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lunes, 16 de diciembre de 2013

Algunas conclusiones (motorizadas) tras el partido del Valencia y un cuento checo



Llegó el Valencia al Calderón en noche fría de diciembre, y jugó bien durante al menos una hora. Y, con todo, tres goles le hizo el Atleti. Tres goles le hizo el Atleti al Valencia, tres goles le hizo, tres: el primero por coraje, el segundo por capricho, el tercero por placer. Tras un buen primer tiempo, durante el que el Atleti estuvo incómodo y espeso, y un principio del segundo en el que se afanó por achicar agua mientras quedaba claro que había cambiado el viento, un buen Valencia se llevó tres goles que pudieron ser cuatro.

El Valencia salió ordenado y con la lección aprendida, dejando jugar al Atleti en horizontal para que tuviera problemas a la hora de encender las luces. En un Atleti pretérito perfecto simple, incluso pluscuamperfecto, el primer tiempo del Valencia, áspero, organizado y reservón, se habría traducido en dudas, prisas, malas decisiones y vacilaciones a la altura del minuto 50;  despeje Vd, no, que es suya, despeje Vd, ¿pero ese de la banda no era suyo? mío no, mío no, yo creo que era de su padre, oiga.

En el pasado, ese orden inicial del visitante habría valido para llenar de miedo a los jugadores, de confianza al rival y de desesperación a la grada. La primera parte marcada por el despiste ausente de Arda, por la falta (dimitido el turco) de un jugador que sepa abrir equipos cerrados, la nula aportación (una vez más) de Villa, la clara vocación del rival para llevar un partido a un ritmo lento y la desconexión de Juanfran, que casi no tocó balón en un buen rato, habría sido el presagio de una empanada monumental en el segundo, de un remate rival tras despeje de tres, cuatro defensores, de un disgusto de esos que dejan helado el Calderón. Pero ayer no fue así, ahora ya no es así, no con el Atleti del Cholo Simeone.

Y es que Simeone ha convertido el equipo blandengue del blandengue Manzano y el equipo desquiciado del desquiciado Quique Flores en un fiable ingenio mecánico que avanza y avanza, despacito o a la carrera, centímetro a centímetro y partido a partido, directo a su objetivo con la solidez y la autoridad de un tanque que rara vez gripa el motor o se queda en el barro. Quizás Simeone no disponga del fino deportivo italiano de los buenos años del Barça, ese descapotable rojo con volante de nogal y tapicería de canguro lechal que entra alegre por las curvas de la Riviera italiana camino de Portofino con chica con gafas de sol y pañuelo en el asiento del copiloto. El Cholo no tiene tampoco, gracias a Dios, un deportivo de esos ordinarios que hacen ruido a todas horas con sus escapes trucados, sus cristales tintados, ruedas anchísimas e intermitentes de Swarovski como el que conduce el ostentoso vecino del Norte, alardeando de subwoofer en los semáforos a ritmo de reguetón, púmmm, paúm-pá-úmm, paúm-pá-úmm.

Simeone ha construido, él solito, un todoterreno robusto y resultón, una máquina sin artificios ni alerones, sin GPS ni aire acondicionado, cuadradote y poco glamouroso con suspensión de ballesta y arranque con botón, como los Land Rovers antiguos; un coche que, cuando la cosa se pone fea, resulta fiable, sólido y resolutivo porque, bajo su apariencia discreta, en realidad hay un prodigio de la ingeniería. El Valencia planteó un partido con barro y cuesta arriba, un partido en el que quizás se habría varado  el Alfa Romeo Giuletta Spider del 55 que conducían en Barcelona y habrían patinado las ruedas anchísimas del Opel Manta tuneado que se ha comprado este año el tercer equipo de la Capital con el dinero de un constructor. Pero eso no le pasa al Atleti del Cholo. Seguro de su idea y convencido de su juego, el Atleti porfió con la determinación del que se sabe capaz de echar abajo un muro de piedra con una cucharilla. El Atleti de hoy, 200 caballos de tracción total sin alardes, carácter de tractor y sin cuero en la tapicería, se fue al vestuario, se puso ruedas de tacos, metió la reductora y salió con la idea de soplar y soplar hasta derribar la casa de ladrillos que le habían construido enfrente. Por si fuera poco, el lobo es de Lagarto y eso le convierte en una criatura mitológica parecida al Grifo, aunque en este caso al de vermouth. 

Tras salir del vestuario, el Atleti dio muestras de haberse sacudido la grima que da dejar manchas en las alfombrillas nuevas y se puso al lío. Avisó un par de veces hasta que marcó Diego Costa un gol de empuje que recordó a aquellos que metía en el Barcelona un delantero brasileño con tendencia a engordar y a hacer anuncios de póker. Diego Costa controló regular, avanzó a trompicones, entró por donde buenamente le dio a entender el momento, tiró con la zurda y le dobló la mano al portero. Es de justicia reconocer que Diego Costa lanzado no resulta muy estético; se mueve con maneras de coche de choque y sugiere un punto torpón, como si en vez de regatear simplemente atajara para llegar antes a posiciones de tiro; viendo el resultado, hay ya quien intenta ensayar el atajo como recurso futbolístico y baraja varios nombres para el lance: a atajinha lagartera, o atroche costeiro, o barullo trompicão. Cuando Diego Costa recoge el balón cerca del medio campo y comienza a correr en dirección al portero, hay quien dice que tiene los ojos en blanco y una fuerza sobrehumana, y que cuando celebra el gol lo hace gritando en leguas antiguas que se creían extintas. Si en esos momentos se lesionara, recomienda el Club, en vez de avisar a un fisioterapeuta es conveniente llamar a un exorcista.

Tras el gol de coraje llegó el de capricho. Raúl García enchufó con la zurda un balón que tuvo la amabilidad de caerle cerca, dejando clara su importancia en el equipo, deshaciéndose de muchos detractores y ganando a la vez un enemigo: David Villa. De nuevo desfigurado y blandito, Villa tiene pinta de soñar con Raúl García, levantarse en medio de la noche con sudor en la frente, repasar mentalmente las veces que él toca el balón y compararlas con las veces en que éste le llega al navarro quien, fiel reflejo del robusto coche todocamino del Cholo, juega en manga corta en medio del ártico y marca goles con las cuatro ruedas y el remolque si hace falta.

El último gol, como el último desliz de Paquita la del Barrio, fue por placer. Falló un penalti Diego Costa a pesar de que el portero se había tirado un rato antes de que la pegara él, y al rato provocó otro. Al parecer desde el banquillo se pidió que fuera Raúl García quien lo tirara, pero nadie se enteró y el brasileño que jugará con España se dio el gusto de tirar un nuevo penalti, meter un segundo gol y ponerse pichichi consorte. Y, en ese momento, el Land Rover de acero templado mutó en caza-bombardero match-3. Simeone pidió un cuarto gol para hacer al equipo líder, rugió la grada y la austera máquina de ganar terreno palmo a palmo trasmutó en fiera desbocada. Si hace dos años nos dicen que íbamos a ver a Filipe Luis tirándose al suelo como un loco en el minuto 85 y con tres a cero a favor, habríamos llamado a un médico; si nos cuentan que el último córner del partido se iba a jugar con la intensidad del último minuto de una final de Copa, habríamos llamado a un guardia.

Tres goles, tres, se llevó un Valencia digno y peleón, bien plantado el primer tiempo y rendido el segundo al empuje de Diego Costa y la fe general del grupo. Uno no recuerda un Atleti tan convencido de sus posibilidades y tan dominador de la psicología de los partidos, tan capaz de transmitir a la grada que sí, que por empinada y embarrada que sea la cuesta, hay tracción para llegar arriba.
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Partido a partido

“Partido a partido”, dice Simeone  antes de cada encuentro y “partido a partido” repiten los jugadores a coro tras cada victoria, empate o derrota. “Partido a partido”, dice la prensa en un alarde de inventiva y “partido a partido”, dice la grada. La grada dice “partido a partido” y piensa, al mismo tiempo, si no es ya momento de mirar un poquito más allá, de darle un poco de vidilla a la imaginación y al optimismo. La afición, reunida en bares y rara vez en museos, habla del equipo, de la capacidad de sufrimiento y la fe de los jugadores, de la cantidad de balones que recupera Gabi, del cambio asombroso de Filipe Luis y Juanfran, y cuando dice todo esto la afición sonríe. Habla luego del andar zambo de Arda Turán, de las roscas de Koke, de los últimos partidos de Tiago y de la explosión Raúl García, y la afición se viene arriba. Pero cuando habla de Diego Costa y su lagarterana marca registrada, de su gol por partido, de su pelea con los defensas rivales y esa forma tan suya de apoyarse en el cuerpo de los centrales para bajar el balón y controlarlo, es complicado parar el optimismo. Ahí seguimos, dice la afición, quién nos lo iba a decir, en diciembre y ahí seguimos. ¿Y si el tema sigue así, oiga? ¿Y si empieza a flojear tal rival y tal otro, eh, qué me diría entonces? ¿Y si el Atleti no afloja, que no tiene pinta de aflojar? ¿Eh? ¿Eh? ¿Entonces qué? ¿Entonces qué, oiga?

Y entonces, entonces, oiga, siempre hay alguien en el bar que enfría el ambiente. “Partido a partido”, dice en enfriador sensato, “partido a partido”, dice, como si la euforia del bar pudiera contagiar a la plantilla y hacerle mal. “Partido a partido” se van repitiendo a sí mismos los participantes, calmándose unos a otros, rebajando la euforia hasta el optimismo moderado y, de ahí, al pragmático escepticismo cholístico. “Partido a partido”, se conjura la afición en el bar y en la grada, consciente de que ella también juega, que con ella también cuenta el Cholo para ganar el siguiente partido, para rebajar la euforia y el optimismo de los jugadores, para no rebajar la concentración ni la humildad.

“Partido a partido”, dice responsable y conjurada la afición cholista empedernida, aunque por lo bajini piense, como en el cuento de Monterroso, “cuando el Barça despertó, el Atleti todavía estaba allí”.
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Ayer vino al Calderón de visita Ujfalusi, que se nos retira del fútbol. La retirada del fútbol de Ujfalusi ha sido una mala noticia para los aficionados, pero muy bien recibida por los delanteros rivales, las maduritas interesantes y los fabricantes de hachas. Cosas de las retiradas.

Ujfalusi, que estuvo tres años en el Atleti, dejó un recuerdo estupendo. Tipo duro y sonriente, buen central y lateral, será recordado por los que le vieron poco por haber dado un pisotón dolorosísimo a Messi; aquellos que vimos más a Ujfalusi no le tenemos por jugador violento o sucio, sino por un tipo duro y noble con el que mejor no cruzarse por la banda después de haberle hecho un feo a un compañero. Los que sí vimos a Ujfalusi y no hablamos de oídas recordamos más bien sus subidas por la banda, su arrojo para sacar balones del área y esa extraña conexión con la grada del Calderón, que tardó cinco minutos en acogerle como uno de los suyos, aproximadamente el mismo tiempo que Ujfalusi tardó en demostrar que eso era exactamente lo que era. Desde esos cinco minutos, el Calderón estuvo del lado de ese checo recién llegado que sonreía de oreja a oreja a los rivales a modo de bienvenida intimidatoria, esa sonrisa hiela-corazones que sólo Sir Gawain, caballero de la Mesa Redonda con fama de mujeriego y borrachín, era capaz de esbozar justo antes de que empezara la batalla cuando el resto de caballeros, mucho más respetables y comedidos, apretaba las mandíbulas y tiritaba de miedo.

En días de partido duro, la sonrisa de Ujfalusi levantaba el ánimo de la grada y asustaba a los rivales y, ya de paso, a Jurado, que pedía a voces una mantita. Ujfalusi fue de los nuestros desde el día en que llegó, y no sabemos si fue así por tener esa pinta de guerrero suevo, por no rehuir nunca la responsabilidad ni la pelea, por encarnar el espíritu de los defensas legendarios del Atleti o por no achantarse cuando la cosa se ponía complicada. Ujfalusi casó bien con la grada del Calderón y quizás no tan bien con este fútbol bajo en calorías y alquitrán de manotazos fingidos y lesiones simuladas que nos ha tocado vivir. Por desgracia, los que crean opinión en este país tan raro tienden a ver más bien poco todo lo que no huela a Barcelona o al tercer equipo de la Capital, así que para la mayoría de la crédula audiencia radiofónica, Ujfalusi fue un salvaje. Así lo dijo en una ocasión Salvador Sostres, ese humorista, lo que viene a reafirmar que estamos en lo cierto: cuando uno piensa exactamente lo contrario que Salvador Sostres, es porque lleva razón.

Ujfalusi se retira y uno cree que no le faltarán ofertas de trabajo. A estas horas es sabido que su caché sube y sube para aparecer por sorpresa desde el interior de tartas de cumpleaños de treintañeras de buen ver. Sabemos también de ofertas de empleo para ser probador de sierras mecánicas, modelo de chalecos de cuero, figurante en Braveheart 2, responsable de seguridad de bares heavys, guía de montaña por los fiordos noruegos y catador de cervezas con vodka. Sea cual sea la deriva profesional que tome el gran Ujfalusi, esperamos verle a menudo por la grada del Calderón y, si hay suerte, ser testigos de su último gran servicio a la afición colchonera: un combate a muerte en ring-jaula de valetudo contra el ministro Montoro.

