuando a los jugadores les da la gana o les llega la gasolina. La gente ya no responde a la desidia con ira ni a la tomadura de pelo con rabia; ahora devuelve al equipo lo que recibe, esto es, desinterés, galbana y desdén.
La afición ha asumido que el equipo da la temporada por salvada con un puesto en la final de Copa y la entrada en Europa por la gatera y de incógnito. Y algunos, qué cosas, seguimos viendo esto indignante pero cada vez nos quedan menos ganas, menos capacidad de asombro y más ganas de irnos a cenar sopa, filete y naranja, que es lo nuestro. Ay, Señor.
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lunes, 1 de marzo de 2010
De cómo va quedando claro que Tiago nos está llevando al otro lado del río

A unos cincuenta kilómetros de la frontera española, en el norte de Portugal, está Viana do Castelo.
Se sitúa en el Estuario del Lima, un río que nace en Galicia como Limia -dando nombre a una de las más conocidas comarcas de la provincia de Ourense- y va a morir al Atlántico.
El río Limia fue uno de los más famosos de la Antigüedad bajo el nombre de río Lethes.
En la antigua Grecia, había una tradición mitológica que aseguraba que, en el Hades (es decir, en los infiernos) había cinco ríos, uno de los cuales se llamaba Lete, que significa “olvido”. Según los mitos griegos: “los espíritus de los muertos bebían en las aguas del río Lete antes de reencarnarse, para olvidar su pasado en el mundo de los vivos.”
Como los romanos habían heredado de los griegos tales creencias, y como los pobladores del lugar sabían de su incapacidad militar para hacer frente a los ejércitos de Roma, no dudaron en sacar provecho de esas asociaciones mitológicas del siniestro río Lete con el río Lethes gallego, haciendo circular entre los legionarios la creencia de que estaban a punto de cruzar el mítico río del Hades, un atrevimiento que les haría perder todos los recuerdos de su vida, incluida su identidad y la memoria de su familia y ancestros.
Los galaicos consiguieron su objetivo y, cuando las tropas de Décimo llegaron al borde de lo que creían que era el mítico Lete, se negaron a poner un pie en el agua. De nada sirvieron las órdenes de sus jefes. Los valientes pero influenciables y desmoralizados legionarios, curtidos en los duros combates contra los galaicos, arrojaron al suelo sus espadas, lanzas, escudos, armaduras y demás pertrechos, y no se atrevían a atravesar aquello que imaginaban un infernal curso fluvial.
Fue entonces cuando, empuñando el estandarte de las águilas de Roma, el comandante cruzó el río, llamó desde la otra margen a cada soldado por su nombre, y así les probó que ése no era el “Río do Esquecemento." (Río del Olvido).
La Festa do Esquecemento, es actualmente un evento de recreación histórica que se celebra en Xinzo de Limia (Ourense) para rememorar esa llegada, hasta la margen izquierda del río Limia, de las legiones romanas comandadas por Décimo Junio Bruto en el año 135 a.C.
Irónicamente, la hazaña que más ha pasado a la historia de Décimo Junio Bruto, todo un genio militar de su tiempo, ha sido ese simple paso de un río; y no su victoria sobre los galaicos en el Duero, ni su posterior papel en la fundación … ¡de Valencia!; cuya aparición tuvo lugar, precisamente, por la cesión que Décimo Junio Bruto hizo de esas tierras a los soldados que le acompañaron en su campaña de Lusitania y Galicia, una vez licenciados. El nombre de la ciudad procede del romano “Valentia”, o “Ciudad de los Valientes”, como reconocimiento del procónsul al coraje de sus tropas.
Es decir: que sin duda quedó olvidado el episodio del río Limia.
Siguiendo el curso del Limia, tras atravesar la histórica y actualmente virtual frontera con Portugal, uno acaba llegando a Viana do Castelo y, cuando el viajero se asoma al mar, tiene la sensación de encontrarse ante un río, pero cuando ve los grandes barcos atracados, sabe que desde allí partieron los pescadores del bacalao y, cuando conoce su casco histórico, lleno de blasones, sabe que existieron tiempos mejores, cuando el dinero llegaba a Portugal desde las colonias y se construyeron las excelentes casas de los siglos XVII y XVIII.
Viana do Castelo tiene un clima templado marítimo, lluvioso y fresco y, antes de visitarla, es bueno subir al impresionante santuario de Santa Luzia, desde donde las vistas del litoral atlántico son fabulosas y, los vendedores que se apostan allí, te ofrecerán los dos típicos muñequitos de hilo con traje regional, O Manuel y A María.
Uno debe parar en el mejor restaurante de toda la ruta, el Cozinha das Malheiras, probar la feijoada do mar (guiso de habas negras con pescado), su excelente bacalao y después, paseando por la ciudad, uno puede encontrarse con un mural gigantesco, en honor a su mayor símbolo deportivo: Tiago Cardoso Mendes.
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Ese es el lugar desde el que dio el sí al Atlético, durante la pasada Navidad.
"Llevaban dos años intentando ficharlo. Ha recuperado la sonrisa" –dice su padre, Carlos Mendes-. "Ahora los jóvenes vuelven a reunirse para ver a Tiago. Es una referencia para ellos. Somos unos hinchas rojiblancos más. Estamos deseando ver ya ese duelo entre Atlético y Real Madrid, entre Tiago y Cristiano", -explica José María Costa, alcalde de Viana-. “¡Somos de Tiago y del Atleti!", exclaman los trabajadores de una cafetería de plaza, donde se suelen reunir los seguidores para ver partidos.
Al portugués no le ha hecho falta, ni demasiado tiempo, ni tampoco un brillo desproporcionado, para hacerse notar. La sensación de aplomo que da con un solo toque, provoca una velocidad en el equipo que no se veía desde hace mucho. Sabe hacer coberturas, posicionarse y lo más difícil, jugar al primer toque. Da siempre la sensación de que, antes de tocar el balón, ya sabe lo que va a hacer.
Ha necesitado menos de dos meses para obtener, en Madrid, el reconocimiento que nunca le dejaron conseguir en Turín, donde se encontró con Ranieri. Con comentar eso basta, hablando entre atléticos.
Como las tropas romanas ante el humilde Limia, el Atlético de Madrid llegó al final de 2.009 rendido, humillado, perdido, desmoralizado y arrojando al suelo sus espadas, lanzas, escudos y armaduras. Ellos, que habían metido al equipo en Champions, que habían llegado a Anfield Road a decir aquí estoy yo, que habían vuelto a meterse en Champions; de repente no podían con los Rácing, Almería, Málaga, Tenerife…
Incluso los más optimistas, que es la forma eufemística de denominar a los ilusos, no veíamos un río, sino un océano frente a nosotros, cuando pensábamos que aún quedaban cinco meses de Competición.
Algo similar debía pensar, frente a su futuro en la Juventus, este hijo del Limia que, llegando desde Italia y sumando la tradición cultural y mitológica del Río que le vio nacer, al espíritu de las tropas romanas, se ha convertido en una especie de reencarnación de Décimo Junio Bruto y, atravesando el río, sin que aparentemente ello le haya causado mayores esfuerzos, ha dedicado estos dos meses a llamar por su nombre a cada uno de sus compañeros, hasta convencerles al fin de que no, de que no se les había olvidado jugar al fútbol.
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Y es de eso, de fútbol en estado puro, de lo que apetece hablar tal día como hoy.
Para empezar, anunciaron la alineación, y resultó que no estaba Jurado. ¡Bien!
Les prometo por lo que ustedes quieran que no soy aficionado proclive a cogerle manía a jugadores de mi propio equipo. De hecho, mi tendencia natural es justamente la contraria. Sin embargo, Quique Sánchez Flores, con su obstinación en alinearle en todos y cada uno de los partidos que juega el Atlético de Madrid, sólo comparable a la que aqueja al propio jugador, empeñado en no hacer nada positivo nunca, ha conseguido convertirme en un pobre aficionado maniaco-obsesivo.
Cómo será la cosa, que el pasado viernes, cuando Del Bosque anunció la lista de la Selección, me precipité a abrir una pesi y brindé conmigo mismo, para celebrar que aquella era la primera lista en varios meses, de un equipo que pueda considerar propio, en la que no aparecía Jurado.
Tampoco detentaba la condición de titular en la alineación del partido de ayer, y eso me pareció una magnífica noticia, casi una señal, de que el Atleti, que ésta vez jugaría con once jugadores, podría confirmar que era cierta la primera parte de las declaraciones de Emery en la víspera (que somos un rival directo) y podría evitar que se cumpliese la segunda (que, ganando el Valencia, nos eliminarían de forma definitiva).
Salieron aparentemente ambos equipos a ello; comenzando el partido con un ritmo trepidante. Especialmente Marchena, todo un clásico para estas cosas, que en el minuto 1 ya tenía tarjeta amarilla, tras atropellar a Simão y éste, a su vez, se encontró ante su primera oportunidad de ejecutar su recuperado golpe franco maestro. Se fue alto, por poquito.
El Atleti, muy enchufado, iba encerrando poco a poco al Valencia, y acumulaba ocasiones. Reyes tuvo una buena idea al salir de un regate, pero su ejecución fue pésima; Forlán no remató un buen pase de Simão, Agüero iba creando peligro y, en el minuto 19, llegó la primera jugada-clave: Reyes, motivado e individualista, entró en diagonal en el área valencianista y Banega, a quien desde luego no se le da nada bien el Calderón, primero fue desbordado, y luego zancadilleó muy claramente al sevillano.
Yo, como los entrenadores dicen cuando les conviene, desde mi zona no lo vi bien; pero un caro amico valenciano –que no valencianista- me escribió en directo que fue “un penalti como una casa de veinte plantas”.
No lo suficiente para Pérez Burrull, ese árbitro, esa pesadilla, natural de Comillas, famosa tanto por la Universidad, como por la maravillosa casa ideada por Gaudí como, para ciertas familias, también, por ese bar que tienen en la plaza principal, donde pides pimientos de Padrón y te dan de esos de Murcia, que pican todos, y luego te tiras una semana hecho polvo, seis meses sin probar el picante y, lo que es infinitamente más grave: año y pico sin volver a atreverte a pedir esa auténtica maravilla gastronómica.
Así que no lo pitó, la jugada siguió, el Valencia cogió a todo el Atleti con ese despiste indignado propio de jugadas así, y Silva aprovechó para hacer un montón de cosas al lado de la portería de David De Gea: tiró, recuperó el balón, se fue para un lado, se fue para el otro, volvió sobre sus pasos, tiró otra vez y, al segundo intento (aunque su pasmosa tranquilidad y soledad en la jugada, nos hace temer que habría podido tener una tercera, e incluso una cuarta opción) marcó un injusto e inexplicable 0-1.
