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jueves, 10 de abril de 2014

Veinte minutos, veinte


El principio

A las 20.45 del 9 de Abril de 2014, en el campo más bonito del mundo, con el ambiente más extraordinario que uno recuerda, entre miles de rayas rojiblancas y un tifo que marcó a fuego una palabra en la grada, se abrió un toril.

Los rivales, equipo de leyenda con jugadores maravillosos, esperaban la salida de un toro en puntas y malas pulgas, pero en su lugar salió un león de diez cabezas, un dragón escupe fuegos, un grifo gigante, un animal mitológico. Se abrió una gatera y salió un tigre, se abrió un bote de conserva y se produjo un huracán. Se esperaba un grito y se oyó un orfeón entero, se contaba con la intensidad y la pelea, pero se asistió a una estampida de búfalos cafre, a la percusión sincronizada de diez bolas de demolición, a la carga suicida de la caballería ligera bajo fuego de mortero, el maul irlandés en formación con la cabeza baja, a una tormenta tropical con aparato eléctrico y colchonero, todo a la vez, todo en veinte minutos.

Veinte minutos duró la explosión, veinte minutos casi de delirio, de alucinación, de éxtasis, de vendaval. Veinte minutos de furia controlada, de energía pura, de descarga eléctrica. Veinte minutos precedidos por quince minutos de gritos, puños al aire, bufandas desplegadas o lanzadas al viento, quince minutos de estruendo previo al himno y el tifo, quince minutos de estruendo antes de noventa minutos de estruendo. Tras esos quince minutos, veinte minutos de asombro y orgullo, de gestos de no me lo creo, de miradas cruzadas y manos a la cabeza ante uno, dos, tres tiros al larguero, tres en veinte minutos, tres ni más ni menos, tres en veinte minutos para recordar siempre.

Salió el Atleti con la mandíbula apretada y la mirada fija y lo primero que vio fue una palabra, “Ganar”, en letras gigantes rojiblancas. A sus lados, “Ganar, ganar y volver a ganar”, la consigna, la orden, la obligación impuesta por Luis Aragonés, el líder desde otra parte, presente en alma y en silueta impresa en quince, veinte, treinta  telas por todo el estadio. “Ganar”, vieron los jugadores, y parece que se olvidaron del resto. La idea de “ganar” se les grabó al parecer en lo más profundo del subconsciente a los jugadores, que firmaron un partido para el recuerdo con veinte minutos para el orgullo, para ver repetidos antes de los momentos difíciles, veinte minutos de Atleti puro en un Calderón maravilloso.

Sin Arda ni Diego Costa, piezas claves en el ataque del Atleti, Simeone sacó a dos asturianos con necesidad de demostrar su valía. Y lo demostraron, vaya si lo demostraron. Villa, poco participativo en la mayoría de partidos, menos en forma que el resto, incapaz de guardar un balón en el partido de ida, reventó dos balones en el larguero e hizo un pase excelente que acabó en gol durante esos primeros veinte minutos de locura del Calderón. Le faltó suerte a Villa, que se pudo ir a su casa con dos goles en jugada y quizás uno de penalti hecho sobre él mismo. Le faltó suerte pero no le faltó ni acierto ni ganas ni hombría para encarar la pelea, mostrando que sí se puede contar con él cuando hace falta, cuando vienen los partidos para los que está llamado a brillar.

A su lado otro asturiano, joya del equipo hace muchos meses, espíritu errante hace pocos. Uno diría que a Adrián, que parecía perdido para la causa tras muchas oportunidades, se le encendió algo dentro, algo que creía olvidado cuando escuchó su nombre en la rueda de prensa previa. Adrián, impreciso todo el año, psicológicamente débil en muchas fases, errático cuando tuvo tiempo para pensar y algo más acertado en las ocasiones en las que se jugó de manera automática, salió al campo en el partido más importante del año y pareció un tipo nuevo, distinto. Asombrosamente convencido de sus facultades por el Cholo, Adrián no fue el artista imprevisible de sus partidos grandes ni el fino e imaginativo delantero que veíamos casi semanalmente hace no tanto tiempo. No. Adrián, ayer, fue un tipo rápido, peleón, fortísimo; ambicioso, seguro de sí mismo, agresivo y anticipativo. Estrelló un pelotazo en un larguero en la jugada que dio paso al gol, ganó por potencia a jugadores ante los que se habría achicado hace bien poco, ayudó a meter al Barcelona a su campo, acelerando con sus ganas el ciclón que asoló la mitad Sur del campo del Calderón durante los primeros veinte minutos de un partido para el recuerdo.

Con dos asturianos al frente, el Atleti hizo unos de los veinte minutos de fútbol más asombrosos que uno recuerda. Veinte minutos plenos de fuerza, de ganas, de rabia. Veinte minutos de fútbol puro en unos cuartos de final de Champions ante un equipo temible cuajado de joyas. Veinte minutos que recordaron al partido de Supercopa frente al Chelsea, a otros partidos inolvidables que nunca, sin embargo, se disputaron en condiciones tan exigentes. Veinte minutos de carga piel roja a caballo de esas de las que se vuelve muerto o con diez cabelleras en el cinto, veinte minutos de vida, veinte minutos de orgullo.

El final

A pesar de que a cuatro, cinco minutos del final, la grada sin voz y sin uñas pensaba eso tan nuestro de mira a ver si ahora, tras el partidazo que hemos hecho esta gente nos mete un gol de rebote y tenemos que volver a empezar, horas después del partido a uno le queda la sensación de que el equipo fue muy superior al rival, que el partido fue clara y merecidamente ganado por una diferencia demasiado escasa, que el Atleti, equipazo, había empequeñecido a un Barcelona que da miedo. La sensación de que, de no ser uno del Atleti – Dios no lo consienta – sino, es un poner, del Linense, el partido le habría resultado casi un monólogo en rojo y blanco salvo el principio del segundo tiempo.

A dos, tres minutos del final la grada recordaba los palos del primer tiempo, la excelente ocasión de Gabi, el casi gol del Cebolla y lamentaba no haber agrandado la diferencia, tener colchón para encarar los últimos momentos con algo más de tranquilidad. Pero quizás esta vez fue diferente. El Atleti mostraba claros signos de superioridad, de control del partido, de autoridad para gestionar el final. El tradicional pesimismo atlético, ese que obliga a decir hasta el rabo todo es toro incluso al referirse a razas bovinas sin cola (si las hubiere), empuja a esperar el pitido final del partido con la respiración contenida. Pero ayer tal fue el despliegue, tal fue la intensidad que hasta los minutos finales fueron diferentes. Un poco antes del estallido final, quedando diez, quince minutos, fue el Barcelona el que pareció mirar al reloj, pedir condiciones para el armisticio, entregar las llaves de la ciudad con una actitud que recordó al equipo que hace no tanto actuaba de local en el Manzanares al mando de los entrenadores blandos, desconocedores de la esencia del equipo y grada, potros de tres sangres en las yeguadas de los representantes con influencia en el palco.

Pitó el árbitro y la grada se vino abajo, feliz, agotada, orgullosa. Feliz por pasar a semifinales de Copa de Europa (sí, oiga, Copa de Europa) cuarenta años más tarde, agotada tras noventa minutos de tensión y gritos, orgullosa del equipo y por haber hecho su trabajo. Porque la grada, a la que Simeone reclama voz, bolsito, autobús y a la cancha, cumplió con su misión llenando de ambiente Madrid entero, como dice el himno. A voces, a saltos, a fuerza de ir vestida de rojo y blanco, de lucir las camisetas talismán y las bufandas antiguas que nos regalaron nuestras madres, la grada jugó, marcó al rival, tiró desmarques y protestó al árbitro. La grada pegó dos en el palo, provocó faltas tácticas, despejó balones de cabeza y secó a Messi y Xavi en varias fases del partido, hizo dudar al Tata Martino sobre la táctica elegida y movió la cabeza de arriba a abajo cuando, segundos antes del comienzo del segundo tiempo, algún seguidor de este blog pinchó “Thunderstruck” por la megafonía.

Con la grada agotada y sonriendo de oreja a oreja, los jugadores se retiraron al vestuario. La grada, sin embargo, ahí se quedó. La grada, que había jugado dónde y cómo Simeone le dijo, que había escuchado con atención a las indicaciones previas del Míster y había reaccionado con fe ciega a las instrucciones desde la banda que llamaban a redoblar gritos, no fue al vestuario por obvias razones volumétricas y se quedó en su sitio. La grada, con los ojos algo idos y esa cara de tonto de papá orgulloso tan nuestra, volvió a vivir eso que nos pasa  a los aficionados del Atleti en las ocasiones grandes cuando no nos queremos ir del estadio, cuando no sabemos bien qué hacer, cuando preferimos quedarnos todos juntos cerca de donde se jugó el partido porque sabemos que, aunque luego llegue la fiesta y los abrazos y el saqueo de los grifos de cerveza, ese momento en la grada con todos juntos agotados y felices es único, escaso, especial, mágico.

La grada se quedó en la grada y el equipo, como no podía ser de otra manera, salió del vestuario y volvió con su compañera de fatigas. Veinte minutos también esperó la grada sin moverse a que los jugadores salieran a verla, a agradecer las ayudas en los marcajes, los gritos durante el ratito que el rival apretó, el tifo, el ruido, el olor a gloria. Durante veinte minutos los jugadores oyeron sus nombres y aplaudieron a la grada, dieron la vuelta de honor, ovacionaron a los que vinieron hoy de lejos y a los que siempre están ahí, a los que se pintaron la cara y a los que invirtieron sus ahorros. La grada, a su vez, agradeció al equipo el partido portentoso, agradeció a Koke el esfuerzo y la clase, a Gabi el derroche y el corazón, a Raúl todos los balones ganados de cabeza y al imperial Tiago, el clinic concentrado, la lección de fútbol en tiempo real, el curso acelerado para mediocentros prometedores, el gigante partido del portugués. Lento, el equipo recorrió el estadio lleno saboreando ese mismo momento que saboreó la grada, ese momento de aquí estamos todos juntos, juntos no tenemos que temer a nadie.