Salve, Tomás I, que tenga Vd suerte. Vuelva Vd pronto por casa y pásese a saludar cuando quiera.


viernes, 27 de abril de 2012

Qué suerte tenemos, oiga



En la ida llegamos al campo con nervios pero no tantos, algo raro, como si no fuera una semifinal de Europa League, a la que desde ahora llamaremos UEFA, sino una temprana eliminatoria de Copa. El partido de ida lo vivimos en el estadio como una fiesta, el final como la caída a una piscina con el agua sucia y verde del invierno. Con los días nos dimos cuenta de que el Atleti había hecho un partidazo, que Adrián había marcado un golazo, que Falcao había marcado dos. Vimos entonces que íbamos al partido de vuelta con una ventaja importante a pesar de los dos goles tontos, que lo normal en un equipo normal jugando un partido normal era pasar con normalidad. Pero entonces se fue acercando el día del partido y empezamos a ver cada vez más pequeña la ventaja, cada vez más probable el encajar un gol tonto de esos nuestros, cada vez más altos sus centrales y más bajitos los nuestros.

Y llegó el día y nos levantamos más nerviosos de lo que deberíamos, sabiendo que nos jugábamos el pasar a la final contra un equipo contra el que resulta antipático jugar, sin saber muy bien por qué pero sabiendo por qué no resulta simpático. Tras una semana intensa de fútbol de otros con uno de los nuestros llevando la voz cantante y reclamando, una vez más, que se le trate como merece (como por ejemplo, recibiendo noticias en forma de carta desde las páginas del Marca) nos tocaba a nosotros, por fin. Por fin, en el día del cumpleaños del Atleti, pasada la vorágine de las bravuconadas de unos y otros y los disgustos grandilocuentes y los penaltis a las nubes y los chistes de Internet, pasada la actuación de los teloneros, llegábamos nosotros. Llegábamos nosotros y a esas alturas no nos llegaba la camisa al cuello y se nos revolvía el cuerpo y alternábamos fases de estómago cerrado con ataques agudos de apetito, buscando cosas que hacer para no pensar en lo que se nos venía encima y con ganas al mismo tiempo de que empezara ya el partido. Por la calle pasaban aficionados con camisetas del Atleti y bolsas llenas de cerveza y patatas fritas y cara de pocos amigos, cara de nervios, de angustia, de nervio, de alegría al mismo tiempo.

Y salió el Atleti y empezó el partido y tragamos saliva y apretamos las mandíbulas. El Valencia, como no podía ser de otra manera, empezó a empujar tras unos primeros minutos con el Atleti en campo rival. Como no podía ser de otra forma, sopló y sopló el Valencia y en casa los aficionados asistían angustiados al asedio, preguntándose en su fuero interno quién habría sido el arquitecto de la casa defensiva de la noche. ¿Sería el cerdito pequeño, constructor caradura con querencia a los materiales livianos y poco resistentes, autor del entramado defensivo del partido de ida? ¿O sería quizás el cerdito mediano, amante de la madera pero también de ir a tocar el violín con su hermano pequeño en vez de reforzar los cimientos, diseñador del sistema de achique de urgencia de casi toda la temporada? Tranquilos, dijo una voz en off grave y solemne, tranquilos, dijo. Tranquilos, hoy ha sido el cerdito mayor, responsable aparejador amante de la piedra, el ladrillo y el mortero, maestro del enfoscado y artista de la llana, hoy la defensa es cosa del Maestro Porcino y la cosa es segura como la llegada del verano, rocosa como el rostro del consejero delegado, duradera como la carrera de Matías Prats (Junior), fiable como un coche alemán de los de antes. Tranquilos, oigan, tranquilos, dijo la voz en off.


- Yo no dije eso
- Bueno, no sé, es una licencia literaria, entiéndame Vd.
- Es que yo no dije eso, yo pregunté si había un sacacorchos, no hablé de cerditos ni de enfoscados ni de tonterías de esas
- Bueno, déjeme Vd en paz, oiga. 


El Atleti salió en Valencia dispuesto a esperar el asedio y defender la muralla con piedras, palos y aceite hirviendo y de ello se ocuparon, sobre todo, dos tipos bajo sospecha. Godín, autor de algunos fallos dignos de pescozón y pellizco de monja, fue un coloso entre tanto balón cruzado y tanto pase por alto, contando con la ayuda de Miranda. Courtois, espigado becario transitoriamente en situación intercambio y alojado en nuestra casa, bajo la lupa desde el derbi, paró por arriba y por abajo y por los lados, hizo una primera parada que celebró con la rabia del que sabe que ha vuelto a ser él mismo y transmitió seguridad a los propios y desesperación al rival. El Valencia asediaba con menos tino que posesión, haciendo el daño que podía hacer, un daño asumible y gestionable incluso jugando a ratos como si quedaran tres minutos. 

En medio del asedio, la defensa achicaba y el medio campo se hacía cada vez más chico. Desconectado Arda, quizás enfrascado en pensamientos abstractos relacionados con la economía mundial, y poco acertado y ofuscado Diego, toda la responsabilidad de la primera línea de defensa recaía en Tiago y Mario. Tiago y Mario, pareja defensiva mullida cual edredón, tenían enfrente a Albelda y pareció que este hecho, normal para muchos futbolistas, produjo  en ambos una sensación similar a la que experimenta un hamster al quedar frente a una cobra. Mario sencillamente no dio una a derechas, dando balones a rivales y quedándose después quieto, frío e inmóvil, sin sangre. Algo más de sangre puso Tiago, pero no mucha. No mucha, salvo en un momento puntual, en el momento en que el árbitro pitó un penalti por manos de Tiago que no eran de Tiago. Tiago se fue a por el árbitro e intentó poner cara de malo pero sólo le salió esa cara de María Magdalena que alcanza a poner y se armó un lío. El árbitro reculó en su decisión, y quizás eso sea gracias a Tiago; entre tanto, se montó lo que ahora llaman tángana. Tiago seguía protestando mucho con cara de protestar poco, el Valencia vio en el lío la ocasión perfecta para embarrar el partido, forzar una expulsión, cobrar incluso un penalti y volver a entrar en la pelea. Ningún jugador rojiblanco acertó a retirar a Tiago, empresa que se antoja más bien fácil para cualquier tipo de más de cincuenta kilos; Tiago se empeñó en buscar pelea, en hacer lo intolerable cuando se lleva el brazalete de capitán del Atleti, en entrar a todos los trapos como esos macarras que, mordiéndose la lengua, siguen empeñados en soltar un puñetazo cuando la pelea de bar se ha disuelto. Jordi Alba y Soldado, dos tipos con papeletas para representar al país en la Eurocopa - esto es, representarles a Vd, a Vd de allá y al que suscribe también -, mostraron esa actitud teatrera y pendenciera que hace del fútbol un deporte odioso. Soldado consiguió provocar al melifluo Tiago y éste le dio un sopapo de cura de colegio antiguo. La afición se hizo entonces la siguiente pregunta: ¿Qué tendrá Soldado para conseguir sacar de sus casillas incluso a este tipo tan soso? Esta pregunta pasó automáticamente a formar parte del grupo de grandes preguntas de la Humanidad, justo detrás de otras dos importantes cuestiones: ¿Qué tendrá Marbella? y ¿Qué tendrá la Costa? (que todo el que llega, allí se coloca, colocacoloca).

El aberrante episodio de Tiago había ocurrió con el partido casi acabado, con poco ya que decir, cuando el Valencia debía meter tres goles más para pasar. Todo ello, gracias a dos factores. El primero, el golazo de Adrián tras buen pase de Diego. Adrián recibió, miró, apuntó y metió otro gol de calendario, un gol de esos de gritar por el patio, de abrazar a la suegra, de besarse con la prometida, de llamar a los amigos emigrados. Adrián finiquitó la eliminatoria en el minuto 60, aprovechando la desaparición del Valencia desde el principio del segundo tiempo. Porque en el segundo tiempo salió Gabi por Mario y todo cambió. Gabi, el otro factor de la victoria, impuso sus ganas y su concentración, su afán por hacer del Atleti un equipo que juega finales esté enfrente Albelda o un regimiento de granaderos escoceses. Gabi, desconocido el domingo ante el Español, partido en el que fue sustituido y mejorado por Mario, salió por Mario y cambió al equipo. Gabi apareció cuando hacía falta, y a Gabi está el que suscribe la mar de agradecido por ello.

Acabó el partido y se abrazaron las familias y se llamaron los amigos y la gente se echó a la calle a bailar en torno a Neptuno y los antidisturbios tomaron posiciones como si se fuera a producir un cataclismo, pero esa es otra historia. Por segunda vez en tres años, después de montones de intentos, el Atleti está en una final europea. El Atleti irá a Bucarest a jugarse otro título, esta vez con el Athletic de Bilbao, un partido precioso en un momento precioso. Enhorabuena a todos, gracias a todos, suerte a todos. Forza Atleti.
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El Atleti de Madrid consiguió, el mismo día en que fue fundado como filial del Athletic Club de Bilbao, pasar a una final contra el equipo su equipo matriz. El Athletic Club de Madrid fue fundado el 26 de Abril de 1903 por estudiantes vascos del Athletic Club de Bilbao, asqueados - cuentan- por la actitud de jugadores y aficionados del otro equipo grande de la capital en un partido celebrado en una visita del club bilbaino a Madrid. Si esto es cierto o no es algo que el que suscribe no está en condición de afirmar, pero sí le gusta pensar que el origen del Atleti fue reivindicar las buenas formas no empleadas por esos vecinos que aún siguen siendo iguales. Así que, sea o no cierto, aquí lo damos por bueno e incluso si llega un historiador y lo desmiente con datos tajantes, seguiremos contando así la historia porque nos gusta más y nos pega mucho más, hombre ya, oiga.

El Atleti jugará en Bucarest un partido que debería ser precioso, contra un equipo que todos conocemos, formado por chavales de la casa o de cerca de la casa, con filosofía y vocación de equipo antiguo, de club de barrio, de fútbol de verdad. Conocida es la admiración del que suscribe por el modelo del Athletic, como también es conocido el agradecimiento por lo bien que le trataron en San Mamés en aquél partido de los tres goles de Forlán. El que suscribe, que tiene varios y buenos amigos del Athletic, espera pasar un día inolvidable hablando de fútbol, comida y cerveza en Bucarest con los propios y con los venidos de Bilbao. Esperemos que nadie se empeñe en fastidiarlo todo. Esperemos que las cosas salgan como deben salir.

Dicho esto, una sugerencia. Por lo que parece el Atleti podrá jugar de rojiblanco, al ser local según el sorteo. Para uno, que es tonto, amante de las tradiciones y del respeto a la historia de los clubs ingleses, ésta sería una buena ocasión para tener el gesto que ronda la cabeza de muchos aficionados. Si el Atleti ofreciera al que fue su equipo matriz la posibilidad de jugar de local en señal de respeto a nuestra historia y la suya, algunos estaríamos muy orgullosos. Para ellos podría ser una gesto bonito, para nosotros también. Ahí queda; nobleza obliga.
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"El Pupas" nos llaman, "sufridores", nos llaman, "del Atleti, pobre", dicen. No saben que, con esos goles en contra en el último minuto, con esas desgracias pequeñas, con esas cuestas arriba que el Atleti debe subir cuando para el resto es llano, tenemos una suerte inmensa. Tenemos la suerte de ver cómo, incluso entre la tierra podrida por la inoperancia y la avaricia de los del palco, de vez en cuando nos sale una flor preciosa. Tenemos la inmensa suerte de tener una afición que, aunque a veces sea excesivamente permisiva, maternal de puro leal, blanda de puro entregada, sepa bien lo que somos. Tenemos la suerte gigante de alegrarnos de nuestros triunfos sin esa angustia de algunos equipos ricos y poderosos que no disfrutan nada que no sea ganar todo y ganarlo ya, aplastando rivales en las portadas a todo color. Llegados a este punto, casi da pena de ver a los seguidores de los equipos más mediáticos y artificiales, siempre ansiosos y enfadados, siempre presionados por tonterías, con la rabieta del hijo de papá que monta en cólera porque aún no llega al concesionario su carísimo coche del color exigido. Tenemos la inmensa suerte de conducir un coche dignísmo en la grada y a veces también digno en el campo, pagado euro a euro desde fondos y tribunas por nosotros mismos a fuerza de paciencia y fe, todos juntos, sin regalos ni portadas ni recalificaciones. Pena de directiva que no está a la altura, vergüenza de autoridades que lo toleran y fomentan, bendita afición rojiblanca.

Responsabilidad nuestra es ahora mantener la cabeza en su sitio, ser respetuosos y sensatos, no convertirnos en el espejo de esos equipos nuevo ricos recién llegados a la cima haciendo ostentación de sus virtudes compradas y su falta de saber estar. Somos el Atleti, debemos ser mejores que casi todos y más sensatos que el resto. 

