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domingo, 15 de marzo de 2015

Reflexiones sobre la rachita (de marras)

Llegó Irlanda a Cardiff y jugó, de largo, su peor partido del 6 Naciones, dejando a los aficionados vestidos de verde con cara de bobo y sin más remedio que pedir otra pinta de Guinness, qué se le va a hacer, oiga.

Llegaba a Irlanda a Cardiff imbatida y tras mostrar el juego más sólido de todos los aspirantes: agresiva en delantera, con Sexton de almirante, con dos centros fantásticos y al menos un ala de nivel, Bowe. Irlanda partía como favorita, y eso que contra Francia los galeses habían dado muestras, una vez más, de que lo suyo es ir subiendo de nivel según avanza el torneo y que el partido de Cardiff podría parecerse más a la primera mitad contra Inglaterra del partido inaugural que a la segunda parte de ese mismo partido, donde los galeses se cayeron con todo el equipo.

Pero Irlanda, que soñaba con ganar y tener opciones de firmar el tercer Grand Slam de su centenaria historia, ahí es nada, salió como salió el Atleti en Valencia en aquel partido anómalo en el que encajó 3 goles en diez minutos. Doce cero perdía Irlanda a los 14 minutos, doce cero ni más ni menos, tras conceder golpes y golpes en campo propio, mala cosa cuando el que patea es Halfpenny. Al despiste inicial, del que el equipo se fue recuperando poco a poco como el Atleti en Valencia, se juntó el extraño y pobre partido de Sexton, poseído por el espíritu de Siqueira. Sexton, guía del equipo en Dublín contra Inglaterra y Francia, falló patadas fáciles y erró tiros a palos, placó bien pero forzado por no estar necesariamente en su sitio y llegó a desconectarse totalmente del partido en un momento en el que ni llegó a ver el balón que le pasaba un compañero, pendiente como estaba de preguntar la receta de Irish Stew a su primer centro. Más de uno por Limerick lamentó la extraña lesión de Ansaldi en ese momento.

Aunque Irlanda se fue 6 abajo en el descanso, una diferencia más que asequible, los irlandeses no parecían ver claras las cosas que tan claras se ven desde los pubs tras tres o cuatro pintas. Mucho más cómodos jugando por dentro que por fuera, no siempre eligieron la vía más lógica para hacer daño a los galeses ni Murray imprimió el ritmo de delantera que el partido parecía necesitar. Perdieron touches, cometieron errores en pases y melés y aún así protagonizaron, junto a la increíble defensa galesa, 5 minutos de rugby inolvidable con 32 fases en 22 galés en las que ni unos ni otros cometían errores, seguidos de otras 10 o 12 fases de continuidad asombrosa que terminaron, oh cruel destino, en golpe de castigo, sólido contraataque galés, nuevas fases en 22 esta vez verde y un ensayo de Scott Williams que no transformó Halfpenny. Preciosos momentos de rugby llenos de emoción, casta y ganas por parte de 30 titanes de rojo y verde, magnífico momento del 6 Naciones 2015.
                                                
La furiosa reacción irlandesa, mal terminada con un avant normalmente fiable Cian Healy, dio lugar a un posterior ensayo de castigo cuando el maul verde parecía entrar con facilidad en zona de ensayo. Con cuatro puntos de ventaja Halfpenny volvió a transformar y dejar en 7 la diferencia, dando paso a 5 últimos minutos de torbellino desesperado irlandés en busca de un empate salvador, un sin bin de Jonathan Davies y el final de un partido que Irlanda pudo ganar pero perdió por sus propios errores y por el buen juego de los galeses, listos al aprovechar la empanada inicial irlandesa, a remolque pero solventes a la hora de despejar la  marea verde. Como resultado, Irlanda se fue con la sensación de haber perdido un partido ganable y el amargo sabor del Grand Slam ya imposible. Gales se fue eufórico por estar con tres victorias y una posible cuarta cuando la cosa pintaba fea tras la derrota contra Inglaterra,  y aunque queda lejos de poder ganar el torneo por diferencia de puntos, su último partido se presume un paseo ante los italianos.

Con Inglaterra ganando la Calcutta Cup a una Escocia estupenda en el primer tiempo y forzada a entregar las llaves del castillo en el segundo - ante la facilidad con la que los ingleses, sobre todo ese ramillete de excelentes jugadores con tono de piel algo más oscuro de lo que es norma en Exeter que tanto vigor y brillo están dando al equipo, terminaron por llevarse por delante a la defensa escocesa – el torneo queda abierto, pero quizás no tanto. Irlanda debe ganar en Edimburgo por 4 puntos más de la diferencia por la que Inglaterra gane a Francia. Sobre el papel, Irlanda es clara favorita ante Escocia, que intentará evitar la cuchara de madera con todas sus fuerzas en casa, algo no necesariamente fácil. Inglaterra recibe a los franceses en un partido que desafía a la lógica, en la que los franceses no deberían claudicar pronto tras el horroroso torneo realizado. Una paliza de Irlanda en Edimburgo, algo pensable, pondría una presión inmensa sobre los ingleses, primeros de la clasificación ahora para rabia del resto de equipos, obligados entonces a ganar también de paliza a un equipo, el francés, de los que pican desde el suelo cuando parecen batidos.

Dos candidatos, dos partidazos el sábado que viene, mucho que jugarse en el torneo más bonito del mundo. Disfrutemos. 
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El Atleti empató en Barcelona en un estadio que ahora se llama El Estadio Pogüeréit y cerró con ese empate una racha la mar de mala, la peor que recordamos desde el Advenimiento del Cholo: tres empates en liga, una derrota en Champions.

La racha, ya conocida como “la rachita”, se puede ver, como casi todo, desde dos puntos de vista. Para el que suscribe, el Atleti perdió merecidamente en Alemania, en un partido en el que el rival fue físicamente más fuerte y tuvo más ambición que los nuestros, algo desarbolados por el vendaval. Aún así, el Atleti trajo un resultado malo pero no tan malo, remontable sin duda, incómodo por supuesto, decepcionante si uno mira el resultado de las últimas visitas europeas del Atleti salvo al Pireo, molesto como esos seguidores de Twitter que le dicen a uno lo que debe hacer sin haberse siquiera presentado y, además, con faltas de ortografía.

Días después el Atleti empató en Sevilla un partido jugado de forma reservona pero inteligente: salir a tumba abierta ante el Sevilla en su casa, estadio en el que no pierde desde hace meses, podría haber sido garantía de derrota y de haber elevado varios grados la inclinación de la cuesta arriba que tenía por delante el equipo. El Atleti jugó de manera feota pero sensata y si Griezmann está un poco más atento, habría podido hasta llevarse un partido que Torres abrió a base de carreras desde su supuesto declive físico. Un empate ante el Sevilla, protagonista además de una muy buena temporada, no debería ser un problema mayúsculo ni motivo para saltar por el ciber-viaducto, deporte favorito de muchos puristas y visionarios con querencia a respetar a los rivales menos de lo que la lógica y la cortesía recomiendan.

La semana de después, ante el Valencia en casa, el Atleti jugó un muy buen primer tiempo y un discreto segundo tiempo en el que el desgaste físico terminó por hacerse más que evidente. Ahí parece que el Atleti anda más limitado que el año pasado, en el que el valle de la preparación no fue ni tan prolongado ni tan hondo como en éste. Con un buen Valencia cerrado atrás durante buena parte del partido, el Atleti consiguió dominar el juego y controlar el riesgo, ponerse por delante en el marcador y transmitir la sensación de que el equipo se llevaría un partido táctico y áspero de los que no gustan a los comentaristas de televisión pero que algunos, como el que suscribe, apreciamos mucho. Los cambios de Koke, quizás por precaución y/o agotamiento y de Torres, el responsable de que el Valencia estuviera 10 metros más atrás de donde podía hacer daño, descosieron el equipo y la presencia de Mario, blandito, y Mandukic, dimitido y enfadado con el mundo, dieron alas (cortas) al Valencia, que se echó un paso hacia delante en el tramo final del partido. Aún así, si Tiago mete un balón que terminó sorprendentemente en el larguero, ya no habría hecho falta invocar al espíritu de Courtois en ese balón que Moyá, que hace méritos para que la afición le coja manía en muchas de las escasas intervenciones a las que los rivales le obligan, dejó botar en el larguero y terminar en la cabeza de un rival, que ya es mala puntería, oiga.

Contra el Espanyol (partido visto por el que suscribe a trozos y en diferido, todo hay que decirlo), el Atleti jugó bien y lo hizo, además, con 10 jugadores por culpa de la imperdonable expulsión de Miranda, absurdo en su feísima entrada en medio campo, justamente expulsado en mal momento en una acción que implica echar muchas papeletas para que le toque ser suplente de Giménez de ahora en adelante. A pesar de ser menos, a pesar de tener un solo punta, el Atleti llevó la iniciativa, marcó un gol que parecía legal pero terminó anulado y pudo marcar alguno más si no es por el buen partido del portero rival, a quien el que suscribe desea igual acierto en el resto de partidos contra rivales directos, a ver si hay suerte, majo.

El resumen de la rachita de marras, por tanto, sería lo que los científicos y metafísicos llaman “negativo pero no tanto”, “malo pero poco” o incluso “pues mal, sí, oiga, pero tampoco se tiren Vds al río”: 3 puntos de 9 en liga, en efecto, pero con resultados explicables, sin debacles ni motivos para tirar la toalla, y una derrota por la mínima en Alemania, sí, ante un buen equipo al que sólo cupo felicitar y dar la mano, citándole para la vuelta.

¿Es esta la opinión dominante? Pues ni idea, oiga. Uno, a estas alturas, ya no sabe lo que la gente opina. Quizás nunca lo supo, también es verdad, pero en estos tiempos es todo cada vez más confuso. Si uno hojea los medios, por ejemplo, se da cuenta de que por arte de birlibirloque al Atleti vuelven a llamarle “el Campeón”, el sobrenombre que no leíamos desde Mayo del año pasado. Eso sí, la denominación lleva trampa: “el Campeón no pasa del empate”, “el Campeón pincha en nosedónde”, “el Campéon pierde las llaves del trastero y se queda sin estufa catalítica”. La prensa, que es simpatiquísima, recuerda ahora quién es el campeón;  qué cosas tiene la prensa, oiga.

Peor se pone la cosa si uno mira a las redes sociales, ágora moderna en la que expertos en todo tipo de materias discuten con vehemencia y faltas sintácticas sobre las grandes preguntas de la Humanidad. En lo que se refiere al Atleti, elemento favorito en muchas conversaciones de enjundia, convergen en discusiones profundísimas de las de a-140-caracteres-el-argumento varias familias de expertos. Por un lado, opinan los Atléticos Catastrofistas de los Últimos Días, secta que anuncia, basándose en señales bíblicas y lectura de órganos de animales sacrificados, el final del Cholismo y la vuelta a los oscuros tiempos de Novo y Musampa, deidades del Averno que acechan en los umbrales para arrastrar al Atleti a la sima de lo huesos. Cercanos pero no mezclados están los Profetas Rojiblancos del Final de la Alegría, vulgarmente conocidos como Oráculos de los Cojones, que comienzan sus frases con la expresión “esto ya lo venía diciendo yo”, cómodo recurso indemostrable del que prefiere que su opinión prevalezca a ser feliz, jodiendo de paso el domingo a quien tenga la mala suerte de leerles. Alineados con estos últimos, y coincidentes en el solemne recordatorio al pueblo de que esto ya lo venían ellos diciendo desde hace tiempo, participan con vehemencia los miembros de la Liga Juvenil Anticholista, jóvenes duchos en hablar de tiempos que no vivieron con un realismo que insinúa bien el consumo de sustancias adormideras, bien la idiocia más profunda.

