
Debe resultar muy complicado recibir el encargo de narrar la decadencia de una institución querida o la decrepitud de un familiar próximo, la pérdida de prestigio y dignidad de un ídolo antes venerado. Peor aún debe ser verse en la obligación de hacerlo voluntariamente para contarle al resto lo que ocurre y no quieren ver, o lo que saben que ocurre pero no quieren o no pueden describir. Estos encargos son los que nadie acepta, igual que estos acontecimientos son los que nadie quiere vivir y mucho menos transmitir al resto, obligados a vencer momentáneamente el asco y la desesperación para describir con detalle el proceso de degradación del enfermo terminal o la descomposición de lo que parece un cadáver a ojos de la mayoría pero al que algunos, admirables, siguen intentando devolver al mundo de los sanos, animándose los unos a los otros mientras practican durante horas, o días, o años el masaje cardíaco que según los libros sólo merece la pena aplicar durante unos segundos. Debe ser durísimo estar en esa situación, menos mal que nunca nos ha pasado, debe ser horrible, esperemos que no nos ocurra a ninguno nunca, ni si quiera a Vd que es tan antipático a veces y suele escaquearse de pagar cuando vamos a escote. Esperemos.
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Hace una semana la prensa hablaba, una vez más, del interés de un equipo rico por una de las estrellas de un equipo en quiebra; así visto, que se puede ver así, no me negarán que invita poco al optimismo. El aficionado atlético de cana y pedigree sabe que estas cosas son así desde siempre y lo toma con más tranquilidad que los más jóvenes, siempre más sensibles a las chuflas de los vecinos y a la desesperación del que ve que se le queda el equipo en nada, quizás por ser ésta una sensación que conoce bien desde que él mismo colgaba pancartas en las que ponía Futre no te vayas. El aficionado más curtido mira lo que rodea a los rumores sobre Agüero y se hace una idea de la idea que tiene el club respecto al futuro deportivo de la entidad y ve cosas que le intranquilizan.
Ve, por ejemplo, que finalmente se anunció la renovación oficial de Forlán tras otros anuncios oficiales y desmentidos oficiosos y entrevistas con sugerencias y artículos con rumores y disgustos. Firmó Forlán en clara aliteración y lo hizo de forma extraña, como sin querer, tardando más de lo normal, quizás sin ilusión o sin estar del todo convencido de lo que hacía. Lo hizo tras escuchar con atención ofertas de otros que le ofrecían mejores proyectos deportivos y el clamor de la grada que lo considera un héroe. Pensó en su firma mientras su selección se jugaba el pase al mundial y mientras su club hacía la pretemporada y dio la impresión de que se lo pensaba mucho, ya fuera porque el borrador de contrato que le pasaban contenía erratas y estaba impreso en papel usado por la otra cara, para ahorrar, ya fuera porque no se fiaba de la imaginativa fórmula de pago que le ofrecían los abogados del club, de aspecto patibulario y con demasiadas direcciones diferentes en el membrete del despacho como para no sospechar. Forlán esperaba un papel en condiciones que firmar y no sabemos si fue por la intranquilidad del proceso o por hacer presión al club, jugó fatal los primeros partidos de la temporada. Forlán tiraba a puerta desde todas partes y a todas horas, controlaba los balones sin precisión ni garantía, correteaba por todo el campo sin ton ni son y desesperaba a la grada a pesar del inmenso crédito generado durante la temporada anterior. Pero Forlán firmó finalmente y conociendo a la otra parte contratante de la primera parte posiblemente le dieran para ello un boli Bic sin capuchón ni tapita de esa de atrás, firme oiga, firme. No funciona, no pinta, diría Forlán, ¿no tiene Vd otro bolígrafo o un pilot de esos tan buenos o aunque sea un rotulador Carioca de esos de caja rectangular con muchísimos colores de los que sólo funcionaban los que nadie usa nunca, como el verde agua, el gris plomo, el marrón Citroen Visa o el amarillo lima-limón? Pues no, no tenemos, oiga, no sea Vd impertinente por más que la afición le idolatre y tenga Vd más abdominales que nosotros deudas. Déle aliento al boli, oiga, o haga unas rayitas en la suela de la zapatilla que lleva, ahí, ahí, eso es, ah, no, espere que aquí tengo otro en un cubilete al lado del teléfono, ese sitio en el que se guardan los bolis que nunca funcionan cuando hace falta, este mismo debe pintar bien, que es de un motel de carretera. Firmó Forlán, que algo es algo, pero llegó tan cansado de sus periplos mundialistas que estaba hecho unos zorros y el sábado ni jugó ni nada pero estuvo toda la segunda parte calentando. Pero al menos firmó un tipo que sabe de qué va esto del fútbol, por más que últimamente juegue malísimamente.
