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lunes, 31 de agosto de 2015

De despedidas y victorias importantes (completo)



1. Adiós, Mr Will Kane

De sopetón, un poquito antes de que empezara el partido, nos enteramos de que Raúl García no se vestía de corto. Qué raro, qué sorprendente, a ver si es verdad eso que decían de que el Athletic de Bilbao le había hecho una oferta y que, por primera vez desde que llegó al Atleti, se planteaba irse. La sospecha se convirtió en rumor y éste en runrún en las redes sociales y finalmente en posibilidad más que probable, en noticia, en confirmación oficial, en anuncio de los clubes y en disgusto para buena parte de la parroquia colchonera.

Raúl, que así a lo tonto llevaba 8 temporadas en el Atleti jugando unos 50 partidos por año, deja estadísticas de jugador grande y un saco de títulos en esta época dorada en la que sólo él ha estado presente cuando se han conseguido las 7 últimas copas. Deja también imagen de guerrero, de hombre de club, de maravilloso compañero de sus compañeros, de buen profesional, de tipo dispuesto a romperse la crisma en un partido de treintaidosavos de Copa con la misma fe que en una final de Champions. Deja duelos a cara de perro con rivales odiados y advertencias a los que se han atrevido a menospreciar la camiseta o el compañero, deja odio en alguna grada rival y el respeto y casi temor de todos los equipos contra los que ha jugado, que coinciden en que Raúl mejor al lado que en frente, mejor sentado que jugando en contra, mejor lejos del campo propio que mostrando malas pulgas en las visitas. Raúl deja goles importantísimos, partidos imponentes, algún fallo clamoroso, miles de kilómetros recorridos, cientos de choques en el cuerpo a cuerpo, muchas (quizás demasiadas) quejas al árbitro, algunas malas formas con rivales, sustos a la grada cada vez que se quejaba de haber recibido un golpe en su prominente nariz navarra. Deja también destellos de clase, tiros brillantes con las dos piernas, goles importantísimos, litros de sudor y horas con la mandíbula apretada con el único objetivo de hacer ganar al Atleti.

Y lo más admirable es que deja todo esto con brillo de jugadorazo pero en silencio, sin quejas cuando no jugó, sin declaraciones demagógicas cuando lo hizo bien, sin aspavientos cuando las cosas fueron bien o fueron mal. Raúl se va del Atleti con números de jugador histórico y modales de jugador antiguo de esos de barro en las medias y botas negras, sin alardes, sin reproches, sin tontunas. Raúl jugó donde se le pidió que jugara, le viniera bien o mal, y siempre cumplió, a veces con mucho esfuerzo, otras con brillo. Fuera de su sitio lógico, compartió doble pivote con jugadores limitados o directamente caraduras, apagando fuegos lejos de donde le gusta estar pero sin escatimar una carrera o poner una mala cara. Cuando Simeone le puso más cerca del sitio donde mejor funciona marcó goles e hizo partidazos y ningún momento se señaló el número ni reclamó gloria ni exigió su titularidad ni hizo guiños cómplices a la grada para poner en el disparadero a un compañero o al entrenador. Cuando jugó en una banda siempre coincidió con un buen partido de su lateral, incluso a costa de su propio brillo; cuando jugó de segundo delantero marcó y se fajó con todos, cuando tuvo que jugar de único punta mantuvo al equipo rival agobiado en la salida de balón. Cuando tocó defender Raúl era el primero, cuando un compañero estaba en apuros Raúl era el primero, cuando nacía una tángana con los rivales allí llegaba Raúl, con la nariz por delante, desafiando a que alguien osara tocársela.

Raúl ayudó siempre al equipo y ayudó, sin que la grada se diera cuenta, a que la grada entendiera que no todo son filigranas y portadas de periódico, que no todo son regates y rabonas, a que recordara lo que era un jugador de Club, a que entendiera más de fútbol. Raúl pertenece a ese grupo de jugadores al que la grada del Calderón, vehemente para lo bueno pero también para lo malo, criticó con crueldad cuando su cometido no era brillar sino echar carbón a la caldera. A Raúl se le ha pitado en el Calderón sin medida y sin razón, se le han negado méritos y resaltado defectos, se le ha afeado un mal control en el minuto 80 tras haber hecho un partido serio y competente hasta ese momento. La grada, injusta y cabezota, atribuyó con demasiada frecuencia a la suerte cada buena acción de Raúl, sin reconocer una calidad con las dos piernas que sorprende en un tipo de su arrojo y envergadura. La grada, no toda, despidió a Raúl en muchas ocasiones con pitadas generalizadas entre las que se distinguían, como flores en medio de un parking, a diez, doce, veinte, treinta tipos en pie aplaudiendo al que todos denostaban.

Pero con el tiempo, y con el Cholo, Raúl fue mostrando lo que siempre había sido y algunos no veían, hasta el punto de que, cuando las cosas se ponían feas, no era raro escuchar cómo los mismos que silbaban hace años  reclamaban la salida de Raúl al campo. Raúl y sólo Raúl, con el apoyo de los compañeros y el Cholo, convirtió el calvario de los primeros años en la admiración general e incluso el respeto, a regañadientes y muchas veces obligado por la fuerza de lo obvio, de los más críticos, de los más voceras, de los defensores de ese fútbol superficial que ensalza ídolos a los dos días de llegar sin mirar quién estuvo en los talleres desde el primer momento hasta que el carro se convirtió en bólido.

De pedir su venta a grandes voces a pedir su ayuda cuando entraban los malotes al bar, la afición fue poco a poco cambiando de opinión, lo que honra a Raúl por conseguirlo y al Calderón por hacerlo. Raúl se va ahora y deja una enorme sensación de vacío, la duda de a quién acudiremos para un roto o un descosido cuando los partidos se pongan duros, cuando se lesione un jugador con mal repuesto, cuando haya que hacer frente a las intimidaciones de los rivales. Se va Raúl y deja una buena papeleta a los compañeros: ¿quién asumirá su papel, sus galones? ¿Quién será capaz de transmitir al resto la confianza que daba el navarro? ¿A quién recurrirá el entrenador para las misiones complicadas, esas que requieren meterse tras la línea enemiga sin comida ni brújula armado con un sacacorchos? Y, sobre todo … ¿quién tendrá los santos cojones de salir a jugar en un campo helado a siete bajo cero en manga corta?

Se va Raúl y el que suscribe, que siempre mostró su admiración por el navarro, se lleva un disgusto y a la vez se queda contento. Disgusto por la pérdida de un jugador valiosísimo que nunca dejó de hacer lo que debía incluso en los momentos más difíciles, porque se va el mascarón de proa del equipo del Cholo, el que indicaba con la nariz dónde estaba la siguiente ola que había que romper a cabezazos. Contento por la despedida de la gran mayoría de la afición, por el sentimiento generalizado de respeto y agradecimiento que se vio en las redes sociales, porque se va al Athletic de Bilbao, donde muy mal se tendría que dar la cosa para que no sea feliz e importante en un club con esa solera y ese empaque, para disfrute de muchos amigos.

Se va Raúl y a uno le apetece despedirle con una ovación cerrada y en pie, viendo cómo incluso aquellos que se cebaron en sus defectos y tardaron en ver sus virtudes por puro orgullo o ignorancia, muestran en silencio su respeto como esos lugareños acobardados que no apoyaron al sheriff cuando llegaron los malos y ahora comprenden que fue él quien terminó por salvarles la vida. Y es que es el Will Kane de Zizur, el sheriff el que ahora se va, como siempre sin alardes, casi tímido, abriéndose paso entre una multitud vestida de rojo y blanco que se queda a la vez un poco más vulnerable y un poco más orgullosa por haber compartido años con un jugador honrado.

Gracias por todo, D. Raúl García Escudero. Fue un placer verle jugar con nosotros, fue un orgullo que se sintiera de los nuestros, fue una fuente de alegría saber que estaba siempre ahí dispuesto a ayudar para que nosotros disfrutáramos de las Copas. Mucha suerte en el futuro, vuelva Vd cuando quiera y llame de vez en cuando, que los chavales le echarán de menos. 





2. Suerte, oficio y ganas

Llegaba el Atleti a Sevilla a jugar el primer partido gordo del complicado inicio de liga que el bombo tuvo a bien señalar, y se encontró con un Sánchez Pizjuan remodelado y la mar de bonito, rojo rojísimo como San Mamés, estadio del que es difícil no acordarse cuando se ve el nuevo Nervión. El Sevilla ha tenido a bien darle un lavado de cara al estadio, como también ha hecho el Atleti, y ha aprovechado para poner entre los graderíos unas frases rimbombantes, muy del gusto del aficionado que en los últimos tiempos atribuye y espera del fútbol una solemnidad repentina que no se explican los psicólogos.

