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martes, 3 de marzo de 2015

Maneras de ver las cosas

Pasada la mitad del Torneo, algunas cosas nos van quedando (aún más) claras.

Nos va quedando claro que Escocia, que ha intentado hacer un rugby más alegre y audaz que en ediciones pasadas, no tiene ni la suerte ni la experiencia necesaria para llegar más arriba en el Torneo. No tiene suerte ni para evitar una derrota cruel en casa fruto de un ensayo raro tras un rebote que no era sino un fallo de uno de los más falladores del Torneo, Haimona, ni tuvo suerte para evitar esos diez minutos agónicos en su propia 22, evitando primero que los italianos entraran por riñones aplicados a la melé gracias a un golpe, pero regalando el balón al sacar ese mismo golpe, con lesión del pateador incluida. Tampoco tuvo suerte, ni oficio, ni quizás fuerzas para parar el maul italiano en la otra punta de la zona de ensayo, con un hombre menos por una amarilla en muy mal momento. Escocia, acostumbrada a pasarlo mal últimamente, no merece estas curas de humildad a menos que sea por el sacrilegio de vestir de rojo (se ve que lo de vestirse de España se ha puesto de moda) en el mismísimo Murrayfield.

De Italia hemos aprendido que de Italia no hay que fiarse: fuertes en melé y cómodos en este rugby que nos está regalando tantos mauls, con más oficio del demostrado contra los ingleses y con un punto de fortuna, demostró que aprende y aprende y que, comandado por un Parisse gigante, aprovecha las situaciones que le vienen de cara con maneras de equipo experto, por más que tenga algunos jugadores lejos del nivel que requieren los rivales. Italia se tomó muy en serio un partido contra un equipo en el que vieron fisuras que sólo Laidlaw y Ross Ford, concentrados y con cara seria durante Flower of Scotland, parecieron haber detectado entre los locales, por lo demás relajados durante los himnos.

De Francia parece claro que no tienen casi nada claro. Ni chicha ni limoné, los franceses no son ni un equipo fuerte ni un equipo astuto, no son ni rápidos ni toscos, ni talentosos ni aguerridos. En manos de Gales, irregular y, como el año pasado, en línea algo ascendente según avanza el Torneo, no parecieron tener demasiada personalidad ni demasiadas ganas, si bien es verdad que más acierto en los tiros a palos habrían cambiado mucho la historia. Pero Gales, lejos aún del potencial que esperábamos de esa línea descomunal y esa tercera línea feroz, ganó bien ganado en París tras haber dado muestras de desconcierto en partidos previos, quizás por echar de menos el pantalón blanco que nunca debió abandonar.

De Inglaterra hemos aprendido que, si quieren disputar el Mundial en casa, tienen trabajo por delante y plegarias pendientes para que San Jorge les ayude a vencer a los dragones que en breve subirán desde el Sur. Si bien parecían los claros favoritos (al menos tan favoritos como los chicos de verde) tras los dos primeros partidos, el choque contra el tractor irlandés les ha dejado mal parados. Asustados por la fiereza de los irlandeses, los ingleses no encontraron su sitio ni tirando de los jugadores que más están brillando este año: ni los kilos de Vunipola, ni el incansable trabajo de Robshaw ni los metros ganados por Burrell bastaron para hacer dudar al enorme equipo verde que, si nada se tuerce, debería pensar en hacer, por fin, un buen papel en el Mundial.  

Porque, pasados los dos partidos más duros en casa y pendientes claro está de la visita a Cardiff, lo que parece más claro a un día es que los irlandeses están un punto por encima del resto. Contra los ingleses mostraron un ritmo machacón y demoledor, un juego sin fisuras que mezcla una delantera furiosa en el ritmo pero contenida en los momentos más tensos, dos centros incansables en placaje y la ruptura que están haciendo que la afición respire aliviada al ver soluciones para el vacío que la ausencia de O’Driscoll y Darcy amenazaba, unos alas dinámicos y un zaguero con cara de pocos amigos que se suma a la línea tanto a la hora de atacar como de placar sin dudar un único segundo. Si a este entramado se une el efectivo juego de Murray y, sobre todo, el despliegue descomunal de Sexton, el resultado es un equipo muy difícil de batir, un tractor capaz de subir cuestas empinadas sin bajar el ritmo y, a la vez, capaz de trazar las líneas del viñedo con precisión quirúrgica. Sexton, además, parece haber dado definitivamente el paso adelante, quitándose ese aire de despiste, frialdad o blandura que tuvo en su momento, mirándose más en el espejo de Wilkinson, ese furibundo placador de punto de mira de sniper al que cada vez se parece más el bueno de Jonathan.

Irlanda tiene pinta de saber bien a lo que juega, a conocer sus armas y las de sus rivales, a fiarse de su propio método y posibilidades. Irlanda parece confiar en sí misma y no tener prisa durante los partidos para mostrar de qué es capaz y cómo contrarrestar lo que los rivales proponen. Irlanda, con este equipo que mezcla la rabia incansable de Best o O’Mahoney con la experiencia y poderío de O’Connell, el buen hacer del barcelonés Jordi Murphy (en un día en el que le tocaba la complicada misión de sustituir a Heaslip), la omnipresencia de dos centros con una misión histórica y las dotes de almirante de Sexton (nos sorprende por cierto que nadie haya hecho aún el chiste con “sextante”), tiene pinta de dar muchas alegrías a los que solemos vestir de verde en febrero y marzo.

En Cardiff sabremos más; mientras tanto, sigamos soñando con tréboles.
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Llegaba el Atleti a Sevilla tras el duro partido de Alemania y con la sensación de que el equipo ahora no manda en los partidos con la autoridad de hace unas semanas. El partido de Vigo y el de Leverkusen sembraron dudas en los aficionados y por supuesto entre cierta parte de la prensa, presta a encontrar problemones donde sólo hay problemillas y excitada ante la posibilidad de cantar la caída del equipo del Cholo, esa que vienen anunciando desde hace meses y meses entre publirreportajes de jugadores de equipos rivales y promociones de edredones con escudo oficial.

Las dudas, lógicas, que han dejado los últimos partidos han tenido el curioso efecto de enfadar también a los seguidores del Atleti quienes, más que preocupados, se muestran furiosos por que el equipo no soluciona los partidos fuera de casa a los diez minutos. Tras el partido de Vigo se leyeron en redes sociales amargas críticas al planteamiento táctico, que el propio entrenador había reconocido en rueda de prensa; tras el partido de Alemania se anunció poco menos que el fin de la prosperidad y la paz y, ya al conocerse la alineación del partido del Sevilla, hubo quien se echó las manos a la cabeza y acusó al Cholo de excesivamente conservador, cobarde y mal peinado. Así son las cosas, oiga, que aquí no se perdona una ocasión de hacer saber a todo el planeta Tierra desde el teclado que uno también sabe mucho de táctica, así como de vino, literatura, anatomía, videojuegos, bricolaje, alta política, enfermedades comunes del jilguero, maneras de recorrer el Sudeste Asiático sin contraer enfermedades gástricas ni malgastar el dinero en lavanderías, cubicaje de motores diésel, bares con buena ensaladilla rusa, nombres rusos de mujer, formas de cocinar la patata nueva sin que pierda sus propiedades, organizar eventos multitudinarios con tino y estilo, limpiar el rape asegurándose material suficiente para hacer un suquet  y atarse los zapatos en público sin perder la compostura. Luego, claro está, en la vida real, sin Google, con cara y gafas, las cosas son muy distintas.
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Salió el Atleti al Pizjuán con hechuras de equipo más defensivo de lo habitual, con un solo punta en el campo y dos en el banquillo, muchos centrocampistas por todas partes y menos pellizco de lo deseable, y en ese planteamiento hubo quien vio síntomas de empequeñecimiento del equipo y de las ambiciones del entrenador. Hubo quien se echó las manos a la cabeza y quien rabió por dentro al entender que desde el propio banquillo se habían traicionado sus propias ansias de victoria por rodillo y sin jugar, victoria desde el minuto uno, victoria por camiseteo, por ósmosis, por ciencia infusa. Victoria de las de otros, vaya.

Hubo también, qué cosas, quien vio en todo esto un planteamiento sensato. El Atleti visitaba el Pizjuán, campo complicadísimo en el que el propietario, buen equipo que viene de hacer una primera vuelta fantástica, no pierde desde hace meses. Visitaba el Pizjuán además en un momento complejo, con varios jugadores importantes fuera de punto o lesionados, otros apercibidos y muchos cansados, quizás en pleno valle de su preparación física. Y el Atleti visitaba el Pizjuán en vísperas de un “rally” de tres, cuatro partidos complicados en los que el equipo se jugaría el tercer puesto en la liga y continuar en Champions; quizás perder por arriesgar demasiado conllevaría contentar a la parroquia de inicio a costa del riesgo de convertir el de ya por sí empinado futuro inmediato en un puerto de categoría especial sin avituallamiento. A aquellos que vemos que el Atleti no gana con la facilidad con la que lo hacen otros y no contemplamos la inclusión del aplastamiento sistemático deportivo como una de las bellas artes no nos pareció insensato el planteamiento de Simeone: maneras de ver las cosas, maneras de vivir.

Contra un equipo correoso y fuerte en el centro del campo, de esos que al Atleti no le gustan por ser el reverso de su moneda, el Atleti jugó un partido serio pero no bonito. Demasiado metido atrás y demasiado lejos de la posibilidad de lanzar un contrataque sólo con Griezmann como velocista, el Atleti tuvo poco peso en ataque y mucha solidez en defensa. Con Koke lesionado, Arda y Griezmann eran los únicos jugadores de pellizco disponibles y ambos estuvieron bastante mal; sólo la salida de Torres, potentísimo y peligroso en este teórico momento de declive físico del que tanto hablan los que no le han visto jugar más que en Eurocopas y Mundiales, permitió al equipo salir de la trinchera. De haber marcado Griezmann tras un pase de Torres o el propio Torres tras irse por fuerza de dos rivales, el partido habría sido un prodigio táctico: primera mitad de contención, desesperación y desgaste rival desde trincheras, segunda parte con protagonismo para la caballería ligera y los francotiradores. No fue así y el Atleti sacó un buen empate en un campo dificilísimo contra un rival solvente y serio, un empate que en cualquier encuesta a principio de liga se habría tomado como un buen resultado.

Ante el Atleti se empiezan a ver las curvas más duras de la subida de las próximas semanas. Haber perdido en Sevilla nos haría ver la empresa como casi imposible, el empate nos hace pensar que no vamos mal de piernas y que por ahora la gestión de fuerzas, en momento complicado, es adecuada. El domingo hay un partido importantísimo, el miércoles otro aún casi más, otro difícil luego en Barcelona. Esperando que vuelvan las energías a las piernas, solo queda ver cada curva como se ha visto siempre, pedalada a pedalada, curva a curva, partido a partido. 

lunes, 11 de marzo de 2013

De gradas heladas y gradas desquiciadas


En Edimburgo llueve, nieva y sale el sol a intervalos, diez minutitos de nieve, diez minutitos de aguanieve, diez minutitos de sol, diez minutitos de cada pero siempre, siempre hace frío. En Edimburgo hace un frío que pela, un frío húmedo que corta, un frío con viento que viene de las colinas nevadas que hay detrás de Murrayfield o directamente del mar, un frío constante, contante y sonante, un frío se mete hasta los tuétanos entrando desde los pies y la garganta y tarda y tarda en salir y sólo sale a fuerza de sopa y calor de pub, cerveza local, haggis, whisky de malta y tiempo ante la chimenea. Y, en este tiempo helador, escoceses y galeses van en manga corta, en kilt, en pantalón corto de rugby y camiseta. Y tan contentos, oiga.