Desde que el experto futbolístico Enrique “Gurú” Cerezo se hizo cargo a bombo y platillo de las decisiones deportivas de la entidad (no se ría Vd, oiga, que le veo) renovaron también tres pilares fundamentales del Atleti que se avecina, del Atleti que se ofrece a Agüero como equipo en el que consolidar su carrera, la plantilla con la que retirarse tras años y años de éxitos. Se renovó a Diego Costa, jugador de cierta calidad y temperamento indomable que lleva años de equipo en equipo a ver si se centra ya. Se renovó a Cléber y en varias universidades se abrieron grandes debates sobre el verdadero sentido de la renovación mientras que en varios bares brasileños se morían de risa y se echaban a las calle las escuelas de samba a ver quién hacía la letra más ingeniosa a la hora de hacer mofa de los timados. Se renovó también al artista antes conocido como Jurado, ese jugador del que hablan maravillas aquellos que no tienen que sufrirlo partido tras partido o aquellos que se limitan a ver los resúmenes de la noche y sacan conclusiones que elevan a dogma de fe tras ver un taconazo contra un segunda B. Renovó Jurado tras casi sesenta partidos en el Atleti en los que no ha conseguido convencer a casi nadie de casi nada, pero se vendió como la renovación apresurada que no se puede demorar por miedo a que llegue otro más listo que ya ha reconocido la perla que se esconde dentro de la ostra. Renovó Jurado y se anunció a bombo y platillo, a sabiendas de que el aficionado que sólo ve partidos en la tele y no sigue a los jugadores con atención en el campo lo celebraría con el alboroto que requieren las verdaderas buenas nuevas. Renovó Jurado y no trascendieron algunas cláusulas impuestas por el jugador, como la que al parecer impone sanciones a los compañeros que le roben la merienda de la taquilla – en especial los días en que tenga pan con chocolate - y la obligación para el club de asegurar que no compartirá habitación con Ujfalusi en las concentraciones, porque el renovado, aterrado, no pega ojo.
Sacó conclusiones de todo ello el aficionado preocupado y se echó a temblar.
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Con estos precedentes inquietantes llegaba el Atleti a la Coruña, que es un sitio estupendo en el que se come muy bien y se puede pasear por la playa en los días de invierno, a jugarse contra el Depor la posibilidad de sacar la nariz del agua y tomar aire, de llenar los pulmones a costa de un rival que hace semanas se antojaba limitado y más que asequible y que ahora parece inalcanzable y superior. Llegaba el Atleti con una única misión posible: ganar y recuperar el ritmo de la competición, salir de la espiral de fracasos que este año describe la trayectoria del equipo, y nada más empezar pareció que podría ser posible. Marcó el Kun a los tres minutos de partido y la afición, bien recién levantada de la siesta, bien con el café recién terminado, creyó por un momento que las cosas podrían ser como debían.
La afición, pobrecita, pensó que a ver si el equipo entendía las cosas y asumía por fin la responsabilidad de darle la vuelta a la trayectoria del año en curso. Para ello contaba con Asenjo, que volvió a dar la sensación de no saber muy bien dónde está a veces la portería y que hizo alguna parada de mérito, y con una defensa preocupante de inicio: Antonio López, blando y con poca participación como todo el año; Pablo, que hizo algunas cosas bien y varias muy mal, en concreto dos penaltis de los que sólo se lanzó uno; Perea, autor de algunos de los errores más monumentales que uno recuerda, con mención especial a un pase de tacón al rival, y garantía de estrés cardíaco para la afición; y finalmente, Domínguez, el más joven, el menos experto, el más nuevo en la profesión. Domínguez, qué cosas pasan, fue el mejor, el que mostró más arrestos y más galones y más saber estar cuando las cosas no se ponen bien. Domínguez, que cuenta sus apariciones en el Atleti con buenos partidos, pertenece a una generación prometedora de futbolistas criados en casa que tienen que ganarse el puesto a sangre y fuego mientras renuevan jugadores insulsos, sin compromiso, sin calidad, sin sangre, sin fútbol, sin presente y sin futuro. Ser canterano en el Atleti es como ser niño en la grada del Calderón: algo que hace sentirse idiota al que lo vive en primera persona y culpable al que indujo la decisión. Domínguez tiene pinta de jugador más que aprovechable y también, lamentablemente, de víctima de la política deportiva del club y de sus deshonestos responsables a menos que la cosa cambie radicalmente.
