___
Tras unos cuantos años en el Atleti (que ya es algo como para hacer un artículo) se fue Reyes al Sevilla. Con Reyes se ha completado el desmantelamiento total del equipo que ganó la Europa League y la Supercopa en tiempo record, si bien es cierto que el equipo del Doblete previo, el bueno, tampoco duró mucho. Pocos jugadores quedan hoy en el Atleti de ese equipo que parecía funcionar y que sólo requería unos retoques que la directiva y Quique ni supieron ni quisieron darle. Los que quedan, además, no son los mejores, como suele ocurrir en este club que hace años era equipo.
Reyes llegó al Atleti tras pasar por el otro equipo grande de la capital y darle una liga a éste con un par de goles. Previamente, dicen los que saben de esto, Reyes lo tuvo hecho con el Atleti pero prefirió irse al mencionado equipejo y pagó de su bolsillo para liberarse del compromiso que había cerrado. La afición no le recibió con los brazos abiertos por ese motivo y por su pasado, y hasta en su presentación hubo quien le puso como un trapo. La vida de Reyes en el Atleti empezó pues en cuesta arriba, y él mismo se ocupó de echar piedras en su propia mochila: Reyes no corría, no jugaba bien, no cumplía con sus obligaciones tácticas, perdía balones por querer regatear cuando la lógica sugería pasar. La grada la tomó con él, con razón, y el respondía durante los calentamientos con gestitos despectivos y su famosa sonrisa marca registrada, esa sonrisa blanca que luce Reyes cuando cualquiera en su situación escondería los dientes, la Sonrisa Reyes.
Reyes, apodado Casito Perdido de Utrera desde estas mismas líneas, pareció no tener solución, se fue al Benfica y la grada descansó. Eso sí, tras un año en Portugal volvió a Madrid y ahí se rencontró con Quique Flores, el entrenador que llevaría al Atleti a ganar dos títulos internacionales para, poco después, destrozar el equipo gracias a sus decisiones disparatadas. Pero por alguna conjunción cósmica, la grada fue cambiando su percepción sobre Reyes a raíz de su vuelta, qué cosas pasan en este equipo, oiga. Quizás espoleada por la prensa y su hipnótica repetición del mantra "Reyes es el jugador con más calidad de la plantilla" y también ayudada por algún buen partido y algún detalle esporádico de calidad, la afición fue cambiando curiosamente de opinión. El odio y los desprecios mutuos fueron mutando en devoción cofrade y a Reyes se le empezó a jalear en los calentamientos. La afición aplaudía a Reyes cuando se acercaba a tirar un córner y, cuando empezaba de suplente, se coreaba su nombre para pedir su salida al campo. El porqué de este rápido cambio radical es algo que ni los sociólogos más audaces han conseguido explicar, y miren que le han echado horas.
En esta salsa se movió Reyes con alegría y salero. Reyes, jugador tribunero que gusta de escuchar el run run cuando le llega la bola, sabía de la necesidad de la grada de ver regatitos aunque fueran inútiles. Cuando recibía el balón, lo conducía en horizontal treinta y cinco metros esquivando rivales e ignorando a un compañero desmarcado y la grada se volvía loca. Reyes caía al final de la carrera, tropezando con su propia falta de ideas, y la gente pedía falta, tarjeta y el peso de Reyes en miel de romero, gentileza de la Peña Atlética La Alcarria. Si el árbitro no pitaba falta, el público se enfadaba una barbaridad y Reyes, sentado en el suelo, abría los brazos y abría los labios y sacaba la Sonrisa Reyes, esa sonrisa que imitan los tertulianos cuando se quedan sin argumentos y se ven forzados a sugerir, sonriendo, que el contendiente que le está pegando una paliza dialéctica no es más que un bobo que no entiende nada aunque parezca exactamente lo contrario. La gente, qué cosas, reaccionaba a la Sonrisa Reyes con los automatismos del perro de Paulov y rápidamente protestaba al árbitro, hacía grandes aspavientos y pedía selección para Reyes con esa ceguera mestallista con la que las aficiones, también la nuestra, piden cosas absurdas con gran convencimiento y gran tesón. Algunos, cuentan, experimentaban una mutación repentina nada más visualizar la Sonrisa Reyes y, cambiando las pupilas por espirales móviles, repetían "el jugador con más calidad de la plantilla ... el jugador con más calidad de la plantilla". Preguntados luego por el porqué de ese entusiasmo, los más vehementes en la petición de internacionalidad no conseguían a recordar tal comportamiento y, en caso de que se les presentaran pruebas irrefutables de su devoción monárquica, no acertaban a dar argumentos de peso para su fervor, repitiendo lugares comunes y afirmaciones no demostradas usadas con entusiasmo por la prensa más benévola con el Cluz.
