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jueves, 30 de enero de 2014

De insultos y meses asombrosos

Mucha de la gente que va al fútbol lo hace, aparentemente, para poder insultar en público y a voces. Es bien sabido que si uno insulta a gritos a un deportista profesional de un metro ochenta y cinco en medio del bulevar de la calle Ibiza, es un poner, es muy posible que acabe comiendo sopa con pajita durante un par de meses. Esto no es tan probable cuando uno insulta desde una grada o desde el interior de un coche, que esa es otra, pero aquí hablamos de estadios de fútbol.

Esa gente tan desconcertante que disfruta insultando a diestro y siniestro en la seguridad de que el insultado no subirá a saltos por la grada para medirle el lomo, no hace lo mismo cuando va al cine: no insulta al vampiro por morder al a víctima, ni al espía por olvidarse un microfilm en un ambigú. ¿Es el insulto a voces propio de cualquier espectáculo? Parece que no. No es propio de los espectáculos de masas per se, porque ni en los toros ni en el baloncesto ni en el ballet es común insultar a voces a toreros, pivots o primeros bailarines. Tampoco es algo característico de las gradas de estadio: en el rugby, que llena estadios del tamaño de los de fútbol, ni se insulta ni se falta al rival, sólo se anima al propio.  ¿por qué el fútbol tiene esa cosa tóxica, villanizante y ponzoñosa, que hace que una persona comedida en su día a día se vuelva loca de atar y se acuerde de la madre de los visitantes y de los ancestros de su localidad de origen única y exclusivamente cuando está en la grada de un estadio de fútbol? ¿qué tiene el fútbol?.

En el rugby, como saben, es tal el respeto por el visitante que cuando éste patea a palos para hacer puntos contra el equipo local, la grada calla para facilitarle la tarea incluso en su propio perjuicio; es toda una lección de fair play. Es cierto que esta preciosa y cívica práctica se está perdiendo y se conserva sólo en los países con más tradición, en los que nunca se abuchea o silba al pateador. Ante esta ola de malas formas, en algunos estadios se recuerda por megafonía que es tradición local guardar silencio cuando los pateadores, local o visitante, necesiten concentración. En el colmo de los buenos modos, en una ocasión el que suscribe escuchó este aviso por la megafonía del Aviva Stadium, antes Lansdowne Road, de Dublín; la multitud, irritada porque se les recordara algo que cualquier irlandés bien educado sabe desde pequeño, silbó y abucheó al propio aviso por inoportuno, innecesario y ofensivo para la decencia del respetable para luego, durante todo el partido, guardar silencio sepulcral cuando los pateadores, local y visitante, necesitaban concentrarse.

¿Viviremos algo así por nuestros campos algún día? Mientras esperamos, el sábado empieza el 6 Naciones: Dios bendiga a Brian O’Driscoll.
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El Calderón es un campo en el que se insulta bastante, sin duda mucho más de lo que a uno le gustaría. En todos los campos se insulta, dirán Vds, y tendrán razón. En Balaídos, el Salto del Caballo, los Cármenes, el Nou Camp y San Mamés se insulta, es cierto, pero esos campos no son aquellos en los que el que suscribe pasa tantas horas. Por tanto, uno ni se siente capacitado para decir cuánto se insulta allí ni lo que allí se grita le preocupa tanto como los insultos que se producen en el Calderón, que al fin y al cabo son los que se oyen en nuestra casa, los que oyen nuestros invitados, aquellos de los que nos sentimos responsables por venir de las gradas donde se sientan los nuestros. Y eso que uno, ya lo imaginan Vds, es poco de insultar a menos que se le tutee, que entonces pierde el oremus: desde hace siglos, el linaje Fuentes tiene claro que, si se insulta, al menos que se insulte de usted.

En el Calderón, hay que reconocerlo, se insulta mucho y casi nunca de usted. Quizás se insulte más en otros sitios pero ni lo sabemos ni se trata aquí de hacer un campeonato de mala educación, que para eso ya hay tertulias deportivas en casi todas las cadenas de tv. En el Calderón, esto es así, se insulta a coro y se insulta a título individual, se insulta desde tribuna, fondo y grada, desde el primer anfiteatro y también desde el segundo. Se insulta al equipo rival, se insulta a jugadores visitantes y a veces también se insulta a jugadores propios. Se insulta al equipo contra el que se está jugando y también a otros contra los que se juega de vez en cuando. Se insulta a ciudades y a colectivos, a inmigrantes y catalanes, a vascos, valencianos y granadinos. A algunos visitantes se les llama paletos (qué cosas, oiga), a otros se les dice que su país no está en Europa y a los portugueses se les dice que Portugal es español, con musiquita de fondo. A veces los insultos conllevan un desafío gramatical, otras veces de acentuación: en ocasiones se cambia el género del insultado para conseguir la rima, a veces se acentúa la última sílaba de una palabra llana para lograr meter la palabra en su compás. Eso sí, en raras ocasiones se recurre al hipérbaton, la anadiplosis, el zeugma o la paragoge en la rima tribunera, en esto andamos cortos de recursos.

Cuando uno va al Calderón con un invitado del equipo rival, como acostumbra el que suscribe, lo hace con un punto de desconfianza y una ceja levantada, sabiendo que, bien la masa o bien algún exaltado, acabará por insultar al equipo, procedencia, ciudad de origen, sistema foral, tradiciones ancestrales, plato típico, apellido más común, acento característico, monumento representativo, baile regional, literato predilecto, general romano fundador, santo patrón, dulce local, escudo de armas, torero nativo, palo flamenco endémico o alcalde pedáneo de la localidad de la que procede el rival. Al Calderón, eso sí, uno va más tranquilo cuando el invitado mide dos metros cuatro y es segunda línea de los Springboks; en ese caso uno se asegura de que el insulto vendrá de unos cuantos metros más allá, mientras que los vecinos de localidad, incluidos los molestos Nuevos Abonados, mantendrán las distancias y las formas para mantener así, de paso, todas las piezas dentales. Si en cambio uno va al fútbol con un invitado bajito, ahí la cosa cambia.

Por todas estas cosas, el Calderón es a veces desagradable. Es especialmente desagradable cuando se insulta con saña y sin gracia, como es casi siempre el caso en estos últimos años. Más desagradable aun cuando se insulta a los muertos, esa línea que se sigue cruzando por más que a uno le asquee y asombre como el primer día. Hay quien piensa que insultar desde la grada es parte del fútbol, una forma de desconcentrar al rival, de meter presión. Uno, por el contrario, cree que la pasión, la presión y el ambiente, obviamente parte del fútbol y el espectáculo, pueden conseguirse sin faltar al respeto a nadie. En esto, como en tantas otras cosas, uno se siente cada vez más un marciano. Como en lo de insultar de usted.
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Tanto se insulta en el Calderón, al parecer, que uno oye hablar de insultos gravísimos en el estadio incluso cuando no se producen. En los últimos tiempos uno ha escuchado en tertulias y redes sociales amargas quejas y airadas denuncias sobre insultos intolerables vertidos en el Calderón que uno, presente en el campo, nunca escuchó. Ocurrió por ejemplo en los dos últimos partidos contra el Sevilla en casa, en los que hubo denuncias sobre cánticos contra Antonio Puerta que uno nunca oyó en el campo (y gracias a Dios, porque pocos cánticos le resultan a uno más vomitivos que ese). Quizás alguien gritara, pero no fue en absoluto audible, ni común, ni mucho menos mayoritario. Quizás un insensato pegó unos cuantos alaridos cerca de un micrófono de ambiente y en la televisión dio la impresión de que había un fondo entero cantando. Quizás alguien quiso oír algo que le irritara y, a pesar de no escucharlo, dijo en un foro o en una red social que él lo oyó perfectamente y a ver quién demuestra lo contrario: esto es como poner en cuestión a aquél que afirma haber visto trabajando a Gonzalo Miró, a ver quién es el guapo que es capaz de presentar pruebas.

En los últimos tiempos parece fácil atribuir al Atleti y a su grada comportamientos de rufián, se produzcan o no. Aficionados y medios parecen salir de inicio con la idea clarísima de que el Calderón es un campo de tipos odiosos, así, sin más, porque sí.  En buena medida es una mala fama que se ha ganado la propia afición, quizás por seguir el juego a los más radicales, quizás por no acallar con suficiente vehemencia a la porción minoritaria que suele encabezar los comportamientos más reprobables, quizás por insultar a sus propios jugadores en ocasiones. Pero entonado el mea culpa en lo que a cada uno corresponda, parece exagerado e injusto convertir a la afición del Atleti en el paradigma de afición antipática, verbalmente violenta y ofensiva en sus comportamientos. Cómico, no ya exagerado ni injusto, resulta mantener que el Atleti es un equipo de pasado noble y presente macarra como hizo hace bien poco un periodista de El Mundo con vocación de fiel sirviente en castillo ducal; tampoco dedicaremos más tiempo al fulano, que ya le cayó lo suyo en su momento sin que tuviera demasiado arte para salir del paso.

A algunos, por cierto, ya nos ha tocado dar explicaciones que no nos corresponden cuando vamos a estadios de otras ciudades, algo altamente incómodo e irritante. Hagan pues el favor los de insulto fácil de pensar en los correligionarios a quienes toca emplearse a fondo para limpiar con lejía la buena imagen de la afición, el patrimonio de todos. Hagan también el esfuerzo los simplistas a la hora de catalogar visitantes, aquí y en todas partes.
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Salió el Atleti al Nuevo San Mamés vestido la mar de mal, con un atuendo inapropiado para un día de estreno en ese estadio tan bonito al que aún le falta un trozo. Salió el Atleti con un equipo raro fruto de bajas notables: ni Tiago, capital en muchos de los partidos complicados del último tramo de liga, ni Arda Turán llegaban al partido por lesión. Para colmo de males, se lesionó nada más empezar uno de los jugadores más en forma y más importantes, fijo en su puesto y clave a la hora de salir hacia adelante, Filipe Luis; en su lugar salió Insúa, rodeado de dudas y dejando unas cuantas más por el camino.

Salió el Atleti con una media diferente, con Raúl García y Cebolla además de Gabi y Koke y con Diego Costa delante (más bien en un costado durante mucho rato) junto con Adrián, y la afición se preguntaba cómo iba a resultar el inédito invento cholero. El partido se antojaba duro, y duro fue. El Athletic, convencido de lo que quería y revestido de esa energía extra que el nuevo San Mamés le viene dando, hizo un primer tiempo intensísimo, sin dejar respirar, sin fisura. El Atleti por su parte, como viene siendo habitual en los últimos partidos, esperaba más atrás que en la primera vuelta de la liga, sin presionar tan arriba; jugando así, cuando roba, tiene por delante demasiados metros como para llegar con efectivos suficientes al ataque. Excepto, claro está, si se roba pronto y el que se va hacia adelante es Diego Costa.

