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domingo, 8 de enero de 2012

De Reyes, Simeone y Twitter

Jugaba el Atleti en Málaga y lo hacía con novedades: la llegada de Simeone y el traspaso de Reyes, eventos ambos de calado entre la hinchada. Y, mientras tanto, en Twitter la gente se hacía oír.

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Tras unos cuantos años en el Atleti (que ya es algo como para hacer un artículo) se fue Reyes al Sevilla. Con Reyes se ha completado el desmantelamiento total del equipo que ganó la Europa League y la Supercopa en tiempo record, si bien es cierto que el equipo del Doblete previo, el bueno, tampoco duró mucho. Pocos jugadores quedan hoy en el Atleti de ese equipo que parecía funcionar y que sólo requería unos retoques que la directiva y Quique ni supieron ni quisieron darle. Los que quedan, además, no son los mejores, como suele ocurrir en este club que hace años era equipo.

Reyes llegó al Atleti tras pasar por el otro equipo grande de la capital y darle una liga a éste con un par de goles. Previamente, dicen los que saben de esto, Reyes lo tuvo hecho con el Atleti pero prefirió irse al mencionado equipejo y pagó de su bolsillo para liberarse del compromiso que había cerrado. La afición no le recibió con los brazos abiertos por ese motivo y por su pasado, y hasta en su presentación hubo quien le puso como un trapo. La vida de Reyes en el Atleti empezó pues en cuesta arriba, y él mismo se ocupó de echar piedras en su propia mochila: Reyes no corría, no jugaba bien, no cumplía con sus obligaciones tácticas, perdía balones por querer regatear cuando la lógica sugería pasar. La grada la tomó con él, con razón, y el respondía durante los calentamientos con gestitos despectivos y su famosa sonrisa marca registrada, esa sonrisa blanca que luce Reyes cuando cualquiera en su situación escondería los dientes, la Sonrisa Reyes.

Reyes, apodado Casito Perdido de Utrera desde estas mismas líneas, pareció no tener solución, se fue al Benfica y la grada descansó. Eso sí, tras un año en Portugal volvió a Madrid y ahí se rencontró con Quique Flores, el entrenador que llevaría al Atleti a ganar dos títulos internacionales para, poco después, destrozar el equipo gracias a sus decisiones disparatadas. Pero por alguna conjunción cósmica, la grada fue cambiando su percepción sobre Reyes a raíz de su vuelta, qué cosas pasan en este equipo, oiga. Quizás espoleada por la prensa y su hipnótica repetición del mantra "Reyes es el jugador con más calidad de la plantilla" y también ayudada por algún buen partido y algún detalle esporádico de calidad, la afición fue cambiando curiosamente de opinión. El odio y los desprecios mutuos fueron mutando en devoción cofrade y a Reyes se le empezó a jalear en los calentamientos. La afición aplaudía a Reyes cuando se acercaba a tirar un córner y, cuando empezaba de suplente, se coreaba su nombre para pedir su salida al campo. El porqué de este rápido cambio radical es algo que ni los sociólogos más audaces han conseguido explicar, y miren que le han echado horas.

En esta salsa se movió Reyes con alegría y salero. Reyes, jugador tribunero que gusta de escuchar el run run cuando le llega la bola, sabía de la necesidad de la grada de ver regatitos aunque fueran inútiles. Cuando recibía el balón, lo conducía en horizontal treinta y cinco metros esquivando rivales e ignorando a un compañero desmarcado y la grada se volvía loca. Reyes caía al final de la carrera, tropezando con su propia falta de ideas, y la gente pedía falta, tarjeta y el peso de Reyes en miel de romero, gentileza de la Peña Atlética La Alcarria. Si el árbitro no pitaba falta, el público se enfadaba una barbaridad y Reyes, sentado en el suelo, abría los brazos y abría los labios y sacaba la Sonrisa Reyes, esa sonrisa que imitan los tertulianos cuando se quedan sin argumentos y se ven forzados a sugerir, sonriendo, que el contendiente que le está pegando una paliza dialéctica no es más que un bobo que no entiende nada aunque parezca exactamente lo contrario. La gente, qué cosas, reaccionaba a la Sonrisa Reyes con los automatismos del perro de Paulov y rápidamente protestaba al árbitro, hacía grandes aspavientos y pedía selección para Reyes con esa ceguera mestallista con la que las aficiones, también la nuestra, piden cosas absurdas con gran convencimiento y gran tesón. Algunos, cuentan, experimentaban una mutación repentina nada más visualizar la Sonrisa Reyes y, cambiando las pupilas por espirales móviles, repetían "el jugador con más calidad de la plantilla ... el jugador con más calidad de la plantilla". Preguntados luego por el porqué de ese entusiasmo, los más vehementes en la petición de internacionalidad no conseguían a recordar tal comportamiento y, en caso de que se les presentaran pruebas irrefutables de su devoción monárquica, no acertaban a dar argumentos de peso para su fervor, repitiendo lugares comunes y afirmaciones no demostradas usadas con entusiasmo por la prensa más benévola con el Cluz.

Ahora Reyes se ha ido tras llevarse mal con Manzano, sobre cuya madre dejó claro no tener un buen concepto. Con la salida de Forlán, Agüero y De Gea este verano Reyes recibió el número 10 para la espalda y club y prensa sugirieron que Reyes y no otro sería el buque insignia del enésimo proyecto. Reyes pareció entonces prometérselas muy felices y la Sonrisa Reyes lucía más que el sol, hasta que empezó a nublarse. La llegada de Falcao, presentado como un astro durante el descanso de un partido en uno de los movimientos más cómicos del aparato de propaganda del club, y el fichaje de Diego y Arda, jugadores de calidad y pellizco que disputaban el monopolio del arte a Reyes, le sumieron en un enfurruñe que tampoco era nuevo. Reyes empezó a no correr, y a no querer, a buscar en cada acción la complicidad de la grada como desafío al técnico. Convencido de la blandura de Manzano, Reyes tensó la cuerda y la cosa salió le mal. Reyes cogió la gripe más larga de la historia vírica y, aún con el entrenador en las últimas, empezó a verse claro el final de la etapa Reyes en el Atleti.

Y finalmente se fue al Sevilla y se besó el escudo (que es lo normal, siendo su equipo de siempre a pesar de aquella foto con camiseta del Betis y platos de mortadela con aceitunas) y, como ya hiciera para irse al otro equipo grande de la capital, prefirió perder dinero a seguir en el Atleti. El movimiento, como tantas veces en el Atleti, se hizo aprovechando el parón en la competición y el culebrón duró varios días. Y al final, y miren que era complicada la cosa, se acabó vendiendo mal a Reyes. Reyes pudo venderse antes por más dinero y a un equipo turco, pero se malvendió por cuatro perras, a mitad de temporada, sin sustituto y además a un rival llamado a pelear con el Atleti alguna de las metas mediocres a las que el equipo puede aspirar. La directiva es así, oiga, a ver si esperan algo diferente a estas alturas.

Reyes se ha ido al Sevilla y, sabiendo cómo son estas cosas, nos meterá un gol en mal momento y nos amargará una tarde con una Sonrisa Reyes que nos resultará burlona en esta ocasión. El hueco deportivo que deja Reyes en el equipo es, a juicio del que suscribe, poco profundo pero inoportuno. La proporción de buenos partidos jugados por Reyes no le convierten en un jugador a recordar, y la cantidad de problemas y frustraciones que ha creado, aparte de las tirrias personales, compensa en lo negativo lo poco bueno que ha traído. Incluso así, Reyes está posiblemente mal vendido, por demasiado poco dinero, en mal momento y a mal rival. Y, más grave aún, lo peor del caso Reyes es que quizás ilustre a la perfección la desorientación de la afición. La cara que ahora pondrán los que hacían reverencias a Reyes, usando el mismo gesto que se hacía con Pantic, no la merece un jugador así. Pero así es la afición del Atleti que con mimo ha modelado la directiva: maleable, manejable, cortoplacista, sin memoria, con criterio limitado y excesivamente permeable a lo que la prensa más interesada dice. Reyes, jugador con influencia limitadísima en los éxitos del equipo y responsable de actuaciones merecedoras de defenestración (en su sentido más literal) ha conseguido sacar los colores, una vez más, a la directiva más torpe del fútbol español y a una afición entera que busca referentes con el ansia de un huérfano. Qué cosas nos pasan, oiga.

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Quizás para compensar, la Directiva aprovechó el mismo parón para echar a Manzano y traer a Simeone, ex jugador con pedigrí de amor a los colores y temperamento de esos que gustan en el Calderón. La salida de Manzano, eso sí, volvió a ser cómica: a Manzano se le despidió con tres partidos de antelación. A la calle, oiga, pero dentro de tres semanas, hasta entonces disimule Vd. Manzano aceptó la fórmula soñada por los novios enamorados de otras: te dejo, pero no ahora que ando sin plan, sino después del verano, en cuanto vuelva de Erasmus mi Matilde de mi vida. Bueno, vale, dijo Manzano, acepto el plazo y además te eximo de la obligación de comer con mis padres todos los domingos (aunque pagarás tú las cenas hasta entonces, chato).

Llegó Simeone y con él llegó la duda de qué intentará hacer con el Atleti o, más bien, qué podrá hacer con la actual plantilla del Atleti. Simeone es un tipo respetado y casi adorado por la grada del Calderón, que le ve como la glándula que producía la testosterona del equipazo del Doblete; esa adoración y esa fe en su compromiso es, claro está, muy útil para los inquilinos del palco, que ya conocían el campo de fuerza protector que genera Simeone hace tiempo. Por tanto, la duda legítima de muchos es si Simeone viene como entrenador o como parapeto. Si es la segunda, ya sabemos qué pasará: la grada tendrá paciencia una temporada y estará del lado de su ídolo hasta que no pueda más, mientras la directiva gana tiempo para seguir vendiendo buenos jugadores con prisas y a malos rivales y comprando desconocidos a precio de oro.

Pero, ¿y si se espera de Simeone que sea un entrenador y no simplemente un alineador que siga las consignas del palco y los agentes de cabecera? ¿Cómo jugará Simeone? ¿Al ataque, al contraataque, a controlar los partidos, a golear, a no perder? Bien, algo se vio ayer, alguna conclusión podría sacarse tras el partido de Málaga.

La primera conclusión es que es demasiado pronto para sacar conclusiones. Sólo un par de semanas, sólo un partido, el desconocimiento lógico de las características de los jugadores, son suficientes razones para esperar. Lo único que parece claro del partido de Málaga es que Simeone ha pedido más agresividad a los jugadores, que presionen a los medios rivales, que achuchen. Ayer se vio un equipo más agresivo, sí, más faltón de hecho, más peleón. Podría ser una nota positiva, aunque el número de tarjetas amarillas que recibió el equipo hace pensar un poco.

La alineación que sacó Simeone deja también algunas dudas gordas como pomelos: la titularidad de Tiago como 5, la soledad de Falcao, las suplencia de Arda y Adrián, las bandas titulares (Perea + Juanfran, Filipe Luis Filipe + Salvio). Habrá que ver cómo evoluciona el dibujo y la idea de juego, pero en el equipo de ayer no se advirtió demasiado cambio respecto a partidos anteriores si no es por la sorprendente ausencia de Arda y Adrián, quizás los dos jugadores que más estaban aportando al equipo, y la presencia de Tiago, cada vez menos frecuente en los equipos de Manzano.

Ayer los más pesimistas vieron un equipo que salió a no perder y a dar patadas, una continuación de lo visto anteriormente y pocos cambios respecto al triste Atleti del principio de temporada. Es más, vieron, y con razón, a un Falcao demasiado solo y demasiado lejos de la zona en la que es mucho más que un jugador torpón, el área rival. Vieron unas bandas incapaces de llevar el balón arriba con criterio y a dos jugadores que se antojan claves en el banquillo. Vieron a un cada vez más desfigurado Diego y a un único jugador rival, Toulalan, bastándose para parar al centro del campo.

