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domingo, 15 de marzo de 2015

Reflexiones sobre la rachita (de marras)

Llegó Irlanda a Cardiff y jugó, de largo, su peor partido del 6 Naciones, dejando a los aficionados vestidos de verde con cara de bobo y sin más remedio que pedir otra pinta de Guinness, qué se le va a hacer, oiga.

Llegaba a Irlanda a Cardiff imbatida y tras mostrar el juego más sólido de todos los aspirantes: agresiva en delantera, con Sexton de almirante, con dos centros fantásticos y al menos un ala de nivel, Bowe. Irlanda partía como favorita, y eso que contra Francia los galeses habían dado muestras, una vez más, de que lo suyo es ir subiendo de nivel según avanza el torneo y que el partido de Cardiff podría parecerse más a la primera mitad contra Inglaterra del partido inaugural que a la segunda parte de ese mismo partido, donde los galeses se cayeron con todo el equipo.

Pero Irlanda, que soñaba con ganar y tener opciones de firmar el tercer Grand Slam de su centenaria historia, ahí es nada, salió como salió el Atleti en Valencia en aquel partido anómalo en el que encajó 3 goles en diez minutos. Doce cero perdía Irlanda a los 14 minutos, doce cero ni más ni menos, tras conceder golpes y golpes en campo propio, mala cosa cuando el que patea es Halfpenny. Al despiste inicial, del que el equipo se fue recuperando poco a poco como el Atleti en Valencia, se juntó el extraño y pobre partido de Sexton, poseído por el espíritu de Siqueira. Sexton, guía del equipo en Dublín contra Inglaterra y Francia, falló patadas fáciles y erró tiros a palos, placó bien pero forzado por no estar necesariamente en su sitio y llegó a desconectarse totalmente del partido en un momento en el que ni llegó a ver el balón que le pasaba un compañero, pendiente como estaba de preguntar la receta de Irish Stew a su primer centro. Más de uno por Limerick lamentó la extraña lesión de Ansaldi en ese momento.

Aunque Irlanda se fue 6 abajo en el descanso, una diferencia más que asequible, los irlandeses no parecían ver claras las cosas que tan claras se ven desde los pubs tras tres o cuatro pintas. Mucho más cómodos jugando por dentro que por fuera, no siempre eligieron la vía más lógica para hacer daño a los galeses ni Murray imprimió el ritmo de delantera que el partido parecía necesitar. Perdieron touches, cometieron errores en pases y melés y aún así protagonizaron, junto a la increíble defensa galesa, 5 minutos de rugby inolvidable con 32 fases en 22 galés en las que ni unos ni otros cometían errores, seguidos de otras 10 o 12 fases de continuidad asombrosa que terminaron, oh cruel destino, en golpe de castigo, sólido contraataque galés, nuevas fases en 22 esta vez verde y un ensayo de Scott Williams que no transformó Halfpenny. Preciosos momentos de rugby llenos de emoción, casta y ganas por parte de 30 titanes de rojo y verde, magnífico momento del 6 Naciones 2015.
                                                
La furiosa reacción irlandesa, mal terminada con un avant normalmente fiable Cian Healy, dio lugar a un posterior ensayo de castigo cuando el maul verde parecía entrar con facilidad en zona de ensayo. Con cuatro puntos de ventaja Halfpenny volvió a transformar y dejar en 7 la diferencia, dando paso a 5 últimos minutos de torbellino desesperado irlandés en busca de un empate salvador, un sin bin de Jonathan Davies y el final de un partido que Irlanda pudo ganar pero perdió por sus propios errores y por el buen juego de los galeses, listos al aprovechar la empanada inicial irlandesa, a remolque pero solventes a la hora de despejar la  marea verde. Como resultado, Irlanda se fue con la sensación de haber perdido un partido ganable y el amargo sabor del Grand Slam ya imposible. Gales se fue eufórico por estar con tres victorias y una posible cuarta cuando la cosa pintaba fea tras la derrota contra Inglaterra,  y aunque queda lejos de poder ganar el torneo por diferencia de puntos, su último partido se presume un paseo ante los italianos.

Con Inglaterra ganando la Calcutta Cup a una Escocia estupenda en el primer tiempo y forzada a entregar las llaves del castillo en el segundo - ante la facilidad con la que los ingleses, sobre todo ese ramillete de excelentes jugadores con tono de piel algo más oscuro de lo que es norma en Exeter que tanto vigor y brillo están dando al equipo, terminaron por llevarse por delante a la defensa escocesa – el torneo queda abierto, pero quizás no tanto. Irlanda debe ganar en Edimburgo por 4 puntos más de la diferencia por la que Inglaterra gane a Francia. Sobre el papel, Irlanda es clara favorita ante Escocia, que intentará evitar la cuchara de madera con todas sus fuerzas en casa, algo no necesariamente fácil. Inglaterra recibe a los franceses en un partido que desafía a la lógica, en la que los franceses no deberían claudicar pronto tras el horroroso torneo realizado. Una paliza de Irlanda en Edimburgo, algo pensable, pondría una presión inmensa sobre los ingleses, primeros de la clasificación ahora para rabia del resto de equipos, obligados entonces a ganar también de paliza a un equipo, el francés, de los que pican desde el suelo cuando parecen batidos.

Dos candidatos, dos partidazos el sábado que viene, mucho que jugarse en el torneo más bonito del mundo. Disfrutemos. 
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El Atleti empató en Barcelona en un estadio que ahora se llama El Estadio Pogüeréit y cerró con ese empate una racha la mar de mala, la peor que recordamos desde el Advenimiento del Cholo: tres empates en liga, una derrota en Champions.

La racha, ya conocida como “la rachita”, se puede ver, como casi todo, desde dos puntos de vista. Para el que suscribe, el Atleti perdió merecidamente en Alemania, en un partido en el que el rival fue físicamente más fuerte y tuvo más ambición que los nuestros, algo desarbolados por el vendaval. Aún así, el Atleti trajo un resultado malo pero no tan malo, remontable sin duda, incómodo por supuesto, decepcionante si uno mira el resultado de las últimas visitas europeas del Atleti salvo al Pireo, molesto como esos seguidores de Twitter que le dicen a uno lo que debe hacer sin haberse siquiera presentado y, además, con faltas de ortografía.

Días después el Atleti empató en Sevilla un partido jugado de forma reservona pero inteligente: salir a tumba abierta ante el Sevilla en su casa, estadio en el que no pierde desde hace meses, podría haber sido garantía de derrota y de haber elevado varios grados la inclinación de la cuesta arriba que tenía por delante el equipo. El Atleti jugó de manera feota pero sensata y si Griezmann está un poco más atento, habría podido hasta llevarse un partido que Torres abrió a base de carreras desde su supuesto declive físico. Un empate ante el Sevilla, protagonista además de una muy buena temporada, no debería ser un problema mayúsculo ni motivo para saltar por el ciber-viaducto, deporte favorito de muchos puristas y visionarios con querencia a respetar a los rivales menos de lo que la lógica y la cortesía recomiendan.

La semana de después, ante el Valencia en casa, el Atleti jugó un muy buen primer tiempo y un discreto segundo tiempo en el que el desgaste físico terminó por hacerse más que evidente. Ahí parece que el Atleti anda más limitado que el año pasado, en el que el valle de la preparación no fue ni tan prolongado ni tan hondo como en éste. Con un buen Valencia cerrado atrás durante buena parte del partido, el Atleti consiguió dominar el juego y controlar el riesgo, ponerse por delante en el marcador y transmitir la sensación de que el equipo se llevaría un partido táctico y áspero de los que no gustan a los comentaristas de televisión pero que algunos, como el que suscribe, apreciamos mucho. Los cambios de Koke, quizás por precaución y/o agotamiento y de Torres, el responsable de que el Valencia estuviera 10 metros más atrás de donde podía hacer daño, descosieron el equipo y la presencia de Mario, blandito, y Mandukic, dimitido y enfadado con el mundo, dieron alas (cortas) al Valencia, que se echó un paso hacia delante en el tramo final del partido. Aún así, si Tiago mete un balón que terminó sorprendentemente en el larguero, ya no habría hecho falta invocar al espíritu de Courtois en ese balón que Moyá, que hace méritos para que la afición le coja manía en muchas de las escasas intervenciones a las que los rivales le obligan, dejó botar en el larguero y terminar en la cabeza de un rival, que ya es mala puntería, oiga.

Contra el Espanyol (partido visto por el que suscribe a trozos y en diferido, todo hay que decirlo), el Atleti jugó bien y lo hizo, además, con 10 jugadores por culpa de la imperdonable expulsión de Miranda, absurdo en su feísima entrada en medio campo, justamente expulsado en mal momento en una acción que implica echar muchas papeletas para que le toque ser suplente de Giménez de ahora en adelante. A pesar de ser menos, a pesar de tener un solo punta, el Atleti llevó la iniciativa, marcó un gol que parecía legal pero terminó anulado y pudo marcar alguno más si no es por el buen partido del portero rival, a quien el que suscribe desea igual acierto en el resto de partidos contra rivales directos, a ver si hay suerte, majo.

El resumen de la rachita de marras, por tanto, sería lo que los científicos y metafísicos llaman “negativo pero no tanto”, “malo pero poco” o incluso “pues mal, sí, oiga, pero tampoco se tiren Vds al río”: 3 puntos de 9 en liga, en efecto, pero con resultados explicables, sin debacles ni motivos para tirar la toalla, y una derrota por la mínima en Alemania, sí, ante un buen equipo al que sólo cupo felicitar y dar la mano, citándole para la vuelta.

¿Es esta la opinión dominante? Pues ni idea, oiga. Uno, a estas alturas, ya no sabe lo que la gente opina. Quizás nunca lo supo, también es verdad, pero en estos tiempos es todo cada vez más confuso. Si uno hojea los medios, por ejemplo, se da cuenta de que por arte de birlibirloque al Atleti vuelven a llamarle “el Campeón”, el sobrenombre que no leíamos desde Mayo del año pasado. Eso sí, la denominación lleva trampa: “el Campeón no pasa del empate”, “el Campeón pincha en nosedónde”, “el Campéon pierde las llaves del trastero y se queda sin estufa catalítica”. La prensa, que es simpatiquísima, recuerda ahora quién es el campeón;  qué cosas tiene la prensa, oiga.