Suponemos que, en un alarde de originalidad, más de uno y más de dos estrellas radiofónicas no podrían evitar el “y pasamos del posible uno-cero, al cero-unooooo”. No menos originales fuimos unos cuantos, que temimos que el partido se nos había ido a hacer puñetas.
Pero no fue así. El caso es que Reyes tardó muy poco en volver a la carga. He comentado ya lo de la motivación y el individualismo, ¿no?. Bueno, pues insistió por tercera vez, enviando un balón al poste, casi sin ángulo, después de recorrerse casi medio campo, y llegar hasta la línea de fondo.
Sólo siete minutos después del primer penalti no pitado, y del gol del Valencia, llegó la segunda jugada-clave: Agüero entra en el área, Marchena entra a saco, y desde mi zona seguimos sin ver exactamente lo que ocurre; aunque sí que no pasa el balón, ni cae Agüero, ni es posible que el defensa despejase con los pies, porque ya había sido superado por el regate del Kun.
Eso, insisto, desde mi zona, que está junto a la esquina opuesta a aquella en que la jugada sucedió. Sin embargo, estando al lado, Pérez Burrull, cuyo segundo apellido es una tentación permanente a la que nos resistimos de forma heroica, dejó seguir la jugada hasta que fue, literalmente, placado por el gran Paulo Assunção, rodeado por todo el equipo e insultado por, al menos, el 99% del público asistente.
Se detuvo el colegiado de Comillas, fue a hablar con el cuarto árbitro, regresó al área valencianista y, una vez allí, para sincero pasmo de todo el mundo, pitó penalti, expulsó a Marchena y, tras soportar estoicamente Forlán una serie de gestos muy raros que le hizo, con los brazos, ese portero tan peculiar que es César, marcó con tranquilidad el 1-1.
En la grada, respiramos todos muy hondamente. Al equipo, en cambio, no le dio tiempo de entonar un ¡uuufff! ni nada, porque el Valencia hizo ademán de reaccionar y, por ejemplo, Mata amenazó a Valera por su banda un par de veces seguidas, la segunda de las cuales salvó el murciano estando de espaldas, casi sin querer. Daba algo de miedo Mata.
Pero, si nosotros nos quejamos de Quique, supongo a los valencianistas jurando en arameo al pensar en Emery, el teatral, histriónico, gesticulante y tremendamente sobrevalorado Emery porque, para solucionar el problema táctico que le creó Marchena, no se le ocurrió otra cosa que elegir precisamente a Mata para el cambio cuando, hasta ese momento, el Valencia se había reducido exclusivamente a César, Silva y el mencionado producto de la cantera de ese otro Club de Madrid.
Bien por Emery, pues, que nos hizo un maravilloso favor con ese cambio y, para celebrarlo, el bueno de Valera se marcó una arrancada desde el propio campo, llegando hasta el borde del área contraria y, si no se le llega a cruzar un aguafiestas valencianista, creo que habría podido tirar a puerta y todo. Fue el mejor partido de Valera, por cierto. Lo cual no es decir mucho, pero sí es algo distinto a lo habitual. Como lo es haber visto al mejor Antonio López de la temporada.
Siguió atacando el Atleti y, cuando estábamos a punto de abrir el paquete del bocadillo del descanso, Agüero se quedó sólo frente a César. O sea, medio gol.
Pero si hasta entonces habíamos sufrido uno de los males de la noche, el del natural de Comillas, en esa jugada nos dimos cuenta de que los jugadores llevaban tres cuartos de hora encima del otro mal: el terreno de juego. Qué desastre de terreno de juego. No le bastaba a Cerezo con mantener el Estadio más sucio de Europa y gran parte del Mundo, no. También tenía que dejar morir el césped. Anda que vaya perezón, invertir en el mantenimiento del campo, ¿verdad?
Total: que el Kun intentó un tiro, y le salió un ensayo. Jugar sobre un patatal, es lo que tiene.
La segunda parte comenzó, más o menos, como terminó la primera: con el Atleti atacando, César parando y el Valencia resistiendo.
Sin embargo, uno, que es muy susceptible para estas cosas, la verdad es que le fue perdiendo el respeto al Valencia, a cada minuto que pasaba. Los malos éramos nosotros, se supone; y ellos los reyes del mambo, terceros en la clasificación y con un entrenador que nos perdonaba la vida considerándonos “rivales directos”, pese a los 19 puntos que nos llevaban.
Por eso, resultaba bastante difícil de entender cómo César, ejemplar profesional cercano a la cuarentena, internacional y con mentalidad de equipo grande acreditada, perdía una media de quince-veinte segundos en cada saque de puerta. Vaya miedo, ¿no?
Tampoco fue lo que se dice ejemplar la Grada, vale. Sin embargo, más allá de los más que desafortunados cánticos que recibió, uno esperaba más grandeza, menos gestos y más ambición en un portero que, al fin y al cabo, estaba camino de convertirse en héroe del encuentro, según iba salvando, una tras otra, las ocasiones del Atleti, que cada vez eran más, y cada vez llegaban con mayor frecuencia.
Voló César a detener un magistral saque de falta de Simão, aguantó otro par de ocasiones de Agüero, y le hizo probablemente la parada de la noche a Reyes, sacando una mano milagrosa por abajo. Y nos daba rabia. Veíamos al Atleti jugar mejor, mucho mejor, llegar una, y otra, y otra vez; pero César lo paraba todo y, como dicho queda y hasta que el natural de Comillas, al fin, le advirtió en una las jugadas, perdía el tiempo en cada saque como si, en lugar de defender la portería del Valencia, defendiese la del Levante. Así de bien estaba jugando el Atleti, es decir.
Tan intenso estaba el partido, que a muchos nos pasó desapercibido un tercer penalti, de nuevo cometido por el bueno de Banega, deteniendo con la mano, desde la barrera, otro lanzamiento de falta de Simão; y no nos acabábamos de creer cómo el Kun, de nuevo en un mano a mano con el portero, volvía a lanzar alto.
Así que, cuando Sergio Agüero, de nuevo, hizo una jugada en solitario, volvió a encarar a César y en lugar de patear balón, pateó césped de patatal; tras lo cual quedó tendido en el césped, no sólo nos temimos lo peor, sino los peores: que no había forma de marcar el segundo, y que nos quedábamos sin el Kun.
Pero el Atleti siguió jugando, mientras Agüero permanecía tendido en el área. Hubo una falta muy cerca de la esquina, el 10 se levantó cojeando, hizo un gesto en plan de “bueno, venga, me quedo para ésta jugada y luego ya me voy”, la puso Simão y … sí, efectivamente, no podía ser otro que Agüero, quien se elevase y cabeceara el gol. Minuto 77. 2-1.
Pero había que cambiarle, claro, y Quique, mundialmente famoso por actuar siempre a piñón fijo, probablemente ni se planteó opciones como las de darle cancha a Salvio, o minutos a Ibrahim, o fortalecer el medio campo con Raúl García. Ni él ni mi tocayo, apellidado Escribá y doble de Mourinho pensaron en otro que en el de siempre: Juradintintín.
Cómo no. Pero, miren ustedes por donde, con el Valencia ya sin posibilidad de recuperar el tiempo perdido, sin fuerzas, sin cohesión y sin ganas; el cuartofantasista, tras tocar un primer balón un poco en su línea habitual (toquecito, contrario que se lo come, él en el suelo, el balón en posesión del otro equipo) luego se lo pasó bomba, aprovechando el chollete de líneas separadas y espacios abiertos. Para eso sí que vale.
Así que primero le dio a Forlán, que ejecutó de forma magistral, el 3-1 y luego, hala, qué barbaridad, marcó él solito el 4-1.
Muy bien. Jugó muy bien el Atleti, y se comió vivo al Valencia. Ya se lo estaba comiendo cuando eran once, se lo comía cuando pudo y debió llegar el 1-0 en la jugada de Reyes y Banega, siguió siendo muy superior tras el injusto revés del 0-1, y sólo la gran actuación individual de César impidió que la goleada fuese mayor y, sobre todo, que llegara antes.
Leo por ahí muchos intentos de otorgarle la responsabilidad, del actual nivel del equipo, a Quique Sánchez Flores.
No será posible negarle determinados aspectos del equipo pero, sin embargo, de entrada, recuerdo perfectamente “haberle recibido” con una mini-crónica, cuando debutó como entrenador en Marbella. Y eso fue a finales de octubre. Y como desde entonces pasaron aún un par de meses de penurias, triste juego, reacciones intermitentes y todo aquello que el técnico denominaba “lenta recuperación del enfermo” y, sin embargo, la llegada al equipo de Tiago, en enero, ha coincidido matemáticamente con los mejores partidos del Atleti…
…No tengo más remedio que darle al portugués, de Viana do Castelo, la responsabilidad propia de la reencarnación de Décimo Junio Bruto, pues él ha cruzado al otro lado del río, y hasta allí ha ido llevando a los demás componentes del equipo. A ese lado del río donde se juega al fútbol. Y donde se conquista Valencia.
Al Valencia, quicir.
Ω - Fran Omega – marzo 2010
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lunes, 18 de enero de 2010
De cómo se pasa de la desesperación a los cálculos de probabilidades, como siempre
Ganó el Atleti un partido en el que pudo marcar más goles sin jugar mejor que el rival: es lo que tiene contar con Agüero en filas propias.