Pero, claro, también están (o estamos, por obligación), los optimistas. Los optimistas vieron un equipo más intenso y comprometido, sobre todo en el segundo tiempo. Un equipo que robaba balones y que metió a un equipo con buenos jugadores en su campo, recuperando el balón al poco de perderlo, algo impensable hace unas semanas.

Incluso para los más optimistas esto es poco. La intensidad es lo mínimo exigible, correr es lo mínimo que se puede pedir a un equipo de fútbol profesional. Pero a algún clavo hay que agarrarse, por pequeño que sea.

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Y, a todo esto, qué decir de la afición. Durante las fiestas la directiva ha maquinado con ese estilo tan suyo de aprovechar los tiempos muertos para hacer y deshacer y no dar explicaciones. Las derrotas contra el Albacete y el Betis hicieron hervir la sangre de la grada, pero los polvorones calmaron la ira y los mantecados, la memoria. O al menos eso pensó la directiva, cuyo plumero es cada vez más y más visible hasta para aquellos que hasta hace más bien poco creían eso de que ellos ponen la pasta y pierden dinero con el juguete. El caso es que la afición, con los medios de los que dispone, volvió a movilizarse, esta vez en Twitter. Durante tres días seguidos, Twitter se bloqueó gracias a la insistente protesta de la afición del Atleti, que pareció ser mucho más crítica de lo que a algunos les gustaría. Naturalmente, poco han dicho los medios sobre esto y los que han dicho algo han tendido a asociar la protesta a la salida de Reyes y no al motivo real de la misma, es decir, la nausea general que provoca la forma en que se gestiona el club.

Los medios, ya se sabe, culpan a la afición de no hacer nada y en esa supuesta inactividad se amparan para justificar artículos laudatorios sobre una gestión podrida. Eso sí, cuando se protesta, los medios o bien hacen burla sobre el limitado de las protestas o bien guardan silencio sepulcral. Y si la protesta es en el campo, se llama a la gente a no protestar, a apoyar, a callar hasta que suene el himno con volumen atronador. Es lo que hay.

Si en Twitter se convierte en tendencia en toda España la admiración hacia el peinado engominado de algún astro de un equipo taquillero, Twitter es el termómetro del sentir popular. Pero si eso mismo se consigue dando palos virtuales al palco del Atleti, es una anécdota. Así son las cosas y ya lo sabemos, no deberíamos esperar milagros y sí ser listos a la hora de evaluar lo conseguido. Y cualquier evaluación deja una cosa clara y meridiana: ya queda menos.

lunes, 31 de octubre de 2011

Crónica tardía del Atleti - Zaragoza


Llegó la afición al campo con esa mezcla de ver qué pasa y esa poca gana de saber que casi seguro pasará lo que uno espera que tan bien transmite el Atleti, y se sentó en la grada. El cambio de hora hizo que fuera ya totalmente de noche en el momento que se entraba al campo y que hubiera una sensación general de frío en el ambiente que era engañosa; en el campo se estaba bien y así se estuvo incluso durante la última media hora de partido en el Calderón, famosa en el mundo entero por ese frío húmedo que a uno se le mete dentro y no sale hasta un par de horas después debajo de un edredón. Por tanto, la sensación de frío no fue real sino más bien un espejismo. No sería el único espejismo de la noche, ni la única sensación engañosa vivida en la grada del estadio.

Salió el Atleti tras el bochorno del jueves y, como se esperaba, no se escuchó ni un pito. Ni una bronca chiquitita, ni un murmullo de desaprobación, ni un silbido aislado: al equipo que nos avergonzó el jueves se le recibió con aplausos tímidos y una actitud ni cariñosa ni rabiosa ni de ayuda ni de desprecio. Al equipo se le recibió casi con indiferencia, como si también la grada dijera total pa qué, pa qué vamos a silbar también nosotros si aquí nunca pasa nada, para esto nos sentamos, miramos, nos comemos un bocadillo y nos vamos o nos quedamos un poco, que yo he tenido suerte y me ha tocado al lado una chica monísima del Zaragoza. Ni rastro de esas pitadas legendarias tras partido empatado contra un rival menor, ni rastro de esas broncas monumentales cuando el equipo mostraba apatía, ni rastro de enfado entre la afición, entregada al cloroformo y también algo harta de ver tres infumables partidos semanales de su ramplón equipo. En cierto modo, uno lo ve ya casi normal.

Salió el Atleti al campo y comenzó el proceso general de análisis del equipo. Lejos los tiempos en los que había un equipo titular que sabíamos de carrerilla, con algún cambio esporádico y forzoso debido a las lesiones, en el Atleti de hoy hay que esperar hasta el último momento para saber quién sale a jugar y un ratito más para saber exactamente cómo se planta el equipo. El equipo titular trajo esta vez algunas sorpresas agradables: la presencia de Adrián junto a Falcao arriba, la vuelta de Domínguez, brazalete en brazo, al centro de la defensa, y la ausencia de Reyes. Reyes desapareció del equipo por haber insultado al entrenador tras el cambio en Bilbao, según dijo la prensa, pero cualquiera que haya visto los últimos partidos del Atleti tendrá claro que la presencia en el equipo titular de Reyes, más aún estando Adrián en la plantilla, era una anomalía destinada a la extirpación. Aún así, hay quien piensa que la salida de Reyes del equipo es inexplicable, dado que "Reyes es el jugador con más calidad de la plantilla". La frase "Reyes es el jugador con más calidad de la plantilla" forma parte, junto con "el Calderón es un estadio mal comunicado" y "todos los años ponemos dinero de nuestro bolsillo para traer buenos jugadores", de los mantras gilianos repetidos hasta la saciedad por la prensa - cuando conviene - y que gran parte de la afición ha tomado como indiscutibles a pesar de no ser ciertos ni comprobables. Las referencias a lo mal comunicado que está el Calderón ya no aparecen en la prensa, dado que la directiva está más o menos convencida de que lo de la Peineta no tiene remedio; eso sí, en cuanto se plante la constructora porque nadie paga los ladrillos, volverá a aparecer. La cantinela de Reyes fue muy popular durante las fases en las que salieron Maxi y Simao del equipo y fue útil para ayudar a que la gente diera por buenas estas operaciones delirantes; con Agüero y Forlán también se oyó, pero ya no colaba tanto. Reyes, que aprovecha algún destello fugaz para vivir cinco partidos sin tener que demostrar nada más, está en el banquillo o no va convocado y nos parece lo más normal, viendo su aportación, su tendencia a creerse un fenómeno cuando lleva el 10 a la espalda y sus pocas ganas de ayudar al equipo en cuanto hay que hacer algo que no sea regatear rivales mirando al suelo.

Salió el Atleti con Courtois, que parece que va a completar su cesión en el Atleti sin que ningún portero (ni siquiera Asenjo, aquél fichaje recibido con gritos de admiración el día de su presentación) tenga la oportunidad de intentar jugar un minutito. Salió también Domínguez, que hizo un buen partido mientras Miranda estaba en su casa tras las pifias del último día, y a su lado salió Godín. Godín, que estuvo catastrófico en Bilbao, estuvo más cómodo que en otros partidos. Intervino en el segundo gol y salió jugando el balón desde atrás, incluso haciendo un regate arruletado que levantó ooohs y aaahs en la asombradísima grada. Más incómodo estuvo Filipe Luis hasta el último tramo del partido, en el que anduvo menos temeroso y blandito que durante su desesperante primer tiempo, e inédito estuvo Silvio, que casi no tocó bola. Probablemente para reservarle para el jueves, Manzano quitó a Silvio quedando 20 minutos para que entrara Perea. A Perea, ya se sabe, hay aficionados que le esperan con la escopeta cargada y otros con un ramo de flores. Ayer fueron más los segundos, pero se les torció el gesto cuando cometió su único fallo en el gol de cabeza del Zaragoza y acabó con su impecable estadística de ayer, en la que siempre lo hizo mejor que su odiosito par Juan Carlos, joven promesa que ya apunta esos modales y clase que tan populares son en su escuela de fútbol y de vida y que, con el tiempo, terminará haciendo bailecitos brasileños cuando marque un gol en copa contra un tercera. Al tiempo.

Esclarecida la línea de atrás, se fijó el aficionado en el medio del campo: Mario de nuevo de cinco, Gabi a su lado, Diego por delante, Arda por todas partes, esto es, el conocido paralelepípedo bailenense o baeculense, la mayor aportación de Jaén al apasionante mundo de la geometría. El centro del campo del Atleti contó con algo a favor: el centro del campo rival no funcionaba en absoluto, ni siquiera cuando salió el esforzado Micael, flamante fichaje atlético cedido en el Zaragoza que dejó, por su estilismo capilar à la Petrov, dudas sobre si es una joven promesa o un señor muy serio con la hipoteca pagada.

El centro del campo del Atleti sí dejó más claro que Mario es problemático contra un centro del campo blandito pero que puede serlo mucho más contra un equipo ordenado y agresivo. Sobre Mario y Gabi parece recaer la misión de tapar todos los agujeros que dejan los atacantes en un planteamiento como el de ayer: cuatro defensas, cuatro que atacan más que defienden, dos que deben defender más que atacar. Quizás, entornando los ojos, les suene lo que leen de la época de cierto entrenador ayer de visita en casa. Por ser del todo justo hay que señalar que tener misiones de centrocampista defensivo en este Atleti requiere una capacidad física y de sacrificio que no todo el mundo tiene; el problema es que, incluso sin tener jugadores que puedan desempeñar esa misión con solvencia, parece que el entrenador del Atleti insiste en la fórmula ya testada y en varias ocasiones fracasada. Veremos qué ocurre con el pobre Assunçao, veremos si Koke empieza a aparecer más que los últimos minutos, veremos sí vemos la luz.

Aportando neuronas al juego estuvieron Diego y Arda, al menos en teoría. Diego corre de acá para allá, se muestra, la pide, la para, la pisa e intenta pases definitivos incluso cuando no debe. A veces le sale el pase y es un placer y otras veces se la da a un rival, pero en estas ocasiones no se para y mira, sino que corre a recuperar posiciones. Quizás ralentice a veces las transiciones por sobar y sobar y buscar la joya entre las piernas rivales, pero es cierto que hace cosas. Se ofusca, sí, pero también intenta cosas diferentes, guarda el balón y no pega pelotazos. Sin tener su mejor día ni ser definitivo, Diego aportó lo suyo al juego por más que en la grada empiece a haber un run-rún de impaciencia cuando caracolea. Más aportó ayer, eso sí, el inclasificable Turan. Arda Turan aparece por aquí y por allá, como las palomas de los números de magia, y lo mismo está sacando un contraataque desde posiciones de central que caracoleando en una banda cual extremo clásico. A ratos es omnipresente, a ratos desaparece, a veces hace pases largos perfectos y otras trota sin ganas tras un rival, como si en ese momento lo que de verdad le apeteciera fuera un helado de vainilla y un mando a distancia. Recupera balones, muchas veces por ser más listo que el resto y por no hacer ruido cuando llega por detrás de un confiado rival, y si está en una fase en la que se está divirtiendo, es un placer verle pedirla, devolverla, driblar y hacer taconcitos. Otras veces queda triste, medio agotado, recuperando fuelle y durante esos ratos mejor no pedirle nada, que ya volverá cuando él lo estime conveniente, oiga. En general, eso sí, tiene aire de futbolista salao: anda medio contrahecho moviendo el culo de lado a lado, corre con el cuerpo recto y las piernas batiendo poco, sin separarse del suelo, como el gato Jinkx. Ayer dio un pase sensacional e hizo una jugada de orfebre cuando el partido estaba acabado; en partidos fáciles Arda Turan se gustará y nos hará disfrutar, en partidos más serios nos desesperará a ratos, pero también nos solucionará papeletas que no todos pueden gestionar.