Peor se pone la cosa si uno mira a las redes sociales, ágora moderna en la que expertos en todo tipo de materias discuten con vehemencia y faltas sintácticas sobre las grandes preguntas de la Humanidad. En lo que se refiere al Atleti, elemento favorito en muchas conversaciones de enjundia, convergen en discusiones profundísimas de las de a-140-caracteres-el-argumento varias familias de expertos. Por un lado, opinan los Atléticos Catastrofistas de los Últimos Días, secta que anuncia, basándose en señales bíblicas y lectura de órganos de animales sacrificados, el final del Cholismo y la vuelta a los oscuros tiempos de Novo y Musampa, deidades del Averno que acechan en los umbrales para arrastrar al Atleti a la sima de lo huesos. Cercanos pero no mezclados están los Profetas Rojiblancos del Final de la Alegría, vulgarmente conocidos como Oráculos de los Cojones, que comienzan sus frases con la expresión “esto ya lo venía diciendo yo”, cómodo recurso indemostrable del que prefiere que su opinión prevalezca a ser feliz, jodiendo de paso el domingo a quien tenga la mala suerte de leerles. Alineados con estos últimos, y coincidentes en el solemne recordatorio al pueblo de que esto ya lo venían ellos diciendo desde hace tiempo, participan con vehemencia los miembros de la Liga Juvenil Anticholista, jóvenes duchos en hablar de tiempos que no vivieron con un realismo que insinúa bien el consumo de sustancias adormideras, bien la idiocia más profunda.

Entre la maraña de mensajes que envían estas sociedades secretas se cuelan, además, miembros de aficiones rivales que creen chinchar con sus mensajitos a la paciente parroquia rojiblanca, inocente en ocasiones hasta el extremo de ponerse a debatir con la patulea sobre cosas que no les atañen. Entre estos irritantes visitantes no faltan miembros de la Cofradía del Minuto 93, pesadísimos extremistas que encuentran la solución a todos sus males en un guarismo que suma 12. Tampoco faltan socios numerarios de la Plataforma para la Denuncia del Equipo Violento y el Gol a Balón Parado, jóvenes asociales y con déficit de atención que encuentran en Pedrerol al Mesías que les saca de sus momentos de duda solitaria. También se agregan los Defensores del Xogo Bonito, azote de entrenadores tácticos y plantillas limitadas, que abandonan momentáneamente sus ritos de adoración a la bota de fútbol de color chillón y las cejas depiladas para criticar con fiereza la alineación de cuatro centrocampistas. Por último, las fuerzas referidas cuentan con el valiosísimo apoyo del más numeroso de los colectivos rivales, el azote de la clase media, el brazo armado de la élite deportiva, la fuerza de choque de la más alta casta de aficionados: la Asociación de Aficionados Jajajá, Entente Cordiale que agrupa a príncipes del conocimiento y preclaros analistas de la realidad que comparten la costumbre de apostillar sus opiniones infantiles con la partícula “jajaja” al final de las frases para acentuar su desprecio a las capas más bajas de los opinantes, frases por cierto normalmente construidas de forma torpe e irritante y cuajadas de puntos suspensivos y emoticonos, ese invento diabólico que tanto gusta utilizar a los que imparten doctrina por las redes trazando con autoridad la línea entre lo bueno y lo malo por medio de dibujitos de gitanas y caras sonrientes.
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Entre tal despliegue de sapiencia y futurología, el Atleti juega el martes el partido de vuelta de Champions, un partido que se antoja clave para el futuro inmediato y a medio plazo del equipo. El que suscribe tiene la duda de si el estadio será la legendaria caldera ruidosa que intimida a los visitantes o el frío y desconocido Calderón del día del Valencia, en el que se diría que la mayor parte de la afición contaba con la victoria por decreto, sin pensar que su aliento iba a ser necesario para conseguirla ante un rival bien potente. En el caso de que el estadio sea un clamor, no tenemos duda de que el equipo se verá fortalecido; si la grada sigue fría, arrogante y pusilánime, los primeros perjudicados seremos nosotros.

El que suscribe, naturalmente, confía y mucho en poder pasar el corte. De no ser así, además, está seguro de el equipo planteará batalla hasta el último momento, compitiendo como el Cholo ha enseñado desde su llegada. Si la afición está más pendiente de tener razón que de pasar la eliminatoria, no haremos un favor al equipo.

Digan lo que digan oráculos, críticos y amargos en general, el martes estaremos, como siempre, en la grada. Y acudiremos seguros de que, como siempre, el equipo, nuestro equipo, los muchachos que tan orgullosos nos hacen sentir, darán la cara.

No fallemos.

martes, 3 de marzo de 2015

Maneras de ver las cosas

Pasada la mitad del Torneo, algunas cosas nos van quedando (aún más) claras.

Nos va quedando claro que Escocia, que ha intentado hacer un rugby más alegre y audaz que en ediciones pasadas, no tiene ni la suerte ni la experiencia necesaria para llegar más arriba en el Torneo. No tiene suerte ni para evitar una derrota cruel en casa fruto de un ensayo raro tras un rebote que no era sino un fallo de uno de los más falladores del Torneo, Haimona, ni tuvo suerte para evitar esos diez minutos agónicos en su propia 22, evitando primero que los italianos entraran por riñones aplicados a la melé gracias a un golpe, pero regalando el balón al sacar ese mismo golpe, con lesión del pateador incluida. Tampoco tuvo suerte, ni oficio, ni quizás fuerzas para parar el maul italiano en la otra punta de la zona de ensayo, con un hombre menos por una amarilla en muy mal momento. Escocia, acostumbrada a pasarlo mal últimamente, no merece estas curas de humildad a menos que sea por el sacrilegio de vestir de rojo (se ve que lo de vestirse de España se ha puesto de moda) en el mismísimo Murrayfield.

De Italia hemos aprendido que de Italia no hay que fiarse: fuertes en melé y cómodos en este rugby que nos está regalando tantos mauls, con más oficio del demostrado contra los ingleses y con un punto de fortuna, demostró que aprende y aprende y que, comandado por un Parisse gigante, aprovecha las situaciones que le vienen de cara con maneras de equipo experto, por más que tenga algunos jugadores lejos del nivel que requieren los rivales. Italia se tomó muy en serio un partido contra un equipo en el que vieron fisuras que sólo Laidlaw y Ross Ford, concentrados y con cara seria durante Flower of Scotland, parecieron haber detectado entre los locales, por lo demás relajados durante los himnos.

De Francia parece claro que no tienen casi nada claro. Ni chicha ni limoné, los franceses no son ni un equipo fuerte ni un equipo astuto, no son ni rápidos ni toscos, ni talentosos ni aguerridos. En manos de Gales, irregular y, como el año pasado, en línea algo ascendente según avanza el Torneo, no parecieron tener demasiada personalidad ni demasiadas ganas, si bien es verdad que más acierto en los tiros a palos habrían cambiado mucho la historia. Pero Gales, lejos aún del potencial que esperábamos de esa línea descomunal y esa tercera línea feroz, ganó bien ganado en París tras haber dado muestras de desconcierto en partidos previos, quizás por echar de menos el pantalón blanco que nunca debió abandonar.

De Inglaterra hemos aprendido que, si quieren disputar el Mundial en casa, tienen trabajo por delante y plegarias pendientes para que San Jorge les ayude a vencer a los dragones que en breve subirán desde el Sur. Si bien parecían los claros favoritos (al menos tan favoritos como los chicos de verde) tras los dos primeros partidos, el choque contra el tractor irlandés les ha dejado mal parados. Asustados por la fiereza de los irlandeses, los ingleses no encontraron su sitio ni tirando de los jugadores que más están brillando este año: ni los kilos de Vunipola, ni el incansable trabajo de Robshaw ni los metros ganados por Burrell bastaron para hacer dudar al enorme equipo verde que, si nada se tuerce, debería pensar en hacer, por fin, un buen papel en el Mundial.  

Porque, pasados los dos partidos más duros en casa y pendientes claro está de la visita a Cardiff, lo que parece más claro a un día es que los irlandeses están un punto por encima del resto. Contra los ingleses mostraron un ritmo machacón y demoledor, un juego sin fisuras que mezcla una delantera furiosa en el ritmo pero contenida en los momentos más tensos, dos centros incansables en placaje y la ruptura que están haciendo que la afición respire aliviada al ver soluciones para el vacío que la ausencia de O’Driscoll y Darcy amenazaba, unos alas dinámicos y un zaguero con cara de pocos amigos que se suma a la línea tanto a la hora de atacar como de placar sin dudar un único segundo. Si a este entramado se une el efectivo juego de Murray y, sobre todo, el despliegue descomunal de Sexton, el resultado es un equipo muy difícil de batir, un tractor capaz de subir cuestas empinadas sin bajar el ritmo y, a la vez, capaz de trazar las líneas del viñedo con precisión quirúrgica. Sexton, además, parece haber dado definitivamente el paso adelante, quitándose ese aire de despiste, frialdad o blandura que tuvo en su momento, mirándose más en el espejo de Wilkinson, ese furibundo placador de punto de mira de sniper al que cada vez se parece más el bueno de Jonathan.

Irlanda tiene pinta de saber bien a lo que juega, a conocer sus armas y las de sus rivales, a fiarse de su propio método y posibilidades. Irlanda parece confiar en sí misma y no tener prisa durante los partidos para mostrar de qué es capaz y cómo contrarrestar lo que los rivales proponen. Irlanda, con este equipo que mezcla la rabia incansable de Best o O’Mahoney con la experiencia y poderío de O’Connell, el buen hacer del barcelonés Jordi Murphy (en un día en el que le tocaba la complicada misión de sustituir a Heaslip), la omnipresencia de dos centros con una misión histórica y las dotes de almirante de Sexton (nos sorprende por cierto que nadie haya hecho aún el chiste con “sextante”), tiene pinta de dar muchas alegrías a los que solemos vestir de verde en febrero y marzo.

En Cardiff sabremos más; mientras tanto, sigamos soñando con tréboles.
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Llegaba el Atleti a Sevilla tras el duro partido de Alemania y con la sensación de que el equipo ahora no manda en los partidos con la autoridad de hace unas semanas. El partido de Vigo y el de Leverkusen sembraron dudas en los aficionados y por supuesto entre cierta parte de la prensa, presta a encontrar problemones donde sólo hay problemillas y excitada ante la posibilidad de cantar la caída del equipo del Cholo, esa que vienen anunciando desde hace meses y meses entre publirreportajes de jugadores de equipos rivales y promociones de edredones con escudo oficial.

