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lunes, 19 de septiembre de 2011

De mejoras visibles y retos futuros

El Atleti jugó bien contra un rival facilón y dejó claro que este año ha optado por tocar el balón en vez de por pegar pelotazos. Si es capaz de hacerlo contra un buen equipo es algo que aún no sabemos.


Coincidiendo con el final del verano, y tras advertir numerosas irregularidades en la técnica empleada por la mayoría de los usuarios en gran cantidad de países de ambos hemisferios, la UNESCO - y más en concreto su Comisión de Postres Veraniegos Excepto El Flash Golosina - editará en breve el esperado y necesario texto que desde hace tanto tiempo reclaman heladeros, padres, usuarios de camisas de colores claros y en general todo el personal que no suele llevar pañuelitos de papel en el bolsillo. Se trata, naturalmente, del "Libro Verde del Consumo del Bombón Helado", también llamado "Guía Útil para el consumo responsable y sin lamparones del helado de palo con base de leche y cubierta de chocolate crujiente".

El Libro Verde (que en un principio iba a ser Libro Blanco pero cambió de color ante las multitudinarias protestas de todos aquellos que tradicionalmente hemos identificado el color blanco con la suciedad extrema) es una útil guía de consumo que contiene instrucciones detalladas para asegurar un correcto enfoque a la hora de encarar el rey de los postres de chiringuito. Ha sido elaborado por numerosos estudiosos, usuarios voluntarios, científicos y analistas estadísticos que, desde todos los puntos del Globo, han llevado a cabo sesudos estudios y experimentos encaminados a mejorar el grado de disfrute del consumidores de todas las edades y condiciones sociales. Los puntos fundamentales sobre los que gravita el contenido de la magna obra son los siguientes:

• Por su naturaleza y carácter, es del todo inútil y desaconsejable chupar un bombón helado recién sacado del congelador. Sencillamente, no sabe a nada: es como pasar la lengua por un tablón congelado. La correcta técnica se basa en el mordisco audaz y táctico, dejando el rechupeteo para fases posteriores a la fase inicial o Fase De Apertura de La Cubierta Chocolateada.

• El mordisco inicial es clave para una buena gestión del consumo: un mordisco temprano podrá resultar en dolor de incisivos por aplicación de frío, un mordisco demasiado tardío puede producir una rotura importante en la cubierta rígida, desprendiendo grandes bloques de chocolate con alto riesgo de mancha en la pechera. El mordisco inicial ha de darse ni muy pronto ni muy tarde, sino en su justo momento: cuándo llega éste es algo que sólo la experiencia permite saber.

• El riesgo de desprendimiento de cubierta y consiguiente (a) pérdida de un trozo estupendo de chocolate por caída al suelo o (b) mancha indigna durante toda la tarde y consiguiente ruina de la prenda, es constante durante todo el consumo del producto. Son especialmente sensibles las zonas laterales del helado, que presentan un alto índice de rotura y desprendimiento de coberturas laterales con ángulo de parte de la capa ventral o posterior del helado. Su caída produce una mancha atroz, pero las consecuencias son aún más graves: la pérdida de los listones laterales supone una merma en la estructura general del helado que producirá con seguridad ulteriores desprendimientos de cubierta en momentos posteriores.

• El ritmo, como en casi todo, es clave para el correcto disfrute del helado. Si bien en un principio éste puede ser más lento - pudiendo el usuario gustarse en el paladeo de las partes desprendidas del tronco central - a medida que pasa el tiempo y se acelera el proceso de fusión o deshielo, el ritmo debe hacerse más vivo para contrarrestar el efecto del recalentamiento global. Un consumo remolón y pastueño puede provocar el efecto bautizado como "Churrete Jackson" en honor a su descubridor, consistente en la fusión descontrolada de la parte interior cremosa del helado y la formación de un río de nata y chocolate fundido que, avanzando polo abajo, puede llegar a alcanzar la mano y, en ocasiones trágicas, incluso muñeca y codo.

• La parte final o de Fase de Remate presenta un punto positivo y uno de riesgo. El positivo, la posibilidad de acceder a un estupendo trozo de chocolate macizo adherido al palo mayor o viga maestra que sostiene todo el sistema cobertor; el riesgo cierto se presenta para aquellos con fobia al contacto de los elementos de la cavidad bucal con la madera de que se está hecha el palo mayor. Dicho contacto ha sido estudiado debidamente en cierta universidad de Iowa y es comúnmente denominado por la comunidad científica "Repelús Welch".

La publicación del Libro Verde ha sido acogida con entusiasmo y alivio por asociaciones de consumidores y madres de mellizos, si bien ha contado en ciertos países con la oposición activa del lobby de la lejía y el cebralín. Una vez más, amigos, nunca llueve a gusto de todos.
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Llegó la afición al campo la mar de contenta por la hora, que era decente, y por la temperatura, que no era demasiado alta. Llegaron niños en tropel, lo que hizo que el ambiente fuera mucho más agradable que en esos partidos de noche en los que no se ve ni una coleta ni un potito ni un señor subiendo la escalera con su niño en brazos, que es lo que debería ser, lo que siempre fue, lo que permitió que fuéramos al campo desde chico y entendiéramos lo que es el club, el equipo, la liga y todo aquello que la mercadotecnia se empeña en destrozar, empezando por las córneas de los que padecemos botas verde con cordones azules y botas moradas con cordones rosas.

Llegó pues en tropel la afición al campo y el tema de conversación era variado. Muchos hablaban de lo bien que sienta eliminar a los franceses en la Copa Davis y lo bien que sentaría ganar a los franceses en la final del Eurobasket, como luego ocurrió. Otros hablaban de que, en efecto, daba mucha alegría eliminar a los franceses pero que Morgan Parra, "Parrita", medio melé con nombre de banderillero, había metido prácticamente todos los golpes de castigo que había tenido a tiro esa mañana contra Canadá, desmontando la teoría de que el balón del Mundial vuela raro y por eso Sexton y Wilkinson no dan una. Hablaba también la gente del maravilloso partido de Irlanda contra Australia, del partidazo de Healy y el resto de la primera línea irlandesa, de los dotes de mando de O'Connell, del arrojo defensivo de O'Driscoll y de los inolvidables cinco últimos minutos, la presión en el 22 irlandés, el pase de fantasía innecesario de Cooper, la intercepción de Bowe y la carrera eterna, el placaje increíble de O'Connor a cinco metros de la línea de ensayo, el pitido final y la calle Alcalá llena de camisetas irlandesas y pintas de Guinness a las 12 de la mañana. De esto hablaba mucha gente, sí, pero la mayoría, la inmensa mayoría, no hablaba de otra cosa que del ascenso del Rugby Atleti, verdadera noticia bomba de un fin de semana en el que el Atleti goleó y España ganó el Eurobasket y llegó a la final de la Davis. El Rugby Atleti está en Segunda, y esta frase, que fuera de contexto quizás no diga mucho, suena a música celestial en los oídos de muchos.

Salió el Atleti al campo y lo hizo de nuevo vestido de Atleti, sin publicidad en la camiseta y con las medias rojas y con vuelta blanca y aquello ya pintaba bien. Antes salió otro Atleti, el de balonmano, heredero de carambola de ese histórico Atleti sin espinilleras que tan orgullosos nos hacía, y ofreció la supercopa a la afición. Mención especial merece la alegría que se advertía en la cara de Hombrados, claramente uno de los nuestros presentando un título a los suyos, la ilusión de todo atlético; dado que la mayoría sólo podríamos presentar como mucho un título de propiedad de un pisito hipotecado (lo que no carece de mérito en estos tiempos, oiga), la cara de Hombrados produjo alegría y envidia.

Al lado del Atleti salió el Racing de Santander y, cosas de las lesiones, el que suscribe no conocía a ni uno. Bueno a uno un poco, este me suena, ah, sí, ya sé quién es éste y poco más. En estas situaciones hay quien piensa que hace falta un experto en fútbol internacional, un socio del Racing o un cronista nacido en Potes para que le cuente quién es quién en el rival, pero se equivocan. Lo realmente útil, lo que le da al cronista aficionado toda la información necesaria para identificar rivales poco conocidos de equipos poco mediáticos no es un gurú radiofónico ni un obseso del fútbol por parabólica sino un niño de unos diez años que esté haciendo el álbum de la liga. Los niños, a fuerza de cambiar cromos y abrir sobres comprados en los kioskos, saben una barbaridad de fútbol y son capaces de reconocer al juvenil Ledesma, recién llegado al rival desde el Hércules Promesas, con sólo ponerse el peto y dar dos carreritas. Si uno es capaz de conseguir que el niño en cuestión (sobornado con polos y chicles de fresa) le diga a uno al oído el nombre de los desconocidos, uno queda como un erudito ante el resto de la grada, asombrada del conocimiento que de las plantillas de todos los equipos tiene el sobornador, a la sazón inductor de una caries de consecuencias imprevisibles.

Salió el Atleti, decíamos, y lo hizo con un dibujo levemente distinto a aquél que sacó ante el Celtic. Salió una línea de cuatro atrás, que tuvo poco trabajo, con dos mediocentros delante que controlaron al flojo rival sin demasiados problemas. Por delante de estos últimos salió con la batuta Diego, que dejó claro que de esto sabe y que por ahora quiere. A su lado, dos electrones libres, Turan y Reyes, completando la línea de tres encargada de darle balones a Falcao, solito en punta y sin demasiada necesidad de compañeros, que él solo se basta por lo que parece. A pesar de que (como en el caso del Celtic) lo limitadísimo del rival impide sacar conclusiones tajantes, por ahora parece una cosa clara: el Atleti quiere jugar a tocarla, tratando de olvidar el patadón a los de delante de temporadas pasadas. El Atleti la saca jugada o al menos lo intenta, y cuando el balón llega a los medio centros, primero Diego y luego Turan se la piden y piensan en algo que hacer que no sea mandarla lejos. Parece que la idea, por ahora, ha sido entendida por los jugadores o al menos es lo que vimos en la última media hora de Valencia y en los dos partidos posteriores. Veremos si dura y si funciona, veremos.

Courtois y los centrales no tuvieron mucho que hacer, por lo que diremos poco de ellos. De los laterales diremos más. Filipe Luis Filipe tuvo para sí toda la banda, toda vez que había poca gente haciendo coberturas de defensa el primer tiempo. Tampoco hacía mucha falta: el Racing no asustaba mucho. Filipe Luis Filipe subió sin esprintar y trotó de vuelta, se mostró a veces a regañadientes y cuando ganó la línea de fondo o sus inmediaciones, dejó claro que está más cómodo haciendo pases cortos como el del penalti que colgándola a la olla. Perea, por su parte, repitió como lateral y subió al ataque cuando pudo. En parte por no ocupar el puesto durante mucho tiempo, en parte por ser él mismo consciente de que conducir el balón y colgarla luego no es lo suyo, y en parte por el run-rún a mitad de camino entre la sorpresa, el cariño y chufla que se levanta cada vez que sube, hizo un buen partido. Servidor, ya lo sabe, ve con buenos ojos a Perea y quizás aprecie su contribución en partidos en los que otros ven un zote trotón, así que decidan Vds cómo jugó el colombiano. El que suscribe, ya sabe, si fuera árbitro no sería capaz de sacarle una tarjeta amarilla y, como mucho, le sacaría tarjetas-regalo por honrado y por discreto.

