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martes, 3 de marzo de 2015

Maneras de ver las cosas

Pasada la mitad del Torneo, algunas cosas nos van quedando (aún más) claras.

Nos va quedando claro que Escocia, que ha intentado hacer un rugby más alegre y audaz que en ediciones pasadas, no tiene ni la suerte ni la experiencia necesaria para llegar más arriba en el Torneo. No tiene suerte ni para evitar una derrota cruel en casa fruto de un ensayo raro tras un rebote que no era sino un fallo de uno de los más falladores del Torneo, Haimona, ni tuvo suerte para evitar esos diez minutos agónicos en su propia 22, evitando primero que los italianos entraran por riñones aplicados a la melé gracias a un golpe, pero regalando el balón al sacar ese mismo golpe, con lesión del pateador incluida. Tampoco tuvo suerte, ni oficio, ni quizás fuerzas para parar el maul italiano en la otra punta de la zona de ensayo, con un hombre menos por una amarilla en muy mal momento. Escocia, acostumbrada a pasarlo mal últimamente, no merece estas curas de humildad a menos que sea por el sacrilegio de vestir de rojo (se ve que lo de vestirse de España se ha puesto de moda) en el mismísimo Murrayfield.

De Italia hemos aprendido que de Italia no hay que fiarse: fuertes en melé y cómodos en este rugby que nos está regalando tantos mauls, con más oficio del demostrado contra los ingleses y con un punto de fortuna, demostró que aprende y aprende y que, comandado por un Parisse gigante, aprovecha las situaciones que le vienen de cara con maneras de equipo experto, por más que tenga algunos jugadores lejos del nivel que requieren los rivales. Italia se tomó muy en serio un partido contra un equipo en el que vieron fisuras que sólo Laidlaw y Ross Ford, concentrados y con cara seria durante Flower of Scotland, parecieron haber detectado entre los locales, por lo demás relajados durante los himnos.

De Francia parece claro que no tienen casi nada claro. Ni chicha ni limoné, los franceses no son ni un equipo fuerte ni un equipo astuto, no son ni rápidos ni toscos, ni talentosos ni aguerridos. En manos de Gales, irregular y, como el año pasado, en línea algo ascendente según avanza el Torneo, no parecieron tener demasiada personalidad ni demasiadas ganas, si bien es verdad que más acierto en los tiros a palos habrían cambiado mucho la historia. Pero Gales, lejos aún del potencial que esperábamos de esa línea descomunal y esa tercera línea feroz, ganó bien ganado en París tras haber dado muestras de desconcierto en partidos previos, quizás por echar de menos el pantalón blanco que nunca debió abandonar.

De Inglaterra hemos aprendido que, si quieren disputar el Mundial en casa, tienen trabajo por delante y plegarias pendientes para que San Jorge les ayude a vencer a los dragones que en breve subirán desde el Sur. Si bien parecían los claros favoritos (al menos tan favoritos como los chicos de verde) tras los dos primeros partidos, el choque contra el tractor irlandés les ha dejado mal parados. Asustados por la fiereza de los irlandeses, los ingleses no encontraron su sitio ni tirando de los jugadores que más están brillando este año: ni los kilos de Vunipola, ni el incansable trabajo de Robshaw ni los metros ganados por Burrell bastaron para hacer dudar al enorme equipo verde que, si nada se tuerce, debería pensar en hacer, por fin, un buen papel en el Mundial.  

Porque, pasados los dos partidos más duros en casa y pendientes claro está de la visita a Cardiff, lo que parece más claro a un día es que los irlandeses están un punto por encima del resto. Contra los ingleses mostraron un ritmo machacón y demoledor, un juego sin fisuras que mezcla una delantera furiosa en el ritmo pero contenida en los momentos más tensos, dos centros incansables en placaje y la ruptura que están haciendo que la afición respire aliviada al ver soluciones para el vacío que la ausencia de O’Driscoll y Darcy amenazaba, unos alas dinámicos y un zaguero con cara de pocos amigos que se suma a la línea tanto a la hora de atacar como de placar sin dudar un único segundo. Si a este entramado se une el efectivo juego de Murray y, sobre todo, el despliegue descomunal de Sexton, el resultado es un equipo muy difícil de batir, un tractor capaz de subir cuestas empinadas sin bajar el ritmo y, a la vez, capaz de trazar las líneas del viñedo con precisión quirúrgica. Sexton, además, parece haber dado definitivamente el paso adelante, quitándose ese aire de despiste, frialdad o blandura que tuvo en su momento, mirándose más en el espejo de Wilkinson, ese furibundo placador de punto de mira de sniper al que cada vez se parece más el bueno de Jonathan.

Irlanda tiene pinta de saber bien a lo que juega, a conocer sus armas y las de sus rivales, a fiarse de su propio método y posibilidades. Irlanda parece confiar en sí misma y no tener prisa durante los partidos para mostrar de qué es capaz y cómo contrarrestar lo que los rivales proponen. Irlanda, con este equipo que mezcla la rabia incansable de Best o O’Mahoney con la experiencia y poderío de O’Connell, el buen hacer del barcelonés Jordi Murphy (en un día en el que le tocaba la complicada misión de sustituir a Heaslip), la omnipresencia de dos centros con una misión histórica y las dotes de almirante de Sexton (nos sorprende por cierto que nadie haya hecho aún el chiste con “sextante”), tiene pinta de dar muchas alegrías a los que solemos vestir de verde en febrero y marzo.

En Cardiff sabremos más; mientras tanto, sigamos soñando con tréboles.
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Llegaba el Atleti a Sevilla tras el duro partido de Alemania y con la sensación de que el equipo ahora no manda en los partidos con la autoridad de hace unas semanas. El partido de Vigo y el de Leverkusen sembraron dudas en los aficionados y por supuesto entre cierta parte de la prensa, presta a encontrar problemones donde sólo hay problemillas y excitada ante la posibilidad de cantar la caída del equipo del Cholo, esa que vienen anunciando desde hace meses y meses entre publirreportajes de jugadores de equipos rivales y promociones de edredones con escudo oficial.

Las dudas, lógicas, que han dejado los últimos partidos han tenido el curioso efecto de enfadar también a los seguidores del Atleti quienes, más que preocupados, se muestran furiosos por que el equipo no soluciona los partidos fuera de casa a los diez minutos. Tras el partido de Vigo se leyeron en redes sociales amargas críticas al planteamiento táctico, que el propio entrenador había reconocido en rueda de prensa; tras el partido de Alemania se anunció poco menos que el fin de la prosperidad y la paz y, ya al conocerse la alineación del partido del Sevilla, hubo quien se echó las manos a la cabeza y acusó al Cholo de excesivamente conservador, cobarde y mal peinado. Así son las cosas, oiga, que aquí no se perdona una ocasión de hacer saber a todo el planeta Tierra desde el teclado que uno también sabe mucho de táctica, así como de vino, literatura, anatomía, videojuegos, bricolaje, alta política, enfermedades comunes del jilguero, maneras de recorrer el Sudeste Asiático sin contraer enfermedades gástricas ni malgastar el dinero en lavanderías, cubicaje de motores diésel, bares con buena ensaladilla rusa, nombres rusos de mujer, formas de cocinar la patata nueva sin que pierda sus propiedades, organizar eventos multitudinarios con tino y estilo, limpiar el rape asegurándose material suficiente para hacer un suquet  y atarse los zapatos en público sin perder la compostura. Luego, claro está, en la vida real, sin Google, con cara y gafas, las cosas son muy distintas.
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Salió el Atleti al Pizjuán con hechuras de equipo más defensivo de lo habitual, con un solo punta en el campo y dos en el banquillo, muchos centrocampistas por todas partes y menos pellizco de lo deseable, y en ese planteamiento hubo quien vio síntomas de empequeñecimiento del equipo y de las ambiciones del entrenador. Hubo quien se echó las manos a la cabeza y quien rabió por dentro al entender que desde el propio banquillo se habían traicionado sus propias ansias de victoria por rodillo y sin jugar, victoria desde el minuto uno, victoria por camiseteo, por ósmosis, por ciencia infusa. Victoria de las de otros, vaya.

Hubo también, qué cosas, quien vio en todo esto un planteamiento sensato. El Atleti visitaba el Pizjuán, campo complicadísimo en el que el propietario, buen equipo que viene de hacer una primera vuelta fantástica, no pierde desde hace meses. Visitaba el Pizjuán además en un momento complejo, con varios jugadores importantes fuera de punto o lesionados, otros apercibidos y muchos cansados, quizás en pleno valle de su preparación física. Y el Atleti visitaba el Pizjuán en vísperas de un “rally” de tres, cuatro partidos complicados en los que el equipo se jugaría el tercer puesto en la liga y continuar en Champions; quizás perder por arriesgar demasiado conllevaría contentar a la parroquia de inicio a costa del riesgo de convertir el de ya por sí empinado futuro inmediato en un puerto de categoría especial sin avituallamiento. A aquellos que vemos que el Atleti no gana con la facilidad con la que lo hacen otros y no contemplamos la inclusión del aplastamiento sistemático deportivo como una de las bellas artes no nos pareció insensato el planteamiento de Simeone: maneras de ver las cosas, maneras de vivir.

Contra un equipo correoso y fuerte en el centro del campo, de esos que al Atleti no le gustan por ser el reverso de su moneda, el Atleti jugó un partido serio pero no bonito. Demasiado metido atrás y demasiado lejos de la posibilidad de lanzar un contrataque sólo con Griezmann como velocista, el Atleti tuvo poco peso en ataque y mucha solidez en defensa. Con Koke lesionado, Arda y Griezmann eran los únicos jugadores de pellizco disponibles y ambos estuvieron bastante mal; sólo la salida de Torres, potentísimo y peligroso en este teórico momento de declive físico del que tanto hablan los que no le han visto jugar más que en Eurocopas y Mundiales, permitió al equipo salir de la trinchera. De haber marcado Griezmann tras un pase de Torres o el propio Torres tras irse por fuerza de dos rivales, el partido habría sido un prodigio táctico: primera mitad de contención, desesperación y desgaste rival desde trincheras, segunda parte con protagonismo para la caballería ligera y los francotiradores. No fue así y el Atleti sacó un buen empate en un campo dificilísimo contra un rival solvente y serio, un empate que en cualquier encuesta a principio de liga se habría tomado como un buen resultado.

Ante el Atleti se empiezan a ver las curvas más duras de la subida de las próximas semanas. Haber perdido en Sevilla nos haría ver la empresa como casi imposible, el empate nos hace pensar que no vamos mal de piernas y que por ahora la gestión de fuerzas, en momento complicado, es adecuada. El domingo hay un partido importantísimo, el miércoles otro aún casi más, otro difícil luego en Barcelona. Esperando que vuelvan las energías a las piernas, solo queda ver cada curva como se ha visto siempre, pedalada a pedalada, curva a curva, partido a partido. 

lunes, 13 de febrero de 2012

Por lo visto hasta ahora

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Por lo visto hasta ahora, señores, hay Torneo. Ni los favoritos ganan sobrados ni los débiles son tan débiles. Por partes.