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Se van casi por la puerta de atrás, en privado y casi como si se quisiera ocultar que ya no estarán más, como el resto. Cuando llegan, unos y otros, la prensa hace volteretas laterales, ya llegó, aquí está, es la solución a todos los males, menudo fenómeno, hay que ver lo bien que hacen las cosas estos directivos tan fetén. Y luego llegan y, la mayoría, ni fú ni fá. Unos fracasan con estruendo, otros pasan de largo sin demasiado interés, pocos aparentan tener un móvil más allá del sueldo. Pero hay algún otro, sí, hay otros que sí intentan hacer las cosas bien, entienden dónde llegaron, saben ponerse en la piel de los que llenan graderíos y bares para ver cómo lo hacen. Y éstos, que son pocos, meten el pie y juegan fuerte y corren y buscan lo mejor para el equipo, que es lo mismo que decir que buscan lo mejor para la grada y lo mejor para ellos mismos. Y éstos, con sus altos y sus bajos y sus partidarios y sus detractores, poco a poco se van haciendo con un sitio en el Club, en la gente, en el equipo. Y aguantan a veces pitos injustos y otras veces gozan de un trato más paciente que con el resto, probablemente porque se han ganado los galones y el respeto. Y la gente les exigen mucho porque saben que pueden dar mucho y que de hecho lo han dado, y tiene paciencia y respeto porque, con su juego, dieron muchas alegrías, muchas sonrisas en domingo y mucha dignidad los lunes. Y cuando estos se van, por increíble que parezca, la afición se queda sin la ocasión de al menos decirles gracias, gracias por las carreras, por meter la pierna, por tomarte en serio la rehabilitación tras la lesión, por entrar al choque, por controlar aquél balón y meter aquél gol. O gracias aunque nunca fuiste santo de mi devoción, pero reconozco que luchaste por lo mismo que yo, a veces menos de lo que yo creo que debieras, a veces menos de lo que el resto interpreta. Gracias, gracias por todo, suerte y que te vaya bien, que tengas éxito, si vuelves por aquí llama y cuéntanos cómo te va, si tienes un rato iremos a tomar cañas al bar de siempre.
Se ha ido Maxi tras cinco años en el club, tras ser Capitán del Atleti, tras muchos goles y muchos buenos partidos y una lesión terrible y también tras un último año flojo y algún detalle feo hacia la gente y el brazalete. Pero se ha ido un jugador honesto, completo, de nivel y calidad, un tipo que nos ha levantado del asiento muchas veces, un tipo al que los rivales temían y respetaban, un teórico pechofrío que se hartó de llorar el día que se iba de nuestro equipo. Se ha ido Maxi y no será fácil que llegue uno mejor o al menos eso parece. Se ha ido Maxi y no hemos tenido ocasión de despedirnos, sólo hemos podido verle llorar en una rueda de prensa después de escuchar a Cerezo leyendo una redacción sobre el Cluzz, quizás fuera eso lo que le hizo llorar desconsoladamente ahora que lo pensamos. Se ha ido Maxi, para quien un partido homenaje se antoja excesivo, sobre todo en este club en el que no se homenajea a nadie desde Capón - que tiene tela el tema - pero se ha ido sin que apareciera si quiera en el estadio para decir adiós a pesar de haber estado en las oficinas unas horas antes del partido. Se ha ido Maxi y no hemos podido desearle suerte ni el Club ha hecho nada para que la gente se despidiera. Tuvo que ser el público, en concreto el mismo fondo que hace unos años sacara una pancarta menos bonita y algo más tarde homenajeara como se debía al gran Juan Vizcaíno, quien tuviera el detalle de agradecer a Maxi los servicios prestados. Se ha ido Maxi y no hemos podido decirle adiós y gracias, gracias por robar balones y llegar al remate en segunda línea, gracias por ese gol en Anfield, por estar ahí cuando hacía falta. Se ha ido Maxi por la puerta de atrás, y esto no es más que un ejemplo más de lo poco que entienden en el club a los que, según ellos, sólo nos jugamos el dinero de la entrada. Sólo el dinero de la entrada, dice el tío. Hay que joderse, oiga.
Se ha ido Maxi y desde aquí le damos las gracias, le deseamos suerte y le decimos que nos habría gustado decírselo en directo, en el estadio, como debería hacerse cuando se va un capitán de un equipo centenario. Al menos decirle a la cara que a él, a él sí, le tenemos el respeto que otros nunca se ganaron.
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Llegó la gente al Calderón con otra cara tras lo del jueves, y haciendo cuentas como si fueran a una auditoría o vinieran de pedir un crédito para comprar la cama Restform. Si ganamos hoy y ganamos al Getafe y luego al Málaga, si ganamos al Celta el jueves y luego empatamos la vuelta, si pincha éste y aquél y el de más allá, si empatan todos todos los días menos nosotros, si la copa África dura otros tres meses por la sequía o las riadas, si Llamazares se pone turbante y le pillan en un control aeroportuario, si pasa todo eso se puede hacer algo. La afición, mustia desde principio de temporada, sólo necesita un poquito de fertilizante para hacer germinar orquídeas en las calculadoras y sacar pecho y pensar que, este año por fin sí, vivirán una nueva final de copa, ese acontecimiento que en un período fue casi cotidiano y ahora nos resulta tan lejano. La gente del Atleti, ya lo saben Vds, es lo que tiene: pasa de llamar a las barricadas a verse en Champions, pasa de criticar a todos y cada uno de los jugadores a elevarlos a los altares, pasa de estar del lado de un entrenador a pedir su cabeza en bandeja de plata. La gente del Atleti, ya lo saben Vds, es así y por eso nos gusta también, qué caramba.
Salió el Atleti y nada más salir cumplió con un minuto de silencio por las víctimas del terremoto de Haití y por un pobre chavalín del Atleti que se fue cuando no le correspondía y cuya foto apareció un par de veces en el marcador electrónico, helando la sangre de los presentes cuando pensaban en los pobres padres y familiares. Hay ocasiones en las que uno no sabría nunca qué decir, y ésta es claramente una de ellas.
Salió al Atleti y la gente, que está en todo, reparó en Indy. Indy ya no es Indy, dicen los niños; o se ha hecho un lifting o es un impostor, un doble, un imitador, ese de ahí no es Indy, sinvergüenza, que sí, que sí, lo que pasa es que se ha hecho lo de Belén Esteban. Indy ha cambiado el plumaje natural teñido por plumas sintéticas, más resistentes a los chaparrones que le dejan hecho un asco como bien sabemos. Indy ya no tiene dientes, no ha recuperado los incisivos que perdió, dicen las malas lenguas, en una pelea de bar por culpa de una mapache casada. Indy ha cambiado la dentadura por una lengua roja y ridícula que le da aspecto de rata con sed o de hamster rijoso, que es ya lo que le faltaba al bicho. Indy ya no es Indy, nos lo ha dicho el Cesid tras mucho investigar, resulta que el nuevo Indy es el hijo ilegítimo del antiguo Indy y es conocido ahora como Indy Jr. Es más oscuro, y el cambio de capa se debe a que su madre no era mapache, como el padre, sino mofeta; Indy Jr es por tanto un mapache mestizo, un mofache o mapeta. El padre, tras los ultimatums del Club para que cuidara la higiene personal y la dentadura, está al parecer en las Vegas haciendo de figurante en un musical que recrea Mars Attacks. Qué pena de mapache, dice la gente en los bares, cuando juegan a las máquinas y reco-ogen lo que les sale.
Salió el Atleti, y enfrente se encontró a un buen equipo, miren Vds por donde. Un equipo sin estrellas, con jugadores modestos y no muy conocidos que juega al fútbol siguiendo el modelo de otros equipos con plantillas de relumbrón. El Sporting, de nuevo arropado por una afición numerosa y bullanguera que siempre nos gusta que venga en tropel, jugó rápido y al ataque, dejó jugar e intentó hacer su juego, a ratos con éxito, casi siempre mejor que el Atleti. Jugó el Sporting cómodo en el centro del campo, combinando de primeras y lanzando ataques y, cree uno, no mereció llevarse tres goles. Pero se llevó tres goles, qué cosas, y si Agüero, un jugador enorme en un momento espectacular, llega a meter un par de ocasiones claras que se le fueron fuera o al larguero, se lleva cinco. Qué cosas pasan, qué cosas; qué cosa que Agüero, tras un partido inmenso, no marcara. Qué cosa que el Kun tenga más ganas de luchar, de agradar y de ganar que muchos jugadores limitados que no pueden ni por asomo pensar en acercarse a su inmenso talento. Qué jugada tras el saque de centro del segundo gol del Sporting. Qué suerte tenemos de que el Kun esté con nosotros, qué miedo nos da que se vaya, qué pena tener que resignarse a disfrutar de su juego mientras nos dure.
Salió el Atleti y lo hizo como siempre: con cuatro defensas, con dos medios centros, con dos interiores que juegan como extremos, con Agüero y con Forlán. Llama la atención que, desde Aguirre, el equipo juega igual. Alguna vez puso Aguirre un sólo delantero y le llamaron cobardica, nenaza y flojo. Abel llegó al banquillo diciendo bravatas con esa voz cavernosa de corista de Barry White y adelantó un poco la defensa, sin cambiar mucho más. Llegó luego Quique y se quedó ronco y perdió dos kilos y se puso una bufanda gorda y anunció sosiego y trabajo, y al final todo quedó igual. A Aguirre le afeaban que el equipo no defendía bien a balón parado, a Abel le afeaban que el equipo no defendía bien a balón parado, a Quique se le afea que el equipo no defiende bien a balón parado. A Aguirre le decían que el equipo estaba poco trabajado y que se replegaba sin orden, improvisando; lo mismo se achacaba a Abel y lo mismo se le achaca a Quique. A Aguirre le dijeron que necesitaba un medio centro creador, a Abel le dijeron que pusiera un medio centro creador y a Quique le dieron a Jurado y, después de verle unos partidos, le dijeron que por qué había puesto a Jurado si lo que hacía falta era un medio centro creador. El tiempo pasa, el debate continúa y ni la salida de Maxi, que coincide con la resurrección momentánea de Reyes y la posible llegada de Salvio, parece que arroje luz sobre el modelo a seguir.
Salió el Atleti y, acabado el partido, dejó claras pocas cosas. Dejó claro que las dudas que levanta Asenjo empiezan a ser del tamaño del Vicente Calderón, en especial tras el asombroso e injustificable penalti de ayer. Dejó claro que Perea ha optado por pegar patadones para evitar cometer fallos clamorosos. Que Domínguez sigue siendo de largo el central más solvente. Que Ujfalusi, que dio un sensacional pase al Kun por encima de la defensa rival y que participó con un melonazo en el segundo gol, debería jugar de central y no de lateral, por más que agradezcamos su querencia al ataque y su negativa a esconderse. Que Simão, tras el partido del jueves, debe seguir esa senda y que Reyes, más comprometido con el equipo, a veces siente la llamada del frenopático y persigue a un rival y le hace una falta de amarilla en mal sitio y mal momento sin que nadie se explique por qué. Que Forlán parece más entonado y ve puerta y que Ibrahim, todo esfuerzo, zancada, pundonor y ganas de recuperar la posición, necesita pulir su técnica por más que marcara un gol de mérito. Y dejó claro que Assunção juega más cómodo con Raúl García al lado, que Tiago aprovechó sus minutillos para dejar una buena impresión inicial y que el Atleti, que ganó un partido metiendo más goles de los que mereció encajar el rival, sigue teniendo un problema en la creación y en el centro del campo que por ahora soluciona el inmenso talento y hambre de Agüero.