Y por fin, delante, una buena noticia y otra no tanto. La buena, naturalmente, Adrián. Marcó dos goles Adrián, el primero una verdadera maravilla, y dejó claro una vez más que debe jugar por el bien del equipo, por es suyo propio y por el de su compañero de ataque. Adrián ayuda, corre, tira diagonales, pelea y, cuando no sabe qué hacer, la guarda y busca a otro, sin querer regatear él solo a cuatro. Listo, Adrián es consciente de sus propias limitaciones, lo que le hace ser un buen jugador de fútbol; otro igual que o mejor que él, con menos espíritu de sacrificio, menos humildad, más ego, menos cabeza o una combinación todas, podría terminar adiegocostado en un diván de psiquiatra. Adrián, sin embargo, es listo y sensato y, aunque no cambie el gesto vayan bien o mal las cosas, parece un buen compañero que le viene de maravilla a Falcao. Falcao, cada vez más crispado y ansioso, comienza a dar signos de desesperación y síntomas que invitan a la preocupación. Con el gesto desencajado, Falcao empieza a asumir que todos los entrenadores le tienen ya visto y que, por culpa de lo que ocurre a su espalda, el Atleti es un equipo fácil de defender y él un tipo aislado que debe hacer la guerra solo. A Falcao no le llegan casi balones y aquellos que le llegan dan la sensación de dar calambre: Falcao quiere marcar todas, quiere quitarse un peso de encima y también quitárnoslo a nosotros, quiere evitar el debate que se cierne sobre él, esto es, si vale lo que valió, si hizo bien viniendo. Si no le llega el balón sale del área a buscarlo e intenta regatear a tres, dejando claro que eso no es lo suyo. No me pregunten por qué, oigan, pero uno tiene claro que esta tormenta pasará y Falcao volverá a estar cómodo, a marcar goles y a mirar relajado a los rivales; el que suscribe, un idealista, lo atribuye a que Falcao es un tipo honrado que no pasará sin que la suerte sea justa con él. Eso sí, cuanto antes marque, mejor.

Y, para el final, la grada. En un arranque de torería, una parte de la grada la emprendió con la directiva y el banquillo cuando el equipo iba a ganar el partido. Eliminando de un plumazo otro de los mantras del palco, eso de que la gente critica sólo cuando se pierde, la grada le pidió a Manzano, a Gil y a Cerezo que se fueran del Atleti cuando el equipo ya había amarrado tres puntos. También reclamó la vuelta de Luis Aragonés y del Cholo Simeone. Se recordó aquella jugada que empieza en Tomás y acaba en Caminero con Manolo de por medio y hasta ahí iba quedando claro que lo que la grada quería era la vuelta de los referentes, la vuelta de la dignidad y la vuelta del último Atleti más parecido al Atleti. No contenta con reclamar dos posibles entrenadores, una parte de la grada también tuvo un recuerdo para un tercero, Quique Flores y esto chocó al resto del respetable, que pitó. Se entró entonces en una dinámica curiosa: lo mismo se pedía el cese del presidente que se faltaba al respeto a un jugador menor de un equipo antipático, lo mismo se pedía la vuelta de un técnico que la de otro, sin quedar claro (porque en grito rimado es complicadísimo) si la idea es que uno fuera director deportivo y otro entrenador o al revés, o si se quería que vinieran los dos a la vez, o bien que hicieran una carrera de sacos con la idea de que el ganador ocupase el banquillo. El desconcierto fue grande durante un rato y ya no se sabía si desde los fondos se pediría la vuelta de Max Merkel "Míster Látigo" o la dimisión de su pariente Ángela, "Miss Látigo También". Tal era el cabreo de la grada, cree uno, y tal las ganas de decirle al palco lo que pensaba que al final se mandaron demasiados mensajes a la vez, lo que no tendría demasiada importancia de no saber, como sabemos, que un único mensaje simple y directo es ya demasiada tela para nuestro presidente. Eso si, a uno le alegra mucho que se proteste más allá del resultado, dejando así claro que la grada entiende que el problema es mucho más profundo que el túnel de vestuarios.

El Atleti ganó cómodamente un partido contra un rival también cómodo, dejando más o menos claro que por ahora el guión no cambia: se intuyen victorias claras contra los peores, empates apurados contra los del medio, malos partidos con alta probabilidad de derrota contra los de arriba. El resultado pudo ser justo, pero si de él se sacan conclusiones de que el equipo mejoró, éstas serían engañosas. El Atleti mostró serios problemas para hacer un juego fluido por el centro y también arrojó dudas sobre su capacidad para crear peligro por las bandas. Presentó por enésima vez en sociedad a un delantero que debe jugar más y asistió a un nuevo mal rato pasado por su estrella goleadora. El jueves, contra un equipo que se prevé más ordenado y rocoso que el de ayer, veremos. Yo, eso sí, soy optimista: para eso me pagan.

lunes, 19 de septiembre de 2011

De mejoras visibles y retos futuros

El Atleti jugó bien contra un rival facilón y dejó claro que este año ha optado por tocar el balón en vez de por pegar pelotazos. Si es capaz de hacerlo contra un buen equipo es algo que aún no sabemos.


Coincidiendo con el final del verano, y tras advertir numerosas irregularidades en la técnica empleada por la mayoría de los usuarios en gran cantidad de países de ambos hemisferios, la UNESCO - y más en concreto su Comisión de Postres Veraniegos Excepto El Flash Golosina - editará en breve el esperado y necesario texto que desde hace tanto tiempo reclaman heladeros, padres, usuarios de camisas de colores claros y en general todo el personal que no suele llevar pañuelitos de papel en el bolsillo. Se trata, naturalmente, del "Libro Verde del Consumo del Bombón Helado", también llamado "Guía Útil para el consumo responsable y sin lamparones del helado de palo con base de leche y cubierta de chocolate crujiente".

El Libro Verde (que en un principio iba a ser Libro Blanco pero cambió de color ante las multitudinarias protestas de todos aquellos que tradicionalmente hemos identificado el color blanco con la suciedad extrema) es una útil guía de consumo que contiene instrucciones detalladas para asegurar un correcto enfoque a la hora de encarar el rey de los postres de chiringuito. Ha sido elaborado por numerosos estudiosos, usuarios voluntarios, científicos y analistas estadísticos que, desde todos los puntos del Globo, han llevado a cabo sesudos estudios y experimentos encaminados a mejorar el grado de disfrute del consumidores de todas las edades y condiciones sociales. Los puntos fundamentales sobre los que gravita el contenido de la magna obra son los siguientes:

• Por su naturaleza y carácter, es del todo inútil y desaconsejable chupar un bombón helado recién sacado del congelador. Sencillamente, no sabe a nada: es como pasar la lengua por un tablón congelado. La correcta técnica se basa en el mordisco audaz y táctico, dejando el rechupeteo para fases posteriores a la fase inicial o Fase De Apertura de La Cubierta Chocolateada.

• El mordisco inicial es clave para una buena gestión del consumo: un mordisco temprano podrá resultar en dolor de incisivos por aplicación de frío, un mordisco demasiado tardío puede producir una rotura importante en la cubierta rígida, desprendiendo grandes bloques de chocolate con alto riesgo de mancha en la pechera. El mordisco inicial ha de darse ni muy pronto ni muy tarde, sino en su justo momento: cuándo llega éste es algo que sólo la experiencia permite saber.

• El riesgo de desprendimiento de cubierta y consiguiente (a) pérdida de un trozo estupendo de chocolate por caída al suelo o (b) mancha indigna durante toda la tarde y consiguiente ruina de la prenda, es constante durante todo el consumo del producto. Son especialmente sensibles las zonas laterales del helado, que presentan un alto índice de rotura y desprendimiento de coberturas laterales con ángulo de parte de la capa ventral o posterior del helado. Su caída produce una mancha atroz, pero las consecuencias son aún más graves: la pérdida de los listones laterales supone una merma en la estructura general del helado que producirá con seguridad ulteriores desprendimientos de cubierta en momentos posteriores.

• El ritmo, como en casi todo, es clave para el correcto disfrute del helado. Si bien en un principio éste puede ser más lento - pudiendo el usuario gustarse en el paladeo de las partes desprendidas del tronco central - a medida que pasa el tiempo y se acelera el proceso de fusión o deshielo, el ritmo debe hacerse más vivo para contrarrestar el efecto del recalentamiento global. Un consumo remolón y pastueño puede provocar el efecto bautizado como "Churrete Jackson" en honor a su descubridor, consistente en la fusión descontrolada de la parte interior cremosa del helado y la formación de un río de nata y chocolate fundido que, avanzando polo abajo, puede llegar a alcanzar la mano y, en ocasiones trágicas, incluso muñeca y codo.

• La parte final o de Fase de Remate presenta un punto positivo y uno de riesgo. El positivo, la posibilidad de acceder a un estupendo trozo de chocolate macizo adherido al palo mayor o viga maestra que sostiene todo el sistema cobertor; el riesgo cierto se presenta para aquellos con fobia al contacto de los elementos de la cavidad bucal con la madera de que se está hecha el palo mayor. Dicho contacto ha sido estudiado debidamente en cierta universidad de Iowa y es comúnmente denominado por la comunidad científica "Repelús Welch".

La publicación del Libro Verde ha sido acogida con entusiasmo y alivio por asociaciones de consumidores y madres de mellizos, si bien ha contado en ciertos países con la oposición activa del lobby de la lejía y el cebralín. Una vez más, amigos, nunca llueve a gusto de todos.
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Llegó la afición al campo la mar de contenta por la hora, que era decente, y por la temperatura, que no era demasiado alta. Llegaron niños en tropel, lo que hizo que el ambiente fuera mucho más agradable que en esos partidos de noche en los que no se ve ni una coleta ni un potito ni un señor subiendo la escalera con su niño en brazos, que es lo que debería ser, lo que siempre fue, lo que permitió que fuéramos al campo desde chico y entendiéramos lo que es el club, el equipo, la liga y todo aquello que la mercadotecnia se empeña en destrozar, empezando por las córneas de los que padecemos botas verde con cordones azules y botas moradas con cordones rosas.

Llegó pues en tropel la afición al campo y el tema de conversación era variado. Muchos hablaban de lo bien que sienta eliminar a los franceses en la Copa Davis y lo bien que sentaría ganar a los franceses en la final del Eurobasket, como luego ocurrió. Otros hablaban de que, en efecto, daba mucha alegría eliminar a los franceses pero que Morgan Parra, "Parrita", medio melé con nombre de banderillero, había metido prácticamente todos los golpes de castigo que había tenido a tiro esa mañana contra Canadá, desmontando la teoría de que el balón del Mundial vuela raro y por eso Sexton y Wilkinson no dan una. Hablaba también la gente del maravilloso partido de Irlanda contra Australia, del partidazo de Healy y el resto de la primera línea irlandesa, de los dotes de mando de O'Connell, del arrojo defensivo de O'Driscoll y de los inolvidables cinco últimos minutos, la presión en el 22 irlandés, el pase de fantasía innecesario de Cooper, la intercepción de Bowe y la carrera eterna, el placaje increíble de O'Connor a cinco metros de la línea de ensayo, el pitido final y la calle Alcalá llena de camisetas irlandesas y pintas de Guinness a las 12 de la mañana. De esto hablaba mucha gente, sí, pero la mayoría, la inmensa mayoría, no hablaba de otra cosa que del ascenso del Rugby Atleti, verdadera noticia bomba de un fin de semana en el que el Atleti goleó y España ganó el Eurobasket y llegó a la final de la Davis. El Rugby Atleti está en Segunda, y esta frase, que fuera de contexto quizás no diga mucho, suena a música celestial en los oídos de muchos.

Salió el Atleti al campo y lo hizo de nuevo vestido de Atleti, sin publicidad en la camiseta y con las medias rojas y con vuelta blanca y aquello ya pintaba bien. Antes salió otro Atleti, el de balonmano, heredero de carambola de ese histórico Atleti sin espinilleras que tan orgullosos nos hacía, y ofreció la supercopa a la afición. Mención especial merece la alegría que se advertía en la cara de Hombrados, claramente uno de los nuestros presentando un título a los suyos, la ilusión de todo atlético; dado que la mayoría sólo podríamos presentar como mucho un título de propiedad de un pisito hipotecado (lo que no carece de mérito en estos tiempos, oiga), la cara de Hombrados produjo alegría y envidia.