Por ahora, Gales acumula méritos para ser favorito. Gales juega bien en casi todas las fases. Ataca y defiende bien en estático y a la mano, y cuando las cosas no van bien a palos, llega Halfpenny y lo soluciona. Contra Irlanda jugó el que es por ahora el mejor partido del Torneo. Gales ganó en el último minuto al convertir un golpe que acabó en sin bin polémico por excesivo, unos minutos después de un placaje de sin bin polémico por insuficiente. Gales ganó en el último minuto, quizás con la fortuna que no tuvo en el Mundial, en aquel partido contra Francia que recordaremos muchos años. Pero lo verdaderamente importante de ese partido que ganó Gales a Irlanda fue que Irlanda, como en el Mundial, jugó muy bien y aún así perdió. Los irlandeses defendieron como leones, no le perdieron la cara al partido en ningún momento y fueron mandando en el marcador. Y aún así, ganó Gales y ganó bien. Los dos equipos nos regalaron un partido precioso con una intensidad constante y derroche de recursos, sobre todo por el lado galés; los irlandeses, que pudieron ganar un partido clave para llevarse el torneo, felicitaron al rival por medio de su capitán y todos nos alegramos en ese momento de ser aficionados a este deporte.

Irlanda dejó una buena imagen contra Gales, aunque perdiera, y una imagen aún mejor contra Francia, aunque no jugara. Con un estadio lleno, con veinte mil irlandeses en la grada después de pagar un billete de avión y un hotel, se suspendió el partido entre Francia e Irlanda porque el césped del estadio parisino estaba helado. Uno no recuerda nada así en un seis ni un cinco naciones, pero quizás haya pasado antes; los que saben, empero, dicen que no. Uno ha jugado en campos congelados, en los que los tacos de aluminio suenan como zapatos de claqué y en los que las caídas suponen cortarse la piel de las rodillas con las marcas de los tacos del partido anterior, congeladas y rígidas. Uno recuerda cómo, tras un rato, se va rompiendo la superficie congelada y aflora un barro helado que hace complicado, pero no imposible, jugar aunque fuera con un Adidas Wallaby, prodigio escapatorio en campos mojados. Por eso uno no se esperaba la suspensión del partido de París aunque sí se hubiera esperado, de haber existido, un sketch de los guiñoles irlandeses mofándose de la situación. Cuando se anunció la suspensión del partido salieron los franceses, con Parrita al frente en pantalón corto, y salieron los irlandeses, con O'Callaghan en camiseta y sin medias siquiera. Los primeros se volvieron al vestuario y los segundos hicieron un partidillo, un tocata para la afición desplazada y desesperada, un gesto al menos hacia los suyos; lo sentimos, no es cosa nuestra, nosotros habríamos jugado, les agradecemos haber venido a apoyarnos y lo único que se nos ocurre hacer es por lo menos un partidito para que les sea esto menos amargo, oiga. Bien por Irlanda, una vez más.

Un rato antes, en Roma, Italia e Inglaterra habían jugado en un campo nevado con setenta y dos mil espectadores, ahí es nada. El partido sirvió para varias cosas. Una, para demostrar que la mitad del equipo inglés no tenía frío, porque iba en manga corta. Otra, para demostrar que tampoco tenían frío los que llevaban manga larga, a juzgar por las nubes de vapor que despedían las melés. La última y más importante, para demostrar que a los italianos, hoy por hoy, hay que ganarles en Roma para querer hacer algo en el torneo, y que en Roma no se gana sólo con el peso de la historia. Aguantaron los italianos al soso equipo inglés, en el que Farrel y Hodgson parecen los encargados de hacer puntos, uno pegando patadas a palos, el otro tapando patadas rivales. Inglaterra no demuestra demasiado con un equipo nuevo y poco conjuntado, pero lleva dos victorias aunque, eso sí, contra los dos equipos teóricamente más asequibles. Italia gana crédito y habría que esperar alguna victoria italiana en Roma este año.

La sorpresa más agradable, por ahora, es Escocia. Escocia ha perdido sus dos partidos, pero no ha dejado mala sensación. Escocia viene de unos años complicados, parece no haber asumido el salto al rugby profesional con la misma solvencia que irlandeses y galeses. En muchas escuelas de Escocia en las que antes era obligatorio el rugby ahora se juega al fútbol y eso lo nota el equipo, al que llegan menos jugadores de primer nivel que antes. Aún así, Escocia discutió la Calcutta Cup al ejército del orgulloso Lancaster y contra Gales perdió por dos ensayos concedidos cuando contaba con dos jugadores menos por obra y gracia del sin bin. En contra de lo esperado, Escocia jugó a Gales a la mano, saliendo desde atrás y buscando a los tres cuartos ante un equipo teóricamente más cómodo en ese juego. El partido, si bien se notaba la superioridad galesa, fue divertido y disputado, con muchas jugadas abiertas y con series largas los escoceses, como una que terminó tras veintiuna fases a un metro de la línea de ensayo. Gales hizo dos ensayos ortodoxos y Escocia un ensayo de pillo; un partido estupendo.

El Torneo, pues, está abierto aunque huele a dragón y puerro. Uno apostaría por las sorpresas y por derrotas de ingleses y franceses en partidos que esperan ganar. El Torneo podría decidirse en la última jornada: Irlanda juega el último partido en Londres el 17 de marzo mientras que Gales juega en casa contra Francia ese mismo día. Roguemos pues a San Patricio por un resultado favorablemente verde en territorio enemigo en su día, Lá Fhéile Pádraig y a San David, Dewi Sant, por un buen resultado en Cardiff. De comer alcachofas a la romana mientras se escucha Flower of Scotland nos ocuparemos los allí presentes.
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Por lo visto hasta ahora, señores, hay motivo para la esperanza. Los que antes parecían no valer parecen ahora haber despertado, y los que claramente valían están mejor. El Atleti empató en Santander y, aunque nos dio una rabia horrorosa durante el partido y el cabreo no se nos quitó hasta un rato más tarde, ahora estamos extrañamente contentos. Quizás debería haber ganado por goleada en Santander y debería haber ganado por la mínima al Valencia, pero el equipo es otra cosa, es otra cosa, oiga.

Desde que llegó Simeone, han cambiado pocas cosas pero han cambiado muchas cosas. Ha cambiado el entrenador y se ha ido un único jugador con sonrisa y manga larga. El resto es lo mismo pero es distinto, con lo que sólo nos queda concluir que la responsabilidad, el mérito, es de Simeone. Desde su llegada el equipo ha cambiado, el equipo juega mejor, juega a algo. El equipo presiona arriba, busca desactivar al rival y no sólo esperar, los jugadores acaban los partidos cansados, sin fuelle, lo mínimo que se puede exigir a un futbolista profesional, lo que buscan los futbolistas de barrio para no sentirse culpables al pedir la tercera cerveza.

Desde la llegada de Simeone, el equipo defiende. El equipo, decimos, y no sólo los defensas y los centrocampistas con menos calidad. Defiende Falcao el primero, encimando al central que intenta subir el balón, permitiendo por tanto que el resto de jugadores defiendan en su sitio y no tengan que salir de su zona a hacer ayudas. Defienden Arda y Diego, jugadores llamados a crear y que también defendían con Manzano aunque casi más por iniciativa propia que por instrucciones tácticas, según parecía desde fuera. Defiende Gabi, casi siempre bien colocado aunque fallón, y defiende Tiago y hasta Mario si este se lesiona. Defienden los laterales, y he aquí posiblemente uno de los logros de Simeone además de la agresividad general. Juanfran ha entendido que ésta puede ser la suya y corre y corre y llega arriba y vuelve a bajar, generoso; algo más timorato, Filipe Luis Filipe también se ha unido a la tónica general y el equipo, con laterales que ocupan espacio y dos centrocampistas por delante de la defensa, está mucho más compensado y juega de forma más lógica con sus cuatro jugadores más creativos y ofensivos. Los centrales, claro está, también defienden y lo hacen más arriba que antes y también de forma más contundente, anticipándose ahora en situaciones en las que antes esperaban.

El equipo defiende, pues, pero también ataca. El equipo presiona arriba y busca robar y salir rápido, buscando a Adrián y a Falcao, llegar al remate rápido. Arda y sobre todo Diego conducen más el balón y buscan últimos pases que faciliten el remate, y si el equipo rival es flojete como el Racing Diego se da un homenaje y lo pasa en grande regateando y creando huecos corriendo en horizontal y diagonal, esperando desmarques, mirando de reojo a la grada, mamá, mira qué bien juego con mis guantes de forro polar. Contra el Racing el equipo llegó seis o siete veces con toda claridad y pudo marcar varios goles fáciles: tuvo uno clarísimo Adrián que se fue al portero, tuvo un remate claro Falcao que se fue al poste. El resto de ocasiones fueron bien resueltas por los rematadores pero mucho mejor resueltas por Toño, el portero rival al que de aquí damos la enhorabuena; en un momento dado, dio la impresión de que el Atleti podría haber tirado otras veinte veces, y veinte veces habría parado Toño el balón. Qué tío este Toño.

Independientemente de las ocasiones falladas, independientemente de que hay que ganar estos partidos, independientemente de que nos podremos acordar mucho de estos puntos, el equipo lo hizo bien. El Atleti jugó bien y, sobre todo, dio de nuevo esa sensación antigua, casi perdida: la sensación de dar miedo al rival, de ser él quien marca el ritmo del partido y no al revés. Aquí mando yo, dijo el Atleti, y lo dijo con una voz lo suficientemente convincente como para achantar al rival, que se limitó a aguantar el chaparrón sin querer hacer daño al contrincante, no sea que se enfadase y fuera peor. El Atleti dejó sensación de equipo serio con el que es mejor no hacer chistecitos, muy lejos de la imagen de presa fácil de la primera vuelta. Si no hace tanto el Atleti llegaba a campos de recién llegados con cara de ser víctima propicia para el timo del tocomocho o incluso de la estampita, a Santander, como antes a San Sebastián o Pamplona, llegó con cara de fiarse de sí mismo, sin mapa ni frío ni paraguas ni nada, a ver, dónde se juega aquí, muy bien, hala árbitro, empiece que venimos con una misión, déjese de tontunas, al lío, oiga. Dio gusto ver al Atleti apretando los dientes y marcando territorio, dio gusto, con todo el respeto para el rival, ver cómo el Racing reculaba y miraba a otro lado cuando el Atleti le sostenía la mirada, dio gusto ver a Diego jugando y haciendo jugar al resto. Qué lejos parece ahora ese Atleti blandito y blandengue con propensión al resfriado y al flato de hace pocas jornadas, qué poco tiempo y sin embargo qué cambio más grande. Qué sensación, mitad alivio, mitad ya era hora, mitad bien, Cholo, bien , qué sensación más buena tenemos todos.

