Mostrando entradas con la etiqueta Athletic Club. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Athletic Club. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de diciembre de 2015

Cuatro palabras sobre el Atleti - Athletic




___ 

Nota: por motivos que no vienen al caso, es muy posible que la frecuencia de las crónicas decrezca o que directamente el blog no se actualice en semanas. Perdón por las molestias.
___

Para el que suscribe es un placer que venga a casa el Athletic de Bilbao, por lo que significa para el Atleti de Madrid y por lo que significa en general. Más aún cuando la llegada viene precedida de una iniciativa bien bonita para niños que han pasado un mal rato entre esos ratos buenos que pasan pensando en Rojo y Blanco. A todos aquellos que tuvieron la idea de unir este partido a la iniciativa que tanto reconocimiento se llevó en los días previos gracias a un precioso vídeo, enhorabuena y gracias por haber hecho partícipe de ella al Atleti y su afición.

El Athletic planteó un partido inteligente y llevó a cabo el planteamiento como hacen los equipos buenos: con convencimiento y ganas, creyendo en lo que hacía y sabiendo qué tenía que hacer. Que Valverde es un buen entrenador lo sabemos todos, que había estudiado y había visto bien qué venía haciendo el Atleti también. Con el juego volcado a la banda izquierda y Juanfran inédito en el primer tiempo, sólo ocupado en no perder de vista a Iñaki Williams, el Athletic tuvo al Atleti donde quería durante buena parte del partido: encajonado, sin espacios, en la banda en la que Filipe, Koke y Carrasco intentaban sin mucho éxito progresar hasta zona de tiro y pase. Con Vietto algo blando para la envergadura del partido y Griezmann lejos de la acción todo el primer tiempo, el Athletic se mostró como un equipo duro, trabajado, tenaz e inteligente. Un buen equipo con un delantero, Adúriz, que es un tormento para los defensas: pelea, las gana por arriba y por abajo y, cuando no lo hace, le persigue a uno como si le debieran dinero o, lo que es peor, como si le hubieran robado el paraguas. Con Raúl de pareja de baile, la furiosa delantera del Athletic ha conseguido un efecto colateral valiosísimo para su equipo: que la media corra menos y pueda pensar más, que Beñat, por ejemplo, sea un jugador presente en todas las fases en vez del espectro con barba de hípster y pelo de seminarista que pululaba durante los partidos de no hace tanto tiempo. Ole por el Athletic, un buen equipo que hizo un buen partido.
___ 

En el Calderón empieza a sonar Rosendo últimamente, cosa que nos alegra. Suena “Agradecido” últimamente y también ha sonado “Maneras de Vivir”. También por megafonía nos han regalado con “Thunderstruck” y “Satisfaction”; ayer, sin embargo, el partido terminó y, en seguidita, sonó “Nine to five” de Dolly Parton. Entre tanta guitarra a alguien le ha dado por el country festivo, y eso nos deja, como poco, perplejos.

Entre “Agradecido” y “Nine to five”, el Atleti jugó un buen partido. No brillante, no majestuoso, sí áspero y trabajado, sí un buen partido. Con poco que decir en ataque el primer tiempo, con mucho que trabajar desde el primer momento para poder seguir con el ritmo infernal impuesto por los visitantes, pero un buen partido. El Atleti pasó del 4-4-2 al 4-1-4-1 con facilidad mecanizada, haciendo que los analistas tuvieran que echar mano de escuadra y cartabón mientras entornaban los ojos viendo los cambios en el dibujo. Koke lo mismo estaba echado hacia dentro que salía a presionar el primero, Saúl corría y corría espesando la salsa en la que juega el equipo y sólo Gabi parecía indudablemente asociado a su posición de pivote por delante de la defensa. El Atleti del Cholo, a quien la prensa adjudica como únicos méritos la testiculina y el ardor guerrero, tiene estas cosas y es capaz de cambiar sobre la marcha de un dibujo a otro, atacando de una forma y defendiendo otra muy distinta sin que haga falta más que tres o cuatro voces de Gabi o Koke mientras los rivales intentan entender qué ocurrió en el dibujo de los de rojo y blanco, cambiante como la ristra de pañuelos de un prestidigitador.

Con Carrasco algo desdibujado ayer ante el entramado del centro del campo bilbaíno, Vietto algo sobrepasado (de nuevo) por la intensidad del juego y Griezmann dimitido durante bastantes minutos (algo que tampoco es novedad), en la grada se respiró una vez más la sensación de que costaría Dios y ayuda marcar un gol, más aún dos tras ponerse por delante el rival en un balón parado, qué cosas. Menos mal que Saúl marcó en un momento importantísimo, menos mal que Griezmann tiene ese don prodigioso de meter un gol de cada dos balones que toca. Si alguien llevara la estadística de cuántos balones necesita tocar Griezmann para meter un gol, probablemente estaríamos ante el delantero más eficaz de la historia. Ayer, antes del gol había tocado dos o tres balones, después otros tantos; no necesitó más para conectar un zurdazo maravilloso, meter el gol que daba los puntos y dejar con las manos agarradas a la cabeza a medio estadio. A su asombrosa aportación contribuyó, de nuevo, Torres: su salida coincidió con el retroceso de las líneas del Athletic y la mejoría de las prestaciones de Griezmann. Más sólido e intimidador que Vietto, Torres supo presionar a Beñat y salir al galope en un par de ocasiones con el objetivo, conseguido, de meter al rival veinte metros más atrás y alejar el balón del enjambre de jugadores bajo presión y malhumorados que Adúriz consiguió agrupar en torno al área chica de Oblak.

Si Griezmann sólo necesitó un par de balones para ser protagonista, Oblak consiguió, con casi el mismo número de intervenciones, estar en disposición de reclamar el papel protagonista del partido de ayer. Un mano a mano a la manera de Fillol, un balón sacado por alto tras un control y vaselina espectacular de Aduriz y alguna intervención marcando territorio en el área pequeña convirtieron el partido de Oblak en un nuevo prodigio, algo importante sobre todo cuando Giménez, por tercera o cuarta vez en los últimos tiempos, mostró una imprecisión y nerviosismo impropias de él.

A pesar del gran rival, a pesar de las dudas de hace unas semanas, de las predicciones catastrofistas de propios y extraños y a pesar – o precisamente por ello – de que los focos iluminan otros equipos, el Atleti, sin hacer ruido, se ha puesto co-líder. Sin ser el que más luz despide, sin ser el que mejor juega ni el que más goles mete, sin celebrar cada triunfo con un bailecito ridículo, sin sonreír en exceso hasta que el trabajo no esté hecho, el Atleti está ahí, donde quería. Es decir, el Atleti está ahí, a la manera de Raúl García.

martes, 23 de diciembre de 2014

2014, Año Simeoniano



El Atleti acabó el año por la Puerta Grande, remontando un partido que se había puesto muy feo y en el que, cosas del fútbol, salió el sol en un par de minutos justo después del descanso y ya no se volvió a poner.

Haber perdido en Bilbao habría supuesto dos semanas de parón con dudas, preguntas, rumores, más aun sabiendo que a la vuelta de Navidad es el primero de los partidos del año contra el otro equipo grande de la capital. Conociendo a la simpática e imparcial prensa nacional, un tropiezo justo antes del parón de invierno habría sido el momento perfecto para hablar de problemas en el vestuario, de que Simeone está incómodo y piensa irse, de descontento con los fichajes y cuestionamiento sobre la capacidad de los nuevos para sacar al equipo de problemas, de quejas durante las concentraciones por los ronquidos de los uruguayos, de amenazas de muerte al peluquero de Griezmann. Siendo además el tropiezo justo antes de un partido contra el ojito derecho de la prensa, sobre todo en este momento en el que todo lo que rodea a su equipo del alma se pregona con un triunfalismo infantil, la oleada de rumores habría sido malintencionada y, por tanto, aburridísima. De haber perdido el Atleti, Griezmann pasaría a ser desecho de tienta, Koke tendría ofertas de equipos rivales,  Arda y Godín estarían en diferentes órbitas – como la perrita Laika - y escucharíamos repetidamente eso de que “Fulano gusta en Chamartín”, en especial alguna estrella emergente como Giménez.

Pero en Bilbao el Atleti, tras un primer tiempo malo y desconcertante, decidió que era el momento de dar un puñetazo en la mesa y recordarle a todo el mundo quién, y sobre todo por qué, es el Campeón. El Atleti bajó el balón al piso, adoptó el color mimético que enseña este año cuando los rivales creen que aún vive una única versión del equipo, la del contraataque y la de Diego Costa, y armó un lío. Una jugada, la del primer gol, sirve como ejemplo de todo lo que pasó después: rosario de despejes de cabeza al rival en el medio campo de uno y otro equipo hasta que Tiago, que es el que mejor conoce el libro de instrucciones, bajó el balón en corto. De ahí, un taconazo de Raúl, un apoyo, otro, un pase de nuevo de Raúl al espacio, Juanfran que galopa y mete un centro maravilloso hacia, una vez más, Raúl y Griezmann, el autor del gol tras un remate de esos de los cromos.

El Atleti se benefició luego de un penalti que no le pareció ser al que suscribe, a pesar y precisamente por el leve contacto. Un penalti en mal momento para el Athletic, en un momento perfecto para que el Atleti dejase groggy al rival que pudo poner distancia en el primer tiempo y no lo hizo. Un penalti injusto que, de no haberse pitado, podría haber cambiado el rumbo del partido; pero se pitó y se tiró y se marcó, y la superioridad física y táctica del Atleti y sus dos goles posteriores parece que deberían valer para neutralizar el comprensible cabreo de los bilbaínos.