Llegó el equipo al fondo Norte donde estaban los aficionados rivales, numerosísimos y coloridos, educados durante todo el partido a pesar de los gritos faltones que recibieron en un par de ocasiones, y llegó la guinda de la noche. En pie, medio primer y segundo anfiteatro y media grada del fondo Sur, barcelonistas todos ellos, con la moral tocada pero la educación por bandera, dieron una ovación al equipo que les acababa de eliminar, una ovación de esas que uno recordará y agradecerá siempre, una ovación señora, rugbística, fantástica. Nuestro agradecimiento a los allí presentes por caballeros y buenos deportistas, mucha suerte y muchas gracias.

Veinte minutos, veinte, estuvo el Atleti en la grada disfrutando del presente. Justo después, ya lo saben, cada uno volvió a la Tierra, pensó en el futuro, pensó en comprar pastillas para la garganta, pensó en descansar lo justo para ir presumiendo al trabajo, pensó en lo que le esperaba al día siguiente al llegar a la oficina. 

Veinte minutos de euforia, una vida de alegría y una sola idea en la cabeza:


   -   Partido a partido, Señores. Partido-a-partido.

lunes, 24 de febrero de 2014

Algunas reflexiones tras el batacazo (o "Tiritas, Betadine y Fe")



1. El Partido 

Salió al Osasuna al campo y ganó el partido y no hay más que hablar, oiga. Metió un primer gol como resultado de un fallo clamoroso de la defensa del Atleti y un remate excelente de Cejudo. Marcó un segundo gol tras un fallo más común y un remate fantástico de Armenteros. Marcó un tercer gol tras una buena jugada desde la banda izquierda y un remate cómodo entre los centrales del Atleti. Y todo ello en el primer tiempo, ahí es nada, tres goles como tres soles en unas cuantas llegadas al área, tres goles al Atleti, ese equipo que, en condiciones normales, rara vez permite tirar a puerta.

Con 2-0 el Atleti intentó marcar un gol que le metiera en el partido y no lo consiguió, porfiando sin tino hasta terminar recibiendo la puntilla justo al final del primer tiempo. En el segundo tiempo el Atleti dominó pero más casi por inercia que por otra cosa y ni así consiguió marcar un gol que maquillara la estadística ni un segundo gol que amenazara el resultado. El Osasuna jugó mejor, el Atleti jugó fatal y perdió merecidamente y con estruendo. Se puede perder y lo de ganar siempre no es un requisito necesario para mantener el respeto hacia un equipo formidable, pero en Pamplona el equipo no fue el Atleti del Cholo sino el insulso, desesperante y frustrante Atleti gris del gris Manzano, a quien Dios mantenga lejos del Calderón muchos años.

2. El equipo

Simeone alineó un equipo raro que hizo levantar las cejas de todos los aficionados antes del pitido inicial. Simeone pareció hacer una excepción al partido-a-partido y sacó del 11 a jugadores apercibidos de amarilla, dando descanso a otros que se antojan claves el próximo fin de semana. Irreconocible en el dibujo, en los jugadores escogidos y en la intensidad y personalidad a la hora de enfrentar el choque, el equipo sorprendió a casi todos en la pizarra, hizo desconfiar a muchos en el campo hacia el minuto diez, desesperó a todos hacia el minuto 35 y terminó por irritar a los que no lo estaban ya cuando al final del primer tiempo se enterró definitivamente toda esperanza, tras un rato en el que sí recordó al equipo que venimos viendo últimamente.

En el equipo, raro, faltaban muchos titulares de peso. Salir sin Arda, Koke, Miranda o Raúl puede ser comprensible si se quitan uno, dos de ellos; quitar a los cuatro es, hoy por hoy, complicado de justificar aunque sencillo de denunciar a toro pasado. Y, aún teniendo claro lo corto de la plantilla, en el equipo titular había muchos jugadores de calidad que deberían haber presentado más batalla al Osasuna por vergüenza torera, por saber lo que estaba en juego y por egoísmo, al jugarse subir en el ranking de jugadores a utilizar por el Míster.

La defensa era prácticamente la titular, exceptuando a Aldecoa en el lugar de Miranda. Una sustitución así podría haber sido entendible si el resto del armazón del equipo se hubiera mantenido tal y como lo hemos visto el resto del año; con tantos cambios, un eslabón débil por línea era demasiado arriesgado. Pero por delante de la defensa jugaron Mario, Gabi, Diego y Adrián, con dos puntas, Villa y Costa, a ratos en 4-1-4-1, a ratos en 4-4-2. Sobre el papel, un equipo muy ofensivo con dos jugadores de contención y destrucción y cuatro atacantes, algo raro en Simeone y más parecido al 4-2-4 de los tiempos de Aguirre en los que el equipo, con atacantes formidables (Maxi, Simao, Agüero, Forlán), tendía a partirse en dos a la primera de cambio. El equipo de Aguirre basaba su juego en la capacidad de los de arriba para meter más goles de los que encajaba la defensa y en ocasiones recibió correctivos llamativos; quizás como homenaje a Aguirre, el Cholo sacó en Pamplona un equipo con riesgo de romperse en dos, esto es, justamente lo contrario del principio básico del gran Atleti de los últimos tiempos.

Y aun así, el extraño equipo que alineó Simeone debería haber presentado más batalla. En la media salía Marío Suárez, internacional por España (para sorpresa de muchos, sobre todo el que suscribe); Gabi, capitán del Atleti y firmante de magníficos partidos; Diego Ribas o Rivas - que a esta hora no se sabe si es con b o con v porque de ambas formas uno lo ve escrito - fino pelotero con peinado estilo “Retorno a Brideshead” y exquisita conducción de balón; Adrián, recordado por una excelente temporada cada vez más lejana; David Villa, intuitivo goleador en los últimos años de su carrera a quien no puede haberse olvidado de sopetón todo el fútbol que ha visto y jugado y Diego Costa, quizás el delantero más en forma en lo que va de temporada y goleador temible donde los haya. Esto es, momentos de forma aparte, filias y fobias personales aparte, el equipo tenía jugadores como para haberlo hecho muchísimo mejor, como para haber levantado el resultado tras el 1-0 y hasta el 2-0, como para haber impuesto galones y ambición y haber rascado un empate que habría servido de más de lo que a primera vista parece.

No fue así. Despistado e inocente, el equipo no dio una. Cometió fallos en defensa y no consiguió atacar con claridad. Perdió en los choques y perdió en los regates. Dejó huecos entre líneas que hicieron cómoda la vida del Osasuna y en especial de su portero, a quien faltó sacar un termo y una novela de Estefanía para echar la tarde. El Atleti sacó un equipo llamado a tener más el balón y atacar de forma incisiva pero lo que le salió fue un equipo blandito y sin espíritu, un equipo con vocecita y cara de señor de pueblo perdido en el metro de Londres como el que sacaba Manzano, un equipo bien peinado pero incapaz de cambiar una rueda pinchada y hacer lo que de él se espera. El Atleti, duro y correoso todo el año, fue inocente y facilón en un estadio en el que hay que ser exactamente lo contrario. Un equipo, en fin, blandengue como aquél hombre al que despreciaba el Fary.

3. Los jugadores (algunos, no todos, oiga)

En defensa salió Aldecoa y uno pudo pensar bueno, vale, es posible, viendo el buen nivel de Godín en los últimos partidos y lo que ha venido haciendo Aldecoa cuando ha salido puede ser una buena cosa dar descanso a Miranda, incluso si Filipe Luis, recién vuelto (y antes de tiempo) de una lesión complicada necesitará más apoyos. Pero bueno, sí, bien, nos puede valer. Pero Aldecoa no estuvo bien, y tuvo algunos fallos de colocación que confirmaron que Miranda y Godín, Godín y Miranda no son negociables en partidos serios. Si añadimos la reciente vuelta de Filipe Luis y el partido regularcete de Juanfran, Aldecoa mostró más costuras de las deseables en circunstancias adversas, más en todo caso que las mostradas hasta el momento.

Por delante de la defensa, en un puesto clave, salió Mario. Como es habitual en Mario salvo en algún partido grande, Mario estuvo frío y fallón, desconectado de sus labores en momentos importantes, sin la concentración ni el oficio que se exige en ese puesto en partidos en los que hay cosas en juego. Mario es en todo caso un jugador extraño: a ratos defiende lejos del rival al que debe encimar, otras veces se pasa de vueltas. Pierde balones sencillos dejando el equipo en inferioridad, y luego hace buenos pases en profundidad que permiten lucirse a los delanteros. Más sorprendente aún es su capacidad para, siendo un jugador blando que no impone ni encima, llevarse tarjetas por faltas fuera de momento y sitio que obviamente no responden a su fogosidad y compromiso físico con la causa, sino más bien a un misterio insondable, a un plan sorprendente que sólo él conoce o, más probablemente, a una preocupante falta de luces. Su cambio al medio tiempo, junto con la ausencia de otro especialista en su puesto de cara al partido del próximo domingo, plantea un problema de difícil solución.