Por cosas de esta liga absurda en la que, a finales de Enero, ya parecía claro que poco había que discutir sobre el campeón, el Atleti se ha metido en la pelea de la clase media acomodada, su resignado sitio actual. El Atleti lleva varios partidos con la portería a cero, ha empatado tres y ha ganado tres partidos desde que está Simeone. No ha encajado ningún gol y, sobre todo, parece haberse dado cuenta de que corriendo y mordiendo es más fácil jugar a este deporte en el que ni los solteros ni los casados acaban los partidos tan descansados como lo hacía el Atleti de hace unos meses. El mérito, hasta ahora, del Cholo; la alegría, hasta ahora, de todos.

lunes, 24 de octubre de 2011

Pubs, televisiones, rombos


En pubs abarrotados (o al menos en uno), se disponía la gente a ver la final del Mundial de rugby con esa mezcla de expectación y pena con la que se llega al último día de las grandes competiciones deportivas. A estas alturas, a muchos se nos ha hecho normal madrugar en día libre para coger sitio - para uno mismo y para los compañeros -, desayunar cerveza negra y compartir conversación con desconocidos que al final del Mundial ya son amigos. Con el tiempo – que hoy aún estamos reventados – echaremos de menos los madrugones insensatos, las colas en la puerta del pub antes de amanecer, las conversaciones en dos idiomas y cinco acentos con vecinos de silla (en el caso de que hubiera suerte y, por tanto, silla), las celebraciones puños al aire por puntos conseguidos por equipos de otros países. Echaremos de menos los equilibrios de las camareras llevando entre mares de gente enormes desayunos irlandeses, el olor a baked beans, las comandas gritadas al aire y recordadas luego por medio bar, la pregunta “¿está libre?” señalando a la silla de al lado y la respuesta “no, lo siento, está ocupada” que suele llegar justo después. También nos faltará el calor, la cola en el baño, los empujones para salir y volver a entrar al bar durante el descanso, las conversaciones sobre todas y cada una de las jugadas que duran hasta bien entrada la tarde, mucho después del final del partido. Se ha acabado el Mundial y ya queda un día menos para el próximo y pocos meses para el VI Naciones, el torneo más bonito del mundo, el que más nos gusta.

Se sentó el personal en el pub, ya fuera en silla o suelo, y se dispuso a ver la haka final, el último desafío, el inicio del último partido. Se esperaba que los franceses no hicieran nada para contestar a la haka neozelandesa, pero no fue así. Los franceses, para empezar, salieron de blanco inmaculado, su atuendo suplente al ceder caballerosamente a los rivales la posibilidad de vestir de negro en casa; con este gesto loable, Francia puso fácil a los del Atleti la decisión de con quién iban, una vez quedó claro que el color elegido no era un guiño transpirenaico al color de aquél toro de Antoñete. Inició Weepu la sucesión de gritos guturales que lanzan la haka y los franceses se pusieron en formación de flecha valona para, según avanzaba el Kapa O Pango, acercarse a las posiciones de los All Blacks y desafiar así el propio desafío. La imagen, llamada a ser histórica y ensalzadora de los valores guerreros, tuvo el efecto contrario cuando se vio a los franceses, casi vestidos de marinerito, acercarse cogiditos de la mano en una estampa enternecedora que arrancó tiernos ooohs y arrugamiento de naricillas entre el respetable. Por suerte, cuando la afición se esperaba que los bleus se arrancaran a cantar Sur le pont d’Avignon haciendo un corro, terminó la haka, se miraron a los ojos los jugadores, se señaló el gaznate Ma’a Nonu y acabó la última danza maorí del Mundial, una haka cada vez más teatral y menos contenida, quizás más televisiva y menos solemne de lo que a algunos nos gustaría.

Empezó el partido y en las mesas se hacían apuestas sobre cuánto tardarían los neozelandeses, y en concreto McCaw, en medirle el lomo a Parra. Poco tardaron las dudas en despejarse y a los once minutos salía Parra del campo visiblemente groggy tras llevarse un rodillazo en la cabeza del capitán All Black. Volvió más tarde al campo pero, quizás por la anterior lesión o por un nuevo golpe, tuvo que ser definitivamente sustituido por Trinh-Duc. Morgan Parra, “Parrita” para los taurinos, se iba antes de tiempo al banquillo tras haber hecho un buen mundial y tras haber sido cazado en la final y las cámaras le pillaron llorando como una magdalena en parte por perderse el resto de partido y en parte, claro está, por lo de Antoñete.

Avanzaba el partido y Weepu fallaba golpes, muy lejos de su efectividad contra los Pumas, sembrando las dudas en un equipo con mala suerte con los medios de apertura. También Cruden se fue lesionado tras un apoyo y una torcedura de rodilla de esas que levantan ooohs y aaaays en los pubs durante las repeticiones y salió Donald, el cuarto apertura del torneo ni más ni menos y a la postre un tipo clave por su acierto y su calma. Entre tanto, ensayaba Woodcock saliendo con comodidad de una touche y parecía que el partido tendría color negro. Nada más lejos de la realidad.

Transformó un golpe Donald y, justo después, ensayó Francia tras un fallo de Weepu, varias fases y una carrera de Dusautoir, enorme durante todo el partido. A un punto y con muchos minutos por delante, todo cambió de color. Francia se creció y se lo empezó a creer, Nueva Zelanda dudaba y perdía gas. Quizás por culpa de la presión, quizás por la confianza del rival, el equipo negro empezó a mudar a gris perla. Desfondados algunos de sus elementos más dinámicos de la línea, fue Francia quien controló el partido entre esos gritos tan característicos de sus aficionados cada vez que pasa algo un poco relevante, ese oui embrutecido, ese OueEÉ!. Un partido feo, poco vistoso pero emocionante, sin aperturas a la línea y sin destellos de ese rugby a la mano y con zaguero-sprinter de pelo rizado que nos hacía saltar de la silla, pero mejor jugado por los franceses y defendido al final con oficio y dientes apretados por los neozelandeses.

En este mundial de poco juego abierto y mucha delantera, de defensas agresivas y placajes continuos, Francia ha practicado un rugby mezquino y ramplón, ha perdido dos partidos en la fase de grupo (uno de ellos voluntariamente) y ha defraudado a sus seguidores más ortodoxos. Ganó contra Inglaterra tras un excelente partido y ganó contra Gales por un punto, jugando contra un jugador menos durante casi todo el partido y sólo gracias a los errores del rival. Con ese bagaje tan pobre se presentó en la final y probó su propia medicina, perdiendo injustamente un partido de rugby industrial y sin brillo controlado por Francia pero con marcador a favor de Nueva Zelanda. Como es bien sabido uno es poco amigo de echar piropos a los vecinos y normalmente va con sus rivales en todas las disciplinas deportivas, incluida la gastronomía; hoy, no obstante, uno presenta sus respetos a este equipo feote y sin referencias que, en el partido más importante del Mundial, mereció mejor suerte. Eso sí, uno no puede dejar de preguntarse aún, como estarán haciendo en Cardiff, si de no haberse resbalado Hook o haber subido un poquito más aquél golpe de Halfpenny, no estaríamos hablando hoy de un Gales campeón volando de vuelta en primera clase sin cerveza suficiente en la bodega del avión.

Francia renunció a jugar su partido contra Nueva Zelanda de la primera fase para reservarse efectivos y asegurarse un mejor cruce; en ese partido, sin embargo, sacó un equipo más potente durante los últimos minutos y sembró dudas entre los All Blacks. Incómodos por la presión de la historia y quizás por el recuerdo de esos minutos, los All Blacks fueron perdiendo la compostura y el fuelle inicial según se fue entonando Francia, en especial su excelente tercera línea. La Nueva Zelanda campeona, lesionado Dan Carter, no cuenta con jugadores especiales, distintos, de esos que sí había en equipos anteriores; es un equipo sin Antoñetes aunque con Montoliús y Martín Recios, que no es poco. Practica un rugby veloz y contundente sin la magia de otras veces y, ausente Carter, sólo Dagg, magnífico zaguero al que le llegan menos balones de lo que nos gustaría, parece tener genética de estrella entre los campeones. Weepu, sustituido tras su mala actuación, parece haber dejado claro que su estrella se encendió y apagó el mismo día y McCaw ha dejado claro que prefiere definitivamente ser de los malos; de no ser por la permisividad arbitral, su participación habría sido más limitada. Hasta la final pareció que los All Blacks estaban claramente por encima de todos sus rivales y que no habían sido probados al 100% por ningún equipo; la prueba definitiva, en la final y ante una Francia ordenada pese al bigotito y las cosas de Lievremont, no la pasó con nota ni mucho menos. Nueva Zelanda es campeona, sí, pero no con la brillantez esperada ni con el encanto de los equipos históricos; quizás se haya quitado por fin la presión y empiece a partir de ahora a disfrutar en los mundiales en vez de angustiarse.

Enhorabuena a los campeones, suerte en el futuro a los australianos, nuestra admiración a la bravura de los argentinos, nuestro agradecimiento a galeses por todo el torneo y por esos cinco últimos minutos contra Australia, y nuestro apoyo, siempre, a los irlandeses.

Y, por supuesto, viva el rugby.

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Por prescripción facultativa, uno no acudió al estadio a ver el partido contra el Mallorca.

- ¿Está Vd enfermo?
- Yo no, oiga, es el optimismo, el optimismo.

Con el optimismo desnutrido y enanecido, el médico recomendó al que suscribe quedarse en casa y ver el partido por Gol T, comentado por Juanma Lillo. Acomodado en el calor del hogar, el que suscribe sentó al optimismo en una trona acolchada para niños de tres años, tal es su menguado tamaño ya a estas alturas de la temporada. Le dio un cojín tripero, que tanto gustito dan después de comer, té caliente y un cruasán. Magdalenas, una onza de chocolate y un yogur de pera, todo lo que alguien canijo y enfermo puede desear en una tarde con frío.

El optimismo tenía ya mala cara antes de empezar el partido como consecuencia del día del Udinese. Si la semana pasada, tras lo del Granada, se quedó el pobre en nada, tras lo de Udine la cosa empeoró. Pasada la semana a duras penas, el optimismo, cada vez más miope y con temblores esporádicos, esperaba el partido en casa contra el Mallorca para reverdecer un poco, recuperar el apetito y coger algún kilito. Un partido en casa contra un rival asequible era una buena oportunidad para devolver la ilusión a la grada, conseguir tres puntos y volver a pensar que sería posible hacer algo digno, para variar. Eso sí, fue empezar el partido, escuchar el pitido del árbitro, ver la repetición de la mano de Silvio y cómo entraba el balón en la portería de Courtois tras el penalti y perder de golpe salud y peso.

- ¿Cómo está Vd, optimismo?
- Cuarto y mitad más enfermo
- Vaya por Dios

El optimismo no daba crédito al penalti pitado y tampoco daba crédito a la inoperancia de los nuestros. Antes de empezar el partido, se había alegrado tímidamente tras ver a Adrián junto a Falcao y a Reyes en el banquillo, pero perdió la sonrisa al ver a Mario de capitán y a Tiago de nuevo ocupando la zona derecha del centro del campo. Se compensó algo su depresión al caer que estaban Diego y Turan, que algo es algo, pero se volvió a venir abajo pensando que Assunçao no cuenta y Koke menos. Y recayó al ver que la cosa no funcionaba y que con un árbitro que tampoco ayudaba, ganar parecía poco menos que imposible. Según avanzaba el primer tiempo, el optimismo se iba arrugando como una pasa, consumiéndose poco a poco como esos medios limones que se quedan todo el verano en las neveras de los solteros.

Acababa el primer tiempo y Falcao provocó un penalti que pareció penalti, quizás menos penalti, eso sí, que otro penalti por manos más visibles que la de Silvio. Falcao se acercó al balón con esa confianza que destila y el optimismo miraba con atención. Corrió Falcao, hizo media paradinha, pegó al balón suave y marcó un gol. Alegre, el que suscribe se giró al optimismo esperando una leve mejoría, un poco de brillo en su piel de melón podrido y algo de confianza en la mirada, pero lo que vio fue lo contrario. El optimismo, a pesar del gol, se veía más pequeño, más gris, más arrugado. Por la expresión de su cara, el optimismo se encontraba peor, tenía dolor de cabeza y estaba a punto de una crisis nerviosa.