El sábado amanece nevando en Edimburgo y uno se echa a la calle prontito a recoger las entradas del partido y, de camino y sólo si se es de Onteniente, a saquear a golpe de tarjeta de crédito una tienda de rugby entre cuyas perchas cuelga orgullosa la camiseta de la selección española, quizás por curiosidad de los dependientes, quizás para atraer a la parroquia que llena vuelos desde Madrid (al menos). Durante todo el día de partido y el domingo es fácil encontrarse con grupos de españoles que pasean por la ciudad, muchos llevando camisetas de sus equipos, todos venidos expresamente a ver rugby a mil kilómetros de casa desde el país donde en teoría no gusta el rugby. Y ya a esas horas, y desde el día anterior, se ve que en Edimburgo es fiesta mayor: la publicidad de las calles, los carteles de las calles, los pubs abarrotados y los vuelos repletos de gente que va al rugby dejan claro que no es un día normal.

Como suele ocurrir, es la afición visitante, esto es, la que no conoce la ciudad y llega de fiesta, la encargada de poner el ambiente desde primeras horas, que los locales ya saldrán de casa luego para ir directos al partido. Casi amaneciendo la Royal Mile parece que alberga los fastos por el entierro de Hugo Chavez: una marabunta vestida de rojo sube y baja por las aceras e invade la calzada, dando un paseíto previo a enfilar el estadio a unos agradables cero grados, temperatura ideal para visitar tiendas de recuerdos y monumentos varios en terno veraniego. Los galeses, de cuya asombrosa resistencia térmica ya hablamos hace unos meses, pasean en manga corta y algunos incluso vestidos del Gales grande de los 70, con camisetas de algodón, pantalón corto, medias rojiblancas y pelucas y patillas postizas como JPR Williams y Gareth Edwards, los de “that try”. Las camisetas rojas se alternan con disfraces de todo tipo: de dragón, de vaca, de pollo (aunque éste es de una tienda local que regala alitas asadas como promoción), de oveja, de vendedor de seguros de hogar, de hijo adoptivo de Vinaroz. El rugby del VI Naciones tiene mucho de evento serio que pone en juego el orgullo nacional, como se encargan de narrar con voz engolada y épica los comentaristas de otros países, pero también de fiesta popular cercana al carnaval y, en todo caso, a la borrachera multitudinaria, que en el fondo es de lo que se trata.

Murrayfield queda a unos 4 kilómetros del centro y las obras del tranvía, perennes en Edimburgo desde hace cuatro o cinco años, cortan calles y provocan cambios de dirección, por lo que es aconsejable ir andando. El estadio no tiene pérdida: “sigan a la multitud que viste de rojo o kilt”. El paseo de 45 minutos se hace mucho más largo porque la tradición y la temperatura indican que lo suyo es ir parando de pub en pub, o al menos intentándolo: los pubs están abarrotados, empañados por la multitud de gente que bebe y charla en su interior, las terrazas bajo toldo destinadas a los fumadores también están llenas de galeses y escoceses que bajan pintas a la intemperie a ritmo de record de la Commonwealth: ya saben que cuando la lógica haría a cualquiera pedir un brasero, los de las islas piden dos pintas más y unas patatas con sal y vinagre.

Tras varios conatos de entrada en pubs intransitables, varias colas interminables ante una barra abarrotada, varios kilómetros a pie y un par de vasos de sopa picante reparadora, se llega a Murrayfield. Al acercarse al estadio el ambiente es aún más intenso, y hasta el nombre de algún pub local como el Fly Half indican que, en el barrio, mejor hablar de rugby o permanecer callado. Murrayfield, rodeado de campos de rugby,  es un estadio precioso de silueta curva que se recorta contra unas colinas escarchadas muy indicadas para hacer fotos de recuerdo y de cuyos antepasados geológicos (y sobre todo de sus muertos) se acuerda uno durante el partido cuando el viento que viene de ellas se cuela por las costuras de los abrigos con decisión de segundo centro, regatea el forro polar, salta pliegues del jersey de lana, esquiva haciendo contrapiés el tejido de la camiseta térmica y se queda pegadito a la piel, haciendo bajar la temperatura corporal grado a grado y haciendo que la color del visitante mute del rosa-congestión-de-pub al azul-cobalto-de-páramo-highlander, también llamado Royal Hypothermia Blue. Tanto es el frío y el viento que sopla en Murrayfield que el gobierno escocés, en caso de alcanzar la independencia del Reino Unido, podría sopesar cambiar su nombre al de New Los Pajaritos Stadium en homenaje al campo del Numancia, que tampoco es manco.

En torno al estadio hay montones de puestos-camioneta de cerveza, comida y recuerdos, con lo que el ambiente de feria es total. Las aficiones están absolutamente mezcladas y beben y charlan juntas sin que haya no ya una trifulca, sino la mínima discusión. El alcohol ayuda a confraternizar, pero no es el alcohol el causante del buen ambiente, sino más bien la educación: también hay alcohol a ríos antes de los partidos de fútbol, y en estos es común vivir situaciones desagradables. Incluso los borrachos, que abundan, son amables y risueños, lejos de esos alicorados insoportables que utilizan las gradas de los estadios de fútbol para saldar cuentas con la vida que llevan y que creen no merecer. Porque la grada de Murrayfield, como todas las gradas de rugby, es ante todo educada, sobre todo hospitalaria y acogedora. En Murrayfield uno puede sentarse llevando los colores de su equipo con total tranquilidad, celebrar los puntos propios, cantar su himno a voz en grito y, como mucho, lo único que conseguirá es que al rival que se sienta al lado suyo le entren más ganas si caben de charlar con Vd y compartir puntos de vista.



Y de todo lo que rodea al rugby en Edimburgo, de la marcha por las calles del centro siguiendo a la marea, de los grupos de gente en kilt y camisetas rivales, de la preciosa grada de Murrayfield y de la exquisita hospitalidad de los escoceses, lo que más marca, de lo que más se acuerda uno es del momento en que se cantan los himnos. Suena el himno galés y canta un cuarto de estadio como cantan los galeses: entonando y sabiendo, los galeses cantan un himno solemne y profundo a voz templada entre el respeto del resto de la grada. Suena entonces una gaita que marca lo que viene, arrancan cincuenta gaitas y cincuenta mil gargantas a la vez cantando Flower of Scotland y a uno se le encoge todo. Paran las gaitas para que el estadio entero siga cantando sin acompañamiento esa estrofa de guerra en la que se recuerda a los ingleses que sí, que agua pasada no mueve molino pero que en cualquier momento a Scotland the Brave le da por levantarse de nuevo y ya pueden volverse a casa como el orgulloso Rey Eduardo, y a uno le entra esa sensación única a mitad de camino entre la emoción, el respeto, la admiración y también la envidia que cualquiera que haya estado allí y haya vivido eso conoce. ¿Cómo, después de eso, no sentir una admiración, una proximidad y una simpatía enorme por los escoceses?

Vivido lo vivido, como suele ocurrir, el partido casi es lo de menos. Ya casi da igual el sorprendente empuje de los escoceses en el primer tiempo o los tres fallos consecutivos con el pié de Halfpenny, que luego sería determinante; casi da igual ver que Gales poco a poco recupera la identidad y la mordiente aunque sus medios se empeñen una y otra vez en jugar por dentro y no sacar el balón a la profundísima línea de tres cuartos galesa, “la Delgada Línea Roja” que esta vez es visitante y no escocesa, como lo fue en Balaclava. No puede uno olvidarse de la aparente superioridad física de los delanteros galeses y cómo ésta quiebra en ciertos momentos ante el empuje aguerrido de los escoceses, aprovechando que la grada ruje y alguna gaita se arranca con los primeros compases de Flower of Scotland al entrar en 22 rival. Uno recuerda, claro, la ovación a Richie Gray cuando se retira lesionado, y también recuerda con cierto pudor - que se explicará más tarde - cómo la grada escocesa, a pesar de un arbitraje no excesivamente favorable (tildado de “pedantic” en algún diario local) no brama contra el árbitro, conscientes de lo difícil que es su trabajo, sino que reconoce sus propias limitaciones y errores al conceder muchos puntos al rival por su propia falta de disciplina en el juego en momentos delicados. Recuerda también el empuje final de los escoceses y la defensa bestial de los visitantes pensando en la diferencia de puntos con los ingleses, el pitido final, la vuelta de honor de los de rojo en campo rival saludados por montones de narcisos humanos y dragones de peluche, la salida del campo y la sangre que, poco a poco, comienza a fluir hacia los pies tras los primeros pasos tras dos horas inmóviles en una tribuna helada.

Vayan Vds a ver un partido del VI Naciones, vivan su ambiente, respiren el aire que suelta la grada y cuéntennos luego si no se hace uno muchas preguntas al volver a casa.
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Inglaterra, máxima favorita al título y con el Grand Slam a tiro, las pasó canutas para imponer ese rugby industrial y opaco tan suyo ante los italianos, que siguen yendo a más. Escocia, que se llevó la cuchara de madera el año pasado y juega contra Francia en París el último partido del torneo, ha recompuesto líneas tras ganar a Italia y a Irlanda. Estos dos últimos se enfrentan en la última jornada en Roma: Italia ha hecho un gran torneo al ganar a Francia y poner en apuros a Inglaterra, Irlanda ha hecho un mal torneo tras ceder dos ventajas claras con Escocia y Francia, desplomándose en los últimos minutos con un equipo de transición, poco experimentado aún. Para ambos equipos, orgullo de naciones católicas, el domingo es un día importante y además puede que en el momento del pitido inicial habeamus Papam. Francia, con un rácano empate, se libra de la cuchara de madera pero encadena su peor racha desde 1957 cuando partía como candidata al título y podría ser última. Por fin, Gales, tremenda ganadora de la última edición y prometedor equipo joven que había enseñado colmillos en el Mundial, recompone equipo y aspiraciones tras una serie catastrófica de test matches y una travesía del desierto que parece haber acabado. Pueden ganar a los ingleses en casa y quitarles el Grand Slam, incluso llevarse el torneo si ganan por más de 8 puntos, algo que no se antoja imposible si la Delgada Línea Roja galopa y los de blanco siguen con ese juego feote de caballería pesada y artillería de larga distancia que parece haber calado también en otros equipos tradicionalmente menos dados al alto horno.

Cinco partidos después, casi nada está donde se esperaba y casi todo puede pasar. De lo esperado, lo único que se ha cumplido ha sido la entrega de todos los jugadores en cada partido, el respeto a los rivales, el pasillo del final, el consumo masivo de cerveza negra, el ambientazo en cada estadio. Digan pues si éste es o no uno de los torneos deportivos más bonitos del mundo.
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Llegó la afición al Calderón y algún despistado se preguntaba si estaba en Murrayfield, si habían quitado las colinas nevadas que quedan al Este del estadio, si habían prohibido el kilt en la grada. Y es que el Calderón con frío no tiene nada que envidiar a Murrayfield en lo que a temperatura heladora se refiere, oiga, a ver qué se creen Vds, puestos a pasarlas canutas aquellos tienen wee bit hills and glen pero aquí hay un río chico y poco profundo pero mal encarado que levanta una humedad que hiela un estadio entero, y se queda tan ancho, el tío. Así es nuestro río: demasiado chico para ser un río-río pero con carácter de océano cabreao, un riíto con poca agua y mal genio, un río del Atleti.