Diego Rivas o Ribas firmó su cuarta derrota en cuatro partidos como titular, y aunque esto no sea más que una anécdota no deja de tener su aquél. Diego, recibido con honores de ejército de liberación en su vuelta al Calderón, no acaba de engranar en el entramado físico y el estilo de robar y salir del Atleti de Simeone. Diego, caracoleador y horizontal, siempre fino a la hora de conducir el balón con estilo y la manita plegada hacia atrás, no parece diseñado para un equipo en el que la posesión no importa tanto como la intensidad, en el que aporta más el que roba y da rápido un balón que el que toca y toca y gira y busca un pase para los cromos, en el que vale más ser aguerrido y mal peinado que fino y con la raya a un lado. Diego, buen jugador, puede o bien adaptarse al juego del equipo como ya hiciera allá por la Europa League ganada al Athletic o bien convertirse en recurso, alternativa, revulsivo o como quiera llamarse al tipo de jugador que sale desde el banquillo o como titular en partidos muy concretos para cambiar una dinámica de juego, abrochar un marcador, buscar las cosquillas a un equipo cerrado o abrir con sutileza la cremallera trasera de un rival vestido de mujer fatal.

Adrián parece, tras la enésima oportunidad desaprovechada, definitivamente perdido para la causa. Ni en defensa ni en ataque, ni en una banda ni en otra, ni pasando ni construyendo ni driblando ni tirando recuerda Adrián al Adrián imprevisible y genial de hace unas temporadas, el Adrián que firmaba goles imposibles y pases al hueco donde nadie esperaba. Adrian, triste y dubitativo, lleno de miedos y de inseguridad, resulta especialmente desesperante en las fases del juego en las que el partido reclama rabia y dientes apretados, fases a las que Adrián responde con pérdidas fáciles en malos momentos y cara de estar despistado, desorientado en tierra ignota. Su continuidad en la plantilla y su presencia en partidos de aquí a final de liga resultaría difícil de justificar.

Si al pobre rendimiento de los mencionados se añade el raro partido de Juanfran, mechado de fallos, la enésima ausencia de Villa (cuya suplencia en favor de Raúl García resulta a día de hoy indiscutible)  y el errático partido de Gabi y Costa, no es de extrañar el mar de dudas en el que se encuentra el aficionado rojiblanco, tristón y agotado hoy tras una noche de pesadilla en la que se le aparecieron, entre risas de Vicent Price, Musampa, Maniche, Novo, Richard Núñez y Manzano con gorra de tractorista.

4. La intensidad, el tono y el timbre

La clave de todo, dejando de lado la extraña alineación de Simeone y el mal partido de casi todos los jugadores, parece la falta de intensidad. La intensidad, santo, seña y bandera de este Atleti cholero, incómodo y dominante que parece dormido en el último mes, es más fácil de obtener cuando no se agolpan en el campo jugadores de naturaleza poco combativa, como ocurrió ayer. La intensidad, que hace desmoronarse equipos rivales y obtener victorias casi por inercia, es complicada cuando se incluye un tipo por línea – a veces dos – sin el nivel ni la costumbre de competir cada balón como si no hubiera otro, de jugar el primer minuto de cada partido como si fuera el último partido de una final. Aldecoa, Mario, Diego, Adrián, Villa son jugadores que no tienen ese gen rocoso, esa furia interior que hace avasallar rivales cuando las cosas se ponen feas y estar concentrado al 100% durante todo el partido. Sí lo tienen de manera natural Godín, Cebolla, Raúl, Gabi o Costa, y Simeone ha conseguido inocularlo en Koke, Arda, Filipe o Juanfran. Algunos se han quedado a media pista en esto de la intensidad y, siendo necesarios para dar descanso al resto, su presencia en el equipo debe dosificarse por alineación, limitarse a uno o dos elementos. Esta sencilla ecuación nos lleva a uno de los problemas del equipo: lo cortito de la plantilla.

Con una plantilla corta, basada en un claro equipo titular con uno o dos jugadores de garantías para entrar y salir del mismo, es complicado mantener el tono a estas alturas de campeonato. Simeone lo sabía y, visto lo visto, aportó dos soluciones: reforzar el equipo con jugadores de teórico talento para guardar el balón y poder aportar al equipo sin demasiado desgaste físico, como Sosa y Diego, y adaptar la identidad del equipo durante los meses del valle físico, con menos presión arriba, menos toques a rebato y más control en la salida de los balones. Ni una ni otra solución parecen haber funcionado y, hasta el momento, sólo cuando el equipo juega como ha sabido jugar la primera vuelta, esto es, presionando arriba, con apoyos constantes para recuperar balones y buscando más la salida en pocos toques que la posesión, ha funcionado.

Ese y no otro parece ser el timbre característico del equipo, su personalidad, su reconocible estilo ganador. Cuando el equipo ha jugado a otra cosa – bien forzado por el rival, bien por la alineación, bien por bajón físico -  se ha resentido. La conclusión, obvia a principios de temporada, parece confirmarse a estas alturas: con el equipo titular jugando a lo que sabe, es muy difícil que el equipo pierda; con sólo un equipo titular jugando todas las competiciones con un ritmo físico tan alto, es muy difícil mantener el tipo; con una plantilla corta, es muy difícil dar relevo a los compañeros que se van fundiendo. La conclusión lleva a una reflexión que va más allá del partido a partido: con este bloque y este estilo, con unos pocos refuerzos en forma jugadores de clase media-alta, sin figuras, el equipo mantendría intensidad, tono y timbre durante muchos más partidos, probablemente hasta el tramo final de temporada. ¿Se habrá dado cuenta alguien por la zona del palco?
Entre tanto, y por si alguien dudara, a pesar de los derrapes seguiremos confiando. 

lunes, 21 de enero de 2013

De noches frías y equipos serios


Llegaba el Atleti a casa con la posibilidad de recortar tres puntos al líder y seguir con la racha de victorias. Llegaba también el Levante, equipo incómodo y experimentado, que hacía al aficionado encarar el partido con una ceja levantada y cara de no fiarse. Y el Atleti salió serio, jugó serio y se fue a dormir serio pero con media sonrisilla.
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El mítico frío húmedo del Calderón hace que la parroquia rojiblanca, que ya sabe que los últimos minutos del segundo tiempo pueden ser una tortura para las rodillas y la punta de la nariz, se abrigue con mimo de abuela burgalesa y depurada técnica de nativo inuit.  Antes, cuando en el Calderón un señor vendía café de termo y copitas de coñac y el fútbol se jugaba en horarios respetables, el temporal se capeaba más bien que mal. Ahora, zarandeados los horarios gracias a las televisiones y prohibido el alcohol reparador en las gradas gracias a hooligans y zopencos varios, la supervivencia depende únicamente de la experiencia, conocimiento y equipamiento térmico del espectador.

A estas alturas, el aficionado colchonero lleva años pasando inviernos al raso al lado del río y sabe bien que caloría que pierde, caloría que no recupera si no es en un bar a fuerza de caldo de puchero y vino tinto. El aficionado sabe bien que es el tramo final de los partidos cuando se decide el resultado, cuando se determina si gana el resfriado o la salud de hierro, si la punta de nariz congelada vence al forro polar o si el pie helado claudica definitivamente ante una semana de aspirina y carraspera. Abrigarse más de la cuenta es casi imposible en la grada del Manzanares, que en noche de invierno siempre desafía hasta al tejido técnico de ultimísima generación. Nunca es suficiente para ese frío húmedo manzanareño que se mete dentro por las costuras de los abrigos y se queda ahí toda la noche, incluso ya en casa y bajo un edredón de pluma de pato sueco: buenas noches, soy el frío del Manzanares, hijo y nieto de insignes frigorías, y aquí me quedo, oiga, ya puede Vd tomar sopa y aspirina que de aquí no me muevo, instaladito en su cuerpo me quedo yo, tan contento. Incluso si se echa Vd muchas mantas y se pone pijama de felpa y rebeca para dormir, seguiré aquí dentro unos días, quizás por todas partes, quizás arrinconado hasta mi último refugio, el último bastión desde el que ejercer mi maligna tarea resfriadora: los dedos de los pies.

Abrigarse para el fútbol tiene su técnica y su medida. Científicos, meteorólogos y dependientes de tiendas de géneros de punto reunidos en solemnes congresos albergados en locales climatizados recomiendan un aislamiento térmico por capas, consistente en un mínimo de tres y un máximo de cinco estratos textiles sobrepuestos que se puedan ir cerrando, de dentro a fuera y con cremallera, a medida que avanza la noche. Sólo así se consigue evitar el sofocón de los primeros momentos, asegurando a la vez el aislamiento suficiente durante el último tramo de partido, el que de verdad constipa. Expertos de países lluviosos  recomiendan también llevar capa de agua para las noches que amenazan lluvia, no tanto para protegerse de la misma sino porque la sola presencia de la capa de agua tiene un efecto espantador de las borrascas, de forma que el aficionado tiene muchas menos probabilidades de sufrir un aguacero cuando carga desde casa con una mochila llena de chubasqueros, capas, pantalones impermeables y paraguas que cuando no lleva nada de eso y sale a cuerpo gentil con abriguito de entretiempo, como Gracita Morales. En este último caso, cuando el aficionado no dispone de nada impermeable con lo que protegerse y confía en el cielo raso y un viento amable, es casi seguro que caerá sobre el estadio una manta de agua como aquella del partido contra el Athletic de Bilbao (y no esa lluvia – spray de ayer) que acabe con el aficionado empapado hasta el punto culminante de la irrigación-en-grada, hasta el punto sin retorno del empapamiento resfriador, hasta el clímax del asopamiento: la gota que entra por el cogote y recorre la médula espinal, en dirección a territorios normalmente a salvo de las inclemencias, la llamada gota espaldera o cogotera, o incluso, en algunos círculos, la puta gota. La gota espaldera, terror de los proclives al resfriado, azote de griposos y martillo de hombres blandengues acostumbrados a estadios con calefacción y speaker, es a la inclemencia tribunera lo que Indy al colectivo de mascotas infames.