Las dudas, lógicas, que han dejado los últimos partidos han tenido el curioso efecto de enfadar también a los seguidores del Atleti quienes, más que preocupados, se muestran furiosos por que el equipo no soluciona los partidos fuera de casa a los diez minutos. Tras el partido de Vigo se leyeron en redes sociales amargas críticas al planteamiento táctico, que el propio entrenador había reconocido en rueda de prensa; tras el partido de Alemania se anunció poco menos que el fin de la prosperidad y la paz y, ya al conocerse la alineación del partido del Sevilla, hubo quien se echó las manos a la cabeza y acusó al Cholo de excesivamente conservador, cobarde y mal peinado. Así son las cosas, oiga, que aquí no se perdona una ocasión de hacer saber a todo el planeta Tierra desde el teclado que uno también sabe mucho de táctica, así como de vino, literatura, anatomía, videojuegos, bricolaje, alta política, enfermedades comunes del jilguero, maneras de recorrer el Sudeste Asiático sin contraer enfermedades gástricas ni malgastar el dinero en lavanderías, cubicaje de motores diésel, bares con buena ensaladilla rusa, nombres rusos de mujer, formas de cocinar la patata nueva sin que pierda sus propiedades, organizar eventos multitudinarios con tino y estilo, limpiar el rape asegurándose material suficiente para hacer un suquet  y atarse los zapatos en público sin perder la compostura. Luego, claro está, en la vida real, sin Google, con cara y gafas, las cosas son muy distintas.
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Salió el Atleti al Pizjuán con hechuras de equipo más defensivo de lo habitual, con un solo punta en el campo y dos en el banquillo, muchos centrocampistas por todas partes y menos pellizco de lo deseable, y en ese planteamiento hubo quien vio síntomas de empequeñecimiento del equipo y de las ambiciones del entrenador. Hubo quien se echó las manos a la cabeza y quien rabió por dentro al entender que desde el propio banquillo se habían traicionado sus propias ansias de victoria por rodillo y sin jugar, victoria desde el minuto uno, victoria por camiseteo, por ósmosis, por ciencia infusa. Victoria de las de otros, vaya.

Hubo también, qué cosas, quien vio en todo esto un planteamiento sensato. El Atleti visitaba el Pizjuán, campo complicadísimo en el que el propietario, buen equipo que viene de hacer una primera vuelta fantástica, no pierde desde hace meses. Visitaba el Pizjuán además en un momento complejo, con varios jugadores importantes fuera de punto o lesionados, otros apercibidos y muchos cansados, quizás en pleno valle de su preparación física. Y el Atleti visitaba el Pizjuán en vísperas de un “rally” de tres, cuatro partidos complicados en los que el equipo se jugaría el tercer puesto en la liga y continuar en Champions; quizás perder por arriesgar demasiado conllevaría contentar a la parroquia de inicio a costa del riesgo de convertir el de ya por sí empinado futuro inmediato en un puerto de categoría especial sin avituallamiento. A aquellos que vemos que el Atleti no gana con la facilidad con la que lo hacen otros y no contemplamos la inclusión del aplastamiento sistemático deportivo como una de las bellas artes no nos pareció insensato el planteamiento de Simeone: maneras de ver las cosas, maneras de vivir.

Contra un equipo correoso y fuerte en el centro del campo, de esos que al Atleti no le gustan por ser el reverso de su moneda, el Atleti jugó un partido serio pero no bonito. Demasiado metido atrás y demasiado lejos de la posibilidad de lanzar un contrataque sólo con Griezmann como velocista, el Atleti tuvo poco peso en ataque y mucha solidez en defensa. Con Koke lesionado, Arda y Griezmann eran los únicos jugadores de pellizco disponibles y ambos estuvieron bastante mal; sólo la salida de Torres, potentísimo y peligroso en este teórico momento de declive físico del que tanto hablan los que no le han visto jugar más que en Eurocopas y Mundiales, permitió al equipo salir de la trinchera. De haber marcado Griezmann tras un pase de Torres o el propio Torres tras irse por fuerza de dos rivales, el partido habría sido un prodigio táctico: primera mitad de contención, desesperación y desgaste rival desde trincheras, segunda parte con protagonismo para la caballería ligera y los francotiradores. No fue así y el Atleti sacó un buen empate en un campo dificilísimo contra un rival solvente y serio, un empate que en cualquier encuesta a principio de liga se habría tomado como un buen resultado.

Ante el Atleti se empiezan a ver las curvas más duras de la subida de las próximas semanas. Haber perdido en Sevilla nos haría ver la empresa como casi imposible, el empate nos hace pensar que no vamos mal de piernas y que por ahora la gestión de fuerzas, en momento complicado, es adecuada. El domingo hay un partido importantísimo, el miércoles otro aún casi más, otro difícil luego en Barcelona. Esperando que vuelvan las energías a las piernas, solo queda ver cada curva como se ha visto siempre, pedalada a pedalada, curva a curva, partido a partido. 

domingo, 8 de febrero de 2015

De la sutil diferencia entre el orgullo y la arrogancia

El viernes empezó por fin el 6 Naciones tras casi un año de espera, un año entero soñando con días fríos, campos embarrados, pubs abarrotados y cejas rotas. Y lo hizo en viernes y de noche, mostrando que también al 6 Naciones llegan las cosas de la mercadotecnia y el fútbol, de la tele y los fans de corbata y palco de empresa, del espectáculo por el espectáculo.

El 6 Naciones empezó en Cardiff entre juegos de luces y fuegos artificiales, entre llamas, focos, efectos de sonido y puesta en escena de la Superbowl. Antes de los himnos los aficionados menos recientes echábamos de menos esos partidos a medio día entre equipos vestidos de colores planos sin logotipos en camisetas con cuello blanco de polo, arbitrados por tipos vestidos con los colores del equipo de su país de origen, en los que no había cambios a menos que los médicos de ambos equipos lo autorizasen, en los que las brechas se solucionaban sobre la marcha con un pegote de vaselina aplicado sin guantes de látex.

Pero el rugby evoluciona, y vaya si lo hace, y ahora los partidos comienzan con fuegos artificiales y los equipos salen a jugar entre llamaradas y explosiones con colores que no son los suyos, proliferan los samoanos gigantescos y los neozelandeses y sudafricanos nacionalizados y ya casi ninguno parece poder resistir al paso de los tiempos alineando únicamente locales; eso hasta Escocia, que este año lleva al torneo un granaíno, e Irlanda, que juega con un barcelonés, a ver cómo se quedan Vds. El rugby del Norte, más tradicional y menos físico que el enloquecido y admirable rugby eléctrico y agotador del Sur, va adaptando las costumbres de las excolonias y alinea gigantes de piel oscura y atletas de cuellos de boxeador en este rugby de vísperas de Mundial, rugby de zagueros protagonistas, patadas profundas, drops trabajados y kilos y kilos de músculo peleando en rucks gestionados con eficacia quirúrgica a más pulsaciones de las que los médicos recomiendan.

Pero toda esa evolución de luminotecnia y cámaras superlentas, esa profusión de logotipos y colores, esas camisetas pensadas para ser vendidas a los aficionados y no para distinguir a los buenos de los malos, pasan a un segundo plano cuando suenan los himnos y los jugadores agarran la camiseta del compañero y se desgañitan cantando algo que saben que, por  muchos palcos Vip que venda la organización, por muchas llamas y bengalas que se tiren al salir el equipo, por mucho que cambien los horarios, al final hay una única cosa que realmente importa en el torneo: representar a los tuyos, reditar batallas antiguas, cambiar la historia o al menos intentarlo, dejar hasta la última gota de sudor por esa multitud vestida de colorines que abarrota estadios y pubs en un rito que ya tiene más de 130 años. Qué bendición de torneo.
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Tras la primera jornada las conclusiones serían precipitadas, pero alguna pista va quedando. La primera, que Inglaterra viene mucho más seria de lo esperado, tras ganar con autoridad y solvencia a Gales en Cardiff. Gales, una de las favoritas por nombres y trayectoria, no parece dar con la tecla de la regularidad ni con la bisagra que permita a su fabulosa línea encadenar pases con la fluidez que la alineación, vista sobre el papel, sugeriría. Quizás sea un problema propio o quizás fuera mérito de los ingleses, poderosísimos en melé, agresivos y serios durante todo el partido,  mucho más equipo que los anfitriones, despistadísimos al final del segundo tiempo.

Las otras dos pistas más o menos claras son que a Irlanda, muy superior a los italianos, aún no la hemos visto en situación apretada y que Francia, que visita Dublín el próximo fin de semana, no deja de ser ese equipo basto que en nada recuerda a lo que el imaginario colectivo sigue asociando con los vecinos. Ante una Francia vestida de España y con un López y un Guirado en la alineación (y un Parra, pero este es portugués), Escocia jugó vestida de local y mostró ilusionantes síntomas de evolución hacia un rugby alegre y a la mano que recordaba mucho más al ADN francés que el pesadote rugby de patadas largas y muslos gordos de los locales. Escocia falló un drop, una transformación y un golpe y si no es por eso quizás se hubiera llevado un partido jugado al ataque con alegría y con bravura a la hora de defender en 22, muy lejos de ese juego tristón que le sirvió para llevarse una paliza en casa (0-22) en la última Calcutta Cup.

Una sorpresa agradable y esperanzadora vestida de azul oscuro, una candidata que no parecía serlo tanto vestida de blanco, un equipo verde muy serio y competitivo que vela armas ante su primer partido grande, un equipazo que no consigue jugar como se espera vestido de rojo y un equipo que debería vestir de azul pero con camiseta roja españolizada con un rugby feote y una afición que, como es tradición, sólo canta cuando gana son los protagonistas de la primera jornada. El sexto, el admirable equipo azul que evoluciona año a año, no parece que en esta edición pueda aspirar a mejorar pasadas ediciones. Y, mientras tanto, España ganando 43-20 a Rusia con un rosario de ensayos y claros síntomas de mejoría. Que dure.
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Como bien saben los pacientes seguidores de este blog, el derbi local es el partido que menos le gusta al que suscribe, servidor de Vds. Normalmente a uno no le gusta este partido por  la tirria natural que uno profesa hacia el otro equipo grande de la capital y sus pesadísimos seguidores, los nervios propios de la ocasión, la irritación por las campañas previas para desestabilizar en uno u otro sentido al equipo, los bulos y faltas de respeto de tertulias y portadas, los pesadísimos montajes fotográficos que circulan por redes sociales antes y después del partido y el tradicional mal ganar y mal perder de nuestros adorables vecinos del Norte. Nada nuevo, ya saben Vds, oigan.