De un tiempo a esta parte se diría que hay una furia solemnizadora del fútbol que uno no se explica bien. Desde hace unos años los nuevos himnos son rimbombantes, tan rimbombantes como antes pero sin esa cosa inocente de los alabín alabán y rá-rá-rá sino con un deje un poco chocante a medio camino entre los comics de espada y brujería y las hermandades secretas. Los himnos de los centenarios de buena parte de los clubes de la geografía patria hablan de leyendas antiguas, de inscripciones en piedra en monumentos funerarios enterrados, de héroes con coraza y espada, de pueblos señalados por el dedo divino. Los equipos parecen de repente obsesionados con obtener en poco tiempo y por obra de la mercadotecnia la solemnidad y tradición que tienen los equipos ingleses, sean grandes o modestos, gracias a una cultura de conservar las tradiciones que aquí nunca se ha tenido. Así, de pronto, todo club saca pecho del pasado y hace guiños a su historia cuando nunca la respetó, y recupera escudos añejos, reclama copas desconocidas, hace aparecer por arte de birli birloque costumbres que nadie recuerda y llena su estadio y su web de frases campanudas y desafiantes.

Ayer podía leerse en el Pizjuan “Nervión no regala puntos” y “Dicen que nunca se rinde”, frases que sin duda proceden de himnos y tradiciones recientes que, a fuerza de poner en lugares destacados, el Club (entiende uno) quiere convertir en leyendas heráldicas de la afición sevillista. Otros clubes probablemente estén haciendo lo mismo y no nos extrañaría ver en breve leyendas similares: “Mestalla no paga traidores”, “Riazor bien vale una misa”, “Os quedáis con Las Gaunas”, “Los Pajaritos por aquí, Los Pajaritos por allá, lálálá lá”. Todo esto, que nos parece muy bien, nos resulta también algo infantil: las tradiciones son fantásticas, pero siempre que sean tradiciones, no decisiones recientes envueltas en un halo épico para enardecer a los más inocentes.

Querer convertir en solemne lo que siempre se ha considerado un pasatiempo de fin de semana puede resultar artificial; querer convencerse de que los equipos de cada uno son los Tercios de Flandes que defienden el honor de la ciudad frente a hordas bárbaras puede resultar peligroso y sobre todo ridículo (algo en lo que por cierto la afición del Atleti es bastante puntera). Sobre este tema, no viene mal ver qué han hecho en Twitter al respecto los aficionados del Celtic de Glasgow, uno de los equipos con más tradición e identidad del mundo, de los que no necesitan recordar a cada minuto lo auténticos que son para serlo en realidad, al recibir amenazas por Twitter de los aficionados del Fenerbahce. Para ello, consulten el hashtag #ThatsNotAKnife.
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Salió el Atleti la mar de guapo vestido y si no fuera por la cantidad de pegatinas blancas que lleva la camiseta suplente, se diría que iba vestido de infante de marina en traje de gimnasia, de sobrio azul oscuro y medias rojas. Hacía tiempo que el Atleti no tenía una segunda equipación azul oscuro liso, un color bastante atlético que Aquél Que Diseña Las Camisetas tiene a bien ignorar año tras año decantándose por ejemplo, como el año pasado, por un gris Panza de Burro en velado homenaje al color de pelo del presidente de la entidad. Desde nuestra modesta atalaya de control cromático damos la bienvenida a la nueva equipación, que además nos trajo suerte.

Porque el Atleti, hay que decirlo, tuvo suerte. No tuvo suerte al repeler el arreón inicial del Sevilla, que mostró ambición y fuerza durante los primeros diez minutos del partido, sino que  el Atleti se hizo con el control del partido por tesón y solidez, firmando un magnífico primer tiempo, serio y solvente. Sí tuvo algo de suerte en el primer gol, en el que Griezmann peleó como se espera de él un balón desde el suelo para, tras un rebote, sacar de punterita una pelota que le llegó cómoda a Koke, que se había incorporado tarde. También tuvo suerte en el segundo gol, a tiro lejano de Gabi que rebotó en el fantástico Krychowiak, eficaz todo el partido y que sin embargo contribuyó a la derrota por no apartar el lomo antes, qué cosas pasan. No tuvo tampoco suerte en el tercer gol, en el que Beto dejó claro que no está a la altura del resto del equipo y Jackson Martínez que tiene tiro de lejos, algo que no abunda en el Atleti de este año.

Y aún así, con suerte en dos de tres goles y con un rival con muy buena pinta, no puede decirse que el Atleti no mereciera ganar. Quizás no por 0-3, quizás de forma más ajustada, pero un empate se habría antojado muy corto aunque una amplia mayoría de seguidores rojiblancos lo habrían firmado antes del partido. Y es que el Atleti, que hasta ayer había dado la impresión de estar aún de pretemporada y sin ritmo para jugar partidos duros, mostró una imagen mucho más seria, más compacta y solvente de la que muchos esperábamos precisamente contra un buen equipo que ya había empezado su competición oficial unos días antes, en un estadio complicado en el que pasarán muchas fatigas los equipos grandes de la liga.

Y es que el Atleti hizo un partido poderoso, rechazando con autoridad el envite inicial del Sevilla, tomando luego el control del partido, gestionado la ventaja de un gol con solvencia y capeando el temporal de los primeros veinte minutos del segundo tiempo, en los que el Sevilla dio una muy buena imagen. Y todo esto, ¿por algo en especial? …. Pues sí y no. Porque el Atleti, en general, jugó bien y porque todos sus jugadores lo hicieron estupendamente. Lo hicieron bien los centrales, con mucho trabajo vista la idea del Sevilla de hacer llegar balones a Llorente, recién aterrizado en la liga y demasiado blando como para hacer dudar a la pareja uruguaya del centro de la defensa, y eso que llevaba Wonderbra. Jugaron bien los laterales y jugó bien Tiago, pero el resto jugaron aún mejor.

Gabi, y estas son grandes noticias, parece que vuelve a ser el Gabi de hace dos años, ese portento físico y agresivo que tira la presión, recupera balones y sale jugando. La presión de Gabi y la capacidad de Koke y Óliver Torres para recuperar y no perder balones convirtieron en un tormento para el Sevilla cada intento de salir jugando; por si esto fuera poco, la constante pelea arriba de Torres, incansable y solidario en su nuevo (aunque no desconocido) papel de portor de la estrella del tirabuzón y el triple mortal, y las bajadas a combinar de Griezmann cerca del centro del campo le dieron al Atleti el control del partido cuando hacía más falta, minando la moral del Sevilla, que vio reducidas sus posibilidades de éxito a un juego más directo y menos elaborado en el que Godín y Giménez están la mar de contentos.

Sumando las ganas de Óliver Torres a la hora de recuperar balones y hacer coberturas, la mayor implicación en el juego de Griezmann cuando andan cerca Koke y el propio Oliver y el poder intimidatorio de Torres primero y Jackson después, parece que el Atleti tiene grandes posibilidades de recuperar esa presión alta infernal de hace dos años, con una diferencia: si el año en que se ganó la liga el principal recurso era el balón largo a Diego Costa, con el plantel actual parece que a esa furia recuperadora le puede seguir un juego más combinativo y fino, más de toque y posesión entre los centrocampistas de más toque y Griezmann, que una vez más se antoja importantísimo en el esquema. Si se cumple lo visto hasta ahora en él, esto es, una mayor implicación en el juego a la hora de recuperar y esa gracia divina que le hace estar donde más peligro genera en cada jugada, el Griezmann de este año nos puede hacer ver al del año pasado como un burdo boceto.



El Atleti ganó pues con autoridad en un campo en el que no será fácil ganar para nadie. El Sevilla tiene muy buena pinta y con algo más de contundencia atrás y un portero más constante será un rival temible. Mientras tanto, el Atleti vuelve a casa con una papeleta aún más complicada, el Barcelona, que no parece en su mejor momento pero sigue teniendo a los mejores jugadores de la liga en muchos puestos. Para ese partido, eso sí, no estará el homenajeado en todos los goles de ayer, el 8, ese gran tipo al que  el Club ha dejado marchar porque se ha merecido, con los servicios prestados, poder elegir su futuro y contar con todas las facilidades desde el Atleti. Le echaremos de menos el próximo partido, que es de los duros, pero ahí estaremos, como siempre estaba el 8.

lunes, 13 de abril de 2015

Uno a uno ante el partido-a-partido que nos queda (II): los del medio

Gabi: quizás lejos del impresionante estado de forma del año pasado, pero no tan lejos como alguno comenta con insistencia, Gabi sigue siendo imprescindible en el centro del centro, por delante de los centrales, tras los jugadores más creativos. Algo más impreciso que el año pasado, perdiendo más balones de los que en él era habitual el año en el que se consiguió la Liga, con quizás algo menos de fuelle, es posible que Gabi haya acusado su complicada situación judicial y el hecho de que los jugadores y entrenadores rivales hayan analizado meticulosamente el sistema de juego del Atleti y el papel fundamental del capitán, lanzando la presión y adelantando toda la línea a su toque de corneta gracias a un fondo físico de maratoniano, una determinación de conquistador extremeño y un compromiso de legionario con tatuajes.