Llegó la gente al campo y lo hizo como con pereza, tomándose su tiempo, como sin prisa y sin hacer ruido. Salió el Atleti contra la Real con un dibujo algo diferente al mostrado en otras ocasiones, con la defensa de siempre y el ataque de los últimos partidos y una media algo diferente. En la defensa jugó Miranda, muy seguro salvo cuando le dio por sacar el balón haciendo cucamonas como si fuera Luiz Pereira. Le salieron bien casi todas salvo una en especial, pero el miedo que acabó metiendo a todo el mundo cada vez que amagaba a un rival nos hizo verle más oscuro y con un collar de cuentas verdes al cuello. A su lado jugó Godín, algo más expeditivo de lo deseable a la hora de pegar pelotazos, y los laterales de siempre. De éstos, Filipe Luis lo hizo bien y Juanfran lo hizo mal y esto empieza a ser algo preocupante. A Juanfran se le ve incómodo en el campo, fuera de sitio y sin la concentración suficiente, sorprendido a veces por cosas que todo el mundo ve que van a ocurrir, mal colocado otras. Juanfran no anda fino y a este paso el nombre de Manquillo va a empezar a sonar más fuerte en el Calderón.

En punta jugó Falcao, que sigue espeso desde la lesión y al que el juego que ayer desplegó el Atleti, con la presión más retrasada a ratos y mucha entrada por banda buscando el remate de cabeza como única solución de ataque no le viene demasiado bien. Falcao pelea y muerde pero no atina, y los centrales de la Real, que dejaron buena impresión en el Calderón, no dejaron hueco para que buscara portería. Tampoco anduvo atinado Diego Costa, que lo intentó y lo intentó y, como no le salía nada, optó por hacer exactamente lo que no debe. Con el Atleti desquiciado al ir por debajo en el marcador por primera vez en mucho tiempo en el Calderón, Diego Costa le pegó un pisotón a un rival y dejó sin argumentos a todos aquellos que creían ver en él una mejoría de lo suyo, más paciencia, más madurez. Diego Costa volvió a dejar detalles que invitan a la desconfianza, a catalogarle como un jugador imprevisible para lo peor, de esos que en cualquier momento la lían y dejan al equipo con uno menos, de esos que le hacen a uno perder un partido por perder el oremus, de esos que acaban echando por tierra su propio trabajo por culpa de tener cabeza de chorlito, de los que dañan la imagen del resto poquito a poquito. De esos, en definitiva, a los que uno dudaría alinear de inicio en un partido tenso, por bien que esté. Aún a pesar de esos signos preocupantes, a Diego Costa se le jalea desde algún sector de la grada cada gesto marrullero, haciendo así pocos favores al equipo y al propio jugador.

En la media, que pareció ser la raíz de los problemas, jugó Gabi de todo un poco, sin parar de correr pero sin dar abasto para todo lo que había que hacer. Jugó Koke y lo hizo peor que otras veces y jugó el Cebolla sin hacerlo bien, cambiando de sitio y empecinándose a veces en atacar y atacar por su banda a piñón fijo, con poco acierto a pesar de alguna jugada de mérito, ganando enteros para salir del banquillo cuando los partidos se tuercen más que para ser titular. Jugó también Arda y lo hizo como es él, así, como le da la gana, un poco por aquí, otro por allá, ahora regateo a siete, ahora hago una ayuda, ahora no ayudo nada, ahora me he quedado sin aliento, deme un minutito, oiga. La media no jugó bien y no pudo conectar con los de delante ni llegar con peligro tirando de lejos y a ello contribuyó un buen partido de la Real, equipo ordenadito y bien colocado, con jugadores que cuando la recuperan no la pierden inmediatamente y con ayudas constantes que impiden eso de lo que hoy todo el mundo habla, esto es, el último pase.

En un partido mediocre en el que el Atleti no encontró soluciones, la Real marcó un gol gracias a que el árbitro no señaló un fuera de juego que a los menos miopes ya en el campo les pareció claro. A partir de ese momento parte de la grada, anestesiada durante buena parte del partido, perdió el norte. Hasta entonces el partido había transcurrido con una calma rara, esa calma de partido a deshora y con frío que cada vez es más frecuente en la liga española, esa competición cada día más aburrida. Por primera vez en años, eso sí, no se había recibido a la Real con gritos de esos que nos sonrojan y avergüenzan. Por primera vez no se escucharon insultos a muertos ni cánticos ofensivos para el visitante, todo un triunfo que esperemos haya sido voluntario y no forzado.

Pero la cosa cambió cuando el árbitro, por cierto muy malo, anuló el gol. El árbitro pitó faltas a desmano y permitió entradas similares a otras que llevaban amarilla sin que hubiera un criterio fijo, es cierto. Colaboró en la derrota por dar por bueno un gol que debería haber sido anulado, sí. Pero el Atleti no había jugado a nada ni consiguió jugar a nada reconocible, y eso no fue cosa del árbitro. El Atleti no dio una y el rival jugó bien, pero en vez de asumir las debilidades propias, mucha gente prefirió el desquicie con dirección al árbitro, camino poco complicado. En el Calderón, el estadio del segundo de la clasificación (hoy  tercero) se inició un tsunami de indignación exagerada que, se diría, la gente echaba de menos. Se diría que alguno se acogió a la protesta casi con alegría, ole ole, ya está aquí el cabreo, menos mal que hoy no ganamos, qué bien me viene esto para gritar barbaridades, que mi jefe es más malo que el sebo y a mi cuñado no le aguanto. De los insultos sonrojantes al árbitro se pasó al insulto a algunos jugadores. Juanfran qué malo eres, Falcao eres un petardo, ay Gabi vuelve a Getafe. Simeone sacó a Raúl García y en ese momento, con el equipo perdiendo y necesidad de remontar, con el rival más odiado empatando a puntos, el refuerzo fue recibido en algunos puntos de la grada con tipos en pié llamándole de todo, el colmo del absurdo, el rizar el rizo del tiro en el pié. A Simeone no le salpicaron los insultos, pero si el partido dura diez minutos más y no sale Oliver Torres, más de uno habría pedido su cabeza y quién sabe si la vuelta de Manzano, con su gorra de tractorista.

La grada desquiciada contribuyó al desquicie del equipo, al que la Real y el árbitro sacaron del partido sin demasiada dificultad. Por primera vez en meses, el Atleti encajaba un gol en casa, perdía un partido en el Calderón y la afición salió del estadio con un gusto amargo en la garganta. Se diría, empero, que alguno hasta lo gozó.

La vuelta a una grada desquiciada resulta especialmente chocante cuando se viene de una grada que no busca culpables sin reconocer deméritos propios. Pero esto, oh lectores, es un mal endémico de este deporte llamado fútbol al que cada vez es más difícil tener cariño.


jueves, 29 de noviembre de 2012

De camisetas de manga corta y gestos de equipo grande



Imaginen Vds, si no es mucho pedir, una estación de tren parecida a la estación de Atocha, pero bastante más pequeña y con menos tortugas. Los trenes que llegan a esa estación, que suelen hacerlo tarde, son menos modernos que los que llegan a Atocha y para abrir la puerta de sus vagones hay que tirar de un picaporte como de armario empotrado, un picaporte poco tecnológico, un picaporte que bien podría ser un pomo. Esta estación, como la de Atocha, está en el centro de la ciudad pero, al ser ésta mucho más pequeña que la nuestra y contar sólo con trescientos y pico mil habitantes, la estación es casi el centro del centro, el mismo centro, el epicentro, el mediocentro.

Imaginen ahora que, al salir de esa estación, justo cruzando la calle y a la altura del Reina Sofía o del Hotel Mediodía, estuviera el Estadio Vicente Calderón, donde acúúúúúden a millares los que gustan del fútbol de emoción. Eso sí, el Calderón no sería el Calderón que conocemos sino un estadio súper moderno, cubierto en su totalidad si el tiempo lo requiere y con capacidad para casi 75.000 espectadores, que abarcaría físicamente buena parte del centro de la ciudad. Además, el estadio no es de fútbol, sino de rugby. Un estadio de rugby para 75.000 espectadores en pleno centro de una ciudad de trescientos mil habitantes, frente a la estación principal, a pocos metros del castillo, junto a las calles comerciales y el ayuntamiento, un estadio de rugby descomunal en pleno centro histórico una ciudad un algo menor que Córdoba. Si se lo han imaginado ya, están Vds de enhorabuena: acaban de llegar Vds a Cardiff, País de Gales.

Cardiff es pequeño y tiene un castillito, además de una bahía apartada que invita a los andaluces a hacer chistes sobre cómo se cocinará la urta en parte de la Bahía de Cardiff. Cardiff no es una ciudad monumental ni un prodigio arquitectónico, hay que reconocerlo, pero tiene algunos pubs notables y varias calles de interés. En una de ellas, con esa elegancia deportiva de la que normalmente carecemos por estos lares, ondean banderas de los equipos que jugarán durante la ventana de test matches de noviembre: Nueva Zelanda, Australia, Argentina, Escocia, Tonga, Fiyi ... Muestra inequívoca del buen gusto local, arrinconada y medio arrugada en una esquina, está la bandera francesa.

Sólo viendo dónde está el estadio Millenium de Cardiff le queda a uno claro que, para los galeses, el rugby no es sólo un deporte. Cuando uno pasea por Cardiff en las horas previas al partido, el centro hierve de gente aunque haga un frío horroroso y no deje de llover ni un solo minuto. Horas antes del partido se suspenden líneas de autobús, se cierran calles al tráfico, se advierte a los viandantes que es mejor no pasar por allá ni por acá a no ser que uno quiera verse arrastrado por una marabunta roja y blanca, combinación de colores perfecta para las masas distinguidas. Echarse a la calle a Cardiff en día de partido, aunque sea a las 7.30 de la mañana y bajo una tromba de agua, es parecido a meterse de lleno en una grada de estadio. Todo el mundo lleva algo de su equipo, todo el mundo deja claro a lo que viene y nadie esconde cuál es el centro de la existencia de toda la ciudad ese día. Desde primerísima hora llegan trenes llenos de espectadores con camisetas rojas y las tres plumas blancas del Príncipe de Gales y la leyenda "Ich Dien", "Yo sirvo" en el pecho, mezclados con menos tipos vestidos de negro con un helecho plateado sobre el corazón. Muchos de ellos van al estadio, otros van a los pubs de los alrededores pero no quieren perderse el ambiente. Todos, incluidas numerosas chicas y familias enteras, van al rugby tengan o no tengan entrada.

Durante todo el día, por las calles del centro, en medio del chaparrón, del viento y del frío, pasean los galeses en camiseta de manga corta, y hasta alguno va en bermudas y chanclas y no es broma, oiga. Los galeses, como otros habitantes de las Islas, son un prodigio térmico, un desafío a los elementos, una anomalía con aislante. Bajo la capucha y tras la bufanda, viendo a los galeses en camiseta, uno se explica su facilidad para invadir territorios de clima más benigno, como relata Sir Cecil Winterbottom en su obra "Crónica de la colonización en manga corta" (Revista de Estrategia Militar en Niki, 1897):

- A la orden, mi General

- Dígame, Allistair

- Han llegado los regimientos galeses, les gustaría saber cuál es el plan para esta tarde.