Así ocurrió en el primer minuto, cuando Costa falló un gol de esos que suele marcar (también por mérito de Herrerín, que sacó bien el pie) y de nuevo casi acabando el partido, aunque esta vez sí marcó. Costa encaró al portero, le regateó y celebró el gol mandando callar al público, que es algo que está feísimo por antipático y prepotente y por ser propio de jugadores de esos que se señalan el número cuando andan rabiosos. El gesto, tela de feo, quizás fue la reacción de Costa ante los gritos de un número indeterminado de aficionados locales, no sabemos si mayoría o minoría, no sabemos si solo unos pocos cerca del micrófono de ambiente o toda la grada de lateral, no sabemos si en justa represalia por el partido de ida o envenenados por inconscientes que llaman al odio desde medios de comunicación sin medir bien las consecuencias más allá su minutito de gloria, no sabemos, en fin, si maleducados aficionados del Calderón disfrazados de bilbaínos, que se dedicaron a llamarle “hijo de puta” durante casi todo el partido. Qué feas cosas tiene el fútbol, y no sólo el Calderón.

Entre el fallo inicial de Costa y el gol final de Costa se vivió un partido de esos bonitos pero sin brillo, de pelea y táctica, un partido antiguo jugado con ganas y miedo a la vez, intenso bajo una manta de agua. El Athletic honró la competición peleando hasta el mismísimo último minuto, cuando quizás ya no tenía sentido, y el Atleti honró a su vitola de equipo duro y peleón de oficio, mandíbula apretada y determinación en cada choque, encajando como una roca cuando no puede revolotear como una mariposa y picar como una abeja. Si al Atleti le salvó Courtois gracias a un par de paradas prodigiosas y una salida de puños que casi acaba con Godín en el hospital, Herrerín sacó también algún balón complicado. Aduriz marcó de cabeza en un lance de esos que para el que suscribe no es falta (quizás sí para el árbitro, pero sólo cuando es en el centro del campo) y Raúl García volvió a marcar un gol importantísimo, esta vez con la zurda en remate mordido tras un disparo justo antes, también con la zurda, que paró bien el portero. En definitiva, un buen partido de fútbol vivido con ambiente y tensión de partido grande, que es lo que debe ser un Athletic – Atleti de Copa.

Con la victoria visitante en el Nuevo San Mamés, la primera que la grada inconclusa de Bilbao ve, el Atleti cierra con nota un mes de Enero complicadísimo. Tras empatar con el Barça y el Sevilla (este último quizás el resultado que más escuece por haber significado no ser líder en solitario), sigue adelante en Copa tras eliminar ni más ni menos que a Valencia y Athletic. Entre tanto, sigue el ritmo en liga gracias a victorias de menos relumbrón pero igualmente valiosas. Enero, fantástico, da lugar a un mes de febrero que da miedo: Real Sociedad en casa, semifinales de Copa y enfrentamiento liguero contra el tercer equipo de Madrid, eliminatoria de Champions contra el Milan. El equipo, con varios lesionados y mucha carga física, sigue manteniendo el tipo en todos los frentes y lo hace con nota gracias a la fe ciega en el partido-a-partido que muchos ya aplicamos en la vida diaria.

Hace dos meses mirábamos con pánico el calendario de enero, sabiendo que el equipo entraría en el valle físico esperado. Hoy, asombrados con el resultado, ya no sabemos si volver a mirar con pánico a febrero o, de una vez por todas, acabar de convencernos, como el Cholo, de que así podemos llegar a donde Gabi nos lleve. 

sábado, 18 de mayo de 2013

Y, sí, al fin, lo entendimos


Para los que creímos que esto iba a pasar, porque sabemos y confiamos que estas cosas sólo pasan al Atleti. Pero, sobre todo, para los que pensaban que esto era imposible, aunque les envidiemos por sentir esa alegría aún un poco más inmensa que la nuestra: para que confíen.

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Instrucciones ceremoniales para vivir una final de Copa: levantarse pronto, saliendo del lado izquierdo de la cama y pisando con el pie derecho. Ducharse con agua tibia, desayunar café con leche y una tostada con mantequilla blanca y mermelada de fresa. Vestirse con la camisa llevada el día de la final de Bucarest, con el pantalón llevado del día de Hamburgo, los calzoncillos y calcetines utilizado ambos días y no vueltos a utilizar hasta entonces, tras ser cuidadosamente lavados y planchados. Coger la bufanda antigua, la de los partidos grandes, la del escudo bordado en hilo brillante, de los años 70 más o menos, ponérsela al cuello.

Salir de casa no muy tarde, coger la vespa, bajar hacia Castellana, girar entonces en dirección al Sur. Pasar Cibeles sin mirar la estatua, seguir de frente. Llegar a Neptuno, dar una, dos, tres vueltas a la plaza, mirando en la medida de lo posible a los ojos del Dios del Mar. Volver a subir en dirección Norte. Parar de camino para comer. Elegir un menú rojo y blanco, en el que siempre el ingrediente rojo quede sobre el blanco. Sugerencias: ensalada de tomate sobre queso mozzarela, pasta larga con salsa bolognesa, natas con fresas encima.

Volver a la Castellana, dirección Norte. Tomar el carril central de Castellana, avanzar hacia Nuevos Ministerios. Notar como, según se acerca uno a ese barrio empieza a sentir picores, asma, dificultad al respirar, incomodidad general, estrés acumulativo. Notar como la vespa también empieza a no andar bien, cómo muestra síntomas de avería mecánica transitoria, una alergia geográfica e incómoda de 200cc. Mantener la marcha hasta pasar de largo el estadio del otro equipo grande de la capital, notar cómo van pasando los picores, cómo se respira mejor, cómo la vespa vuelve a andar bien, cómo el  motor vuelve a estar cómodo.

Llegar a Cuzco, dar la vuelta completa, volver a bajar en dirección sur, volver a experimentar los síntomas de la alergia transitoria, volver a notar que la moto no va. Aguantar hasta que el chaparrón pase.

Llegar de nuevo a Neptuno, dar una, dos, tres vueltas mirando en la medida de lo posible a los ojos del Dios del Mar, girar en dirección al Retiro siempre y cuando quede ya poco para que empiece el partido. Tomar Alfonso XII hasta la Puerta de Alcalá, girar a la derecha para tomar Alcalá, seguir por O’Donnell. Seguir O’Donnell hasta Narváez, tomar Narváez en dirección a la calle Ibiza. Llegar a la altura de la calle Menorca, parar la moto, aparcar la moto. Cerciorarse de que queda menos de media hora para el partido. Hacer cola (breve) en las taquillas de los cines Renoir. Comprar una entrada para cualquier película que acabe cerca de la media noche. Apagar el móvil, meterse dentro, no querer saber nada de nada.

Por los nervios, ya saben Vds.

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Tras el partido no hay quien duerma y uno da vueltas y vueltas en la cama intentando coger la postura y, a la vez, recordando el remate de Miranda, la pelea de Falcao antes de dar el pase del primer gol, el remate precioso de Diego Costa con la izquierda, el partidazo de Koke, los miles de calorías quemadas por Gabi, el buen partido de Juanfran tras una liga entera llenando de dudas las cabezas de los escépticos, la tensión en la grada, la explosión final.

Y, mientras uno está en ese estado en el que no está dormido pero sí lo bastante atontado como para plantearse hacer otra cosa que no sea estar metido en la cama, estado que algunos llaman duermevela y otros no llaman de ninguna manera porque las palabras bonitas se van perdiendo (por ejemplo, volapié, abanicar o cejijunto), se oye un ruido fuerte como de un mueble cayendo contra el suelo y llega un olor a almendras tostadas que al que suscribe, y a los que han leído las idioteces que escribe el que suscribe desde hace ya varios años, le resulta familiar. A almendras tostadas huele cuando se aparece Dirceu, piensa el que suscribe, y ya no pega ojo hasta que, por la puerta del salón, ve entrar a un tipo con chandal rojo y pelo rizado que sonríe y habla y habla y no para de hablar como si no estuviera solo. Dirceu, aparecido, habla en efecto porque no está solo y menos mal: si no fuera poco tener en salón una aparición en chándal, imagínense si encima a la aparición le da por hablar sola. Lo que nos faltaba ya, oiga.

Dirceu, que hace tanto tiempo que no venía a casa, no está solo cuando llega al salón, está excitado y nervioso como medio Madrid esta noche, pero no está solo. A su lado hay una figura enorme que transmite miedo y paz a la vez, una figura aterradora para el resto pero protectora y bondadosa para los suyos.

-          Pero hombre, Sr Dirceu, ¡cuánto tiempo!
-          Hola. He venido con Arteche
-          Si, ya veo, ya.

Dirceu entra en el cuarto y con él entra Arteche, que escucha, habla menos que Dirceu y mira todo, incluido al anfitrión de carne y hueso, que, sin saber qué hacer, ofrece café.

-          ¿Quieren Vds un café?
-          ¿Un café? ¿Está Vd tonto o qué? ¿No ve que somos ectoplasmas? ¿Ha visto Vd alguna un fantasma tomando café con porras? No podemos tomar café, no podemos tomar nada ni tocar nada, somos espíritus, oiga, no podemos hacer las cosas que hacíamos cuando éramos de carne y hueso. Bueno, la mayoría no. Hay uno que sí, éste en concreto – señala a Arteche – éste sí que puede tocar si quiere. De hecho ese estruendo que escuchó Vd antes es porque se había chocado con el perchero de la entrada y lo ha tirado. El resto normalmente pasamos a través, pero éste, que es un fenómeno, es capaz de derribar las cosas hasta en espíritu.

Los aparecidos se sientan en las butacas del salón y hablan sobre el partido de ayer. Atropellado, Dirceu habla de lo bien que jugaron los brasileños del equipo y de lo importante que fue el medio campo del Atleti, del buen partido de Koke, de cómo Mario fue de menos a más, de Arda y su pellizco. Ambos coinciden en señalar como claves dos cosas: el partidazo de Miranda y lo importante de su gol, y los galones más que bien ganados y bien llevados de Gabi. Cuando hablan de éste último a los dos se llenan de orgullo y se les encienden las pupilas y da bastante miedo pero, a la vez, transmiten calma. Dirceu habla atropellado, Arteche mira tranquilo y con media sonrisa, una sonrisa inclinada al lado opuesto de su tabique nasal torcido, ambos manotean cuando toman la palabra.

Uno, que es tonto, pregunta si ellos tuvieron algo que ver en lo de ayer, si Dirceu inspiró a los nuestros para mantener la pausa cuando se puso el partido en contra, si Arteche fue responsable de que los jugadores fueran siempre de cara, buscando el choque sin miedo, dejando de lado el complejo de los derbis anteriores. Los dos se miran, no saben bien qué decir, Dirceu toma la palabra: no, no, de ninguna manera, no nos está permitido, lo impiden los Estatutos del Jugador del Tercer Anfiteatro, no, no, de ningún modo. Arteche no puede disimular una sonrisa y uno no sabe si es por ver a Dirceu pasando fatigas a la hora de explicar algo sin demasiada convicción, una sonrisa de pillo.