El aislamiento térmico tiene un punto de fricción claro con la estética y la moda en el caso de los señores, sobre todo los señores con gafas: la cabeza. No es fácil encontrar el equilibrio entre la dignidad y la coronilla abrigada a ciertas alturas de la vida. Hay quien se cubre el cráneo con estilosa gorra de tweed, pero le quedan las orejas al aire y acaba con ellas de color morado intenso y sensibilidad nula. Hay quien lleva gorro con forro de piel y orejeras de cazador de patos de Minnesota o de teniente ruso en el frente siberiano, pero estos lo tienen complicado para escapar a los chistes de medio fondo y gran parte de tribuna y grada. Hay quien usa la capucha del abrigo para protegerse, pero a cambio no consigue ver más allá de lo que tiene delante, y cada vez que quiere hablar con el vecino se ve obligado a hacer un giro de cuello que puede producirle un grave esguince cervical. Hay quien lleva elegante sombrero tirolés con pluma de faisán y todo, pero cuando se gira hace cosquillas en la nariz al aficionado de detrás y corre el riesgo de llevarse un sopapo. Hay incluso quien se pone una braga de forro polar cubriendo la cabeza y dejando sólo a la vista la cara, a la manera del verdugo infantil, emulando a Marty Feldman en El Jovencito Frankenstein y perdiendo toda dignidad. Hay incluso quien confía en su pelazo cano para hacer frente al frío polar y no le va mal, oiga.

Hay todo eso, y hay aún más, oiga, hay quien confía en una prenda-trampa: el gorrito de lana. El gorrito de lana queda muy bien a los modelos de las revistas, que lo combinan con pea coat azul marino, jersey de cuello vuelto la mar de bien puesto y un petate militar y anima así al pueblo confiado a hacer lo mismo, sin éxito. El gorrito de lana favorece también mucho a los reclusos de las cárceles americanas, que lo usan para hacer pesas, y también le queda bien, como todo, a las chicas guapas. Pero todo esto es una trampa cotidiana, y no hay más que ver que el mismo gorro con pompón que le da aspecto juvenil y pizpireto a una chica morenita confiere aspecto de tonto de pueblo cuando se lo pone con la mejor intención un señor de Valladolid. El gorrito de lana, además, puede llevarse de varias formas, todas ellas altamente desfavorecedoras: hay quien  lleva gorro de lana de copa, alto y vertical, adquiriendo aspecto de gnomo, y hay quien se lo enrosca a la cabeza hasta la altura de las cejas, lo que resulta especialmente cómico cuando el portador lleva gafas. Hay quien se lo baja hasta las orejas pero deja a la intemperie los lóbulos de las mismas, dando un aspecto ridículo al usuario, que parece llevar dos pendientes de carne helada después de un rato al relente, y hay quien se tapa la oreja entera, con lo que está calentito pero no oye nada, lo que únicamente es recomendable cuando al lado le toca a uno un señor con un bombo de peña de animación o un aficionado exaltado de esos que llaman hioputa a todo el que pasa por su campo visual.

Un humilde consejo pues desde estas líneas: señores de mediana edad, sobre todo aquellos con gafas de párroco, como el que suscribe: eviten Vds el gorrito de lana, oigan.
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Cosas que pensamos que nunca diríamos
El Atleti ganó con solvencia y casi con tranquilidad al Levante. Se esperaba más del Levante, la verdad, que se limitó a crear una maraña de centrocampistas y dejar un único jugador, Martins, a ver si cogía un balón despistado y metía un gol. Como contra el Betis, el Atleti hizo un primer tiempo avasallador y dominante, moviendo a empujones a un rival que no sabía muy bien qué hacer ante la avalancha. Se diría que el Atleti dominador de los últimos partidos desquicia al rival hasta el punto, como ayer, de ver cómo sancionaban a un jugador por perder tiempo al ir perdiendo dos cero. El Atleti tira de potencia y seriedad, de oficio y ganas para hacer fácil o al menos asequible lo que hace unos meses era un problema supino, casi una garantía de derrape. El Atleti ha cambiado mucho, muchísimo en los últimos meses, desde que Simeone se hizo cargo del equipo y una leve mirada atrás hace darse cuenta de lo asombroso que resulta el momento actual si se compara con aquél de no hace tanto tiempo. Porque, a estas alturas de la temporada, decimos con naturalidad muchas cosas que hace pocos meses nunca pensamos que llegaríamos a decir.

Si hace un año más o menos nos dicen no ya que el equipo iba a ir segundo en liga e imbatido en casa, sino que la defensa y en especial los centrales iban a estar jugando a un nivel altísimo, no lo habríamos creído. Hace no tanto tiempo nos habría resultado imposible pensar en Miranda de capo de la defensa, siempre bien colocado y sacando por alto y por bajo la mayoría de los ataques rivales, ni en los sobrios y seguros partidos de Godín, tan alocado e impreciso hace unos meses como fiable ahora. Tampoco habríamos creído hace unos meses que Filipe Luis se iba a convertir en una pieza clave no ya de la defensa sino del ataque del Atleti, que casi siempre sale por su banda y busca el lado derecho cuando ha hecho bascular a todo el equipo rival hacia el lado en el que Filipe Luis aporta una profundidad y una codicia que hace no tantos meses nos parecían ciencia ficción. Hace unos meses quizás habríamos esperado que Juanfran siguiera con su proyección meteórica en su carrera como lateral, pero lo que ahora, en momentos de horas bajas de Juanfran (despistado desde aquél fallo con la selección), lo que realmente nos asombra es que haya salido un lateral jovencito del filial y lo haya hecho tan bien como Manquillo ayer, brillante en su movimiento en el primer gol y notable todo el partido.

Hace un año teníamos más o menos claro que Courtois era un buen portero con madera de gran portero en cuanto limara algunos errores propios de su corta edad y corta experiencia. Pero hace unas semanas empezamos a dudar de si Courtois tenía el recorrido que apuntaba, viendo que no mejoraba al ritmo esperado, viendo que quizás se achicara en partidos grandes o que no usaba su poderío físico para imponerse por alto en el área pequeña. Y cuando empezamos a dudar más en serio, llegó el partido del Betis del pasado jueves y vimos cómo Courtois, que había sembrado dudas, hizo un partidazo con varias paradas de muchísimo mérito que ayudaron al equipo a ir a Sevilla con un resultado muy favorable.

Hace año y medio nos asombramos viendo el partido de Mario en Bucarest, y desde entonces nos fuimos asombrando cada vez menos, viendo que finalmente Mario había encontrado su lugar en el equipo. En esos momentos no podríamos haber imaginado que, cuando más vital parecía Mario, Tiago iba a recuperar la titularidad y, para asombro de muchos (entre los que se encuentra el que suscribe), cuajar varios partidos serios y de peso, como los últimos.  También nos asombró el peso que iba cogiendo Gabi partido a partido, hasta convertirse hoy en día en un fijo en la alineación titular, encargado de insuflar al equipo la personalidad y la energía de la que en el pasado, en este mismo equipo, le achacamos carecer. Gabi ejerce de pulmón y motor, de recuperador y lanzador, y todo ello lo hace a pesar de algunas lagunas técnicas compensadas por una entrega total y una concentración constante que le convierte, para asombro de muchos, en un capitán del Atleti como la copa de un pino, muy por encima de predecesores en el puesto con más relumbrón como jugadores y menos huella en el equipo.

Si hace unos meses nos llegan a preguntar por Koke, muchos habríamos contestado que teníamos dudas sobre su futuro. Que era joven, sí, que jugaba bien con los equipos inferiores de la selección española, pero que no acababa de encontrar su sitio, de saber si estaba más cómodo en el doble pivote o por delante del medio centro, si echado a una banda o más por el centro. De Koke esperábamos mucho y hace unos meses parecía que no iba a responder a nuestra confianza como nos hubiera gustado; y sin embargo, ahora uno ve a Koke y ve un jugador completísimo, capaz de cubrir mucho campo y sacrificarse en defensa, de sacar el balón jugado y tener olfato para hacer sangre desde la línea de tres cuartos, de convertir cada falta y cada córner en una ocasión de gol. Aún mejor, Koke marcó ayer un golazo que tiene doble mérito porque empezó el partido fallando todos y cada uno de sus pases largos, lo que no le impidió seguir concentrado y porfiando hasta marcar un gol importantísimo, el gol que dejaba claro que el Atleti iba a recortarle tres puntos al líder.

Hace tiempo, cuando llegó Arda Turan al equipo, no teníamos claro si iba a encajar su fútbol de talento y siesta en este equipo tan poco brillante. Con el tiempo Arda se fue haciendo cada vez más importante, alternando grandes partidos con caídas cómicas, gorros imposibles con regates de alto copete y brega con calidad. Arda Turan fue creciendo y creciendo y la grada del Calderón ayudó a ese crecimiento con una entrega poco común. Turan creció y creció y su ego, alimentado con kebabs y consejos de agentes, creció hasta ser más voluminoso aún que la melena rizada de su propietario y éste dijo aquello de que quería irse a un equipo con posibilidad de ganar la Champions. Nunca habríamos imaginado un derrape de ese calibre de alguien que es mucho más gracias a que llegó donde llegó en el momento que llegó, nunca nos podíamos haber imaginado una torpeza en tan mal momento. Turan, ojito derecho de la hinchada que ya no lo es tanto, tiene unos meses por delante para recobrar la cordura y la vista; esperemos que así sea.