- Ah, muy bien, Allistair. Dígales que hoy invadiremos Bombay de cuatro a siete. Por favor, que sean puntuales: la cena se servirá a las 19.30 y el Rogan Josh frío no vale nada.



Y es que a finales de noviembre en Cardiff hace un frío horroroso y no para de llover, hace viento y los paraguas (rojiblancos en su mayoría) sólo aguantan las corrientes de aire gracias a sus varillas reforzadas con adamantium. El extranjero sureño, congelado, lleva bufanda, gorro, gabán y pijama bajo el pantalón y aún así tiene que parar cada poco tiempo en un café a tomar sopa caliente y aspirina efervescente. Al otro lado del cristal empañado, empero, pasan los lugareños bajo la tempestad vistiendo zapatilla de lona y mangas de camisa, charlando animadamente a pesar de la galerna (Nota al pie).

Dejando de lado los misterios térmico-dérmicos de las islas, volvemos a lo que nos ocupa: el rugby. Cuando se acerca la hora del partido Cardiff entero se echa a la calle y se dirige al centro, al estadio. La masa es compacta y numerosa y andar a contracorriente es una tarea dura, recompensada al llegar al estadio. El estadio es inmenso, cómodo y moderno, y cuenta con un bar excelente.

- Tres cervezas, por favor

- ¿Lager? ¿Bitter? ¿Negra?

- Uhm ... ponga tres pintas de cada, gracias.



Así es, oiga. Al ser el rugby de un deporte bárbaro con seguidores embrutecidos, no como el fútbol, en las gradas del Millenium y del resto de estadios se puede beber alcohol cuando el partido no es de fútbol. Además, si uno quiere sidra en vez de cerveza, el barman le da una botella de cristal en la certeza de que nadie se la tirará a un jugador por un doble motivo: primero, por la exquisita educación de la hinchada (a pesar de algunos silbidos en los golpes rivales y durante la haka, algo no escuchado en Dublín); segundo, por el riesgo cierto de que el agredido vea al agresor, suba a por él y se lo coma en plena grada en sashimi. Ver un partido en el estadio con una pinta de cerveza fría en la mano es un placer del que las aficiones asilvestradas del fútbol nos han privado a los señores con gafas que nunca nos metemos con nadie; en algún momento, en esta vida o en la otra, deberán pagar por ello.

Los galeses adoran el rugby y saben de rugby, y también adoran cantar y saben hacerlo. En Gales son famosos los coros polifónicos, y esa afición se traslada a la grada del Millenium antes del partido. Una banda militar uniformada con casaca roja y diferentes tipos de sombreros y cascos según la graduación y función (bearskins de gala, salacots blancos de tropa colonial, cascos dorados impolutos) interpreta piezas para que un coro multitudinario, uniformado y con un director muy serio batuta en mano, cante y cante antes del partido. Mientras el coro canta, galeses y neozelandeses calientan y el calentamiento es casi tan espectacular como un partido: ataques, cruces, placajes, percusiones, delanteros haciendo melés, tres cuartos corriendo de lado a lado. La hora del partido se acerca, las cervezas van desapareciendo y las piezas que toca la banda son coreadas por cada vez más gente. Media grada canta "Hey Jude", tres cuartos se desgañitan después cantando un clásico de las gradas de rugby, "Delilah" del Tigre de Gales, el Falcao de los Crooners. Los neozelandeses se conjuran y empiezan a recoger los bártulos antes de volver al vestuario y entonces la banda y la grada saben lo que tienen que hacer. El director del coro se gira hacia la tribuna y suenan los primeros compases de "Bread of Heaven"; la grada estalla y canta, a varias voces, uno de los himnos tradicionales del rugby galés. A mitad de la pieza los jugadores galeses, que conocen el ritual, comienzan a girarse hacia el vestuario, abandonando el calentamiento y preparándose para la batalla que en breve empezará. Los jugadores rojos se van lentamente del campo entre el trueno de la grada, en una escena que recuerda a esas despedidas de las tropas hacia el frente que vemos en las películas, algo así como suerte muchachos, estamos con vosotros, a por ellos sin dar ni esperar cuartel. La escena es increíblemente emotiva y uno entiende entonces por qué un jugador galés está dispuesto a dejarse hasta el último aliento defendiendo esa camiseta, en casa, ante los suyos. Habría que ser muy frío o muy sinvergüenza o un eterno sonriente de Utrera para no sentir ese pellizco en ese momento y morder el protector dental hasta partirlo en dos. Benditos momentos nos da el rugby.

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Igualmente increíble es escuchar el himno galés coreado al unísono por 75.000 gargantas bien afinadas, ver las llamas que se lanzan al final del mismo, la ovación unánime de un país entero antes del partido, los equipos formados frente a la grada y la banda comandada por la mascota del regimiento, un macho cabrío enorme que no para quieto, deseoso de empitonar a Richie McCaw a la salida del primer ruck. El partido tiene poca historia, pero tampoco importa. Dos lesionados galeses en la primera jugada (uno tras cobarde y alevoso puñetazo por la espalda) marcan el partido; la increíble máquina negra de rugby que los galeses tienen en frente hace el resto. Los All Blacks están en un momento imparable, cuentan con jugadores de altísimo nivel técnico y táctico y un ritmo físico constante al que prácticamente no se puede hacer frente. Gales no aguanta ni los veinte minutos que acostumbran los rivales a mantener el tipo y los neozelandeses fríen a puntos a los rivales gracias a Aaron Cruden, preciso como un cirujano cardiaco pateando a palos. Poco interés tiene el partido, salvo ver en acción a campo completo a los zagueros, casi siempre fuera de plano en la televisión, y sobre todo a Israel Dagg, un prodigio de colocación y sangre fría que, además, manda sobre sus alas con galones de mariscal de campo y se une a la línea con una potencia y zancada que parece multiplicarse en vivo, en el campo. En un momento dado, al principio del segundo tiempo, la actitud de los galeses mirando, con los brazos bajos y la cabeza gacha, cómo Cruden vuelve a marcar indica que los de rojo están psicológicamente hundidos, convencidos de que esa muralla negra que les sale al paso cada vez que intentan algo no les permitirá anotar ni un solo tanto ante los suyos.

Finalmente no llega la sangre al río: mediado el segundo tiempo Gales ensaya tras formar un maul con casi todo el equipo metiendo el hombro, empujando a los neozelandeses hasta dentro de su línea de ensayo, jugándose un contraataque letal a sabiendas de que no tendrían muchas más ocasiones de salvar la honra. Los All Blacks levantan el pie, los galeses ensayan de nuevo y respiran, el partido acaba y la grada, medio resignada medio admirada (era común ver a seguidores locales diciendo a los hinchas de los All Blacks lo asombroso que era el juego de su equipo) va dejando atrás botellas vacías y vasos arrugados, de vuelta al las calles, a los pubs y restaurantes y a la lluvia , el viento y las camisetas de manga corta.

<En este ambiente, en este sitio, quién ganó el partido es casi lo de menos, ya lo saben.




NOTA DEL AUTOR: La explicación a por qué los galeses van en manga corta y las galesas van en sandalia y minifalda hasta en pleno y crudo invierno la dio a conocer el famoso dermatólogo polaco Dr Miroslav Mazinsky (de origen escocés según su biógrafo, siendo su apellido una deformación localista del apellido del clan McThickskin) en su tratado "Carnes de Gallina del Mundo Moderno y otros estudios médicos altamente inútiles" (Ed. El Galeno de Gales, 1950). Mazinsky o McThickskin, tras mucho estudiar los músculos horripiladores de etnias del mundo entero, llegó a la siguiente conclusión:

"La piel humana se divide en tres capas principales, epidermis, dermis e hipodermis. No es así, empero, en el caso de los naturales de las Islas Británicas, cuya piel cuenta, entre la epidermis y la dermis, con una fina capa de neopreno, otra de Thinsulate y una última de una sustancia parecida al torrezno".


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En el día después de los partidos de vuelta de los dieciseisavos de final de la Copa del Rey, a uno le quedan en la retina algunas imágenes de celebraciones de goles. Un jugador de un club grande de Primera División metió un gol desde su campo a un portero de un Segunda B y lo celebró haciendo un bailecito coreano dedicado a la grada. Un jugador de un equipo poco señor metió un gol a otro equipo de Segunda B y lo celebró poniéndose un balón en la barriga; en ese mismo partido, éste jugador llamó fracasado a un jugador rival. Un compañero suyo metió dos goles en ese mismo partido contra elSegunda B y lo celebró señalándose el escudo y mirando a la grada, en una celebración de esas ensayadas que tanta vergüenza ajena dan.

El mismo día, Raúl García le metía otro gol a un equipo de Segunda B, el Jaén. Raúl García, jugador injustamente tratado por el Calderón como tantas veces hemos dicho, se limitó a cerrar un puño y agradecer el pase al compañero con el que había estado durante la semana entrenando el movimiento que le permitió hacer el tanto. Pudo hacer aspavientos y reclamar gloria y atenciones, pero eligió una celebración que recordó a aquellas de Gárate e Irureta cuando se estrechaban la mano y se volvían a su campo para no molestar demasiado a los rivales que acababan de llevarse un disgusto. Raúl García hizo lo mismo, mostrando el respeto debido a un rival de una categoría inferior quizás deslumbrado por el estadio y los rivales.

Raúl García ya nos tiene acostumbrados a estos gestos, la verdad, así que no nos sorprende aunque nos gusten mucho. Otros gestos recientes tampoco nos sorprenden ya, y también nos gustan. Recientemente Simeone pidió a un árbitro que no expulsara al entrenador rival. Gabi intercedió en el partido de ida en Jaén para que no expulsaran a un jugador contrario tras cometer un penalti, Adrián y Raúl García contribuyeron a incrementar el cariño y el respeto hacia el Atleti con gestos que deberían ser normales y últimamente son excepcionales. El Atleti de estos días tiene un estilo añejo, respetuoso y sobrio, que nos gusta y nos hace grandes. Ahora solo falta que esa parte de la grada que confunde el ánimo con el insulto al rival y el aliento constante con la ofensa repetida, tome nota de los gestos de los nuestros y los trate de imitar. Ahí sí estará el Atleti al completo, el Atleti nuestro.

lunes, 13 de febrero de 2012

Por lo visto hasta ahora

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Por lo visto hasta ahora, señores, hay Torneo. Ni los favoritos ganan sobrados ni los débiles son tan débiles. Por partes.

Por ahora, Gales acumula méritos para ser favorito. Gales juega bien en casi todas las fases. Ataca y defiende bien en estático y a la mano, y cuando las cosas no van bien a palos, llega Halfpenny y lo soluciona. Contra Irlanda jugó el que es por ahora el mejor partido del Torneo. Gales ganó en el último minuto al convertir un golpe que acabó en sin bin polémico por excesivo, unos minutos después de un placaje de sin bin polémico por insuficiente. Gales ganó en el último minuto, quizás con la fortuna que no tuvo en el Mundial, en aquel partido contra Francia que recordaremos muchos años. Pero lo verdaderamente importante de ese partido que ganó Gales a Irlanda fue que Irlanda, como en el Mundial, jugó muy bien y aún así perdió. Los irlandeses defendieron como leones, no le perdieron la cara al partido en ningún momento y fueron mandando en el marcador. Y aún así, ganó Gales y ganó bien. Los dos equipos nos regalaron un partido precioso con una intensidad constante y derroche de recursos, sobre todo por el lado galés; los irlandeses, que pudieron ganar un partido clave para llevarse el torneo, felicitaron al rival por medio de su capitán y todos nos alegramos en ese momento de ser aficionados a este deporte.