Del resto del partido, tres nombres propios. El primero, Griezmann, quien tras una primera parte mala acabó metiendo tres goles, uno de ellos en fuera de juego, y cerrando un partido estupendo. Y aun así, de Griezmann queremos más. No más goles, que eso sería abusar, pero sí más presencia, más fiabilidad, más responsabilidad. De Griezmann esperamos que sea el segundo Arda, el segundo Koke, el tipo con el que contar cuando las cosas se ponen feas y los espacios se achican, el responsable del destello de imaginación y calidad que convierte las cuevas en palacios rococós y las peleas de bar en torneos de esgrima. Griezmann, quien empieza a entender que a este Atleti es complicado subirse y mucho más si no se aporta, como mínimo, todo aquello que aporta el resto, está llamado a ser clave para el segundo tramo de la liga, en el que el equipo estará más cansado y habrá sido ya visto demasiadas veces por los entrenadores rivales. El Griezmann que queremos asomó ese peinado suyo como de tortilla francesa por San Mamés y eso es una noticia fantástica que nos encantaría confirmar, confirmar y volver a confirmar, como los peces fedatarios en el río.

El segundo nombre propio es de un defensa jovencito con actitud de veterano y hechuras de estibador. Giménez, por ahora, juega siempre bien, y tanto le da que sea en Turín, Bilbao o el Calderón, que él siempre está a lo suyo. A Giménez parece darle igual venir de treinta partidos en el banquillo o de un encuentro extenuante, él siempre está allí y por su zona mejor no pasar, que le persigue a uno como si le debiera dinero. Giménez no pierde el sitio ni la compostura, es agresivo y canchero, y si tiene que saltar y atizarle en la nariz a su padrino lo hace y santas pascuas, no haberse puesto ahí, oiga. En un partido en el que se esperaba a Miranda de titular y en el que Godín mostró un par de despistes de esos a los que nos tiene desacostumbrados (y que son por cierto más comunes cuando por su lado juega el cada vez más enloquecido Siqueira), Giménez pareció el veterano, la referencia, el capitán. Con Godín en un momento maravilloso, Miranda debe apretar los dientes si quiere que este chavalín con presencia de veterano del frente, actitud de legionario con bayoneta calada  y cuello de pilier no le quite el sitio en breve.

El último nombre del día es el de Saúl. Saúl, que puede llegar a ser un jugadorazo, está en ese momento en el que se espera de él un paso al frente que puede marcar su futuro. Como quizás le ocurrió no hace tanto a Koke, hoy tan consagrado que nos hace olvidar algunos días de zozobra, Saúl debe decidir qué perfil de jugador quiere o puede ser, abandonando algunas manías como esa de jugarse pérdidas de balón en momentos arriesgados y empezando a disfrutar del trabajo sordo y gris que le ofrece Simeone como pasaporte a páginas más brillantes. Saúl salió con la incómoda misión de suplir a Koke pero no completó el partido que de él esperábamos. De Saúl esperamos y deseamos más, y confiamos, sobre todo, en que se le pasen esas malas pulgas que se le ponen cuando no juega tanto como le gustaría, algo que quizás se explique él mismo cuando vuelva a ver sus partidos con más calma durante las navidades.
____ 

Con la Navidad de 2014 se cierra el mejor año en rojo y blanco que uno recuerda, y el tercer año de la llegada del tipo que cambió todo.

De 2014 recordaremos siempre ese mes de Mayo maravilloso, lleno de angustias, victorias, reuniones y cábalas. Recordaremos esa frenética carrera de las semanas anteriores, domingo – miércoles – domingo encadenando victorias y engordando leyendas, la concatenación de partidos claves, de citas históricas cada siete días. Recordaremos el rosario de supersticiones, las llegadas al estadio siempre por el mismo camino, igual vestidos, haciendo las mismas paradas. Recordaremos las reuniones en casa, siempre los mismos sentados en los mismos sitios, las bufandas atadas exactamente al mismo palo del perchero que en el partido anterior. Recordaremos el partido de Stamford Bridge con una sonrisa de esas que aún nos duran, el partido contra el Levante y la cara, mitad de bobo mitad de preocupación, que se nos quedó después. Recordaremos la parada de Willy Caballero en el fondo Norte, evitando el gol que nos habría dado la liga en casa, una semana menos de angustia y una más de descanso, pero recordaremos siempre ese gol de Godín, vestido de amarillo y azul, en el Nou Camp ni más ni menos. Recordaremos esa liga que ahora nos parece un milagro casi imposible de repetir, el fruto de una temporada mágica con una regularidad al alcance de casi ningún equipo, recordaremos la celebración en Neptuno con Panadero Díaz y familia dando saltos en la plaza, los días en los que conocimos a todos esos jugadores maravillosos que llegaron a jugar una final hace 40 años contra un equipo de leyenda y conservan la actitud de una cuadrilla de amigos modestos agradecidos por todo lo que implique valorar su esfuerzo de entonces.

Nos acordaremos también, qué coño, de ese día en Lisboa en el que no disfrutamos antes del partido por culpa de los nervios y desde luego no disfrutamos después por culpa de las lágrimas. Pero recordaremos las llamadas de gente de todas partes contándonos cómo en su ciudad todos iban con el Atleti, cómo se acordaron de nosotros y les dio casi tanta rabia como a nosotros que el cuento maravilloso que escribió el equipo del Cholo no acabara como en los libros de hadas sino como suelen acabar las cosas en la vida. Recordaremos el domingo y lunes siguientes llenos de dolor, mal humor y silencio y cómo el luto acabó de repente cuando un novillero, mostrando casi tanto valor como para ponerse ante un toro, salió a hacer el paseíllo en las Ventas del Espíritu Santo con un capote de paseo con el escudo del Atleti bordado. Recordaremos la concentración espontánea de cientos de atléticos en el estadio para celebrar no una derrota, sino una forma de ser, de sentir, de entender las cosas. Recordaremos el desconcierto de los otros, de los que no entienden nada, ante el subidón de orgullo de los que no habían ganado una final pero habían ganado un mundo, algo incomprensible para los que miden la identidad en victorias y la dignidad en números.

Por ese 2014 maravilloso con pinta de tener una secuela brillante dentro de no demasiado tiempo, por el tiempo anterior y los años en los que nos acordaremos de esto, no podemos más que estar eternamente agradecido al responsable del invento, al tipo que convirtió al equipo en mágico, al que trajo al Mono y al Profe, al protagonista del año entero y de uno de los capítulos más gloriosos de la historia gloriosa del Club Atlético de Madrid. Por él, por Simeone y los suyos, no debería quedar ningún atlético por brindar en estas fiestas.

___ 

Pero en este año increíble, no estaríamos hablando de todo lo que ocurre si no reconociéramos que tenemos un problema. Que el problema no es nuevo es algo que sabe cualquiera que visita la grada del Calderón, que únicamente es ahora más visible y más actual también.

Si el Atleti es lo que es, lo es en gran medida por su grada. Por su grada entera, no solo por un fondo. Que ese fondo ha sido el motor de la animación durante años es algo indiscutible; que el precio a pagar por un motor así no puede ser mantener en él elementos que son un problema grave para todos nosotros (y no solo para nosotros) es algo clarísimo. Nadie en el Calderón quiere que el estadio y la afición se divida, pero nadie en el Calderón (o al menos una mayoría más que aplastante) quiere que miembros de su afición maten a otros, que la afición sea estigmatizada por los medios y rivales como un grupo de tipos peligrosos, que los informativos abran los bloques sobre medidas antiviolencia con planos de la grada del Atleti repleta de bufandas rojiblancas.

Que el tema parece más policial que otra cosa es también evidente, tan evidente como que el resto de agentes involucrados (el Club, el resto del Fondo Sur, el resto de la afición) tienen también un papel que jugar. Que el Club tienen que hacer algo es claro y meridiano; que lo que ha hecho ya es un paso (más o menos torpe, más o menos proporcionado, más o menos precipitado, eso es otro debate) es, también, un hecho. El Fondo Sur (es decir, la Grada Joven y todos aquellos involucrados en la animación con más intensidad que otras partes del estadio), un colectivo mucho más amplio que el grupúsculo conflictivo que últimamente ocupa las portadas de los periódicos (junto a la mención del resto de la afición) tiene ahora una oportunidad de oro para demostrar que puede seguir siendo una grada ejemplar, precisamente ahora que la Policía va a eliminar al factor que (según cuenta gente del propio Fondo Sur) les impedía estar tranquilamente dedicados a la animación fuera de connotaciones ideológicas o de otro tipo. El resto de la afición debe mostrar firmeza ante los que ensucian el nombre del Club, pedir responsabilidades a quienes pueden tomar medidas y apoyar a los que no participan en los actos vergonzosos o tienen miedo a las represalias. Resulta chocante ver una grada en silencio durante un partido, resulta sorprendente ver cómo no es lo que más conviene al equipo lo que el colectivo que más dice querer al equipo acaba haciendo. Resulta extraño ver cómo un colectivo que se dice pacífico prefiere enfrentarse al resto de la afición en protesta por una medida que no tiene como objetivo ese colectivo pacífico, sino precisamente el foco de la infección que puede acabar con ellos. Resultaría también lamentable y triste que a raíz de este episodio, el Calderón se convirtiera en un estadio silencioso.

El año 2014, quizás uno de los más gloriosos de la historia del Club, ha acabado con un borrón intolerable y vergonzoso que debería hacernos pensar, no mirar hacia otro lado. La oportunidad está ahí y tenemos que hacer lo que debemos: dejarlo pasar, confiar en que el tiempo hará olvidar este tema, terminar separando la afición en bandos, hacer del Calderón un estadio silencioso o sumir al equipo en la desorientación que ni los rivales más duros han sido capaces de conseguir sería reconocer que todos hemos perdido. Y nosotros, los del Atleti, no perdemos. Ni perdiendo.


domingo, 30 de marzo de 2014

Tres apuntillos sobre el Athletic - Atleti


1. El equipo tranquilo y el viento en las cumbres

En otro día complicado, el Atleti volvió a ganar en San Mamés, ese estadio precioso al que estamos deseando ir una vez terminen la tribuna del fondo para comprobar in situ cómo suena la grada cantando, si el rojo es tan bonito como en la televisión, si el campo nuevo tiene el encanto del viejo San Mamés (que parece tenerlo), si los bares de la calle Licenciado Pozas y aledaños siguen siendo tan maravillosos como siempre. Bilbao es una ciudad en la que el fútbol, las cañas y cafés de antes y después, las charlas con los locales en las barras de los bares y por las aceras camino al campo, las conversaciones con los vecinos de localidad, tienen un encanto especial. En San Mamés los partidos se viven especialmente bien y por eso las victorias son especialmente bonitas. Ganar en Bilbao dos veces seguidas (que no han sido las únicas pero sí muy importantes) tiene pues un mérito, un pellizco, un valor especial.