Y es que salió el Atleti con la misma cara que contra el Recre salvo por un cambio importante, el de Raúl García en vez de Jurado. Contra el Recre Quique, piensa uno, quiso sacar un equipo ofensivo al máximo, algo que a uno le parecería bien si compartiera la idea de que el equipo ataca más y mejor con Jurado que con Raúl García. Jurado sigue sin encontrar su sitio a pesar de haber jugado en el Atleti casi la mitad de los partidos de Maxi, que se dice pronto; Raúl García quizás siga luchando por su sitio a pesar de dedicarse a arreglarle el sitio a otros, por más que la grada no parezca apreciarlo. Y es que Raúl García, de quien uno es admirador y partidario, ayer no hizo un buen partido; y, es más, uno se atrevería a decir que es casi imposible que Raúl García haga un partido completo cuando tiene que jugar como ayer. Raúl García puede que no sea un dandy del balón ni un excelente gambeteador, puede que deba dar más de sí y decidirse a tomar las riendas del equipo. Pero, cree uno, las carencias de Raúl García (que ahí están y no hay que ocultarlas ni negarlas) tienen su origen en un único defecto, un clarísimo punto débil en el jugador: la ausencia casi total de egoísmo. Raúl García juega en equipo y para el equipo, piensa en el equipo y no en él, tapa el agujero que dejó el compañero agotado tras intentar cinco regates a pesar de no tener fuelle para volver a su posición en caso de contraataque rival. Raúl García, que tiene defectos pero tiene también calidad y poderío físico y kilos y envergadura, podría quizás unirse a la dinámica ofensiva, buscar el brillo propio y dejar a otro a la intemperie en caso de contraataque, pero al hombre no le sale: faltar a su deber supondría darle ventaja al rival, y eso podría suponer una jugada de ataque clara para el contrario, y eso podría suponer un gol en contra, y eso sería malo para el equipo y lo que es malo para el equipo es malo para Raúl García, y eso lo tiene claro Raúl García y no lo tienen claro los demás salvo alguna excepción.Y ese celo en ayudar, esa consciencia del deber, ese poner por delante lo que el resto necesita parece una losa para el carisma y la presencia de Raúl García.
Da la sensación de que si se sometiera a plebiscito la presencia en el equipo de Raúl García sería sobre todo defendido por sus compañeros más cercanos en el campo, en especial Assunção. La diferencia entre el partido del jueves pasado, en el que Assunção se fundió de tanto correr y terminó expulsado tras defender más solo que la una por todo el campo, y el de ayer, en el que pudo hasta llegar a rematar un gol en la línea de la portería rival, quizás esté en que a su lado estaba Raúl apagando fuegos codo con codo en vez de mirando la manera en que salir en las crónicas. Quizás Raúl García daría más de sí con un centro del campo más comprometido con tareas defensivas, con un tercer compañero en su línea (dejando cuatro buenos jugadores para tres puestos arriba) que le permitiera ser el centrocampista de ida y vuelta que tanto gustaba a Aguirre. Quizás una media formada por Assunção, Raúl García y un jugador del corte que anuncia Tiago aportaría algo al equipo, pero como sabemos ningún entrenador tiene la intención de variar el dibujo que ideara el mexicano, quizás sabiendo que dicho cambio le privaría de la coartada del "esto es lo que heredé". Y quizás, también hay que decirlo, Raúl García no se haya ganado el derecho a que el dibujo del equipo se modifique para encontrarle un buen acomodo.
Y, vaya por delante, todo esto el día después de que uno se sintiera algo decepcionado por el partido de Raúl García de ayer, del que uno había esperado un partido sólido y brillante que dejara a las claras que Raúl García es un buen jugador que debería tener un papel más importante en el Atleti. Pero no fue así y, a día de hoy, uno teme que Raúl García acabe hartándose del Atleti o el Atleti de Raúl García y éste acabe formando parte de la plantilla de otro equipo que juegue más junto, más comprometido, más solidario, y si ese día llega quizás entonces echaremos de menos la solidaridad de un tipo al que la grada, cree uno, no respeta lo que merece.
- Hay que ver con qué intensidad defiende Vd a este hombre
- Es que uno, sépanlo todos, es un gran defensor de la gente con la nariz grande,
- Ya
- Bueno, todos salvo el Ramoncín pre-quirófano
- Hombre, normal.
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Se van casi por la puerta de atrás, en privado y casi como si se quisiera ocultar que ya no estarán más, como el resto. Cuando llegan, unos y otros, la prensa hace volteretas laterales, ya llegó, aquí está, es la solución a todos los males, menudo fenómeno, hay que ver lo bien que hacen las cosas estos directivos tan fetén. Y luego llegan y, la mayoría, ni fú ni fá. Unos fracasan con estruendo, otros pasan de largo sin demasiado interés, pocos aparentan tener un móvil más allá del sueldo. Pero hay algún otro, sí, hay otros que sí intentan hacer las cosas bien, entienden dónde llegaron, saben ponerse en la piel de los que llenan graderíos y bares para ver cómo lo hacen. Y éstos, que son pocos, meten el pie y juegan fuerte y corren y buscan lo mejor para el equipo, que es lo mismo que decir que buscan lo mejor para la grada y lo mejor para ellos mismos. Y éstos, con sus altos y sus bajos y sus partidarios y sus detractores, poco a poco se van haciendo con un sitio en el Club, en la gente, en el equipo. Y aguantan a veces pitos injustos y otras veces gozan de un trato más paciente que con el resto, probablemente porque se han ganado los galones y el respeto. Y la gente les exigen mucho porque saben que pueden dar mucho y que de hecho lo han dado, y tiene paciencia y respeto porque, con su juego, dieron muchas alegrías, muchas sonrisas en domingo y mucha dignidad los lunes. Y cuando estos se van, por increíble que parezca, la afición se queda sin la ocasión de al menos decirles gracias, gracias por las carreras, por meter la pierna, por tomarte en serio la rehabilitación tras la lesión, por entrar al choque, por controlar aquél balón y meter aquél gol. O gracias aunque nunca fuiste santo de mi devoción, pero reconozco que luchaste por lo mismo que yo, a veces menos de lo que yo creo que debieras, a veces menos de lo que el resto interpreta. Gracias, gracias por todo, suerte y que te vaya bien, que tengas éxito, si vuelves por aquí llama y cuéntanos cómo te va, si tienes un rato iremos a tomar cañas al bar de siempre.
Se ha ido Maxi tras cinco años en el club, tras ser Capitán del Atleti, tras muchos goles y muchos buenos partidos y una lesión terrible y también tras un último año flojo y algún detalle feo hacia la gente y el brazalete. Pero se ha ido un jugador honesto, completo, de nivel y calidad, un tipo que nos ha levantado del asiento muchas veces, un tipo al que los rivales temían y respetaban, un teórico pechofrío que se hartó de llorar el día que se iba de nuestro equipo. Se ha ido Maxi y no será fácil que llegue uno mejor o al menos eso parece. Se ha ido Maxi y no hemos tenido ocasión de despedirnos, sólo hemos podido verle llorar en una rueda de prensa después de escuchar a Cerezo leyendo una redacción sobre el Cluzz, quizás fuera eso lo que le hizo llorar desconsoladamente ahora que lo pensamos. Se ha ido Maxi, para quien un partido homenaje se antoja excesivo, sobre todo en este club en el que no se homenajea a nadie desde Capón - que tiene tela el tema - pero se ha ido sin que apareciera si quiera en el estadio para decir adiós a pesar de haber estado en las oficinas unas horas antes del partido. Se ha ido Maxi y no hemos podido desearle suerte ni el Club ha hecho nada para que la gente se despidiera. Tuvo que ser el público, en concreto el mismo fondo que hace unos años sacara una pancarta menos bonita y algo más tarde homenajeara como se debía al gran Juan Vizcaíno, quien tuviera el detalle de agradecer a Maxi los servicios prestados. Se ha ido Maxi y no hemos podido decirle adiós y gracias, gracias por robar balones y llegar al remate en segunda línea, gracias por ese gol en Anfield, por estar ahí cuando hacía falta. Se ha ido Maxi por la puerta de atrás, y esto no es más que un ejemplo más de lo poco que entienden en el club a los que, según ellos, sólo nos jugamos el dinero de la entrada. Sólo el dinero de la entrada, dice el tío. Hay que joderse, oiga.
Se ha ido Maxi y desde aquí le damos las gracias, le deseamos suerte y le decimos que nos habría gustado decírselo en directo, en el estadio, como debería hacerse cuando se va un capitán de un equipo centenario. Al menos decirle a la cara que a él, a él sí, le tenemos el respeto que otros nunca se ganaron.
___
Llegó la gente al Calderón con otra cara tras lo del jueves, y haciendo cuentas como si fueran a una auditoría o vinieran de pedir un crédito para comprar la cama Restform. Si ganamos hoy y ganamos al Getafe y luego al Málaga, si ganamos al Celta el jueves y luego empatamos la vuelta, si pincha éste y aquél y el de más allá, si empatan todos todos los días menos nosotros, si la copa África dura otros tres meses por la sequía o las riadas, si Llamazares se pone turbante y le pillan en un control aeroportuario, si pasa todo eso se puede hacer algo. La afición, mustia desde principio de temporada, sólo necesita un poquito de fertilizante para hacer germinar orquídeas en las calculadoras y sacar pecho y pensar que, este año por fin sí, vivirán una nueva final de copa, ese acontecimiento que en un período fue casi cotidiano y ahora nos resulta tan lejano. La gente del Atleti, ya lo saben Vds, es lo que tiene: pasa de llamar a las barricadas a verse en Champions, pasa de criticar a todos y cada uno de los jugadores a elevarlos a los altares, pasa de estar del lado de un entrenador a pedir su cabeza en bandeja de plata. La gente del Atleti, ya lo saben Vds, es así y por eso nos gusta también, qué caramba.
Salió el Atleti y nada más salir cumplió con un minuto de silencio por las víctimas del terremoto de Haití y por un pobre chavalín del Atleti que se fue cuando no le correspondía y cuya foto apareció un par de veces en el marcador electrónico, helando la sangre de los presentes cuando pensaban en los pobres padres y familiares. Hay ocasiones en las que uno no sabría nunca qué decir, y ésta es claramente una de ellas.