Irlanda dejó una buena imagen contra Gales, aunque perdiera, y una imagen aún mejor contra Francia, aunque no jugara. Con un estadio lleno, con veinte mil irlandeses en la grada después de pagar un billete de avión y un hotel, se suspendió el partido entre Francia e Irlanda porque el césped del estadio parisino estaba helado. Uno no recuerda nada así en un seis ni un cinco naciones, pero quizás haya pasado antes; los que saben, empero, dicen que no. Uno ha jugado en campos congelados, en los que los tacos de aluminio suenan como zapatos de claqué y en los que las caídas suponen cortarse la piel de las rodillas con las marcas de los tacos del partido anterior, congeladas y rígidas. Uno recuerda cómo, tras un rato, se va rompiendo la superficie congelada y aflora un barro helado que hace complicado, pero no imposible, jugar aunque fuera con un Adidas Wallaby, prodigio escapatorio en campos mojados. Por eso uno no se esperaba la suspensión del partido de París aunque sí se hubiera esperado, de haber existido, un sketch de los guiñoles irlandeses mofándose de la situación. Cuando se anunció la suspensión del partido salieron los franceses, con Parrita al frente en pantalón corto, y salieron los irlandeses, con O'Callaghan en camiseta y sin medias siquiera. Los primeros se volvieron al vestuario y los segundos hicieron un partidillo, un tocata para la afición desplazada y desesperada, un gesto al menos hacia los suyos; lo sentimos, no es cosa nuestra, nosotros habríamos jugado, les agradecemos haber venido a apoyarnos y lo único que se nos ocurre hacer es por lo menos un partidito para que les sea esto menos amargo, oiga. Bien por Irlanda, una vez más.

Un rato antes, en Roma, Italia e Inglaterra habían jugado en un campo nevado con setenta y dos mil espectadores, ahí es nada. El partido sirvió para varias cosas. Una, para demostrar que la mitad del equipo inglés no tenía frío, porque iba en manga corta. Otra, para demostrar que tampoco tenían frío los que llevaban manga larga, a juzgar por las nubes de vapor que despedían las melés. La última y más importante, para demostrar que a los italianos, hoy por hoy, hay que ganarles en Roma para querer hacer algo en el torneo, y que en Roma no se gana sólo con el peso de la historia. Aguantaron los italianos al soso equipo inglés, en el que Farrel y Hodgson parecen los encargados de hacer puntos, uno pegando patadas a palos, el otro tapando patadas rivales. Inglaterra no demuestra demasiado con un equipo nuevo y poco conjuntado, pero lleva dos victorias aunque, eso sí, contra los dos equipos teóricamente más asequibles. Italia gana crédito y habría que esperar alguna victoria italiana en Roma este año.

La sorpresa más agradable, por ahora, es Escocia. Escocia ha perdido sus dos partidos, pero no ha dejado mala sensación. Escocia viene de unos años complicados, parece no haber asumido el salto al rugby profesional con la misma solvencia que irlandeses y galeses. En muchas escuelas de Escocia en las que antes era obligatorio el rugby ahora se juega al fútbol y eso lo nota el equipo, al que llegan menos jugadores de primer nivel que antes. Aún así, Escocia discutió la Calcutta Cup al ejército del orgulloso Lancaster y contra Gales perdió por dos ensayos concedidos cuando contaba con dos jugadores menos por obra y gracia del sin bin. En contra de lo esperado, Escocia jugó a Gales a la mano, saliendo desde atrás y buscando a los tres cuartos ante un equipo teóricamente más cómodo en ese juego. El partido, si bien se notaba la superioridad galesa, fue divertido y disputado, con muchas jugadas abiertas y con series largas los escoceses, como una que terminó tras veintiuna fases a un metro de la línea de ensayo. Gales hizo dos ensayos ortodoxos y Escocia un ensayo de pillo; un partido estupendo.

El Torneo, pues, está abierto aunque huele a dragón y puerro. Uno apostaría por las sorpresas y por derrotas de ingleses y franceses en partidos que esperan ganar. El Torneo podría decidirse en la última jornada: Irlanda juega el último partido en Londres el 17 de marzo mientras que Gales juega en casa contra Francia ese mismo día. Roguemos pues a San Patricio por un resultado favorablemente verde en territorio enemigo en su día, Lá Fhéile Pádraig y a San David, Dewi Sant, por un buen resultado en Cardiff. De comer alcachofas a la romana mientras se escucha Flower of Scotland nos ocuparemos los allí presentes.
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Por lo visto hasta ahora, señores, hay motivo para la esperanza. Los que antes parecían no valer parecen ahora haber despertado, y los que claramente valían están mejor. El Atleti empató en Santander y, aunque nos dio una rabia horrorosa durante el partido y el cabreo no se nos quitó hasta un rato más tarde, ahora estamos extrañamente contentos. Quizás debería haber ganado por goleada en Santander y debería haber ganado por la mínima al Valencia, pero el equipo es otra cosa, es otra cosa, oiga.

Desde que llegó Simeone, han cambiado pocas cosas pero han cambiado muchas cosas. Ha cambiado el entrenador y se ha ido un único jugador con sonrisa y manga larga. El resto es lo mismo pero es distinto, con lo que sólo nos queda concluir que la responsabilidad, el mérito, es de Simeone. Desde su llegada el equipo ha cambiado, el equipo juega mejor, juega a algo. El equipo presiona arriba, busca desactivar al rival y no sólo esperar, los jugadores acaban los partidos cansados, sin fuelle, lo mínimo que se puede exigir a un futbolista profesional, lo que buscan los futbolistas de barrio para no sentirse culpables al pedir la tercera cerveza.

Desde la llegada de Simeone, el equipo defiende. El equipo, decimos, y no sólo los defensas y los centrocampistas con menos calidad. Defiende Falcao el primero, encimando al central que intenta subir el balón, permitiendo por tanto que el resto de jugadores defiendan en su sitio y no tengan que salir de su zona a hacer ayudas. Defienden Arda y Diego, jugadores llamados a crear y que también defendían con Manzano aunque casi más por iniciativa propia que por instrucciones tácticas, según parecía desde fuera. Defiende Gabi, casi siempre bien colocado aunque fallón, y defiende Tiago y hasta Mario si este se lesiona. Defienden los laterales, y he aquí posiblemente uno de los logros de Simeone además de la agresividad general. Juanfran ha entendido que ésta puede ser la suya y corre y corre y llega arriba y vuelve a bajar, generoso; algo más timorato, Filipe Luis Filipe también se ha unido a la tónica general y el equipo, con laterales que ocupan espacio y dos centrocampistas por delante de la defensa, está mucho más compensado y juega de forma más lógica con sus cuatro jugadores más creativos y ofensivos. Los centrales, claro está, también defienden y lo hacen más arriba que antes y también de forma más contundente, anticipándose ahora en situaciones en las que antes esperaban.

El equipo defiende, pues, pero también ataca. El equipo presiona arriba y busca robar y salir rápido, buscando a Adrián y a Falcao, llegar al remate rápido. Arda y sobre todo Diego conducen más el balón y buscan últimos pases que faciliten el remate, y si el equipo rival es flojete como el Racing Diego se da un homenaje y lo pasa en grande regateando y creando huecos corriendo en horizontal y diagonal, esperando desmarques, mirando de reojo a la grada, mamá, mira qué bien juego con mis guantes de forro polar. Contra el Racing el equipo llegó seis o siete veces con toda claridad y pudo marcar varios goles fáciles: tuvo uno clarísimo Adrián que se fue al portero, tuvo un remate claro Falcao que se fue al poste. El resto de ocasiones fueron bien resueltas por los rematadores pero mucho mejor resueltas por Toño, el portero rival al que de aquí damos la enhorabuena; en un momento dado, dio la impresión de que el Atleti podría haber tirado otras veinte veces, y veinte veces habría parado Toño el balón. Qué tío este Toño.

Independientemente de las ocasiones falladas, independientemente de que hay que ganar estos partidos, independientemente de que nos podremos acordar mucho de estos puntos, el equipo lo hizo bien. El Atleti jugó bien y, sobre todo, dio de nuevo esa sensación antigua, casi perdida: la sensación de dar miedo al rival, de ser él quien marca el ritmo del partido y no al revés. Aquí mando yo, dijo el Atleti, y lo dijo con una voz lo suficientemente convincente como para achantar al rival, que se limitó a aguantar el chaparrón sin querer hacer daño al contrincante, no sea que se enfadase y fuera peor. El Atleti dejó sensación de equipo serio con el que es mejor no hacer chistecitos, muy lejos de la imagen de presa fácil de la primera vuelta. Si no hace tanto el Atleti llegaba a campos de recién llegados con cara de ser víctima propicia para el timo del tocomocho o incluso de la estampita, a Santander, como antes a San Sebastián o Pamplona, llegó con cara de fiarse de sí mismo, sin mapa ni frío ni paraguas ni nada, a ver, dónde se juega aquí, muy bien, hala árbitro, empiece que venimos con una misión, déjese de tontunas, al lío, oiga. Dio gusto ver al Atleti apretando los dientes y marcando territorio, dio gusto, con todo el respeto para el rival, ver cómo el Racing reculaba y miraba a otro lado cuando el Atleti le sostenía la mirada, dio gusto ver a Diego jugando y haciendo jugar al resto. Qué lejos parece ahora ese Atleti blandito y blandengue con propensión al resfriado y al flato de hace pocas jornadas, qué poco tiempo y sin embargo qué cambio más grande. Qué sensación, mitad alivio, mitad ya era hora, mitad bien, Cholo, bien , qué sensación más buena tenemos todos.

Por cosas de esta liga absurda en la que, a finales de Enero, ya parecía claro que poco había que discutir sobre el campeón, el Atleti se ha metido en la pelea de la clase media acomodada, su resignado sitio actual. El Atleti lleva varios partidos con la portería a cero, ha empatado tres y ha ganado tres partidos desde que está Simeone. No ha encajado ningún gol y, sobre todo, parece haberse dado cuenta de que corriendo y mordiendo es más fácil jugar a este deporte en el que ni los solteros ni los casados acaban los partidos tan descansados como lo hacía el Atleti de hace unos meses. El mérito, hasta ahora, del Cholo; la alegría, hasta ahora, de todos.

lunes, 17 de octubre de 2011

De comparaciones odiosas y optimismos desmejorados

Sólo los imbéciles, pensarán Vds y seguramente con razón, son capaces de hacer cola un sábado antes de las nueve de la mañana ante un pub cerrado para ver un partido de rugby entre dos equipos que no son los de uno. Probablemente sea cosa de imbéciles, sí, pero el caso es que, como imbéciles y además encantados de parecerlo, el sábado a las 8:45 de la mañana unos cuantos imbéciles formaban una cola absurda en la puerta de un pub irlandés del centro de la capital. Entre esos imbéciles, como casi siempre que hay imbéciles así en grupito, estaba el que suscribe.