- ¿Está Vd bien? Le noto peor tras el gol, como con jaqueca … ¿No cree Vd que vayamos a ganar a pesar de haber empatado?
- No, no es eso ... – dijo con vocecita de enfermo terminal - es por Juanma Lillo …

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Salió el Atleti al campo una vez más y, una vez más, no jugó a nada. O sí, quizás jugó a tener el balón y no crear peligro, nueva modalidad futbolística que sirve para que a uno le califiquen de entrenador con buen gusto aunque no se gane casi ningún partido.

El Atleti, tras muchos cambios, rotaciones, pruebas y tests de Cooper salió con dos delanteros y algo parecido a un rombo por detrás. El rombo que pone Manzano es un rombo denominación de origen, un rombo así muy suyo difícil de clasificar hasta por los aficionados barroco-teóricos que siguen la estela de Lillo. En el rombo de Manzano o Manzaniromb® juega Mario de vértice inferior por delante de la defensa, con Tiago a un lado haciendo algo así como de interior, apoyado por Silvio. En la punta del rombo ovoide de Manzano juega Diego, que busca el balón incansablemente e intenta llevarlo hacia delante. A su izquierda, en teoría (sólo en teoría) más cerca de la cal, juega Arda Turan con Filipe Luis Filipe cubriéndole las espaldas. Al menos eso parece en teoría, o a ratos, o en ocasiones. Un sistema así pide un cierto compromiso físico y táctico y la colaboración constante de los laterales, que deberían subir y bajar continuamente para llevar balones idealmente hasta a Falcao, rematador de todo lo que vuele y pase cerca del área. Y hasta aquí, la teoría.

La práctica es más compleja. En el sistema de rombo truncado de Manzano algunos papeles están por definir. Falcao, que debería recibir balones desde las bandas y el centro y rematarlos a puerta, termina por bajar a medio campo a buscarse las habichuelas, en parte aburrido y agotado por el partido estéril y en parte abrumado por su precio desorbitado. Diego, que por su calidad y características debería recibir, crear y pensar, se pasa el partido corriendo de lado a lado pidiendo y recuperando el balón. Mario, que debería frenar avances rivales, recuperar balones, hacer kilómetros y colocar a los compañeros, se pasa el partido andando. Mario anda. Camina. Pasa gran cantidad de tiempo andando, algo poco apropiado para un puesto como el suyo, en el que cuando no se esprinta se trota a cerrar un hueco o se espera flexionado a un rival que encara; esto, por cierto, lo hace mejor Assunçao, que ve los partidos desde el banquillo mientras Mario lleva el brazalete. Tiago, cómodo en su papel asegurado y sin amenazas, trota un poco y recupera fuelle otro poco, dejando a Silvio toda la banda para que suba y baje si sus abductores le dejan. Arda Turan, jugador de calidad y mando como Diego, tiende a irse al centro, hacia delante e incluso hacia la izquierda a asociarse con algún protón disponible cuando la jugada lo requiere, cruzándose a veces con Diego en partes del campo insospechadas, hombre, Vd por aquí, ¿qúe tal, oiga? ¿qué tal su señora? pues cada día más guapa, diga Vd que sí, oiga.

El resultado es un rombo desrombado, un trivote bi-pivotal, un paralelepípedo variable o un puchero templado de enganches, pivotes y volantes de temporada, servido sobre cama de otros puestos indefinibles con nombre rimbombante y cebolla confitada. En otras palabras, un centro del campo complicado de entender, con dos jugadores más estáticos y otros dos más dinámicos, uno que corre a recuperar el balón cuando debería hacer esa misión un tercero y otro que busca como los electrones libres el sitio más cómodo para asociarse, dejando un hueco para un lateral blando que sube poco y, si sube, baja poco también. El resultado ya lo conocen Vds. El Atleti toca, hace paredes, saca el balón jugado hasta medio campo y engorda sus estadísticas de posesión. Para compensar, no tira casi a puerta. No desborda por las bandas, no cuelga balones a la cabeza de Falcao, no tira pases largos a la espalda de los defensas adelantados. Toca y toca en horizontal, cansino a ratos, dejando al rival colocarse con tiempo y comodidad, buscando un chispazo de Diego, Arda o incluso, oh quimera, de Reyes. Es raro que los laterales lleguen al fondo, es raro que se entre por el centro tocando rápido, es común tocar y tocar cerca del área rival sin encontrar hueco por el que colarse. El Atleti intenta hacer un juego de esos que ahora se llaman bonitos, circulando el balón como en los ataques de balonmano, siempre cómodo para el rival por no tener laterales que lleguen ni buenos tiradores de lejos. Para un medio centro con un poco de experiencia y con facilidad para ver el fútbol de cara el Atleti monta ataques cómodos de defender si para a su equipo en su sitio, ni muy lejos ni muy cerca, esperando y esperando el fallo del Atleti para recuperar, o la impaciencia y el pelotazo adelante con ventaja para los defensas que van de cara. No resulta complicado frenar a un equipo así, y así nos frenan. Mejoraría el Atleti si contase con ese olvidado recurso, el coraje y el compromiso, pero mucho es pedir a un equipo de recién llegados con un capitán tibio como la crema de verduras; quizás les vendría bien el visionado ininterrumpido durante veinticuatro horas de los cinco últimos minutos del Gales - Australia, con los galeses empeñados en marcar un ensayo inútil para el marcador pero obligado por el orgullo, ensayo por cierto no celebrado por considerarse parte del deber y no algo de lo que alardear.

El resultado de todo esto es visible. De ocho partidos de liga, el Atleti ha ganado dos. Lleva nueve goles, ocho de ellos marcados en dos partidos. Salvo con el Barça ha encajado pocos goles, pero tampoco llega con claridad a poder marcarlos. Algo similar ocurre en la Europa League, donde no se marcan casi goles. Más grave, no hay idea de a qué se quiere jugar, ni rastro de la apuesta deslumbrante de los primeros partidos de liga en casa. Muchos cambios, pocas ideas claras, mucho de lo que ahora se llaman rotaciones. Algunos canteranos sin minutos, jugadores discutibles con el puesto asegurado en posiciones clave aunque se vea que no funcionan. Un delantero excelente cuando se le surte de balones, desesperado por no oler una. Un par de jugadores dotados para crear corriendo a cubrir huecos y recuperar balones. Dos laterales teóricamente ofensivos que no llegan arriba. Un jugador dotado para destruir y sostener la media sentado en el banquillo componiendo versos. Unos cuantos jóvenes preguntándose si no será mejor irse cedido a otro equipo. Y, lo más claro, 10 puntos de 24 posibles, seis puntos perdidos en casa en cinco partidos, un punto fuera en casa de un recién ascendido.

Y, a ver, que no se nos malinterprete: que optimistas, lo que se dice optimistas, lo seguimos siendo. Eso sí, ya sólo porque queda tiempo para rectificar.

lunes, 17 de octubre de 2011

De comparaciones odiosas y optimismos desmejorados

Sólo los imbéciles, pensarán Vds y seguramente con razón, son capaces de hacer cola un sábado antes de las nueve de la mañana ante un pub cerrado para ver un partido de rugby entre dos equipos que no son los de uno. Probablemente sea cosa de imbéciles, sí, pero el caso es que, como imbéciles y además encantados de parecerlo, el sábado a las 8:45 de la mañana unos cuantos imbéciles formaban una cola absurda en la puerta de un pub irlandés del centro de la capital. Entre esos imbéciles, como casi siempre que hay imbéciles así en grupito, estaba el que suscribe.


Se jugaba Gales la posibilidad de entrar en la final del Mundial de rugby por primera vez en su historia, ahí es nada. Gales, país chiquitito que no es Estado pero sí país, se jugaba acceder a la final del Mundial de su deporte ante Francia, un país con casi veinte veces más habitantes y bastante menos vergüenza torera en lo que va de Mundial, de este Mundial en el que los franceses han renunciado a su estilo e identidad, a jugar con los titulares en los partidos de cruces y a aplicar la lógica a la hora de hacer alineaciones. Gales, que venía jugando el mejor rugby del Mundial hasta la fecha, con un partido memorable ante Sudáfrica y una victoria merecida y bien sudada ante los irlandeses, tenía ocasión de hacer historia con un equipo plagado de jóvenes y algún veterano aportando la experiencia necesaria para los agrupamientos. Sin Priestland, lesionado en el partido contra Irlanda, era Hook el jugador en el que se fijaron los ojos de los aficionados y fue, a la postre, uno de los protagonistas del partido.

Ya desde el principio, la sensación fue que Gales jugaba contra los elementos casi más que contra los de azul. A los doce minutos se lesionaba el Oso Jones, el galés llamado a poner experiencia en la melé, y su imagen, desolado en el banquillo por no poder ayudar a los suyos, es de esas que dicen mucho más que diez mil palabras. Poco después Hook fallaba un golpe de castigo por resbalarse en el último apoyo, dejando sin anotar tres puntos que habrían sido definitivos. Y, lo más grave, a los veinte minutos el árbitro expulsaba a Warburton por un placaje peligroso. Si la expulsión fue excesiva o no es algo que aún se discute en la inmensa mayoría de pubs, cafeterías, colmados, asilos y bingos del planeta entero. En directo, el placaje pareció de amarilla y sin bin y la cara de los asistentes al ver al galés en su banquillo y no en la silla de los castigados fue de sorpresa mayúscula. Los que saben de esto mantienen que el placaje es de roja según las últimas directrices recibidas por los árbitros, los que hemos visto el Mundial no recordamos tanto castigo para situaciones comparables. Sea como fuere, Warburton fue expulsado y llegó la primera gran lección del partido: ni una mala cara, ni una protesta, sólo el reconocimiento posterior del capitán galés de que la culpa, de existir, fue solo suya.

A la expulsión le sucedió una fase en la que Gales se sintió perdedora para, poco a poco, ir dando paso a la luz de la esperanza. Francia, rácana y triste, oscura, traidora a lo suyo y mezquina en el planteamiento, hacía lo justo, lo justito más bien. Sin juego a la mano, con una delantera que no se imponía con la autoridad que podría uno esperar a los galeses a pesar del inmenso Harinordoquy, Francia dejaba crecer en los galeses la llama de la confianza. Las cámaras recogían gritos de ánimo entre los galeses, creed en vosotros, son más débiles de lo que pensáis, somos más fuertes que ellos, más orgullosos, más fuertes. Gales abría el balón más, rompía la línea y ganaba los agrupamientos, jugaba como si tuviera un jugador más, sumando quince los catorce que estaban en el campo gracias a un plus de orgullo y un rival mezquino, la segunda lección de la semifinal.

Ensayó Gales y Mike Phillips, el potente medio melé galés, celebró el ensayo antes de posar el balón. Quizás un jugador más veterano habría renunciado a la celebración buscando acercarse a los palos, quizás un capitán experimentado habría gritado con voz de dragón para empujarle a hacerlo y dejarse de gestitos, quizás un señor con gafas y rebeca y altamente supersticioso no lo habría hecho. Pero Mike Phillips sacó la lengua, señaló a alguien y posó el balón cantando victoria antes de tiempo. Falló Gales la conversión y quedó a un punto, casi sin tiempo para adelantarse al triste rival y posiblemente en ese momento Mike Phillips comprendió algo que ya no olvidará jamás, otra lección en un único partido. Pudo ganar Gales gracias a un larguísimo golpe que intentó transformar Halfpenny desde un sitio parecido al que sí se cobró contra Irlanda. De nuevo jugando contra los elementos, el balón pasó un par de centímetros por debajo del larguero tras volar muchos metros. De llegar media cuarta más arriba el balón habría tocado palo y habría entrado, cerrando un guión parecido al de "Match point" de Woody Allen. Pero ayer no era el día y el guión era otro, era aquél de "llegaron los Sarracenos / y nos molieron a palos / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos".