A todo este irritante panorama se añaden este año dos elementos nuevos. El primero, el hastío. Seis veces, seis, hemos tenido que pasar este año por el aburrido proceso de calentamiento de partido por parte de la prensa, por el bosque de fanfarronadas y faltas de respeto, de amenazas de humillación que luego no se cumplen pero de las que nadie responde, de rumores de sanciones, fichajes, salidas de jugadores. Este año, además, hemos tenido que aguantar cansinas reflexiones sobre el imaginario carácter violento del equipo, sobre su mal juego, sobre el exceso de goles a balón parado, sobre cualquier aspecto que, a juicio de la prensa desquiciada, pueda suponer un demérito para los logros del fabuloso equipo del Cholo. En plena vorágine de comentarios absurdos y justificaciones de lo injustificable, este año más que nunca nos hemos hartado de ver dobles raseros, análisis infantiles, ataques de niño enrabietado, invocaciones del más allá, comparaciones delirantes como aquella con Estudiantes de la Plata de Bilardo, rosarios de excusas tras las derrotas, justificaciones de párvulo, comentarios despectivos sobre la conveniencia de ser eliminado de una competición para cuya remontada se había conjurado a la afición en pleno, bravatas con ceja depilada, llamadas a dar patadas por parte de supuestos genios malagueños, comentarios desquiciados enviados desde medios supuestamente serios. Un poema, un despropósito, una espiral de idiocia sonrojante difícilmente explicable a un niño, a un extranjero desconocedor de los ridículos mecanismos deportivos patrios, a un extraterrestre, a un mono platirrino. Una pesadez, un rollo, un tormento innecesario. Un coñazo, vaya.

El otro elemento nuevo está en la grada. La irrupción del Atleti en el panorama futbolero internacional, o más bien su vuelta de una vez por todas, parece haber atraído el interés de tour-operadores asiáticos y europeos que llenan de clientes las gradas del Calderón día sí y día también. En día de derbi, como pueden imaginar, multiplican su demanda. Imaginamos que animados ante la posibilidad de ver el enésimo partido lamentable de cierto ídolo mediático con museo autofinanciado y estatua de bronce que le representa haciendo su famosa celebración, esto es, el afamado grito de tonto de pueblo manchego al paso de un descapotable, la grada del Calderón se llena de grupos de japoneses con palo de selfie, ingleses en viaje cervecero, grupitos de franceses con conocimiento futbolístico nivel usuario novato y recuas de rusos embrutecidos acompañados de mujeres enjoyadas que comen pistachos con la boca abierta.

El resultado es probablemente lucrativo para las agencias de viaje, pero devastador para el ambiente en la grada. Así, entre aficionados de toda la vida que saben que lo que se juega en el campo es más que tres puntos y una victoria, disfrutan del ambiente los visitantes como quien va a ver un concurso de monólogos; no entran en este saco, claro está, aquellos procedentes de países futboleros (ingleses, escoceses, argentinos) que sí comprenden lo que pasa.

Por el contrario, el resto se deja llevar por lo que ven y se añaden a la corriente general sin tener ni pajolera idea de lo que ocurre. Si el fondo salta, tres franceses jovencitos vestidos y peinados exactamente igual saltan tan contentos y se miran entre ellos para demostrar lo bien que se lo están pasando gracias a las entradas que les compró su papá; si la grada de lateral canta improperios, cuatro rusos dan palmas mientras se quitan las migas de pan de la comisura de los labios. Si el Atleti marca, lo celebran con pasión cinco japoneses educadísimos vestidos de punta a cabo con merchandising del Atleti. Con el partido empezado y el Atleti atacando, llegan tarde seis turcos con bufandas del rival (y uno de ellos con una del Barça en el día de ayer, como lo oyen) y hacen levantarse a media fila entre las protestas de la grada entera. Siete rusas enjoyadas hacen flamear banderitas al ritmo del himno del Atleti mientras ocho ucranianos alicorados hablan a voces entre ellos de localidad a localidad, separadas por culpa de que el touroperador vendió más de lo que tenía, atraído por la posibilidad de forrarse el riñón de rublos en metálico.

Atraídos por una de las gradas más calientes y orgullosas de Europa, los visitantes contribuyen al enfriamiento de la misma en partido importante. Que el dinero es el dinero es algo que todos sabemos bien, sobre todo los que sufrimos un palco lleno de contables en B desde hace tiempo; que los tiros salen a veces por la culata, también. Mejor haría el club en procurar que la grada la ocupara en bloque la gente que quiere al club, aún dejando menos dinero en las cajas registradoras, que en convertir el Calderón en una visita recomendada en folletos de esos que se dan en los moteles.
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Por sexta vez en la temporada, salió el Atleti al campo a jugar contra el otro equipo grande de la capital, ayer trasmutado, y no es exageración, en el peor equipo que ha pisado este año el Calderón, empatado quizás con el pobrísimo Olympiacos que volvió al Pireo peinadito a raya entre los lamentos de la pléyade de fans de su engominado ex - entrenador.

Salió el Atleti al campo con el equipo que habríamos sacado casi todos, quizás con la duda de si Raúl García debería jugar desde el inicio este tipo de partidos o de si Torres, tormento del vecino en los últimos tiempos, podría haber jugado de titular. Pero el Cholo decidió y el Cholo, una vez más, acertó, y el Atleti firmó uno de sus partidos más completos y placenteros en meses, si bien es cierto que el rival no fue más que un equipete con una pobre defensa de circunstancias, un medio campo en el que únicamente un jugador - alemán y rubio, no el otro alemán - mostró categoría y personalidad y en el que su delantera firmó un nuevo partido raquítico aunque excelentemente bien pagado.

Salió el Atleti entre los vapores etílicos de aquellos que ven violencia donde el resto vemos partidos normales y, a los cinco minutos, vio cómo le rompían la nariz de un codazo a su mascarón de proa (y ya van dos narices rotas este año, por cierto, en ambos casos solucionados con un despliegue de coraje y hombría de los propietarios de los huesos fracturados). La fractura de los huesos propios, que son esos huesos de la nariz que al parecer tienen un acusado instinto de propiedad privada, se produjo en una acción que será considerada siempre fortuita y nunca violenta, hombre por Dios, eso de la violencia no se estila en el barrio financiero, es más bien cosa del río. La fractura nasal, además, fue casi simultánea a la lesión muscular de Koke, que se dejó las fibras en un sprint en frío. Mal parecían empezar las cosas para el Atleti; sin embargo, la tarde iba a ser de las que se recuerdan siempre, también por eso.

En el Atleti jugó Moyá, que ocupó la demarcación de portero automático. De haber jugado el portero del infantil, o servidor de Vds, o incluso María Teresa Campos defendiendo la meta colchonera, es casi seguro que el resultado final habría sido el mismo. Una vez tiró a puerta el millonario rival, una vez a pesar de haber alineado esa tripleta atacante que los medios elevan a grupo histórico tras los partidos contra los dos o tres últimos de la clasificación y que tiene por costumbre desaparecer en los partidos disputados, guardando sus hazañas para amistosos, torneos veraniegos y eventos festivos con árbitro y linier. Una vez tiró a puerta el rival, una, que salió al campo luciendo orgulloso un 4-3-3 con tres delanteros jugando en la novedosa demarcación de puntausente, alineados con el tino y la elegancia de la mujer del constructor nuevo rico que siempre lleva su diadema, pendientes y collar carísimos a todas las fiestas, peguen o no con el traje. Una vez tiró el rival a puerta y eso, sin duda, se debió al violento y ultradefensivo planteamiento del equipo local, paladín del catenaccio y el patadón, equipo limitado que gusta del balón parado, el punterón y el trampeo.

- Pues no, oiga
- ¡No me diga!
- Lo que oye

Con Godín jugando con la nariz llena de patatas fritas al más puro estilo Mandzukic y Miranda derrochando tranquilidad y suficiencia, el Atleti sufrió más bien poco en defensa. Juanfran jugó bien como en él es habitual y también lo hizo bien, y muy bien en alguna ocasión, Siqueira. Siqueira, excelente en la jugada del gol, hizo un buen partido, mucho mejor de lo normal. Siqueira perdió algún balón de esos suyos e intentó algún regate futbolsalero de más, pero en líneas generales estuvo a un nivel mucho más alto y acertado que en partidos anteriores, algo esperanzador y tranquilizador que esperemos que contribuya a su mejoría definitiva y la definitiva deglución de las palabras del que suscribe.

Pero donde realmente el Atleti ganó la partida fue desde la plácida zona de defensa hacia delante. Gabi, entonadísimo y hábil en controles y juego en corto, y especialmente Tiago, se hicieron con la parcela central con autoridad y buen juego. Tiago, de nuevo dando una lección de juego en su posición, fantástico en las ayudas y en la toma de decisiones, ocupó los espacios con sabiduría y clase, se incorporó bien en segunda línea y marcó un gol con la ayuda del desafortunado portero visitante; pudo marcar otro de cabeza tras una jugada estupenda de todo el equipo. Enorme, Tiago volvió a demostrar que su cabeza es la del entrenador dentro del campo, el procesador que marca el ritmo del partido, que aprieta cuando hay que apretar, duerme el juego cuando procede y acelera cuando es necesario, mostrando una madurez que le ha convertido a sus años en mucho mejor jugador que en temporadas anteriores.

Sin obviar el estupendo partido de Arda, habilísimo y preciosista además de vital en la recuperación de balones rebañados al rival, ni el trabajo de Griezmann, que hizo un buen partido aunque estuviera algo impreciso y sobrepasado durante el final del primer tiempo, único rato en que el rival se empeñó en recordar al personal que no era un equipo de final de tabla, las flores del partido fueron para Saúl y Mandzukic. Saúl, sorprendente recambio de Koke cuando todos esperábamos a Raúl García, salió en frío al poco tiempo de empezar el partido y no pareció notar sobre sus hombros el peso de la responsabilidad del partido grande y de su propia trayectoria. Saúl, algo errático en sus últimos partidos, cogió el toro por los cuernos y al ratito de salir metió un gol de chilena pegando el balón al palo tras un pase maravilloso de Siqueira del que estaremos hablando unos cuantos años. Confiado y fuerte, cubrió su parcela, robó balones, combinó con calidad e imaginación cuando hizo falta y dio un gol en bandeja a Griezmann cediendo de cabeza con mucha inteligencia justo en la jugada en la que se lesionó. Saúl, a quien reclamábamos un paso adelante, aprovechó la ocasión y mostró personalidad, calidad y ganas para ser el jugador que todos queremos que sea.