Quizás la carrera de Gabi, larga y compleja por haber sido entrenado para ser un talentoso creador de juego y lanzador de ataques teniendo que convertirse con los años en un pulmón defensivo con un carácter de roca, empiece a declinar; aún así, hoy por hoy y asumiendo que no está en el maravilloso momento del año pasado, Gabi sigue siendo un jugador magnífico muy útil para el equipo y, visto lo visto, sin sustituto de garantías.

Tiago: magnífico en lo táctico, entrenador en el campo y dueño de los tiempos y los espacios, Tiago está haciendo una temporada espectacular sólo lastrada por sus propias limitaciones físicas y algún partido en blanco difícilmente explicable. Tiago, que parece mucho mejor jugador que cuando llegó, manda en el centro del campo y resuelve en corto y algo menos en largo, desahoga a centrales y centrocampistas, ocupa los espacios con sabiduría de arquitecto urbanista y soluciona problemas con la eficacia del Señor Lobo. Por si esto fuera poco, ha sido clave en la estrategia de córners a favor y muy importante para defender los saques de esquina en contra, ha marcado goles importantes y ha sido la parte principal en muchas de las buenas actuaciones del equipo: se diría que cuando Tiago está bien, el equipo es más sensato, menos vulnerable, lee mejor los partidos, las fases de los mismos. Con Tiago el Atleti es más sereno, tiene las ideas más claras; con Tiago el Atleti es más preclaro, gana los debates televisados sin dar voces, se acuerda de los cumpleaños de todo el mundo y nunca aparca fuera de los límites de la plaza de garaje.

El problema al que se enfrenta Tiago es doble: por un lado su físico, nunca demasiado exuberante, que le pasa factura por cosas de la edad y por estar en un puesto en el que a menudo tiene que emplearse en defensa recuperando posiciones tras carreras largas; por otro, alguna que otra inexplicable ausencia de espíritu a pesar de estar físicamente en el campo, en ocasiones en las que ha sido incluso sustituido al descanso. Hasta en eso Tiago es sensato y profesional: si no está, queda claro a los tres minutos. Eso sí, hoy por hoy eso es lo excepcional y han sido mucho más numerosos los partidos en los que Tiago ha sido la materia gris y el gestor del Tetris ofensivo y defensivo del equipo que un jugador desbordado. Hasta ahora,  Tiago es indispensable en la media y un jugador con muchísimo peso en el juego del equipo.

Koke: una de las estrellas del equipo, uno de los orgullos de la cantera y la afición, un jugador que, a pesar de estar en un nivel altísimo, sigue mejorando casi día a día. Koke, que en un momento dado hace dos años lanzó señales de que quizás no sería capaz de llegar donde todos queríamos, recogió el guante y se lanzó con ganas y acierto a convertirse en un todocampista asombroso, notable alto en todo, completo en cada fase del juego. Hábil, técnico, con muchísima facilidad para el pase largo y para salir en corto, Koke además ha aprendido cómo ser casi inaccesible para los rivales que intentan quitarle el balón, que se topan con un experto en mantener la bola controlada en situaciones complicadas al que antes no conocían. Potente aunque no rápido, con muchísimo despliegue físico y mucha calidad técnica, a Koke sólo le falta un punto de mentalidad asesina para hacerse con los galones de Capitán General en el Atleti y la selección. Y ya empieza a mostrar esa personalidad, con ese gesto característico con la mano de pedir a los compañeros que espabilen para lanzar la presión.

Con una puntuación de 8,5 sobre 10 en prácticamente todo,  si Koke convierte más goles por temporada será sencillamente un jugador de leyenda que esperamos que pase toda su carrera en casa. Su presencia en el equipo, tan valiosa como añorada los partidos en que ha estado lesionado, se antoja imprescindible sobre todo en los días más complicados.

Arda: rara vez un tipo ha conectado tan rápido con grada y equipo, rara vez un tipo pone a todo el mundo de acuerdo en tan poco tiempo, rara vez un tipo tan simpático se hace tan simpático sin hablar una palabra del idioma local. Culibajo, con andares de ánsar y aspecto de gran jugador de dominó, Arda oculta con su físico lo que realmente es en el campo: un filigranero, un jugador de talento y pellizco, un bailarín, un artista. En el comando de asalto de Simeone, Arda es el encargado de abrir las cerraduras y cajas fuertes que ni los explosivos plásticos más potentes son capaces de dañar, y lo hace con facilidad, usando un cortaplumas y un clip deformado y además muerto de risa. Es el encargado también de hacer brillar la insiginia del capó de un equipo hecho de acero industrial y mentalidad de alto horno, de levantar murmullos de admiración en la grada, de llevar la sonrisa a la afición que ve el partido con mandíbula apretada y mirando el cronómetro, de hacer felices a los gruñones.

Arda tiene, como los toreros grandes, el don de parar el tiempo al recibir el balón, de que los aficionados despistados reciban un codazo del vecino cuando la bola se acerca a su zona de influencia, de generar la sensación de que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa y uno debe estar atento para decir "yo estuve allí". Excesivamente barroco en algunos casos (algo que se jalea desde ciertos sectores normalmente refunfuñones pero irremediablemente entregados a la causa turca con pasión de viuda joven y ceguera de adolescente enamorada), ausente en muchos tramos de muchos partidos, Arda se hace perdonar todo por varios motivos: su sorprendente fiereza al tirarse al suelo rebañando balones, su sonrisa gamberra cuando la pifia, su indudable carisma y conexión con la grada, sea regateando rivales, pelándose en un vestuario tras obtener una Copa o bailando cerca de Neptuno con sus gafas redondas de sol, su barba de califa y su sonrisa de tipo que sabe que hace feliz a los niños. Por todo eso, pero sobre todo por ser un futbolista diferente y magnífico, Arda es claramente titular en los partidos grandes, quizás suplente en los más asequibles para preservar así fresco su talento, con el mimo con el que se preservan las orquídeas.

Mario Suárez: Mario Suárez el Raro, el sorprendente, el desesperante, el jugador inexplicable. Con buen físico, buena técnica, buenos mimbres y una cabeza imprevisible, Mario alterna grandes actuaciones en partidos complicados con fases desastrosas en partidos cómodos. Mientras que en las ocasiones en las que no tiene tiempo y debe emplearse con contundencia parece siempre metido en el partido y capaz de sostener él solo la media, la relajación en la que entra en las fases más sencillas de los partidos más cómodos le convierten con frecuencia en un problema inesperado para el equipo. Capaz de dar un pase medido al contrario (algo recurrente en él) en el peor  momento posible, de perder balones en esos momentos en los que hay que hacer cualquier cosa menos perder el balón, de intentar corregir un error haciendo una falta clarísima y anunciada con estruendo antes de que ocurra que no hace más que empeorar las cosas, Mario es muchas veces un jugador desesperante.

Llamado a disputar el puesto a Gabi y/o Tiago y al menos a quitar minutos a estos dos, en la práctica Mario no consigue transmitir nunca fiabilidad o solidez en una posición en la que estas dos cosas son clave. Dado al pase horizontal arriesgado, capaz de llevarse un balón por calidad y fuerza y meter un fantástico balón profundo para, cinco segundos después, dudar a la hora de entrar al choque y provocar una contra peligrosísima en medio de un partido plácido, Mario desespera a la grada (y entendemos que al banquillo) con esa actitud displicente, fría, de quien se cree quizás mejor de lo que realmente es.

Mario, capaz de conseguir con sus propios errores el milagro repostero de pasar de helado a flan en dos minutos, no parece capaz de hacerse con el puesto en el equipo de sus amores, al que pertenece desde pequeñito. Y eso a pesar de la afición, que no desearía nada más en este mundo que ver a uno de los suyos llevando los galones en una media íntegramente canterana con Gabi, Koke y Saúl a su vera. Pero Mario, el Milagro Repostero, no parece haber convencido a casi nadie, ni a sí mismo probablemente, de que se su lugar en el mundo está en la posición de 5 argentino del equipo del Calderón. Una pena.

Raúl García: socorrido blanco de las iras de los amantes del xogo bonito y las cortinas de cretona, Raúl García parece haber recompuesto su complicada relación con la grada en los últimos tiempos, por más que haya siempre un grupo de irreductibles encantados con recordarle al Planeta Tierra en pleno que a ellos nunca les gustó Raúl García cada vez que falla un pase, para hastío del resto de la Humanidad. Raúl, importantísimo para el Cholo por su entrega, versatilidad e incapacidad para decir no ante cualquier desafío, por feo que sea, ha jugado una buena parte de los minutos en la primera mitad de temporada, si bien últimamente parece haber pasado a un segundo plano.