Se jugaba Gales la posibilidad de entrar en la final del Mundial de rugby por primera vez en su historia, ahí es nada. Gales, país chiquitito que no es Estado pero sí país, se jugaba acceder a la final del Mundial de su deporte ante Francia, un país con casi veinte veces más habitantes y bastante menos vergüenza torera en lo que va de Mundial, de este Mundial en el que los franceses han renunciado a su estilo e identidad, a jugar con los titulares en los partidos de cruces y a aplicar la lógica a la hora de hacer alineaciones. Gales, que venía jugando el mejor rugby del Mundial hasta la fecha, con un partido memorable ante Sudáfrica y una victoria merecida y bien sudada ante los irlandeses, tenía ocasión de hacer historia con un equipo plagado de jóvenes y algún veterano aportando la experiencia necesaria para los agrupamientos. Sin Priestland, lesionado en el partido contra Irlanda, era Hook el jugador en el que se fijaron los ojos de los aficionados y fue, a la postre, uno de los protagonistas del partido.

Ya desde el principio, la sensación fue que Gales jugaba contra los elementos casi más que contra los de azul. A los doce minutos se lesionaba el Oso Jones, el galés llamado a poner experiencia en la melé, y su imagen, desolado en el banquillo por no poder ayudar a los suyos, es de esas que dicen mucho más que diez mil palabras. Poco después Hook fallaba un golpe de castigo por resbalarse en el último apoyo, dejando sin anotar tres puntos que habrían sido definitivos. Y, lo más grave, a los veinte minutos el árbitro expulsaba a Warburton por un placaje peligroso. Si la expulsión fue excesiva o no es algo que aún se discute en la inmensa mayoría de pubs, cafeterías, colmados, asilos y bingos del planeta entero. En directo, el placaje pareció de amarilla y sin bin y la cara de los asistentes al ver al galés en su banquillo y no en la silla de los castigados fue de sorpresa mayúscula. Los que saben de esto mantienen que el placaje es de roja según las últimas directrices recibidas por los árbitros, los que hemos visto el Mundial no recordamos tanto castigo para situaciones comparables. Sea como fuere, Warburton fue expulsado y llegó la primera gran lección del partido: ni una mala cara, ni una protesta, sólo el reconocimiento posterior del capitán galés de que la culpa, de existir, fue solo suya.

A la expulsión le sucedió una fase en la que Gales se sintió perdedora para, poco a poco, ir dando paso a la luz de la esperanza. Francia, rácana y triste, oscura, traidora a lo suyo y mezquina en el planteamiento, hacía lo justo, lo justito más bien. Sin juego a la mano, con una delantera que no se imponía con la autoridad que podría uno esperar a los galeses a pesar del inmenso Harinordoquy, Francia dejaba crecer en los galeses la llama de la confianza. Las cámaras recogían gritos de ánimo entre los galeses, creed en vosotros, son más débiles de lo que pensáis, somos más fuertes que ellos, más orgullosos, más fuertes. Gales abría el balón más, rompía la línea y ganaba los agrupamientos, jugaba como si tuviera un jugador más, sumando quince los catorce que estaban en el campo gracias a un plus de orgullo y un rival mezquino, la segunda lección de la semifinal.

Ensayó Gales y Mike Phillips, el potente medio melé galés, celebró el ensayo antes de posar el balón. Quizás un jugador más veterano habría renunciado a la celebración buscando acercarse a los palos, quizás un capitán experimentado habría gritado con voz de dragón para empujarle a hacerlo y dejarse de gestitos, quizás un señor con gafas y rebeca y altamente supersticioso no lo habría hecho. Pero Mike Phillips sacó la lengua, señaló a alguien y posó el balón cantando victoria antes de tiempo. Falló Gales la conversión y quedó a un punto, casi sin tiempo para adelantarse al triste rival y posiblemente en ese momento Mike Phillips comprendió algo que ya no olvidará jamás, otra lección en un único partido. Pudo ganar Gales gracias a un larguísimo golpe que intentó transformar Halfpenny desde un sitio parecido al que sí se cobró contra Irlanda. De nuevo jugando contra los elementos, el balón pasó un par de centímetros por debajo del larguero tras volar muchos metros. De llegar media cuarta más arriba el balón habría tocado palo y habría entrado, cerrando un guión parecido al de "Match point" de Woody Allen. Pero ayer no era el día y el guión era otro, era aquél de "llegaron los Sarracenos / y nos molieron a palos / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos".

Los tres o cuatro últimos minutos del partido, con Gales buscando centímetro a centímetro la posibilidad de encontrar una posición propicia para el drop o para la entrada de su línea, son de esos que le hacen a uno querer ver partidos de rugby a todas horas. Un fallo final tras veinticinco agotadoras y dramáticas fases dio la victoria al equipo que peor juego había desplegado y privó de intentarlo una vez más al equipo que, una vez analizado el partido con más frialdad, dejó escapar entre los dedos la posibilidad de ganar y hacer historia por culpa de sus propios errores. Demasiados fallos a palos, un drop a pierna cambiada demasiado arriesgado, drops no jugados en el último suspiro, una conversión difícil por celebrar un ensayo prematuramente ... Gales, inmensa durante el partido, pudo ganar de haber tenido algo más de suerte y algo menos de fatalidad, algo más de experiencia y algo menos de ingenuidad, otra lección de la semifinal. Gales deja el mundial con sensación de poder llegar a ser un equipo enorme en poco tiempo, de citarse con la historia dentro de cuatro años - si los australianos lo permiten - y con el regusto amargo y dulce a la vez de no haber llegado donde debía pese haber peleado como fieras. Gales podrá ser tercera el viernes en una posible final del futuro y volver a casa con la cabeza alta y una cuenta pendiente mientras Francia, pase lo que pase el domingo, debería volver sacudiendo la cabeza, pensando en su lamentable imagen y considerando seriamente afeitarse el bigotito de racanería y mezquindad que ha lucido en el Mundial. Algún jugador francés dijo tras la semifinal que prefería jugar mal y ganar a jugar bien y no pasar; una semana anterior Brian O'Driscoll, capitán de Irlanda y máximo representante de la generación que se fue a casa en cuartos cuando podría, por primera vez, haber apuntado a la final, felicitó a Gales y dijo que le habría gustado ganar el partido, pero que las victorias hay que merecerlas. Ahí quedan ambas declaraciones, lecciones en verde y azul, para que las valore el lector tomando café (cortado).

El domingo, esta vez sin cola previa, jugaban Nueva Zelanda y Australia. Pocos neozelandeses y muchos australianos en el pub, muchos españoles e irlandeses, pocos o ningún francés, una mezcla estupenda. El partido del domingo, un clásico con todas las letras, atrajo menos público por no jugar ningún equipo con parroquia numerosa en Madrid. Si el día anterior los pubs se colapsaban por la asistencia masiva de franceses (no necesariamente aficionados al rugby), los plácidos australianos, educados y con chanclas, llenaron solo a medias el local y lo hicieron con una naturalidad y un saber estar la mar de agradable. Nada que ver con la futbolerizada afición francesa del día anterior, ruidosa y poco entendida en su mayoría, más pendiente de aplaudir los fallos del rival y lanzar sus despectivos gritos de ánimo que de entender de qué va el rugby. Aficiones así son un tormento para el aficionado con canas que empezó a ver rugby cuando las camisetas no tenían publicidad, cuando no había cambios sino en caso de lesión certificada por el médico rival y cuando Ashton, de haber hecho entonces alguna de sus celebraciones, se habría topado al caer con el puño cerrado de un delantero con barriga y malas pulgas impactándole en la cara. El sábado algunos de estos aficionados añejos, franceses y visiblemente abochornados por sus ignorantes pero audaces compatriotas, intentaron poner orden recordando en francés los códigos de las gradas de rugby. Para su esfuerzo en su ingrata misión de intentar amortiguar el bochorno causado por los suyos, todo nuestro agradecimiento y nuestro respeto. On connaît la chanson, merci.

Salieron los All Blacks al campo e hicieron su cada vez más teatral y exagerada haka Kapa O Pango, con Ali Williams en estado de trance rayando el ataque de idiocia. Los australianos, jóvenes y llamados a jugarse mucho el próximo mundial con los galeses, vieron el espectáculo y, a juzgar por lo que pasó luego, se quedaron impactados. Por el campo australiano pasó una marea negra que ríase Vd del Prestige. Con una velocidad imparable los neozelandeses movieron a los australianos de lado a lado del campo sin dar un segundo de tregua, sin perder tiempo en los agrupamientos, abriendo la línea de un lado a otro y vuelta a empezar. Ensayó Nonu tras una sensacional jugada de Dagg, destacadísimo todo el Mundial, y Weepu se encargó de patear. Menos acertado que contra los Pumas, Weepu falló varios golpes; si la duda tuvo intención de abrirse paso en algún momento entre los neozelandeses, llegó Cruden, el jovencísimo apertura que empezó el mundial de vacaciones y terminará siendo titular en la final tras la lesión de Dan Carter y sus sucesores, y echó spray anti-dudas por toda su zona de influencia, pasando de paso las vacilaciones a Cooper. No necesitó mucho más Nueva Zelanda; Australia buscó más maquillar el resultado que ganar el partido y, de nuevo según un guión pero esta vez el que todos habríamos escrito, los All Blacks estarán en la final sin que tengamos la sensación de que hayan sido probados al 100% todavía.



- Muy bien, oiga, todo muy emotivo, pero ... ¿Y el Atleti?

El Atleti, o más bien un sucedáneo del Atleti, jugó en Granada y por ello la afición lo vio, como el rugby, en bares y demás recintos sagrados. Como era de prever, y al contrario que por la mañana, no se vieron muchas colas de gente esperando para coger sitio en pubs, cafeterías, colmados, asilos o bingos para ver bien al Atleti, ni siquiera en Madrid. El interés que despierta el Atleti es cada vez menor y uno se explica que así sea cuando ve tres o cuatro partidos seguidos del equipo: según avanza la temporada, como casi siempre, el Atleti se diluye, se deshace, se va pareciendo más a lo que siempre pareció en los últimos años y menos al aparente espejismo de las primeras jornadas. El Atleti de los partidos de Racing y Sporting y de los veinte últimos minutos de Valencia se antoja ahora un trampantojo, un efecto óptico fruto de la inoperancia de los rivales y de la calidad de algunos de los jugadores nuevos en sus primeros días, aún no contagiados de la apatía general.

Eso sí, fiel a sus promesas, el que suscribe acudió al bar acompañado del cada vez más desmejorado optimismo, su fiel compañero de esta temporada. El optimismo, como bien saben biólogos, botánicos y adivinos, es una especie que necesita ciertas condiciones ambientales para poder desarrollarse. En el caso del optimismo colchonero, éste puede echar raíces, desarrollarse e incluso florecer en una variedad de ecosistemas. En un ambiente de buena planificación deportiva, el optimismo se desarrolla lento pero seguro, buscando la consolidación a largo plazo y sin prisas para así llegar a dar flores; esto es una elucubración meramente teórica de algunos botánicos, dado que nunca se ha producido en los últimos veinte años. Hay otros escenarios, empero, para el desarrollo sano del optimismo rojiblanco. Uno de ellos, la existencia en la plantilla de algún jugador de altura mundial surgido de la cantera o contratado cuando era muy joven, siempre y cuando se abone la situación con los nutrientes necesarios para hacer creer en un equipo creado en torno a éste. También, la inversión racional y lógica de los recursos económicos para crear una plantilla compensada o la contratación de un entrenador con personalidad e ideas claras, poco veleta y dado a plegarse a los deseos del palco y fiel a su propia idea de juego. Incluso la formación de un plantel con la cantera como referencia, en el que se entiendan cuáles son las señas de identidad del club sin necesidad de que las reparta el entrenador en una octavillita, puede fomentar la reproducción del optimismo. En todas estas situaciones y en alguna otra que se nos olvida, el optimismo se pone gordo y rosado y da gusto darle pellizcos en los muslos y cucharadas de potito haciendo el avión.