Mención y párrafo aparte merece Mandzukic, autor de un partido enorme, de manual de delantero centro. Mandzukic se llevó prácticamente todos los balones por arriba, controló con el pecho y facilitó balones a la segunda línea, mostró calidad y despliegue y superó en todo momento a los rivales que, impotentes, intentaban disputarle algún balón por arriba. Cómodo, Mandzukic leyó estupendamente el partido y el hecho de que el Atleti jugase por arriba y en corto bastante más de lo normal, aprovechando las ganas del croata y la blandura y nervios de la limitadita defensa visitante. Mandzukic hizo pues un partidazo y de su precioso gol en plancha tras jugadón entre Tiago y Torres, ambos con pases fantásticos, nos alegramos todos especialmente. Todos, intuimos, salvo la defensa visitante, artificialmente inflada por la prensa desde hace meses y muy poca cosa para parar a este croata con malas pulgas y ganas de partidos de este tipo.

Este buen Atleti se merendó sin excesivos problemas a un rival pobrísimo al que, de haber habido un pelín más de puntería, se le habría metido uno o dos goles más. Del rival, blandito en las recuperaciones y sin ganas de pelea, se diría que jugaba con calma sabiendo que siempre habrá quien justifique su derrota por algún motivo peregrino. Agotado el discurso del balón parado y el catenaccio, del patadón y la violencia, la afición colchonera espera expectante la nueva excusa: ¿serán las lesiones? ¿el estado del campo? ¿será que los del Atleti tiran muy fuerte y a dar? ¿habrán comido los jabalíes porquerías? Algo saldrá, se diría que pensaban los jugadores rivales, tranquilos que algo dirán, al final no será culpa nuestra, sino suya. Algo inventarán los de la ouija para justificar el repaso, con algún Estudiantes de la Plata compararán a este equipo que nos acaba de pasar por encima sin dejar ninguna duda. De alguna manera justificarán los nuestros que después del partido nos fuéramos de karaoke para celebrar el cumpleaños de este de las cejas, el mismo que volvió a hacer un partido nefasto, el mismo que perdió el 90% de los balones una vez más, el mismo que con 3-0 se puso en una banda a hacer un regatito de esos suyos con pasos de jota manchega para, tres toques después, dar un pase atrás de 8 metros que hasta alevín habría dado de primeras, sin complicaciones, sin alardes, sin hacer tontunas. Porque, como bien dijo un señor en la grada tras el lance, “lo que a este chico le pasa es que no tiene sentido del ridículo”.

Una vez más el Atleti dio un puñetazo en la mesa, una vez más pasó por encima a un equipo, esta vez flojete, en un  momento importante. Una vez más el Cholo demostró que lo suyo es un prodigio futbolístico, táctico, de motivación, de identificación con una idea, y no la caricatura que sucesivamente, partido ganado tras partido ganado, intentan dibujar sus detractores. Ni patadas, ni recursos pobres a balón parado, ni catenaccios ni estudiantes de la plata: lo que el Cholo y los suyos, los nuestros, han vuelto a hacer es explicar a la vociferante masa acomplejada cuál es la diferencia entre el orgullo y la arrogancia. 

lunes, 11 de marzo de 2013

De gradas heladas y gradas desquiciadas


En Edimburgo llueve, nieva y sale el sol a intervalos, diez minutitos de nieve, diez minutitos de aguanieve, diez minutitos de sol, diez minutitos de cada pero siempre, siempre hace frío. En Edimburgo hace un frío que pela, un frío húmedo que corta, un frío con viento que viene de las colinas nevadas que hay detrás de Murrayfield o directamente del mar, un frío constante, contante y sonante, un frío se mete hasta los tuétanos entrando desde los pies y la garganta y tarda y tarda en salir y sólo sale a fuerza de sopa y calor de pub, cerveza local, haggis, whisky de malta y tiempo ante la chimenea. Y, en este tiempo helador, escoceses y galeses van en manga corta, en kilt, en pantalón corto de rugby y camiseta. Y tan contentos, oiga.

El sábado amanece nevando en Edimburgo y uno se echa a la calle prontito a recoger las entradas del partido y, de camino y sólo si se es de Onteniente, a saquear a golpe de tarjeta de crédito una tienda de rugby entre cuyas perchas cuelga orgullosa la camiseta de la selección española, quizás por curiosidad de los dependientes, quizás para atraer a la parroquia que llena vuelos desde Madrid (al menos). Durante todo el día de partido y el domingo es fácil encontrarse con grupos de españoles que pasean por la ciudad, muchos llevando camisetas de sus equipos, todos venidos expresamente a ver rugby a mil kilómetros de casa desde el país donde en teoría no gusta el rugby. Y ya a esas horas, y desde el día anterior, se ve que en Edimburgo es fiesta mayor: la publicidad de las calles, los carteles de las calles, los pubs abarrotados y los vuelos repletos de gente que va al rugby dejan claro que no es un día normal.

Como suele ocurrir, es la afición visitante, esto es, la que no conoce la ciudad y llega de fiesta, la encargada de poner el ambiente desde primeras horas, que los locales ya saldrán de casa luego para ir directos al partido. Casi amaneciendo la Royal Mile parece que alberga los fastos por el entierro de Hugo Chavez: una marabunta vestida de rojo sube y baja por las aceras e invade la calzada, dando un paseíto previo a enfilar el estadio a unos agradables cero grados, temperatura ideal para visitar tiendas de recuerdos y monumentos varios en terno veraniego. Los galeses, de cuya asombrosa resistencia térmica ya hablamos hace unos meses, pasean en manga corta y algunos incluso vestidos del Gales grande de los 70, con camisetas de algodón, pantalón corto, medias rojiblancas y pelucas y patillas postizas como JPR Williams y Gareth Edwards, los de “that try”. Las camisetas rojas se alternan con disfraces de todo tipo: de dragón, de vaca, de pollo (aunque éste es de una tienda local que regala alitas asadas como promoción), de oveja, de vendedor de seguros de hogar, de hijo adoptivo de Vinaroz. El rugby del VI Naciones tiene mucho de evento serio que pone en juego el orgullo nacional, como se encargan de narrar con voz engolada y épica los comentaristas de otros países, pero también de fiesta popular cercana al carnaval y, en todo caso, a la borrachera multitudinaria, que en el fondo es de lo que se trata.

Murrayfield queda a unos 4 kilómetros del centro y las obras del tranvía, perennes en Edimburgo desde hace cuatro o cinco años, cortan calles y provocan cambios de dirección, por lo que es aconsejable ir andando. El estadio no tiene pérdida: “sigan a la multitud que viste de rojo o kilt”. El paseo de 45 minutos se hace mucho más largo porque la tradición y la temperatura indican que lo suyo es ir parando de pub en pub, o al menos intentándolo: los pubs están abarrotados, empañados por la multitud de gente que bebe y charla en su interior, las terrazas bajo toldo destinadas a los fumadores también están llenas de galeses y escoceses que bajan pintas a la intemperie a ritmo de record de la Commonwealth: ya saben que cuando la lógica haría a cualquiera pedir un brasero, los de las islas piden dos pintas más y unas patatas con sal y vinagre.

Tras varios conatos de entrada en pubs intransitables, varias colas interminables ante una barra abarrotada, varios kilómetros a pie y un par de vasos de sopa picante reparadora, se llega a Murrayfield. Al acercarse al estadio el ambiente es aún más intenso, y hasta el nombre de algún pub local como el Fly Half indican que, en el barrio, mejor hablar de rugby o permanecer callado. Murrayfield, rodeado de campos de rugby,  es un estadio precioso de silueta curva que se recorta contra unas colinas escarchadas muy indicadas para hacer fotos de recuerdo y de cuyos antepasados geológicos (y sobre todo de sus muertos) se acuerda uno durante el partido cuando el viento que viene de ellas se cuela por las costuras de los abrigos con decisión de segundo centro, regatea el forro polar, salta pliegues del jersey de lana, esquiva haciendo contrapiés el tejido de la camiseta térmica y se queda pegadito a la piel, haciendo bajar la temperatura corporal grado a grado y haciendo que la color del visitante mute del rosa-congestión-de-pub al azul-cobalto-de-páramo-highlander, también llamado Royal Hypothermia Blue. Tanto es el frío y el viento que sopla en Murrayfield que el gobierno escocés, en caso de alcanzar la independencia del Reino Unido, podría sopesar cambiar su nombre al de New Los Pajaritos Stadium en homenaje al campo del Numancia, que tampoco es manco.

En torno al estadio hay montones de puestos-camioneta de cerveza, comida y recuerdos, con lo que el ambiente de feria es total. Las aficiones están absolutamente mezcladas y beben y charlan juntas sin que haya no ya una trifulca, sino la mínima discusión. El alcohol ayuda a confraternizar, pero no es el alcohol el causante del buen ambiente, sino más bien la educación: también hay alcohol a ríos antes de los partidos de fútbol, y en estos es común vivir situaciones desagradables. Incluso los borrachos, que abundan, son amables y risueños, lejos de esos alicorados insoportables que utilizan las gradas de los estadios de fútbol para saldar cuentas con la vida que llevan y que creen no merecer. Porque la grada de Murrayfield, como todas las gradas de rugby, es ante todo educada, sobre todo hospitalaria y acogedora. En Murrayfield uno puede sentarse llevando los colores de su equipo con total tranquilidad, celebrar los puntos propios, cantar su himno a voz en grito y, como mucho, lo único que conseguirá es que al rival que se sienta al lado suyo le entren más ganas si caben de charlar con Vd y compartir puntos de vista.