De todos modos, dice Dirceu, las cosas allá arriba no son como aquí, allí no hay tanta rivalidad, allí las cosas son puras y limpias, no existe el deseo de venganza ni las cuentas pendientes. De hecho, sepa Vd, que está en pijama, que el desenlace de la temporada no ha sido del agrado completo de la dirección celestial, que se encuentra algo dividida. Por un lado está el convencimiento firme de que el Atleti merecía esta victoria por justicia divina, humana y deportiva. Pero no puedo dejar de señalar que la forma en que se ha producido ha causado algo de desasosiego en la autoridad. Consideran que la victoria ha sido en exceso humillante, teniendo en cuenta que el rival es un club azotado por las penurias desde hace ya muchos años, poco acostumbrado a jugar finales y por tanto abrumado ante las mismas, empeñado en invertir e invertir sumas escandalosas para obtener más bien poco, con una afición rácana, sí, pero sometida con demasiada frecuencia a la humillación en los partidos trascendentales en casa, a ser eliminados en su propio estadio de torneos vendidos de antemano como ya ganados. El Consejo Celestial piensa que con lo sufrido hasta ahora ya tiene bastante este club, pobres gentes a las que deliberadamente se les hace creer que todo es color de rosa hasta su anual caída al precipicio entre las risotadas de media humanidad y la inmensa mayoría de ectoplasmas. No sé, hay un cierto malestar, hay quien opina que el haber estado preparando este golpe de efecto durante catorce años ha sido excesivo, por mucha risa que haya producido al final. No es el estilo de la casa.

Llegado este punto, Arteche no puede evitar empezar a reírse y, guiñando un ojo, se dirige por primera vez al que suscribe:

-          Oye, mira, que sí, ponme ese café. Y con gotas, qué coño.
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Aproximadamente a las doce de la noche del día 17 de Mayo de 2013, ya 18 de Mayo entonces dirán algunos como por ejemplo un señor calvo y muy alto que vino desde Milán sólo para ver la final, se escuchó un trueno en la zona financiera de la capital, donde están las oficinas de los consultores y los despachos de los asesores de los asesores de los consejeros de los presidentes, vicepresidentes y directores generales de todas esas empresas que no se sabe muy bien qué hacen. El trueno provenía de un estadio sito en dicho barrio financiero que alberga también un centro comercial, varios restaurantes con reservados para hombres de negocios con corbata y doble vida y un servicio de traducción para los numerosos turistas japoneses que recorren sus pasillos buscando que les cuenten historias sobre el pasado clepto-glorioso del club propietario del local comercial. Dentro del estadio-mercado-palacio de congresos-local-de-bodas-y-banquetes-multi-función, y justo cuando sonaba el trueno, se vio a varias decenas de miles de personas vestidas de rojo y blanco abrazándose y lanzando puños al cielo en las gradas del fondo Norte; en el campo se vio a otro grupo menos numeroso, unos de traje y otros de pantalón corto, haciendo lo mismo que los otros miles.

De entre estos últimos surgió un tipo con un traje o quizás fuera un chándal o puede que un traje regional azerbaiyano, land-of-fire. El tipo llevaba una bandera del Atleti con un gran mástil y, tras agitarla un poco, la clavó en medio del estadio lleno en su parte Norte, vacío en su parte Sur ante la huida precipitada de los anfitriones vencidos, con el gesto con el que Rodrigo de Triana plantó el pendón de los Reyes Católicos nada más tocar tierra americana. Bien es sabido, por cierto, que Rodrigo de Triana fue el primero en ver tierra tras la travesía de Colón y uno no tiene ni la más remota idea de si fue él quien plantó el pendón, esto quizás pueda aclararlo un señor más alto aún que el anterior que también volvió a casa sólo para la final y que ha vivido un tiempo en Costa Rica, donde entendemos que lo más seguro es que algo de esto sepan. Mientras esto se aclara y a meros efectos de esta crónica, Rodrigo de Triana plantó el pendón y, ya puestos, George Mallory fue el primero en subir al Everest y a ver quién viene de Nepal a decirnos lo contrario, oiga.

Con ese gesto todos los allí reunidos (o más bien la mitad porque medio campo se había ido del estadio inmediatamente después del final del partido) entendieron lo que había pasado y entendieron por fin lo que realmente significaba.  El Atleti, ente independiente y soberano, club caprichoso y sentido, ha esperado catorce años, catorce, para ganar al rival más odiado en la ocasión más importante. Catorce años se ha tomado el Atleti, socarrón y juguetón, para convertir un título en una burla mayor, en un guiño gigantesco para los niños que pasan fatigas en los colegios y a los que hoy sus padres no consiguen quitarles el traje del Atleti ni para meterles en la bañera. Catorce años quiso el Atleti que los suyos pasaran lunes de angustia para darles un regalo inolvidable, un diamante para los que esperaron esos catorce años deseando volver a vivir lo que antes era más habitual, un nuevo motivo de orgullo para los que nunca consiguieron ver ganar a su equipo contra el otro equipo grande de la capital desde que nacieron hace menos de catorce años, un bálsamo analgésico para los que empezaban a pensar que había una maldición, una conspiración astral, una conjura de los elementos para evitarlo. Catorce años esperó el Atleti y durante esos catorce años aguantó críticas, desaires y preguntas existencialistas desde su morada más allá de Orión: no entendemos por qué se juegan así los derbis, escuchaba el Atleti de boca de sus más fieles seguidores, no entendemos la falta de actitud y orgullo, no entendemos nada desde la grada, queremos respuestas, queremos soluciones, queremos, ya puestos, otra ronda de vermouth de Reus con un chorrito de seltz y una aceituna dentro, si bien algunos prefieren una rodajita de limón y un hielo, allá cada uno, nuestras acciones serán juzgadas a su debido tiempo.

Catorce años quiso pasar el Atleti, dios distante y calculador, viendo a los suyos sufrir, sufriendo por ellos y dudando sobre su propia decisión, rascándose las sienes y apoyando la barbilla en la mano, moviendo de un lado al otro la cabeza con preocupación, a ver si me estoy pasando con la bromita, a ver si luego no sale, no sé, me da cosa esta gente tan grande pasándolo tan mal. Pero no, pensó el Atleti, es una jugada maestra, es un final digno de superproducción de Hollywood, merecerá la pena, será un día inolvidable, cuando llegue ellos, los míos, entenderán porqué se hizo. Será el día del orgullo y de las gargantas rotas, el día en el que el rival quedará retratado por enésima vez en su propia casa, el día en el que uno de los nuestros clavará una bandera del Atleti en el centro del campo-hipermercado ante una multitud ronca y extasiada. Los míos lo entenderán cuando se reconozcan por la calle no por la bufanda sino por la cara de resaca y la sonrisa brillante que no se les cae de la cara, cuando se abracen el lunes al llegar a la oficina con todos los que compartieron días de mandíbula apretada y ganas de grapar a los compañeros burlones a una bala de cañón, cuando estiren la espalda para quitarse la contractura producida por los abrazos de los amigos en la grada del estadio-tienda, cuando tengan que parar un momento a recuperar el resuello tras perseguir durante horas a sus hijos vestidos de rojo y blanco para que se quiten la camiseta de rayas con la que llevan durmiendo tres días.

Y, sí, la verdad. Al final, lo entendimos. Vaya si lo entendimos.

jueves, 28 de febrero de 2013

Crónica del Sevilla - Atleti, o un poco de respeto, oiga




El Atleti jugó ayer un partidazo en un estadio enorme, contra un rival duro de pelar al que apoya una afición entregada. El Atleti es el tercer club de España por títulos, masa social y unas cuantas cosas más, campeón de la Europa League y de la Supercopa europea pasadas y segundo clasificado en liga. El Sevilla es un equipo con títulos nacionales y europeos, un rival de los que mete miedo cuando viene de visita y más cuando recibe rivales en su casa, un fijo en la parte alta de la tabla en los últimos años y cuna de jugadores grandes. Entre los dos clubes suman doscientos y pico años de historia, un volquete de títulos, un tren de jugadores de leyenda, cientos de miles de seguidores, una pechá de partidos para recordar, miles de socios, millones de historias.

El partido no era un torneo de pretemporada ni un encuentro anodino de mitad de liga, ni unos treintaidosavos de final de una copa desconocida. El partido era una semifinal de la Copa del Rey, ese torneo que es importante cuando lo ganan unos y una competición a descartar cuando esos mismos unos pierden en una eliminatoria temprana con la excusa de que es mejor centrarse en otras competiciones de más relumbrón.  El partido era la vuelta de la eliminatoria, la segunda entrega de un partido celebrado en Madrid que acabó con 2-1 para el Atleti, es decir, con opciones para los dos equipos de ganar y de quedar eliminados. En Sevilla el partido se planteó como una cita grande, como la oportunidad de enderezar una temporada torcida desde el inicio por, según se ve ahora, la inoperancia de un entrenador protegido por los medios: tres, cuatro partidos después de llegar el nuevo entrenador, el Sevilla de estas alturas de temporada no tiene absolutamente nada que ver con el equipo pusilánime de noviembre sino que mete la pierna, mete presión y mete miedo.

El Atleti iba al Pizjuán, territorio demasiado hostil para lo uno cree que debería ser, con los dientes apretados, los puños apretados y los machos más apretados aún. El Atleti de Simeone es un equipo aguerrido, peleón, concentrado y guerrero. El Atleti de Simeone, segundo en liga, campeón de varias copas recientes y rompe-records de victorias en Europa y en el Calderón, juega bien, mal o regular pero rara vez entrega el estandarte sin perder litros de sudor y sangre, garantiza pelea e intensidad, velocidad y fogonazos de calidad y clase. Al Atleti de Simeone le siguieron ayer mil y pico aficionados que se desplazaron a 600 kilómetros de su casa en día laborable para hacer llegar a los jugadores el aliento que enviaban cientos de miles más desde sus casas. Y al Atleti de Simeone le esperaba ayer en su casa el Sevilla, equipo peleón y guerrero como el Atleti, apoyado por una grada peleona y guerrera como la del Atleti. El Sevilla no va tan bien este año como otros, pero sigue siendo un equipo temible en su estadio, también de esos que rara vez entrega el estandarte sin perder litros de sudor y sangre.

A este auténtico partidazo de fútbol entre dos clubes centenarios le dedicaron los medios un ratito sólo, una esquinita de sus página, un poco de atención caritativa enfrascados como estaban en analizar el color de las sombras de ojos de los espectadores de los palcos vip del partido del día anterior. A este auténtico partidazo entre dos equipos de esos a los que alivia ganar y no gusta enfrentarse se le dieron las migajas informativas que quedaban en la servilleta de aquellos a los que se les llena la boca hablando de equipos ricos y poderosos repletos de estrellas de comportamiento ridículo. Este partido, que de haber sido una semifinal de la FA Cup entre dos clubes centenarios ingleses habría llenado crónicas con eso de que el estadio olía a fútbol y recordaba a las batallas históricas entre romanos y cartagineses, recibió por parte de los medios patrios una atención pequeña, una atención por compromiso, una atención de cumpleaños en casa de una tía abuela, uy cómo han crecido estos dos clubs, hay que ver que se han hecho dos hombrecitos ya, claro, tanto visitar a sus primos los hijos del concejal que no nos habíamos dado cuenta que estos dos son ingenieros de caminos ya, hala majos, tomad cien pesetas.