Poco estético en ocasiones, desesperante a fogonazos, valiosísimo en muchos más casos de los que a algunos les gusta reconocer, Raúl marca goles y defiende su parcela con solvencia, hace pases fantásticos y falla otros facilísimos, juega en punta y en banda y, si hace falta, se pelea con el administrador de la finca, acompaña a la madre de un compañero al dentista y cambia una rueda pinchada en medio de la tormenta de nieve, en manga corta, mientras el resto del pasaje tirita y reza a San Miguel Arcángel. Si no está bien y se le sienta, no protesta; si marca un gol importante, no se señala el número y pide un homenaje. Si hace falta jugar de segundo delantero lo hace, si hace falta jugar de medio centro lo hace, si hace falta jugar de interior lo hace. De central nos pareció verle un rato y no lo hizo mal, de portero probablemente se defienda, al parecer es bueno arreglando grifos y no hace nada mal el arroz con leche. En los (no escasos) días que está gris, normalmente, oh coincidencias, suele hacer un muy buen partido el lateral al que ayuda a cubrir banda y el día que está bien, qué cosas, hasta mete goles como si fuera un delantero.

Importante en los partidos feos en los que hay que salir a empujones de las montoneras e incómodo cuando la grada pide juego en letra Palmer de caligrafía inglesa, Raúl ha ido progresivamente cayendo en el feo vicio de protestar todo por costumbre, de irse al suelo en cada encontronazo, de llevarse las manos a su nariz, mascarón de proa de toda Navarra, de enzarzarse en discusiones eternas con rivales y árbitros, desconectándose a veces del juego. Lesionado tras jugar gran parte de un partido con una fisura en un hueso del brazo, a Raúl García no se le echó cuenta en un buen rato, en parte por haber acostumbrado él mismo a la grada a quejarse mucho, en parte porque de un tipo que sale a jugar a diez bajo cero en camiseta se espera que una fisura en un codo no sea ni motivo de comentario. Ahora que el equipo está inmerso en el tramo final del campeonato, con muchos partidos duros contra rivales complicados ante los que no hay que arrugarse, la presencia de Raúl en un puesto cercano al primer o segundo cambio - si no la titularidad en algunos casos - se nos antoja imprescindible por más que esto irrite a la inflexible Real Academia del Juego Bonito Según Nuestro Criterio, Que Es El Bueno. Por más que a veces nos desespere con malos controles y pases fáciles errados, por más que su juego no entre en el Canon de Pachelbel de la filigrana y la posturica, nos gusta que Raúl García esté en nuestro y equipo y, más aún, que sea uno de los nuestros.

Saúl: joven, algo impetuoso, demasiado arriesgado a veces y también talentoso, bravo y poderoso, ese es Saúl, joya de la cantera que por fin parece haber dado con la tecla para convertir su potencial en realidad, evitando un nuevo caso de oportunidad perdida. Hasta hace bien poco, sobre Saúl sobrevolaba una nube de dudas, como esa nube negra que sobrevuela a los tristes y los cenizos en los tebeos antiguos; últimamente, sin embargo, se ha hecho el sol sobre el cráneo de Saúl y sus últimas intervenciones llevan a pensar que se finalmente se acertó con la forma de gestionar su personalidad, a veces demasiado fogosa, y sus propias características de juego, tan generosas que hacen complicado encasillarle en un único puesto bien definido. Tras su paso por el Rayo, Saúl ganó presencia, experiencia y contundencia pero se desempeñó en tal cantidad de puestos que ahora parece más complicado reconvertirle en un único puesto. Saúl parece capaz de jugar de medio centro y también más echado a una banda o de centrocampista llegador: el perfil al que debería tender está a medio camino entre un Koke menos hábil y un Raúl García más selecto, más dinámico que el primero y más talentoso que el segundo, algo así como un centrocampista box to box de esos que tanto gustan en Inglaterra y tanto nos cuesta etiquetar por estos lares. A poco que Saúl siga creyendo en el trabajo que han diseñado para su progreso, tenemos buen centrocampista para rato y un muy buen recambio para varios puestos de la media en esta temporada.

Cani: sin puntuar, Cani ha jugado poco, incluso cuando lo más lógico parecía que jugara. Titular sorprendente en un partido, sorprendentemente en el banquillo durante todos los minutos de otros, Cani llegó con cartel de jugón (como no podría ser de otra manera) y el precedente del Principito Sosa. Simeone le ha utilizado hasta ahora menos que a Sosa, no sabemos si porque no pidió su llegada o porque no le convence. El caso es que sabemos de buena tinta que subirse en  marcha al tren lanzado que Simeone puso en marcha hace un par de años, en especial para jugadores finos acostumbrados a que el resto de jugadores hagan más trabajo sucio que ellos mismos; que se lo pregunten si no a Griezmann. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Crónica británica desde el Bajo Deva


Si uno tuviera que elegir un equipo favorito (además del Atleti, claro está) en esta liga de gigantes millonarios, clase media enfadadísima con todo el mundo y equipos en manos de directivas que no suelen caer en que los clubes de fútbol los formó la gente y que sin la gente no tienen sentido, tendría dudas entre dos. El primero, el Rayo y sus increíbles gestos hacia la gente de su barrio y la gente que les hizo grandes desde el campo, aumentados por los gestos que la gente del barrio, y en concreto esa señora admirable, les devuelve en forma de dinero recibido pero no usado para que otros sufran un poco menos. El segundo, claro está, es el Éibar.

Que Éibar, municipio de 27.000 habitantes, tenga un equipo en Primera sin más apoyo que el de sus propios vecinos es ya para recibir a jugadores y sobre todo aficionados con honores de Jefe de Estado. Que estos aficionados llenen un campo para 5.000 personas (que es casi el 20% de la población) resulta asombroso. Que los goles se celebren al sonido de la sirena de la fábrica que durante años despertó al pueblo es sencillamente fabuloso. Que Éibar sea el pueblo de las Lambrettas y de Gárate hace que a uno le sea imposible no ser un gran admirador del Éibar.

Y a todo esto el Éibar, con un presupuesto diminuto y, eso sí, ni una sola deuda, marcha pasada la primera vuelta cerca de los puestos europeos, lejos de los puestos de descenso en los que casi todo el mundo contaba con verle a estas alturas del campeonato. Y es que el Éibar, con buena parte del bloque que jugó en Segunda B y unos cuantos refuerzos modestos pero atinados, juega bien y puntúa en sitios donde no todo el mundo lo hace, no cose a patadas a los rivales, tiene jugadores interesantes y otros, como Arruabarrena, directamente admirables.

Vivimos con normalidad en una liga de periodistas desquiciados y aficionados contentos de desquiciarse con ellos, de peleas infantiles sobre detalles absurdos, de leyendas urbanas y campañas mediáticas de limpieza o embarramiento de la reputación de quién convenga según convenga, de jugadores de Lladró que hacen bailecitos y tiran besos para luego saltar con cara de herido de muerte cuando un rival pasa a menos de un metro de sus espinilleras de Swarovski, de conjuras y ouijas, de remontadas y excusas sonrojantes si las cosas no salen como se calculó desde la sala de reuniones del comité de dirección, de bulos irresponsables y llamadas a la exaltación que terminan en el recibimiento a botellazos del autobús visitante en nombre de la historia, el honor y esas cosas tan chocantes cuando caen en manos de predicadores y acomplejados. Y en esta liga que, puesta en perspectiva, resulta ridícula, sobreactuada, sobrecomercial e infantil, el Éibar brilla con luz propia gracias a su grada chica y baja, a los balcones llenos de gente de los edificios que rodean al estadio con la bandera colgando del alféizar, a su campo embarrado y su peña escozesa con zeta.

Uno desea al Éibar lo mejor de lo mejor y no puede evitar sonreír con cierta envidia al ver a ese equipo con aire de club setentero del Norte de Inglaterra en los 70, orgullo de zona industrial de las de hierro y carbón, club modesto pero honrado que ni debe dinero ni lo necesita para nada más que para pagar sueldos y no convertir los vestuarios en spas sino, como mucho, para reparar la sirena de la fábrica Alfa, si es que alguna vez se estropea. En esta liga de estrellitas e inversores extranjeros, un club de pueblo financiado por su gente que conserva a sus jugadores como si fueran joyas y a su sirena como si fuera un Stradivarius es aire fresco, un ejemplo, un lujo, una alegría. Una auténtica maravilla.

Aunque, bien pensado, a lo mejor lo que pasa es que es el Club de Gárate; quizás eso lo explique todo.

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Conectó la televisión con Ipurúa y lo que se veía era un campo embarrado con aspecto de sembrado a medio labrar y una cuarta de agua en algunos puntos estratégicos. De inmediato,  en las redes sociales (más bien en una, la del pajarito) no se leían más que críticas: menudo patatal, ahí no se puede jugar, qué vergüenza de campo, decía la muchachada enfadadísima desde el sofá, tecleando en su tableta de nosecuantas pulgadas. Mientras tanto, sin embargo, a los aficionados que recordamos el secuestro de Quini como un evento la mar de preocupante, se nos puso una sonrisa de medio lado.