Al lado del Atleti salió el Racing de Santander y, cosas de las lesiones, el que suscribe no conocía a ni uno. Bueno a uno un poco, este me suena, ah, sí, ya sé quién es éste y poco más. En estas situaciones hay quien piensa que hace falta un experto en fútbol internacional, un socio del Racing o un cronista nacido en Potes para que le cuente quién es quién en el rival, pero se equivocan. Lo realmente útil, lo que le da al cronista aficionado toda la información necesaria para identificar rivales poco conocidos de equipos poco mediáticos no es un gurú radiofónico ni un obseso del fútbol por parabólica sino un niño de unos diez años que esté haciendo el álbum de la liga. Los niños, a fuerza de cambiar cromos y abrir sobres comprados en los kioskos, saben una barbaridad de fútbol y son capaces de reconocer al juvenil Ledesma, recién llegado al rival desde el Hércules Promesas, con sólo ponerse el peto y dar dos carreritas. Si uno es capaz de conseguir que el niño en cuestión (sobornado con polos y chicles de fresa) le diga a uno al oído el nombre de los desconocidos, uno queda como un erudito ante el resto de la grada, asombrada del conocimiento que de las plantillas de todos los equipos tiene el sobornador, a la sazón inductor de una caries de consecuencias imprevisibles.

Salió el Atleti, decíamos, y lo hizo con un dibujo levemente distinto a aquél que sacó ante el Celtic. Salió una línea de cuatro atrás, que tuvo poco trabajo, con dos mediocentros delante que controlaron al flojo rival sin demasiados problemas. Por delante de estos últimos salió con la batuta Diego, que dejó claro que de esto sabe y que por ahora quiere. A su lado, dos electrones libres, Turan y Reyes, completando la línea de tres encargada de darle balones a Falcao, solito en punta y sin demasiada necesidad de compañeros, que él solo se basta por lo que parece. A pesar de que (como en el caso del Celtic) lo limitadísimo del rival impide sacar conclusiones tajantes, por ahora parece una cosa clara: el Atleti quiere jugar a tocarla, tratando de olvidar el patadón a los de delante de temporadas pasadas. El Atleti la saca jugada o al menos lo intenta, y cuando el balón llega a los medio centros, primero Diego y luego Turan se la piden y piensan en algo que hacer que no sea mandarla lejos. Parece que la idea, por ahora, ha sido entendida por los jugadores o al menos es lo que vimos en la última media hora de Valencia y en los dos partidos posteriores. Veremos si dura y si funciona, veremos.

Courtois y los centrales no tuvieron mucho que hacer, por lo que diremos poco de ellos. De los laterales diremos más. Filipe Luis Filipe tuvo para sí toda la banda, toda vez que había poca gente haciendo coberturas de defensa el primer tiempo. Tampoco hacía mucha falta: el Racing no asustaba mucho. Filipe Luis Filipe subió sin esprintar y trotó de vuelta, se mostró a veces a regañadientes y cuando ganó la línea de fondo o sus inmediaciones, dejó claro que está más cómodo haciendo pases cortos como el del penalti que colgándola a la olla. Perea, por su parte, repitió como lateral y subió al ataque cuando pudo. En parte por no ocupar el puesto durante mucho tiempo, en parte por ser él mismo consciente de que conducir el balón y colgarla luego no es lo suyo, y en parte por el run-rún a mitad de camino entre la sorpresa, el cariño y chufla que se levanta cada vez que sube, hizo un buen partido. Servidor, ya lo sabe, ve con buenos ojos a Perea y quizás aprecie su contribución en partidos en los que otros ven un zote trotón, así que decidan Vds cómo jugó el colombiano. El que suscribe, ya sabe, si fuera árbitro no sería capaz de sacarle una tarjeta amarilla y, como mucho, le sacaría tarjetas-regalo por honrado y por discreto.

En el centro jugaron Mario y Tiago, los tibios centrocampistas que desentonaron junto a Grabi, más sólido, en el partido de Valencia. No lo hicieron mal porque tampoco tuvieron mucho que hacer, pero algo más aportaron. Tiago sacó un buen tiro a puerta que luego remató Falcao en fuera de juego, Mario estuvo cómodo todo el partido. Parte de su comodidad se debió, naturalmente, a Diego. Diego, de cuya calidad nadie puede dudar, está por ahora mostrando una actitud muy positiva que llama a la esperanza. Diego se enseña siempre, la pide, mira, piensa y si no hay alternativa la devuelve y vuelve a pedirla para volver a empezar. Recuerda a Juninho en esa vocación por buscar la forma en que hacer daño al rival, no recuerda tanto por su físico, mucho más completo que el del diminuto Osvaldo Giroldo. Diego, jugador cedido de futuro incierto, mostró el camino a todo el mundo, lideró el ataque, se asoció con los buenos y pidió pases fáciles a los no tan buenos y provocó un penalti tras buen pase de Filipe Luis Filipe que en el campo no pareció y en la televisión se vio claro. Se fue a la caseta al medio tiempo y su misión la pasó a desempeñar Turan, también entonado y fino. Turan tiene cosas de jugador artista y planta de monosabio contrahecho, con las piernas cortas, los hombros estrechos y la cabeza gorda, pero claramente sabe de qué va esto. Es fino en el regate, el pasecito y el pase largo y se entiende con Diego, Falcao y Adrián sin demasiados problemas.

Con Reyes es otro cantar. Reyes, que se las prometía muy felices a principio de año con su diez a la espalda, con la salida de las estrellas del equipo y con la prensa pidiendo su vuelta a la selección (sin especificar de qué deporte) pareció enfurruñado por jugar con unos cuantos nuevos que no sólo son capaces de hacer lo mismo que él, sino que cuentan con esa vértebra cervical tan útil que permite levantar la cabeza cuando se lleva el balón controlado. Reyes ha perdido protagonismo y puede optar por recuperarlo haciendo regatitos interminables de patio de colegio o jugando en equipo. De optar por la primera opción, que conociéndole nos parece la más probable, nos preguntaremos rápidamente si su puesto no debería ocuparlo Adrián, un jugador mucho más solidario, listo y generoso con detallitos de calidad cuando hace falta y sobriedad el resto del tiempo.

Y, para terminar, Falcao. Falcao es un jugador curioso: fuera del área parece torpón con los pies y poco dotado para el control y el regate. Se resbala, se choca y parece que únicamente se fía de él para devolverla en corto cuando anda por el centro del campo. Eso sí, en el área es otra cosa. No necesita mucho para ver puerta, siempre tiene claro dónde tiene que tirar y le da igual estar de espaldas que de frente que entre dos centrales grandísimos. Falcao, que no protesta ni se tira ni pide salir en la portada de las revistas de depilación como algún otro, tiene pinta de meter cinco o seis de cada diez que tenga. Ayer metió tres, le sacaron una y le anularon otra. Si recibe pases hay jugador para inflar las cifras de ataque, si se las tiene que fabricar solo sufrirá mucho, algo que saben bien algunos de los grandes delanteros que han pasado últimamente por el Calderón. Lo que claramente se ha ganado por ahora es el título de Rey del Videomarcador, la herramienta elegida para el anuncio de su fichaje sin transfer y ayer anuncio de su cuenta de Twitter. El videomarcador del Calderón está que echa humo este año; si antes servía para anunciar cafeterías en las que Julio Prieto hacía las veces de gerente y más tarde locales de dudosa reputación de la carretera de Burgos, ahora anuncia cosas extraordinarias y la gente no pierde ojo por si se hace pública la fórmula de la cocacola, el verdadero sueldo de Gil Marín o la solución a los sudokus más inaccesibles.

El Atleti ha dejado buena imagen contra equipos fáciles y una imagen algo más gris contra el pobre Valencia de hace una semana. Sí parece haber tomado la decisión de tocar y tocar el balón antes de pegar pelotazos y se nota la mano del entrenador en ese aspecto. Eso sí, por ahora los buenos partidos han sido contra equipos limitados y el sábado que viene vendrá la oportunidad de saber dónde estamos, el test que dará la medida del equipo en el inicio de liga. Entre tanto, la afición seguirá rumiando el dilema del domingo en el Calderón .... ¿qué hemos hecho en esta vida para terminar queriendo que Torres marque a De Gea en vez de estar vitoreando a ambos en los partidos de casa? Qué cosas, señor, qué cosas.

PS: el que suscribe anda preocupado por lo que parece la definitiva desaparición del Forza Atleti. Los partidos no serán los mismo sin la aportación de su chisposo portadista. Si se confirma la tragedia, tan nociva además para los fabricantes de medicamentos contra la disfunción eréctil, le dedicaremos la atención que merece.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Crónica huertana del Valencia - Dos Atletis (dos)


Ya saben Vds que el que suscribe gusta de ir a ver partidos del Atleti a otros campos, y siempre en zona de aficionados locales, lejos de la grada en la que se juntan los aficionados del Atleti desplazados al evento. Las razones para ello son muchas: ver cómo ve el fútbol la afición local, ver cómo ve al Atleti y los atléticos la afición rival, cambiar de aires para no ver únicamente al equipo rodeado de los nuestros, consciente de que con el tiempo desarrollamos filias y fobias que quizás no sean objetivas y, por ello, sean más fáciles de relativizar cuando se está rodeado de aficionados que rara vez pisan el Calderón.

El riesgo de esta práctica es casi nulo, pero no inexistente: no hay riesgo de que le den al aficionado visitante un sopapo si este se comporta con discreción de ordenanza de oficina antigua y lleva gafas de párroco, como es el caso. Tampoco hay riesgo de entrar en discusiones acaloradas que acaben con la invitación al desplazado a irse a tomar viento cuando uno es de naturaleza escéptica, comedida y poco dada a la sentencia e intente ver las cosas con distancia y sin forofismo. Eso sí, sí existe riesgo en Mestalla de acabar en un hospital cuando uno merienda un bocadillo de blanco y negro con habas, por lo que éste es un deporte de riesgo que cedemos a estómagos más intrépidos. Y también existe riesgo, eso sí, de verse abochornado cuando la propia afición desplazada canta esas tonadas ofensivas con los anfitriones que van tan poco con el carácter de uno y hacen que se giren los locales hacia el miope invitado, como diciendo "vaya tela".

Si bien, como hemos visto, los motivos y los riesgos de ver el partido entre aficionados rivales son muchos, la razón suele ser una, única y constante: la cesión gratuita de un abono por parte de un amigo local, práctica también conocida como "gañote". Siempre es un placer ir al fútbol con los amigos pero si encima éstos le invitan a uno su localidad, le organizan comida, cena y más comida en sitios escogidos (algunos repletos de patos), le llevan y le traen a los mejores sitios de la ciudad y encima se quedan casi agobiados cuando el Atleti pierde, ya, ni les cuento. A riesgo hacer que el que suscribe parezca Roberto Gómez (y no sólo en perímetro abdominal), no sería de recibo hacer esta crónica sin esta mención agradecida a los anfitriones.

La visita a campo rival con amigos conlleva una obligatoria práctica vecina: hablar de fútbol casi todo el rato, tanto con los amigos como con los amigos de éstos y sus vecinos de localidad. Hablar de fútbol con socios de otros clubes que ven tantos partidos como uno - pero de otro equipo - es una experiencia enriquecedora en tanto se da uno cuenta de que en todas partes, como en el kiosko de Mestalla en el que la afición compra bocadillos hipercalóricos, cuecen habas. Las verdades absolutas a las que creemos llegar los que poblamos las gradas del Calderón son parecidas a las verdades absolutas - pero contrarias - a las que llegan los que pueblan las gradas de Mestalla o, imaginamos, cualquier otro campo de España. Para sorpresa del que llega a campo ajeno, el aficionado rival habla maravillas de un jugador local al que el visitante casi nunca vio jugar y al que tiene en poca consideración; para sorpresa de los propietarios de la grada, el recién llegado confía ciegamente y eleva a la categoría de esencial a un jugador al que ellos no sabrían situar en la foto oficial de la plantilla. Donde el recién llegado ve un jugador tosco y tribunero con aciertos contados y errores de bulto, los locales ven un ídolo sobrado de precisión y arrojo para el que piden la selección absoluta, la titularidad y el premio Príncipe de Beukelaer. Igualmente, donde la afición visitante (y no toda, que quede claro) ve un jugador con gran calidad y embrujo que aporta el pellizco artístico que le señala como paisano de Fernanda y Bernarda de Utrera, los locales ven un holgazán desnortado sin participación en el juego y no entienden cómo una grada supuestamente entendida puede reclamar a Del Bosque - y no Andy y Lucas - el no contar con él para su próximo proyecto.