Para colmo de los colmos, la cadena de televisión que retransmitía el partidazo eligió un equipo de comentaristas muy del gusto del espectador no futbolero, es decir, de estilo vociferante y pseudo-cómico, ese estilo campechano con frontera en lo ridículo que ahora se lleva tanto. Los comentaristas, que parecían no tener ni la más remota idea de cómo juegan normalmente los dos equipos a los que ayer intentaban analizar, mostraban audacia suicida haciendo afirmaciones erróneas sobre cosas que cualquier aficionado a cualquiera de los dos equipos sabe.  Paradójicamente los comentaristas parecían exageradamente ocupados en hacer ver que el evento era de un extraordinario interés deportivo y mediático,  gritando cada vez que un defensa pasaba la línea del medio campo, alabando las virtudes de cualquier jugador que hacía un control de balón normalito, inflando cifras de posesión y probabilidades de vuelco en la eliminatoria sólo para mantener el interés de la audiencia, que es de lo que se trata. Si de verdad fuera un evento tan importante para la cadena, pensamos muchos, se elegiría con algo más de mimo y ojo a los responsables de la narración y el análisis. Pero tanto da, oiga, con que estos sean capaces de hacer sencillos chascarrillos tabernarios y comparaciones de alumno torpe de Paco Gandía, con que tengan la suficiente cara dura como para hablar sin saber del tema, con eso basta.

Bien haríamos las aficiones de ambos clubes en concentrar las energías en mandar solemnemente a paseo a los responsables del irrespetuoso trato que reciben nuestros equipos y el resto de los que juegan liga y copa, excepto los cansinos miembros del duopolio, en vez de en insultarnos mutuamente a ojos de todos, como dos gallos de pelea que hacen pasar el rato a los señoritos del cortijo.

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Salió el Atleti vestido de negro en casa del Sevilla, que va de blanco, y uno ya no entiende nada. El equipo, que de toda la vida ha ido de rayas rojiblancas y pantalón azul, viste ahora de diferentes tonos para evitar confusiones; cualquiera diría que, en la época de las Smart TVs de HD, cientos de pulgadas y miles de vivos colores, los partidos del Atleti sólo los vieran ancianos de remotas aldeas incomunicadas en pequeñas televisiones de tubo en blanco y negro, con una antena de esas que es una percha desmontada. Se dice que las televisiones mandan en el negocio del fútbol, pero por lo que se ve mandan como mandaban antes, imponiendo los atuendos para que no se confunda el personal; en breve, cuando la señal de los partidos del Atleti se vaya a negro, pondrán un rótulo de cartón en el que ponga “Minutos Musicales” y saldrá cantando Salomé aquella canción dedicada al Cholo Simeone que dice “desde que llegaste ya no vivo llorando, jey, vivo cantando, jey, vivo soñando, jey”.

Salió el Atleti de los partidos grandes pero con Cata en vez de Godín y con Tiago en vez de Mario, aunque esto último ya no es novedad. Cata salió porque no había más remedio y lo hizo bien; algo parecido pero distinto le pasa a Courtois, al que ahora le ha dado por salir por alto cuando no queda más remedio y no siempre lo hace bien, a pesar de que los ignorantes comentaristas de la televisión subrayaran su juego aéreo como uno de sus puntos fuertes. Jugó también Miranda, que como siempre últimamente jugó sobrado (aunque es cierto que enfrente tenía a Negredo, de nuevo inmóvil y poco participativo, torpón y sin ganas), y jugó Juanfran, que sufrió como viene siendo habitual estos últimos tiempos. Por el lateral izquierdo jugó Filipe Luis e hizo uno de los mejores partidos que uno le recuerda en el Atleti, y eso que no brilló en ataque, uno de sus puntos fuertes. Filipe Luis defendió el lateral difícil, el lado por el que entraba Navas, lo que equivale a decir el lado por el que jugaba el 50% del Sevilla. Navas dejó claro que es un jugador enorme, que ya no es el especialista en una sola cosa que era antes, y que no hay jugador a su altura en todo el ataque del Sevilla. Y aún así, con todo y con eso, Filipe Luis hizo un partido defensivo impresionante, serio, sólido y concentrado, algunas de las características que tantas veces echamos de menos en él en la era pre-Simeone.

Por delante de la defensa jugaron Tiago, que tuvo que irse a la caseta con un brazo roto por una patada, Gabi, Arda y Raúl García. Gabi, junto con Mario cuando éste estuvo en el campo sustituyendo a Tiago, anduvo algo más atrasado y menos vehemente de lo habitual, pensando sin duda en evitar una tarjeta que le privara de la final. Arda se empleó en defensa como acostumbra en los días grandes y Raúl, una vez más, hizo un partido de hombre de equipo, guardando su sitio y dejando algunos detalles estupendos como un pase a Falcao que éste remató alto por exceso de celo. Todos jugaron como se esperaba, todos cometieron algunos errores y perdieron el balón demasiado rápido en algunas fases, pero ninguno se escondió ni rehuyó la pelea, todos ayudaron a la defensa y apoyaron al ataque. Todos metieron la pierna, ninguno perdió el sitio, todos mantuvieron la sangre caliente y la cabeza fría y por ello se lo agradecemos, por ello nos descubrimos ante su partido.

Y, por delante de la media, los dos protagonistas.  A los dos los mantuvo Simeone, como hiciera contra el Espanyol en inferioridad, y entre los dos dejaron claro que son importantísimos tanto para obtener ventaja como para mantenerla. Falcao marcó un gol de delantero estrella a excelente pase de Diego Costa tras un desmarque portentoso y remate asesino; Diego Costa marcó un golazo que solucionaba muchos problemas tras una maniobra de mucha calidad y un tiro ajustado. Entre los dos pudieron hacer hasta otros tres o cuatro goles, entre los dos mantuvieron al Sevilla más pendiente de no encajar que de marcar, más pendientes de guardar la ropa que de nadar.

Y si entre los dos consiguieron echar al Sevilla atrás y alejar el balón de Courtois, Diego Costa consiguió forzar 8 faltas y dos expulsiones y de paso desquiciar a todo el equipo contrario. Y eso que Diego Costa pareció ayer más comedido que en muchos partidos, o al menos esa impresión dio por la televisión. Aún así, medio equipo rival pasó buena parte del partido buscando pelea, como siguiendo instrucciones para sacarle del partido, quizás buscando una reacción violenta que no llegó, al menos a ojos de los que no estábamos en el campo.

Diego Costa ha generado una fama de conflictivo que no es injusta que parece haberle convertido en una buena coartada para malas actuaciones rivales; en el caso del Sevilla, equipo que tiene una tendencia excesiva a incendiar partidos que no necesitan fuego, eso pareció. Medel, jugador excelente pero con poca autoridad moral para dar lecciones de comportamiento, acabó expulsado tras iniciar un jaleo con Diego Costa como protagonista; se fue enfurecido y sobreactuado, rompiendo sillas y agarrado por su entrenador, como clamando al cielo por la injusticia de tener que jugar contra un jugador peleón, él, sí, él, Medel. Lo mismo le pasó a Kondogbia, a quién quizás se le pueda disculpar por su juventud, pero que de ser el que suscribe su entrenador se iba a acordar muchos años del error de ayer. Negredo,  muy gris en los dos partidos, terminó por decir poco menos que la culpa de todo la tiene Diego Costa por provocador. Fazio le puso de vuelta y media a ojos de todos en cada corner, y hasta Rakitic, tipo frío y con aspecto de no haber robado nunca un donut, pareció irritadísimo por culpa del brasileño. Muchos parecen señalar a Diego Costa también como culpable de la muerte de Manolete, del asunto de los sobres de la calle Génova y de la desaparición del bar tradicional español y su sustitución por insulsas franquicias de aire mediterráneo y nombre saludable. Es difícil no acabar pensando que a ciertos jugadores les es más fácil señalar a Diego Costa como el representante del Maligno en la Tierra antes que asumir sus propias malas actuaciones.

Y es que últimamente se diría que Diego Costa es algo así como el Yoko Ono de los equipos que pierden contra el Atleti, la verdadera razón de cualquier contratiempo y a la vez el maquillaje que cubre la propia miseria, el clavo ardiendo al que agarrarse cuando las cosas no van bien, el disolvente universal. Entre tanto, Diego Costa crece como jugador mientras sus rivales se pierden en pedir justicia divina para justificar errores. Bien saben los que siguen estas plúmbeas páginas que no hay nadie más crítico que el que suscribe cuando Diego Costa ejerce de macarra de bolera, una actitud del todo aborrecida en estos lares; eso sí, no parece esta vez la ocasión propicia para defender que Diego Costa fuera el demonio que ha intentado pintar alguno sobre el marcador de ayer, para disimular otros elementos. 

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El Atleti llega a la final de Copa tras dejar atrás a un buen equipo con excesivas malas pulgas, nocivas para sus propios intereses en la humilde opinión del que suscribe. La clasificación, cree uno, es además justa viendo no sólo la eliminatoria sino el resto de la temporada. Produce muchísima pereza pensar en lo que queda por delante, en las semanas de hagiografía cansina sobre el otro finalista, en los rumores que empezarán en breve sobre el inminente fichaje de las figuras del Atleti por el otro equipo grande de la capital. Pero produce aún más rabia la falta de respeto hacia el partido de ayer, hacia la entidad del rival, hacia el partidazo y el ambientazo del Pizjuan, hacia el Atleti, el Sevilla y los aficionados de ambos.

Un poco más de respeto, oigan, y quédense Vds con su clásico y sus complejos en un rinconcito, sin molestar al resto.

jueves, 29 de noviembre de 2012

De camisetas de manga corta y gestos de equipo grande



Imaginen Vds, si no es mucho pedir, una estación de tren parecida a la estación de Atocha, pero bastante más pequeña y con menos tortugas. Los trenes que llegan a esa estación, que suelen hacerlo tarde, son menos modernos que los que llegan a Atocha y para abrir la puerta de sus vagones hay que tirar de un picaporte como de armario empotrado, un picaporte poco tecnológico, un picaporte que bien podría ser un pomo. Esta estación, como la de Atocha, está en el centro de la ciudad pero, al ser ésta mucho más pequeña que la nuestra y contar sólo con trescientos y pico mil habitantes, la estación es casi el centro del centro, el mismo centro, el epicentro, el mediocentro.