En el centro jugaron Mario y Tiago, los tibios centrocampistas que desentonaron junto a Grabi, más sólido, en el partido de Valencia. No lo hicieron mal porque tampoco tuvieron mucho que hacer, pero algo más aportaron. Tiago sacó un buen tiro a puerta que luego remató Falcao en fuera de juego, Mario estuvo cómodo todo el partido. Parte de su comodidad se debió, naturalmente, a Diego. Diego, de cuya calidad nadie puede dudar, está por ahora mostrando una actitud muy positiva que llama a la esperanza. Diego se enseña siempre, la pide, mira, piensa y si no hay alternativa la devuelve y vuelve a pedirla para volver a empezar. Recuerda a Juninho en esa vocación por buscar la forma en que hacer daño al rival, no recuerda tanto por su físico, mucho más completo que el del diminuto Osvaldo Giroldo. Diego, jugador cedido de futuro incierto, mostró el camino a todo el mundo, lideró el ataque, se asoció con los buenos y pidió pases fáciles a los no tan buenos y provocó un penalti tras buen pase de Filipe Luis Filipe que en el campo no pareció y en la televisión se vio claro. Se fue a la caseta al medio tiempo y su misión la pasó a desempeñar Turan, también entonado y fino. Turan tiene cosas de jugador artista y planta de monosabio contrahecho, con las piernas cortas, los hombros estrechos y la cabeza gorda, pero claramente sabe de qué va esto. Es fino en el regate, el pasecito y el pase largo y se entiende con Diego, Falcao y Adrián sin demasiados problemas.

Con Reyes es otro cantar. Reyes, que se las prometía muy felices a principio de año con su diez a la espalda, con la salida de las estrellas del equipo y con la prensa pidiendo su vuelta a la selección (sin especificar de qué deporte) pareció enfurruñado por jugar con unos cuantos nuevos que no sólo son capaces de hacer lo mismo que él, sino que cuentan con esa vértebra cervical tan útil que permite levantar la cabeza cuando se lleva el balón controlado. Reyes ha perdido protagonismo y puede optar por recuperarlo haciendo regatitos interminables de patio de colegio o jugando en equipo. De optar por la primera opción, que conociéndole nos parece la más probable, nos preguntaremos rápidamente si su puesto no debería ocuparlo Adrián, un jugador mucho más solidario, listo y generoso con detallitos de calidad cuando hace falta y sobriedad el resto del tiempo.

Y, para terminar, Falcao. Falcao es un jugador curioso: fuera del área parece torpón con los pies y poco dotado para el control y el regate. Se resbala, se choca y parece que únicamente se fía de él para devolverla en corto cuando anda por el centro del campo. Eso sí, en el área es otra cosa. No necesita mucho para ver puerta, siempre tiene claro dónde tiene que tirar y le da igual estar de espaldas que de frente que entre dos centrales grandísimos. Falcao, que no protesta ni se tira ni pide salir en la portada de las revistas de depilación como algún otro, tiene pinta de meter cinco o seis de cada diez que tenga. Ayer metió tres, le sacaron una y le anularon otra. Si recibe pases hay jugador para inflar las cifras de ataque, si se las tiene que fabricar solo sufrirá mucho, algo que saben bien algunos de los grandes delanteros que han pasado últimamente por el Calderón. Lo que claramente se ha ganado por ahora es el título de Rey del Videomarcador, la herramienta elegida para el anuncio de su fichaje sin transfer y ayer anuncio de su cuenta de Twitter. El videomarcador del Calderón está que echa humo este año; si antes servía para anunciar cafeterías en las que Julio Prieto hacía las veces de gerente y más tarde locales de dudosa reputación de la carretera de Burgos, ahora anuncia cosas extraordinarias y la gente no pierde ojo por si se hace pública la fórmula de la cocacola, el verdadero sueldo de Gil Marín o la solución a los sudokus más inaccesibles.

El Atleti ha dejado buena imagen contra equipos fáciles y una imagen algo más gris contra el pobre Valencia de hace una semana. Sí parece haber tomado la decisión de tocar y tocar el balón antes de pegar pelotazos y se nota la mano del entrenador en ese aspecto. Eso sí, por ahora los buenos partidos han sido contra equipos limitados y el sábado que viene vendrá la oportunidad de saber dónde estamos, el test que dará la medida del equipo en el inicio de liga. Entre tanto, la afición seguirá rumiando el dilema del domingo en el Calderón .... ¿qué hemos hecho en esta vida para terminar queriendo que Torres marque a De Gea en vez de estar vitoreando a ambos en los partidos de casa? Qué cosas, señor, qué cosas.

PS: el que suscribe anda preocupado por lo que parece la definitiva desaparición del Forza Atleti. Los partidos no serán los mismo sin la aportación de su chisposo portadista. Si se confirma la tragedia, tan nociva además para los fabricantes de medicamentos contra la disfunción eréctil, le dedicaremos la atención que merece.

lunes, 14 de diciembre de 2009

UN PARTIDO FRÍO


Por Jesús Doggy, desde una banda.

Vayamos por partes. Llegaba el Atlético de Madrid a la decimocuarta jornada liguera con el engañoso aspecto del que viene de lograr dos solventes victorias ligueras consecutivas y de dar un grosero petardazo para celebrar el que, desgraciadamente, puede haber sido el último partido de la máxima competición continental disputado en el estadio Vicente Calderón. Enfrente, un Villarreal, este sí, al alza. El partido se había vendido, inconcebiblemente, como un duelo entre equipos similares, grandes en horas bajas, candidatos a Europa bregando al filo del abismo. En fin, esas cosas. Una comparación tan engañosa como la estadística, pues el Villarreal de Ernesto Valverde en nada se parece al deshilachado despojo en que ha devenido el Atlético de Madrid. Uno mira al Villarreal y reconoce un proyecto de equipo, una trayectoria coherente en el mercado de fichajes –con sus inevitables errores, algunos de bulto-, el gusto por un determinado perfil de jugadores y, sobre todo, la confianza de estar en el camino correcto. El Villarreal, finalizado el brillante quinquenio del Ingeniero Pellegrini, fichó a Ernesto Valverde, un excelente entrenador que combina rigor táctico con una clara apuesta por el dominio de los partidos, convencido de que era el sustituto ideal. Al Txingurri se le dio un buen equipo ya formado al que se añadieron un par de retoques bien pensados por la magnífica secretaría técnica del club. El nuevo proyecto ha tardado en carburar, pero visto lo visto ayer, en un helador estadio Vicente Calderón, parece que ya arranca. El Atlético de Madrid, por el contrario, es un equipo gripado, que podrá pegar algún loco acelerón de vez en cuando, pero que necesita urgentes cambios, especialmente una junta de la culata nueva. El Atlético de Madrid, sin proyecto definido de equipo, sin un atisbo, no ya de coherencia sino de la más elemental profesionalidad y sentido común, en su política de fichajes, sin la más remota idea del tipo de jugador que puede o debe vestir la elástica rojiblanca y, sobre todo, con la certeza evidente de ser un club a la deriva, en nada se parece al Villarreal. Frente al Villarreal, lo único que el actual Atlético de Madrid puede esgrimir es su Historia. Y, reconozcámoslo, ese es un argumento muy pobre. El Atlético de Madrid puso fin de mala manera al honesto, profesional y cumplidor ciclo de Javier Aguirre no sé sabe muy bien por qué, salvo que fuera para apaciguar a una grada enloquecida por la rabia y la frustración. El Atlético de Madrid, sin que se sepa muy bien por qué, salvo que fuera porque era barato y porque podía calmar a esa hastiada grada, sustituyó al aguerrido mejicano por un veterano de la casa, Abel Resino, un entrenador sin experiencia en el máximo nivel, partidario al parecer de adelantar la defensa a toda costa. A Abel Resino se le dio un deslavazado grupo de futbolistas, digamos un equipo, al que, posteriormente, se le extrajeron varias piezas interesantes para cederlas a otros equipos y al que, finalmente, se le escaqueó un titular importante con nocturnidad y alevosía. La infame e indigna secretaría técnica del club gastó el poco dinero disponible en la compra de un jugador tan prometedor como innecesario, convenció con una buena ficha a un veterano central internacional del Betis e hizo retornar a dos jugadores que ya habían demostrado su falta de valía para jugar en el estadio Vicente Calderón. El Atlético de Madrid despidió pocos meses después al susodicho Abel Resino y, sin que se sepa muy bien por qué, le dio el mando de los restos del naufragio a un señor que responde a las iniciales de QSF, reconocido estratega, entrenador de los llamados de pizarra, con un indisimulado gusto por amarrar los resultados.

Está claro, pues, que no se trataba de un duelo entre equipos similares, ni siquiera parecidos. Para mayor abundamiento, el único jugador de jerarquía del equipo, el único jugador capaz de marcar la diferencia, el llamado jugador franquicia, se quedó en la grada aquejado de dolores que hacen temer por una inminente y trágica lesión. La evidente diferencia entre ambos equipos se demostró en toda su crudeza ayer, durante la primera media hora del encuentro. El Villarreal presionó arriba y presionó bien, el Villarreal junto bien las líneas adelantando la defensa al medio del campo y achicando con sentido, el Villarreal juntó en el centro a Cani, a Cazorla y a Senna combinando y conectando con los inquietos y punzantes Fuster y Rossi y barrió del campo al Atlético de Madrid pese al denodado esfuerzo de un señor negro, calvo y profesional al que cariñosamente apodamos Asunción (y que, como usted habrá sin duda ya adivinado, volvió a ver, lógicamente, una tarjeta amarilla). En tan sólo media hora de juego, para ser exactos en 35 minutos, se vivió en el estadio Vicente Calderón un resumen diáfano de lo que se ha dicho en el párrafo anterior. El Villarreal hizo lo que quiso, y por donde quiso, con un Atlético de Madrid que, por momentos, pareció ridícula caricatura, absurdo remedo, innoble banda. Espantoso en defensa, con Valera superado una y otra vez, con Perea y Juanito inermes, ausentes y enervantes, con un Ujfalusi voluntarioso pero fuera de sitio. Intolerable en el medio, con un Simao muy irregular que tuvo que hacer de medio centro ante la enésima no comparecencia de un medio fantasista que tenemos, que dicen que es muy bueno, con Asunción literalmente desesperado y con un Jozean Reyes que fue el único que parecía saber jugar al fútbol de los nuestros. Que ya es triste, como dice un buen amigo. Y sonrojante en la punta del ataque, perdón, del ataque fantasma. Porque ayer, en el estadio Vicente Calderón, uno miraba al ataque del Atlético de Madrid y veía dos fantasmas, dos espectros, dos hologramas. Ayer, en el estadio Vicente Calderón, uno miraba la punta de lanza del Atlético de Madrid y no daba crédito, porque veía dos réplicas exactas, pero idénticas, de Diego Forlán y de Maximiliano Rodríguez, sabiendo, sin embargo, que es de todo punto imposible que esos dos patéticos bultos sospechosos que veía fueran verdaderamente Diego Forlán y Maximiliano Rodríguez.

En esos 35 minutos el único jugador del Atlético de Madrid que cumplió con su trabajo fue un Pobre Porterito Palentino, discutido y condenado por muchos ya desde el día de su presentación, como si el PPP tuviera alguna culpa de ser un joven y prometedor cancerbero que no le hacía ninguna falta a un equipo sobrado únicamente de eso, de jóvenes y prometedores guardametas. El Villarreal pudo marcar a los dos minutos, pero el PPP salió rápido y bien a los pies de Fuster que retrató a Perea en la primera que tuvo (Perea, por cierto, le propinó poco después uno de esos codazos absolutamente necios suyos con los que trata de justificar su injustificable presencia en el terreno de juego, esta vez, por suerte para el equipo, el árbitro no le vio). Tres minutos después era Cazorla el que chutaba, cómodo y con espacio, desde la frontal y el PPP, adornándose en exceso en un gesto palomitero de los que gustan de afearle sus detractores, desvió a córner. Dos minutos más tarde era otra vez Fuster el que probaba desde lejos al PPP que esta vez realiza una intervención de mérito para desviar a saque de esquina. En el minuto diez le tocó a Cani reírse de la zaga rojiblanca, aunque no atinó con un remate cruzado ante la alocada y mal calculada salida del PPP. Cinco minutos más tarde, Rossi disparaba, de nuevo sin oposición, desde la frontal, y su disparo se perdía fuera por poco, por muy poco. Poco después, de nuevo Rossi probaba suerte y el PPP detenía con apuros en dos tiempos. Increíblemente, tras el inapelable baño de juego y ocasiones recibido, el Atlético de Madrid se adelantaba en el marcador gracias a un exquisito pase interior de Jozean Reyes (poco antes le había dado otro igual a Maxi, sancionado con un inexistente fuera de juego) a Simao, que el portugués convertía en gol con elegancia y sangre fría. Increíblemente, después de la incontestable superioridad demostrada por el Villarreal en todos los aspectos del juego, el Atlético de Madrid se iba a la inmerecida ducha con ventaja en el marcador y los rumores de una grada con principio de congelación se tornaban sonrisas cautelosas.

