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lunes, 14 de diciembre de 2009

UN PARTIDO FRÍO


Por Jesús Doggy, desde una banda.

Vayamos por partes. Llegaba el Atlético de Madrid a la decimocuarta jornada liguera con el engañoso aspecto del que viene de lograr dos solventes victorias ligueras consecutivas y de dar un grosero petardazo para celebrar el que, desgraciadamente, puede haber sido el último partido de la máxima competición continental disputado en el estadio Vicente Calderón. Enfrente, un Villarreal, este sí, al alza. El partido se había vendido, inconcebiblemente, como un duelo entre equipos similares, grandes en horas bajas, candidatos a Europa bregando al filo del abismo. En fin, esas cosas. Una comparación tan engañosa como la estadística, pues el Villarreal de Ernesto Valverde en nada se parece al deshilachado despojo en que ha devenido el Atlético de Madrid. Uno mira al Villarreal y reconoce un proyecto de equipo, una trayectoria coherente en el mercado de fichajes –con sus inevitables errores, algunos de bulto-, el gusto por un determinado perfil de jugadores y, sobre todo, la confianza de estar en el camino correcto. El Villarreal, finalizado el brillante quinquenio del Ingeniero Pellegrini, fichó a Ernesto Valverde, un excelente entrenador que combina rigor táctico con una clara apuesta por el dominio de los partidos, convencido de que era el sustituto ideal. Al Txingurri se le dio un buen equipo ya formado al que se añadieron un par de retoques bien pensados por la magnífica secretaría técnica del club. El nuevo proyecto ha tardado en carburar, pero visto lo visto ayer, en un helador estadio Vicente Calderón, parece que ya arranca. El Atlético de Madrid, por el contrario, es un equipo gripado, que podrá pegar algún loco acelerón de vez en cuando, pero que necesita urgentes cambios, especialmente una junta de la culata nueva. El Atlético de Madrid, sin proyecto definido de equipo, sin un atisbo, no ya de coherencia sino de la más elemental profesionalidad y sentido común, en su política de fichajes, sin la más remota idea del tipo de jugador que puede o debe vestir la elástica rojiblanca y, sobre todo, con la certeza evidente de ser un club a la deriva, en nada se parece al Villarreal. Frente al Villarreal, lo único que el actual Atlético de Madrid puede esgrimir es su Historia. Y, reconozcámoslo, ese es un argumento muy pobre. El Atlético de Madrid puso fin de mala manera al honesto, profesional y cumplidor ciclo de Javier Aguirre no sé sabe muy bien por qué, salvo que fuera para apaciguar a una grada enloquecida por la rabia y la frustración. El Atlético de Madrid, sin que se sepa muy bien por qué, salvo que fuera porque era barato y porque podía calmar a esa hastiada grada, sustituyó al aguerrido mejicano por un veterano de la casa, Abel Resino, un entrenador sin experiencia en el máximo nivel, partidario al parecer de adelantar la defensa a toda costa. A Abel Resino se le dio un deslavazado grupo de futbolistas, digamos un equipo, al que, posteriormente, se le extrajeron varias piezas interesantes para cederlas a otros equipos y al que, finalmente, se le escaqueó un titular importante con nocturnidad y alevosía. La infame e indigna secretaría técnica del club gastó el poco dinero disponible en la compra de un jugador tan prometedor como innecesario, convenció con una buena ficha a un veterano central internacional del Betis e hizo retornar a dos jugadores que ya habían demostrado su falta de valía para jugar en el estadio Vicente Calderón. El Atlético de Madrid despidió pocos meses después al susodicho Abel Resino y, sin que se sepa muy bien por qué, le dio el mando de los restos del naufragio a un señor que responde a las iniciales de QSF, reconocido estratega, entrenador de los llamados de pizarra, con un indisimulado gusto por amarrar los resultados.

Está claro, pues, que no se trataba de un duelo entre equipos similares, ni siquiera parecidos. Para mayor abundamiento, el único jugador de jerarquía del equipo, el único jugador capaz de marcar la diferencia, el llamado jugador franquicia, se quedó en la grada aquejado de dolores que hacen temer por una inminente y trágica lesión. La evidente diferencia entre ambos equipos se demostró en toda su crudeza ayer, durante la primera media hora del encuentro. El Villarreal presionó arriba y presionó bien, el Villarreal junto bien las líneas adelantando la defensa al medio del campo y achicando con sentido, el Villarreal juntó en el centro a Cani, a Cazorla y a Senna combinando y conectando con los inquietos y punzantes Fuster y Rossi y barrió del campo al Atlético de Madrid pese al denodado esfuerzo de un señor negro, calvo y profesional al que cariñosamente apodamos Asunción (y que, como usted habrá sin duda ya adivinado, volvió a ver, lógicamente, una tarjeta amarilla). En tan sólo media hora de juego, para ser exactos en 35 minutos, se vivió en el estadio Vicente Calderón un resumen diáfano de lo que se ha dicho en el párrafo anterior. El Villarreal hizo lo que quiso, y por donde quiso, con un Atlético de Madrid que, por momentos, pareció ridícula caricatura, absurdo remedo, innoble banda. Espantoso en defensa, con Valera superado una y otra vez, con Perea y Juanito inermes, ausentes y enervantes, con un Ujfalusi voluntarioso pero fuera de sitio. Intolerable en el medio, con un Simao muy irregular que tuvo que hacer de medio centro ante la enésima no comparecencia de un medio fantasista que tenemos, que dicen que es muy bueno, con Asunción literalmente desesperado y con un Jozean Reyes que fue el único que parecía saber jugar al fútbol de los nuestros. Que ya es triste, como dice un buen amigo. Y sonrojante en la punta del ataque, perdón, del ataque fantasma. Porque ayer, en el estadio Vicente Calderón, uno miraba al ataque del Atlético de Madrid y veía dos fantasmas, dos espectros, dos hologramas. Ayer, en el estadio Vicente Calderón, uno miraba la punta de lanza del Atlético de Madrid y no daba crédito, porque veía dos réplicas exactas, pero idénticas, de Diego Forlán y de Maximiliano Rodríguez, sabiendo, sin embargo, que es de todo punto imposible que esos dos patéticos bultos sospechosos que veía fueran verdaderamente Diego Forlán y Maximiliano Rodríguez.

En esos 35 minutos el único jugador del Atlético de Madrid que cumplió con su trabajo fue un Pobre Porterito Palentino, discutido y condenado por muchos ya desde el día de su presentación, como si el PPP tuviera alguna culpa de ser un joven y prometedor cancerbero que no le hacía ninguna falta a un equipo sobrado únicamente de eso, de jóvenes y prometedores guardametas. El Villarreal pudo marcar a los dos minutos, pero el PPP salió rápido y bien a los pies de Fuster que retrató a Perea en la primera que tuvo (Perea, por cierto, le propinó poco después uno de esos codazos absolutamente necios suyos con los que trata de justificar su injustificable presencia en el terreno de juego, esta vez, por suerte para el equipo, el árbitro no le vio). Tres minutos después era Cazorla el que chutaba, cómodo y con espacio, desde la frontal y el PPP, adornándose en exceso en un gesto palomitero de los que gustan de afearle sus detractores, desvió a córner. Dos minutos más tarde era otra vez Fuster el que probaba desde lejos al PPP que esta vez realiza una intervención de mérito para desviar a saque de esquina. En el minuto diez le tocó a Cani reírse de la zaga rojiblanca, aunque no atinó con un remate cruzado ante la alocada y mal calculada salida del PPP. Cinco minutos más tarde, Rossi disparaba, de nuevo sin oposición, desde la frontal, y su disparo se perdía fuera por poco, por muy poco. Poco después, de nuevo Rossi probaba suerte y el PPP detenía con apuros en dos tiempos. Increíblemente, tras el inapelable baño de juego y ocasiones recibido, el Atlético de Madrid se adelantaba en el marcador gracias a un exquisito pase interior de Jozean Reyes (poco antes le había dado otro igual a Maxi, sancionado con un inexistente fuera de juego) a Simao, que el portugués convertía en gol con elegancia y sangre fría. Increíblemente, después de la incontestable superioridad demostrada por el Villarreal en todos los aspectos del juego, el Atlético de Madrid se iba a la inmerecida ducha con ventaja en el marcador y los rumores de una grada con principio de congelación se tornaban sonrisas cautelosas.

Si en la primera mitad quedó claro que el actual Atlético de Madrid no puede jugar de igual a igual con el actual Villarreal, en la segunda parte se demostró que el actual Atlético de Madrid no vale siquiera para defender un marcador a favor y salvar los puntos. A los tres minutos de la reanudación, un jugador llamado Capdevila, uno de los titulares de aquel Atleti que se fue a Segunda, ahora convertido en internacional absoluto indiscutible y Campeón de Europa, centró tranquilamente desde su banda izquierda, un centro templado y muy lejano que el joven Fuster, en el balcón del área chica, remató abajo, como mandan los cánones, imponiéndose por enésima vez a Juanito y batiendo a un PPP que dudó donde no se duda y recogió el balón del fondo de su portería como el que tiene una certeza inútil. El Atlético tuvo una ocasión aislada, pero muy clara, en las botas de un replicante que se parece a Maximiliano Rodríguez como una gota de agua a otra gota de agua; mientras el Villarreal encadenaba, una tras otra, situaciones magníficas para marcar: la tuvo Rossi, pero remató fuera, otra vez por poco, la tuvo Escudero, pero su remate, que probablemente se colaba, pegó en Asunción, la tuvo Marcos Senna, ayer, por momentos, pletórico, al que le faltó precisión y la tuvo el central uruguayo Godín que erró clamorosamente rematando alto cuando estaba solo dentro del área. En el banquillo del Villarreal, Ernesto Valverde hizo tres cambios, refrescando en el momento justo a su equipo en el centro del campo y en el ataque. En el banquillo del Atlético de Madrid, QSF no se atrevió a quitar al golem rubio que algunos dicen que es el mismo delantero uruguayo que ganó la última Bota de Oro del fútbol europeo y, en su lugar, optó por retirar, bastante tarde, al inoperante sosias de Maximiliano Rodríguez. Poco después se lesionó Jozean Reyes, volteado salvajemente en un choque con Diego López, y QSF tomó la extraña determinación de dar entrada a Ignacio Camacho. El canterano tuvo la mejor ocasión del Atlético de Madrid, pero remató alto, en inmejorable posición, un saque de esquina botado por Simao. Se cumplía entonces el minuto 90, pero aún tuvo tiempo el Villarreal de marcar el gol del triunfo y de fallar una nueva ocasión. Escudero se marchó por la banda izquierda, defendido por la acuosa mirada lejana de Valera, centró al borde del área chica y Juanito, apurado por Joseba Llorente, se marcó en propia meta el gol del triunfo castellonense. Con el Atlético de Madrid ya definitivamente descompuesto y la grada finalmente gritando las verdades del barquero, que riman en il y en ón, el PPP salvó una doble ocasión saliendo valientemente a los pies de Escudero, primero, y de Joseba Llorente, después.

Turienzo Álvarez, que sin influir en modo alguno en el marcador, realizó un arbitraje paupérrimo, plagado de fallos de apreciación y de errores técnicos, pitó el final del partido, momento que aprovechó un impersonator del rubio delantero centro del Atlético de Madrid para conversar muy sonriente con sus presuntos compatriotas Godín y Eguren a propósito de las vacaciones navideñas en las playas de Punta del Este, del nuevo aspecto de Indy, la mascota del Atlético de Madrid, que ahora saca la lengua donde antes mostraba sonrisa mellada y, sobre todo, de la portada de la inefable revista Forza Atleti. Como decía mi abuelo, yo, por si acaso, me vine.

viernes, 23 de octubre de 2009

¡QUIQUE VETE YA!

Por Jesús Doggy, en conexión telefónica desde la Puerta 0.