Imaginen ahora que, al salir de esa estación, justo cruzando la calle y a la altura del Reina Sofía o del Hotel Mediodía, estuviera el Estadio Vicente Calderón, donde acúúúúúden a millares los que gustan del fútbol de emoción. Eso sí, el Calderón no sería el Calderón que conocemos sino un estadio súper moderno, cubierto en su totalidad si el tiempo lo requiere y con capacidad para casi 75.000 espectadores, que abarcaría físicamente buena parte del centro de la ciudad. Además, el estadio no es de fútbol, sino de rugby. Un estadio de rugby para 75.000 espectadores en pleno centro de una ciudad de trescientos mil habitantes, frente a la estación principal, a pocos metros del castillo, junto a las calles comerciales y el ayuntamiento, un estadio de rugby descomunal en pleno centro histórico una ciudad un algo menor que Córdoba. Si se lo han imaginado ya, están Vds de enhorabuena: acaban de llegar Vds a Cardiff, País de Gales.

Cardiff es pequeño y tiene un castillito, además de una bahía apartada que invita a los andaluces a hacer chistes sobre cómo se cocinará la urta en parte de la Bahía de Cardiff. Cardiff no es una ciudad monumental ni un prodigio arquitectónico, hay que reconocerlo, pero tiene algunos pubs notables y varias calles de interés. En una de ellas, con esa elegancia deportiva de la que normalmente carecemos por estos lares, ondean banderas de los equipos que jugarán durante la ventana de test matches de noviembre: Nueva Zelanda, Australia, Argentina, Escocia, Tonga, Fiyi ... Muestra inequívoca del buen gusto local, arrinconada y medio arrugada en una esquina, está la bandera francesa.

Sólo viendo dónde está el estadio Millenium de Cardiff le queda a uno claro que, para los galeses, el rugby no es sólo un deporte. Cuando uno pasea por Cardiff en las horas previas al partido, el centro hierve de gente aunque haga un frío horroroso y no deje de llover ni un solo minuto. Horas antes del partido se suspenden líneas de autobús, se cierran calles al tráfico, se advierte a los viandantes que es mejor no pasar por allá ni por acá a no ser que uno quiera verse arrastrado por una marabunta roja y blanca, combinación de colores perfecta para las masas distinguidas. Echarse a la calle a Cardiff en día de partido, aunque sea a las 7.30 de la mañana y bajo una tromba de agua, es parecido a meterse de lleno en una grada de estadio. Todo el mundo lleva algo de su equipo, todo el mundo deja claro a lo que viene y nadie esconde cuál es el centro de la existencia de toda la ciudad ese día. Desde primerísima hora llegan trenes llenos de espectadores con camisetas rojas y las tres plumas blancas del Príncipe de Gales y la leyenda "Ich Dien", "Yo sirvo" en el pecho, mezclados con menos tipos vestidos de negro con un helecho plateado sobre el corazón. Muchos de ellos van al estadio, otros van a los pubs de los alrededores pero no quieren perderse el ambiente. Todos, incluidas numerosas chicas y familias enteras, van al rugby tengan o no tengan entrada.

Durante todo el día, por las calles del centro, en medio del chaparrón, del viento y del frío, pasean los galeses en camiseta de manga corta, y hasta alguno va en bermudas y chanclas y no es broma, oiga. Los galeses, como otros habitantes de las Islas, son un prodigio térmico, un desafío a los elementos, una anomalía con aislante. Bajo la capucha y tras la bufanda, viendo a los galeses en camiseta, uno se explica su facilidad para invadir territorios de clima más benigno, como relata Sir Cecil Winterbottom en su obra "Crónica de la colonización en manga corta" (Revista de Estrategia Militar en Niki, 1897):

- A la orden, mi General

- Dígame, Allistair

- Han llegado los regimientos galeses, les gustaría saber cuál es el plan para esta tarde.

- Ah, muy bien, Allistair. Dígales que hoy invadiremos Bombay de cuatro a siete. Por favor, que sean puntuales: la cena se servirá a las 19.30 y el Rogan Josh frío no vale nada.



Y es que a finales de noviembre en Cardiff hace un frío horroroso y no para de llover, hace viento y los paraguas (rojiblancos en su mayoría) sólo aguantan las corrientes de aire gracias a sus varillas reforzadas con adamantium. El extranjero sureño, congelado, lleva bufanda, gorro, gabán y pijama bajo el pantalón y aún así tiene que parar cada poco tiempo en un café a tomar sopa caliente y aspirina efervescente. Al otro lado del cristal empañado, empero, pasan los lugareños bajo la tempestad vistiendo zapatilla de lona y mangas de camisa, charlando animadamente a pesar de la galerna (Nota al pie).

Dejando de lado los misterios térmico-dérmicos de las islas, volvemos a lo que nos ocupa: el rugby. Cuando se acerca la hora del partido Cardiff entero se echa a la calle y se dirige al centro, al estadio. La masa es compacta y numerosa y andar a contracorriente es una tarea dura, recompensada al llegar al estadio. El estadio es inmenso, cómodo y moderno, y cuenta con un bar excelente.

- Tres cervezas, por favor

- ¿Lager? ¿Bitter? ¿Negra?

- Uhm ... ponga tres pintas de cada, gracias.



Así es, oiga. Al ser el rugby de un deporte bárbaro con seguidores embrutecidos, no como el fútbol, en las gradas del Millenium y del resto de estadios se puede beber alcohol cuando el partido no es de fútbol. Además, si uno quiere sidra en vez de cerveza, el barman le da una botella de cristal en la certeza de que nadie se la tirará a un jugador por un doble motivo: primero, por la exquisita educación de la hinchada (a pesar de algunos silbidos en los golpes rivales y durante la haka, algo no escuchado en Dublín); segundo, por el riesgo cierto de que el agredido vea al agresor, suba a por él y se lo coma en plena grada en sashimi. Ver un partido en el estadio con una pinta de cerveza fría en la mano es un placer del que las aficiones asilvestradas del fútbol nos han privado a los señores con gafas que nunca nos metemos con nadie; en algún momento, en esta vida o en la otra, deberán pagar por ello.

Los galeses adoran el rugby y saben de rugby, y también adoran cantar y saben hacerlo. En Gales son famosos los coros polifónicos, y esa afición se traslada a la grada del Millenium antes del partido. Una banda militar uniformada con casaca roja y diferentes tipos de sombreros y cascos según la graduación y función (bearskins de gala, salacots blancos de tropa colonial, cascos dorados impolutos) interpreta piezas para que un coro multitudinario, uniformado y con un director muy serio batuta en mano, cante y cante antes del partido. Mientras el coro canta, galeses y neozelandeses calientan y el calentamiento es casi tan espectacular como un partido: ataques, cruces, placajes, percusiones, delanteros haciendo melés, tres cuartos corriendo de lado a lado. La hora del partido se acerca, las cervezas van desapareciendo y las piezas que toca la banda son coreadas por cada vez más gente. Media grada canta "Hey Jude", tres cuartos se desgañitan después cantando un clásico de las gradas de rugby, "Delilah" del Tigre de Gales, el Falcao de los Crooners. Los neozelandeses se conjuran y empiezan a recoger los bártulos antes de volver al vestuario y entonces la banda y la grada saben lo que tienen que hacer. El director del coro se gira hacia la tribuna y suenan los primeros compases de "Bread of Heaven"; la grada estalla y canta, a varias voces, uno de los himnos tradicionales del rugby galés. A mitad de la pieza los jugadores galeses, que conocen el ritual, comienzan a girarse hacia el vestuario, abandonando el calentamiento y preparándose para la batalla que en breve empezará. Los jugadores rojos se van lentamente del campo entre el trueno de la grada, en una escena que recuerda a esas despedidas de las tropas hacia el frente que vemos en las películas, algo así como suerte muchachos, estamos con vosotros, a por ellos sin dar ni esperar cuartel. La escena es increíblemente emotiva y uno entiende entonces por qué un jugador galés está dispuesto a dejarse hasta el último aliento defendiendo esa camiseta, en casa, ante los suyos. Habría que ser muy frío o muy sinvergüenza o un eterno sonriente de Utrera para no sentir ese pellizco en ese momento y morder el protector dental hasta partirlo en dos. Benditos momentos nos da el rugby.

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Igualmente increíble es escuchar el himno galés coreado al unísono por 75.000 gargantas bien afinadas, ver las llamas que se lanzan al final del mismo, la ovación unánime de un país entero antes del partido, los equipos formados frente a la grada y la banda comandada por la mascota del regimiento, un macho cabrío enorme que no para quieto, deseoso de empitonar a Richie McCaw a la salida del primer ruck. El partido tiene poca historia, pero tampoco importa. Dos lesionados galeses en la primera jugada (uno tras cobarde y alevoso puñetazo por la espalda) marcan el partido; la increíble máquina negra de rugby que los galeses tienen en frente hace el resto. Los All Blacks están en un momento imparable, cuentan con jugadores de altísimo nivel técnico y táctico y un ritmo físico constante al que prácticamente no se puede hacer frente. Gales no aguanta ni los veinte minutos que acostumbran los rivales a mantener el tipo y los neozelandeses fríen a puntos a los rivales gracias a Aaron Cruden, preciso como un cirujano cardiaco pateando a palos. Poco interés tiene el partido, salvo ver en acción a campo completo a los zagueros, casi siempre fuera de plano en la televisión, y sobre todo a Israel Dagg, un prodigio de colocación y sangre fría que, además, manda sobre sus alas con galones de mariscal de campo y se une a la línea con una potencia y zancada que parece multiplicarse en vivo, en el campo. En un momento dado, al principio del segundo tiempo, la actitud de los galeses mirando, con los brazos bajos y la cabeza gacha, cómo Cruden vuelve a marcar indica que los de rojo están psicológicamente hundidos, convencidos de que esa muralla negra que les sale al paso cada vez que intentan algo no les permitirá anotar ni un solo tanto ante los suyos.

Finalmente no llega la sangre al río: mediado el segundo tiempo Gales ensaya tras formar un maul con casi todo el equipo metiendo el hombro, empujando a los neozelandeses hasta dentro de su línea de ensayo, jugándose un contraataque letal a sabiendas de que no tendrían muchas más ocasiones de salvar la honra. Los All Blacks levantan el pie, los galeses ensayan de nuevo y respiran, el partido acaba y la grada, medio resignada medio admirada (era común ver a seguidores locales diciendo a los hinchas de los All Blacks lo asombroso que era el juego de su equipo) va dejando atrás botellas vacías y vasos arrugados, de vuelta al las calles, a los pubs y restaurantes y a la lluvia , el viento y las camisetas de manga corta.

<En este ambiente, en este sitio, quién ganó el partido es casi lo de menos, ya lo saben.




NOTA DEL AUTOR: La explicación a por qué los galeses van en manga corta y las galesas van en sandalia y minifalda hasta en pleno y crudo invierno la dio a conocer el famoso dermatólogo polaco Dr Miroslav Mazinsky (de origen escocés según su biógrafo, siendo su apellido una deformación localista del apellido del clan McThickskin) en su tratado "Carnes de Gallina del Mundo Moderno y otros estudios médicos altamente inútiles" (Ed. El Galeno de Gales, 1950). Mazinsky o McThickskin, tras mucho estudiar los músculos horripiladores de etnias del mundo entero, llegó a la siguiente conclusión:

"La piel humana se divide en tres capas principales, epidermis, dermis e hipodermis. No es así, empero, en el caso de los naturales de las Islas Británicas, cuya piel cuenta, entre la epidermis y la dermis, con una fina capa de neopreno, otra de Thinsulate y una última de una sustancia parecida al torrezno".