Hace unos meses Adrián encandilaba a la grada con cambios de ritmo explosivos, desmarques inteligentes y golazos de calendario. Meses después no podríamos imaginar que ese jugador imaginativo, imprevisible y generoso se iba a convertir en un tipo desorientado, impreciso y en busca de sí mismo. Tampoco podríamos imaginar, no ya hace meses sino hace semanas, que Diego Costa, ese jugador en su momento indefinible y desesperante, marrullero y descentrado, se iba a convertir en un jugador desequilibrante, peleón y fundamental a la hora de hacer hueco a los compañeros, pelearse con los centrales, abrir defensas cerradas y crear filigranas dentro del área pequeña. Tan asombroso nos parece eso como que ante la lesión de Falcao y sus últimos partidos, flojos a pesar de los goles cosechados, la sensación de la grada no sea la de pánico, abatimiento o resignación. Lesionado Falcao, la grada entiende que estando Diego Costa, Adrián y Raúl García para copar posiciones de ataque el mal es mucho menor. Porque si hace unos meses, en medio de silbidos injustos y exagerados hacia Raúl García, nos dicen que éste pasaría a ser un jugador importantísimo para dar el relevo a centrocampistas y delanteros, respetado aunque no venerado en la grada, habríamos pensado que estábamos de broma.

PD: en mi vida he tenido tres motos, las tres con nombre de jugador del Atleti, Marina, Molina y Reina. La cuarta, si llega, probablemente se llame Cebolla.

viernes, 11 de mayo de 2012

Días que nunca olvidaremos


Hay días que nunca olvidaremos, por lo bueno y por lo malo. Hay gente a la que le ha tocado vivir días horribles con los que nos gusta más pasar los días buenos, aunque sean días de alegrías pequeñas y sin trascendencia cuando se comparan con otras cosas. Nos alegra especialmente haber contribuido un poquito al alivio pasajero, aunque fuera sólo durante unas horas y a pesar de necesitar ser tranquilizados en vez de tranquilizar. Nos maravilla y nos hace poner sonrisa de medio lado pensar que el Atleti, ese ente inclasificable que no es mineral, vegetal ni animal sino casi divino, se sume a la causa de hacer más llevaderos aniversarios dolorosos como si fuera uno más del grupo, sobreponiéndose a malas gestiones y intereses bastardos para dar una alegría a uno de los suyos tirando de camiseta y orgullo, lo único que le queda al club expoliado. Porque el Atleti, que no es sólo un club de fútbol sino un montón de gente distinta que aparece cuando hace falta, que no es un equipo sino una forma de entender lo bueno y lo malo, que es una excusa estupenda para recordarnos de vez en cuando quiénes somos y dónde estamos, al final aparece cuando debe, tiene estas cosas que le hacen a uno levantar las cejas, hacerse preguntas y ladear la cabeza entre asombrados y cómplices, admirados ante el prodigio, agradecidos por la suerte de estar dentro de este bicho asombroso e inclasificable que llamamos Club Atlético de Madrid cuando en realidad nos queremos referir a su afición y sus jugadores, así, de rojiblanco, sin contratos ni despachos .



La calle


Para empezar, una afirmación sin matices: Bucarest, o al menos el centro de Bucarest, lo que hemos conocido, es un sitio estupendo. En Bucarest lo hemos pasado de maravilla, nos han tratado estupendamente, nos hemos muerto de risa y de felicidad y encima volvemos campeones. Ni jaurías de perros agresivos ni callejones oscuros y amenazadores; más bien miles de bares, cuidadísimas iglesias ortodoxas y edificios preciosos que lo serán aún más cuando se les pase una bayetita. Bucarest tiene un centro peatonal lleno de terrazas y de gente tomando cervezas, ambiente de pueblo latino y vida nocturna de ciudad universitaria, lo perfecto para una final europea aunque pille lejos, a trasmano y no sea Budapest, donde también ha ido alguno. La verdad es que el centro peatonal es casi todo lo que uno conoce de Bucarest, pero el recuerdo que guarda es estupendo.


Ocupando el centro (casi en sentido literal), la afición del Athletic de Bilbao. Si eran mayoría el martes por la tarde y noche, el miércoles eran mayoría aplastante. La afición del Atleti pareció llegar algo más tarde y concentrarse cerca de la Fan Zone que la organización había previsto para los nuestros mientras que los llegados de Bilbao y de muchos otros sitios se quedaron en la zona más céntrica. Excelente elección, por cierto. Uno, poco dado a ir donde le dicen y como saben interesado en ver aficiones de equipos rivales desde dentro, se quedó los dos días en cierta zona de Bucarest mucho más parecida a la calle Pozas que a Transilvania. Incluso el restaurante que todo el mundo buscaba, el más antiguo de Bucarest, el Cara´cu Bere, fue tomado por la afición del Athletic y era casi imposible encontrar algún aficionado del Atleti. ¿Imposible? ¡No! En medio de la marea bilbaína ondeaba el estandarte de la Peña Scotland, resistiendo orgulloso en medio de la afición rival como los pictos a los romanos al otro lado del Muro de Adriano, atrincherados en el piso de arriba, luciendo Cruz de San Andrés. "Si queréis nuestras cervezas, venid a por ellas", parecían decir. "Aquí abajo hay bastantes, si quieren Vds unas aceitunas ya nos dicen, pues", parecía responder la afición rival. Aquello fue una oda a la competición cervezera, una batalla histórica, oiga, la Batalla del Cara'cu Bere, que en el futuro glosarán bertsolaris, gaiteros y hosteleros rumanos nostálgicos de los buenos tiempos en los que los barriles de cien litros se agotaban en diez minutos.


La afición del Athletic, que como la del Atleti mueve muchísimas familias, abuelas, niños, lesionados, lactantes y sumillers, es una afición perfecta para encontrarse en una final y en un espacio reducido. Simpática, salada, amistosa y buena guía gastronómica (con especial mención en todos los campos a los aficionados de cincuenta para arriba, más contentos y graciosos aún que el resto), la afición del Athletic es altamente recomendable para estas ocasiones; si el Athletic y el Atleti organizaran un partido anual para celebrar la relación matriz-filial en, es un poner, Logroño, sería un evento fijo en el calendario de los aficionados al vino tinto y la polifonía. Uno tiene la impresión de que había cierta desconfianza hacia la afición rival por parte de ambos bandos, a ver de qué van estos, a ver si no hay problemas, esperemos que no haya provocaciones ni que meta la pata nadie. No ocurrió nada de eso, y cuando hubo un conato mínimo, un cántico poco amistoso (sin siquiera llegar a lo levemente insultante), ni fue seguido por la mayoría ni pasó a más. Lo que sí hemos compartido con la afición del Athletic de Bilbao han sido brindis, conversaciones, historias sobre nuestros equipos y su origen común, recomendaciones sobre bares y vinos y un montón de anécdotas y chistes. Un placer, una maravilla, lo que debería ser siempre.



Pero no sólo nosotros debemos estar agradecidos a la afición del Athletic, también la villa de Bucarest les debe mucho, y no sólo a ellos, también a los nuestros. El caso es de una trascendencia importante y de él se beneficiarán muchos turistas y locales en el futuro hasta convertir Bucarest en una meca a la que peregrinar, y si no, al tiempo. Y es que el martes, con los primeros aficionados llegando a los bares, tomarse un gin tonic en Bucarest era un poema. Vasos pequeños, poco hielo, un limón grandísimo, tónica caliente.


- Pero bueno, oiga, esto qué es,

- Un gin-tonic

- ¿Un gin-tonic, dice Vd? Anda ya, que venga el encargado.

- No está el encargado

- Pues entonces que venga el Alcalde

- Ahora no puede, le están regañando en otra mesa esos señores de Bilbao.


El martes, cada gin tonic que venía a la mesa se recibía con cejas arqueadas y una catarata de instrucciones: mal, mal, oiga, maaaal, el vaso más graaaande, el limón mas chiquitiiiito, más hieeeeeelo, menos tóóónica, así, así, ¿ve Vd? Muy bien, traiga otros siete. Pero un día más tarde, sólo un día, la machacona insistencia de ambas aficiones hizo mella en el hábil sector hostelero rumano y las cosas eran muy diferentes, Bucarest era un sitio renacido, un valle próspero, el testigo de una nueva era.


- A ver, oiga, tres gin-tonics cuando Vd pueda

- ¿En vaso grande, con mucho hielo, poca tónica y limón el justo?

- Si es así, traiga seis, oiga.





La grada



Una vez cerca del campo, y por primera vez rodeado de los suyos, uno siente cierto alivio. No es por haber estado en zona rival, sino porque según va subiendo la presión y los nervios, según se acerca el inicio, uno tiende a refugiarse en los suyos, en los que sufrirán como uno cuando empiece el baile, en los que, como uno, saben que el Atleti es capaz de hacer maravillas y de echar todo por la borda con idéntica facilidad. La entrada al campo tiene esa mezcla de saber que por fin ya estamos todos juntos y, a la vez, que ya llega el momento de pasarlo mal a ratos; Vds ya saben de lo que les hablo, oigan.