Ipurua ayer, en efecto, parecía una anomalía en esta liga de campos perfectos, verdes con drenajes casi linfáticos, césped rasurado y con depilación brasileña y con pantone homologado por la LFP y las televisiones; y sin embargo, lo que ayer había en Ipurúa no era más que un campo de fútbol de los de toda la vida, un campo de rugby en invierno, un terreno de juego como aquél de Atocha. Y la nostalgia que nos entró a algunos no venía tanto por eso, que también, sino por vernos a nosotros mismos jugando en campos embarrados – de tierra cuando jugábamos al fútbol, de un césped teórico que era peor que la tierra cuando jugábamos al rugby, como el de Cantarranas – con camisetas empapadas, botas cuarteadas, cal en la frente tras despejar de cabeza en un córner y los lagrimales llenos de barro hasta un par de horas después de la ducha.

Los menos jovencitos recordamos haber jugado mil veces en campos similares con balones Mikasa, prodigio de la industria deportiva que cuando conservaba la cubierta impermeable era de una dureza comparable a las balas de cañón que hundieron en Trafalgar al icónico navío San Juan Nepomuceno, y que cuando la perdía tenía una capacidad de absorción de agua muy superior al de la esponja natural y la bayeta Vileda juntas, dándole un peso y densidad comparable al de una Enana Marrón, capaz por tanto de lesionar gravemente unas cervicales en un despeje o de dejar la marca de la costura durante días cuando uno tenía la mala suerte de recibir un pelotazo en un muslo en día de frío. Al ver el partido de ayer uno recordaba las tardes dándole grasa de caballo a las botas y al balón que, en el caso de ser el celebérrimo “Wallaby” de rugby, lo revestía de una película viscosa y resbaladiza que hacía imposible atraparlo sin que a uno se le escurriera entre los dedos, como si fuera una trucha vivita y coleando recién salida del río, y las medias de lana gruesa, atadas con un trozo de cordón de las botas, que con el agua  se iban empapando y empapando, bajando poco a poco por la pierna hasta dejar claro que ahí ninguno jugábamos con espinilleras, hombre por Dios, con lo molestas que son y para lo poco que sirven.

Y no se crean que hablamos de los años 30, oiga, que eso era así hace bien poquito. Lo que pasa es que tanta camiseta dry-fit, tanto baloncito de playa, tanta bota de colorines de plasticucho flexible y tanto campo de césped artificial han terminado por ablandar a los futbolistas de barrio y hacerles pensar que en un césped como el de ayer, en el que se ha jugado al fútbol y al rugby durante cien años, no vale para este deporte de tiquismiquis que tanto dinero mueve hoy en día. Les llega a oír Arteche, oigan, y no tienen sitio donde esconderse.
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Salió el Atleti al campo vestido de gris hormigón aluminósico y entre la lluvia, la grada y el barro aquello parecía una escena de una película de Ken Loach; y algo así les debió decir a los jugadores el Mono Burgos, porque el Atleti salió con oficio y disciplina de minero galés, que era lo que requería el partido. Cuando tras el primer toque el balón se quedó clavado en una zona en la que parecía que podía correr, y cuando tras el segundo el balón salió disparado cuando el espectador en pantuflas esperaba que se clavase, todos supimos que el partido podría ser una trampa y de las gordas.

En el Atleti, con cambios en la alineación forzados por la sobrecarga de partidos de algunos y las amarillas acumuladas en vísperas del importante partido del próximo día 7, jugó Moyá, bien peinado y pinturero incluso bajo el chaparrón guipuzcoano, y una defensa en la que sólo Godín pertenece al grupo de los indiscutibles: Giménez quizás no juegue cuando estén Godín y Miranda, Gámez es suplente de Juanfran y Siqueira es suplente de sí mismo. De Godín y Giménez no había dudas, porque por oficio y ganas trasmiten que lo mismo les da jugar a las tres de la tarde en Agosto que bajo una nevada en Aberdeen. Ambos lo hicieron bien y se desenvolvieron con especial comodidad en las montoneras que se formaban en los córners, verdaderas aglomeraciones que daban más sensación de multitud por quedar la grada de Ipurua bien pegadita a la portería. Gámez, de quien uno podía esperar un partido serio incluso en las condiciones climáticas escocesas con las que se jugó en Éibar, hizo un buen trabajo y mostró ganas, físico y capacidad de desborde hasta el final del partido, confirmando que su fichaje no fue ninguna tontería sino  más bien un refuerzo inteligente. Siqueira, por último, hizo de Siqueira y alternó esas carreras suyas con gesto de desconocer a qué distancia está el barranco con algunos controlitos y regates de fútbol sala, la mayoría inocuos, y una de sus especialidades: la falta inoportuna en mal sitio y mal momento, un lance que empieza a conocerse como la Siqueirinha o Golpe Franco Asiqueirado. Siqueira, enloquecido a ratos  y contumaz en su locura a otros, volvió a reivindicar la titularidad pero no propia, sino la de Ansaldi. Qué tío, Siqueira.

En el centro del campo salieron Raúl, Koke, Saúl y Tiago, todos en teoría indicados para un partido de brega y choque en la marisma salvo quizás Tiago. Tiago, jugador con poco físico que gusta de bajar el balón a tierra y levantar la cabeza en corto en día de sol mediterráneo y campo seco, no parecía el más indicado para un partido en el que hay que mirar el balón con cuatro ojos para evitar que se pare en mal sitio y se vaya donde quiera, un partido teóricamente de fútbol industrial, de alto horno. El resultado de esta apuesta ya lo conocen: Tiago fue el mejor. Inteligente, buscando siempre el espacio adecuado tanto para situarse como para pasar el balón, Tiago se manejó por el pantano con maneras de aligátor. Listo, oportuno y cabal, volvió a demostrar que cuando él está el equipo gana en sensatez y control del partido, en lectura de los tiempos y espacios, en fútbol al fin y al cabo. En un año en el que estamos viendo un Godín estelar, un Juanfran brillante (salvo en los últimos partidos), un Turán cegador y un Griezmann que empieza a funcionar al nivel que de él esperamos, quizás sea Tiago quien marque más veces la diferencia desde su puesto de mando camuflado en lo alto de la colina, no tan a la vista como las estrellas, pero tan importante como ellas a la hora de elegir cómo jugar los partidos.

Junto a él jugaron Koke, que mostró más frescura que en los últimos días, y Saúl, mucho mejor en el segundo tiempo, mostrando esas cualidades suyas de todocampista perfectamente capaz de gestionar con autoridad partidos en condiciones complicadas que debería desarrollar con modestia y tesón en vez de piar de vez en cuando, tomando como ejemplo a Koke, a Gabi, a Raúl, tipos con un peso futbolístico enorme que se ganaron ellos solitos los galones, sin refunfuñar ni desesperarse. Raúl en particular hizo ayer un partido enorme, pleno de brega y contundencia, dando un pase de gol a Griezmann tras un movimiento estupendo y huyendo, esta vez sí, de esas quejas exageradas y constantes con las que mancha sus partidos últimamente. Y eso a pesar de que Irureta se mostró enfadadísimo en un choque fortuito, uno no sabe si para sacar a Raúl de sus casillas y abocarle a esas discusiones tan suyas que duran quince minutos, o como resultado de la fama de bronquista que se ha ganado el navarro últimamente por su propia actitud rabiosa. Sea por lo que sea, bien haría Raúl en tomar nota y evitar situaciones negativas por el equipo fácilmente evitables en cuanto se ponga a ello y concentrase en actuaciones como la de ayer, algo que en Newcastle le valdría para que pusieran su nombre a una calle.

Y, para terminar, Griezmann y Mandzukic. El primero metió un buen gol tras una gran jugada de Raúl, aprovechando que por su lado no había trincheras y confirmó su adaptación al equipo y al medio; el segundo metió dos goles en un campo que se presuponía favorable a sus condiciones de juego de caballería pesada, en el que curiosamente mostró más detalles de técnica depurada que en otros terrenos más secos, para desesperación e irritación del bravo Lillo, que acabó harto del croata mientras éste disfrutaba del partido británico de lluvia, barro y lucha. Griezmann y Mandzukic, uno por la parte seca y a galope pinturero y el otro en pleno barrizal con brega de boxeador irlandés,  hicieron su trabajo estupendamente y contribuyeron decisivamente a que el Atleti cerrase el partido pronto, algo clave en un campo complicado y ante un rival bravo y peleón que, a pesar de los tres goles en contra, ni se dedicó a dar patadas ni a tirar la toalla antes de tiempo.