Entre la maraña de mensajes que envían estas sociedades secretas se cuelan, además, miembros de aficiones rivales que creen chinchar con sus mensajitos a la paciente parroquia rojiblanca, inocente en ocasiones hasta el extremo de ponerse a debatir con la patulea sobre cosas que no les atañen. Entre estos irritantes visitantes no faltan miembros de la Cofradía del Minuto 93, pesadísimos extremistas que encuentran la solución a todos sus males en un guarismo que suma 12. Tampoco faltan socios numerarios de la Plataforma para la Denuncia del Equipo Violento y el Gol a Balón Parado, jóvenes asociales y con déficit de atención que encuentran en Pedrerol al Mesías que les saca de sus momentos de duda solitaria. También se agregan los Defensores del Xogo Bonito, azote de entrenadores tácticos y plantillas limitadas, que abandonan momentáneamente sus ritos de adoración a la bota de fútbol de color chillón y las cejas depiladas para criticar con fiereza la alineación de cuatro centrocampistas. Por último, las fuerzas referidas cuentan con el valiosísimo apoyo del más numeroso de los colectivos rivales, el azote de la clase media, el brazo armado de la élite deportiva, la fuerza de choque de la más alta casta de aficionados: la Asociación de Aficionados Jajajá, Entente Cordiale que agrupa a príncipes del conocimiento y preclaros analistas de la realidad que comparten la costumbre de apostillar sus opiniones infantiles con la partícula “jajaja” al final de las frases para acentuar su desprecio a las capas más bajas de los opinantes, frases por cierto normalmente construidas de forma torpe e irritante y cuajadas de puntos suspensivos y emoticonos, ese invento diabólico que tanto gusta utilizar a los que imparten doctrina por las redes trazando con autoridad la línea entre lo bueno y lo malo por medio de dibujitos de gitanas y caras sonrientes.
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Entre tal despliegue de sapiencia y futurología, el Atleti juega el martes el partido de vuelta de Champions, un partido que se antoja clave para el futuro inmediato y a medio plazo del equipo. El que suscribe tiene la duda de si el estadio será la legendaria caldera ruidosa que intimida a los visitantes o el frío y desconocido Calderón del día del Valencia, en el que se diría que la mayor parte de la afición contaba con la victoria por decreto, sin pensar que su aliento iba a ser necesario para conseguirla ante un rival bien potente. En el caso de que el estadio sea un clamor, no tenemos duda de que el equipo se verá fortalecido; si la grada sigue fría, arrogante y pusilánime, los primeros perjudicados seremos nosotros.

El que suscribe, naturalmente, confía y mucho en poder pasar el corte. De no ser así, además, está seguro de el equipo planteará batalla hasta el último momento, compitiendo como el Cholo ha enseñado desde su llegada. Si la afición está más pendiente de tener razón que de pasar la eliminatoria, no haremos un favor al equipo.

Digan lo que digan oráculos, críticos y amargos en general, el martes estaremos, como siempre, en la grada. Y acudiremos seguros de que, como siempre, el equipo, nuestro equipo, los muchachos que tan orgullosos nos hacen sentir, darán la cara.

No fallemos.

martes, 3 de marzo de 2015

Maneras de ver las cosas

Pasada la mitad del Torneo, algunas cosas nos van quedando (aún más) claras.

Nos va quedando claro que Escocia, que ha intentado hacer un rugby más alegre y audaz que en ediciones pasadas, no tiene ni la suerte ni la experiencia necesaria para llegar más arriba en el Torneo. No tiene suerte ni para evitar una derrota cruel en casa fruto de un ensayo raro tras un rebote que no era sino un fallo de uno de los más falladores del Torneo, Haimona, ni tuvo suerte para evitar esos diez minutos agónicos en su propia 22, evitando primero que los italianos entraran por riñones aplicados a la melé gracias a un golpe, pero regalando el balón al sacar ese mismo golpe, con lesión del pateador incluida. Tampoco tuvo suerte, ni oficio, ni quizás fuerzas para parar el maul italiano en la otra punta de la zona de ensayo, con un hombre menos por una amarilla en muy mal momento. Escocia, acostumbrada a pasarlo mal últimamente, no merece estas curas de humildad a menos que sea por el sacrilegio de vestir de rojo (se ve que lo de vestirse de España se ha puesto de moda) en el mismísimo Murrayfield.

De Italia hemos aprendido que de Italia no hay que fiarse: fuertes en melé y cómodos en este rugby que nos está regalando tantos mauls, con más oficio del demostrado contra los ingleses y con un punto de fortuna, demostró que aprende y aprende y que, comandado por un Parisse gigante, aprovecha las situaciones que le vienen de cara con maneras de equipo experto, por más que tenga algunos jugadores lejos del nivel que requieren los rivales. Italia se tomó muy en serio un partido contra un equipo en el que vieron fisuras que sólo Laidlaw y Ross Ford, concentrados y con cara seria durante Flower of Scotland, parecieron haber detectado entre los locales, por lo demás relajados durante los himnos.

De Francia parece claro que no tienen casi nada claro. Ni chicha ni limoné, los franceses no son ni un equipo fuerte ni un equipo astuto, no son ni rápidos ni toscos, ni talentosos ni aguerridos. En manos de Gales, irregular y, como el año pasado, en línea algo ascendente según avanza el Torneo, no parecieron tener demasiada personalidad ni demasiadas ganas, si bien es verdad que más acierto en los tiros a palos habrían cambiado mucho la historia. Pero Gales, lejos aún del potencial que esperábamos de esa línea descomunal y esa tercera línea feroz, ganó bien ganado en París tras haber dado muestras de desconcierto en partidos previos, quizás por echar de menos el pantalón blanco que nunca debió abandonar.

De Inglaterra hemos aprendido que, si quieren disputar el Mundial en casa, tienen trabajo por delante y plegarias pendientes para que San Jorge les ayude a vencer a los dragones que en breve subirán desde el Sur. Si bien parecían los claros favoritos (al menos tan favoritos como los chicos de verde) tras los dos primeros partidos, el choque contra el tractor irlandés les ha dejado mal parados. Asustados por la fiereza de los irlandeses, los ingleses no encontraron su sitio ni tirando de los jugadores que más están brillando este año: ni los kilos de Vunipola, ni el incansable trabajo de Robshaw ni los metros ganados por Burrell bastaron para hacer dudar al enorme equipo verde que, si nada se tuerce, debería pensar en hacer, por fin, un buen papel en el Mundial.  

Porque, pasados los dos partidos más duros en casa y pendientes claro está de la visita a Cardiff, lo que parece más claro a un día es que los irlandeses están un punto por encima del resto. Contra los ingleses mostraron un ritmo machacón y demoledor, un juego sin fisuras que mezcla una delantera furiosa en el ritmo pero contenida en los momentos más tensos, dos centros incansables en placaje y la ruptura que están haciendo que la afición respire aliviada al ver soluciones para el vacío que la ausencia de O’Driscoll y Darcy amenazaba, unos alas dinámicos y un zaguero con cara de pocos amigos que se suma a la línea tanto a la hora de atacar como de placar sin dudar un único segundo. Si a este entramado se une el efectivo juego de Murray y, sobre todo, el despliegue descomunal de Sexton, el resultado es un equipo muy difícil de batir, un tractor capaz de subir cuestas empinadas sin bajar el ritmo y, a la vez, capaz de trazar las líneas del viñedo con precisión quirúrgica. Sexton, además, parece haber dado definitivamente el paso adelante, quitándose ese aire de despiste, frialdad o blandura que tuvo en su momento, mirándose más en el espejo de Wilkinson, ese furibundo placador de punto de mira de sniper al que cada vez se parece más el bueno de Jonathan.

Irlanda tiene pinta de saber bien a lo que juega, a conocer sus armas y las de sus rivales, a fiarse de su propio método y posibilidades. Irlanda parece confiar en sí misma y no tener prisa durante los partidos para mostrar de qué es capaz y cómo contrarrestar lo que los rivales proponen. Irlanda, con este equipo que mezcla la rabia incansable de Best o O’Mahoney con la experiencia y poderío de O’Connell, el buen hacer del barcelonés Jordi Murphy (en un día en el que le tocaba la complicada misión de sustituir a Heaslip), la omnipresencia de dos centros con una misión histórica y las dotes de almirante de Sexton (nos sorprende por cierto que nadie haya hecho aún el chiste con “sextante”), tiene pinta de dar muchas alegrías a los que solemos vestir de verde en febrero y marzo.

En Cardiff sabremos más; mientras tanto, sigamos soñando con tréboles.
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Llegaba el Atleti a Sevilla tras el duro partido de Alemania y con la sensación de que el equipo ahora no manda en los partidos con la autoridad de hace unas semanas. El partido de Vigo y el de Leverkusen sembraron dudas en los aficionados y por supuesto entre cierta parte de la prensa, presta a encontrar problemones donde sólo hay problemillas y excitada ante la posibilidad de cantar la caída del equipo del Cholo, esa que vienen anunciando desde hace meses y meses entre publirreportajes de jugadores de equipos rivales y promociones de edredones con escudo oficial.

Las dudas, lógicas, que han dejado los últimos partidos han tenido el curioso efecto de enfadar también a los seguidores del Atleti quienes, más que preocupados, se muestran furiosos por que el equipo no soluciona los partidos fuera de casa a los diez minutos. Tras el partido de Vigo se leyeron en redes sociales amargas críticas al planteamiento táctico, que el propio entrenador había reconocido en rueda de prensa; tras el partido de Alemania se anunció poco menos que el fin de la prosperidad y la paz y, ya al conocerse la alineación del partido del Sevilla, hubo quien se echó las manos a la cabeza y acusó al Cholo de excesivamente conservador, cobarde y mal peinado. Así son las cosas, oiga, que aquí no se perdona una ocasión de hacer saber a todo el planeta Tierra desde el teclado que uno también sabe mucho de táctica, así como de vino, literatura, anatomía, videojuegos, bricolaje, alta política, enfermedades comunes del jilguero, maneras de recorrer el Sudeste Asiático sin contraer enfermedades gástricas ni malgastar el dinero en lavanderías, cubicaje de motores diésel, bares con buena ensaladilla rusa, nombres rusos de mujer, formas de cocinar la patata nueva sin que pierda sus propiedades, organizar eventos multitudinarios con tino y estilo, limpiar el rape asegurándose material suficiente para hacer un suquet  y atarse los zapatos en público sin perder la compostura. Luego, claro está, en la vida real, sin Google, con cara y gafas, las cosas son muy distintas.
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Salió el Atleti al Pizjuán con hechuras de equipo más defensivo de lo habitual, con un solo punta en el campo y dos en el banquillo, muchos centrocampistas por todas partes y menos pellizco de lo deseable, y en ese planteamiento hubo quien vio síntomas de empequeñecimiento del equipo y de las ambiciones del entrenador. Hubo quien se echó las manos a la cabeza y quien rabió por dentro al entender que desde el propio banquillo se habían traicionado sus propias ansias de victoria por rodillo y sin jugar, victoria desde el minuto uno, victoria por camiseteo, por ósmosis, por ciencia infusa. Victoria de las de otros, vaya.