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En el día después de los partidos de vuelta de los dieciseisavos de final de la Copa del Rey, a uno le quedan en la retina algunas imágenes de celebraciones de goles. Un jugador de un club grande de Primera División metió un gol desde su campo a un portero de un Segunda B y lo celebró haciendo un bailecito coreano dedicado a la grada. Un jugador de un equipo poco señor metió un gol a otro equipo de Segunda B y lo celebró poniéndose un balón en la barriga; en ese mismo partido, éste jugador llamó fracasado a un jugador rival. Un compañero suyo metió dos goles en ese mismo partido contra elSegunda B y lo celebró señalándose el escudo y mirando a la grada, en una celebración de esas ensayadas que tanta vergüenza ajena dan.

El mismo día, Raúl García le metía otro gol a un equipo de Segunda B, el Jaén. Raúl García, jugador injustamente tratado por el Calderón como tantas veces hemos dicho, se limitó a cerrar un puño y agradecer el pase al compañero con el que había estado durante la semana entrenando el movimiento que le permitió hacer el tanto. Pudo hacer aspavientos y reclamar gloria y atenciones, pero eligió una celebración que recordó a aquellas de Gárate e Irureta cuando se estrechaban la mano y se volvían a su campo para no molestar demasiado a los rivales que acababan de llevarse un disgusto. Raúl García hizo lo mismo, mostrando el respeto debido a un rival de una categoría inferior quizás deslumbrado por el estadio y los rivales.

Raúl García ya nos tiene acostumbrados a estos gestos, la verdad, así que no nos sorprende aunque nos gusten mucho. Otros gestos recientes tampoco nos sorprenden ya, y también nos gustan. Recientemente Simeone pidió a un árbitro que no expulsara al entrenador rival. Gabi intercedió en el partido de ida en Jaén para que no expulsaran a un jugador contrario tras cometer un penalti, Adrián y Raúl García contribuyeron a incrementar el cariño y el respeto hacia el Atleti con gestos que deberían ser normales y últimamente son excepcionales. El Atleti de estos días tiene un estilo añejo, respetuoso y sobrio, que nos gusta y nos hace grandes. Ahora solo falta que esa parte de la grada que confunde el ánimo con el insulto al rival y el aliento constante con la ofensa repetida, tome nota de los gestos de los nuestros y los trate de imitar. Ahí sí estará el Atleti al completo, el Atleti nuestro.

viernes, 21 de enero de 2011

Crónica sin nombre del peor derbi (posible)

Habían anunciado un frío polar y luego no hizo tanto. Habían anunciado nieve, borrasca y temporal y luego fue un día normalete. Habían anunciado un vendaval de juego y compromiso, y ná. De hecho, habían anunciado un partido de fútbol, y ni eso.


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Ya saben los lectores de este blog, sufridas víctimas oculares del fondo oscuro y la letra clara, que al que suscribe le gusta cada vez menos el fútbol. En especial, es conocido por estos pagos que a uno el partido que menos le gusta del año es el partido contra ese equipo que nunca nombramos, ese equipo hecho para justificar un palco, el otro equipo grande de la capital, ya saben.

En vista de lo anterior, el que suscribe se plantea cada vez más ir a ver los partidos del Atleti contra estos vecinos con los que los dioses nos maldijeron. También se plantea dejar de ir al fútbol así en general, oiga, también, que el fútbol es cada vez más feo y menos deporte, que la gente es cada vez más bruta y menos educada. Pero lo que se plantea de verdad es volver a ver los derbis. Y no se trata de los resultados, de la racha infame, de las pocas posibilidades de hacer tal o cual cosa, de la imagen dada. Se trata más bien del ambiente, de la agresividad sin freno en la grada, de la frustración resuelta a insultos sin gracia ni justificación, de la presencia abrumadora de policías vestidos de samurais por las calles del barrio con cara de buscar una mirada desafiante para probar todo su material anti-disturbios. La sensación de que en cualquier momento habrá una carrera masiva, una pelea, un niño asustado que no se explica por qué tiene miedo en lo que le contaron que iba a ser un día de fiesta, un tipo que maldiga la hora en que se le ocurrió venir al fútbol ese día. Cuando al fútbol no apetece ir con los niños, bien por el horario o por el ambiente de las calles, mala noticia.

En día de derbi, más si es tarde, el ambiente en los alrededores del Calderón es feo y tenso, pesado y molesto, todo a la vez. Se diría que en día de derbi nocturno el alcohol embrutece más que alegra, y que aquellos que normalmente acaban la sobremesa cantando Asturias patria querida y llamando guapa a las señoras, en día de derbi no hay quien les aguante, empeñados como están en pegarse con el primero que pase. A uno, no se me malinterprete, se le ocurren nobles ocasiones para darse de tortas, como por ejemplo los combates de peso mosca, e incluso ve motivos suficientes para recurrir al capón y el sopapo en casos de provocación flagrante (por ejemplo la combinación de camisa de rayas y corbata de topos), pero de ahí a pegarse por las buenas en día de fútbol media un abismo aburridísimo y bastante vergonzante.

Por todo ello uno quizás no deje de ir al Calderón en día de derbi (por ahora), pero sí retrasará su entrada al campo hasta el último minuto. Y quedará en bares, como es su costumbre, pero cada vez más alejados del campo, como hizo ayer. A una distancia prudencial del estadio, el ambiente sigue siendo parecido al de los partidos grandes y uno no se expone a tener que emprender indigna carrera ante la fuerza pública o, mucho peor, a recibir un pisotón de un usuario de zapatos Gorila. De esta forma uno evita contribuir al a veces desagradable espectáculo de la previa y, lo que es realmente importante, puede tomarse una cerveza con calma y charlando, que es de lo que se trata en el fondo. Y ya es triste llegar a esta conclusión, ya es triste.
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Llegó la afición en tropel al estadio a pesar del resultado de la ida, del frío, de la hora, del tráfico, de los antidisturbios, de los exaltados, de los socavones y de los impuestos municipales y la gente le intentaba buscar una explicación a tanta afluencia. Es verdad, decían algunos, que para el aficionado del Atleti este partido es especial y que la asistencia al campo es obligada; es verdad, decían otros, que qué más dará el resultado de la ida, si aquí lo que importa es venir a ayudar y cumplir cada uno con su misión; es verdad, decían otros, que preguntarse que cómo es que el campo estaba tan lleno en un partido así implica no tener ni idea de lo que es este equipo y esta afición. Todo eso es verdad, sí, lo es.

Pero también es igualmente cierto que algunos veían otro motivo más para acudir: la esperanza, real y certera, de pasar. Como lo oyen. Que el Atleti actual ganase dos cero el partido de ayer era complicado; tan complicado hoy como posible y asequible hace unos años. En la memoria colectiva, que funciona al menos para una proporción elevada de los que aún van al estadio, marcar un dos cero en un partido así no debería ser ninguna quimera sino algo ya vivido; lamentablemente, para los aficionados que no llegan a la treintena es cosa de ciencia ficción.

He aquí una confesión: el que suscribe, que es tonto, era de los que pensaba que algo bueno iba a pasar ayer. Quizás no pasar, pero sí ganar, y bien. No se trataba sólo del clásico vaivén anímico de todo atlético ante estas situaciones, ya saben, la progresión que empieza con la decepción tras el partido de ida, el sosiego en los días siguientes, el ¿y-por-qué-no?, el sorprendente optimismo moderado, el auto-convencimiento sobre las posibilidades reales del equipo y la posibilidad de que la lógica no se imponga, el escepticismo positivo, el optimismo público y la euforia en las horas previas. No, no se trataba de eso, era algo diferente. Tres elementos contribuyeron a que uno acometiera el partido con más ganas de las esperadas, para sorpresa propia. El primero, los cinco últimos minutos del partido del lunes, con aquél mensaje tan claro enviado directamente desde la grada a los jugadores, sin intermediarios, imposible de no entender. El segundo, la pancarta que apareció en un entrenamiento, y el efecto que uno intuyó que pudo haber causado en los jugadores. El tercero, el partido del Betis, en el que un equipo aprovechó una ocasión para, sin clasificarse, recuperar autoestima, lanzar un aviso a rivales y grada, recargar los niveles de orgullo de la afición; una buena referencia el día antes de un partido importante, un regalito del destino. Uno, inocente, pensó que todo eso dejaba claro qué tenía que hacer el Atleti, que no era mucho, y que lo habrían entendido los jugadores.

En estas salió el Atleti y, a la vez, salió de la chistera de Quique el enésimo conejo contrahecho, malformado e incapaz. Salió una defensa rara, con Valera de lateral derecho, con Filipe Luis Filipe por la banda izquierda - que dejó llena de dudas - y con Ujfalusi jugando de central junto a Perea tras jugar de lateral la inmensa mayoría de sus últimos partidos; mientras, dos centrales que deberían ser titulares comían pipas sentaditos en el banquillo bajo elegante manta de forro polar, hablando con sorna de las dotes motivadoras del mister. Salieron también tres medio centros: Assunçao, Tiago y Elías. Salió el pobre Elías, el recién llegado, el que no tiene ni idea de qué es el Atleti ni mucho menos de qué es un derbi, el que parece no saber cómo se llaman los compañeros, cómo juega el equipo o cómo se toma la M-30 desde el estadio. Salió Elías y jugó todo el partido, chúpese esa, oiga. Había jugado un tiempo el lunes, y había dejado un fuerte aroma a despiste, a necesidad de aclimatación y a falta de soltura (siendo generosos), y Quique premió todo esto con la titularidad y el partido entero en prime time. Salió por delante de Raúl García, el centrocampista de más carácter, suplente en el partido que más carácter reclama; salió también por delante de Juanfran, el recién llegado a quien Quique también hizo debutar de forma sorprendente el día de su presentación para, de forma igualmente sorprendente, volver a dejarle en el banquillo tras un buen partido. Salió por delante Fran Mérida, algo perdido a ratos pero cada vez más metido en el equipo, salió Reyes hasta que se lesionó y le sustituyó Diego Costa y salió Forlán e hizo el peor partido que uno le recuerda en el Calderón, primero impreciso, luego ausente y finalmente desquiciado.

Quique Flores había dicho en la previa que habían entendido el mensaje de la afición y, por ello, se esperó un Atleti peleón. Y así fue, al menos un ratito: salió el Atleti con cierta garra, mordiendo al rival al principio del partido, chocando en los cruces y marcando terreno. El partido empezaba como uno se esperaba, con algo de intensidad, tono y timbre. No había peligro, quizás el visitante mostraba signos de no querer correr mucho puesto que el resultado les era muy favorable, pero tampoco estaba cómodo. El Atleti apretaba y daba la sensación de saber cómo poder hacer daño. No fue así. Fue Reyes el que se hizo daño tras una entrada fea y, en la siguiente jugada, marcó el rival. Primer tiro a puerta, un gol sin demasiada dificultad, la eliminatoria imposible.