El Atleti salió en Bilbao sabiendo, como sabe de aquí a final de temporada, que sólo se puede ganar. Había ganado el Barcelona y probablemente ganaría después el tercer equipo de la clasificación. Y el Atleti salió, encajó un gol rápido, mostró algo de duda y mucho de autoridad y terminó llevándose el partido por 1-2, cuando pudo ser por más y antes.

Antes del partido, un insigne guipuzcoano de la Real que curiosamente no detesta al Athletic y que tiene un cariño especial por el Atleti (algo que quizás choque a los más jóvenes pero no extrañe en absoluto a los que conocen esto desde hace un poco más de tiempo), mandó un mensaje al móvil: “ahora nos damos cuenta de lo fuerte que sopla el viento en las cumbres, de lo tranquilito que se vive cuando se disputa un noveno puesto”. La definición no puede ser más acertada, o al menos en lo que respecta a la afición.

Con el Atleti en lo más alto y la presión constante y tirana que ejercen los perseguidores, acostumbrados a ganar casi siempre y salir siempre de favoritos, la afición encara cada partidos con nervios de partido grande, de esos que quitan las ganas de comer y, cinco minutos después, llevan a devorar compulsivamente una bolsa de pipas de un kilo. El aficionado colchonero encara ya cada partido como un salto al vacío, con el estómago encogido, la duda sobre los hombros, los malos augurios revoloteando cada pensamiento, las uñas al mínimo. En la cumbre, efectivamente, cada rachita suave de viento capaz únicamente de mover un papel en la falda de la montaña se convierte en una amenaza de muerte, en una posibilidad de desequilibrar al montañero y hacerle caer por un precipicio. En la cumbre, cerca de la cima, todo es más peligroso, más estresante, más incierto.

Curiosamente, uno no ve al equipo, esa máquina de competir que nos hace felices partido a partido, con los nervios de la grada. De haberse jugado el partido de ayer hace quince jornadas, uno hubiera acabado contento pero no exultante tras haber visto a un Atleti superior aunque no brillante, con alguna duda de más y mucho más oficio del esperado, con personalidad para entrar a empujones en los bares llenos de gente y, aún así, no recibir ni un reproche.  El Atleti transmite una seguridad y una autoridad que a la grada nos llega deformada, caricaturizada por años de experiencia en sorpresas, limada en las esquinas por las opiniones disparatadas de la prensa y su obsesión por inculcar en el aficionado una sombra de duda con la esperanza de que no se quiebre el statu quo, relativizada por el vértigo de un futuro de infarto en las próximas semanas. El nervio, empero, es más cosa nuestra que de ese equipo fantástico que nos hace frotarnos los ojos semana a semana, partido a partido, demostración tras demostración.

2. De la presión como una de las Bellas Artes


En los partidos del Atleti suele haber algo que guste especialmente al aficionado, unas veces unas, otras veces otras. Ayer fue asombroso el partido de Costa, siempre preparado para pelear, para correr, para marcar. Con algo más de suerte habría marcado dos más, con un poco más de acierto el Atleti habría cerrado el partido rápido y no habría tenido que desgastarse tanto.

También ayer quedó claro que con Filipe Luis y Koke el equipo gana muchísimos enteros, que Mario sigue siendo frío aún en los partidos calientes, que un medio centro defensivo no puede parar y desentenderse nunca, aunque acabe de haber hecho  un buen pase o una buena recuperación. Quedó claro también que Gabi es una referencia y que quien supla su ausencia en el próximo partido de liga tendrá frente a sí un desafío importante. También, que los centrales son muy complementarios y tienen un nivel de solvencia del que nos acordaremos muchos años, que Juanfran ayuda y mucho con sus entradas hasta la cal cuando el rival ha basculado en bloque hacia el otro lado. Sosa salió con buena nota y poco fuelle del dificilísimo encargo de suplir a Arda, de quien esperamos un buen partido ante el Barcelona y sólo Raúl, trabajador pero impreciso, fallón en algunos pases y acertado en otros estuvo por debajo del nivel que esperamos de él.

Pero dejando de lado lo que cada uno hace, obviando los fogonazos y la verdad incuestionable de que una mala tarde la tiene cualquiera, lo que realmente llama la atención en este equipo son esas ráfagas de presión al rival. Ráfagas porque no es posible mantener ese ritmo durante todo el partido, ráfagas porque no siempre es necesario imprimir a los partidos ese nivel de ambición mordedora que vemos a ratos. Pero cuando hace falta, cuando la cosa se pone fea, cuando es necesario que el rival esté incómodo y recule, buscando los espacios en su propio campo ante la asfixia a la que le somete el Atleti cuando está cerca de la medular, el Atleti funciona como una máquina de precisión recuperadora, de demolición controlada. Esa estampa de dos, tres jugadores del Atleti encimando rivales, dándose relevos en la presión, forzando uno el error del rival para que recupere otro, saliendo por fin con el balón jugado es para el que suscribe fútbol puro y valiosísimo, tan emocionante como el juego de orfebrería del Barcelona de hace unos años, como el fútbol alegre y abierto de algunos equipos brasileños del pasado.

Pero lo más sorprendente de todo es que, una vez recuperado el balón, una vez derribada la presa por la carga controlada y en relevos de la jauría que sale del campo del Atleti, el equipo no se acelera o se ofusca. A veces, sí, busca el fútbol más vertical y encuentra a Costa corriendo entre huecos, adelantando rivales en sus portentosos cuatro, cinco primeros metros. Pero en otras ocasiones el equipo recupera y, al no haber opción de contraataque explosivo, toca y toca y busca espacios pequeños y salir de ellos combinando y con calidad, algo especialmente vistoso cuando coinciden Filipe Luis, Koke y Arda en el espacio.

La presión como forma de asfixia al rival, la presión como forma de recuperar un balón para salir jugando rápido o tocando en corto, para lanzar el contraataque o superar por calidad combinando en espacios cortos. La presión como seña de identidad, la presión como una de las Bellas Artes.

3. Del desgaste y la tensión

Tras el partido es necesario e imprescindible el descanso, el baño y masaje, el relax y la recuperación. Tras el partido se nota la pérdida de líquidos, el agarrotamiento de los músculos, la fatiga mental a la hora de encarar que, en pocos días, casi horas, habrá otro partido clave, otro partido importantísimo a cara de perro contra un rival potentísimo.

Una vez terminado el partido es normal notar la euforia por el resultado, la alegría compartida en los abrazos con los compañeros,  la satisfacción del trabajo bien hecho.  Poco después, sin embargo, lo normal es empezar a notar cansancio, sobrecarga, agotamiento incluso. Tras dormir, si es que se consigue con tanta emoción, al levantarse el cuerpo habrá recuperado parte de la energía perdida pero lo normal es que se note entumecido, cansado, raro, como necesitando vacaciones. Las piernas están bloqueadas, la espalda acumula tensión, hasta el último músculo, incluso esos que no se sabía en la víspera que uno tenía, duele.

En ese momento toda la responsabilidad recae en la cabeza: no hay mucho tiempo para descansar, en dos o tres días hay que hacer otra proeza, otro esfuerzo sobrehumano, otro maratón concentrado para el que hay que mentalizarse. Hay que aprovechar al máximo el período de descanso, estirar músculos, hidratarse convenientemente, comer bien pero no demasiado. Entre partido y partido la higiene de vida y la sensatez con claves: descansar, comer bien, dormir, mentalizarse. Prestar atención a los músculos que más sufren, no descuidar el resto, mantener la cabeza despejada y la mente clara. En pocos días, casi horas, otro desafío enorme, otra proeza.

¿Hablamos de los jugadores? ¡En absoluto! Ellos sabrán lo que tienen que hacer, que para eso tienen cuerpo médico y fisioterapeutas de guardia. Aquí hablamos de nosotros, que esto es agotador para el aficionado. Siguiendo una dieta rica en cerveza de lata, pistachos y patatas fritas, el aficionado debe tratar de sobreponerse a la tensión extrema de cada partido, al desafío para las rodillas que supone levantarse del sofá de sopetón cada vez que Diego Costa arranca a correr camino de la portería rival, al riesgo para pectorales y hombros que supone echarse las manos a la cabeza cada vez que Mario le da un pase medido a un rival. A estas alturas de la temporada el aficionado tiene delicadas las yemas de los dedos de tanto pelar pipas y tiene disparado colesterol, triglicéridos e índice de bocabits en sangre, sufre trastornos del sueño y experimenta hinchazón de pecho y fatiga en los músculos de la media sonrisilla cuando entra en la oficina los lunes. Un tormento, oiga.

Ya queda menos, señores. Un esfuerzo último y contenido, sean Vds perseverantes, aprieten los dientes y llenen las neveras. Tenemos una misión y no podemos defraudar a los chavales. Partido a partido, aperitivo a aperitivo, entre todos podemos.

jueves, 30 de enero de 2014

De insultos y meses asombrosos

Mucha de la gente que va al fútbol lo hace, aparentemente, para poder insultar en público y a voces. Es bien sabido que si uno insulta a gritos a un deportista profesional de un metro ochenta y cinco en medio del bulevar de la calle Ibiza, es un poner, es muy posible que acabe comiendo sopa con pajita durante un par de meses. Esto no es tan probable cuando uno insulta desde una grada o desde el interior de un coche, que esa es otra, pero aquí hablamos de estadios de fútbol.