Y la afición del Atleti, aquella que tanto criticamos cuando insulta al visitante, cuando dice lo que no debe o no protesta lo suficiente, la que nos gustaría que fuera aún mejor y más ejemplar, en la grada no tiene rival. No hay forma de callar un fondo del Atleti, no hay minuto del partido en el que no se esté cantando y saltando, algo muy gordo tiene que pasar para que la grada enmudezca cinco segundos. Durante noventa minutos, con la única tregua del descanso, el fondo del Atleti fue un clamor constante, una sucesión de cánticos uno tras otro, a veces solapados, a veces a compás, a veces no. Los cánticos nacen de arriba y a la izquierda, de abajo, de un lado, de otro. A veces los lanza un aguerrido funcionario palentino que tardó 40 horas en llegar a Bucarest, otras veces un seminarista escapado por unas horas con la complicidad del profesor de Teología Sistemática, otras, una señora peinada de peluquería y con pendientes de perlas que, con los papeles perdidos, grita en honor a Arda Turán a pesar de quejarse siempre del ruido que produce el kebab de su portal, con el que a partir de ahora será mucho más comprensiva. La grada actúa como un único ser, al unísono en el caos, coordinada sin que nadie se ocupe de la coordinación, todos a una aunque nunca se hayan visto. Y lo hace todo el rato, todo el tiempo, se sufra o no, se gane o no, se pierda o no. Si uno quiere ver el partido calladito y sentado, si uno quiere charlar con el vecino de negocios o diseccionar tácticas con concentración y análisis, la grada del Atleti en día grande no es su lugar en el mundo. Gracias a Dios, así son las cosas.



La afición del Athletic, bullanguera y alegre todo el día, encajó mal el primer gol de Falcao y pareció más silenciosa y tímida de lo esperado. Tampoco ayudaba la acústica del estadio, que multiplica el sonido cercano y casi ensordece el que viene del fondo opuesto, pero la sensación fue luego confirmada. Quizás demasiado confiada en un triunfo sobre el Atleti, el gol cayó como un jarro de agua fría y los fantasmas de la derrota en vísperas de otra final contra un equipo dificilísimo parecieron pesar mucho. Tras el segundo de Falcao, poco a poco el fondo del Athletic se fue quedando en silencio y sólo durante unos minutos del segundo tiempo apretó un poco San Mamés. Para cualquier aficionado a un equipo, es imposible no sentir un escalofrío al ver las caras de la afición durante el partido, así como las imágenes de los congregados en el San Mamés de verdad. Por ellos, para desearles suerte en la final de Copa del Rey, irá nuestro próximo brindis. Queden en todo caso tranquilos los del Athletic; acaba de nacer en Madrid Manu, un leoncito con 50% de sangre bética que promete tardes de gloria por la banda izquierda. Al tiempo.



El Partido



El aficionado esperaba una final reñida y llegó el Atleti, que tiene estas cosas, y jugó un partidazo. En poco tiempo se puso por delante gracias a un gol estratosférico de Falcao y, lejos de hacer estas cosas tan suyas y tirar el partido por la borda, jugó de manera inteligente y contundente. Tres cero acabó el partido, y si Falcao mete otro u otros dos tampoco habría que haberse asombrado; qué cosas tiene este equipo nuestro.



Si Falcao fue el protagonista absoluto, como se encargan de repetir los diarios de medio mundo, es de justicia decir que el protagonista total fue el equipo. Nadie jugó mal, alguno jugó su mejor partido en el Atleti, todos pelearon, nadie se escondió. Courtois estuvo firme y seguro e hizo dos intervenciones clave, Juanfran anduvo cómodo y casi siempre superior a su par y Filipe Luis Filipe, Froilán para los amigos, hizo un muy buen partido con el que se empezó a quitar motes y prejuicios. Filipe Luis, hoy por fin sí, ha acabado la temporada fuerte e involucrado, mucho mejor que en partidos pasados y eso que no ha contado con ningún partido de reposo ni suplente de garantías. Filipe Luis, al que tantas veces hemos hecho rabiar, hizo un gran partido o incluso, siendo él, un partido gran partido. Aquí queda escrito, como es de justicia, y esperemos que sea el inicio de una progresión geométrica.



Partido enorme hicieron ambos centrales, Miranda y Godín. Llorente, la gran amenaza mediática que curiosamente no generaba tanta confianza en los aficionados del Athletic con los que hablamos del tema, se quedó en blanco gracias en parte al enorme partido de ambos defensas y gracias también al planteamiento del Cholo. Ni un balón lateral recibió Llorente, anulando así su gran y casi único recurso, y todo gracias a la labor del centro del campo y los laterales, que crearon un embudo difícil de superar para el rival; cuando el balón llegaba a Llorente, normalmente desde el centro, los centrales del Atleti estuvieron contundentes y sin fallos, concentrados, enormes. Simeone ató a los finos centrocampistas rivales y dejó más libertad de movimientos para Muniaín, que corría en horizontal con ese ritmo acelerado tan suyo sin que nadie le saliera al paso con facilidad; sólo cuando estaba apurado, aparecían tres centrocampistas del Atleti para robar y salir. Para esta tarea inteligente contó el Cholo con Gabi, jugador que claramente tiene carácter suficiente para tapar sus carencias en este tipo de ocasiones, dominador de espacios, tácticamente impagable y encargado de meter al resto del equipo en el partido cuando no se tenía el balón suficiente tiempo; en un par de ocasiones lanzó carreras suicidas destinadas únicamente a recuperar balones incluso para echarlas fuera, sólo para mandar el mensaje de que con el Cholo en el banquillo y él en el campo, no se relaja ni el acomodador.



Párrafo aparte esta vez para Mario Suárez. De Mario dudaban muchos, sobre todo el que suscribe. Uno no se fiaba de su frialdad, de su blandura, de su carácter para un partido así, de sus últimos partidos. Mario salió confiado y concentrado, hizo un partido extraordinario y, quizás para no quedar como un bobo tras ese tweet tan poco afortunado de hace unos días, calló la boca a muchos, sobre todo al que suscribe, que nos tragamos nuestras palabras con una felicidad extrema y rojiblanca. Mario fue clave en la recuperación y condujo el balón con calidad en varias ocasiones, no perdió el sitio y mantuvo a raya a los rivales que se acercaban a su parcela. Mario fue la sorpresa de la final y una alegría enorme para los que más manía le tenemos, hoy calladitos y la mar de monos, oiga.



En la parte de arriba, Arda jugó cuando quiso, que para eso es Arda, e hizo la jugada que acabó con el segundo gol de Falcao, un golazo tirando rivales al suelo por el camino. Adrián estuvo más apagado que otras veces pero, aún así, produce en los rivales una valiosísima sensación de pánico que ayuda a empujar hacia su área al equipo contrario. Diego, algo despegado del juego y de sus tareas defensivas el primer tiempo, se agigantó el segundo tiempo y mantuvo el balón, condujo contraataques y terminó marcando un golazo que trajo la tranquilidad a todos los que en esos momentos, desafiando a la lógica pero fieles a la personalidad del Atleti, aún pensábamos que aquello se podía perder. Diego se adornó en demasía un poco más tarde con un alarde innecesario y Simeone le cambió para que se llevara la ovación del respetable y el grito de "Diego, quédate"; nadie en el club hace tanto como Simeone para contar con un equipo competente el año que viene, qué cosas.



Y por último, aunque poco, Falcao. Falcao hizo un partido de jugador enorme, marcando dos golazos y casi un tercero. Inteligente, hizo astillas el frágil parapeto que supone Amorebieta, toda una ventaja para los rivales y una maldición para la Vino Tinto. Mantuvo con los centrales del Athletic un duelo de los de recordar, sin quejarse nunca, sin desfallecer nunca, sin dar nunca un balón por perdido a pesar de haber marcado dos veces. Una vez más, Falcao fue un fenómeno y no sólo por sus goles sino, sobre todo, por su entrega y compromiso. Gracias.



Un dato sobre el Athletic. Desarbolado por el Atleti, que fue mejor, lo intentó en varias ocasiones y quedó claro que la bola no entraría. En el fútbol pasan estas cosas, hay días que sí y días que no, y para el Athletic ese día fue no. Los goles de Falcao y el entramado del Cholo, junto con la constatación de que suerte no tenían, hizo entrar al equipo en fase de depresión; aún así, ni una patada, ni una simulación, ni una trampa. Esto, que parece una tontería, es muy inusual, muy honorable y muy importante.


También Simeone, que en el banquillo no muestra las formas broncas que en el campo tenía a veces, dispuso un precioso pasillo para el rival que, al acercarse a por su trofeo, recibió una ovación estruendosa desde el fondo del Atleti. Otro detalle muy valioso, para que tomen nota otros.


Neptuno


Mientras algunos volvíamos al centro de Bucarest a tomar champaña (que es como se llamaba antes el champagne) con algunos seguidores del Athletic, mucha gente bajó a Neptuno. Algunos comparan la emoción de vivir una final in situ con los pelos de punta que produce ver cómo, justo al final del partido, empiezan a salir de todos los rincones de Madrid camisetas y bufandas rojiblancas que se van uniendo, en ríos, con dirección a Neptuno. Los que no vivimos eso hace tiempo sentimos muchísima envidia de ese momento precioso y por eso nos irrita especialmente que no se pudiera vivir de nuevo. La plaza entera de Neptuno, nos cuentan, estaba acordonada, una medida sin precedentes, repleta de antidisturbios acorazados. El resultado es que la gente no pudo celebrar las cosas como antes, que familias enteras tuvieron que huir a la carrera para evitar que se aporreara a niños y ancianos y que los más inclinados a responder a provocaciones encontraran la excusa perfecta.