Si en la primera mitad quedó claro que el actual Atlético de Madrid no puede jugar de igual a igual con el actual Villarreal, en la segunda parte se demostró que el actual Atlético de Madrid no vale siquiera para defender un marcador a favor y salvar los puntos. A los tres minutos de la reanudación, un jugador llamado Capdevila, uno de los titulares de aquel Atleti que se fue a Segunda, ahora convertido en internacional absoluto indiscutible y Campeón de Europa, centró tranquilamente desde su banda izquierda, un centro templado y muy lejano que el joven Fuster, en el balcón del área chica, remató abajo, como mandan los cánones, imponiéndose por enésima vez a Juanito y batiendo a un PPP que dudó donde no se duda y recogió el balón del fondo de su portería como el que tiene una certeza inútil. El Atlético tuvo una ocasión aislada, pero muy clara, en las botas de un replicante que se parece a Maximiliano Rodríguez como una gota de agua a otra gota de agua; mientras el Villarreal encadenaba, una tras otra, situaciones magníficas para marcar: la tuvo Rossi, pero remató fuera, otra vez por poco, la tuvo Escudero, pero su remate, que probablemente se colaba, pegó en Asunción, la tuvo Marcos Senna, ayer, por momentos, pletórico, al que le faltó precisión y la tuvo el central uruguayo Godín que erró clamorosamente rematando alto cuando estaba solo dentro del área. En el banquillo del Villarreal, Ernesto Valverde hizo tres cambios, refrescando en el momento justo a su equipo en el centro del campo y en el ataque. En el banquillo del Atlético de Madrid, QSF no se atrevió a quitar al golem rubio que algunos dicen que es el mismo delantero uruguayo que ganó la última Bota de Oro del fútbol europeo y, en su lugar, optó por retirar, bastante tarde, al inoperante sosias de Maximiliano Rodríguez. Poco después se lesionó Jozean Reyes, volteado salvajemente en un choque con Diego López, y QSF tomó la extraña determinación de dar entrada a Ignacio Camacho. El canterano tuvo la mejor ocasión del Atlético de Madrid, pero remató alto, en inmejorable posición, un saque de esquina botado por Simao. Se cumplía entonces el minuto 90, pero aún tuvo tiempo el Villarreal de marcar el gol del triunfo y de fallar una nueva ocasión. Escudero se marchó por la banda izquierda, defendido por la acuosa mirada lejana de Valera, centró al borde del área chica y Juanito, apurado por Joseba Llorente, se marcó en propia meta el gol del triunfo castellonense. Con el Atlético de Madrid ya definitivamente descompuesto y la grada finalmente gritando las verdades del barquero, que riman en il y en ón, el PPP salvó una doble ocasión saliendo valientemente a los pies de Escudero, primero, y de Joseba Llorente, después.

Turienzo Álvarez, que sin influir en modo alguno en el marcador, realizó un arbitraje paupérrimo, plagado de fallos de apreciación y de errores técnicos, pitó el final del partido, momento que aprovechó un impersonator del rubio delantero centro del Atlético de Madrid para conversar muy sonriente con sus presuntos compatriotas Godín y Eguren a propósito de las vacaciones navideñas en las playas de Punta del Este, del nuevo aspecto de Indy, la mascota del Atlético de Madrid, que ahora saca la lengua donde antes mostraba sonrisa mellada y, sobre todo, de la portada de la inefable revista Forza Atleti. Como decía mi abuelo, yo, por si acaso, me vine.

domingo, 25 de octubre de 2009

Crónica inquisitiva del Atleti – Mallorca

¿A qué fue ayer la gente al Calderón? ¿Qué espera la afición del los partidos en casa? ¿Para qué seguimos yendo al campo si sabemos que lo más probable es que salgamos enfadados con el mundo? ¿Se acabará perdiendo la interrogación inicial en el lenguaje escrito por culpa de los e-mails, los sms y los anglosajones?


El día en el que el Atleti volvía a casa tras los petardos de Pamplona y Londres, el Calderón estaba casi lleno. Quizás fuera cosa del horario. Las seis es una buena hora para ver el fútbol. Da tiempo a comer, da tiempo a tomar café, da tiempo a ir a tomarse una caña después del partido, da tiempo a casi todo lo que daba tiempo hacer antes, cuando el fútbol era a las cinco. Quizás fuera el tiempo. Ayer hacía bueno, hacía solecito el día antes del cambio de horario, ese día que da tanta rabia porque aunque se duerma una hora más se pierde una hora de luz y por tanto casi de vida. Quizás fuera alguna otra causa la que llevó al aficionado colchonero a acudir al estadio al que antes acudían a millares los que gustaban del fútbol de emoción y ahora acuden en el mismo número multitud de zombies buscando una respuesta a sus preguntas más profundas.

¿Acudió quizás el aficionado atlético a ver si era verdad que su equipo se había convertido de una vez por todas en el equipo chico que se vio el miércoles contra el Chelsea? Puede ser. Mire, yo es que el miércoles ví un equipo que no era el mío pero que vestía como el mío, y venía aquí a ver si es que se habían equivocado en la televisión -ah, pues sí, es aquí, pase, pase, oiga. El miércoles vimos un atleti pequeñito y con minúscula, quizás el más pequeño que uno recuerde. Un atleti sin A grande con los ojos como platos al salir al campo y ver un rival del que sólo había oído hablar por la tele, un equipo con estrellas y entrenador y todo. El Atleti, o más bien sus jugadores, salieron en Stamford Bridge a que no les pegaran una paliza, a ver de cerca a sus ídolos, a aguantar lo más posible el cero a cero y evitar la goleada. A pedir la camiseta a ese tan alto que sale en los anuncios, a ver si alguno me ve y se fija en mi y me ficha, eso sí que estaría bien pero no sé yo si sería posible, con esta panda alrededor no hay quien haga un buen partido. El miércoles salió el Atleti en Londres con la actitud con la que la mayoría de rivales salían antes en el Calderón y, naturalmente, le fue como a la mayoría de rivales les iba antes en el Calderón.

El aficionado que fue a constatar lo intuido en Londres y también en Pamplona no salió ayer defraudado. El Atleti, en efecto, empieza a comportarse también como un equipo chico en casa. Tiene miedo a ganar cuando va por delante en el marcador, tiene pánico a arriesgar y a llevar la iniciativa, está incómodo en las situaciones más cómodas. Y no es el único signo. Poco a poco, desde el año pasado, la línea de cal se va alejando de la grada a medida que los responsables deciden estrechar el campo para evitar que los extremos rivales desborden a nuestros laterales. Quizás sea una maniobra de la directiva para que el colchonero miope se vaya acostumbrando a lo que va a vivir cuando el equipo se mude definitivamente a la Peineta y no vea ni el número en la espalda de los suyos. Quizás sea un intento de evitar que desde la grada lluevan los tomates a los jugadores, o al menos que sólo impacten los lanzados por los aficionados con mejor brazo. El Calderón, que ya va perdiendo muchas de las cosas que le caracterizaban (salvo la mugre en la grada y el insultante estado de los baños) pierde ahora también sus dimensiones y se transforma en un campo estrechito y cómodo para defender con poca cosa, incómodo para el que busca los espacios, un campo pensado para equipos chicos con poco fútbol que pelean por no ser arrasados por los equipos que juegan por las bandas, con rapidez o, ¡oh, ironía!, al contraataque.

¿Acudió quizás el aficionado medio a ver a Santi Denia en su nuevo papel de entrenador? Es posible. Santi Denia, aquel jugador que destrozó los postulados del darwinismo deportivo al demostrar que, en contra de de lo que la lógica y la experiencia indica, no todo central mejora con los años en posicionamiento y entendimiento del juego, se sentaba en el banquillo del Atleti. Si a aquellos que sufrimos sus últimas temporadas como jugador en el Atleti nos dicen en su momento que Santi Denia iba a ser entrenador del primer equipo al menos por unas horas nos habría dado una risita nerviosa y no habríamos sabido si tomarlo a chufla o tomar tila. Santi Denia, quien dijo unos minutos después de que cesaran a Abel, con quien en teoría había formado equipo, que ser entrenador -parche por unas horas era un sueño hecho realidad en un asombroso ejercicio de equilibrio entre la traición y la idiocia, se sentó en el banquillo vestido de traje y sacó un equipo titular aceptable. Santi Denia sacó también a De Gea para así lubricar su puesta de largo ante la afición, yendo de la mano de un chavalito de la casa para que la gente pusiera la cara esa que se pone al ver que llega una sobrina disfrazadita de ratón justo antes de decir oooohhyquémoOOoonaa. Con esa intuitiva y tribunera decisión Santi Denia contribuyó a erosionar la figura de Asenjo, quien apareció ante la afición como el culpable de lo ocurrido en Londres aunque no fuera el único. También contribuyó a erosionar la figura de De Gea, quien completó una actuación bastante mala y así, de paso, contribuyó a cargarse a los tres porteros del equipo, los tres veinteañeros o casi veinteañeros a los que la astuta dirección deportiva del equipo, personalizada en el mustélido Pitarch, ha encomendado la misión de jugar liga y champions este año. No sería la única decisión brillante de Santi Denia quien, como entrenador, parece que será fiel a su característica principal como jugador: nunca una sola pifia por partido, nunca una pifia monumental puede considerarse la peor pifia de la que es capaz Santi Denia.

¿Acudió quizás la afición a ver a los canteranos? Es posible. Quizás fuera a ver a Domínguez. Domínguez ha jugado pocos partidos con el Atleti, pero siempre bien. Y siempre partidos complicados. Liverpool en casa, Villarreal fuera, Valencia en casa, Chelsea en Londres. A Domínguez se le pide siempre bailar con la más fea y no sólo acepta, sino que se defiende en todos los ritmos. Quizás no sea Fred Astaire, pero nadie se lo pide. No se encuentra extraño en el medio de la pista, asume con naturalidad los cambios de compás, no rehuye la pareja que le toque en suerte por más que sea grandota,calce un cuarenta y siete y tenga cintura de obispo. El premio hasta ahora han sido ausencias largas, fichajes de jugadores en su misma posición y la exigencia de que tenga toda la paciencia del mundo. Quizás ahora cambie el cuento.

Es posible también que la afición acudiera a ver a De Gea, pero esto es poco probable. Su titularidad fue una sorpresa para todos. De Gea fue ovacionado nada más aparecer y, todo hay que decirlo, lo hizo bastante mal. Hizo una salida alocada en el primer tiempo, una aún peor en el segundo que pudo acabar en gol y pudo hacer más en el gol del empate. No sabemos en qué situación están ahora mismo Asenjo y De Gea, pero se ha gestionado mal su coexistencia. Asenjo, señalado por el banquillo tras lo de Londres, parece pagar los platos tras una discusión con Abel, que ya no está. Raro. De Gea, tras dos primeros partidos prometedores dio ayer sensación de andar muy verde. Roberto, lesionado al poco de aparecer y goleado nada más debutar, quizás tampoco sea una alternativa a día de hoy. Al nuevo entrenador le ha hecho la vida aún más difícil Santi Denia con su brillante decisión de ayer.