Hubo también, qué cosas, quien vio en todo esto un planteamiento sensato. El Atleti visitaba el Pizjuán, campo complicadísimo en el que el propietario, buen equipo que viene de hacer una primera vuelta fantástica, no pierde desde hace meses. Visitaba el Pizjuán además en un momento complejo, con varios jugadores importantes fuera de punto o lesionados, otros apercibidos y muchos cansados, quizás en pleno valle de su preparación física. Y el Atleti visitaba el Pizjuán en vísperas de un “rally” de tres, cuatro partidos complicados en los que el equipo se jugaría el tercer puesto en la liga y continuar en Champions; quizás perder por arriesgar demasiado conllevaría contentar a la parroquia de inicio a costa del riesgo de convertir el de ya por sí empinado futuro inmediato en un puerto de categoría especial sin avituallamiento. A aquellos que vemos que el Atleti no gana con la facilidad con la que lo hacen otros y no contemplamos la inclusión del aplastamiento sistemático deportivo como una de las bellas artes no nos pareció insensato el planteamiento de Simeone: maneras de ver las cosas, maneras de vivir.

Contra un equipo correoso y fuerte en el centro del campo, de esos que al Atleti no le gustan por ser el reverso de su moneda, el Atleti jugó un partido serio pero no bonito. Demasiado metido atrás y demasiado lejos de la posibilidad de lanzar un contrataque sólo con Griezmann como velocista, el Atleti tuvo poco peso en ataque y mucha solidez en defensa. Con Koke lesionado, Arda y Griezmann eran los únicos jugadores de pellizco disponibles y ambos estuvieron bastante mal; sólo la salida de Torres, potentísimo y peligroso en este teórico momento de declive físico del que tanto hablan los que no le han visto jugar más que en Eurocopas y Mundiales, permitió al equipo salir de la trinchera. De haber marcado Griezmann tras un pase de Torres o el propio Torres tras irse por fuerza de dos rivales, el partido habría sido un prodigio táctico: primera mitad de contención, desesperación y desgaste rival desde trincheras, segunda parte con protagonismo para la caballería ligera y los francotiradores. No fue así y el Atleti sacó un buen empate en un campo dificilísimo contra un rival solvente y serio, un empate que en cualquier encuesta a principio de liga se habría tomado como un buen resultado.

Ante el Atleti se empiezan a ver las curvas más duras de la subida de las próximas semanas. Haber perdido en Sevilla nos haría ver la empresa como casi imposible, el empate nos hace pensar que no vamos mal de piernas y que por ahora la gestión de fuerzas, en momento complicado, es adecuada. El domingo hay un partido importantísimo, el miércoles otro aún casi más, otro difícil luego en Barcelona. Esperando que vuelvan las energías a las piernas, solo queda ver cada curva como se ha visto siempre, pedalada a pedalada, curva a curva, partido a partido. 

lunes, 12 de marzo de 2012

El verde y el azul o la felicidad absoluta


Lo primero que llama la atención al ir a ver el rugby a Dublín es el avión que sale de Madrid. Por lo visto, en España, el país en el que no gusta el rugby, el país que vive en torno a un fútbol artificialmente inflado para desviar la atención de la realidad, los aviones se llenan de aficionados que van a un país extranjero para ver un partido de rugby entre dos selecciones que no son, teóricamente, las suyas. Teóricamente, sí, porque el avión va lleno de españoles que van al rugby a ver a "su" equipo, Irlanda o Escocia en este caso, con la misma determinación y devoción que los naturales de aquellos países que juegan. El avión va lleno de irlandeses que vuelven a casa el fin de semana y de aficionados españoles al rugby, unos en pareja, otros en grupo de amigos, varios con los compañeros de equipo a jugar un partidito contra un club irlandés amigo y más tarde a ver el partido de verdad con los rivales en el pub. España, ese país en el que se ignora el rugby, llena aviones para ver partidos de rugby de terceros países, y los llena de aficionados encantados de gastarse los ahorros para disfrutar de un deporte al que las autoridades deportivas de su país no hacen ni caso. Antes de coger ese avión lleno de gente es inevitable un momento para la reflexión, un instante para pensar de quién es la culpa, qué se hace mal, por qué no se consigue apoyo popular ni institucional a uno de los deportes más bonitos de ver, más divertidos de jugar y sin duda el más bonito de vivir.

Lo segundo que llama la atención es la actitud de algunos pasajeros del avión. No todos, claro está, pero sí muchos, demasiados y todos ellos de los nuestros, compatriotas. Uno puede entender que el viaje implique una excitación máxima para un equipo de veinteañeros deseosos de demostrar en público su resistencia al alcohol y de dar rienda suelta a grandes voces a su ingenio incipiente y, por lo visto, sin pinta de llevarles a ganarse la vida en un futuro. Bien, vale, todos hemos pasado por ahí, da cierta vergüenza pero uno puede entenderlo aunque aún se nos ponga la cara colorada al verlo en tercera persona. Menos entendible resulta cuando el grupo que hace ruido, el que canta canciones de colegio mayor, el que hace chistes mil veces oídos antes y mil veces repetidos desde el asiento a voces cada vez más altas, que hace comentarios de pésimo gusto sobre las azafatas y que, en general, irrita a los pasajeros y abochorna a los compatriotas, está formado por cuarentones escasos ya de pelo y ricos en dioptrías. Uno, que ha estado en equipos de rugby y ha viajado con ellos, que como todos formó parte activa de esos grupos vociferantes como peaje para convertirse en uno más, recuerda cómo llegada cierta edad lo que antes era un ejercicio normal de reafirmación de pertenencia a la tribu se iba diluyendo por efecto del la reflexión, la educación, el pensar en los demás, el pudor. Por eso mismo sorprenden las voces, los comentarios faltones hacia los que están haciendo su trabajo sin perder la sonrisa a pesar de la tabarra que dan los pasajeros, la insistencia en la actitud a pesar de las miradas de hastío de las familias irlandesas que se desesperan porque sus hijos no pueden dormir entre tanto vocerío, la pose adolescente y casi desafiante de algunos, alicorados ya antes de llegar al avión, tipos de treinta y muchos y cuarenta y bastantes con aspecto de padres de familia, vocales de escalera, encargados de ferretería o ingenieros navales. Sorprende aún más cuando uno tiene la certeza de que ese mismo grupo faltón, ruidoso y excesivo contará a la vuelta del viaje historias de respeto entre aficiones, de exquisito comportamiento de propios y rivales y, en especial, del silencio con el que se vive en el Aviva Stadium, esto es, en Landsdowne Road, las patadas a palos de los rivales.

Llegados al centro de Dublín (tras carrera por la terminal para evitar en lo posible coincidir con el irritante grupo coral en la cola del taxi), llama la atención lo que siempre nos llama la atención: los pubs. Esta vez no llaman la atención por estar repletos de gente, como es normal, ni por tirar cerveza exquisita, que es lo suyo. Tampoco llaman la atención por estar cuidadosamente pintados, por sus rótulos dorados sobre fondos negros, granates o verde oscuro ni por ese olor mezcla de bodega y moqueta mugrienta que en teoría debería repugnar pero en la práctica gusta, y mucho. Lo que llama la atención en esta ocasión es que en la fachada de los pubs del centro, casi sin excepción, ondea la bandera irlandesa junto con la escocesa y con ninguna otra, algo así como una declaración de bienvenida, algo probablemente impensable en encuentros futboleros o en otros países. En algunos hay guirnaldas de globos verdiblancos junto con otros blanquiazules, en todos beben irlandeses mezclados con escoceses, en todos se charla, en ninguno se discute: bendita sea la cerveza negra y la buena educación.

El sábado por la mañana huele a fiesta mayor y desayuno irlandés y uno no aguanta demasiado en la cama. Casi amaneciendo, uno se echa a la calle a ver y vivir el ambiente y se topa con la primera sorpresa. La selección escocesa está en el mismo hotel, queda claro cuando en el ascensor al que acaba uno de entrar está Ross Ford, talonador de Edinburgo, capitán de Escocia. Ciento y muchos kilos para un metro ochenta y tantos, chándal oficial, actitud relajada y "good morning" al entrar. Anda, estáis en este hotel, qué bien; hemos venido a ver el partido desde Madrid, mucha suerte hoy. ¿Desde Madrid? Qué bien, muchas gracias, espero que disfruten del partido, thank you, bye. La actitud afable del capitán de Escocia dista mucho de la actitud de algunos jugadores suplentes de equipos de segunda división de fútbol, y esto impresiona. Impresiona más aún pasar por la recepción y ver a Allan Jacobsen y Jim Hamilton, casi 240 kilos entre los dos; impresiona Richie Gray y sus 2.07. Y, aún así, lo que más impresiona al que suscribe no está en la sala en la que desayunan los gigantescos jugadores escoceses, sino en un sofá de la recepción en la que el cuerpo técnico discute sobre el planteamiento del partido con un ídolo. Los entrenadores hablan con John Jeffrey, el Tiburón Blanco, ese flanker de pelo blanco y movilidad feroz que nos marcó las tardes de sábado de los ochenta entre voces de Ramón Trecet y Martí Perarnau,
el héroe de ese partido del 90 en que Escocia salió andando y no corriendo, cantó Flower of Scotland por primera vez en la mismísima cara de los ingleses e hizo apretar los puños celebrando la victoria a miles de personas, desde Aberdeen a La Puebla de los Infantes.

Es temprano aún pero la calle hierve ya. Se cuentan a centenares los kilts y las camisetas del cardo, y se cuentan a miles las calorías de los desayunos irlandeses que se despachan sin pausa en los pubs, acompañados de té y/o pintas de Guinness. Los escoceses llevan kilt con naturalidad y elegancia, sin dar en ningún momento la sensación de llevar un disfraz o ir haciendo una gracieta. Algunos llevan chaqueta de tweed a juego con el tartan, brogues de cuero negro y corte de pelo a navaja; otros camiseta de rugby, botas de montaña y barriga cervecera; todos tienen una pinta estupenda, mezclados la tienen más. La imagen de las calles del centro de Dublin llenas de escoceses en kilt tiene algo de grabado clásico o de estampa de álbum de cromos. Es primera hora y los escoceses, que duermen en hoteles y bed & breakfast, se han echado a la calle y son mayoría, los irlandeses irán apareciendo por las calles según avance la mañana.

Según calienta el medio sol irlandés las fuerzas se van igualando y las terrazas de los pubs se van llenando, el centro de Dublín hierve, lleno de grupos de aficionados de ambos equipos y también de muchos españoles. Se ven chándals de Boadilla, chubasqueros de El Salvador, camisetas de la española, grupos numerosos venidos de Navarra y el País Vasco que hacen volver la pregunta de por qué no se consigue hacer más con nuestro rugby. Las calles están llenas de verde y azul y en Temple Bar hay gritos y la gente se arremolina frente a un pub. ¿Una trifulca? ¿Una pelea? Es mucho más serio que todo eso, oiga. Entre la multitud congregada vuela un balón oval y suenan gritos. En medio de una gran expectación, un equipo de escoceses con kilt disputan el balón a un grupo de jugadores con hábito franciscano. Los escoceses son más grandes, pero los franciscanos son aguerridos y valientes, como demuestra el hecho de que varios de ellos jueguen con gafas y aún así bajen la cabeza en los placajes de manera ortodoxa. La dioptría tira mucho y el que suscribe toma partido por los monjes, pero reconoce la calidad y empuje de los escoceses, que rompen la línea una y otra vez. Hay placajes y rucks, hay drops que terminan impactando en las ventanas del pub de al lado, hay un encargado de pub que maldice a las órdenes mendicantes. El partido es disputado y los franciscanos ceden al empuje de los del kilt. La multitud espectadora intercambia opiniones: bien los franciscanos en delantera, pero, viendo cómo están este año dominicos y escolapios, no les auguro mucho futuro. Podrán con los jesuitas y con los marianistas si consiguen reunificar la Primera Orden y se refuerzan con la tercera línea de los franciscanos capuchinos, pero poco más: este año la liga tiene claro color blanquinegro, dominico. Los dominicos, también llamados "los Barbarians del Clero", son claramente superiores en touche y melé y al fin y al cabo Santo Domingo de Guzmán era de Burgos y contra eso hay poco que hacer.