Esperpento. Sainete. Vodevil. Ridículo. Surrealista. Grotesco. Lamentable. Absurdo. Circense. Patético. Infame. Sonrojante. Inverosímil. Dantesco. Indignante. De chiste. Kafkiano. Son muchos los calificativos que uno ha oído en las últimas 24 horas para tratar de explicar lo que, en ese lapso, ha ocurrido en el club Atlético de Madrid. Es difícil resumirlo, sí, pero yo tengo muy claro el adjetivo: triste. Los últimos acontecimientos sólo pueden calificarse de tristes para todos aquellos que sentimos al Atlético de Madrid como parte fundamental de nuestras vidas.

Se sabía que Abel Resino no era del gusto del cooperador necesario que figura como Presidente del club. No, no lo era. El cooperador necesario prefería a Juande Ramos. Se sabía que a Abel Resino le fichó el delincuente prescrito que figura como Consejero Delegado del club aunque tal vez prefiriese a otro. Puede incluso que el delincuente prescrito prefiriera a un robot para manejarlo con un mando a distancia desde su todoterreno de alta gama mientras circunvala una y otra vez, obsesivamente, la M-30. Tal vez. Lo que se sabía es que Abel Resino debía hilar muy fino, muy fino, muy fino esta temporada con una plantilla corta y descompensada, sin refuerzos y abiertamente enfrentado al individuo que, contra toda lógica, el delincuente prescrito ha situado como Director Deportivo del club. Un individuo especializado en decir muchas palabras necias y en fichar muy pocos futbolistas válidos. Su último logro fue vender a un jugador titular, Johnny Heitinga, dos días después de empezar el campeonato y, acto seguido, declarar que ese puesto estaba cubierto con otros tres futbolistas, Pablo Ibáñez, Luis Amaranto Perea y Juan Valera, de los que, curiosamente, tenía apalabrada su venta diez días antes. En fin.

El equipo de Abel Resino completó el pasado miércoles, en Londres ante el Chelsea, un arranque de temporada paupérrimo, de los peores que se recuerdan: dos derrotas y un empate sin goles en Liga de Campeones; además de una victoria, tres empates y tres derrotas en el Campeonato Nacional de Liga. El cese de Abel Resino era cuestión de horas y los rumores, cada vez con más insistencia, empezaron a dispararse. La jornada del jueves resultó casi cómica: Abel Resino entrenaba, el delincuente prescrito desaparecía, el cooperador necesario se infatuaba y el individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo se dedicaba a hilvanar sus frases cuajadas de palabras necias en distintos medios de comunicación mientras su teléfono móvil echaba humo. El individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo, temeroso de que el sustituto de Abel Resino fuera un sobrino (tal vez un nieto) de Lola Flores, declarado enemigo suyo, trató de contratar por teléfono a un entrenador danés especializado en defensas de mantequilla y vanguardias alegres y partidario, por dejación de funciones, de que los jugadores se organicen en el campo y fuera de él como mejor les parezca. Desacuerdos sobre la duración del contrato, así como desconfianza en cuanto a las garantías de cobro de ciertos pagarés emitidos no se sabe bien si en las Islas Caimán o en Abu Dhabi frustraron dicha operación. El cooperador necesario pensó entonces en un entrenador italiano calvo y feo y el individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo volvió a descolgar el teléfono para enterarse de que: a/ el entrenador italiano tiene desde hace meses un acuerdo verbal con el Zenith de San Petesburgo con unos emolumentos tres veces superiores a los que hipotéticamente hubiera cobrado gracias a unos pagarés emitidos no se sabe bien si en las Islas Caimán o en Abu Dhabi; y b/ que dicho entrenador italiano sólo faltaría a la palabra dada a los multimillonarios rusos si el AC Milan llamara a su puerta. Concluido su trabajo, el individuo que, contra toda lógica, ejerce como Director Deportivo se fue a la cama, no sin antes pasar por una radio y asegurar que Abel Resino no había sido cesado porque no había podido ponerse en contacto telefónico con él. Que lástima.

Hoy, viernes, los medios de comunicación estaban citados en el Vicente Calderón a las 11 de la mañana para un entrenamiento a puerta cerrada y para la tradicional rueda de prensa previa al partido del entrenador del equipo, señor Abel Resino. A las diez y cuarto de la mañana todos los medios de comunicación recibían una llamada indicándoles que se dieran mucha prisa, que el entrenador Abel Resino iba a dar la rueda de prensa a las diez y media y que no iba a entrenar. A las diez y media entraban en la sala de prensa del Vicente Calderón el citado técnico señor Resino, así como el individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo. Este individuo señaló que se “había llegado a un acuerdo para que Abel Resino no dirija al equipo”. El señor Resino, por su parte, aseguró que “quién lo ha dado todo no está obligado a más, ¿no?”. El individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo añadió que Santiago Denia ejercerá mañana de entrenador y que esta noche se concentrará con el equipo junto a los señores Bastón, Peiró y Sabas. El señor Resino sentenció que “con un par de victorias esta situación se revertirá” y deseó lo mejor a su sucesor y al equipo, en tanto que el individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo respondió de mala manera a una periodista que le preguntaba sobre el teléfono del ya ex técnico rojiblanco y sobre unas llamadas matutinas de las que habló por la noche. Parece lioso pero no lo es tanto. En estas, eran ya las doce de la mañana, el equipo había entrenado bajo las órdenes de Santiago Denia que debía comparecer en rueda de prensa tras ser los medios presentes informados de los 18 convocados para el partido ante el Mallorca. Pero el señor Denia no comparecía y no se ofreció la lista de convocados. El cooperador necesario, entre tanto, hablaba por teléfono con un amigo del delincuente prescrito, apellidado Quilón, que no es representante de artistas aunque lleve los asuntos de un sobrino (tal vez un nieto) de Lola Flores. Del delincuente prescrito nada se sabía. Finalmente, tras tensas negociaciones, compareció en rueda de prensa el señor Denia, Santiago, quién dijo que “no, no es un papelón coger el equipo ahora” y que, en todo caso, piensa disfrutar estas 36 horas “como un sueño”. Mientras en Madrid el señor Denia soñaba despierto, en Valencia el señor Quilón arrancaba su vehículo de alta gama y enfilaba la A-3 en dirección a Madrid con el mandato de un sobrino (tal vez nieto) de Lola Flores de cerrar su fichaje por el Atlético de Madrid.

Y a mi, que soy un antiguo, todo esto me parece triste. Muy triste.

jueves, 1 de octubre de 2009

CRÓNICA OPTIMISTA DE UNA DERROTA ENGAÑOSA

Por Jesús Doggy, enviado especial a un bar.


Empecemos por los hechos que, como todos ustedes saben, tienden a ser tozudamente objetivos. El Atlético de Madrid, tras una pretemporada esperanzadora con una plantilla corta y descompensada que, a última hora, recibió una inesperada puñalada trapera, ha jugado siete partidos, cinco de Liga y dos de Liga de Campeones, y todavía no conoce la victoria. Ha perdido tres encuentros y ha empatado otros cuatro. Ha recibido 15 goles y tan sólo ha marcado 7. El Atlético de Madrid es último de su grupo en la máxima competición continental y antepenúltimo en la Liga. Interpretaciones caben unas cuantas, pero esta, desgraciadamente, es la única realidad.

No resulta, por tanto, extraño que una negra nube de espeso pesimismo se observe estos días flotando alrededor de las cabezas de los seguidores atléticos, tan dados, pobrecitos ellos, a la tragedia. El aficionado rojiblanco –pobrecito él- deambula estos días cansado, hastiado, harto; desesperado finalmente, tras muchos años (22 para ser exactos) de empobrecimiento deportivo, vergüenza institucional y pérdida de valores del club de sus amores. El aficionado rojiblanco –pobrecito él- a estas alturas no sabe ya si bajar a la calle en busca de algún bar que emita el partido europeo de su equipo o, directamente, meterse en la cama a las nueve menos cuarto tras ingerir una dormidina con un vasito de leche caliente y una cataplasma en la cabeza. Los que optan, tras mucho renegar, por la primera opción, se encuentran con que la tarea es ardua: a esa misma hora disputa su compromiso europeo otro equipo grande de la ciudad, el que goza de bulas bancarias y preside un señorón financiero que regresó a la presidencia andando sobre las aguas, como un Mesías con gafas. En fin, que el aficionado atlético –pobrecito él- tras una intensa búsqueda, muchos cruces de miradas y dos o tres sofocones consigue ponerse frente a un televisor que emita el partido de su equipo.

En esas, el aficionado rojiblanco –pobrecito él- descubre que Luis Amaranto Perea se ha convertido en lateral izquierdo, que Thomas Ujfalusi se apresta a defender desde el lateral derecho y que, por consiguiente, el equipo empieza el choque con cuatro centrales. Descubre también que, de nuevo, es Maximiliano Rodríguez el que paga los platos rotos para que juegue un tal José Manuel Jurado, un mediocampista, mediomediapuntista, mediofantasista, mediofutbolista gaditano que, en realidad, sólo ha medio rendido como segundo medio delantero en un equipo de medio pelo. En fin, flanquean al blandengue medioregista el imperial Paulo Assunção y un señor de aspecto rarísimo que se llama Cleber Santana y del que uno, verdaderamente, no sabe muy bien que pensar. Atacan, sobre el papel, Diego Forlán, Sergio Agüero y Simão Sabrosa. Entretanto, el aficionado rojiblanco –pobrecito él- ve calentar a una bestia parda brasileña que se llama como el superhéroe verde de la Marvel y le da el tembleque acordándose de lo del año pasado.

Y hete aquí que comienza el choque. Y hete aquí que tras intentarlo un par de veces por su banda, la izquierda, la bestia parda brasileña decide cambiarse de lado para encarar a un Luis Amaranto Perea al que las crónicas trituran, pero que, sin embargo, no estuvo mal. De hecho, rememorando su rendimiento en las dos últimas temporadas, estuvo bastante entonado. Lo mismo ocurrió con el resto de la defensa. Se ha convertido ya en un tópico decir que la defensa del Atleti hace aguas, que es de chiste, que no vale, que es ridícula, que trata de arrancarlo, Carlos… Cuando la tozuda realidad nos enseña que en ningún equipo de nivel defienden sólo los cuatro de atrás, pero, bueno, eso son ya batallas perdidas. En Oporto, los cuatro de atrás estuvieron razonablemente bien: Pablo en su mejor versión; Juanito demostrando una vez más que tiene orgullo profesional y que ha venido a sumar y no a jubilarse; Ujfalusi, como casi siempre, un valladar y exhibiéndose como el mejor lateral derecho de la plantilla y Luis Amaranto, ya se ha dicho, razonablemente bien teniendo en cuenta que le tocó bailar con la más fea, esto es, con la bestia parda brasileña.

Avanzaba el partido y se veía a un Atleti serio y concentrado, que no dejaba jugar al Oporto y que gozó de dos o tres ocasiones con disparos lejanos de Agüero o de Forlán que desvió sin problemas un tal Helton, un guardameta al que el año pasado le metían tres goles cada dos tiros a puerta y que, anoche, fue, junto a la bestia parda brasileña, el mejor de su equipo. Destacable, por lo inusitadamente mediocre de su estado de forma, fue lo de Simão. El portugués ha comenzado la temporada bajo mínimos y el equipo lo nota. Tuvo dos buenas ocasiones en la primera mitad y las mandó al limbo. Forlán estuvo batallador y con ganas como cuarto centrocampista, el problema es que cuando el uruguayo se aleja de la portería, se le notan mucho sus pocos defectos (malos controles, falta de pausa, escasa calidad combinativa) y apenas se aprecian sus enormes virtudes. Y, además, no está fino Forlán, no, ni mucho menos: pifió, completamente solo en la frontal del área, una magnífica jugada ensayada de corner, un tiro fácil de esos que, la temporada pasada, hubiera elegido por que palo lo metía. Arriba, como una isla rodeada de piratas, estaba el Kun Agüero, siempre hambriento y pundonoroso, vaciándose físicamente, que fue de más a menos.