¿Acudió la afición a ver al resto del equipo? Es posible. Quizás quería ver si Forlán ha salido de esa mala racha de los últimos partidos y saliera convencida de que no: Forlán falló un penalti que todos intuimos que iba a fallar y marcó luego otro sobreponiéndose a la situación en un gesto que le honra. Aún así, no dio casi ninguna a derechas. Quizás la hinchada quería ver si Kun sigue tan peleón y tan desafortunado como últimamente y salió convencida de ello. Quizás quiso ver si Simão va para arriba y lo confirmó. Es posible. Es posible también que quisiera ver al Maxi de las grandes ocasiones, que apareció un rato al principio del partido, o al Maxi desaparecido de ya demasiados partidos, que estuvo más rato aún en el campo. O bien querían ver a Antonio López, de nuevo flojo y desmotivado, o a Ujfalusi, mal en todo el partido aunque con el atenuante de que al menos lo intenta, se muestra al compañero, no se esconde.

Quizás acudiera la afición a ver la vuelta de Raúl García, puede, puede. Mientras Raúl García y Assunção estuvieron en el campo, el equipo dio sensación de controlar el partido y de mantener lejos al rival. Pero, ay, tras el descanso Santi Denia sacó a Assunção y entró en el campo el artista antes conocido como Jurado. Contra un rival con diez, no parecía una mala decisión. Pero a Raúl García, comoes lógico, le falta fondo y no puede hacerse con el centro del campo él sólo, más si enfrente juega un perro viejo como Martí. En su ayuda no acudió Jurado, protagonista ayer de uno de los episodios de escapismo más asombrosos de los presenciados en el Calderón. Su empeño en situarse siempre a tres metros de allí donde la responsabilidad indica que debe ponerse hizo que parte de la grada se plantease si Jurado es fruto de un romance de verano entre la hija del Gran Houdini y Maniche. Al parecer no es así, pero podría.

Ya con nueve, el Mallorca tocaba y tocaba tranquilo en el centro del campo ante la atenta mirada de Jurado y la desesperante impotencia de Raúl García. Para ayudar, Santi Denia sacó a Cléber, el hombre del trote cansino, otro prodigio de ausencias. El Mallorca se enfrentaba a su centro del campo titular del año pasado pero con dos menos, y jugaba mejor que el Atleti. A la afición le asaltaba otra pregunta... ¿No sería que el Mallorca, con Jurado y Cléber de titulares el año pasado, está acostumbrado a jugar con nueve y por eso lo borda?. También salió Reyes entre ovaciones y tras escuchar Maxi algunos pitos: de la proporcionalidad entre unos y otros podría escribirse un tratado sociológico de mil páginas en letra muy chica o un exabrupto de tres o cuatro palabras. Ya puestos, la afición también se preguntó ¿de qué se ríe Reyes siempre? ¿Será de las cifras del paro? ¿Será de nosotros? ¿tendrá una limitación genética que le impida disimular la cara de que todo le trae al pairo?

A aquellos aficionados que se preguntaban si es posible ganar un partido por ganas, respondió el Mallorca. El Mallorca le echó casta y oficio, y entre Nunes atrás, Borja Valero y Martí en la media y Webó delante se llevó un punto a pesar de estar con nueve. Un punto merecido. Se llevó un punto en jugada a balón parado tras un despiste defensivo que toda la grada vio salvo la defensa del Atleti, que esto ya les sonará. Raúl García defendió a dos, el balón le cayó a uno de ellos y marcó entre las piernas de De Gea. Otro despiste, otro petardo, otros dos puntos que vuelan, otro motivo para convencernos de que este equipo huele muy muy mal.

¿Acudió la afición al campo a estar con ella misma, a ver su reacción? Es posible. Uno acude cada vez más al Calderón por aquello de no vivir solo un nuevo fiasco, por estar arropado por gente que lo pasa igual de mal y evitar la deprimente soledad del que escucha por la radio la ruina de su equipo. Algunos acudimos esperando una vez más una revuelta general, pero tampoco se produjo. Es cierto que el fondo sur no animó el primer tiempo y que casi no se notó, es cierto que hubo cánticos generalizados contra el palco al final y es cierto que se vieron pancartas contra la gestión que la seguridad del club, como siempre, intentó retirar (por cierto, también retiró una contra el racismo … ¿cómo es eso posible cuando lo que la UEFA prohíbe son las pancartas con mensaje opuesto?). También es cierto que hubo una protesta espontánea en la puerta 0 al final del partido, una protesta que parte de la prensa resalta hoy como una especie de asalto violento al palc; sus propias imágenes se encargan de desmontar la versión d la protesta radical, pero eso importa poco a cierta gente. Para el momento absurdo que vive el club el nivel de protesta es, una vez más, insuficiente. A uno le queda la sensación de si ayer no marca el Mallorca no hay protesta ni hay ná.

¿Para qué acudió entonces la afición al campo? ¿Hay alguna explicación válida? Sólo nos queda una. La afición, insegura y dubitativa, necesita referencias, ejemplos, faros, guías. En los tiempos que corren, una persona segura y con la autoestima intacta es el clavo al que el atormentado hincha colchonero quiere aferrarse. Sólo hay una persona así en la afición, sólo queda un bastión de la autoconfianza y el desafío a los elementos, sólo uno consigue ver su propia obra como si contemplara la de un genio. Nos referimos, claro está, al portadista del Forza Atleti. En tiempos de tormenta en los que los empleados del club dan vueltas por la M-30 bajo los efectos de los tranquilizantes o se aíslan en el búnker del palco, en el momento en el que los entrenadores venideros ponen cara de póker en el palco y hasta Gonzalo Miró limita el número de risitas por minuto, el portadista del Forza Atleti saca pecho y su revista edita un número especial con las 100 portadas con las que este hombre valiente, casi temerario, nos ha regalado la vista y el ingenio domingo tras domingo. Si el club tuviera vista suficiente harían de este fenómeno la solución a todos los males. Le nombrarían entrenador para que hiciera las alineaciones más proclives al juego de palabras, ficharía jugadores con rima fácil, pondría al estadio un nombre que le permitiera titular con su acostumbrado gracejo. Así, al menos, las cosas se harían con algo parecido a un criterio.

lunes, 27 de abril de 2009

El día en que faltó Sam Cooke

Aunque el Atleti ganó, la grada abroncó a palco, jugadores y rivales y en algunas de sus críticas tuvo toda la razón y en otras, no.


Llegó la afición al estadio sin saber muy bien si llovería o no, si el equipo ganaría o no, si habría bronca o no, si seguiríamos con opciones de seguir en Europa o no, si se recibiría a la afición rival tan bien como ellos nos recibieron a nosotros o no y la respuesta fue a veces sí y a veces no, qué cosas.

En general la afición no sabía si sí o si no ya desde el principio. Según bajaba al campo veía el hincha a grupos de correligionarios la mar de contentos y la mar de ruidosos y se preguntaba qué había hecho el Atleti últimamente para que hubiera tanta euforia. Al acercarse se daba cuenta uno de que no eran de los suyos sino de los rivales, con bufandas y camisetas similares a las propias y mejor humor y más ganas de todo a pesar de que el chaparrón que les está cayendo a ellos es de los gordos. Pero allí estaba la afición del Sporting un domingo a las nueve de la noche, abarrotando los alrededores y la grada, tocando la gaita y animando a los suyos, acabando con las reservas de cerveza de la zona y, hasta donde uno pudo ver (que luego siempre sale uno diciendo que topó con el metepatas del grupo), siendo como siempre la mar de amable con todo el mundo. A uno le gusta que las aficiones rivales vengan en multitud a casa propia y que lo hagan con ganas de ver el partido y de charlar por las calles. Si encima vienen de la otra punta del país y en domingo por la noche y en número de tres mil y pico (menos según los organizadores, que achacan al buen número de asturianos residentes en el foro la numerosa presencia en el fondo norte) uno se alegra aún más. Si además son del Sporting, uno intenta que se lleven un recuerdo aún mejor que el resto de su paso por nuestra casa. No pudo ser, se perdió otra ocasión de ser un anfitrión perfecto y de estar a la altura del visitante. Una lástima.

En el día en el que el club cumplía 106 años, hubo ya antes del partido reparto de publicaciones y manifestaciones contrarias a la gestión de la directiva. En la puerta cero se juntaron los más ruidosos para dejar claro que hay oposición por más que la policía se empeñe en ocultarlo y en todas las puertas se repartieron periódicos informando a la afición del problema que tenemos, como si no se notara. Ante la impermeabilidad de parte de la hinchada, la resistencia optó por contar la verdadera causa de la situación actual con dibujitos, como a los niños chicos, a ver si así alguno de los que siguen con la cantinela de que el Club es suyo consigue entender qué es lo que ha pasado. El Club, ladino, previendo el despliegue documental de la oposición, contraatacó con un nuevo Forza Atleti para el recuerdo. Esta vez imprimió por miles un número en el que, bajo la foto de un interior portugués, se llamaba al inconsciente de los más mayores recordando el nombre de una cadena de supermercados de los tiempos del flashgolosina, el polo drácula y la artesana y ecológica galleta artinata, el dulce de más fácil combustión. No contento con ello, el especialista en fútbol internacional del Forza Atleti aclaró a la ignorante hinchada que el portugués de marras, de un metro sesenta y cincuenta kilos como puede apreciarse en las treinta y siete fotos tamaño carnet que ilustran la entrevista, es central de toda la vida y forma con Perea una dupla de leyenda en el centro de la zaga. El Forza Atleti, shangri-la de aquéllos que sufren disfunción eréctil y escaparate de los menores de cuatro años que gustan del estilo epistolar, se está convirtiendo en un serio competidor del Mondo Brutto a la hora de retratar nuestro reverso más tenebroso. Ándense con ojo.

Salió el Atleti ante una bronca monumental de esas que ya no se escuchaban en el Calderón y que, de haberse escuchado más quizás habrían servido para cambiar algunas cosas o por lo menos para que las más importantes no se torcieran tanto. Salió el Atleti y miró a la grada y vio menos gente que nunca, con peor cara que nunca y menos tragaderas que de costumbre. Salieron los jugadores locales y leyeron aquello que ellos mismos, por boca de su capitán, se habían comprometido a no volver a leer ni a escuchar ni merecer, compromiso que sólo tardaron un partido en romper. Salieron los rivales entre vítores de la hinchada desplazada para bochorno de jugadores y directivos locales, si es que estos últimos son capaces de experimentar alguna sensación parecida, que lo dudamos.

Salió pues el Atleti y, nada más verle, la gente ya no tenía ganas de ná. Salió el Atleti y la afición tuvo la sensación de haber visto a esa novia que nos engañó con el más odiado de la clase de al lado, la impresión de haberse topado en un pasillo con ese vecino que nos aparca pegaíto el coche para que no podamos salir, de encontrarnos en un ascensor con ese compañero de trabajo que se ganó un ascenso robándonos una idea y presentándola como propia durante la reunión anual del departamento de contabilidad. Salió el Atleti, el equipo de nuestra infancia y de nuestra vejez, el equipo cuya camiseta pedimos a los Reyes Magos, el equipo al que nunca necesitamos jurar amor eterno porque, si una cosa siempre tuvimos clara era que, pasara lo que pasara, nunca dejaríamos de sentirlo como propio, el equipo que tantos buenos momentos nos dio siempre, incluso cuando nos daba disgustos, y nos dio casi asco. Rabia y asco y hastío, casi fobia casi pena, casi odio, tan rara fue la sensación que hubo quien tuvo un ataque de urticaria y acabó en urgencias untado de aloe vera entre vítores a Alemão y a José Eulogio Gárate. La grada gritó entonces contra los responsables de la metamorfosis inversa, contra los ilegítimos inquilinos del palco y en particular contra el recientemente galardonado presidente, el hombre que no ve los partidos del club y luego afirma que fue quizás el peor partido de la historia, lo que dice mucho de su credibilidad.