Se acerca la hora del partido y el centro empieza a vaciarse. La selección escocesa sale del hotel y entra en el autobús en medio de vítores de los suyos y del sonido de gaitas. Van serios y concentrados, una derrota es más que posible y, de perder, el sábado siguiente se jugarían una vergonzosa cuchara de madera contra los italianos en Roma. El autobús se marcha pero las gaitas siguen sonando; la afición escocesa forma en línea de a dos y sale marchando hacia el estadio, siguiendo al gaitero que toca Scotland the Brave. La calle se para y mira en silencio la comitiva, como en
la pelea de La Brigada del Diablo, y eso que en ese caso no eran más que canadienses.

El estadio está cerca del centro, a unos veinte minutos a pie. Es fácil encontrarlo, basta con seguir la riada verde que ocupa las aceras, únicamente parando en las terrazas abarrotadas de los pubs de la zona. Ya cerca del estadio, las calles se cortan y no circulan coches, sólo aficionados de los dos equipos mezclados. Hay gaiteros y músicos irlandeses, hay montones de personas bebiendo Guinness y Smithwick's, nadie discute ni pierde las formas. Las calles que llevan al estadio están tranquilas, hay pocos policías que indican a los visitantes por qué lado ir. La policía sólo interviene para recordar que no se puede pasar por las calles adyacentes para evitar molestias a los vecinos, y lo hace con tranquilidad y amablemente. No hay vasos de plástico tirados en los jardines de los vecinos, ni pintadas en su casas. No hay antidisturbios disfrazados de samurai luciendo musculatura y mirando de manera desafiante, no hay ultras tirando cosas a la afición rival, no hay gritos insultantes ni amagos de carreras o peleas. No hay borrachos perdiendo los papeles sino gente bebiendo, de un humor excelente. La gente es tranquila y respetuosa, guarda colas para entrar al estadio y para ir al baño, respeta el turno del resto en los bares de dentro y fuera del campo. Hay niños por todas partes, hay familias enteras y balones de rugby que vuelan de un lado a otro de la calle, hay una mezcla absoluta de camisetas y bufandas verdes, tartans, kilts, tréboles, cardos, gaitas, banjos, glengarrys y balmorals. No hay ni un solo problema y eso que en breve dos equipos, el orgullo de sus países, se darán de golpes en público para defender la dignidad de los suyos. Llegados a este punto, es inevitable hacerse ciertas preguntas. ¿Qué demonios tiene el fútbol que envenena a la gente? ¿Por qué las aficiones al resto de deportes son pacíficas y educadas y no así las del fútbol? ¿Hay mayor vergüenza de la separación física de aficiones?

Las entradas no son buenas, los asientos están altos y da vértigo mirar hacia abajo en la inmensa grada del Aviva Stadium. Eso sí, es el mejor sitio para ver el despliegue de las líneas y las jugadas a la mano, de las que por suerte veremos muchas. Los equipos hacen un calentamiento intensísimo, largo, completo: sobrevivir a ese calentamiento ya sería un logro para un tipo en buena forma, pero para los tipos que corren y estiran y arrasan escudos de percusión aún quedan 80 minutos de pelea a puñetazos. Se retiran los equipos a vestuarios, suena Teenage Kicks de los Undertones y uno entiende que hay momentos que, por la compañía, por la pinta de Guinness que sostiene en la mano y por lo que va a vivir, deberían durar más, mucho más. Sale la banda militar que interpretará los himnos, sale el Presidente de la República de Irlanda y los capitanes presentan a los miembros del equipo. Se cuadran los equipos, se estrechan los abrazos entre los jugadores, se agarran las camisetas y aprietan las mandíbulas. Suena Flower of Scotland y se escucha cantar a los escoceses y a muchos irlandeses y a casi todos se nos pone la piel de gallina; suena La Canción del Soldado e Ireland's Call y sube mucho la temperatura y la emoción. Suenan también algunos gruñidos de enfado cuando por megafonía se recuerda que es una tradición de la que está orgullosa Irlanda el guardar silencio durante las patadas a palos de los rivales, un leve tirón de orejas a aquellos que silbaron a Halfpenny cuando pateaba para ganar a Irlanda hace unas semanas. Esto empieza, alabado sea William Webb Ellis.

Del partido, que a estas alturas uno empieza a sospechar que es lo de menos, queda una cosa clara: Irlanda gana merecidamente, quizás por una diferencia exagerada de puntos causada más por la inocencia del rival que por el brillo propio. Escocia no tiene una línea deslumbrante, pero como ante Gales, se empeña hacer un rugby valiente y vistoso, en jugar a la mano, algo que el público agradece y las estadísticas no tanto. Quizás los escoceses sepan que su delantera, quitando a Gray, no puede hacer frente al pack irlandés incluso en ausencia de O'Connell. De hecho Gray, un jugador que crece desmesuradamente en cada partido y que queda ahora lejos de la promesa en formación de la última edición, sea el único jugador de clase mundial de este equipo escocés que, sin embargo, se muestra valiente contra un rival claramente superior.

Aún así, Escocia se pone por delante con dos patadas de Laidlaw. Pero Best ensaya percutiendo como un búfalo en una jugada en la que Irlanda muestra que si aprieta no tiene rival en ese partido, y vuelve a ensayar Irlanda en una jugada de listo de Reddan, que aprovecha el despiste de los de azul. Ensaya a falta de cuatro minutos para el descanso el gigantesco Gray, rompiendo la línea con potencia y clase y dejando aroma a jugador histórico o, como dijo la prensa irlandesa, de niño de crecimiento temprano jugando con sus diminutos compañeros de clase. Pero no tuvo suerte Escocia, Trimble volvió a ensayar con el tiempo cumplido tras una buena jugada irlandesa con el estupendo Kearney por medio. El ensayo en el descuento tiene pinta de haber matado el partido, pero tres ensayos en diez minutos dejan una sonrisa en la cara de la grada entera.

Con tres ensayos irlandeses en un tiempo y Sexton pateando bien, con Irlanda puntuando justo después de cada anotación escocesa, el partido tenía poco futuro. Así fue. En un segundo tiempo más gris que el primero, Irlanda renunció a un tiro fácil a palos buscando un ensayo que no lo fue por la rabiosa defensa de Morrison, que mantuvo a Bowe a raya cuando intentaba posar el balón. Irlanda pasó un cuarto ensayo y pudo haber un quinto, pero Evans fue enviado al Sin Bin por derribar sin balón al irlandés que llevaba ventaja tras su propia patada, provocando las únicas críticas de la grada durante todo el partido. Al final 32 - 14, quizás demasiado para lo visto, pero quizás el reflejo de lo ocurrido: Escocia es un equipo valiente pero algo tierno con mucho que mejorar, Irlanda es un equipo mucho más compacto que ahora debe demostrar si, en ausencia de sus pesos pesados, es capaz de ganar a los ingleses en Londres el día de San Patricio, quizás el sueño de todo buen irlandés.

Hasta aquí, el resumen frío del evento deportivo, del partido disputado en el césped. Es muy diferente y más difícil de describir lo que ocurre en la grada. Es complicado contar cómo se eriza la piel de la espalda cuando, en momentos en que los escoceses doblan la rodilla ante el empuje irlandés, suenan gaitas de ánimo desde el fondo, tras los palos. Es difícil explicar cómo se nota la voz de la grada subiendo cuando canta Fields of Athenry, o cuando la minoría escocesa canta Flower of Scotland para que el equipo recuerde que es hora de apretar los dientes. Es también difícil de entender a quién se le ocurrió poner música atronadora tras los ensayos, por más que el sonido de latidos acelerados que se oye por megafonía mientras el árbitro espera el veredicto de los jueces que miran los monitores tenga su gracia. No es fácil transmitir con fidelidad a público de fútbol que el único momento de crítica hacia lo que ocurre en el campo, los únicos gritos de desaprobación, se producen por una trampa, por un placaje sin balón que impide un ensayo. También es complicado explicar la angustia general tras el golpe de Lee Jones, los comentarios sobre los gestos urgentes del médico, la sospecha de que algo va mal cuando en los videomarcadores no se repiten las imágenes del golpe entre los jugadores, la ovación cuando es retirado el rival en camilla. Más difícil aún es describir la cara de los jugadores escoceses cuando vuelven al hotel, la mezcla de tristeza y angustia de los que saben que se juegan la cuchara de madera en Italia, lejos de casa, dentro de una semana, o la mueca mitad agradecimiento mitad vergüenza cuando reciben aplausos al entrar en el hall. O incluso la cara de sorpresa que se le queda a uno al ver al día siguiente al partido a una estrella mundial como Ronan O'Gara, el hombre con más puntos de la historia del VI Naciones, el ídolo de los irlandeses y uno de los jugadores más odiados por el resto, llevando tranquilamente a sus hijos a los columpios de St Stephen's Green, el parque más céntrico de Dublin.

Todo es difícil de explicar si no se vive. Para rematar, los abonos del Atleti no usados fueron a parar a las manos de un montón de niños rojiblancos. Uno casi se siente culpable por haber tenido la suerte de haber estado allí y se ve casi obligado a escribir sobre lo visto como buenamente puede para al menos compartir un poco. Y es que, además, cada año desde hace más de cien se repite esta historia. No lo duden, si tienen ocasión, no se lo pierdan.

lunes, 15 de febrero de 2010

De equipos antiguos y presidentes recientes

Jugó el Atleti un partido con una actitud de otra época ante un rival que por primera vez en mucho tiempo jugó mal y a la alegría general le cayó una mancha de petróleo en forma de chiste presidencial.