Conocida es la fobia del que suscribe a la policía blindada y malhumorada que acude a los estadios españoles, casi tan virulenta como la que padece hacia aquellos que van a este tipo de acontecimientos a provocar altercados y arruinar la fiesta al resto. Es curioso, no obstante, que en la mayoría de situaciones en las que uno ha vivido de cerca los problemas, la policía estaba especialmente agresiva; en Bucarest, sin ir más lejos, con diez mil aficionados por cada bando y una policía igualmente acorazada pero amable y cooperadora, no pasó absolutamente nada. Alguien debería pensar seriamente en esto.



Uno no entiende esta manía de la autoridad de obstaculizar las manifestaciones espontáneas de alegría y las celebraciones naturales. Uno, además, empieza a aborrecer estas celebraciones programadas con itinerario, speaker, pasarela, horario de imposición de bufanda, partitura y desfile de autoridades militares y eclesiásticas. Que el fútbol es cada vez más negocio y menos de la gente es obvio. Que en los estadios haya más ejecutivos y agentes que aficionados propiamente dichos es vergonzoso. Que ya hasta en la calle programen cuándo y dónde uno puede uno alegrarse so pena de recibir un porrazo en el cráneo, es ya lo último.



Los medios


Los medios, entusiastas en la exaltación del Athletic y sumisos a los intereses de la directiva del Atleti durante toda la fase previa al partido, aprovecharon el pitido final para especular sobre el futuro de los jugadores del Atleti. Con actitud más propia de la facción más odiosa de la afición del otro equipo grande de la capital, la prensa no dio ni un minuto de tregua. Ni un minuto dieron a los aficionados colchoneros para alegrarse, ni un sólo minuto sin hablar de despedidas, de fichajes por otros equipos, de ofertas millonarias procedentes de rivales odiados. Aquéllos que vieron el partido por la televisión que lo retransmitía en España han hablado de arcadas ante el tratamiento, y los que hemos podido ver las reacciones posteriores, no podemos más que denunciar el trato hacia los aficionados y la institución, ya que los encargados de hacerlo no dirán nada, como siempre.



Es una falta de respeto no permitir las celebraciones en la calle, es una falta de respeto convertir en noticia de primera plana lo que es un disgusto para la parroquia a los cinco minutos de un triunfo histórico. Los medios no respetan al aficionado y sólo mueven la colita esperando el trozo de información que manda la directiva, como un perrillo amaestrado, sin importarles si lo que dicen duele o no duele. Ríen las gracias y las meteduras de pata del presidente, alimentan los rumores más dolorosos sobre fichajes y tapan los agujeros negros de la gestión y los motivos para la vergüenza. Luego se quejan de la animadversión de la masa rojiblanca, luego se sorprenden y exigen el respeto que ellos nunca tienen hacia el aficionado de a pie.




Reflexión final, entrega de trofeos y exaltación de los valores rojiblancos (Ad Maiorem Choli Gloriam)



Contra viento y marea, centímetro a centímetro, el Atleti de Madrid, esto es, entrenador, jugadores y  grada, ha ganado un nuevo título europeo. A pesar de la gestión desastrosa, de las deudas, de los cambalaches, de los entrenadores títere, de la prensa sorda y muda, de la exaltación mística del rival y de nuestras propias carencias, esa camiseta con vida propia ha vuelto a convertir un collage de cedidos, nuevos, buenos y no tan buenos en un equipo campeón. Nos venderán lo que quieran, nos contarán milongas sobre presupuestos y fichajes, nos dirán que vendrá uno mejor o igual que otro, pero los que ahí estamos siempre sabemos bien lo que pasa, quién es en el fondo el motor de los éxitos y quién es el responsable de los fracasos, quién suma y quién resta en este club con directiva enana y grada gigante.



A pesar de los pesares, la camiseta de las rayas rojiblancas y el Cholo Simeone nos han devuelto a la gloria. Enorme es el mérito del Cholo, ese entrenador que vive el Atleti como nosotros, que se alegra como nosotros y sufre tanto o más que nosotros, el tipo duro que heredó una plantilla mal hecha y mal entrenada y la ha convertido en un equipo serio con un entrenador sensato y elegante. Pasará más adelante lo que tenga que pasar, veremos en qué se convierte el Atleti, pero, por ahora, gracias Simeone, gracias Atleti por hacernos tan felices a pesar de que te lo ponen tan complicado.


Nadie nos ayudó ni nadie nos ayudará. No era fácil, como no lo es nunca lo nuestro, pero es lo que elegimos, lo que somos y lo que nos gusta ser.


Ahí queda, para quien quiera oírlo, Aúpa Atleti.

lunes, 23 de abril de 2012

Tres crónicas, tres, del Atleti - Espanyol

El 23 de diciembre de 2010, tras un Atleti - Espanyol en el que se despedía Simao, el que suscribe propuso al foro una encuesta sobre su posible apodo como cronista argentino. La falta de acuerdo del respetable causó en servidor de Vds un trastorno de personalidad múltiple muy incómodo a la hora de recordar dónde ha dejado las llaves. En días de expropiaciones y chistes fáciles sobre acentos, tango y dulce de leche, coincidiendo con otro Atleti - Espanyol, tres crónicas, tres de un cronista uno y trino con pretensiones de literato bonaerense y resultado de redactor de prospectos de antibióticos.


Hoy, disgusto, por el Cano Fuentes

El fútbol a las seis es una bendición, y más si hace sol y es día del niño. Ayer en el Calderón la grada entera de lateral se quemó la frente hasta que llegó una nube negra y misericordiosa y el estadio entero vio como los asientos y regazos de abonados normalmente vacíos estaban ocupados por un montón de niños rojiblancos. En el día en que medio Madrid recordaba al otro medio que habían ganado la liga tras una leve inversión de quinientos millones de nada, el Calderón se llenó de niños vestidos del Atleti con su nombre a la espalda, algunos con pantalón corto y medias reglamentarias, otros con camisetas grandísimas heredadas de los hermanos mayores, unos con camisetas oficiales con etiquetas luminosas y otras con burdas imitaciones que, a estos efectos, hacen la misma ilusión que las otras y además son como más cercanas, más amables, hasta más bonitas. El partido entero fue una maravilla gracias a la cantidad de niños del Atleti con la cara radiante - esa cara que con el tiempo en la grada se les irá tornando en escéptica - gracias a los gritos de ánimo con voz de pito y a las siestas espontáneas de algunos que, tras el petisuis reglamentario y por acción del solete primaveral, quedaron tostados sobre la mugre de los asientos soñando en levantar ellos mismos algún día un trofeo grande.

La marea de niños dejó un ambiente especial y alegre en la grada y produjo la salida en tromba de todos los familiares justo al final del partido, tirando de los niños agarrados de la mano con prisas y con un único fin común. ¿Iban los familiares a coger el metro para evitar agobios? No. ¿Iban con prisa para llegar a casa y ver la repetición mientras los niños cenaban y se iban a dormir pronto? Tampoco. Las familias en pleno salían en tropel con un único fin, una única misión en la vida: la venganza. Ríos y ríos de papás y mamás rojiblancas se echaron a las calles de Madrid en una noche de cuchillos largos buscando al inventor de la vuvuzela reducida esa que venden ahora, la de la membranita que amplifica el sonido y deja sordo a todo aquél que se encuentre en un radio de cinco metros, cincuenta o más si es dentro del estadio, en el túnel de salida. La salida por los pasillos del Calderón de ayer, con miles de abonaditos tocando al unísono la trompeta rompetímpanos con la que ayer se forraron los de los puestos, recordó a una estampida de búfalos cafres, a la huída del tsunami, a la entrada a la plaza de toros de Pamplona desde la calle Estafeta, con un rebaño de niños atronadores provocando montoneras en las puertas de salida. Nadie valora más que nosotros la heroicidad de las nuevas generaciones rojiblancas, solas ante el peligro de las botas de colores, los peinados con mechas jaspeadas y los seguidores del equipo del repeinado apuntamuslos que copa las portadas de todos los diarios; eso sí, Un Futuro Rojiblanco Con Tímpanos Es Posible.

Tras el buen partido del jueves y la resaca amarga y dulce a la vez de ese partido que se debió ganar con más margen pero se acabó ganando de dos goles, que no es poco, alguno esperaba un tropezón del equipo en casa. Ese alguno era el que suscribe, cronista de pelo cano y fe quebradiza, escéptico aficionado al equipo que derrapa cuando menos falta hace. No fue así: el Atleti es impredecible hasta cuando un cree que va a hacer lo impredecible. El Atleti ganó un partido que empezó controlando y dejó escapar entre los dedos durante un buen rato, y terminó tranquilo gracias al empuje y clase de un turco de estampa imposible y ese fútbol tan suyo a medias entre lo indescriptible y lo indescifrable.