Esa gente tan desconcertante que disfruta insultando a diestro y siniestro en la seguridad de que el insultado no subirá a saltos por la grada para medirle el lomo, no hace lo mismo cuando va al cine: no insulta al vampiro por morder al a víctima, ni al espía por olvidarse un microfilm en un ambigú. ¿Es el insulto a voces propio de cualquier espectáculo? Parece que no. No es propio de los espectáculos de masas per se, porque ni en los toros ni en el baloncesto ni en el ballet es común insultar a voces a toreros, pivots o primeros bailarines. Tampoco es algo característico de las gradas de estadio: en el rugby, que llena estadios del tamaño de los de fútbol, ni se insulta ni se falta al rival, sólo se anima al propio.  ¿por qué el fútbol tiene esa cosa tóxica, villanizante y ponzoñosa, que hace que una persona comedida en su día a día se vuelva loca de atar y se acuerde de la madre de los visitantes y de los ancestros de su localidad de origen única y exclusivamente cuando está en la grada de un estadio de fútbol? ¿qué tiene el fútbol?.

En el rugby, como saben, es tal el respeto por el visitante que cuando éste patea a palos para hacer puntos contra el equipo local, la grada calla para facilitarle la tarea incluso en su propio perjuicio; es toda una lección de fair play. Es cierto que esta preciosa y cívica práctica se está perdiendo y se conserva sólo en los países con más tradición, en los que nunca se abuchea o silba al pateador. Ante esta ola de malas formas, en algunos estadios se recuerda por megafonía que es tradición local guardar silencio cuando los pateadores, local o visitante, necesiten concentración. En el colmo de los buenos modos, en una ocasión el que suscribe escuchó este aviso por la megafonía del Aviva Stadium, antes Lansdowne Road, de Dublín; la multitud, irritada porque se les recordara algo que cualquier irlandés bien educado sabe desde pequeño, silbó y abucheó al propio aviso por inoportuno, innecesario y ofensivo para la decencia del respetable para luego, durante todo el partido, guardar silencio sepulcral cuando los pateadores, local y visitante, necesitaban concentrarse.

¿Viviremos algo así por nuestros campos algún día? Mientras esperamos, el sábado empieza el 6 Naciones: Dios bendiga a Brian O’Driscoll.
___ 

El Calderón es un campo en el que se insulta bastante, sin duda mucho más de lo que a uno le gustaría. En todos los campos se insulta, dirán Vds, y tendrán razón. En Balaídos, el Salto del Caballo, los Cármenes, el Nou Camp y San Mamés se insulta, es cierto, pero esos campos no son aquellos en los que el que suscribe pasa tantas horas. Por tanto, uno ni se siente capacitado para decir cuánto se insulta allí ni lo que allí se grita le preocupa tanto como los insultos que se producen en el Calderón, que al fin y al cabo son los que se oyen en nuestra casa, los que oyen nuestros invitados, aquellos de los que nos sentimos responsables por venir de las gradas donde se sientan los nuestros. Y eso que uno, ya lo imaginan Vds, es poco de insultar a menos que se le tutee, que entonces pierde el oremus: desde hace siglos, el linaje Fuentes tiene claro que, si se insulta, al menos que se insulte de usted.

En el Calderón, hay que reconocerlo, se insulta mucho y casi nunca de usted. Quizás se insulte más en otros sitios pero ni lo sabemos ni se trata aquí de hacer un campeonato de mala educación, que para eso ya hay tertulias deportivas en casi todas las cadenas de tv. En el Calderón, esto es así, se insulta a coro y se insulta a título individual, se insulta desde tribuna, fondo y grada, desde el primer anfiteatro y también desde el segundo. Se insulta al equipo rival, se insulta a jugadores visitantes y a veces también se insulta a jugadores propios. Se insulta al equipo contra el que se está jugando y también a otros contra los que se juega de vez en cuando. Se insulta a ciudades y a colectivos, a inmigrantes y catalanes, a vascos, valencianos y granadinos. A algunos visitantes se les llama paletos (qué cosas, oiga), a otros se les dice que su país no está en Europa y a los portugueses se les dice que Portugal es español, con musiquita de fondo. A veces los insultos conllevan un desafío gramatical, otras veces de acentuación: en ocasiones se cambia el género del insultado para conseguir la rima, a veces se acentúa la última sílaba de una palabra llana para lograr meter la palabra en su compás. Eso sí, en raras ocasiones se recurre al hipérbaton, la anadiplosis, el zeugma o la paragoge en la rima tribunera, en esto andamos cortos de recursos.

Cuando uno va al Calderón con un invitado del equipo rival, como acostumbra el que suscribe, lo hace con un punto de desconfianza y una ceja levantada, sabiendo que, bien la masa o bien algún exaltado, acabará por insultar al equipo, procedencia, ciudad de origen, sistema foral, tradiciones ancestrales, plato típico, apellido más común, acento característico, monumento representativo, baile regional, literato predilecto, general romano fundador, santo patrón, dulce local, escudo de armas, torero nativo, palo flamenco endémico o alcalde pedáneo de la localidad de la que procede el rival. Al Calderón, eso sí, uno va más tranquilo cuando el invitado mide dos metros cuatro y es segunda línea de los Springboks; en ese caso uno se asegura de que el insulto vendrá de unos cuantos metros más allá, mientras que los vecinos de localidad, incluidos los molestos Nuevos Abonados, mantendrán las distancias y las formas para mantener así, de paso, todas las piezas dentales. Si en cambio uno va al fútbol con un invitado bajito, ahí la cosa cambia.

Por todas estas cosas, el Calderón es a veces desagradable. Es especialmente desagradable cuando se insulta con saña y sin gracia, como es casi siempre el caso en estos últimos años. Más desagradable aun cuando se insulta a los muertos, esa línea que se sigue cruzando por más que a uno le asquee y asombre como el primer día. Hay quien piensa que insultar desde la grada es parte del fútbol, una forma de desconcentrar al rival, de meter presión. Uno, por el contrario, cree que la pasión, la presión y el ambiente, obviamente parte del fútbol y el espectáculo, pueden conseguirse sin faltar al respeto a nadie. En esto, como en tantas otras cosas, uno se siente cada vez más un marciano. Como en lo de insultar de usted.
____

Tanto se insulta en el Calderón, al parecer, que uno oye hablar de insultos gravísimos en el estadio incluso cuando no se producen. En los últimos tiempos uno ha escuchado en tertulias y redes sociales amargas quejas y airadas denuncias sobre insultos intolerables vertidos en el Calderón que uno, presente en el campo, nunca escuchó. Ocurrió por ejemplo en los dos últimos partidos contra el Sevilla en casa, en los que hubo denuncias sobre cánticos contra Antonio Puerta que uno nunca oyó en el campo (y gracias a Dios, porque pocos cánticos le resultan a uno más vomitivos que ese). Quizás alguien gritara, pero no fue en absoluto audible, ni común, ni mucho menos mayoritario. Quizás un insensato pegó unos cuantos alaridos cerca de un micrófono de ambiente y en la televisión dio la impresión de que había un fondo entero cantando. Quizás alguien quiso oír algo que le irritara y, a pesar de no escucharlo, dijo en un foro o en una red social que él lo oyó perfectamente y a ver quién demuestra lo contrario: esto es como poner en cuestión a aquél que afirma haber visto trabajando a Gonzalo Miró, a ver quién es el guapo que es capaz de presentar pruebas.

En los últimos tiempos parece fácil atribuir al Atleti y a su grada comportamientos de rufián, se produzcan o no. Aficionados y medios parecen salir de inicio con la idea clarísima de que el Calderón es un campo de tipos odiosos, así, sin más, porque sí.  En buena medida es una mala fama que se ha ganado la propia afición, quizás por seguir el juego a los más radicales, quizás por no acallar con suficiente vehemencia a la porción minoritaria que suele encabezar los comportamientos más reprobables, quizás por insultar a sus propios jugadores en ocasiones. Pero entonado el mea culpa en lo que a cada uno corresponda, parece exagerado e injusto convertir a la afición del Atleti en el paradigma de afición antipática, verbalmente violenta y ofensiva en sus comportamientos. Cómico, no ya exagerado ni injusto, resulta mantener que el Atleti es un equipo de pasado noble y presente macarra como hizo hace bien poco un periodista de El Mundo con vocación de fiel sirviente en castillo ducal; tampoco dedicaremos más tiempo al fulano, que ya le cayó lo suyo en su momento sin que tuviera demasiado arte para salir del paso.

A algunos, por cierto, ya nos ha tocado dar explicaciones que no nos corresponden cuando vamos a estadios de otras ciudades, algo altamente incómodo e irritante. Hagan pues el favor los de insulto fácil de pensar en los correligionarios a quienes toca emplearse a fondo para limpiar con lejía la buena imagen de la afición, el patrimonio de todos. Hagan también el esfuerzo los simplistas a la hora de catalogar visitantes, aquí y en todas partes.
___ 



Salió el Atleti al Nuevo San Mamés vestido la mar de mal, con un atuendo inapropiado para un día de estreno en ese estadio tan bonito al que aún le falta un trozo. Salió el Atleti con un equipo raro fruto de bajas notables: ni Tiago, capital en muchos de los partidos complicados del último tramo de liga, ni Arda Turán llegaban al partido por lesión. Para colmo de males, se lesionó nada más empezar uno de los jugadores más en forma y más importantes, fijo en su puesto y clave a la hora de salir hacia adelante, Filipe Luis; en su lugar salió Insúa, rodeado de dudas y dejando unas cuantas más por el camino.

Salió el Atleti con una media diferente, con Raúl García y Cebolla además de Gabi y Koke y con Diego Costa delante (más bien en un costado durante mucho rato) junto con Adrián, y la afición se preguntaba cómo iba a resultar el inédito invento cholero. El partido se antojaba duro, y duro fue. El Athletic, convencido de lo que quería y revestido de esa energía extra que el nuevo San Mamés le viene dando, hizo un primer tiempo intensísimo, sin dejar respirar, sin fisura. El Atleti por su parte, como viene siendo habitual en los últimos partidos, esperaba más atrás que en la primera vuelta de la liga, sin presionar tan arriba; jugando así, cuando roba, tiene por delante demasiados metros como para llegar con efectivos suficientes al ataque. Excepto, claro está, si se roba pronto y el que se va hacia adelante es Diego Costa.