Salió al Atleti y la gente, que está en todo, reparó en Indy. Indy ya no es Indy, dicen los niños; o se ha hecho un lifting o es un impostor, un doble, un imitador, ese de ahí no es Indy, sinvergüenza, que sí, que sí, lo que pasa es que se ha hecho lo de Belén Esteban. Indy ha cambiado el plumaje natural teñido por plumas sintéticas, más resistentes a los chaparrones que le dejan hecho un asco como bien sabemos. Indy ya no tiene dientes, no ha recuperado los incisivos que perdió, dicen las malas lenguas, en una pelea de bar por culpa de una mapache casada. Indy ha cambiado la dentadura por una lengua roja y ridícula que le da aspecto de rata con sed o de hamster rijoso, que es ya lo que le faltaba al bicho. Indy ya no es Indy, nos lo ha dicho el Cesid tras mucho investigar, resulta que el nuevo Indy es el hijo ilegítimo del antiguo Indy y es conocido ahora como Indy Jr. Es más oscuro, y el cambio de capa se debe a que su madre no era mapache, como el padre, sino mofeta; Indy Jr es por tanto un mapache mestizo, un mofache o mapeta. El padre, tras los ultimatums del Club para que cuidara la higiene personal y la dentadura, está al parecer en las Vegas haciendo de figurante en un musical que recrea Mars Attacks. Qué pena de mapache, dice la gente en los bares, cuando juegan a las máquinas y reco-ogen lo que les sale.
Salió el Atleti, y enfrente se encontró a un buen equipo, miren Vds por donde. Un equipo sin estrellas, con jugadores modestos y no muy conocidos que juega al fútbol siguiendo el modelo de otros equipos con plantillas de relumbrón. El Sporting, de nuevo arropado por una afición numerosa y bullanguera que siempre nos gusta que venga en tropel, jugó rápido y al ataque, dejó jugar e intentó hacer su juego, a ratos con éxito, casi siempre mejor que el Atleti. Jugó el Sporting cómodo en el centro del campo, combinando de primeras y lanzando ataques y, cree uno, no mereció llevarse tres goles. Pero se llevó tres goles, qué cosas, y si Agüero, un jugador enorme en un momento espectacular, llega a meter un par de ocasiones claras que se le fueron fuera o al larguero, se lleva cinco. Qué cosas pasan, qué cosas; qué cosa que Agüero, tras un partido inmenso, no marcara. Qué cosa que el Kun tenga más ganas de luchar, de agradar y de ganar que muchos jugadores limitados que no pueden ni por asomo pensar en acercarse a su inmenso talento. Qué jugada tras el saque de centro del segundo gol del Sporting. Qué suerte tenemos de que el Kun esté con nosotros, qué miedo nos da que se vaya, qué pena tener que resignarse a disfrutar de su juego mientras nos dure.
Salió el Atleti y lo hizo como siempre: con cuatro defensas, con dos medios centros, con dos interiores que juegan como extremos, con Agüero y con Forlán. Llama la atención que, desde Aguirre, el equipo juega igual. Alguna vez puso Aguirre un sólo delantero y le llamaron cobardica, nenaza y flojo. Abel llegó al banquillo diciendo bravatas con esa voz cavernosa de corista de Barry White y adelantó un poco la defensa, sin cambiar mucho más. Llegó luego Quique y se quedó ronco y perdió dos kilos y se puso una bufanda gorda y anunció sosiego y trabajo, y al final todo quedó igual. A Aguirre le afeaban que el equipo no defendía bien a balón parado, a Abel le afeaban que el equipo no defendía bien a balón parado, a Quique se le afea que el equipo no defiende bien a balón parado. A Aguirre le decían que el equipo estaba poco trabajado y que se replegaba sin orden, improvisando; lo mismo se achacaba a Abel y lo mismo se le achaca a Quique. A Aguirre le dijeron que necesitaba un medio centro creador, a Abel le dijeron que pusiera un medio centro creador y a Quique le dieron a Jurado y, después de verle unos partidos, le dijeron que por qué había puesto a Jurado si lo que hacía falta era un medio centro creador. El tiempo pasa, el debate continúa y ni la salida de Maxi, que coincide con la resurrección momentánea de Reyes y la posible llegada de Salvio, parece que arroje luz sobre el modelo a seguir.
Salió el Atleti y, acabado el partido, dejó claras pocas cosas. Dejó claro que las dudas que levanta Asenjo empiezan a ser del tamaño del Vicente Calderón, en especial tras el asombroso e injustificable penalti de ayer. Dejó claro que Perea ha optado por pegar patadones para evitar cometer fallos clamorosos. Que Domínguez sigue siendo de largo el central más solvente. Que Ujfalusi, que dio un sensacional pase al Kun por encima de la defensa rival y que participó con un melonazo en el segundo gol, debería jugar de central y no de lateral, por más que agradezcamos su querencia al ataque y su negativa a esconderse. Que Simão, tras el partido del jueves, debe seguir esa senda y que Reyes, más comprometido con el equipo, a veces siente la llamada del frenopático y persigue a un rival y le hace una falta de amarilla en mal sitio y mal momento sin que nadie se explique por qué. Que Forlán parece más entonado y ve puerta y que Ibrahim, todo esfuerzo, zancada, pundonor y ganas de recuperar la posición, necesita pulir su técnica por más que marcara un gol de mérito. Y dejó claro que Assunção juega más cómodo con Raúl García al lado, que Tiago aprovechó sus minutillos para dejar una buena impresión inicial y que el Atleti, que ganó un partido metiendo más goles de los que mereció encajar el rival, sigue teniendo un problema en la creación y en el centro del campo que por ahora soluciona el inmenso talento y hambre de Agüero.
Y es que salió el Atleti con la misma cara que contra el Recre salvo por un cambio importante, el de Raúl García en vez de Jurado. Contra el Recre Quique, piensa uno, quiso sacar un equipo ofensivo al máximo, algo que a uno le parecería bien si compartiera la idea de que el equipo ataca más y mejor con Jurado que con Raúl García. Jurado sigue sin encontrar su sitio a pesar de haber jugado en el Atleti casi la mitad de los partidos de Maxi, que se dice pronto; Raúl García quizás siga luchando por su sitio a pesar de dedicarse a arreglarle el sitio a otros, por más que la grada no parezca apreciarlo. Y es que Raúl García, de quien uno es admirador y partidario, ayer no hizo un buen partido; y, es más, uno se atrevería a decir que es casi imposible que Raúl García haga un partido completo cuando tiene que jugar como ayer. Raúl García puede que no sea un dandy del balón ni un excelente gambeteador, puede que deba dar más de sí y decidirse a tomar las riendas del equipo. Pero, cree uno, las carencias de Raúl García (que ahí están y no hay que ocultarlas ni negarlas) tienen su origen en un único defecto, un clarísimo punto débil en el jugador: la ausencia casi total de egoísmo. Raúl García juega en equipo y para el equipo, piensa en el equipo y no en él, tapa el agujero que dejó el compañero agotado tras intentar cinco regates a pesar de no tener fuelle para volver a su posición en caso de contraataque rival. Raúl García, que tiene defectos pero tiene también calidad y poderío físico y kilos y envergadura, podría quizás unirse a la dinámica ofensiva, buscar el brillo propio y dejar a otro a la intemperie en caso de contraataque, pero al hombre no le sale: faltar a su deber supondría darle ventaja al rival, y eso podría suponer una jugada de ataque clara para el contrario, y eso podría suponer un gol en contra, y eso sería malo para el equipo y lo que es malo para el equipo es malo para Raúl García, y eso lo tiene claro Raúl García y no lo tienen claro los demás salvo alguna excepción.Y ese celo en ayudar, esa consciencia del deber, ese poner por delante lo que el resto necesita parece una losa para el carisma y la presencia de Raúl García.
Da la sensación de que si se sometiera a plebiscito la presencia en el equipo de Raúl García sería sobre todo defendido por sus compañeros más cercanos en el campo, en especial Assunção. La diferencia entre el partido del jueves pasado, en el que Assunção se fundió de tanto correr y terminó expulsado tras defender más solo que la una por todo el campo, y el de ayer, en el que pudo hasta llegar a rematar un gol en la línea de la portería rival, quizás esté en que a su lado estaba Raúl apagando fuegos codo con codo en vez de mirando la manera en que salir en las crónicas. Quizás Raúl García daría más de sí con un centro del campo más comprometido con tareas defensivas, con un tercer compañero en su línea (dejando cuatro buenos jugadores para tres puestos arriba) que le permitiera ser el centrocampista de ida y vuelta que tanto gustaba a Aguirre. Quizás una media formada por Assunção, Raúl García y un jugador del corte que anuncia Tiago aportaría algo al equipo, pero como sabemos ningún entrenador tiene la intención de variar el dibujo que ideara el mexicano, quizás sabiendo que dicho cambio le privaría de la coartada del "esto es lo que heredé". Y quizás, también hay que decirlo, Raúl García no se haya ganado el derecho a que el dibujo del equipo se modifique para encontrarle un buen acomodo.
Y, vaya por delante, todo esto el día después de que uno se sintiera algo decepcionado por el partido de Raúl García de ayer, del que uno había esperado un partido sólido y brillante que dejara a las claras que Raúl García es un buen jugador que debería tener un papel más importante en el Atleti. Pero no fue así y, a día de hoy, uno teme que Raúl García acabe hartándose del Atleti o el Atleti de Raúl García y éste acabe formando parte de la plantilla de otro equipo que juegue más junto, más comprometido, más solidario, y si ese día llega quizás entonces echaremos de menos la solidaridad de un tipo al que la grada, cree uno, no respeta lo que merece.
- Hay que ver con qué intensidad defiende Vd a este hombre
- Es que uno, sépanlo todos, es un gran defensor de la gente con la nariz grande,
- Ya
- Bueno, todos salvo el Ramoncín pre-quirófano
- Hombre, normal.
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lunes, 30 de noviembre de 2009
Gélida crónica de un partido que Agüero se empeñó en ganar
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Antes, cuando las cosas eran como deberían ser o al menos estaban más cerca de serlo, teníamos un equipo que a veces era un desastre. A veces jugaba mal, a veces perdía contra el último tras ganarle por cuatro o cinco al primero, a veces nos daba un disgusto y nos dejaba sin cenar y sin dormir y sin querer volver a hablar del tema hasta el miércoles o el jueves. A veces, pocas, nos dejaba en ridículo y nos veíamos obligados a defender nuestro honor (y el suyo) dándonos de tortas en una esquina del patio, durante el recreo. A veces perdía el partido que tenía ganado, a veces remontaba el partido que tenía perdido y volvía a perderlo quedando un minuto por quedarse mirando al tendido con cara de tonto, sin atender a lo importante. A veces caía con estruendo y temblaba Madrid entero, y parte de los alrededores, y gran parte de la Castilla que se llamaba entonces Nueva y lo mismo pasaba con la Vieja y con las principales cordilleras, valles, estepas, tundras, taigas, planicies, altiplanos, terrenos ganados al mar, pastizales herbáceos, sabanas, junglas, bosques tropicales, manglares, playas y penínsulas, estas últimas por todas partes salvo por una, llamada "istmo".
