
Por Jesús Doggy, desde una banda.
Vayamos por partes. Llegaba el Atlético de Madrid a la decimocuarta jornada liguera con el engañoso aspecto del que viene de lograr dos solventes victorias ligueras consecutivas y de dar un grosero petardazo para celebrar el que, desgraciadamente, puede haber sido el último partido de la máxima competición continental disputado en el estadio Vicente Calderón. Enfrente, un Villarreal, este sí, al alza. El partido se había vendido, inconcebiblemente, como un duelo entre equipos similares, grandes en horas bajas, candidatos a Europa bregando al filo del abismo. En fin, esas cosas. Una comparación tan engañosa como la estadística, pues el Villarreal de Ernesto Valverde en nada se parece al deshilachado despojo en que ha devenido el Atlético de Madrid. Uno mira al Villarreal y reconoce un proyecto de equipo, una trayectoria coherente en el mercado de fichajes –con sus inevitables errores, algunos de bulto-, el gusto por un determinado perfil de jugadores y, sobre todo, la confianza de estar en el camino correcto. El Villarreal, finalizado el brillante quinquenio del Ingeniero Pellegrini, fichó a Ernesto Valverde, un excelente entrenador que combina rigor táctico con una clara apuesta por el dominio de los partidos, convencido de que era el sustituto ideal. Al Txingurri se le dio un buen equipo ya formado al que se añadieron un par de retoques bien pensados por la magnífica secretaría técnica del club. El nuevo proyecto ha tardado en carburar, pero visto lo visto ayer, en un helador estadio Vicente Calderón, parece que ya arranca. El Atlético de Madrid, por el contrario, es un equipo gripado, que podrá pegar algún loco acelerón de vez en cuando, pero que necesita urgentes cambios, especialmente una junta de la culata nueva. El Atlético de Madrid, sin proyecto definido de equipo, sin un atisbo, no ya de coherencia sino de la más elemental profesionalidad y sentido común, en su política de fichajes, sin la más remota idea del tipo de jugador que puede o debe vestir la elástica rojiblanca y, sobre todo, con la certeza evidente de ser un club a la deriva, en nada se parece al Villarreal. Frente al Villarreal, lo único que el actual Atlético de Madrid puede esgrimir es su Historia. Y, reconozcámoslo, ese es un argumento muy pobre. El Atlético de Madrid puso fin de mala manera al honesto, profesional y cumplidor ciclo de Javier Aguirre no sé sabe muy bien por qué, salvo que fuera para apaciguar a una grada enloquecida por la rabia y la frustración. El Atlético de Madrid, sin que se sepa muy bien por qué, salvo que fuera porque era barato y porque podía calmar a esa hastiada grada, sustituyó al aguerrido mejicano por un veterano de la casa, Abel Resino, un entrenador sin experiencia en el máximo nivel, partidario al parecer de adelantar la defensa a toda costa. A Abel Resino se le dio un deslavazado grupo de futbolistas, digamos un equipo, al que, posteriormente, se le extrajeron varias piezas interesantes para cederlas a otros equipos y al que, finalmente, se le escaqueó un titular importante con nocturnidad y alevosía. La infame e indigna secretaría técnica del club gastó el poco dinero disponible en la compra de un jugador tan prometedor como innecesario, convenció con una buena ficha a un veterano central internacional del Betis e hizo retornar a dos jugadores que ya habían demostrado su falta de valía para jugar en el estadio Vicente Calderón. El Atlético de Madrid despidió pocos meses después al susodicho Abel Resino y, sin que se sepa muy bien por qué, le dio el mando de los restos del naufragio a un señor que responde a las iniciales de QSF, reconocido estratega, entrenador de los llamados de pizarra, con un indisimulado gusto por amarrar los resultados.