De nuevo tras una derrota o un revés, el Atleti dio un puñetazo en la mesa (algo que curiosamente suele ocurrir en los campos del Norte) y lo hizo dando una imagen convincente de juego, plantilla y adaptación al medio. En una semana en la que van a arreciar esas acusaciones de violencia y mal juego que el Atleti se entretiene en desmentir con hechos cada dos partidos, un golpe de autoridad y solvencia como el de ayer contra el gran Éibar es valiosísimo. Imaginamos que Gárate, en el aniversario de Luis, estará de acuerdo con esta apreciación.



miércoles, 12 de marzo de 2014

14 - 8 - 14

A veces, o más bien siempre, está bien ver las cosas desde fuera o al menos escuchar al que lo hace. Es recomendable, sano y revelador ver las cosas desde donde las ve otro, ponerse en el lugar del que no tiene ni el bagaje ni las explicaciones ni los motivos de uno mismo, intentar entender cómo son las cosas desde la perspectiva del otro, del que no piensa como uno, del que no sabe lo que uno, del que no es como uno, del que es diferente o simplemente viene de otro sitio.

Cuando se aplica esta máxima tan saludable a un partido del Atleti como el de ayer contra el Milan, uno repara con una sonrisa en las cosas que a uno le parecen normales, pero no lo son tanto. Cuando uno lleva al fútbol a un par de colegas de trabajo de otro país que nunca estuvieron en Madrid y les recoge en su hotel y les lleva dando un paseo por Ópera, por el Palacio Real, por la calle Bailén a la hora del atardecer y ve que se van parando en todas partes para hacer fotos, uno cae en que Madrid no está tan mal, sobre todo en primavera y hacia las siete de la tarde. Cuando luego sigue camino a pie hacia la Puerta de Toledo y, al ver cómo de todas las calles del barrio van confluyendo aficionados del Atleti con bufandas y camisetas y el ambiente va creciendo, los invitados comentan qué ambientazo, es increíble, todo el mundo lleva algo rojo y blanco, no sabía que en Madrid había esta pasión por este equipo, entonces uno empieza a darse cuenta de lo que tiene.

Cuando uno se toma un par de cañas en un bar de la calle Toledo y empieza a bajar hacia el campo con cada vez más gente en las aceras, cuando uno para en un puesto de bufandas y compra dos rojiblancas del Atleti, de las clásicas, de las de raya gorda y escudo al final, nada de innovaciones, y los invitados se las ponen tan contentos y te piden que les hagas fotos para que las suban a twitter y te dicen que la bufanda lucirá desde entonces en sus oficinas para que las vean todos, entonces uno empieza a caer en lo que realmente está pasando. Cuando hay que abrir camino entre una marabunta rojiblanca para buscar la puerta de entrada al estadio y ve conocidos y se da abrazos y los invitados dicen algo así como joder joder, ¿pero aquí os conocéis todos? ¿sois todos amigos o esto cómo funciona?, entonces uno siente una puntita de orgullo y de alegría que tarda bastante en desaparecer.

Cuando tras el partido uno va en busca de los invitados, al os que no se consiguió entrada en la misma zona por estar el estadio abarrotado, y los ve entre la masa que abarrota el punto convenido y éstos le reciben a uno con cara de asombro, sonrisa de oreja a oreja, grandes gestos de alegría y manoteo que indican madre mía, madre mía, uno sonríe. Cuando los invitados le estrechan a uno la mano y dicen qué partidazo Dios mío, qué ambiente más increíble, que cantidad de banderas y de gente, cuántos niños, cuántas chicas, ni un solo problema, qué maravilla poder venir a este estadio todas las semanas, qué suerte tenéis, a uno le brillan los ojos de alegría por pertenecer a donde pertenece. Cuando los invitados muestran su conmoción por lo que acaban de ver, qué equipazo, es increíble cómo corren, no paran, qué tormento para el Milan, debéis estar orgullosos, creo que aspiráis a mucho más de lo que pensáis, uno traga saliva, sonríe, disimula el orgullo exagerado del momento y contesta:

- Partido a partido, señores, partido a partido.
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14

En un partidazo en el que es complicado destacar jugadores, destacó uno. En un equipo en el que es complicadísimo decir partido tras partido quién es el líder, el alma, el ejemplo para un grupo que funciona como una máquina de demolición urgente, resulta que hay uno. En un día de emociones en el que el Atleti jugó estupendamente y la grada lució tan bonita como en los días más grandes, hubo alguien que generó más emociones que el resto.

En un día en el que Filipe Luis volvió a demostrar clase y buen momento y los centrales jugaron con cabeza y contundencia, en un día en el que Juanfran volvió a hacer un buen partido con uno de esos momentos de despiste tan suyos, hubo un tipo que deslumbró a la grada propia y rival y a quien veía el partido por la televisión. En el día en que Mario Suárez tuvo la enésima pájara y perdió varios balones hasta que, gracias a un vendaje rojo a modo de solideo cardenalicio, se vió iluminado por la Providencia y dejó de desesperar a todo el mundo, un compañero de línea hizo su trabajo, el trabajo que Mario olvidó hacer y, de paso, lo que el resto no eran capaces de hacer. El día en el que Koke hizo kilómetros y kilómetros y mostró temple y técnica y Arda marcó un gol de rebote importantísimo, ambos siempre tuvieron a su lado a alguien que terminó por eclipsarles. Incluso en el día en que Raúl García marcó un golazo de cabeza y casi marca un golazo histórico de chilena y Diego Costa marcó dos goles a cuál más bonito, el protagonista fue otro.

El protagonista no fue Sosa, que salió de refresco y mostró más ritmo y clase que en partidos anteriores, dejando buenas vibraciones sobre su progresión. Tampoco fue Diego Ribas, controlón y cómodo en su papel de custodio del balón cuando hay que guardar la bola lejos del fuego enemigo. No fue el Cebolla, rapidísimo al salir desde la grada, mostrando un hambre que deja claro de qué se habla en ese vestuario en el que hay tortas por entrar, algo inaudito en este Club desde hace años.

En el día en el que todo lo anterior ocurrió, en el día de los miles de banderas y el lleno hasta la mismísima, en el día de la goleada a un Milan que, sin ser el mejor de su historia ni mucho menos no dejó de ser el Milan, en el día en el que el Atleti pasó a cuartos de final de la Champions League dejando una imagen de equipo poderosísimo y concentrado, de equipo de tipos comprometidos, de equipo de fútbol que juega como un equipo de rugby, el protagonista fue el que mejor encarna ese espíritu, ese objetivo, ese grupo. El protagonista robó balones, corrió kilómetros, anduvo al quite cuando los compañeros fallaron, hizo pases de gol y casi rompe un poste de un derechazo tras correr 70 metros a ritmo de velocista.

El protagonista, el capitán, es un ejemplo y un orgullo, una suerte y una bendición. El protagonista, el capitán, es de la casa y lleva el 14 a la espalda.

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8

Tras meses de competición, muchas victorias, ninguna derrota y un solo empate, el Atleti entró ayer por méritos propios y por la puerta grande en el grupo de los 8 equipos más en forma del momento en Europa. Uno entre ocho, ahí es nada, oiga.

El Atleti, por el que nadie nunca dio un duro hasta que llegó un tipo con un pelo caprichoso y un segundo con mal genio, muchos kilos, un anorak y un cronómetro, echó abajo la puerta del club de oficiales, se sacudió el polvo y pidió una cerveza fría, clavándole los ojos al camarero con la autoridad del que ha toreado en plazas mucho peores y la sed del que sabe que ahora empieza lo bueno. El Atleti llegó el primero al bar donde sólo caben ocho, aparcó el land rover lleno de barro en el espacio que normalmente ocupan deportivos carísimos con tapicería de cuero y, en vez de dejar las llaves al aparcacoches, se las guardó en el bolsillo junto al alicate mil-usos, un trozo de cuerda y un mosquetón. Ahora queda saber qué pasará en la próxima ronda de la ruleta, en unos días.

Antes, y como credencial para entrar en el exclusivo club, el Atleti colgó en el perchero de la entrada los resultados de ambos partidos contra el Milan, gran campeón europeo en días bajos. El Atleti colgó de una percha un partido solvente con pinta de guardapolvos de trabajo y, de la otra, un partido soberbio con goleada y solapas de astracán; ambas prendas, por cierto, sin ni una sola mancha, sin ninguna acción fea del Milan quien, especialmente en el partido de ayer, se comportó con el señorío del que presumen muchos que no pueden presentar nunca una hoja de partido sin mácula como la de ayer. Ni una mala patada dio el Milan, quien paró el juego a voluntad propia cuando algún jugador estaba en problemas y devolvió caballerosamente los balones, quien llegó a cortar un ataque propio al ver Abate que Diego Costa se había ido al suelo al ejercer de barrera con la zona media de su anatomía. Fuera quizás por influencia del gran Abbiatti, tipo majo y educado, o quizás cosa de las buenas maneras de Seedorf en rueda de prensa, o puede que por tener los jugadores italianos un especial respeto por la figura del Cardenal Primado de Toledo del que ayer se disfrazó Mario Suárez durante un rato, el caso es que el Milan tuvo un comportamiento admirable que desde aquí agradecemos, al igual que reprobamos los insultos vertidos hacia los seguidores milanistas desde parte del estadio cuando estos, al menos aparentemente, no habían hecho nada para merecerlos.