Enunciado lo anterior, no es de extrañar que esté el optimismo hecho un asco. Verdoso y cetrino, con ojeras oscuras, raquítico y con pelo ralo y sin brillo, el optimismo rojiblanco ha empezado un declive de los gordos. Da casi vergüenza ir al bar con el optimismo en este estado, la verdad, y cuando uno entra con él de la mano y todo lo bien peinado que puede con esos cuatro pelos que le quedan, es inevitable oír a las señoras cuchicheando a espaldas de uno. Ay Dios mío, qué mala pinta tiene ese optimismo, yo creo que ni lo bañan ni nada, no está en buenas manos con ese señor de las gafas con pinta de no saber freír un huevo y comer siempre de latas, así está el pobre, que da asco; camarero, dele a ese pobre optimismo un vaso de leche con colacao y una magdalena de las gordas, a ver si coge lustre.

Salió el Atleti al campo del Granada y casi dio igual quién saliera. Los últimos Atletis que jugaron en Granada eran Atletis grandes que aspiraban a cosas importantes y que mezclaban finos estilistas con guerreros solidarios, tipos capaces de meter goles a pesar de las patadas de Montero Castillo y Aguirre Suárez a sabiendas de que si la cosa se ponía fea habría detrás un Panadero Díaz para igualar fuerzas. El Atleti que salió ayer en Granada era un Atleti triste, con portero cedido, lateral derecho de circunstancias y medio campo sosaina incapaz de hacer frente a un recién ascendido. Un Atleti de delantero aislado y aburrido y de mediapunta desnortado. Un equipo de cerebro desasistido y desconectado, de delantero válido sentado en el banquillo y entrenador miope aportando más bien nada, salvo mandamientos impresos en Verdana caja 14. El Atleti tristón que jugó en Granada no tenía ni talento ni mordiente ni recursos ni torería, no tenía más que hacer que esperar el final del partido evitando algún gol rival y haciendo como que atacaba mientras miraba de reojo el cronómetro, contando los minutos para volver a casita y echarse la siesta.

Salió el Atleti y puso cara de a ver cuánto dura esto, que no nos apetece nada a estas horas. El Atleti que quería el balón los primeros partidos ha dado paso a un Atleti conformista y apático, la antítesis del Gales de la semifinal. El Atleti vio cómo le cabeceaban un balón al palo y siguió a lo suyo, que es poco. Vio como un equipete recién ascendido no sufría y no tenía ni miedo. El Atleti que salió en Granada, como venía apuntando, dejó de querer el balón y dejó de buscar la portería rival dando toques. Se limitó a apagar fuegos con una teterita, a tener el balón por tenerlo y poco más, a dejar el césped lleno de dudas y no sudar, total pa qué, oiga, total pa qué. Total pa qué, si lo hacemos mal nadie dirá nada, nadie montará un pifostio cuando salga el equipo en casa, nadie silbará más que a los débiles, a los torpes y a los que la directiva diga que son antipáticos; nunca silbará nadie a los responsables que no destaquen, así con estar en el pelotón de los del medio, todo bien. Total pa qué, si nadie de arriba nos dirá nada, si nadie vendrá a los entrenamientos ni a los partidos ni a los palcos, que estarán dando vueltas por la M-30 y sólo hablarán dentro de cuatro o cinco meses para lanzar datos económicos incontrastables. Total pa qué, si los buenos se irán y se quedarán los malos, si se fichará un lateral cuando haga falta un portero y un portugués desconocido cuando haga falta subir cuatro canteranos hambrientos de liga. Total pa qué, si luego ganaremos dos partidos a dos petardos y se hablará de racha victoriosa, de Champions, de números como los del Doblete, de estadio cinco estrellas con helipuerto y el maravilloso porvenir de Micael, del que nadie aún sabe nada. Total, pa qué, oiga, total pa qué.

A los galeses del sábado no hizo falta decirles que del campo saldrían exhaustos o lesionados, lo sabían ellos solitos. Tampoco hubo que contarles a los jugadores del Rugby Atleti que hasta el último minuto hay que bajar los hombros y placar rivales, por muy cansado que se esté. Ni hay que decirles a jugadores de miles de equipos de fútbol de barrio que es probable que anden cojeando media semana por las quemaduras que deja la tierra en las heridas. A los del Atleti, qué cosas, parece ser que sí hay que convencerles de todo esto. Se fichó un entrenador con sorprendente buena prensa y fama de psicólogo motivador y al cuarto partido está el equipo hecho unos zorros. En medio de varios partidos de rugby, uno de ellos con una carga emotiva impresionante, da vergüenza ver la actitud del equipo en Granada y da casi vergüenza el fútbol en general. Produce sonrojo la imagen dada ante un recién ascendido y la inoperancia del banquillo. Asombra ver cómo siguen ciertos jugadores en el campo y cómo se recoloca a otros, en ambos casos en perjuicio de otros más jóvenes y más identificados con el club pero sin agente con influencia.

Tras pocos partidos, resultan odiosas ciertas comparaciones y ciertas reflexiones. Y, mientras tanto, el optimismo con salud de tísico, y empeorando.

lunes, 15 de febrero de 2010

De equipos antiguos y presidentes recientes

Jugó el Atleti un partido con una actitud de otra época ante un rival que por primera vez en mucho tiempo jugó mal y a la alegría general le cayó una mancha de petróleo en forma de chiste presidencial.

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Llegó Irlanda a Francia con ganas de decir aquí estoy yo y voy de verde, sí, qué pasa y se volvió a Dublín peinadita a raya y sin saber muy bien si había jugado contra Francia o contra Francia y otro equipo más, así, arrejuntados. Pasaron los franceses por encima de los irlandeses durante todo el partido y en todas las fases, al principio y al final, en la línea y en la delantera y hasta en el autobús que les llevaba al estadio por entre las calles parisinas. Únicamente pudieron los de verde darle la vuelta al asunto muy al final de la primera parte, cuando estuvieron a cinco metros de la línea de ensayo francesa durante varios minutos, pero Francia defendió con rabia y calma a la vez e Irlanda no pudo saltar el muro azul desde el que vociferaba Harinordoquy. Francia se llevó el partido con merecimiento y autoridad, y desde entonces se entona en los pubs de la fervorosa y católica Irlanda la siguiente coplilla:

Los galos aparecieron
Y nos molieron a palos
Que Dios ayuda a los malos
Cuando son más que los buenos

Tras su exhibición Francia se perfila como favorita, vistas las estrecheces de los ingleses en Roma y que el partido contra los de la rosa se jugará en París. Irlanda, además, visita Londres y la imagen dada contra los franceses alimentará la confianza rival. Sólo los galeses, desde Cardiff, parecen capacitados para quitarle alguna pluma al gallo. Y con los galeses, ya lo saben Vds, uno recomienda no andarse con tonterías.
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Llegó la afición al campo en tropel y abrigada como si fuera a robar vacas, consciente tras años de resfriados de lunes y narices heladas de domingo por la noche de que el relente del Calderón, cuando se pone, no entiende de plumíferos ni goretexes ni nada por el estilo. Llenó la afición los bares y bebía tercios de cerveza con manoplas, apartándose la bufanda de la boca para que no se le llenaran los labios de pelusas, dejando al contacto con el aire el mínimo posible de piel. Bebía la afición a sorbitos y entre la masa colchonera se veía alguna bufanda del Barça, algún gorro del Barça y hasta algún papá con bufanda rojiblanca llevando de la mano a un niño vestido de Iniesta. El Atleti - Barça es para el que suscribe uno de los partidos más bonitos del año y no sólo porque el resultado muchas veces nos favorezca ni porque el Barça suela traer jugadores de esos que merecerían ser ovacionados en todos los campos de España nada más que por aparecer y por habernos alegrado el verano con la Eurocopa, sino porque entre la gente del Atleti se ve a gente del rival con toda naturalidad, sin que nada ocurra, sin que haya malos modos ni faltas de respeto. Que llegue un equipazo como el Barça y que uno pueda charlar de fútbol con los aficionados rivales sin miedo a que le mencionen a la madre es algo que debería ser normal pero por desgracia es cada vez más excepcional. Que se guarde un minuto de silencio por un madridista de pro sin que uno pase bochornos también. Ayer, al menos, fue lo que pasó; toda una buena noticia.

Entró la afición al campo y primero que le llamó la atención fue la fugaz presencia de Indy. Indy tiene como fea costumbre abochornar a la afición con su rictus idiotizado y su torpe saludar a niños y ancianos cuando menos falta hace, pero en ciertos partidos ni aparece, como Jurado. Ayer, día de frío en el que aquél que habita en Indy sería el único que estaría cómodo bajo capas y capas de peluche prácticamente no se le vio. Son muchas las teorías que baraja la hinchada sobre las ausencias de Indy. Hay quien dice que modera sus apariciones por voluntad propia y para no encasillarse en su papel, por tener Indy vocación artística y reclamar una oportunidad como galán en obras de teatro clásico. Hay también quien dice que Indy es en realidad un activo sindicalista, líder del Sindicato de Mascotas, que presiona con su ausencia para conseguir un convenio digno que libre a sus miembros, entre otras cosas, de arrastrar colas y llevar disfraces de manga larga en verano. Hay quien apunta que Indy no aparece en citas de relumbrón, sobre todo cuando con el equipo contrario viajan jugadores serios y competentes a los que la presencia en el campo de una mofeta emplumada puede molestar y de hecho ya ha habido quejas. Pero hay entre todas una teoría que cobra adeptos y convence a aquellos que reflexionan sobre la misma. La teoría abunda sobre la coincidencia entre las ausencias de Indy del terreno de juego y la presencia de Gonzalo Miró en el palco desde el inicio del encuentro. Los partidarios de esta escuela de pensamiento, cada vez más numerosos, lanzan al aire una serie de preguntas que aquí reproducimos para que cada cual saque su conclusión. ¿Ha visto alguien a Gonzalo Miró e Indy coincidiendo en el mismo acto o estancia? ¿Por qué Indy no aparece en partidos de Champions, en los que los canapés son más copiosos y delicados? ¿A qué se dedica profesionalmente Gonzalo Miró, qué fuente de ingresos le permite llevar una vida llena de viajes trasatlánticos en compañía de estrellas de la canción ligera? En este blog no tenemos una postura firme al respecto, ya lo avisamos; allá cada cual, eso sí, con sus reflexiones.