Los tres o cuatro últimos minutos del partido, con Gales buscando centímetro a centímetro la posibilidad de encontrar una posición propicia para el drop o para la entrada de su línea, son de esos que le hacen a uno querer ver partidos de rugby a todas horas. Un fallo final tras veinticinco agotadoras y dramáticas fases dio la victoria al equipo que peor juego había desplegado y privó de intentarlo una vez más al equipo que, una vez analizado el partido con más frialdad, dejó escapar entre los dedos la posibilidad de ganar y hacer historia por culpa de sus propios errores. Demasiados fallos a palos, un drop a pierna cambiada demasiado arriesgado, drops no jugados en el último suspiro, una conversión difícil por celebrar un ensayo prematuramente ... Gales, inmensa durante el partido, pudo ganar de haber tenido algo más de suerte y algo menos de fatalidad, algo más de experiencia y algo menos de ingenuidad, otra lección de la semifinal. Gales deja el mundial con sensación de poder llegar a ser un equipo enorme en poco tiempo, de citarse con la historia dentro de cuatro años - si los australianos lo permiten - y con el regusto amargo y dulce a la vez de no haber llegado donde debía pese haber peleado como fieras. Gales podrá ser tercera el viernes en una posible final del futuro y volver a casa con la cabeza alta y una cuenta pendiente mientras Francia, pase lo que pase el domingo, debería volver sacudiendo la cabeza, pensando en su lamentable imagen y considerando seriamente afeitarse el bigotito de racanería y mezquindad que ha lucido en el Mundial. Algún jugador francés dijo tras la semifinal que prefería jugar mal y ganar a jugar bien y no pasar; una semana anterior Brian O'Driscoll, capitán de Irlanda y máximo representante de la generación que se fue a casa en cuartos cuando podría, por primera vez, haber apuntado a la final, felicitó a Gales y dijo que le habría gustado ganar el partido, pero que las victorias hay que merecerlas. Ahí quedan ambas declaraciones, lecciones en verde y azul, para que las valore el lector tomando café (cortado).

El domingo, esta vez sin cola previa, jugaban Nueva Zelanda y Australia. Pocos neozelandeses y muchos australianos en el pub, muchos españoles e irlandeses, pocos o ningún francés, una mezcla estupenda. El partido del domingo, un clásico con todas las letras, atrajo menos público por no jugar ningún equipo con parroquia numerosa en Madrid. Si el día anterior los pubs se colapsaban por la asistencia masiva de franceses (no necesariamente aficionados al rugby), los plácidos australianos, educados y con chanclas, llenaron solo a medias el local y lo hicieron con una naturalidad y un saber estar la mar de agradable. Nada que ver con la futbolerizada afición francesa del día anterior, ruidosa y poco entendida en su mayoría, más pendiente de aplaudir los fallos del rival y lanzar sus despectivos gritos de ánimo que de entender de qué va el rugby. Aficiones así son un tormento para el aficionado con canas que empezó a ver rugby cuando las camisetas no tenían publicidad, cuando no había cambios sino en caso de lesión certificada por el médico rival y cuando Ashton, de haber hecho entonces alguna de sus celebraciones, se habría topado al caer con el puño cerrado de un delantero con barriga y malas pulgas impactándole en la cara. El sábado algunos de estos aficionados añejos, franceses y visiblemente abochornados por sus ignorantes pero audaces compatriotas, intentaron poner orden recordando en francés los códigos de las gradas de rugby. Para su esfuerzo en su ingrata misión de intentar amortiguar el bochorno causado por los suyos, todo nuestro agradecimiento y nuestro respeto. On connaît la chanson, merci.

Salieron los All Blacks al campo e hicieron su cada vez más teatral y exagerada haka Kapa O Pango, con Ali Williams en estado de trance rayando el ataque de idiocia. Los australianos, jóvenes y llamados a jugarse mucho el próximo mundial con los galeses, vieron el espectáculo y, a juzgar por lo que pasó luego, se quedaron impactados. Por el campo australiano pasó una marea negra que ríase Vd del Prestige. Con una velocidad imparable los neozelandeses movieron a los australianos de lado a lado del campo sin dar un segundo de tregua, sin perder tiempo en los agrupamientos, abriendo la línea de un lado a otro y vuelta a empezar. Ensayó Nonu tras una sensacional jugada de Dagg, destacadísimo todo el Mundial, y Weepu se encargó de patear. Menos acertado que contra los Pumas, Weepu falló varios golpes; si la duda tuvo intención de abrirse paso en algún momento entre los neozelandeses, llegó Cruden, el jovencísimo apertura que empezó el mundial de vacaciones y terminará siendo titular en la final tras la lesión de Dan Carter y sus sucesores, y echó spray anti-dudas por toda su zona de influencia, pasando de paso las vacilaciones a Cooper. No necesitó mucho más Nueva Zelanda; Australia buscó más maquillar el resultado que ganar el partido y, de nuevo según un guión pero esta vez el que todos habríamos escrito, los All Blacks estarán en la final sin que tengamos la sensación de que hayan sido probados al 100% todavía.



- Muy bien, oiga, todo muy emotivo, pero ... ¿Y el Atleti?

El Atleti, o más bien un sucedáneo del Atleti, jugó en Granada y por ello la afición lo vio, como el rugby, en bares y demás recintos sagrados. Como era de prever, y al contrario que por la mañana, no se vieron muchas colas de gente esperando para coger sitio en pubs, cafeterías, colmados, asilos o bingos para ver bien al Atleti, ni siquiera en Madrid. El interés que despierta el Atleti es cada vez menor y uno se explica que así sea cuando ve tres o cuatro partidos seguidos del equipo: según avanza la temporada, como casi siempre, el Atleti se diluye, se deshace, se va pareciendo más a lo que siempre pareció en los últimos años y menos al aparente espejismo de las primeras jornadas. El Atleti de los partidos de Racing y Sporting y de los veinte últimos minutos de Valencia se antoja ahora un trampantojo, un efecto óptico fruto de la inoperancia de los rivales y de la calidad de algunos de los jugadores nuevos en sus primeros días, aún no contagiados de la apatía general.

Eso sí, fiel a sus promesas, el que suscribe acudió al bar acompañado del cada vez más desmejorado optimismo, su fiel compañero de esta temporada. El optimismo, como bien saben biólogos, botánicos y adivinos, es una especie que necesita ciertas condiciones ambientales para poder desarrollarse. En el caso del optimismo colchonero, éste puede echar raíces, desarrollarse e incluso florecer en una variedad de ecosistemas. En un ambiente de buena planificación deportiva, el optimismo se desarrolla lento pero seguro, buscando la consolidación a largo plazo y sin prisas para así llegar a dar flores; esto es una elucubración meramente teórica de algunos botánicos, dado que nunca se ha producido en los últimos veinte años. Hay otros escenarios, empero, para el desarrollo sano del optimismo rojiblanco. Uno de ellos, la existencia en la plantilla de algún jugador de altura mundial surgido de la cantera o contratado cuando era muy joven, siempre y cuando se abone la situación con los nutrientes necesarios para hacer creer en un equipo creado en torno a éste. También, la inversión racional y lógica de los recursos económicos para crear una plantilla compensada o la contratación de un entrenador con personalidad e ideas claras, poco veleta y dado a plegarse a los deseos del palco y fiel a su propia idea de juego. Incluso la formación de un plantel con la cantera como referencia, en el que se entiendan cuáles son las señas de identidad del club sin necesidad de que las reparta el entrenador en una octavillita, puede fomentar la reproducción del optimismo. En todas estas situaciones y en alguna otra que se nos olvida, el optimismo se pone gordo y rosado y da gusto darle pellizcos en los muslos y cucharadas de potito haciendo el avión.

Enunciado lo anterior, no es de extrañar que esté el optimismo hecho un asco. Verdoso y cetrino, con ojeras oscuras, raquítico y con pelo ralo y sin brillo, el optimismo rojiblanco ha empezado un declive de los gordos. Da casi vergüenza ir al bar con el optimismo en este estado, la verdad, y cuando uno entra con él de la mano y todo lo bien peinado que puede con esos cuatro pelos que le quedan, es inevitable oír a las señoras cuchicheando a espaldas de uno. Ay Dios mío, qué mala pinta tiene ese optimismo, yo creo que ni lo bañan ni nada, no está en buenas manos con ese señor de las gafas con pinta de no saber freír un huevo y comer siempre de latas, así está el pobre, que da asco; camarero, dele a ese pobre optimismo un vaso de leche con colacao y una magdalena de las gordas, a ver si coge lustre.

Salió el Atleti al campo del Granada y casi dio igual quién saliera. Los últimos Atletis que jugaron en Granada eran Atletis grandes que aspiraban a cosas importantes y que mezclaban finos estilistas con guerreros solidarios, tipos capaces de meter goles a pesar de las patadas de Montero Castillo y Aguirre Suárez a sabiendas de que si la cosa se ponía fea habría detrás un Panadero Díaz para igualar fuerzas. El Atleti que salió ayer en Granada era un Atleti triste, con portero cedido, lateral derecho de circunstancias y medio campo sosaina incapaz de hacer frente a un recién ascendido. Un Atleti de delantero aislado y aburrido y de mediapunta desnortado. Un equipo de cerebro desasistido y desconectado, de delantero válido sentado en el banquillo y entrenador miope aportando más bien nada, salvo mandamientos impresos en Verdana caja 14. El Atleti tristón que jugó en Granada no tenía ni talento ni mordiente ni recursos ni torería, no tenía más que hacer que esperar el final del partido evitando algún gol rival y haciendo como que atacaba mientras miraba de reojo el cronómetro, contando los minutos para volver a casita y echarse la siesta.

Salió el Atleti y puso cara de a ver cuánto dura esto, que no nos apetece nada a estas horas. El Atleti que quería el balón los primeros partidos ha dado paso a un Atleti conformista y apático, la antítesis del Gales de la semifinal. El Atleti vio cómo le cabeceaban un balón al palo y siguió a lo suyo, que es poco. Vio como un equipete recién ascendido no sufría y no tenía ni miedo. El Atleti que salió en Granada, como venía apuntando, dejó de querer el balón y dejó de buscar la portería rival dando toques. Se limitó a apagar fuegos con una teterita, a tener el balón por tenerlo y poco más, a dejar el césped lleno de dudas y no sudar, total pa qué, oiga, total pa qué. Total pa qué, si lo hacemos mal nadie dirá nada, nadie montará un pifostio cuando salga el equipo en casa, nadie silbará más que a los débiles, a los torpes y a los que la directiva diga que son antipáticos; nunca silbará nadie a los responsables que no destaquen, así con estar en el pelotón de los del medio, todo bien. Total pa qué, si nadie de arriba nos dirá nada, si nadie vendrá a los entrenamientos ni a los partidos ni a los palcos, que estarán dando vueltas por la M-30 y sólo hablarán dentro de cuatro o cinco meses para lanzar datos económicos incontrastables. Total pa qué, si los buenos se irán y se quedarán los malos, si se fichará un lateral cuando haga falta un portero y un portugués desconocido cuando haga falta subir cuatro canteranos hambrientos de liga. Total pa qué, si luego ganaremos dos partidos a dos petardos y se hablará de racha victoriosa, de Champions, de números como los del Doblete, de estadio cinco estrellas con helipuerto y el maravilloso porvenir de Micael, del que nadie aún sabe nada. Total, pa qué, oiga, total pa qué.