Partiendo de estas premisas, hablar de fútbol puede ser un placer y también puede ser un tormento. Puede ser divertido, respetuoso y enriquecedor, puede ayudar a que uno despeje dudas sobre las características de ese portero al que vio jugar pero no conoce bien o aprender sobre el nuevo fichaje que deslumbra por su poderío físico. Puede servir para descubrir que su equipo da más miedo del que uno, que ve sus miserias y virtudes día a día, podría llegar a pensar o para constatar que una operación oscura con un fichaje ultra millonario presentado ante quince mil personas hace levantar las cejas con desconfianza a ambos lados del Cabriel. Hablar de fútbol sirve también para que algunos liberen la tensión de la semana poniendo la cabeza como un bombo al visitante con sus encendidos argumentos sobre el trato injusto de la prensa hacia los prometedores fichajes locales, la sobrevaloración de las estrellas rivales, la corrupción impune de la directiva colchonera o el error que supusieron los Decretos de Nueva Planta y la división administrativa impuesta por los Borbones ignorando la tradición jurídica huertana y el sentir de los valencianos, como si el visitante, en vez de ser un tipo que vino a pasar la tarde, fuese el depositario de todos los valores de la Real Chancillería de Castilla, la Real Inquisición y el gremio de peritos contables. Compartir cervezas tiene también estas cosas, y si sirve para que la gente se desfogue y cuente el lunes a los compañeros de oficina que se despachó a gusto con un pobre señor con gafas que acabó escapando hacia una puerta de entrada del estadio, pues también está bien.
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Llegó la afición atlética al estadio y, una vez más, se dio cuenta de la cantidad de camisetas rojiblancas que se ven por los alrededores de Mestalla en los partidos de liga. La miopía y la falta de luz debido a lo tardío de la hora pudo hacer que algunas de las camisetas suplentes del Valencia, cuatribarradas y con canesú azul, fueran tomadas por camisetas rojiblancas de aquella temporada en la que, gracias a que las letras eran amarillas sobre fondo azul, la equipación del Atleti parecía el uniforme de una heladería. Fuera como fuere, fueran camisetas del Atleti o del Valencia de la época de Solsona, el ambiente en el estadio hacía pensar al aficionado colchonero que había muchos de los suyos compartiendo la empinada grada de Mestalla, lo que ayudaba a sobrellevar con dignidad el vértigo de moverse por la tribuna vertical sin miedo a caer despeñado.


Salió el Atleti al campo y la afición colchonera pensó tres cosas: la primera, qué bonita es la camiseta sin publicidad. La segunda, qué bonitas son las medias rojas con la vuelta blanca, como toda la vida. La tercera, por qué juega el Atleti con un pantalón rojo cuando el rival va de blanco y negro. Los árbitros exigen últimamente que los equipos cambien sus equipaciones para así no confundirse en cuando los jugadores luchan por un balón. Una reflexión superficial sugiere que, dado que un árbitro de fútbol debe tener buena vista para decidir fueras de juego por escasos centímetros o si un balón rebotado con violencia pasó la línea de fondo, un señor que sea capaz de confundir a un tipo de rojo, blanco y azul con uno de blanco y negro quizás sería mejor que se dedicara a otra profesión, como por ejemplo revisor de tren o encargado de cafetería. En fin.

Salió el Atleti al campo pero, una vez concluido el partido, quedó claro que al campo salieron dos Atletis, uno para no perder, que perdió, y otro para ganar que no pudo ni empatar. El segundo salió en el primer tiempo y parte del segundo, el primero salió al final del partido y el lío ordinal fue ya completo. El primer Atleti salió con tres medio centros de contención, poca creación y menos presencia, el segundo salió con un turco habilidoso que dejó buena impresión y un brasileño que encendió las luces.

Jugó Courtois, portero del Atleti que no es del Atleti, y dio muy buena imagen. Alto, sobrio y ágil, hizo alguna parada difícil sin que pareciera que le costara mucho. Courtois tiene buena pinta, lo que hace que uno se preocupe por Joel y por el futuro del propio Courtois, más cerca del barrio de Chelsea que del de Carabanchel. Jugó Silvio, muy activo en ataque y hábil a la hora de centrar al área, más audaz a la hora de subir que de bajar pero bien en líneas generales a pesar de que Piatti y en ocasiones el interesante Jonas parecieron cómodos al encararle. Salió Filipe Luis Filipe y, sin hacer su mejor partido, estuvo un poco mejor que en sus peores tardes, que tampoco es mucho.

Jugaron también Domínguez y Miranda de centrales y se llenó el centro del área de preguntas, cuidado, ahí hay una pregunta que resbala, tenga ojo Vd no la pise, espere que ahí hay otra. Algunas de las cuestiones pretendían aclarar si Domínguez pasa un bache o si el año en blanco del año pasado no tiene solución a corto plazo; otras, qué demonios ocurre con Godín. Otras preguntas se centraban en Miranda, el joven central de la escudería Mendes. En el campo Miranda gustó y pareció contundente y serio; comentarios procedentes de aficionados que vieron el partido por televisión hablan de fallos, falta de solidez y un partido flojo. En el campo pareció no tener demasiados problemas para controlar al aspaventoso Soldado, pero aquellos que vieron el partido por televisión hablan de su inocencia en el gol del Valencia, con toquecito artero en la espalda. Ya se sabe que la televisión permite ver ciertos detalles e impide ver la foto general de la disposición en el campo, por lo que esperaremos un tiempo para hacernos una idea definitiva sobre un jugador que, tras lo poco visto ayer, parece que podría valer.

En el centro del campo convivieron los dos Atletis. En el primer tiempo salió eso que ahora se llama trivote, término que sugiere una pequeña embarcación que, a pesar de sus reducidas dimensiones, tiene tres palos y vela latina y luego resulta que son tres señores jugando al fútbol. Jugó Mario más cerca de los centrales, Gabi a su derecha y Tiago a su izquierda. De todos ellos, sólo Gabi lo hizo bien, y eso sin brillar. Gabi se fue del Atleti dejando la sensación de esperanza frustrada que, por blandito, nunca llegaría a ser lo que pudo ser; tras su partida y especialmente tras su paso especialmente por el Zaragoza (de Aguirre), Gabi ha vuelto hecho un señor serio y solvente que corre, tapa, la pide, asume responsabilidades y, si hace falta, pone las peras al cuarto a los comerciales de Telefónica que llaman a la hora de la siesta de un sábado a ofrecer una tarifa ventajosa. Su seriedad contrasta con la blandura y frialdad de Mario, impropia de un jugador que ocupa algo parecido al vértice más atrasado de un rombo (sobre todo con centrales no excesivamente dinámicos ni contundentes). Mario hizo un partido ñoño durante el cual pudo aprender de la agresividad de aquellos que tuvo enfrente, siempre superiores. Aún así, no fue el último en el ranking de centrocampistas desafortunados de la tarde, que fue liderado por Juanfran, cada vez más acelerado, desacertado y torpe a la hora de tomar decisiones, y por Tiago.

Tiago sigue imparable en su declive, cada vez más evidente. Tiago llegó como refuerzo imaginativo para la media y en los primeros partidos pareció cumplir con su misión. En su momento se pensó que sería él la referencia en torno a la que armar un equipo que jugase al fútbol y no diese patadones, como acostumbraba el equipo. Sin embargo, poco a poco ha ido perdiendo físico, presencia e ideas y cada vez parece más el espíritu penante de aquél que jugó al principio. Tiago se mueve perdido por el campo, incómodo a la hora de colocarse en defensa y en ataque, cansino y lento en el repliegue, huérfano de referencias y sin muchos recursos para entrar en el juego a excepción de los destellos de la calidad que nadie le discute y que le permitió hacer un precioso pase a Adrián que casi termina en gol. Pero la presencia de Tiago se diluye cada partido y su papel en la media ha pasado de protagonista y gran esperanza blanca a secundario sin presencia rolando a figurante sin frase, algo así como el papel que desempeñaba Quique en la pandilla de Verano Azul. En un equipo que tuvo a Milinko, en el que estuvo luego un centrocampista portugués con gorro que bien pudo haber llevado el apodo de Fofo (sin tilde) y que ahora tiene a Gabi, Tiago parece haber asumido el rol de Rody, el miembro del clan de los payasos de la tele que nunca nadie supo bien qué pintaba ahí, si era payaso o asesor financiero del grupo, si había que esperar de él chistes y chascarrillos o el contrapunto sensato y cascarrabias que guardan para sí los clowns sin maquillar y con chaqué. Si alguien, por cierto, puede aclarar qué hacía Rody en ese grupo, se agradecería la información, que esta cuestión nos atormenta desde edad temprana.

Cuando marcó el rival y el banquillo cayó en que el equipo no había creado peligro, salió Arda Turán y el Valencia reculó unos metros. Poco después salió Diego y con él salió también el sol. Retirados del campo Mario (por un desacertadísimo Juanfran) y Tiago, el centro del campo cambió radicalmente. Del cansino esperar y el pensar lento del principio se pasó a un juego mucho más vertical y rápido, gracias sobre todo a Diego. Diego, jugador con enorme calidad y curriculum preocupante, necesitó tres toques para dejar claro que es el tipo más dotado del equipo para mover el balón y el equipo. Muy presente, siempre mostrándose y muy cómodo manejando el balón incluso entre varios rivales, cambió la foto del equipo en poco tiempo. Ayudado por Turan, más vertical y listo de lo esperado y tan habilidoso como nos habían contado, metió casi solito al Valencia en su área y lideró el asedio, tardío, con el que el Atleti quiso empatar el partido. Provocó un penalti que en el campo pareció claro y no se pitó, sacó a los medio centros de su sitio, se coló entre líneas y en diez minutos encendió una llamita de esperanza entre la afición, a esas horas en parte intoxicada por obra del bocadillo arriba mencionado. De haber sido esa la dinámica desde el principio del partido y no cuando se perdía de un gol contra un equipo serio y con oficio, las cosas podrían haber cambiado.

Del ataque del Atleti, poco que decir hasta que salieron Diego y Arda Turan. Poco porque poco pudo hacer la delantera, desconectados todos del medio campo tristón que jugó hasta el minuto 60. Adrián volvió a mostrar buenas maneras e inteligencia a la hora de tirar diagonales para ayudar al equipo y fue sustituido quizás por haber sido el último en llegar y no por merecerlo más que otros. Reyes hizo otro de sus partidos intrascendentes y a ratos irritantes, lo que probablemente contribuya a esa leyenda de jugador imprevisible y de arte que tan perplejo nos tiene a algunos. Y Falcao, debutante, vio cómo no le llegaba ni un solo balón en condiciones, en parte por la inoperancia de su retaguardia y en parte por el buen hacer de los centrales del Valencia, sobre todo Rami, un portento físico e intimidador que tuvo a un educadísimo señor colombiano vecino de grada con el corazón en un puño por si partía en dos al bueno de Radamel. Como piropo a este último, decir que a pesar de la inoperancia de los compañeros, la soledad en el área y los palos recibidos, no se vio ni uno mal gesto ni un reproche salir de su boca. Y estas cosas, en tiempos de estrellitas quejicas y reivindicativas cuando le hacen un hat trick a la Gimnástica Segoviana, a uno le gustan.