Y de todo lo que rodea al rugby en Edimburgo, de la marcha por las calles del centro siguiendo a la marea, de los grupos de gente en kilt y camisetas rivales, de la preciosa grada de Murrayfield y de la exquisita hospitalidad de los escoceses, lo que más marca, de lo que más se acuerda uno es del momento en que se cantan los himnos. Suena el himno galés y canta un cuarto de estadio como cantan los galeses: entonando y sabiendo, los galeses cantan un himno solemne y profundo a voz templada entre el respeto del resto de la grada. Suena entonces una gaita que marca lo que viene, arrancan cincuenta gaitas y cincuenta mil gargantas a la vez cantando Flower of Scotland y a uno se le encoge todo. Paran las gaitas para que el estadio entero siga cantando sin acompañamiento esa estrofa de guerra en la que se recuerda a los ingleses que sí, que agua pasada no mueve molino pero que en cualquier momento a Scotland the Brave le da por levantarse de nuevo y ya pueden volverse a casa como el orgulloso Rey Eduardo, y a uno le entra esa sensación única a mitad de camino entre la emoción, el respeto, la admiración y también la envidia que cualquiera que haya estado allí y haya vivido eso conoce. ¿Cómo, después de eso, no sentir una admiración, una proximidad y una simpatía enorme por los escoceses?

Vivido lo vivido, como suele ocurrir, el partido casi es lo de menos. Ya casi da igual el sorprendente empuje de los escoceses en el primer tiempo o los tres fallos consecutivos con el pié de Halfpenny, que luego sería determinante; casi da igual ver que Gales poco a poco recupera la identidad y la mordiente aunque sus medios se empeñen una y otra vez en jugar por dentro y no sacar el balón a la profundísima línea de tres cuartos galesa, “la Delgada Línea Roja” que esta vez es visitante y no escocesa, como lo fue en Balaclava. No puede uno olvidarse de la aparente superioridad física de los delanteros galeses y cómo ésta quiebra en ciertos momentos ante el empuje aguerrido de los escoceses, aprovechando que la grada ruje y alguna gaita se arranca con los primeros compases de Flower of Scotland al entrar en 22 rival. Uno recuerda, claro, la ovación a Richie Gray cuando se retira lesionado, y también recuerda con cierto pudor - que se explicará más tarde - cómo la grada escocesa, a pesar de un arbitraje no excesivamente favorable (tildado de “pedantic” en algún diario local) no brama contra el árbitro, conscientes de lo difícil que es su trabajo, sino que reconoce sus propias limitaciones y errores al conceder muchos puntos al rival por su propia falta de disciplina en el juego en momentos delicados. Recuerda también el empuje final de los escoceses y la defensa bestial de los visitantes pensando en la diferencia de puntos con los ingleses, el pitido final, la vuelta de honor de los de rojo en campo rival saludados por montones de narcisos humanos y dragones de peluche, la salida del campo y la sangre que, poco a poco, comienza a fluir hacia los pies tras los primeros pasos tras dos horas inmóviles en una tribuna helada.

Vayan Vds a ver un partido del VI Naciones, vivan su ambiente, respiren el aire que suelta la grada y cuéntennos luego si no se hace uno muchas preguntas al volver a casa.
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Inglaterra, máxima favorita al título y con el Grand Slam a tiro, las pasó canutas para imponer ese rugby industrial y opaco tan suyo ante los italianos, que siguen yendo a más. Escocia, que se llevó la cuchara de madera el año pasado y juega contra Francia en París el último partido del torneo, ha recompuesto líneas tras ganar a Italia y a Irlanda. Estos dos últimos se enfrentan en la última jornada en Roma: Italia ha hecho un gran torneo al ganar a Francia y poner en apuros a Inglaterra, Irlanda ha hecho un mal torneo tras ceder dos ventajas claras con Escocia y Francia, desplomándose en los últimos minutos con un equipo de transición, poco experimentado aún. Para ambos equipos, orgullo de naciones católicas, el domingo es un día importante y además puede que en el momento del pitido inicial habeamus Papam. Francia, con un rácano empate, se libra de la cuchara de madera pero encadena su peor racha desde 1957 cuando partía como candidata al título y podría ser última. Por fin, Gales, tremenda ganadora de la última edición y prometedor equipo joven que había enseñado colmillos en el Mundial, recompone equipo y aspiraciones tras una serie catastrófica de test matches y una travesía del desierto que parece haber acabado. Pueden ganar a los ingleses en casa y quitarles el Grand Slam, incluso llevarse el torneo si ganan por más de 8 puntos, algo que no se antoja imposible si la Delgada Línea Roja galopa y los de blanco siguen con ese juego feote de caballería pesada y artillería de larga distancia que parece haber calado también en otros equipos tradicionalmente menos dados al alto horno.

Cinco partidos después, casi nada está donde se esperaba y casi todo puede pasar. De lo esperado, lo único que se ha cumplido ha sido la entrega de todos los jugadores en cada partido, el respeto a los rivales, el pasillo del final, el consumo masivo de cerveza negra, el ambientazo en cada estadio. Digan pues si éste es o no uno de los torneos deportivos más bonitos del mundo.
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Llegó la afición al Calderón y algún despistado se preguntaba si estaba en Murrayfield, si habían quitado las colinas nevadas que quedan al Este del estadio, si habían prohibido el kilt en la grada. Y es que el Calderón con frío no tiene nada que envidiar a Murrayfield en lo que a temperatura heladora se refiere, oiga, a ver qué se creen Vds, puestos a pasarlas canutas aquellos tienen wee bit hills and glen pero aquí hay un río chico y poco profundo pero mal encarado que levanta una humedad que hiela un estadio entero, y se queda tan ancho, el tío. Así es nuestro río: demasiado chico para ser un río-río pero con carácter de océano cabreao, un riíto con poca agua y mal genio, un río del Atleti.

Llegó la gente al campo y lo hizo como con pereza, tomándose su tiempo, como sin prisa y sin hacer ruido. Salió el Atleti contra la Real con un dibujo algo diferente al mostrado en otras ocasiones, con la defensa de siempre y el ataque de los últimos partidos y una media algo diferente. En la defensa jugó Miranda, muy seguro salvo cuando le dio por sacar el balón haciendo cucamonas como si fuera Luiz Pereira. Le salieron bien casi todas salvo una en especial, pero el miedo que acabó metiendo a todo el mundo cada vez que amagaba a un rival nos hizo verle más oscuro y con un collar de cuentas verdes al cuello. A su lado jugó Godín, algo más expeditivo de lo deseable a la hora de pegar pelotazos, y los laterales de siempre. De éstos, Filipe Luis lo hizo bien y Juanfran lo hizo mal y esto empieza a ser algo preocupante. A Juanfran se le ve incómodo en el campo, fuera de sitio y sin la concentración suficiente, sorprendido a veces por cosas que todo el mundo ve que van a ocurrir, mal colocado otras. Juanfran no anda fino y a este paso el nombre de Manquillo va a empezar a sonar más fuerte en el Calderón.

En punta jugó Falcao, que sigue espeso desde la lesión y al que el juego que ayer desplegó el Atleti, con la presión más retrasada a ratos y mucha entrada por banda buscando el remate de cabeza como única solución de ataque no le viene demasiado bien. Falcao pelea y muerde pero no atina, y los centrales de la Real, que dejaron buena impresión en el Calderón, no dejaron hueco para que buscara portería. Tampoco anduvo atinado Diego Costa, que lo intentó y lo intentó y, como no le salía nada, optó por hacer exactamente lo que no debe. Con el Atleti desquiciado al ir por debajo en el marcador por primera vez en mucho tiempo en el Calderón, Diego Costa le pegó un pisotón a un rival y dejó sin argumentos a todos aquellos que creían ver en él una mejoría de lo suyo, más paciencia, más madurez. Diego Costa volvió a dejar detalles que invitan a la desconfianza, a catalogarle como un jugador imprevisible para lo peor, de esos que en cualquier momento la lían y dejan al equipo con uno menos, de esos que le hacen a uno perder un partido por perder el oremus, de esos que acaban echando por tierra su propio trabajo por culpa de tener cabeza de chorlito, de los que dañan la imagen del resto poquito a poquito. De esos, en definitiva, a los que uno dudaría alinear de inicio en un partido tenso, por bien que esté. Aún a pesar de esos signos preocupantes, a Diego Costa se le jalea desde algún sector de la grada cada gesto marrullero, haciendo así pocos favores al equipo y al propio jugador.

En la media, que pareció ser la raíz de los problemas, jugó Gabi de todo un poco, sin parar de correr pero sin dar abasto para todo lo que había que hacer. Jugó Koke y lo hizo peor que otras veces y jugó el Cebolla sin hacerlo bien, cambiando de sitio y empecinándose a veces en atacar y atacar por su banda a piñón fijo, con poco acierto a pesar de alguna jugada de mérito, ganando enteros para salir del banquillo cuando los partidos se tuercen más que para ser titular. Jugó también Arda y lo hizo como es él, así, como le da la gana, un poco por aquí, otro por allá, ahora regateo a siete, ahora hago una ayuda, ahora no ayudo nada, ahora me he quedado sin aliento, deme un minutito, oiga. La media no jugó bien y no pudo conectar con los de delante ni llegar con peligro tirando de lejos y a ello contribuyó un buen partido de la Real, equipo ordenadito y bien colocado, con jugadores que cuando la recuperan no la pierden inmediatamente y con ayudas constantes que impiden eso de lo que hoy todo el mundo habla, esto es, el último pase.

En un partido mediocre en el que el Atleti no encontró soluciones, la Real marcó un gol gracias a que el árbitro no señaló un fuera de juego que a los menos miopes ya en el campo les pareció claro. A partir de ese momento parte de la grada, anestesiada durante buena parte del partido, perdió el norte. Hasta entonces el partido había transcurrido con una calma rara, esa calma de partido a deshora y con frío que cada vez es más frecuente en la liga española, esa competición cada día más aburrida. Por primera vez en años, eso sí, no se había recibido a la Real con gritos de esos que nos sonrojan y avergüenzan. Por primera vez no se escucharon insultos a muertos ni cánticos ofensivos para el visitante, todo un triunfo que esperemos haya sido voluntario y no forzado.