Se acomodó como pudo la afición entre abonados de siempre y visitantes ocasionales y aquellos a los que le tocaron varios señores gordos alrededor se alegraban en lo más hondo de su enfriado ser. El aficionado gordo es poco apreciado como vecino de localidad en los días en que aprieta la calor y en los vuelos transoceánicos en categoría turista, pero en los días de mal tiempo protege del viento, eleva la temperatura ambiente y actúa de aislante térmico. Cuando acaba el partido y el aficionado gordo se despide amablemente de los vecinos de localidad y se va a casa a cenar sopa y acelgas, queda el aficionado hasta entonces protegido de los elementos como huérfano, desvalido, abandonado a su suerte al frío de la noche, sin muro en el que apoyarse ni cobijo bajo el que refugiarse de las inclemencias. Si el aficionado gordo no es uno sino que son tres o cuatro y se sitúan en torno a un enclenque afortunado, se produce un efecto similar al que consiguen los pingüinos macho cuando protegen con sus cuerpos a las crías de los temporales árticos. A los aficionados sobrados de kilos, parapeto de niños y garantes de la comodidad de la afición aterida, va auto-dedicada esta crónica.
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Salió el Atleti al campo y vio al Barça vestido de amarillo con poco aspecto de Barça, anda, mira, si es el Barça, mirá cómo van vestidos. Salió al Barça al campo y vio al Atleti vestido de Atleti pero vio algo raro. Vio que entre los jugadores del Atleti abundaban las melenas y los bigotes, que es algo que ya no se lleva, y vio también que los pantalones azules eran más cortos de lo acostumbrado y que la camiseta rojiblanca, la de siempre, no era de modernísimo tejido técnico sino de algodón con el cuello redondo, sin publicidad y sólo con el escudo. Miró entonces el Barça el detalle final de la indumentaria y entendió todo: las medias que llevaba el Atleti eran de tejido rojo grueso y tenían la vuelta blanca. El Barça entendió entonces que del vestuario había salido el Atleti de siempre y no el sucedáneo que le sustituye con demasiada frecuencia en partidos que no quedarán en el recuerdo. Porque ayer salió el Atleti que mordía en el centro del campo, que defendía con contundencia y agresividad y que llegaba al área rival en tres toques de tres jugadores de calidad, destrozando planteamientos tácticos, superioridades teóricas y cuentos de la lechera. Entendió el Barça lo que pasaba, tragó saliva Guardiola dentro de su abriguito y un músculo de Keita, viendo lo que se veía venir, decidió tirarse en marcha y no jugar el partido.

Salió el Barça con una defensa hecha de retales de la que todo el mundo hablaba mientras que el aficionado rojiblanco pensaba, qué cosas, en cuántos de esos retales le vendrían bien al equipo. Las defensas estaban en el punto de mira de los aficionados, en un caso por las circunstancias y en otro por el añito que llevan. En el Barça Puyol hizo de nuevo un partido asombroso, siempre rápido y siempre colocando a Jeffren, interior con vocación de extremo y recién estrenado en el primer equipo, que jugó bien en su debut a pesar de que, según las fases, le tocaba lidiar con Agüero, Simão o el Reyes de anoche, ahí es nada. El Atleti atacó por su banda y aprovechó menos de lo que uno esperaba su tarjeta; sí aprovechó el Atleti cuando la defensa rival se acercaba al centro del campo y en dos o tres contras subió del césped a las gradas el familiar aroma del contraataque.

Por su parte, la defensa del Atleti hizo lo que no se esperaba: un partidazo. Falló De Gea en el primer balón que tuvo, pero lejos de aterrorizarse y dudar siguió jugando con esa tranquilidad y ese don de transmitir calma al equipo que tiene el chaval. De Gea para sin complicarse, hace fácil paradas difíciles y no sólo transmite tranquilidad al equipo sino que siembra entre la delantera rival la duda y la ansiedad, frustra a los delanteros desbaratando sin aparente esfuerzo tiros de mérito.

Estuvo a la altura de la situación Antonio López y Ujfalusi jugó serio y se sumó al ataque con intención y peligro. Jugó Perea uno de sus mejores partidos de los últimos tiempos a pesar de tener que pelearse con Ibrahimovic, empresa parecida a intentar mover a empujones una marquesina del autobús. Siempre atento al corte y agresivo sin hacer locuras, se impuso en casi todos los duelos individuales y quitó las ganas a la delantera rival de andarse con tontunas. Mejor aún, si cabe, estuvo Domínguez. Domínguez se ha hecho el capo de la defensa y tira la línea y da voces y lo único que hace, en realidad, es algo tan simple como hacer bien su trabajo. Domínguez está siempre atento y concentrado, está en el partido y no piensa en nada que no sea su enorme responsabilidad. Mete el cuerpo y es fiable de cabeza, persigue a su par en el centro del campo si es necesario y si se tercia entra con todo para tapar con su cuerpo un remate. Ayer, quizás por tener enfrente a Puyol y mirarse en ese espejo, volvió a hacer que la gente se preguntara alegre cómo es posible que un chaval de la cantera se haya hecho tan imprescindible en tan pocos partidos.

Pero ayer la verdadera noticia estuvo en el centro del campo. Llamó la atención que el centro del campo del Barça no funcionara. Por primera vez en mucho tiempo ayer se vio al Barça jugando mal, incómodo, infiel a sí mismo. También por primera vez en mucho tiempo se vio a Xavi fallar una, dos y hasta tres veces, una de ellas con resultado de gol en contra. Falló Xavi y la noticia corrió como la pólvora. Pararon las rotativas de varios diarios del hemisferio sur, se interrumpieron boletines de noticias en todo el mundo, bajaron las bolsas y en la estación espacial se suspendieron los paseos por fuera de la nave y el bingo con bola volante. Falló Xavi y la gente decía no puede ser, ha fallado Xavi, esto cómo es, que diga algo el Presidente del Gobierno, que diga algo Obama, que diga algo el Papa, que diga algo Christopher Walken. Falló Xavi y además se fue antes de tiempo y lesionado, algo que no gusta que le pase a uno de los mejores jugadores que uno ha visto en un terreno de juego.

Por el lado contrario, que no es el contrario sino el nuestro, también saltó la noticia. La noticia no fue que Simão jugara bien y marcase un golazo de falta, que eso ya ha pasado demasiadas veces como para que ahora nos sorprendamos. Simão trabajó y trabajó y, aún así, pareció el más entero del Atleti al final del segundo tiempo y alguno echó de menos que jugara más balones al final, para matar el partido. Tampoco fue noticia el partidazo de Assunção, porque tampoco es el primero. Assunção cubrió muchísimo campo y recuperó balones, en especial en el primer tiempo, asfixiando la zona donde piensa el Barcelona. Rompió a veces la línea con aires de segundo centro irlandés y aportó las dosis necesarias de agresividad y despliegue físico que el partido requería. Sólo un rato tras el segundo gol retrasó más su posición, lo que hizo al Atleti perder parte del control y la iniciativa, pero firmó un partido asombroso una vez más. Le ayudó, y esto cada vez viene siendo menos noticia, Tiago, San Tiago para el ingenioso portadista del Forza Atleti, rápido como el rayo cuando se trata de hacer arriesgados juegos de palabras. Tiago aporta pausa y presencia al centro del campo, manda a los compañeros, abre los brazos pidiendo ayuda y movimientos sincrónicos, cubre donde Assunção no llega y aprieta cuando Assunção cubre. Tiago se ha hecho con el puesto y la parcela y Raúl García puede o bien verle como un competidor o bien como un espejo en el que mirarse; esperemos que pase lo segundo y tengamos tres buenos jugadores para dos puestos claves.

La noticia tampoco estuvo en el trote cansino de Forlán, en apariencia desfondado, ni en la pelea y el talento de Agüero, increíble a la hora de guardar el balón, peligrosísimo en todo el partido salvo cuando, qué cosas, se quedó solo ante Valdés y falló un pase fácil. Tampoco en la fugaz aparición de Jurado, incapaz una vez más de desplegar su teórico fútbol de luz y de colo-o-O-or, de luz y de colo-o-O-or. La noticia, qué cosas, estuvo en el partido de Reyes. Reyes hizo un primer tiempo excelente, el mejor desde que llegó al Calderón, con una jugada para el recuerdo que acabó en gol de Forlán y varios cambios de juego y recuperaciones de balones que ayudaron a que fuera el Atleti y no el rival el que mandase en el partido. Reyes hizo un buen partido y se fue ovacionado, y con esta actuación ve reducida a setenta y siete el número de buenos partidos que le quedan por hacer para empatar en el casillero con la afición colchonera en Trofeo de la Paciencia y recuperar así el 100% del respeto. Esperemos ver más veces al Reyes de ayer, esperemos no ver más al Reyes de tantas veces.
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El Atleti jugó bien y ganó al Barça, líder invicto hasta ayer. Hasta ahí nada que no debiera ser normal: un equipo que pierde en casa de un equipo fuerte. La prensa, eso sí, dará rápidamente la vuelta al tema y ahora lo único que importa es lo bien que le viene lo ocurrido al otro equipo grande de la capital, ya saben Vds cómo funciona esto. Antes del cualquier partido contra el Barça la prensa ya se ocupa de alimentar el debate sobre qué prefiere del equipo la afición colchonera, si hacer lo que debe y ganar o bien perder vergonzosamente a cambio de hacer la puñeta a los irritantes vecinos del norte. El mismo debate imbécil contribuyó a que, hace unos años, un jugador histórico, tras encajar un 0-6 en casa y escuchar que hubo a quien no le dolió, se hartase de escuchar tonterías y decidiera irse a un sitio donde la histeria colectiva fuera mejor gestionada.

Hasta ahora el aficionado cabal pensaba que ésta no era sino una triquiñuela más de esos periodistas falderos que hacen lo posible por vender unos pocos periódicos más y así ganarse una palmadita en el hombro de su jefe. Pensaba que era cosa de esos personajes con aspecto de haber sufrido mucho en los recreos del colegio y de haber visto cómo le quitaban muchas meriendas en el instituto que, aprovechando la notoriedad que dan los medios, se vengaban de su suerte e intentaban recuperar la autoestima perdida en las clases de gimnasia haciendo chistecitos a costa de un equipo maltratado con su propia complicidad. Pensaba uno que era únicamente cosa de aficionados del otro equipo grande de la capital, y no de todos, no. No de aficionados de esos de loden y bigotito y abono de número bajo que sufren y se alegran por su equipo y que, aunque vivan en el más profundo de los errores, al menos merecen el mínimo de respeto necesario para no mirar a otro lado cuando lanzan la conversación. No. Uno pensaba que era cosa de los otros, de los mayoritarios, de aficionados de esos que ni siguen al equipo ni entienden de qué va esto pero que se creen con derecho a hacer chuflas porque lo han visto en la tele, que piensan que por ser del equipo del que hablan a todas horas en todas las televisiones uno es parte de una tribu superior, pobres bobos, los peores de todos.

Pero resulta que no. Resulta que ayer, ante las cámaras de la televisión, ante toda España y parte del resto del universo conocido, el propio presidente (con minúsculas) del Club se atrevió a hacer un chiste similar, un chiste de los que uno atribuye no ya al que no tiene ni idea de lo que es el Atleti, sino incluso de lo que es el otro equipo grande de la capital y el fútbol mismo. Una vez más, empujado por el afán de ser gracioso que le llevó a posar con una camiseta del rival más odiado, el propio presidente de un club centenario fue el que avergonzó a los suyos. Una vez más, y ya van demasiadas, nos preguntamos qué hemos hecho nosotros para merecer esto, por qué nosotros y no otros, por qué nadie cercano le dice al menos que guarde para su esfera privada los comentarios que a todos nos abochornan cuando se hacen en público. Demasiadas veces ya, demasiadas.