En el centro del campo jugaron Assunção y Raúl García, la única pareja de la zona, ante la ausencia hasta ahora de Camacho, que invita a pensar en brega, compromiso e intensidad, la única combinación que parece viable para evitar el descalabro seguro. Poco duró el invento: Raúl García volvió a lesionarse poco después de que el Depor hubiera empatado, cómo no, a balón parado. En su sustitución salió Cléber y la combatividad del equipo descendió al nivel de un grupo de carmelitas descalzas. El repertorio de repliegues de Cléber podría ser útil en terapias anti-estrés junto con la contemplación de acuarios y el cronometraje de caracoles, pero nunca para un equipo de fútbol. La entrada de Cléber terminó por desubicar a Assunção y dado que Jurado era otra de las patas del frágil entramado del centro del campo, el partido parecía perdido o, al menos, no ganado. Remontar un partido contra un equipo ordenado que exija cierto músculo con Cléber, Jurado y el absurdo Sinama es simplemente imposible o al menos altamente improbable. Cuando uno junta en un campo a tres jugadores sin carácter, sin ganas de ayudar al equipo y sin la calidad suficiente como para compensar sus inmensas carencias con alguna aportación positiva, el lastre es demasiado pesado como para no irse al fondo.
El equipo que jugó en Coruña gran parte del tiempo no sólo carecía, como es tradicional, de patrón de juego e identidad sino que tampoco tenía jugadores de calidad, liderato o carácter capaces de pegar una voz que hiciera despertar a los renovados o apretar filas a la defensa despistada. Ausentes Forlán, Ujfalusi, Simão y Raúl García, sólo Maxi parece una alternativa a la carga solitaria y desesperada de Agüero. Maxi, aún intermitente y lejos de lo que de él se espera, lució ayer entre la mediocridad del equipo y pareció a ratos uno de los pocos jugadores de fútbol de nuestro bando; esto no dice mucho de Maxi, sino más bien muy poco del resto. La salida de Simão contribuyó a la mejora momentánea y al aumento de la intensidad, pero no sólo no se consiguió darle la vuelta al partido sino que se terminó perdiendo con un penalti en el descuento en un episodio más de la ópera bufa en la que se ha convertido este club. El resumen, empero, es claro: es complicado ganar partidos con jugadores tan malos, es complicado no perderlos con jugadores tan pusilánimes.
Tras 11 jornadas, que ahí es nada, el equipo está en descenso y con 7 puntos de 33 posibles. El equipo no juega a nada y carece de referentes, algo especialmente visible cuando los buenos jugadores han estado centrados en meter a sus selecciones en el mundial. Raúl García será baja unos partidos, lo que se antoja un problema enorme sólo amortiguado en parte por la baja forzada de Cléber el próximo partido de liga, lo que puede permitir a Camacho tener sus primeros minutos. El portero siembra dudas, la defensa recolecta las dudas, gordas como calabazas, que lleva sembrando un tiempo, y cuando en la media se juntan Cléber y Jurado la intensidad del juego recuerda a una partida de bridge en un asilo de Cornualles. Urge la vuelta de Forlán al mundo de los vivos, urge la continuidad de Simão y la mejoría de Maxi, y urge que Agüero no tenga más motivos para mostrar la desesperación que lució ayer tras el penalti, protestando con la intensidad del que busca una tarjeta que le libre de jugar con semejantes compañeros. Urge una defensa contundente, la vuelta de Ujfalusi y los galones en los hombros de Domínguez, urge encontrar un patrón de juego aunque sea provisional y urgen refuerzos. Urge tomar conciencia de dónde está el equipo, reorientar objetivos a corto plazo y actuar como la camiseta exige, esto es, con honestidad y entrega. Urge corregir muchas cosas a corto plazo y aún más a medio y largo, que de esas ya hablaremos. Pero, lo que es ahora, el equipo tiene mala pinta. Muy mala pinta. Muy muy mala pinta.