Somos el Atleti, viva la madre que nos parió.

viernes, 20 de abril de 2012

Así somos, así queremos ser


En el día en el que se cumplían 41 años de la consecución del 6º título de liga del Club Atlético de Madrid y, de lo que es casi tan importante, de ese salto de Isacio Calleja de cartel de fútbol, ese salto de rabia y de alegría y de orgullo con esa camiseta tan bonita y ese número 3 como un sol de grande, jugaba el Atleti una semifinal de Europa League contra el Valencia. El partido acabó como Vds ya saben, y del Calderón salió la gente del Atleti con una sensación familiar e imposible de describir, con esa sensación que Vd, y Vd, y Vd también y también aquél del piercing y ese otro de la trenca inglesa y hasta aquél del traje de raya diplomática fatalmente combinado con una corbata de demasiadas rayas conocen bien pero tampoco alcanzan a describir con precisión. Del Calderón salió la gente con esa expresión tan nuestra que refleja una mezcla de alegría, orgullo y cara de tonto, esa combinación de sensación de victoria y de derrota, de rabia y de euforia, de qué maravilla y no tenemos remedio, de esto sólo nos pasa a nosotros y de yo estuve ahí, oiga. Del Calderón salió la gente del Atleti con esa cara que sólo tenemos los del Atleti, que sólo entendemos los del Atleti, con esa expresión que para algunos sería de triunfo y para otros de desesperación pero que para nosotros se encuentra en su justo punto medio, en un lugar sin explicación geométrica ni psicológica en el que tan a gusto estamos nosotros, sólo nosotros, nosotros los que somos así y a los que así nos gusta ser.

La salida de la afición con cara de Atleti contrastaba con lo vivido un par de horas antes cuando, en partido de semifinal de Europa League, los alrededores del Calderón se encontraban quizás sorprendentemente tranquilos. No sabemos bien por qué, no sabemos bien si porque el rival era español y conocido, si por miedo o desconfianza, si por hastío o por frío o por calor o por alergia, pero los alrededores del Calderón no tenían ambiente de día grande, de semifinal europea, de partido contra rival potente y peligroso. La sensación antes del partido era más próxima a un partido de liga que de estar a dos partidos de una final, como si la afición no le diera a la posibilidad de vivir otra final europea su verdadera dimensión, como si la final de Hamburgo hubiera quitado no sólo la angustia de no vivir ciertas cosas sino también el nervio de volver a vivirlas. Y eso que alguna de las alegrías más gordas que nos hemos llevado últimamente, de los días más bonitos que nos ha tocado vivir (uno de ellos, inolvidable, con el gran Pablo Olivares por pleno barrio beatlemaníaco de Hamburgo) y de las celebraciones más largas que hemos vivido han venido precisamente gracias a la Europa League. Pero ayer no había el nervio del partido contra el Liverpool de hace un par de años, como si la afición, por estar ya en terreno conocido, no tuviera esa excitación que las últimas rondas de fútbol europeo conllevan. La afición del Atleti parece ahora manejarse confiada por la Europa League como se manejan los vecinos de los barrios por las cafeterías de su calle en día laborable. Hace dos años, sin embargo, llegamos todos a este partido con aire de habitante de barrio periférico invitado a restaurante caro de urbanización de clase acomodada, incómodos a la vez que excitados, nerviosos y algo fuera de sitio, sin saber para qué sirven los tenedores pequeños ni tantas copas de cristal ni cómo dirigirse a los stewards ni si habrá o no habrá himno previo. Esta vez, ya más experimentados y con cara de recluta veterano a tres semanas de la blanca, la gente estaba tranquila y contenta y nerviosa, pero controlando la situación. Qué tíos somos, oiga.

Salió el Atleti al campo, y cuando decimos que salió el Atleti al campo queremos decir precisamente eso, que salió el Atleti, un Atleti de los de siempre, de los que deberían ser, el Atleti de Madrid. Salió el Atleti y enfrente tenía un equipo con el que no se ha podido en Liga, que sigue en la parte más alta de la clasificación y que sobre el papel era un enemigo terrible y poderoso. Pero salió el Atleti de los partidos europeos, de los partidos bien jugados, de los partidos importantes y en el vestuario se quedó el Atleti blando y dubitativo de los últimos partidos de liga, el Atleti cansado y despistado, el Atleti que irrita y que arruina los fines de semana. Ayer salió otro Atleti, o al menos fue otro Atleti el que jugó gran parte del partido, exceptuando un par de jugadas a la postre importantísimas.

Al frente de ese Atleti de verdad se puso desde el primer minuto Arda Turan, el turco inconstante pero a veces asombroso, el futbolista sin pinta de futbolista pero talento de futbolista grande, ese que siempre se ríe, incluso cuando uno no lo espera. La prensa había puesto en cuestión a Turan los días previos al partido, se habían filtrado supuestas fricciones con Simeone, la competencia de Salvio, las sospechas del club sobre su grado de implicación. En el minuto uno el turco dejó claro que con todos esos artículos se puede hacer una buena hoguera, al menos cuando a él le da la gana. En la primera jugada se fue hasta la línea de fondo y, aunque no llegó a pasar, sí le dejó claro a su marcador que le esperaba un tormento. Diecisiete minutos más tarde, peleaba un balón hasta la misma línea, sacaba un centro y Falcao, con un movimiento de cabeza que ni una bailarina balinesa, marcaba el primer gol del partido. Turan jugó y jugó, peleó y contribuyó de forma innegable al buen partido del equipo, dejando claro que ahí, en ese cuerpo que no es de atleta, en esas piernas cortas y en ese andar cansino sin levantar los pies, hay más fútbol que en manadas de jugadores de patillita fina y gafa de pantalla. Bien por el turco, señores.

No sólo Turan hizo un buen partido, aunque hubo quien lo hizo malo. Mal partido hizo Courtois, de nuevo inseguro, sin salir por alto, incómodo en lo que deberían ser sus dominios y desconocido desde el derbi de la pasada semana, inocente en el primer gol del Valencia y en alguna otra jugada en la que el rival le puso mucho más nervioso de lo tolerable. No jugó bien Mario, una triste constante, sobresaliendo por su frialdad y falta de concentración y entrega en un equipo en el que todos corrieron más y mejor que él. Mario debería agradecer a Gabi su correr constante y su generosidad a la hora de tapar los agujeros que él deja, pero en vez de eso se dedicó a decir en twitter, ese pajarito que carga el diablo para los que no saben enfriar las emociones, que lo suyo es callar bocas a los que hablan de más. Hay cosas que uno nunca entenderá y tipos de los que ya no espera nada sensato. Mario, con estas cosas y más en estos días, hace oposiciones al Cuerpo de Futbolistas Irritantes, especialidad Realidad Deformada, y por lo que vemos puede sacar un número alto en su promoción.

Salvo las excepciones de Courtois y Mario y quizás un insípido Domínguez, el resto del equipo estuvo francamente bien. Estuvo bien Filipe Luis Filipe, bautizado Filipe Luis Froilán desde la grada de lateral, lo que permitió un sinfín de chascarrillos sobre el porqué de su miedo a meter la pierna o su imprecisión en el golpeo con cierto pie; no era ayer sin embargo día para hacer gracietas con Froilán, que hizo un buen partido. Bien jugó también Miranda, rápido y contundente y además autor de un buen gol, y una vez más jugó bien Juanfran. Juanfran, que es un prodigio físico, tiene siempre cinco o diez minutos en los que monopoliza el juego, el esfuerzo, la creación y la recuperación. Ayer ocurrió en el segundo tiempo, cuando sacó un balón en el extremo opuesto a su lugar en el campo, peleó con varios rivales y compañeros para recuperar el balón entre rebotes y terminó por devolver la posesión al equipo. Igual de generoso en el esfuerzo estuvo Gabi, un jugador que, con sus carencias, su limitada plasticidad y su querencia al pase errado no consigue sacar del que suscribe una crítica avinagrada de esas a las que acostumbra. Gabi se emplea como el que más, cubre espacio, mete la pierna, están donde tiene que estar y tapa los agujeros que deja Mario, quizás más concentrado a veces en su siguiente tweet que en hacer aquello por lo que se le paga. Gabi, con sus cosas y sin ser candidato a la titularidad en equipos de alta calidad, da el 100% de lo que tiene y estas cosas a uno, que es tonto, le inspiran un respeto enorme, el respeto que Gabi se ha ganado en su vuelta al Calderón.

Tres jugadores sobresalientes quedan para el análisis. Diego, el primero, hizo un buen partido y sacó estupendamente la falta que remató Miranda. Diego es un jugador con un dominio excepcional del balón y capaz de hacer, con la naturalidad del que tararea una copla de Quintero, León y Quiroga, cosas que sólo los elegidos hacen. Pero Diego, eso sí, crea unas expectativas con el balón que no siempre se cumplen. Cuando la coge Diego parece siempre que algo gordo va a pasar, pero la cantidad de veces que eso gordo ocurre no es al final tan alta. Diego es un futbolista pinturero y vistoso, que controla balones imposibles y sale rápido con la cara arriba y la manita doblada hacia dentro, buscando jugada con pose de esos jugadores finos de las ligas de barrio que llevaban botas Patrik cuando el resto llevábamos Cejudo. A veces se adorna en exceso y la jugada queda en nada, pero esa impresión de jugadorazo al mando la transmite estupendamente. Diego ejerce en el espectador futbolero el magnetismo que ejercía el bueno del equipo del barrio, aquél jugador que había en todos nuestros equipos de pequeños y que veía el fútbol mejor que nosotros, el ojito derecho del entrenador de cadetes, aquél al que darle el balón cuando había un embrollo a sabiendas que el equipo estaría más cómodo tras haberla tocado él que antes de hacerlo. En Diego vemos todos al bueno del colegio, unos ven a Martínez, otros ven al Chino, otros ven a Fontán, a Vives, a Gorrochategui, al tipo al que darle el balón si hay lío, el tipo que decidirá qué hacer cuando el resto se bloquee. Eso sí, que luego se cumpla la expectativa es otra cosa, que Diego es jugador amigo de la estética pero algo reñido con la estadística. Dicho todo este despropósito, ayer Diego jugó un buen partido y estuvo entre los destacados; eso sí, siguiendo con el lenguaje educativo, necesita mejorar (un poco y en ese aspecto), o al menos eso nos parece a los que, siendo amantes del toreo de pellizco, apreciamos con entusiasmo el toreo de lidia y trabajo de Despeñaperros p'arriba.

Para el final, dos fenómenos a los que llevamos todo el año piropeando. El primero Adrián, autor de un gol y de varias de esas jugadas imposibles e impredecibles a las que acostumbra. Adrián hace un fútbol más propio de un jugador frágil buscador de la protección arbitral, pero luego tiene actitud y discurso de chaval asturiano sanote, con lo que nos cae aún mejor. Forma por ahora una excelente pareja atacante con otro fenómeno, Radamel Falcao, autor ayer de dos goles, el primero magnífico, el segundo un golazo. Falcao tiene números de estrella mundial y actitud de debutante humilde y buen compañero. A su pelea incansable y remate asombroso añadió ayer una faceta hasta ahora poco visible. Era Falcao el que gritaba a sus compañeros para que presionaran arriba, era él el que hacía gestos colocando a la segunda línea, era él, con Gabi, el que gritaba en los córners y a la hora de asfixiar la salida del balón del rival. Falcao hizo a ratos de Simeone y a ratos de Falcao, de él mismo, de delantero de talla mundial y gesto de buen chaval. Un grande, el Tigre.

Cuatro goles metió el Atleti, y con eso debería haber bastado para asegurarse una plaza en la final. No fue así, naturalmente, que para eso somos el Atleti, ese equipo extraordinario del que habría hablado Homero de no haber perdido el tiempo con caballitos de madera. Dos goles marcó el Valencia, uno al final de cada tiempo, los dos en el descuento, los dos a balón parado, los dos de córner. No creemos que esto haya pasado nunca antes en la historia del fútbol, pero para estas cosas está el Atleti, para hacer normal lo extraordinario, para que consideremos cotidiano lo que físicos, químicos y quiromantes consideran imposible.

El Valencia hizo un partido extrañamente flojo y encajó cuatro goles, algo raro en un equipo sólido y dificilísimo en liga, en la que por cierto también se ha llevado más goles de lo esperado últimamente. La impresión que dio el rival fue esa que ha dado tantas veces el Atleti en los últimos años: que hay mar de fondo, que hay tensión, que el ambiente no es bueno.

Los dos extraños goles del Valencia le dan aire para la vuelta, un aire insuflado por el propio Atleti, equipo asombroso que no aprende de sus errores y que intenta compensar fallos de infantil con goles de estrella mundial. La vuelta será complicada porque, a pesar del buen partido y del número elevado de goles conseguidos, el resultado en la práctica es comparable a un uno cero. El Atleti pareció tirar por la borda, sin hacerlo, un extraordinario partido lleno de calidad, entrega, presión y ambición. Sin estar ni mucho menos resuelto el choque ni para uno ni para otro, el Atleti debería tener una ventaja suficiente para entrar en la final, pero con este equipo nunca se sabe.