Está claro, pues, que no se trataba de un duelo entre equipos similares, ni siquiera parecidos. Para mayor abundamiento, el único jugador de jerarquía del equipo, el único jugador capaz de marcar la diferencia, el llamado jugador franquicia, se quedó en la grada aquejado de dolores que hacen temer por una inminente y trágica lesión. La evidente diferencia entre ambos equipos se demostró en toda su crudeza ayer, durante la primera media hora del encuentro. El Villarreal presionó arriba y presionó bien, el Villarreal junto bien las líneas adelantando la defensa al medio del campo y achicando con sentido, el Villarreal juntó en el centro a Cani, a Cazorla y a Senna combinando y conectando con los inquietos y punzantes Fuster y Rossi y barrió del campo al Atlético de Madrid pese al denodado esfuerzo de un señor negro, calvo y profesional al que cariñosamente apodamos Asunción (y que, como usted habrá sin duda ya adivinado, volvió a ver, lógicamente, una tarjeta amarilla). En tan sólo media hora de juego, para ser exactos en 35 minutos, se vivió en el estadio Vicente Calderón un resumen diáfano de lo que se ha dicho en el párrafo anterior. El Villarreal hizo lo que quiso, y por donde quiso, con un Atlético de Madrid que, por momentos, pareció ridícula caricatura, absurdo remedo, innoble banda. Espantoso en defensa, con Valera superado una y otra vez, con Perea y Juanito inermes, ausentes y enervantes, con un Ujfalusi voluntarioso pero fuera de sitio. Intolerable en el medio, con un Simao muy irregular que tuvo que hacer de medio centro ante la enésima no comparecencia de un medio fantasista que tenemos, que dicen que es muy bueno, con Asunción literalmente desesperado y con un Jozean Reyes que fue el único que parecía saber jugar al fútbol de los nuestros. Que ya es triste, como dice un buen amigo. Y sonrojante en la punta del ataque, perdón, del ataque fantasma. Porque ayer, en el estadio Vicente Calderón, uno miraba al ataque del Atlético de Madrid y veía dos fantasmas, dos espectros, dos hologramas. Ayer, en el estadio Vicente Calderón, uno miraba la punta de lanza del Atlético de Madrid y no daba crédito, porque veía dos réplicas exactas, pero idénticas, de Diego Forlán y de Maximiliano Rodríguez, sabiendo, sin embargo, que es de todo punto imposible que esos dos patéticos bultos sospechosos que veía fueran verdaderamente Diego Forlán y Maximiliano Rodríguez.
En esos 35 minutos el único jugador del Atlético de Madrid que cumplió con su trabajo fue un Pobre Porterito Palentino, discutido y condenado por muchos ya desde el día de su presentación, como si el PPP tuviera alguna culpa de ser un joven y prometedor cancerbero que no le hacía ninguna falta a un equipo sobrado únicamente de eso, de jóvenes y prometedores guardametas. El Villarreal pudo marcar a los dos minutos, pero el PPP salió rápido y bien a los pies de Fuster que retrató a Perea en la primera que tuvo (Perea, por cierto, le propinó poco después uno de esos codazos absolutamente necios suyos con los que trata de justificar su injustificable presencia en el terreno de juego, esta vez, por suerte para el equipo, el árbitro no le vio). Tres minutos después era Cazorla el que chutaba, cómodo y con espacio, desde la frontal y el PPP, adornándose en exceso en un gesto palomitero de los que gustan de afearle sus detractores, desvió a córner. Dos minutos más tarde era otra vez Fuster el que probaba desde lejos al PPP que esta vez realiza una intervención de mérito para desviar a saque de esquina. En el minuto diez le tocó a Cani reírse de la zaga rojiblanca, aunque no atinó con un remate cruzado ante la alocada y mal calculada salida del PPP. Cinco minutos más tarde, Rossi disparaba, de nuevo sin oposición, desde la frontal, y su disparo se perdía fuera por poco, por muy poco. Poco después, de nuevo Rossi probaba suerte y el PPP detenía con apuros en dos tiempos. Increíblemente, tras el inapelable baño de juego y ocasiones recibido, el Atlético de Madrid se adelantaba en el marcador gracias a un exquisito pase interior de Jozean Reyes (poco antes le había dado otro igual a Maxi, sancionado con un inexistente fuera de juego) a Simao, que el portugués convertía en gol con elegancia y sangre fría. Increíblemente, después de la incontestable superioridad demostrada por el Villarreal en todos los aspectos del juego, el Atlético de Madrid se iba a la inmerecida ducha con ventaja en el marcador y los rumores de una grada con principio de congelación se tornaban sonrisas cautelosas.