El Atleti parecía un equipo serio y concentrado como visitante en un campo difícil. Tenía el partido controlado y había gozado de las mejores ocasiones para marcar, abundando en la mejora que se observó en Mestalla, donde se empató in extremis un partido en el que se hicieron méritos y ocasiones suficientes para ganar. Y en esas se lesionó Roberto. Nuestro espigado guardameta, repescado del Recre en una extraña operación este verano, sería el jugador con peor suerte del equipo de no existir el pobre Juan Valera. Roberto se resintió al despejar una cesión atrás y, poco después, se rompió definitivamente tras despejar con apuros un balón que entraba pegado al larguero. Tiene para cinco semanas de baja. La lesión de Roberto posibilitó la entrada –y, de paso, el debut con el primer equipo- de David De Gea, un portero con cara de niño del que venimos oyendo hablar maravillas casi un lustro, pese a que el año pasado perdió la titularidad en la Selección Sub-20 y en el Atlético de Madrid B. Quedó claro, visto lo visto, que De Gea es un portero sobrio, con buena colocación, buenos reflejos, buena salida por alto así como listo y rápido para lanzar las contras. Son las cosas que pasan en este equipo: el tercer portero, el que se iba a ir cedido al Valladolid, al Numancia o a la Unión Deportiva Las Palmas porque no convence a un señor con gafas necias que no entiende muy bien lo que es el Atlético de Madrid, va a ser el portero titular en el momento más delicado de la temporada, incluyendo la visita a Stamford Bridge. Esperemos, por nuestro propio bien, que siga en la línea de lo mucho bueno que mostró en Oporto.

Tras la ducha, el Atlético se fue aún con más claridad a por la victoria, ahogando a un Oporto que, para desesperación de su técnico, caía una y otra vez en el fuera de juego. Los rojiblancos acumularon cuatro oportunidades claras, incluyendo un trallazo de Ujfalusi tras la mejor jugada colectiva del partido, que Helton mandó a corner con apuros. Simão lo botó bien esta vez, templado y al balcón del área chica, y el buen testarazo de Juanito se fue levísimamente por encima del larguero. Otra más, la más clara, que no entraba. Maxi Rodríguez entró por Simão y el Oporto, presionado por su público, empezó a probar a De Gea con lanzamientos lejanos. El jovencísimo e imberbe guardameta respondió con agilidad y temple. Y en esas llegamos al fatídico minuto 30. La bestia parda brasileña encara a Luis Amaranto en el pico del área, se va, remata con la diestra al muñeco y De Gea repele dejando el balón muerto en el borde del área pequeña, la bestia parda brasileña intenta engatillar con la zurda pero la pifia y se queda con el balón muerto a sus pies, se la da con la diestra a Radamel Falcao que marca de tacón, al estilo de Rabah Madjer, aquel fabuloso delantero argelino del Oporto que ganó, junto a Paul Futre, una Copa de Europa. Ahí acabó el partido. Quedaban todavía 14 minutos, pero el encuentro estaba sentenciado. Abel Resino, que tenía a Sinama el Ignoto preparado para saltar al campo, lo sentó y metió a un tal Reyes por el medio intrascendente José Manuel Jurado. Todo daba ya igual, incluso esas rarezas. El Oporto, para más INRI, se permitió marcar un segundo tanto tras un saque de corner rematado maravillosamente por Bruno Alves que se impuso en las alturas a Pablo y Juanito. Rolando sólo tuvo que empujar a la red el balón repelido por el poste.

Y, así, cariacontecidos, volvemos al principio de esta apresurada crónica: el Atlético ha jugado siete partidos de competición y todavía no ha ganado ninguno. Nuestro capitán de facto juega ahora en el Everton, nuestro todocampista con galones y carácter tiene un pie roto, nuestro canterano más carismático trata de acelerar su recuperación tras una operación de cadera y nuestro Mariano se recupera de un accidente de coche que le pudo costar la vida. Tenemos al portero titular y al único central zurdo de la plantilla haciendo turismo por Egipto, mientras el entrenador-pantalla, cuestionado desde el primer día, entrena con catorce futbolistas, incluyendo a un tal Reyes, al medio pelo gaditano, a Sinama el Ignoto, al muy tocado físicamente capitán del equipo y a un señor muy raro, del que uno no sabe bien que pensar, que se llama Cleber Santana.

Total que, en estas circunstancias, el aficionado atlético –pobrecito él- se prepara, tan contrito y temeroso como iracundo, para recibir el sábado a las diez de la noche al Zaragoza en el estadio Vicente Calderón. Y ya hay aficionados atléticos –pobrecitos ellos- que piensan que si después de tanto clamar al cielo sin respuesta y de tanto ver cerradas las celestiales puertas, habrá de ser el cielo quién responda de sus actos en la tierra. Porque esto, señores, empieza a parecerse demasiado a una tragedia.

lunes, 20 de julio de 2009

Un bolo serrano

De nuestro enviado especial, Jesús Doggy.
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De la distinguida Toscana al mucho más distinguido Colmenar Viejo. Así se gastan en este blog.
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La Agrupación Deportiva Colmenar Viejo es un esforzado y voluntarioso equipo de fútbol, fundado en junio de 1967, que esta temporada, la que ahora comienza, jugará por quinta vez en su historia en Tercera División.

Para celebrarlo, el equipo colmenareño –uno de cuyos patrocinadores, atención, es la Peña Atlética Remedios- adelantó tres días su regreso de vacaciones para enfrentarse en el estadio Alberto Ruiz al Atlético de Madrid en el primer partido de pretemporada del equipo de Abel Resino.

Es muy raro el estadio Alberto Ruiz y –que me perdonen los bravos serranos- muy feo. Empezando por el horrible terreno de juego de césped artificial. Estas cosas digo yo que habría que prohibirlas, aunque vaya usted a saber. Desde fuera, además de feo, el césped artificial parece peligroso para las articulaciones. El estadio Alberto Ruiz tiene un gradote, moderno y feísimo, en el lateral que mira a la catedral; el mismo en el que pega la solana toda la santa tarde. Las tres mil localidades del aforo de dicha grada se habían vendido al no tan módico precio de quince euritos y uno, viendo que había gentes apelotonadas en ambos fondos y en el lateral contrario, se barrunta que, al final, la A.D. Colmenar Viejo debió hacer el taquillazo de la temporada a costa de un Atleti descafeinado. Quince euritos habían pagado esas tres mil quinientas o cuatro mil personas, casi todos ellos aficionados rojiblancos, para ver a un Atlético de Madrid que dejó en la grada al Kun Agüero, a Diego Forlán, a Simao Sabrosa, a Maxi Rodríguez, a Paulo Assunçao, a Antonio López, a Johnny Heitinga y a Sergio Asenjo. Que cada cual saque sus conclusiones. Su humilde servidor, por si acaso, puede decirles que cuando el citado grupo de jugadores subió por la tribuna caminito de una cabina de prensa desde la que vieron el partido a la fresca y comiéndose un bocata de tortilla, la grada entera se lanzó a por el autógrafo olvidándose durante diez minutos de lo que sucedía en el terreno de juego. El episodio se repitió en la segunda mitad, ya con el sol afortunadamente escondido, cuando el citado grupo de jugadores bajó por la tribuna caminito del autobús del equipo. En fin.

Y, a todo esto, se jugó un partido de fútbol, casi lo olvidaba. Salió el Atleti a ese campo de césped de nylon y era un Atleti raro. Roberto bajo palos, una línea de cuatro formada por Valera, Pablo, Domínguez y Leandro Cabrera. Cléber Santana y Koke por delante de ellos protegiendo una vanguardia formada por Sinama, a la derecha, José Antonio Reyes, a la izquierda, y Jurado como falso segundo punta por detrás del altísimo y batallador Borja. Como es norma de la casa, Abel dispuso una línea defensiva muy adelantada y con eso bastó para asfixiar al esforzado Colmenar, lógicamente muy inferior a los nuestros técnica y tácticamente.

De lo visto en la primera mitad nada que deba extrañarnos. Lee uno por ahí que “destacó Jurado” o que “Reyes tiró del carro”. Yo les traduzco: Reyes hizo de Reyes. O sea, se fue dos o tres veces bien por su banda, combinó al primer toque con calidad con Jurado, centró dos o tres veces con mucha intención, le puso un balón de gol en la cabeza a Pablo y estuvo incisivo, a ratos. No vamos ahora nosotros a descubrir futbolísticamente a Reyes. Claro que ese mismo Reyes se desentendió de toda tarea defensiva, se encaró con dos o tres jugadores del Colmenar y le hizo aspavientos inopinados al árbitro. Lo dicho: Reyes hizo de Reyes. Y uno, que tal vez se equivoque mucho, considera que José Antonio Reyes es un jugador que jamás debió ponerse la camiseta del Atlético de Madrid y que no puede, ni podrá, jamás, bajo ningún concepto, ser uno de los nuestros. Aunque, claro, en este cluz, eso dependerá de los (no tan) caprichosos vaivenes del mercado.

Si quieren les traduzco también lo de Jurado, aunque supongo que ya se lo saben ustedes: jugó suelto, combinó bien, condujo poco y con criterio y pareció muy bueno en la primera parte del gol regateao contra los esforzados y voluntariosos jugadores colmenareños. Y uno, que tal vez se equivoque mucho, considera que, al igual que José Antonio Reyes, pero por otras razones, José Manuel Jurado no debería jugar bajo ningún concepto en el Atlético de Madrid. En el estadio Alberto Ruiz, sin ir más lejos, el pavisoso gaditano falló un gol claro con cero a cero y, poco después, falló otro, más claro todavía, con el cero a uno, tras excelente jugada de Cléber Santana. Y así volvemos a lo anterior, a lo de los vaivenes del mercado y a todo eso. Por cierto, su humilde servidor puede confirmarles que el cluz tiene cerrado el acuerdo con Ángel Lafita y con el Zaragoza, aunque todo depende de que los maños paguen al Deportivo lo que ya deberían haber pagado para repescarle. Veremos.

En el Alberto Ruiz de Colmenar vimos a un Leandro Cabrera, imberbe uruguayo, con una pinta excelente, con personalidad, con gran nivel técnico, con desborde y con ganas en el lateral izquierdo. Las ganas también las puso Koke, pero pareció fuera de forma y excesivamente responsabilizado por su debut. “¡¡Ggggggápido, gggggggápido!!” le gritaba con su vozarrón atiplado Cléber Santana. El brasileño, más que probablemente, no lucirá muchas más veces la rojiblanca, pero demostró que la temporada en Mallorca le ha ido de perlas y que, de no ser un jugador hiperbólicamente marcado por la afición rojiblanca podría ser aprovechable. “¡¡Más ggggggápido, más gggggápido” le chillaba Cléber a Koke, el pobre. Cléber Santana estuvo mandón y marcó un golazo de cabeza tras un centro de manual desde la banda derecha que le hizo Valera. Dicho queda.

Mención especial merecen Álvaro Domínguez y el meta Roberto. El central zurdo hizo lo que hace siempre que juega: cumplir con sobriedad, sin fallos y sin estridencias. En la primera parte jugó de central y, en la segunda, de lateral izquierdo. Sólo él y Borja disputaron los 90 minutos y Domínguez, además, marcó a la salida de un corner. Y eso que tuvo que cabecear dos veces, tras estrellar su primer testarazo en el larguero. En cuanto al portero, decir que protagonizó la jugada de la noche, haciéndole un paradón a un tal Ausin que intentó meterle el mismo gol que Rivaldo le metió a Molina y desde el mismo sitio. Paradón.

La segunda parte tuvo incluso menos ritmo que la primera dado el carrusel de cambios y los cuarenta y cinco minutos de recia canícula serrana. Tras el descanso, Juanito debutó como central junto a Luis Amaranto, Keko suplió a un Sinama-Pongolle que, cada día que pasa, parece peor futbolista (y miren que resulta difícil, ¿eh?), Raúl García tomó el testigo de Cléber, el argentino Pacheco entró por Reyes y Joel se puso bajo los palos. Veinte minutos más tarde, Thomas Ujfalusi sustituyó a Valera, Rubén Pérez a Koke y Cedric a un Jurado que no tocó un balón en juego en toda la segunda mitad.