Ahora Reyes se ha ido tras llevarse mal con Manzano, sobre cuya madre dejó claro no tener un buen concepto. Con la salida de Forlán, Agüero y De Gea este verano Reyes recibió el número 10 para la espalda y club y prensa sugirieron que Reyes y no otro sería el buque insignia del enésimo proyecto. Reyes pareció entonces prometérselas muy felices y la Sonrisa Reyes lucía más que el sol, hasta que empezó a nublarse. La llegada de Falcao, presentado como un astro durante el descanso de un partido en uno de los movimientos más cómicos del aparato de propaganda del club, y el fichaje de Diego y Arda, jugadores de calidad y pellizco que disputaban el monopolio del arte a Reyes, le sumieron en un enfurruñe que tampoco era nuevo. Reyes empezó a no correr, y a no querer, a buscar en cada acción la complicidad de la grada como desafío al técnico. Convencido de la blandura de Manzano, Reyes tensó la cuerda y la cosa salió le mal. Reyes cogió la gripe más larga de la historia vírica y, aún con el entrenador en las últimas, empezó a verse claro el final de la etapa Reyes en el Atleti.
Y finalmente se fue al Sevilla y se besó el escudo (que es lo normal, siendo su equipo de siempre a pesar de aquella foto con camiseta del Betis y platos de mortadela con aceitunas) y, como ya hiciera para irse al otro equipo grande de la capital, prefirió perder dinero a seguir en el Atleti. El movimiento, como tantas veces en el Atleti, se hizo aprovechando el parón en la competición y el culebrón duró varios días. Y al final, y miren que era complicada la cosa, se acabó vendiendo mal a Reyes. Reyes pudo venderse antes por más dinero y a un equipo turco, pero se malvendió por cuatro perras, a mitad de temporada, sin sustituto y además a un rival llamado a pelear con el Atleti alguna de las metas mediocres a las que el equipo puede aspirar. La directiva es así, oiga, a ver si esperan algo diferente a estas alturas.
Reyes se ha ido al Sevilla y, sabiendo cómo son estas cosas, nos meterá un gol en mal momento y nos amargará una tarde con una Sonrisa Reyes que nos resultará burlona en esta ocasión. El hueco deportivo que deja Reyes en el equipo es, a juicio del que suscribe, poco profundo pero inoportuno. La proporción de buenos partidos jugados por Reyes no le convierten en un jugador a recordar, y la cantidad de problemas y frustraciones que ha creado, aparte de las tirrias personales, compensa en lo negativo lo poco bueno que ha traído. Incluso así, Reyes está posiblemente mal vendido, por demasiado poco dinero, en mal momento y a mal rival. Y, más grave aún, lo peor del caso Reyes es que quizás ilustre a la perfección la desorientación de la afición. La cara que ahora pondrán los que hacían reverencias a Reyes, usando el mismo gesto que se hacía con Pantic, no la merece un jugador así. Pero así es la afición del Atleti que con mimo ha modelado la directiva: maleable, manejable, cortoplacista, sin memoria, con criterio limitado y excesivamente permeable a lo que la prensa más interesada dice. Reyes, jugador con influencia limitadísima en los éxitos del equipo y responsable de actuaciones merecedoras de defenestración (en su sentido más literal) ha conseguido sacar los colores, una vez más, a la directiva más torpe del fútbol español y a una afición entera que busca referentes con el ansia de un huérfano. Qué cosas nos pasan, oiga.
_____
Quizás para compensar, la Directiva aprovechó el mismo parón para echar a Manzano y traer a Simeone, ex jugador con pedigrí de amor a los colores y temperamento de esos que gustan en el Calderón. La salida de Manzano, eso sí, volvió a ser cómica: a Manzano se le despidió con tres partidos de antelación. A la calle, oiga, pero dentro de tres semanas, hasta entonces disimule Vd. Manzano aceptó la fórmula soñada por los novios enamorados de otras: te dejo, pero no ahora que ando sin plan, sino después del verano, en cuanto vuelva de Erasmus mi Matilde de mi vida. Bueno, vale, dijo Manzano, acepto el plazo y además te eximo de la obligación de comer con mis padres todos los domingos (aunque pagarás tú las cenas hasta entonces, chato).
Llegó Simeone y con él llegó la duda de qué intentará hacer con el Atleti o, más bien, qué podrá hacer con la actual plantilla del Atleti. Simeone es un tipo respetado y casi adorado por la grada del Calderón, que le ve como la glándula que producía la testosterona del equipazo del Doblete; esa adoración y esa fe en su compromiso es, claro está, muy útil para los inquilinos del palco, que ya conocían el campo de fuerza protector que genera Simeone hace tiempo. Por tanto, la duda legítima de muchos es si Simeone viene como entrenador o como parapeto. Si es la segunda, ya sabemos qué pasará: la grada tendrá paciencia una temporada y estará del lado de su ídolo hasta que no pueda más, mientras la directiva gana tiempo para seguir vendiendo buenos jugadores con prisas y a malos rivales y comprando desconocidos a precio de oro.