Si en la primera mitad quedó claro que el actual Atlético de Madrid no puede jugar de igual a igual con el actual Villarreal, en la segunda parte se demostró que el actual Atlético de Madrid no vale siquiera para defender un marcador a favor y salvar los puntos. A los tres minutos de la reanudación, un jugador llamado Capdevila, uno de los titulares de aquel Atleti que se fue a Segunda, ahora convertido en internacional absoluto indiscutible y Campeón de Europa, centró tranquilamente desde su banda izquierda, un centro templado y muy lejano que el joven Fuster, en el balcón del área chica, remató abajo, como mandan los cánones, imponiéndose por enésima vez a Juanito y batiendo a un PPP que dudó donde no se duda y recogió el balón del fondo de su portería como el que tiene una certeza inútil. El Atlético tuvo una ocasión aislada, pero muy clara, en las botas de un replicante que se parece a Maximiliano Rodríguez como una gota de agua a otra gota de agua; mientras el Villarreal encadenaba, una tras otra, situaciones magníficas para marcar: la tuvo Rossi, pero remató fuera, otra vez por poco, la tuvo Escudero, pero su remate, que probablemente se colaba, pegó en Asunción, la tuvo Marcos Senna, ayer, por momentos, pletórico, al que le faltó precisión y la tuvo el central uruguayo Godín que erró clamorosamente rematando alto cuando estaba solo dentro del área. En el banquillo del Villarreal, Ernesto Valverde hizo tres cambios, refrescando en el momento justo a su equipo en el centro del campo y en el ataque. En el banquillo del Atlético de Madrid, QSF no se atrevió a quitar al golem rubio que algunos dicen que es el mismo delantero uruguayo que ganó la última Bota de Oro del fútbol europeo y, en su lugar, optó por retirar, bastante tarde, al inoperante sosias de Maximiliano Rodríguez. Poco después se lesionó Jozean Reyes, volteado salvajemente en un choque con Diego López, y QSF tomó la extraña determinación de dar entrada a Ignacio Camacho. El canterano tuvo la mejor ocasión del Atlético de Madrid, pero remató alto, en inmejorable posición, un saque de esquina botado por Simao. Se cumplía entonces el minuto 90, pero aún tuvo tiempo el Villarreal de marcar el gol del triunfo y de fallar una nueva ocasión. Escudero se marchó por la banda izquierda, defendido por la acuosa mirada lejana de Valera, centró al borde del área chica y Juanito, apurado por Joseba Llorente, se marcó en propia meta el gol del triunfo castellonense. Con el Atlético de Madrid ya definitivamente descompuesto y la grada finalmente gritando las verdades del barquero, que riman en il y en ón, el PPP salvó una doble ocasión saliendo valientemente a los pies de Escudero, primero, y de Joseba Llorente, después.
Turienzo Álvarez, que sin influir en modo alguno en el marcador, realizó un arbitraje paupérrimo, plagado de fallos de apreciación y de errores técnicos, pitó el final del partido, momento que aprovechó un impersonator del rubio delantero centro del Atlético de Madrid para conversar muy sonriente con sus presuntos compatriotas Godín y Eguren a propósito de las vacaciones navideñas en las playas de Punta del Este, del nuevo aspecto de Indy, la mascota del Atlético de Madrid, que ahora saca la lengua donde antes mostraba sonrisa mellada y, sobre todo, de la portada de la inefable revista Forza Atleti. Como decía mi abuelo, yo, por si acaso, me vine.