A veces, muchas veces, el equipo hacía lo que no debía, para lo bueno y para lo malo: cuando se le creía hundido hacía un partido memorable, cuando se esperaba que arrasara al rival salía tímido y vestido de marinerito al campo y lloriqueaba en cuanto le quitaban el balón. A veces, casi todas la veces, el equipo no permitía al seguidor relajarse ni un segundo porque en cualquier momento podría hacer algo sublime o algo totalmente imbécil, podría enlazar una jugada para la historia o marcar un gol en propia puerta desde el centro del campo, podría tocar a rebato y lanzarse a una carga suicida cuando la lógica reclamaba calma y frialdad o podría auto-inmolarse optando por la peor táctica posible en el momento menos indicado. El aficionado podría salir del campo harto de todo o hinchado como un pavo, resignado o furioso, eufórico o depresivo, pero nunca aburrido ni con la sensación de haber visto una película ya vista. El aficionado sabía que su equipo tenía el defecto gravísimo de la irresponsabilidad, la insensatez, la imprevisibilidad y la inmadurez. Pero eso mismo daba el encanto al equipo, hacía del equipo el nuestro, el distinto, el que es de los nuestros y nunca será entendido por los otros.
Porque el equipo, ante todo y sobre todo, lo que tenía era gracia. Gracia, sí. Ángel, gracia, personalidad, esa cualidad que le hace a uno reírse de medio lado sin saber muy bien por qué cuando presencia algo que debería en realidad hacerle montar en cólera. Talento, salero, arte, nunca supimos bien cómo llamarlo. La capacidad de sorprender, de asombrar, de desesperar, de hacernos odiarle y de admirarle al mismo tiempo y por el mismo motivo. El equipo era raro y no hacía lo que de él se esperaba, y daba igual que cambiaran los jugadores, la afición, el campo, la camiseta, la estación del año o la era geológica: la personalidad del equipo estaba por encima de todo eso, el equipo se comportaba igual de raro hoy que hacía cuarenta años, y lo haría igual que dentro de dos, o diez, o treinta, tuviera jugadores melenudos y de aspecto patibulario o distinguidos caballeros del área, incluso todos mezclados. El equipo era como era y por eso los aficionados estábamos tan identificados, por eso vivíamos con tanta intensidad sus genialidades y sus petardos, por eso estábamos siempre dispuestos a darnos de tortas por las esquinas de los patios de recreo para defender su honor y el nuestro. El equipo era el nuestro, con sus numerosas virtudes y precisamente por sus sonados defectos, que eran los de todos. Era el nuestro.
Y de eso, hoy, hemos pasado a un señor bajito con el pelo fosco sentado en un palco en el que no debe estar y a Cléber Santana. Y no sigo, que me conozco.
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Invitaba poco la noche a ir al fútbol y así lo entendió la afición, que de esto y del cuatro cuatro dos sabe una barbaridad. Unos prefirieron quedarse en casa en un sofá, delante de la tele y de un tazón lleno de sopa humeante y una mantita de cuadros sobre las rodillas, o bien en torno de una mesa camilla con brasero eléctrico, de esas que huelen fatal cuando se queman los flecos del mantel / colcha que las cubre; es difícil pensar en un plan mejor, por cierto. Otros prefirieron irse a un bar con los amigos a ver un partido en el que jugaba otro equipo para, una vez allí, según la temperatura, el resultado, el dinero que quedara en el bolsillo y las ganas, decidir si irían al Calderón o se quedarían tan tranquilitos pidiendo otra y analizando el evento planetario con el que los medios nos han atormentado toda la semana. Unos cuantos insensatos sí decidieron ir al campo a pesar de los pesares, esto es, a pesar del juego que promete el equipo, de la emoción que promete el rival y del frío que promete el río.
En total los insensatos no juntaban ni un tercio del aforo, poca cosa si uno tiene en cuenta que el equipo se jugaba salir del bochornoso puesto que ocupaba en la clasificación, mucho si uno piensa en el mal rato que suele brindar el equipo a todos aquellos que invierten su tiempo en él. Un tercio del aforo, también es verdad, es poca cosa para un equipo que presume de lista de espera de abonados, de aforo completo y de afición fiel-pero-tela-de-fiel, pero es mucho si uno piensa que el que juega es el tercero por la cola contra un equipo de media tabla que no da garantías de pelea, espectáculo o filigrana. Un tercio de entrada es un petardo para un partido en casa de un equipo histórico que dice tener más de un millón de seguidores cuando le analizan los peritos especializados en valorar marcas comerciales, pero es mucho cuando se habla de una afición harta, desmoralizada y, por lo general, no vacunada contra la gripe A ni experta en los efectos secundarios del Tamiflú, el medicamento con nombre de baile veraniego del que todo el mundo habla y nunca ha visto, más o menos como ese cerro de millones que la directiva afirma haber invertido en el Club. Un tercio del aforo en casa es una birria cuando es la ocasión de protestar contra la directiva por las últimas informaciones aparecidas por los medios, que hablan de saqueos e irregularidades e ilegalidades y golferías, pero es mucho cuando uno toma en consideración que lo que de verdad le importa a la gente es lo que les quieren contar y no lo que en realidad pasa.
Llegó pues la afición diezmada a la grada y había sitio por todas partes. Siéntese aquí, hombre, no, si aquí tengo sitio de sobra, no, si lo digo porque si se pone ahí me tapa la corriente y no hace tantísimo frío, anda, mire, qué cachondo. Como era un partido poco atractivo faltaban muchos de los habituales, que habían dejado el abono a un vecino que le cae gordo, a ver si se resfriaba; como eres, Aquilino, mira que si coge la gripe A - nada, nada, que se resfríe, que siempre saca la basura antes que nosotros y la deja en el sitio bueno del cubo, que se chinche. Cuando los invitados, poco conocedores de los códigos de la grada, iban por las filas de asientos desiertas mirando cuál era su número y le pedían a un señor que se moviera un sitio, que ese era el suyo, recibían miradas a mitad de camino entre la incredulidad, el odio y la lástima. Cuanto estos mismos no habituales se reventaban las manos aplaudiendo en los corners a Reyes, recibían miradas a mitad de camino entre la incredulidad, el odio y el paraguazo. Cuando estos mismos no habituales comentaban, quedando veinte minutos, que habían perdido la sensibilidad en varios dedos de manos y piernas y preguntaban al vecino si aún tenían la nariz en su sitio recibían miradas a medio camino entre la comprensión, la piedad y las ganas de decirles que en efecto, ya no tenían nariz y que en sus orificios nasales habían anidado dos bonitas perdices nivales o quizás fueran gansos árticos o puede que búhos de las nieves.
Salió el Atleti y los jugadores saltaron al campo, en su mayoría, en manga corta; la afición se miraba con cara de decir en efecto, estos son tontos perdidos y hasta el recién llegado asentía. Salió Asenjo vestido en tonos panza de mulo y el resto con el terno habitual. Salió Perea aún a riesgo de llevarse ya de salida una lluvia de orejas de burro y salió Domínguez de lateral izquierdo, y no salió con cofia de criada-para-todo porque a su manager, que es de Huelva, le pareció mal. Salió Assunção en el puesto de único medio centro con Jurado por delante, y el primero demostró que hay veces en las que él solito se basta y se sobra para hacerse con su parcela y el segundo demostró que él solito se basta y se sobra para hacerse desaparecer, sin marcaje al hombre del rival ni cobrador del frac ni capa élfica ni nada. Salió Simão por un lado y por el otro salió un tipo que no sabemos quién era pero se parecía muchísimo a Reyes. Salió Forlán con aire entre tristón y reivindicativo y salió Agüero y ahí paramos el párrafo, oiga, que se lo merece.
La congelada afición vio el equipo titular y sus tímidos gestos de sorpresa quedaron ahogados por las múltiples capas de tejido térmico que les protegían del temido Azote del Manzanares, también conocido como Relente del Calderón, ese frío húmedo que viene del río y que le cala a uno los huesos por mucha protección que lleve. El Relente, quiera uno o no quiera, acaba haciéndose con el control por más ropa técnica de montañero profesional que uno lleve, y no hay forma de estar calentito más allá del minuto quince del segundo tiempo. Helaíta, la afición miraba de frente al campo para no girarse mucho y que no le entrara por el cuello una cuchillada del Relente, y por ello se fijaba en la parte central del campo.
En ella, el infiltrado doble de Reyes no llamó en principio la atención de la grada, que asumió la presencia del jugador como parte del proceso de reinserción social que Quique Flores de Calcuta ha iniciado para sacar al chiquillo del mundo de los intocables. La gente se esperaba lo de siempre, esto es, un jugador con inexplicable sonrisa perpetua y pocas ganas de ganarse el jornal pero, oh sorpresa, se topó con otra cosa. El doble de Reyes peleaba los balones, pedía intervenir en las jugadas, tiraba paredes y pases al hueco con sentido, recuperaba la posición y se mostraba al compañero. Fue entonces cuando la sospecha invadió el graderío y la duda se hizo general. No es Reyes, decían unos, no puede ser, es otro, un gemelo. Es un juvenil cedido por el Salamanca, es uno del B que se ha colado en la convocatoria, es un espontáneo que ha aprovechado su parecido físico y está pidiendo una oportunidad, decían otros. Es Reyes poseído por un espíritu extraño, decían algunos más; un espíritu que sabe inglés y habla sin la zeta, añadían algunos mentalistas, muy comunes en la grada de lateral en partidos nocturnos. El caso es que el doble de Reyes, que no se sabe de dónde salió, jugó con ganas y calidad y tiró un pasecito estupendo a Agüero en la jugada del primer gol y la gente se lo agradeció jaleándole cada vez que sacaba un córner y diciendo muy bien, así sí, no como tu gemelo que es un sinvergüenza. Temeroso de que se oliera el pastel el colegiado, Quique Flores de Calcuta decidió retirar al jugador para evitar que se anulara el partido por alineación indebida y el misterioso jugador abandonó el terreno de juego entre ovaciones de otros dobles, esta vez dobles de aficionados exigentes que habían llegado también al graderío en lo que se intuye como la mayor operación de suplantación de personalidad desde los tiempos de Zelig. En ese momento, cuentan los cronistas mejor informados, se descubrió el pastel y quedó demostrado que el Reyes de ayer no era el Reyes verdadero cuando abandonó el estadio en un modesto Ford Fiesta, despidiéndose educadamente de la afición con un fuerte acento gallego.