A los galeses del sábado no hizo falta decirles que del campo saldrían exhaustos o lesionados, lo sabían ellos solitos. Tampoco hubo que contarles a los jugadores del Rugby Atleti que hasta el último minuto hay que bajar los hombros y placar rivales, por muy cansado que se esté. Ni hay que decirles a jugadores de miles de equipos de fútbol de barrio que es probable que anden cojeando media semana por las quemaduras que deja la tierra en las heridas. A los del Atleti, qué cosas, parece ser que sí hay que convencerles de todo esto. Se fichó un entrenador con sorprendente buena prensa y fama de psicólogo motivador y al cuarto partido está el equipo hecho unos zorros. En medio de varios partidos de rugby, uno de ellos con una carga emotiva impresionante, da vergüenza ver la actitud del equipo en Granada y da casi vergüenza el fútbol en general. Produce sonrojo la imagen dada ante un recién ascendido y la inoperancia del banquillo. Asombra ver cómo siguen ciertos jugadores en el campo y cómo se recoloca a otros, en ambos casos en perjuicio de otros más jóvenes y más identificados con el club pero sin agente con influencia.

Tras pocos partidos, resultan odiosas ciertas comparaciones y ciertas reflexiones. Y, mientras tanto, el optimismo con salud de tísico, y empeorando.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Maneras de perder

Una de las cosas que más han alimentado la molesta leyenda del colchonero sufridor y amante de las derrotas fue cierto verso en cierto himno encargado a cierto tipo de Úbeda. No se refería, entendemos, a la forma en que el Atleti perdió el sábado.

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El sábado a las diez y media de la mañana, que es día y hora de estar durmiendo o, como mucho, de estar tomando café con magdalenas, Francia jugaba contra Nueva Zelanda en la fase de grupos del Mundial de Rugby. A Francia le interesaba perder por aquello de los cruces de la segunda fase y, como ya hizo en el Europeo de Baloncesto, perdió. A Francia le está gustando esta cosa tan italiana de poner en la balanza el honor y la astucia, añadiendo al platillo de la segunda unos kilos de pragmatismo que dejen claro qué decisión es mejor tomar. Querer perder va en contra de la lógica deportiva pero a veces es lo aconsejable según la lógica competitiva, porque una derrota hoy facilita un camino que puede llevar a grandes metas mañana. A veces es mejor perder que ganar porque ganar implica casi necesariamente perder luego, y el orden cronológico del uso de los verbos tiene lo suyo; a veces por ganar antes se vuelve uno a casa antes (de tiempo) mientras que por perder antes se va uno a casa después y quizás con una copa.

El caso es que Francia salió a perder un partido para el que, en cualquier caso, tenía muchas papeletas de salir perdedor. La decisión, simple en teoría, era algo más complicada. Una derrota escandalosa quedaría escrita a fuego en la historia del rugby para vergüenza del equipo con palabras de amañe y letras de bochorno. Una derrota abultada haría que el equipo se resintiera en su autoestima y, quizás, se volviera definitivamente contra su excéntrico y discutido técnico, probablemente fuera de la selección cuando acabe el Mundial. Una derrota excesiva condenaría a la afición francesa a pensar que nunca se repetiría una victoria sobre los All Blacks como aquella del último mundial, con los jugadores sudando sangre mientras resistían durante una eternidad y a cinco metros de la línea de ensayo un tsunami neozelandés vestido de gris, o como aquella histórica victoria francesa del 99 que hizo tambalear la leyenda de los de negro. La derrota, la derrota deseada y previsible, podía gestionarse de diferentes maneras y de la suerte del seleccionador y la sabiduría de los pesos pesados del equipo, que verían el primer choque de delanteras desde el banquillo, dependía que se perdiera con dignidad o al menos con provecho.

Salió pues Francia con un equipo semi-suplente y con Morgan Parra de apertura y no de medio melé. Tras la haka (con corte de garganta incluido, el final de la Kapa O Pango que tantas críticas provocó desde su primera interpretación), Francia empezó jugando. Jugando a la mano, rompiendo la línea y haciendo que los neozelandeses levantaran mucho las cejas al ver que ese equipo suplente se atrevía a desafiarles. Cinco o seis minutos duró la insolencia y, veinte más tarde, cuatro ensayos All Black recomponían la escena y la lógica. La lógica, por cierto, indicaba que si los neozelandeses seguían jugando a ese ritmo y Francia seguía fallando placajes, el tanteador sería un escándalo. No lo fue tanto; tras el descanso (y a pesar de un ensayo local inmediato) hubo cambios en Francia y las fuerzas se igualaron. La delantera francesa funcionaba, el equipo tenía medio de apertura y la tercera dejaba claro que, de haber salido el primer equipo, el partido no habría sido el paseo plácido del primer tiempo. Hasta dos veces llegaron a ensayar los franceses en el estadio del rival, la primera con una celebración exagerada que no sentó demasiado bien a los locales, dadas las circunstancias, el tanteador y el planteamiento tramposo de los franceses.

Francia perdió, y lo hizo de forma astuta. Poco honorable, eso sí, sobre todo tratándose de rugby, pero ahí está la astucia. En la mente de los All Blacks quedó claro que el equipo suplente de Francia es más que asequible, pero también les quedó claro por qué son suplentes y no titulares. De haber salido el equipo entero, piensan hoy, quizás las cosas no habrían sido iguales. De vernos más adelante en el torneo, piensan hoy los All Blacks, las cosas no serán tan fáciles, no bastará con intimidar a los menos experimentados abriendo mucho los ojos y sacando la lengua mientras se hace el gesto de cortar cuellos, habrá que vérselas con Imanol Harinordoquy y compañía y eso ya es otro cantar. Francia perdió el partido que sabía que iba a perder y que quería perder, pero, como hizo con España en baloncesto, sembró una duda para el futuro que le puede venir bien más adelante.

Veintitrés horas más tarde, que el partido fue a las nueve y media y la mitad ni nos enteramos, Escocia se jugaba contra Argentina las posibilidades de seguir vivos en el torneo. Argentina había perdido recientemente contra Inglaterra en un partido igualado en el que los ingleses, a mitad de camino entre la astucia y la perfidia, lesionaron tres Pumas en cuarenta minutos. La delantera argentina hizo la vida imposible a la inglesa, y sólo los cambios en la primera línea de los que aquel día vistieron impertinentemente de negro, permitió a Inglaterra subir una velocidad al final del partido y terminar ganando un partido que dejó un sabor de boca amargo en los de celeste y blanco.

Escocia acudía al partido con un equipo limitado, sin demasiado talento pero con una delantera peleona. Lo suficientemente peleona como para llevarse el partido con cierta holgura ante los feroces georgianos, tipos duros que visten de blanco y rojo cuando no visten de rojo y blanco. Escocia sabía que los ingleses, sus odiados rivales y aquéllos contra los que se las tendrán que ver en la última jornada de la fase de grupos, habían sudado sangre en la pelea con la delantera argentina y, aún así, centraron ahí sus esfuerzos. Tampoco tenían otra. Ni la calidad de su línea ni la lluvia aconsejaban un juego brillante de pase y carrera, así que plantearon un partido trompicado de mucha pelea entre delanteros. Argentina, cómoda sobre el papel con esa apuesta, no lo estuvo en la práctica ni un minuto. Los argentinos parecieron sufrir más que contra la delantera inglesa y, gracias a dos golpes transformados y dos drops escoceses, a siete minutos del final perdían de seis. Sólo podía entonces hacerse una cosa, sólo una, y se hizo. Amorosino marcó un ensayo histórico, dramático, de esos que hacen rugir los bares y protestar a los vecinos que, en esos momentos, mojaban churros en café con leche. Contempomi transformó y, en los minutos finales, Escocia buscó un drop y forzó una touche a un metro de la línea de ensayo argentina. Con el tiempo cumplido jugó Escocia casi tres minutos eludiendo el golpe y buscando el milagro con un dramatismo casi teatral, casi guionizado. No llegó a conseguirlo.

Argentina ganó de un punto y se medirá, si no pasa nada raro, a los All Blacks en cuartos. Por su parte, Escocia perdió un partido que podía desde luego perderse, y lo hizo peleando hasta más allá del último minuto. Escocia perdió el partido pero ganó un punto de confianza en la casi imposible misión de ganar a sus antipáticos vecinos de camisa blanca; si los argentinos les tuvieron contra las cuerdas, ¿por qué no nosotros? ¿Habría algo más bonito para nuestra gente que dejar fuera a los ingleses? Podrán recriminarnos la falta de vistosidad y de talento, pero nadie podrá decir que no vamos a dejarlo todo, así que si los ingleses no tienen el día, ¿por qué no? En la mente de los delanteros escoceses se repite desde la derrota de hoy la misma cantinela, como un mantra: si yo fuera inglés, Dios no lo quiera, no dormiría tranquilo antes de jugar contra nosotros. Si caemos será dando guerra y si no están dispuestos a dejarse la piel en el campo, serán ellos los que caigan. Escociá perdió y, aún perdiendo y viendo cerca la posibilidad de ser el primer equipo en la historia de la camiseta del cardo que no pasa la fase de grupos, sacó de la derrota motivos para apretar aún más los dientes.


En medio de estas dos derrotas, el Atleti perdió por goleada su partido del sábado y ahora toca ver qué conclusiones sacamos. Algunas habrá que sacar, eso está claro. La primera conclusión es que el Barcelona, cuando juega a esto y sobre todo cuando se le deja jugar, es prácticamente imbatible. No imbatible del todo, que algún partido ha perdido y hace poco tiempo empató contra un Valencia no demasiado brillante, pero casi imbatible. La superioridad que el Barcelona muestra en casi todos los partidos hace que en aquellos en los que no va ganando cómodamente a los diez minutos su afición se inquiete, es lo que tiene estar mal acostumbrado. Que el Barcelona, que sigue jugando como los ángeles y sigue queriendo ganar a pesar de haberlo ganado todo, le gane al equipo de uno entra dentro no ya de lo lógico sino casi de lo inevitable. Inevitable pero no aburrido, como se dice últimamente. Si el juego del Barça resulta aburrido, como dicen algunos, es por la enorme cantidad de partidos casi perfectos que le hemos visto en muy poco tiempo. De igual manera que el jamón bueno empalaga si uno se come dos platos al día, tanto partido del Barça hace parecer cargante esa facilidad para hacer veinte veces por partido lo que en algunos estadios se ve una vez por temporada. Pero, en el fondo, todos sabemos que algún día no ya tan lejano este equipo maravilloso dejará de funcionar tan bien y entonces echaremos de menos estos partidos que hoy parecen aburrirnos, igual que entrada la noche uno lamenta no haberse comido ese último langostino de Sanlúcar que despreció unas horas antes, ahíto tras comerse una bandeja entera y tres copas de manzanilla.