Jugaba el Atleti a nada y la grada, medio vacía como no se veía hace tiempo, prefería contar seguidores sportinguistas a mirar a su propio equipo. Hacía el Atleti poco para atraer la atención hasta que Forlán marcó un nuevo gol, esta vez de rebote. Fuera por el hastío general, fuera por el rebote, fuera por la injusticia hacia los que habían venido desde Gijón para ver semejante churro de partido, la grada no lo celebró. La grada no celebró un gol del Atleti en casa o más bien lo celebró por lo bajini, gol, así, en pequeñito, sin levantarse ni abrazarse ni decir pero qué bueno es este tío. En un alarde de responsabilidad y madurez respondió la grada al gol pidiendo de nuevo que se fueran los del palco, como diciendo aquí estamos, ya hemos marcado como debíamos, ahora que nadie crea que con esto nos vale y que, como hacíamos antes, vamos a olvidarnos de lo importante. Lo mismo pasó un rato después tras un buen gol de Simão, pero ya todo daba igual. Si, eso, marcad ahora y celebrarlo, como si hubiera algo que celebrar tras lo del otro día en Santander, anda ya.

Tras el descanso marcó Agüero y lo celebró poco, visto lo visto. Relajada, la grada se concentró en sí misma aunque marcara un minuto después el Sporting, recreándose en su propio protagonismo. El día en que la grada decidió actuar y no limitarse a hacer lo que le dice la Sra Rushmore que es conveniente, se pasó de rosca y se cayó a un pozo. Los gritos contra el palco, justos, necesarios y siempre insuficientes, se tornaron en torpes ofensas al visitante, como si no tuvieran bastante con lo suyo y como si no hubiera tenido, allí y aquí, un comportamiento exquisito. Luego se silbó a Raúl García, se faltó a varios jugadores que pasaban por ahí y se faltó al respeto al rival. De ahí se pasó a la chufla indiscriminada y, más tarde, al festival del humor zafio. La grada se creció, se hizo gracia a sí misma y empezó a repetir el mismo chiste en voz alta, ese recurso de los poco ingeniosos que un día, por casualidad, dan con un golpe gracioso en la cola del cine y, visto el éxito, lo repiten y exprimen hasta terminar irritando a los que esperan con ellos. La grada se emborrachó con su propia risa floja y, como afectada por la general inhalación de alguna sustancia ilegal, ya todo le hacía gracia. El colmo fue la salida de Pernía. Pernía, el hombre sin suerte, tuvo que salir por lesión de Antonio López justo el día en el que la grada se veía a sí misma sembrada, el día en el que Pernía se hubiera quedado tan ricamente en su banquillo. "Hoy ehtoy sembrá, y ensima sale er Pennía", se dijo la grada a sí misma imitando el acento de Paco Gandía, y se tiró al cuello de Mariano. Mariaaano, Mariaaaano, dijo la grada y, según lo decía, se mondaba de su propia ocurrencia, ya mil veces repetida. Vio la grada un filón para ser popular y ser considerada chistosa y con chispa, que es algo que gusta mucho, y cargó la suerte. Pidió selección para Pernía, hizo gestos de adoración, ovacionó cada intervención del lateral como si fuera una proeza. La grada se cebaba con Pernía, que por cierto no estuvo en Santander, pero sólo criticó por lo bajini a Gil Marín. No se acordó la grada de Seitaridis, ni de Maniche, ni de otros jugadores que se han reído de grada, institución y camiseta a mandíbula batiente desde carísimos coches tapizados en cuero corinto, pero sí de Pernía, que puede que sea limitado futbolísticamente pero nadie puede dudar de que sea honrado. Tampoco se acordó la grada de García Pitarch, que la grada tiene una chispa que no se pué aguantá pero no los recursos rimatorios suficientes como para sacarle una rima al valenciano, ni tampoco se acordó de otros responsables de la tragedia del equipo, que identificarlos requiere lectura y paciencia y la grada es más de ingenio repentino. Pernía, que ni se fue a la caseta ni tiró la camiseta ni mandó al respetable a paseo, aguantó el temporal, jugó bien y, quizás, consiguió con su actitud hacer que alguno de los que ayer se dejaron llevar por la masa para intentar ridiculizar a un tipo honrado se sintieran poco dignos cuando volvían a su casa. A Pernía, el Tano Pernía, va dedicada esta crónica de hoy, por cierto.

El partido acabó triste, como había empezado. El Atleti había ganado, la gente había reclamado lo suyo y había cumplido con su obligación, pero no hubo grandeza en la revuelta ni respeto en la reclamación. Los jugadores se fueron enfadados a la caseta, la afición del Sporting se fue cansada para casa y la del Atleti se fue vacía para la suya. La hinchada cumplió con su papel por primera vez en mucho tiempo pero midió mal su ímpetu y acabó perdiendo la razón y dando motivos a los criticables para devolver la crítica y desautorizar a los autores. Aún así, nos alegramos de ver cómo por fin algo se mueve, y de paso nos permitimos recomendar una canción recomendable a la hora de pedir cambios

domingo, 19 de abril de 2009

De resultados excesivos y protestas justas

El Atleti se enfrentaba a uno de los equipos a los que debería ganar, suficiente para que al aficionado le entre el vértigo y la ansiedad. Con todo, el Atleti ganó marcando más goles de los que merecía y metiéndose en la pelea de nuevo.

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En el día en el que el Numancia visitaba el Calderón había sobre Madrid una nube negra zahína del tamaño del Alto Aragón que iba dejando claro que las peñas atléticas, en su propio día, se iban a mojar. En el día en el que el Club había pedido a la afición que hiciera el favor de animar, oiga ya está bien, vamos hombre, qué es eso de protestar y pedir responsabilidades a la altruista directiva que nos ha tocado en suerte, una parte de la afición había convocado una protesta en la puerta cero antes del comienzo del partido y en la grada durante el mismo. En el día en el que el Atleti se enfrentaba a uno de los equipos de abajo y le entraba al atlético de solera ese familiar escalofrío por la columna vertebral que precede a los históricos resbalones del equipo, el Atleti ganó con un marcador abultado un partido de esos que a veces pierde y a veces empata. Qué cosas pasan.

El Club, molesto por los gritos contra el palco del partido contra el Osasuna, salió a los medios en los días previos al partido quejándose de la afición por medio de su presidente Enrique Cerezo, ese hombre. Cerezo, cosas del dadaísmo, la emprendió esta vez con la afición con la desfachatez del falsificador de moneda que acusa al pueblo de chivato y acusica cuando éste, tras ver que el tendero no le acepta los billetes, se lo dice a un guardia. No contento con hacer declaraciones en prensa y radio, el Club hizo un spot en el que sale Maxi, capitán del equipo, pidiendo el apoyo de la grada a cambio de sudar la camiseta, como si lo segundo fuera negociable. Se lamenta Maxi en el spot de que le grite la grada que no merecen la camiseta que llevan, y lo hace con aire tristón y la mirada perdida, casi como Calimero. Y lo hace paseando melancólico, qué ironía, entre los asientos de la grada cubierta de papelajos, mondas de plátano y papel albal (quizás segunda parte del vergonzoso vídeo de Coti, visto que el decorado es similar), gritando al mundo que somos una afición orgullosa con un equipo orgulloso y un servicio de limpieza lo suficientemente orgulloso como para no limpiar basura ajena. El spot, pagado por ese Club presidido por un tipo que ha declarado públicamente ser un maniático de la limpieza, ha supuesto un nuevo filón para los guionistas que actualmente trabajan en el macro-proyecto Enrique Cerezo, el musical.

En paralelo a esta doblemente sucia campaña del Club, una parte de la afición, quizás minoritaria pero claramente entusiasta, organizó una protesta contra la marcha de la entidad y pidiendo un cambio en la directiva. La protesta consistía en una concentración previa al partido y la exhibición de pancartas en el estadio, toda una aventura visto que en el estadio Vicente Calderón no se puede mostrar ningún símbolo contrario a la directiva sin que lleguen en cinco minutos un montón de guardias de seguridad prestos a quitarla; si la brigada de escoba y fregona actuara con la misma rapidez cada vez que cae entre los asientos una cáscara de pipa se podrían comer sopas en la grada, oiga. Es posible que la propuesta no fuera seguida por tantos aficionados como fuera deseable o que los medios no se hagan eco del movimiento bien por no tener interés en airear ciertas cosas para no enfadar al Club o bien por no haber tenido la convocatoria el éxito suficiente como para ser noticia de primera plana. Es posible. Cualquiera que sea el resultado, vaya por delante nuestra admiración a los que se entregan a la desagradable tarea de reclamar el bien de todos ante la indiferencia de muchos, un buen ejemplo de amor a los colores. En nombre del que suscribe y de un numeroso grupo de sus compañeros de grada, muchas gracias.

En fin, a lo que íbamos. Salió el Atleti bajo un cielo negro que daba al estadio luz y aspecto de grabado japonés y salió también el Numancia vestido de Oviedo, un nuevo capítulo para la historia del desatino textil. Fue recibido el Atleti con una explosión de entusiasmo y no sabemos aún si se debió a una dócil respuesta de la grada al requerimiento del club o a una decisión espontánea. Hay que señalar que el Club, sibilino, ante la sospecha de que el vídeo de Maxi andando por un vertedero no produjese el efecto deseado, decidió acudir a métodos más arteros y recurrió al portadista del Forza Atleti para garantizar que la afición tornase su ira en chufla tras leer la inolvidable portada de ayer; quizás esto explique la ausencia de bronca inicial y el general jolgorio del comienzo. El caso es que salió el Atleti en medio de un campo más lleno de lo esperado visto el tiempo y con una nutrida representación de al afición del Numancia, numerosa, pacífica y amable.

- ya estamos
- si, qué quiere, ya sabe que a mi me cae bien casi todo el mundo
- ya

Acudió la afición del Numancia en masa al Calderón, decíamos, y estas cosas nos alegran. Se manifestó también con vehemencia la afición Soriana en el mismísimo Jerez de la Frontera, provincia de Cádiz, donde la Peña Numantina Unipersonal de la Frontera intuimos que vio el partido con la gallardía que la ocasión requería. Y en estas salió el Atleti algo empanado, como suele ocurrirle cuando juega con equipos que juegan ordenaditos y cerrados en dos líneas. No sabía el Atleti cómo meterle mano al rival, bien plantado y con mención especial para Txomin Nagore, un buen futbolista al que se suele incluir injustamente en las listas de los peores jugadores que han pasado por el Calderón; ayer, por cierto, cometió pocos fallos (tres le contó el que suscribe, y todos ellos a partir del minuto 75) y resolvió con calidad, en corto y en largo, bastantes acciones. El resultado fue un primer tiempo con juego local pobre, con pocos balones llegando a los de delante, con algunas pérdidas que provocaron algún contraataque rival de esos que acaban con la grada diciendo será posible y menos mal y con una ocasión clarísima de Goiria que, de haber entrado, habría echado por tierra la labor de zapa de la máquina propagandística del club. Agüero, excesivamente individualista en ocasiones y Forlán, rematando a puerta todo, incluso lo que no debía, tuvieron poca ocasión de entrar en juego y eso el Atleti lo nota.