Pero, ¿y si se espera de Simeone que sea un entrenador y no simplemente un alineador que siga las consignas del palco y los agentes de cabecera? ¿Cómo jugará Simeone? ¿Al ataque, al contraataque, a controlar los partidos, a golear, a no perder? Bien, algo se vio ayer, alguna conclusión podría sacarse tras el partido de Málaga.
La primera conclusión es que es demasiado pronto para sacar conclusiones. Sólo un par de semanas, sólo un partido, el desconocimiento lógico de las características de los jugadores, son suficientes razones para esperar. Lo único que parece claro del partido de Málaga es que Simeone ha pedido más agresividad a los jugadores, que presionen a los medios rivales, que achuchen. Ayer se vio un equipo más agresivo, sí, más faltón de hecho, más peleón. Podría ser una nota positiva, aunque el número de tarjetas amarillas que recibió el equipo hace pensar un poco.
La alineación que sacó Simeone deja también algunas dudas gordas como pomelos: la titularidad de Tiago como 5, la soledad de Falcao, las suplencia de Arda y Adrián, las bandas titulares (Perea + Juanfran, Filipe Luis Filipe + Salvio). Habrá que ver cómo evoluciona el dibujo y la idea de juego, pero en el equipo de ayer no se advirtió demasiado cambio respecto a partidos anteriores si no es por la sorprendente ausencia de Arda y Adrián, quizás los dos jugadores que más estaban aportando al equipo, y la presencia de Tiago, cada vez menos frecuente en los equipos de Manzano.
Ayer los más pesimistas vieron un equipo que salió a no perder y a dar patadas, una continuación de lo visto anteriormente y pocos cambios respecto al triste Atleti del principio de temporada. Es más, vieron, y con razón, a un Falcao demasiado solo y demasiado lejos de la zona en la que es mucho más que un jugador torpón, el área rival. Vieron unas bandas incapaces de llevar el balón arriba con criterio y a dos jugadores que se antojan claves en el banquillo. Vieron a un cada vez más desfigurado Diego y a un único jugador rival, Toulalan, bastándose para parar al centro del campo.
Pero, claro, también están (o estamos, por obligación), los optimistas. Los optimistas vieron un equipo más intenso y comprometido, sobre todo en el segundo tiempo. Un equipo que robaba balones y que metió a un equipo con buenos jugadores en su campo, recuperando el balón al poco de perderlo, algo impensable hace unas semanas.
Incluso para los más optimistas esto es poco. La intensidad es lo mínimo exigible, correr es lo mínimo que se puede pedir a un equipo de fútbol profesional. Pero a algún clavo hay que agarrarse, por pequeño que sea.
____
Y, a todo esto, qué decir de la afición. Durante las fiestas la directiva ha maquinado con ese estilo tan suyo de aprovechar los tiempos muertos para hacer y deshacer y no dar explicaciones. Las derrotas contra el Albacete y el Betis hicieron hervir la sangre de la grada, pero los polvorones calmaron la ira y los mantecados, la memoria. O al menos eso pensó la directiva, cuyo plumero es cada vez más y más visible hasta para aquellos que hasta hace más bien poco creían eso de que ellos ponen la pasta y pierden dinero con el juguete. El caso es que la afición, con los medios de los que dispone, volvió a movilizarse, esta vez en Twitter. Durante tres días seguidos, Twitter se bloqueó gracias a la insistente protesta de la afición del Atleti, que pareció ser mucho más crítica de lo que a algunos les gustaría. Naturalmente, poco han dicho los medios sobre esto y los que han dicho algo han tendido a asociar la protesta a la salida de Reyes y no al motivo real de la misma, es decir, la nausea general que provoca la forma en que se gestiona el club.
Los medios, ya se sabe, culpan a la afición de no hacer nada y en esa supuesta inactividad se amparan para justificar artículos laudatorios sobre una gestión podrida. Eso sí, cuando se protesta, los medios o bien hacen burla sobre el limitado de las protestas o bien guardan silencio sepulcral. Y si la protesta es en el campo, se llama a la gente a no protestar, a apoyar, a callar hasta que suene el himno con volumen atronador. Es lo que hay.
Si en Twitter se convierte en tendencia en toda España la admiración hacia el peinado engominado de algún astro de un equipo taquillero, Twitter es el termómetro del sentir popular. Pero si eso mismo se consigue dando palos virtuales al palco del Atleti, es una anécdota. Así son las cosas y ya lo sabemos, no deberíamos esperar milagros y sí ser listos a la hora de evaluar lo conseguido. Y cualquier evaluación deja una cosa clara y meridiana: ya queda menos.