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Llegó Irlanda a Francia con ganas de decir aquí estoy yo y voy de verde, sí, qué pasa y se volvió a Dublín peinadita a raya y sin saber muy bien si había jugado contra Francia o contra Francia y otro equipo más, así, arrejuntados. Pasaron los franceses por encima de los irlandeses durante todo el partido y en todas las fases, al principio y al final, en la línea y en la delantera y hasta en el autobús que les llevaba al estadio por entre las calles parisinas. Únicamente pudieron los de verde darle la vuelta al asunto muy al final de la primera parte, cuando estuvieron a cinco metros de la línea de ensayo francesa durante varios minutos, pero Francia defendió con rabia y calma a la vez e Irlanda no pudo saltar el muro azul desde el que vociferaba Harinordoquy. Francia se llevó el partido con merecimiento y autoridad, y desde entonces se entona en los pubs de la fervorosa y católica Irlanda la siguiente coplilla:

Los galos aparecieron
Y nos molieron a palos
Que Dios ayuda a los malos
Cuando son más que los buenos

Tras su exhibición Francia se perfila como favorita, vistas las estrecheces de los ingleses en Roma y que el partido contra los de la rosa se jugará en París. Irlanda, además, visita Londres y la imagen dada contra los franceses alimentará la confianza rival. Sólo los galeses, desde Cardiff, parecen capacitados para quitarle alguna pluma al gallo. Y con los galeses, ya lo saben Vds, uno recomienda no andarse con tonterías.
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Llegó la afición al campo en tropel y abrigada como si fuera a robar vacas, consciente tras años de resfriados de lunes y narices heladas de domingo por la noche de que el relente del Calderón, cuando se pone, no entiende de plumíferos ni goretexes ni nada por el estilo. Llenó la afición los bares y bebía tercios de cerveza con manoplas, apartándose la bufanda de la boca para que no se le llenaran los labios de pelusas, dejando al contacto con el aire el mínimo posible de piel. Bebía la afición a sorbitos y entre la masa colchonera se veía alguna bufanda del Barça, algún gorro del Barça y hasta algún papá con bufanda rojiblanca llevando de la mano a un niño vestido de Iniesta. El Atleti - Barça es para el que suscribe uno de los partidos más bonitos del año y no sólo porque el resultado muchas veces nos favorezca ni porque el Barça suela traer jugadores de esos que merecerían ser ovacionados en todos los campos de España nada más que por aparecer y por habernos alegrado el verano con la Eurocopa, sino porque entre la gente del Atleti se ve a gente del rival con toda naturalidad, sin que nada ocurra, sin que haya malos modos ni faltas de respeto. Que llegue un equipazo como el Barça y que uno pueda charlar de fútbol con los aficionados rivales sin miedo a que le mencionen a la madre es algo que debería ser normal pero por desgracia es cada vez más excepcional. Que se guarde un minuto de silencio por un madridista de pro sin que uno pase bochornos también. Ayer, al menos, fue lo que pasó; toda una buena noticia.

Entró la afición al campo y primero que le llamó la atención fue la fugaz presencia de Indy. Indy tiene como fea costumbre abochornar a la afición con su rictus idiotizado y su torpe saludar a niños y ancianos cuando menos falta hace, pero en ciertos partidos ni aparece, como Jurado. Ayer, día de frío en el que aquél que habita en Indy sería el único que estaría cómodo bajo capas y capas de peluche prácticamente no se le vio. Son muchas las teorías que baraja la hinchada sobre las ausencias de Indy. Hay quien dice que modera sus apariciones por voluntad propia y para no encasillarse en su papel, por tener Indy vocación artística y reclamar una oportunidad como galán en obras de teatro clásico. Hay también quien dice que Indy es en realidad un activo sindicalista, líder del Sindicato de Mascotas, que presiona con su ausencia para conseguir un convenio digno que libre a sus miembros, entre otras cosas, de arrastrar colas y llevar disfraces de manga larga en verano. Hay quien apunta que Indy no aparece en citas de relumbrón, sobre todo cuando con el equipo contrario viajan jugadores serios y competentes a los que la presencia en el campo de una mofeta emplumada puede molestar y de hecho ya ha habido quejas. Pero hay entre todas una teoría que cobra adeptos y convence a aquellos que reflexionan sobre la misma. La teoría abunda sobre la coincidencia entre las ausencias de Indy del terreno de juego y la presencia de Gonzalo Miró en el palco desde el inicio del encuentro. Los partidarios de esta escuela de pensamiento, cada vez más numerosos, lanzan al aire una serie de preguntas que aquí reproducimos para que cada cual saque su conclusión. ¿Ha visto alguien a Gonzalo Miró e Indy coincidiendo en el mismo acto o estancia? ¿Por qué Indy no aparece en partidos de Champions, en los que los canapés son más copiosos y delicados? ¿A qué se dedica profesionalmente Gonzalo Miró, qué fuente de ingresos le permite llevar una vida llena de viajes trasatlánticos en compañía de estrellas de la canción ligera? En este blog no tenemos una postura firme al respecto, ya lo avisamos; allá cada cual, eso sí, con sus reflexiones.

Se acomodó como pudo la afición entre abonados de siempre y visitantes ocasionales y aquellos a los que le tocaron varios señores gordos alrededor se alegraban en lo más hondo de su enfriado ser. El aficionado gordo es poco apreciado como vecino de localidad en los días en que aprieta la calor y en los vuelos transoceánicos en categoría turista, pero en los días de mal tiempo protege del viento, eleva la temperatura ambiente y actúa de aislante térmico. Cuando acaba el partido y el aficionado gordo se despide amablemente de los vecinos de localidad y se va a casa a cenar sopa y acelgas, queda el aficionado hasta entonces protegido de los elementos como huérfano, desvalido, abandonado a su suerte al frío de la noche, sin muro en el que apoyarse ni cobijo bajo el que refugiarse de las inclemencias. Si el aficionado gordo no es uno sino que son tres o cuatro y se sitúan en torno a un enclenque afortunado, se produce un efecto similar al que consiguen los pingüinos macho cuando protegen con sus cuerpos a las crías de los temporales árticos. A los aficionados sobrados de kilos, parapeto de niños y garantes de la comodidad de la afición aterida, va auto-dedicada esta crónica.
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Salió el Atleti al campo y vio al Barça vestido de amarillo con poco aspecto de Barça, anda, mira, si es el Barça, mirá cómo van vestidos. Salió al Barça al campo y vio al Atleti vestido de Atleti pero vio algo raro. Vio que entre los jugadores del Atleti abundaban las melenas y los bigotes, que es algo que ya no se lleva, y vio también que los pantalones azules eran más cortos de lo acostumbrado y que la camiseta rojiblanca, la de siempre, no era de modernísimo tejido técnico sino de algodón con el cuello redondo, sin publicidad y sólo con el escudo. Miró entonces el Barça el detalle final de la indumentaria y entendió todo: las medias que llevaba el Atleti eran de tejido rojo grueso y tenían la vuelta blanca. El Barça entendió entonces que del vestuario había salido el Atleti de siempre y no el sucedáneo que le sustituye con demasiada frecuencia en partidos que no quedarán en el recuerdo. Porque ayer salió el Atleti que mordía en el centro del campo, que defendía con contundencia y agresividad y que llegaba al área rival en tres toques de tres jugadores de calidad, destrozando planteamientos tácticos, superioridades teóricas y cuentos de la lechera. Entendió el Barça lo que pasaba, tragó saliva Guardiola dentro de su abriguito y un músculo de Keita, viendo lo que se veía venir, decidió tirarse en marcha y no jugar el partido.

Salió el Barça con una defensa hecha de retales de la que todo el mundo hablaba mientras que el aficionado rojiblanco pensaba, qué cosas, en cuántos de esos retales le vendrían bien al equipo. Las defensas estaban en el punto de mira de los aficionados, en un caso por las circunstancias y en otro por el añito que llevan. En el Barça Puyol hizo de nuevo un partido asombroso, siempre rápido y siempre colocando a Jeffren, interior con vocación de extremo y recién estrenado en el primer equipo, que jugó bien en su debut a pesar de que, según las fases, le tocaba lidiar con Agüero, Simão o el Reyes de anoche, ahí es nada. El Atleti atacó por su banda y aprovechó menos de lo que uno esperaba su tarjeta; sí aprovechó el Atleti cuando la defensa rival se acercaba al centro del campo y en dos o tres contras subió del césped a las gradas el familiar aroma del contraataque.

Por su parte, la defensa del Atleti hizo lo que no se esperaba: un partidazo. Falló De Gea en el primer balón que tuvo, pero lejos de aterrorizarse y dudar siguió jugando con esa tranquilidad y ese don de transmitir calma al equipo que tiene el chaval. De Gea para sin complicarse, hace fácil paradas difíciles y no sólo transmite tranquilidad al equipo sino que siembra entre la delantera rival la duda y la ansiedad, frustra a los delanteros desbaratando sin aparente esfuerzo tiros de mérito.

Estuvo a la altura de la situación Antonio López y Ujfalusi jugó serio y se sumó al ataque con intención y peligro. Jugó Perea uno de sus mejores partidos de los últimos tiempos a pesar de tener que pelearse con Ibrahimovic, empresa parecida a intentar mover a empujones una marquesina del autobús. Siempre atento al corte y agresivo sin hacer locuras, se impuso en casi todos los duelos individuales y quitó las ganas a la delantera rival de andarse con tontunas. Mejor aún, si cabe, estuvo Domínguez. Domínguez se ha hecho el capo de la defensa y tira la línea y da voces y lo único que hace, en realidad, es algo tan simple como hacer bien su trabajo. Domínguez está siempre atento y concentrado, está en el partido y no piensa en nada que no sea su enorme responsabilidad. Mete el cuerpo y es fiable de cabeza, persigue a su par en el centro del campo si es necesario y si se tercia entra con todo para tapar con su cuerpo un remate. Ayer, quizás por tener enfrente a Puyol y mirarse en ese espejo, volvió a hacer que la gente se preguntara alegre cómo es posible que un chaval de la cantera se haya hecho tan imprescindible en tan pocos partidos.

Pero ayer la verdadera noticia estuvo en el centro del campo. Llamó la atención que el centro del campo del Barça no funcionara. Por primera vez en mucho tiempo ayer se vio al Barça jugando mal, incómodo, infiel a sí mismo. También por primera vez en mucho tiempo se vio a Xavi fallar una, dos y hasta tres veces, una de ellas con resultado de gol en contra. Falló Xavi y la noticia corrió como la pólvora. Pararon las rotativas de varios diarios del hemisferio sur, se interrumpieron boletines de noticias en todo el mundo, bajaron las bolsas y en la estación espacial se suspendieron los paseos por fuera de la nave y el bingo con bola volante. Falló Xavi y la gente decía no puede ser, ha fallado Xavi, esto cómo es, que diga algo el Presidente del Gobierno, que diga algo Obama, que diga algo el Papa, que diga algo Christopher Walken. Falló Xavi y además se fue antes de tiempo y lesionado, algo que no gusta que le pase a uno de los mejores jugadores que uno ha visto en un terreno de juego.

Por el lado contrario, que no es el contrario sino el nuestro, también saltó la noticia. La noticia no fue que Simão jugara bien y marcase un golazo de falta, que eso ya ha pasado demasiadas veces como para que ahora nos sorprendamos. Simão trabajó y trabajó y, aún así, pareció el más entero del Atleti al final del segundo tiempo y alguno echó de menos que jugara más balones al final, para matar el partido. Tampoco fue noticia el partidazo de Assunção, porque tampoco es el primero. Assunção cubrió muchísimo campo y recuperó balones, en especial en el primer tiempo, asfixiando la zona donde piensa el Barcelona. Rompió a veces la línea con aires de segundo centro irlandés y aportó las dosis necesarias de agresividad y despliegue físico que el partido requería. Sólo un rato tras el segundo gol retrasó más su posición, lo que hizo al Atleti perder parte del control y la iniciativa, pero firmó un partido asombroso una vez más. Le ayudó, y esto cada vez viene siendo menos noticia, Tiago, San Tiago para el ingenioso portadista del Forza Atleti, rápido como el rayo cuando se trata de hacer arriesgados juegos de palabras. Tiago aporta pausa y presencia al centro del campo, manda a los compañeros, abre los brazos pidiendo ayuda y movimientos sincrónicos, cubre donde Assunção no llega y aprieta cuando Assunção cubre. Tiago se ha hecho con el puesto y la parcela y Raúl García puede o bien verle como un competidor o bien como un espejo en el que mirarse; esperemos que pase lo segundo y tengamos tres buenos jugadores para dos puestos claves.