Jugó el Atleti un primer tiempo gris, con un centro del campo gris marengo empeñado en percutir una y otra vez por la zona central del rival y olvidar las bandas. Especialmente sangrante fue el caso de Antonio López durante todo el primer tiempo, siempre solo pidiendo el balón una y otra vez a los compañeros hasta acabar pidiendo a la grada una novela de detectives para pasar el rato al menos. Jugó Assunção a lo suyo, sin aportar soluciones para abrir la muralla rival, y jugó desdibujado Raúl García, trotando por todo el campo y alternando errores con destellos que invitan a mantener la fe. Raúl García, en quien el que suscribe tenía y tiene muchas esperanzas, parece limitar a veces a su misión a la de perro de presa, incluso cuando el partido necesita de otras habilidades caninas. En un partido como el de ayer parecían más valiosa la aportación de Simão, un jugador con astucia y porte de perrillo bodeguero-ratonero, o de Maxi, un futbolista con físico y carácter de bull terrier por más que últimamente se comporte a veces como un bulldog francés. Ausente por fin Maniche, jugador con nombre abocado al chiste perruno, Raúl debería desempeñar más tareas de creación de las que asume en ciertos partidos, dado que la destrucción queda en manos de Assunção, jugador cuyo físico más que a un can recuerda al de otro animal, éste de nombre atlético: el calderón o ballena piloto, mamífero marino similar al delfín, del orden cetáceos y familia globicéfalos.

Quizás la espesura del centro del campo o el hecho de que tuviera una amarilla fue lo que convenció a Abel para quitar a Raúl y hacer entrar a Banega, buscando más creación y movimiento de balón. La grada, que tiene estas cosas, recibió a Banega con el entusiasmo con el que se recibe a un héroe, quizás esperando un milagro o bien celebrando su melena de galgo afgano por ser ésta un contrapunto al recio estilismo capilar del navarro. Salió Banega y, fiel a su estilo, pidió el balón siempre que pudo y caracoleó y tocó y tocó, muchas veces para hacer lo mismo que se puede hacer en menos toques y otras veces para aportar una nueva velocidad al partido. Su entrada tuvo un doble efecto: el partido se animó y empezó a hacer más frío, si bien no sabemos si esto último está relacionado con su aparición. Tardó poco Banega en marcar un buen gol tras un buen recorte en el área y tardó poco el Numancia en empatar tras una buena jugada, rápida y con pocos toques; el único problema es que el árbitro anuló injustamente el gol, lo que enfadó muchísimo al técnico visitante y, esperemos por el bien de todos, no enfadara tanto a la afición soriana residente en la provincia de Cádiz. A estas alturas, por cierto, piden en Soria que se investigue si fue el colegiado quien alunizó en la tienda oficial del Club a golpe de alcantarilla.

La ventaja dio cierta confianza al Atleti y creó cierta frustración en el Numancia, quien empezó a temerse lo peor. Agüero, más entonado y muy trabajador en el segundo tiempo empezaba a sembrar el pánico y aunque Banega desapareció tras el gol, el Atleti jugó más cómodo y llegó con más facilidad. La consecuencia fue que acabó marcando una vez más Forlán. Forlán quizás no estuvo brillante y lo intentó a veces desde sitios donde era demasiado difícil, pero marcó un su gol de rigor y van veintiuno, oiga. Poco después, con el partido ya resuelto y casi al final, marcó Simão el tercero gracias a un rebote en un defensa. Puede que por ser el gol excesivo para lo visto en el campo, o puede que por no hacer daño al rival que se llevaba un gol tras un rebote, la grada lo celebró de forma comedida y con ello se pudo escuchar el simpático politono de aires piel-rojas que acompaña a la animación que en los marcadores celebra los goles, un nuevo motivo para abochornar al aficionado sobrio y discreto. El partido terminaba con más goles de los que uno cree que el Atleti merecía, con más ventaja de la que mereció encajar el Numancia y con tres puntos que saben a cervecita fría en día de calor.

Gracias al partido de ayer, el Atleti vuelve a la pelea por el cuarto puesto. Dado que los rivales para ese puesto empiezan a jugar entre ellos, el Atleti tiene una nueva oportunidad, y ya van más de las que merece, para salvar los muebles. Para ello deberá ganar los partidos que la lógica señala como asequibles o importantes. Si el Atleti consigue hacer lo que debe por una vez en la temporada, quizás consiga meterse en el lugar que se merece esa hinchada que se sienta sobre desperdicios. Recemos por ello y recemos también por que de una vez supere el responsable de la limpieza del campo su síndrome de Diógenes.

lunes, 17 de noviembre de 2008

De cómo estar más contento a las siete que a las cinco

Aprovechó el Atleti que hacía sol y que la hora a la que jugaba es una hora excelente para jugar al fútbol, y nos dio una alegría a todos, miren Vds.


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Madrid tiene muchas cosas malas y algunas insuperables. Entre estas últimas, el Club Atlético de Madrid, el bocadillo de calamares y los días soleados de otoño y de invierno. Ayer salió un día de estos, un día de cielo azul y aire limpio y frío pero sin cortar, no ese aire que llega de la sierra y le deja a uno la piel de la cara tiesa y la garganta cauterizada, sino un aire algo más amable, menos violento, más tolerante. En Madrid hay días de cielo azul y parques de colores que van del verde al ocre y terrazas llenas de valientes con jersey de lana y de bares en los que el madrileño medio toma vermouth en vaso pequeño y largo y cerveza en vaso chaparro de caña, patatas fritas en bolsa de plástico con la etiqueta amarilla y banderillas en un platito blanco del que siempre cae un poco de líquido que le mancha a uno un zapato; si el bar también es de un valiente que se juega la multa y desafía la ordenanza municipal, todo esto se hace en la acera y se apoya el vaso y el platito en el coche que hay enfrente, y cuando llega el dueño se va enfadado porque él había aparcado un coche rojo y se lleva ahora uno de lunares gracias a tanto vaso posado.

El Atleti tiene algunas cosas malas, sobre todo dos, y muchas insuperables. Entre estas últimas, las Peñas que vienen de lejos, los atléticos de fuera de Madrid, Atléticos con mayúscula que consagran su domingo entero a lo que algunos no le consagran ni los últimos cinco minutos del segundo tiempo por aquello de no coger tráfico. En este fútbol nuevo de horarios intempestivos y televisivos las Peñas se ven obligadas a hacer encaje de bolillos para cuadrar horarios y vueltas a casa y madrugones del día siguiente y alquileres de autobús, y por eso uno se alegra especialmente por ellos cuando el partido es a hora sensata, a hora futbolera, a hora taurina de día de otoño. Para el atlético de verdad, tan obligada como la firma para la canonización de Gárate debería ser el paseo por la calle Alejandro Dumas entre los autocares de los que llegan de lejos, de Castilla y de La Mancha y de Levante y de Poniente y del Norte y del Sur. Para todos esos atléticos de kilometraje ilimitado, deseando que ayer lo pasaran bien y que tomasen vermouth y cerveza y patatas y banderillas disfrutando del día, va lo de hoy.

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Hacía sol y la afición bajaba hacia el estadio en tropel charlando desde Puerta de Toledo y desde Pirámides y las terrazas de la zona estaban llenas de bufandas y camisetas rojiblancas. Y entre la multitud colchonera había muchos niños y señores fumando un puro y alguno con un pacharán en vaso de plástico. Y es que los partidos a las cinco tienen estas cosas tan bonitas, qué quieren que yo les diga.

Quizás por no cargarse la idílica postal otoñal o quizás por haberse decidido el entrenador a seguir los consejos de Perogrullo, quien nos consta ha llamado varias veces al Club en los últimos días, el Atleti salió con los jugadores buenos, todos juntos y a la vez. Salió el Atleti con Ujfalusi, y con Maxi y Simão, y con Agüero y Forlán, cinco tipos con la mayúscula ganada a pulso. Tras unos cuantos partidos con un solo punta y muchos mediocentros, volvió el Atleti a casa con dos delanteros frente a un equipo que sólo traía uno. Salió el Atleti, en fin, como hay que salir y terminó haciendo un partido a ratos bueno y a ratos muy divertido.

Salió también el Depor con cara de conmigo no se juega, oiga, y durante un rato hizo frente al Atleti bien plantado en el medio campo con Riki solo cerca de la defensa rival. El Atleti lo intentaba y no conseguía jugar con fluidez, pero transmitiendo más seguridad que otras veces. Sería por estar mejor dispuesto, sería por la fe que transmiten los buenos en el campo, sería porque Ujfalusi mantiene a la defensa en su sitio, no deja pasar a los rivales y saca el balón jugado si hace falta, sería porque los laterales no dejaron jugar cómodos a Guardado, Lafita y compañía, sería porque Leo Franco paró con solvencia un par de tiros claros de los de la Coruña. Sería por lo que fuera pero la imagen que se dio durante el primer tiempo fue poco brillante, algo plúmbea pero también sólida. Parecía importante que el Atleti marcara pronto para evitar problemas más adelante y así ocurrió, de rebote y en un corner, con Perea y Heitinga como protagonistas, sobre todo el segundo por aquello de haber batido todos los records posibles de anotación precoz de goles de rebote por un debutante en la Liga. Uno a cero al descanso, resultado justo si uno mira a los dos palos de Forlán pero quizás no tan justo si uno se fija exclusivamente en el juego desplegado.

Tras el descanso salió el mismo Atleti pero con mejor cara, qué cosas pasan. Poco tardó el Atleti en marcar, esta vez gracias a Forlán, ayer de nuevo un titán. Forlán no sólo marca de tiro preciso y potente o tras inteligente carrera, u obliga al portero rival a volar de punta a punta de la portería. También se desmarca, corre, aporta soluciones a los suyos y multitud de problemas a los rivales. Como en tantos otros partidos Forlán demostró ayer su facilidad innata para el fútbol, para ver los movimientos, para entender los desmarques y para pegarla desde cualquier sitio y con cualquier pierna. Como en tantos otros partidos dejó claro que el mayor problema que podemos verle a Forlán es no haber llegado al Atleti varios años antes. No obstante, y al contrario que en tantos otros partidos, Forlán demostró ayer un cariño verdadero hacia la grada y un respeto profundo hacia el seguidor medio del equipo; hablamos de su negativa esta vez a levantarse la camiseta tras marcar. La oronda grada en pleno, bocadillo en ristre, agradece al uruguayo el gesto de no alardear de torso. Un gran futbolista y todo un caballero.

En el segundo tiempo se vieron cosas interesantes, hasta el punto de que uno se atrevería a decir que se vieron las mejores jugadas de este año en el Calderón. Cambios de juego, jugadas largas, paciencia, criterio, detalles de calidad como la cesión del Kun a Maxi en el tercer gol, fases de continuidad y dominio. Maxi marcó un gran gol tras una jugada colectiva con cambios de banda y adornos útiles. Forlán marcó el último de la tarde tras una jugada rápida de recuperación y triangulación. Ujfalusi impuso durante toda la tarde su personalidad, oficio y clase; Simão lo intentó frente a Manuel Pablo, que lució un físico que le hacía parecer el padre del portugués. Assunçao y Maniche ofrecieron alguna duda más; el primero da estabilidad al equipo y se muestra bien situado, pero no aporta hacia adelante todo lo que alguien en su puesto debería; Maniche aporta cuando cambia el juego y toma riesgos, pero poco cuando se limita a devolver el balón a quien se lo acaba de entregar, forzando que el juego lo construyan los laterales. Perea, de nuevo impresionante en velocidad y físico, salvó balones de mérito y amargó la tarde al visitante a quien tocó marcar. Sólo el Kun pareció algo menos brillante que otras veces, algo más espeso. Y es que no va a jugar siempre como un ángel el chiquillo, digo yo.