Así ocurrió en el primer minuto, cuando Costa falló un gol de esos que suele marcar (también por mérito de Herrerín, que sacó bien el pie) y de nuevo casi acabando el partido, aunque esta vez sí marcó. Costa encaró al portero, le regateó y celebró el gol mandando callar al público, que es algo que está feísimo por antipático y prepotente y por ser propio de jugadores de esos que se señalan el número cuando andan rabiosos. El gesto, tela de feo, quizás fue la reacción de Costa ante los gritos de un número indeterminado de aficionados locales, no sabemos si mayoría o minoría, no sabemos si solo unos pocos cerca del micrófono de ambiente o toda la grada de lateral, no sabemos si en justa represalia por el partido de ida o envenenados por inconscientes que llaman al odio desde medios de comunicación sin medir bien las consecuencias más allá su minutito de gloria, no sabemos, en fin, si maleducados aficionados del Calderón disfrazados de bilbaínos, que se dedicaron a llamarle “hijo de puta” durante casi todo el partido. Qué feas cosas tiene el fútbol, y no sólo el Calderón.

Entre el fallo inicial de Costa y el gol final de Costa se vivió un partido de esos bonitos pero sin brillo, de pelea y táctica, un partido antiguo jugado con ganas y miedo a la vez, intenso bajo una manta de agua. El Athletic honró la competición peleando hasta el mismísimo último minuto, cuando quizás ya no tenía sentido, y el Atleti honró a su vitola de equipo duro y peleón de oficio, mandíbula apretada y determinación en cada choque, encajando como una roca cuando no puede revolotear como una mariposa y picar como una abeja. Si al Atleti le salvó Courtois gracias a un par de paradas prodigiosas y una salida de puños que casi acaba con Godín en el hospital, Herrerín sacó también algún balón complicado. Aduriz marcó de cabeza en un lance de esos que para el que suscribe no es falta (quizás sí para el árbitro, pero sólo cuando es en el centro del campo) y Raúl García volvió a marcar un gol importantísimo, esta vez con la zurda en remate mordido tras un disparo justo antes, también con la zurda, que paró bien el portero. En definitiva, un buen partido de fútbol vivido con ambiente y tensión de partido grande, que es lo que debe ser un Athletic – Atleti de Copa.

Con la victoria visitante en el Nuevo San Mamés, la primera que la grada inconclusa de Bilbao ve, el Atleti cierra con nota un mes de Enero complicadísimo. Tras empatar con el Barça y el Sevilla (este último quizás el resultado que más escuece por haber significado no ser líder en solitario), sigue adelante en Copa tras eliminar ni más ni menos que a Valencia y Athletic. Entre tanto, sigue el ritmo en liga gracias a victorias de menos relumbrón pero igualmente valiosas. Enero, fantástico, da lugar a un mes de febrero que da miedo: Real Sociedad en casa, semifinales de Copa y enfrentamiento liguero contra el tercer equipo de Madrid, eliminatoria de Champions contra el Milan. El equipo, con varios lesionados y mucha carga física, sigue manteniendo el tipo en todos los frentes y lo hace con nota gracias a la fe ciega en el partido-a-partido que muchos ya aplicamos en la vida diaria.

Hace dos meses mirábamos con pánico el calendario de enero, sabiendo que el equipo entraría en el valle físico esperado. Hoy, asombrados con el resultado, ya no sabemos si volver a mirar con pánico a febrero o, de una vez por todas, acabar de convencernos, como el Cholo, de que así podemos llegar a donde Gabi nos lleve. 

viernes, 11 de mayo de 2012

Días que nunca olvidaremos


Hay días que nunca olvidaremos, por lo bueno y por lo malo. Hay gente a la que le ha tocado vivir días horribles con los que nos gusta más pasar los días buenos, aunque sean días de alegrías pequeñas y sin trascendencia cuando se comparan con otras cosas. Nos alegra especialmente haber contribuido un poquito al alivio pasajero, aunque fuera sólo durante unas horas y a pesar de necesitar ser tranquilizados en vez de tranquilizar. Nos maravilla y nos hace poner sonrisa de medio lado pensar que el Atleti, ese ente inclasificable que no es mineral, vegetal ni animal sino casi divino, se sume a la causa de hacer más llevaderos aniversarios dolorosos como si fuera uno más del grupo, sobreponiéndose a malas gestiones y intereses bastardos para dar una alegría a uno de los suyos tirando de camiseta y orgullo, lo único que le queda al club expoliado. Porque el Atleti, que no es sólo un club de fútbol sino un montón de gente distinta que aparece cuando hace falta, que no es un equipo sino una forma de entender lo bueno y lo malo, que es una excusa estupenda para recordarnos de vez en cuando quiénes somos y dónde estamos, al final aparece cuando debe, tiene estas cosas que le hacen a uno levantar las cejas, hacerse preguntas y ladear la cabeza entre asombrados y cómplices, admirados ante el prodigio, agradecidos por la suerte de estar dentro de este bicho asombroso e inclasificable que llamamos Club Atlético de Madrid cuando en realidad nos queremos referir a su afición y sus jugadores, así, de rojiblanco, sin contratos ni despachos .



La calle


Para empezar, una afirmación sin matices: Bucarest, o al menos el centro de Bucarest, lo que hemos conocido, es un sitio estupendo. En Bucarest lo hemos pasado de maravilla, nos han tratado estupendamente, nos hemos muerto de risa y de felicidad y encima volvemos campeones. Ni jaurías de perros agresivos ni callejones oscuros y amenazadores; más bien miles de bares, cuidadísimas iglesias ortodoxas y edificios preciosos que lo serán aún más cuando se les pase una bayetita. Bucarest tiene un centro peatonal lleno de terrazas y de gente tomando cervezas, ambiente de pueblo latino y vida nocturna de ciudad universitaria, lo perfecto para una final europea aunque pille lejos, a trasmano y no sea Budapest, donde también ha ido alguno. La verdad es que el centro peatonal es casi todo lo que uno conoce de Bucarest, pero el recuerdo que guarda es estupendo.


Ocupando el centro (casi en sentido literal), la afición del Athletic de Bilbao. Si eran mayoría el martes por la tarde y noche, el miércoles eran mayoría aplastante. La afición del Atleti pareció llegar algo más tarde y concentrarse cerca de la Fan Zone que la organización había previsto para los nuestros mientras que los llegados de Bilbao y de muchos otros sitios se quedaron en la zona más céntrica. Excelente elección, por cierto. Uno, poco dado a ir donde le dicen y como saben interesado en ver aficiones de equipos rivales desde dentro, se quedó los dos días en cierta zona de Bucarest mucho más parecida a la calle Pozas que a Transilvania. Incluso el restaurante que todo el mundo buscaba, el más antiguo de Bucarest, el Cara´cu Bere, fue tomado por la afición del Athletic y era casi imposible encontrar algún aficionado del Atleti. ¿Imposible? ¡No! En medio de la marea bilbaína ondeaba el estandarte de la Peña Scotland, resistiendo orgulloso en medio de la afición rival como los pictos a los romanos al otro lado del Muro de Adriano, atrincherados en el piso de arriba, luciendo Cruz de San Andrés. "Si queréis nuestras cervezas, venid a por ellas", parecían decir. "Aquí abajo hay bastantes, si quieren Vds unas aceitunas ya nos dicen, pues", parecía responder la afición rival. Aquello fue una oda a la competición cervezera, una batalla histórica, oiga, la Batalla del Cara'cu Bere, que en el futuro glosarán bertsolaris, gaiteros y hosteleros rumanos nostálgicos de los buenos tiempos en los que los barriles de cien litros se agotaban en diez minutos.


La afición del Athletic, que como la del Atleti mueve muchísimas familias, abuelas, niños, lesionados, lactantes y sumillers, es una afición perfecta para encontrarse en una final y en un espacio reducido. Simpática, salada, amistosa y buena guía gastronómica (con especial mención en todos los campos a los aficionados de cincuenta para arriba, más contentos y graciosos aún que el resto), la afición del Athletic es altamente recomendable para estas ocasiones; si el Athletic y el Atleti organizaran un partido anual para celebrar la relación matriz-filial en, es un poner, Logroño, sería un evento fijo en el calendario de los aficionados al vino tinto y la polifonía. Uno tiene la impresión de que había cierta desconfianza hacia la afición rival por parte de ambos bandos, a ver de qué van estos, a ver si no hay problemas, esperemos que no haya provocaciones ni que meta la pata nadie. No ocurrió nada de eso, y cuando hubo un conato mínimo, un cántico poco amistoso (sin siquiera llegar a lo levemente insultante), ni fue seguido por la mayoría ni pasó a más. Lo que sí hemos compartido con la afición del Athletic de Bilbao han sido brindis, conversaciones, historias sobre nuestros equipos y su origen común, recomendaciones sobre bares y vinos y un montón de anécdotas y chistes. Un placer, una maravilla, lo que debería ser siempre.



Pero no sólo nosotros debemos estar agradecidos a la afición del Athletic, también la villa de Bucarest les debe mucho, y no sólo a ellos, también a los nuestros. El caso es de una trascendencia importante y de él se beneficiarán muchos turistas y locales en el futuro hasta convertir Bucarest en una meca a la que peregrinar, y si no, al tiempo. Y es que el martes, con los primeros aficionados llegando a los bares, tomarse un gin tonic en Bucarest era un poema. Vasos pequeños, poco hielo, un limón grandísimo, tónica caliente.


- Pero bueno, oiga, esto qué es,

- Un gin-tonic

- ¿Un gin-tonic, dice Vd? Anda ya, que venga el encargado.