La noticia tampoco estuvo en el trote cansino de Forlán, en apariencia desfondado, ni en la pelea y el talento de Agüero, increíble a la hora de guardar el balón, peligrosísimo en todo el partido salvo cuando, qué cosas, se quedó solo ante Valdés y falló un pase fácil. Tampoco en la fugaz aparición de Jurado, incapaz una vez más de desplegar su teórico fútbol de luz y de colo-o-O-or, de luz y de colo-o-O-or. La noticia, qué cosas, estuvo en el partido de Reyes. Reyes hizo un primer tiempo excelente, el mejor desde que llegó al Calderón, con una jugada para el recuerdo que acabó en gol de Forlán y varios cambios de juego y recuperaciones de balones que ayudaron a que fuera el Atleti y no el rival el que mandase en el partido. Reyes hizo un buen partido y se fue ovacionado, y con esta actuación ve reducida a setenta y siete el número de buenos partidos que le quedan por hacer para empatar en el casillero con la afición colchonera en Trofeo de la Paciencia y recuperar así el 100% del respeto. Esperemos ver más veces al Reyes de ayer, esperemos no ver más al Reyes de tantas veces.
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El Atleti jugó bien y ganó al Barça, líder invicto hasta ayer. Hasta ahí nada que no debiera ser normal: un equipo que pierde en casa de un equipo fuerte. La prensa, eso sí, dará rápidamente la vuelta al tema y ahora lo único que importa es lo bien que le viene lo ocurrido al otro equipo grande de la capital, ya saben Vds cómo funciona esto. Antes del cualquier partido contra el Barça la prensa ya se ocupa de alimentar el debate sobre qué prefiere del equipo la afición colchonera, si hacer lo que debe y ganar o bien perder vergonzosamente a cambio de hacer la puñeta a los irritantes vecinos del norte. El mismo debate imbécil contribuyó a que, hace unos años, un jugador histórico, tras encajar un 0-6 en casa y escuchar que hubo a quien no le dolió, se hartase de escuchar tonterías y decidiera irse a un sitio donde la histeria colectiva fuera mejor gestionada.

Hasta ahora el aficionado cabal pensaba que ésta no era sino una triquiñuela más de esos periodistas falderos que hacen lo posible por vender unos pocos periódicos más y así ganarse una palmadita en el hombro de su jefe. Pensaba que era cosa de esos personajes con aspecto de haber sufrido mucho en los recreos del colegio y de haber visto cómo le quitaban muchas meriendas en el instituto que, aprovechando la notoriedad que dan los medios, se vengaban de su suerte e intentaban recuperar la autoestima perdida en las clases de gimnasia haciendo chistecitos a costa de un equipo maltratado con su propia complicidad. Pensaba uno que era únicamente cosa de aficionados del otro equipo grande de la capital, y no de todos, no. No de aficionados de esos de loden y bigotito y abono de número bajo que sufren y se alegran por su equipo y que, aunque vivan en el más profundo de los errores, al menos merecen el mínimo de respeto necesario para no mirar a otro lado cuando lanzan la conversación. No. Uno pensaba que era cosa de los otros, de los mayoritarios, de aficionados de esos que ni siguen al equipo ni entienden de qué va esto pero que se creen con derecho a hacer chuflas porque lo han visto en la tele, que piensan que por ser del equipo del que hablan a todas horas en todas las televisiones uno es parte de una tribu superior, pobres bobos, los peores de todos.

Pero resulta que no. Resulta que ayer, ante las cámaras de la televisión, ante toda España y parte del resto del universo conocido, el propio presidente (con minúsculas) del Club se atrevió a hacer un chiste similar, un chiste de los que uno atribuye no ya al que no tiene ni idea de lo que es el Atleti, sino incluso de lo que es el otro equipo grande de la capital y el fútbol mismo. Una vez más, empujado por el afán de ser gracioso que le llevó a posar con una camiseta del rival más odiado, el propio presidente de un club centenario fue el que avergonzó a los suyos. Una vez más, y ya van demasiadas, nos preguntamos qué hemos hecho nosotros para merecer esto, por qué nosotros y no otros, por qué nadie cercano le dice al menos que guarde para su esfera privada los comentarios que a todos nos abochornan cuando se hacen en público. Demasiadas veces ya, demasiadas.


lunes, 8 de febrero de 2010

Sobre ese equipo que juega tres competiciones pero aún no se ha enterado

Jugó el Atleti un domingo pensando en un jueves y en el jueves anterior como preludio a un día de Mayo que previsiblemente sea un miércoles, sin darse cuenta de que los domingos se juegan cosas muy importantes que no se solucionan de un día para otro.
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Jugaba primero Irlanda, vigente campeón y equipo del que suscribe, y lo hacía en casa contra Italia. Italia, la sexta nación por obra y gracia del poderoso caballero, solía jugar al balón prisionero en el recreo con Rumanía, España y Portugal pero desde hace unos años alterna con los mayores del instituto. Italia, normalmente convidada de piedra, va mejorando y planta cara a ciertos rivales gracias a algunos argentinos de pasado calabrés, a algunos neozelandeses amantes de los gnocchi y a la progresión más que palpable de los suyos. Aún con el mérito que tiene que los italianos se la jueguen contra las potencias del V Naciones, su mejoría no fue suficiente para hacer sombra a Irlanda, quien ganó cómoda su primer partido. Irlanda y su generación de oro, la que parecía que pasaría a la historia por no ganar nada pese a su calidad, vuelve a ser favorita y esto les puede extrañar. Parecía que el Grand Slam del año pasado sería la excusa para que algunos de sus históricos (O'Connel, O'Gara, O'Driscoll) se relajaran un poco y pensaran en sestear en Benidorm una vez hechos los deberes históricos. Pero Irlanda ha dejado claro en los test matches de este año que han aprendido de los triunfos, que están cómodos en su papel de ganadores y que siguen con ganas de baile y de repetir título. Dos grandes problemas tienen, eso sí, en forma de salidas a París y Londres, la primera el sábado que viene a las 17.30, al parecer justo después del España - Rusia que se jugará en el Central de la Complutense (a confirmar).


Jugó luego Inglaterra contra Gales en un partido que conmemoraba el centenario de Twikenham. El partido debería haber sido obligatorio para el gremio de diseñadores de camisetas deportivas, a quien el que suscribe habría concentrado en pleno, agrupados todos en un gran cine con un señor con un palo largo apuntando a las camisetas inglesas en la pantalla. Miren, miren, no es tan difícil hacer una camiseta preciosa, déjense de tramas, déjense de cuellos raros, déjense de rayos cruzapechos y mangas de otros colores, déjense de camisetas lilas y déjense de zarandajas: miren, miren, una camiseta blanca pero poco blanca, con cuello y una rosa en el pecho. Hasta el patrocinador ha entendido que su logo no haría más que ensuciar el momento y lo ha dejado de color paliducho, que es más mono. En fin. Ganó Inglaterra la mar de bien vestida y lo hizo con holgura en el marcador, que no en el campo. 30-17 ganó Inglaterra, pero no con la comodidad que los fríos números sugieren. Inglaterra ganó porque Wilkinson no falla y porque los galeses sí fallaron. Falló Stephen Jones un pase que asesinó la remontada, pero estas cosas pasan y estos fallos, duros de encajar, forman parte del juego. El problema fue que antes falló Alun Wyn Jones con una patada a la rodilla de un rival que ni Vinnie Jones, oiga. Sin Bin para el infractor, Gales con uno menos e Inglaterra que aprovechaba la situación para pasar del 3-3 as 20-3. 17 puntos le costó a Gales una acción absurda que, según el culpable ha reconocido, le tiene sin poder pegar ojo desde el sábado. Algo es algo.

Jugó Francia en Escocia y ganó, y lo hizo bien. Francia enseñó un equipo con algunos elementos de esos que se llaman de rugby moderno, ese en el que los centros pesan lo que los piliers, los terceras corren como los alas y los alas miden lo que los segundas. Entre todos destaca Bastareaud, un centro con hechuras de delantero, cierto aire a un amigo de Peter Griffin y afición a echar las culpas a otros cuando se cae borracho por los hoteles. Dos veces ensayó Bastareaud y otras tantas quedó en evidencia la línea escocesa, frecuentemente descolocada y con menos efectivos cuando se trataba de defender a los franceses. Francia jugó cómoda, casi siempre en terreno rival, y Escocia se mostró impotente para imponerse en delantera, imprecisa y poco suelta en el juego a la mano, casi inédito, dejando dudas en cuanto a sus posibilidades este año. Escocia juega en Italia este año y de ese partido quizás dependa que aumente su menaje de cocina. Esperemos que no.

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Iba el Atleti a Santander tras hacer uno de los mejores partidos del año, que además le permitía pensar que la Copa puede ser una forma de maquillar las carencias de la plantilla y la institución; son estas cosas que tienen los sorteos: en un año en el que se merece el equipo más bien poco, quizás esté más cerca que nunca en los últimos años de disputar un título. El Atleti ganó al Racing 4-0 el jueves pasado y le pudo meter algún otro y no debió marcarle uno de penalti, que no fue. El Atleti, equipo al que no entiende ni el más experimentado de sus seguidores viejos ni el más sagaz de sus seguidores nuevos ni el más clarividente de los científicos, mentalistas, quiromantes, druidas, espiritistas, programadores en cobol o peritos industriales que inundan las gradas del Calderón, puede meterse en la final de copa tras eliminar a un Segunda B, dos Segundas y un Primera de la honrada clase media. Si además el rival es un equipo de Champions, como parece, se meterá en lo que era la Copa de la UEFA por la gatera y aprovechando que el dueño de la casa ha salido un momentito a sacar la basura. El fútbol tiene estas cosas y esta vez son bienvenidas dado que el equipo tiene necesidad urgente no ya de un título, sino de darle una alegría a la gente. Y la gente del Atleti, con la que está cayendo, no necesita únicamente un título de relumbrón sino que necesita una razón para tomar aliento, que no es poco: un día de final de Copa del Rey.

El día de la final de la Copa del Rey, que era algo de lo que disfrutábamos antes con relativa frecuencia, es el día más bonito del año cuando lo juega tu equipo. Ese día uno se ve con los amigos de siempre y con los que hace tiempo que no ve, se va en coche o en tren o en autobús a una ciudad lejos de Madrid o si es en Madrid se va desde primera hora a un barrio que no es el suyo a hacer un censo de tabernas y tascas. Ese día uno lleva la bufanda que le regaló su madre y la camiseta de rayas rojiblancas que compró aquel día. Lleva también los calzoncillos talismán, los calcetines de la suerte, los zapatos que del día del doblete, la gorra que intercambió en un viaje a Anfield, el reloj parado con propiedades milagrosas que llevaba a los exámenes, el paraguas que siempre lleva consigo a los toros para que no llueva, la bicicleta con la que ganó a su primo por primera vez, la pamela que llevó su abuela en la boda de la vecina que pensaron que se quedaría siempre soltera por ser muy alta y tener la voz de pito, el estandarte de la banda de tambores y cornetas de la Pontificia y Real Hermandad de Nazarenos del Santísimo Cristo del Calvario y Nuestra Señora de la Presentación - de la que es bombo mayor -, un pelo del peine de Ayala que compró en un anticuario, dos cromos de Arteche para los bolsillos de la camisa, una foto oficial plastificada de la plantilla del año de la final de Copa de Europa, un calendario con el escudo del Atleti de la prestigiosa empresa Desatrancos Medina, un perro ratonero-bodeguero con super poderes y camiseta de Torres y un burro porta equipaje con camiseta del Pato Sosa, una carraca que llevaba su abuelo al Metropolitano, las gafas de ver que llevaba su padre el día que pronunció la famosa frase "menudo gol acaba de meter el Vieri ese", el pomo de la puerta del vestuario del campo de O'Donnell, un cuadro que representa a los doce apóstoles con la cara de los titulares del equipo del Doblete más Antic en tamaño natural y, naturalmente, un paquetito de kleenex, un plano de la ciudad anfitriona, el número de los taxis locales grabado en el móvil y dos juegos de llaves del coche, por si se pierden unas tras los abrazos del primer gol. La final de Copa es así, es el día más alegre del año y por tanto la afición lo espera como agua de Mayo y los dedos cruzados para que el equipo no haga eso tan suyo de pifiarla en mal momento.
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Salió el Atleti al Sardinero y le recibieron de uñas y a voces. El fútbol tiene estas cosas, ya saben, y como la afición del Racing consideraba, y con razón, que en el partido de ida de Copa el árbitro estuvo mal, le montó un lío al Atleti ya de salida. Estas cosas, que ya vemos naturales, no dejan de ser sorprendentes, tan sorprendentes como que ante la Casa de Cantabria de Madrid, sita cerca del Retiro, se manifestara el viajero recién llegado al que la Guardia Civil multó con 300 Euros y dos puntos del carnet a su paso por Entrambasaguas, Cillórigo de Liébana, Piélagos, Colsa o Correpoco, estos dos últimos pueblos vecinos y bendición del aficionado al chiste fácil. Pero así es el fútbol, oiga, y ya a nadie le extraña que se use cualquier motivo para enfadarse una barbaridad con el visitante y proferir insultos graves, amenazas de muerte y desafíos en la calle así, en público; total, todo el mundo sabe que luego estos señores tan enfadados en cuanto el árbitro pita el final cierran el paraguas, recogen la almohadilla y se van a su casa, le dan un beso a su esposa, cenan una tortilla francesa y una pera y se van a la cama hasta el día después para seguir con su respetable vida, y aquí paz y después gloria.