Ayer vimos al Atleti que queremos ver, el Atleti del que queremos ser, el Atleti que queremos ser: el Atleti que pelea del primer al último minuto, el que hace juego de filigrana a ratos, apoyado en un despliegue y un compromiso constante, el Atleti del salto de Calleja y el gol de Falcao. También, no hay que negarlo, vimos el Atleti que somos: el Atleti despistado, el Atleti incomprensible, inexplicable, imprevisible que encaja dos goles absurdos y da vida a un rival que debería estar a estas alturas asumiendo que su misión es imposible, en caso de que las cosas hubieran ido como la lógica indicaba. Ese Atleti sin remedio, ese Atleti desesperante pero con cierta gracia también es nuestro Atleti y lo sabemos. Es ese punto absurdo el que lo hace ser distinto, es esa anarquía interna lo que lo hace ser tan nuestro, tan particular, tan imposible de compartir con aquellos que no viven estas cosas absurdas como normales. El Atleti de ayer fue el Atleti completo, el del partidazo y el derrape, el que nos deja la media sonrisa y las cejas altas, con esa mezcla tan nuestro de orgullo, desesperación y complicidad. Ganaremos o perderemos, pero, estando ahí, siendo así, todos estamos más contentos. El Atleti de ayer es el nuestro, el Atleti del que somos, el Atleti del que queremos ser.

PS: "Así somos, así queremos ser" es una frase prestada, la firma de un participante en un foro atlético con solera. La frase, cree el que suscribe, define bien cómo nos sentimos muchos y de ahí su uso, aunque no la reclamación del copyright. Al autor, anónimo, el agradecimiento desde este blog y la enhorabuena por la lucidez.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Crónica huertana del Valencia - Dos Atletis (dos)


Ya saben Vds que el que suscribe gusta de ir a ver partidos del Atleti a otros campos, y siempre en zona de aficionados locales, lejos de la grada en la que se juntan los aficionados del Atleti desplazados al evento. Las razones para ello son muchas: ver cómo ve el fútbol la afición local, ver cómo ve al Atleti y los atléticos la afición rival, cambiar de aires para no ver únicamente al equipo rodeado de los nuestros, consciente de que con el tiempo desarrollamos filias y fobias que quizás no sean objetivas y, por ello, sean más fáciles de relativizar cuando se está rodeado de aficionados que rara vez pisan el Calderón.

El riesgo de esta práctica es casi nulo, pero no inexistente: no hay riesgo de que le den al aficionado visitante un sopapo si este se comporta con discreción de ordenanza de oficina antigua y lleva gafas de párroco, como es el caso. Tampoco hay riesgo de entrar en discusiones acaloradas que acaben con la invitación al desplazado a irse a tomar viento cuando uno es de naturaleza escéptica, comedida y poco dada a la sentencia e intente ver las cosas con distancia y sin forofismo. Eso sí, sí existe riesgo en Mestalla de acabar en un hospital cuando uno merienda un bocadillo de blanco y negro con habas, por lo que éste es un deporte de riesgo que cedemos a estómagos más intrépidos. Y también existe riesgo, eso sí, de verse abochornado cuando la propia afición desplazada canta esas tonadas ofensivas con los anfitriones que van tan poco con el carácter de uno y hacen que se giren los locales hacia el miope invitado, como diciendo "vaya tela".

Si bien, como hemos visto, los motivos y los riesgos de ver el partido entre aficionados rivales son muchos, la razón suele ser una, única y constante: la cesión gratuita de un abono por parte de un amigo local, práctica también conocida como "gañote". Siempre es un placer ir al fútbol con los amigos pero si encima éstos le invitan a uno su localidad, le organizan comida, cena y más comida en sitios escogidos (algunos repletos de patos), le llevan y le traen a los mejores sitios de la ciudad y encima se quedan casi agobiados cuando el Atleti pierde, ya, ni les cuento. A riesgo hacer que el que suscribe parezca Roberto Gómez (y no sólo en perímetro abdominal), no sería de recibo hacer esta crónica sin esta mención agradecida a los anfitriones.

La visita a campo rival con amigos conlleva una obligatoria práctica vecina: hablar de fútbol casi todo el rato, tanto con los amigos como con los amigos de éstos y sus vecinos de localidad. Hablar de fútbol con socios de otros clubes que ven tantos partidos como uno - pero de otro equipo - es una experiencia enriquecedora en tanto se da uno cuenta de que en todas partes, como en el kiosko de Mestalla en el que la afición compra bocadillos hipercalóricos, cuecen habas. Las verdades absolutas a las que creemos llegar los que poblamos las gradas del Calderón son parecidas a las verdades absolutas - pero contrarias - a las que llegan los que pueblan las gradas de Mestalla o, imaginamos, cualquier otro campo de España. Para sorpresa del que llega a campo ajeno, el aficionado rival habla maravillas de un jugador local al que el visitante casi nunca vio jugar y al que tiene en poca consideración; para sorpresa de los propietarios de la grada, el recién llegado confía ciegamente y eleva a la categoría de esencial a un jugador al que ellos no sabrían situar en la foto oficial de la plantilla. Donde el recién llegado ve un jugador tosco y tribunero con aciertos contados y errores de bulto, los locales ven un ídolo sobrado de precisión y arrojo para el que piden la selección absoluta, la titularidad y el premio Príncipe de Beukelaer. Igualmente, donde la afición visitante (y no toda, que quede claro) ve un jugador con gran calidad y embrujo que aporta el pellizco artístico que le señala como paisano de Fernanda y Bernarda de Utrera, los locales ven un holgazán desnortado sin participación en el juego y no entienden cómo una grada supuestamente entendida puede reclamar a Del Bosque - y no Andy y Lucas - el no contar con él para su próximo proyecto.

Partiendo de estas premisas, hablar de fútbol puede ser un placer y también puede ser un tormento. Puede ser divertido, respetuoso y enriquecedor, puede ayudar a que uno despeje dudas sobre las características de ese portero al que vio jugar pero no conoce bien o aprender sobre el nuevo fichaje que deslumbra por su poderío físico. Puede servir para descubrir que su equipo da más miedo del que uno, que ve sus miserias y virtudes día a día, podría llegar a pensar o para constatar que una operación oscura con un fichaje ultra millonario presentado ante quince mil personas hace levantar las cejas con desconfianza a ambos lados del Cabriel. Hablar de fútbol sirve también para que algunos liberen la tensión de la semana poniendo la cabeza como un bombo al visitante con sus encendidos argumentos sobre el trato injusto de la prensa hacia los prometedores fichajes locales, la sobrevaloración de las estrellas rivales, la corrupción impune de la directiva colchonera o el error que supusieron los Decretos de Nueva Planta y la división administrativa impuesta por los Borbones ignorando la tradición jurídica huertana y el sentir de los valencianos, como si el visitante, en vez de ser un tipo que vino a pasar la tarde, fuese el depositario de todos los valores de la Real Chancillería de Castilla, la Real Inquisición y el gremio de peritos contables. Compartir cervezas tiene también estas cosas, y si sirve para que la gente se desfogue y cuente el lunes a los compañeros de oficina que se despachó a gusto con un pobre señor con gafas que acabó escapando hacia una puerta de entrada del estadio, pues también está bien.
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Llegó la afición atlética al estadio y, una vez más, se dio cuenta de la cantidad de camisetas rojiblancas que se ven por los alrededores de Mestalla en los partidos de liga. La miopía y la falta de luz debido a lo tardío de la hora pudo hacer que algunas de las camisetas suplentes del Valencia, cuatribarradas y con canesú azul, fueran tomadas por camisetas rojiblancas de aquella temporada en la que, gracias a que las letras eran amarillas sobre fondo azul, la equipación del Atleti parecía el uniforme de una heladería. Fuera como fuere, fueran camisetas del Atleti o del Valencia de la época de Solsona, el ambiente en el estadio hacía pensar al aficionado colchonero que había muchos de los suyos compartiendo la empinada grada de Mestalla, lo que ayudaba a sobrellevar con dignidad el vértigo de moverse por la tribuna vertical sin miedo a caer despeñado.


Salió el Atleti al campo y la afición colchonera pensó tres cosas: la primera, qué bonita es la camiseta sin publicidad. La segunda, qué bonitas son las medias rojas con la vuelta blanca, como toda la vida. La tercera, por qué juega el Atleti con un pantalón rojo cuando el rival va de blanco y negro. Los árbitros exigen últimamente que los equipos cambien sus equipaciones para así no confundirse en cuando los jugadores luchan por un balón. Una reflexión superficial sugiere que, dado que un árbitro de fútbol debe tener buena vista para decidir fueras de juego por escasos centímetros o si un balón rebotado con violencia pasó la línea de fondo, un señor que sea capaz de confundir a un tipo de rojo, blanco y azul con uno de blanco y negro quizás sería mejor que se dedicara a otra profesión, como por ejemplo revisor de tren o encargado de cafetería. En fin.

Salió el Atleti al campo pero, una vez concluido el partido, quedó claro que al campo salieron dos Atletis, uno para no perder, que perdió, y otro para ganar que no pudo ni empatar. El segundo salió en el primer tiempo y parte del segundo, el primero salió al final del partido y el lío ordinal fue ya completo. El primer Atleti salió con tres medio centros de contención, poca creación y menos presencia, el segundo salió con un turco habilidoso que dejó buena impresión y un brasileño que encendió las luces.

Jugó Courtois, portero del Atleti que no es del Atleti, y dio muy buena imagen. Alto, sobrio y ágil, hizo alguna parada difícil sin que pareciera que le costara mucho. Courtois tiene buena pinta, lo que hace que uno se preocupe por Joel y por el futuro del propio Courtois, más cerca del barrio de Chelsea que del de Carabanchel. Jugó Silvio, muy activo en ataque y hábil a la hora de centrar al área, más audaz a la hora de subir que de bajar pero bien en líneas generales a pesar de que Piatti y en ocasiones el interesante Jonas parecieron cómodos al encararle. Salió Filipe Luis Filipe y, sin hacer su mejor partido, estuvo un poco mejor que en sus peores tardes, que tampoco es mucho.

Jugaron también Domínguez y Miranda de centrales y se llenó el centro del área de preguntas, cuidado, ahí hay una pregunta que resbala, tenga ojo Vd no la pise, espere que ahí hay otra. Algunas de las cuestiones pretendían aclarar si Domínguez pasa un bache o si el año en blanco del año pasado no tiene solución a corto plazo; otras, qué demonios ocurre con Godín. Otras preguntas se centraban en Miranda, el joven central de la escudería Mendes. En el campo Miranda gustó y pareció contundente y serio; comentarios procedentes de aficionados que vieron el partido por televisión hablan de fallos, falta de solidez y un partido flojo. En el campo pareció no tener demasiados problemas para controlar al aspaventoso Soldado, pero aquellos que vieron el partido por televisión hablan de su inocencia en el gol del Valencia, con toquecito artero en la espalda. Ya se sabe que la televisión permite ver ciertos detalles e impide ver la foto general de la disposición en el campo, por lo que esperaremos un tiempo para hacernos una idea definitiva sobre un jugador que, tras lo poco visto ayer, parece que podría valer.

En el centro del campo convivieron los dos Atletis. En el primer tiempo salió eso que ahora se llama trivote, término que sugiere una pequeña embarcación que, a pesar de sus reducidas dimensiones, tiene tres palos y vela latina y luego resulta que son tres señores jugando al fútbol. Jugó Mario más cerca de los centrales, Gabi a su derecha y Tiago a su izquierda. De todos ellos, sólo Gabi lo hizo bien, y eso sin brillar. Gabi se fue del Atleti dejando la sensación de esperanza frustrada que, por blandito, nunca llegaría a ser lo que pudo ser; tras su partida y especialmente tras su paso especialmente por el Zaragoza (de Aguirre), Gabi ha vuelto hecho un señor serio y solvente que corre, tapa, la pide, asume responsabilidades y, si hace falta, pone las peras al cuarto a los comerciales de Telefónica que llaman a la hora de la siesta de un sábado a ofrecer una tarifa ventajosa. Su seriedad contrasta con la blandura y frialdad de Mario, impropia de un jugador que ocupa algo parecido al vértice más atrasado de un rombo (sobre todo con centrales no excesivamente dinámicos ni contundentes). Mario hizo un partido ñoño durante el cual pudo aprender de la agresividad de aquellos que tuvo enfrente, siempre superiores. Aún así, no fue el último en el ranking de centrocampistas desafortunados de la tarde, que fue liderado por Juanfran, cada vez más acelerado, desacertado y torpe a la hora de tomar decisiones, y por Tiago.

Tiago sigue imparable en su declive, cada vez más evidente. Tiago llegó como refuerzo imaginativo para la media y en los primeros partidos pareció cumplir con su misión. En su momento se pensó que sería él la referencia en torno a la que armar un equipo que jugase al fútbol y no diese patadones, como acostumbraba el equipo. Sin embargo, poco a poco ha ido perdiendo físico, presencia e ideas y cada vez parece más el espíritu penante de aquél que jugó al principio. Tiago se mueve perdido por el campo, incómodo a la hora de colocarse en defensa y en ataque, cansino y lento en el repliegue, huérfano de referencias y sin muchos recursos para entrar en el juego a excepción de los destellos de la calidad que nadie le discute y que le permitió hacer un precioso pase a Adrián que casi termina en gol. Pero la presencia de Tiago se diluye cada partido y su papel en la media ha pasado de protagonista y gran esperanza blanca a secundario sin presencia rolando a figurante sin frase, algo así como el papel que desempeñaba Quique en la pandilla de Verano Azul. En un equipo que tuvo a Milinko, en el que estuvo luego un centrocampista portugués con gorro que bien pudo haber llevado el apodo de Fofo (sin tilde) y que ahora tiene a Gabi, Tiago parece haber asumido el rol de Rody, el miembro del clan de los payasos de la tele que nunca nadie supo bien qué pintaba ahí, si era payaso o asesor financiero del grupo, si había que esperar de él chistes y chascarrillos o el contrapunto sensato y cascarrabias que guardan para sí los clowns sin maquillar y con chaqué. Si alguien, por cierto, puede aclarar qué hacía Rody en ese grupo, se agradecería la información, que esta cuestión nos atormenta desde edad temprana.