Como era de esperar, con Raúl García el Atleti pareció más compacto y agresivo. El navarro estuvo muy pendiente de los canteranos y no paró de darles instrucciones de colocación en el campo. Lástima que los tres o cuatro cañonazos desde lejos que intentó no cogieran puerta. Rubén Pérez fue un descubrimiento para éste, su humilde servidor. Un chaval con buena planta, personalidad y mucho criterio para distribuir el balón y asociarse. Grata sorpresa. Menos sorprendente (y mucho menos grato) fue corroborar que Perea sigue empeñado en jugar con los codos volantes. A un esforzado y voluntarioso jugador colmenareño le metió un viaje verdaderamente duro y, sobre todo, estúpidamente gratuito. Es cierto que, por el cansancio de los locales, el partido se había puesto un tanto bronco. La tontería se acabó cuando Thomas Ujfalusi recibió una patada. El checo de la terrible sonrisa se levantó despacito, sin protestar, se ajustó la cintita del pelo, volvió a su posición y, dos jugadas más tarde, crujió al chaval del Colmener. Ahí acabó el conato de hostilidad. El Atleti dominó a placer el encuentro y acabó marcando el tercero el que más lo había buscado, el habilidoso argentino Pacheco, que, muy motivado, aprovechó un error de la zaga local para fusilar con la zurda al portero.

En resumen, que el Atleti empezó oficialmente la temporada con un bolo serrano que acabó en victoria por tres goles a cero. Conste aquí, para la historia.

martes, 19 de mayo de 2009

Un marcador de mentira

Por Jesús Doggy.

(En algunos equipos los suplentes son mucho mejores que los titulares y, cuando el partido se complica, salen los primeros a hacer lo que los segundos no son capaces. He aquí un ejemplo. )

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Dubitativa y temblorosa llegaba la hinchada colchonera al denominado Partido del Año. El Atleti recibía en su estadio a su más directo rival para meterse en la Liga de Campeones, el anunciado objetivo de la temporada, que algunos, rememorando el ya extinto pasado glorioso, consideran si acaso un objetivo mínimo, mientras otros, marcados a fuego por más de una década de ridículo deportivo, están dispuestos incluso a celebrarlo como un triunfo. A unos y a otros –y a usted también, en cualquier caso- les atenazaba un cierto rigor muscular en los glúteos, semejante a un calambre, cuando trataban de imaginar que Atleti saltaría al césped del Vicente Calderón el domingo a las 9 de la noche. Esto fue lo que pasó antes, durante y después de dicho partido de fútbol.

EL PREPARTIDO

Llegaba el Atleti con moral al denominado Partido del Año, tras tres victorias consecutivas, la última de ellas lograda en casa, con diez futbolistas derrochando coraje y corazón, ante una hinchada, de nuevo, entregada a su equipo. Con la moral alta y con bajas de consideración. Llegaba el Atleti al denominado Partido del Año sin ningún lateral derecho disponible; sancionado Perea por un codazo gratuito a un contrario, sancionado igualmente Johnny Heitinga por acumulación de tarjetas amarillas y ausente un griego desahogado que, a estas horas, probablemente esté disfrutando cerca del Mar Egeo del millón doscientos mil euros que le ha regalado la SAD para que deje de reírse de una afición, un escudo y un sentimiento que nunca le importaron gran cosa. Ni al griego, ni a los egipcios.

Jugaba Abel al despiste en los entrenamientos -que si ahora pongo a Sinama-Pongolle, que si ahora le doy un peto verde a Miguel de las Cuevas, que si ahora convoco a un chaval de Toledo que se llama César Ortiz y que está muy ilusionado- aunque el propio Abel sabía, desde siete días antes del denominado Partido del Año, que ahí, en el lateral derecho, iba a jugar nuestro Mariscal de Campo, Tomas Ujfalusi, el de la aterradora sonrisa.

En la capital del Turia, en la previa, la preocupación era mayor si cabe. El Valencia, tras una temporada especialmente convulsa incluso para un equipo y una afición acostumbrados a vivir entre convulsiones, tracas y petardazos, se presentaba al denominado Partido del Año sin su mejor futbolista: David Silva. Curiosamente el jugador más ansiado –y solicitado- por un entrenador mejicano cuyo segundo apellido no era ¡Vete Ya!, aunque durante más de dos años, incomprensiblemente, lo haya parecido. En fin, que en Valencia tampoco tenían las cosas muy claras, obligados a visitar a un rival directo, en el denominado Partido del Año, sin el Bueno (Silva), el Feo (Vicente) y el Malo (Marchena).

El entrenador del Valencia, de nombre Unai y cara de estreñimiento crónico, rabiaba por lo bajini y preparaba un encuentro típico de su manual: ocho a defender con mucha presión en el medio y achicando en bloque. Lo debe dar la tierra, de Ranieri a Quique Flores, pasando por Héctor Cúper o (¡¡ah, blasfemia!!) por Rafa Benítez. La figura, tácticamente, se llama “Robo y rápida transición defensa-ataque en banda para resolver en tres toques” y se traduce en uno que quita o corta, llámese como se llame, otro, llamado Baraja, que lanza al espacio lateral a Mata o a Pablo Hernández y un tercero, llamado Villa, que remata en el centro. El papel lo aguanta todo.

En eso debían estar pensando, con los glúteos acalambrados, la gran mayoría de los 55 mil aficionados que casi abarrotaron el coliseo rojiblanco. Entre ellos, unos dos mil seguidores valencianistas, muchos de ellos notablemente ebrios, que llenaron buena parte del segundo anfiteatro del fondo norte. Desde aquí nuestro reconocimiento, como diría nuestro querido Anfitrión. Quién, según algunas versiones, a esa misma hora tomaba posiciones frente a un televisor de plasma en un pub de Bayswater, Londres.

EL PARTIDO

Lucía el Vicente Calderón como en las grandes ocasiones, nutrida la grada, el ambiente festivo y el Fondo engalanado con un tifo tan espectacular como feo, todo sea dicho. Muy feo. Y en esas, como diría el otro, salió el Atleti. Un Atleti serio, concentrado y, ¡oh, sorpresa!, con las ideas muy claras. El Atleti pareció un equipo solidario y generoso en el esfuerzo, tirando la línea muy arriba, con Raúl García y Assunção mandando en el centro, con Simão, siempre elegante, buscando sus huecos, con Forlán recorriendo millas por todo el frente del ataque, con un Agüero incisivo y batallador, con un Maxi trabajador llegando siempre al balcón del área, con un Pablo imperial en la marca y al corte, con un Domínguez serio y en su sitio y con un Leo Franco tranquilo y con poco trabajo. Sí, faltan dos. En el lateral derecho, lógicamente, jugó Ujfalusi y la grada decía ¡Oh! Y también ¡Ah! Incluso ¡Fíjate! Porque Tomas Ujfalusi, el de la aterradora sonrisa, hizo un partido soberbio, un partido maravilloso, un partido sencillamente espectacular. Y unos cuantos se acordaron del desahogado griego y unos cuantos más se acordaron de los egipcios, mientras el propio griego disfrutaba de su aumento patrimonial y de sus cosicas cerca del Mar Egeo y los egipcios, ora daban vueltas a la M-30, ora se trasegaban otro ron con Coca Cola. Entre tanto, en un pub de Bayswater, Londres, un grupo de atléticos, concretamente siete, brindaban con cerveza negra por Mariano Pernía, el futbolista que completaba el once.

El fútbol es curioso. A veces se ganan los partidos desde la banda, a veces desde la pizarra, a veces se ganan por aplastante superioridad, a veces se ganan sin bajar del autobús, a veces se ganan por un detalle y otras veces se ganan de chiripa. A veces se ganan porque se es mejor que el rival, a veces se ganan por aprovechar la que tienes y otras veces, incluso, se ganan por el árbitro. Por último, hay ocasiones en que se gana un partido porque once hombres que forman un equipo asumen sus responsabilidades, se creen capaces de ganarlo y ponen lo que hay que poner para hacerlo sin ahorrar esfuerzos alentados sin desmayo desde la grada. Esto último fue lo que hizo el Atleti el domingo pasado, borrando totalmente del campo a un Valencia tan trabajado como pusilánime, que mereció salir holgadamente goleado del Vicente Calderón. Todo lo demás es cuento.

Ahora yo, si quieren, les cuento que el mejor jugador del partido fue el portero visitante, que acabó desquiciado de repeler balonazos, de saltar de puños, de dar voces a sus compañeros, al árbitro y a Sergio Agüero. Tanto se crispó el buen hombre que, en un momento dado, le pegó un patadón a un cartel publicitario. Si quieren les cuento que Maxi, batallador y esforzado, no estuvo preciso en el remate, pero que se entendió bien con Ujfalusi por la banda y que ofreció siempre una alternativa de remate. Les puedo contar que Forlán se multiplicó, se ofreció, cayó a ambas bandas, apoyó a sus compañeros, tiró millas y que estuvo extrañamente impreciso en el último remate. No obstante, el uruguayo de envidiable abdomen lanzó un penalti como mandan los cánones: fuerte, abajo y colocado. Fue gol, claro. Les podría narrar que Simão tuvo una ocasión tan clamorosa, tras pase interior maravilloso de Domínguez, que tiró al bulto, tal vez por verlo tan fácil. Les podría explicar que el Kun se tiró a la piscina una vez dentro del área y se decretó un penalti que no era tal, aunque, paradojas del fútbol, le hicieron otros dos penaltis clarísimos que no le pitaron. Uno de ellos le valió tarjeta amarilla. Puedo también explicar, si ustedes quieren, que Raúl García abrumó a Baraja, primero, a Edu, después, y, finalmente, a un tal Míchel. Podría decirles incluso que Paulo Assunção, en un derroche de facultades sin precedentes, dominó una franja enorme del terreno del juego, acogotando a todos sus rivales, ¡sin hacer una sola falta! Podría contarles que Mariano Pernía se ofreció una y otra vez, que perdió varios balones especialmente bobos y que le puso al Kun Agüero en la frente un centro maravilloso, potente y colocado, que se fue fuera por poquísimo. En ese momento, en Bayswater, Londres, siete personas gritaron ¡¡¡Uy!!! al unísono. Esto es, a la vez.

EL POSTPARTIDO

El entrenador del Valencia, de nombre Unai y con un rostro que proclama que no visita con la regularidad deseable el inodoro, apareció en la sala de prensa del Vicente Calderón con cara de funeral. Soltó cuatro tópicos, hizo un mohín, se ajustó la corbata y proclamó: “El Atlético de Madrid nos ha superado en todo”. Abel Resino, encantado de conocerse y hablando invariablemente en primera persona del singular, pero esta vez sonriendo, dijo: “el Vicente Calderón ha vivido una de sus grandes noches”.

En la zona mixta, un enjambre de periodistas espera la aparición de los protagonistas. Ujfalusi exhibe su aterradora sonrisa cuando un novato le pregunta que si Abel le ha dado indicaciones sobre cómo jugar en la banda. Domínguez recita lugares comunes de futbolista, intimidado por cámaras, micrófonos y grabadoras. No llega al punto de “hay que seguir trabajando para seguir trabajando” pero está a punto. El pobre. Raúl García, muy serio, se para y sentencia: “El vestuario ya está pensando en San Mamés”. De fondo se escucha a la afición valencianista gritar “¡Villa quédate!, ¡Villa quédate!, ¡¡Viiiiiiiiiiiiilla quéeeeeeeeeeeeedate!!”, mientras el propio Villa, con el típico rictus del amanecer chungo en el parking de la Heaven, se encamina cabizbajo al autobús del que, por ahora, es su equipo. A esa misma hora, en un pub de Bayswater, Londres, un individuo de pelo cano pide siete pintas de cerveza negra y exclama: ¡Por Mariano!