El Atleti perdió un partido contra el Valencia menos fuerte de los últimos años, cediendo puntos en un campo importante, puntos de los que sin duda nos acordaremos más adelante. El equipo dejó numerosos motivos para la preocupación (principalmente, que los destacados son jugadores cedidos con papeletas para irse del club si las cosas salen bien) y algunos para la esperanza. Como este año se ha tomado la firme decisión de ser optimista en el blog, nos quedaremos con los últimos. El Atleti, mal planificado y con refuerzos de último minuto, tiene aún el beneficio de la duda: es pronto para juzgar. Lo visto en el campo desde la entrada de Diego y Arda Turan y lo visto en el pasado en Falcao debe ser tomado como algo positivo. Lo enseñado por Courtois, el dinamismo de Silvio y el aplomo de Gabi también animan un poco. Todo lo demás siembra dudas, pero, si se consigue que se centre en el equipo alguien capaz de cerrar bares en Wolfsburgo La Nuit, quizás hayamos dado con la tecla.

lunes, 11 de abril de 2011

De veteranos y partidos cómodos (o "qué bonito es Philadelphia")


La afición, que no el Club, preparó un homenaje a Luis Aragonés. Homenaje es una palabra complicada que sugiere el fin de una era, así que quizás no fuera exactamente un homenaje lo que se vivió en el cine Palafox. Fue un reconocimiento quizás, un agradecimiento sin duda, una invitación, un recordatorio, quizás también un homenaje, por qué no, el homenaje de la afición. El caso es que la afición, o al menos parte de ella (la más respetuosa con el pasado, la más devota, la más comprometida, la mas dolida con la situación y curiosamente la más despreciada por los medios que cubren los actos que organizan) fue quien tomó la iniciativa de convocar el evento que no ha organizado el Club a pesar de que en su momento prometió a Luis, Ufarte y Torres un reconocimiento público, la insignia de oro y brillantes y hay quien dice que también un piso en Fuengirola con los armarios vestidos. A estas alturas esto ya ni nos sorprende, tal es el nivel de degradación de la institución y tal el nivel de esperanza de quien lo sufre. Conociendo la forma de conducirse del Club, eso sí, no será extraño que en breve organice un acto para gloria de los veteranos, así, por casualidad.

El caso es que compareció Luis ante una afición que le llamó Presidente, cantó su gol en Bruselas como si fuera en directo e hizo preguntas y comentarios tras ver un precioso documental sobre su trayectoria en el Atleti.

El acto dejó claras varias cosas. La primera, que ya sabíamos, es que la afición del Atleti es de lágrima fácil:

- Estoy llorando
- Espere al menos a que empiece el documental, oiga
- No puedo

Lo segundo, que también sabíamos, que Jose Manuel Díaz tiene un don que no tiene casi nadie y que Petón tiene el don de contar las cosas y que le entren a uno ganas de echarse a la calle a tomar algo al asalto, sea un convento o un vermouth. Lo tercero, que, aunque no haya medios ni tiempo ni dinero ni gente suficiente, cuando las cosas se hacen con cariño y con pasión, salen bien. Bien, muy bien, tremendamente bien, increíblemente bien. Emotivas, interesantes, emocionantes, con la calidad que ofrecen los profesionales y la pasión que sólo transmiten los devotos. Como dijo Pepe Navarro, las cosas sobre el Atleti siempre salen bien porque no pueden salir de otra forma; el acto en sí y el reportaje sobre Luis en concreto dejó asombrado y emocionado al personal presente y eso es algo que siempre agradeceremos todos, siempre.

Más cosas dejó claro el acto. Dejó claro que antes, cuando Luis, el Atleti era un grande de Europa que ganaba un título cada dos o tres años. También, que aquellos que consiguieron esos triunfos tan grandes son también grandes, inmensos. Con Luis estuvieron algunos veteranos de ese equipo legendario: Calleja, Peiró, Capón, Leal, Ufarte, Reina, Navarro. A Adelardo, Pereira, Collar y algún otro ilustre veterano que aún trabaja en el club se le echó de menos en el acto del domingo, porque sin su participación en aquellos equipos quizás la leyenda no sería la misma.

Presentes o ausentes, hay un rasgo común de los veteranos: lo conseguido por ellos no guarda relación con el protagonismo que se atribuyen. "La pegué y me salió bien; pasó el balón entre un montón de piernas y tuve la inmensa suerte de que fuera adentro", decía Calleja sobre un gol que dio una liga. "Me llegó un balón de lejos, la di de cabeza sin saber bien cómo. Fue un gol feo", decía en el vídeo Gárate sobre otro gol de campeón. "Nos marcaron por una falta que hice yo, no era raro que me pitaran a mi faltas", decía Capón y levantaba la carcajada del patio de butacas. "Salíamos a ganar todos los partidos, pero es que Vds, la afición, no nos habría permitido otra cosa", decía Luis quitando mérito al equipo, pasando parte de ese mérito a la grada y, de paso, tirando de las orejas a la afición actual. Igualito, pensaba la concurrencia, igualito que lo que pasa hoy en día, en estos tiempos de fútbol de gestitos, de jugadores vedette que se señalan el nombre porque un día metieron un gol contra el décimo quinto clasificado con sus botas patrocinadas color lima-limón, gol celebrado haciendo un bailecito mezquino al grito de "me lo merezco".

Los veteranos del Atleti, que en su día dieron lecciones de fútbol a Europa entera, siguen dando lecciones domésticas de atleticismo y de señorío, de modestia, honestidad y clase. Por desgracia, los veteranos del Atleti no tienen la presencia que merecen en la vida diaria del Club y su recuerdo parece ser responsabilidad de los aficionados más mayores y no de la institución. De igual forma que en el vestuario del Atleti no hay jugadores que duren lo suficiente como para transmitir a los compañeros la esencia del equipo, el respeto a los veteranos no es una política de la institución sino el resultado del recuerdo espontáneo de los más mayores de la grada, que transmiten a los suyos los recuerdos de los buenos tiempos como los ancianos de las tribus transmiten las leyendas. Uno envidia esos campos en los que las fotos de los jugadores míticos adornan las entradas a los vomitorios para recuerdo obligado de todos, esos estadios en los que las puertas llevan los nombres de los que más partidos jugaron, en los que las aficiones hacen flamear banderas con las caras de los ídolos de antaño. No es el caso del Atleti, donde el Club no se ha ocupado de que la gente más joven sepa quiénes construyeron la leyenda, donde poca gente reconoce a los veteranos cuando se acercan al estadio, algo que debería avergonzarnos a todos.

No debe ser fácil ser veterano del Atleti. El Club no les hace el caso que merecen, los jóvenes no saben de ellos todo lo que deberían saber. Cuando terminaron su vida profesional los contratos no permitían una vida retirada del mundanal ruido, y por ello la mayoría empezaron una segunda vida laboral al acabar la futbolística. Algunos son ingenieros, otros procuradores, otros pusieron una tienda y algunos trabajan en el propio Club. Estos últimos tienen a veces una papeleta complicada. Quizás piensen (o quizás no) que el Club del que forman parte, que es parte de su vida y es además la fuente de su sustento toma una deriva que no les gusta, pero las circunstancias no les permiten pelear con la libertad que pelea el resto, opinar con plena independencia. Piensen lo que piensen, no por ello merecen una brizna menos admiración, respeto y agradecimiento que el resto porque, sin ellos, no estaríamos hablando del Atleti gigante de los sesenta, setenta y primeros ochenta.

Sin veteranos no hay historia, y sin historia no hay gloria ni grandeza. Sin ellas, no habría nada que exigir a los que ahora echan por tierra el pasado. Si el Atleti es lo que es, es gracias a Luis, Gárate, Adelardo, Pereira y compañía, a los que les precedieron y a los que vinieron después de ellos y entendieron qué es el Atleti. Exigir la vuelta de la grandeza pasa por respetar y escuchar a los que la hicieron posible, por imitar su ejemplo, por usar su experiencia y contar con su ayuda. Tenemos la suerte de que los veteranos del Atleti, historia viva del Club, son más atléticos que el que más y tan humildes como grandes, la suerte de que respondan todos a una cuando se trata de agradecer a uno de ellos todas las alegrías que nos dieron. En Luis y en los demás veteranos tenemos un tesoro. Un tesoro al que el club no presta atención, que el club desconoce; es, una vez más, responsabilidad de la afición cuidar de él y darle su verdadero valor.

Ellos nunca fallaron. No fallemos ahora nosotros, por más que fallen otros.

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Llegó la afición al campo y aquello era un sin vivir. Un partido a principios de abril y ya con un sol de justicia, sol de calentar cervezas en tiempo record, sol de producir energía como para iluminar el estadio durante un concierto de Kiss, sol de julio en pleno abril. Las terrazas llenas de los últimos días habían dado paso a grupos de gente a la sombra, revistas utilizadas como abanico y estampas veraniegas nada primaverales. Al calor y desconcierto general había que sumar una turbamulta que venía hacia Pirámides por el puente de Toledo, escoltada por los amables miembros del servicio anti-disturbios del Cuerpo Nacional de Policía, ya saben, esos funcionarios que, para evitar altercados, se pasean entre la gente con cara que querer empezar una pelea en cuanto algún macho alfa establezca contacto visual.

La gente venía desde Marqués de Vadillo en respuesta a la convocatoria de Atléticos por el Cambio, organizadora de la manifestación en contra de la directiva que tuvo lugar ayer. Algunos medios se hacen eco de este tipo de manifestaciones con frialdad científica, mencionando únicamente el hecho e informando de las cifras ofrecidas por la policía y los organizadores. Otra parte de la prensa habla de estas cosas con un desdén disimulado, un desdén pequeño que deja entre ver un desdén mayor que, sin ser ya desdén, parece interés personal, más bien ganas de aplaudir los despectivos comentarios que llegan desde el palco cuando pasan estas cosas. En algunos medios se hace sorprendente mofa del número de asistentes, como si el que hace la crónica se sintiera revestido del manto púrpura y el cetro de marfil que confiere el poder de juzgar y disponer, más allá del de contar: "Yo, hasta hace poco simple plumilla pero ya hoy vuestro líder, digo: ¡Ríase el pueblo de ellos! ¡He dicho! ¡A ver, Vd, el de las gafas graduadísimas, ríase, oiga, o aténgase a las consecuencias!". En otros medios se hacen cálculos aritméticos para demostrar la poca fuerza del movimiento opositor, como si la realidad se midiera por gente por metro cuadrado en vez de por criterios deportivos, sociales y económicos: "Protestaron mil, que no son muchos, ergo la gestión es buena; no me vengan ya con balances, títulos, dinero extraviado y otras zarandajas, que lo que cuenta es cuánta gente hubo en el puente y se ha terminado, hala, hala".

Cierto sector de la prensa, en fin, parece tomar partido en la situación, pero no abiertamente; parecen querer que las iniciativas tengan poco éxito para así poder, desde lo alto de su columna periodística, sacar la lengua a toro pasado y hacer burla a los que intentan cambiar algo con lo que nadie, ni siquiera el columnista, puede estar de acuerdo. Algunas reacciones de la prensa son misteriosas o quizás no tan misteriosas, pero irritan a más de uno. Lo que la prensa dice crea malestar chirriante en foros y webs opositoras, y el ruido que de ellas llega irrita a su vez (con razón muchas veces, por las formas) a los periodistas que, oído el estruendo, mirarán a la próxima concentración con más inquina, con más desdén y más ganas de hacer burla si la manifestación no se convierte en tsunami masivo que arrase puestos de bufandas, furgonetas de policía y policías montados. La situación pues se va envenenando en un ciclo pescadilla - cola - pescadilla que separa posturas que no deberían ser tan distantes si las cosas se hicieran un poco mejor por ambos lados. Alguno trata de mediar, de hablar con uno, de hablar con otro pero cada vez parece más difícil el entendimiento entre prensa y protestantes; la primera se encuentra más cómoda con los que no dicen nada, los segundos se sentirían más cómodos con otros que dijeran más cosas o las dijeran de otro modo.