Cuando marcó el rival y el banquillo cayó en que el equipo no había creado peligro, salió Arda Turán y el Valencia reculó unos metros. Poco después salió Diego y con él salió también el sol. Retirados del campo Mario (por un desacertadísimo Juanfran) y Tiago, el centro del campo cambió radicalmente. Del cansino esperar y el pensar lento del principio se pasó a un juego mucho más vertical y rápido, gracias sobre todo a Diego. Diego, jugador con enorme calidad y curriculum preocupante, necesitó tres toques para dejar claro que es el tipo más dotado del equipo para mover el balón y el equipo. Muy presente, siempre mostrándose y muy cómodo manejando el balón incluso entre varios rivales, cambió la foto del equipo en poco tiempo. Ayudado por Turan, más vertical y listo de lo esperado y tan habilidoso como nos habían contado, metió casi solito al Valencia en su área y lideró el asedio, tardío, con el que el Atleti quiso empatar el partido. Provocó un penalti que en el campo pareció claro y no se pitó, sacó a los medio centros de su sitio, se coló entre líneas y en diez minutos encendió una llamita de esperanza entre la afición, a esas horas en parte intoxicada por obra del bocadillo arriba mencionado. De haber sido esa la dinámica desde el principio del partido y no cuando se perdía de un gol contra un equipo serio y con oficio, las cosas podrían haber cambiado.

Del ataque del Atleti, poco que decir hasta que salieron Diego y Arda Turan. Poco porque poco pudo hacer la delantera, desconectados todos del medio campo tristón que jugó hasta el minuto 60. Adrián volvió a mostrar buenas maneras e inteligencia a la hora de tirar diagonales para ayudar al equipo y fue sustituido quizás por haber sido el último en llegar y no por merecerlo más que otros. Reyes hizo otro de sus partidos intrascendentes y a ratos irritantes, lo que probablemente contribuya a esa leyenda de jugador imprevisible y de arte que tan perplejo nos tiene a algunos. Y Falcao, debutante, vio cómo no le llegaba ni un solo balón en condiciones, en parte por la inoperancia de su retaguardia y en parte por el buen hacer de los centrales del Valencia, sobre todo Rami, un portento físico e intimidador que tuvo a un educadísimo señor colombiano vecino de grada con el corazón en un puño por si partía en dos al bueno de Radamel. Como piropo a este último, decir que a pesar de la inoperancia de los compañeros, la soledad en el área y los palos recibidos, no se vio ni uno mal gesto ni un reproche salir de su boca. Y estas cosas, en tiempos de estrellitas quejicas y reivindicativas cuando le hacen un hat trick a la Gimnástica Segoviana, a uno le gustan.

El Atleti perdió un partido contra el Valencia menos fuerte de los últimos años, cediendo puntos en un campo importante, puntos de los que sin duda nos acordaremos más adelante. El equipo dejó numerosos motivos para la preocupación (principalmente, que los destacados son jugadores cedidos con papeletas para irse del club si las cosas salen bien) y algunos para la esperanza. Como este año se ha tomado la firme decisión de ser optimista en el blog, nos quedaremos con los últimos. El Atleti, mal planificado y con refuerzos de último minuto, tiene aún el beneficio de la duda: es pronto para juzgar. Lo visto en el campo desde la entrada de Diego y Arda Turan y lo visto en el pasado en Falcao debe ser tomado como algo positivo. Lo enseñado por Courtois, el dinamismo de Silvio y el aplomo de Gabi también animan un poco. Todo lo demás siembra dudas, pero, si se consigue que se centre en el equipo alguien capaz de cerrar bares en Wolfsburgo La Nuit, quizás hayamos dado con la tecla.

domingo, 13 de febrero de 2011

Tres radiografías (torpes) del Atleti - Valencia




1. El partido

El Atleti salió, una vez más, con un equipo raro. Con Ujfalusi ausente por sanción y Filipe Luis Filipe lesionado, posiblemente en uno de esos músculos nuevos en los que antes nadie se hacía daño, se imponían cambios en la defensa. Por la izquierda, ausente el frágil brasileño de media melena, salió Antonio López. Vale, bien, lo normal. Al no estar Ujfalusi, debería salir alguien por la derecha o quizás en el centro. Salió Valera.

Valera parece que sólo cuenta para Quique cuando no está Ujfalusi. Quique tiene poca fe en Valera y lo utiliza cuando hace falta, lo que nos parece normal. Quique tiene sin embargo muchísima fe en Perea, que juega siempre. Perea puede jugar de lateral derecho y son muchos los aficionados que estiman que sería más valioso en ese puesto, en el que sus tradicionales pifias tendrían menos influencia directa en el resultado al estar en teoría cubierto por un central. Ayer podría haber jugado de lateral derecho, pero entonces su puesto en el centro lo debería haber cubierto Domínguez y, ay, Domínguez no cuenta para Quique. Domínguez, el mejor central del año pasado, el que apuntaba a defensa histórico para los próximos diez años, ya no cuenta. O sí, vaya Vd a saber, con Quique todo es posible, también que los titulares vayan al banquillo de la noche a la mañana o que los suplentes salgan de inicio en los partidos más trascendentales.

En el medio salió Tiago, llamado a ser el jugador que impoga su criterio, y Raúl García. Raúl volvía al Calderón tras varios partidos de ausencia. Al Calderón, donde no se agradece su esfuerzo y se critican sonoramente sus fallos, a veces imperdonables. Al Calderón, donde Raúl se encuentra incomodísimo y aún así lo intenta. Al Calderón, donde fue despedido con algunos aplausos y de nuevo con más pitos, donde pesan más dos errores que setenta ayudas defensivas. Junto a ellos, Reyes por un lado y Fran Mérida por el otro. No así Elías, carísimo refuerzo de invierno que venía jugando sus partidos y que fue titular con Brasil entre semana, el argumento de la dirección deportiva para su fichaje. Elías, tras jugar casi siempre desde la llegada de su misterioso transfer extraviado, no fue ni convocado. Tampoco salió Juanfran, el otro refuerzo de invierno, el que debutó el día de su presentación en el estadio del otro equipo grande de la capital, ni más ni menos, y que no ha vuelto a estar en el equipo titular. Los dos refuerzos de invierno a la caseta, oiga. Doce o trece millones de euros destinados a resolver supuestas urgencias, sin jugar. Bueno, es lo que hay, ya sabemos.

Delante jugaron Agüero y Forlán, como casi siempre. El primero lo intentó y no anduvo fino, el segundo empezó bien, fue bajando, falló un penalti y acabó tristón. Tristón y desubicado, como todo el equipo. El Atleti marcó pronto en buena jugada de Reyes tras robo de Forlán, y se fue diluyendo, fue reculando, se fue yendo del partido. Juegue Vd, oiga, que queda tiempo – no sé, es que no tengo ganas, como que se me ha olvidado lo que tengo que hacer, estoy loco por que acabe esto. El rival, que tampoco jugó tanto, se lo fue creyendo poco a poco y, tras empatar al final del primer tiempo, vio claro que podía ganar cuando el Atleti desperdició su regalo en forma de penalti. El Valencia ganó casi por obligación: oiga mire, entiéndame, qué iba a hacer yo, no vine a esto pero me viene bien, tres puntos son importantes y en este campo, al menos antes, daban cierto prestigio. Así que a mi pesar gané, ya lo siento, bueno, adiós.

2. El equipo

El equipo dió, una vez más, la sensación de no entender nada de lo que pasa. Los jugadores no saben bien a qué juegan, no saben qué se espera de ellos, no tienen claro qué hacer. Ven como compañeros pasan de imprescindibles a apartados, de titulares a no convocados, de suplentes a estrellas imprescindibles. Los nuevos llegan y juegan cuando no conocen a los compañeros y, cuando se aprenden sus nombres, son apartados del equipo. Los medios no saben si apretar o esperar, si aguantar y robar, si presionar y morder. Los defensas no tienen claro si salir jugando o pegar un patadón, los delanteros hacen la guerra por su cuenta, esperando un pase en condiciones para tirar a puerta e intentar mejorar sus estadísticas.

Se diría que los jugadores, directamente, no tienen muchas ganas de jugar, no se divierten y desde luego no toman los partidos como un trabajo que hay que hacer bien. Podría ser indolencia, desinterés, desorientación o pánico, o bien todas a la vez. Uno entiende que los jugadores anden desorientados, huérfanos de un patrón de juego, de una idea y de un objetivo común. Podría ser eso. Podría ser también falta de interés por jugarse una patada o una mala puntuación en la prensa teniendo en cuenta que no cobran a tiempo o cobran mal, que también podría ser. Podría ser simple pánico. Pánico a la reacción de la grada, pánico a las críticas de la prensa, pánico a torcer definitivamente su carrera, pánico a ser señalados en la foto oficial como un jugador petardo que llevó al equipo al pozo. O pánico a las reacciones del entrenador: pánico a cometer un error que le lleve a la grada tras cinco partidos de titular, pánico a no hacer lo que se supone que debe hacer incluso sin que nadie le haya explicado con claridad cuál es su cometido, pánico al método error=castigo que sigue con fidelidad Quique.

Podría también ser indolencia por falta de comunión con el club, con sus superiores jerárquicos. Imaginamos que es complicado convencer a un contable de que se quede cerrando balances hasta las diez de la noche mientras el director de la empresa no aparece por la oficina y sólo saben de él por reportajes gráficos, fotografiado mientras celebra comidas con otros. Imaginamos que es complicado pedirle a los soldados que carguen a cuerpo limpio contra el enemigo atrincherado mientras el capitán se queda comiendo arroz con conejo al abrigo de las balas. Imaginamos por tanto que es complicado pedirle a los jugadores que den la vida por la camiseta cuando el resto del club rezuma desinterés por el proyecto común y toma el interés propio por bandera. Imaginamos que es complicado pedirle a los jugadores que asuman responsabilidad y riesgos cuando el máximo responsable y propietario aparente de la mayoría de acciones del Club no tiene la hombría suficiente como para acudir al palco a aguantar el chaparrón, si es que éste se produce. Puede ser eso, también, sí.

Sea lo que sea, los jugadores andan perdidos y, lo que es peor, con aspecto de no poder ni querer encontrarse. Los buenos jugadores ponen cara de qué hago yo aquí, los malos ponen cara de intentar hacer lo que pueden sin tener guía ni método. Cuando la defensa saca un balón, son pocos los que se ofrecen y muchos los que se camuflan tras su par; cuando se pierde un balón, el repliegue es caótico y muchas veces al trote. Cuando el rival aprieta los nuestros se achican y cuando toca apretar, aprietan tres y el resto mira. Cuando el árbitro pita algo indebido el capitán no aparece, cuando los rivales presionan al árbitro no aparece nadie (salvo Raúl García y encima se lleva una bronca), cuando el linier se equivoca nadie le afea el error, sino que se sigue jugando como si tal cosa. Cuando se pierde en casa, el equipo se dirige al rival, le pide la camiseta, habla del tiempo, de la primavera anticipada, del cambio climático y de la situación en Egipto, pero no muestra pesar ni preocupación o, si lo hace, se le olvida a los tres minutos y se va a cenar chuletón con los amigos, que hoy invito yo, majos.

Puede que los jugadores sean unos mercenarios, puede que el entrenador sea un desastre, puede que la culpa de todo la tenga el gerente de Almohadillas Perca por haber puesto ese nombre de pez a su empresa. Todo esto es posible, sí, pero mirando un poco desde fuera parece que la culpa de todo es de todos, sobre todo de los que podrían poner orden y ni lo hacen ni les interesa hacerlo.

3. La afición

Se esperaba que la afición se pronunciase durante el partido, y lo hizo. Más tímidamente de lo que uno hubiera deseado, menos tímidamente que otras veces. En las gradas abundaban las bufandas verde y oro, los colores de los aficionados disidentes del Manchester United, ahora también los colores de la Resistencia. La gente preguntaba el por qué de esas bufandas, preguntaba dónde comprarlas, querían llevarlas. La afición volvió a cargar contra el palco tras el segundo gol del Valencia y, de nuevo el nombrado fue Miguel Angel Gil, el consejero ausente. No lo fue Cerezo y eso deja ya a las claras que la gente tiene claro quién mueve los hilos y quién pone el particular peinado, el cuestionable sentido del humor y la cara para que sea abofeteada con cada vez más frecuencia y siempre con razón.