Salió el Atleti con tres centrocampistas y la afición entera sacaba pecho y respiraba hondo y decía, já, a buenas horas, a mi Quique me lee el pensamiento o quizás algo más, vamos, si esto llevaba yo tiempo diciéndolo, este tío no tiene ni idea y menos mal que me ha hecho caso. Hizo Quique lo que casi cualquiera veía como lógico, al menos para hacer pruebas, y salió en efecto Assunção con Tiago y con Raúl García en el centro, con Simão, Jurado y Forlán más adelante. Salió eso sí con un trivote que resultó no serlo, con Raúl García de interior, menos centrado de lo esperado tanto en lo geométrico como en lo deportivo. Quique optó por cambiar de esquema de una vez y abandonar los postulados aguirristas, o más bien adoptando la solución que Aguirre utilizó con éxito en varios partidos a costa de que le pusieran fama de cobardica y mediocre. Quique dejó en el banquillo a Agüero, que a día de hoy es como dejar en el banquillo a cuatro o cinco del resto de jugadores, e insistió con Jurado y Perea.

Volvió a jugar Jurado arropado atrás y en lo que viene siendo su famosa posición natural. La famosa posición natural de Jurado viene siendo ya comparable a la probada eficacia de los fondos de Madoff o al secuestro de Bartolín: un timo. Jurado, que, qué cosas, ayer jugó un poco menos mal que otras veces, aporta al equipo aproximadamente lo mismo que Indy y, aún así, es titular indiscutible, es el jugador que más minutos lleva jugados este año y goza del privilegio de cambiar todo el esquema del equipo con tal de tener cabida. Jurado, que piensa sobre todo en él cuando recibe el balón, tiene la suerte o el misterioso ascendente de contar con prebendas que a otros se les niegan. Esto no es probablemente culpa suya, y Jurado se limita a intentar aprovechar, sin éxito, las continuas oportunidades que se le ofrecen gracias a partidos insustanciales en los que dos controles de exterior que acaban en fuera de banda, un regate con eléctrico movimiento de tobillo que termina en contraataque rival y un par de apariciones frente al tiro de cámara a duras penas compensan su poca aportación defensiva y sus famosas pérdidas de balón, las pérdidas de balón naturales de Jurado. Por qué sigue Jurado siendo titular y teniendo tantos minutos puede explicarse por su sorprendente predicamento entre la prensa, porque Quique haya visto algo que el resto de mortales no alcanzamos a entender o porque no hay más cera de la que arde y Jurado, con sus limitaciones y su juego desesperante, es un recurso necesario en una plantilla con hechuras de rape: fea, mal hecha, con cabeza desproporcionada, cuerpo chato y cola enclenque.

En el centro del campo jugaron Assunção, indiscutible a día de hoy, y Tiago. Tiago ha llegado hace poco y se ha hecho un hueco sin demasiada dificultad, algo que dice poco de sus rivales de puesto. Tiago ha sido hasta ahora una buena noticia y una mejora sobre lo que había. Tiago se enseña, intenta cosas nuevas, se tira al suelo a rebañar balones y recuperarlos, va bien de cabeza y llega al área rival. Grita, manda, coloca a los compañeros, se mete en fregados cuando los rivales están pesaditos; ayer fue especialmente necesario su papel de mediador autoritario viendo las malas pulgas que gasta Munitis, enfadado con el mundo no sabemos si por medir menos de lo que le gustaría, por tener menos pelo de lo que le gustaría o tener apellido de inflamación articular en vez de apellidarse Giráldez, Avellaneda o Fanjul, que es lo que de verdad le gustaría. Tiago también se juega las amarillas y hasta un penalti que, de no ser por el felino salto del nuevo ídolo del mundo entero, Canales, el árbitro pita seguro. Tiago apunta buenas maneras aunque aún le falta demostrar que puede imprimirle al centro del campo su impronta, que no estaría de más.

El tercer elemento de la línea media fue Raúl García. Parecía que el Atleti salía con un trivote pero Raúl García jugó casi de interior, aparentemente con órdenes de subir la banda o al menos de no acercarse mucho al centro para no estorbar a los otros dos. Raúl estuvo como acostumbra en lo relativo al despliegue físico y la disciplina táctica: bien. No obstante, se le notó incómodo hasta la desesperación jugando pegado a la cal, miedoso y especialmente torpe en sus combinaciones con Ujfalusi, con quien falló varios pases cortos consecutivos para desesperación de sus defensores. En un partido en el que el Racing adelantó la defensa, algunos esperábamos ver al Raúl de pase largo de Valladolid y nos quedamos con la sensación de haber visto al Raúl al que tan difícil es defender a veces.

El último nombre propio del partido no es De Gea, a pesar de haber hecho otro buen partido, con intervenciones de mérito y poco que hacer en el gol. También hizo una salida algo suicida frente a Tchité en la que se debió llevar una roja poco evitable, todo sea dicho, pero continúa pesando más la tranquilidad que transmite a defensa y grada y su buena colocación y facilidad para blocar balones lejanos que sus fallos puntuales. Tampoco es Forlán, quien volvió a jugar así de manera medianeja pero lleva a lo tonto 9 goles en liga incluyendo el que metió ayer con suspense incorporado, lance en el que terminó enredado en la red como si fuera un atún. No será Simão, autor de un excelente pase al primer toque en el gol del Atleti, ni será Domínguez, de quien decir que estuvo bien ya no es noticia. El último nombre propio, una vez más, otra vez por lo mismo, es Perea.

Perea alterna este año sus tradicionales cortes a la carrera con pifias históricas, controles dignos de un ánade bisojo con intervenciones providenciales. Perea, a quien se silba en el Calderón como viene siendo ya costumbre, fue ayer Perea al 100%; primero empañó un buen partido con un fallo garrafal que dejó el gol en bandeja a Colsa, entonado por cierto toda la noche; luego salvó un gol cantado gracias a un sprint olímpico y un toquecito sutil que mandó el balón al palo. Perea, en esta temporada tan irregular y con tan graves consecuencias para el equipo, es indiscutible para el entrenador. Y además lo es como central, apartando al lateral derecho al jugador que parece más indicado para hacer pareja con Domínguez. El por qué ocurre esto es algo que el entrenador, y no Perea, debería explicar; sería demasiado pedir a Perea que le dijera al entrenador hombre, Míster, no me saque a mi, saque a Mengano que es mejor que yo; además a mi la gente me chilla y me molesta oírlo, como a Seitaridis, mejor saque al argentino este calvo que es un pedazo de pan y no se mete con nadie ni se queja nunca, oiga. Perea, además, ha hecho gala de humildad y buen fondo en un par de entrevistas en la prensa en la que se ha mostrado sincero, ha asumido sus errores, ha reconocido sus limitaciones y no ha echado la culpa a nadie más que a él con una hombría poco común en estos tiempos de fútbol, casi inédita desde la rueda de prensa de Molina tras la pifia ante Noruega; esto, como bien saben los sufridos lectores de estos bloques de hormigón, a uno le llega mucho. Porque uno piensa que los malos jugadores, cuando hacen todo lo que pueden y se dejan la piel, merecen al menos el respeto de la grada y que la bronca sea para aquél que les saca al campo a lidiar con los elementos a sabiendas de que, en caso de pifia, la naturaleza del jugador le llevará a sufrir la situación en silencio sin señalar con el dedo a otros. Y uno piensa también que el que no merece el respeto es quien hace sólo lo que le gusta cuando le apetece, el que piensa en él y no en el resto, el que es inmune al sufrimiento de la grada porque su único interés es el cheque de fin de mes y el que señala presto al vecino, al empedrado, a la conjunción astral o a un error en el calendario zaragozano para evitar la crítica y reconocer el error propio. Pero esto, ya saben Vds, no es común ya en la grada del Manzanares, qué pena más grande, oigan.

El Atleti se juega el jueves llegar a la final de Copa y, con ello, la posibilidad de ganar un título y de entrar en Europa incluso si se hace mal en liga. El Atleti ha jugado en Copa como debería hacerlo el Atleti, aunque sólo cuando la ocasión lo ha requerido: en la vuelta contra el Recre, en la vuelta contra el Celta, en la ida contra el Racing. El Atleti, cosas que tiene este equipo, da la sensación de conformarse con hacerlo bien en Copa, dejando a un lado la Liga. Los domingos el Atleti es tristón y descafeinado, juega sin gas como la casera agitada. Cree que la Liga no es lo suyo, cree que con la Copa basta. No cierra los partidos, piensa en el jueves que viene, no piensa en los poquitos puntos que tiene ni en que el abismo se abre bajo sus pies a unos pocos metros de distancia. Parece convivir sin bochorno con el hecho de estar en la mitad de abajo de la tabla, cree que la vida termina en la Copa. Quizás sea algo pasajero, quizás quiera asegurarse la posibilidad de disputarse un título a un partido, la única forma en que parece que sea capaz de conseguirlo. Quizás tenga claro que, una vez llegado a la final, la vida vuelve a la normalidad y que hay que jugar cada partido con la importancia que tiene. Quizás sea eso, quizás. Eso esperamos.

lunes, 23 de marzo de 2009

Milonga del equipo incomprensible

Ayer acudió la hinchada colchonera a ver el partido previsto a la hora prevista y, qué cosas pasan, se quedó sola, de plantón. Porque el que no apareció fue el equipo, que poca vergüenza.