CODA

Lunes 18 de mayo de 2009. Un nutrido grupo de aficionados rojiblancos y de paisanos bolos en general se reúnen en la plaza mayor de Corral de Almaguer, Toledo, España. Frente a ellos un gigantesco bocadillo de 283 metros de longitud, hecho con más de 280 barras de pan rellenadas con seis productos de las industrias locales, como queso, jamón, chorizo y otros embutidos fabricados en el municipio, que suman un total de 200 kilos. El desmesurado bocata, confeccionado en la Peña Atlética Corral De Almaguer, Toledo, España, lleva el nombre de Johnny Heitinga, como autor del primer gol del Atlético de Madrid en la temporada 2008-2009. Se celebran las fiestas patronales de la Virgen de la Muela en Corral de Almaguer, Toledo, España, y dos mil ochocientas personas, incluidos tres emisarios del Libro Guinness de los Récords, están invitadas a una porción del bocata Heitinga, acompañada por un refresco.

Forza Atleti!

martes, 7 de abril de 2009

LA LISTA


“Here is a place of disaffection

Time before and time after

In a dim light…”


T.S.Eliott

(He aquí un lugar de descontento, antes y después a una luz turbia)

Verán (yo siempre empiezo las crónicas con un verán), imagino que como tantos de ustedes, me he pasado las últimas horas tratando de digerir la bochornosa actuación, de nuestro equipo el domingo pasado, ¡¡en el día de los niños!!

Después de la sucesión de sentimientos que acompañan a estas debacles, a saber: nervios, impaciencia, irritación, desengaño, sorpresa (sorpresa menos, la verdad), desapego, indiferencia, depresión, falta de apetito y insomnio. Pues bien, después de atravesar todo ese valle de sensaciones, que seguro que les parecerán familiares, me encontraba plácidamente un lunes en la noche, masticando la decisión de darme de baja del Canal Plus, con tal de no sufrir una vez más ese martirio sin sentido que es este equipo nuestro. Decisión que implicaba dedicar mis pasiones de fin de semana a mi familia y amigos, y no a esa banda de botarates (jugadores, técnicos y dirigentes) que representan los colores de nuestro amado equipo.

Estaba feliz, se lo juro, moderadamente dopado por ciertos capítulos de una serie televisiva (rigurosamente grabada en decenas de CD’s) a la que me ha enganchado un amigo. Nada me recordaba en ese amable momento nuestra cruz, nuestra pasión rodeada de espinas, cuando súbitamente sonó el teléfono, y todo acabó.

Acabó porque alguien me pidió si podía escribir algo sobre el partido: un suplente fallón.

Eso me pareció, se lo aseguro, un suplente que se lesiona en un partido en el que vamos palmando de largo, y el re-contra-suplente que dormita comiendo pipas en el banquillo, se tiene que espabilar, calentar y meterse en un partido que ya está perdido. Total pa’ que, pa’ caer lesionao” (léase con voz aflautada de Jose Antonio Reyes).

Mi agilidad mental estaba abotargada, ya se lo he dicho, y no encontré esa respuesta ágil y rápida para responder un creíble “no puedo”, y pasarle el marrón a otro. Por si fuera poco el abusón esgrimió y se escondió en una imperativa necesidad de colaborar en la distribución del Mondo Bruto, y ahí me atrapó, me dejo sin respuesta. Todo sea por la difusión de ese magnífico facsímil, paraíso de las palabrotas…

Eso sí, el muy largo me dejó unas notas que había escrito, para ver si me eran de ayuda. Y, la verdad, se lo agradezco, porque ayuda voy a necesitar para hablarles de algo, de algo que ustedes, como yo, estoy seguro que se esfuerzan en olvidar.

Bueno, allá voy que dijo aquel artista del puenting…

Seamos claros, yo no tengo ganas de decirles lo que ya saben, lo que incluso saben mejor que yo: Que este elenco de jugadores no valen un pimiento, ni sirven para embriagarnos de amor al futbol y a nuestros colores. Serán muy buenos algunos, unos cracks, serán estrellas, lo que quieran, pero en cuanto a intensidad, pundonor, responsabilidad, ganas y compromiso, unos mierdas.

Osasuna hizo 12 faltas en 96 minutos. El partido más plácido de la temporada rojilla, sumaron su primera victoria a domicilio del curso”. (Esa era una nota, de las dejadas como ayuda)

Con eso queda definido el partido ¿para qué vamos a entrar en “que si no teníamos circulación de balón”, que si Heitinga y El Benodormí”, “que si este o aquel estuvo mal…? Bah, tonterías.

Por no mencionar las declaraciones del Mister (¡en el día del niño!) acerca de la afición, que no ayuda, no. En el día del niño, vamos hombre, váyase usted a la mierda.

Los datos de Abel y Aguirre en estos ocho duelos ligueros, increíblemente son idénticos:

11 puntos de 24 posibles; 3 victorias, 3 derrotas y dos empates; 14 goles a favor, 14 goles en contra”
(esa era otra nota de las de ayuda).

Yo al señor Abel me limito a decirle aquella frase de León Felipe:

Yo sé muy pocas cosas, es verdad. Pero me han dormido con todos los cuentos… Y sé todos los cuentos”.

En el día del niño. Ese bochorno.

Así que , la verdad, no sé si esto es muy ortodoxo en el blog, pero me niego a restregarles lo que hizo el equipo el domingo, como si ustedes no lo supieran, y quisieran recordarlo.

Muy al contrario, les voy a decir que hay muchas otras cosas a las que vale la pena prestar nuestra atención e ilusión. Y sobre todo, durante estos días, días de pasión, de Pascua, de Fe. Les diré mi lista, y estoy seguro que cada uno de ustedes tiene la suya.

1.- El Máster de Augusta:

Como saben, el próximo jueves se inicia el Máster en el Augusta National, ese sensacional y mítico acontecimiento del golf mundial.

Aunque soy consciente del dudoso halo de esnobismo y clasismo de que goza este maravilloso deporte, yo les puedo afirmar que no es, ni de lejos, el reflejo de la realidad de este endiablado deporte, cuyas virtudes no creo que deba comenzar a glosar en este blog futbolero.

Pero el Máster es otra cosa, una autentica maravilla. Jugado en un campo que es el paraíso, con una competitividad, un dramatismo, una tensión, una disputa, una lucha sin cuartel… Un absoluto espectáculo de dominio de la condición humana, de sus miedos, de sus tensiones, de su naturaleza sicológica y, solo en último lugar, de su habilidad y destreza.

Ver la disputa de los 9 últimos hoyos, en la última jornada, es un homenaje a la grandeza del deporte en general, y un canto a la fe, a la lucha contra el desaliento en la competición deportiva. Como ven, nada que ver con lo del domingo pasado. Estoy convencido de que, en este caso, nadie va a quedar decepcionado. Seguro.

2.- Espartaco:

Muy mal se tiene que dar la cosa, para que no emitan Espartaco en alguna cadena, estas Pascuas.

Verán, yo sé que se puede hacer una alineación cantada, con Espartaco, Ben-Hur, Quo Vadis, alguna vida de Cristo, y seguramente La caída del Imperio Romano. Pero Espartaco está por encima de todas las demás, muy por encima. Como comparar a Laurencio Olivier con el cara cartón de Heston, vamos anda.

Magnifica banda sonora, reparto con Curtis, Olivier, Jean Simmons, Laughton, Ustinov, Douglas. Intensidad, dirección. Quien diga que le ha dejado indiferente la increíble recreación histórica, escenas como la de Antonino (Curtis) con Craso (Olivier) en la bañera… buff. El Sargento Negro saltando fuera del foso, y la puntilla que le clava Craso (con ese horrible salpicar de sangre), la elección cargada de erotismo de los luchadores en la escuela de gladiadores, el yo soy Espartaco… Mucho Kubric.

3.- Las Habas tiernas:

Vale, ya estamos desvariando, dirán algunos. Pues sí ¿Qué pasa?

Para mí no hay Pascua sin Habas tiernas. Comprendo que en muchos lugares que nos estarán leyendo no sepan lo que es, pero se trata de una simple, y elemental delicia gastronómica.

Recoger las habas en el huerto, uno mismo, y comerlas a las pocas horas (el mismo día siempre), acompañando un desayuno (aquí llamado almuerzo), de bocadillo de lomo fresco con alcachofas y ajitos tiernos fritos, aceitunas verdes pisadas, ensalada y un porrón de vino cerveza y gaseosa, mientras se desgranan una a una las habas, directas al coleto, y estallan en el paladar con una mezcla de frescor, sabor y casi me impulso a decir que alegría.

Son placeres de la Pascua, placeres de la llegada de la primavera, del olor a hierba, de los primeros mosquitos (los de picadura más cruel), del molestar toda la ropa, de merendar Mona de Pascua….

4.- La música de procesión:

Solemnidad, silencios, repicar de caja, pasos arrastrados, sentimiento, canticos de Saeta, olor a cera, luces trémulas, cofradías de esfuerzo y vocación, misa del gallo.

A mí me envuelve estos días una especie de melancolía positiva, de sentir que vuelven sensaciones reconocibles, independientemente de las creencias que se tengan, el valor de lo culturalmente nuestro, del arraigo. El espectáculo de la liturgia de estos días, a muchos les puede parecer casposa, lo admito, pero a mí me parece fabulosa, barroca, profunda, teatro en directo y popular.

Claro está que la lista es mucho más larga, pero me parece exagerado detallársela toda.

Tan solo les diré que incluye los chopitos fritos, re-leerme el Lord Jim de Conrad dejándome llevar por la intensidad y perfección de las frases del inmortal polaco, los paseos bajo el olor de la pinaza, el Mondo Bruto (aunque esta actividad sea claramente pecaminosa, y más en estas fechas), hay muchas sí. Como ustedes que seguro que tienen una lista muy larga.

Así que, lo dicho, por mi parte trataré de olvidar a este infame grupo de jugadores y cuerpo técnico que creen que nos representan, intentaré apartar de mi mente la frase del poema con el que inicio el escrito, que me habla del tiempo en que vivimos, antes de algo y después de todo, con esa sensación de vacío. Por unos días me dedicaré a cosas mejores, apartando de mi mente la aspereza que me aportan, los sin sabores que me administran tan a menudo.

Que se vayan pal carajo, que yo me voy a comprar monas….

miércoles, 18 de febrero de 2009

Con el número 3*, Carlos Aguilera.


Por Jesús Doggy.

(Extracto de su artículo “El Atleti: Orgullo y Tormento” incluido en el nº 40 de Mondo Brutto, de inminente aparición en sus puntos de venta habituales)

* Carlos Aguilera ocupa el dorsal 3 en el equipo ideal de la historia para el firmante, quien sabe de sobra que llevó el 2 y el 15 cuando jugó en el Atleti.

Habrá quién no lo entienda y yo lo respeto un montón, pero tengo poderosas razones para incluir a Carlitos Aguilera en mi once rojiblanco histórico ideal. Es madrileño, es atlético de corazón y su trayectoria en el Club está llena de compromiso y de lealtad a unos colores, aunque recordarla, le deje al propio Carlitos un poso amargo. Porque, como corresponde en este sentimiento, la trayectoria de Aguilera en el Atleti es, en cierto modo, trágica.

Carlitos Aguilera, madrileño de pura cepa, de San Cristóbal de Los Ángeles, nada menos, comenzó bien jovencito su carrera futbolística en el equipo de su barrio, el Club Deportivo San Cristóbal de Los Ángeles, precisamente el mismo modestísimo conjunto en el que dio sus primeras patadas al balón otro niño apasionadamente atlético, Raúl González Blanco, descorazonador ejemplo viviente de lo que significó la desvergonzada e impune disolución de la otrora gloriosa cantera rojiblanca, perpetrada con alevosía, nocturnidad y mala entraña antiatlética por el infausto Gorila del Burgo de Osma, ese que, afortunadamente, se pudre hace años bajo la tierra. Sobre ella, sobre los campos de tierra de la Tercera Regional madrileña a mediados de los 80, los ojeadores del Atleti se fijaron en un delantero flacucho y espigado del C.D. San Cristóbal y se lo llevaron al Juvenil del Atlético de Madrid en el que se reconvirtió en centrocampista, primero, y en un completo lateral derecho con mucho instinto ofensivo, después. Del juvenil pasa al filial y, rápidamente, al primer equipo del Atleti. Debuta con los mayores el 26 de marzo de 1988, dos meses antes de cumplir los diecinueve años, jugando en sustitución de Marquitos Alonso los quince últimos minutos de una derrota en El Molinón por dos a cero. Fue en la primera temporada del Gorila como Presidente del Club, que todavía vivía de las rentas de aquellas magníficas categorías inferiores rojiblancas que poco después arrasaría dándose golpes en el pecho y voceando sandeces esdrújulas rodeado por sus guardaespaldas. En la primera plantilla, Carlos Aguilera terminó de formarse, como futbolista del Atleti, al lado del excepcional Roberto Simón Marina y de otros atléticos de pro como Juan Carlos Pedraza, el citado Marcos Alonso, Juan Carlos Arteche, Tomás Reñones o Quique Ramos.