La afición, así en general y no un grupo cada vez más numeroso de atléticos con las ideas claras y la información apropiada, está en un momento complicado y crucial. Si uno habla con desconocidos por los aledaños del estadio, la impresión que queda es que casi el 100% de los aficionados tienen claro que los responsables de la debacle son los supuestos propietarios del Club, Cerezo y Gil Marín. Si uno lee los comentarios en las ediciones digitales de los periódicos deportivos, el 99% son contrarios a la gestión, muchos de ellos con ese zafio lenguaje faltón que caracteriza al impulsivo ciber-comentarista medio. La gente, la mayoría de la gente, tiene cada vez más claro quién es el culpable de lo que ocurre y los pocos partidarios que le quedan a la directiva suelen entrar en foros y conversaciones con los aires matoniles de los camelleros partidarios de Mubarak entre la multitud: no tengo buenas razones, pero grito más que el resto. A estas alturas es imposible defender la gestión de los Giles y es prácticamente imposible encontrar a alguien dispuesto a defenderla, por más que siempre quede algún trasnochado dispuesto a repetir los falsos mantras del gilismo: si no es por ellos el club desaparece, el descenso fue el fruto de una persecución política, a los directivos el club les cuesta dinero, aquí no viene nadie con dinero por delante a comprar el club y hacer una alternativa.

Curiosamente, desde este convencimiento a la afición le asalta otro problema. Tras años de mensajes desde la prensa y lacrimógenas campañas de la Sra Rushmore, el aficionado medio parece convencido de que lo de seguir al Atleti es un tema casi religioso, la constatación del hecho de formar parte de los Elegidos, un destino marcado para los restos al estilo del Señor de los Anillos. Este destino como miembro de la mejor afición del mundo, la dañina etiqueta de los dos filos, impide a juicio de muchos el protestar en la grada. Si, son ellos los culpables, pero ahora no es el momento de criticar sino de animar, piensa parte de la afición. Dejémonos de divisiones y animemos al equipo que ahora lo necesita, piensan. No se dan quizás cuenta de que el equipo SIEMPRE necesita ánimos en los últimos tiempos porque NUNCA funciona bien a pesar de, o más bien por culpa de, tanta ausencia de protestas y tan bien intencionados silencios. Pero la afición, o parte de ella, es así, qué le vamos hacer. Es así, pero quizás esté dejando de serlo.

Más situaciones curiosas produce este convencimiento. Esa parte de la afición que cree que la directiva es responsable del desastre pero no quiere criticar a los jugadores en mal momento, entra al campo resuelta a animar. La realidad, sin embargo, es que no anima. Lejos de ser un estadio donde la grada apoye sin miramientos y mayoritariamente a los jugadores, como reza la exposición de motivos del premio a la mejor afición mundial y de parte del extranjero, la afición está cada vez más callada y el Calderón va perdiendo su condición de estadio caliente incluso enpartidos importantes como el de ayer. Más aún, la afición es crítica, injustamente crítica en ocasiones, con muchos de los que no tienen responsabilidad directa. La afición supuestamente animadora, lejos de animar al jugador que lo necesita tras una pifia, se ceba en los débiles, ridiculiza a los que lo pasan mal. Cada balón que recibe Perea como último hombre se jalea desde la grada con un murmullo creciente que equidista entre el grito de pánico y la risotada; uno imagina la misma reacción entre el público que mira la desactivación de una bomba mientras el artificiero duda entre cortar el cable rojo o el azul y llega a la conclusión de que el público perdió el Norte, porque los más probable es que acaben volando por los aires bomba, artificiero y público. De igual forma, cada balón comprometido que llega a Perea tiene pinta, gracias al sonido burlón que la grada emite, de acabar en pifia y gol en contra tras el que nadie animará, sino todo lo contrario, al jugador que formó el lío. ¿No sería más lógico, ya que se optó por no criticar y sí animar, animar al que más lo necesita y no tirar piedras contra el propio tejado? O, ya que se decide criticar y no animar siempre, ¿no sería más lógico criticar a los culpables de verdad y no únicamente a los jugadores torpes que éstos compran a precio de estrella a intermediarios de confianza?

Ayer la afición rompió a gritar contra el palco tras el segundo gol del Valencia. En un mundo perfecto, a uno le habría gustado ver cómo la afición la tomaba con el palco tras el gol del Atleti, pasando un mensaje más claro aún: no por ir las cosas temporalmente bien nos olvidamos de quién son los culpables de todo. No ocurrió así, pero algo es algo. Eso demuestra que el hartazgo de la afición es profundo, y también que está claro para cada vez más gente quién es culpable de todo. No en vano, los gritos iban dirigidos a Gil, hasta ahora inmune a las protestas y siempre amparado en su invisibilidad (salvo en entrevistas limpia-reputación previamente pactadas). Curiosamente, también la afición se pronunció por primera vez y de forma inequívoca a favor del entrenador. El grito, con un partido perdido y el entrenador cada vez más cuestionado, sólo cabe interpretarse como una bofetada indirecta a las caras del palco, el mensaje de que esto ya no cuela como coló con Bianchi, con Aguirre o como con tantos otros; no es el entrenador, no son los jugadores … sois vosotros los responsables, los que nunca han cambiado en este tiempo. Da igual que venga otro, total le daréis los jugadores que os interesen: si piden un central diestro traeréis un interior zurdo de ocho millones del que nadie oyó hablar, si hace falta un medio centro vendrá un portero mediocre que corte la progresión de un canterano, si se necesita un delantero centro traeréis un entomólogo experto en polillas por cinco millones de euros, con el cometido de desinsectar el trastero en el que dormitan los trofeos de la sección de balonmano.

Ayer no hubo revuelta popular, no hubo explosión total, no hubo asalto al palco ni quema de conventos. Quizás lo que ocurre es que la afición simplemente no es así y no es eso lo que haya que esperar. La afición, eso sí, sí la emprendió contra el palco con criterio y tino, y deja vez con cada vez más claridad que es consciente de quién es el responsable de todo. El mensaje de la oposición parece haber calado, la afición está más informada, ve claro quién es el responsable y eso es un avance importante por el bien del Club. Y todo ello gracias a unos cuantos tipos con las ideas muy claras, con la determinación del que sabe que tiene razón y una lealtad inquebrantable al Club cuya directiva les persigue y a la afición que tantas veces les ha ignorado, una lealtad y una dedicación que le ponen a uno los pelos de punta.

Por ellos, que saben quién son, con agradecimiento eterno, levantaremos nuestras pintas de Guiness cuando, en un rato, Irlanda se la juegue contra Francia.

Gracias eternas, Señores.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Esperanzadora y desesperanzadora crónica del Valencia - Atleti (que aún no nos aclaramos, oiga)

Si el Atleti perdió dos puntos o salvó uno no queda claro a estas alturas.

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- A ver, que levante el dedo el que sepa contra quién jugó el Atleti ayer. Usted, el de la camisa de manga corta azul clarito, a ver.
- Contra el equipo ché.
- Expulsado. A la calle, oiga
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Jugaba el Atleti en Valencia en miércoles a las 10 de la noche, que es tardísimo para casi todo y demasiado pronto para casi todo lo demás. Es tarde para cenar luego, tarde para llevarse un disgusto e irse directo a la cama enfadado, tarde para verlo lejos de casa si al día siguiente hay que madrugar y tarde para llevarse un alegrón e irse a un bar a celebrarlo. Es pronto para cenar antes, pronto para acostarse y esperar al próximo día a ver qué ha hecho el equipo, pronto para desayunar y pronto también para irse a hacer cola en la puerta de la oficina, que esas cosas no las agradece luego nadie. El fútbol de ahora tiene estas cosas y lo peor es que nos vamos acostumbrando: hay partidos a todas las horas posibles, todos los días posibles y en todos las cadenas posibles, y el único patrón general es que los partidos son cuando le viene bien a la televisión y no necesariamente cuando le viene bien al hincha.

Cualquier día les dará por jugar los partidos por trozos y no diremos ya nada: mire qué bien, oiga, tome nota: el Atleti juega la primera parte de su partido de Copa contra el Universidad de las Palmas el miércoles de cinco a seis y cuarto. Aprovechando que por las islas anda el Osasuna, jugarán de siete a ocho contra ellos el primer tiempo del partido de ida de liga y quince minutos de la vuelta, que el día que toca al Osasuna venir a Madrid no puede jugar el partido entero, porque juega a las tres contra el Getafe - horario para el mercado asiático - pero sólo el segundo tiempo, que el Getafe sale ese mismo día para Benidorm a jugar un amistoso que se dará en directo en la televisión kurda y no puede llegar más tarde de las seis, que no sabe Vd cómo son los kurdos con la puntualidad. Si llega el Atleti a la prórroga o los penaltis en el partido de Copa, eso sí, para jugar ya nos vamos al 26 de Enero, festividad de San Tito, que antes no tenemos tiempo; por eso hagan lo posible por resolver el partido en el tiempo reglamentario, que por San Tito gusta el Levante FC de jugar la segunda parte del derbi regional contra el Hércules por ser este santo, discípulo de San Pablo y cabeza visible de la iglesia de Éfeso, el protector de la federación levantina y santo patrón de varias peñas locales; así que si no andan listos, andaremos achuchados.
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Se dispuso el aficionado atlético a ver el partido, y esta vez lo hizo en su mayoría en casa, y como mandan los cánones domésticos: en pantuflas, pantalón de esquijama, camiseta de publicidad y cervecita. Se sentó en su sofá y puso la tele para ver la Sexta y entornó los ojos: uno no sabe si fue una catarata propia o un error general o una nueva forma de retransmitir los partidos, pero la imagen se veía rara, ni nítida ni borrosa, ni bien ni mal, rara, rara, como si delante de la pantalla hubiera una lámina de aceite. Entornó los ojos el aficionado, se limpió las gafas, puso cara de chino y, al ver que no mejoraba la imagen, se lo dijo a su mujer. Ésta, tras mirar detenidamente la pantalla, no dijo nada y se llevó la cerveza, cambiando la jarrita helada llena de Mahou por un poleo templado que supo a rayos al resignado y achinado aficionado.
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Salió el Atleti vestido de Atleti cuando nos temíamos lo peor, y lo hizo con una alineación previsible teniendo en cuenta las ausencias forzadas de Agüero y Ujfalusi. Salio Diego Costa por Kun y salió Perea por Ujfalusi. Salió además Antonio López de lateral, liberando a Domínguez de la tortura que le supone jugar fuera del centro de la defensa y sembrando aún más dudas sobre el estado físico de Filipe Luis Filipe - en adelante nos referiremos así a él dado que tanto Filipe Luis como Luis Filipe son fórmulas comúnmente utilizadas en las tertulias colchoneras. Tras ya un par de meses, tras muchos entrenamientos, muchas esperanzas y bastantes millones, Filipe Luis Filipe aún no juega y sólo calienta, para desconfianza de la hinchada que espera verle pronto como lateral titular y amo y señor de su banda, pero de este lado de la cal.

Por la derecha jugó Perea con botas tan blancas como su dentadura profidén e hizo un partido más que notable. Perea, que siempre pifia una como bien sabe la parroquia, juega bien últimamente, en especial como lateral y más aún ahora que parece haber renunciado definitivamente a complicarse la vida cuando le achucha el rival. Perea estuvo bien al corte, contundente cuando hizo falta e intratable cuando le encaraban; Aduriz metió el gol en pugna con él, sin que a juzgar del que suscribe hubiera error suyo en el gol. Sacó algún buen balón en largo y, eso sí, rara vez subió la banda. Fue esto último lo que hizo al personal acordarse más de Ujfalusi, el protagonista de la semana y alternativa en ataque siempre que puede, sobre todo en los últimos minutos de los partidos. Ujfalusi tiene ahora un merecidísimo apoyo popular, el que uno entiende que merece, obtenido sin embargo tras el affaire Messi y el desproporcionado y desnortado tratamiento dado por la prensa al asunto. Carambolas de la vida, Ujfalusi ha llegado a tener el peso entre la hinchada que merece por un asunto desafortunado; por el contrario, Perea, señalado el año pasado como cáncer del equipo y objeto de las burlas de mezquinas aficiones rivales, lleva unos buenos partidos desde que comenzó el año y tampoco se acuerda nadie de él. Lo normal sería que, ante la vuelta de Ujfalusi, fuera éste el lateral derecho titula y Perea quedase como recambio para el checo y los centrales, con riesgo de caer aún más en el olvido y volver sólo de vez en cuando, con el riesgo de pifia que ello supone. Así que, como aquí somos así, en vista de lo que hay y de lo que puede venir, en agradecimiento le damos a Perea un párrafo entero y además de los gordos.

El primer tiempo invitó a la esperanza. El Atleti, sin hacer un juego brillante, jugaba cómodo, junto, serio y parecía un equipo. No sufría en exceso, demostraba saber a qué jugaba, transmitía saber qué tenía que hacer. El Valencia jugaba algo molesto por la superioridad del centro del campo del Atleti, con dos medios peleones, sólidos y mejores que sus rivales. Raúl García, de nuevo entonado y potente, dejó entrever un defecto que, si llega a pulir, le hará un jugador aún más completo. Tiene uno la sensación de que Raúl García, en ocasiones, se duerme un instante tras una buena acción. Recupera un balón, se anticipa, gana la ventaja al rival y, click, tiene un breve ataque de narcolepsia que le empuja a hacer un mal pase, a dudar un instante, a volver a perder el balón; no es cuestión de intensidad, que le sobra, ni de concentración, que tiene para regalar al resto, sino un puntito quizás de oportunismo, de viveza, de evitar el error por precipitación tras una buena recuperación, de combatir el síndrome Bejbl. Dicho esto, uno ve muy difícil la entrada de Tiago en el equipo titular si Raúl García, que parece ser consciente de que esta es una buena temporada para dar un puñetazo en la mesa, sigue en esta línea. Más confiado y con más presencia, complementa además a Assunçao, enorme una vez más en esfuerzo, presencia y generosidad, gracias a su juego en largo; ayer dejó varios pases para la galería, incluido uno a Forlán que, de haber estado listo el urguayo, habría acabado en gol.