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Imaginen una generación de jugadores plena de talento y garra, no importa en qué deporte. Imaginen que, por unas cosas u otras, esa generación no surge en el país o en el equipo que garantiza los triunfos o que despierta la máxima atención; no importa en qué país, ni en qué momento. Imaginen que, precisamente por lo anterior o a pesar de ello, esa generación supone una de las pocas oportunidades para que su pueblo, su país o su equipo puedan hacer algo grande, no importa cómo de grande, si una liga o un mundial o un europeo o lo que sea. Imaginen que, por h o por b, por la presión o la suerte, por los árbitros o por la casualidad, por el destino o por conjunciones astrales injustas, esa generación ve pasar su mejor momento sin conseguir ganar nada. Sea por las lesiones en mal momento, por no tener la madurez o la flema de gestionar los momentos críticos, incluso por el exceso de honestidad de uno de los suyos a la hora de tomar una decisión histórica, convirtiendo en literaria la forma de entender un deporte. Si ya se lo han imaginado, pasen al siguiente párrafo.

El sábado 21 de Marzo, unos días después de San Patricio, Irlanda ganó el VI naciones (que no ganaba desde el 85), la Triple Corona y, por segunda vez en la historia y primera vez en 61 años, el Grand Slam. No fue un paseo militar sino un triunfo agónico, como cabe esperar cuando uno se enfrenta a Gales, más aún en Cardiff. Los cinco últimos minutos del partido y el torneo fueron dignos de encuadernar en cuero verde en la historia del deporte: los galeses que se ponen por delante tras un drop de Jones, los nudos en la garganta de toda la isla de Irlanda, norte y sur y hasta ultramar unidos por la angustia. El perfecto ataque irlandés, la preparación del último disparo para la única bala disponible, el trabajo de la delantera protegiendo el balón cerca de la línea de ensayo rival bajo los gritos de O'Connell y las órdenes de Stringer. La perfecta colocación de O'Gara frente a los palos, la sensación de que todo el mundo sabía lo que iban a hacer los irlandeses y la cuestión de si habría alguien en el mundo capaz de pararlos. El pase preciso entre dos tipos a los que se les presume una relación telepática, la recepción, la carrera desesperada de los galeses para tapar el balón con el brazo, con el cuerpo, la cara o el alma. La patada perfecta, el drop transformado, los millones de gritos al unísono. El repliegue, el saque, el error de la delantera irlandesa, el sudor frío de la hinchada, el golpe de castigo, el capitán que pide palos, Jones que se acerca a la bola. El silencio, la patada, la angustia, el balón que sube, se para en el aire y baja antes de lo que parecía. El irlandés que recoge el balón, los árbitros que se miran junto a los palos, el público que entiende lo que finalmente pasa. Los gritos, la alegría, los hectómetros cúbicos de Guinness y el color verde esmeralda.

El sábado, 21 de Marzo de 2009, la portentosa generación de O'Driscoll, O'Gara y O'Connell, el equipo que perdió un VI Naciones por un ensayo invisible que concedió un árbitro irlandés, el equipo que defraudó en el mundial y que ha hecho un rugby completo y asombroso a ratos, ganó por fin un título que son tres. El VI naciones. Y la Triple Corona. Y el Grand Slam, ni más ni menos. El sábado hicieron historia y nos recordaron a esos equipos que, si bien no ganan siempre, cuando ganan sus victorias valen por cien y la alegría que despiertan, por mil.

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Salió el Atleti al cesped con camisas multicolor para hacerse la foto de rigor y hasta que no hubo un primer plano no sabíamos quiénes eran los nuestros y quienes no. Y es que en Mallorca salió el Atleti vestido de equipo de barrio con ropa prestada, con medias amarillas y pantalón amarillo y camiseta azul oscuro con ribetes rojos: esto es, lo que siempre se ha llamado un mamarracho. Salió el Atleti así vestido de equipo esponsorizado por una tienda de recambios y a la afición se le quitaron las ganas de ver el partido y hasta le entraron mareos y destemplanza y hubo hasta quien pareció intuir números impares y mensajes ocultos entre el colorido cuando se juntaban tres o cuatro jugadores. Quién juega, preguntaban los que llegaban a los bares, quién es ese equipo tan mal vestido, ¿será de la liga húngara o quizás un segunda división moldavo? Es el Atleti, respondían con vergüenza los tres o cuatro que se habían hecho fuertes frente a la tele de la esquina. Aunque no lo parezca, es el Atleti. ¿El Atleti? ¿Es ese el Atleti? ¿Por qué viste así el Atleti?¿No tiene acaso una camiseta de rayas o al menos una segunda equipación que no parezca de las rebajas de Saldos Arias? Pues no, mire, es lo que hay, así viste el equipo, qué le vamos a hacer, son cosas del marketing o de la crisis o quizás del daltonismo, el mal gusto o el hecho incontestable de que al Club le importa un pito la imagen que se dé por ahí, oiga. Vale, vale, no se ponga Vd así - perdone Vd, que no tiene Vd la culpa, camarero, póngale algo a este señor de mi parte, que no tiene por qué pagar él mi mal humor, gracias hombre, no era necesario.

Salió el Atleti pero antes de que saliera del todo llegó un señor vestido de diablillo y pinchó varias veces a todos los del banquillo visitante, esto es, el nuestro, y a estos pinchazos diabólicos respondió Banega con una furia y una determinación que ya quisiéramos verle en otras situaciones. Salió el Atleti en medio de un clima festivo en el que destacaba el pobre Simão con cara de estarlo pasando mal, algo que no nos extraña y entendemos y de paso le agradecemos la entrega a la profesión y a los colores ultrajados. Salió el Atleti y empezó a jugar y en cuanto empezó ya nos quedó claro a todos que lo que había salido no era el Atleti, ni siquiera el Atleti de hace una semana o de dos, sino que había salido un holograma, un espíritu vestido de colorines, un simulacro de equipo, el mismo fantasma que sobrevoló Oporto con desgana y sin norte. Salió el Atleti y desde que salió hasta que volvió al vestuario a ducharse no hizo nada. Nada digno de reseñarse, nada que se pareciera a lo que uno espera de un equipo de fútbol, nada de lo que uno considera que debe pasar en un campo de primera división. Pasaron cosas, hubo cosas que contar y lances que narrar y golpes con los que decir uy madre qué porrazo. Pero hacer, lo que es hacer, el Atleti no hizo nada, lo mismo que intuimos que hizo Maniche en su solitario entrenamiento en Majadahonda.

Que el Atleti es un equipo raro es algo que sabemos todos desde hace ya muchos años. Que es capaz de ganar al mejor equipo del mundo y perder dos días después con el peor es algo tan atlético como ese rayo que se cuela por los agujeros de la tribuna del Calderón y ciega a la grada de lateral en pleno en los partidos de verano. Pero la esquizofrenia de las últimas semanas y la diferencia en la imagen ofrecida quizás supere lo que cualquier aficionado experimentado en ver cosas asombrosas pueda esperar. Tras el partido del Barça, el baño en el estadio del otro equipo grande de la capital y el despliegue de fe y coraje del pasado domingo frente al Villarreal, el Atleti de ayer fue incluso peor que el de Oporto. Incluso peor porque, siendo el partido tan o seguramente más importante que el de Champions, el rival no era tan potente ni la competición tan desconocida ni había un resultado de ida y una eliminatoria por delante. Pero el Atleti, sin saber bien por qué, volvió a quedarse en casa y atención-atención, ayer fue otro equipo quien fue hasta Mallorca, volando, en el vuelo 502.

Las causas de la ausencia del equipo en el lugar indicado y su sustitución por una chirigota vestida de loro no están aún claras para los expertos. Quizás, dicen algunos, fue la sanción de Assunção lo que hizo el centro del campo no funcionara en absoluto, haciendo de Cléber Santana un titán que ganó todas las partidas y de Martí un peligro público. Quizás, dicen otros, fue el tradicional infortunio atlético lo que descompuso al equipo antes del final del primer tiempo, cuando perdió de golpe a los dos laterales que parecían haber dado algo de consistencia a las bandas en los últimos partidos. Quizás, para algunos, fue la cortísima plantilla del equipo o la cerrazón del técnico lo que hizo que el equipo acabara jugando con un diestro cerrado de lateral izquierdo y un extremo de lateral derecho. Quizás, piensan unos sesudos analistas, fue la desidia de los jugadores y su falta de compromiso, sus risitas al empezar el segundo tiempo mientras un compañero se iba al hospital y el equipo perdía el tren de la clasificación lo que hicieron que el equipo no compareciera. Quizás, a ver si fue esto, fueron los 120,000 euros pagados para que jugara Jurado, más fornido y con el pelo más fosco que antaño pero con igual peso en el juego los que produjeron la incomparecencia. Quizás fue una cosa, quizás fue otra pero el caso es que a la hora convenida y en el lugar pactado no apareció el Atleti sino que apareció un equipo de casados con la risa floja tras la cena del día anterior.

El caso es que, como en Oporto, la defensa funcionó, el medio campo dimitió y la delantera se desentendió de todo, a nosotros no nos miren, será cosa de otros que nosotros somos dos fenómenos. Destacó Pablo y lo hizo bien Ujfalusi, como siempre, y de los laterales no hablamos que ayer aparecieron demasiados como para retenerlos en la memoria. Jugó despistado Camacho y no jugó Raúl al nivel que debe, y la afición discute a día de hoy si fue peor uno u otro y no sobre cuál de los dos fue mejor. Agüero falló dos ocasiones claras, Forlán tiró fuera todo lo que intentó, Simão se pegó con todos como de costumbre aunque sin suerte y Maxi, voluntarioso y autor del único tiro a puerta digno del equipo, apareció desorientado cuando era Sinama y no Heitinga quien le cubría la espalda. En total, dos centrales aceptablemente metidos en el partido, dos centrocampistas fuera de él aún queriendo y dos puntas sin ganas de meterse en el barro, dos laterales lesionados y dos interiores lejos de su mejor día; y, aún así, habría que haber hecho más, mucho más contra un equipo que pasa fatigas para no entrar en descenso en el que son titulares dos descartes del la plantilla actual del Atleti. No hay excusas.

El caso es que, cuando algunos partidos de liga contra rivales importantes parecían haber mostrado el camino, el Atleti ha vuelto a perderse en su propio sótano. Ha pasado de ser el equipo que recordaba por su entrega y fe al equipo que antes habitaba cerca del Manzanares a recordar al triste equipillo que nos daba sueño en las temporadas posteriores al ascenso. Ha pasado de dar muestras de equipo competitivo y once inicial competente a, una vez más, clavar en lo más hondo de la hinchada la idea de que, este año también, hacen falta diez nuevos fichajes, hay que hacer una plantilla casi de la nada, es necesario sacar de la chistera un nuevo equipo que pueda responder a las expectativas de la historia y de la afición. Partidos como este devuelven a la afición a la casilla uno, a la salida del juego de la oca de cada año, al carrusel de rumores sobre jugadores descontentos y pesos pesados haciendo la cama al entrenador, de fichajes que no llegarán y jugadores contrastados que interesan pero cuyo teléfono se desconoce en las oficinas del Calderón y por tanto no se llega a tiempo para hacer una oferta en condiciones. Peor aún, la derrota ante el Mallorca llega antes de un parón de dos semanas en los que hay que llenar periódicos, en los que periodistas con apodo taurino indignamente llevado y rellena-páginas de la prensa más comercial y menos rigurosa nos bombardearán con salidas y entradas en la plantilla, supuestas ofertas por Agüero y Forlán, visitas sorpresa de representantes de jugadores y filtraciones de agencias inmobiliarias sobre el papel pintado elegido por nuestras estrellas para sus mansiones en ciudades extranjeras.

Y lo peor es que ya sabíamos que esto iba a pasar en Mallorca, no nos pilla de nuevas, ya nos lo temíamos, ya nos lo dijeron, maldita sea, ya nos lo dijo él.