Tras el gol de Forlán, el partido se durmió. Se durmió el Atleti y se durmió el rival, muy limitadito y con pocas ganas de jugar, quizás intrigado por el prodigio visto en la banda derecha o asombrado por lo poco que aporta Nakamura, con el ruido que ha montado. Se durmió la afición e hizo poco ruido durante un rato largo, como para no despertar al vecino que había cogido la postura o no romper el hechizo que había convertido a Reyes, o a su doble, en un futbolista. Forlán mostraba un poco más de alegría que hace unas jornadas, Simão jugaba tranquilo ante la poquita presión que hacía el rival y Assunção se bastaba para barrer su zona de banda a banda, cortar balones y dárselos al compañero. Jurado, como es habitual, no hacía nada: al ataque no se sumaba y en defensa no aparecía. Jurado tiene como característica encimar a su rival al trote y a un mínimo de siete metros de distancia.
- Es por lo de la gripe A, que se lo ha dicho su madre
- Ah
Y cuando la grada se esperaba un nuevo partido plúmbeo de esos que se complican cuando el equipo recula quedando diez minutos, Agüero dijo que no. No, dijo Agüero, ¿cómo que no? Que no, que no, que yo quiero jugar, oiga. Agüero lleva unos cuantos partidos mostrando más interés, más ganas de agradar y más ganas que jugar que todos los demás juntos, y cuando una estrella que juega en un equipo malete se porta así, se antoja sospechoso a los más escépticos. En fin. El árbitro, a todo esto, pitó una falta en un sitio cercano a la del gol del Chelsea y nadie quería tirarla. Yo tengo los pies fríos, yo tengo miedo de sufrir una elongación en el isquio-tibial, yo no sé lo que es eso pero que la tire otro. El Kun quiso tirarla y la tiró de manera sublime, al palo corto, baja, botando en el propio palo, imposible para el portero. Gol del Atleti, el partido se tranquilizaba, el equipo salía del descenso y la gente debía estar ya congelada, porque si no, conociendo el percal reciente del Calderón, habrían hecho la ola y propuesto ir a Neptuno a bailar la conga.
Y cuando parecía que no había más pescado que vender, el Kun no estuvo de acuerdo. Le dio igual dejar en evidencia a los rivales, le dio igual dejar en evidencia a los compañeros, le dio igual disparar los rumores sobre si lo que quiere es lucirse para que le compre el Chelsea y le dio igual convertir las pupilas de la directiva en signos de dólar y provocar un paro cardiaco en el palco ante la posibilidad de que su cotización se dispare. El Kun volvió a marcar un gol feucho tras un rebote en el área pequeña y el Atleti, con tres cero, pensó que ya. Que ya estaba, que qué alegría, que para la ducha y a cenar, que es lo que nos gusta. Pero no el Kun. El Kun quería más y lo dejó claro: quiero más. Soy un jugador diferente, quiero más, si puedo meter cinco meteré cinco, y si puedo meteré más; yo lo que quiero es mejorar, ganar, hacer cosas que sólo hacen unos pocos y, de entre éstos, sólo los que son buenos. Le llegó un balón al Kun en medio del campo con el partido resuelto y dijo ésta es la mía. Se la pudo dar a Maxi, se pudo limitar a pasar el balón al compañero y no quiso. Arrancó, provocó a los rivales, tiró de potencia y motivación en el minuto noventa de un partido resuelto, se fue por calidad y ganas y, cuando podía tirar a puerta, encima le dio un balón a Maxi, el compañero que marcó el cuarto. El Kun convirtió un partido anodino en un partido de fútbol, convirtió un balón insulso en el medio campo en un golazo y convirtió una noche gélida en una noche no tirada a la basura. El Kun, en fin, se comportó como un jugador de fútbol, algo cada vez menos frecuente en el Calderón.
El Kun dice ahora cosas que invitan a pensar que no le veremos mucho tiempo con la rojiblanca. Me quedo hasta junio, dice el Kun, y ya se sabe en este deporte que cuando alguien dice que se queda es porque está pensando en irse. El Kun vale mucho dinero y ya se sabe en este equipo que todo lo que huela a dinero desaparece en una maraña de contabilidad creativa, intermediarios y fincas con ganadería. El Kun quiere llegar a ser una estrella mundial y para eso necesita un Club capaz de retener lo bueno y no venderlo por treinta monedas. Y, como bien sabe un tipo con pecas nacido en Fuenlabrada, éste, aunque nos pese, podría ser el sitio idóneo pero hay un par de tipos que ni saben ni quieren ni pueden entenderlo.
Antes, cuando las cosas eran como deberían ser o al menos estaban más cerca de serlo, teníamos un equipo que a veces era un desastre. A veces jugaba mal, a veces perdía contra el último tras ganarle por cuatro o cinco al primero, a veces nos daba un disgusto y nos dejaba sin cenar y sin dormir y sin querer volver a hablar del tema hasta el miércoles o el jueves. A veces, pocas, nos dejaba en ridículo y nos veíamos obligados a defender nuestro honor (y el suyo) dándonos de tortas en una esquina del patio, durante el recreo. A veces perdía el partido que tenía ganado, a veces remontaba el partido que tenía perdido y volvía a perderlo quedando un minuto por quedarse mirando al tendido con cara de tonto, sin atender a lo importante. A veces caía con estruendo y temblaba Madrid entero, y parte de los alrededores, y gran parte de la Castilla que se llamaba entonces Nueva y lo mismo pasaba con la Vieja y con las principales cordilleras, valles, estepas, tundras, taigas, planicies, altiplanos, terrenos ganados al mar, pastizales herbáceos, sabanas, junglas, bosques tropicales, manglares, playas y penínsulas, estas últimas por todas partes salvo por una, llamada "istmo".
A veces, muchas veces, el equipo hacía lo que no debía, para lo bueno y para lo malo: cuando se le creía hundido hacía un partido memorable, cuando se esperaba que arrasara al rival salía tímido y vestido de marinerito al campo y lloriqueaba en cuanto le quitaban el balón. A veces, casi todas la veces, el equipo no permitía al seguidor relajarse ni un segundo porque en cualquier momento podría hacer algo sublime o algo totalmente imbécil, podría enlazar una jugada para la historia o marcar un gol en propia puerta desde el centro del campo, podría tocar a rebato y lanzarse a una carga suicida cuando la lógica reclamaba calma y frialdad o podría auto-inmolarse optando por la peor táctica posible en el momento menos indicado. El aficionado podría salir del campo harto de todo o hinchado como un pavo, resignado o furioso, eufórico o depresivo, pero nunca aburrido ni con la sensación de haber visto una película ya vista. El aficionado sabía que su equipo tenía el defecto gravísimo de la irresponsabilidad, la insensatez, la imprevisibilidad y la inmadurez. Pero eso mismo daba el encanto al equipo, hacía del equipo el nuestro, el distinto, el que es de los nuestros y nunca será entendido por los otros.
Porque el equipo, ante todo y sobre todo, lo que tenía era gracia. Gracia, sí. Ángel, gracia, personalidad, esa cualidad que le hace a uno reírse de medio lado sin saber muy bien por qué cuando presencia algo que debería en realidad hacerle montar en cólera. Talento, salero, arte, nunca supimos bien cómo llamarlo. La capacidad de sorprender, de asombrar, de desesperar, de hacernos odiarle y de admirarle al mismo tiempo y por el mismo motivo. El equipo era raro y no hacía lo que de él se esperaba, y daba igual que cambiaran los jugadores, la afición, el campo, la camiseta, la estación del año o la era geológica: la personalidad del equipo estaba por encima de todo eso, el equipo se comportaba igual de raro hoy que hacía cuarenta años, y lo haría igual que dentro de dos, o diez, o treinta, tuviera jugadores melenudos y de aspecto patibulario o distinguidos caballeros del área, incluso todos mezclados. El equipo era como era y por eso los aficionados estábamos tan identificados, por eso vivíamos con tanta intensidad sus genialidades y sus petardos, por eso estábamos siempre dispuestos a darnos de tortas por las esquinas de los patios de recreo para defender su honor y el nuestro. El equipo era el nuestro, con sus numerosas virtudes y precisamente por sus sonados defectos, que eran los de todos. Era el nuestro.
Y de eso, hoy, hemos pasado a un señor bajito con el pelo fosco sentado en un palco en el que no debe estar y a Cléber Santana. Y no sigo, que me conozco.
____
Invitaba poco la noche a ir al fútbol y así lo entendió la afición, que de esto y del cuatro cuatro dos sabe una barbaridad. Unos prefirieron quedarse en casa en un sofá, delante de la tele y de un tazón lleno de sopa humeante y una mantita de cuadros sobre las rodillas, o bien en torno de una mesa camilla con brasero eléctrico, de esas que huelen fatal cuando se queman los flecos del mantel / colcha que las cubre; es difícil pensar en un plan mejor, por cierto. Otros prefirieron irse a un bar con los amigos a ver un partido en el que jugaba otro equipo para, una vez allí, según la temperatura, el resultado, el dinero que quedara en el bolsillo y las ganas, decidir si irían al Calderón o se quedarían tan tranquilitos pidiendo otra y analizando el evento planetario con el que los medios nos han atormentado toda la semana. Unos cuantos insensatos sí decidieron ir al campo a pesar de los pesares, esto es, a pesar del juego que promete el equipo, de la emoción que promete el rival y del frío que promete el río.