Y aquí se preguntó el aficionado... bueno, ¿y qué más da? ¿Qué más da si no se pasa de ronda? ¿No es quizás una buena oportunidad para demostrar que efectivamente se ha entendido el mensaje de la afición y dar una alegría a esta gente? ¿No se queda la situación que ni pintada para, viendo que el visitante iba a correr lo justo, gritar alto y claro que cuando se trata de derbis madrileños pasar o no pasar la eliminatoria es secundario y que lo importante es coger por las solapas al rival y zarandearle hasta que se maree? ¿No deberíamos hacer lo posible para apretar, robar, empatar, remontar y romper la racha, o al menos intentarlo? ¿No deberíamos aprovechar para, incluso sin posibilidades de pasar de ronda, marcar el territorio para el partido de vuelta de liga y así adelantar trabajo? Todas estas preguntas obvias, todas estas posibilidades incluidas en el mensaje que Quique dijo haber entendido, tuvieron una única, decepcionante y triste respuesta: pues no.

El equipo tuvo la ocasión de demostrar que, en efecto, habían entendido el mensaje como dijo Quique Flores y que la respuesta al gol sería un partido a la carga, a pecho descubierto, con la valentía y la ventaja del que sabe que no tienen nada que perder y mucho que ganar. Pero pasó todo lo contrario, qué cosas, y la grada se planteó varias cuestiones. La primera, de qué mensaje hablaba Quique Flores. El mensaje famoso, que todo el mundo había entendido, era que daba igual ganar que empatar o perder, pasar o no pasar, porque lo que se pedía, casi se rogaba, era que el equipo se dejara el alma y recuperara algo de dignidad. A falta de referencias de la casa en el campo, al menos uno confiaría en que el entrenador utilizara el recurso emocional para azuzar a los suyos. Pues tampoco. A juzgar por la actitud, el mensaje que pasó Quique debió versar, una vez más, sobre sensaciones, recuperaciones anímicas, solidaridad alícuota y gestión de escenarios empáticos sin mermar alternativas asociativas, un nuevo mensaje incomprensible destinado a inflar su propio ombligo. Eso, o que estuvieran atentos al trajecito que estrenaba ayer, que era de corte italiano, una perita.

La siguiente pregunta que se planteó la grada es si alguien de la plantilla entiende algo de lo significa este club. No se explicaba la grada que ante un partido en que se podría intentar recuperar autoestima no jugara de salida el único canterano de campo ni que Juanfran, recién llegado, mostrase más rabia y compromiso que todos los demás jugadores juntos. No se explicaba la gente la presencia de Elías, ni la ausencia de Godín, el super-jugador que, según nos cuentan, quiere el Chelsea. No se explicaba la gente la irritante desidia de Forlán, desconectado del partido hasta que pasó de la desconexión al más absoluto de los desquiciamientos, tirando a puerta flojito desde cuarenta metros. No se explicó la gente la soledad de Tiago, único jugador que intentaba jugar la pelota mirando a los compañeros, ni la desesperante actuación de Filipe Luis Filipe, siempre lejos de su par, nunca dispuesto a tomar un riesgo físico o técnico. En definitiva, nadie parece tener una idea de lo que hay, no hay capitán, no hay veteranos, no hay un tipo del cuerpo técnico con cuatrocientos partidos en el club que baje al vestuario y hable de afrentas históricas y robos imperdonables y haga salir a la gente a comerse al rival, no, no hay nada de eso. En vez de eso, sólo hay un director técnico de gira por Brasil, un presidente empeñado en hacer chistecitos, un consejero delegado invisible y centrado en sus negocios y un entrenador más empeñado en hacer valer su autoridad castigando chavales que haciendo un equipo comprometido.

Lo último que se preguntó la afición fue algo cada vez más frecuente en la grada del estadio: qué coño hacemos aquí. Qué hacemos aquí si esto no se parece a lo nuestro, si no tiene nada que ver con lo que queremos. Qué hacemos aquí si esto le importa cada vez a menos gente, y a los que les importa no les duele lo suficiente para montar un escándalo que derribe el palco. Qué hacemos aquí, perdiendo contra el otro equipo grande de la capital en silencio, sin un grito de reprobación al equipo ni al entrenador ni al director deportivo ni al palco, sin un rugido general. Qué hacemos aquí, viendo a un equipo pusilánime y desinteresado que da por bueno un cero uno en casa contra la camiseta más odiada, sin arrebatos de furia, sin cargas desesperadas para marcar el gol de la honra, sin sangre en las venas de los jugadores ni un capitán con los ojos inyectados en sangre, rabioso ante la perspectiva de ser señalado en los posters de los bares por la gente, ahí están, son esos, esos son los que perdieron y no corrieron para solucionarlo, esos son, qué vergüenza de equipo. Qué coño hacemos aquí, oiga, qué coño hacemos aquí, por qué seguimos viniendo y haciéndonos ilusiones, por qué seguimos pensando que esto es un club de fútbol cuando es, en realidad, una inmobiliaria interesada en recalificar terreno en Alcorcón, un broker a comisión de jugadores que se ha gastado 30 millones de euros este año (30 millones ni más ni menos, 30 ... 9 por Godín, 12 por Filipe Luis Filipe, 7 por Elías, 5 por Juanfran, la cifra suficiente para que un club competente arme un equipo casi entero) para conseguir, oh gestión, empeorar el equipo que ganó la Supercopa y seguir sin ser alternativa a nada, que también tiene su mérito, oiga.

El Atleti jugó el peor derbi que uno recuerda cuando lo tenía más fácil que nunca. Nadie pedía al Atleti pasar de ronda, nadie le pedía ni siquiera ganar o empatar: todo lo que se pedía era intentarlo con dignidad, correr, morder. Correr y morder, lo que hacen los cuarentones en campos de fútbol 7 durante los fines de semana para ganarse una cerveza con los amigos que ellos mismos se pagan. Correr y morder, lo que hacen los equipos modestos en parte por dignidad y en parte porque su grada los tira al río si no lo hacen, lo que hace un recién llegado de Osasuna hasta que se dé cuenta de que nadie se lo agradece y para nada sirve. Correr y morder, lo que haría cualquiera de cualquier grada si jugara contra su rival más odiado, lo que hace cualquier jugador honrado que sabe que no tiene la técnica suficiente para hacer otra cosa. Correr y morder, el mínimo exigible en cualquier partido, lo innegociable en un derbi. Correr y morder, lo más sencillo, lo único fácil del fútbol. Gritar y morder, lo que podría hacer la grada, y no hace.

viernes, 14 de enero de 2011

Elogio del (extinto) nervio intenso

El Atleti perdió un partido que jugó sin intensidad, sin rabia y sin nervio. Normal.


Miren que nos ha pasado ya veces, pero no escarmentamos. Llevamos años sin ganar, pero nada: siempre pensamos que esta vez será la buena, la que quiebre la racha, la que acabe con la maldición. Quizás en el fondo sepamos que no lo será, pero también tenemos todos esa vocecita interna que, con acento argentino, nos dice que por qué no. Que por qué no, que por qué no esa vez, por qué no va a pasar algo que es posible y que otros con menos motivos y medios consiguen. Por qué no va a pasar lo que antes pasaba con cierta frecuencia, por qué no vamos a ver de nuevo ese equipo aguerrido que, hace un par de años sin ir más lejos, dio un recital de contraataque y agresividad en el mismo campo. Por qué no vamos a ganar a este equipo al que tantas veces hemos ganado, por qué somos capaces de ganar al Inter, al Barça y no al este otro. Siempre lo pensamos y rara vez lo decimos ya, porque lo hemos dicho tantas veces que no tiene mucho sentido repetirlo de nuevo. Lo decimos entre nosotros, cuando nos llamamos y contestamos a la eterna pregunta - "¿cómo lo ves?" - con el eterno "yo siempre lo veo bien, no, en serio, claro que podemos ganar, yo creo que hoy ganamos".

Antes teníamos nervios desde el día antes, nos costaba desayunar y casi no comíamos. Recibíamos llamadas que nos preguntaban por los ánimos, oíamos bromas en la oficina y comentarios de ánimo en el bar. Ya no tanto. Ahora los nervios siguen ahí, pero empiezan una hora antes y se pasan normalmente antes del final del primer tiempo. Y no son los mismos nervios, no son esos tan fuertes y tan intensos que le hacían a uno tener dolor de estómago y pocas ganas de hablar, pero se parecen. Quizás sean los mismos, pero ya cansados, como más maduros. Nervios con canas, nervios con gafas, nervios que cenan sopa de fideos y prefieren pasar el viernes por la noche en casa en vez de salir. Ahora que lo pensamos, quizás seamos nosotros los de las canas y las gafas y las ganas de sopa ... pero quizás no. Porque tuvimos los mismos nervios el año pasado en Hamburgo, y en Madrid unos días antes viendo al equipo en Liverpool. Ese día estuvieron con nosotros los buenos, viejos nervios de los buenos, viejos tiempos y estaban en plena forma. Querían cerveza fría y quedarse afónicos, querían contar historias épicas y reírse a carcajadas, no querían ni oír hablar de sofás y mantitas y comedias románticas en dvd.

Lo que pasa es que ellos, los nervios buenos, aparecen cuando consideran que el acontecimiento lo merece, y nosotros les esperamos incluso cuando, por no tener sentido su presencia, son ellos los que están en el sofá tomando sopa de letras. Qué listos son estos nervios.
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Salió el Atleti al campo del otro equipo grande de la capital y algunos se persignaron y otros bebieron un sorbo y otros dijeron "al lío". Algunos miraban al equipo con gravedad y fijeza, otros con cara de susto, alguno lo miraba de una forma que no importaba porque lo hacía llevando unos grandes guantes de conejo gujarati que le quitaban toda autoridad. El caso es que salió el Atleti y la afición sintió nervios, alguno nervios templados y otros nervios fríos, alguno nervios calientes y otros nervios atérmicos. Pero nervios, por más licuados que estuvieran, por más amaestrados que estuvieran, por más cansados que estuvieran, sentimos todos.