Se habla muchas veces de la Cantera, pero, en realidad, es algo que ha perdido totalmente su sentido en estos tiempos de fútbol superprofesional mercenario. En la cantera los chavales maman no sólo el espíritu del club, sino un estilo, una impronta y, por encima de todo, el amor a unos colores y el compromiso con lo que representa ese escudo para los que acuden cada domingo a la grada, el compromiso con nosotros. Podrá parecer idealista o, directamente, estúpido, pero es eso, y solamente eso, lo que da al jugador la fuerza extra para sobreponerse a la adversidad deportiva. Veamos un ejemplo. En la temporada 1979-1980 el Atlético Madrileño, filial rojiblanco entrenado por nuestro querido Joaquín Peiró, ascendía de Segunda División B a Segunda División. Era un equipo formado por Mejías, Tomás Reñones, De Blas, López, Clemente Villaverde, Víctor, Parra, Pedro Pablo, Julio Prieto, Prado y Pedraza. La siguiente temporada, la primera de Alfonso Cabeza, suben al primer equipo diez jugadores del Madrileño; sí, sí, diez, como lo oyen: Mejías, Julio Alberto, López, Quique Ramos, Julio Prieto, Mínguez, Pedraza, Román, Pedro Pablo y Villalba. Varios de ellos, además, se convirtieron pronto en titulares indiscutibles y fueron los mejores en una Liga que nos robaron impunemente tras un escandaloso atraco perpetrado en el Vicente Calderón por el nefasto Álvarez Margüenda y las decisiones absurdas del apayasado forense y notable débil mental que presidía el club. Clemente Villaverde jugó un año más en el filial, pero subió la siguiente temporada. Hoy, casi treinta años más tarde, algo así sería directamente impensable.

Las canteras como tales, como escuela de futbolistas y atanor de los valores de un Club, las pocas que quedan están en vías de extinción. El ideal moderno de equipo poderoso económicamente es disponer de una red mundial de ojeadores, además de convenios de primera opción de compra de jugadores juveniles con varios equipos del tercer mundo y acuerdos con diversos representantes con influencia. Prácticamente todos los grandes europeos funcionan hoy en día así: Arsenal, Liverpool, Chelsea, Inter de Milán, Milán, Manchester United, Juventus, Bayern de Münich... También el F.C. Barcelona, aunque su caso es distinto, dada su evidente dimensión política para el Nacionalismo Catalán. Y también el eterno rival, aunque en este caso, sonrojante, por una hiperbólica cuestión de comisionistas y una gestión deportiva directamente atroz. Los equipos poderosos periféricos, digamos, dominan las canteras de sus zonas de influencia y actúan como intermediarios de paso obligado para exportar jugadores, como sucede en Argentina con Boca Juniors, por ejemplo.

El negocio del fútbol europeo está ahora mismo en comprar chavales argentinos, brasileños o africanos entre los 13 y los 16 años, pagando unas cantidades muchas veces tan insignificantes como darle un curro al padre y hacerle los papeles a la familia. Así, los grandes del viejo continente –y especialísimamente los ingleses- tienen sus equipos filiales y juveniles trufaditos de perlas exóticas. Se trata de comprar baratitos a todos los zagales que apunten a figura, una inversión que se ha demostrado totalmente segura: basta con que te salgan simplemente un par de peloteros buenos, que es fácil que te salgan, para que sea rentable haber comprado a quince o veinte púberes y prepúberes con potencial, a muchos de los cuales, además, los acabas colocando en equipos de menor fuste amortizando de sobra el capital invertido. Pongan el ejemplo que ustedes prefieran, de Cesc Fábregas a Lionel Messi, pasando por Carlos Vela o Giovanni do Santos. La cantera no es pues sino una porción más del obsceno pastel, del Supernegocio Espectacular en que se ha convertido el Fútbol.

Y no sólo entre los grandes. Los más modestos suspiran, no por formar equipos sólidos y competitivos con buenos futbolistas de la casa, sino más bien por sacar de vez en cuando de sus canteras algún chaval por el que los poderosos paguen unos cuantos millones de euros. Ahí está la Academia de Mareo, en Gijón, los campos de Tajonar, en Pamplona, o la fabriquilla del Sevilla Atlético en Nervión, por poner tres ejemplos que en la última década han producido abundancia de buenos jugadores. Y hay negocio para todos, no crean. Clubes medianos -estoy pensando en un Zaragoza, estoy pensando en un Valladolid, estoy pensando en una Real Sociedad- compran chavales en sus zonas de influencia para revenderlos luego obteniendo su legítima plusvalía. O, si no, clubes más pequeños todavía –estoy pensando en un Getafe, estoy pensando en un Recreativo de Huelva, estoy pensando en un Málaga- se afanan por comprar las sobras de la Sección “jovencitos baratos que apuntan a buenos”, o bien por asumir una cesión con algún derecho de propiedad de jóvenes promesas que no tienen sitio en los grandes con la esperanza de que hagan una gran temporada, despunten y acaben recalando en un poderoso, jugosa comisión mediante. Siempre haciendo caja, que aquí hay para todos.

Mención aparte merece lo del Athletic, lo del Barça y lo del eterno rival. Por una mera cuestión política, siempre con el beneplácito del pío y asquerosamente rico empresariado industrial vizcaíno que lo sustenta, el Athletic se embarcó en el peor momento posible en una especie de cruzada presuntamente idealista en favor del jugador euskaldún. La cantera de Lezama, en Bilbao, fue, históricamente, fuente de magníficos futbolistas, de Javi Clemente a Manu Sarabia, pasando por el gran Chechu Rojo o Estanislao Argote; aunque en los últimos años ha exhibido ese talento muy de tarde en tarde: Félix Sarriugarte, Julen Guerrero, Josu Urrutia, Ander Garitano, Genar Andrinua, Fran Yeste, Andoni Iraola, Fernando Llorente, Carlos Gurpegi o Markel Susaeta. Objetivamente, la escuela de Lezama no da mimbres para confeccionar una plantilla de Primera División competitiva, así que, primero, se recurrió a los vecinos tirando de talonario, de modo que el Athletic ha venido, en los últimos tres o cuatro lustros, expoliando las canteras guipuzcoana y navarra, erigiéndose, a la vez, en estandarte del fútbol puro vasco. Que, lógicamente, de puro nada tiene. Poco a poco, se ha ido ampliando su zona de influencia, para incluir, además de Navarra y el sur de Francia vascófono, la españolísima Rioja, buena parte del Burgos nacional-católico e incluso rancios terruños cántabros y aragoneses, de ser necesario, amén de recios mozos negros, sudamericanos o del otro lado del Telón de Acero capaces de acreditar el suficiente RH-Negativo en el árbol genealógico como para ser considerados “vascos”. Un poco como los oriundos del Franquismo pero del PNV, para que me entiendan. No obstante todo ello, así como el evidentísimo, falaz e interesado politiqueo burgués que subyace como germen de tan engañoso plan futbolístico-identitario, la bilbaína sigue siendo probablemente la única propuesta balompédica utópica de toda Europa y, vista desde aquí, desde el Vicente Calderón, hay días, como por ejemplo cuando ves un Atleti que sólo tiene un “nacionalizado español”, Mariano Andrés Pernía, y, por supuesto, ningún madrileño, que provoca ataques de envidia. Sana, como suele decirse aunque sea mentira.

El caso del F.C. Barcelona es distinto, dado que estamos hablando de mes que un club. Allí se construye un equipo para ganar, para dar espectáculo, para recordar lo de “Freedom for Catalonia” y, de paso, para repartir carnés de catalanismo. No obstante, los catalanes, con bastante más presupuesto para gastar y con gente de más luces, no han caído en el error vasco de limitar su área de influencia futbolística, sino que la han extendido a todo el planeta, formando a los críos en barcelonismo, catalanismo y gusto por la buena circulación del balón en la medular. De ahí que en sus plantillas abunden los jugadores de la casa, aunque sean argentinos, mejicanos, serbios o brasileños, que han echado los dientes en Can Barça. Por eso sea probablemente el único de los veinte equipos punteros de Europa que puede presumir de tener en el equipo titular a seis o siete jugadores de su cantera: Víctor Valdés, Carles Puyol, Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Sergi Busquets, Leo Messi y Bojan Krkic. Esto es así, guste o no guste.

Lo del eterno rival, sin embargo, es otra cosa y hay que reconocer, aunque duela, que, como cantera de futbolistas, lleva bastante años en cabeza del fútbol español, curiosamente, reforzando con buenos jugadores de sus categorías inferiores a casi todos los equipos de Primera División sin que prácticamente ninguno logre jugar como local en el estadio Cuernabéu. ¿Por qué? Pues por las comisiones, lógicamente. Les explico rápidamente el lucrativo entuerto con ejemplos todavía frescos. El eterno rival necesita un buen punta joven, un par de centrocampistas y un extremo izquierdo con gol y desborde. El espectador neutral, desde fuera, dirá, “ah, pues muy sencillo, Granero, De la Red, Negredo y Mata”. Todos ellos magníficos futbolistas, formados desde bien jóvenes en Valdebebas, con un futuro más que prometedor y sin coste, más allá de mejorar sus contratos profesionales. Pues no, llegan en su lugar, el argentino Gago, por veinte millones de euros, el también argentino Higuaín, por unos dieciocho millones, así como los holandeses Royston Drenthe y Wesley Sneijder, por otro buen montón de millones de euros cada uno. La explicación, ya digo, es bien sencilla: subir, por ejemplo, a Álvaro Negredo al primer equipo únicamente beneficia a algún entrenador de las inferiores y tan sólo moralmente, por aquello de colgarse la medallita. Sin embargo, traer al Pipita Higuaín supone fabulosas comisiones para un buen número de testaferros, agentes FIFA, intermediarios y demás fauna. Y, ojo, cuando digo fabulosas comisiones, lo digo sin ninguna hipérbole y con pleno conocimiento de causa, que he visto unos cuantos contratos oficiales. Y hablo únicamente de las comisiones legales, no de las que se apañan de palabra. A ver esas matemáticas, chavales: ¿cuánto es el 0,5 por ciento de 18 millones de euros? Pues eso. Miren otro ejemplo tomado al azar: River Plate, el equipo bonaerense que vendió al Pipita Higuaín al eterno rival, empleó tan sólo uno de los 15 millones de euros obtenidos, contabilizadas las comisiones, por su venta para comprar a cuatro jugadores destacados de Rosario Central que, en un par de años, revenderá a buen precio en Europa. ¿Se dan cuén? Así van las cosas y esta suele ser la razón última para que los canteranos no suban al primer equipo.

En el Atlético de Madrid, por desgracia, también sabemos mucho de todo esto, piénsese por un momento en los futbolistas, generalmente mediocres o poco aptos, que nos han colocado los intermediarios de cabecera del club (de Paco Casal a García Quilón, pasando por el ubérrimo Jorge Mendes) impidiendo, de paso, que chavales comprometidos con el escudo se dejaran la piel y los cojones por el Atleti por esos campos del Señor. El resultado práctico, desgraciadamente, es que en el Atleti y, sobre todo, en el eterno rival para ver a un jugador de la casa en el primer equipo tienen que darse dos condiciones bastante difíciles: que sea un superclase de nivel mundial y, además, que tenga suerte en forma de lesiones y sanciones de los extranjeros titulares. Véanse los casos de Raúl, Iker Casillas, Guti Hernández o Fernando Torres para mayor abundamiento.