Fue Forlán precisamente quien, a pesar de estar poco preciso toda la noche, inició la jugada del gol. Forlán falló hasta tres ocasiones claras y anduvo algo errático, quizás desasistido por el indefinible Diego Costa; pero, tras un corner rival cortado por la defensa y tras dar la sensación de que iba a ralentizar un contraataque de libro, Forlán hizo un pase magistral a Antonio López. El toque de éste y la definición de Simao, frío y preciso como un cirujano, se convirtieron en el gol del Atleti y de paso en una preciosa jugada de contraataque, ese lance tan bonito cuando se hace bien. Simao tiene estas cosas: quizás no esté a su mejor nivel, quizás se hunda físicamente en los segundos tiempos, pero deja con frecuencia fogonazos de jugador grande y detalles de jugador listo. Hoy por hoy, resulta difícil pensar en no tenerle como titular aunque deje alguna duda de tanto en tanto.

Con el gol el Atleti, como es ya costumbre, reculó. Esto es así desde los tiempos de Aguirre, ya lo saben Vds, y empieza a ser seña de identidad del equipo. Ayer, sin embargo, la sensación hasta el final del primer tiempo fue distinta a otras veces. No dio sensación el Valencia de poder acercarse mucho e incomodar a la defensa, no dio sensación el Atleti de perder el control. Estando los medio centros entonados y Simao con fuelle, estando la defensa más sólida, es difícil que el Atleti pierda los papeles como antes. Sólo dos dudas dejó el Atleti en el primer tiempo: la primera, Reyes; la segunda, Diego Costa. Reyes juega bien cuando tiene fondo. Encara, la pide, hasta defiende y trabaja. A estas fases de trabajo le siguen otras en las que ejerce de liberado sindical durante un rato. Mientras puede y quiere, busca a Diego Costa con frecuencia, y éste responde. También Diego Costa, cuando tiene fuelle, persigue rivales, fija defensas, tira diagonales y mete el cuerpo. Ahora bien, altera fases de trabajo serio con protestas sorprendentes, períodos de desaparición, despiste y huelgas temporales. Forlán nota su presencia y nota sus ausencias, aunque en ambos casos echa de menos al Kun y reza a San Tito para que vuelva pronto.

Tras un primer tiempo esperanzador y serio, cambiaron las cosas. El Atleti se mostró en la primera mitad como un equipo: junto, con apoyos, con relevos en las marcas y despliegue físico incluso tras el gol, cuando dió el paso atrás. El segundo tiempo fue otra cosa. Perdida la batalla en el centro del campo por la superioridad de Raúl García y Assunçao, Emery vio claro que algo había que hacer. Ante el asedio, el paso atrás y el hundimiento físico de los interiores, Quique se quedó en blanco. Emery metió a Soldado, un jugador incómodo, protestón y peleón que junto con Aduriz forma una delantera rabiosa y con malas pulgas. Viendo el estado físico de los interiores, Emery mandó al equipo a jugar por las bandas y aprovechar el revuelo formado por sus dos delanteros en el cogollo del área del Atleti. Quique, por su parte, reaccionó tarde, poco y sin mucha imaginación, poniendo de nuevo en entredicho su capacidad para variar esquemas, reaccionar a los cambios del rival e inventar soluciones, como ya ocurrió con el Barça.

Se tiró el Valencia en tromba a por el partido con una actitud y una intensidad que gustó al que suscribe, haciendo sospechar hasta el más optimista que las cosas se iban a poner feas en breve. Si bien la defensa del Atleti no es la que era, si bien Godín (persistente en sus fases breves de enajenación) saca con contundencia el balón cuando hace falta y corta y juega si es preciso, si bien Domínguez sigue en su sobria y eficaz línea, no puede dejar de mencionarse que el verdadero protagonista y héroe ayer fue, de nuevo, De Gea. La defensa ha mejorado, es cierto, pero no es de recibo que el portero tenga que sacar hasta tres remates cómodos en quince minutos; asfixiados los interiores, no es de recibo que sigan ambos en el campo durante veinte minutos hasta que el banquillo reaccione; desconectada totalmente la delantera, no es de recibo que sigan dos puntas, uno de ellos físicamente desaparecido, hasta el final del partido.

El Valencia presionaba y demostraba que, habiendo perdido dos piezas claves, sigue siendo un buen equipo que ha ganado, además, en agresividad cuando juega con sus dos malhumorados delanteros centro. Si el Atleti aguantaba el chaparrón era por el despliegue de los medio centros (resaltable la actuación de Assunçao en constante apoyo de Perea, sacando entre ambos muchos balones de atrás al alimón en plan pareja artística de gemelos) y, sobre todo, por De Gea. Hasta tres nuevos paradones hizo el portero, diez en tres días si sumamos los del Barcelona. Una gran noticia y una noticia malísima: el Atleti tiene por fin un portero de los que da puntos al equipo, pero a la vez sigue dando facilidades a los rivales para que tiren a puerta. Los achiques desesperados de la defensa llegaban una y otra vez al Valencia, que esperaba cómodo el despeje alocado o el pase impreciso de defensas y centrocampistas del Atleti, incapaces de hacer llegar a la delantera un balón en condiciones. El Valencia dejaba espacio atrás, se volcaba hacia la portería del Atleti y un pelotazo, incluso sin mucha precisión, habría provocado un contraataque peligroso. Pero ni el centro del campo tenía oxígeno suficiente para ver con claridad a dónde centrar el balón, ni Diego Costa estaba en disposición de hacer sprints de cincuenta metros, ni Forlán tenía su día; Agüero, eso sí, se habría puesto las botas en la misma situación. La entrada de Fran Mérida, si bien buscó más control y presencia, terminó dejando interrogantes sobre el sitio en que éste debe jugar y sobre si tiene el empaque suficiente para mantener el balón cuando hace falta. Quique, espeso como el punto de esa bufanda que volverá a lucir en cuanto la temperatura media baje de los 25 grados, no supo qué hacer y no quiso hacer cambios, aún obvios, hasta bien entrada la segunda parte. El Atleti tiene un problema ahí, no hay duda, y si el primer tiempo dejó ver un horizonte despejado, el segundo trajo nubes de tormenta.

El Atleti empató un partido que, visto el primer tiempo debió ganar cómodo y, visto el segundo, pudo perder perfectamente. El punto en Valencia es valioso si se analiza en frío, pero da rabia cuando se ve cómo se consiguió o más bien cómo se dejó ir una victoria posible; posiblemente en Valencia pase al revés, y lamenten su primer tiempo tras haber demostrado que, a la carga, merecieron mejor suerte. El equipo dejó ver un bajón físico que puede ser lógico pero es también preocupante. También se puso de manifiesto que, fuera del equipo titular, las dudas siguen vigentes.

El Atleti lleva 7 puntos de 12 posibles. Ha perdido en casa con el Barça, algo admisible. Ha empatado en Valencia, que no es mal resultado y ha ganado en Bilbao. El calendario será más benévolo más adelante, pero por ahora la botella puede verse medio llena o medio vacía, siendo lo segundo excesivamente cenizo a estas alturas. El equipo claramente juega mejor cuando tiene fuelle y tiene a los titulares; los suplentes y el estado físico dejan dudas. Hay cosas que invitan a la esperanza y otras, a lo contrario. No está el equipo para encomendarse a San Tito, pero tampoco para tirar cohetes. Confiemos.

lunes, 1 de marzo de 2010

De cómo va quedando claro que Tiago nos está llevando al otro lado del río


A unos cincuenta kilómetros de la frontera española, en el norte de Portugal, está Viana do Castelo.

Se sitúa en el Estuario del Lima, un río que nace en Galicia como Limia -dando nombre a una de las más conocidas comarcas de la provincia de Ourense- y va a morir al Atlántico.

El río Limia fue uno de los más famosos de la Antigüedad bajo el nombre de río Lethes.

En la antigua Grecia, había una tradición mitológica que aseguraba que, en el Hades (es decir, en los infiernos) había cinco ríos, uno de los cuales se llamaba Lete, que significa “olvido”. Según los mitos griegos: “los espíritus de los muertos bebían en las aguas del río Lete antes de reencarnarse, para olvidar su pasado en el mundo de los vivos.”

Como los romanos habían heredado de los griegos tales creencias, y como los pobladores del lugar sabían de su incapacidad militar para hacer frente a los ejércitos de Roma, no dudaron en sacar provecho de esas asociaciones mitológicas del siniestro río Lete con el río Lethes gallego, haciendo circular entre los legionarios la creencia de que estaban a punto de cruzar el mítico río del Hades, un atrevimiento que les haría perder todos los recuerdos de su vida, incluida su identidad y la memoria de su familia y ancestros.

Los galaicos consiguieron su objetivo y, cuando las tropas de Décimo llegaron al borde de lo que creían que era el mítico Lete, se negaron a poner un pie en el agua. De nada sirvieron las órdenes de sus jefes. Los valientes pero influenciables y desmoralizados legionarios, curtidos en los duros combates contra los galaicos, arrojaron al suelo sus espadas, lanzas, escudos, armaduras y demás pertrechos, y no se atrevían a atravesar aquello que imaginaban un infernal curso fluvial.

Fue entonces cuando, empuñando el estandarte de las águilas de Roma, el comandante cruzó el río, llamó desde la otra margen a cada soldado por su nombre, y así les probó que ése no era el “Río do Esquecemento." (Río del Olvido).

La Festa do Esquecemento, es actualmente un evento de recreación histórica que se celebra en Xinzo de Limia (Ourense) para rememorar esa llegada, hasta la margen izquierda del río Limia, de las legiones romanas comandadas por Décimo Junio Bruto en el año 135 a.C.

Irónicamente, la hazaña que más ha pasado a la historia de Décimo Junio Bruto, todo un genio militar de su tiempo, ha sido ese simple paso de un río; y no su victoria sobre los galaicos en el Duero, ni su posterior papel en la fundación … ¡de Valencia!; cuya aparición tuvo lugar, precisamente, por la cesión que Décimo Junio Bruto hizo de esas tierras a los soldados que le acompañaron en su campaña de Lusitania y Galicia, una vez licenciados. El nombre de la ciudad procede del romano “Valentia”, o “Ciudad de los Valientes”, como reconocimiento del procónsul al coraje de sus tropas.

Es decir: que sin duda quedó olvidado el episodio del río Limia.

Siguiendo el curso del Limia, tras atravesar la histórica y actualmente virtual frontera con Portugal, uno acaba llegando a Viana do Castelo y, cuando el viajero se asoma al mar, tiene la sensación de encontrarse ante un río, pero cuando ve los grandes barcos atracados, sabe que desde allí partieron los pescadores del bacalao y, cuando conoce su casco histórico, lleno de blasones, sabe que existieron tiempos mejores, cuando el dinero llegaba a Portugal desde las colonias y se construyeron las excelentes casas de los siglos XVII y XVIII.

Viana do Castelo tiene un clima templado marítimo, lluvioso y fresco y, antes de visitarla, es bueno subir al impresionante santuario de Santa Luzia, desde donde las vistas del litoral atlántico son fabulosas y, los vendedores que se apostan allí, te ofrecerán los dos típicos muñequitos de hilo con traje regional, O Manuel y A María.

Uno debe parar en el mejor restaurante de toda la ruta, el Cozinha das Malheiras, probar la feijoada do mar (guiso de habas negras con pescado), su excelente bacalao y después, paseando por la ciudad, uno puede encontrarse con un mural gigantesco, en honor a su mayor símbolo deportivo: Tiago Cardoso Mendes.


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Ese es el lugar desde el que dio el sí al Atlético, durante la pasada Navidad.

"Llevaban dos años intentando ficharlo. Ha recuperado la sonrisa" –dice su padre, Carlos Mendes-. "Ahora los jóvenes vuelven a reunirse para ver a Tiago. Es una referencia para ellos. Somos unos hinchas rojiblancos más. Estamos deseando ver ya ese duelo entre Atlético y Real Madrid, entre Tiago y Cristiano", -explica José María Costa, alcalde de Viana-. “¡Somos de Tiago y del Atleti!", exclaman los trabajadores de una cafetería de plaza, donde se suelen reunir los seguidores para ver partidos.

Al portugués no le ha hecho falta, ni demasiado tiempo, ni tampoco un brillo desproporcionado, para hacerse notar. La sensación de aplomo que da con un solo toque, provoca una velocidad en el equipo que no se veía desde hace mucho. Sabe hacer coberturas, posicionarse y lo más difícil, jugar al primer toque. Da siempre la sensación de que, antes de tocar el balón, ya sabe lo que va a hacer.

Ha necesitado menos de dos meses para obtener, en Madrid, el reconocimiento que nunca le dejaron conseguir en Turín, donde se encontró con Ranieri. Con comentar eso basta, hablando entre atléticos.

Como las tropas romanas ante el humilde Limia, el Atlético de Madrid llegó al final de 2.009 rendido, humillado, perdido, desmoralizado y arrojando al suelo sus espadas, lanzas, escudos y armaduras. Ellos, que habían metido al equipo en Champions, que habían llegado a Anfield Road a decir aquí estoy yo, que habían vuelto a meterse en Champions; de repente no podían con los Rácing, Almería, Málaga, Tenerife…

Incluso los más optimistas, que es la forma eufemística de denominar a los ilusos, no veíamos un río, sino un océano frente a nosotros, cuando pensábamos que aún quedaban cinco meses de Competición.