El mismo día, por cierto, en que el Atleti volvía a formar parte del grupo de los ocho equipos más fuertes de Europa, un tipo con el ocho a la espalda demostró ser también uno de los más fuertes que uno ha visto. El tipo del ocho a la espalda, que lleva en el Atleti ya demasiados años como para tener que ganarse el respeto en cada partido, volvió a hacer un partidazo en lo físico y en lo táctico, mostrando una disciplina y un compañerismo para enseñar en las escuelas. Al tipo del ocho a la espalda se le ha pitado, se le ha ignorado, se le ha criticado y se le ha faltado muchas veces al respeto. En ocasiones ha merecido críticas, en ocasiones éstas no han tenido ningún fundamento ni han respondido a ninguna lógica, en algunos casos han sido entendibles, en otros han rozado la crueldad. A pesar de todo eso, el tipo del ocho a la espalda lleva muchos partidos ya siendo importantísimo para el equipo y parece que le quedan otros tantos. Ayer, tras un gran gol y un vice-gol memorable, tras un despliegue físico y un rigor táctico asombroso, tras ser un compañero excelente en un equipo de excelentes compañeros, se retiró al vestuario entre ovaciones estruendosas y escuchando al público, antes tan crítico y a veces tan cruel, cantando su nombre. En ese momento algunos nos miramos con ojos de decir “quién nos lo iba a decir”; otros, con gesto de “se merece este momento, quizás nos pasamos con él”; todos, en fin, con cara de pensar “mucho mejor así, ahí va otro tipo que merece la pena, gracias de nuevo”.

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14

Gracias entre otros al tipo del 14 a la espalda y al tipo que lleva el 8, y gracias también a casi todos los que forman una plantilla corta pero de mandíbula apretada e ideas claras, el Atleti lleva meses dando montones de alegrías, toneladas de alegrías, volquetes de alegrías a sus seguidores. Las alegrías que se lleva la afición no tienen sólo que ver con las victorias y los goles, con el puesto en la clasificación y los títulos, con el buen juego y los lunes de alegría en la oficina.

Además de todo lo anterior, además de los abrazos en la grada y el canturrear el himno inconscientemente cuando se seleccionan pomelos en la sección de frutería del hipermercado, además de las horas pasadas ante el ordenador leyendo blogs y crónicas y páginas de vuelos baratos a destinos futbolísticos, lo que realmente emociona al aficionado es esa sensación de entrega total y conjunta, de comunidad de ideas y de fe ciega en ellas, de compromiso con la causa que todos los jugadores demuestran. El aficionado vibra y casi hace pucheros cuando ve a todos los jugadores basculando a la vez, buscando siempre tapar el hueco que dejó el compañero que salió a presionar al rival, renunciando una y otra vez al ataque por no dejar la espalda desguarnecida, corrigiéndose y animándose los unos a los otros, haciendo lo que cada aficionado haría, corriendo hasta la extenuación como cada aficionado haría, llevando las rayas y el escudo con la dignidad con la que cada aficionado sueña hacerlo.


Y esto, tan sencillo pero tan raro de encontrar, tan simple pero tan increíblemente emocionante, es cosa de otro tipo que, como aquél que arrastra compañeros con su ejemplo, jugó en el Atleti con el 14 a la espalda, entre otras muchas también la última vez que el Atleti se coló en el bar de los ocho más fuertes de Europa. Eso sí, este 14 ahora lleva chaqueta y corbata, aunque sigue teniendo ese mismo genio de mil demonios que parece haber contagiado a esos jugadores y grada que ahora mismo le seguirían, sin dudar, a la mismísima puerta del infierno. 

jueves, 30 de enero de 2014

De insultos y meses asombrosos

Mucha de la gente que va al fútbol lo hace, aparentemente, para poder insultar en público y a voces. Es bien sabido que si uno insulta a gritos a un deportista profesional de un metro ochenta y cinco en medio del bulevar de la calle Ibiza, es un poner, es muy posible que acabe comiendo sopa con pajita durante un par de meses. Esto no es tan probable cuando uno insulta desde una grada o desde el interior de un coche, que esa es otra, pero aquí hablamos de estadios de fútbol.

Esa gente tan desconcertante que disfruta insultando a diestro y siniestro en la seguridad de que el insultado no subirá a saltos por la grada para medirle el lomo, no hace lo mismo cuando va al cine: no insulta al vampiro por morder al a víctima, ni al espía por olvidarse un microfilm en un ambigú. ¿Es el insulto a voces propio de cualquier espectáculo? Parece que no. No es propio de los espectáculos de masas per se, porque ni en los toros ni en el baloncesto ni en el ballet es común insultar a voces a toreros, pivots o primeros bailarines. Tampoco es algo característico de las gradas de estadio: en el rugby, que llena estadios del tamaño de los de fútbol, ni se insulta ni se falta al rival, sólo se anima al propio.  ¿por qué el fútbol tiene esa cosa tóxica, villanizante y ponzoñosa, que hace que una persona comedida en su día a día se vuelva loca de atar y se acuerde de la madre de los visitantes y de los ancestros de su localidad de origen única y exclusivamente cuando está en la grada de un estadio de fútbol? ¿qué tiene el fútbol?.

En el rugby, como saben, es tal el respeto por el visitante que cuando éste patea a palos para hacer puntos contra el equipo local, la grada calla para facilitarle la tarea incluso en su propio perjuicio; es toda una lección de fair play. Es cierto que esta preciosa y cívica práctica se está perdiendo y se conserva sólo en los países con más tradición, en los que nunca se abuchea o silba al pateador. Ante esta ola de malas formas, en algunos estadios se recuerda por megafonía que es tradición local guardar silencio cuando los pateadores, local o visitante, necesiten concentración. En el colmo de los buenos modos, en una ocasión el que suscribe escuchó este aviso por la megafonía del Aviva Stadium, antes Lansdowne Road, de Dublín; la multitud, irritada porque se les recordara algo que cualquier irlandés bien educado sabe desde pequeño, silbó y abucheó al propio aviso por inoportuno, innecesario y ofensivo para la decencia del respetable para luego, durante todo el partido, guardar silencio sepulcral cuando los pateadores, local y visitante, necesitaban concentrarse.

¿Viviremos algo así por nuestros campos algún día? Mientras esperamos, el sábado empieza el 6 Naciones: Dios bendiga a Brian O’Driscoll.
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El Calderón es un campo en el que se insulta bastante, sin duda mucho más de lo que a uno le gustaría. En todos los campos se insulta, dirán Vds, y tendrán razón. En Balaídos, el Salto del Caballo, los Cármenes, el Nou Camp y San Mamés se insulta, es cierto, pero esos campos no son aquellos en los que el que suscribe pasa tantas horas. Por tanto, uno ni se siente capacitado para decir cuánto se insulta allí ni lo que allí se grita le preocupa tanto como los insultos que se producen en el Calderón, que al fin y al cabo son los que se oyen en nuestra casa, los que oyen nuestros invitados, aquellos de los que nos sentimos responsables por venir de las gradas donde se sientan los nuestros. Y eso que uno, ya lo imaginan Vds, es poco de insultar a menos que se le tutee, que entonces pierde el oremus: desde hace siglos, el linaje Fuentes tiene claro que, si se insulta, al menos que se insulte de usted.

En el Calderón, hay que reconocerlo, se insulta mucho y casi nunca de usted. Quizás se insulte más en otros sitios pero ni lo sabemos ni se trata aquí de hacer un campeonato de mala educación, que para eso ya hay tertulias deportivas en casi todas las cadenas de tv. En el Calderón, esto es así, se insulta a coro y se insulta a título individual, se insulta desde tribuna, fondo y grada, desde el primer anfiteatro y también desde el segundo. Se insulta al equipo rival, se insulta a jugadores visitantes y a veces también se insulta a jugadores propios. Se insulta al equipo contra el que se está jugando y también a otros contra los que se juega de vez en cuando. Se insulta a ciudades y a colectivos, a inmigrantes y catalanes, a vascos, valencianos y granadinos. A algunos visitantes se les llama paletos (qué cosas, oiga), a otros se les dice que su país no está en Europa y a los portugueses se les dice que Portugal es español, con musiquita de fondo. A veces los insultos conllevan un desafío gramatical, otras veces de acentuación: en ocasiones se cambia el género del insultado para conseguir la rima, a veces se acentúa la última sílaba de una palabra llana para lograr meter la palabra en su compás. Eso sí, en raras ocasiones se recurre al hipérbaton, la anadiplosis, el zeugma o la paragoge en la rima tribunera, en esto andamos cortos de recursos.