Pero volvamos a Carlitos Aguilera, un ejemplo de coraje rojiblanco desde la cantera. Quince temporadas jugando en el Atlético de Madrid merecen nuestro reconocimiento y nuestro aplauso, sobre todo teniendo en cuenta que, por falta de sitio, Aguilera fue traspasado al Club Deportivo Tenerife en el verano de 1993. En las islas afortunadas, junto a monstruos del calibre de Chemo del Solar, Ezequiel Castillo, Felipe Miñambres o Slavisa Jokanovic, vivió tres temporadas, perdiéndose, de paso, la mejor campaña deportiva del club de sus amores en dos décadas, el año del Doblete. Ya les dije que la historia de Aguilera tenía un regusto de tragedia: media vida en el Atlético de Madrid y te pierdes el año bueno. ¡Tiene cojones! Aún así, desde la distancia, Carlitos también puso su granito de arena para conseguir nuestro último gran logro. Fue el 18 de mayo de 1996, penúltima jornada liguera, el Atleti se presenta en el Heliodoro Rodríguez López de Santa Cruz de Tenerife como líder del campeonato, con el Valencia, en su estela, a tan sólo cuatro puntos. Los chicharreros, uno de los gallitos del campeonato, son quintos y aspiran a entrar en Copa de la UEFA. Es un partido muy trabado, de muchos nervios, en el que Juan Antonio Pizzi adelanta a los de Jupp Heynckes; el equipo de Radomir Antic está contra las cuerdas y los locales, envalentonados, ponen sitio a la meta de Molina. En la ocasión más clara del partido, centra Juanele y Aguilera, completamente solo en el segundo palo y con Molina ya batido, remata incomprensiblemente fuera. Por televisión se puede ver a Carlitos echándose las manos a la cabeza y jurando en arameo, pero todos los atléticos sabemos que, en realidad, pudo su corazón sobre su cabeza, que aquel gol no podía metérselo Aguilera al Atleti de ninguna manera y que por eso no lo metió. Lo entendemos perfectamente y siempre le agradeceremos tal gesto. El Atleti, que podría haber quedado noqueado con el dos a cero, se viene arriba y a dos minutos para el final empata el encuentro tras un corner botado por Sole Pantic que el Cholo Simeone remata en el corazón del área pequeña, su testarazo rebota en el chepa del central César Gómez y se cuela en la meta de un impotente Marcelo Ojeda. El Valencia le ha ganado uno a cero al Español, pero el empate a uno final en Tenerife deja en manos de los rojiblancos cantar el alirón en la última jornada de la Liga, en el Vicente Calderón, ganando al Albacete. Carlos Aguilera no pudo celebrar aquel título, aunque sí celebró haber llevado al Tenerife a la Copa de la UEFA por primera vez en su historia. Ese verano, el trágico fallecimiento de un hermano le llevó a pedir su salida de Tenerife, aún perdiendo dinero, y regresó a su Atleti para vivir aquella amarga temporada de 1996-1997 en la que nos eliminó en cuartos de final de la Liga de Campeones el Ajax, con un golazo desde el medio del campo de un tal Dani Carvalho. Aciagos recuerdos. Un portugués vago y fiestero, que acabamos fichando sólo por eso, nos metió un chicharrazo absurdo desde su casa en la prórroga e hizo llorar a todo el Manzanares. Puto Dani Carvalho...

Aguilera volvió para quedarse y el sinsabor de aquella Liga de Campeones no fue el más grande. A Aguilera le tocó dar la cara en los momentos más difíciles del Club: el descenso a Segunda División. Carlitos Aguilera fue de los pocos que quedó de aquel equipazo de mercenarios con el que acabamos los decimonovenos de veinte, la peor clasificación de nuestra Historia. Carlitos Aguilera fue un gran capitán atlético en nuestros dos años de penosa travesía por los campos del Jaén, del Eibar, de la Universidad de las Palmas, del Racing de Ferrol, del Badajoz o del Leganés y uno de los máximos goleadores del equipo en la categoría de plata del fútbol español, con 14 tantos en dos temporadas. Un gran capitán rodeado de futbolistas que ni intuían lo que representa para nosotros el escudo que lucían estampado en el pecho: Wicky, Otero, Hibic, Hugo Leal, Llorens, Toni Jiménez, Amaya, Lardín, Carreras, Oscar Mena, Carcedo, Juan Gómez... El único que podía explicarle a un imberbe y pecoso Niño de Fuenlabrada lo que significa ser jugador del Atlético de Madrid: la victoria más rotunda aunque estemos en Segunda. Carlitos Aguilera siempre se ganó nuestro respeto como atlético y como polivalente futbolista, autor de goles decisivos en sus últimos dos o tres años, en los que se reconvirtió en un extremo con mucha llegada al área y en un revulsivo para las segundas partes.

A Aguilera, que nunca fue un futbolista de primer nivel, la veteranía le había hecho un jugador mucho más inteligente, dominador de la Ley del Segundo Palo, filón seguro para meter ocho o diez chicharretes por temporada. Carlitos Aguilera, pese a haber estado tres temporadas en el C.D. Tenerife, donde, por cierto, posteriormente siempre fue recibido con un cálido aplauso, es el cuarto jugador de la Historia Atlética que más partidos ha disputado con nuestra camiseta, sólo superado por Adelardo, Tomás y Collar; concretamente 454, entre Liga, Copa, Supercopa, UEFA, Liga de Campeones y Copa Intertoto. Carlitos Aguilera colgó las botas -con dos Copas del Rey y una Liga de Segunda División en su Palmarés- siete días después de cumplir 36 años, jugando media hora del último partido de la temporada 2004-2005 en el Vicente Calderón. Un partido malo de solemnidad ante el Getafe del extraordinario Gica Craioveanu que acabó con empate a dos. Pitaba el ridículo, caricaturesco y pésimo colegiado Losantos Omar y los dos goles del Atleti los metió el uruguayo Richard Núñez, los únicos que coló en los once partidos que estuvo bajo la disciplina rojiblanca por unos enjuagues de su representante con el Club, que nos lo vendió como un Diego Forlán in pectore. Un mercenario rubito y canijo que nos salvó un punto en la última jornada de la última temporada de Carlitos Aguilera. Tiene guasa la cosa.

"Cuando yo subí al primer equipo había mucha gente de la cantera y que llevaba muchos años en el Atlético de Madrid. Ahora, no sé si porque el fútbol ha cambiado, pero es extraño que un futbolista llegue a jugar diez temporadas en un equipo. Espero que esa costumbre cambie pues el Atlético de Madrid siempre ha sido grande cuando ha tenido gente identificada con los colores, con este escudo". El mismo escudo que Carlitos Aguilera defendió con profesionalidad, honradez y pundonor, aún con desigual fortuna, durante quince temporadas no especialmente favorables perdiéndose encima la única que, de verdad, mereció la pena. "Creo que ha llegado mi momento”, dijo emocionado en la zona de vestuarios del Vicente Calderón aquel 29 de mayo del año 2005 tras su último partido, “he hecho durante 18 años lo que más me gustaba, y en un club que me ha valorado y donde siempre me he sentido muy querido. Creo que el Atleti es una filosofía de vida y me gusta. Supongo que no puedo pedir más". Nosotros, puestos a pedir, pediríamos muchos como tú, Carlitos.

martes, 25 de noviembre de 2008

CON UN 6 y UN 4, LA CARA DE TU RETRATO

Por Jesús Doggy

Con retraso, causado únicamente por la negligencia del Fuentes éste, una nueva crónica y lección táctica de Jesús Doggy.


En Los Pajaritos hace un frío que pela. Lo sabe cualquiera que haya estado en el pequeño estadio soriano. Hace una rasca que curte, más aún que en el nuevo José Zorrilla, que ya es decir. Los que mejor lo saben, sin duda, son lo más de mil valientes aficionados atléticos que ayer se plantaron en el páramo soriano para alentar a los suyos. Que son los nuestros.

Pues así, desafiando el viento helado del Moncayo pero con el calor humano de esos más de mil valientes, como diría el Maestro, salió el Atleti. Un Atleti, de nuevo, raro. Y, esta vez, además, feo. Con una camisola azul y unos pantalones y unas medias no se sabe muy bien si amarillo pollito o canario chillón. Salió pues un Atleti helado que sólo parecía el Atleti si uno se fijaba en el escudo. Un Atleti bien plantado, eso sí, que se pareció mucho futbolísticamente al Atleti de hace siete días en el Vicente Calderón.

El equipo presionó bien arriba, ocupó con criterio y buena colocación los espacios en el medio de la cancha, obligando al Numancia a un notorio desgaste corriendo detrás del balón. Los sorianos tienen su principal arma ofensiva en el triángulo que forman cuando se asocian por la izquierda Quero, Barkero y Moreno. Y por ahí lo intentaron –sacando a Johnny de su posición para entrar en diagonal a su espalda; atacando en banda dos contra uno a Perea- sin excesiva fortuna de cara a puerta. Eso y disparos lejanos frontales fueron los únicos argumentos ofensivos de los locales. Por el contrario, el Atleti de la primera parte ofreció sensaciones muy positivas. La principal, la posesión de balón. Hacia mucho tiempo que no se veía al equipo de Javier Aguirre acabar la primera parte de un partido con el 70 por ciento de la posesión, pero así fue. El equipo tuvo una muy buena circulación de balón, que desgastó e hizo bascular al Numancia, si bien estuvo falto de profundidad.

Hemos de hacer aquí una reflexión y volver a lo analizado en pretemporada sobre la confección de la plantilla. Cuando el equipo juega a tener la posesión, organizado con tres hombres atrás -con Johnny y Ujfalusi abiertos a banda y Assunçao pivotando en el medio levemente por delante- Maniche en el eje del equipo, con Maxi y Simão buscando generar superioridades en banda con los laterales y Forlán y Agüero ofreciéndose en el frente del ataque, se hace desgraciadamente patente la falta de laterales competitivos en el equipo. Mariano Pernía suple sus carencias técnicas ofreciéndose constantemente, combinando con Simão y dando salida al balón; Perea, sin embargo, es casi completamente inútil en el juego ofensivo del equipo. Ayer quedó retratado en varias ocasiones, cuando el equipo circuló el balón con rapidez y generó espacios en la banda derecha, el colombiano acabó estropeando siempre la jugada. Parece que en enero viene un tal Angeleri, carrilero de Estudiantes de la Plata. Esperemos. De todos modos, fue el Atleti de la primera parte un equipo serio y compacto, que se movió, siempre manteniendo una distancia prudencial entre líneas, como un bloque. Con la base del dominio de la pelota, ante rivales técnicamente inferiores, al Atleti debe bastarle con un poco de paciencia para romper los partidos, pues le sobra calidad y capacidad goleadora arriba. De hecho, así fue. Johhnny robó un balón en línea de defensa, se la dio Perea, éste rápido a Simão, el portugués galopó la banda derecha y metió un pase exquisito para Forlán que resolvió con categoría ante Juan Pablo. Nueve toques y gol, un clásico rojiblanco.

El guardameta local fue, de lejos, el mejor jugador del partido en la primera mitad. Antes del gol, le había sacado una pelota venenosa al uruguayo que iba dentro, tras genial asistencia del Kun Agüero. Poco después del gol, otra brillante maniobra del joven prodigio argentino habilitó de nuevo a Forlán que pecó de egoísta y remató fuera. Y aún antes del descanso, tuvo el atlético una cuarta ocasión de marcar, tras bonita triangulación entre Simão y el Kun que dejó el balón muerto para que Mariano Pernía rematara fuerte y colocado con su pierna derecha obligando a Juan Pablo a un nuevo paradón. Si Mariano mete esa, me sé yo de uno que sale a gritarlo por las calles. Se dice que el Kun está en baja forma y servidor lo que ve es que el Kun tiene muchas más cosas que remate. Entre que el chaval está más pesadote que hace un mes, por la carga de trabajo físico a que ha sido sometido para suplir su falta de pretemporada y evitar así la inminente rotura muscular, y que los rivales le conocen mucho mejor y le enciman tres en cuanto recibe, Agüero luce menos de cara al tribunero. Aún así, a servidor le parece que sus dos pases de gol a Forlán ayer fueron, de largo, las dos acciones futbolísticas de más brillo en todo el partido. No obstante, para muchos, si no marca no ha jugado bien. Son maneras de ver el fútbol, supongo. El caso es que el Atleti se fue al descanso con una ventaja mínima en el marcador, sí, y, sobre todo, con la sensación de que el partido habría debido quedar completamente resuelto antes de la ducha.