Mención especial merece, piensa uno, Valerón. Salió Valerón cuando quedaba un ratito y la afición del Atleti debe agradecer a Lotina el detalle, tanto por habernos dejado disfrutar de él como por no haberlo sacado antes. Salió Valerón y casi ni nos enteramos, y cuando llegó un balón por su zona la grada dijo anda, mira, Valerón. Salió Valerón con ese aire tristón y tímido, las rodillas algo juntas, la mirada despistada y un corte de cuerpo que se le caricaturiza con la edad. Iba Valerón andando por su zona entre fogosos mediocentros de despliegue físico demagógico y media melena empapada de sudor, y parecía que no sabía bien qué hacía ahí con su aire de contable que va a recoger unos impresos. Pero Valerón, ya saben, es así. Le llega un balón a Valerón y le asedia un tipo de dos metros y diez años menos corriendo como un poseso; Valerón da un paso andando hacia un lado y luego andando pero más despacio hacia otro y sigue en el mismo sitio y con el balón mientras que el amenazante atleta que venía echando espuma por la boca está ahora a diez metros preguntándole a un defensa cómo se vuelve hacia el centro, que se ha perdido. Mira Valerón por el ojo de una aguja y da un toque flojito y casi sin querer, un toque que es el reflejo físico de su voz de poca cosa, y deja a un delantero solo delante del portero entre la mirada de los defensas que se preguntan cómo llegó ese balón ahí. Hace Valerón un regate antológico y lo hace como quien compra la prensa, sin alardes, casi pidiendo disculpas, y lo hace rodeado de jugadores con patillitas recortadas y estilismos capilares fashion que celebran los goles imitando la parada nupcial de la avutarda que le miran y no toman nota, aunque debieran. En fin, salió Valerón un rato y el Depor tiró a puerta mucho más que en todo el rato en el que no estuvo él. Valerón, que jugó en el Atleti en un año más bien malo para él y muy malo para el equipo, es de esos jugadores de los que uno hablará a sus nietos tanto por su increíble talento deportivo como por su discreta personalidad; es de esos tipos a los que uno piensa que hay que recibir con una ovación en todos los campos de España.

Jugó en fin el Atleti un partido divertido y ganó con autoridad y brillo, algo que hacía falta a este lado del Manzanares. Y lo hizo con Forlán, a quien se le atribuía un enfado con el mundo, dejando claro que si el Atleti piensa en un jugador-entrenador para el futuro tiene uno con el siete a la espalda. Y con el equipo entero intuyendo cuáles deberían ser sus características, su juego, su misión. Y con una grada contenta una vez más, contenta, que feliz es palabra para un rato mucho más largo.

- Oiga
- Dígame, a ver
- Mire, es que no me creo que Vd, precisamente Vd, no vaya a hablar de Pernía hoy, precisamente hoy.
- Pues no. Hoy no hablo de Pernía porque de Pernía, hoy, habla todo el mundo. Sí, todo el mundo, oiga.


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Epílogo: "Uf, qué lujo", rezaba el titular de la portada del Forza Atleti y el que suscribe y al menos otros veinte o treinta, que tras un rato dejamos de contar, nos quedamos sin palabras. Nuestro héroe el portadista se ha soltado la melena. Advertidos quedan.

lunes, 10 de noviembre de 2008

De cómo, sin darnos cuenta, se nos empieza a ir el tren

El Atleti jugó ayer un partido en el que pareció equivocarse de objetivo, de planteamiento y hasta de rival. El resultado es que, al menos por ahora, los puestos en los que se debería estar a estas alturas de temporada se alejan.


Salió el Atleti vestido de azul en un campo gradas bajas y brava afición, y lo hizo frente a un rival vestido de rojo que aprieta los dientes cuando los fondos tocan a rebato. Así lo hizo el Atleti, motivado y preparado, y cuando se disponía a concentrarse al máximo escuchando los compases del guerrero himno rival, You'll never walk alone, lo que escuchó fue una jota navarra. Y cuando, desconcertados, los jugadores afinaron el oído perdidos en los compases para intentar pescar alguna palabra suelta al vuelo que hablase de la esperanza en los corazones del rival, lo que escuchó fue lo siguiente

No te vayas de Navarra,
Si no quieres que me muera,
flamencona,

No te vayas de Pamplona.
No te vayas de Navarra.

El Atleti había ido a Pamplona pensando que estaba en Liverpool, y salió al Sadar, hoy Reyno de Navarra, convencido de que salían a mantener el resultado, que por algo estaba enfrente el líder de la Premier. Salió con un centro del campo poblado de gente, y salió con un solo punta. Salió con un mediocentro defensivo tras una línea de cuatro centrocampistas, y con Agüero solito delante. Salió a capear el temporal y con ganas de pillar una contra y marcar y meterse en su área a despejar misiles y cortar balas trazadoras, pero se olvidó de una parte fundamental del juego: el rival. Se olvidó Aguirre de que jugaba contra un equipo que llevaba cuatro puntos, hoy cinco, último de la liga española y peor colista de toda Europa. Se olvidó de los pocos puntos que lleva el Atleti y de que si se quiere aspirar a algo es obligatorio, sí, obligatorio, ganar en el campo del colista o al menos intentarlo. Se olvidó el Atleti de las promesas de pretemporada, de las ambiciones en las tres competiciones, de los votos de compromiso, ambición y lealtad a la historia que había hecho a principio de temporada y salió al campo en procesión precedido de la regla de una cofradía que nunca había tenido fieles a la orilla del Manzanares: la Ilustrísima, Reverencial y Patriarcal Hermandad y Archicofradía del Amarre de Inicio, el Perfil Bajo y el Riesgo Justito.

Salió el Atleti de azul y rojo y salió el Osasuna de rojo y azul, como Dios manda, y cuando se armaba una contra y salía rápido hacia la portería rival uno de los dos equipos, multitud de miopes decían en sus casas pero esto cómo puede ser, cuántos son suyos y cuántos nuestros, ese de ahí es de los buenos o es de los malos. La liga, que es un ente caprichoso y veleta y muy amigo de patrocinadores textiles, hace que los equipos cambien de color continuamente con la excusa de que así se ve mejor y no se confunden los propietarios de las televisiones en blanco y negro, como si todavía existiera alguna. El resultado es que los equipos no sólo salen vestidos de mamarracho y con pantalones que no pegan ni con cola en campos en los que de toda la vida se ha llevado el uniforme titular, sino que en ocasiones como la de ayer el colectivo astigmático, al que también pertenece el que suscribe, acaba el partido con dolor de cabeza de tanto entornar los ojos para ver si el que sube la banda es de los nuestros o de los suyos. De esta profusión de camisetas posibles, de la que parece que sólo los fabricantes sacan tajada (y bien pronto también los oculistas), uno empieza a estar más que harto.

El caso es que entre la multitud de centrocampistas visitantes y la multitud de centrocampistas locales y la similitud entre las vestimentas de visitantes y locales, los primeros compases del partido parecían la verbena anual conjunta de los gremios de ferroviarios y monosabios. Sin fluidez, sin iniciativa y sin mucha idea de a qué se jugaba, el Atleti veía pasar el partido como quien ve pasar el tren. La lesión de Perea, un problema gordo a primera vista, terminó por convertirse en el detonante de una de las pocas buenas noticias de la noche: la vuelta de Pablo al mundo de los vivos. Pablo, quien tantas veces nos ha desesperado, salió y jugó y cortó balones e impuso su físico cuando hizo falta, y eso es una buena noticia. También permitió Pablo ver a Heitinga de lateral, puesto en el que parece que aporta más en ataque que Perea y Seitaridis (aunque esto último no es complicado). La otra buena noticia de la noche fue la actuación de Coupet, más sobrio y mejor colocado de lo que nos tenía acostumbrados, quien además paró un penalti, un nuevo penalti inexistente pitado a Pernía, quien de nuevo hizo un buen partido mechado de entradas a destiempo y exceso de ímpetu.

En el centro del centro, el mismo panorama de los últimos partidos: mucho jugador, mucha tendencia defensiva y poca querencia a la creación y el ataque. Raúl García, al que el que suscribe consideraba el año pasado una apuesta segura y un cimiento para el futuro, no aparece. Corta algún balón, pasa al compañero más cercano y santas pascuas. Lo mismo puede decirse de Maniche, ausente durante largos períodos de tiempo aunque acabó el partido de forma notable, con más físico que otras veces; sería una buena noticia que se prodigara más en esa faceta. Maxi, nuevamente, se mostró lejano del Maxi de hace un tiempo aunque su presencia en torno al área rival siempre es peligrosa. Assunçao se limita a cumplir con su papel, algo que sería un buen dato si no fuera porque cuenta a su lado con dos jugadores que se limitan a hacer lo mismo. El centro del campo del Atleti, superpoblado ayer, no se impuso al centro del campo del colista por más efectivos que acumuló. Si hay algún motivo para aliviar la carga del medio campo del Atleti fue el mérito de Osasuna: el mérito de correr, de estar encima, de no dar un metro, de defender con agresividad y ambición, de responder al aliento en el cogote que soplaba desde la grada. El Osasuna, que no parece que ande sobrado de fútbol, sí pareció sobrado de casta aunque uno de sus jugadores, Portillo, sólo pareció sobrado de gomina y de buena prensa. Bien por ellos.

Llegamos finalmente a la parte de arriba. Agüero, solo ante el peligro, hizo uno de los peores partidos que uno le recuerda de rojiblanco. Bien marcado, no tuvo espacios para controlar u orientar balones, y cuando los tuvo no anduvo fino. A veces demasiado individualista, otras veces demasiado espeso, no fue el Kun que queremos ver. La entrada de Forlán y el paso a un 4-4-2 del segundo tiempo alivió a Agüero, como a todos los demás. Forlán, como siempre, se enseña, da alternativas a los compañeros, mete en problemas al rival y crea peligro. Con su entrada el Atleti cambió, y la impresión que tuvimos todos, al menos los miopes que me rodeaban, es que si hubiera entrado veinte minutos antes todo hubiera cambiado. Quizás estaba cargado tras su pelea titánica en Liverpool, quizás no; el caso es que el equipo, sin Forlán, sufre de anemia, depresión, falta de ideas, eczema y flato. Hoy por hoy es difícil jugar sin él.

El cero - cero de Pamplona deja un mal sabor de boca cuando uno piensa a corto plazo y un sabor muy preocupante cuando uno mira un poco más allá. Tras pocas jornadas, diez, el Atleti es séptimo, a nueve puntos de los puestos de Champions, el objetivo mínimo exigible. El Villarreal, el Valencia y el Sevilla, con quien perdió en casa, parecen mucho más serios en su juego y prestaciones. Cierto es que el Atleti ha jugado ya contra muchos de los de la parte más alta, si bien también es cierto que el resultado ha sido pobrísimo, sólo un punto en cuatro partidos. También es cierto que el Atleti, que se ha acostumbrado a mirar hacia adelante, no puede ignorar que con dos puntos menos está el equipo clasificado en decimocuarto puesto. Lo que en Europa se va enderezando, en casa se complica. En los próximos partidos, (Deportivo, Numancia, Racing, Sporting, Betis) todo lo que no sea un buen saco de puntos será un problema difícil de asumir y difícil de justificar para Aguirre, un entrenador a quien más de un partidario, quizás no de su estilo pero sí de sus resultados, empiece a perderle la fe. Y no nos extraña. El Atleti sigue sin patrón, con pruebas en consideración al rival que, si funcionan, se repitan aunque el rival sea otro y se demanden otras cosas. Que se juegue de una manera con un equipo mermado en casa de Liverpool o Villarreal puede tener su explicación; que se aplique la misma medicina en casa del colista es más chocante. Quedan varios partidos por delante en los que demostrar si la tendencia cambia o si la plantilla es corta para tanta competición, como aventuraban muchos. Y Aguirre, entre tanto, se la juega más que nunca.