En total los insensatos no juntaban ni un tercio del aforo, poca cosa si uno tiene en cuenta que el equipo se jugaba salir del bochornoso puesto que ocupaba en la clasificación, mucho si uno piensa en el mal rato que suele brindar el equipo a todos aquellos que invierten su tiempo en él. Un tercio del aforo, también es verdad, es poca cosa para un equipo que presume de lista de espera de abonados, de aforo completo y de afición fiel-pero-tela-de-fiel, pero es mucho si uno piensa que el que juega es el tercero por la cola contra un equipo de media tabla que no da garantías de pelea, espectáculo o filigrana. Un tercio de entrada es un petardo para un partido en casa de un equipo histórico que dice tener más de un millón de seguidores cuando le analizan los peritos especializados en valorar marcas comerciales, pero es mucho cuando se habla de una afición harta, desmoralizada y, por lo general, no vacunada contra la gripe A ni experta en los efectos secundarios del Tamiflú, el medicamento con nombre de baile veraniego del que todo el mundo habla y nunca ha visto, más o menos como ese cerro de millones que la directiva afirma haber invertido en el Club. Un tercio del aforo en casa es una birria cuando es la ocasión de protestar contra la directiva por las últimas informaciones aparecidas por los medios, que hablan de saqueos e irregularidades e ilegalidades y golferías, pero es mucho cuando uno toma en consideración que lo que de verdad le importa a la gente es lo que les quieren contar y no lo que en realidad pasa.
Llegó pues la afición diezmada a la grada y había sitio por todas partes. Siéntese aquí, hombre, no, si aquí tengo sitio de sobra, no, si lo digo porque si se pone ahí me tapa la corriente y no hace tantísimo frío, anda, mire, qué cachondo. Como era un partido poco atractivo faltaban muchos de los habituales, que habían dejado el abono a un vecino que le cae gordo, a ver si se resfriaba; como eres, Aquilino, mira que si coge la gripe A - nada, nada, que se resfríe, que siempre saca la basura antes que nosotros y la deja en el sitio bueno del cubo, que se chinche. Cuando los invitados, poco conocedores de los códigos de la grada, iban por las filas de asientos desiertas mirando cuál era su número y le pedían a un señor que se moviera un sitio, que ese era el suyo, recibían miradas a mitad de camino entre la incredulidad, el odio y la lástima. Cuanto estos mismos no habituales se reventaban las manos aplaudiendo en los corners a Reyes, recibían miradas a mitad de camino entre la incredulidad, el odio y el paraguazo. Cuando estos mismos no habituales comentaban, quedando veinte minutos, que habían perdido la sensibilidad en varios dedos de manos y piernas y preguntaban al vecino si aún tenían la nariz en su sitio recibían miradas a medio camino entre la comprensión, la piedad y las ganas de decirles que en efecto, ya no tenían nariz y que en sus orificios nasales habían anidado dos bonitas perdices nivales o quizás fueran gansos árticos o puede que búhos de las nieves.
Salió el Atleti y los jugadores saltaron al campo, en su mayoría, en manga corta; la afición se miraba con cara de decir en efecto, estos son tontos perdidos y hasta el recién llegado asentía. Salió Asenjo vestido en tonos panza de mulo y el resto con el terno habitual. Salió Perea aún a riesgo de llevarse ya de salida una lluvia de orejas de burro y salió Domínguez de lateral izquierdo, y no salió con cofia de criada-para-todo porque a su manager, que es de Huelva, le pareció mal. Salió Assunção en el puesto de único medio centro con Jurado por delante, y el primero demostró que hay veces en las que él solito se basta y se sobra para hacerse con su parcela y el segundo demostró que él solito se basta y se sobra para hacerse desaparecer, sin marcaje al hombre del rival ni cobrador del frac ni capa élfica ni nada. Salió Simão por un lado y por el otro salió un tipo que no sabemos quién era pero se parecía muchísimo a Reyes. Salió Forlán con aire entre tristón y reivindicativo y salió Agüero y ahí paramos el párrafo, oiga, que se lo merece.
La congelada afición vio el equipo titular y sus tímidos gestos de sorpresa quedaron ahogados por las múltiples capas de tejido térmico que les protegían del temido Azote del Manzanares, también conocido como Relente del Calderón, ese frío húmedo que viene del río y que le cala a uno los huesos por mucha protección que lleve. El Relente, quiera uno o no quiera, acaba haciéndose con el control por más ropa técnica de montañero profesional que uno lleve, y no hay forma de estar calentito más allá del minuto quince del segundo tiempo. Helaíta, la afición miraba de frente al campo para no girarse mucho y que no le entrara por el cuello una cuchillada del Relente, y por ello se fijaba en la parte central del campo.
En ella, el infiltrado doble de Reyes no llamó en principio la atención de la grada, que asumió la presencia del jugador como parte del proceso de reinserción social que Quique Flores de Calcuta ha iniciado para sacar al chiquillo del mundo de los intocables. La gente se esperaba lo de siempre, esto es, un jugador con inexplicable sonrisa perpetua y pocas ganas de ganarse el jornal pero, oh sorpresa, se topó con otra cosa. El doble de Reyes peleaba los balones, pedía intervenir en las jugadas, tiraba paredes y pases al hueco con sentido, recuperaba la posición y se mostraba al compañero. Fue entonces cuando la sospecha invadió el graderío y la duda se hizo general. No es Reyes, decían unos, no puede ser, es otro, un gemelo. Es un juvenil cedido por el Salamanca, es uno del B que se ha colado en la convocatoria, es un espontáneo que ha aprovechado su parecido físico y está pidiendo una oportunidad, decían otros. Es Reyes poseído por un espíritu extraño, decían algunos más; un espíritu que sabe inglés y habla sin la zeta, añadían algunos mentalistas, muy comunes en la grada de lateral en partidos nocturnos. El caso es que el doble de Reyes, que no se sabe de dónde salió, jugó con ganas y calidad y tiró un pasecito estupendo a Agüero en la jugada del primer gol y la gente se lo agradeció jaleándole cada vez que sacaba un córner y diciendo muy bien, así sí, no como tu gemelo que es un sinvergüenza. Temeroso de que se oliera el pastel el colegiado, Quique Flores de Calcuta decidió retirar al jugador para evitar que se anulara el partido por alineación indebida y el misterioso jugador abandonó el terreno de juego entre ovaciones de otros dobles, esta vez dobles de aficionados exigentes que habían llegado también al graderío en lo que se intuye como la mayor operación de suplantación de personalidad desde los tiempos de Zelig. En ese momento, cuentan los cronistas mejor informados, se descubrió el pastel y quedó demostrado que el Reyes de ayer no era el Reyes verdadero cuando abandonó el estadio en un modesto Ford Fiesta, despidiéndose educadamente de la afición con un fuerte acento gallego.
Tras el gol de Forlán, el partido se durmió. Se durmió el Atleti y se durmió el rival, muy limitadito y con pocas ganas de jugar, quizás intrigado por el prodigio visto en la banda derecha o asombrado por lo poco que aporta Nakamura, con el ruido que ha montado. Se durmió la afición e hizo poco ruido durante un rato largo, como para no despertar al vecino que había cogido la postura o no romper el hechizo que había convertido a Reyes, o a su doble, en un futbolista. Forlán mostraba un poco más de alegría que hace unas jornadas, Simão jugaba tranquilo ante la poquita presión que hacía el rival y Assunção se bastaba para barrer su zona de banda a banda, cortar balones y dárselos al compañero. Jurado, como es habitual, no hacía nada: al ataque no se sumaba y en defensa no aparecía. Jurado tiene como característica encimar a su rival al trote y a un mínimo de siete metros de distancia.
- Es por lo de la gripe A, que se lo ha dicho su madre
- Ah
Y cuando la grada se esperaba un nuevo partido plúmbeo de esos que se complican cuando el equipo recula quedando diez minutos, Agüero dijo que no. No, dijo Agüero, ¿cómo que no? Que no, que no, que yo quiero jugar, oiga. Agüero lleva unos cuantos partidos mostrando más interés, más ganas de agradar y más ganas que jugar que todos los demás juntos, y cuando una estrella que juega en un equipo malete se porta así, se antoja sospechoso a los más escépticos. En fin. El árbitro, a todo esto, pitó una falta en un sitio cercano a la del gol del Chelsea y nadie quería tirarla. Yo tengo los pies fríos, yo tengo miedo de sufrir una elongación en el isquio-tibial, yo no sé lo que es eso pero que la tire otro. El Kun quiso tirarla y la tiró de manera sublime, al palo corto, baja, botando en el propio palo, imposible para el portero. Gol del Atleti, el partido se tranquilizaba, el equipo salía del descenso y la gente debía estar ya congelada, porque si no, conociendo el percal reciente del Calderón, habrían hecho la ola y propuesto ir a Neptuno a bailar la conga.
Y cuando parecía que no había más pescado que vender, el Kun no estuvo de acuerdo. Le dio igual dejar en evidencia a los rivales, le dio igual dejar en evidencia a los compañeros, le dio igual disparar los rumores sobre si lo que quiere es lucirse para que le compre el Chelsea y le dio igual convertir las pupilas de la directiva en signos de dólar y provocar un paro cardiaco en el palco ante la posibilidad de que su cotización se dispare. El Kun volvió a marcar un gol feucho tras un rebote en el área pequeña y el Atleti, con tres cero, pensó que ya. Que ya estaba, que qué alegría, que para la ducha y a cenar, que es lo que nos gusta. Pero no el Kun. El Kun quería más y lo dejó claro: quiero más. Soy un jugador diferente, quiero más, si puedo meter cinco meteré cinco, y si puedo meteré más; yo lo que quiero es mejorar, ganar, hacer cosas que sólo hacen unos pocos y, de entre éstos, sólo los que son buenos. Le llegó un balón al Kun en medio del campo con el partido resuelto y dijo ésta es la mía. Se la pudo dar a Maxi, se pudo limitar a pasar el balón al compañero y no quiso. Arrancó, provocó a los rivales, tiró de potencia y motivación en el minuto noventa de un partido resuelto, se fue por calidad y ganas y, cuando podía tirar a puerta, encima le dio un balón a Maxi, el compañero que marcó el cuarto. El Kun convirtió un partido anodino en un partido de fútbol, convirtió un balón insulso en el medio campo en un golazo y convirtió una noche gélida en una noche no tirada a la basura. El Kun, en fin, se comportó como un jugador de fútbol, algo cada vez menos frecuente en el Calderón.
El Kun dice ahora cosas que invitan a pensar que no le veremos mucho tiempo con la rojiblanca. Me quedo hasta junio, dice el Kun, y ya se sabe en este deporte que cuando alguien dice que se queda es porque está pensando en irse. El Kun vale mucho dinero y ya se sabe en este equipo que todo lo que huela a dinero desaparece en una maraña de contabilidad creativa, intermediarios y fincas con ganadería. El Kun quiere llegar a ser una estrella mundial y para eso necesita un Club capaz de retener lo bueno y no venderlo por treinta monedas. Y, como bien sabe un tipo con pecas nacido en Fuenlabrada, éste, aunque nos pese, podría ser el sitio idóneo pero hay un par de tipos que ni saben ni quieren ni pueden entenderlo.
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