El protagonista del partido fue Arda Turán, eso está claro, pero varios jugadores destacaron. Algunos, además, fueron de los menos talentosos, de los menos regulares, de los más criticados desde estas páginas de pena, amargura y cilicio. Simeone salió con todo salvo con Adrián, lo que ya sorprendió a los que esperábamos ver a Koke, a Perea e incluso a Assunçao en la alineación titular. De entre los menos utilizados, sólo Salvio salió de inicio, qué cosas, oiga, que cosas. Y es que antes de hacernos eco del buen partido de algunos de los normalmente parias, urge una consideración general. Si bien hace tres o cuatro partidos el equipo parecía tristón, cansado y sin chispa, la imagen en los dos últimos partidos ha cambiado. Quizás sea la preparación física, pensada para pasar un valle justo antes del final de temporada, o quizás la influencia de la cabeza de los jugadores sobre sus piernas, sabedores de que haciendo las cosas bien ahora quizás se acabe haciendo una temporada aceptable tras dar tumbos durante todo el año. Los jugadores parecen volver a presionar arriba, vuelven a morder, a ir tres contra uno en cada banda, como sabiendo que esta bola es nuestra, de aquí no sales, majo. Presiona como un caballo desbocado Falcao, que hace dudar al que saca el balón; lo pasa a la banda, donde un interior y un medio centro o un lateral están encima, sin dejar tiempo para pensar al rival. De ahí las nuevas dudas del contrincante, el miedo, el patadón, el balón fuera o a los centrales, el balón recuperado. La presión de Simeone ha vuelto en los últimos partidos, el equipo vuelve a estar fresco y rabioso, algo ha pasado ahí dentro.

En el Atleti de ayer jugaron bien casi todos, si no todos. Jugó bien Froilán, cada vez más entonado y confiado, y jugó bien Juanfran, de nuevo un portento físico, de nuevo reclamando el balón, de nuevo recordando al resto que si él juega más, juegan mejor todos. Estuvo sobrio y correcto Domínguez y estuvo estupendo Godín, tras unos partidos buenos ya olvidados y unos últimos partidos con fallos garrafales. Tras los penaltis de Zaragoza y Calderón en el derbi, Godín volvió bajo la lupa y no dudó en ninguna, estuvo colocado, no rifó el balón, fue al corte contundente, metió y un gol y casi mete otro. Su seguridad por arriba quitó protagonismo a Courtois, de nuevo inseguro e incómodo, y de paso tranquilizó a toda la defensa.

Gabi estuvo impreciso y pegón y fue cambiado con buen criterio en el segundo tiempo. Tiago estuvo algo flojo, como sin gas, sin presión, sin electricidad, cansado como acostumbra. Salió Mario por Gabi en el segundo tiempo y, cuando el que suscribe, abonado al "hoy, disgusto" se esperaba un nuevo partido blandengue y un peligro constante para la retaguardia al volver a ver juntos a Mario y Tiago, Mario hizo un buen partido. Bien colocado, motivado, sacó el balón jugado y entró con ganas, metiendo el cuerpo. Mario no hizo el partido perfecto, pero sí hizo un partido mejor del que acostumbra, justo es decirlo.

También hizo un buen partido Diego, de nuevo pinturero y virtuoso pero con menos influencia en el juego de lo que los vídeos resumen sugieren a los que no ven todos los partidos completos. Diego es más barroco que útil, más adorno que motor, y aún así, Diego es un jugador hoy por hoy imprescindible para el equipo, sin ningún recambio que le pueda hacer sombra ante la cada vez más preocupante desconexión de Koke. Al Atleti le convendría que se quedara Diego el año que viene, pero su precio puede haber aumentado bastante vistos los últimos partidos. La baza del Atleti pasa por que Diego se sienta importante y querido en el Calderón y acceda incluso a bajarse el sueldo con tal de no volver a Alemania a comer ensaladas de patata y pretzels; a ello contribuye Simeone mucho más que cualquier otro, cambiando a Diego para que aplauda el estadio entero, para que se sienta ídolo y protagonista, para que entienda que éste es su lugar en el mundo y no la patria de las sandalias con calcetines.

Jugó bien Adrián el rato que salió, como es norma, y jugó bien Falcao, siempre incansable, siempre enseñándose al rival, siempre compañero a pesar de jugar en posición de egoísta. Jugó bien (o algo parecido) el paranormal y psicofónico Salvio, capaz de hacer regates sensacionales a dos, tres rivales y darle al final del slalom un puntapié innoble al balón, reconociendo en ese lance que ni él mismo se explica lo que ha ocurrido antes. No obstante, ayer hizo lo que debía, ayudó y desbordó a ratos, hizo un caño extraordinario pisando el balón e hizo otro caño tan meritorio como absurdo, rompiendo una posibilidad de pared fácil por buscar el adorno innecesario. Misterio.

Cuando uno esperaba otro derrape y una semana llena de nubarrones, el Atleti hizo lo que debía y ganó con solvencia a un rival más flojo de lo esperado, en el que ni Coutinho ni Verdú mostraron toda la clase que uno esperaba. En liga el Atleti sigue en la pelea y sigue lamentando los errores anteriores, mirando de reojo al jueves, partido importantísimo que ya nos tiene nerviosos. La mejoría física del equipo invita a la confianza, y la ambición mostrada en los últimos partidos sugiere que, al menos, el Atleti que veremos en Valencia será ese equipo peleón y sin complejos con el que sí nos identificamos. Veremos, oiga, veremos.

 Turquía, Patria Querida, por el Turco Fuentes

Que de Oriente vienen las más delicadas cosas que Occidente ha conocido es algo fuera de toda duda. Oriental es la filigrana de oro, el arabesco decorativo, la cerámica vidriada y la receta del polvorón. Frente a la burda salchicha porcina y norteña, del Este y del Sur llegan platos con canela, hierbabuena, comino y ajonjolí. Lo que de Despeñaperros p'arriba viene siendo la repisa esa de la ventana, para nosotros es un alféizar; el alférez es menos que el teniente, pero suena mucho mejor y eso que ambas son palabras árabes y no turcas, pero para lo que nos ocupa nos puede valer. En castellano hay poca palabra turca, quizás solamente "yogur", y no saben Vds lo que se pierden.

Vds, que son europeos y por tanto bastante brutos, son pueriles en sus análisis y superficiales en sus conclusiones. Ven un señor por la calle y llegan rápido a una idea errónea pero a la vez clarísima en su corto intelecto occidental. Si ven a alguien mal vestido, de inmediato le toman por un zarrapastroso y le tildan de mendigo, sin caer en que puede que se encuentren frente a un filósofo de hondos pensamientos sin interés alguno por su aspecto exterior. Si ven un tipo con pelo corto pero engominado, patillita fina, gafa de pantalla y camiseta prieta marcando musculitos de gimnasio llegan a la conclusión de que se encuentran ante un imbécil integral y ahí sí que aciertan, oigan. Si ven un tipo con canas, gafas y con rebeca con coderas, rápidamente llegan a la conclusión de que es un importante líder de opinión con ideas claras y opiniones firmes, cuenta corriente saneada y éxito profesional. Si Vds supieran la verdad, pobres europeos, se replantearían muchas cosas y le darían al de la rebeca algo de suelto para un cortado, oigan.

Lo mismo pasa con el fútbol. Turquía les envió uno de sus hijos predilectos y Vds, que son más bien burros, se quedaron en su aspecto exterior y de ahí no pasaron. Hicieron chistes con sus piernas cortas, con sus andares cansinos, con sus pies metidos hacia dentro al caminar. Comentaron con ironía sobre su cabeza voluminosa, su pelo rizado y tendente al descontrol, su lámina alejada de los cánones griegos, esos isleños en faldita que, tras dar la tabarra varios siglos con filosofías indescriptibles y todofluyes y eurekaloencontrés, andan ahora en la bancarrota buscando entre los asientos de los campos de baloncesto los dracmas que antes tiraban a la cabeza al rival. Se mofaron del aire despistado de nuestro compatriota, de su sonrisa perenne denotando no enterarse de nada, del gorro que llevó en Roma con ese traje tan elegante con el que parecía el Pitufo Testigo de Boda. No fueron capaces de ver más allá y sólo ahora, ahora, tras muchos meses y muchos partidos, consiguen ver Vds lo que tan obvio era para nosotros allí en Estambul, patria querida.

Ahora toca el balón Arda y está el campo atento, pendiente, expectante. Esperaban un Reyes inconstante y despegado y han descubierto un artista de verdad. Ahora entienden que el talento no puede mostrarse continuamente porque entonces la rutina lo mata, que Turan juega por donde quiere y cuando quiere porque se lo puede permitir. Ahora esperan aguantando la respiración cada vez que coge el balón Turan y cuando la cosa se pone fea se encomiendan a esas patitas de despertador de las que tanto se reían a principio de temporada. Ayer el campo era un clamor ardanero y turanista, pero para alcanzar ese punto ha tenido que hacer dos partidos enormes seguidos y meter dos goles de calendario. Esto ya lo vimos nosotros hace tiempo, y por aquí sólo lo han visto claro en Almería, tierra mora y por tanto más sensata. Son Vds tan brutos, oiga, que no sé si mandarles a todos a paseo o comprarme la camiseta del Atleti con el 11 a la espalda y hacerme un abono en grada de lateral. Occidentales ...

¿Qué ha pasado hoy aquí? por el Topo Fuentes

¿Por qué era tan bajito todo el mundo hoy en el estadio? ¿Por qué sonaban tantas alarmas antiaéreas? ¿Es normal que en vez de pipas la afición coma potitos? ¿Es normal que ese señor paticorto y cabezón juegue al fútbol como los ángeles? ¿Cómo es posible que ese que lleva el ocho tenga un cuerpo tan abombado de frente como de espaldas? ¿Ese al que llaman Tiago, qué edad tiene? ¿Por qué el club riega a los pobres juveniles que salen a dedicar el precio a la afición? Miren, no tengo respuesta a nada de lo anterior, me dejé las gafas en casa y no conseguí ver nada, sólo escuchaba un zumbido vuvuzélico que, junto con la solana en la frente, me dejaron aturdido. Discúlpenme Vds, me voy a dormir.