- No está el encargado

- Pues entonces que venga el Alcalde

- Ahora no puede, le están regañando en otra mesa esos señores de Bilbao.


El martes, cada gin tonic que venía a la mesa se recibía con cejas arqueadas y una catarata de instrucciones: mal, mal, oiga, maaaal, el vaso más graaaande, el limón mas chiquitiiiito, más hieeeeeelo, menos tóóónica, así, así, ¿ve Vd? Muy bien, traiga otros siete. Pero un día más tarde, sólo un día, la machacona insistencia de ambas aficiones hizo mella en el hábil sector hostelero rumano y las cosas eran muy diferentes, Bucarest era un sitio renacido, un valle próspero, el testigo de una nueva era.


- A ver, oiga, tres gin-tonics cuando Vd pueda

- ¿En vaso grande, con mucho hielo, poca tónica y limón el justo?

- Si es así, traiga seis, oiga.





La grada



Una vez cerca del campo, y por primera vez rodeado de los suyos, uno siente cierto alivio. No es por haber estado en zona rival, sino porque según va subiendo la presión y los nervios, según se acerca el inicio, uno tiende a refugiarse en los suyos, en los que sufrirán como uno cuando empiece el baile, en los que, como uno, saben que el Atleti es capaz de hacer maravillas y de echar todo por la borda con idéntica facilidad. La entrada al campo tiene esa mezcla de saber que por fin ya estamos todos juntos y, a la vez, que ya llega el momento de pasarlo mal a ratos; Vds ya saben de lo que les hablo, oigan.



Y la afición del Atleti, aquella que tanto criticamos cuando insulta al visitante, cuando dice lo que no debe o no protesta lo suficiente, la que nos gustaría que fuera aún mejor y más ejemplar, en la grada no tiene rival. No hay forma de callar un fondo del Atleti, no hay minuto del partido en el que no se esté cantando y saltando, algo muy gordo tiene que pasar para que la grada enmudezca cinco segundos. Durante noventa minutos, con la única tregua del descanso, el fondo del Atleti fue un clamor constante, una sucesión de cánticos uno tras otro, a veces solapados, a veces a compás, a veces no. Los cánticos nacen de arriba y a la izquierda, de abajo, de un lado, de otro. A veces los lanza un aguerrido funcionario palentino que tardó 40 horas en llegar a Bucarest, otras veces un seminarista escapado por unas horas con la complicidad del profesor de Teología Sistemática, otras, una señora peinada de peluquería y con pendientes de perlas que, con los papeles perdidos, grita en honor a Arda Turán a pesar de quejarse siempre del ruido que produce el kebab de su portal, con el que a partir de ahora será mucho más comprensiva. La grada actúa como un único ser, al unísono en el caos, coordinada sin que nadie se ocupe de la coordinación, todos a una aunque nunca se hayan visto. Y lo hace todo el rato, todo el tiempo, se sufra o no, se gane o no, se pierda o no. Si uno quiere ver el partido calladito y sentado, si uno quiere charlar con el vecino de negocios o diseccionar tácticas con concentración y análisis, la grada del Atleti en día grande no es su lugar en el mundo. Gracias a Dios, así son las cosas.



La afición del Athletic, bullanguera y alegre todo el día, encajó mal el primer gol de Falcao y pareció más silenciosa y tímida de lo esperado. Tampoco ayudaba la acústica del estadio, que multiplica el sonido cercano y casi ensordece el que viene del fondo opuesto, pero la sensación fue luego confirmada. Quizás demasiado confiada en un triunfo sobre el Atleti, el gol cayó como un jarro de agua fría y los fantasmas de la derrota en vísperas de otra final contra un equipo dificilísimo parecieron pesar mucho. Tras el segundo de Falcao, poco a poco el fondo del Athletic se fue quedando en silencio y sólo durante unos minutos del segundo tiempo apretó un poco San Mamés. Para cualquier aficionado a un equipo, es imposible no sentir un escalofrío al ver las caras de la afición durante el partido, así como las imágenes de los congregados en el San Mamés de verdad. Por ellos, para desearles suerte en la final de Copa del Rey, irá nuestro próximo brindis. Queden en todo caso tranquilos los del Athletic; acaba de nacer en Madrid Manu, un leoncito con 50% de sangre bética que promete tardes de gloria por la banda izquierda. Al tiempo.



El Partido



El aficionado esperaba una final reñida y llegó el Atleti, que tiene estas cosas, y jugó un partidazo. En poco tiempo se puso por delante gracias a un gol estratosférico de Falcao y, lejos de hacer estas cosas tan suyas y tirar el partido por la borda, jugó de manera inteligente y contundente. Tres cero acabó el partido, y si Falcao mete otro u otros dos tampoco habría que haberse asombrado; qué cosas tiene este equipo nuestro.



Si Falcao fue el protagonista absoluto, como se encargan de repetir los diarios de medio mundo, es de justicia decir que el protagonista total fue el equipo. Nadie jugó mal, alguno jugó su mejor partido en el Atleti, todos pelearon, nadie se escondió. Courtois estuvo firme y seguro e hizo dos intervenciones clave, Juanfran anduvo cómodo y casi siempre superior a su par y Filipe Luis Filipe, Froilán para los amigos, hizo un muy buen partido con el que se empezó a quitar motes y prejuicios. Filipe Luis, hoy por fin sí, ha acabado la temporada fuerte e involucrado, mucho mejor que en partidos pasados y eso que no ha contado con ningún partido de reposo ni suplente de garantías. Filipe Luis, al que tantas veces hemos hecho rabiar, hizo un gran partido o incluso, siendo él, un partido gran partido. Aquí queda escrito, como es de justicia, y esperemos que sea el inicio de una progresión geométrica.



Partido enorme hicieron ambos centrales, Miranda y Godín. Llorente, la gran amenaza mediática que curiosamente no generaba tanta confianza en los aficionados del Athletic con los que hablamos del tema, se quedó en blanco gracias en parte al enorme partido de ambos defensas y gracias también al planteamiento del Cholo. Ni un balón lateral recibió Llorente, anulando así su gran y casi único recurso, y todo gracias a la labor del centro del campo y los laterales, que crearon un embudo difícil de superar para el rival; cuando el balón llegaba a Llorente, normalmente desde el centro, los centrales del Atleti estuvieron contundentes y sin fallos, concentrados, enormes. Simeone ató a los finos centrocampistas rivales y dejó más libertad de movimientos para Muniaín, que corría en horizontal con ese ritmo acelerado tan suyo sin que nadie le saliera al paso con facilidad; sólo cuando estaba apurado, aparecían tres centrocampistas del Atleti para robar y salir. Para esta tarea inteligente contó el Cholo con Gabi, jugador que claramente tiene carácter suficiente para tapar sus carencias en este tipo de ocasiones, dominador de espacios, tácticamente impagable y encargado de meter al resto del equipo en el partido cuando no se tenía el balón suficiente tiempo; en un par de ocasiones lanzó carreras suicidas destinadas únicamente a recuperar balones incluso para echarlas fuera, sólo para mandar el mensaje de que con el Cholo en el banquillo y él en el campo, no se relaja ni el acomodador.



Párrafo aparte esta vez para Mario Suárez. De Mario dudaban muchos, sobre todo el que suscribe. Uno no se fiaba de su frialdad, de su blandura, de su carácter para un partido así, de sus últimos partidos. Mario salió confiado y concentrado, hizo un partido extraordinario y, quizás para no quedar como un bobo tras ese tweet tan poco afortunado de hace unos días, calló la boca a muchos, sobre todo al que suscribe, que nos tragamos nuestras palabras con una felicidad extrema y rojiblanca. Mario fue clave en la recuperación y condujo el balón con calidad en varias ocasiones, no perdió el sitio y mantuvo a raya a los rivales que se acercaban a su parcela. Mario fue la sorpresa de la final y una alegría enorme para los que más manía le tenemos, hoy calladitos y la mar de monos, oiga.



En la parte de arriba, Arda jugó cuando quiso, que para eso es Arda, e hizo la jugada que acabó con el segundo gol de Falcao, un golazo tirando rivales al suelo por el camino. Adrián estuvo más apagado que otras veces pero, aún así, produce en los rivales una valiosísima sensación de pánico que ayuda a empujar hacia su área al equipo contrario. Diego, algo despegado del juego y de sus tareas defensivas el primer tiempo, se agigantó el segundo tiempo y mantuvo el balón, condujo contraataques y terminó marcando un golazo que trajo la tranquilidad a todos los que en esos momentos, desafiando a la lógica pero fieles a la personalidad del Atleti, aún pensábamos que aquello se podía perder. Diego se adornó en demasía un poco más tarde con un alarde innecesario y Simeone le cambió para que se llevara la ovación del respetable y el grito de "Diego, quédate"; nadie en el club hace tanto como Simeone para contar con un equipo competente el año que viene, qué cosas.



Y por último, aunque poco, Falcao. Falcao hizo un partido de jugador enorme, marcando dos golazos y casi un tercero. Inteligente, hizo astillas el frágil parapeto que supone Amorebieta, toda una ventaja para los rivales y una maldición para la Vino Tinto. Mantuvo con los centrales del Athletic un duelo de los de recordar, sin quejarse nunca, sin desfallecer nunca, sin dar nunca un balón por perdido a pesar de haber marcado dos veces. Una vez más, Falcao fue un fenómeno y no sólo por sus goles sino, sobre todo, por su entrega y compromiso. Gracias.



Un dato sobre el Athletic. Desarbolado por el Atleti, que fue mejor, lo intentó en varias ocasiones y quedó claro que la bola no entraría. En el fútbol pasan estas cosas, hay días que sí y días que no, y para el Athletic ese día fue no. Los goles de Falcao y el entramado del Cholo, junto con la constatación de que suerte no tenían, hizo entrar al equipo en fase de depresión; aún así, ni una patada, ni una simulación, ni una trampa. Esto, que parece una tontería, es muy inusual, muy honorable y muy importante.