Mientras tanto, parte de la historia sigue igual: la prensa habla de lo bien que va todo y de los pocos (cada vez más) que toman los puentes. Los que toman los puentes, sin embargo, ven que ya no son siempre los mismos, que llega más gente nueva, que en la grada abundan las bufandas verde y oro y que la afición, dando de nuevo lecciones, anima al equipo, celebra los goles y sigue protestando tras marcar. Los tomadores de puentes ya cuentan de antemano con que la prensa hará chanzas y no les afecta el desdén burlón y previsible. Saben lo que hay, saben que tienen razón y ven que cada vez son más. Parte de la prensa, mientras, prefiere seguir haciendo chistecitos sin prestar atención a un movimiento que, poco a poco, va cuajando, creciendo a medida que desaparecen los argumentos para defender lo indefendible.

En fin, a lo que íbamos. Salió el equipo al campo y lo hizo bajo la atenta mirada del Consejero Delegado, Miguel Ángel Gil Marín, presente en el estadio. Hablamos naturalmente del estadio de los Philadelphia Union (no confundir con el homónimo de Irún), al que acudió - en coche naturalmente, es conocida la afición del Consejero Delegado a conducir en día de partido - para ver el encuentro del equipo local contra los New York Red Bulls. El Consejero Delegado se encuentra en la actualidad en los Estados Unidos para conocer de cerca la potentísima liga norteamericana y no perdió la ocasión de ir a un estadio, a ver qué se siente. Por cierto, el clásico de Philadelphia acabó con resultado de uno a cero, gol de Roger Torres. Roger Torres, hay que joderse. Eso sí, el campo se llenó para ver de cerca a Gil Marín en un estadio, algo ignoto.

Ya de vuelta en Madrid, salió el Atleti y lo hizo con una alineación poco previsible, qué novedad. Salió De Gea con atuendo muy adecuado para la Cuaresma y, por delante de él, salieron Ujfalusi, Perea, Godín y Filipe Luis Filipe. No estaba Domínguez una vez más, y su presencia en un equipo titular se antoja cada vez más complicada de aquí a final de temporada o hasta la marcha de Quique. Jugó Ujfalusi y lo hizo regular, jugó Perea y lo hizo psché, jugó Godín y lo hizo mal: alocado en las salidas hacia el medio, transmitiendo poca seguridad a pesar de lo plácido del partido, Godín pareció acelerado y alejado del cartel de Kaiser que le anunció a principio de temporada. Los cambios en el centro de la defensa es lo que tienen, al parecer. Jugó algo mejor Filipe Luis Filipe, sobre todo porque metió un gol. Metió su primer gol con el Atleti y además fue un buen gol, la verdad, potente, por alto, entrando desde atrás y aprovechando un buen pase de tacón de Diego Costa.

En el centro jugaron Tiago, aseado, y Mario Suárez. Mario jugó bien y marcó un gol, y eso que venía de unos partidos flojos y poco contundentes. Pero la Real de ayer, quizás el equipo más flojito que ha pasado por el Calderón este año, algo novato y poco listo al defender reculando, era propicia para que el centro del campo y el resto del equipo jugara cómodo; en honor a la Real, decir, eso sí, que no dio ni una patada ni tuvo un mal gesto. Jugó cómodo Reyes, protagonista de la jugada de la noche al tirar tres amagues consecutivos a un bisoño central rival y hacer el pase que remató dentro Mario. Reyes acapara portadas y alabanzas por el gol de ayer y es de justicia decir que no lo hizo mal contra un equipo facilón, si bien pasó buenas fases de ausencia.

El cuarto componente de la media, Koke, fue el que más gustó al que suscribe. Lo hizo fácil, buscó a los compañeros, tiró paredes y metió pases profundos, ese recurso olvidado en el equipo del que alguien se acordó el otro día en Pamplona. Koke se gira, pasa el balón rápido y tiene pinta de saber dónde están los demás en todo momento: lo que viene siendo un centrocampista, oiga, que parecen Vds nuevos. Ahora que Koke parece ir demostrando que anda capacitado para jugar en el Atlético actual, ¿Habrá quien se pregunte para qué vino Elías, haciendo un chistecito? ¿Habrá desde la prensa comentarios burlones y desdén hacia la directiva por haber invertido nueve millones, nueve, en un suplente con menos facultades aparentes que un canterano gratis? ¿Preguntará el contable en qué partida debe meter el precio del traspaso de Juanfran, si en inmovilizado material o stock? ¿Se confirmará que Assunção es devoto del Santo Job? ¿Fletará el club un micro bus para que los medio centros defensivos se desplacen apartados del resto de la plantilla, para que puedan hablar así de sus cosas, cosas de medio centros defensivos?

Por último, los de arriba. Salió Agüero después de su ausencia y nos dio una alegría. Jugó cómodo, hizo sus jugadas, participó en todo momento y metió un gran gol, cambiando de ritmo y acelerando cuando parecía ir al máximo de su velocidad, afinando al palo contrario. A su lado, Diego Costa, el último héroe de Pamplona, el hombre del hat-trick, Juan Trick para un ilustre vecino de localidad. Salió Juan Trick de titular y no lo hizo mal ni lo hizo tan bien como nos cuentan, cree el que suscribe. Uno entiende la dificultad de sentar a un tipo que viene de meter tres goles, aunque también entiende la dificultad de sentar a un tipo que es dos veces bota de oro y que, sobre todo, es mejor. Pero salió Diego Costa y lo intentó, peleó, pegó un palo y dio un buen pase de tacón a Filipe Luis Filipe, además de hacer un remate dificilísimo a puerta que sacó Bravo, el mejor de los rivales. También hizo gala de esa desconexión del juego tan suya, controles torpones y alguna caída cómica. Eso sí, mostró a la grada de lateral una parte brillante y desconocida de su repertorio: acosado por un rival junto a la línea de fuera, cayó Diego Costa de bruces y, lejos de dar por perdido el balón, lo controló y protegió a gatas. A gatas, oiga, a gatas, la grada no daba crédito, no recordaba algo así desde que Pernía despejó de cabeza un balón raso. Jugó el balón a gatas Diego Costa y la grada era un clamor. ¡A gatas! ¡qué tío! ¡a gatas se ha llevado el balón, como si tal cosa! ¡es un jugador felino, es el Gato de Lagarto! ¡Juan Trick, O Gato do Lagarto! Se abrazaron los amigos, se besaron las parejas, sanaron dos turistas aquejados de flato, revolotearon las palomas y luego salió Forlán y casi no tocó el balón.

El Atleti jugó bien contra un rival comodísimo y ganó tres cero; pudieron ser más si no llega a hacer un partidazo el portero rival. La afición, contenta por el calorcito de la grada y por lo bonitos que fueron los goles, se puso como loca a hacer cuentas para ver si era posible entrar en Champions. El Sevilla juega aquí y allá, el Villarreal juega acullá, el Atleti juega aquí y luego aquí y luego aquí y luego allí. Europa está a tiro, el Atleti puede jugar Europa League, el torneo del Renacimiento. ¡La UEFA, ni más ni menos! ¡Basta de protestas, hombre! ¡Si son Vds cuatro gatos!

lunes, 7 de marzo de 2011

De la alegría que da que ganen equipo y grada

El Atleti jugó un buen partido contra un buen rival que no consiguió jugar cómodo y ganó por primera vez en la temporada contra un teórico rival directo. Y la grada, encima, nos dio una alegría.


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El sábado, que era un día normal, el centro de Madrid estaba cortado. Así, cortado, como un café. Cortado con vallas, con coches de policía, con agentes de movilidad dando pitidos. Cortado. La gente no sabía bien qué pasaba, por qué está todo cortado, por qué tantas vallas y tantos pitidos y tantos atascos, por qué, por qué, oiga. La explicación llegó gracias al boca a boca: es cosa del carnaval. Madrid estaba cortado por el carnaval, como Río, como Cádiz. Madrid, qué cosas, no tiene tradición carnavalera y únicamente en los últimos años se ve a la gente disfrazada por la calle en días de carnaval; en los últimos años, sí, en los mismos en que se ve gente disfrazada en Halloween. Eso sí, el tráfico se corta en el centro. Se diría que en Madrid, sitio del que siempre se ha dicho que no hay demasiada gente de dos generaciones, se van tomando como propias las tradiciones de otros, para hacer identidad. A algunos nos suena rara esta manía de querer ser lo que uno no es y además querer serlo con la solera del que lo es desde siempre. En breve, creemos algunos, tendremos en Madrid fallas por San José, encierros por San Fermín y pavo por acción de gracias. Todo importado, todo artificial, todo forzado pero de todo al menos, de todo un poco, mejor algo en vez de nada.

Es común con esto de las tradiciones repentinas que, para rematar la faena, se corte el centro. El centro de Madrid se corta a la mínima y cuando no es el carnaval o una parada militar es una manifestación o un desfile tradicional austrohúngaro. El centro de Madrid se corta sin anuncio previo ni explicación suficiente, y normalmente lo que se consigue es que los automovilistas madrileños, que no se han enterado de nada, se agolpen en las vías de acceso al centro y ahí asistan al espectáculo brindado por el Ayuntamiento. Y es que el Ayuntamiento, para guiar y ayudar al ciudadano desinformado, cuenta con un cuerpo de élite encargado de solucionar los entuertos que él mismo crea: la Policía Municipal madrileña. La Policía Municipal madrileña, posiblemente la policía peor educada del globo, gusta de manejar estas situaciones luciendo sus características más famosas, esto es, el gesto despectivo, el pitido irrita-sordos, el ademán prepotente y el abandono de las formas más elementales. La Policía Municipal pita, grita, hace aspavientos, consigue con unos pocos signos confundir a gran cantidad de conductores que no necesariamente son idiotas pero a los que tratan como tales. El policía medio se dirige al ciudadano con gestos incomprensibles que ellos consideran clarísimos, y si uno no consigue descifrar a la primera el punto exacto del amplio abanico que va desde el "pase Vd rapidito" al "quieto ahí mismo y no se mueva" que el ademán puede significar, el gesto policial se torna en visible irritación, amenaza de multa y murmullos de esos que sugieren aquello tan funcionarial de "hay que ver la gente, qué bruta es".