Cuando uno va al Calderón con un invitado del equipo rival, como acostumbra el que suscribe, lo hace con un punto de desconfianza y una ceja levantada, sabiendo que, bien la masa o bien algún exaltado, acabará por insultar al equipo, procedencia, ciudad de origen, sistema foral, tradiciones ancestrales, plato típico, apellido más común, acento característico, monumento representativo, baile regional, literato predilecto, general romano fundador, santo patrón, dulce local, escudo de armas, torero nativo, palo flamenco endémico o alcalde pedáneo de la localidad de la que procede el rival. Al Calderón, eso sí, uno va más tranquilo cuando el invitado mide dos metros cuatro y es segunda línea de los Springboks; en ese caso uno se asegura de que el insulto vendrá de unos cuantos metros más allá, mientras que los vecinos de localidad, incluidos los molestos Nuevos Abonados, mantendrán las distancias y las formas para mantener así, de paso, todas las piezas dentales. Si en cambio uno va al fútbol con un invitado bajito, ahí la cosa cambia.

Por todas estas cosas, el Calderón es a veces desagradable. Es especialmente desagradable cuando se insulta con saña y sin gracia, como es casi siempre el caso en estos últimos años. Más desagradable aun cuando se insulta a los muertos, esa línea que se sigue cruzando por más que a uno le asquee y asombre como el primer día. Hay quien piensa que insultar desde la grada es parte del fútbol, una forma de desconcentrar al rival, de meter presión. Uno, por el contrario, cree que la pasión, la presión y el ambiente, obviamente parte del fútbol y el espectáculo, pueden conseguirse sin faltar al respeto a nadie. En esto, como en tantas otras cosas, uno se siente cada vez más un marciano. Como en lo de insultar de usted.
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Tanto se insulta en el Calderón, al parecer, que uno oye hablar de insultos gravísimos en el estadio incluso cuando no se producen. En los últimos tiempos uno ha escuchado en tertulias y redes sociales amargas quejas y airadas denuncias sobre insultos intolerables vertidos en el Calderón que uno, presente en el campo, nunca escuchó. Ocurrió por ejemplo en los dos últimos partidos contra el Sevilla en casa, en los que hubo denuncias sobre cánticos contra Antonio Puerta que uno nunca oyó en el campo (y gracias a Dios, porque pocos cánticos le resultan a uno más vomitivos que ese). Quizás alguien gritara, pero no fue en absoluto audible, ni común, ni mucho menos mayoritario. Quizás un insensato pegó unos cuantos alaridos cerca de un micrófono de ambiente y en la televisión dio la impresión de que había un fondo entero cantando. Quizás alguien quiso oír algo que le irritara y, a pesar de no escucharlo, dijo en un foro o en una red social que él lo oyó perfectamente y a ver quién demuestra lo contrario: esto es como poner en cuestión a aquél que afirma haber visto trabajando a Gonzalo Miró, a ver quién es el guapo que es capaz de presentar pruebas.

En los últimos tiempos parece fácil atribuir al Atleti y a su grada comportamientos de rufián, se produzcan o no. Aficionados y medios parecen salir de inicio con la idea clarísima de que el Calderón es un campo de tipos odiosos, así, sin más, porque sí.  En buena medida es una mala fama que se ha ganado la propia afición, quizás por seguir el juego a los más radicales, quizás por no acallar con suficiente vehemencia a la porción minoritaria que suele encabezar los comportamientos más reprobables, quizás por insultar a sus propios jugadores en ocasiones. Pero entonado el mea culpa en lo que a cada uno corresponda, parece exagerado e injusto convertir a la afición del Atleti en el paradigma de afición antipática, verbalmente violenta y ofensiva en sus comportamientos. Cómico, no ya exagerado ni injusto, resulta mantener que el Atleti es un equipo de pasado noble y presente macarra como hizo hace bien poco un periodista de El Mundo con vocación de fiel sirviente en castillo ducal; tampoco dedicaremos más tiempo al fulano, que ya le cayó lo suyo en su momento sin que tuviera demasiado arte para salir del paso.

A algunos, por cierto, ya nos ha tocado dar explicaciones que no nos corresponden cuando vamos a estadios de otras ciudades, algo altamente incómodo e irritante. Hagan pues el favor los de insulto fácil de pensar en los correligionarios a quienes toca emplearse a fondo para limpiar con lejía la buena imagen de la afición, el patrimonio de todos. Hagan también el esfuerzo los simplistas a la hora de catalogar visitantes, aquí y en todas partes.
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Salió el Atleti al Nuevo San Mamés vestido la mar de mal, con un atuendo inapropiado para un día de estreno en ese estadio tan bonito al que aún le falta un trozo. Salió el Atleti con un equipo raro fruto de bajas notables: ni Tiago, capital en muchos de los partidos complicados del último tramo de liga, ni Arda Turán llegaban al partido por lesión. Para colmo de males, se lesionó nada más empezar uno de los jugadores más en forma y más importantes, fijo en su puesto y clave a la hora de salir hacia adelante, Filipe Luis; en su lugar salió Insúa, rodeado de dudas y dejando unas cuantas más por el camino.

Salió el Atleti con una media diferente, con Raúl García y Cebolla además de Gabi y Koke y con Diego Costa delante (más bien en un costado durante mucho rato) junto con Adrián, y la afición se preguntaba cómo iba a resultar el inédito invento cholero. El partido se antojaba duro, y duro fue. El Athletic, convencido de lo que quería y revestido de esa energía extra que el nuevo San Mamés le viene dando, hizo un primer tiempo intensísimo, sin dejar respirar, sin fisura. El Atleti por su parte, como viene siendo habitual en los últimos partidos, esperaba más atrás que en la primera vuelta de la liga, sin presionar tan arriba; jugando así, cuando roba, tiene por delante demasiados metros como para llegar con efectivos suficientes al ataque. Excepto, claro está, si se roba pronto y el que se va hacia adelante es Diego Costa.

Así ocurrió en el primer minuto, cuando Costa falló un gol de esos que suele marcar (también por mérito de Herrerín, que sacó bien el pie) y de nuevo casi acabando el partido, aunque esta vez sí marcó. Costa encaró al portero, le regateó y celebró el gol mandando callar al público, que es algo que está feísimo por antipático y prepotente y por ser propio de jugadores de esos que se señalan el número cuando andan rabiosos. El gesto, tela de feo, quizás fue la reacción de Costa ante los gritos de un número indeterminado de aficionados locales, no sabemos si mayoría o minoría, no sabemos si solo unos pocos cerca del micrófono de ambiente o toda la grada de lateral, no sabemos si en justa represalia por el partido de ida o envenenados por inconscientes que llaman al odio desde medios de comunicación sin medir bien las consecuencias más allá su minutito de gloria, no sabemos, en fin, si maleducados aficionados del Calderón disfrazados de bilbaínos, que se dedicaron a llamarle “hijo de puta” durante casi todo el partido. Qué feas cosas tiene el fútbol, y no sólo el Calderón.

Entre el fallo inicial de Costa y el gol final de Costa se vivió un partido de esos bonitos pero sin brillo, de pelea y táctica, un partido antiguo jugado con ganas y miedo a la vez, intenso bajo una manta de agua. El Athletic honró la competición peleando hasta el mismísimo último minuto, cuando quizás ya no tenía sentido, y el Atleti honró a su vitola de equipo duro y peleón de oficio, mandíbula apretada y determinación en cada choque, encajando como una roca cuando no puede revolotear como una mariposa y picar como una abeja. Si al Atleti le salvó Courtois gracias a un par de paradas prodigiosas y una salida de puños que casi acaba con Godín en el hospital, Herrerín sacó también algún balón complicado. Aduriz marcó de cabeza en un lance de esos que para el que suscribe no es falta (quizás sí para el árbitro, pero sólo cuando es en el centro del campo) y Raúl García volvió a marcar un gol importantísimo, esta vez con la zurda en remate mordido tras un disparo justo antes, también con la zurda, que paró bien el portero. En definitiva, un buen partido de fútbol vivido con ambiente y tensión de partido grande, que es lo que debe ser un Athletic – Atleti de Copa.

Con la victoria visitante en el Nuevo San Mamés, la primera que la grada inconclusa de Bilbao ve, el Atleti cierra con nota un mes de Enero complicadísimo. Tras empatar con el Barça y el Sevilla (este último quizás el resultado que más escuece por haber significado no ser líder en solitario), sigue adelante en Copa tras eliminar ni más ni menos que a Valencia y Athletic. Entre tanto, sigue el ritmo en liga gracias a victorias de menos relumbrón pero igualmente valiosas. Enero, fantástico, da lugar a un mes de febrero que da miedo: Real Sociedad en casa, semifinales de Copa y enfrentamiento liguero contra el tercer equipo de Madrid, eliminatoria de Champions contra el Milan. El equipo, con varios lesionados y mucha carga física, sigue manteniendo el tipo en todos los frentes y lo hace con nota gracias a la fe ciega en el partido-a-partido que muchos ya aplicamos en la vida diaria.

Hace dos meses mirábamos con pánico el calendario de enero, sabiendo que el equipo entraría en el valle físico esperado. Hoy, asombrados con el resultado, ya no sabemos si volver a mirar con pánico a febrero o, de una vez por todas, acabar de convencernos, como el Cholo, de que así podemos llegar a donde Gabi nos lleve.