Los diez primeros minutos de la segunda parte siguieron por la misma senda y los de Aguirre acumularon una quinta ocasión clara para batir a Juan Pablo. Esta vez, Forlán tiró la diagonal hacia atrás, el Kun aclaró dos defensas para facilitar la entrada desde atrás de Maniche, que quedó solo ante Juan Pablo con un pase exquisito del uruguayo. El portugués remató al bulto y el Atleti se perdió el cero a dos.

El Numancia, que seguía agarrado al partido por los reflejos de su portero, tiró de casta, de ambición y del juego inteligente del veterano Txomin Nagore, que se adueñó de la zona ancha ante la intolerable dimisión de Maniche. El portugués dio un curso de escaqueo futbolístico, de insolidaridad con sus compañeros y de irresponsabilidad en el juego colectivo del equipo, impropio de su categoría. Todo parece indicar que, en cuanto renueve, tomará la senda que hace más de un año abrazó Seitaridis. Pero, en fin, a falta de fútbol combinativo, el Numancia hizo lo que sabe: presionar de lo lindo y buscar el empate a balón parado, creando peligro en saques de esquina, en faltas laterales e incluso en saques de banda. Los últimos veinte minutos, los de Kresic, envalentonados, parecieron un vendaval, que incluyó tres remates a los palos y dos buenas manos salvadoras de Leo Franco. El equipo se aculó atrás para mantener tres puntos vitales que, repito, debió y pudo haber asegurado mucho antes. Y Aguirre demostró torpeza (o, tal vez, estar tocado por la crítica inclemente y, muchas veces, kamikaze a la que está sometido). El partido pedía retirar un delantero y sumar efectivos de refresco en el centro del campo, pero el mexicano optó por el cambio de cromos y mantuvo a Maniche en el campo. No obstante, el Atleti mejoró con la entrada de Raúl García, que pudo vivir una tarde grande si hubiera culminado una gran contra de Simão con un tiro fácil desde la frontal, de los que clavaba siempre en Osasuna. En Los Pajaritos remató muy desviado.

Alentado por su público, el Numancia siguió tirando de coraje y bombeando balones al área rojiblanca. El árbitro descontó cuatro minutos, Perea (superado toda la tarde por Quero) saltó al bulto a por un balón que era de Assunçao, Ramírez Domínguez decretó un penalty sumamente discutible y Barkero lo transformó con suficiencia y sangre fría. El equipo perdió una nueva y gran ocasión de sumarse a la lucha por la cabeza de la Liga, los jugadores se marcharon, heladitos, con el gesto torvo y a nosotros... A nosotros, señores, se nos quedó cara de tontos.


jueves, 6 de noviembre de 2008

EL DÍA QUE GERRARD SE TIRÓ A LA PISCINA

Por Jesús Doggy, enviado especial a Liverpool.


“¡Dale, canallón! Todavía estamos festejando, ja ja ja... ¡Como os rompimos el orto!” Maxi Rodríguez me sonríe, socarrón. Son las diez menos cuarto de la mañana y estamos en la T-3 del madrileño aeropuerto de Barajas rememorando el clásico rosarino que, la noche anterior, ha ganado Ñuls con un gol de penalty de Schiavi. El pueblo canalla sigue en su particular paseo por el abismo, con el equipo penúltimo en la clasificación del Apertura y, de nuevo, cuarto por la cola en la tabla de promedios, cacicada suprema del fútbol argentino que, para impedir que bajen River o Boca, suma los puntos obtenidos en los cinco últimos torneos y los divide por el número de partidos jugados, descendiendo los equipos con peor promedio, que siempre son los chicos. Pero, en fin, esa es otra historia, mucho más triste, porque la expedición rojiblanca se dispone a tomar un avión rumbo a Liverpool: un viaje soñado. Ya ha llegado el fresquibiris, así que la primera plantilla luce, sobre el traje oficial, una trenca azul marino tres cuartos, como de Gerry y Los Pacificadores, que no podría ser más apropiada para visitar la ribera del Mersey. Esta vez, ante la ausencia de Ujfalusi y del griego delicado, nadie lee, porque Johnny va muy concentrado con su ipod, aunque dudo mucho que esté escuchando el “I like it” o el “How do you do it?”. Hay algún problema con la tarjeta de embarque del Kun, que llega al avión con cara de muy pocos amigos. Es emocionante, en todo caso, subirse a una nave con un escudo gigante del Atleti y un “Atlético de Madrid 1903” grabado en el fuselaje. Delante, los directivos, con el Presidente Don Tancredo a la cabeza, aunque el grueso de la expedición de chupópteros lo conforma la familia Gil Marín casi al completo y sus absurdos adláteres. Es curioso como se parecen ese hatajo de pijos paletos entre sí, aunque sólo uno de ellos tenga el gesto torvo y la cara torcida, fiel reflejo de su mediocre esencia. A Suso, Susito, Susete no se le ve en todo el viaje, supongo que no habrá ido.

Liverpool nos recibe con un día inopinadamente soleado y con un grupito de ingleses con camisetas del Atlético de Madrid a la espera del autógrafo. Desde el aeropuerto ya se intuye lo que será la ciudad: un folclore turístico de explotación de los Beatles. Hay una estatua de Lennon –de hecho, el aeropuerto se llama John Lennon- y un ridículo submarino amarillo de tamaño natural, suponiendo que las ficciones puedan tener tamaño natural fuera del inconsciente colectivo. El taxista que nos lleva hasta el hotel es del Everton, de hecho el club más popular de la ciudad. “You gotta win” nos dice sonriendo. En esta ocasión, el Atlético ha decidido concentrarse en un hotel distinto al de la canalla de los medios, lo cual es una lástima. Por la tarde entrenan en Anfield. El estadio, como ya se ha dicho, es feo por fuera y bonito por dentro. Por dentro impresiona la pendiente sostenida de The Kop y la cercanía del graderío al terreno de juego, pero también parece un estadio pequeño, no extraña que esté al borde de la jubilación en este fútbol superprofesionalizado y transmutado en negocio global.

En la zona de banquillos, se apretujan el Presidente y su séquito. Sólo un número reducido de personas puede estar allí y el jefe de los Stewards se mosquea terriblemente al ver a la recua de Gilmarines. Al de la Cara Torcida le cae un chorreo importante en perfecto inglés gritado y el dueño del club de nuestros amores se achanta y pide perdón hasta la extenuación, mientras sus hermanos hacen comentarios de pésimo gusto en voz alta. Sobre el césped, Agüero practica feliz de la vida: se pone de portero, hace bromas con los compañeros, amaga con darle una colleja a Javier Aguirre. Ya sabe que va a ser suplente, pero sonríe, como siempre, picarón. Que distinto a su semblante de hace menos de un año en Bolton, cuando casi se vuelve loco al saber que no jugaría de inicio. Quiero valorarlo como un paso más en su buena evolución. El técnico mejicano, en rueda de prensa, está sumamente tenso: va a enfrentarse a su archienemigo, el gordo camarero español que dirige al Liverpool y mide sus palabras. “¿Tiene el equipo decidido?”. “Tengo muy claro que once jugadores van a saltar de inicio, pero prefiero no decirlo”. La organización de la rueda de prensa es nefasta, más propia de aficionados que de profesionales de esto, quede constancia para que luego no se diga. Junto al Vasco, la Señorita Pepis, en cuyo honor hay que decir que habla un inglés más que notable y que no necesita en ningún momento hacer uso del traductor, que, por lo demás, es un cachondo de cuidado.

De regreso al hotel, mientras la canalla prepara sus bochornosos planes nocturnos habituales, me topo con Roberto Solozábal que, curiosamente, aparenta una forma física incluso mejor que cuando era futbolista profesional. Ahora vive a caballo entre Madrid e Ibiza, pero ha ido a Liverpool a ver el partido con dos amigotes que, sin duda, les sonarán: Alfredo Santaelena y Gabriel Moya. El centro de Liverpool está trufado de “presuntos” lugares santos para el nostálgico beatlemaníaco, pero no es más que una mera añagaza para atraer turistas. Hay dos o tres The Cavern en la misma calle, aunque el auténtico The Cavern fuera demolido allá por 1972. Es la noche antes del partido, pero ya se nota ambiente atlético en la ciudad y es emocionante pasar junto a un pub céntrico y sentir como atruena el “Vamos dale Atleti”... El martes amanece nublado sobre Liverpool y, desde primera hora, la ciudad es un hervidero de camisetas y bufandas rojiblancas. En la tienda oficial del Liverpool, en pleno centro, decenas de aficionados colchoneros compran recuerdos de Fernando Torres. Huelga decir que La Máquina es un ídolo absoluto para los reds y nosotros conocemos sobradamente las razones. Saliendo de la tienda un “¡¡¡Uruguayo, uruguayo, uruguayo!!!” retumba en la plaza. Diego Forlán, acompañado por Maniche, Coupet, Sinama y Perea, está rodeado de colchoneros. Por la calle adyacente aparecen Camacho, Miguelito, Raúl García, Antonio López y la Señorita Pepis: tardarán casi media hora en cruzar la plaza, porque cada medio metro tienen que hacerse una foto. “¡¡Miguel, Miguel, Miguel de las Cueeeeevas!!”. El chaval sonríe. Cinco horas después, será el descarte de Aguirre y verá el partido desde el palco. Por doquier, hermanamiento de hinchadas y miradas torvas de los supporters del Everton, The People’s Club. La estatua de Lennon en Mathew Street es ataviada, una y otra vez, con bufandas rojiblancas.

El autobús de la prensa se dirige a Anfield. El autobús de los cuchillos largos: desde la mañana se ha extendido el rum rum de que el Kun no será titular. “Voy a matar al mejicano”. “A Aguirre lo crujo”. “Le voy a machacar”. Todos los que esperan saldar cuentas con el Vasco, nada dócil con los caprichitos de los medios, especialmente con los radiofónicos, están felices, ya tienen munición para cargar sus traicioneras recortadas. En Anfield, afortunadamente, no reparten el “Forza Atleti”, sino que cobran tres pounds por el “This is Anfield”. Me ahorraré las comparaciones que, en este caso, más que odiosas, serían grotescas. La tribuna de prensa está en el sitio ideal: a media altura y en el centro del campo. Me toca al lado del traductor, repito, un cachondo de cuidado. Ya se ha dicho, pero es que es cierto: el “You’ll never walk alone” pone los pelos de punta. Y da un poquito de alipori que el cerril medio centenar de siempre intente estropearlo, confundiendo rivalidad con falta de educación. También es cierto, tal vez por la acústica, que cuando ruge The Kop no se oye otra cosa en el estadio. Y eso no quita para que la afición atlética de una auténtica lección de aliento a sus colores. “Es impresionante” me dice el traductor. Sonrío y pateo por lo bajini mientras atruena eso de “El equipo campeón, los mejores porque sí”. Aguirre se muerde los puños en el palco, mientras el fat spanish waiter se desespera, totalmente superado, en la zona técnica. El baño táctico del mejicano es absoluto. Maxi mete un golazo que nace en un centro largo sensacional de Johnny adornado por un control a lo Zidane con la derecha de un Antonio López que, minuto a minuto, da silenciosas lecciones a un griego desahogado. El Atleti no cierra el partido en dos contras de manual cortadas con mano dentro del área que un bombero sueco no ve. Tampoco ve, en el 93’45” de partido, un penalty que no es tal, pero se fía de un linier malhadado y pita pena máxima para después freírnos a tarjetas. Incluso al pobre Kun por sacar de centro tirando a puerta. Un auténtico disparate. No tan bochornoso, en todo caso, que el caos en el Aeropuerto Internacional John Lennon, en el que tres mil aficionados españoles son tratados como ganado. Infame.