También Simeone, que en el banquillo no muestra las formas broncas que en el campo tenía a veces, dispuso un precioso pasillo para el rival que, al acercarse a por su trofeo, recibió una ovación estruendosa desde el fondo del Atleti. Otro detalle muy valioso, para que tomen nota otros.


Neptuno


Mientras algunos volvíamos al centro de Bucarest a tomar champaña (que es como se llamaba antes el champagne) con algunos seguidores del Athletic, mucha gente bajó a Neptuno. Algunos comparan la emoción de vivir una final in situ con los pelos de punta que produce ver cómo, justo al final del partido, empiezan a salir de todos los rincones de Madrid camisetas y bufandas rojiblancas que se van uniendo, en ríos, con dirección a Neptuno. Los que no vivimos eso hace tiempo sentimos muchísima envidia de ese momento precioso y por eso nos irrita especialmente que no se pudiera vivir de nuevo. La plaza entera de Neptuno, nos cuentan, estaba acordonada, una medida sin precedentes, repleta de antidisturbios acorazados. El resultado es que la gente no pudo celebrar las cosas como antes, que familias enteras tuvieron que huir a la carrera para evitar que se aporreara a niños y ancianos y que los más inclinados a responder a provocaciones encontraran la excusa perfecta.



Conocida es la fobia del que suscribe a la policía blindada y malhumorada que acude a los estadios españoles, casi tan virulenta como la que padece hacia aquellos que van a este tipo de acontecimientos a provocar altercados y arruinar la fiesta al resto. Es curioso, no obstante, que en la mayoría de situaciones en las que uno ha vivido de cerca los problemas, la policía estaba especialmente agresiva; en Bucarest, sin ir más lejos, con diez mil aficionados por cada bando y una policía igualmente acorazada pero amable y cooperadora, no pasó absolutamente nada. Alguien debería pensar seriamente en esto.



Uno no entiende esta manía de la autoridad de obstaculizar las manifestaciones espontáneas de alegría y las celebraciones naturales. Uno, además, empieza a aborrecer estas celebraciones programadas con itinerario, speaker, pasarela, horario de imposición de bufanda, partitura y desfile de autoridades militares y eclesiásticas. Que el fútbol es cada vez más negocio y menos de la gente es obvio. Que en los estadios haya más ejecutivos y agentes que aficionados propiamente dichos es vergonzoso. Que ya hasta en la calle programen cuándo y dónde uno puede uno alegrarse so pena de recibir un porrazo en el cráneo, es ya lo último.



Los medios


Los medios, entusiastas en la exaltación del Athletic y sumisos a los intereses de la directiva del Atleti durante toda la fase previa al partido, aprovecharon el pitido final para especular sobre el futuro de los jugadores del Atleti. Con actitud más propia de la facción más odiosa de la afición del otro equipo grande de la capital, la prensa no dio ni un minuto de tregua. Ni un minuto dieron a los aficionados colchoneros para alegrarse, ni un sólo minuto sin hablar de despedidas, de fichajes por otros equipos, de ofertas millonarias procedentes de rivales odiados. Aquéllos que vieron el partido por la televisión que lo retransmitía en España han hablado de arcadas ante el tratamiento, y los que hemos podido ver las reacciones posteriores, no podemos más que denunciar el trato hacia los aficionados y la institución, ya que los encargados de hacerlo no dirán nada, como siempre.



Es una falta de respeto no permitir las celebraciones en la calle, es una falta de respeto convertir en noticia de primera plana lo que es un disgusto para la parroquia a los cinco minutos de un triunfo histórico. Los medios no respetan al aficionado y sólo mueven la colita esperando el trozo de información que manda la directiva, como un perrillo amaestrado, sin importarles si lo que dicen duele o no duele. Ríen las gracias y las meteduras de pata del presidente, alimentan los rumores más dolorosos sobre fichajes y tapan los agujeros negros de la gestión y los motivos para la vergüenza. Luego se quejan de la animadversión de la masa rojiblanca, luego se sorprenden y exigen el respeto que ellos nunca tienen hacia el aficionado de a pie.




Reflexión final, entrega de trofeos y exaltación de los valores rojiblancos (Ad Maiorem Choli Gloriam)



Contra viento y marea, centímetro a centímetro, el Atleti de Madrid, esto es, entrenador, jugadores y  grada, ha ganado un nuevo título europeo. A pesar de la gestión desastrosa, de las deudas, de los cambalaches, de los entrenadores títere, de la prensa sorda y muda, de la exaltación mística del rival y de nuestras propias carencias, esa camiseta con vida propia ha vuelto a convertir un collage de cedidos, nuevos, buenos y no tan buenos en un equipo campeón. Nos venderán lo que quieran, nos contarán milongas sobre presupuestos y fichajes, nos dirán que vendrá uno mejor o igual que otro, pero los que ahí estamos siempre sabemos bien lo que pasa, quién es en el fondo el motor de los éxitos y quién es el responsable de los fracasos, quién suma y quién resta en este club con directiva enana y grada gigante.



A pesar de los pesares, la camiseta de las rayas rojiblancas y el Cholo Simeone nos han devuelto a la gloria. Enorme es el mérito del Cholo, ese entrenador que vive el Atleti como nosotros, que se alegra como nosotros y sufre tanto o más que nosotros, el tipo duro que heredó una plantilla mal hecha y mal entrenada y la ha convertido en un equipo serio con un entrenador sensato y elegante. Pasará más adelante lo que tenga que pasar, veremos en qué se convierte el Atleti, pero, por ahora, gracias Simeone, gracias Atleti por hacernos tan felices a pesar de que te lo ponen tan complicado.


Nadie nos ayudó ni nadie nos ayudará. No era fácil, como no lo es nunca lo nuestro, pero es lo que elegimos, lo que somos y lo que nos gusta ser.


Ahí queda, para quien quiera oírlo, Aúpa Atleti.

viernes, 28 de octubre de 2011

Crónica recurrente de un partido ya contado


Marcó un gol de churro Llorente y, de repente, todo quedó claro. Hasta el momento del gol, el aficionado había intentado interpretar con criterios futbolísticos lo que se había visto en San Mamés, pero a partir de ese momento ya quedó claro que no merecía la pena. En ocho minutos, ocho, el Atleti recibió tres goles - uno de churro y dos goles como dos soles - que dejaron abierta de par en par la puerta del club para que se pudieran ver, una vez más, las miserias que lo pudren por dentro.

Salió el Atleti al césped de San Mamés con el enésimo equipo, la enésima combinación de jugadores y la enésima combinación cromáticamente despreciable. El aficionado, que no se puede decir que no lo intente, se interesaba durante los primeros momentos en entender cómo pretendía jugar el equipo. En partidos pasados intentó el aficionado ver quién jugaba dónde y con qué misión, abriendo larguísimos debates de bar con los compañeros de mesa sobre si lo que se veía era un rombo, un trivote o directamente un despropósito, terminando las conversaciones con esas reducciones a lo simple a las que necesariamente llevan las discusiones sobre temas difusos: pero entonces a qué llamas tú trivote, ah, a eso, yo es que a eso le llamo yo rombo, teniendo en cuenta que hay un tipo más adelantado por detrás de los delanteros, sí sí, ese mismo, ah, que a eso le llamas tú un 4-3-3, yo siempre le he llamado un 4-4-2, ya, ya, entendido, ponga entonces Vd otra, oiga.

Salió el Atleti sin Domínguez, para sorpresa del respetable. Domínguez no se vistió por lesión, según una televisión, y por decisión técnica según la televisión de al lado, que ya saben Vds que en este país nuestro hay televisiones regionales que, con dinero de todos, compran partidos para darlos al mismo tiempo que otra televisión en abierto. Domínguez ya sufrió lo suyo el año pasado con Quique Flores, aquel mal recuerdo con bufanda y sensaciones, y ahora parece enfrentarse a lo mismo con Manzano, ese mal presente con gafas y gorrilla de tractorista que no parece que vaya a durar mucho. No sabemos a ciencia cierta qué pasa ahora con Domínguez, si es cosa de su masa corporal, de su entorno o de su agente, pero sí sabemos que a fuerza de quitarle mucho y ponerle poco, su progresión se está resintiendo. También debe resentirse su ego al ver que es suplente por detrás de Miranda, jugador complicado de definir, rápido a veces y lento otras, bien colocado a veces y muy mal otras, capaz de cortar un ataque por anticipación y luego pegarle un patadón innecesario a un señor que pasa cerca o de regalar un balón letal y no defender dos cabezazos de libro, como hizo ayer. Más duro debe ser para el ego de Domínguez verse sentado en el banco mientras Godín destroza su carrera pasada, su caché futuro, los nervios de los aficionados y el paupérrimo entramado defensivo del equipo con fallos clamorosos como los de ayer: hasta cuatro errores incomprensibles para un profesional (salidas en falso, empujones a destiempo, retiradas a última hora del pie cuando el despeje era fácil ...) hizo ayer Godín, el pretendido por la Juve y el Chelsea según nos han contado. En breve, salió un Atleti tristísimo en defensa, y esto no es lamentablemente noticia.

Salió el Atleti sin Mario Suárez tampoco, posiblemente sancionado por la Unesco tras su foto con chaleco reflectante y gorra-sobre-matorral en la fábrica de Coca Cola. Volvió Assunçao a darle un poco de contundencia al centro del centro y se las vio él solito con todos. Assunçao, sin hacer un gran partido, al menos estuvo siempre en su sitio, corrió, tapó y recuperó lo que pudo. Tuvo errores, sí, pero quién no puede tenerlos jugando de medio centro en el Atleti, ese puesto sólo para héroes o para idiotas, ese puesto que acaba con las reservas físicas y mentales de cualquier jugador que no sea Hércules en menos de veinte minutos. Assunçao, eso sí, contaba a su lado con Gabi en lo que parecía un doble pivote para ese 4-2-3-1 que luego resultó ser más próximo a un sudoku que a un sistema de juego. Gabi empezó la temporada dando la sensación de que había vuelto de Zaragoza hecho un hombretón, mandando y pidiendo la bola y ofreciéndose a pesar de esa manía tan suya de darle el balón a un rival con un pase fácil cuando menos falta hace, pero al menos mostrando carácter y ganas. Poco ha durado. En San Mamés Gabi empezó como segundo pivote durante un rato, y tras unos minutos desapareció. Buscaba uno a Gabi por el campo y no estaba donde uno se esperaba, parece que está ahí, ah, no, está volviendo, ¿por qué vuelve ahora? nadie lo sabe, oiga, esto es inexplicable.