Pero la cosa cambió cuando el árbitro, por cierto muy malo, anuló el gol. El árbitro pitó faltas a desmano y permitió entradas similares a otras que llevaban amarilla sin que hubiera un criterio fijo, es cierto. Colaboró en la derrota por dar por bueno un gol que debería haber sido anulado, sí. Pero el Atleti no había jugado a nada ni consiguió jugar a nada reconocible, y eso no fue cosa del árbitro. El Atleti no dio una y el rival jugó bien, pero en vez de asumir las debilidades propias, mucha gente prefirió el desquicie con dirección al árbitro, camino poco complicado. En el Calderón, el estadio del segundo de la clasificación (hoy  tercero) se inició un tsunami de indignación exagerada que, se diría, la gente echaba de menos. Se diría que alguno se acogió a la protesta casi con alegría, ole ole, ya está aquí el cabreo, menos mal que hoy no ganamos, qué bien me viene esto para gritar barbaridades, que mi jefe es más malo que el sebo y a mi cuñado no le aguanto. De los insultos sonrojantes al árbitro se pasó al insulto a algunos jugadores. Juanfran qué malo eres, Falcao eres un petardo, ay Gabi vuelve a Getafe. Simeone sacó a Raúl García y en ese momento, con el equipo perdiendo y necesidad de remontar, con el rival más odiado empatando a puntos, el refuerzo fue recibido en algunos puntos de la grada con tipos en pié llamándole de todo, el colmo del absurdo, el rizar el rizo del tiro en el pié. A Simeone no le salpicaron los insultos, pero si el partido dura diez minutos más y no sale Oliver Torres, más de uno habría pedido su cabeza y quién sabe si la vuelta de Manzano, con su gorra de tractorista.

La grada desquiciada contribuyó al desquicie del equipo, al que la Real y el árbitro sacaron del partido sin demasiada dificultad. Por primera vez en meses, el Atleti encajaba un gol en casa, perdía un partido en el Calderón y la afición salió del estadio con un gusto amargo en la garganta. Se diría, empero, que alguno hasta lo gozó.

La vuelta a una grada desquiciada resulta especialmente chocante cuando se viene de una grada que no busca culpables sin reconocer deméritos propios. Pero esto, oh lectores, es un mal endémico de este deporte llamado fútbol al que cada vez es más difícil tener cariño.


lunes, 12 de marzo de 2012

El verde y el azul o la felicidad absoluta


Lo primero que llama la atención al ir a ver el rugby a Dublín es el avión que sale de Madrid. Por lo visto, en España, el país en el que no gusta el rugby, el país que vive en torno a un fútbol artificialmente inflado para desviar la atención de la realidad, los aviones se llenan de aficionados que van a un país extranjero para ver un partido de rugby entre dos selecciones que no son, teóricamente, las suyas. Teóricamente, sí, porque el avión va lleno de españoles que van al rugby a ver a "su" equipo, Irlanda o Escocia en este caso, con la misma determinación y devoción que los naturales de aquellos países que juegan. El avión va lleno de irlandeses que vuelven a casa el fin de semana y de aficionados españoles al rugby, unos en pareja, otros en grupo de amigos, varios con los compañeros de equipo a jugar un partidito contra un club irlandés amigo y más tarde a ver el partido de verdad con los rivales en el pub. España, ese país en el que se ignora el rugby, llena aviones para ver partidos de rugby de terceros países, y los llena de aficionados encantados de gastarse los ahorros para disfrutar de un deporte al que las autoridades deportivas de su país no hacen ni caso. Antes de coger ese avión lleno de gente es inevitable un momento para la reflexión, un instante para pensar de quién es la culpa, qué se hace mal, por qué no se consigue apoyo popular ni institucional a uno de los deportes más bonitos de ver, más divertidos de jugar y sin duda el más bonito de vivir.

Lo segundo que llama la atención es la actitud de algunos pasajeros del avión. No todos, claro está, pero sí muchos, demasiados y todos ellos de los nuestros, compatriotas. Uno puede entender que el viaje implique una excitación máxima para un equipo de veinteañeros deseosos de demostrar en público su resistencia al alcohol y de dar rienda suelta a grandes voces a su ingenio incipiente y, por lo visto, sin pinta de llevarles a ganarse la vida en un futuro. Bien, vale, todos hemos pasado por ahí, da cierta vergüenza pero uno puede entenderlo aunque aún se nos ponga la cara colorada al verlo en tercera persona. Menos entendible resulta cuando el grupo que hace ruido, el que canta canciones de colegio mayor, el que hace chistes mil veces oídos antes y mil veces repetidos desde el asiento a voces cada vez más altas, que hace comentarios de pésimo gusto sobre las azafatas y que, en general, irrita a los pasajeros y abochorna a los compatriotas, está formado por cuarentones escasos ya de pelo y ricos en dioptrías. Uno, que ha estado en equipos de rugby y ha viajado con ellos, que como todos formó parte activa de esos grupos vociferantes como peaje para convertirse en uno más, recuerda cómo llegada cierta edad lo que antes era un ejercicio normal de reafirmación de pertenencia a la tribu se iba diluyendo por efecto del la reflexión, la educación, el pensar en los demás, el pudor. Por eso mismo sorprenden las voces, los comentarios faltones hacia los que están haciendo su trabajo sin perder la sonrisa a pesar de la tabarra que dan los pasajeros, la insistencia en la actitud a pesar de las miradas de hastío de las familias irlandesas que se desesperan porque sus hijos no pueden dormir entre tanto vocerío, la pose adolescente y casi desafiante de algunos, alicorados ya antes de llegar al avión, tipos de treinta y muchos y cuarenta y bastantes con aspecto de padres de familia, vocales de escalera, encargados de ferretería o ingenieros navales. Sorprende aún más cuando uno tiene la certeza de que ese mismo grupo faltón, ruidoso y excesivo contará a la vuelta del viaje historias de respeto entre aficiones, de exquisito comportamiento de propios y rivales y, en especial, del silencio con el que se vive en el Aviva Stadium, esto es, en Landsdowne Road, las patadas a palos de los rivales.

Llegados al centro de Dublín (tras carrera por la terminal para evitar en lo posible coincidir con el irritante grupo coral en la cola del taxi), llama la atención lo que siempre nos llama la atención: los pubs. Esta vez no llaman la atención por estar repletos de gente, como es normal, ni por tirar cerveza exquisita, que es lo suyo. Tampoco llaman la atención por estar cuidadosamente pintados, por sus rótulos dorados sobre fondos negros, granates o verde oscuro ni por ese olor mezcla de bodega y moqueta mugrienta que en teoría debería repugnar pero en la práctica gusta, y mucho. Lo que llama la atención en esta ocasión es que en la fachada de los pubs del centro, casi sin excepción, ondea la bandera irlandesa junto con la escocesa y con ninguna otra, algo así como una declaración de bienvenida, algo probablemente impensable en encuentros futboleros o en otros países. En algunos hay guirnaldas de globos verdiblancos junto con otros blanquiazules, en todos beben irlandeses mezclados con escoceses, en todos se charla, en ninguno se discute: bendita sea la cerveza negra y la buena educación.

El sábado por la mañana huele a fiesta mayor y desayuno irlandés y uno no aguanta demasiado en la cama. Casi amaneciendo, uno se echa a la calle a ver y vivir el ambiente y se topa con la primera sorpresa. La selección escocesa está en el mismo hotel, queda claro cuando en el ascensor al que acaba uno de entrar está Ross Ford, talonador de Edinburgo, capitán de Escocia. Ciento y muchos kilos para un metro ochenta y tantos, chándal oficial, actitud relajada y "good morning" al entrar. Anda, estáis en este hotel, qué bien; hemos venido a ver el partido desde Madrid, mucha suerte hoy. ¿Desde Madrid? Qué bien, muchas gracias, espero que disfruten del partido, thank you, bye. La actitud afable del capitán de Escocia dista mucho de la actitud de algunos jugadores suplentes de equipos de segunda división de fútbol, y esto impresiona. Impresiona más aún pasar por la recepción y ver a Allan Jacobsen y Jim Hamilton, casi 240 kilos entre los dos; impresiona Richie Gray y sus 2.07. Y, aún así, lo que más impresiona al que suscribe no está en la sala en la que desayunan los gigantescos jugadores escoceses, sino en un sofá de la recepción en la que el cuerpo técnico discute sobre el planteamiento del partido con un ídolo. Los entrenadores hablan con John Jeffrey, el Tiburón Blanco, ese flanker de pelo blanco y movilidad feroz que nos marcó las tardes de sábado de los ochenta entre voces de Ramón Trecet y Martí Perarnau,
el héroe de ese partido del 90 en que Escocia salió andando y no corriendo, cantó Flower of Scotland por primera vez en la mismísima cara de los ingleses e hizo apretar los puños celebrando la victoria a miles de personas, desde Aberdeen a La Puebla de los Infantes.

Es temprano aún pero la calle hierve ya. Se cuentan a centenares los kilts y las camisetas del cardo, y se cuentan a miles las calorías de los desayunos irlandeses que se despachan sin pausa en los pubs, acompañados de té y/o pintas de Guinness. Los escoceses llevan kilt con naturalidad y elegancia, sin dar en ningún momento la sensación de llevar un disfraz o ir haciendo una gracieta. Algunos llevan chaqueta de tweed a juego con el tartan, brogues de cuero negro y corte de pelo a navaja; otros camiseta de rugby, botas de montaña y barriga cervecera; todos tienen una pinta estupenda, mezclados la tienen más. La imagen de las calles del centro de Dublin llenas de escoceses en kilt tiene algo de grabado clásico o de estampa de álbum de cromos. Es primera hora y los escoceses, que duermen en hoteles y bed & breakfast, se han echado a la calle y son mayoría, los irlandeses irán apareciendo por las calles según avance la mañana.