Salió el Atleti y la afición se hizo la primera pregunta retórica. ¿Qué hace ahí Juanfran? Juanfran, recién llegado, era titular en la visita al estadio de ese equipo con speaker. Los mensajes que con ello mandaba el entrenador eran variados. Por un lado, parece que venía a decir "saco a éste, que es mejor que cualquier otro de los que tengo". Un mensaje así es naturalmente todo un aliciente para esa plantilla que el entrenador insiste en recuperar psicológicamente (no sabemos bien de qué, ya que lleva una temporada larga al frente del equipo). Por otro lado, la titularidad de Juanfran puede implicar otra cosa más preocupante. "Salga ahí y haga lo que quiera; total, no hay nada que yo le pueda indicar, no hay movimientos que Vd deba conocer de memoria y no hay consignas asumidas por todos que yo le pueda enseñar, porque no las hay". Uno imagina a Juanfran diciendo vale, vale, yo salgo, pero dígame algo, no sé, dónde me pongo, subo siempre o me quedo, cómo se llama el del pelo corto, a éste le llaman "Kun" o "Sergio". Salga ahí, oiga, y haga lo que quiera. En los corners a favor decida Vd si al primer o segundo palo, en los corners en contra se pone Vd donde le diga el de la melena y la barba ... o donde le diga el colombiano ... mejor no, se ponde donde Vd quiera, ya entre Vds se apañan, se reparten a los otros. Yo le recomiendo ponerse cerca de uno bajito, siempre es más cómodo, je je, como ve soy hombre de fútbol y sé de estas cosas, luego uno sale diciendo la palabra sensaciones, gestión, psico-motriz y anatema, y pasa uno por un erudito. El caso es que salió Juanfran de titular y, con semejante embolao, a uno le pareció que no lo hizo mal teniendo en cuenta que podían haber acabado con él ya de inicio.

Empezó el partido y la gente se fijó especialmente en el equipo durante los primeros minutos, a ver qué impresión dejaba el equipo. Estaba la gente calibrando el tema cuando el Atleti metió un gol. Un gol a los cinco minutos, una magnífica noticia si no fuera porque el aficionado atlético tiene demasiadas referencias malditas en los últimos años como para no tirar de recuerdo cenizo. El año del gol del Kun en el primer minuto, junto al palo; el año del penalti y expulsión de ese jugador de Santander con peinado de senador romano y del gol postrero de Albertini. Otras muchas ocasiones en las que el Atleti se puso por delante y terminó por detrás o empatado. Aún así se celebró el gol con ruido, con rabia, con venas hinchadas y puños al cielo, con abrazos, como siempre se hacía. Como debe ser.

Con casi noventa minutos por delante, el Atleti tuvo reacción de toro manso, de equipo chico, de boxeador con sobrepeso. Pegó los cuartos traseros a las tablas y se metió en su área, planteando los noventa minutos restantes como si faltaran cinco. Puso la defensa en línea dentro de su área y dejó a los medio centros con mucho espacio para ocuparse de muchos jugadores, a merced del rival. Éste, muy motivado y físicamente muy superior, se encontró cómodo con la propuesta. Siete minutos tardó en empatar con una posible falta que no pareció al que suscribe, y a partir de ahí puso un asedio a la portería de De Gea que habría hecho pensar a cualquier despistado que el partido estaba en la prórroga. El rival jugaba con ganas, a un ritmo elevadísimo, con la seriedad con la que se juegan los partidos grandes; mientras, el Atleti se quitaba golpes de encima con los ojos cerrados, manoteando por delante de la cara y apretando mucho los labios, como los niños en las peleas por los columpios. El centro del campo del Atleti no podía en ningún momento con el centro del campo del equipo Betandwin, la defensa achicaba balones con maneras de marineros sacando cubos de una vía de agua, el rival jugaba bien y el Atleti jugaba mal, perdiendo cada balón recuperado tras uno o dos pases, sin conseguir tener pausa, ni imponer calma, ni buscar a los delanteros.

Viendo el temporal, la afición dio un nuevo sorbo y pensó en qué hacer. Contra un equipo superior físicamente, un equipo puede intentar tocar y tocar y salir tocando, pero para ello hay que ser muy bueno, tener mucha calma y mucha fe en uno mismo. Contra un equipo superior técnicamente, un equipo puede jugar a cerrarse y esperar, a presionar en el centro del campo e intentar robar, tocar y salir corriendo a montar el contraataque, pero para ello es necesario ser aguerrido, ambicioso, rápido y resistente. El Atleti carece de gente lo suficientemente dotada como para salir tocando por el centro y con la cabeza alta entre el avispero que le preparó ayer el rival, eso parece claro y meridiano y no es cosa de estos días. El Atleti tiene centrales limitados y medio centros defensivos que corren y cortan pero que pueden perder el balón con facilidad si no viene alguien rápido a iluminarles con un foco y darles tranquilidad. Parecería por tanto que, teniendo además jugadores de talento arriba, lo más lógico sería plantear en las circunstancias del partido de ayer una defensa agresiva que empezase por los medios, que permitiera robar balones o al menos de forzar al medio campo rival a hacer pases imprecisos o salir trastabillado de la presión para que los centrales y laterales se beneficiaran de los errores forzados. Pero para ello, amiguiños, hace falta fondo, fuerza, carácter, ganas y nervio, mucho nervio.

El nervio lo puso ayer el rival, cuando era el Atleti el obligado a enseñarlo. El Atleti se mostró desbordado, asustado, desinteresado a ratos. Casi pusilánimes, los jugadores del Atleti no entraban al choque aún cuando había un árbitro que, por fin, no pitaba cada contacto, toda una buena noticia por más que tuviera fallos de bulto. Los del Atleti no mordían en la presión, no seguían a su par, no intimidaban y permitían al rival intentar cosas, paredes, pases, desbordes. El Atleti mostró un fútbol acomplejado, recluido en su área y mirando al cronómetro desde el minuto cinco. Totalmente desconectados del resto, los dos puntas miraban con hastío cómo el rival tenía el balón continuamente, cómo los fallos en sus pases acababan en despejes directamente a otros rivales, como nadie en el centro del campo era capaz de levantar la cabeza y mirarles, porque sólo miraban al suelo . En la cabeza de todos, parecía cuestión de tiempo que los de Reny Picot marcaran.

El banquillo, como acostumbra, no reaccionaba. Ni un cambio táctico hizo el Atleti mientras le peinaban a raya. El entrenador no metió más músculo, quizás porque no lo tenga. No quitó a un interior sino al medio centro con más carácter - desafortunado toda la noche - y lo cambió por otro jugador del mismo corte pero menos aguerrido. El rival, que había jugado a un ritmo frenético el primer tiempo, notaba el cansancio e iba bajando de revoluciones, pero el Atleti no sacaba partido. Quizás un equipo más experimentado habría anticipado que pasaría eso y se habría beneficiado, quizás un equipo más aguerrido habría ido imponiendo sus kilos en los choques, quizás un entrenador con una idea más clara, de esos que entienden que un jugador presentado por la mañana no conoce todo lo que debe saber para ser titular por la tarde, habría dado una vuelta de tuerca para volver la situación en su favor. Nada de eso ocurrió.

Y, aún así, el Atleti mantuvo el empate hasta el minuto sesenta. Pudo marcar Forlán pero dio en el palo tras una buena jugada de Agüero, pero marcaron los otros. Marcaron justo un minuto después tras una posible falta y, una vez más, tras permitir que por el centro del campo jugase cómodo un centrocampista. Marcó el rival ante la atenta mirada del incomprensiblemente estático Ujfalusi y el autor del gol, propietario de unas botas de motitas, celebró el gol como correspondía, esto es, con un bailecito simiesco previamente preparado en alguna sesión a la que, gracias al cielo, nadie conocido fue forzado a asistir. Marcó el rival cuando pudo haber marcado el Atleti, que da el doble de rabia, y sin embargo el partido pudo cambiar más.

No cambió porque Forlán no tiró cuando debía, sino que pasó a nadie, ni si quiera a Reyes, caído por obra y gracia del nuevo árbitro de guardia del otro equipo grande de la capital, el heredero de otro jugador de ese mismo equipo, malagueño, de verbo espeso y maneras mezquinas y matoniles en su relación con rivales y árbitros. No cambió porque el Atleti prácticamente no se acercó al área rival y porque, a pesar del bajón físico del rival, no supo imponerse. Contra un equipo cansado, el Atleti siguió sin ganar los choques, sin meter el pie, sin imponerse en el centro. Ujfalusi recibió una entrada igual que una que él mismo hizo, justo antes de aparecer en las portadas de los periódicos deportivo bajo el lema "se busca", pero no hubo protestas airadas, ni broncas visibles, ni exigencias de respeto, ni tánganas rompe-ritmos. El contrario bajaba de vueltas y el dos a uno invitaba a echar el resto, pero el equipo seguía con actitud de Benito Bodoque, tibio, blandito, casi excusándose.

Quizás un equipo en forma habría tenido una segunda reserva de aire para aprovechar el bajón rival. Quizás un entrenador audaz y con variantes habría cambiado el aire al equipo y habría hecho más difícil la vida del rival. Quizás un equipo con más orgullo, con más amor propio, se habría ido a por el partido o al menos a mantener el resultado defendiendo en campo ajeno. No pasó ni una cosa, ni la otra, ni la otra. El Atleti mostró sus carencias físicas, dejó dudas sobre qué hace realmente la plantilla en los entrenamientos y muchas más dudas sobre si realmente los jugadores entienden lo que el otro equipo grande de la capital significa para la afición. En los momentos en los que el orgullo es lo que hace recuperar el resuello y tirarse de cabeza al ruck, los jugadores carecen de referencia. Su idea de la rivalidad es la foto de un presidente productor sonriendo mientras sostiene la camiseta que en teoría deberían odiar, con lo que no es fácil motivarse. No hay en el Atleti actual nadie que pegue voces en esas situaciones, que consiga a gritos que no se pierda un metro, que ruja para empujar a los compañeros hacia el área contraria y para helarle la sangre a los depilados rivales. No hay referencias en esos momentos, no hay intensidad ni rabia ni motivación extra, y uno no puede culpar a los jugadores, recién llegados en su mayoría o demasiado joven en el caso de los canteranos, de no saber plasmar en el campo lo que se sabe en los bares.

Sí hay, al contrario, una cierta fatalidad. El Atleti pudo llevarse más goles durante el partido, pero De Gea y los centrales sacaron algunos balones que podrían haber sido gol. El dos uno era un resultado esperanzador y remontable, pero la fatalidad estaba ahí. En el último minuto un despeje torpe de Filipe Luis Filipe dio en Domínguez quien, tras una caída cómica, dejó de rebote el balón en bandeja para que cayera el tercer gol. Tres uno en el minuto noventa de rebote, la historia se repite con demasiada frecuencia y demasiada crueldad cuando el rival es cierto equipo.

Para pasar, el Atleti está obligado a ganar dos cero en casa. Este resultado, asequible para un equipo con autoestima y ante su afición detrás, se antoja complicadísimo. No lo habría parecido en un pasado muy reciente, pero ahora mismo parece un abismo insalvable. Se antoja tan difícil un dos cero como un uno cero, dado que parece altamente probable que el rival marque algún gol si el Atleti continúa haciendo un juego tan blandito, tan de sobrino pequeño. Para ganar éste y más partidos el Atleti necesita nervio, ese nervio tan suyo que perdió hace años, ese nervio tan nuestro que no nos dejaba dormir ni comer ni casi hablar y que ahora se conforma con ver de vez en cuando el partido por encima de las gafas, mientras sostiene un bol de sopa y un mando a distancia. Qué cosas.