Por delante de Gabi, o al menos eso parecía, había tres jugadores. Arda Turán a un lado, Reyes a otro, Diego en el centro para dale balones al único delantero, Falcao, el Robinson Crusoe rojiblanco, el hombre más solo de la liga, el anacoreta de Santa Marta, el estilita sin columna aunque-todo-se-andará. De esta línea de tres, sólo Reyes hizo lo que de él se esperaba, esto es, nada. Reyes, tristón e inmóvil, sólo corrió rápido un par de veces, ambas para conducir el balón en horizontal, evitando uno tras otro defensas rivales y oportunidades de pase a compañeros. Fue sustituido entre malas caras y pucheros, y el mero hecho de que a esa mala cara no respondiera un capitán dándole un pescozón y diciéndole que acelerase ya debería preocupar a la afición tanto como la sequía goleadora.

En cuanto a los otros dos, tampoco hicieron lo que alguien podría haber esperado. Arda Turán tuvo diez minutos de omnipresencia y despliegue físico, pidiendo el balón, regateando, chocando con rivales y protestando al árbitro. Pareció querer el protagonismo del equipo pero duró poco su efervescencia, como si estuviera hecho de sal de frutas Eno. Cambió de banda con Reyes y, a ratos, apareció por donde menos se lo esperaba uno, en la banda contraria y junto a Reyes, tirando paredes cortas con Assunçao saliendo por el lateral opuesto, llegando a rematar al segundo palo. Al caos general se sumó, quizás no voluntariamente, Diego. Diego empezó encimando levemente a Javi Martínez o Iturraspe y luego bajó, subió, corrió lo que deberían correr también otros, pidió el balón, lo condujo y no hizo demasiado daño al centro del campo rival, muy cómodo y superior a la hora de defender. Quizás excitado o quizás perdido, también se animó Gabi a hacer la guerra por su cuenta y aportar lo suyo a la anti-coreografía, también apareciendo por aquí y por allá, por la derecha y por la izquierda, andando o resoplando. Si el plano se hubiera acercado, Gabi o Arda habrían aparecido boca abajo por la parte de arriba de la pantalla o muy muy lejos, reproduciendo casi fotograma por fotograma el papel del cantante del vídeo de Manha-manha, la canción de The Kop para McManaman y quizás la más fiel plasmación gráfica del centro del campo ideado por Manzano, a la vez que vídeo indispensable en todas las sesiones tácticas del equipo cuando se analiza el doble pivote (rosa).



La afición discutía sobre si los jugadores más indicados para hacer de coristas rosas son Assunçao y Gabi o Mario y Tiago hasta que, tras una pifia de Miranda y un remate de churro de esos que ahora se llaman semi-fallo, marcó el Athletic y se acabó la discusión. Ocho minutos más tarde, había marcado dos veces más, ambas gracias a remates de cabeza cómodos ante el perdido Miranda. El Atleti se deshinchó en pocos minutos como un pez globo estornudando y, de paso, terminó definitivamente con el poco crédito que le quedaba entre los más optimistas tras los primeros partidos en casa.

Comenzó entonces otro debate, como suele ocurrir al menos en cuatro o cinco fases de cada temporada del Atleti. Viendo lo mal que va el equipo ya, ¿hay que cambiar al entrenador? Pues puede, sí, eso parece que ocurrirá una vez más, y van cincuenta o setenta o cien, ya no sabemos. ¿Es el culpable el entrenador? Sin duda, es uno de ellos. ¿Son los jugadores los culpables? También, sin duda. Y el director deportivo, si es que pinta algo. Y el médico, y el masajista y también la afición, la afición mucho. Los culpables principales ya sabemos quiénes son, pero ahí siguen comiendo canapés en los medio tiempos, haciendo chistes de macizas y dando vueltas a la M-30 la mar de divertidos, con la emoción de esquivar esas pandillas que paran y le pegan a uno una paliza en el túnel tras bloquearle el coche.

El debate ya lo conocemos desde hace muchos años y ya casi es de la familia, tenemos fotos suyas cuando era chiquitito e iba vestido con faldón y también ahora, cuando es un hombretón con patillas y nuez. No echamos de menos el debate porque lo vemos bastante, más que a nuestros sobrinos y casi tanto como a nuestros amigos íntimos. Sabemos que cada verano el debate tendrá poca presencia gracias a diez fichajes nuevos con vitola de figuras, y que volverá a aparecer hacia octubre cuando vayamos novenos. Que desaparecerá en noviembre porque el equipo ganará cuatro partidos y perderán los rivales y nos colocaremos en puestos UEFA. Llegaremos a navidad más o menos arriba o al menos más arriba que en otoño y el pobre debate se quedará sin ir a ver al cartero real a la puerta del Corte Inglés y sin regalos. Luego, hacia final de enero, el equipo volverá a pinchar varias jornadas seguidas, aparecerán rumores de que los jugadores no cobran y que hay alguno que se quiso ir en el mercado de invierno. Engordará entonces el debate y se dejará melena, las radios recibirán llamadas de oyentes indignados pero cada vez con menos fuerzas, se publicarán en los periódicos listas de miles de entrenadores y jugadores contratados por el club y habrá tímidos gritos en el Calderón contra el palco. Saldrá entonces Caminero a dar explicaciones, incómodo y balbuceante, anunciando el fichaje de un desconocido jugador de la liga belga como millonario refuerzo de la plantilla para llegar así a Europa. Saldrá Gonzalo Miró poniendo ojitos de chino y haciendo risitas con los Manolos cuando se oficialice el debate en Noticias Cuatro. Si tenemos suerte, saldrá Cerezo diciendo disparates y terminando refranes con la mitad de otro refrán distinto, con la gracia que nos hace eso. Más adelante saldrán los mensajes de unión, las llamadas de las Peñas, ya protestaremos luego, ahora no es el momento, somos la mejor afición del mundo, miren qué pedazo de anuncio, oiga. La afición llamará "puta" al Sevillá y deseará que el Málaga se vaya a segunda, se reirá de Perea e irá cada vez menos al campo. Saldrá entonces Miguel Ángel Gil ante algún entrevistador sin ganas de polémica, con vocecita de no haber roto un plato, presentando cifras que nadie puede contrastar y estadísticas bochornosas que justifican que el Atleti de hoy obtiene la raíz cuadrada de pi tercios de los títulos que se obtuvieron en siete años elegidos al azar por el consejero delegado. Acabará la liga, con suerte se meterá el Atleti en Europa League pero a condición de jugar previa en Agosto, se anunciará una nueva ciudad deportiva y el inicio de las obras del estadio y el debate, cansado, se irá de vacaciones a Conil de la Frontera.

Ya han sido tantas las veces que nos hemos visto en esta situación que la afición empieza a valorar si lo que hay que cambiar es el propio debate. ¿Y si nos estamos equivocando de inicio? ¿Por qué seguimos analizando y discutiendo sobre el Atleti como si fuera un club deportivo, si ya claramente no lo es? Si no se utilizan los mismos criterios para analizar si es adecuado el sistema de almacenamiento de una mercería o de una central nuclear, ¿por qué seguimos hablando de esto como hacen en otros clubs, que son distintos al nuestro? ¿Merece la pena hablar de táctica, de 4-4-2 y 4-3-3 y dobles pivotes y enganches y volantes en esta situación? ¿No sería más adecuado hablar de formas baratas de descontar pagarés o de productos financieros populares en Singapur? Si el Atleti, como ya queda claro hasta en la nueva publicidad de la manga, no es un club de fútbol sino un vivero de jugadores, una agencia de mediación, una granja de engorde de futbolistas para que exploten en otro sitio ... ¿no debería ser tratado como tal? ¿Qué interés tiene llevarse un disgusto porque la planificación deportiva fue mala, si el objetivo no es ganar un título sino que alguno gane unos millones? ¿No será mejor ver los partidos con visera y manguitos de cajero de banco antiguo, haciendo cálculos de cuánto más vale Diego con cada regate o cuánto valor pierde Godín con cada cruce? ¿No será mejor cambiar el mando a distancia por la calculadora, el periódico deportivo por el económico, la pachanga con los amigos por visitas guiadas a la bolsa de Madrid? ¿No será mejor dejar esto de una vez y no ser cómplices de esta pantomima indigna y sucia?

La razón la saben Vds tan bien como nosotros, y es que simplemente no podemos. No podemos porque llevamos esas malditas rayas rojiblancas grabadas a fuego en el alma y no se nos quita fácilmente la rabia de ver cómo son maltratadas. No podemos porque nos pesa más la decencia y la rabia que la vergüenza y la desidia. Porque nos duele ver cómo se maltrata lo que fue el orgullo de nuestros padres y que, además, el maltratador sea un rufián. Porque todos y cada uno dejaríamos nuestros trabajos para dedicarnos, en peores circunstancias, a trabajar en el club de nuestra vida mientras vemos que los que allí trabajan ni lo sienten como suyo ni lo tratan con respeto ni lo ven como algo distinto a un limón al que exprimir hasta sacarle la última gota de zumo. Y por esto, hay quien se plantea otro debate. ¿No tiene más sentido, entonces, dedicar el dinero del abono al Atlético Club de Socios?

- Pues sí que estamos buenos ... ¿Y el optimismo, oiga?
- Pues aquí lo tengo, en esta caja de zapatos. Terminal, y empeorando. Un poema