Según calienta el medio sol irlandés las fuerzas se van igualando y las terrazas de los pubs se van llenando, el centro de Dublín hierve, lleno de grupos de aficionados de ambos equipos y también de muchos españoles. Se ven chándals de Boadilla, chubasqueros de El Salvador, camisetas de la española, grupos numerosos venidos de Navarra y el País Vasco que hacen volver la pregunta de por qué no se consigue hacer más con nuestro rugby. Las calles están llenas de verde y azul y en Temple Bar hay gritos y la gente se arremolina frente a un pub. ¿Una trifulca? ¿Una pelea? Es mucho más serio que todo eso, oiga. Entre la multitud congregada vuela un balón oval y suenan gritos. En medio de una gran expectación, un equipo de escoceses con kilt disputan el balón a un grupo de jugadores con hábito franciscano. Los escoceses son más grandes, pero los franciscanos son aguerridos y valientes, como demuestra el hecho de que varios de ellos jueguen con gafas y aún así bajen la cabeza en los placajes de manera ortodoxa. La dioptría tira mucho y el que suscribe toma partido por los monjes, pero reconoce la calidad y empuje de los escoceses, que rompen la línea una y otra vez. Hay placajes y rucks, hay drops que terminan impactando en las ventanas del pub de al lado, hay un encargado de pub que maldice a las órdenes mendicantes. El partido es disputado y los franciscanos ceden al empuje de los del kilt. La multitud espectadora intercambia opiniones: bien los franciscanos en delantera, pero, viendo cómo están este año dominicos y escolapios, no les auguro mucho futuro. Podrán con los jesuitas y con los marianistas si consiguen reunificar la Primera Orden y se refuerzan con la tercera línea de los franciscanos capuchinos, pero poco más: este año la liga tiene claro color blanquinegro, dominico. Los dominicos, también llamados "los Barbarians del Clero", son claramente superiores en touche y melé y al fin y al cabo Santo Domingo de Guzmán era de Burgos y contra eso hay poco que hacer.

Se acerca la hora del partido y el centro empieza a vaciarse. La selección escocesa sale del hotel y entra en el autobús en medio de vítores de los suyos y del sonido de gaitas. Van serios y concentrados, una derrota es más que posible y, de perder, el sábado siguiente se jugarían una vergonzosa cuchara de madera contra los italianos en Roma. El autobús se marcha pero las gaitas siguen sonando; la afición escocesa forma en línea de a dos y sale marchando hacia el estadio, siguiendo al gaitero que toca Scotland the Brave. La calle se para y mira en silencio la comitiva, como en
la pelea de La Brigada del Diablo, y eso que en ese caso no eran más que canadienses.

El estadio está cerca del centro, a unos veinte minutos a pie. Es fácil encontrarlo, basta con seguir la riada verde que ocupa las aceras, únicamente parando en las terrazas abarrotadas de los pubs de la zona. Ya cerca del estadio, las calles se cortan y no circulan coches, sólo aficionados de los dos equipos mezclados. Hay gaiteros y músicos irlandeses, hay montones de personas bebiendo Guinness y Smithwick's, nadie discute ni pierde las formas. Las calles que llevan al estadio están tranquilas, hay pocos policías que indican a los visitantes por qué lado ir. La policía sólo interviene para recordar que no se puede pasar por las calles adyacentes para evitar molestias a los vecinos, y lo hace con tranquilidad y amablemente. No hay vasos de plástico tirados en los jardines de los vecinos, ni pintadas en su casas. No hay antidisturbios disfrazados de samurai luciendo musculatura y mirando de manera desafiante, no hay ultras tirando cosas a la afición rival, no hay gritos insultantes ni amagos de carreras o peleas. No hay borrachos perdiendo los papeles sino gente bebiendo, de un humor excelente. La gente es tranquila y respetuosa, guarda colas para entrar al estadio y para ir al baño, respeta el turno del resto en los bares de dentro y fuera del campo. Hay niños por todas partes, hay familias enteras y balones de rugby que vuelan de un lado a otro de la calle, hay una mezcla absoluta de camisetas y bufandas verdes, tartans, kilts, tréboles, cardos, gaitas, banjos, glengarrys y balmorals. No hay ni un solo problema y eso que en breve dos equipos, el orgullo de sus países, se darán de golpes en público para defender la dignidad de los suyos. Llegados a este punto, es inevitable hacerse ciertas preguntas. ¿Qué demonios tiene el fútbol que envenena a la gente? ¿Por qué las aficiones al resto de deportes son pacíficas y educadas y no así las del fútbol? ¿Hay mayor vergüenza de la separación física de aficiones?

Las entradas no son buenas, los asientos están altos y da vértigo mirar hacia abajo en la inmensa grada del Aviva Stadium. Eso sí, es el mejor sitio para ver el despliegue de las líneas y las jugadas a la mano, de las que por suerte veremos muchas. Los equipos hacen un calentamiento intensísimo, largo, completo: sobrevivir a ese calentamiento ya sería un logro para un tipo en buena forma, pero para los tipos que corren y estiran y arrasan escudos de percusión aún quedan 80 minutos de pelea a puñetazos. Se retiran los equipos a vestuarios, suena Teenage Kicks de los Undertones y uno entiende que hay momentos que, por la compañía, por la pinta de Guinness que sostiene en la mano y por lo que va a vivir, deberían durar más, mucho más. Sale la banda militar que interpretará los himnos, sale el Presidente de la República de Irlanda y los capitanes presentan a los miembros del equipo. Se cuadran los equipos, se estrechan los abrazos entre los jugadores, se agarran las camisetas y aprietan las mandíbulas. Suena Flower of Scotland y se escucha cantar a los escoceses y a muchos irlandeses y a casi todos se nos pone la piel de gallina; suena La Canción del Soldado e Ireland's Call y sube mucho la temperatura y la emoción. Suenan también algunos gruñidos de enfado cuando por megafonía se recuerda que es una tradición de la que está orgullosa Irlanda el guardar silencio durante las patadas a palos de los rivales, un leve tirón de orejas a aquellos que silbaron a Halfpenny cuando pateaba para ganar a Irlanda hace unas semanas. Esto empieza, alabado sea William Webb Ellis.

Del partido, que a estas alturas uno empieza a sospechar que es lo de menos, queda una cosa clara: Irlanda gana merecidamente, quizás por una diferencia exagerada de puntos causada más por la inocencia del rival que por el brillo propio. Escocia no tiene una línea deslumbrante, pero como ante Gales, se empeña hacer un rugby valiente y vistoso, en jugar a la mano, algo que el público agradece y las estadísticas no tanto. Quizás los escoceses sepan que su delantera, quitando a Gray, no puede hacer frente al pack irlandés incluso en ausencia de O'Connell. De hecho Gray, un jugador que crece desmesuradamente en cada partido y que queda ahora lejos de la promesa en formación de la última edición, sea el único jugador de clase mundial de este equipo escocés que, sin embargo, se muestra valiente contra un rival claramente superior.

Aún así, Escocia se pone por delante con dos patadas de Laidlaw. Pero Best ensaya percutiendo como un búfalo en una jugada en la que Irlanda muestra que si aprieta no tiene rival en ese partido, y vuelve a ensayar Irlanda en una jugada de listo de Reddan, que aprovecha el despiste de los de azul. Ensaya a falta de cuatro minutos para el descanso el gigantesco Gray, rompiendo la línea con potencia y clase y dejando aroma a jugador histórico o, como dijo la prensa irlandesa, de niño de crecimiento temprano jugando con sus diminutos compañeros de clase. Pero no tuvo suerte Escocia, Trimble volvió a ensayar con el tiempo cumplido tras una buena jugada irlandesa con el estupendo Kearney por medio. El ensayo en el descuento tiene pinta de haber matado el partido, pero tres ensayos en diez minutos dejan una sonrisa en la cara de la grada entera.

Con tres ensayos irlandeses en un tiempo y Sexton pateando bien, con Irlanda puntuando justo después de cada anotación escocesa, el partido tenía poco futuro. Así fue. En un segundo tiempo más gris que el primero, Irlanda renunció a un tiro fácil a palos buscando un ensayo que no lo fue por la rabiosa defensa de Morrison, que mantuvo a Bowe a raya cuando intentaba posar el balón. Irlanda pasó un cuarto ensayo y pudo haber un quinto, pero Evans fue enviado al Sin Bin por derribar sin balón al irlandés que llevaba ventaja tras su propia patada, provocando las únicas críticas de la grada durante todo el partido. Al final 32 - 14, quizás demasiado para lo visto, pero quizás el reflejo de lo ocurrido: Escocia es un equipo valiente pero algo tierno con mucho que mejorar, Irlanda es un equipo mucho más compacto que ahora debe demostrar si, en ausencia de sus pesos pesados, es capaz de ganar a los ingleses en Londres el día de San Patricio, quizás el sueño de todo buen irlandés.

Hasta aquí, el resumen frío del evento deportivo, del partido disputado en el césped. Es muy diferente y más difícil de describir lo que ocurre en la grada. Es complicado contar cómo se eriza la piel de la espalda cuando, en momentos en que los escoceses doblan la rodilla ante el empuje irlandés, suenan gaitas de ánimo desde el fondo, tras los palos. Es difícil explicar cómo se nota la voz de la grada subiendo cuando canta Fields of Athenry, o cuando la minoría escocesa canta Flower of Scotland para que el equipo recuerde que es hora de apretar los dientes. Es también difícil de entender a quién se le ocurrió poner música atronadora tras los ensayos, por más que el sonido de latidos acelerados que se oye por megafonía mientras el árbitro espera el veredicto de los jueces que miran los monitores tenga su gracia. No es fácil transmitir con fidelidad a público de fútbol que el único momento de crítica hacia lo que ocurre en el campo, los únicos gritos de desaprobación, se producen por una trampa, por un placaje sin balón que impide un ensayo. También es complicado explicar la angustia general tras el golpe de Lee Jones, los comentarios sobre los gestos urgentes del médico, la sospecha de que algo va mal cuando en los videomarcadores no se repiten las imágenes del golpe entre los jugadores, la ovación cuando es retirado el rival en camilla. Más difícil aún es describir la cara de los jugadores escoceses cuando vuelven al hotel, la mezcla de tristeza y angustia de los que saben que se juegan la cuchara de madera en Italia, lejos de casa, dentro de una semana, o la mueca mitad agradecimiento mitad vergüenza cuando reciben aplausos al entrar en el hall. O incluso la cara de sorpresa que se le queda a uno al ver al día siguiente al partido a una estrella mundial como Ronan O'Gara, el hombre con más puntos de la historia del VI Naciones, el ídolo de los irlandeses y uno de los jugadores más odiados por el resto, llevando tranquilamente a sus hijos a los columpios de St Stephen's Green, el parque más céntrico de Dublin.

Todo es difícil de explicar si no se vive. Para rematar, los abonos del Atleti no usados fueron a parar a las manos de un montón de niños rojiblancos. Uno casi se siente culpable por haber tenido la suerte de haber estado allí y se ve casi obligado a escribir sobre lo visto como buenamente puede para al menos compartir un poco. Y es que, además, cada año desde hace más de cien se repite esta historia. No lo duden, si tienen ocasión, no se lo pierdan.