La segunda conclusión, digna de Perogrullo, es que al Atleti le queda aún mucho tiempo para ser el equipo que debería o podría llegar a ser. Los últimos partidos, contra equipos modestos de la liga española y un grande de la modesta liga escocesa, dejaron una buena impresión que tocaba confirmar en Barcelona. Demasiado pronto llegó ese partido, piensa ahora la parroquia colchonera, que habría visto con mejores ojos un partido así dentro de unas jornadas. Hasta la fecha, el Atleti había enseñado una idea futbolística más distinguida que otros años, con más toque y menos pelotazos, con más jugadores más cerca los unos de los otros. Nada de eso se vio en Barcelona, donde el Atleti sólo pudo defenderse del vendaval, subiendo la guardia, cerrando los ojos y apretando el protector dental. El Atleti no sólo perdió el partido, sino que lo más grave es que no lo jugó. Nada hizo el Atleti, ni un pase, ni una combinación, sólo un tiro lejano de Tiago que se fue al larguero. Diego, la referencia incuestionable a la hora de crear juego, no tocó el balón y menos aún lo tocó Falcao, la sensación rematadora de los primeros partidos. No le costaría mucho a Perogrullo llegar a la conclusión de que un rematador no tiene mucho que hacer si no le llegan balones que rematar, así que no debió ser complicado explicarle al equipo lo que deben hacer en los próximos partidos si es que quieren que marque algún gol Falcao.

Otra duda que merodea por la cabeza de los aficionados el día después de la paliza tiene gafas y apellido frutal. Hasta la fecha, Manzano parecía haber inculcado una idea en el equipo y a su mano atribuíamos la diferencia de actitud y planteamiento de los últimos partidos. Frente al Barça sacó un equipo de esos que los expertos consideran ni chicha ni limoná, ni físico ni técnico, ni de toque ni de contraataque, un equipo que bastante tuvo con ir apagando los fuegos que con facilidad pasmosa iba encendiendo el rival. El técnico optó por no arriesgar nada, pero sin plantear una defensa numantina. Optó por Mario Suárez como medio centro por delante de los centrales, sabiendo todo el mundo que un jugador tan frío y tan blando no es lo más adecuado contra un centro del campo monumental como el del Barça. Dispuso al equipo de forma que nadie achuchaba a Xavi, una elección que en lo futbolístico equivale a jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor. Quitó a Domínguez y puso a Godín, que casi no había jugado, y quitó a Filipe Luis Filipe y puso a Antonio López, que reclama a gritos un lateral izquierdo que le quite definitivamente de jugar este tipo de partidos. Puso al cómodo cordero de sacrificio Perea como lateral derecho y éste se comió un balón por alto nada más empezar el partido que acabó en gol, si bien tiró de velocidad alguna vez para evitar una masacre mayor. Jugó Tiago y dio sensación de estar para otros partidos y también lo hizo Gabi, que no dio abasto. Jugó Diego y no aportó nada más que la duda sobre su estado físico y jugó Reyes, lo que equivale a decir, una vez más, que el Atleti jugó con diez.

Planteó por tanto Manzano el partido con más miedo que otra cosa, y ahí uno se pierde un poco, la verdad. Porque al Atleti, ayer, nadie le pedía ganar, ni si quiera empatar. Han sido ya tantas las goleadas y tantos los disgustos, tantos los partidos no peleados y tanta la apatía reprochada, tan poco el tiempo que ha tenido el técnico y tan descomunal el equipo de enfrente, que nadie pedía nada.

Manzano pudo haber planteado un partido de equipo chico, con todos atrás y marcajes duros y al hombre de los buenos jugadores del rival, sacrificando el fútbol de ataque por la posibilidad, remota, de conseguir un empate. Dado que el botín, además de escaso, habría sido improbable, no parecía buena idea. Manzano al menos descartó esta opción vergonzante, indigna del escudo que luce en su camisetita de entrenamiento y en su gorra de tractorista. Pudo, eso sí, optar por lanzar al equipo al ataque, apostando por el fútbol de toque del que quiere presumir, arriesgándose a que le metieran cinco. Dado que la goleada era posible, podía al menos intentar alimentar la autoestima y fomentar el desparpajo, confirmar las ideas propias y la convicción en la apuesta presentada ante Racing y Sporting, lanzar la carga de la Brigada Ligera contra el equipazo de enfrente a riesgo de caer con honra o sorprender y ganar crédito siguiendo el ejemplo del Betis del año pasado. Tampoco lo hizo. Manzano sacó un equipo tibio con un planteamiento soso como su discurso, con jugadores sin espíritu, quizás acomplejados desde el vestuario viendo la poca ambición y convicción del técnico. Lo que había conseguido hasta ahora, esto es, transmitir la sensación de que las cosas habían cambiado y que el protagonismo del equipo recaería sobre los jugadores de talento y la idea de grupo, quedó erosionado tras el partido pequeñito del sábado por la noche.

La afición, o al menos algunos, esperaban el partido del sábado para sacar algunas conclusiones. Nadie esperaba una victoria, pocos esperaban un empate, muchos querían pensar que la sorpresa era posible, algunos preveían una goleada. Ninguno está contento hoy. El Atleti perdió con contundencia un partido que era muy difícil de ganar, pero la sensación que tras el partido ha quedado está muy lejos de la euforia que invadió la grada tras los primeros partidos. Queda por ver qué aprenderemos de esta derrota tan ácida y tan poco peleada, si servirá para solucionar problemas, para decantar hacia un lado claro la idea a la que el equipo quiere acercarse. Lo que parece claro es que, con lo de ayer, ni se ha sembrado la duda que Francia quiso sembrar, ni se ha encontrado el motivo para apretar la mandíbula que encontraron los escoceses. Por ahora, quizás haya valido para sembrar el desánimo, pero eso, los optimistas a sueldo, no nos lo podemos permitir.

lunes, 15 de febrero de 2010

De equipos antiguos y presidentes recientes

Jugó el Atleti un partido con una actitud de otra época ante un rival que por primera vez en mucho tiempo jugó mal y a la alegría general le cayó una mancha de petróleo en forma de chiste presidencial.

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Llegó Irlanda a Francia con ganas de decir aquí estoy yo y voy de verde, sí, qué pasa y se volvió a Dublín peinadita a raya y sin saber muy bien si había jugado contra Francia o contra Francia y otro equipo más, así, arrejuntados. Pasaron los franceses por encima de los irlandeses durante todo el partido y en todas las fases, al principio y al final, en la línea y en la delantera y hasta en el autobús que les llevaba al estadio por entre las calles parisinas. Únicamente pudieron los de verde darle la vuelta al asunto muy al final de la primera parte, cuando estuvieron a cinco metros de la línea de ensayo francesa durante varios minutos, pero Francia defendió con rabia y calma a la vez e Irlanda no pudo saltar el muro azul desde el que vociferaba Harinordoquy. Francia se llevó el partido con merecimiento y autoridad, y desde entonces se entona en los pubs de la fervorosa y católica Irlanda la siguiente coplilla:

Los galos aparecieron
Y nos molieron a palos
Que Dios ayuda a los malos
Cuando son más que los buenos

Tras su exhibición Francia se perfila como favorita, vistas las estrecheces de los ingleses en Roma y que el partido contra los de la rosa se jugará en París. Irlanda, además, visita Londres y la imagen dada contra los franceses alimentará la confianza rival. Sólo los galeses, desde Cardiff, parecen capacitados para quitarle alguna pluma al gallo. Y con los galeses, ya lo saben Vds, uno recomienda no andarse con tonterías.
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Llegó la afición al campo en tropel y abrigada como si fuera a robar vacas, consciente tras años de resfriados de lunes y narices heladas de domingo por la noche de que el relente del Calderón, cuando se pone, no entiende de plumíferos ni goretexes ni nada por el estilo. Llenó la afición los bares y bebía tercios de cerveza con manoplas, apartándose la bufanda de la boca para que no se le llenaran los labios de pelusas, dejando al contacto con el aire el mínimo posible de piel. Bebía la afición a sorbitos y entre la masa colchonera se veía alguna bufanda del Barça, algún gorro del Barça y hasta algún papá con bufanda rojiblanca llevando de la mano a un niño vestido de Iniesta. El Atleti - Barça es para el que suscribe uno de los partidos más bonitos del año y no sólo porque el resultado muchas veces nos favorezca ni porque el Barça suela traer jugadores de esos que merecerían ser ovacionados en todos los campos de España nada más que por aparecer y por habernos alegrado el verano con la Eurocopa, sino porque entre la gente del Atleti se ve a gente del rival con toda naturalidad, sin que nada ocurra, sin que haya malos modos ni faltas de respeto. Que llegue un equipazo como el Barça y que uno pueda charlar de fútbol con los aficionados rivales sin miedo a que le mencionen a la madre es algo que debería ser normal pero por desgracia es cada vez más excepcional. Que se guarde un minuto de silencio por un madridista de pro sin que uno pase bochornos también. Ayer, al menos, fue lo que pasó; toda una buena noticia.

Entró la afición al campo y primero que le llamó la atención fue la fugaz presencia de Indy. Indy tiene como fea costumbre abochornar a la afición con su rictus idiotizado y su torpe saludar a niños y ancianos cuando menos falta hace, pero en ciertos partidos ni aparece, como Jurado. Ayer, día de frío en el que aquél que habita en Indy sería el único que estaría cómodo bajo capas y capas de peluche prácticamente no se le vio. Son muchas las teorías que baraja la hinchada sobre las ausencias de Indy. Hay quien dice que modera sus apariciones por voluntad propia y para no encasillarse en su papel, por tener Indy vocación artística y reclamar una oportunidad como galán en obras de teatro clásico. Hay también quien dice que Indy es en realidad un activo sindicalista, líder del Sindicato de Mascotas, que presiona con su ausencia para conseguir un convenio digno que libre a sus miembros, entre otras cosas, de arrastrar colas y llevar disfraces de manga larga en verano. Hay quien apunta que Indy no aparece en citas de relumbrón, sobre todo cuando con el equipo contrario viajan jugadores serios y competentes a los que la presencia en el campo de una mofeta emplumada puede molestar y de hecho ya ha habido quejas. Pero hay entre todas una teoría que cobra adeptos y convence a aquellos que reflexionan sobre la misma. La teoría abunda sobre la coincidencia entre las ausencias de Indy del terreno de juego y la presencia de Gonzalo Miró en el palco desde el inicio del encuentro. Los partidarios de esta escuela de pensamiento, cada vez más numerosos, lanzan al aire una serie de preguntas que aquí reproducimos para que cada cual saque su conclusión. ¿Ha visto alguien a Gonzalo Miró e Indy coincidiendo en el mismo acto o estancia? ¿Por qué Indy no aparece en partidos de Champions, en los que los canapés son más copiosos y delicados? ¿A qué se dedica profesionalmente Gonzalo Miró, qué fuente de ingresos le permite llevar una vida llena de viajes trasatlánticos en compañía de estrellas de la canción ligera? En este blog no tenemos una postura firme al respecto, ya lo avisamos; allá cada cual, eso sí, con sus reflexiones.