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El que no se haya comentado hasta ahora no significa que pasara desapercibido, que no lo viéramos, que no nos llamara la atención. Desde hace tiempo lo veníamos diciendo, era demasiado obvio como para que no ocurriera, estaba en todas las quinielas, en las porras, en las apuestas. Alguno pensó en un cambio de dirección, en un propósito de enmienda, hasta en un arrepentimiento. Pero la naturaleza es tozuda y las cosas son como son y las personas son como son y las trayectorias son las que son y la cabra tira al monte. Tras mucho dudar, tras intentar no caer en la tentación, tras resistirse a saltar al abismo en contra de su voluntad y su vértigo, el portadista del Forza Atleti por fín lo hizo, y el sábado pasado abrió número con foto de Sinama y las palabras "Pon Gol" y se quedó tan ancho y de paso volvió por sus fueros. Toda una declaración de principios sobre lo que nos espera. Aturdidos y aliviados a partes iguales por la noticia, nos atrevemos a sugerirle un nuevo e ingenioso juego de palabras para ilustrar la portada, bajo foto de la mugrienta y desdentada mascota que nos avergüenza domingo tras domingo con sus saltitos y su falta de higiene, rodeada de aficionados: "Indy Gente".

lunes, 4 de febrero de 2008

Crónicas desde el pasillo (de salida)

Ayer empató el Atleti en casa contra un equipo del doble fondo de la clasificación, ya lo saben Vds. Empató y lleva un punto de los últimos nueve, lo que parece más bien poca cosa. Y encima el Kun lesionado. Vaya tela.


Salía la gente del campo por el pasillo, ese pasillo por el que se accede a los tercermundistas baños del estadio (algo mejorados desde que estamos en Europa), ese pasillo en el que se agolpa la gente en el descanso para pedirse un bocadillo que te dan en un plástico y para hacer cola por una mísera cerveza de imitación a la que llaman Mixta, toda una tentación para nuestro héroe, el portadista del Forza Atleti. En ese pasillo se han oído muchas cosas y el día que el verdugo vuele el campo, que es algo que ocurrirá aunque Vds no consigan ni quieran imaginarlo, volarán también cientos de miles de gritos de euforia y varios millones de conversaciones interesantísimas que giraron en su día en torno a lo que venimos llamando Club Atlético de Madrid, que es un histórico equipo de fútbol que viste de rojo y blanco y tiene como mascota un mapache de guardarropía.

Salía la gente del campo por el pasillo, decimos, pero podíamos decir que salían por el túnel, o por el aparcamiento o hasta por el almacén de almohadillas y puestos de tarjetas visa. O por la entrada a la plaza de Pamplona desde el tramo de Telefónica, que el día que haya que salir corriendo del campo las montoneras que se harán gracias a los tornos que obstaculizan la salida serán dignas de los encierros de San Fermín. Ahora que lo pienso, poco importa si el pasillo es un pasillo o un corredor o un pasadizo o una galería minera, la verdad, no sé por qué digo yo todas estas cosas, debe ser cosa de la edad.

El caso es que salía la gente por el pasillo tras ver un empate contra uno de los últimos equipos de la liga, tras ver cómo se lesionaba una de las estrellas del equipo, tras ver un arbitraje malo y tras ver signos de que el equipo inicia una cuesta abajo que algunos nos temíamos y muchos conocemos por repetida y previsible. Salía la gente en tropel, gustando como gusta la gente del Atleti de dar ese paseíto antes de salir del campo, despacito, con paso corto de costalero de paso de palio, pegaditos los unos a los otros, conversando y a la vez escuchando la conversación del de al lado, opinando cuando no pueden evitar decir algo porque revientan si no lo dicen, hablando alto por si alguno se anima a debatir o subrayar su opinión. Salía así la gente del Atleti por el pasillo hasta los tornos, donde se estrecha la riada humana en varios pequeños arroyos y luego sale del estadio y se desborda y aquello es un cruce de gente que va para allá y para acá y de niños que se agarran a la mano de sus padres y de grupos que se disgregan y de señores que se pierden y dónde está el abuelo, espera un poco, ahí está, venga Vd abuelo que se pierde Vd, por Dios.

Salía la gente por el pasillo y no bramaba ni vitoreaba ni criticaba ni daba grandes voces pidiendo la cabeza del árbitro ni la repetición del partido ni la sanción a De Coz ni la canonización de la madre de Forlán. No. Salía la gente por el pasillo y hablaba de la hipoteca, y del euríbor, y de dónde estaba aparcado el coche y de que al final ha llovido, también es mala pata, con la buena semana que ha hecho. No se organizaban grupos encaminados a protestar por la política de fichajes, ni cuadrillas espontáneas determinadas a asaltar la sede del colegio de árbitros, ni partidas dispuestas a quemar conventos. Tampoco. Salía la gente tan campante, resignada pero poco enfadada, como si hubieran visto algo que se esperasen, algo que intuyeran, algo que sabían que iba a pasar tarde o temprano.

Algunos, mientras salían por el pasillo, criticaban al árbitro y ya de paso a los árbitros en general por permitir que al Kun se le sacuda una y otra vez sin que pase nada. Se extrañaban los que salían por el pasillo de que al Kun le piten faltas y faltas en todos los partidos mientras que a sus verdugos les pitan muchas menos; comparaban el tratamiento que recibe el Kun por parte de los árbitros con el que reciben otras estrellas del campeonato y se preguntaban estos señores que salían por el pasillo por qué la directiva no hace algo, por qué no habla, por qué no defienden los intereses de los jugadores que son, al fin y al cabo, los mismos que los de los aficionados en algunos casos (y en otros no). Discutían sobre si el pisotón de De Coz había sido intencionado y dudaban de la inocencia del mismo visto que el tal De Coz se había pasado la primera parte dando la tabarra a Agüero a ver si le tiraba un manotazo que le permitiera saltar al suelo con grandes aspavientos de dolor para así provocar que el árbitro echase a Agüero, que esto ya le había funcionado al Espanyol, que es un equipo de Barcelona que tiene como mascota un perico de un tamaño descomunal. En el fondo, muchos de los que salían por el pasillo sabían que esto iba a pasar, que tarde o temprano algún cazurro cazaría a Agüero y que estaba tardando en lesionarse.

Hablaba también la gente que salía por el pasillo de lo vacío que estaba el campo, del aspecto tristón de la grada, de las sillas que se veían por todas partes. Hablaban también de Raúl García y de que había estado más discreto que otras veces, y de la cadencia tarjetera de Motta, cuyo ritmo de sanciones por acumulación de amonestaciones empieza a parecer tan previsible como las mareas o los ciclos hormonales, y eso que ayer apareció más bien poco. Se preguntaban qué había pasado con Simao y uno con un transistor decía que se había resentido de la lesión; hablaban bien de Miguel de las Cuevas y hablaban mal de Pablo aunque ayer lo hizo bien. Decían también que Maxi no está para muchos trotes y aún así había hecho en la primera parte un pase y un tiro que habían sido de lo mejorcito de la tarde, aunque a última hora pifiara un pase claro a Forlán por querer meterla él tras una buena jugada colectiva de contraataque. Comentaban algunos que lo de Maniche parece haberse notado y mucho, que Luis García alterna buenas cosas como el gol de ayer con intervenciones desesperantes, centradas en hacer lo más complicado, y a mitad de esta conversación algunos se iban al baño que queda un rato luego en metro hasta casa y no veas lo mal que lo pasé el otro día.

La conversación era monótona y algo tristona hasta que uno sacaba el nombre de Eller y su llave de judo, tan innecesaria, tan visible, tan torpe. A Eller se le ponía como hoja de perejil a la altura del giro del pasillo que conduce ya hacia la salida, tras las escaleras. Eller desespera a la gente que va por el pasillo el día que no es Pablo el que lo hace, aunque lo normal es que también Perea vaya incluido en el grupo desesperador, un grupo en el que siempre está ese tipo simpático, Pernía, Mariano. Eller hizo ayer un penalti y le faltó avisar antes, eh, oiga, árbitro, mire, que voy a hacer un penalti, luego no diga Vd que no le he avisado, advertido queda Vd y ahora voy a infringir, que se hace tarde. Además ayer Eller subió el balón varias veces, algo que provocan los equipos contrarios a sabiendas de que no hay un solo defensa en el Atleti que sepa sacar el balón jugado con solvencia: esto, empero, no preocupa en exceso al cuerpo técnico, que ve dotes sobradas de conductor de juego en todos y cada uno de los jugadores de la línea defensiva excepto, si acaso, Pernía, Mariano.

Se encendía un poco más la conversación y alguno, envalentonado y con prisas dado que se empezaba a subir la escalera que lleva a la calle, demostraba su enfado. Para ello se aferraba a lo que podía, maldecía contra Lizondo y su manía de pitar algo cada tres segundos, lo hacía también contra ese línea que ocupaba la parte derecha del ataque del Atleti en el segundo tiempo, que primero pitaba y luego decidía qué había pitado según bramara el respetable. Se mostraba ofendido por el color kiwi de la equipación del Murcia, por el look apostólico de Pablo García, por el esquijama granate con el que calentaba el rival y por la levita impermeable de los del banquillo visitante.

Alzaba aún más la voz, y en esto le doy toda la razón, denunciando que el Club recibe a los jugadores tras el descanso desde hace dos partidos con los compases de “Eye of the Tiger” de Survivor, atroz tonada que sirve como himno oficioso a la sección de baloncesto del otro equipo grande de la capital. El Club pudo elegir entre miles de canciones y se quedó con la peor, al igual que pudo elegir a miles de mascotas y se quedó con Indy y sus problemas dentales. Pudo elegir cualquier otra, pudo hacer un encargo, pudo pedir consejo, pero nada. Sin quedarse calvo pudo elegir “C´mon feel the noise” para así llamar a la gente a dar voces, o pudo elegir “Guitar and Drum” en atención a los fans de Stiff Little Fingers, que por la grada de lateral somos muchísimos. Pues nada. Pudo elegir “(The angels wanna wear my) Red Shoes” en homenaje a Forlán, o hasta una jota manchega para animar a Pablo en estos momentos difíciles, pero no. No. Tuvo que elegir “Eye of the Tiger”, ni más ni menos, toma ya. Hay cosas que no son de recibo, hay cosas a las que no hay derecho, hay cosas intolerables. Seguro que ha sido el del Forza Atleti.

Llegando a la salida la gente se callaba. Pensaba, sí, pero no hablaba, quizás no mereciera la pena hablar. La gente sabía que el equipo bajaría en un momento dado de la temporada, como ya pasó la anterior y la anterior y la anterior a la anterior. En los momentos de euforia de hace unos meses, cuando se llamaba visionarios y aguafiestas a los escépticos, en el fondo los señores del pasillo sabían que esto podía pasar y que casi seguro pasaría. La temporada había empezado mucho antes que otros años, por lo que se esperaban el bajón también antes que otros años pasados, en los que ocurría en Marzo. El equipo pierde fuelle, algunos de los jugadores importantes acusan el esfuerzo y las carencias de defensa y medio campo salen a relucir con más brillo ahora que los jugadores que apagan los fuegos tienen bastante con sanar sus propios achaques. La afición mira de reojillo al Valencia, el equipo al que nosotros mismos devolvimos al reino de los vivos, y al Sevilla, que vuelve a dar síntomas de recuperación. Con el Kun desprotegido, Maxi lejos de su mejor momento, Forlán saturado de partidos, Raúl García recién salido de una lesión y Motta a tarjeta por partido, las cosas no son tan fáciles como antes, como en los partidos pasados en los que también la suerte jugaba a ratos del lado rojo y blanco.

Llegan partidos complicados, rachas difíciles, vuelve la UEFA y varios jugadores no están como estaban. La plantilla sigue siendo tan corta como hace unos meses, pero ahora se nota más. Llegan días complicados, días de dar la talla, días también de exigir compromiso y esfuerzo y ganas, de exigir también que se acaben los timos, que no nos cuenten milongas sobre plantillas extraordinarias diseñadas para ganar la liga, sobre objetivos menores convertidos en hazañas hercúleas. Llegan también días en los que hay que exigir desde y hacia la grada, en los que no se puede asistir como si tal cosa al espectáculo de una afición silenciosa, resignada al anual bochorno de ver cómo el equipo baja el rendimiento mientras desde la prensa se lanzan nombres desconocidos con honores de estrella mundial para acallar, por si las moscas, el run rún crítico que antes emitía la grada cuando el equipo quedaba segundo. Llegan días para apretar los dientes, para no dejar pasar una, para tragar saliva, para ser del Atleti de verdad.