La Policía Municipal madrileña, agresiva, maleducada y no especialmente eficaz, contaría en otra ciudad con un movimiento ciudadano en contra que exigiría que se le bajaran los humos y se le enseñara educación básica. Pero no es así, oiga, que la Policía Municipal cuenta con un aliado que no sabe que lo es y que no debería serlo: el madrileño al volante. El conductor madrileño, del que la policía abusa y al que el alcalde ignora, que ve su vida pasar en atascos y esperando que un señor bajito con casco y chaleco reflectante armado de una gran flecha blanca sobre fondo azul le haga el favor de dejarle pasar por las calles de su ciudad, cuyo mantenimiento paga, no exige educación a la fuerza pública, ni información al ayuntamiento, ni claridad en las explicaciones. No. El conductor madrileño no exige nada de eso a quien sería exigible y se muestra resignado y sumiso ante la autoridad. Sin embargo, qué cosas pasan, se muestra inflexible y estricto, crítico y maleducado hasta el punto de convertirse en odioso con sus compañeros de atasco, con los ciudadanos que como él se ven atrapados sin culpa ni voluntad en la ratonera, con el resto de contribuyentes a los que la autoridad maltrata. Así, una vez dentro del atasco el conductor medio no exige al policía corrección y claridad, pero sí exige al coche que va delante que interprete exactamente hacia dónde quiere ir él; si no lo hace toca el claxon, hace aspavientos y se acuerda de su madre. No pide al guardia que deje de tutear a los conductores agobiados ni que modere su ímpetu gestual ofensivo, pero pone como un trapo a la chica del coche de al lado si no acelera cuando él cree que debe hacerlo. Critica sólo para sus adentros la brillante idea del alcalde de asumir como propias todas y cada una de las fiestas populares de España, Canadá, Mongolia y parte del Hemisferio Sur, pero critica en público al coche de matrícula de provincias con el que debería hacer frente común y plantar cara al agente que, desquiciado, toca el pito como quien pastorea acémilas. El conductor madrileño, en fin, prefiere mostrarse sumiso con el funcionario que le maltrata y no protestar frente a la autoridad que, sin avisar, le amarga el sábado, renunciando a hacer valer sus derechos, reclamar respeto y exigir educación. La vía de escape para la frustración que esta postura tan blandengue le produce es, naturalmente, criticar al vecino que tan poca culpa como él tiene, insultar al compañero de atasco (mejor cuanto más débil, esto es, señor mayor, chica con poco tiempo de carnet o extranjero despistado). Todo muy lógico, como ven, todo muy agradable para el igual, todo muy ventajoso para la autoridad asilvestrada.
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Cuentan los que saben de esto que Quique Sánchez Flores trabaja los partidos a conciencia. Para preparar los enfrentamientos se recluye en su domicilio el día antes del partido y convoca, a puerta cerrada, a varias personas de confianza y reputada sabiduría futbolística que hacen las veces de asesores personales. En un cuarto cerrado, aislado del ruido y de las interferencias que la vida en la ciudad provoca, pide a los asesores que tomen asiento y se pongan cómodos y da una breve charla a modo de introducción. Reparte entonces unas fichas y unos bolígrafos entre los asistentes y, con gran solemnidad, procede a iniciar el rito por el que el grupo de expertos proceden a confeccionar el equipo titular de la jornada. Como primer paso, Quique selecciona unas bolas con los números de los jugadores de la plantilla. Introduce las bolas en un bombo y procede a mezclarlas con un movimiento circular. Gracias a un dispositivo de cerrojo, hace salir las bolas por una apertura del bombo y anuncia el número con voz y gesto grave, alternando a veces expresiones crípticas que sólo los expertos conocen: así, Godín es conocido en la misteriosa reunión como La Niña Bonita mientras que a Diego Costa se refieren los asistentes como Los Dos Patitos. Cada vez que sale un número, los asistentes toman notas en las fichas distribuidas. En este punto el papel de los asesores es crucial: cada uno tiene una misión determinada, bien definida. Uno se ocupa de la defensa, otro de la media y otro de la delantera. Cada uno tiene un número determinado de puestos asignados, y se ocupa de anotar los números de las bolas que salen del bombo en caso de que correspondan con dorsales de jugadores correspondientes a su área de responsabilidad. Cuando completan el número total de jugadores que conforman el equipo titular en su línea correspondiente, los expertos se dirigen solemnemente al entrenador gritando con voz firme un código secreto: "línea". Cuando todos los responsables han completado el número total de jugadores correspondientes a su línea, hacen un gesto pactado y el asesor de mayor edad se pone en pie y grita otro código secreto, en este caso "bingo". Solemne, Quique entonces se levanta y se dirige a los presentes leyendo sus propias notas. Los dieciséis primeros números conforman la convocatoria; los primeros correspondientes a cada línea, agrupados, conforman el equipo titular. Este método, de contrastado rigor científico como demuestra la estabilidad en la alineación del Atleti, está siendo estudiado por investigadores de Las Vegas, Nevada, que no descartan emplearlo en otros ámbitos no necesariamente ligados al fútbol.
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Llegó la gente al campo y resultó no hacer tanto frío. No hace tanto frío, decían los que han ido al campo pocas veces. Verás luego, decía la afición más experimentada, verás. Un sabio meteorólogo aficionado al blues y la anatomía dijo justo antes de entrar que el Calderón es un caso único de estudio, un fenómeno meteorológico en sí mismo. En el Calderón no hace frío al principio de los partidos pero hace muchísimo frío los veinte últimos minutos, y ello sea cual sea la hora, día o estación en que se celebra el partido. Si se juega a las cinco, lo mismo en enero que en mayo, a las seis y cuarto empieza el relente; si empieza a las diez, y da igual que sea febrero que agosto, es sobre las once y veinte cuando cae la temperatura. No antes, no después. El Calderón es un caso único, un caso de estudio, una excepción planetaria que, nada más que por eso, debería ser protegido por la Unesco, por el Instituto Nacional de Meteorología y por la Fundación Mariano Medina. Sin embargo, como todos Vds saben, ahora que el campo está en su mejor momento, ahora que pasaron las obras y al lado del río ha salido un parque y un bosque, ahora que está la zona como para irse a pasar el día entero en jornada de partido, siguen adelante los planes de echar el estadio abajo y trasladar el equipo a la otra punta de la ciudad, en medio de un páramo sin árboles ni bares. Y al final no diremos nada porque, como en los atascos, es mejor agachar las orejas ante la autoridad que impone sus decisiones sin levantar la voz y dirigir las frustraciones contra los compañeros de grada que reclaman un club mejor para todos, no sólo para ellos.

Salió el Atleti al campo y la gente, ya acostumbrada a jugar al quique-bingo, miraba divertida la alineación. ¿Quién, hoy quién? ¿Domínguez? ¡Sí! ¿Perea? No, hoy no. ¿Valera? Tampoco. ¿Raúl? No, no. ¿Mario? ¡Si! ¡Mario sí! ¿Juanfran? Noooooo. ¿Elías? Sííííí ¡Bingo! ¡Bingooooooo! Han cantado bingo, una historia en polipiel para el caballero de las pobladas cejas.

Salió el Atleti pues con el portero que debe salir, con la defensa que todo el mundo pondría y con la delantera que nadie discute. El centro del campo fue otro cantar. Fijo Reyes, encumbrado últimamente por la prensa a jugador seleccionable, queda la duda de los otros tres. Y lo entendemos, no tanto lo de la selección como lo de la duda de los demás. Reyes, jugador de detalles impresionantes y actitud desesperante en general, jugador de talento con facilidad para hacer cosas complicadas cuando no piensa, conductor de balones y descolocador de compañeros cuando piensa un instante, parece que debe ser indiscutible en el equipo. El sábado metió un golazo de escándalo y dio a Forlán un buen pase en el último y es de los pocos que puede hacer lo que el rival no se espera. Mantiene, eso sí, su querencia a desentenderse a ratos, a no volver a la posición cuando la pierde, a enredarse en solitario en peleas imposibles y quedarse sentado mientras el rival arma el contraataque. Todo esto es cierto, pero también lo es que está funcionando mejor según avanza la liga.


Junto a él jugaron Tiago, Mario Suárez y Elías. El primero sigue mostrando criterio y pausa cuando el resto sólo se revolucionan, y esta es una característica de juego que, por inusual en el Atleti, es valiosísima. El sábado, además, pasó buena parte del segundo tiempo dando voces a centrocampistas y centrales, pidiendo que hablaran, que supieran donde están los compañeros antes de recibir el balón ... estas cosas, en fin, tan básicas que no siempre se dicen los jugadores del Atleti. Junto a Tiago, de doble pivote o algo parecido, jugó Mario. Mario jugó como suele jugar: aseado, bien colocado, ayudando a la recuperación y a la salida. No marca la diferencia, no parece imprescindible, pero aporta. Pudo marcar de tiro lejano, pero lo franco que le quedó el balón y el rugido in crescendo de la grada le hizo posiblemente querer romperla y se le fue alta; algo parecido le pasó a Juanfran al final del partido, cuando pifió una ocasión clarísima de esas que, cuando no hay tiempo que pensar ni de acordarse a quién dedicar el gol que inmediatamente se va a marcar, se mete.

Párrafo aparte merece Elías. Elías salió aparentemente de interior izquierdo, por delante de Filipe Luis Filipe. Quizás por el buen partido de éste, quizás por su querencia natural a irse al centro, por la banda se le vio poco. Elías se va al centro, deja a su par veinte metros a su espalda y da la impresión de no saber que él es el jugador más cercano a la línea cuando ataca el rival. A Elías se le vio perdido hasta que le dio por hacer lo que le apetecía: robar balones. Especialmente durante un rato del segundo tiempo, el Atleti se dedicó sorprendentemente a presionar en el campo del rival para ahogar su salida y ahí Elías aportó lo suyo: robar balones a los medio centros rivales que intentaban jugar, retrasarlos a Tiago y Mario para que estos buscaran más adelante. Conclusión, parece que Elías es también un recuperador, un nuevo centrocampista de destrucción, el quinto o sexto, según se mire; esto no le resta mérito a su capacidad de recuperación, pero pone muy en entredicho la oportunidad de su fichaje.

Dicho lo dicho, la sorpresa del partido fue que el Villarreal no jugó. El Villarreal, un equipo que presume de un juego mucho más fino que el porte de su entrenador, no jugó cómodo salvo un rato en el primer tiempo. No consiguió jugar Borja Valero, más ocupado en apagar fuegos que en dar pausa, y no lo hicieron tampoco Cazorla o Cani, buenos jugadores despegados el sábado de la delantera. Sólo marcó el Villarreal de falta, bien lanzada por Rossi y muy mal defendida por la barrera, formada casi por el mismo número de rojiblancos que de amarillo y con los últimos en la zona que invitaba al tiro. Parte del mérito está en el centro del campo del Atleti, mejor colocado y más solidario que otros días y con la inédita ayuda de Filipe Luis Filipe, y también en la actitud general del equipo, más de equipo y menos de comparsa que otras veces; si esta es una lección para el futuro es algo que no tenemos claro, que ya lo hemos vivido antes.

Para el final, la delantera. Jugó bien Agüero, que metió un buen gol tras gran jugada de Filipe Luis Filipe, y también Forlán. Forlán lo intentó, bajó al centro, pidió balones y los devolvió. Tiró de lejos y buscó paredes, tiró desmarques que nadie quiso ver y otros que sí tuvieron pase. Tiró a bote pronto, de lejos, arriba y al palo y muchas veces se encontró con Diego López. Eso sí, cuando Agüero marcó el dos uno, supimos que marcaría Forlán. Había marcado Reyes un gol de bandera, había marcado Agüero un buen gol en un muy buen momento y a Forlán, al Forlán con ganas que se vio el sábado, estas cosas no le dejan tranquilo. Poco tardó tras el segundo gol en bajar cerca de la línea del medio, recuperar un balón, pasárselo a Reyes y tirar el desmarque para la pared. El pase a Reyes debió hacerlo clavándole la mirada para indicarle dónde quería el balón, porque éste, lejos de complicarse, devolvió la bola al sitio justo con un toque rápido. Gol, tres uno, buen partido del Atleti, buen partido de Forlán, Filipe Luis Filipe y del equipo en general, y todo ello frente a un buen equipo al que se consiguió hacer jugar como si no lo fuera tanto.

Y aún así, en un buen partido del Atleti, en el partido más interesante en meses, en uno de los pocos partidos en los que el Atleti ha dado la talla contra un rival con los que hay que medirse, en un partido en el que todas las líneas jugaron bien y algunos jugadores mostraron su mejor nivel, la máxima puntuación de la noche se la llevó la grada. La grada, sí, la grada, la grada a la que tantas veces hemos puesto de pusilánime, desinteresada y dormida. La grada, sí, la que hasta ahora sólo reaccionaba cuando el equipo perdía o se pegaba un petardo sonado, la que cargaba con virulencia contra jugadores débiles olvidando a los responsables reales del problema, la que se dejaba llevar por lo que decía la prensa para criticar a unos y no ha otros, la grada, sí, la grada. La grada volvía a mostrar mucho verde y mucho oro, muchas pancartas de denuncia y reivindicación, mucha protesta. Empujada muchas veces desde el corner que divide el fondo sur de la grada de lateral y con el apoyo masivo de ese mismo fondo, la afición protestó contra el palco, pidió dimisiones, mostró su hastío y su rabia y también mostró criterio. Mostró criterio al protestar cuando se iba ganando y cuando se iba perdiendo, pero sobre todo cuando se iba ganando. Durante todo el partido, sobre todo tras los goles del Atleti, se alternó la animación y la protesta, el aliento al equipo y la reclamación contra el palco. La grada dio una lección que hace tiempo había olvidado, dejando claro que sí sabe lo que pasa y quién lo causa. Que dure, oiga, que dure.