Se acomodó como pudo la afición entre abonados de siempre y visitantes ocasionales y aquellos a los que le tocaron varios señores gordos alrededor se alegraban en lo más hondo de su enfriado ser. El aficionado gordo es poco apreciado como vecino de localidad en los días en que aprieta la calor y en los vuelos transoceánicos en categoría turista, pero en los días de mal tiempo protege del viento, eleva la temperatura ambiente y actúa de aislante térmico. Cuando acaba el partido y el aficionado gordo se despide amablemente de los vecinos de localidad y se va a casa a cenar sopa y acelgas, queda el aficionado hasta entonces protegido de los elementos como huérfano, desvalido, abandonado a su suerte al frío de la noche, sin muro en el que apoyarse ni cobijo bajo el que refugiarse de las inclemencias. Si el aficionado gordo no es uno sino que son tres o cuatro y se sitúan en torno a un enclenque afortunado, se produce un efecto similar al que consiguen los pingüinos macho cuando protegen con sus cuerpos a las crías de los temporales árticos. A los aficionados sobrados de kilos, parapeto de niños y garantes de la comodidad de la afición aterida, va auto-dedicada esta crónica.
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Salió el Atleti al campo y vio al Barça vestido de amarillo con poco aspecto de Barça, anda, mira, si es el Barça, mirá cómo van vestidos. Salió al Barça al campo y vio al Atleti vestido de Atleti pero vio algo raro. Vio que entre los jugadores del Atleti abundaban las melenas y los bigotes, que es algo que ya no se lleva, y vio también que los pantalones azules eran más cortos de lo acostumbrado y que la camiseta rojiblanca, la de siempre, no era de modernísimo tejido técnico sino de algodón con el cuello redondo, sin publicidad y sólo con el escudo. Miró entonces el Barça el detalle final de la indumentaria y entendió todo: las medias que llevaba el Atleti eran de tejido rojo grueso y tenían la vuelta blanca. El Barça entendió entonces que del vestuario había salido el Atleti de siempre y no el sucedáneo que le sustituye con demasiada frecuencia en partidos que no quedarán en el recuerdo. Porque ayer salió el Atleti que mordía en el centro del campo, que defendía con contundencia y agresividad y que llegaba al área rival en tres toques de tres jugadores de calidad, destrozando planteamientos tácticos, superioridades teóricas y cuentos de la lechera. Entendió el Barça lo que pasaba, tragó saliva Guardiola dentro de su abriguito y un músculo de Keita, viendo lo que se veía venir, decidió tirarse en marcha y no jugar el partido.

Salió el Barça con una defensa hecha de retales de la que todo el mundo hablaba mientras que el aficionado rojiblanco pensaba, qué cosas, en cuántos de esos retales le vendrían bien al equipo. Las defensas estaban en el punto de mira de los aficionados, en un caso por las circunstancias y en otro por el añito que llevan. En el Barça Puyol hizo de nuevo un partido asombroso, siempre rápido y siempre colocando a Jeffren, interior con vocación de extremo y recién estrenado en el primer equipo, que jugó bien en su debut a pesar de que, según las fases, le tocaba lidiar con Agüero, Simão o el Reyes de anoche, ahí es nada. El Atleti atacó por su banda y aprovechó menos de lo que uno esperaba su tarjeta; sí aprovechó el Atleti cuando la defensa rival se acercaba al centro del campo y en dos o tres contras subió del césped a las gradas el familiar aroma del contraataque.

Por su parte, la defensa del Atleti hizo lo que no se esperaba: un partidazo. Falló De Gea en el primer balón que tuvo, pero lejos de aterrorizarse y dudar siguió jugando con esa tranquilidad y ese don de transmitir calma al equipo que tiene el chaval. De Gea para sin complicarse, hace fácil paradas difíciles y no sólo transmite tranquilidad al equipo sino que siembra entre la delantera rival la duda y la ansiedad, frustra a los delanteros desbaratando sin aparente esfuerzo tiros de mérito.

Estuvo a la altura de la situación Antonio López y Ujfalusi jugó serio y se sumó al ataque con intención y peligro. Jugó Perea uno de sus mejores partidos de los últimos tiempos a pesar de tener que pelearse con Ibrahimovic, empresa parecida a intentar mover a empujones una marquesina del autobús. Siempre atento al corte y agresivo sin hacer locuras, se impuso en casi todos los duelos individuales y quitó las ganas a la delantera rival de andarse con tontunas. Mejor aún, si cabe, estuvo Domínguez. Domínguez se ha hecho el capo de la defensa y tira la línea y da voces y lo único que hace, en realidad, es algo tan simple como hacer bien su trabajo. Domínguez está siempre atento y concentrado, está en el partido y no piensa en nada que no sea su enorme responsabilidad. Mete el cuerpo y es fiable de cabeza, persigue a su par en el centro del campo si es necesario y si se tercia entra con todo para tapar con su cuerpo un remate. Ayer, quizás por tener enfrente a Puyol y mirarse en ese espejo, volvió a hacer que la gente se preguntara alegre cómo es posible que un chaval de la cantera se haya hecho tan imprescindible en tan pocos partidos.

Pero ayer la verdadera noticia estuvo en el centro del campo. Llamó la atención que el centro del campo del Barça no funcionara. Por primera vez en mucho tiempo ayer se vio al Barça jugando mal, incómodo, infiel a sí mismo. También por primera vez en mucho tiempo se vio a Xavi fallar una, dos y hasta tres veces, una de ellas con resultado de gol en contra. Falló Xavi y la noticia corrió como la pólvora. Pararon las rotativas de varios diarios del hemisferio sur, se interrumpieron boletines de noticias en todo el mundo, bajaron las bolsas y en la estación espacial se suspendieron los paseos por fuera de la nave y el bingo con bola volante. Falló Xavi y la gente decía no puede ser, ha fallado Xavi, esto cómo es, que diga algo el Presidente del Gobierno, que diga algo Obama, que diga algo el Papa, que diga algo Christopher Walken. Falló Xavi y además se fue antes de tiempo y lesionado, algo que no gusta que le pase a uno de los mejores jugadores que uno ha visto en un terreno de juego.

Por el lado contrario, que no es el contrario sino el nuestro, también saltó la noticia. La noticia no fue que Simão jugara bien y marcase un golazo de falta, que eso ya ha pasado demasiadas veces como para que ahora nos sorprendamos. Simão trabajó y trabajó y, aún así, pareció el más entero del Atleti al final del segundo tiempo y alguno echó de menos que jugara más balones al final, para matar el partido. Tampoco fue noticia el partidazo de Assunção, porque tampoco es el primero. Assunção cubrió muchísimo campo y recuperó balones, en especial en el primer tiempo, asfixiando la zona donde piensa el Barcelona. Rompió a veces la línea con aires de segundo centro irlandés y aportó las dosis necesarias de agresividad y despliegue físico que el partido requería. Sólo un rato tras el segundo gol retrasó más su posición, lo que hizo al Atleti perder parte del control y la iniciativa, pero firmó un partido asombroso una vez más. Le ayudó, y esto cada vez viene siendo menos noticia, Tiago, San Tiago para el ingenioso portadista del Forza Atleti, rápido como el rayo cuando se trata de hacer arriesgados juegos de palabras. Tiago aporta pausa y presencia al centro del campo, manda a los compañeros, abre los brazos pidiendo ayuda y movimientos sincrónicos, cubre donde Assunção no llega y aprieta cuando Assunção cubre. Tiago se ha hecho con el puesto y la parcela y Raúl García puede o bien verle como un competidor o bien como un espejo en el que mirarse; esperemos que pase lo segundo y tengamos tres buenos jugadores para dos puestos claves.

La noticia tampoco estuvo en el trote cansino de Forlán, en apariencia desfondado, ni en la pelea y el talento de Agüero, increíble a la hora de guardar el balón, peligrosísimo en todo el partido salvo cuando, qué cosas, se quedó solo ante Valdés y falló un pase fácil. Tampoco en la fugaz aparición de Jurado, incapaz una vez más de desplegar su teórico fútbol de luz y de colo-o-O-or, de luz y de colo-o-O-or. La noticia, qué cosas, estuvo en el partido de Reyes. Reyes hizo un primer tiempo excelente, el mejor desde que llegó al Calderón, con una jugada para el recuerdo que acabó en gol de Forlán y varios cambios de juego y recuperaciones de balones que ayudaron a que fuera el Atleti y no el rival el que mandase en el partido. Reyes hizo un buen partido y se fue ovacionado, y con esta actuación ve reducida a setenta y siete el número de buenos partidos que le quedan por hacer para empatar en el casillero con la afición colchonera en Trofeo de la Paciencia y recuperar así el 100% del respeto. Esperemos ver más veces al Reyes de ayer, esperemos no ver más al Reyes de tantas veces.
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El Atleti jugó bien y ganó al Barça, líder invicto hasta ayer. Hasta ahí nada que no debiera ser normal: un equipo que pierde en casa de un equipo fuerte. La prensa, eso sí, dará rápidamente la vuelta al tema y ahora lo único que importa es lo bien que le viene lo ocurrido al otro equipo grande de la capital, ya saben Vds cómo funciona esto. Antes del cualquier partido contra el Barça la prensa ya se ocupa de alimentar el debate sobre qué prefiere del equipo la afición colchonera, si hacer lo que debe y ganar o bien perder vergonzosamente a cambio de hacer la puñeta a los irritantes vecinos del norte. El mismo debate imbécil contribuyó a que, hace unos años, un jugador histórico, tras encajar un 0-6 en casa y escuchar que hubo a quien no le dolió, se hartase de escuchar tonterías y decidiera irse a un sitio donde la histeria colectiva fuera mejor gestionada.

Hasta ahora el aficionado cabal pensaba que ésta no era sino una triquiñuela más de esos periodistas falderos que hacen lo posible por vender unos pocos periódicos más y así ganarse una palmadita en el hombro de su jefe. Pensaba que era cosa de esos personajes con aspecto de haber sufrido mucho en los recreos del colegio y de haber visto cómo le quitaban muchas meriendas en el instituto que, aprovechando la notoriedad que dan los medios, se vengaban de su suerte e intentaban recuperar la autoestima perdida en las clases de gimnasia haciendo chistecitos a costa de un equipo maltratado con su propia complicidad. Pensaba uno que era únicamente cosa de aficionados del otro equipo grande de la capital, y no de todos, no. No de aficionados de esos de loden y bigotito y abono de número bajo que sufren y se alegran por su equipo y que, aunque vivan en el más profundo de los errores, al menos merecen el mínimo de respeto necesario para no mirar a otro lado cuando lanzan la conversación. No. Uno pensaba que era cosa de los otros, de los mayoritarios, de aficionados de esos que ni siguen al equipo ni entienden de qué va esto pero que se creen con derecho a hacer chuflas porque lo han visto en la tele, que piensan que por ser del equipo del que hablan a todas horas en todas las televisiones uno es parte de una tribu superior, pobres bobos, los peores de todos.

Pero resulta que no. Resulta que ayer, ante las cámaras de la televisión, ante toda España y parte del resto del universo conocido, el propio presidente (con minúsculas) del Club se atrevió a hacer un chiste similar, un chiste de los que uno atribuye no ya al que no tiene ni idea de lo que es el Atleti, sino incluso de lo que es el otro equipo grande de la capital y el fútbol mismo. Una vez más, empujado por el afán de ser gracioso que le llevó a posar con una camiseta del rival más odiado, el propio presidente de un club centenario fue el que avergonzó a los suyos. Una vez más, y ya van demasiadas, nos preguntamos qué hemos hecho nosotros para merecer esto, por qué nosotros y no otros, por qué nadie cercano le dice al menos que guarde para su esfera privada los comentarios que a todos nos abochornan cuando se hacen en público. Demasiadas veces ya, demasiadas.