Algo similar debía pensar, frente a su futuro en la Juventus, este hijo del Limia que, llegando desde Italia y sumando la tradición cultural y mitológica del Río que le vio nacer, al espíritu de las tropas romanas, se ha convertido en una especie de reencarnación de Décimo Junio Bruto y, atravesando el río, sin que aparentemente ello le haya causado mayores esfuerzos, ha dedicado estos dos meses a llamar por su nombre a cada uno de sus compañeros, hasta convencerles al fin de que no, de que no se les había olvidado jugar al fútbol.

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Y es de eso, de fútbol en estado puro, de lo que apetece hablar tal día como hoy.

Para empezar, anunciaron la alineación, y resultó que no estaba Jurado. ¡Bien!

Les prometo por lo que ustedes quieran que no soy aficionado proclive a cogerle manía a jugadores de mi propio equipo. De hecho, mi tendencia natural es justamente la contraria. Sin embargo, Quique Sánchez Flores, con su obstinación en alinearle en todos y cada uno de los partidos que juega el Atlético de Madrid, sólo comparable a la que aqueja al propio jugador, empeñado en no hacer nada positivo nunca, ha conseguido convertirme en un pobre aficionado maniaco-obsesivo.

Cómo será la cosa, que el pasado viernes, cuando Del Bosque anunció la lista de la Selección, me precipité a abrir una pesi y brindé conmigo mismo, para celebrar que aquella era la primera lista en varios meses, de un equipo que pueda considerar propio, en la que no aparecía Jurado.

Tampoco detentaba la condición de titular en la alineación del partido de ayer, y eso me pareció una magnífica noticia, casi una señal, de que el Atleti, que ésta vez jugaría con once jugadores, podría confirmar que era cierta la primera parte de las declaraciones de Emery en la víspera (que somos un rival directo) y podría evitar que se cumpliese la segunda (que, ganando el Valencia, nos eliminarían de forma definitiva).

Salieron aparentemente ambos equipos a ello; comenzando el partido con un ritmo trepidante. Especialmente Marchena, todo un clásico para estas cosas, que en el minuto 1 ya tenía tarjeta amarilla, tras atropellar a Simão y éste, a su vez, se encontró ante su primera oportunidad de ejecutar su recuperado golpe franco maestro. Se fue alto, por poquito.

El Atleti, muy enchufado, iba encerrando poco a poco al Valencia, y acumulaba ocasiones. Reyes tuvo una buena idea al salir de un regate, pero su ejecución fue pésima; Forlán no remató un buen pase de Simão, Agüero iba creando peligro y, en el minuto 19, llegó la primera jugada-clave: Reyes, motivado e individualista, entró en diagonal en el área valencianista y Banega, a quien desde luego no se le da nada bien el Calderón, primero fue desbordado, y luego zancadilleó muy claramente al sevillano.

Yo, como los entrenadores dicen cuando les conviene, desde mi zona no lo vi bien; pero un caro amico valenciano –que no valencianista- me escribió en directo que fue “un penalti como una casa de veinte plantas”.

No lo suficiente para Pérez Burrull, ese árbitro, esa pesadilla, natural de Comillas, famosa tanto por la Universidad, como por la maravillosa casa ideada por Gaudí como, para ciertas familias, también, por ese bar que tienen en la plaza principal, donde pides pimientos de Padrón y te dan de esos de Murcia, que pican todos, y luego te tiras una semana hecho polvo, seis meses sin probar el picante y, lo que es infinitamente más grave: año y pico sin volver a atreverte a pedir esa auténtica maravilla gastronómica.

Así que no lo pitó, la jugada siguió, el Valencia cogió a todo el Atleti con ese despiste indignado propio de jugadas así, y Silva aprovechó para hacer un montón de cosas al lado de la portería de David De Gea: tiró, recuperó el balón, se fue para un lado, se fue para el otro, volvió sobre sus pasos, tiró otra vez y, al segundo intento (aunque su pasmosa tranquilidad y soledad en la jugada, nos hace temer que habría podido tener una tercera, e incluso una cuarta opción) marcó un injusto e inexplicable 0-1.

Suponemos que, en un alarde de originalidad, más de uno y más de dos estrellas radiofónicas no podrían evitar el “y pasamos del posible uno-cero, al cero-unooooo”. No menos originales fuimos unos cuantos, que temimos que el partido se nos había ido a hacer puñetas.

Pero no fue así. El caso es que Reyes tardó muy poco en volver a la carga. He comentado ya lo de la motivación y el individualismo, ¿no?. Bueno, pues insistió por tercera vez, enviando un balón al poste, casi sin ángulo, después de recorrerse casi medio campo, y llegar hasta la línea de fondo.

Sólo siete minutos después del primer penalti no pitado, y del gol del Valencia, llegó la segunda jugada-clave: Agüero entra en el área, Marchena entra a saco, y desde mi zona seguimos sin ver exactamente lo que ocurre; aunque sí que no pasa el balón, ni cae Agüero, ni es posible que el defensa despejase con los pies, porque ya había sido superado por el regate del Kun.

Eso, insisto, desde mi zona, que está junto a la esquina opuesta a aquella en que la jugada sucedió. Sin embargo, estando al lado, Pérez Burrull, cuyo segundo apellido es una tentación permanente a la que nos resistimos de forma heroica, dejó seguir la jugada hasta que fue, literalmente, placado por el gran Paulo Assunção, rodeado por todo el equipo e insultado por, al menos, el 99% del público asistente.

Se detuvo el colegiado de Comillas, fue a hablar con el cuarto árbitro, regresó al área valencianista y, una vez allí, para sincero pasmo de todo el mundo, pitó penalti, expulsó a Marchena y, tras soportar estoicamente Forlán una serie de gestos muy raros que le hizo, con los brazos, ese portero tan peculiar que es César, marcó con tranquilidad el 1-1.

En la grada, respiramos todos muy hondamente. Al equipo, en cambio, no le dio tiempo de entonar un ¡uuufff! ni nada, porque el Valencia hizo ademán de reaccionar y, por ejemplo, Mata amenazó a Valera por su banda un par de veces seguidas, la segunda de las cuales salvó el murciano estando de espaldas, casi sin querer. Daba algo de miedo Mata.

Pero, si nosotros nos quejamos de Quique, supongo a los valencianistas jurando en arameo al pensar en Emery, el teatral, histriónico, gesticulante y tremendamente sobrevalorado Emery porque, para solucionar el problema táctico que le creó Marchena, no se le ocurrió otra cosa que elegir precisamente a Mata para el cambio cuando, hasta ese momento, el Valencia se había reducido exclusivamente a César, Silva y el mencionado producto de la cantera de ese otro Club de Madrid.

Bien por Emery, pues, que nos hizo un maravilloso favor con ese cambio y, para celebrarlo, el bueno de Valera se marcó una arrancada desde el propio campo, llegando hasta el borde del área contraria y, si no se le llega a cruzar un aguafiestas valencianista, creo que habría podido tirar a puerta y todo. Fue el mejor partido de Valera, por cierto. Lo cual no es decir mucho, pero sí es algo distinto a lo habitual. Como lo es haber visto al mejor Antonio López de la temporada.

Siguió atacando el Atleti y, cuando estábamos a punto de abrir el paquete del bocadillo del descanso, Agüero se quedó sólo frente a César. O sea, medio gol.

Pero si hasta entonces habíamos sufrido uno de los males de la noche, el del natural de Comillas, en esa jugada nos dimos cuenta de que los jugadores llevaban tres cuartos de hora encima del otro mal: el terreno de juego. Qué desastre de terreno de juego. No le bastaba a Cerezo con mantener el Estadio más sucio de Europa y gran parte del Mundo, no. También tenía que dejar morir el césped. Anda que vaya perezón, invertir en el mantenimiento del campo, ¿verdad?

Total: que el Kun intentó un tiro, y le salió un ensayo. Jugar sobre un patatal, es lo que tiene.

La segunda parte comenzó, más o menos, como terminó la primera: con el Atleti atacando, César parando y el Valencia resistiendo.

Sin embargo, uno, que es muy susceptible para estas cosas, la verdad es que le fue perdiendo el respeto al Valencia, a cada minuto que pasaba. Los malos éramos nosotros, se supone; y ellos los reyes del mambo, terceros en la clasificación y con un entrenador que nos perdonaba la vida considerándonos “rivales directos”, pese a los 19 puntos que nos llevaban.

Por eso, resultaba bastante difícil de entender cómo César, ejemplar profesional cercano a la cuarentena, internacional y con mentalidad de equipo grande acreditada, perdía una media de quince-veinte segundos en cada saque de puerta. Vaya miedo, ¿no?

Tampoco fue lo que se dice ejemplar la Grada, vale. Sin embargo, más allá de los más que desafortunados cánticos que recibió, uno esperaba más grandeza, menos gestos y más ambición en un portero que, al fin y al cabo, estaba camino de convertirse en héroe del encuentro, según iba salvando, una tras otra, las ocasiones del Atleti, que cada vez eran más, y cada vez llegaban con mayor frecuencia.

Voló César a detener un magistral saque de falta de Simão, aguantó otro par de ocasiones de Agüero, y le hizo probablemente la parada de la noche a Reyes, sacando una mano milagrosa por abajo. Y nos daba rabia. Veíamos al Atleti jugar mejor, mucho mejor, llegar una, y otra, y otra vez; pero César lo paraba todo y, como dicho queda y hasta que el natural de Comillas, al fin, le advirtió en una las jugadas, perdía el tiempo en cada saque como si, en lugar de defender la portería del Valencia, defendiese la del Levante. Así de bien estaba jugando el Atleti, es decir.

Tan intenso estaba el partido, que a muchos nos pasó desapercibido un tercer penalti, de nuevo cometido por el bueno de Banega, deteniendo con la mano, desde la barrera, otro lanzamiento de falta de Simão; y no nos acabábamos de creer cómo el Kun, de nuevo en un mano a mano con el portero, volvía a lanzar alto.

Así que, cuando Sergio Agüero, de nuevo, hizo una jugada en solitario, volvió a encarar a César y en lugar de patear balón, pateó césped de patatal; tras lo cual quedó tendido en el césped, no sólo nos temimos lo peor, sino los peores: que no había forma de marcar el segundo, y que nos quedábamos sin el Kun.

Pero el Atleti siguió jugando, mientras Agüero permanecía tendido en el área. Hubo una falta muy cerca de la esquina, el 10 se levantó cojeando, hizo un gesto en plan de “bueno, venga, me quedo para ésta jugada y luego ya me voy”, la puso Simão y … sí, efectivamente, no podía ser otro que Agüero, quien se elevase y cabeceara el gol. Minuto 77. 2-1.

Pero había que cambiarle, claro, y Quique, mundialmente famoso por actuar siempre a piñón fijo, probablemente ni se planteó opciones como las de darle cancha a Salvio, o minutos a Ibrahim, o fortalecer el medio campo con Raúl García. Ni él ni mi tocayo, apellidado Escribá y doble de Mourinho pensaron en otro que en el de siempre: Juradintintín.

Cómo no. Pero, miren ustedes por donde, con el Valencia ya sin posibilidad de recuperar el tiempo perdido, sin fuerzas, sin cohesión y sin ganas; el cuartofantasista, tras tocar un primer balón un poco en su línea habitual (toquecito, contrario que se lo come, él en el suelo, el balón en posesión del otro equipo) luego se lo pasó bomba, aprovechando el chollete de líneas separadas y espacios abiertos. Para eso sí que vale.

Así que primero le dio a Forlán, que ejecutó de forma magistral, el 3-1 y luego, hala, qué barbaridad, marcó él solito el 4-1.

Muy bien. Jugó muy bien el Atleti, y se comió vivo al Valencia. Ya se lo estaba comiendo cuando eran once, se lo comía cuando pudo y debió llegar el 1-0 en la jugada de Reyes y Banega, siguió siendo muy superior tras el injusto revés del 0-1, y sólo la gran actuación individual de César impidió que la goleada fuese mayor y, sobre todo, que llegara antes.

Leo por ahí muchos intentos de otorgarle la responsabilidad, del actual nivel del equipo, a Quique Sánchez Flores.

No será posible negarle determinados aspectos del equipo pero, sin embargo, de entrada, recuerdo perfectamente “haberle recibido” con una mini-crónica, cuando debutó como entrenador en Marbella. Y eso fue a finales de octubre. Y como desde entonces pasaron aún un par de meses de penurias, triste juego, reacciones intermitentes y todo aquello que el técnico denominaba “lenta recuperación del enfermo” y, sin embargo, la llegada al equipo de Tiago, en enero, ha coincidido matemáticamente con los mejores partidos del Atleti…

…No tengo más remedio que darle al portugués, de Viana do Castelo, la responsabilidad propia de la reencarnación de Décimo Junio Bruto, pues él ha cruzado al otro lado del río, y hasta allí ha ido llevando a los demás componentes del equipo. A ese lado del río donde se juega al fútbol. Y donde se conquista Valencia.

Al Valencia, quicir.

Ω - Fran Omega – marzo 2010